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Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

MORRIÑA (continued 3)

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Ni más ni menos que esto percibió la señora: ello bastaba y aun sobraba quizá para tenerla en ascuas ó inspirarla deseos de resolver del mejor modo posible aquella ambigua situación y desenredar la madejita, que amenazaba ser con el tiempo un enredo de dos mil diablos. No se atrevía á moverse de casa por no facilitar ocasiones peligrosas; pero esto puede hacerse un día, dos, tres; no prolongarse todo un invierno, á menos de criar moho. Rogelio había manifestado ya repetidas veces gran extrañeza viendo suprimidas las correrías matinales en simón. «Máter, estamos abocados á presenciar graves trastornos si continúa tu retraimiento y sigues desdeñando á las áureas carrozas que al pié de los muros de nuestro palacio esperan que te recuestes muellemente en sus recamadas alcatifas para dedicarte á tus matutinos quehaceres. Prepárase imponente manifestación en que tomarán parte diez mil Faetontes de punto; pronunciáranse discursos en la dulce lengua del trovador Macías y en la jerga elocuente del duque Pelayo. Tienen pedida la palabra Martín el Buloniu y José el Cabaleiro. El Gobierno ha adoptado precauciones, y el duelo se despedirá en la taberna.»

Los tertulianos, informados del retraimiento de la señora, también se creían obligados á soltar su discurso de higiene. «Amiga doña Aurora, no hay que apoltronarse. Cuidadito con criar humores, que después dan que sentir. Míreme V. á mí: la salud de que gozo y la buena disposición en que me encuentro, las debo á mi costumbre de que no pase día sin salir y sin andar á pié regulares distancias. Menos de una legüecita, no se esparce la sangre. Yo, desde que me rompí el hueso, ando más.» Estos consejos eran del excelente Nuño Rasura. «Muy conveniente considero el ejercicio», añadía el señor de Rojas, con su sentenciosa formalidad de costumbre, «para el cuerpo, y si Vds. me apuran, para el alma. Andando, se distrae... vamos, el espíritu. No hay como un paseíto, y si uno se aburre, lo mejor que puede hacer es contar las piedras, los árboles ó los números de las casas.» A doña Aurora, tales advertencias acababan por sacarla de tino. «Es monomanía la que tiene todo el mundo de aconsejar y de cuidarle á uno, sin saber ni lo que le conviene ni dónde le aprieta á uno el zapato. Estos señores parece que se empeñan en que aquí suceda... lo que no debe suceder. Vaya, con razón dice aquel truchimán de Don Nicanor que están en Babia todos ellos.»

No obstante, doña Aurora iba persuadiéndose de que la encerrona era insostenible, y la irritaba pensar que tal vez se tomaba un trabajo excusado, porque la inclinación de los muchachos no llegaba á extremo que justificase tantas precauciones; y de llegar, el impedirles que se viesen á solas era como poner puertas al campo. Ocurriósele entonces un expediente para salir de dudas y medir la magnitud del riesgo. Mandó fabricar secretamente un llavín para la puerta de su piso; y ya provista de él, salió á la calle de mañana en uno de sus trenes, el de Martín por más señas; y despidiéndolo al poco rato, volvió á su casa á pié, abrió sin hacer ruido, y se dirigió, pisando blandamente, al cuarto-leonera, donde supuso que debía encontrarse Esclavitud. Así era. La halló haciendo labor, como de costumbre, tranquila, con el aire reconcentrado y pensativo que la caracterizaba.

—¿Dónde está el señorito?—preguntó doña Aurora de súbito, sin dar tiempo para que la Esclava adoptase precaución alguna.

Y la criada, alzando el rostro sereno, ó más bien melancólico, respondió:

—Me parece que estudiando en su cuarto ¿Cómo entró, señora? No he sentido la campanilla.

—Es que salía Fausta—explicó doña Aurora atropelladamente, cogida en el garlito lo mismo que si fuese ella la culpable. Hasta sintió encendérsele los carrillos. ¡Aquello era lo que se llama un parchazo! ¡Tantos misterios y tantos preparativos de llavín, para encontrarse con que en casa no sucedía nada de particular, y que cuando pensó sorprender un pecaminoso coloquio, sólo encontraba la calma y el orden! Y sin embargo, no se convencía, no señor: que se convenciese el diablo. «¿Será esta chica más lagarta de lo que me figuro? ¿Me estará envolviendo sin yo pensarlo? ¿Se reirán de mí los dos? Porque las miraditas y los coloquios al entrar y salir, y las pocas ganas que tiene mi niño de echarse á la calle... eso no me lo quita nadie de aquí; lo he visto, y lo que veo... nada, que lo veo, y ya pueden predicarme después frailes descalzos. Con salirme fallida esta emboscada, en vez de sosegarme creo me voy sobresaltando muchísimo más. No, pues yo no me dejo meter el dedo en la boca. Para defender á mi hijo, todos los medios humanos he de apurar; á mí no me cogen desprevenida: por si ó por no... Me da miedo esta muchacha. La veo yo así..., no sé cómo, pero no me gusta. Tiene un carácter muy de allá, que todo se lo guarda, y no hay nunca seguridad con ella, porque no se descubre. Pues á pillo, pillo y medio. Deja, deja, que yo te buscaré la salida; y ha de ser salida decorosa, sin que te puedas quejar; al contrario, has de tener que darte por satisfecha. Y ahora..., un clavo saca otro clavo, los rapaces son rapaces... Voy á proporcionarle entretenimiento á Rogeliño. Voy á darte una rival... y bien bonita. Espérate, rapaza...: contra treta, retreta; ya encontré quien ha de desbancarte.»

XX

Y EN efecto, ni veinticuatro horas tardó la madre en arreglarle á su hijo una entrevista con la rival de Esclavitud. El punto de cita fué en la propia morada de la susodicha rival, morada obscura y que olía medianamente, como suelen oler todas las habitaciones de gente de su laya; por lo cual, para que Rogelio se enterase bien del talle y porte de su nuevo quebradero de cabeza, hubo que sacarle al patio sin ningún artificio de coquetería, y aun pudiéramos decir que en estado de casi total desnudez, pues no cubría sus esbeltas formas sino una manta vieja que el dueño del taller de coches, Agustín Cuero, se apresuró á levantar á fin de que nada velase sus encantos.

Era una monada de jaca andaluza, alazana con cabes negros, de cabeza chica y enjuta, de nerviosos remos, de lucio y acopado casco, de pelo irisado á fuerza de estar brillante, de entreabiertas fosas nasales más suaves que la seda, de ojo lleno de fuego y dulzura; joven, leal, gallarda, animosa; un animal de esos que honran á la raza caballar española con la hermosura de su estampa y la inteligente generosidad de su carácter. Agustín Cuero no le escaseó elogios hiperbólicos, fingiendo que se enternecía al desprenderse de tan rica pieza.

—Le aseguro á la señora que otra más bonita no se pasea hoy por la Castellana. No tiene una maca siquiera. Y es una santa, es una seda, la maneja un niño de pecho. Con toda la sangre que le sobra, no es capaz de una mala partida. Así es que un hombre le toma ley, vamos, y parece que cuando uno la vende es como si se le llevasen á alguien, es un decir, de la familia.

—Sí—respondió la señora metiéndose á chalana—pero también no me negará V. que esta clase de caballos no está ahora de moda. Los elegantes tienen una legua de pescuezo y son de figura de mondadientes.

—Bueno, los ingleses...; una moda redícula, como muchas que hay; y esos son para ciertos señoritos y con ciertas circunstancias... pues. Para el Hipódromo y esas farsas. Una jaca como la que está viendo la señora siempre tendrá partido. Bien emperrado que anda el Baraterín en comprármela; en pleito estamos porque no quiere llegar al precio que yo le pongo. Ahí el señorito podrá decirlo.

—Es verdad, mamá—afirmó Rogelio mientras halagaba el anca de raso del simpático animal.—Soy testigo. Agustín le pidió lo mismo que á ti, y el torero la dejó quedar por diferencia de dos onzas, y está chalado por ella. La anda rondando; ¡le hace más visitas!

—Pues que no la ronde, que es tuya—exclamó la mamá decisivamente, recreándose en ver el rostro extático de su hijo, que al oir esta palabra divina, con un impulso de esos que no se calculan, echó los brazos al cuello de la jaca, y le plantó un achuchón completo en el hocico negro y suave.

Convenido ya el precio y la hora de cobrarlo, doña Aurora indicó algo sobre el cuidado de la jaca, proponiendo á Agustín dejársela en pupilaje; pero Rogelio, excitado, casi convulso de felicidad, no permitía hablar á nadie, ni tomar resolución alguna. «Tú no sabes, mamá... Yo me encargo de eso, déjame á mí... Sí que he de pasarme yo un día solo sin enterarme de cómo anda la jaquita mía... Todas las mañanas y todas las tardes la he de ver á la señora jaca... Te digo que lo dejes de mi cuenta...» Acabó doña Aurora por acceder y otorgarle plenas facultades. «Bien, pues allá tú...» Cuando se trató de poner nombre á la jaca, el muchacho, sonriendo, murmuró: «La llamaré Suriña».

Los afectos cardinales del alma humana dictan á veces rasgos de maravillosa inspiración: la señora había comprendido, iluminada por el amor maternal, que tratándose de un hombre de veinte años, y menor aún que su misma edad, no hay rival mejor contra una hembra que un caballo bonito. El caballo no es solamente distracción de un par de horas al día, sino ocu pación y preocupación constante, desde que amanece hasta que anochece. Enterarse de lo que come, y de si le roban ó no la cebada; ver si está limpio y se han practicado con él todas las operaciones de tocador—y el tocador de un caballo fino lleva casi tanto tiempo como el de una mujer primorosa; luego, esa comunicación afectiva que se establece entre el jinete que por vez primera disfruta el goce de un caballo, y el animal; esa ternura que nace de la posesión; ese trueque de monerías, el azúcar robado al almuerzo para ir á dárselo, el pan fresco escondido en el bolsillo del chaleco, la dicha que produce el relincho de júbilo del animal cuando su penetrante olfato y su delicada percepción le dicen que el amo se acerca con la golosina... Después, las inquietudes por la salud—un caballo ocasiona tantas como un niño chico.—«Señorito, esta jaca no sé qué tiene... hoy no ha comido el pienso. Le noto los ojos tristes.—Señorito, hoy la jaca no ha...» ¡Quién lleva lista de los innumerables achaquillos que puede padecer una jaca! Después de tan múltiples cuidados, aun queda otro orden de ellos, relacionados con lo que podemos llamar las galas de boda de la equitación: el galápago de la mejor piel de cerdo, crujiente, diminuto, mono; el sudadero de rico fieltro con cifras inglesas; los acerados estribos; la sutil cabezada, que deja lucir toda la gracia de la gentil cabeza; y para el jinete, el látigo de puño de plata cincelado; los guantes del Tirol; el ajustado calzón de punto; las botas muelles; la corbata con herraduras blancas sobre fondo gris... Todo distracción, todo embeleso en la encantadora luna de miel del muchacho con su jaca. ¡Y qué emoción al sacarla! ¡Qué vanidad al lucirla con los amigos! ¡Qué inexplicable deleite al pasearla en las frondosas arboledas de la Moncloa, al ver acercarse un carruaje en cuyo fondo se reclina una bella enlutada, y bajo la fascinación del mirar de la gentil desconocida, ostentar la montura, hacer piernas, caracolear y lucir su gallardía cubriéndola de espuma y sudor! ¡Qué placer ir variando de aires, ya el rítmico paso, ya el animado trote, ya el ardiente galope; y al halagar con cariñosa palmada el cuello del obediente bruto, sentirle resoplar de placer, estremeciéndose todos sus sensibles nervios y su vigorosa y enjuta musculatura, como talle de jovencilla al rodearlo el brazo de ágil pareja y disponerse al vals!

Indudablemente, lo de la jaca sí que había sido gran recurso é idea feliz, hija al fin de la experiencia, y muy superior á aquel ardid vulgar de echarse novia, que se ofreciera al candor de Rogelio como arbitrio soberano para curar su incipiente enfermedad amorosa. Ahora no necesitaba su madre pedirle que saliese, ni inventar pretextos con que echarle á la calle. Espontáneamente no hacía el chico más que ir y venir de su casa á la cuadra de la favorita. El invierno cejaba ya; los últimos días de Marzo eran, á pesar de la mala fama de este mes versátil, claros, templados y hermosos; y todas las tardes, desde las tres, salía Rogelio á gozar de los primeros soplos primaverales, ya solo, ya con amigos, ya con el picador, volviendo al anochecer dominado por una sana fatiga física, embriagado de aire puro, libre de molicies y malas sugestiones, penetrado de la alegría del paseo. Entre esta veta de actividad que su madre había descubierto, y el estudio, indispensable porque la época de los exámenes se acercaba amenazadora, ¿cuándo ni cómo había de encontrar tiempo de atender á la Esclava?

No por eso se dormía la madre, ni abandonaba el bien concebido plan de defensa. Un día, Don Gaspar Febrero, habiendo madrugado algo más que los otros tertulios, vino á quedarse á solas con la señora de Pardiñas, y según costumbre, trajo la conversación hacia Esclavitud, elogiándola de tan desatinada manera, que la señora sintió cierta desazón en los nervios.

—Pecisamente—dijo doña Aurora cuando el anciano la permitió meter baza:—tenía que indicarle á V., á propósito de esa chica... Pero prométame que me responderá con franqueza absoluta, como amigos viejos que somos ya.

—¡Pues no faltaba más! Mi simpática Aurora, ¿cuándo no?... ¿En qué puedo servirla?

—Verá V.... Una cosa que se me ha ocurrido aquí por la mañanas cuando estoy sin gente y el rapaz en clase... Como V. se va á quedar muy mal, creo yo... así que Felisa emprenda su gran viajata á Filipinas..., yo..., en mi deseo de que no eche V. tan de menos esos cuidados á que está acostumbrado ya... ¿no le parece á V.?

—Veamos, veamos. Siendo de V. la idea... V. discurre siempre muy juiciosamente, amiguita...

—Como me ha dicho V. tantas veces que le agrada el modo de servir de Esclavitud...

El gallardo anciano hizo un brioso movimiento de halagüeña sorpresa, afianzó sus espejuelos, se apoyó en la muleta, inclinándose hacia adelante; y desatentado, trémulo, sin acertar á formar los períodos, exclamó:

—Amiga, amiga, amiga... ¿Qué me dice V., qué me dice V....? ¿Ha reflexionado antes de hablar? ¡Desprenderse V. de ese tesoro! ¡de ese tesoro! Me llena V. de agradecimiento, sí, señor... pero en conciencia... no, no puedo consentir... ¡A dónde llega la amistad! Ahora lo veo, Aurora... No, pero yo no soy un egoista... No, V. no habrá meditado... ¿lo dice V. formal, formal?

Sintió la señora el aguijón del remordimiento ante esta gratitud extemporánea, y se dió prisa á añadir:

—Mire V., si sería conveniente para mí también; hasta para mí. Hay su parte de egoismo, Don Gaspar; no es todo virtud. Como este año proyecto llevar á Rogelio á que conozca nuestra tierra...

—Razón de más, amiguita, razón de más. No puede V. prescindir de una servidora semejante viajando. Están muy malos los tiempos... Ahora, con las Higinias que corren, ¿quién suelta una Esclavitud.... ¡ah! una Esclavita de esa marca! ¿V., V. lo ha pensado, lo que se dice pensar?

Al hablar así, Nuño Rasura pegaba saltos en su butaca, y hacía con la muleta el molinete. Sus ojos brillaban; su cuerpo se erguía como de un muchacho, y afanoso sobrealiento agitaba su esternón. «Dios nos asista» pensó doña Aurora: «á este señor le voy á tener que recoger del suelo con cucharilla.» Y como guardaba silencio aparentando hallarse conmovida por los argumentos del buen señor, éste añadió de pronto, con energía, á manera de niño que se deja convencer para tomar un juguete:

—Pero es decir... ya comprendo que la amiguita lo ha meditado bien, en el mero hecho de proponérmelo á mí. Conozco que tiene fundamento lo que V. alega: mucho, mucho, Aurora... viajando, se va mejor solo: el hijo con la mamá... claro, perfectamente. Pues por mí... basta que sea indicación de V.: acepto, acepto... ¿oye la amiguita? acepto.

Doña Aurora discurría: «Cierto que á veces irrita un trucha como Don Nicanor, que tiene la malicia por arrobas y es capaz de pensar mal de su propia madre; pero también estos inocentones, que nunca se enteran... vamos, hay días en que le ponen á uno los nervios como cuerdas de guitarra».

Vencidos ya los escrúpulos de Don Gaspar, él mismo combinó y desarrolló el plan de campaña: al ausentarse la hija, Esclavitud entraría á servir al padre en concepto de ama de llaves. El ochentón añadió, estregándose repetidas veces las manos:

—Que no se entere Candás... No quiero bromas inconvenientes.

XXI

NADA transpiró de esta conjuración doméstica. Guardó silencio doña Aurora, porque las mujeres saben callar muy bien si se lo proponen y si están en juego intereses de su corazón; y Don Gaspar se cosió los labios, porque temía más que al cólera á las cuchufletas é insinuaciones del Fiscal, y otro tanto—revelemos estas interioridades—á la fiereza de su hija Felisa. La cual, suspicaz como una esposa, alarmada por los instintos de elegancia, sociabilidad y galantería del anciano, se había dedicado á buscarle lo más feo, zafio é intratable del ramo de maritornes, porque siempre veía perfilarse en el horizonte la fatídica silueta de una madrastra. Hasta que Felisa emprendiese su viaje hacia la quinta parte del mundo, no se atrevía el viejo ni siquiera á indicar el propósito de llevarse consigo á tan dulce y linda sirviente. Costábale mucho trabajo reprimirse y esperar, porque su senectud era niñez antojadiza é impaciente, y cuando tardaba en cumplírsele un deseo, á dejarse llevar de sus impulsos, hubiera pateado. El desahogo que tomaba era cogerle las vueltas á los tertulianos para encontrar sola á doña Aurora, y hablarle difusamente, como hablan los viejos, de sus planes, de lo bien que iba á estar con él Esclavitud, de todas las atenciones que le prodigaría, de lo fácil que es servir un nombre pelado, con otras cosas del mismo jaez. Y cuando por haber gente delante no podía explayarse el buen señor, dirigía á su «amiguita respetable» miradas y guiños de inteligencia, le sonreía sin motivo y en fin buscaba salida á aquella plenitud de espíritu digna de otra más ardiente edad. «Dios nos conserve el juicio», reflexionaba la señora. «No sé por qué nos pasmamos de que se chiflen los rapaces, cuando los señores mayores se ponen así. Aun á los rapaces mismos no les da tan fuerte. Voy á comprar unos pañuelos tamaños como la Sábana Santa, para limpiarle las babas á este bendito señor. El diablo me lleve si no está rabiando porque la hija tome las de Villadiego para recoger á Esclavitud más corriendito. Si yo no supiese que por otra parte es una persona buenísima, y que la muchacha tampoco me parece capaz de una mala partida con él, tendría algún reconcomio. Porque nadie es capaz de saber á dónde llegan estas cosas, y si le da por casorio ó una barbaridad semejante...» La idea era tan bufa, Don Gaspar casado con una muchacha de veinticinco, que la señora de Pardiñas se rió sola, y el monólogo acabó por una rascadura de aguja de calceta en el moño, y este corolario: «Yo no tengo culpa si llega á suceder algún caso estupendo. Proporcionarle una buena colocación á una buena criada, no es delito. Lo que siento es que esa empalagosa de Felisa Febrero nunca acaba de tomar el tole para Filipinas.»

Era verdad que se daba una calma en emprender el camino, hecha para freir la sangre á quien tuviese genio menos pronto que doña Aurora. Lo que la impacientaba y desesperaba era que ya iba acercándose la época de exámenes, después de los cuales tenía determinado salir á Galicia; y ni dejar á Esclavitud ni llevársela le parecía factible. Don Gaspar traía noticias del éxodo de su hija, con cara más alegre cuanto más se acercaba el plazo. «Ya está arreglando baúles... Se ha enterado de salidas de vapores... El jueves, ó á todo tirar el sábado, andando para Cádiz...» Por fin, un día llegó con el exterior más radiante, más olímpico que nunca, bajo la aureola de sus hermosos rizos blancos. «Amiguita doña Aurora, esta tarde se nos va...» Convínose en que por respetos humanos se dejarían transcurrir dos ó tres días sin hacerle la primera intimación á la sucia y tosca extremeña que asistía á Don Gaspar, y en significar á Esclavitud el cambio de su destino. «La amiga doña Aurora se encarga de eso...», indicó el ochentón. Pero aunque dejando su espíritu encomendado en manos de la señora de Pardiñas, como al día siguiente, en ocasión de dar el higiénico paseo cotidiano á la pata coja, cruzase la Puerta del Sol y pasase por delante de la confitería de La Pajarita, no pudo reprimirse, entró, é hizo pesar medio kilo de caramelos y bombones. Los guardó furtivamente en el bolsillo interior del gabán, y al llamar en casa de Pardiñas y abrirle Esclavitud la puerta, miró alrededor, echó mano á la faltriquera, y sacando el alcartaz, se lo pasó á la muchacha como podría pasarle un billete amoroso. «Fresquitos», fué lo único que en su grata turbación acertó á decir entregando la dádiva.

Contrariedad y esfuerzo y tragadura de saliva costó á doña Aurora desempeñar la ingrata tarea de soltársela á Esclavitud. Hubiese preferido tener que darle la nueva de una gran desdicha, como muerte de un ser querido ó revés de fortuna: porque al cabo, en semejantes males no le correspondería á la señora parte de responsabilidad ni tanto de culpa, mientras en esta mera traslación de domicilio y cambio de amos, la señora, con su rectitud natural que sólo podría torcer la corriente del sentimiento, adivinaba algo de crueldad y dureza que era obra suya, aunque procediese de móviles justos, de los que no desoye ninguna madre prudente. «Es hasta cuestión de conciencia para mí», pensaba, á fin de cobrar ánimos. «Fuí inadvertida trayéndole á Rogelio la tentación al alcance de la mano: Felisa Febrero, en esto, ha mostrado tener más mundo, pues ni siquiera á los ochenta y pico de su padre les arrima la mecha. Demasiado bueno es el niño, cuando ya no se me ha emberrenchinado atrozmente. No, no, mejor es ponerse una vez colorado que ciento amarillo. Hoy se la suelto. Así que Rogelio salga á clase...»

Encierra el tono de la voz humana misteriosos avisos, que en situaciones dadas revelan todo lo que oculta el alma, antes que las palabras lo digan. La sencilla frase «Esclavitud, ven», que tantas veces al día oye una criada de su ama, resonó esta vez de un modo particular en el corazón de la gallega. Toda su sangre afluyó al centro de la vida orgánica, y cuando entró en la habitación donde la esperaba su señora, el fondo y la esencia de lo que iba á oir le eran ya conocidos intuitivamente.

No estaba doña Aurora en el comedor, sino en el despacho de su hijo, al cual solía ir en ausencia de éste para escribir alguna carta ó sacar alguna cuenta, si ocurría, y quizá por satisfacer ese instinto de curiosidad inquieta propio de los afectos exclusivos que llegan al grado de pasión. Hizo sentar á Esclavitud en una silla próxima, y empezó á hablar sin mirarla á la cara, jugando con una cajita de plumas, de donde las iba sacando para alinearlas sobre la mesa. «Todo el mundo tiene que amoldarse á las circunstancias. Con el viaje á Galicia, no había medio... Moverse tres personas no es como moverse dos, claro está. La casa del señor de Febrero era la mejor colocación que una muchacha como ella podía desear; una ganga... No sería doncella, sino ama de llaves... Se le guardarían toda especie de consideraciones... El trabajo de servir á una persona sola no había de matarla; complaciendo un poco al señor aquel tan excelente, estaría como en la gloria, casi lo mismo que si hubiese encontrado una familia. Por último, Don Gaspar también era de la tierra: no tenía Esclavitud por qué pasar malos ratos, como en la otra casa...»

Así que hubo alegado todas estas razones, sintió un alivio interior, y sin dejar de prestar en apariencia gran atención á las hileras de plumas, miró con el rabillo del ojo á la muchacha. Esclavitud permanecía inmóvil en su asiento, con las manos cruzadas sobre el regazo, los piés juntos y bajos los ojos: tampoco ella entregaba fácilmente aquel espejo de los movimientos del alma á disposición de la curiosidad.

—Bien, ¿qué dices?—articuló al fin la señora que comenzaba á impacientarse, como siempre que encontraba resistencia pasiva.

—¿Yo qué quiere que diga?—respondió Esclavitud con voz sorda, pero tranquila al parecer.

—Sí ó no; si te gusta la casa que te ofrezco, ó si quieres tú buscar otra á tu modo y á tu idea.

Hubo una pausa, y, por último, la muchacha respondió con acento incoloro á fuerza de ser contenido:

—Si no corre mucha prisa, daré la contestación mañana ó pasado.

«Te veo», pensó la señora. «Tú quieres hablar antes con el niño. Bien, aquí estamos todos para lo que pueda ocurrir. En guardia me tienes, y de centinela. Por de pronto yo procuraré que no le cojas á tergo. Andaremos, como quien dice, barba sobre el hombro.» Sin embargo, aquella tarde no tuvo más recurso que salir,—contra su costumbre,—á despedir en la estación del Mediodía á Felisa Febrero, de esas pejigueras de sociedad que no se pueden rehuir y siempre caen en el momento más inoportuno. Rogelio también había salido á caballo; pero quizá por la necesidad de repasar las lecciones, más apremiante á medida que los exámenes se venían encima, hizo corto el paseo; y al entrar en su casa, aun animado de la correría, abanicándose con el hongo gris, y girando el látigo, fué cuando Esclavitud le agarró de la manga y le empujó casi hasta su despacho, acorralándole contra la mesa misma en que doña Aurora había ordenado por la mañana los ejércitos de plumas.

—¿Qué pasa, Suriña? ¿Qué tienes?

—¿No le decía yo que no iba á Galicia este año, ni en jamás? Su mamá me despide... Me deja en casa del señor de Febrero.

—Pero, ¿qué estás diciendo? A ver, á ver, cuenta...

La muchacha refirió lo que sabía. Sus ojos estaban secos, y sólo algo temblorosas su boca y barba. Su seno anhelaba precipitadamente, y en su modo de narrar y de explicarse, en aquella desesperada demanda de auxilio que hacía como náufrago que saca la cabeza por encima de las olas, había una vehemencia y un desorden que contrastaban con su habitual compostura, y que trastornarían á cualquiera aunque no tuviese los pocos años y la inexperiencia de Rogelio. Mientras balbucía «no, no puede ser, tú no te irás, qué tontería...», sus brazos ceñían involuntariamente el talle gentil de la muchacha, y el estremecimiento interior de deseo de hacía cuatro ó cinco meses renacía más brioso, infundiendo á su alma vigor para rebelarse, protestar y defender á la Esclavita como se defiende lo que nos pertenece y forma la substancia de nuestro vivir. «Pero vamos á ver, no entiendo cómo le ha entrado ese arrechucho á mamá... Por fuerza le han ido con algún chisme... ¿Y por qué, y de qué...? Nosotros ¿qué motivo hemos dado, Suriña? Si desde la enfermedad de mamá no nos hablamos casi: si tú ni pones aquí los piés... Es una cosa rarísima, y no ha de quedar así... Yo lo arreglaré; ¡qué habías de irte! No, hermosa...» Alentada y resucitada por estas promesas, Esclavitud se apretaba contra el corazón de su amigo, queriendo incrustarse en aquel refugio para que nadie la arrancase de allí; y Rogelio, con transporte juvenil é irresistible, la cubría de caricias, tratando de alzarle la cabeza para buscar sus labios. Tocaron á la campanilla, y la primera vez no oyó el repique ninguno de los dos. Al segundo, enérgico y airado, Esclavitud se estremeció, y, con movimiento simultáneo y brusco, se desunió la pareja. La muchacha se arregló el pelo, se ajustó temblando el pañuelo de seda que le rodeaba la garganta.

—Voy á abrir, que es la señora.

XXII

VIENDO á su hijo aquella noche, á la hora de comer, distraído, pálido y hasta un poco seco al hablar, la señora pensó al punto: «La tenemos armada. Ya se lo ha encajado aquella buena alhajita». También pescó al vuelo miradillas furtivas, azoradas y elocuentes; pero se aguantó, discurriendo para sí: «Según Don Nicanor, en este mundo hay que hacerse el tonto un cuarto de hora todos los días; ahora á mí me han doblado la ración, y tendré que hacerme la tonta algunos meses.» Hízose, pues, la tonta, como si no advirtiese el estado de su hijo, á quien preguntó con muchísimo interés noticias de la jaca y de la cochera, y de los habituales compañeros de sport. Así que se alzaron los manteles, sacó otra conversación muy socorrida y de palpitante actualidad, á saber: los exámenes. «Rapaz, allá para el miércoles ó jueves, me parece que te tocará el turno, de manera que esta semana me espera á mí un ajetreo regular... Porque la verdad es que con esos señores no sabe uno á qué carta quedarse. ¡Si todos fuesen como Contreras! Ese sabe ponerse en la razón. Sólo que este año todavía no te cae por banda Contreras. Con los demás es un lío; si se oye á unos y á otros, hay para marearse. Lastra quiere que le bajen la cabeza, que le rindan el tributo de la recomendación, y que todo el mundo tenga que agradecerle. Ruiz del Monte parece que es al contrario: si le hablan por un chico, le toma tirria, y le aprieta hasta reventarlo. Tú sabrás si es cierto; á mí me lo contó tu amigachillo Díaz, el que escribe romances... De Albirán se susurra otra cosa: que no desatiende recomendaciones, pero con su cuenta y razón, según de quien procedan... Lo más seguro será que repases, niño.»

—Ya repaso, mamá—contestó lacónicamente el estudiante.

Corrió la noche sin que se le pudiese sacar otra palabra. Revolvía las revistas ilustradas, los periódicos del día; los tomaba y los dejaba, cambiaba de asiento pasando del sillón al sofá y del sofá al sillón; suspiraba hondo, y, en fin, daba todas las señales de desazón posibles, sin cuidarse de que se viese, ó más bien pareciendo que deseaba lo advirtiese su mamá. Al fin, cuando ésta le dijo «¿no sales hoy á un actito á Lara?» exclamó con tono duro y resuelto:

—No; voy á acostarme. Me duele un poco la cabeza.

La señora le oyó taconear en el corredor y batir la puerta de su despacho.

—Lo dicho; la tenemos. Yo he cometido una falta grave. Debí no resolver este cotarro hasta pasados los exámenes, un par de días antes de la marcha... Ha sido una borricada mía. Ya se ve; el deseo de salir del atolladero prontito... Pues no; hay cosas que vale más llevarlas por sus pasos contados. Veremos si la puedo enmendar y dar tiempo al tiempo. Si no, voy á tener al rapaz desquiciado cuando más necesita la cabeza firme. Una prórroga... A ver si consigo encajárselo en la cabeza á Don Gaspar. Es fácil que sea más arduo hacer entrar en razón al viejo que al niño. ¡Qué complicaciones! Aquella falsona de Rita Pardo decía bien... Conviene mirar mucho á quién mete uno en su casa.

Hubo entonces en el pequeño drama doméstico, intimo, que ya tocaba á su desenlace, uno de esos entreactos, como treguas momentáneas, durante las cuales los actores, aparentando dedicarse á otros intereses ó distraídos efectivamente por ellos, no pierden de vista, sin embargo, el asunto capital, y viven, por decirlo así, en perpetua representación, guardando silencio acerca de lo que más ocupa su alma, sin que este silencio engañe á nadie. La señora atendía sólo á ganar días, calmando la impaciencia pueril de Don Gaspar Febrero con moratorias que justificaba la proximidad de los exámenes y la imposibilidad de quedarse en aquel momento sin doncella; Esclavitud aguardaba, ocultando en lo más profundo del pecho una esperanza tenaz, basada en las palabras y ofrecimientos de su amigo; y Rogelio, preocupado, agitado, acechaba inútilmente la ocasión de decir algo, ¡algo muy formal y en tono muy firme!, á su madre. La verdad ante todo; si la señora le facilitase esta ocasión, el estudiante se vería perdido para aprovecharla. A medida que pasaba tiempo, la dosis de valor atesorada en el primer instante iba disipándose como un frasco de esencia cuando queda destapado. Es indecible el pecho que necesita un buen hijo para ponerse frente á frente de una buena madre, y realizar un acto que en cierto modo le manumite, pero que le desgarra las fibras más íntimas del corazón. Tanto se unen y confunden el deber natural, la costumbre y hasta aquel disculpable egoísmo que nos aconseja entregarnos sin reserva en manos de quien más que á sí mismo nos ama, que el romper ese lazo constituye un acto de supremo vigor, uno de esos esfuerzos que quebrantan una voluntad si no es de acero bien templado. Contra un padre severo hay siempre energía; sus propios rigores entonan; pero una madre como la de Rogelio, que no había tenido más pensamiento que su hijo, que le había rodeado de tal solicitud, ahorrándole hasta el trabajo de discurrir y el esfuerzo de desear; una madre viuda, delicada de salud, y que había ejercitado el arte de adelantarse á los gustos de su hijo, consiguiendo así que la voluntad de éste no adquiriese nunca el temple recio que dan las privaciones y las luchas, era un adversario con quien Rogelio no tenía fuerzas para medirse. «Si ella misma sacase la conversación...», pensaba el estudiante. Pero ¡quiá! La verdad es que si ella la sacase... sería lo mismo. Lo único á que se atrevía era á la protesta muda, á hacerse unas veces el triste y otras el malhumorado y fosco. «Mamá, por no verme así, es capaz de cualquier cosa...», calculaba con su lógica de niño mimado. Sólo que mamá sabía distinguir de juguetes.

El incidente de los exámenes contribuyó á enflaquecer más todavía su resolución. Entre el repaso, los temores del mal éxito y las idas y venidas de los amigos que le traían, por decirlo así, relación del estado barométrico de las notas, Rogelio se encontró fuera del círculo mágico con que nos rodea la idea fija amorosa, y á no ser por un par de ojos verdes que de vez en cuando se fijaban en los suyos, hasta hubiese olvidado aquéllo, que, por raro fenómeno de óptica, le parecía todos los días menos inminente—siendo así que lo era más, pues la salida á Galicia estaba irremisiblemente señalada para después de los exámenes.

Y éstos llegaron, y se encontró Rogelio con dos asignaturas aprobadas; pero en una—la más ingrata y antipática para él—le cayó como una ducha fría un suspenso. «De estas calabazas ya sé yo quién tiene la culpa...», pensaba la madre, mirando al través de la puerta entornada á Esclavitud, que pasaba un plumero á los cuadros del saloncito. «En esto paran las guilladuras; pero, ¿qué le vamos á hacer? cada edad trae lo suyo. En Septiembre ganará lo que pierde ahora; bien joven es; con tal que esté sano... Y seamos justos; la jaca también me lo levantó de cascos en esta temporada última. Verdad que más vale así. De la primavera acá no me quejo. Bien se ha portado la jaquita... Merece una libra de azúcar.»

XXIII

LA última noche que la familia Pardiñas pasó en Madrid antes de marchar á su tierra, vino mucha gente á decirles adiós, y se formó una pequeña tertulia animada y sin etiqueta. A fines ya de Junio, el momento más hermoso para salir y buscar sociedad era realmente entre diez y once de la noche, cuando corre un sano aire fresco hasta por las abrasadas callejuelas del Madrid antiguo, del que ni tiene arbolado ni casi goza los beneficios del riego municipal. Bajaron las vecinas del segundo, sobrinas de un brigadier de ingenieros, y acudió también la marquesa viuda de Andrade, paisana de doña Aurora, señora guapetona y maja, bastante conocida en los círculos aristocráticos, y acostumbrada por consiguiente á recogerse tarde. La señora de Pardiñas, al encontrarse rodeada de visitas, se dedicó á agasajarlas lo mejor que pudo y supo, dejando girar libremente la conversación, que versaba sobre cosas del país donde iba á volver después de tantos años. La Marquesa, alegre y rozagante, habló de irse pronto á Vigo, y enseñó un brazalete nuevo, con zafiros y brillantes, dando á entender que había en él cierto misterio. «Esta anda otra vez con intenciones de maridar—pensó doña Aurora.—¿Quién será el galán? Dios se la depare buena.»

Rogelio había abandonado la reunión impensadamente, sin decir oxte ni moxte. La retirada no se le pasó por alto á su madre, pero sobre que no podía evitarla, descubrió otros motivos de resignarse: «Pocas son las malas fadas; al fin mañana nos vamos...» Esclavitud aún se le figuraba un peligro y un compromiso, pero ya muy remoto. «Mañana á estas horas estaremos cerca de Avila... ¡Cuándo oiré el silbato del tren!»

Se recogía Rogelio á su cuarto, impulsado por vagas esperanzas de ver á la chica, explicarle su actitud de aquellos días, y la imposibilidad de proceder de distinto modo, de evitar la marcha y de sublevarse. Presentía que Esclavitud, no desperdiciando la ocasión, vendría pronto; y á fin de que comprendiese que estaba allí, encendió luz con mucho derroche de fósforos y taconeo, abrió cajones é hizo chirriar dos ó tres veces la puerta. A llamarla no se atrevía por temor al fino oído de su madre, pues, según su frase paradójica é hiperbólica, «oía mejor que el sordo Candás».

No aguardó largo trecho. A los diez minutos tocaron á la puerta, y antes que dijese «adelante» entraba Esclavitud. La claridad del quinqué puesto sobre la mesa del despachillo que precedía á la alcoba y cuarto tocador del estudiante cayó sobre el rostro de la muchacha, y Rogelio observó mejor que nunca cómo en una quincena había empalidecido y se había demacrado, afinando y espiritualizando su tipo, que ahora podría servir de modelo para esas imágenes labradas en cera, donde se encierran los huesos de alguna mártir desconocida.

Rogelio se llegó á Esclava y le tomó la mano: ardía de calentura.

Sin decirse palabra, con unánime impulso, miraron alrededor, buscando un mueble en que sentarse reunidos. No lo había en el despachito, alhajado con un sitial y media docena de sillas; y sin reflexionar se refugiaron en la alcoda, donde Rogelio, cogiendo á la muchacha por el talle, la obligó á sentarse en la cama. Tampoco entonces hablaron hasta transcurrir un tiempo que no bajaría de cinco minutos. Rogelio apretaba y acariciaba aquella manecita algo endurecida por el trabajo y muy picada de la aguja, como queriendo comunicarle la frescura de sus palmas y quitarle el ardor de la fiebre. Pero no se le ocurría nada, sino las vulgaridades consoladoras de todas las despedidas; y al fin, pareciéndole raro callar más, se resolvió á emplear tan mala moneda.

—Suriña, tontiña, mujer, no me estés así... Mira, he reflexionado mucho; he cavilado más que tú. No se conseguiría nada con llevarle á mamá la contraria ahora. Le daríamos un disgusto muy grande; acaso se nos pondría enferma, pero no mudaría de resolución. Ten paciencia. Dentro de tres meses, ó menos aún, estamos de vuelta aquí, y nos veremos, porque en casa del señor de Febrero andarás mucho más libre que en ésta. Ya sabes que yo te he de querer siempre, boba. No me la pegues con el tierno Nuño Rasura. Anda, tontiña, paloma, no me estés así. Mira que me vas á poner muy triste.

Esclavitud no contestaba sino moviendo la cabeza negativamente, con obstinada melancolía. Luego respondió, en voz bastante entera:

—Alegre no puedo estar. Pero tampoco estoy triste. No se apure. Sólo que tengo la cabeza... así... como si me anduviese por dentro de ella una cosa mala.

—Mujer, ¡Suriña!

—Sí, señor. Yo estoy aquí, ¿eh? ¿Le estoy oyendo? ¿Le respondo? Pues estoy como si oyese á una persona... de allá, del otro mundo, que me habla.

—¡Válgame Dios!—exclamó el estudiante estremeciéndose.—Más quisiera que llorases. Si llorases no estarías tan maniática, Sura. Llora y desespérate, pero no digas esas cosazas.

—Yo lloro por dentro. Por fuera no. Ni una lágrima puedo echar. Ya estuve lo mismo otra vez, cuando murió mi padre—repuso apaciblemente la muchacha, sin que ni ella ni Rogelio subrayasen aquel nombre de padre que acaso por primera vez articulaba Esclavitud sin rebozo ni perífrasis.

—Hija, te encuentro algo enferma. ¡Ay, ay, ay! Tienes calentura. Las manos tuyas abrasan. Dame palabra de que mañana vas á ver á Sánchez del Abrojo.

—No, señor, no es enfermedad. Más buena no estuve nunca. Son avisos.

—Mujer, calla por Dios. Estás diciendo unos disparates...

Arrimó el rostro al de la muchacha y la besó tiernamente en las heladas mejillas, sin que ella hiciese movimiento de resistencia. Al contrario, pareció más conforme y adoptó un tono casi confidencial y franco para decir á su amigo las extravagancias siguientes:

—Rogelio, hay cosas que avisan los difuntos á los vivos; no le quepa duda. Tres días antes de morir mi padre, vi un pájaro grande, negro, al pié de mi cama. Ayer vi otra vez el pájaro: iba tan de prisa que no sé por dónde se escapó; pero lo vi, tan cierto como que aquí estamos. Yo no vuelvo nunca más á la tierra: nunca más. Ya se verá; y entonces ha de convencerse y dirá: «Esclavitud bien me lo avisaba». Si tuviese tan seguro un millón de onzas, ya estaría discurriendo dónde las iba á guardar para que no me las llevasen los ladrones. Esta noche...

Bajó mucho más la voz, y al oído de Rogelio murmuró:

—Un perro, en una casa de ahí al lado, estuvo hasta que amaneció ventando la muerte.

—¡Jesús, mujer!—exclamó Rogelio por segunda vez, ya fatalmente impresionado con aquella conversación extraña.—Tú estás loca ¿No ves, Suriña, que en Madrid se mueren ó agonizan cada noche infinitas personas? Figúrate: si los perros anunciasen todo eso, trabajo les mando. Se convertirían en cuarta plana de La Correspondencia. Lo que tienes, Sura, es que estás afectada porque nosotros nos vamos y tú te quedas. También yo ando hace muchos días disgustado con el viajecito. He pasado ratos feroces. Después he reflexionado... y... me parece que es mejor conformarse con esto de ahora, porque si alborotamos la enredaremos más. Suriña, tres meses. Dentro de noventa días (y aun puede que no tanto), me tienes aquí. Mi primer visita es para doña Sura. Anda, no estés así. Te quiero mucho, hermosa. Ya convenceremos á mamá. Todavía no me has dicho hoy que me querías. ¡Anda!...

Con el movimiento de un niño que pide halagos, acercó su mejilla á la boca de Esclavitud, y ésta, sin protesta alguna, como el que ejecuta una acción hija de la costumbre, puso en ella los labios. Estaban como las palmas, secos y ardientes, y á Rogelio le pareció que le arrancaban la piel, con sensación más bien dolorosa que placentera. Sólo que las caricias eran un recurso para que aquella última y penosa entrevista fuese algo menos intolerable, y el estudiante, á falta de razones que consolasen á la pobre abandonada, acudió á los halagos, sin que en el primer momento le animase otra intención menos limpia y noble. Corrió bastante tiempo—y él mismo no acertaría á explicar el por qué de esta tardanza, anómala si se examina bien lo incitante de la hora y sitio y la ceguera de los pocos años—antes que se le despertase una sed criminal y ardiente. Cuando la embriaguez le ofuscó, saltó de la cama y fué á dar vuelta á la llave de la lámpara, sin conseguir por eso obscuridad completa, pues un rayo de luna primaveral, entrando por la vidriera del despacho, lo bañaba en luz fantástica, azulada y soñadora. Al recobrar, entre la pálida penumbra, los labios donde la fuerza de la ilusión juvenil le movía á creer que se dejaba presa el alma á cada aspiración del aliento, ya no los soltó, ni acaso los soltaría aunque viese allí á su madre, que representaba para él el Deber, y el Deber amado, el único que se impone á las almas tiernas. Pero el recuerdo y la conciencia de ese Deber fué lo primero que acudió á su mente al despertarse, y corriendo á la puerta, escuchó, volvió azorado, y exclamó en tono suplicante:

—Suriña, Suriña, se me figura que oigo despedirse en el pasillo á la Marquesa... Si esa se va, es que no queda nadie... Mamá se cuela aquí derechamente, de fijo... A ver, á ver si puedes escurrirte con maña. Adiós, vé despacito, que no te sientan... ¿eh?

La muchacha obedeció pasiva, como en todo, sin reclamar, en la premura de su aquiescencia, ni el último abrazo. Rogelio volvió á encender la lámpara, cuya mecha igualó cuidadosamente. Corrió también la vidriera de la alcoba, y de pié ante el gran armario de luna, se atusó y se sacó la raya con un peinecillo. Después metió las manos en los bolsillos del pantalón y se miró un rato, atentamente, estudiando con curiosidad irreflexiva su propia cara; hablando con sus ojos en el espejo, como para convencerse de que, disipado aquel vértigo, la individualidad persistía, y no quedaba para siempre en su persona no sé qué de otra, una huella que no se podía borrar y que iba á delatarle. Luego, la imagen de su madre volvió á oprimirle el corazón; pero disipó instantáneamente sus recelos un arrebato de alegría nerviosa; y el neófito, corriendo á la ventana, la abrió, se dejó bañar por la pura atmósfera nocturna, y agarrado á los hierros de la ventana, respiró con avidez.

EPILOGO

ANTES faltaría el sol en los cielos, que Don Gaspar á las cuatro de la tarde con un cochecillo, para llevarse á casa su futura ama de llaves. Se le dijo que Esclavitud había salido ya en la misma dirección, y el viejo, con esta noticia, se metió otra vez en la berlina destartalada, mandando al cochero «que arrease bien.» La impaciencia no le permitía ir andando con su pata coja.

En los últimos momentos llamara doña Aurora á Esclavitud, poniéndole en las manos, amén de su salario, una buena propina, á cuyo obsequio añadió el de unos aretes con turquesas. «No quiero que se vaya descontenta. Cuidado que la noto desemblantada á la infeliz. Me parece que estaba encariñada de veras con el niño, por lo cual es cada vez más conveniente mi resolución. Me da lástima, y conozco que es una tontería que me la dé: ¡qué arrimo como el que encuentra! Le hago un favor grandísimo: lo que me tranquiliza es eso. Lleva una canonjía...»

Así y todo, la señora no podía reprimir cierta desazón, cierta amargura íntima, una lástima inmensa, que después tradujo por doloroso presentimiento. «Mire V. que compadecerla cuando estoy tan segura de que le he proporcionado lo que más podría desear una muchacha de su clase...» Y así lo creía en efecto la señora de Pardiñas. Como les sucede á muchas personas bondadosas incapaces de odiar y hacer daño, no quería reconocer que miraba ante todo á la conveniencia de su hijo, por más justo que le pareciese y en efecto fuese este móvil, y trataba de atribuir su conducta al interés de la misma Esclavitud.

La tranquilizó un poquillo oir en la cocina á Fausta que embromaba á Esclavitud cantándole sotto voce aquello de «Y hoy sirvo á un abuelo... que está chocho y lelo... y yo soy el ama...»

—Tiene razón Fausta. El ama será en casa del señor de Febrero. Como no lo sea de más...

Salía el tren de Galicia á las siete y treinta y cinco, y á esa hora tan bonita, precursora del anochecer, en el andén de la estación del Norte no cabía la multitud afanosa y regocijada de viajeros y de amigos que los despedían, envidiando éstos á los que se marchaban á ver tierras hermosas, respirar aire salino, gozar el fresco, vivir mejor, en clima templado y salubre, algunos meses. No había escenas tristes: no era el adiós del marinero, ni la partida del soldado, ni la nostálgica despedida del emigrante: los que se iban, excitados y gozosos; risueños en su dentera los que se quedaban... Sólo hacia el extremo del tren, á la portezuela de un coche de primera, se divisaba un grupo de cinco personas que trocaban abrazos prolongados; componíase de dos hombres, mozo el uno y el otro viejo ya, cabizbajos, pero erguidos de cuerpo, y tres señoras, dos jóvenes y una de pelo blanco, que aplicaban frecuentemente el pañuelo á los ojos enrojecidos. Dentro del vagón estaba un ama con niño de pecho. Laín Calvo se acercó á doña Aurora y le dijo señalando al grupo:

—¿Ve allí á los Rojas? Faroles hasta el fin, hasta la muerte. Al hijo me lo han vuelto á trasladar á Marineda por aquella historia consabida de farolerías con el ministro, y mas que sepa perecer de necesidad, viajará en primera por el decoro de su cargo. Tiene á la mujer otra vez embarazada... y bien adelantadita en meses. A otra traslación dice que dimitirá... Y á Rojas ya me lo pillaron, ¿no sabía? Recibió la jubilación hace una semana.

—¡Qué me dice V.!—exclamó con pena sincerísima la señora.—¡Válgame Dios! ¡Pobrecitos! Esa infeliz de Matilde Rojas, cuándo encontrará un hombre de bien que la quiera sin un cuarto de dote! Le digo á V. que todo el camino iré pensando en esta familia. ¡Qué mundo, Don Nicanor!

Doña Aurora intentó dirigirse al grupo y estrechar la mano de las señoras de Rojas: pero ya no era hacedero, porque sonaba la campana de aviso, bufaba la máquina, y corrían de un lado á otro las carretillas con equipajes facturados para cargarlos. Rogelio, desde el vagón, alargó la mano á su madre, que subió despacio, riendo porque se le había enganchado un volante en el estribo; y entre la primer arrancada del tren se perdió la voz de Laín Calvo que gritaba:

—¡Cuidado con las niñas de Vigo, Rogelín que son de rechupete, home!

El tren, oscilando con suavidad, activaba su marcha. Caía la tarde con serena magnificencia, y Rogelio, asomado á la ventanilla, creía divisar ya los frescos valles galaicos, los castaños frondosos, el azul festón de las rías orlando la tierra más bonita del mundo.

En cambio no vió, del otro lado del andén, á Esclavitud, que seguía con los ojos el tren hasta que se alejó grandioso y raudo. Cuando ya no fué posible columbrar ni un copo del penachillo de humo negro, la muchacha, estremeciéndose como si tuviese frío, retrocedió lentamente hacia la ciudad, bien resuelta á que el sol, que se ponía en aquel instante, no volviese á levantarse para ella nunca, nunca.

Dejemos á la infeliz, porque al cabo no podríamos quitárselo de la cabeza. Si consultamos sobre este drama á Don Gabriel Pardo, que es amigo de generalidades pedantescas y se paga de malas razones por el afán de pretender explicarlo todo, nos dirá que el extravío mental que conduce á la muerte voluntaria, es muy propio del sombrío humor de la raza céltica, esa gran vencida de la Historia: como si cada día y en cada provincia de España no trajese la prensa suicidios así.

FIN

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