INSOLACIÓN (continued 3)
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Nerviosa y displicente, daba Asís á la Angela estas quejas. El ajetreo del viaje la ponía de mal humor: ¡son tan cargantes los preparativos! ¡Qué babel, qué trastorno! Nunca sabe uno lo que conviene llevar y lo que debe dejarse; cree no necesitar ropa de abrigo, porque al fin se viene encima la canícula, pero ¡fíese V. de aquel clima gallego, tan inconstante, tan húmedo, tan lluvioso, que tiene seis temperaturas diferentísimas en cada veinticuatro horas! Se quedan aquí las prendas en el ropero, muertas de risa, y allá tirita uno ó tiene que envolverse en mantones como las viejas... Luego, las fiestecitas, los bailes dichosos de la Pastora, que obligan á ir provisto de trajes de sociedad, porque si uno se presenta sencillo, de seda cruda, les choca y se ofenden y critican... Nada, que la última hora es para volverse loco. ¿A que no se había acordado Angela de pasarse por casa de la Armandina, á ver si tiene lista la pamela de la niña y el pajazón? ¿Apostemos á que el impermeable aún está con los mismos botones, que lastiman y en todo se prenden? ¿Y el alcanfor para poner en el abrigo de nutria? ¿Y la pimienta para que no se apolillase el tapiz de la sala?
Atarugada y dando vueltas de aquí para allí, la Diabla contestaba lo mejor posible al chaparrón de advertencias, reconvenciones y preguntas de su señora. La hábil muchacha, después de los primeros pases, conocía una estocada certera para su ama: si los preparativos de viaje andaban algo retrasados, era que la señorita aquel año había dispuesto la marcha un mes antes que de costumbre, por lo menos; también á ella (la Diabla) se le quedaba sin alistar un vestido de percal, y calzado, y varias menudencias; ella creía que hasta mediados de Junio, hacia el día de San Antonio... ¿Cómo se le había de ocurrir que se largaban tan de prisa y corriendo? La señora contestaba con reprimido suspiro, callaba dos minutos, y luego, redoblando su gruñir, corría del cuarto-ropero al dormitorio, de la leonera ó cuarto de los baúles al saloncito, y aun se determinaba á entrar en la cocina y el comedor, para regañar á Imperfecto que no le había traído á su gusto papel de seda, bramante, puntas de París, algodón en rama... Imperfecto, con la boca abierta y la fisonomía estúpida, subía y bajaba cien veces la escalera haciendo recados: las puntas eran gordas, se precisaban otras más chiquitas; el algodón no convenía blanco, sino gris: era para rellenar huecos en ciertos cajones y que no se estropease lo que iba dentro... En una de estas idas y venidas del criado, la señora cruzaba el pasillo, cuando repicó la campanilla. Impremeditadamente fué á abrir—cosa que no hacía nunca—y se encontró cara á cara con su Diego.
El primer movimiento fué de despecho y contrariedad mal encubierta. ¿Quién contaba con Pacheco á tales horas? (las diez y media de la mañana). No estaba Asís lo que se llama hecha un pingo, con traje roto y zapatos viejos, porque ni en una isla desierta se pondría ella en semejante facha; pero su bata de chiné blanco tenía manchas y visos obscuros, y aun no sé si alguna telaraña, indicio de la lidia con los baúles de la leonera; su peinado, revuelto sin arte, con rabos y mechones, saliendo por aquí y por acullá, parecía obra de peluquería gatuna; y en la superficie del pelo y del rostro se había depositado un sutil viso polvoriento, que la señora percibía vagamente al pestañear y al pasarse la lengua por los labios, y que la impacientaba lo indecible. Y en cambio, el galán venía todo soplado, con una camisa y un chaleco como el ampo de la nieve, el ojal guarnecido de fresquísimo clavel, guantes de piel de perro flamantitos, y, en suma, todas las señales de haberse acicalado mucho. En la mano traía el pretexto de la visita madrugadora: dos libros medianamente gruesos.
—Las novelas francesas que le prometí...—dijo en voz alta, después del cambio de saludos, porque la dama le había hecho seña con el mirar de que había moros en la costa.—Si está V. ocupada, me retiro... Si no, entraré diez minutos...
—Con mucho gusto... A la sala: el resto de la casa está imposible... no quiero que se asuste V. del estado en que se encuentra.
Entró Pacheco en la sala; pero por aprisa que Angela cerrase las puertas de las habitaciones interiores, el gaditano pudo ver baúles abiertos, con las bandejas fuera, ropa desparramada, cajas, sacos...
—¿Está V. de mudanza... ó de viaje?—preguntó, quedándose de pié en medio del saloncito, con voz opaca, pero sin emplear tono de reconvención ni de queja.
—No...—tartamudeó Asís—tanto como de viaje precisamente... no. Es que estoy guardando la ropa de invierno, poniéndole alcanfor... Si uno se descuida, la polilla hace destrozos...
Pacheco se acercó á la dama, y bajando el diapasón, con las inflexiones dolientes y melancólicas que solía adoptar á veces, dijo:
—A mi no se me engaña, te lo repito. Antes de venir sabía que te ibas. Tú no me conoces; tú te has creído que me la puedes dar. Aún no pasaron las ideas por esa cabecita, y ya las he olfateado yo. Siento que gastes conmigo tapujos. Al fin no te valen, hija mía.
La señora, no acertando á responder nada que valiese la pena, bajó los ojos, frunció la boca é hizo un mohín de disgusto.
—No amoscarse. Si no me enfado tampoco. La nena mía es muy dueña de irse adonde quiera. Pero mientras está aquí, ¿por qué me huye? Ayer me dijiste que no podíamos vernos, por estar tú convidada á comer...
Movidos por el mismo impulso, Asís y Don Diego miraron en derredor. Las puertas, cerradas; al través de la que comunicaba con los cuartos interiores, pasaba amortiguado el ruido del ir y venir de la Diabla. Y sin concertarse, á un mismo tiempo se acercaron para cruzar mejor esas explicaciones que el corazón adivina antes de pronunciadas.
—Hazte cargo... Los criados... Es una atrocidad... Yo nunca tuve de estas... vamos... de estas historias... No sé lo que me pasa. Por favor te pido...
—¡Bendita sea tu madre, niña!... Si ya lo sé... ¿Te crees que no me informo yo de los pasos en que anduvo mi reina? Estoy enterao de que nadie consiguió de ti ni esto. Yo el primerito... ¡Ay! Te deshago... Rica, gitana... ¡Cielo!
—Chist... La chica... Si pesca... Es más curiosa...
—Un favor te pido no más. Vente á almorsá conmigo. Que te vienes.
—Estás tocado... Quita... Chist...
—Que te vienes. Palabra, no lo sabrá ni la tierra. Se arreglará... verás tú.
—¿Pero cómo? ¿Dónde?
—En el campo. Te vienes, te vienes. ¡Ya pronto te quedas libre de mí!... La despedía. Al reo de muerte se le da, mujer.
¿Cómo cedió y balbució que sí, prometiendo, si no por la Estigia, por algún otro juramento formidable? ¡Ah! Aunque la observación ya no resulte nueva, cedió obedeciendo á los dos móviles que, desde la memorable insolación de San Isidro, guiaban, sin que ella misma lo notase, su voluntad: dos resortes que podemos llamar de goma el uno y de acero el otro: el resorte de goma era la debilidad que aplaza, que remite toda gran resolución hasta que la ampare el recurso de la fuga; el resorte de acero, todavía chiquitín, menudo como pieza de reloj, era el sentimiento que así, á la chita callando, aspiraba nada menos que á tomar plenísima posesión de sus dominios, á engranar en la máquina del espíritu, para ser su regulador absoluto y dirigir su marcha con soberano imperio.
Fiado en la palabra solemne de la señora, Pacheco se marchó, pues no convenía, por ningún estilo, que los viesen salir juntos. Asís entró en su cuarto á componerse. La Diabla la miraba con su acostumbrada curiosidad fisgona y aun le disparó tres ó cuatro preguntas pérfidas referentes á la interrumpida tarea del equipaje.
—¿Se cierra el mundo? ¿Se clavan los cajones? ¿La señorita quiere que avise á la Central para mañana?
¿Cómo había de responder la señora á interrogaciones tan impertinentes? Claro que con alguna sequedad y no poco enfado secreto. Además, otros incidentes concurrían á exasperarla: por culpa del revoluto del equipaje, ni había cosa con cosa, ni parecía lo más indispensable de vestir: para dar con unos guantes nuevos tuvo que desbaratar el baúl más chico: para sacar un sombrero, desclavó dos cajones. Más peripecias: la hebilla del zapato inglés, descosida: al abrochar el cuerpo del traje, salta un herrete; al cepillarse los dientes, se rompe el frasco del elíxir contra el mármol del lavabo...
—¿Almuerza fuera la señorita?—preguntó la incorregible Diabla.
—Sí... En casa de Inzula.
—¿Ha de venir á buscarla Roque?
—No... Pero le mandas que esté con la berlina allí, á las siete...
—¿De la tarde?
—¿Había de ser de la mañana? ¡Tienes cosas!...
La Diabla sonrió á espaldas de su señora y se bajó para estirarla los volantes del vestido y ahuecarla el polisón. Asís piafaba, pegando taconacitos de impaciencia. ¿El pericón? ¿El gabán gris, por si refresca? ¿Pañuelo? ¿Dónde se habrá metido el velo de tul? Estos pinguitos parece que se evaporan... Nunca están en ninguna parte... ¡Ah! Por fin... Loado sea Dios...
XVIII
SALVÓ la escalera como pájaro á quien abren el postigo de su penitenciaría, y con el mismo paso vivo, echó calle abajo hasta Recoletos. La cita era en aquel sitio señalado donde Pacheco había tirado el puro: casi frente á la Cibeles. Asís avanzaba protegida por su antucá, pero bañada y animada por el sol, el sol instigador y cómplice de todo aquel enredo sin antecedentes, sin finalidad y sin excusa. La dama registró con los ojos las arboledas, los jardincillos, la entrada de la Carrera y las perspectivas del Museo, y no vió á nadie. ¿Se habría cansado Diego de esperar? ¡Capaz sería!... De pronto, á sus espaldas, una voz cuchicheó afanosa:
—Allí... entre aquellos árboles... El simón.
Sin que ella respondiese, el gaditano la guió hacia el destartalado carricoche. Era uno de esos clarens inmundos, con forro de gutapercha resquebrajado y mal oliente, vidrios embazados y conductor medio beodo, que zarandean por Madrid adelante la prisa de los negocios ó la clandestinidad del amor. Asís se metió en él con escrúpulo, pensando que bien pudiera su galán traerle otro simón menos derrotado. Pacheco, á fin de no molestarla pasando á la izquierda, subió por la portezuela contraria, y al subir arrojó al regazo de la dama un objeto... ¡Qué placer! ¡Un ramillete de rosas, ó mejor dicho un mazo, casi desatado, mojado aún! El recinto se inundó de frescura.
—¡Huelen tan mal estos condenaos coches!—exclamó el meridional como excusándose de su galantería. Pero Asís le flechó una ojeada de gratitud. El indecente vehículo comenzaba á rodar; ya debía de tener órdenes.
—¿Se puede saber á dónde vamos, ó es un secreto?
—A las Ventas del Espíritu Santo.
—¡Las Ventas!—clamó Asís alarmada.—¡Pero si es un sitio de los más públicos! ¿Vuelta á las andadas? ¿Otro San Isidro tenemos?
—Es sitio público los domingos; los días sueltos está bastante solitario. Que te calles. ¿Te iba yo á llevar adonde te encontrases en un bochorno? Antes de convidarte, chiquilla, me he enterado yo de toas las maneras de almorsá en Madrid... Se puede almorsá en un buen restaurant ó en cafés finos; pero eso es echar un pregón pa que te vean. Se puede ir á un colmado de los barrios ó á una pastelería decente y escondía, pero no hay cuartos aparte; tendrías que almorsá en pública subasta, á la vera de alguna chulapa ó de algún torero. Fondas, ya supondrás... No quedaban sino las Ventas ó el puente de Vallecas. Creo que las Ventas es más bonito.
¡Bonito! Asís miró el camino en que entraban. Dejándose atrás las frondosidades del Retiro y las construcciones coquetonas de Recoletos, el coche se metía, lento y remolón, por una comarca la más escuálida, seca y triste que puede imaginarse, á no ser que la comparemos al cerro de San Isidro. Era tal la diferencia entre la zona del Retiro y aquel arrabal de Madrid, y se advertía tan de golpe, que mejor que transición parecía sorpresa escenográfica. Cual mastín que guarda las puertas del limbo, allí estaba la estatua de Espartero, tan mezquina como el mismo personaje, y la torre mudéjar de una escuela parecía sostener con ella competencia de mal gusto. Luego, en primer término, escombros y solares marcados con empalizadas; y allá en el horizonte, parodia de algún grandioso y feroz anfiteatro romano, la plaza de toros. En aquel rincón semidesierto—á dos pasos del corazón de la vida elegante—se habían refugiado edificios heterogéneos, bien como en ciertas habitaciones de las casas se arrinconan juntas la silla inservible, la máquina de limpiar cuchillos y las colgaduras para el día de Corpus; así, después del circo taurino y la escuela, venía una fábrica de galletas y bizcochos y en pos un barracón con este rótulo: Acreditado merendero de la Alegría.
Las lontananzas, una desolación. El fielato parecía viva imagen del estorbo y la importunidad. A su puerta estaba detenido un borrico cargado de liebres y conejos, y un tío de gorra peluda buscaba en su cinto los cuartos de la alcabala. Más adelante, en un descampado amarillento, jugaban á la barra varios de esos salvajes que rodean á la corte lo mismo que los galos á Roma sitiada. Y seguían los edificios fantásticos: un castillo de la Edad Media hecho, al parecer, de cartón y cercado de tapias por donde las francesillas sacaban sus brazos floridos; un parador, tan desmantelado como teológico (dedicado al Espíritu Santo nada menos); un merendero que se honraba con la divisa tanto monta, y por último una franja rojiza, inflamada bajo la reverberación del sol: los hornos de ladrillo. En los términos más remotos que la vista podía alcanzar, erguía el Guadarrama sus picos coronados de eternas nieves.
Lo que sorprendió gratamente á Asís fué la ausencia total de carruajes de lujo en la carretera. Tenía razón Pacheco, por lo visto. Sólo encontraron un domador que arrastraban dos preciosas tarbesas; un carromato tirado por innumerable serie de mulas; el tranvía, que cruzó muy bullanguero y jacarandoso, con sus bancos atestados de gente; otro simón con tapadillo, de retorno, y un asistente, caballero en el alazán de su amo. ¡Ah! Un entierro de angelito, una caja blanca y azul que, tambaleándose sobre el ridículo catafalco del carro, se dirigía hacia la sacramental sin acompañamiento alguno, inundado de luz solar, como deben de ir los querubines camino del Empíreo...
Poco hablaron durante el trayecto los amantes. Llevaban las manos cogidas; Asís respiraba frecuentemente el manojo de rosas y miraba y remiraba hacia fuera, porque así creía disminuir la gravedad de aquel contrabando, que en su fuero interno—cosa decidida—llamaba el último, y por lo mismo le causaba tristeza, sabiéndole á confite que jamás, jamás había de gustar otra vez.
Llegaron al puente, y detúvose el simón ante el pintoresco racimo de merenderos, hotelitos y jardines que constituye la parte nueva de las Ventas.
—¿Qué sitio prefieres? ¿Nos apeamos aquí?—preguntó Pacheco.
—Aquí... Ese merendero... Tiene trazas de alegre y limpio—indicó la dama, señalando á uno, cuya entrada por el puente era una escalera de palo pintada de verde rabioso.
Sobre el frontis del establecimiento podía leerse este rótulo, en letras descomunales imitando las de imprenta y sin gazapos ortográficos:—Fonda de la Confianza.—Vinos y comidas.—Aseo y equidad.—El aspecto era original y curioso. Si no cabía llamar á aquello los jardines aéreos de Babilonia, cuando menos tenían que ser los merenderos colgantes. ¡Ingenioso sistema para aprovechar terreno! Abajo una serie de jardines, mejor dicho, de plantaciones entecas y marchitas, víctimas de la aridez del suburbio matritense; y encima, sostenidas en armadijos de postes, las salas de baile, los comedores, las alcobas con pasillos rodeados de una especie de barandas que comunicaban entre sí las viviendas. Todo ello—justo es añadirlo para evitar el descrédito de esta Citerea suspendida—muy enjalbegado, alegre, clarito, flamante, como ropa blanca recién lavada y tendida á secar al sol, como nido de jilguero colgado en rama de arbusto.
Un mozo, frisando en los cincuenta, de mandil pero en mangas de camisa, con cara de mico, muequera, arrugadilla y sardónica, se adelantó apresurado al divisar á la pareja.
—Almorsá—dijo Pacheco lacónicamente.
—¿Dónde desean los señoritos que se les ponga el almuerzo?
El gaditano giró la vista alrededor y luego la convirtió hacia su compañera: ésta había vuelto la cara. Con la agudeza de la gente de su oficio el mozo comprendió y les sacó del apuro.
—Vengan los señoritos... Les daré un sitio bueno.
Y torciendo á la izquierda, guió por una escalera angosta que sombreaba un grupo de acacias y castaños de Indias, llevándoles á una especie de antesala descubierta, que formaba parte de los consabidos corredores aéreos. Abriendo una puertecilla, hízose á un lado y murmuró con unción:
—Pasen, señoritos, pasen.
La dama experimentó mucho bienestar al encontrarse en aquella salita. Era pequeña, recogida, misteriosa, con ventanas muy chicas que cerraban gruesos postigos, y enteramente blanqueada; los muebles vestían también blanquísimas fundas de calicó. La mesa, en el centro, lucía un mantel como el armiño; y lo más amable de tanta blancura era que al través de ella se percibía, se filtraba, por decirlo así, el sol, prestándole un reflejo dorado y quitándole el aspecto sepulcral de las cosas blancas cuando hace frío y hay nubes en el cielo. Mientras salía el mozo, el gaditano miró risueño á la señora.
—Nos han traído al palomar—dijo entre dientes.
Y levantado una cortina nívea que se veía en el fondo de la reducida estancia, descubrió un recinto más chico aún, ocupado por un solo mueble, blanco también, más blanco que una azucena...
—Mira el nido—añadió tomando á Asís de la mano y obligándola á que se asomase.—Gente precavida... Bien se ve que están en todo. No me sorprende que vivan y se sostengan tantos establecimientos de esta índole. Aquí la gente no viene un día del año como á San Isidro; pero digo yo que habrá abonos á turno. ¿Nos abonamos, cacho de gloria?
No sé cómo acentuó Pacheco esta broma, que en rigor, dada la situación, no afrentaba; lo cierto es que la señora sintió una sofoquina... vamos, una sofoquina de esas que están á dos deditos de la llorera y la congoja. Parecíale que le habían arañado el corazón. La mujer es un péndulo continuo que oscila entre el instinto natural y la aprendida vergüenza, y el varón más delicado no acertará á no lastimar alguna vez su invencible pudor.
XIX
AL colarse en el palomar los dos tórtolos, no lo hicieron sin ser vistos y atentamente examinados por una taifa de gente humilde, que á la puerta de la cocina del merendero fronterizo se dedicaba á aderezar un guisote de carnero, puesto, en monumental cazuela, sobre una hornilla. Es de saber que ambos enseres domésticos los alquilaba el dueño del restaurant por módica suma en que iba comprendido también el carbón: en cuanto al carnero y al arroz de añadidura, lo habían traído en sus delantales las muchachas, que por lo que pueda importar, diremos que eran operarias de la Fábrica de tabacos.
Capitaneaba la tribu una vieja pitillera, morena, lista, alegre, más sabidora que Merlín; y dos niñas de ocho y seis años traveseaban alrededor de la hornilla, empeñadas en que les dejasen cuidar el guisado, para lo cual se reconocían con superiores aptitudes. Toda esta gentuza, al pasar la marquesa viuda de Andrade y su cortejo, se comunicó impresiones con mucho parpadeo y meneo de cabeza, y susurrando á media voz dichos sentenciosos. Hablaban con el seco y recalcado acento de la plebe madrileña, que tiene alguna analogía con lo que pudo ser la parla de Demóstenes, si se le ocurriese escupir á cada frase una de las guijas que llevaba en la boca.
—Ay... Pus van así como asustaos... Ella es guapetona, colorá y blanca.
—Valiente perdía será.
—Se ve caa cosa... Hijas, la mar son estos señorones de rango.
—Puee que sea arguna del Circo. Tié pinta de franchuta.
—Que no, que este es un belén gordo, de gente de calidá. Mujer de algún menistro lo menos. ¿Qué vus pensáis? Pus una conocí yo, casaa con un presonaje de los más superfarolícos... de mucho coche, una casa como el Palacio Rial... y andaba como caa cuala, con su apaño. ¡Qué líos, Virgen!
—No, pus muy amartelaos no van.
—¿Te quies callar? Ya samartelarán dentro. Verás tú las ventanas y las puertas atrancás, como en los pantiones... Pa que el sol no los queme el cutis.
Desmintiendo las profecías de la experta matrona, los postigos y vidrieras del palomar se abrieron, y asomó la cabeza de la dama, sin sombrero ya, mirando atentamente hacia el merendero.
—Miala, miala..., la gusta el baile.
En efecto, el corredor aéreo de enfrente ofrecía curiosa escena coreográfica. Un piano mecánico soltaba, con la regularidad que hace tan odiosos á estos instrumentos, el duro chorro de sus martilleadoras tocatas: Cádiz hacía el gasto: paso doble de Cádiz, tango de Cádiz, coro de majas de Cádiz... y hasta una veintena de cigarreras, de chiquillas, de fregonas muy repeinadas y con ropa de domingo, saltaba y brincaba al compás de la música, haciendo á cada zapateta temblar el merendero... Asís veía pasar y repasar las caras sofocadas, las toquillas azul y rosa; y aquel brincoteo, aquel tripudio suspendido en el aire, sin hombres, sin fiesta que lo justificara, parecía efecto teatral, coro de zarzuela bufa. Asís se imaginó que las muchachas cobraban de los fondistas algún sueldo por animar el cuadro.
—¡Calla!—secreteó minutos después el grupo dedicado á vigilar la cazuela del guisote.—¡Pus si también han abierto la puerta! Chicas... quien que se entere too el mundo.
—Estas tunantas ponen carteles.
El mozo subía y bajaba, atareado.
—Mia lo que los llevan. Tortilla... Jamón... Están abriendo latas de perdices... ¡Aire!
—No se las cambio por mi rico carnero. A gloria huele.
—¡Chist!—mandó el mozo imponiéndose á aquellas cotorras.—Cuidadito... Si oyen... Son gente... ¡uf!
Al expresar la calidad de los huéspedes, el mozo hizo una mueca indescriptible, mezcla de truhanería y respeto profundo á la propina que ya olfateaba. La vieja cigarrera, de repente, adoptó cierta diplomática gravedad.
—Y pué que sean gente tan honrá como Dios Padre. No sé pa qué ha de condenar una su arma echando malos pensamientos. Serán argunos novios recién casaos, ú dos hermanos, ú tío y sobrina. Vayasté á saber. Oigasté, mozo...
Se apartó y secreteó con el mozo un ratito. De esta conferencia salió un proyecto habilísimo, madurado en breves minutos en el ardiente y optimista magín de la señá Donata, que así se llamaba la pitillera, si no mienten las crónicas. Arriba, dama y galán empezaban á despachar los apetitosos entremeses, las incitantes aceitunas y las sardinillas con su ajustada túnica de plata. Aunque Pacheco había pedido vinos de lo mejor, la dama rehusaba hasta probar el Tío Pepe y el amontillado, porque con sólo ver las botellas, le parecía ya hallarse en la cámara de un trasatlántico, en los angustiosos minutos que preceden al mareo total. Como la señora exigía que puertas y ventanas permaneciesen abiertas, el almuerzo no revelaba más que la cordialidad propia de una luna de miel ya próxima á su cuarto menguante. Pacheco había perdido por completo su labia meridional, y manifestaba un abatimiento que, al quedar mediada la botella de Tío Pepe, se convirtió en la tristeza humorística tan frecuente en él.
—¿Te aburres?—preguntaba la dama á cada vuelta del mozo.
—Ajogo las peniyas, gitana,—respondía el meridional apurando otro vaso de jerez, más auténtico que la famosa manzanilla del Santo.
Acababa el mozo de dejar sobre la mesa las perdices en escabeche, cuando en el marco de la puerta asomó una carita infantil, colorada, regordeta, boquiabierta, guarnecida de un matorral de rizos negrísimos. ¡Qué monada de chiquilla! Y estaba allí hecha un pasmarote, si entro si no entro. Asís la hizo seña con la mano; el pájaro se coló en el nido sin esperar á que se lo dijesen dos veces. Y las preguntas y los halagos de cajón:—Eres muy guapa... ¿Cómo te llamas? ¿Vas á la escuela?... Toma pasas... Cómete esta aceitunita por mí... Prueba el jerez... ¡Huy qué gesto más salado le pone al vino!... Arriba con él... ¡Borrachilla! ¿Dónde está tu mamá? ¿En qué trabaja tu padre?
De respuesta, ni sombra. El pajarito abría dos ojos como dos espuertas, bajaba la cabeza adelantando la frente como hacen los niños cuando tienen cortedad y al par se encuentran mimados, picaba golosinas y daba con el talón del pié izquierdo en el empeine del derecho. A los tres minutos de haberse colado el primer gorrión migajero en el palomar, apareció otro. El primero representaba cinco años; el segundo, más formal pero no menos asustadizo, tendría ya ocho lo menos.
—¡Hola! Ahí viene la hermanita...—dijo Asís.—Y se parecen como dos gotas... La pequeña es más saladilla... pero vaya con los ojos de la mayor... Señorita, pase V. Esta nos enterará de cómo se llama su padre, porque á la chiquita le comieron la lengua los ratones.
Permanecía la mayor incrustada en la puerta, seria y recelosa, como aquel que antes de lanzarse á alguna empresa erizada de dificultades, vacila y teme. Sus ojazos, que eran realmente árabes por el tamaño, el fuego y la precoz gravedad, iban de Asís á Diego y á su hermanita: la chiquilla meditaba, se recogía, buscaba una fórmula, y no daba con ella, porque había en su corazón cierta salvaje repugnancia á pedir favores, y en su carácter una indómita fiereza muy en armonía con sus pupilas africanas. Y como se prolongase la vacilación, acudióle un refuerzo, en figura de la señá Donata, que con la solicitud y el enojo peor fingidos del mundo, se entró muy resuelta en el gabinete refunfuñando:
—¡Eh! niñas, corderas, largo, que estáis dando la gran jaqueca á estos señores... A ver si vus salís afuera, ú sino...
—No molestan...—declaró Asís.—Son más formalcitas... A esa no hay quien la haga pasar, y la chiquitilla ni abre la boca.
—Pa comer ya la abren las tunantas...
Pacheco se levantó cortésmente y ofreció silla á la vieja. El gaditano, que entre gente de su misma esfera social pecaba de reservado y aun de altanero, se volvía sumamente campechano al acercarse al pueblo.
—Tome V. asiento... Se va V. á bebé una copita de jerés á la salú de toos.
¡Oídos que tal oyeron! ¡Señá Donata, fuera temor, al ataque, ya que te presentan la brecha franca y expedito el rumbo! Y tan expedito, que Pacheco, desde que la vieja sentó allí el pié, pareció sacudir sus penosas cavilaciones y recobrar su cháchara, diciendo los mayores desatinos del mundo. Como que se puso muy formal á solicitar á la honrada matrona, proponiéndola un paseíto á solas por los tejares. Oía la muy lagarta de la vieja, y celebraba con carcajadas pueriles, luciendo una dentadura sana y sin mella; pero al replicar, iba encajando mañosamente aquella misión diplomática que bullía en su mente fecunda desde media hora antes. Tratábase de que ella, ¿se hacen ustés cargo? trabajaba en la Frábica de Madrí... y tenía cuatro nietecicas, de una hija que se murió de la tifusidea, y el padre de gomitar sangre, así, á golpás..., en dos meses se lo llevó la tierra, ¡señores! que si se cuenta, mentira parece. Las dos nietecicas mayores, colocaas ya en los talleres; pero si la suerte la deparase una presona de suposición pa meter un empeño..., porque en este pícaro mundo, ya es sabío, too va por las amistaes y las enfluencias de unos y otros...—Llegada á este punto, la voz de la señá Donata adquiría inflexiones patéticas.—«¡Ay Virgen de la Paloma! No premita el Señor que ustés sepan lo que es comer y vestir y calzar cinco enfelices mujeres con tristes ocho ú nueve riales ganaos á trompicones... Si la señorita, que tenía cara de ser tan complaciente y tan cabal, conociese por casualidad al Menistro... ó al Menistraor de la Frábica..., ó al Contaor..., ó algún presonaje de estos que too lo regüerven..., pa que la chiquilla mayor, Lolilla, entrase de aprendiza también... ¡Sería una caridá de las grandes, de las mayores! Dos letricas, un cacho de papel...»
Pacheco respondía á la arenga con mucha guasa, sacando la cartera, apuntando las señas de al pitillera detenidamente, y asegurándola que hablaría al Presidente del Consejo, á la infanta Isabel (íntima amiga suya), al Obispo, al Nuncio... Enredados se hallaban en esta broma, cuando tras la abuela pedigüeña y las nietecillas mudas, se metieron en el gabinete las dos chicas mayores.
—Miren mis otras huerfanicas enfelices,—indicó la señá Donata.
Imposible imaginarse cosa más distinta de la clásica orfandad enlutada y extenuada que representan pintores y dibujantes al cultivar el sentimentalismo artístico. Dos mozallonas frescas, sudorosas porque acababan de bailar, echando alegría y salud á chorros, y saliéndoles la juventud en rosas á los carrillos y á los labios; para más, alborotadas y retozonas dándose codazos y pellizcándose para hacerse reir mutuamente. Viendo á semejantes ninfas, Pacheco abandonó á la señá Donata, y con el mayor rendimiento se consagró á ellas, encandilado y camelador como hijo legitimo de Andalucía. Todas las penas ajogadas por el Tío Pepe se fueron á paseo, y el gaditano, entornando los ojos, derramando sales por la boca y ceceando como nunca, aseguró á aquellas principesas del Virginia que desde el punto y hora en que habían entrado, no tenía él sosiego ni más gusto que comérselas con los ojos.
—¿Vienen ustés de bailar?—les preguntó risueño.
—Pus ya se ve,—contestaron ellas con chulesco desgarro.
—¿Sin hombres? ¿Sin pareja?
—Ni mardita la falta.
—Pan con pan... Eso es más soso que una calabasa, prendas. Si me hubiesen ustés llamao...
—¿Que iba usté á venir? Somos poca cosa pa usté.
—¿Poca cosa? Son ustés... dos peasitos del tersiopelo de que está forraa la bóveda seleste. ¡Ea! ¿echamos ó no ese baile? Ahora me empeñé yo... ¡A bailar!
Salió como una exhalación; dió la vuelta al pasillo aéreo; cruzó el puente que á los dos merenderos unía, y en breve, al compás del horrible piano mecánico, Pacheco bailaba ágilmente con las cigarreras.
XX
ENTRE las condiciones de carácter de la marquesa viuda de Andrade, y de los gallegos en general, se cuenta cierto don de encerrar bajo llave toda impresión fuerte. Esto se llama guardarse las cosas, y si tiene la ventaja de evitar choques, tiene la desventaja de que esas impresiones archivadas y ocultas se pudren dentro. Cuando el andaluz regresó después de haber pegado cuatro saltos, enjugándose la frente con su pañuelo y abanicándose con el hongo, halló á la señora aparentemente tranquila y afable, ocupada en obsequiar con queso, bizcochos y pasas á las dos gorrioncillas, y muy atenta á la charla de la vejezuela, que refería por tercera vez las golpás de sangre causa de la defunción de su yerno. Pero el camarero, que era más fino que el oro y más largo que la cuaresma, se dió cuenta con rápida intuición de que aquello no iba por el camino natural de almuerzos semejantes, y adoptando el aire imponente de un bedel que despeja una cátedra, intimó á toda la bandada la orden de expulsión.
—¡Ea! bastante han molestado Vds. á los señores. Me parece regular que se larguen.
—Oigasté... ¡El tío este! Si yo he entrao aquí, fué porque los señores me lo premitieron, ¿estamos? Yo soy así, muy franca de mi natural..., y me arrimo aonde veo naturalidá, y señoritos llanos y buenos mozos, sin despreciar á nadie.
—¡Ole las mujeres principales!—contestó con la mayor formalidad Pacheco, pagando el requiebro de la señá Donata. La cual no soltó el sitio hasta que Don Diego y la señora prometieron unánimes acordarse de su empeño y procurar que Lolilla entrase en los talleres. Las gorrionas se dejaron besar y se llevaron las manos atestadas de postres, pero ni con tenazas se les pudo sacar palabra alguna. No piaron hasta que fueron á posarse en el salón de baile.
El camarero también salió anunciando que «dentro de un ratito» traería café y licores. Al marcharse encajó bien la puerta, é inmediatamente los ojos de Pacheco buscaron los de su amiga. La vió de pié, mirando á las paredes. ¿Qué quería la niña? ¿Eh?
—Un espejo.
—¿Pa qué? Aquí no hay. Los que vienen aquí no se miran á si mismos. ¿Espejo? Mírate en mí. ¿Pero cómo? ¿Vas á ponerte el sombrero, chiquilla? ¿Qué te pasa?
—Es por ganar tiempo... Al fin, en tomando el café hemos de irnos...
El meridional se acercó á Asís, y la contempló cara á cara, largo rato... La señora esquivaba el examen, poniendo, por decirlo así, sordina á sus ojos y un velo impalpable de serenidad á sus facciones. La tomó Pacheco la cintura, y sentándose en el sofá la atrajo hacia sí. Hablaba y reía y la acariciaba tiernamente.
—¡Ay, ay, ay!... ¿Esas tenemos? Mi niña está celosa. ¡Celosita, celosita! ¡Celosita de mí la reina del mundo!
Asís se enderezó en el sofá, rechazando á Pacheco.
—Tienes la necedad de que todo lo conviertes en substancia. La vanidad te parte, hijo mío. Yo no estoy celosa, y si me apuras, te diré...
—¿Qué? ¿Que me dirás?—prorrumpió Pacheco algo inmutado y descolorido.
—Que... es algo imposible eso de estar celoso, cuando...
—¡Ah!—interrumpió el meridional, más que pálido, lívido, con voz que salía á golpás, según diría la señá Donata.—No necesitas ponerlo más claro... Enterado, mujer, enterado: si yo adivino antes que hables. Pa miserables tres horas ó cuatro que nos faltan de estar juntos, y probablemente serán las últimas que nos hemos de ver en este mundo perro, ya pudiste callarte y procurar engañarme como hasta aquí... Poco favor te haces, si viniste aquí no queriéndome algo. Tú te habrás creído que yo me tragaba... ¡Y me llamas necio! Yo seré un vago, un hombre que no sirve para ná, un tronera, un perdido, lo que gustes; ¡pero necio! Necio yo... ¡y en cuestiones de faldas! ¡Mire V. que es grande! Pero, ¿qué importa? Llámame lo que quieras... y óyeme sólo esto, que te voy á decir una verdá que ni tú la sabes, niña. No me has querío hasta hoy, corriente... Hoy, mas que digas por tema lo que te dé la gana, me quieres, me requieres, estás enamoraa de mí... Poquito á poco te ha ido entrando... y así que yo te falte, se te va á acabar el mundo. Esta es la fija... Ya lo verás, ya lo verás. Y por amor propio y por soberbia sales con la pata e gallo... ¡Te desdeñas de tener celos de mí! Bien hecho... Así como así no hay de qué. Boba serías si tuvieses celos. Algún ratito ha de pasar antes de que yo me pierda por otras mujeres... ¡Maldita sea hasta la hora en que te vi!... Dispensa, ¡dispensa! No quiero ofenderte, ¿sabes? ahora ni nunca. No sé lo que me digo... Pero digo verdad.
Soltaba esta andanada paseando por el pequeño recinto, como las fieras en sus jaulas de hierro; unas veces sepultaba las manos en los bolsillos del pantalón, y otras las desenfundaba para accionar con violencia. Su rostro, descompuesto por la cólera, perdiendo su expresión indolente, mejoraba infinito: se acentuaban sus enjutas facciones, temblaba el bigote dorado, resplandecían los blancos dientes, y los azules ojos se obscurecían como el agua del Mediterráneo cuando amaga tempestad. El piso retemblaba bajo sus pasos; diríase que el aéreo nido iba á saltar hecho trizas. Aquella tormenta de verano, aquella cólera meridional, no cabía en el cuartuco.
Al encajar la puerta el mozo, los amantes se habían olvidado de que el nido tenía otro boquete, la ventana, abierta por Asís y dejada en la misma situación durante todo el almuerzo. Y la ventana justamente miraba al salón de baile, ocupado por parte de la bandada de gorrionas, entretenidísimas á la sazón en atisbar la riña amorosa, mientras abajo Lolilla se consagraba al carnero y al arroz.
—Anda..., ella está de morros con él... Está amoscá.
—Porque bailó con nusotras... Me lo malicié, hijas.
—¡Jesús! Pus no se ha resquemao poco... ¡Qué gesto!
—¡Ay! ¡Miales! El la está haciendo cucamonas pa que se le pase... ¡Ole!... Hombre, no nos ponga usté el gorro... Siquiera pa repichonear podían tener la ventana cerrá.
—¿Quién os manda mirar?
—Pa eso tiene una los ojos... ¡Calle!... Pues ella, en sus trece... Que nones... Las orejas le calienta ahora.
—¡Virgen! ¿Qué cosas le habrá icho, pa que él se enfade así? Mueve los brazos que paecen aspas de molino... ¿A que le pega?
—¿Que la e pegar, mujer, que la e pegar? Eso á las probres. A estas pindongas de señoronas, los hombres les rinden el pabellón. Y eso que cualisquiera de nosotros les pue vender honradez y dicencia. Digo, me paece...
—No, pus enfadao ya está.
—¿Va que acaba pidiendo perdón como los chiquillos? ¿No lo ije? Miale... más manso que un cordero... Ella na, espetá, secatona... vuelta á la manía de ponerse el abrigo... Se quie largar... ¡Madre e Dios, lo que saben estas tunantas! Me lo maneja como á un fantoche... ¡Qué compungió que está!... ¿A que se pone de rodillas, pa que le echen la solución? ¡Ay, qué mujer, paece la leona del Retiro! Empeñá en que me voy... Y se sale con la suya... Mia... ¡Se largan!
La turba se precipitó por la escalera del merendero. Verdad: Asís se largaba, se largaba. Salía tranquilamente, sin prisa ni enojo; hasta sonrió á Lolilla, que armada del soplador de mimbres avivaba el fuego. Con voz serena explicó al mozo, atónito de semejante deserción, que se les hacía tarde, que no podían aguardar ni un minuto más; que avisase al cochero, el cual probablemente estaría con el simón por allí, en alguna sombra. Mientras Pacheco, demudado, con pulso trémulo, buscaba en el portamonedas un billete, Asís trazaba en el piso rayas con la sombrilla, hasta dibujar una celosía complicada y menuda. Al terminarla extendió la mano; cogió una ramita florida de la acacia que sombreaba el merendero y se la sujetó en el pecho con el imperdible. Acercóse obsequiosa la señá Donata, ofreciendo á sus huérfanas, sus nietecicas, «pa juntar un ramo de cacias y de mapolas, si á la señorita le gustan...» Dió Asís las gracias rehusando, porque se marchaba acto continuo, y acercándose disimuladamente á la vieja le deslizó algo en la mano, recia y curtida cual la piel del arenque. Acercóse el simón; sin duda el cochero se había atizado un par de tragos, porque su nariz echaba lumbre, reluciendo al sol como la película roja que viste á los pimientos riojanos. La señora tomó por la escalerilla que bajaba desde el puente; Pacheco la siguió...
—En el coche harán las paces—piaron las gorrionas mayores.—¿A que sí?
—La fija. En entrando...
Grande fué el asombro de aquellas aves, más parleras que canoras, viendo que, tras un corto debate al pié de la portezuela, la señora tendió la mano á Pacheco, éste llevó la suya al sombrero saludando, y el simón arrancó á paso de tortuga, bamboleándose sobre la polvorosa carretera.
—Pus ella vence... Me lo deja plantadito.
—¿A que él se nos vuelve aquí?—indicó la gorriona primogénita, alisando con la palma las grandes peteneras de su peinado, untadas de bandolina.
No volvió el muy... Ni siquiera torció la cabeza para hacerlas un saludo ó enviarlas una sonrisa de despedida. ¡Fantasioso! Estuvo pendiente del simón mientras éste no traspuso los hornos de ladrillo; luego, cabizbajo, echó á andar á pié.
XXI
LA buena fe, que debe servir de norma á los historiadores, así de hechos memorables como de sucesos ínfimos, obliga á declarar que la marquesa viuda de Andrade se dedicó asiduamente—desde las dos de la tarde, hora en que llegó á su casa, hasta cerca de las nueve de la noche—á la faena del arreglo definitivo de su equipaje, resolviendo la marcha para el siguiente día, sin prórroga. El trajín fué gordo, y aumentó sus fatigas el desasosiego moral de la señora. Anduvo hecha un zarandillo; removió hasta el último trasto de la casa; mareó á la Diabla; aturrulló á los demás criados; y al agitarse así la impulsaban sus nervios, tirantes como cuerdas de guitarra, al par que sentía una especie de punzada continua en el corazón, un calor extraño en el epigastrio, un saborete amargo en la boca. Después de haber comido—por fórmula y sin ganas—pidióle Angela licencia, ya que era el último día, para decir adiós á su hermana. La negó en un arranque de cólera; la otorgó dos minutos después. Y así que la chica batió la puerta, la señora, rendida de cuerpo, más encapotada que nunca de espíritu, se retiró á su dormitorio... Tenía que poner el S. D. á un sinnúmero de tarjetas; pero ¡estaba tan molida! ¡de humor tan perro! Además, la punzadita aquella del corazón se iba convirtiendo en dolor fijo, intolerable... ¿Se aplacaría un poco recostándose en la cama? A ver...
Cerró los ojos, mascando unas hieles que tenía entre la lengua y el paladar. ¿A qué venían las hieles dichosas? Ella había obrado bien, mostrándose digna y entera. En realidad, ningún desenlace mejor para la historia. De un modo ó de otro ello iba á acabarse; era inevitable, inminente; mejor que se acabase así... Porque si aquella última entrevista fuese muy tierna, qué tristeza y qué... Nada; mejor así, mejor cien veces. Ella había tenido razón sobrada: una cosa son los celos, otra el amor propio y el decoro de que nunca está bien prescindir. Y á quién se le ocurre, allí, en su propia cara, ponerse á bailar con... Veía el salón de baile aéreo, el brincoteo de las gorrionas, los incidentes del almuerzo... y las hieles se volvían más amarguitas aún. Cierto que ella fué quien abrió puertas y ventanas; de todos modos, el proceder de Pacheco... Sí... buen tipo estaba Pacheco. En viendo una escoba con faldas... ¡Ay infeliz de la mujer que se fiase de sus exageraciones y sus locuras! ¡Requebrar á las cigarreras así, delante de...! ¡Y qué fatuo! ¡Pues no había querido convencerla de que estaba enamorada de él! ¿Enamorada? No, no señor, gracias á Dios... Conservaría, sí, un recuerdo... un recuerdo de esos que... Allí tenía, en el medallón de oro, junto al pelo de Maruja, una florecita de la acacia blanca... ¡Qué tontera! Lo probable es que á Pacheco no volviese á verle nunca más... Y esta punzada del corazón, ¿qué será? Será enfermedad, ó... Parece que lo aprieta un aro de hierro... ¡Jesús, qué cavilaciones más insensatas!
Bregando con la imaginación y la memoria, se quedó traspuesta. No era dormir profundo, sino una especie de somnambulismo, en que las percepciones de la vida exterior se amalgamaban con el delirio de la fantasía. No era la pesadilla que causa la ocupación de estómago, en que tan pronto caemos de altísima torre como volamos por dilatadas zonas celestes, ni menos el ensueño provocado por la acción del calor del lecho sobre los lóbulos cerebrales, donde, sin permiso de la honrada voluntad, se representan imágenes repulsivas... Lo que veía Asís, adormecida ó mal despierta, puede explicarse en la forma siguiente, aunque en realidad fuese harto más vago y borroso.
Encontrábase ya en el vagón, con la Diabla enfrente, la maletita y el lío de mantas en la rejilla, el velo de gasa inglesa bien ceñido sobre la toca de paja, calzados los guantes de camino, abrochado hasta el cuello el guardapolvo. El tren adelantaba, unas veces bufando y pitando, otras con perezoso cuneo, al través de las eternas estepas amarillas, caldeadas por un sol del trópico. ¡Oh Castilla la fea, la árida, la polvorosa, la de monótonos aspectos, la de escuetas lontananzas! ¡Oh sombría mole, región desconsolada del Escorial, qué felicidad perderte de vista! ¡Oh calor, calor del infierno, cuando acabarás! Asís sentía que el sol, al través de las cortinas corridas que teñían con viso azul el departamento, se le empapaba en los sesos como el agua en una esponja, y que en sus venas la sangre se volvía alquitrán, y la punta de cada filete nervioso una aguja candente, y que los ojos se le salían de las órbitas, igual que á los gatos cuando los escaldan... El polvillo de carbón, unido al de los páramos castellanos, entraba en remolinos ó en ráfagas violentas, cegando, desvaneciendo, asfixiando. No valía manejar desesperadamente el abanico: como toda la atmósfera era polvo, polvo levantaba al agitar el aire, y polvo absorbían los sedientos pulmones.—¡Agua! ¡Agua! ¡Agua por Dios! Angela, va una botella llena ahí en el cesto...—Revolvía la Diabla el fondo de la canastilla..., nada: sin duda el agua se había olvidado. ¡Ah! una botella... El vaso plano... Asís bebía. ¡No es agua, no es agua! Es manzanilla, jerez, brasa líquida, esas ponzoñas que roban el juicio á las gentes... Venga un río, un río de mi tierra, para agotarlo de un sorbo... Mientras la señora gemía, el inmenso foco del sol ardía más implacable, como si estuviesen echándole carbón, convertidos en fogoneros, los arcángeles y los serafines. Y así atravesaban la pedregosa tierra de Avila, con sus escuadrones de enormes cantos, y las llanuras de Palencia, y los severos desiertos de León, y la vieja comarca de la Maragatería. ¡Que me abraso!... ¡Que me abraso!... ¡Que me muero!... ¡Socorro!...
¡Aah! ¿Qué ocurre? Salimos del país llano... ¡Montes queridos! Cada túnel es una inmersión en la noche, un baño en un pozo; al volver á la claridad, montañas y más montañas, revestidas de frondosos castañares, y por cuyas laderas... ¡oh deleite! se despeñan saltando manantiales, cascaditas, riachuelos, mientras allá abajo, caudaloso y profundo, corre el Sil... Las mismas rocas sudan humedad; de la bóveda de los túneles rezuman gotas gordas; el suelo se encharca. Al principio, Asís revive como el pez restituido á su elemento: su corazón se dilata, calmase el hervor de su sangre, se aplaca la horrible sed. Pero los riachuelos van engrosando; los túneles menudean, lóbregos, pantanosos; al término se divisa un cielo color de panza de burro, muy bajo, en el cual se acumulan nubes preñadas de agua, que al fin, abriendo su seno, dejan caer, primero en delgados hilos, luego en cerrada cortina, la lluvia, la eterna lluvia del Noroeste, plomo derretido y glacial, que solloza escurriendo por los vidrios. Y aquella lluvia, Asís la siente sobre el corazón, que se lo infiltra, que se lo reblandece, que se lo ensopa, hasta no poder admitir más líquido, hasta que, anegado de tristeza, el corazón empieza también á chorrear agua, primero gota á gota, luego á borbotones, con fúnebre ruido de botella que se vacía...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Pan, pan. Dos golpes en la puerta de la alcoba...—¡Jesús!... ¿Quién? ¿Pero dormía ó soñaba ó qué es esto?—Y la señora palpaba la almohada.—Húmeda, sí... Los ojos... También los ojos... ¡Lágrimas! ¿Quién está?... ¿Quién?
—Yo, amiga Asís... Gabriel Pardo... ¿He venido á molestar? Por Dios, siga V. con sus preparativos... Me he encontrado á la chica; me dijo que mañana sin falta salía V. para nuestra tierra... Cuánto sentiré incomodarla... Me retiro, me retiro.
—Por Dios... De ningún modo... Tome V. asiento... Salgo en seguida... Estaba lavándome las manos.
Y en efecto, se oía ruido de chapuzón, de lavaroteo. Pero nos consta que lo que lavaba la señora eran los párpados. Luego se dió polvos, se compuso el pelo, se arregló los encajes de la gola. Apareció muy presentable. Pardo había tomado un periódico, creo que La Epoca, y leía distraído, sin entender: «La dispersión veraniega ha comenzado. Parten hoy para Biarritz en el expreso, el duque de Albares, las lindas señoritas de Amézaga...»
Apenas habrían tenido tiempo los dos paisanos para trocar unas cuantas frases de excusa, cuando se oyó sonar la campanilla y en el corredor retumbaron pasos fuertes, varoniles. De sofocada, la señora se volvió pálida: una sonrisa involuntaria y una luz vivísima cruzaron por sus labios y sus ojos. Pacheco entró, y al verle el comandante Pardo, reprimió el impulso de pegarse un cachete en el hueso frontal.
—¡Ya pareció aquello! ¡Se despejó la incógnita! ¡Y decir que no hará dos semanas que se conocieron en casa de Sahagún! ¡Mujeres!!!
El gaditano,—lo mismo que si se propusiese evidenciar lo que Pardo adivinaba,—apenas se hubo sentado, sacó del bolsillo un tarjetero de piel inglesa, con monograma de plata, y se lo entregó á Asís, murmurando cortésmente:
—Marquesa... las señas que V. me pidió que le trajese. Las señas de la pitillera... ¿no recuerda V.? Puede V. copiarlas, ó quedarse con el tarjetero, si gusta... Viéndolo, se acuerda V. más del empeñillo.
¡Ay! Asís trasudaba. Era para volarse. ¡Vaya un pretexto que daba á su visita nocturna el bueno del gaditano! Si lo quería más claro Don Gabriel...
Miró al comandante, que se hacía el sueco, tratando de no ver el tarjetero dichoso. No hay posición más desairada que la de tercero en concordia, y Don Gabriel, notando la ojeada expresiva que trocaron Pacheco y Asís, creía estar sentado sobre brasas, tanto le apretaban las ganas de quitarse de en medio. Pero convenía hacerlo con habilidad y educación. Un cuarto de hora tardó en preparar la retirada honrosa, echándole el muerto al Círculo Militar, donde aquella noche había una conferencia muy notable. Los círculos, ateneos y clubs, serán siempre instituciones benéficas, por lo que se prestan á encubrir toda escapatoria masculina,—así la del que va en busca de la propia felicidad, como la del que evita el espectáculo de la ajena,—verbigracia Pardo.
Retrasó el paso al llegar á la esquina de la calle y se puso á reflexionar acerca del impensado descubrimiento. Raro es que el amigo de una dama, en caso semejante, no desapruebe la elección.—¡Cómo escogen las mujeres! En dándoles el puntapié el demonio... Indulgencia, Gabriel; no hay mujeres, hay humanidad, y la humanidad es así... Esta desazón, además, se parece un poquito á la envidia y al des... No, hijo, eso sí que no: despechado no estás: lo que pasa es que ves claro, mientras tu pobre amiga se ha quedado ciega... ¡Cómo se transformó su fisonomía al entrar el individuo! La verdad: no la creí capaz de echarse un amante... y menos ese. O mucho me equivoco ó le ha caído que hacer á la infeliz. Ese andaluz es uno de los tipos que mejor patentizan la decadencia de la raza española. ¡Qué provincias las del Mediodía, señor Dios de los ejércitos! ¡Qué hombre el tal Pachequito! Perezoso, ignorante, sensual, sin energía ni vigor, juguete de las pasiones, incapaz de trabajar y de servir á su patria, mujeriego, pendenciero, escéptico á fuerza de indolencia y egoismo, inútil para fundar una familia, célula ociosa en el organismo social... ¡Hay tantos así! Y sin embargo, á veces medran, con una apariencia de talento y la viveza propia del meridional; no tienen fondo, no tienen seriedad, no tienen palabra, no tienen fe, son malos padres, esposos traidores, ciudadanos zánganos, y los ve V. encumbrarse y hacer carrera... Así anda ello. Y á las mujeres... qué diablo, estos hombres les caen en gracia... ¡Eh! dejémonos de clichés... Asís, que es de otra raza muy distinta, necesita formalidad y constancia; la compadezco... Bueno es que no se casará; no, casarse no lo creo posible. De esa madera no se hacen maridos. Como aventura, tendrá sus encantos... ¡Qué casualidad! Y dirán que no hay coincidencias... ¡Tarjetero, tarjetero!...
Así meditaba el comandante. ¿Era injusto ó sagaz? ¿Obedecía á su costumbre de analizarlo todo, ó á una puntita de berrinche? Se caló los lentes y se retorció la barba, ¿A dónde iría?
—Al Círculo Militar, ya que me sirvió de pretexto para escurrir el bulto. ¡Poco gusto que les habrá dado cuando yo tomé la puerta!...
Tras esta ingrata reflexión apretó á andar. La obscuridad de la noche le exaltaba, y ese enlazado grupo, que ve con la fantasía todo el que sale huyendo de hacer mala obra á dos enamorados, se empeñaba en flotar, vaporoso é irónico, ante Don Gabriel. Fortuna que este género de visiones no suele resistir á los efectos anodinos de una conferencia sobre «Ventajas é inconvenientes del escalafón en los cuerpos facultativos.»
XXII EPÍLOGO
NO entremos en el saloncito de Asís mientras dure el tiroteo de explicaciones (¡cosa más empalagosa!) sino cuando la pareja liba la primera miel de las paces (empalagosísima también, pero paciencia). Ni Pacheco pregunta ya nada acerca de Don Gabriel Pardo y su amistad, ni Asís se acuerda del baile en el merendero. El gaditano habla al oído de la señora.
—¿Pero tú te creíste que yo no sabía que mañana te vas? A Diego Pacheco no se la ha pegado ninguna hembra... ¡Niña boba! Esta mañana ya habías dispuesto la marcha, claro que sí, y si te viniste á almorsá conmigo, fué que te dí un poquillo de lástima... Decías tú allá en tus adentros: sólo faltan horas; vamos á complacer á éste, que tiempo habrá de que estalle la bomba y dejarlo plantao... ¡Y ahora también piensas en cosas así, muy tristes; en que ya no nos vemos, en que se acaba el cariñito y las fatigas y el verme y el hablarme!... ¡Ay, chiquilla! Me quieres tú mucho más de lo que te figuras. No te has tomado el trabajo de echar la sonda ahí en ese pechito... ¡Tonta! ¡Cómo te acordarás de estos ratos, allá en tu país, entre aquella gente sosaina! Aquí se queda un hombre que te quería también un poquitillo... ¡Pobrecita, la nena!
No estaban los amantes abrazados, ni siquiera muy juntos, pues Pacheco ocupaba el sillón, y el diván Asís. Sólo sus manos, encendidas por la misma fiebre, se buscaban, y habiéndose encontrado, se entrelazaban y fundían. Callaron entonces y fué el instante más hermoso. Por el mudo diálogo de los ojos y por el contacto eléctrico de las palmas, se enviaban el espíritu en arrobo inefable. Con la nueva y victoriosa dulzura de semejante comunicación, Asís sentía que se mezclaba un asombro muy grande. Miraba á Pacheco y creía no haberle visto nunca: descubría en su apostura, en su cara, en sus ojos, algo sublime, que realmente no existía, pero era positivo entonces para la señora, pues así sucede en toda revelación, para que resplandezca su orígen superior á la materia inerte y al ciego acaso... y á Asís se le revelaba entonces el amor. Poco á poco, sin conciencia de sus actos, acercaba la mano de Diego á su pecho, ansiosa de apretarla contra el corazón y de calmar así el ahogo suave que le oprimía... Sus pupilas se humedecieron, su respiración se apresuró, y corrió por sus vértebras misterioso escalofrío, corriente de aire agitado por las alas del Ideal.
—No estés tan tristón—tartamudeó con blandura mimosa.
—Sí que estoy triste, prenda. Y es por ti. Estoy de remate. Estoy hasta enfermo. No sé por dónde ando. Parece que me han dao cañaso. Es un mal que se me entra por el alma arriba. Si sigo así, guardaré cama. Después que te vayas la guardaré... Es cosa rara, chiquilla. ¡Válgame Dios, á lo que llega un hombre!
—Te pones tan lejos... Aquí, cerquita—murmuró la señora con el tono con que se habla á los niños.
—No..., déjame aquí... Estoy bien. Mira tú que cosas más raras hace la guilladura cuando entra de verdad. Ni ganas tengo de acercarme; la manita me basta...
—¿No te gusto?
—No como me gustarían otras. ¡Ah! Ya sabes si tengo ilusión por ti... Y así y todo..., ahora prefiero callar y no acercarme, gloria... ¡Ay!... ¿Pero qué es eso? ¿Llora mi niña?
Puede que llorase, en efecto. No debía de ser el reflejo de la lámpara lo que tanto relucía en su mejilla izquierda... Pacheco exhaló un suspiro y se puso en pié, desenclavijando su mano de la de Asís.
—Me voy—pronunció con voz alteradísima ronca, resuelta.
De un brinco se levantó Asís, echándole los brazos al cuello y sujetándole.
—No, Diego, que no... ¡Vaya una ocurrencia! ¡Irte ya! ¡Pues si apenas llegaste! ¿Cómo irte? ¿Tienes que hacer? No, irte no quiero.
—Niña... El mal camino andarlo pronto. No tengo ánimos para más. Estoy que con una seda me ahogan. ¿A qué aprovechar unos minutos? Es la despedida. Yéndome ahora me ahorro alguna pena. Adiós, querida... Cree que más vale así.
—No, no, no te vas... Por lo mismo que ya es la última noche... Diego, por Dios, mi vida... Tú quieres sacarme de quicio. No puede ser.
Pacheco sujetó los brazos de la señora, y mirándola de hito en hito exclamó con firmeza:
—Piénsalo bien. Si me quedo ahora no me voy en toda la noche. Reflexiona. No digas después que te pongo en berlina. Te conviene soltarme. Tú decidirás.
Asís dudó un minuto. Allá dentro percibía, á manera de inundación que todo lo arrolla, un torrente de pasión desatado. Principios salvadores, eternos, mal llamados por el comandante clichés; que regís las horas normales, ¿por qué no resistís mejor el embate de este formidable torrente? Asís articuló, oyendo su propia voz resonar como la de una persona extraña:
—Quédate.
El plan era absurdo, y sin embargo los medios de realizarlo se presentaban entonces asequibles, rodados. La Diabla, fuera de casa, por casualidad feliz; la cocinera lo mismo; cuestión de engañar á Imperfecto, que era la quinta esencia de la bobería, y á la portera, que siempre estaba dormitando á tales horas. Para conseguir el apetecido resultado, combinóse un atrevido plan de entradas y salidas, de pases y repases, que hizo reir á los dos delincuentes... Y á las doce de la noche las puertas de la casa se hallaban cerradas, y dentro de ella el contraventor de las pragmáticas sociales y de las leyes divinas.
Si la cosa no hubiese pasado de aquí, creo sinceramente, lector amigo, que no merecía la pena, no ya de narrarla, sino hasta de mencionarla en estos libros de memorias y exámenes de conciencia de la humanidad, que se llaman novelas. Porque aun siendo el caso tan desatinado y enorme; aun constituyendo una atrevida infracción de todo lo que no debe, ni puede infringirse, bien cabe suponer que en las fiebres pasionales tiene algo de necesario y fatídico, cual en las otras fiebres, la calentura. Pero lo que me parece verdaderamente digno de tomarse en cuenta, como dato singular y curioso; lo que quizás convendría analizar sutilmente—si no es preferible dejarlo sugerido á la imaginación del lector para que lo deduzca y reconstruya á su modo—es la causa, la génesis y el rápido desarrollo de aquella idea inesperadísima, que desenlazó precipitada y honrosamente la historia empezada por tan liviano y censurable modo en la romería del Santo...
¿A cuál de los dos amantes, ó mejor dicho, aunque la distinción parezca especiosa, de los dos enamorados, se le ocurrió primero la idea? ¿Fué á él, como único paliativo, heroico, pero infalible, de su extraña guilladura? ¿Fué á ella, como medio de conciliar el honor con la pasión, el instinto de rectitud y el respeto al deber que siempre guardara, con la flaqueza de su voluntad, ya rendida? ¿Fué que esa idea, profundamente lógica (y en el caso presente tal vez expiatoria), se presenta á la vuelta del amor, tan fatalmente como sigue á la aurora el mediodía, al crepúsculo la noche y á la vida la muerte?
Que cada cual lo arregle á su gusto y rastree y discurra qué caminos siguieron aquellos espíritus para no reparar en inconvenientes, no recelar de lo futuro, cerrar los ojos á problemas del porvenir y mandar á paseo las sabias advertencias de la razón, que tiembla de espanto ante lo irreparable, lo indisoluble, lo que lleva escrito el letrero medroso:—Para siempre—y avisa que de malos principios rara vez se sacan buenos fines.—Y reconstruya también á su modo los diálogos en que la idea se abrió paso, tímida primero, luego clara, imperiosa y terminante, después triunfadora, agasajada por el amor que, coronado de rosas, empuñando á guisa de cetro la más aguda y emponzoñada de sus flechas, velaba á la puerta del aposento, cerrando el paso á profanos disectores.
Por eso, y porque no gusto de hacer mala obra, líbreme Dios de entrar hasta que el sol alumbra con dorada claridad el saloncito, colándose por la ventana que Asís, despeinada, alegre, más fresca que el amanecer, abre de par en par, sin recelo ó más bien con orgullo. ¡Ah! Ahora ya se puede subir. Pacheco está allí también, y los dos se asoman, juntos, casi enlazados, como si quisiesen quitar todo sabor clandestino á la entrevista, dar á su amor un baño de claridad solar, y á la vecindad entera parte de boda... Diríase que los futuros esposos deseaban cantar un himno á su numen tutelar, el sol, y ofrecerle la primer plegaria matutina.
—Está el gran día, chichi...—exclamaba Pacheco.—Vas á tener un viaje...
—¿Y para el tuyo? ¿Hará buen tiempo?
—Lo mismo que ahora. Verás.
—¿Despacharás en ocho ó diez días la ida á Cádiz?
—No que no. Y la aprobación del papá y too. Muerto está él porque me case y siente la cabeza. Le diré que después de la boda me presento diputao por Vigo con la ayuda del papá suegro. Verás tú. Para despabilar un asunto me pinto solo... cuando el asunto me importa, ¿sabes?
—¿Escribirás las veces que prometiste?
—Boba.
—Simplón, monigote, feo.
—Reina de España.
—En Vigo..., ya sabes... formalidad.
—Hasta que el cura...—(Pacheco hizo con la mano derecha un ademán litúrgico muy significativo.)—Entretanto... me dedicaré á tu chiquilla. ¿Eh? A los dos días... te la he conquistao. Puede que te deje plantaíta á ti pa casarme con ella.
Siguieron algunas bromas y ternezas más, que ni hacen al caso, ni deben figurar aquí en modo alguno. De repente, Diego tomó la mano derecha de la señora, preguntando:
—¿Te acuerdas tú de una buenaventura que te echaron en la feria?
E imitando el acento y modales de la gitana, añadió:
—Una cosa diquelo yo en esta manica, que ha e suseder mu pronto y nadie saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que ae ser pa satisfasión e toos... Una presonilla está chalaíta por usté...
El gaditano, siempre presumido, agregó:
—Y usté por ella.
FIN
MORRIÑA
A Carmen Almario y Ossorio de Espinosa en prenda de antigua amistad La Autora.