MORRIÑA (continued 2)
Reading edition
—¡Toma, toma, toma!...—articuló el decano enfáticamente.—¡Ya decía yo! ¡Sobrinita de un sacerdote! Boccato di cardinale: son unas muchachas muy religiosas, divinamente criadas... y de un orden á toda prueba. ¡Toma, toma!
La señora intentó echar la conversación por otro lado; pero nada es comparable al antojo de un niño, sino el capricho de un viejo. Don Gaspar acariciaba su muleta dándole vueltas, y al fin, sin poder reprimirse, indicó:
—¿Sabe V., amiguita Aurora, que, si así puede decirse, no le he visto bien la cara á esa muchacha? La antesala está un poco obscura. Y tengo curiosidad de convencerme de si en efecto se parece á una señorita de Vivero, preciosa por más señas, á quien le llamábamos los muchachos la Magdalenita..., allá el año de 34 ó 35. Si V. la mandase traer un vaso de agua... ó cosa así... con disimulo.
El guiño malicioso que trocaban madre é hijo fué interceptado al vuelo por Laín Calvo, quien exclamó haciendo cómicos aspavientos y renunciando momentáneamente al ejercicio de la sordera:
—¡Caray, doña Aurorina del alma! No llame á esa ninfa, no, que será V. responsable de la pérdida del amigo señor Febrero. En la edad de Don Gaspar, las pasiones hacen estragos, Prudencia, Don Gasparín, mire que hay cielo. ¿Refregarles por los hocicos las niñas bonitas á los calaveras? Es un pecado, home.
Cuando entró Esclavitud llamada con un pretexto cualquiera, nadie podía contener la risa, lo cual azoró un tanto á la muchacha, que no sabiendo de qué se trataba allí, se puso muy sofocada y por consiguiente más linda, con aquel encanto especial suyo, que procedía de un aire casto y humilde, bajo el cual se traslucía una firmeza rayando en apasionada obstinación. El señor de Febrero se la comía con los ojos. ¡Viejecito más chiflado! Tan pronto como Esclavitud pudo escurrirse, Laín Calvo secreteó á la señora de Pardiñas:
—Ay, ay...: la niñina será un tesoro..., pero á mí...—y se tocaba la nuez—aquí se me pone y de aquí no me pasa. Estas que todas se arrebatan cuando las mira uno, me escaman muchísimo. ¡Doña Aurora, ojo..., cuidado!
—No sé de dónde saca V. eso, señor de Candás—protestó la señora con enojo, herida en su gran simpatía por la muchacha.
—Estas así, que parece que no rompen un plato, son de la misma rabadilla de Lucifer—alegó el maligno asturiano.—Venden modestia, y dan terquedad; venden inocencia, y dan más truchimanería que el que la inventó. No se fíe, amiguina. Estas son de aquellas que dicen: «¡Ay Jesús! No me pidas el brazo que me escandalizo. Pero si te lo tomas... ¿cómo ha de ser? tendremos paciencia.»
—Señor Candás, hay ciertas indicaciones que se pueden calificar de viperinas—protestó frenético Nuño Rasura, pegando con la muleta en el suelo.—Cuando está en juego la honra del sexo hermoso, toda cautela es poca, y conviene ver por dónde se anda y lo que se dice y á quién se toma en boca, señores.
—Ya, ya—replicó el Fiscal, agarrándose á la sordera.—Ya entiendo que á V. también le dan en qué pensar estos tipos así. No en balde hemos vivido añitos, y se nos ha caído la segunda dentición y los pelos de la cabeza. Doña Aurora: diga, y ¿por qué vino á dar aquí esta princesa errante? ¿Algún Eneas de allá que la plantó? Huéleme á historia.
—No señor—declaró la señora de Pardiñas.—No se eche V. á pensar mal, que no acertará. Por muerte de... de su tío, tuvo que ponerse á servir...
—¿Desde cuándo?
—Pues hará medio año... poco más ó menos.
—¿Y ya ha corrido dos casas? ¡Malorum... malorum!
—¡Qué malorum! Nada de eso. La yerra V., Don Nicanor. Le entró á la infeliz una especie de nostalgia, de esa que suele atacarnos á los gallegos cuando salimos por primera vez de nuestra tierra..., y, al menos, quiso servir con gente de allá. Como Vds. los asturianos son unos descastados, no comprenden esto. Pregúntele V. á las de Romera si tienen queja de la muchacha; que de allí se vino para esta casa muy de Vds.
—¡Uy, uy! ¿eh? ¡Con que nostalgia! Romanticismos y dengues, ¡carapuche! Ahora sí que digo yo que á esta princesina la tendrá V. que llevar tila para los nervios todas las mañanas. No se le ocurre ni al diaño. En estando bien comida y bien tratada, no sé qué caray le importaba la nacionalidad de los amos con quien servía, home.
—Está V. equivocado—contestó airadamente el señor de Febrero.—Esta enfermedad, que se conoce por morriña ó mal del país, es terrible en mis paisanos, señor de Candás, y alguno conocí á quien le llevó á la hoya. No se ría V., que esto lo saben allá hasta los gatos; y si V. no lo sabe, apréndalo. A veces, con evocar un recuerdo del país, se cura. ¿Ignora V. lo que ocurrió con el quinto, enfermo en el Hospital de la Habana? Pues estaba el pobre hombre á punto de liárselas, y ¿con qué dirá V. que sanó, pero en seguidita? Pues con tocarle la muiñeira en la gaita de su país. Así, así; con la muiñeira.
—Home..., no fastidie, por el Santísimo Cristo se lo imploro. Estaría ese quinto más borracho que un templo. Jumera pura. Ya le curaría yo con solfa de varas de avellano.
—Mi Don Nicanor, con V. no se puede. Niega V. lo que los demás hemos visto... Más vale hacerse como V., el sordo. Doña Aurora, si la paisanita esa no le conviene á V..., yo, por una servidora así...
—¡Aquí de Dios! Que este home quiere robar á la bella Elena que V. ha descubierto. Atentado contra la moral pública. Diga que no, doña Aurora; mire que es cosa grave.
—Ya se ve que diré que no. Por la cuenta que me tiene. Estoy muy bien servida con Esclavitud para deshacerme de ella.
Rogelio había oído en silencio la discusión de Nuño Rasura y Laín Calvo. El se inclinaba hacia las indulgentes apreciaciones de su madre y del ex-presidente de sala: con todo, á veces le entraban impulsos de creer que el maldito asturiano calaba más y conocía mejor la vida. Por una ilusión frecuente en los que carecen de experiencia, la malignidad y el pesimismo le parecían la última palabra del saber humano. Aquella disposición suya á pensar bien, debía, en su concepto, originarse de lo poco que había vivido. «A mí cualquiera me mete el dedo en la boca»—deducía.—«Soy un chiquillo, y no me da la gana de seguir siéndolo.»
XI
CRUZABA Esclavitud el pasillo, y oyó la voz de su señorito llamándola.
—¡Esclavita!
—Voy.
—Acude pronto... Tu intervención habrá de resolver un pavoroso conflicto.
La muchacha entró, y vió al estudiante de pié, en mangas de camisa, con el chaleco en una mano, y la otra muy apretada, lo mismo que si encerrase en ella algún tesoro.
—Ahora mismo, con la velocidad del rayo, acaba de saltarse de mi cuello este botón de precioso nácar... ¿Puedes adherirlo otra vez á su base sin atravesar mi garganta con el frío acero?
Sonrió Esclavitud, y registrándose el bolsillo, sacó alfiletero, carrete, dedal: este último era perforado por arriba y abajo, como los de las aldeanas. Se lo calzó rápidamente, y con igual presteza enhebró la aguja, dió el nudo, y cogió entre el pulgar y el índice la rodajilla de nácar. Arrancó el hilo que colgaba señalando el lugar del desperfecto; aplicó el botón, é introdujo la aguja... Aquí dieron principio las dificultades de la empresa. No era posible sacar la aguja airosamente, sin pincharle al señorito la barba, todavía rasa y monda cual la de una mujer. El fingía ayudar, y torcía la geta con mil festivos remangos y mucho de «¡ay! ¡socorro..., que me parten la carótida..., que me atraviesan la yugular..., que me practican la arriesgada operación de la traqueotomía sin tener garrotillo!» y la muchacha, risueña, pero sin perder el aplomo, sólo decía:—«Aparte un poco..., cuidadito ahora..., vuélvase..., pronto acabo...» Por fin, con ademán triunfante, dió alrededor del botón un sinnúmero de vueltas con el hilo, formando el pié; remató...
—¡Hurra! Victoria. Abróchamelo.
Los deditos menudos, picados de la aguja, recorrieron la garganta del estudiante, el cual despidió nuevos chillidos.
—¡Ay, ay, ay... Que me pelliiizcan!
Pero apenas estuvo abrochado el botón, murmuró como el que ruega para obtener una cosa muy importante y ardua:
—Esclava... Dígnate ceñir á mi cuello este dogal.
La muchacha tomó la chalina de seda, y al rodearla al cuello del señorito, se tropezaron las miradas de los dos. Mientras duraban las otras operaciones no había sucedido semejante cosa, porque Rogelio volvía la cabeza todo cuanto se lo permitían los accesos de risa que le entraban: ahora sí tenía que suceder, pues Esclavitud levantaba el rostro, y Rogelio, más alto, veía por fuerza, tan cerca que le mareaban, las dos pupilas verdes sembradas de puntitos de oro, y la raya del pelo, derecha, angosta y limpia, como surco que parte un campo de madura mies, y la cóncava frente, tersa y suave, y las venitas azules de las sienes y párpados. El aliento puro de la muchacha subía hasta la boca del estudiante, causándole un principio de embriaguez, como si hubiesen destapado una botella de oxígeno.
Fué asunto de un instante, pero instante en que por la intensidad de la sensación, Rogelio creyó vivir un año. La infancia, con su ligereza de mariposa, sus vagos horizontes de plata y azul, se quedó atrás; y la golosa juventud, la de insaciables labios, surgió tendiéndolos con afán á la copa eterna. La sangre de Rogelio, hasta entonces lenta, enfriada por la clorosis, saltó en las venas con impetuoso hervor, y refluyendo al corazón de golpe, volvió á derramarse encendida por el organismo. Un velo rojo, el que nubla las pupilas del criminal en el momento decisivo, cubrió también los ojos del estudiante, mientras le asaltaba la tentación brutal y furiosa de cerrar los brazos, comerse á besos la linda cabeza y deshacer á achuchones el cuerpo... La misma violencia del deseo paralizó su acción, y como Esclavitud había terminado el arreglo de la corbata, cuando Rogelio iba á ceder á la sugestión culpable, la muchacha se desviaba ya, colocándose á distancia conveniente para juzgar del efecto del lazo.
Fué como si se interrumpiese la comunicación del alambre con la pila. Rogelio volvió en sí, tan sobrecogido de terror considerando lo que había estado á punto de hacer, que sintió enfriársele las manos. «¡Qué atrocidad, Dios mío!... ¡qué disgustazo para mi madre!»
La noción moral, que á otros se les inculca como necesidad racional y deber ineludible, ó como religioso precepto, habíala recibido Rogelio por el conducto del sentimiento, en su educación faldera y mimosa de hijo único. Todas las ideas de decoro, de bondad, de rectitud, le llegaban por ese camino indirecto, pero dulce. «¡Ay, qué pena tendría yo, rapaz, si tú hicieses tal ó cual cosa! ¡Jesús, qué bochorno para mí si cayeses en esta ó en aquella falta!» Así es que, sin darse cuenta de ello, lo primero que Rogelio veía en sus actos era el efecto que podían producir en el corazón de su madre; y ésta fué también su primer idea, al disiparse el vértigo que le obscureciera la razón mientras tuvo tan cerca á la muchacha. Cuando Esclavitud hubo salido del aposento, el mismo recelo fué base de una honradísima resolución, la de evitar nuevas ocasiones y peligros más inminentes todavía. Tales propósitos son difíciles de sostener cuando se tiene el peligro en casa. A cada momento Rogelio sentía renacer su antojo primerizo, y como bocanadas de aire caliente, subírsele al cerebro los mismos vapores. En la mesa; al encontrar á Esclavitud en el pasillo; cuando le traía á su cuarto luz, recados ó ropa, no podía menos de devorarla con los ojos, detallando la perfección de su talle gentil, el misterio de su cerrado y honesto corpiño, la gracia de su ligero andar. Cuanto mayor y más vivo era su anhelo, más atado se sentía en presencia de la muchacha. Delante de ella le parecía imposible resolverse nunca á decirle nada que tuviese color de requiebro formal; y en cambio, de noche, á solas, desvelado, dando vueltas en la estrecha camita, juzgaba fáciles todas las empresas y razonables todos los despropósitos, y hasta—¡extraña forma del capricho apasionado!—creía tener una obligación, una especie de deber estricto de realizar lo que por el día consideraba un atentado y un acto de locura. «Después sí,—pensaba,—que nadie podrá llamarme chiquillo; y yo mismo me convenceré plenamente de que no lo soy.» Esta disparatada idea se desvanecía por la mañana, al traerle su madre el chocolate según vieja y afectuosa costumbre. Al ver entrar á doña Aurora con su bata de tartán y la bandeja en las manos; al saborear el primer bizcocho, el chico mimado sentía todo el influjo de la ley moral imponiéndose con fuerza apodíctica, y los principios desconocidos ó negados minutos antes, se le presentaban claros, demostrativos, evidentes. «Darle una pesadumbre á mamá, allá por fuera de casa, ya sería terrible, ya se me ponen los pelos de punta con solo imaginarlo... Pero, en fin, siempre resultaría más disculpable y más llevadero. Aquí mismo..., vaya..., es cosa inaudita. Aunque ella no lo pescase, á mí se me figuraría que me lo estaba leyendo en los ojos y hasta en el modo de respirar. Y lo pescaría, lo pescaría; ¿pues quién lo duda? Es muy pilla mamá, así con esas tracitas de bonachona. El dedo en la boca no se lo mete nadie. Me conoce tan bien, que aún no he acabado yo de decir las cosas y ya las ha guipado ella. Como que no le importa ni se ocupa de nada sino de mí. Dios quiera que no tenga escama ya...»
Así, aquel culpable de pensamiento estudiaba con atención el rostro de doña Aurora, temeroso de que alguna de sus miradas á Esclavitud le delatase. A veces se comprometía por dar en el extremo opuesto, afectando no mirar á la muchacha, evitando hasta el roce de su manga cuando le servía á la mesa. Verdad que este mero roce le sacaba de quicio, llegando á causarle una impresión dolorosa por lo intensa. Era el suyo deseo exaltado de la primera edad, que no sabe aún ni reprimirse ni abrirse camino hasta su objeto. Después de dos ó tres días de huir de la Esclavitud, ideaba un pretexto para ir á sorprenderla en el cuchitril donde planchaba y tenía las cestas del repaso; y una vez allí, no se le ocurría más que sentarse en una silleta, y engañar su violento capricho contemplando á la chica que, encendida y sudorosa, encorvado el brazo derecho en arco rígido, hincaba con esfuerzo la plancha en las pecheras ó los puños de las camisas. Cuando el ímpetu de abrazarla le acudía muy fuerte, Rogelio se levantaba y refugiábase en su despachito. Allí estaban, sobre el barnizado escritorio, los antipáticos libros de texto, impresos en papel de estraza, con tipos gastados y turbios, y despidiendo de sus mustias hojas y de su parda cubierta toda la secura de la aridez, todo el humo del hastío. Nunca le habían caído en gracia á Rogelio los tales librotes; pero ahora... Apenas intentaba abrirlos para repasar una conferencia, una niebla de aburrimiento pertinaz se le subía á la cabeza, y una especie de disolución moral se verificaba en su espíritu, en el cual cierta voz rebelde murmuraba vagamente herejías así: «Anda, hijo, déjate de pamplinas, reniega de esa ciencia oficial, manida, huera, sin jugo. La realidad y la vida son otra cosa. Eso con que pretenden alimentarte es un conjunto de vejeces, la cáscara de un limón exprimido ya por la mano diez y nueve veces secular de la Historia. Ha caducado cuanto estudias. Te quieren llenar el cerebro de restos momificados, de trapos polvorientos y de antiguas telarañas. Te quieren meter en la cabeza la vieja balumba jurídica, y que de un salto te encuentres en la edad de tus tertulianos, Laín Calvo, Nuño Rasura y el honrado Fantoche. Quieren que seas de palo como él. No, eres de carne y hueso; eres hombre; la vida te llama, y la vida á tu edad, á falta de un estudio que desarrolle la armonía de tus facultades, es... Esclavitud».
A estas indeterminadas reflexiones aquí traducidas en lenguaje claro y vulgar, el estudiante asentía bostezando, levantándose nerviosamente de la silla, cogiendo del estantito una novela ó el último número del Madrid Cómico, tumbándose sobre la cama, y tratando de distraer con una lectura hambrienta sus febriles ansias.
No tenía el recurso del cigarro, porque pertenecía á esta generación reciente que no fuma, y que llegará, si Dios no lo remedia, á desmayarse con el olor del habano, ni más ni menos que las damas británicas. Faltábale ese gran engañador de la impaciencia, ese gran consejero en las horas malas, ese poderoso sedante, esa distracción la más espiritual de cuantas puede ofrecer la materia. Un día pensó en ella mucho. «¿Qué me sucedería si fumase? Por de pronto, marearme. Quién sabe si echar los bofes... de fijo que sí. Luego, mamá conocería por el olor... No, peor es el remedio que la enfermedad.»
Esta idea del cigarro, que le halagaba porque tenía algo de calaverada varonil, trajo como de la mano otro expediente más fecundo en resultados y hasta de realización gratísima y fácil. ¡No habérsele ocurrido antes, cuando era tan sencillo, tan sencillo, y hasta tan natural y justo, y sobre todo tan útil para alivio del malestar presente! «Pues si lo raro es que yo no tenga ya una novia, señor. La tiene cada quisque: Benito Díaz, una preciosa; Cardona otra por quien bebe los vientos... Siempre me están diciendo que á qué aguardo para echarme la mía correspondiente. Pues les sobra razón. Así se me quitarán estas chifladuras y estos alborotos. Tomaremos novia, sí señor que la tomaremos. El tener novia no es cosa mala, ni aunque mamá lo averigüe se va por eso á disgustar. Un clavo saca otro clavo. Será la gran distracción...»
Creada ya la plaza, faltaba saber en quién recaería la provisión del empleo. Rogelio pasó revista con la memoria á todas las señoritas conocidas suyas. Unas eran feas, otras tenían ya su arreglito; ésta frisaba en los treinta; aquélla no salía de casa jamás; unas se burlarían de él; otras le pedirían cosas muy difíciles en prueba de cariño... Recordó que por una callejuela que desembocaba en la Ancha de San Bernardo, vivían frente á su casa tres ó cuatro chicas, descendencia de un empleado en el Ministerio de Ultramar. No eran malejas, en especial la menor, una rubita pálida que, cara, pelo y ojos, todo lo tenía de un color mismo, lo cual la favorecía, dándole cierto parecido con la infanta Eulalia. Rogelio la miraba á veces, recibiendo pago puntual de todas sus ojeadas sin que le quedasen debiendo ni una sola. «La rubita me conviene....», pensó el estudiante. «Ni necesito moverme del comedor...» En efecto: el mismo día que lo discurrió, á la hora del almuerzo, apostóse detrás de los cristales, con las vidrieras á cuchillo, y miró hacia los balcones del tercer piso de enfrente. Allí estaba la rubia, vistiendo una mañanita de percal de lunares, toda sucia y ajada; sobre la barandilla del balcón flotaban varias prendas de ropa íntima, en más que mediano uso, puestas á secar, y encima de una cómoda se veían frascos cubiertos de polvo, la jaula vacía de un jilguero, trapos, una bota inservible.—Al fijarse en aquel interior nada holandés, el plan de tomar novia que viviese allí se le frustró á Rogelio. Permaneció apabullado diez minutos. «Buscaremos por otra parte. Lo que es sin novia no me quedo yo; sólo faltaba...»
XII
LA mañana de un domingo despertó á su hijo la señora de Pardiñas con la intimación siguiente: «Hoy haremos visitas. No hay más remedio: estamos en descubierto con todo el mundo. Es un escándalo. Ya he pedido el landó al taller de Agustín: dice que á las dos en punto lo tendremos á la puerta. ¡Ah!... ¿No sabes? Voy á ir, que si me miro al espejo, no me conozco. La modista me trajo ayer el vestido de terciopelo negro arreglado con pasamanería de azabache y puntillas; el sombrero igual está listo. Con que tocan á sacar el fondo del baúl. Te pasarás por la peluquería antes de almorzar: tienes el pelito muy largo».
Rogelio gruñó bastante, alegó dos ó tres ocupaciones indispensables aquel día, pero todo en broma, porque bien veía á la señora de Pardiñas resuelta á no acostarse sin haber ofrecido un gran holocausto en el altar de la sociedad. A los dos menos cuarto, Rogelio estaba acabando de abrocharse la primer fila de botones de su levita inglesa, delante del armario de espejo. Por fortuna era domingo, y, en tal día, frente á la Universidad es donde se puede estar seguro de no encontrar un estudiante para un remedio; que si no, menuda sofoquina le esperaba cuando los compañeros le viesen con aquel empaque, vestido de caballero, con guantes y chisterómetro. Acostumbrado á la pañosa y al hongo, le parecía en los primeros momentos, que ir de levita era así cómo salir de máscara. Allí estaba la chistera, reluciente, flamante, sobre la mesa del despacho, y los guantes también, y el junquillo, y el tarjetero de piel de Rusia, y el pañuelo con rica inicial bordada. De todos estos objetos se hizo cargo; ladeó el sombrero al colocarlo sobre la bien aliñada cabeza, y empezaba á calzarse los guantes, con el mal humor inherente á esta operación siempre enfadosa, cuando su madre entró.
—¡Jesús, máter admirábilis! Vienes hecha un brazo de mar. ¡Ole por las buenas mozas, las mujeres principales y el trapío!
Lo que venía doña Aurora era muy atarugada con las galas que sólo en ocasiones solemnísimas se determinaba á lucir. Que no la quitasen á ella de su mantito arrebujado, de su traje de merino y de su gran abrigo de pieles. Tanto embeleco era para condenarse. El peso del sombrero, con sus lazos empingorotados, la obligaba á bajar la cabeza; los aceros de la falda la ataban los muslos; en fin, ello no había más camino que someterse á semejantes impertinencias, por lo menos dos veces al año. Llevaba tarjetero, como su hijo, y además una lista de las casas donde se creía obligada á ir. También lucía, asomando por el manguito de marta, un hermoso pañuelo de encaje, perfumado con no sé qué extracto fino, y en las orejas dos buenos solitarios; el lujo modesto de una señora que no pretende sino guardar el decoro de su clase. Y, sin embargo, tal es el poder de la composición y del adorno en la mujer, que doña Aurora, con sus cincuenta y pico, parecía haberse dejado diez en la puerta del cuarto tocador, ostentando en la tez una animación agradable, y en el andar cierta majestad insólita.
Esclavitud venía detrás, trayendo un abrigo, que por si acaso enfriaba la tarde iría en el coche; y mostrando esa admiración solícita de los criados adictos en los días de gala con uniforme para sus amos, se puso á arreglarla el polisón y las aldetas del corpiño, y á sacudir imperceptibles motas de polvo en la parte inferior del volante. De pronto alzó los ojos, y exclamó cándidamente mirando á Rogelio:
—Virgen de las Ermitas... ¡El señorito qué majo!
—¿Verdad que está hecho un figurín? Rogeliño, vuélvete, vuélvete..., así. La levita te la han sacado pintada.
—¡Mamá!...—protestó Rogelio. Pero fué preciso dejarse mirar y remirar por Esclavitud, y aun consentir una mano de cepilladura en el cuello de la levita. Las pupilas de la muchacha le decían con inocente lenguaje que estaba bien. Le arregló los puños, y cuando bajaba la escalera todavía le gritó:
—¡Qué lástima! Lleva en la pierna derecha un poco de pelusa de la alfombra.
La primer visita fué á casa de Don Gaspar Febrero, porque la hija del respetable decano, casada con un comandante de Estado Mayor, se marcharía pronto á Filipinas, en compañía de su marido, destinado á Manila. Se habló de la navegación, del clima, de los baguíos, de la carestía de la vida allá, y del señor mayor que se quedaba solo aquí. Por fortuna, nunca había estado más tieso, más animoso, ni más rufo: aun ahora mismo acababa de salir á pié, agarradito á su muleta, ávido de tomar sol. Con estas buenas nuevas se despidieron de la morada de Nuño Rasura y pasaron á hacer otras visitas casi todas análogas, algunas de tarjetazo, las más agradables para Rogelio, que al acercarse á cada portal repetía entre dientes la consabida jaculatoria:
—Animas benditas, ¡que no estén en casa las visitas!
Pero ¡ay! Pegó el gran respingo al anunciarle su madre que ahora irían «un minuto» á casa de las señoritas de Romera, Pascuala y Mercedes.
—Madre mía, si es posible, pase de mí ese cáliz. Pero, ¡carapuche! como dice el sordo de conveniencia, ¿no ves que necesitaré pellizcarme así, para no dormirme?
—¿Tan curro como estás y no quieres lucirte con las buenas mozas? Anda, anda, da la orden: calle del Barquillo...
Reservaba la casa de las solteronas una sorpresa al estudiante, en figura de la despabilada chiquilla que salió á recibir á los visitadores, y les convidó á pasar á la sala, anunciando que las tías «vendrían inmediatamente». Para decirlo hizo mil monerías con la cara y los ojos, que los tenía negros, chiquitos, vivarachos, muy parleros. Vestía la sobrinita de las de Romera un traje bastante rabicorto, indicio de que aún no había ascendido á la dignidad de la mantilla, y un mandil de peto, bordado de colorines alrededor: un lazo de cinta azul ataba la coleta de su trenza corta; y sus zapatitos usados, desflorados por la punta, indicaban la viveza de movimientos del pié menudo y arqueado que prendían. A poco rato salió Pascuala, la mayor de las solteronas, toda mocosa y acatarrada, declarando que su hermana no podía moverse del gabinete, por estar pasando un resfriado mayor aún, que requería evitar cambios de temperatura. «Mire V.: poner á mi hermana entre puertas, es como darle una puñalá». Luego presentó á su sobrina igual que hubiese presentado á un perrillo revoltoso, que alterase la soñolienta quietud de aquella morada. «Aquí tiene V. á mi ahijada Inocencia, la niña segunda de mi hermano Sebastián, el que vive en Loja... Nos la ha dejado el pobre aquí porque necesita arreglarse la boca; le ha nacío un diente montado sobre otro, y habrá que arrancárselo... Es muy ardilla; no puede estarse fija en un sitio; no hay calzado que le baste; por eso la ven Vds. tan mal de botitas...» Hechas estas aclaraciones, vino á cuento hablar de Esclavitud, y en atención á que no se podía tratar el asunto delante de «una criatura» y á que Mercedes deseaba disfrutar de la presencia de doña Aurora, las dos damas pasaron al gabinete, dejando solos á Rogelio é Inocencia. «Enséñale los álbumes y las vistas de Granada, niña», fué la orden que recibió la chiquilla al salir su tía de la sala.
Inocencia obedeció,—no sin hacer varias morisquetas á pretexto de llegarse á la mesa,—exclamando atropelladamente y con mucho ceceo:
—Venga V., venga V. á ver las estampas que dice tía Pascua. ¡Son más preciosas!
Aunque lo de ponerse á mirar estampitas le sabía mal al «caballero» de levita y chistera, por vergüenza de protestar se resignó, y ocupó una silla al lado de la chicuela, que, al abrir el álbum, le lanzó una ojeada inequívoca, incendiaria, con todo el descaro de los catorce años mal cumplidos. Ya al quedarse solo con la niña, le había ocurrido al estudiante que no pudiera deparársele ocasión más rodada y cómoda de echarse novia que la presente. Mortificábale un poco en su amor propio el que fuese tan chiquilla, porque una señorita de diez y ocho á veinte honraba más, y aquello olía á noviazgo de juego; pero al verla de cerca, con todos los indicios de la precocidad meridional, con su cuerpecito ya enteramente formado y su labio superior grueso y un poco remangado por el diente defectuoso, parecióle una mujer en miniatura, y dijo para sí:
—Me declaro.
Declaróse en efecto, sin más preámbulos ni ceremonias, con frases muy retumbantes aprendidas en zarzuelas y comedias, en periódicos y bromas de estudiantes. La chiquilla, sin mostrar la menor sorpresa, fingía seriedad, enrollando un pico del lazo de su trenza, traída adelante con afectación de lucir el pelo, haciendo á la vez mil mohines y dengues de coqueta de oficio. Como el estudiante alzase un poco la voz, la niña murmuró:
—¡Chisss... Que están ahí, en el gabinete!
Rogelio bajó el diapasón y apretó la súplica, aunque empezaban á cosquillearle unos fuertes impulsos de reir á carcajadas: y después de tres ó cuatro gestos negativos, la niña, sin más ni más, de golpe, dijo que sí.
—¿Me da V. una prueba de amor?—imploró Rogelio: y sin aguardar respuesta, se inclinó y la besó en el carrillo, figurándose que besaba el de una pintada muñeca, terso, rosado, insensible. Ninguna emoción, ni de placer ni de bochorno, reveló Inocencia al recibir el beso: antes cogiendo al estudiante por la solapa, indicó con mucha fe:
—Me parece que debemos tutearnos. Los novios de mis amigas se tutean con ellas.
—Bien, pues te tutearé... Ya te estoy tuteando.
Ella recalcó con el mismo empeño y apresuramiento:
—También debemos escribirnos todos los días: todos, sin faltar uno. El novio de mi hermana Lucía le escribe unas cartas así..., una por la mañana, otra por la tarde, que aún es más.
—Corriente. Nos escribiremos. Me entenderé con la criada para que traiga y lleve la correspondencia.
—Y me darás un retrato tuyo. ¿No tienes fotografías? A mí no han querido papás dejármela sacar, hasta que me arranquen el diente; pero puedo darte pelo para un medallón. ¿Me lo corto ya?—añadió jugueteando con las puntitas rizadas de la coleta.
—No... Cuando yo te dé el retrato.
La chiquilla se levantó rápidamente, y andando de puntillas, fué á la puerta del gabinete donde charlaban las señoras mayores. Regresó, con las mismas precauciones, gozosa.
—Creí que venía madrina. Pero no. Están de mucho palique.
Dicho esto volvió á ocupar su sitio al lado del estudiante, y transcurrieron dos ó tres minutos sin que se dijesen palabra. La chiquilla esperaba, sorprendida de que no se le ocurriese nada á su novio; y al muchacho, por más que discurría, no se le venía ni esto á la boca. Sólo continuaba teniendo ganas de reir, unas ganas disparatadas, y para no estallar se cubría los labios y la nariz con el rico pañuelo de bordada inicial. La novia reparó en el pañuelo, y observó vivamente:
—¿Qué letra es esa?
—Erre. Me llamo Rogelio.
—Ya te lo iba yo á preguntar. Siendo mi novio necesito saber cómo te llamas. ¿Qué pongo en los sobres de las cartas? Señor Don Rogelio...
—Pardiñas.
—Pardiñas, Pardiñas, Pardiñas...—Repitiólo muchas veces la muchacha, como si temiese olvidarlo; y después, encarándose con el estudiante, le interrogó con tono solemne:
—¿Nos hemos de casar?
Aquí ya Rogelio no pudo aguantar el acceso de risa nerviosa, y la dejó salir por la boca, por los ojos, por el cuerpo mismo, cogiéndose la cintura, que le dolía con la fuerza de las carcajadas. Y sollozaba, echado atrás en el sillón:
—¡Ay... ay... me muero, me muerooó!
—¿De qué te ríes?—preguntó algo picada la niña.—Pareces tonto. Dime si nos hemos de casar, ea.
—Por supuesto que sí. Es que soy muy tentado de la risa. Déjame reir, que si no me pongo malo.
Así que hubo desahogado, Inocencia le cuchicheó al oido:
—¿Pasarás mañana á las nueve de la mañana por esta calle? Yo estaré al balcón. A esas horas me asomo siempre á ver pasar la batería montada. Es muy bonita. ¿Tú qué carrera sigues?...
—Abogado.
—¡Lástima! No tienes uniforme.
XIII
A Rogelio, cuando iban terminando de bajar la escalera, le duraba aún la impresión burlesca del noviazgo, por lo cual no se cuidó de ofrecer el brazo, según acostumbraba, á doña Aurora. Un grito y un estruendo inesperados le helaron la sangre en las venas, al ver á la señora resbalar y precipitarse desde el último tramo yendo á caer sobre las baldosas del portal. Los grandes sentimientos tienen revelaciones supremas en las ocasiones supremas también; Rogelio ignoraba que hubiese cuerdas en su laringe y acentos en su voz para decir de un modo tan desgarrador y patético:
—¡¡Madre del alma!!
Saltó á brincos lo que su madre había rodado, y en un abrir y cerrar de ojos la puso de pié, la reclinó en sus brazos y la apretó contra el corazón, palpándola con delirio, para cerciorarse de que no estaba muerta ni tenía ningún miembro fracturado. De repente lanzó una exclamación de horrible susto.
—¡Sangre, mamá!... Hay sangre... ¿Por dónde sangras? Aquí... ¡Jesús, sangre!
En efecto, la cabeza había dado contra el filo de un peldaño, y asomaban unas gotas de sangre por la descalabradura. Aturdida como estaba la señora por la fuerza del porrazo, la angustiosa voz de su hijo la reanimó, y pudo decir con desmayado acento:
—No te asustes, rapaz. No fué nada... puedes creerme que no fué nada. Ya estoy así..., mejor.
—En esta portería no hay nadie... Voy á subir, á pedir vinagre, agua...
—No, hijo, no, por la Virgen... No llames, no alborotes. Llévame al coche poquito á poco. Para males y cosas así, cada uno en su casa.
Temblando y trasudando frío, Rogelio condujo á su madre, casi en vilo, al coche, y á pulso la subió, recostándola en la esquina, mientras le hacía aire con el pañuelo, pensando con terror: «¿Habrá habido conmoción cerebral?»
—A casa, despacito—ordenó al cochero que se inclinaba lleno de curiosidad para ver qué sucedía. Y sin poder reprimirse, Rogelio abrazó á la señora, formulando la pregunta de todas las caídas:
—¿Pero mamá, cómo hiciste?
—No sé, hombriño... el pié se me escapó; sería culpa de los tacones de las botinas nuevas... ó me prendería en el volante del traje.
—Culpa mía, que no te di el brazo. Soy un bruto. ¿Dónde te duele? ¿Qué tienes ahora, mamá?
—No sé... Parece que me entra un síncope—respondió con voz débil la señora.
De síncope eran las trazas, según el color mortal y el enfriamiento repentino. Rogelio estuvo á punto de gritar al cochero: «A una botica»; pero en esta incertidumbre y congoja, la señora volvió un poco en sí, hizo señas de encontrarse mejor, y el coche se fué acercando á la puerta de la casa. Al bajar Rogelio á su madre, ayudado del lacayo, la señora lanzó una queja.
—¿Qué te duele?
—Esta pierna... No, si no vale nada, no te apures.
Enterada al vuelo de lo ocurrido, Esclavitud, sin inútiles aspavientos, con actividad y destreza, se dió prisa en aflojar á la señora, aplicarle vinagre á las sienes, desnudarla después y acostarla en su cama bien mullida. Doña Aurora se quejaba de arcadas, de angustia, de opresión, de náuseas continuas, y deseaba arrojar; por lo cual el estudiante pensó aterrado: «¡Adiós! conmoción cerebral tenemos». Llamó aparte á Esclavitud y la dijo atropelladamente: «Ten cuidado. Yo voy por Sánchez del Abrojo, y no me vengo sin él».
Le trajo, en efecto, al cabo de dos horas; y el insigne médico, después de examinar detenidamente á la enferma y verificar un minucioso y hábil interrogatorio, tuvo que convenir en que había habido un poquito, nada más que un poquito, de conmoción cerebral... Unica terapéutica: quietud en la cama, silencio, dieta mientras no se aplacase el estómago. Las demás lesiones eran de escasa monta: la descalabradura de la frente no había pasado de la epidermis: la contusión en la pierna izquierda se reduciría á un cardenal más ó menos respetable. En suma, todo no valía nada. Quietud, y se acabó.
Para cumplir el programa del facultativo, realizóse en casa de Pardiñas esa mutación de costumbres y ese cambio de aspecto que introduce siempre la enfermedad. La vida se reconcentró en el estrecho espacio de la alcoba y gabinete de la enferma. Rogelio y Esclavitud se declararon allí en sesión permanente, él recibiendo visitas de amigos, ella mudando paños de árnica, trayendo tazas de tila, quemando espliego y haciéndose cargo de órdenes dadas en voz baja y llaves confiadas con misterio sumo. «Que no le falte nada al niño... Su sopicaldo, su jerez... Cuidado con calentarle la cama...» A estas advertencias, que Esclavitud oía religiosamente, seguían gemidos ahogados. «Ay, la maldita pierna, como me escuece... Se me parte la cabeza de dolor».
Ejercía Esclavitud sus funciones de enfermera con aquella asiduidad reconcentrada y muda que solía demostrar en todos los actos de la vida de relación. Salía y entraba sin que se percibiese el menor ruido de pisadas, ni crujido ó roce de ropa. Estaba en todo, y si faltaba de la alcoba, era á fin de manipular algún potingue en la cocina. Hasta se las arregló para tener tiempo de servir la comida á Rogelio sin desatender á la señora; pero de ella misma, no se averiguó jamás á qué hora había tomado algún sustento en aquel día memorable.
Adelantada ya la noche, y recogida la casa, preparó cuidadosamente una lamparilla y la colocó en el suelo, de modo que su luz no ofendiese la vista de la enferma: después tomó una silla baja, que colocó cerca de la cabecera y en la cual se instaló. Como Rogelio permaneciese en la butaca del gabinete, acercóse á él y le suplicó en voz muy queda: «Acuéstese, señorito; no esté así». La enferma, que había empezado á aletargarse un poco, entreoyó la súplica, y la esforzó más. «Rapaz, á ver si te acuestas... No estás acostumbrado á velar, te va á hacer mucho daño... No seas loco, acuéstate... Me cuida divinamente Esclavitud». Mas no hubo forma de convencer á Rogelio, y el pleito se transigió resolviendo que se le pondría en el suelo una cama volante. La galleguita acarreó con extraño vigor dos colchones; batió silenciosamente las almohadas, y con igual silencio hizo la cama en toda regla. Rogelio no se desnudó más que de la americana y el chaleco; así, á medio vestir, se deslizó entre las sábanas, notando entonces el quebrantamiento corporal que sigue á los grandes sobresaltos y á las emociones profundas. Al mismo tiempo un recuerdo bufo cruzó por su memoria:
—¡Calle! ¿Y mi novia? ¿Se asomará mañana para verme?
XIV
AUNQUE rendido por las fuertes impresiones de la jornada, y casi tranquilo porque veía á su madre en estado bastante satisfactorio, Rogelio tardó mucho en conciliar un sueñecillo, y dió no pocas vueltas antes de quedarse traspuesto. Ni consiguió adormecimiento profundo y reparador, sino un dormir agitado, lleno de pesadillas, soñando siempre que se caía; caídas rápidas, infinitas, interminables, con la angustia de no llegar jamás al suelo, y de ver desde arriba el punto crítico en que iba á estrellarse. En uno de esos esfuerzos dolorosos é involuntarios que se hacen durante el sueño mismo ó para terminar la pesadilla ó para cambiarla, despertó atónito, y no recordando al pronto cómo podía ser que se encontrase allí, á aquellas horas, acostado en la alcoba de su madre, miró á su alrededor.
Silencio absoluto. El cuarto estaba medio á obscuras, alumbrado por la lamparilla; la señora debía de dormir, porque se la oía respirar fuerte, roncar casi; y á su cabecera, el estudiante divisó á Esclavitud sentada, inmóvil, con los ojos abiertos y clavados en él, grandes y fijos. Un impulso irresistible le movió á llamarla, con voz de niño que, á causa de algún miedo nocturno, implora compañía.
—¡Esclavita! ¡Ps! ¡Esclavita!—cuchicheó.—Aquí.
Se acercó la muchacha, deslizándose como una sombra, y se inclinó hacia Rogelio.
—¿Duerme mamá?
—Y bien que duerme.
—Pues yo ahora estoy despabilado. Dame conversación..., así, bajito, para que no la despertemos.
—¡Ay, señorito! ¿Y si vamos á molestarla?
—Que no. Habla bien despacito... y de cerca.
—¿No le era mejor dormir?
—¡Quiá! ¡Si supieras qué cosas tan tristes soñaba! No, más quiero velar ahora. Ponte aquí.
—¿Dónde?
—Sentada aquí, en el suelo. Si no no podemos hablar bajo... y despertaremos á mamá.
Esclavitud aceptó la proposición incontinenti, y se tendió casi boca á boca con Rogelio, pero sin perder su aire púdico y reservado, manifestando bien en esto haber nacido en el país donde se ejecutan las acciones libres con más aire de decencia, y donde las mozas unen á la naturalidad bucólica el exterior honesto. El aliento virginal y fresco de la muchacha se mezcló por segunda vez con el del estudiante; pero le produjo una impresión muy diferente de la primera. Sea que el sustazo de la caída de su madre hubiese transformado todas sus sensaciones juveniles en sentimiento, sea que el lugar en que se encontraba no permitiese malas tentaciones, ello es que al tener tan próxima á Esclavitud y tan fácil cualquier desmán, ni se le pasó por las mientes intentarlo, y sólo notó una especie de efusión rara y cariñosa, un movimiento de ternura inexplicable, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Alargando la mano y apretando con violencia la de la chica, murmuró:
—Esclava, ¡por poco se muere hoy mamá!
—¡Gracias á Dios que no fué nada, señorito!—contestó la muchacha correspondiendo á la presión.
—¿Y si muriese, qué hacía yo, di?
No respondió Esclavitud, y obró sabiamente, porque el problema planteado era de los que no se resuelven con palabras. Estrechó aún más la mano nerviosa y febril, y sus ojos contestaron, en la penumbra, con larga mirada elocuentísima.
—Si muriese—prosiguió Rogelio dejándose arrastrar por aquel movimiento de sensibilidad involuntaria—ahí tienes; no me quedaba nadie en el mundo más que tú, nadie.
—¡Yo!...—balbució la muchacha, cuya diestra se estremeció en la del estudiante.
—Pues tú, y nada más que tú. Familia no la tengo; digo, allá en Galicia unas tías, con quienes estamos como el perro y el gato. Ya ves qué arrimo, chica. ¡Pues amigos...! ¡bah! dos ó tres... ahí en la Universidad... Amigotes que de poco sirven. Luego los viejos de la tertulia de mamá. Gran cosa. Todos van chocheando. Nada, Suriña..., tú y sólo tú.
Hablaba así Rogelio medio incorporado, para mejor dejarse oir de la muchacha; y la necesidad de bajar mucho la voz, hacía parecer más persuasivo su acento, dándole el tono apasionado y reprimido de una confesión. Persuadido él, persuadía al auditorio. No se encontraba en estado de medir la trascendencia y el efecto de sus palabras, ni menos sospechaba que la sensibilidad y la bondad pueden ser en determinadas ocasiones más funestas que la cólera y el odio. En su emoción había mucho de nervioso, y las frases salían de sus labios provocadas por una reacción del susto de la mañana, como sale el gemido al golpe del dolor, que ni sabemos medirlo, ni de qué manera lo hemos articulado. Lo mucho que tenía aún de niño rebosaba en aquel desahogo cariñoso, y ni él aspiraba á más, ni más podía prever, dado que en momentos tales quepa ejercitar previsión.
—Tú, Suriña—repetía entregándose á las manos que con vigor casi convulsivo oprimían la suya.—¿Verdad que tú me quieres, y que me quieres mucho?
Incapaz de responder con la boca, la muchacha afirmó enérgicamente con la cabeza.
—Ya lo sé. Si eso lo había adivinado yo; por eso te decía que no me quedaba nadie más que tú, y que á ti me arrimaba, ¿sabes? Aunque me dijeses que no, no te lo creería. Me quieres... y á mamá también.
—Pues es verdad—pronunció al cabo la chica recobrando el habla y apartándose un poco del estudiante.—Yo no sé qué me ha pasado á mí en esta casa, que le cogí así á modo de un cariño... un cariño muy grandísimo desde que entré por la puerta. Vamos, se me figuraba que estaba en la tierra otra vez. Como son personas de allá... En fin..., estas cosas me parece á mí que cuanto más quiere uno explicarlas, peor las explica. Lo que sé es que si me quedo con aquellas otras señoras, doy cabo de mí muy pronto.
—¿Y por qué estabas tan triste aquí los primeros días, Esclava?
—Verá... Porque pensé que V. me tenía tema.
—¡Yo tema!
—Sí señor. Cavilando en eso me vinieron unas melancolías muy hondas. Se me metió en la cabeza el verme...
—¿El verme?
—Le decimos allí así á uno... como un bicho, vamos, un gusano, una cavilación, para hablar verdad. Toda la santa noche pasaba á devanar la madeja... «¿Qué haré para que me pierda la tema el señorito? ¿Cómo me valdré para darle gusto?» Y lo más chocante de todo..., puede creerme, es tan verdad como que Dios está en el cielo..., que así tan negra como tenía el alma... no era como en la otra casa, no. De ésta no me querría ir ni hecha cuartos, más que de ella me echasen.
—Porque sabías que yo te quería, Sura.
—No señor, no; no lo sabía: á fe que pensé que aborrecida era. De la rabia que tomé me daban ganas de morirme.
—Yo sí que me muero de gusto con oírtelo. Ahí estás muy mal, chica. Pon la cabecita en mi almohada. Ahí va. Te la saco fuera para que te alcance.
Esclavitud apoyó la cabeza en la almohada sin desconfianza ni esquivez, y los dos permanecieron un instante silenciosos, saboreando el momento. La endeble luz de la lamparilla señalaba en realce las facciones de Esclavitud, marcando los claros con pálida blancura, los obscuros con un matiz uniforme, entre gris y rosa. Parecía un fino grabado, y Rogelio expresó su admiración así:
—Suriña, eres preciosa.
En esto doña Aurora suspiró hondo, y ambos se estremecieron, aunque su coloquio no pudiese en ningún modo graduarse de ilícito. La enfermera se puso de pié para enterarse de lo que ocurría. A los dos segundos estaba de vuelta.
—Duerme como una santa.
—Colócate bien otra vez. Quiero preguntarte una cosa. La mano. ¿Por qué te daba tan fuerte la manía de si me tendrías contento ó descontento?
—¡Ay! ¡No sé! Desde el primer día dije yo entre mí: si aquí no te quieren, Esclava, es que estás de sobra en el mundo. Ya viniste á él contra la voluntad de Nuestro Señor... Ya Dios te miró siempre con malos ojos... ¿No lo sabe, señorito?
—Sí que lo sé, Suriña... Pero eso es una atrocidad. ¿Cómo va á mirarte Dios con malos ojos?
La muchacha medio se incorporó de un salto, con los suyos muy abiertos, espantada de ver que ya sabían lo mismo que ella se disponía á confesar.
—No seas boba—murmuró generosamente Rogelio.—Tú qué culpa tienes, mujer. Eso me puede suceder á mí, á cualquiera. El nacimiento no lo escogemos. ¡Simple!
—¡Si viese cómo me trabaja eso allá dentro!...—articuló con vehemencia la muchacha, abriendo el corazón como si, próxima á desmayarse, desabrochase el corpiño para respirar.—Siempre estoy imaginando: «Esclava, á ti Dios no te puede querer bien. Nunca buena suerte has de tener, nunca. Ya desde que naciste estás en poder del enemigo, y buena gana tiene el enemigo de soltar lo que agarra. Por mucho que te empeñes en ser un ángel, estarás eternamente en pecado mortal. Ya lo tienes de obligación. Para ti no hay padre, ni madre, ni nada más que vergüenza cuando te pregunten por ellos. Y así, todo lo que hagas te tiene que salir del revés, y si te encariñas con una persona, peor, que Dios te ha de quitar aquel cariño.»
—Pues conmigo no te pasará nada de eso, Suriña blanca. Yo te quiero como si fueses hija del rey... Mamá también te quiere mucho; le entraste desde el primer día, ¿no sabes?
Esclavitud, al oir este aserto, levantó la cabeza, clavando la vista en el lecho de la señora. Su mirada y su sonrisa querían decir varias cosas importantes; pero Rogelio no estaba en disposición de prestarse á entenderlas. El estado de su ánimo no era á propósito para razonamientos, sino para dejarse mecer dulcemente por el afecto que necesitaba como sedación y medicina. Viendo que no le producía Esclavitud las malas tentaciones de otras veces, pensaba que su cariño se había depurado, y que aquel juego anómalo era lo más inocente del mundo. O para decir toda verdad: estaba en una crisis de sentimiento, y ni pesaba ni medía sus promesas y sus afirmaciones. Era para él uno de esos minutos de la vida en que se obedece á la naturaleza íntima, al egoismo secreto, y se cede al gusto de sentirse querido y de hacerse querer más aún: quien está triste busca el consuelo, y el hambriento la comida.
—Mamá te quiere mucho—repitió.—¿Parece que no lo crees? ¡Boba! Pues si ella misma fué quien me riñó porque te trataba así, un poco fríamente... al principio. Ella me dijo que estabas disgustada por eso.
Esclavitud bajó los ojos, sin duda para que delatasen sus pensamientos é intuiciones adivinatorias del porvenir.
—Mira—murmuró Rogelio—si vieses qué bien me encuentro así contigo. Hasta parece que me vuelven á entrar ganas de dormir, y ahora no habrá malos sueños ni boberías. Se me figura que dormiré lo mismo que un patriarca; pero hace falta que tú tengas la cachacita de estarte ahí al pié mío. Si te vas, me despavilo otra vez.
—No me muevo—respondió con firmeza la muchacha.—Así me quisiesen arrancar con tenazas, aquí me estoy.
—Bien, pues... me quedo dormidito. ¡Ay qué bueno!
Paladeando la primera y dulce cucharada de beleño que nos da el reposo cuando sigue á un gran sacudimiento moral ó físico, Rogelio preguntó todavía:
—¿Suriña?
—¿Qué?
—¿Me quieres mucho?
La respuesta la entreoyó nada más: por eso nunca estuvo bien seguro de que hubiese sido ésta, tan romántica é impropia de una aldeanita:
—Hasta la hora de morir.
XV
NO obstante la explícita promesa, cuando Rogelio abrió los párpados después de un sueño tranquilo y bienhechor, vió á Esclavitud á la cabecera de su madre, sirviéndola una tacita de caldo. La señora, aliviada de la jaqueca, se quejaba mucho de la contusión en la espinilla. Poco después vino Sánchez del Abrojo, y le dió la razón asegurando que, según las trazas, aquella magulladura iba á presentar una degeneración erisipelatosa, por lo cual, para evitar los perniciosos efectos del frío sobre los tejidos, convenía la cama.—«Tampoco estaba yo capaz de levantarme aunque me diesen permiso», advirtió la señora. «Me encuentro como si me hubiesen manteado y pegado después una tunda con sacos de arena. No tengo hueso que bien me quiera. Ahora es cuando noto yo las resultas del batacazo.»
Rogelio tomó chocolate al pié de la cama de su madre, y manifestaba pocas ganas de moverse de allí; pero doña Aurora cayó en la cuenta en seguida. «¡Ay, ay, rapaz! A clase volando. Ya sabes que esos señores, y en particular Ruiz del Monte, no tragan las faltas de asistencia. Después llega el tiempo de los exámenes, y tenemos aquello de quién lo diría.»
Fué necesario, pues, sacudir la pereza, ir al cuarto, chapuzarse con agua glacial, embozarse bien y salir á la condenada fábrica de chocolate, como llamaba Rogelio á la Universidad, fundándose en que en ningún sitio muelen tanto. Al dejar la atmósfera templada de su casa, despejado por las abluciones matutinas, y sentir el frío de la mañanita en los ojos y en los labios, notó Rogelio como si se rasgase un velo de niebla, y los recuerdos del día anterior se definieron y se aclararon del todo. A tales horas, su novia, la chiquilla del sobrediente, estaría colgándose del balcón para ver pasar primero á la batería montada y luego á él. Una oleada de risa estremeció el pecho de Rogelio al acordarse de tal episodio. «¡Qué pava, como dicen los simones! ¡Vaya un modo que tuve de echarme novia!» Después acudieron las reminiscencias nocturnas. «Yo no sé cómo estaba: la caída de mamá me puso turulato. Le dije á Esclava unas cosas estupendas. Aquello sí que parecía verdadera declaración amorosa, por todo lo alto. Aquello sí. Y que me puse conmovido, y que si me descuido, me echo á llorar. No, pues ella también estaba en punto de caramelo. Pero, bien mirado..., nada de lo que nos dijimos compromete á ninguno de los dos. Son cosas que las suelta uno... así... porque hay momentos... Si me pusiesen ahora en el apuro de explicar cómo se las dije, no podría. Me salían de dentro. Quizá esto sea querer; lo que es lo otro... es pura guasa. Bien; al menos esto de ahora, caso que mamá lo averiguase, no le daría tanto disgusto como aquello que se me ocurría al principio. En lo de anoche no veo ningún mal». Y al cruzar un saludo á la puerta de la Universidad con el soñoliento bedel, sus pensamientos mudaron de dirección, y se le ocurrió: «Me luzco si hoy me preguntan la conferencia.»
Por la tarde se llenó la casa de amigos, que habían sabido el percance y venían «á ofrecerse». Hubo hasta dos ó tres señoras, á las cuales se permitió entrar en la alcoba y dar conversación á la paciente, porque en la cabeza no tenía nada ya, y en consecuencia no la molestaba el ruido. Ni faltaron los tertulianos de costumbre, que se quedaron en el gabinete, haciendo compañía al hijo de la víctima, como se llamaba á sí mismo Rogelio bromeando. Se habló de las consecuencias que pudo tener el golpe: se dedicó media hora larga á inquirir lo que sucedería si la señora, en vez de poner el tacón así, lo pone asado. Sólo Laín Calvo, representante, al par que de la malignidad, del buen sentido en aquella reunión senil, hacíase más que nunca el sordo, limitándose á atizar la lumbre y á mirar las láminas y caricaturas de los periódicos ilustrados. Dos ó tres veces sacó su trompetilla del bolsillo, é hizo ademán de limpiarla é introducirla en el conducto; y otras tantas la volvió á guardar, sin más consecuencias. Pero la prueba evidente de que oía á las mil maravillas, fué que á pretexto de enseñarle no sé qué dibujos de La Ilustración Ibérica, se inclinó hacia el estudiante y le dijo con una mueca más de granuja que de sesentón:
—Niñín, no sé cuándo acaban estos estafermos de darte la lata. Cuidado que están hoy más memos que de costumbre. ¿A qué vendrá andar discurriendo lo que pudo suceder si pasase lo que no pasó? Ahora cuadra bien aquello de «Si como le dió en el pié le da en la pata... la mata.»
Después se suscitó otra conversación, siempre relacionada con el magno suceso de la caída: y fué discutir si haría falta que alguna amiga se quedase á asistir á la enferma, porque para Rogelio no servían ciertos trajines; al fin no tenía experiencia, y era hombre. Pero aquí saltó Don Gaspar Febrero, llegando hasta robustecer sus aseveraciones con golpecitos del regatón de la muleta sobre el guardafuego de la chimenea.
—¡Pues si tiene la mejor enfermera que se habrá visto! ¡Señores! ¡Que no estará la amiguita doña Aurora bien cuidada con la simpática Esclavitud! De fijo que parecerá una Hermana de la Caridad. No se compadezcan de Aurora: compadézcanse de los pobres que no tendremos una Esclavitud á la cabecera si nos llega la de cerrar el ojo...
La tertulia en masa protestó, excepto Laín Calvo, el cual parecía muy entretenido en ajustarse la trompetilla.
—V., don Gaspar... ¡Pues si V. nos enterrará á todos! ¡Digo: apenas si está fuerte el hombre! Igual que un muchacho.
Meneó la cabeza Don Gaspar, pero con aire tan sereno y olímpico, con tanta vida en las correctas facciones, que más parecía un semidiós de la Grecia afirmando su inmortalidad, que un viejo de nuestra angustiada época anunciando la caducidad de la vida.
—La verdad es—intervino Laín Calvo—que todos estamos hechos unos pellejos podres, y que ya, si nos tocan, nos reducimos á polvillo como las momias del Perú. ¿No decía eso, Don Gaspar?
—Decía—le gritó Rojas—que para cuidar de sus males quiere á Esclavitud, la doncella de doña Aurora.
—¡Aire!—exclamó el sordo.—No, pues con los cuidados de una rapacina así, pronto se va un viejo á la sepultura, aunque esté hecho un roble, caray. A no ser que sea como el rey David...—Y añadió encarándose con Rogelio.—¿Qué dice á esto el rapacín de la casa? ¿Quiere cederles la niña guapa á los vejetes? ¿No protesta?
Ya por el modo como lo dijo, ó ya porque la conciencia de Rogelio tenía alguna razón para sobresaltarse, ó porque su inexperiencia y poca edad no le permitían aún el aplomo que se requiere en tales casos, Rogelio se puso como la grana (lo cual se notaba más en él por su morena palidez habitual), y contestó tartamudeando:
—No, yo... Yo... al señor de Febrero...—Y para su coleto decía:—«¡Sordo del diablo! Oyes tú más... Hasta oyes crecer la hierba.»
Los preparativos para la noche no se diferenciaron de los de la precedente, sin otra variación sino que, á fin de no viciar el aire, la cama de Rogelio se colocó en el gabinete, pero comunicada con la alcoba por medio de la puerta abierta. La enferma tardaba en coger el sueño, quejándose de dolores, de inflamación en la pierna dichosa, y de un molimiento inexplicable: Rogelio, al apoyarle la mano sobre la frente, notó algún calorcillo, observación que tuvo desvelado al estudiante, sin que dejase de alterarle también la idea de si Esclavitud iría ó no á darle un rato de palique, lo cual temía y deseaba. En esta zozobra se adormeció por fin; y medio entre sueños, hacia eso del amanecer, vió acercarse á la muchacha, que se inclinó y le dijo rápidamente: «No puedo apartarme de allí. Pide mucho de beber. Se queja que le duele aquí y que le duele acullá: es el mismo retumbo del golpe.» Y Rogelio, desalentado, murmuró: «Bien, Suriña.» Pero con aquellas malas nuevas ya no pudo volver á prender en un sueño seguido. ¿Habría peligro? ¿Sería principio de una fiebre? El médico, que vino temprano, le quitó la aprensión. «Todo esto es la repercusión de la caída. La calentura, insignificante. La inflamación la vamos á combatir... Deme V. papel. Esta tarde ya se notará la mejoría.» Por la tarde, en vez de la mejoría anunciada, se advirtió algún recargo, pero al anochecer se indicó el alivio, y á las diez la señora cenó con mucho apetito un ala de gallina. «¡Ay... alabado sea Dios!—decía.—Parece que se me han sosegado mis huesos. Sentía allá dentro una opresión... Rapaz, me parece que ya tenemos mujer.» A este alegre vaticinio siguió una calma profunda, y á cosa de la media noche doña Aurora gozaba de un descanso de convaleciente, tan profundo y apacible, que casi no se le notaba la respiración.
—Hoy sí que viene volando—pensó Rogelio, decidido á no adormecerse y sintiendo, á pesar de sus sofismas para no dar á aquello importancia ninguna, un rebullicio en el sistema nervioso, y en el corazón un desordenado latir.
XVI
VINO en puntillas, mostrando viveza y júbilo que contrastaban con su acostumbrada reserva, y se acurrucó en el piso como gata favorita al pié de la cama de su dueño. Este, sin embargo, no le dedicó sus primeras palabras, sino que instintivamente las consagró al verdadero amor de su vida, á la mujer que le había llevado en su seno y que reposaba allí á dos pasos.
—¡Pero ves qué gusto, Esclava! Mamá se ha puesto casi bien del todo. Parece mentira. Me ha dado un susto de órdago. Esta mañana, cuando me dijiste que estaba así... no pude dormir ya más.
Esclavitud, antes de contestar, miró al estudiante de un modo raro por lo penetrante y profundo.
—Bien que le recé á mi patrona la Virgen de la Esclavitud para que la señora se aliviase. Le ofrecí también una misa. Ya ve cómo la Virgen me ha hecho caso, señorito.
—¡Ya se ve! Tú debes de tener vara alta en el cielo.
—Sí, señor...—murmuró la muchacha.—La tengo. Para conseguir todo lo que es contra mí.
—¡Contra ti!—articuló Rogelio asombrado y un tanto receloso.—¿Y es contra ti el que mi madre sane?
—Como sanar...—balbuceó Esclavitud—como sanar... no, señor, y quiera Dios llevarme á mí antes que á ella. Pero en acabándose el mal, se acaba la vela, y en acabándose la vela... se acaban estos ratos.
La explicación halagó la vanidad de Rogelio, afirmándole una vez más que era querido, y no á la manera de los niños, sino del modo que quiere al hombre la mujer, punto en que consistía toda la gracia de tan singular comercio, que no se atrevía á llamar, ni aun en sus adentros, amoroso. Aquellas palabras, dulces por el mismo acento hosco y dolorido con que la muchacha las pronunció, impulsaron á Rogelio á alargar el brazo, y cogiendo la bonita cabeza de su amiga, la arrimó á su pecho y la estrechó con ternura. Esclavitud respiraba tan anhelosamente, que Rogelio la dijo en tono afectuoso:
—Ya te suelto... No quiero hacerte daño, ni sofocarte.
—Daño, no—murmuró la muchacha.—Daño, no.
Rogelio no volvió á estrecharla. Ninguna violencia tenía que imponerse para respetar á Esclavitud, allí, al borde de la cama de su madre, y en aquellas efusiones de carácter más fraternal que apasionado, cuyo verdadero sentido y objeto ni él mismo acertaba á definir. Sólo se deslizó á pasar la mano repetidas veces por el pelo rubio, revuelto y abundante. A la vista parecía más sedoso el pelo de Esclavitud; pero de todos modos, era muy agradable acariciar la madeja ondeada y tibia.
—¿No quieres dormir un poquito?—le propuso.—Llevas dos noches en vela y debes de estar molida. Si mamá rebulle te despierto. Yo al fin he de estar despabilado...
Negóse Esclavitud. ¡Velar tres noches! Gran cosa. Cuarenta días sin desnudarse había pasado á la cabecera del cura, en su última enfermedad, sin tomar otro descanso sino recostarse á ratos, en una silla vieja, á descabezar una siesta de cinco minutos... ¡Velar tres noches! Velaría ella un trimestre.
—Pues si no has de dormir, entretenme. Cuéntame algo.
—¡Ay, señorito... pues buena persona ha ido á buscar para contarle!... Quien no sabe nada...
—¡No has de saber, boba!... Háblame de allá, de la tierra nuestra. Tengo unas ganas atroces de que me cuenten de allí. Cuando salí era un tapón. Casi no me acuerdo.
Al oir nombrar la tierra, los ojos verdes de Esclava fulguraron en la obscuridad, como los de los gatos.
—¿No se acuerda nada, señorito?
—Te diré... Apurando la memoria, me parece que veo, así..., muchos campos verdes, y el mar muy alborotado y muy verde también... Ello es que si me acuerdo, es de un modo confuso. ¿Sabes lo que tengo más presente? Un marinero que me cogía en brazos para bañarme; á ese parece que le estoy viendo ahora mismo, más negro que la brea, y apestando á sardina.
—¿Y por qué no va allá á ver otra vez todo aquello?
—Este año, ó poco he de poder, ó he de convencer á mamá de que vaya. Pasaremos por Marineda y Compostela. Veremos la provincia de Pontevedra y la de Orense. Nos atracaremos de ostras y de langosta fresca. ¡Allí sí que sabrá á gloria! Te llevaremos. Ya verás.
—¿A mí?—articuló la muchacha meneando la cabeza.—A mí, ya verá como no.
—¿Por qué, tonta?
—Cuando se me pone una cosa en el corazón, acierto siempre; y se me ha puesto que ver no veo más la tierra.
—¡Anda, pájaro de mal agüero! Déjame salir del aprieto de los exámenes... y después... ¿Conque la tierra es muy bonita? Cuenta, cuenta. ¿Cómo es? Aseguran que es la más linda de todas las de España.
—Y de las del mundo todo, ya se lo dije—contestó con gran persuasión Esclavitud.—Si viese las rías de Pontevedra... quedaba lelo. ¡Si viese echar el cedazo de la sardina!
—Será precioso. Ya me estás abriendo el apetito. ¿Y las romerías, con su tamboril y su gaita?
—Vale más una fiesta de aquellas—aseguró muy formal la chica—que todas las diversiones de Madrid. Yo allá era bien alegre, y todos los domingos bailaba: aquí parece que se me ha caído la paletilla.
—¿Y qué es eso de la paletilla? Sepamos.
—Un hueso que tenemos en semejante parte—respondió señalando al pecho—que cuando se cae es como si le cayese á uno el alma: se va uno quedando mustio, mustio... vamos, así, muy triste, y amarillo, y sin voluntad de comer, hasta que después de algún tiempo, si no se la levantan á uno, se muere.
—¿Tú crees en eso, chica?
—Si es la verdad. Algunas personas dicen que todo lo de la paletilla es una brujería; pero yo he visto ya dos ó tres que se fueron al otro mundo, por no querer que se la levantasen.
—Pues Suriña, á veces parece que también se me ha caído á mí la paletilla dichosa, porque paso esplines y se me quitan las ganas de probar bocado. Tengo metido en la cabeza que así que vaya á la terriña me pondré magnífico, hecho un animal de gordo..., así.—Al decirlo inflaba los carrillos, para demostrar cómo pensaba ponerse.—Aquí siempre seré un fideo. Esta vida no es para echar buen pelo, no. Cuenta, anda, cuéntame de allá.
Esclavitud obedeció y empezó á contar sin orden ni genio descriptivo alguno, pormenores que, mejor que á la tierra, se referían á su biografía propia. «Siendo yo chiquilla, ocurrió esto y aquello... Una tarde que salí yo en Marín á la pesca de las xardas... Cuando yo aprendía á hacer encajes con los palillos... Un día que cocíamos la hornada en nuestro horno...» Esta misma personalidad de la narración le prestaba singular encanto para Rogelio. Al hablar la muchacha, parecióle que sus desvanecidos recuerdos infantiles tomaban cuerpo, se destacaban, y se le aparecían claros y distintos. El cuarto se llenaba de olores de campo, á menta, á anís, á hierba recién segada. La ilusión fué tan fuerte que arrimó á sí la cabeza de Esclava y la olió.—«Hueles no sé á qué... así como á flores, á aldea». Mientras la chica hablaba, se le ponía á él entre ceja y ceja, más fuerte que nunca, el capricho de ir allá. «Si no voy allá, no soy nunca hombre. Es lo primerito que he de pedirle á mamá cuando se levante. Es una rareza no haber ido ya á veranear allí, en vez de aquel San Sebastián, tan apestoso y con tanto gentío. En sentando los piés en la terriña, doblo y me pongo lo mismo que un becerro bravo.»
—¡Ay señorito!—murmuraba la voz de Esclavitud—¡qué fea y qué seca me pareció toda esa tierra que se pasa para venir aquí! ¡Jesús, María! Ni un triste árbol, ni un regato, ni una mata verde... ¿Cómo viven los labradores ahí?
—Mejor que allá, infeliz. Esta es la tierra que da el pan y el vino, mujer.
—¡Mi madre querida! En esa secura parece increíble que contenta esté la gente. Luego ¡faltarles la vista del mar! Cuando uno ve el mar, mismamente parece que ve la grandeza de Dios. ¿No es cierto que sólo Dios podía hacer aquella cosa tan grandísima? ¡Y lo que sale de él! ¡Aquellas conchitas tan monas; tantísimas clases de pescados; la sardina, que es el mantenimiento de los pobres!
—Hablas como un libro, Esclavita. No me extraña que diga tu apasionado Nuño Rasura...
—¿Quién?
—El señor de Febrero, mujer...
—¿El ancianito de la muleta?
—Ese... Pues dice que tú eres un tesoro. Has de saber que está muerto por ti.
—¡Bah!... No haga burla.
—De veras. Como que quiere llevarte consigo á su casa. Se cree que acabará por ofrecerte su blanca mano y su pata coja. Ha concebido por ti una insensata pasión, que le arrastrará al sepulcro en la flor de sus años, en la risueña edad de las ilusiones, á los ochenta y seis abriles no cumplidos.
—Bueno, bueno... Malpocado de señor, ni con sus piernas puede.
—Calla, ingrata mujer, ó mejor dicho, hipócrita. Nada conseguirás con disimular la profunda impresión que han hecho en ti sus rizados cabellos...
—Sí, de difunto—observó humorísticamente la muchacha.
—Las perlas de su dentadura, y la esbeltez de su talle. Pero no te compongas, infiel, que yo no te permitiré seguir á ese Tenorio. No harás traición á tus deberes, ó morirás á mis manos. Te arrancaré el corazón si me vendes.
Le deshizo cariñosamente las conchas del pelo, y murmuró bajito:
—Suriña no se va con el viejo. Suriña es para mí. ¿Quién se la quería llevar? Que se limpien, que se limpien. Suriña es mía.
XVII
DOÑA Aurora se encontró tan aliviada el día siguiente, que ya pudo levantarse un par de horas, y á la noche insistió y porfió en que su hijo no se quedase en el cuarto. «No me conviene», advirtió. «Te acuestas ni desnudo ni vestido; tardas en dormir; te entra el aburrimiento; te pones de palique con Esclavitud, que bien os oí anoche entre sueños, y luego amaneces desemblantado y desganado». Cuando la señora hablaba así, andaba la muchacha por el cuarto arreglando no sé qué cosas, y se volvió de espaldas precipitadamente, sin duda para recoger mejor la abrazadera caída de una cortina, operación en que se entretuvo bastante tiempo. En cuanto al estudiante, clavó en su madre los ojos, sobrecogido; pero aquella querida fisonomía, tan poco avezada á disimular sus impresiones y tan conocida para él en sus menores repliegues, no expresaba nada más que lo que en voz alta habían proferido los labios, y el estudiante, respirando mejor, accedió á retirarse á su cuarto aquella noche. No dejaba su madre de llevar razón asegurando que le faltaba sueño. En la edad del pleno desarrollo, no robustecido aún después de una niñez si no precisamente enfermiza, al menos delicada, su fina organización se resentía de cualquier cosa, y las tres noches de media vela le traían ya algo lacio. Sin embargo, al recogerse á su alcobita, experimentó una impresión de pena y de soledad. Acostumbrado á una atmósfera de ternura y de mimos, á andar envuelto en algodón en rama, era codicioso de cariño, y bastáranle dos días para contraer el hábito de aquellos tiernos y extraños coloquios, á deshora, con una mujer que le ofrecía tal cantidad de afecto y de adhesión, que ni su propia madre, al parecer, derramaba más profusamente el amor sobre su cabeza. Si Rogelio pudiese analizar al microscopio sus sentimientos, vería que buena parte del encanto de Esclavitud consistía en que allí él era quien mandaba, y que la mujer de veinticinco años que al pronto le tuvo por un chiquilicuatro, un rapaz, ahora estaba á sus órdenes, sumisa, como esclava verdadera. Con la madre, por más amante y tierna que fuese, Rogelio siempre se reconocía súbdito: la costumbre de respetar y obedecer se le imponía, manteniéndole en perpetua infancia. Con la doncella, podía en cambio satisfacer su pueril vanidad y á la vez su oculto y mal definido anhelo de vestir la toga viril, atributo de la dignidad humana.
Por eso le causó gran disgusto la interrupción de veladas tan sabrosas. A punto estuvo de escurrirse de puntillas á eso de la una, y sorprender á Suriña, para alegrarle aquella cara que se le había puesto de una legua. Pero ¿y si los cogía su madre? Creería todas las cosas malas; tendría una desazón horrible; recaería; acaso despacharía á Esclavitud... El instinto de cautela, que en los movimientos pasionales se despierta como contrapeso á la fiebre de las determinaciones radicales y de los insensatos extremos, le aconsejó cierto tino; y al otro día, como viese á Esclavitud descolorida y con las facciones afiladas, la acorraló en un rincón del pasillo, y la dijo entre bromas y veras: «Suriña, no me pongas esa cara de viernes. Esta noche me acordé mucho de ti, y de nuestra charla. Se me pasaban ganas de ir, pero no me atreví. Cuidadito, por causa de la pobre mamá. Anda, Esclava, sonríe á tu señor.»
Bastó esta pequeña satisfacción para que la muchacha apareciese con mejor semblante, y aun se manifestase en apariencia contenta y segura. Rogelio había hecho su composición de lugar, mitad por instinto de prudencia, mitad por filial respeto: «Ahora, que sane mamá del todo: que se reponga: á eso estamos. Mientras no se consiga verla fuerte y buena, que Esclavitud la cuide, y se acabó. Pero mamá se encuentra muy aliviada, y va á entrar en convalecencia: dentro de ocho ó diez días no quedará rastro del percance. Entonces tenemos tiempo de echar todos los paliques que se nos antoje. Porque mamá sale á la calle, ó se entretiene con su tertulia, y... perfectamente. Se lo he de decir á Sura para que se ponga más alegre todavía.»
Atisbó la ocasión propicia de comunicarle este agradable proyecto. Sujeta incesantemente en el cuarto de la enferma, Esclavitud aquellos días no pisaba el del estudiante: era preciso tomar por centro de operaciones el pasillo, y Rogelio se propuso esperar á la chica en él por la tarde, pues la mañana se le iba entre almuerzo y cátedras. Hacia eso de las cuatro, el entrar y salir de los amigos en la tertulia introducía en la casa cierta animación y desorden favorables al intento de Rogelio. Y la tertulia aquellas tardes se encontraba muy concurrida, porque el género de enfermedad de la señora, no incompatible con la charla y la bulla, imponía á sus amigos el deber de acompañarla. No sólo venían los «señores» sino también el personal femenino, compuesto casi todo de modestas amas de casa, que por carecer de la desahogada fortuna de doña Aurora, sólo de tarde en tarde podían permitirse el lujo de hacer visitas, no sin meditarlo antes á fin de darse á luz con la decencia conveniente en la familia de un magistrado. Aquella tarde vinieron dos señoras que acostumbraban dejarse ver muy poco: la del presidente de Sala D. Prudencio Rojas, y la del ex-Fiscal D. Nicanor Candás, por mal nombre Laín Calvo. Si un pintor quisiese simbolizar la Dignidad envuelta en los cendales de la Modestia, bastábale copiar fielmente el porte y rasgos de la señora de Rojas. Para quien no tuviese el alma dañada y torcida, ó embotada la sensibilidad, había algo en aquella mujer sencilla, socialmente insignificante, que obligaba con categórico mandato á inclinarse y descubrirse. En su abriguito de terciopelo negro ya raído, escrupulosamente limpio, trabajosamente puesto al aire de la moda después de ocho ó diez arreglos quizá; en su capota cuyos encajes descubrían el brillo de la plancha casera; en sus guantes nuevos, comprados para la circunstancia, de dos botones no más, de color sufrido y obscuro; en sus aretes antiguos,—una roseta de minúsculos diamantes;—en sus blancos cabellos, alisados y pegados á las sienes con el supremo decoro de una reina viuda que ha renunciado á agradar, se revelaba más valor, más sufrimiento, más secreto heroismo que en los harapos de ningún pordiosero, ni en el uniforme de ningún inválido, ni en el sayal de ninguna monja. El viviente comentario y tal vez la mejor clave de la rígida integridad del marido, era la aureola de paciencia doméstica y de serena aceptación del sacrificio cotidiano que resplandecía en la esposa. Lo que tenía Rojas de duro y leñoso en su modo de entender y rendir estrictamente la justicia, lo suavizaba la dulzura de su mujer, á quien Roma hubiese conferido el cargo de sacerdotisa de la piedad doméstica. Aquella matrona no había preguntado jamás, ni aun á sí misma, la razón de que su vida conyugal fuese un continuado acto de abnegación que duraba ya treinta y tantos años: sabía que en su casa se adoraba el inflexible simulacro del Deber poniendo en el mismo altar la estatua sobredorada de la Decencia, y sin una protesta se había consagrado al culto de ambos númenes.
No cabía mayor contraste que el de la señora de Rojas y la de Candás. Como en la magistratura se tienen muy en cuenta los antecedentes de familia, no es posible dudar que una esposa tan cursi, que según malas lenguas había sido posadera en Gijón, influía bastante en ciertas sombras que un tiempo empañaron el buen nombre del Fiscal, y era motivo para que sus compañeros, molestados por tener que seguir trato con ella, mirasen á su esposo con una prevención que crecía al fijarse en la incorregible mordacidad, burlón escepticismo y sordera intermitente del asturiano. La señora de Candás, gordinflona, con una lupia al margen del ojo izquierdo, muy empavesada, luciendo siempre vestidos llenos de faralaes y capotas que parecían garitas ó peroles, hablando medio en bable, llamando á su marido este, y contando delante de cualquiera indisposiciones propias para sepultadas en el silencio más profundo, era el tipo perfecto de la ordinariez incurable, enquistada, que resiste al buen ejemplo, al aire de la corte, al cáustico de la burla y al roce de la corriente del tiempo, que desgasta y pule, como la del mar, las piedras más toscas. Si Don Nicanor probó alguna vez á civilizar á su costilla, seguramente había renunciado á ello muchos años hace; y además, los compañeros aseguraban que para desasnar á Pachita tenía que empezar Don Nicanor por darse una mano de barniz á sí propio, y suprimir las crudezas de su conversación, el desentono de sus modales y el mal gusto de sus opiniones,—porque hasta las opiniones eran de mal gusto en el Fiscal, ó al menos lo parecían por la forma de expresarlas.
Lo evidente es que, encontrárase ó no al nivel de su Pachita,—y acaso sólo le llevaba de ventaja la agudeza del ingenio y la superioridad de la instrucción masculina,—Don Nicanor se mostraba á veces como avergonzado de su mitad. Quien se apostase aquel día en casa de doña Aurora y viese entrar primero al señor de Rojas y luego al señor de Candás en compañía de sus respectivas mujeres, podría, sólo con aquella observación, deducir la vida psíquica de ambas parejas y ambos hogares. Rojas había ofrecido á su mujer el brazo por la escalera, adelantándose á tirar de la campanilla; y, al cruzar la puerta, se hizo atrás cortésmente, no sin llegar después á tiempo de alzar el portier del comedor (donde ya había vuelto á instalarse la tertulia). En el modo de colocarse á su lado, en el de asociarse á sus protestas de interés por la salud de la madre de Rogelio, rebosaba la misma consideración, el mismo delicado sentimiento de reverencia familiar, si así puede decirse; y el magistrado, respetando á su compañera, mostraba respetarse á sí mismo. El señor de Candás, al contrario, entró con el sanfasón de todos los días, y por poco suelta á su mujer en el mismo rincón en que había colocado el paraguas. Parecía como si Pachita y su esposo se hubiesen encontrado por casualidad en la escalera, sin conocerse, ni haber sido presentados. Pero hubo más. Mientras el señor de Rojas, conversando en igual tono deferente con su mujer que con doña Aurora, no se movió del asiento hasta que la señora de Rojas hizo la clásica indicación, «cuando quieras, Prudencio, nos iremos hacia casa», el señor de Candás, de repente y cortando una arenga de Pacha sobre lo rancio y caro que era en Madrid el tocín, dijo con el peor estilo del mundo:
—Ea, Pacha, cállate y larguémonos, que es hora.
Salía el señor de Candás, sin duda para enseñar el camino á su mujer, que aún quedaba empantanada en los cumplimientos de despedida, á tiempo de espantar un grupo de dos personas que hacia el fondo del recibimiento se secreteaban con calor. Nadie ganaba al socarrón del astur en el arte de hacerse el sueco; pero ver... ¡carapuche si vió! Tanto, que al salir de la casa aún retozaba una risilla en las arrugas de su volteriana faz.
Lo que Rogelio le decía con tanto entusiasmo á la muchacha era esto:
—Suriña, la gran noticia. Este verano iremos allá... todos. Ya mamá me lo tiene ofrecido.
XVIII
ENCONTRÁBASE la señora de Pardiñas completamente dada de alta y se discutía la oportunidad de una salida á pié, cuando cierta mañana, á la hora en que Rogelio tenía su clase de economía política, que para tales visitas era deshora, llegó Don Nicanor muy bien humorado y cordialísimo. Se hizo el sorprendido de no encontrar allí á ninguno de los acostumbrados tertulianos; á lo cual doña Aurora, que se consagraba á la fabricación de unas medias de abrigo, respondió muy cuerdamente que faltaban dos horas lo menos para la de la tertulia, y por consiguiente no tenía nada de extraño que la gente no hubiese llegado. Pero Laín Calvo no debió de oir esta observación, porque conservaba en el bolsillo la trompetilla, limitándose á formar con la mano un embudo acústico.
—¿Diga, Aurora, no ha notado una cosa?—preguntó después de repantigarse en la butaca, sobre cuyo ancho respaldo estaba ya señalada la forma de sus lomos.
Doña Aurora levantó las pupilas como el que dice:—«No; es decir, ¿yo qué sé? Haga V. él favor de explicarse».
—¿No se ha fijado el otro día... cuando vinimos de visita Pacha y yo...
—Sí, sí; ya... el viernes.
—¿La mujer de Rojas, qué abatida estaba?
—¡La pobre! No es muy animada nunca; pero tampoco se la ve displicente. ¡Mujer de más mérito! Vale un Perú.
—No, ella bien se esforzaba en hacer de tripas corazón: ¡pero se le conocía! Sobre todo, los que estábamos en autos.
—¿Pues qué ha pasado? ¿Tienen algún disgusto serio?—preguntó ya consternada la señora de Pardiñas, que estimaba y quería muy de verdad á la de Rojas.
—El Joaquín... el hijo, el juez... me le han vuelto á trasladar desde un extremo á otro de España, á los dos meses de la primera traslación, y estando su señora para dar á luz. Así se convencerán de que aquí no se puede hacer el quijote, ¡carapuche! ¡Mire que un rapaz que empieza la carrera, y para estreno se le ocurre tenérselas tiesas con un alto cacique de las agallas de Colmenar, á quien le guarda las espaldas el ministro del ramo! Ya verá, ya verá que no se pueden gastar bromitas con esos nenes. Y ya comprenderá lo que importan aquí legalidades. ¿Que no se puede trasladar á los jueces más que á instancia suya? Pues se pone en la Real orden: «A instancia suya», y tan guapamente. Ya hubo alguno á quien le encajaron la cesantía «á instancia suya». Y cuando protestó le salieron con «¿V. desacata al ministro?»
—Pero señor Don Nicanor, eso honra mucho á la familia de Rojas, y al muchacho, que por lo visto es de la escuela de su padre. Gente íntegra así, se ve ya muy poca. Yo nada entiendo; pero recuerdo que aquí se hizo conversación del asunto, y se dijo que querían que Joaquín Rojas se prestase á una picardía tremenda, á un despojo que importaba...
—¡Mire V.—añadió Laín Calvo prosiguiendo en su sordera—que ir un mequetrefe como él á cuadrarse delante del Ministro! Los Rojas tienen vena. Talis pater... Farol el padre, farol el hijo... Es decir, el hijo todavía más farol, aunque parezca mentira. Porque el padre al menos no se mete en camisa de once varas: al texto de la ley y se acabó. ¿Que el Código dice blanco? Pues blanco. ¿Que dice negro? Negro. Rojas es una máquina de aplicar la ley. Si la ley hoy trajese azotes, y cortar las orejas, andaría Rojas desorejando y vapuleando á la gente. ¡Pero el chiquillo!... Porque se ha leído unas chapucerías alemanas é italianas, traducidas en gringo, se las echa de sabiondo y de fi-ló-so-fo. ¡Fi-ló-so-fo un xuez! ¡Home, qué farolería!
—Pues á mí,—arguyó doña Aurora sin alzar la voz, porque sabía á qué atenerse respecto á la sordera del Fiscal,—me parece que en todas las profesiones puede un hombre portarse con dignidad y con decencia. Les tengo á los Rojas, por eso, una simpatía grandísima.
—Y claro,—siguió Laín,—ahora lo de cuartos anda mal. En aquella casa ni se enciende estufa, ni se come principio, ni se hace café. No le llega el sueldo para traslaciones; se ha casado con una chica que no tiene un ochavo, y así que la cosa apremie, ya bajará el gallo el señorito. La necesidad enseña más que las Universidades. Ya le domarán. Como un guante estará dentro de un año.
Persuadida de que no conseguía nada con protestar, doña Aurora continuaba menguando el talón de su media, limitándose á hacer gestos negativos, porque su genio vivaracho no le consentía asentir á las atrocidades del maligno sordo.
—Todos allá cuando rapaces empezamos por echárnoslas de plancheta... ¡y luego amainamos, vaya si amainamos! O si no, es querer pasar una vida miserable. Ya verá V. como el ramalazo que ha cogido á Joaquín le alcanzará también á su padre. Se la están armando con queso. No pasa el año sin que le jueguen alguna de puño: gorda. ¿No pueden trasladarle? le jubilarán. Yo no soy antiguallero como Don Gaspar y los otros; pero tengo que reconocer que en mis tiempos la magistratura dependía menos que ahora de la política. Las cosas vienen así, y hay que tomarlas como vienen. Estos señores están siempre en Belén, carapuche. ¡Memos en polvo! A bien que la camada nueva la entiende mejor. Aquí soy yo el único de la tertulia que vive en el mundo. Si no fuese la arrenegada sordera...
—A mí no me venga V. con sorderas,—protestó la señora.—Dios me libre de sordos así. Oye V. más que quiere. A mí déjeme V. de cuentos ¿eh? No nací en el año de los tontos.
—Y el que está más chiflado de todos,—advirtió Laín haciéndose el desentendido,—es el bueno de Don Gaspar. Ese ya, guillati por completo. Ha vuelto á la infancia. Tendremos que ponerle ama de cría, ó al menos niñera. Eso quiere y por eso suspira; y anda buscando robarle á V. la que V. escogió para su chico. Hablo formal; tan cierto como me llamo Nicanor, que le tenemos vuelto tarumba por su doncella de V., por la Esclava ó como se llame. Ningún rapaz de veinte se enamoraría tan fuerte de ella; estoy seguro de que á Rogelín no le entró así, home.
Al nombre de Rogelio, y sobre todo al percibir el tono en que lo pronunciaba Candás, la madre se estremeció, dejando caer en el regazo la calceta.
—Lo de Rogelín,—continuó con la misma bonachonería el sordo,—es tan natural en un rapaz, que sería para hacerse cruces si no sucediese. Claro: una mujer agraciada de veinticinco, y mimosina; un rapaz de veinte... ¿qué había de pasar, señores? Que hoy te miro, que mañana te toco... que el cariñín en el pasillo, que el retozo en la antesala... Rapazadas que se caen de suyo.
La señora saltaba en el asiento lo mismo que un muñeco de resorte.
—¿V. sabe lo que está diciendo?—exclamaba.—¿Le parece á V. bien lanzar esas cosas tan serias porque sí, sin prueba ni fundamento ninguno? ¿No hay más que echar la lengua á paseo y caiga el que caiga? Rogelio... ¡infeliz criatura! ¡que no es capaz de semejantes trastadas en casa de su madre!...
—Bueno, si yo comprendo que V. le dé poca importancia y lo meta á risa, porque son demoniuras que la edad las trae consigo...; y por eso, cuando el otro día los pillé en la antesala muy entretenidos, hechos un caramelo, díjeles para mi saco: «Eso, niñines, á divertirse, que es ley de Dios.» Pero si pienso en el otro estafermo, con sus ochenta del pico, todo derretido en babas...: home, le bajaría los calzones y le daría una mano de azotes en el tafanario, por archimemo.
¡A doña Aurora sí que se le pasaban ganas vivísimas de ejecutar la misma operación con el empecatado sordo! ¡Contar aquellas enormidades, y contarlas de aquel modo traidor, que ni daba lugar á rectificaciones, porque con la farsa de la sordera podía decir cuanto se le antojase, sin atender á las razones en contra, ni aun á los mentís! Era para envenenarse la sangre de rabia... Era una burla supina, descarada, insufrible. ¿Y ella había de aguantarla? Eso sí que no. La bilis de la señora de Pardiñas se alborotaba: la sangre le hervía en las venas. «Sordo infame, sordo de mentirijillas, revoltoso y chismoso de verdad, raposa malvada y astuta, ahora te lo diré de misas.» Levantóse del sillón, y acercándose rápidamente á Laín Calvo, le metió la mano, con la destreza de un tomador de oficio, en el bolsillo del gabán, sacando el estuche que contenía la trompetilla. Y antes que el sorprendido Fiscal pudiese evitar el ataque, doña Aurora había sacado el cañuto de plata encajándolo en el conducto auditivo del asturiano, acercado la boca y gritado con toda su fuerza:
—Para mí póngase V. siempre la trompetilla, ó si no determínese á oir lo que le contesto. Eso de Rogelio y Esclava lo inventa V. con su maliciota condenada, ¿oye? Mi niño no seduce á las criadas de la casa de su madre, ¿oye? La gente no anda tan suelta ni tan descarada como V. la pinta, ¿oye, oye? Y las personas decentes se diferencian ¿oye? de los pillos. Y yo no soy tan borrica ¿oye bien? que si semejantes cosazas me pasasen por delante de las narices las fuese á consentir. Y á mí me gusta poco la gente maligna ¿oye? porque siempre echo la cuenta ¿oye? «Piensa el ladrón que todos lo son.»
Acabada la filípica, la señora se dejó caer toda sofocada y nerviosa en el sofá: y el astur, llevándose ambas manos á su amarillenta calva, exclamó con acento dolorido:
—Carapuche, Aurorina... Me ha roto el tímpano... Con otra como ésta me deja sordo.
XIX
PERO apenas el truhán de Laín Calvo se hubo ido, y calmádose un poco la indignación y la cólera dando lugar á la reflexión, doña Aurora, ejecutando su movimiento favorito de rascarse el moño con una aguja de la calceta, llegó á formular categóricamente el indefectible «¿por qué no?» de todas las desconfianzas. Sin necesidad de gran perspicacia, sin poseer la aguda malicia del Fiscal, con sólo las nociones más elementales del sentido común, bien podía venirse á la memoria é imponerse al entendimiento todo aquello de «el fuego junto á la estopa...», con lo otro de «entre santa y santo...», etcétera. Y por una serie natural de razonamientos, propios de su buen sentido, llegó la señora á caer en el extremo contrario á su primer impulso, acusándose de confiada en demasía, de necia y simple, porque ni una sola vez se le había ocurrido la posibilidad y aun la probabilidad de cosa tan obvia, hasta que se la indicara una persona maliciosa y extraña, cuando ella tenía obligación de precaverla á tiempo. «Las mamás padecemos esta pícara manía, de pensar que los niños siempre han de ser niños... y los años vuelan, y ellos llegan á hombres, y el bigote no nos pide permiso para crecer... Cuando no creemos que siguen siendo chiquillos, damos en figurarnos que ya son viejos y formales como nosotros..., otro imposible, otra bobada... La edad pide lo suyo, y es una majadería no sospecharlo siquiera... Lo malo aquí es que tenemos al enemigo en la plaza. ¡Y lo he metido yo misma! Nada, le abrí la puerta y le dije:—Pase V. Sobre que la situación es poco decente, desairadísima para mí, he duplicado el peligro y la gravedad de todas las consecuencias que pueden sobrevenir... ¡y tanto como pueden! Ello es que yo no esperé nunca que Rogelio fuese toda, toda la vida un santo; pero esto... así, á domicilio...»
Otra rascadura en el moño le sugería el contrapeso lógico de tales reflexiones. «Es muy creíble que el tiñoso del viejo haya calumniado, por el gusto de calumniar, á mi nene y á la pobre Esclava. Yo no tengo tan mal ojo para conocer á las pájaras de cuenta, y Esclava me gustó, me llenó precisamente por su tipo formal y modesto. Verdad que los antecedentes de familia no la abonan, y que tiene mala sangre por los cuatro costados; pero eso... en eso se lleva uno chascos grandísimos: la gente no es como los pimientos, que salen gordos ó ruines según la semilla. Nada, aquí no tenemos sino un caminito que seguir. Observar, no dormirnos y procurar que el muchacho se distraiga por ahí fuera. Según lo que vaya pescando, así haré. Yo no voy á cometer la barbaridad de echar á la chica de buenas á primeras. Si todo ello resultase paparrucha de Don Nicanor, sería un cargo de alma. Y si es verdad, podía alborotárseme el chico... y tendríamos una... Estas primeras chifladuras y tonterías de los rapaces les entran muy fuerte. Andarse con tiento. Aurora, figúrate que eres de policía y que te mandan seguir la pista de un crimen... Ojo alerta, calma y mala intención.»
Ningún programa se cumplió más al pié de la letra. Dedicóse la señora desde aquel mismo instante á reparar el tiempo perdido: tan confiada y noblota como fué antes de concebir recelo alguno, tan suspicaz y escamona se volvió desde que la sospecha vino á hacerle cosquillas con sus dedos rápidos y fríos. Espiaba con destreza y con un sosiego perfecto, sin dejar salir al exterior las preocupaciones del ánimo. En toda mujer, en la más sencilla y franca, hay un polizonte en germen; los hábitos de disimulo contraídos desde la niñez les hacen fácil el oficio.
Para no alarmar ni poner sobre aviso, discurrió doña Aurora no vigilar á los dos presuntos culpables, sino á uno solo: porque si éste comunicaba al otro sus temores respecto al espionaje, el otro los disiparía asegurando no haber notado cosa alguna que alarmar debiese. Y en efecto, en el presente caso no puede negarse que, vigilada Esclavitud, sobraba atisbar á Rogelio. Así se practicó. La señora, usando de un derecho indiscutible, estudió minuto por minuto las acciones, pasos y movimientos de su criada. Supo á qué hora se despertaba; qué hacía después de levantarse; cuántas veces y con qué fin entraba en el cuarto de Rogelio; en qué empleaba la tarde; á qué se dedicaba mientras duraba la tertulia; cuándo se recogía y en qué momento soplaba la luz. Y,—preciso es confesarlo,—al pronto el resultado de estas averiguaciones fué completamente negativo. Esclavitud, no bien salía de su cuarto, se consagraba como siempre á los chocolates, y después á su aseo personal, sin acicalarse ni hacerse esos moños de figura de sorbete, único lujo de las domésticas madrileñas. Para arreglar y asear las habitaciones de Rogelio, despachito y alcoba, escogía las horas que el estudiante pasaba en clase, ó en paseo: nunca iba estando él. Esclavitud no salía los domingos sino á misa; por consiguiente, tampoco veía á Rogelio fuera de casa. Durante la tertulia, Rogelio no se movía de su rincón del sofá, ni la muchacha abandonaba su cesta de repaso, excepto para abrir la puerta. Y las noches, en que á no venir algún estudiante amigote de Rogelio, éste leía periódicos ó salía á los teatrillos á ver una pieza, Esclavitud se las pasaba en su cuarto, cosiéndose su propia ropa, ó dedicándose á faenas análogas. Nada se descubría que pudiese dar pábulo á ciertos recelos, y la señora se dormiría tranquilamente, si sus condiciones de observadora fuesen más vulgares.
Pero no era ella mujer á quien se le pasasen por alto varias cosillas insignificantes en apariencia, y en realidad muy significativas y aun escamativas para una mamá avispada; cabos sueltos tras los cuales suele salir toda una madeja larga y enredadísima. Estos indicios, señales ó guiones para las pesquisas de la celosa madre, eran del género siguiente. A la hora de almorzar, al traer Esclava las píldoras ó el jarabe ferruginoso, al presentar á Rogelio sus manjares preferidos, establecíase alguna vez (y que no se lo negasen á doña Aurora, que ella bien lo había guipado) un trueque de miradas lánguidas de carnero á medio morir, ó encendidas y chispeantes. Al llamar el estudiante á la campanilla y levantarse Esclavitud para abrir la puerta, la muchacha mostraba un apresuramiento que estaba muy lejos de manifestar cuando tiraban del cordón los vejestorios tertulianos; es evidente que conocía al señorito en el modo de llamar y hasta de subir las escaleras. Si Esclavitud planchaba ropa de Rogelio, hacíalo con primor y esmero muy especiales; y este mismo síntoma podía advertirse en el arreglo de la habitación y en el servicio de la mesa. Algunas noches, al salir de casa Rogelio, la muchacha le esperaba en el pasillo, y trocaban breves frases, pero en voz tan baja que no podía oirse el diálogo: esto mismo ocurría por la mañana al regresar de clase, y siempre que no estuviese en la antesala doña Aurora. Por último, y este indicio era de los más elocuentes, Rogelio se había resistido dos ó tres veces á acompañar á su madre para salir, y aunque por fin cedía, iba asaz mohino y con las orejas gachas.