LIBRO DECIMOQUINTO.
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Operaciones militares a los extremos de los ejércitos combinados anglo-hispano-portugueses.
A los opuestos y distantes extremos de los puntos en donde se ejecutaban las grandes y principales maniobras del ejército anglo-portugués y anglo-español, descubríanse por un lado las montañas de Ronda y el tercer ejército, acantonado en la raya de Granada y Murcia, y por el otro Galicia y Asturias, con el ahora llamado 6.º ejército. En ambas partes pudiera haberse molestado mucho al enemigo, si se hubiese sacado ventaja de los medios que proporcionaba el país, señaladamente Galicia, y de la favorable oportunidad que ofrecía el agolparse de las huestes francesas hacia la raya de Portugal. Pero, por desgracia, ciñéronse solo los esfuerzos a divertir la atención del enemigo, y a ponerle en la necesidad de emplear tropas que bastasen a observar y contener a las nuestras.
Ronda.
La serranía de Ronda, foco importante de insurrección, dividía, por decirlo así, el cuerpo francés sitiador de Cádiz del de Sebastiani, alojado en Granada. Gobernaba aquellas montañas, como antes, el general Valdenebro, presidente de la junta de partido; mas por lo común guiaban de cerca a los serranos caudillos naturales del país. Begines de los Ríos, con la primera división del 4.º ejército, apoyaba los movimientos de los habitadores y contribuía a mantener el fuego. Peleábase sin cesar, y ni las fuerzas que los franceses conservaban siempre en la misma sierra, ni las columnas que a veces destacaban de Sevilla, Granada o sitio de Cádiz eran suficientes para reprimir la insurrección. El paisanaje dispersábase cuando le atacaban numerosas fuerzas, y reconcentrábase cuando estas se disminuían, apellidando guerra por valles y hondonadas con instrumentos pastoriles, o usando de otras señales como de fogatas y cohetes. Inventaron los rondeños mil ardides para hostigar a sus contrarios, y en Gaucín subieron cañones hasta en los riscos más escarpados. Las mujeres continuaron mostrándose no menos atrevidas que los hombres, y en vano tentó el enemigo domar tal gente y tales breñas: desde principios de este año de 1811 hasta agosto anduvo la lid empeñada, y entonces animola, como veremos más adelante, la venida del general Ballesteros.
Murcia y Granada.
No son muy de referir los acontecimientos que ocurrieron por el mismo tiempo en el tercer ejército, que antes componía parte del que llamaron del centro. Sucedió a Blake, cuando pasó a ser regente, el general Freire, quien, en diciembre de 1810, tenía asentados sus reales en Lorca y puesta su vanguardia en Albox, Huéscar y otros pueblos de los contornos. Franceses y españoles registraban a menudo el campo, y en febrero de 1811 quisieron los primeros internarse en Murcia, como para hacer juego con los movimientos de Soult en Extremadura. Extendiéronse hasta Lorca, ciudad que evacuó Freire, no llevando Sebastiani más allá sus incursiones, acometido de una consunción peligrosa.
Retirados los franceses, tornaron los nuestros a sus anteriores puestos y renovaron sus correrías y maniobras. Fue de las más notables la que practicaron el 21 de marzo. Don José O’Donnell, jefe de estado mayor, dirigiose con una división volante sobre Huércal Overa, y destacó a Lubrín al conde del Montijo, asistido de ocho compañías. Los enemigos allí alojados resistieron al conde, mas retirándose a poco, camino de Úbeda, viéronse perseguidos y experimentaron una pérdida de 180 hombres con algunos prisioneros.
Menguado cada día más el 4.º cuerpo francés, tuvo el general Sebastiani que ordenar la reconcentración de sus fuerzas cerca de Baza, aproximándolas por último a Guadix el 7 de mayo. De resultas, avanzó Freire y colocó su vanguardia en la Venta del Baúl, destacando por su derecha, camino de Úbeda y Baeza, a Don Ambrosio de la Cuadra, con una división y las guerrillas de la comarca.
Este movimiento, hecho con dirección a parajes por donde pudieran cortarse los comunicaciones de las Andalucías, alteró a los franceses que acudieron aceleradamente de Jaén, Andújar y otras guarniciones inmediatas para contener a Cuadra y atacarle. Trabose el primer reencuentro el 15 de mayo en la misma ciudad de Úbeda. Tres veces acometieron los enemigos y tres veces fueron rechazados, obligándolos a huir la caballería española, que trató de cogerlos por la espalda. Los franceses perdieron mucha gente, sirviéndoles de poco un regimiento de juramentados, que a los primeros tiros se dispersó. Afligió sobremanera a los nuestros la muerte del comandante del regimiento de Burgos, Don Francisco Gómez de Barreda, oficial distinguido y de mucho esfuerzo.
También el 24 intentaron los enemigos desalojar a los españoles de la Venta del Baúl, mandados estos por Don José Antonio Sanz. Cargó intrépidamente el francés, mas no pudo conseguir su objeto, impidiéndoselo un barranco que había de por medio y el acertado fuego de nuestra artillería, que manejaba Don Vicente Chamizo. Se limitó de consiguiente la refriega a un vivo cañoneo, que terminó por retirarse los franceses a Guadix y a la cuesta de Diezma.
A poco pensó igualmente Freire en distraer por su izquierda al enemigo, y a este propósito envió la vuelta de las Alpujarras, con dos regimientos, al conde del Montijo. En tan fragosos montes causó este algún desasosiego a la guarnición de Granada, y aproximándose a la ciudad, llegó hasta el sitio conocido bajo el nombre del Suspiro del Moro.
Estrechado Sebastiani, hubo ocasión en que pensó abandonar a Granada, cuyas avenidas fortificó, no menos que el célebre palacio morisco de la Alhambra. Aliviole en situación tan penosa la llegada de Drouet a las Andalucías, habiendo entonces sido reforzado el 4.º cuerpo; socorro con el que pudo este respirar más desahogadamente.
Pasa Sebastiani a Francia.
Pero Sebastiani, al finar junio, pasó a Francia, ya por lo quebrantado de su salud, o ya más bien por las quejas del mariscal Soult, ansioso de regir sin obstáculo ni embarazo las Andalucías. El primero, durante su mando, no dejó de esmerarse en conservar las antigüedades arábigas de Granada, y en hermosear algo la ciudad; mas no compensaron, ni con mucho, tales bienes los otros daños que causó, las derramas exorbitantes que impuso, los actos crueles que cometió. Tuvo Sebastiani por sucesor al general Leval.
Galicia y Asturias.
En Galicia y Asturias, el otro punto extremo de los dos en que ahora nos ocupamos, no anduvo en un principio la guerra mejor concertada que en Granada y Murcia. Don Nicolás Mahy conservó el mando hasta entrado el año de 1811, y ocupose, más que en la organización de su ejército, en disputas y reyertas provinciales. El bondadoso y recto natural de aquel jefe le inclinaba a la suavidad y justicia; pero desviábanle a veces malos consejos o particulares afectos puestos en quien no los merecía.
El ejército gallego permanecía casi siempre sobre el Bierzo y otros puntos del reino de León, y fue de alguna importancia la sorpresa que, en 22 de enero, hizo Don Ramón Romay acometiendo a la Bañeza, en donde cogió a los enemigos varios prisioneros, efectos y caudales. De este modo prosiguió por aquí la guerra durante los primeros meses del año.
En Asturias mandaba Don Francisco Javier Losada; pero subordinado siempre a Mahy, general en jefe de las fuerzas del principado, como lo era de las de Galicia. Tan pronto en aquella provincia se adelantaban los nuestros, tan pronto se retiraban, ocupando las orillas del Nalón, del Narcea o del Navia, según los movimientos del enemigo. Los choques eran diarios, ya con el ejército, ya con partidas que revoloteaban por los diversos puntos del principado. El más notable acaeció el 19 de marzo de este año de 1811 en el Puelo, distante una legua de Cangas de Tineo yendo camino de Oviedo, lugar situado en la cima de unos montes cuyas faldas, por ambos lados, lamen dos diferentes ríos. Losada se colocó en lo alto, que forma como una especie de cuña, y aguardó a los contrarios que le atacaron a las órdenes del general Valletaux. Nuestra fuerza consistía en unos 5000 hombres, inferior la de los franceses. Estaban con el general Losada Don Pedro de la Bárcena y Don Juan Díaz Porlier, sirviendo este de reserva con la caballería, y aquel con los asturianos de vanguardia. Tiroteose algún tiempo, hasta que, herido Bárcena en el talón, entró en los nuestros un terror pánico que causó completa dispersión. Losada y el mismo Bárcena, aunque desfallecido, hicieron inútiles esfuerzos para contener al soldado, y solo salvó a los fugitivos y a los generales la serenidad de Porlier y sus jinetes, que hicieron frente y reprimieron a los enemigos.
Tal contratiempo probaba más y más la necesidad en que se estaba de refundir todas aquellas fuerzas y darles otra organización, introduciendo la disciplina, que andaba muy decaída. En la primavera de este año empezose a poner en obra tan urgente providencia. El mando del 6.º ejército se había confiado a Castaños, al mismo tiempo que conservaba el del 5.º; acumulación de cargos más aparente que verdadera, y que solo tenía por objeto la unidad en los planes, caso de una campaña general y combinada con los anglo-portugueses. Y así, quien en realidad gobernó, aunque con el título de segundo de Castaños, fue Don José María de Santocildes, sucesor de Mahy, teniendo por jefe de estado mayor a Don Juan Moscoso. Ambas elecciones parecieron con razón muy acertadas: Santocildes habíase acreditado en el sitio de Astorga, logrando después escaparse de manos de los enemigos, y a Moscoso ya le hemos visto brillar entre los oficiales distinguidos del ejército de la izquierda. Se notaron luego los buenos efectos de estos nombramientos. En el país agradaron a punto de que se esmeraron todos en favorecer los intentos de dichos jefes, y hubo quien ofreció donativos de consideración.
Distribuyose el ejército en nuevas divisiones y brigadas, y se mejoró su estado visiblemente, siguiéndose en el arreglo mejor orden y severa disciplina. La 1.ª división, al mando del general Losada, quedó en Asturias, la 2.ª, al de Taboada, se apostó en las gargantas de Galicia camino del Bierzo, y la 3.ª, bajo Don Francisco Cabrera, en la Puebla de Sanabria. Permaneció una reserva en Lugo, punto céntrico de las otras posiciones. En principios de junio marchó a Castilla todo el ejército, excepto la división de Losada que se enderezó a Oviedo. Esta maniobra, ejecutada a tiempo que el mariscal Marmont había partido para Extremadura, produjo excelentes resultas. Evacuación de Asturias. Los enemigos, por un lado, evacuaron el principado de Asturias, saliendo de su capital el 14 de junio, en donde se restablecieron inmediatamente las autoridades legítimas. Por el otro, destruyeron el 19 las fortificaciones de Astorga y se retiraron a Benavente, entrando el 22 en aquella ciudad el general Santocildes en medio de los mayores aplausos, como teatro que había sido de sus primeras glorias.
Acción de Cogorderos.
Colocose el ejército español a la derecha del Órbigo, en donde se le juntó una de las brigadas de la división que se alojaba en Asturias. Bonnet, después que abandonó esta provincia, quedose en León, vigilándole en sus movimientos los españoles. Limitáronse al principio unas y otras tropas a tiroteos, hasta que en la mañana del 23 el general Valletaux, partiendo del Órbigo, atacó a la una del día a D. Francisco Taboada, situado hacia Cogorderos, en unas lomas a la derecha del río Tuerto. Sostúvose el general español no menos que cuatro horas, en cuyo tiempo acudiendo en su socorro la brigada asturiana a las órdenes de Don Federico Castañón, tomó este a los enemigos por el flanco y los deshizo completamente. Pereció el general Valletaux y considerable gente suya; cogimos bastantes prisioneros, entre ellos 11 oficiales, y se vio lo mucho que en poco tiempo se había adelantado en la formación y arreglo de las tropas.
Tampoco se descuidó el de las guerrillas del distrito, habiéndose facultado al coronel Don Pablo Mier para que compusiese con ellas una legión, llamada de Castilla. Muchas se unieron, y otras por lo menos obraron de acuerdo y más concertadamente.
Al entrar julio, hizo Santocildes un reconocimiento general sobre el Órbigo; y rechazando al enemigo, mostraron cada vez más los soldados del 6.º ejército su progreso en el uso de las armas y en las evoluciones. Así se fue reuniendo una fuerza que con la de Asturias rayaba en 16.000 hombres, llevando visos de aumentarse si los mismos caudillos proseguían a la cabeza.
7.º ejército. Porlier a su frente.
Íbase a dar la mano con este ejército el 7.º, que comenzaba a formarse en la Liébana, habiendo sentado en Potes su cuartel general Don Juan Díaz Porlier, 2.º en el mando. Estaba elegido primer jefe Don Gabriel de Mendizábal, quien retardó su viaje con lo acaecido en el Gévora el 19 de febrero: desventura que le obligó, para rehabilitarse en el concepto público, a pelear en la Albuera voluntariamente como soldado raso en los puestos más arriesgados. Porlier, en consecuencia, se halló solo al frente del nuevo ejército, cuyo núcleo lo componían el cuerpo franco de dicho caudillo y las fuerzas de Cantabria, engrosadas con quintos y partidas que sucesivamente se agregaban. Renovales fue enviado hacia Bilbao para animar a las partidas y enregimentar batallones sueltos: tocó hasta en la Rioja, y contribuyó a sembrar zozobra e inquietud entre los enemigos.
Quisieron estos apoderarse del principal depósito del 7.º ejército, y acometieron a Potes en fines de mayo. Los nuestros habían, por fortuna, puesto al abrigo de una sorpresa sus acopios, y con eso desvanecieron las esperanzas del general Roguet que, asistido de 2000 hombres, entró en aquella villa, teniéndola en breve que desamparar a causa de la vuelta repentina de Don Juan Díaz Porlier, que había reunido toda su tropa, antes segregada.
Partidas de este distrito.
Los invasores, por tanto, no disfrutaban aquí de mayor respiro que en las demás partes; causándoles el 7.º naciente ejército y las guerrillas que en el distrito lidiaban irreparables daños. Comprendíanse en este las de Campillo, Longa, el Pastor, Tapia, Merino y la del mismo Mina, aunque con especial permiso el último de obrar con independencia. Comprendíanse también las otras de menos nombre que recorrían las montañas de Santander, ambas márgenes del Ebro, hasta los confines de Navarra, y carretera real de Burgos. No entraba en cuenta la de Don José Durán, si bien en Soria; pues por su proximidad a Aragón se agregó con la de Amor, como las demás de aquel reino, al 2.º ejército, o sea de Valencia. No pudiendo el francés exterminar contrarios tan porfiados y molestos, trató de espantarlos haciendo la guerra, al comenzar este año de 1811, con mayor ferocidad que antes, y ahorcando y fusilando a cuantos partidarios cogía.
Sorpresa de un convoy en Arlabán por Mina.
Y estos, no hallando ya para ellos puerto alguno de salvación, en vez de ceder, redoblaron sus esfuerzos, anegando, por decirlo así, con su gente todos los caminos. Los mariscales, generales, y casi todos los pasajeros, siendo enemigos, veíanse a cada paso asaltados con gran menoscabo de sus intereses y riesgo de sus personas. Entre los casos de esta clase más señalados entonces [todos no es posible relatarlos] sobresale el de Arlabán; que así llaman a un puerto situado entre los lindes de Álava y Guipúzcoa, por donde corre la calzada que va a Irún.
Don Francisco Espoz y Mina, sabedor de que el mariscal Massena caminaba a Francia juntamente con un convoy, ideó sorprenderle; y marchando a las calladas y de noche por desfiladeros y sendas extraviadas, remaneció el 25 de mayo sobre el mencionado puerto. Casualmente Massena, a gran dicha suya, retardó salir de Vitoria; mas no el convoy, que prosiguió sin detención su ruta. Las 6 de la mañana serían cuando Mina, emboscado con su gente, se puso en cuidadoso acecho. Constaba el convoy de 150 coches y carros, y le escoltaban 1200 infantes y caballos, encargados también de la custodia de 1042 prisioneros ingleses y españoles. Dejó Mina pasar la tropa que hacía de vanguardia; y atacando a los que venían detrás, trabose la refriega, y duró hasta las 3, hora en que cesó, cayendo en poder de los españoles personas y efectos. Más de 800 hombres perdieron los franceses, 40 oficiales, cogiendo el mismo Mina al coronel Laffite. Parte del caudal y las joyas se reservaron para la caja militar; lo demás lo repartieron los vencedores entre sí. Se permitió a las mujeres continuar su camino a Francia; y trató bien Mina a los prisioneros, a pesar de recientes crueldades ejercidas contra los suyos por el enemigo. Se calculó el botín en unos 4.000.000 de reales, ¡poderoso incentivo para acrecentar las partidas!
Ejército francés del norte de España.
Conociendo Napoleón cuanto retardaba tal linaje de pelea la sumisión de España, había ya pensado desde principios de 1811 en dar nuevo impulso a la persecución de los guerrilleros, poniendo en una sola mano la dirección suprema de muchos de los gobiernos en que había dividido la costa cantábrica, y las orillas del Ebro y Duero. Así por decreto de 15 de enero formó el ejército llamado del norte, de que ya hemos hecho mención, y cuyo mando encomendó al mariscal Bessières, duque de Istria. Extendíase a la Navarra, las tres provincias vascongadas, parte de las de Castilla la Vieja, Asturias y reino de León; y llegó a constar dicho ejército de más de 70.000 hombres. Nada sin embargo consiguió el Emperador francés, pues Bessières no disipó en manera alguna el caos que producía guerra tan aturbonada, y para los enemigos tan afanosa; volviéndose a Francia en julio, con deseo de lidiar en campos de más gloria, ya que no de menos peligros. Tuvo por sucesor en el mando al conde Dorsenne.
Cataluña, Aragón y Valencia.
Muy atrás nos queda Cataluña, y con ella Aragón y Valencia, provincias cuyos acontecimientos caminaban hasta cierto punto unidos, y a las que hacían guerra los cuerpos de Suchet y Macdonald, obrando de concierto para sujetarlas. Cuando en esta parte suspendimos nuestra narración, formalizaba Suchet el sitio de Tortosa y se cautelaba para que no le inquietasen las tropas y guerrillas de las provincias aledañas, ayudándole Macdonald, colocado en paraje propio a reprimir los movimientos hostiles del ejército de Cataluña, que a la sazón regía Don Miguel Iranzo. Reduplicó Suchet sus conatos al fenecer del año de 1810; y el bloqueo de aquella plaza, comenzado en julio y todavía no completado, convirtiose el 15 de diciembre en perfecto acordonamiento.
Sitio de Tortosa.
Asiéntase Tortosa a la izquierda del Ebro en el recuesto de un elevado monte, a cuatro leguas del Mediterráneo. Su población, de 11 a 12.000 habitantes. Las fortificaciones irregulares, de orden inferior, construidas en diversos tiempos, siguen en el torno que toman los altos y caídas la desigualdad del terreno. Al sudeste e izquierda siempre del río, se levantan los baluartes de San Pedro y San Juan, con una cortina no terraplenada, que cubre la media luna del Temple. El recinto se eleva después en paraje roqueño, amparado de otros tres baluartes, por donde embistió la plaza el duque de Orleans en la guerra de sucesión, y desde cuyo tiempo, considerado este punto como el más débil, se le enrobusteció con un fuerte avanzado, que todavía llevaba el nombre de aquel príncipe. Pasados dichos tres baluartes, precipítase la muralla antigua por una barranquera abajo, aproximándose en seguida al castillo, situado en un peñasco escarpado y unido con el Ebro por medio de un frente sencillo. Otro recinto, que parte del último de los tres indicados baluartes, se extiende por de fuera y, abrazando dentro de sí al castillo, júntase luego cerca del río con el muro más interno. Defienden los aproches de todo este frente tres obras exteriores; llaman a la más lejana las Tenazas, sita en un alto enseñoreador de la campiña. Comunica la ciudad con la derecha del Ebro, aquí muy profundo, por un puente de barcas, cubierto a su cabeza con buena y acomodada fortificación. Entre el río y una cordillera que se divisa a poniente, dilátase vasta y deliciosa vega, poblada antes del sitio de muchas caserías, y arbolada de olivares, moreras y algarrobos que regaban más de 600 norias. Parte de tanta frondosidad y riqueza talose y se perdió para despejar los alrededores de la plaza en favor de su mejor defensa. Se hallan por el mismo lado el arrabal de Jesús y las Roquetas. Desde mediados de julio gobernaba a Tortosa el conde de Alacha, que se señaló el año de 1808 en la retirada de Tudela. Era su 2.º Don Isidoro de Uriarte, coronel de Soria. Constaba la guarnición de 7179 hombres, y el vecindario, en su conducta, no desmereció al principio de la que mostraron otras ciudades de España en sus respectivos sitios.
Para cercar del todo la antes solo semibloqueada plaza, había Suchet ordenado el 14 de diciembre que el general Abbé quedase en las Roquetas, derecha del río; y que Habert, que antes mandaba en este paraje, pasase a la izquierda y ocupase las alturas inmediatas a la plaza, arrojando de allí a los españoles, lo cual acaeció el 15, después de haber los nuestros defendido la posición con tenacidad. Los enemigos echaron puentes volantes río arriba y río abajo de Tortosa, con objeto de facilitar la comunicación de ambas orillas.
Resolvieron también los mismos verificar su principal ataque por el baluarte, o más bien semibaluarte, de San Pedro, teniendo para ello primero que apoderarse de las eminencias situadas delante del fuerte de Orleans, las cuales enfilaban el terreno bajo. En su cima había Uriarte empezado a trazar un reducto, obra que Alacha, mal aconsejado, decidió no se llevase a cumplido efecto. Los franceses, por tanto, se enseñorearon fácilmente de aquellas cumbres, y abrieron el 19 la trinchera contra el fuerte de Orleans, ataque auxiliador del ya indicado como principal.
Dieron también comienzo a este último en la noche del 20, y para no ser sentidos, favorecioles el tiempo ventoso y de borrasca. Rompieron la trinchera partiendo del río, y prolongáronla hasta el pie de las alturas fronteras al fuerte de Orleans, distando solo de la plaza la primera paralela 85 toesas. El general Rogniat dirigía los trabajos de los ingenieros enemigos; mandaba su artillería el general Valée.
A la propia sazón reforzó a Suchet una división del ejército francés de Cataluña a las órdenes del general Frère, en la que se incluía la brigada napolitana del mando de Palombini. Envió Macdonald este socorro el 18 en ocasión que, escaso de víveres y temeroso de alejarse demasiado, volvía atrás de una correría que había emprendido hasta Perelló. Colocó Suchet la división recién llegada en el camino de Amposta.
Iba este adelante en los trabajos del asedio, y ponía su conato en el ataque del baluarte de San Pedro, que era, según hemos dicho, el más principal, sin descuidar el de su derecha, aunque falso, contra el frente de Orleans, como tampoco otro de la misma naturaleza que empezó a su izquierda a la otra parte del río, destinado a encerrar a los sitiados en sus obras.
En los días 23 y 24 hicieron los últimos algunas salidas; mas el 25 terminó el enemigo la segunda paralela, lejana solo por el lado siniestro 33 toesas del baluarte de San Pedro, distando por el otro del recinto unas 50, recogida allí en curva a causa de los fuegos dominantes del fuerte de Orleans. Hicieron de resultas los españoles, la noche del 25 al 26, dos salidas, una a las 11 y otra a la 1. En vela los enemigos, rechazaron a los nuestros, si bien después de haber recibido algún daño.
No abatidos por eso los cercados, repitieron nueva tentativa en la noche del 26 al 27, en la que igualmente fueron repelidos, situándose entonces los franceses en la plaza de armas del camino cubierto, enfrente del baluarte de San Pedro. Semejantes reencuentros y los fuegos de la plaza retardaban algo los trabajos del sitiador, y le mataban mucha gente con no pocos oficiales distinguidos.
Firmes todavía los españoles, efectuaron nueva salida en la tarde del 28, de mayor importancia que las anteriores. Para ello desembocaron unos por la puerta del Rastro para atacar la derecha de los enemigos, y otros se encaminaron rectamente al centro de la trinchera, protegiendo el movimiento los fuegos de la plaza y los del fuerte de Orleans; acometieron con intrepidez, desalojaron a los franceses de la plaza de armas que habían ocupado, y los acorralaron contra la segunda paralela. Parte de las obras fueron arruinadas, y por ambos lados se derramó mucha sangre. Al cabo se retiraron los nuestros, acudiendo gran golpe de contrarios, pero conservaron hasta la noche inmediata la plaza de armas, recobrada a la salida.
Puede decirse que este fue el último y más señalado esfuerzo que hicieron los cercados. En lo sucesivo se procedió flojamente. Alacha, herido ya desde antes en un muslo y aquejado de la gota, mostró gran flaqueza; y aunque es cierto que había entregado el mando a su 2.º, habíale solo entregado a medias, con lo que se empeoró más bien que favoreció la defensa, desmandando a veces uno lo que otro ordenaba, e inutilizándose así cualesquiera disposiciones. La población, con tal ejemplo, amilanose también y no coadyuvó poco al caimiento de ánimo de algunos soldados y a la confusión: manejos secretos del enemigo tuvieron en ello parte, como asimismo personas de condición dudosa que rodeaban al abatido Alacha.
Construidas entre tanto y acabadas las baterías enemigas, rompieron el fuego al amanecer del 29. Diez en número, tres de ellas dirigieron sus tiros contra el fuerte de Orleans y las obras de la plaza colocadas detrás, cuatro contra la ciudad y baluarte de San Pedro, las tres restantes, a la derecha del río, apoyaban este ataque y batían además el puente y toda la ribera.
En breve los fuegos del baluarte de San Pedro, los de la media luna del Temple y los de casi todo aquel frente fueron acallados, y se abrió brecha en la cortina. Ya anteriormente se hallaban las obras en mal estado, y solo el estremecimiento de la propia artillería hundía o resquebrajaba los parapetos. La caída de las bombas produjo en el vecindario conturbación grande, aumentada por el descuido que había habido en tomar medidas de precaución. En balde se esforzaron varios oficiales en reparar parte del estrago, y en ofrecer al sitiador nuevos obstáculos.
Quedaron el 31 apagados del todo los fuegos del frente atacado; ocuparon los franceses, a la derecha del río, la cabeza del puente abandonada por los españoles, añadieron nuevas baterías, y haciéndose cada vez más practicable la brecha de la cortina junto al flanco del baluarte de San Pedro, acercábase al parecer el momento del asalto.
Mal dispuestos se hallaban en la plaza para rechazarle, los vecinos consternados, el soldado casi sin guía: Alacha, metido en el castillo, no resolvía cosa alguna, mas lo empantanaba todo. Uriarte, viéndose falto de arrimo en el mayor apuro, y hombre de no grande expediente, juntó a los jefes para que decidiesen en tan estrecho caso. Los más opinaron por pedir una tregua de 20 días, y por entregarse al cabo de ellos, si en el intervalo no se recibía auxilio. Disimulado modo de votar en favor de la rendición, pues claro era que no convendría el francés en cláusula tan extraña. Otros, si bien los menos, querían que se defendiese la brecha.
Prevaleció, como era natural, y no más honroso, el parecer de la mayoría al que daba gran peso el desaliento de los vecinos, de tanto influjo en esta clase de guerra. Por consiguiente, el 1.º de enero enarboló el castillo, constante albergue de Alacha, bandera blanca; y advirtió este a Uriarte que enviaba al coronel de ingenieros Veyán al campo enemigo a proponer la tregua que se deseaba. Salió en efecto el último con el encargo, y recibió de Suchet la consiguiente repulsa. Sin embargo, el general francés envió al mismo tiempo dentro de la plaza al oficial superior Saint-Cyr Nugues, facultado para estipular una capitulación más apropiada a sus miras.
Abocose primero el parlamentario con Uriarte, quien insistió en la anterior propuesta. Lo mismo hizo luego Alacha, añadiendo las siguientes palabras: «El deseo de que no se vertiese más sangre del vecindario me había inclinado a la tregua; no concedida esta, nos defenderemos.» Pero replicándole el francés «que conocía el estado de la plaza, y que la resistencia no sería larga», cambió Alacha inmediatamente de parecer, y propuso venir a partido con tal que se diese por libre a la guarnición. Veleidad incomprensible y digna del mayor vituperio. Rehusó Saint-Cyr entrar en ningún acomodamiento de aquella clase, cierto de que en breve pisaría el ejército francés el suelo de Tortosa. Varios esforzados jefes allí presentes quedaron yertos y atónitos al ver la mudanza repentina del gobernador: y se sospecha que, desde entonces, allegados de este pactaron la entrega de la plaza en secreto, medrosos del soldado, que se mostraba asombradizo y ceñudo.
Los franceses, sin omitir las malas artes, continuaron con ahínco en sus trabajos para asegurar de todos modos su triunfo, y establecieron en la noche del 1 al 2 de enero una nueva batería, distante solo 10 toesas de una de las caras del baluarte de San Pedro. En 7 horas de tiempo abrieron con los nuevos fuegos dos brechas, sin contar la aportillada primeramente en la cortina; y por último, todo se apercibía para dar el asalto.
Uriarte, en aquel aprieto, y no tomadas de antemano medidas que bastasen a repeler al enemigo, quiso que la ciudad capitulase y que guardasen los españoles los principales fuertes. Propuesta que parecería singular si no la explicase hasta cierto punto el deseo que por una parte tenían los soldados de defenderse, y el descaecimiento que por la otra se había apoderado de los más de los vecinos.
No era tampoco menor el de Alacha, que sordo ya a toda advertencia, participó a Uriarte su final resolución de capitular así por los fuertes como por la plaza.
Aparecieron tremoladas en consecuencia 3 banderas blancas, que despreció el enemigo continuando en su fuego. Provenía tal conducta de no querer tratar el francés antes de que se le entregase en prenda el fuerte llamado Bonete, temiendo algún inesperado arranque de la irritación del soldado español.
A todo se avenía Alacha, y creciendo en él la zozobra, avisó al general enemigo que relajados los vínculos de la disciplina, le era imposible concluir estipulación alguna si no le socorría. ¡Oh mengua! Aguijado Suchet con la noticia, y cada vez más receloso de que se prolongase la defensa por algún súbito acontecimiento, resolvió poner cuanto antes término al negocio. Y para ello, corriendo en persona a la ciudad, acompañado solo de oficiales y generales del estado mayor, y de una compañía de granaderos, avanzó al castillo, y anunciando a los primeros puestos la conclusión de las hostilidades, se presentó al gobernador. Paso que se pudiera creer temerario, si no hubiera asegurado su éxito anterior inteligencia. Trémulo Alacha, serenose con la presencia del general enemigo que miraba como a su libertador. Eterno baldón que disculparon algunos con la edad y los achaques del conde, condenando todos a varios de los que le rodeaban, en cuyos pechos parecía abrigarse bastardía alevosa.
La toman los franceses.
Urgía sin embargo a los franceses ajustar la capitulación. Los soldados españoles, aun los del castillo, intentaban defenderse, y necesitó emplear tono muy firme el general enemigo y abreviar la llegada de sus tropas para huir de un contratiempo. Hizo en seguida también él mismo escribir aceleradamente un convenio que se firmó sirviendo de mesa una cureña. No apresuró menos el que desfilase la guarnición con los honores correspondientes y entregase las armas, debiendo conforme a lo estipulado quedar prisionera de guerra. Ascendía todavía el número de soldados españoles a 3974 hombres: los demás habían perecido durante el sitio; de los franceses solo resultaron fuera de combate unos 500.
Sensación que causa en Cataluña.
Embraveciose la opinión en Cataluña con la rendición de Tortosa, y con lo descaminado y flojo de su defensa. Un consejo de guerra condenó Sentencia contra el gobernador Alacha. en Tarragona al conde de Alacha a ser degollado, y el 24 de enero, ausente el reo, se ejecutó la sentencia en estatua. A la vuelta a España en 1814 del rey Fernando, se abrió otra vez la causa, dio el conde sus descargos, y le absolvió el nuevo tribunal, no la fama.
En este ejemplo se nota cuánto daña al hombre público carecer de voluntad propia y firme. Alacha, en la retirada de Tudela, había recogido gloriosos laureles que ahora se marchitaron. Pero entonces escuchó la voz de oficiales expertos y honrados, y no tuvo en la actualidad igual dicha. Y si es cierto que los franceses en Tortosa dirigieron el sitio con vigor y maestría, y acertaron en atacar por el llano, lo que no habían hecho en Gerona, facilitoles para ello medios el descuido de Alacha, abandonando los trabajos emprendidos en las alturas inmediatas al fuerte de Orleans, y no pensando desde julio, en que empezó su mando, en plantear otros, a cuyo progreso no obstaba el semibloqueo del enemigo.
Toman los franceses el castillo del Coll de Balaguer.
No queriendo Suchet desaprovechar tan feliz coyuntura como le ofrecía la toma de Tortosa, previno al general Habert, adelantado ya a Perelló, que tantease conquistar el fuerte de San Felipe en el Coll de Balaguer, angostura entre un monte de la marina y una cordillera a la mano opuesta, pelada casi toda ella de plantas mayores, a la manera de tantas otras de España, pero odorífera con los muchos romerales y tomillares que llenan de fragancia el aire. Dicho castillo, construido en el siglo XVIII para ahuyentar a los forajidos que allí se guarecían, y a los piratas berberiscos que acechaban su presa ocultos en las inmediatas ensenadas, era importante para los franceses, interceptándoles y dominando aquella posición el camino de Tarragona a Tortosa. Habert rodeó el 8 de enero el fuerte de San Felipe, e intimó la rendición. El gobernador, capitán anciano, de nombre Serrá, en vez de mantenerse tieso se limitó a pedir 4 días de término para dar una respuesta definitiva. Negósele tal demanda, y desde luego comenzaron los franceses su ataque. Los españoles, sin gran resistencia, abandonaron los puestos exteriores. Volose en breve dentro del fuerte un almacén de pólvora, y fluctuando con la desgracia el ánimo de la tropa, ya no muy seguro por lo de Tortosa, escalaron los franceses la muralla, huyendo parte de la guarnición vía de Tarragona y salvándose la otra en un reducto, donde capituló, y cayeron prisioneros el gobernador, 13 oficiales y unos 100 soldados. Tanto cunde el miedo, tanto contagia.
Providencias de Suchet. Vuelve a Aragón.
Para asegurar Suchet aún más las ventajas conseguidas y el embocadero del Ebro, fortificó el puerto de la Rápita y tomó otras disposiciones. Encargó a Musnier que con su división vigilase las comarcas de Tortosa, Albarracín, Teruel, Morella y Alcañiz; y dejó a Palombini y sus napolitanos en Mora y sobre el Ebro, en resguardo de la navegación del río, cuya izquierda ocupó el general Habert y su división para favorecer los movimientos que el mariscal Macdonald trataba de hacer contra Tarragona. Reservó consigo Suchet lo restante de su fuerza, y partió a Zaragoza a entender en arreglos interiores, y atajar de nuevo las excursiones de los guerrilleros y cuerpos francos que, con la lejanía de las principales tropas francesas, andaban más sueltos.
Alborotos en Tarragona.
En tanto, acaecían en Tarragona, de resultas de la entrega de Tortosa, conmociones y desasosiegos. Los catalanes ya no veían por todas partes sino traidores. Desconfiaban del general en jefe Iranzo y de los demás, poniendo solo su esperanza en el marqués de Campoverde, quien gozaba de aura popular, ya por su buen porte como general de división, ya por los muchos amigos que tenía, y ya también por las fuerzas que habían ido de Granada, cuyo núcleo quedaba aún, y a las cuales pertenecía aquel caudillo. En la ciudad querían proclamarle por capitán general de la provincia, adhiriendo a ello los pueblos circunvecinos que, llevados de igual deseo, se agolparon un día de los primeros de enero al hostal de Serafina, inmediato a Tarragona.
El marqués de Campoverde nombrado general de Cataluña.
Muchos pensaron que el marqués no ignoraba el origen de los alborotos, y que no los desaprobaba en el fondo, aunque, aparentando lo contrario, quería alejarse del principado. No sabemos si en secreto tomó parte, pero sí hubo allegados suyos y personas respetables que sostuvieron y fomentaron la idea del pueblo por amistad a Campoverde, y por creer que su nombramiento era el único medio de libertar a Cataluña de la anarquía y del entero sometimiento al enemigo. Por fin, y al cabo de idas y venidas, de peticiones y altercados, juntos todos los generales, hizo Iranzo dejación del mando, y no admitiéndole otros a quienes correspondía por antigüedad, recayó en Campoverde, el cual le aceptó interinamente bajo la condición de que se atendrían todos a lo que en último caso dispusiese el gobierno supremo de la nación.
Tranquilizó los ánimos este nombramiento, y evitó que el ejército se desbandase, frustrándose también de este modo los intentos del mariscal Macdonald que se había acercado a Tarragona con esperanzas de enseñorearla, cimentadas en el acobardamiento que se había apoderado de muchos, y en secretas correspondencias.
Asoma Macdonald a Tarragona.
El 5 de enero había vuelto Macdonald a reunir al grueso de su ejército la división de Frère, cedida temporalmente a Suchet; y yendo por Reus, dio vista a los muros tarraconenses el 10 del mismo mes. La quietud, restablecida dentro, desconcertó los planes de los franceses, que no pudiendo detenerse largo tiempo en las cercanías por la escasez de víveres y el hostigamiento de los somatenes, Se retira. determinaron pasar a Lérida con propósito de prepararse en debida forma al sitio de Tarragona.
Reencuentro con Sarsfield en Figuerola.
No realizó Macdonald su marcha reposadamente. Don Pedro Sarsfield, situado con una división en Santa Coloma de Queralt, recibió orden de Campoverde para caer sobre Valls, y cerrar el paso a la vanguardia enemiga, al propio tiempo que las tropas de Tarragona debían picar y aún embestir la retaguardia. Abría la marcha de los franceses la división italiana al mando del general Eugeni [diversa de los napolitanos de Palombini], y encontrose el 15 entre Valls y Plá con Sarsfield. Los españoles acometieron el pueblo de Figuerola, adonde se había dirigido el enemigo para atacar nuestra derecha, y le ocuparon, arrollando a los contrarios y acuchillándolos los regimientos de húsares de Granada y maestranza de Valencia que, a las órdenes de sus coroneles Don Ambrosio Foraster y Don Eugenio María Yebra, se señalaron en este día. El perseguimiento continuó hasta cerca de Valls; allí, reforzada la vanguardia enemiga, paráronse los nuestros, y se libertó la división italiana de un completo destrozo. Campoverde no tuvo por su parte tanta dicha como Sarsfield; pues si bien salió de Tarragona para incomodar la retaguardia francesa, tropezando con fuerzas superiores, no se empeñó en acción notable, y Macdonald, de noche y de prisa, atravesó los desfiladeros y se metió en Lérida. Costole el choque de Figuerola, glorioso para Sarsfield, 800 hombres. Murió de sus heridas el general Eugeni.
Nuevos alborotos de Tarragona.
Érale imposible al marqués de Campoverde tomar desde luego parte más activa en la campaña. Tenía que acudir al remedio de los males dimanados de la reciente pérdida de Tortosa y del Coll de Balaguer, no menos que a mejorar las defensas de Tarragona. Quizá requería también su presencia en esta plaza la necesidad de afirmar su mando caedizo en tales circunstancias. El fermento popular, aún vivo, servíale de instrumento. Sustentaba la agitación el saberse que había la regencia nombrado capitán general de Cataluña a Don Carlos O’Donnell, hermano del Don Enrique, habiendo motín o síntomas cada vez que se sonrugía la llegada. Campoverde no reprimía los bullicios bastantemente, escaseándole para ello la fortaleza, y siendo patrocinadores, según fama, personas que le eran adictas.
Encrespose la furia popular estando a la vista de Tarragona el navío América, en la persuasión de que venía a bordo el sucesor, mas se abonanzó aquella cuando se supo lo contrario. Renováronse, sin embargo, los alborotos el 17 de febrero, y a ruegos de la junta, de los gremios y de otras personas se posesionó Campoverde del mando en propiedad en lugar de proseguir ejerciéndolo como interino.
Para distraer el enojo del pueblo, apaciguar a este del todo, y ganar la opinión de la provincia entera, convocó Campoverde un congreso catalán, destinado principalmente a proporcionar medios bajo la aprobación de la superioridad. En rigor, no prohibía la ley tales reuniones extraordinarias, no habiendo todavía las cortes adoptado para las juntas una nueva regla, conforme hicieron poco después.
Nuevo congreso catalán.
Se instaló aquel congreso el 2 de marzo, y de él nacieron conflictos y disputas con la junta de la provincia, teniendo Campoverde que intervenir y hasta que atropellar a varias personas, si bien al gusto del partido popular. Modo impropio e ilícito de arraigar la autoridad suprema. Disuélvese luego. El congreso se disolvió a poco y nombró una junta que quedó encargada, como lo había estado la anterior, del gobierno económico del principado.
Nuevos sucesos militares, tristes unos, y otros momentáneamente favorables para los españoles, sobrevinieron luego en esta misma provincia. Interesaba a Napoleón no perder nada de lo mucho que habían últimamente ganado allí sus tropas, y cifrando toda confianza en Suchet, principal adquiridor de tales ventajas, resolvió encomendar al cuidado de este las empresas importantes que hacia aquella parte meditaba.
Providencias de Suchet en Aragón contra las partidas.
De vuelta Suchet a Zaragoza, y antes de recibir nuevas instrucciones y facultades, trató de destruir las partidas que habían renacido en Aragón, alentadas con la ausencia de parte de aquellas tropas, y con el malogro que ya se susurraba de la expedición de Massena en Portugal. Don Pedro Villacampa andaba en diciembre en el término de Ojos Negros, famoso por su mina de hierro y por sus salinas, en el partido de Daroca, de cuya ciudad, saliendo al encuentro del español el coronel Klicki, púsole en la necesidad de alejarse. Pero en enero el general de Valencia Bassecourt, queriendo divertir al enemigo que se presumía intentaba el sitio de Tarragona, dispuso que Villacampa y Don Juan Martín el Empecinado, dependientes ahora, por el nuevo arreglo de ejércitos, del 2.º o sea de Valencia, hiciesen diversas maniobras uniéndosele o moviéndose sobre Aragón. Barruntolo Suchet y envió de Zaragoza con una columna al general Paris, y orden a Abbé para que partiese de Teruel, debiendo ambos salir de los lindes aragoneses y extenderse al pueblo de Checa, provincia de Guadalajara, en donde se creía estuviese Villacampa. En su ruta encontrose Paris el 30 de enero con el Empecinado en la vega de Pradorredondo, y al día inmediato, contramarchando Villacampa que se había antes retirado, trabose en Checa acción, cooperando a ella el Empecinado, que combatió ya la víspera con el enemigo: el choque fue violento, hasta que los jefes españoles, cediendo al número, acabaron por retirarse.
Andando más tardo el general Abbé, no se juntó con Paris hasta el 4 de febrero, en cuyo día, combinando uno y otro sus movimientos, se dirigieron el último contra Villacampa, el primero contra el Empecinado, separados ya nuestros caudillos. No pudo Paris sorprender en la noche del 7 al 8, como esperaba, a Villacampa, y se limitó a destruir una armería establecida en Peralejos, replegándose el jefe español hacia la hoya del Infantado.
Fue Abbé hasta la provincia de Cuenca tras del Empecinado, que tiró a Sacedón, espantando el francés, al paso, en Moya, a la junta de Aragón y al general Carvajal, su presidente, quien luego pasó a Cádiz, sin que se hubiese granjeado, mientras mandó en aquella provincia, las voluntades, ni adquirido militar nombre. Los generales Paris y Abbé, habiendo permanecido en Castilla algunos días, y no conseguido en su correría más que alejar del confín de Aragón al Empecinado y a Villacampa, tornaron a los antiguos puestos.
Otros combates sostuvieron también en aquel tiempo las tropas de Suchet contra partidas de jefes menos conocidos en ambas orillas del Ebro y otros puntos. El capitán español Benedicto sorprendió y destruyó en Azuara, cerca de Belchite, un grueso destacamento a las órdenes del oficial Milawski; y Don Francisco Espoz y Mina, apareciendo en los primeros días de abril en las Cinco Villas, atacó en Castiliscar a los gendarmes y cogió 150 de ellos, llegando tarde en su socorro el general Chlopicki.
Facultades nuevas y más amplias que Napoleón da a Suchet.
Entre tanto, autorizó Napoleón a Suchet con las facultades que tenía pensado y más arriba indicamos. Fecha la resolución en 10 de marzo, encargábase por ella a dicho general el sitio de Tarragona, y se le daba el mando de la Cataluña meridional, agregándosele además la fuerza activa del cuerpo que regía Macdonald, desaire muy sensible para este, revestido con la elevada dignidad de mariscal de Francia que todavía no condecoraba a Suchet.
Vistas con este motivo de Suchet y Macdonald.
Inmediatamente, y para tratar de poner en ejecución las órdenes del emperador, se avistaron en Lérida ambos jefes. Quedábale de consiguiente solo a Macdonald la incumbencia de conservar a Barcelona y la parte septentrional de Cataluña, así como la de apoderarse de las plazas y puntos fuertes de la Seu de Urgel, Berga, Monserrat y Cardona.
Retirado aquel mariscal a Lérida después del reencuentro de Figuerola, había disfrutado poco sosiego, no abatiendo a los intrépidos catalanes reveses ni desgracias. Obligábanle los somatenes a no dejar salir lejos de la plaza cuerpos sueltos, y Sarsfield, apostado en Cervera, le impedía excursiones más considerables.
De acuerdo ahora en sus vistas Suchet y Macdonald, pasaron sin dilación a cumplir ambos la voluntad de su amo. Encargose el primero de la nueva fuerza activa que se agregaba a su ejército y constaba de unos 17.000 hombres, como también del mando de la parte que se desmembraba al general de Cataluña. Pasa Macdonald a Barcelona. Partió Macdonald de Lérida el 26 de marzo camino de Barcelona, en cuya ciudad debía principalmente morar en adelante para dirigir de cerca las operaciones y el gobierno del país que aún quedaba bajo su inmediata dirección. Mas para realizar el viaje de un modo resguardado, ya que no del todo seguro, facilitole Suchet 9000 infantes y 700 caballos a las órdenes del general Harispe, los cuales, a lo menos en su mayor número, pertenecían ahora al cuerpo de Aragón, y tenían que reunírsele, desempeñado que hubieran la comisión de escoltar a Macdonald.
Quema de Manresa.
Tomó este mariscal su rumbo vía de Manresa y acampó el 30 de marzo con su gente en los alrededores de la ciudad. Seguía el rastro Don Pedro Sarsfield, con quien se juntó el barón de Eroles en Casamasana, acompañado de parte de las tropas que se apostaban en los márgenes del Llobregat: ya unidos, marcharon ambos jefes en la noche del mismo 30, y llegaron al hostal de Calvet, a una legua de Manresa. La junta de esta ciudad había convocado a somatén, y los vecinos, acordándose de anteriores saqueos de los franceses, habían casi todos abandonado sus hogares. A la vista de ellos todavía estaban, cuando descubrieron las llamas que salían por todos los ángulos del pueblo.
Habíale puesto fuego el enemigo incomodado por el somatén, o más bien deseoso del pillaje que disculpaba la ausencia de los vecinos. Macdonald, situado en las alturas de la Agulla a un cuarto de legua, presenció el desastre y dejó que ardiese la rica y antes fortunada Manresa sin poner remedio. 700 a 800 casas redujéronse a pavesas o poco menos, incluso el edificio de las huérfanas, varios templos, dos fábricas de hilados de algodón, e infinitos talleres de galonería, velería y otros artefactos. Tampoco respetó el enemigo los hospitales, llevando el furor hasta arrancar de las camas a muchos enfermos y arrastrarlos al campamento. Solo se salvaron algunos en virtud de las sentidas plegarias que hizo el médico Don José Soler al general Salme, comandante de una de las brigadas de Harispe, recordándole el convenio estipulado entre los generales Saint-Cyr y Reding, convenio muy humano, y por el que los enfermos y heridos de ambos ejércitos debían mutuamente ser respetados y remitidos, después de la cura, a sus respectivos cuerpos. Los nuestros habían cumplido en todas ocasiones tan puntualmente con lo pactado que el general Suchet no puede menos de atestiguarlo en sus memorias,[*] (* Ap. n. 15-1.) diciendo: «Vimos en Valls muchos militares franceses e italianos heridos, y nos convencimos de la fidelidad con que los españoles ejecutaban el convenio.»
Véase, sin embargo, como eran remunerados. Los manresanos clamaron por venganza, y pidieron a Sarsfield y a Eroles que atacasen y destruyesen sin misericordia a los transgresores de toda ley, a hombres desproveídos de toda humanidad. Cerraron los nuestros contra la retaguardia enemiga, en donde iban los napolitanos bajo Palombini. Desordenados estos, rehiciéronse, mas Eroles cargando de firme los arrolló y vengó algún tanto los ultrajes de Manresa. Distinguiose aquí el después malaventurado D. José María Torrijos, entonces coronel y libre ya de las manos de los franceses, entre las que, según dijimos, había caído prisionero meses atrás.
Macdonald, con tropiezos y molestado siempre, prosiguió su ruta, padeciendo de nuevo bastante en un ataque que le dio, en el Coll de David, Don Manuel Fernández Villamil, comandante de Monserrat. A duras penas metiose en Barcelona el mariscal francés con 600 heridos, y una pérdida en todo de más de 1000 hombres. Harispe el 5 de abril volvió a Lérida yendo por Villafranca y Montblanch, no dejándole tampoco de inquietar por aquel lado Don José Manso, que de humilde estado ilustrábase ahora por sus hechos militares.
No solo a los manresanos, mas a toda Cataluña enfureció el proceder de los franceses en aquella marcha, y sobre todo la quema de una ciudad que en semejante ocasión no les había ofendido en nada. Encrueleciose de resultas la guerra, tuvo crecimientos la saña. Proclama de Campoverde. El marqués de Campoverde expidió una circular en que decía: «La conducta de los soldados franceses se halla muy en contradicción con el trato que han recibido y reciben de los nuestros... y la del mariscal Macdonald no se ajusta en nada con las circunstancias de su carácter de mariscal, de duque, ni de general que ha hecho la guerra a naciones cultas, que conoce el derecho de gentes, los sentimientos de la humanidad. No ha limitado su atrocidad este general a reducir a cenizas una ciudad inerme y que ninguna resistencia le ha opuesto, sino que, pasando de bárbaro a perjuro, no ha respetado el asilo de nuestros militares enfermos, transgrediendo la inviolabilidad del contrato formado desde el principio de la guerra.» Y después concluía Campoverde: «Doy... orden... a las divisiones y partidas de gente armada... mandándoles que no den cuartel a ningún individuo, de cualquiera clase que sea, del ejército francés que aprehendan dentro o a la inmediación de un pueblo que haya sufrido el saqueo, el incendio o asesinato de sus vecinos... y adoptaré y estableceré por sistema en mi ejército el justo derecho de represalia en toda su extensión.» Las obras siguieron a las palabras, y a veces con demasiado furor.
Movimientos de este general.
Antes desde Tarragona había dispuesto Campoverde realizar algunos movimientos. Tal fue el que en 3 de marzo mandó ejecutar a D. Juan Courten con intento de recobrar el castillo del Coll de Balaguer, lo cual no se consiguió, aunque sí el rechazar al enemigo de Cambrils hasta la Ampolla, con pérdida de más de 400 hombres. De mayor consecuencia hubiera sido a tener buen éxito otra empresa que el mismo general dirigió en persona, y cuyo objeto era la toma de Barcelona o a lo menos la de Monjuich. Intentose el 19 de marzo, y con antelación, por tanto, a la entrada de Macdonald en aquella plaza.
La comunicación de nuestros generales con lo interior del recinto era frecuente, facilitándola la línea que casi siempre ocupaban los españoles en el Llobregat, y la imposibilidad en que el enemigo estaba de tener ni siquiera un puesto avanzado sin exponerle a incesante tiroteo y pelea.
Tentativa malograda contra Barcelona.
Particular y larga correspondencia se siguió para apoderarse por sorpresa de Barcelona, y creyendo Campoverde que estaba ya sazonado el proyecto, se acercó a la plaza con lo principal de su fuerza, dividida entonces en tres divisiones, al mando de los jefes Courten, Eroles y Sarsfield. La vanguardia, en la noche del 19, llegó hasta el glacis de Monjuich, y hubo soldados que saltaron dentro del camino cubierto y bajaron al foso. Desgraciadamente, el gobernador de Barcelona, Maurice Mathieu, vigilante y activo, había tenido soplo de lo que andaba, y en vela, impidió el logro de la empresa. Los franceses castigaron a varios habitantes como a cómplices, arcabuceando en el glacis de la plaza el 10 de abril al comisario de guerra Don Miguel Alcina. En cuanto a Campoverde, tornó a Tarragona sin haber padecido pérdida, y antes bien Eroles escarmentó a los que quisieron incomodarle, obligándolos a encerrarse dentro de la plaza.
Sorpresa y toma de Figueras por los españoles.
Más feliz fue la tentativa de la misma clase ideada y llevada a cima contra el castillo de San Fernando de Figueras. Por aquella comarca, como en todo el Ampurdán y los lugares que le circundan, Fábregas, Llovera, Miláns a veces, Clarós, otros varios, y sobre todo Rovira, traían siempre a mal traer al enemigo e inquietaban la frontera misma de Francia. En medio del estruendo de las armas, un capitán llamado D. José Casas mantuvo inteligencia por el conducto de un estudiante, Juan Floreta, con Juan Marqués, criado de Bouclier, guarda del almacén de víveres del mencionado castillo o fortaleza, y principal autor de aquella idea. Entraron otros en el proyecto, entre ellos y como primeros confidentes Pedro y Ginés Pou o Pons, cuñados de Marqués. Todos se avistaron y arreglaron en varios coloquios el modo de abrir a los nuestros a favor de llave falsa, que de la poterna adquirieron por molde vaciado en cera, la entrada de punto tan importante, cuya guarda descuidaba el gobernador francés Guillot, confiado en lo inexpugnable del castillo y en la falta de recursos que tenían los españoles para atacarle. Convenidos pues el Casas y sus confidentes, enteraron de todo a Don Francisco Rovira, y este a Campoverde, mereciendo el plan la aprobación de ambos.
Inmediatamente ordenó el último a D. Juan Antonio Martínez, que reclutaba gente y la organizaba en el cantón de Olot, que se encargase, de acuerdo con Rovira, de la sorpresa proyectada, disponiendo, al propio tiempo, que el barón de Eroles se acercase al Ampurdán para apoyar la tentativa. El 6 de abril, sábado de Ramos, Martínez y Rovira salieron de Esquirol, cerca de Olot, con 500 hombres y pasaron a Ridaura. Aquí se les incorporaron otros 500, y el 7 llegaron todos a Oix, fingiendo que iban a penetrar en Francia. Prosiguieron el 8 su camino, y por Sardenas se enderezaron a Llerona, en donde permanecieron hasta el mediodía del 9. Lo próximos que estaban a la frontera la alborotó, y alucinó a los franceses en la creencia de que iban a invadirla. Diluviando y a aquella hora partieron los nuestros, y torciendo la ruta fueron a Vilarig, pueblo distante tres leguas de Figueras, y situado en una altura, término entre el Ampurdán y el país montañoso. Ocultos en un bosque aguardaron la noche, y entonces Rovira a fuer de catalán habló a los suyos y noticioles el objeto de la marcha, dándoles en ello suma satisfacción.
A la una de la mañana del 10, se distribuyeron en trozos y pusiéronse en movimiento. Casas, como más práctico, iba el primero. Dentro del castillo había 600 franceses de guarnición, en la villa de Figueras se contaban 700. Subió Casas con su tropa por la explanada frente del hornabeque de San Zenón, metiose por el camino cubierto y descendió al foso: sus soldados llevaban cubiertas las armas para que no relumbrasen si acaso había alguna luz, y se adelantaron muy agachados. Llegado que hubieron al foso, franquearon la entrada de la poterna con la llave fabricada de antemano, y embocáronse todos sin ser sentidos en los almacenes subterráneos, de donde pasaron a desarmar la guardia de la puerta principal. Siguieron al de Casas los otros trozos, y se desparramaron por la muralla, apoderándose de todos los puntos principales. Dresaire sorprendió el cuartel principal, Bon el de artillería, y Don Esteban Llovera cogió al gobernador en su mismo aposento. Apenas encontraron resistencia, y todo estaba concluido en menos de una hora, rindiéndose prisionera la guarnición.
Marcha a Figueras del barón de Eroles.
Martínez y Rovira, que se habían mantenido en respeto fuera en los arcos, o sea acueducto, se metieron también dentro, y con los que llegaron en breve compusieron unos 2600 hombres para guardar el castillo. Los franceses de la villa nada supieron hasta por la mañana, y no pudiendo remediar el mal, quedoles solo el duelo. De Martorell había el 9 partido Eroles para apoyar la sorpresa. Ocupa a Olot y Castelfullit. Diose el jefe español en su marcha tan buena diligencia que el 12 se posesionó de los fuertes que ocupaban los franceses en Olot y Castelfullit; les cogió 548 prisioneros, y reforzado, se dirigió en seguida a Lladó y penetró el 16 en Figueras, aniquilando al paso en la sierra de Puigventós un regimiento enemigo.
Estado crítico de los franceses.
Con la toma repentina de aquel castillo estremeciose Cataluña de alborozo y júbilo, figurándose que despuntaba ya la aurora de su libertad. Crítica por cierto era la situación de los franceses; Rosas mal provisto, Gerona y Hostalrich rodeados de bandas y somatenes, notable la deserción y no poco el espanto del soldado enemigo con la venganza del catalán, casi bravío después de la quema de Manresa.
Regía aquellas partes como antes el general francés Baraguey d’Hilliers, y no sobrándole gente en tal aprieto, abandonó varios puestos y algunos de consideración, así en lo interior como en la costa, señaladamente Palamós y Bañolas; llamó a sí al general Quesnel, próximo a sitiar la Seu de Urgel, y reconcentrando cuanto pudo sus fuerzas, apellidó a guerra hasta la guardia nacional francesa de la frontera, que esquivó entrar en España.
Grandes ventajas hubiera Campoverde podido sacar del entusiasmo de los nuestros, y del azoramiento y momentáneo apuro de los contrarios. Llegó la noticia de lo de Figueras a Macdonald, y conmoviole tanto que escribió a Suchet en 16 de abril desde Barcelona: «Que el servicio del emperador imperiosamente y sin dilación exigía los más prontos socorros, pues de otro modo estaba perdida la Cataluña superior... y que le enviase todas las tropas pertenecientes poco antes al 7.º cuerpo francés, y que acababan de agregarse al de Aragón.»
Va también Campoverde a Figueras.
Fuese descuido en Campoverde o carencia de recursos, no se aprovechó cual pudiera de acontecimiento tan feliz, obrando con lentitud. Supo el 12 de abril la toma de Figueras y no partió de Tarragona hasta el 20. Con mayor celeridad, probable era que hubiese impedido a Baraguey d’Hilliers la reconcentración de parte de sus fuerzas, dado impulso y mejor arreglo al levantamiento de los pueblos, y obligado a Suchet a venir hacia allí y diferir el sitio de Tarragona.
No consigue sino en parte socorrer el castillo.
Campoverde llegó el 27 a Vic. Le acompañaban 800 caballos y 2000 infantes que sacó de aquella plaza con 3000 hombres de la división de Sarsfield. Más de 4000 hombres de tropa reglada y somatenes guarnecían ya a Figueras, falta todavía de artilleros y de ciertos renglones de primera necesidad. Estaba circunvalada la plaza por 9000 bayonetas y 600 caballos enemigos, número que competía con el de los españoles y era superior en disciplina, si bien con la desventaja de dilatarse por un amplio espacio en rededor de la fortaleza, cortado el terreno al oeste con quebradas y estribos de montes.
En la noche del 2 al 3 de mayo se aproximó Campoverde, y al amanecer del 3 atacó por el camino real para meter el socorro dentro de Figueras. Sarsfield iba a la cabeza y rodeó la villa situada al pie de la altura en donde se levanta la fortaleza, rechazando a los jinetes enemigos que quisieron oponérsele. Al mismo tiempo Rovira, que anteriormente había salido del castillo, unido con otro jefe de nombre Amat, y mandando juntos unos 2000 hombres, llamaban la atención del enemigo por Lladó y Llers. Eroles, todavía dentro, trataba por su parte de ponerse en comunicación con Sarsfield haciendo pronta salida, y ya se miraba como asegurada la entrada del socorro sin pérdida ni descalabro alguno. Mas de repente los enemigos, que estaban muy apurados en la villa, se dirigieron al coronel de Alcántara Pierrard, emigrado francés, que desembocaba del castillo para ejecutar de aquel lado, y conforme a las órdenes de Eroles, la operación concertada, y le propusieron capitular. Engañado el coronel, anunció la propuesta a Campoverde que también cayó en el lazo, y suspendiendo este el ataque autorizó a dicho Pierrard para que concluyese el convenio pedido.
No era la demanda del enemigo sino un ardid de guerra. Cierto ahora del punto por donde se le acometía, quería dar largas para traer de la otra parte un refuerzo, como lo hizo, y seis cañones. El fuego de estos desengañó a Campoverde, atacando Sarsfield inmediatamente la villa de Figueras, lo mismo Eroles viniendo del castillo. Ya se hallaba el primero en las calles cuando le flanquearon por la derecha 4000 hombres que salieron de un olivar. Tuvo entonces que retirarse, y a dos de seis batallones dispersáronlos los dragones franceses. Campoverde, sin embargo, consiguió meter dentro de la fortaleza 1500 hombres escogidos y algunos renglones, pero no todo lo que deseaba, y a costa de perder varios efectos y 1100 hombres entre muertos, heridos y prisioneros. Con menos confianza y más decisión hubiera evitado tal menoscabo, y conseguido la completa introducción del socorro. A los franceses, que perdieron 700 hombres, les era quizá permitida, según leyes de la guerra, la treta que imaginaron: tocaba a Campoverde vivir sobre aviso.
La escuadra inglesa y algunos buques españoles recorrieron al propio tiempo la costa; tomaron y destruyeron barcos, arruinaron muchas baterías de la marina, malográndoseles una tentativa contra Rosas que se lisonjearon de tomar por sorpresa.
Vacilación de Suchet.
Faltaba ahora ver como Suchet obraría después de la pérdida tan grande para ellos de Figueras, y si arreglaría su plan a los deseos arriba indicados de Macdonald, o si se conformaría con las primeras órdenes del emperador que no previendo el caso había determinado se sitiase a Tarragona. Dudoso estuvo Suchet al principio; hasta que pesadas las razones por ambos lados, resolvió no apartarse de lo que de París se le tenía prevenido. Pensaba que Figueras acordonado se rendiría al fin, y que urgía e importaba sobremanera posesionarse de Tarragona, punto marítimo y base principal de las operaciones de los españoles en Cataluña. Las resultas probaron no era falso el cálculo, y menos descaminado: bien que para el acierto entró en cuenta el propio interés. En recuperar a Figueras ganaba solo Macdonald: acrecíase la gloria de Suchet con la toma de Tarragona. Así el primero tuvo que limitarse a sus únicas y escatimadas fuerzas para acudir a recobrar lo perdido, y el segundo se ocupó exclusivamente en adquirir, sin participación de otro, nuevos triunfos y preeminencias.
Medidas de precaución que toma en Aragón.
Antes de saber la sorpresa de Figueras, y luego que recibió la orden de Napoleón, preparose Suchet para el sitio de Tarragona, cuidando de dejar en Aragón y en las avenidas principales, tropa que en el intermedio mantuviese tranquilo aquel reino. Más de 40.000 combatientes juntaba Suchet con los 17.000 que se le agregaron de Macdonald. Tres batallones, un cuerpo de dragones y la gendarmería ocupaban la izquierda del Ebro; a Jaca y Benasque guardábanlos 1500 infantes, y había puntos fortificados que asegurasen las comunicaciones con Francia. El general Compère mandaba en Zaragoza, puesta en estado de defensa y guarnecida por cerca de 2000 infantes y dos escuadrones, extendiéndose la jurisdicción de este general a Borja, Tarazona y Calatayud, en cuya postrera ciudad fortificaron los enemigos y abastecieron el convento de la Merced, resguardados por dos batallones que gobernaba el general Ferrier. Cubría a Daroca y parte del señorío de Molina, fortalecido su castillo, el general Paris, teniendo a sus órdenes 4 batallones, 300 húsares y alguna artillería. En Teruel se alojaba el general Abbé con más de 3000 infantes, 300 coraceros y dos piezas; y se colocaron en los castillos de Morella y Alcañiz, 1400 hombres, así como 1200 de los polacos en Batea, Caspe y Mequinenza, favoreciendo estos últimos los transportes del Ebro. Excusamos repetir lo ya dicho arriba de las tropas dejadas en Tortosa y su comarca hasta la Rápita, embocadero de aquel río. Quedó además Chlopicki con 4 batallones y 200 húsares en el confín de Navarra, infundiendo siempre gran recelo al enemigo las excursiones de Espoz y Mina. Detenémonos a dar esta razón circunstanciada de las medidas preventivas que tomó Suchet, para que de ella se colija cuál era el estado de Aragón al cabo de tres años de guerra; de Aragón, de cuya quietud y sosiego blasonaba el francés. No hubiera sido extraño que hubiesen permanecido inmobles aquellos habitadores relazados así con castillos y puestos fortificados. Sin embargo, a cada paso daban señales de no estar apagada en sus pechos la llama sagrada que tan pura y brillante había por dos veces relumbrado en la inmortal Zaragoza.
Resuélvese a sitiar a Tarragona.
En fin, Suchet, tomadas estas y otras precauciones, y aseguradas las espaldas del lado de Aragón y Lérida, adelantose el 2 de mayo a formalizar el sitio de que estaba encargado, almacenando en Reus provisiones de boca y guerra en abundancia, y acompañado de unos 20.000 hombres.
Principia el cerco.
Forma Tarragona en su conjunto un paralelogramo rectángulo, situada la ciudad principal en un collado alto, cuyas raíces por oriente y mediodía baña el Mediterráneo. A poniente y en lo bajo está el arrabal, adonde lleva una cuesta nada agria, corriendo por allí el río Francolí, que fenece en la mar y se cruza por una puente de seis ojos sobrado angosta. Cabecera de la España citerior y célebre colonia romana, conserva aún Tarragona muchas antigüedades y reliquias de su pasada grandeza. No la pueblan sino 11.000 habitantes. La circuye un muro del tiempo ya de los romanos, cuyo lado occidental, destruido en la guerra de sucesión, se reemplazó después con un terraplén de 8 a 10 pies de ancho y cuatro baluartes, que se llaman, empezando a contar por el mar, de Cervantes, Jesús, San Juan y San Pablo. Por esta parte, que es la de más fácil acceso, y para cercar el arrabal, habíase construido otra línea de fortificaciones que partía del último de los cuatro citados baluartes, y se terminaba en las inmediaciones del fuerte de Francolí, sito al desaguadero de este río: varios otros baluartes cubrían dicha línea, y dos lunetas, de las que una nombrada del Príncipe, como también la batería de San José y dos cortaduras, amparaban la marina y la comunicación con el ya mencionado castillo de Francolí. En lo interior de este segundo recinto y detrás del baluarte de Orleans, colocado en el ángulo hacia la campiña, se hallaba el fuerte Real, cuadro abaluartado. Había otras obras en los demás puntos, si bien por aquí defienden principalmente la ciudad las escarpaduras de su propio asiento. Eran también de notar el fuerte de Lorito o Loreto, y en especial el del Olivo al norte, distante 400 toesas de la plaza sobre una eminencia. Tenía el último hechura de un hornabeque irregular con fosos por su frente y camino cubierto, aunque no acabado; en la parte interna y superior había un reducto con un caballero en medio y dos puertas o rastrillos del lado de la gola, la cual, escasa de defensas, protegían la aspereza del terreno y los fuegos de la plaza.
Necesitaba Tarragona, para ser bien defendida, que la guarneciesen 14.000 hombres, y solo tenía al principio del sitio 6000 infantes y 1200 milicianos, en cuyo tiempo la gobernaba Don Juan Caro, sucediendo a este, en fines de mayo, Don Juan Senén de Contreras. Era comandante general de ingenieros Don Carlos Cabrer, y de artillería Don Cayetano Saqueti.
Trataron los enemigos el 4 de mayo de embestir del todo la plaza. El general Harispe, acompañado del de ingenieros Rogniat, pasó el Francolí y caminó hacia el Olivo. Ofreciéronle los puestos españoles gran resistencia, y perdió la brigada del general Salme cerca de 200 hombres. Al mismo tiempo la de Palombini, que con la otra componía la división de Harispe, se prolongó por la izquierda y se apoderó del Lorito y del reducto vecino llamado del Ermitaño, abandonados ambos antes por los españoles como embarazosos. Colocó Harispe, además, tropas de respeto en el camino de Barcelona, próximo a la costa. Del lado opuesto y a la derecha de este general, se colocó Frère y su división, y en seguida Habert con la suya, frontero al puente del Francolí y apoyado en la mar, completándose así el acordonamiento.
El 5 hicieron los españoles cuatro salidas en que incomodaron al enemigo, y empezó la escuadra inglesa a tomar parte en la defensa. Constaba aquella de tres navíos y dos fragatas, a las órdenes del comodoro Codrington, que montaba el Blake, de 74 cañones.
Precaviéronse los franceses como para sitio largo, y en Reus, su principal almacenamiento, atrincheraron varios puestos y fortalecieron algunos conventos y grandes edificios, temerosos de los miqueletes y somatenes que no cesaban de amagarlos e incomodar sus convoyes.
Así fue que, el 6 de mayo, un cuerpo de aquellos acometió a Montblanch, punto tan importante para la comunicación entre Tarragona y Lérida, e intentó prender fuego al convento de la Virgen de la Sierra, que guardaba un destacamento francés. Emplearon los miqueletes al efecto, aunque sin fruto, la estratagema de cubrirse con unas tablas acolchadas para poder arrimarse a las puertas, imitando en ello el testudo de los antiguos. Los franceses de resultas reforzaron aquel punto.
Continuando los enemigos sus preparativos de ataque contra Tarragona, cortaron el acueducto moderno que surtía de agua a la ciudad, y que empezó a restablecer en 1782, aprovechándose de los restos del famoso y antiguo de los romanos, el digno arzobispo Don Joaquín de Santiyán y Valdivieso. No causó a Tarragona aquel corte privación notable, provista de aljibes y de un profundísimo pozo de agua no muy buena, pero potable y manantial. Más dañó al francés: los somatenes, sabiendo lo acaecido, hicieron cortaduras más arriba, y como aquellas aguas, necesarias por el abasto del sitiador, venían de Pont de Armentera junto al monasterio de Santas Cruces seis leguas distante, tuvo Suchet que emplear tropas para reparar el estrago, y vigilar de continuo el terreno.
Decidieron los franceses acometer a Tarragona por el Francolí, del lado del arrabal, ofreciéndoles los otros frentes mayores obstáculos naturales. Requeríase, sin embargo, en el que escogieron, comenzar por despejar la costa de las fuerzas de mar, con cuya mira trazaron allí el 8 y al cabo remataron, a pesar del fuego vivo de la escuadra inglesa, un reducto, sostenido después por nuevas baterías construidas cerca del embocadero del Francolí.
Llega Campoverde a Tarragona.
En lo interior de la plaza reinaba ánimo ensalzado, que se afirmó con la llegada el 10 del marqués de Campoverde, quien, noticioso de los intentos del enemigo, se había dado priesa a correr en auxilio de Tarragona. Vino por mar, procedente de Mataró, con 2000 hombres, habiendo dejado fuera la tropa restante bajo Don Pedro Sarsfield, con orden de incomodar a Suchet en sus comunicaciones.
Tenía el enemigo para asegurar su ataque contra el recinto que tomar primero el fuerte del Olivo, empresa no fácil. Le incomodaban mucho de este lado las incesantes acometidas de los españoles; por lo que, para reprimirlas y adelantar en el cerco, embistió en la noche del 13 al 14 unos parapetos avanzados que amparaban dicho fuerte. Los defendió largo tiempo Don Tadeo Aldea, y solo se replegó oprimido del número. En el Olivo, muy animosos los que le custodiaban, respondieron a cañonazos a la proposición que de rendirse les hizo el francés; y pensando Aldea en recobrar los parapetos perdidos, avanzó de nuevo y poco después en tres columnas. Los contrarios, que conocían la importancia de aquellas obras, habíanlas sin dilación acomodado en provecho suyo, y en términos de frustrar cualquiera tentativa. Acometieron sin embargo los nuestros con el mayor arrojo, y hubo oficiales que perecieron plantando sus banderas dentro de los mismos parapetos.
Por de fuera molestaban los somatenes el campo enemigo, y también se verificó el 14 un reconocimiento orilla de la mar, a las órdenes de Don José San Juan, protegido por la escuadra. Se encerraron los franceses en el reducto que habían construido, y apresurose a auxiliarlos el general Habert.
El mismo Don José San Juan destruyó el 18 parte de las obras que construía el sitiador a la derecha del Francolí, poniéndole en vergonzosa fuga y causándole una pérdida de más de 200 hombres. Señalose este día una mujer de la plebe conocida bajo el nombre de la Calesera de la Rambla. Multiplicáronse las salidas con más o menos fruto, pero con daño siempre del sitiador.
No descuidó Don Pedro Sarsfield desempeñar el encargo que se le había encomendado de llamar a sí y atraer lejos de la plaza al enemigo. El 20 se colocó en Alcover, y tuvieron los franceses que acudir con bastante fuerza para alejarle, costándoles gente su propósito. Tres días después, incansable Sarsfield se enderezó a Montblanch y puso en aprieto al jefe de batallón Année, que allí mandaba; y si bien se libró este, socorrido a tiempo, viose Suchet en la necesidad de abandonar aquel punto, a cada paso acometido.
Atacan y toman los franceses con dificultad el fuerte del Olivo.
Ahora fijose el francés en tomar el fuerte del Olivo, y con tal intento abrió la trinchera a la izquierda de los parapetos que poco antes había ganado, dirigiéndose a un terromontero distante 60 toesas de aquel castillo. Adelantó en su trabajo dificultosamente por encontrar con peña viva. Al fin terminó el 27 cuatro baterías, que no pudo armar hasta el 28, teniendo los soldados que tirar de los cañones a causa de lo escabroso de la subida. Cada paso costaba al sitiador mucha sangre; y en aquella mañana la guarnición del fuerte, haciendo una salida de las más esforzadas, atropelló a sus contrarios y los desbarató. Para infundir aliento en los que cejaban, tuvo el general francés Salme que ponerse a la cabeza, y víctima de su valerosa arrogancia, al decir adelante, cayó muerto de un metrallazo en la sien.
Vueltos en sí los franceses a favor de auxilios que recibieron, comenzaron el fuego contra el Olivo el mismo día 28. Aniquilábalos la metralla española hasta que se disminuyó su estrago con el desmontar de algunas piezas, y la destrucción de los parapetos. En el ángulo de la derecha del fuerte aportillaron los enemigos brecha sin que por eso arriesgasen ir al asalto. Los contenía la impetuosidad y el coraje que desplegaba la guarnición.
A lo último, desencabalgadas el 29 todas las piezas y arruinadas nuestras baterías, determinaron los sitiadores apoderarse del fuerte, amagando al mismo tiempo los demás puntos. La plaza y las obras exteriores respondieron con tremendo cañoneo al del campo contrario, apareciendo el asiento en que a manera de anfiteatro descansa Tarragona como inflamado con las bombas y granadas, con las balas y los frascos de fuego. Tampoco la escuadra se mantuvo ociosa, y arrojando cohetes y mortíferas luminarias, añadió horrores y grandeza al nocturnal estrepitoso combate.
Precedido el enemigo de tiradores, acorrió por la noche al asalto distribuido en dos columnas: una destinada a la brecha, otra a rodear el fuerte y a entrarle por la gola.
Tuvo en un principio la primera mala ventura. No estaba todavía la brecha muy practicable, y resultando cortas las escalas que se aplicaron, necesario fue para alcanzar a lo alto que trepasen los soldados enemigos por encima de los hombros de un camarada suyo que atrevidamente y de voluntad se ofreció a tan peligroso servicio.
Burláronse los españoles de la invención, y repeliendo a unos, matando a otros y rompiendo las escalas, escarmentaron tamaña osadía. En aquel apuro favorecieron al francés dos incidentes. Fue uno haber descubierto de antemano el italiano Vacani, ingeniero y autor diligente de estas campañas, que por los caños del acueducto que antes surtían de agua al fuerte y conservaron malamente los españoles, era fácil encaramarse y penetrar dentro. Ejecutáronlo así los enemigos, y se extendieron lo largo de la muralla antes que los nuestros pudiesen caer en ello.
No aprovechó menos a los contrarios el otro incidente, aún más casual. Mudábase cada ocho días la guarnición del Olivo; y pasando aquella noche el regimiento de Almería a relevar al de Iliberia, tropezó con la columna francesa que se dirigía a embestir la gola. Sobresaltados los nuestros y aturdidos del impensado encuentro, pudieron varios soldados enemigos meterse en el fuerte revueltos con los españoles; y favorecidos de semejante acaso, de la confusión y tinieblas de la noche, rompieron luego a hachazos junto con los de afuera una de las dos puertas arriba mencionadas, y unidos unos y otros, dentro ya todos, apretaron de cerca a los españoles y los dejaron, por decirlo así, sin respiro, mayormente acudiendo a la propia sazón los que habían subido por el acueducto, y estrechaban por su parte y acorralaban a los sitiados. Sin embargo, estos se sostuvieron con firmeza, en especial a la izquierda del fuerte y en el caballero, y vendieron cara la victoria disputando a palmos el terreno y lidiando como leones, según la expresión del mismo Suchet.[*] (* Ap. n. 15-2.) Cedieron solo a la sorpresa y a la muchedumbre, llegando de golpe con gente el general Harispe, el cual estuvo a pique de ser aplastado por una bomba que cayó casi a sus pies. Perecieron de los franceses 500, entre ellos muchos oficiales distinguidos. Perdimos nosotros 1100 hombres: los demás se descolgaron por el muro y entraron en Tarragona. Rindiose Don José María Gámez, gobernador del fuerte; pero traspasado de diez heridas, como soldado de pecho. Infiérase de aquí cuál hubiera sido la resistencia sin el descuido de los caños, y el fatal encuentro del relevo. Ciega iracundia, no valor verdadero, guiaba en la lucha a los militares de ambos bandos. Dícese que el enemigo escribió en el muro con sangre española: «vengada queda la muerte del general Salme», inscripción de atroz tinta, no disculpable ni con el ardor que aún vibra tras sañuda pelea.
En la misma noche providenciaron los franceses lo necesario a la seguridad de su conquista, y por tanto inútil fue la tentativa que para recobrarle practicó al día siguiente Don Edmundo O’Ronani en cuya empresa se señaló de un modo honroso el sargento Domingo López.
Mucho desalentó la pérdida del Olivo, sin que bastasen a dar consuelo 1600 infantes y 100 artilleros poco antes llegados de Valencia, y unos 400 hombres que por entonces vinieron también de Mallorca. Habíase pregonado como inexpugnable aquel fuerte, y su toma por el enemigo frustró esperanzas sobrado halagüeñas.
Sale Campoverde de la plaza. Se encarga el mando de ella a D. Juan Senén de Contreras.
Juntó en su apuro el marqués de Campoverde un consejo de guerra, en cuyo seno se decidió que dicho general saliese de Tarragona, como lo verificó el 31 de mayo. Antes de su partida encargó la plaza a Don Juan Senén de Contreras, enviando en comisión a Valencia en busca de auxilios a Don Juan Caro. Contreras acababa de llegar de Cádiz, y siendo el general más antiguo no pudo eximirse de carga tan pesada. Parécenos injusto que, perdido el Olivo y a mitad del sitio, se impusiese a un nuevo jefe responsabilidad que más bien tocaba al que desde un principio había gobernado la plaza. Hasta el mismo Caro debiera en ello haberse mirado como ofendido. No obstante nadie se opuso, y todos se mostraron conformes. Incumbió a Don Pedro Sarsfield la defensa del arrabal de Tarragona y de su marina, encargándose el barón de Eroles, que había salido de Figueras, de la dirección de las tropas que antes capitaneaba aquel del lado de Montblanch. Campoverde, fuera ya de la plaza, situó en Igualada sus reales el 3 de junio. Salieron también de la ciudad muchos de los habitantes principales huyendo de las bombas y de las angustias del sitio. Habíalo antes verificado la junta y trasladádose a Monserrat, pues, como autoridad de todo el principado, justo era quedase expedita para atender a los demás lugares.
Dueños los franceses del Olivo, empezaron su ataque contra el cuerpo de la plaza, abrazando el frente del recinto que cubría el arrabal, y se terminaba de un lado por el fuerte de Francolí y baluarte de San Carlos, y del otro por el de Orleans, que llamaron de los Canónigos los sitiadores.
Abrieron estos la primera paralela a 130 toesas del baluarte de Orleans y del fuerte de Francolí, la cual apoyaba su derecha en los primeros trabajos concluidos por el francés en la orilla opuesta del río, amparando la izquierda un reducto: establecieron también por detrás una comunicación con el puente del Francolí y con otros dos que construyeron de caballetes, validos de lo acanalado de la corriente.
En la noche del 1.º al 2 de junio habían los sitiadores comenzado los trabajos de trinchera, y los continuaron en los días siguientes sin que los detuviesen las salidas y fuego de los españoles. Zanjaron el 6 la segunda paralela, que llegó a estar a 30 toesas del fuerte de Francolí, batiendo en brecha sus muros al amanecer del 7. Lo mandaba Don Antonio Roten, quien se mantuvo firme y con gran denuedo. Al caer de la tarde apareció practicable la brecha, y los enemigos se dispusieron a dar el asalto a las diez de la noche. Juzgó prudente el gobernador de la plaza Senén de Contreras que no se aguardase tal embestida, y por eso Roten, conformándose con la orden de su jefe, evacuó el fuerte y retiró la artillería.
Prosiguiendo también los franceses en adelantar por el centro la segunda paralela, se arrimaron a 35 toesas del ángulo saliente del camino cubierto del baluarte de Orleans. Incomodábalos sobremanera el fuego de la plaza, y a punto de acobardar a veces a los trabajadores o de entibiar su ardor. Así fue que en la noche del 8 al 9 yacían rendidos de cansancio y del mucho afán, a la sazón que 300 granaderos españoles hicieron una salida y pasaron a degüello a los más desprevenidos. No menos dichosa resultó otra que del 11 al 12 dirigió en persona con 3000 hombres Don Pedro Sarsfield, comandante, según queda dicho, del arrabal y frente atacado. Ahuyentó a los trabajadores, destruyó muchas obras, y llevolo todo a sangre y fuego. En este trance, como en otros anteriores y sucesivos, distinguiéronse varios vecinos y hasta las mujeres, que no cesaron de llevar a los combatientes refrigerantes y auxilios en medio de las balas y las bombas.
Reparado el mal que se le había causado, tuvo el francés ya el 15 trazados tres ramales delante de la segunda paralela; uno dirigido al baluarte de Orleans, otro a una media luna inmediata llamada del Rey, y el tercero al baluarte de San Carlos, logrando coronar la cresta del glacis. Comprendían los sitiadores en el ataque la luneta del Príncipe, al siniestro costado del postrer baluarte, la cual acometieron en la noche del 16. Mandaba por parte de los españoles Don Miguel Subirachs. Se formaron los franceses para asaltar dicha luneta en dos columnas; una de ellas debía embestir por un punto débil a la izquierda, en donde el foso no se prolongaba hasta el mar, y la otra por el frente. Inútiles resultaron los esfuerzos de la última, estrellándose contra el valor de los españoles, a manos de los cuales pereció el francés Javersac, que la comandaba, y otros muchos. Al revés la primera, pues favorecida de lo flaco del sitio entró en la luneta, pereciendo 100 de nuestros soldados, quedando varios prisioneros, y refugiándose los demás en la plaza. A estos los siguieron los enemigos, quienes, con el ímpetu, se metieron por la batería de San José y cortaron las cuerdas del puente levadizo. En poco estuvo no penetrasen en el arrabal: impidiolo un socorro llegado a tiempo que los repelió.
Encarnizada defensa de los españoles.
Con la posesión de la luneta del Príncipe cerró el sitiador cada vez más el frente atacado. Por ambas partes se encarnizaba la lucha, brillando el denuedo de los nuestros, ya que no siempre el acierto en la defensa. Tan enconados andaban los ánimos de unos y otros que acompañaban a la pelea palabras injuriosas y desaforados baldones. La matanza crecía en grado sumo, y por confesión misma de los franceses, nada ponderativos en sus propias pérdidas, contaban ya en el estado actual del sitio [el 16 de junio] entre muertos y heridos un general, 2 coroneles, 15 jefes de batallón, 19 oficiales de ingenieros, 13 de artillería, 140 de las demás armas, en fin con los soldados 2500 hombres. Y todavía tenían que apoderarse del arrabal, y empezar después el acometimiento contra la ciudad.
Tropas que llegan de Valencia.
Dos días antes, el 14 de junio, había llegado a Tarragona Don José Miranda con una división de Valencia, compuesta de más de 4000 hombres armados y de unos 400 desarmados. Los últimos se equiparon y quedaron en la plaza. Los otros, con su jefe, siguieron y tomaron tierra en Villanueva de Sitges, juntándose el 16 en Igualada con el marqués de Campoverde. Reunía este, asistido de tan buen refuerzo, 9456 infantes y 1183 caballos, y, en consecuencia, se determinó a maniobrar en favor de la ciudad sitiada.
Diversión de Eroles y otros fuera de la plaza.
Por aquellos días el barón de Eroles, que obraba unido a Campoverde, atacó cerca de Falset un gran convoy enemigo, y cogiole 500 acémilas. Poco antes, hacia Mora de Ebro, en Gratallops, Don Manuel Fernández Villamil rodeó igualmente un grueso destacamento a las órdenes del polaco Mrozinski, y acabó con 300 de sus soldados entre muertos, heridos y prisioneros, obligando al resto de ellos a encerrarse en la ermita de la Consolación, de donde vinieron a sacarlos dificultosamente tropas suyas de Mora.
Pérdidas diarias de esta clase fueron parte para que Suchet llamase la brigada de Abbé y un regimiento que había enviado a observar a Eroles, a Villamil y otros jefes la vuelta de Mora y Falset, y también para que procurase acelerar la conquista de Tarragona, alterándole pensamientos varios en vista de la enérgica bizarría de la guarnición y del aumento de las fuerzas de Campoverde, y muestras que daba este de moverse.
El 18 de junio tenía el sitiador concluida la tercera paralela, y emprendió la bajada al foso enfrente del baluarte de Orleans, perfeccionando las obras de ataque por los demás puntos. En la mañana del 21 empezó a batir el muro; y a las cuatro de la tarde aparecieron abiertas tres brechas; dos en los baluartes de Orleans y San Carlos, la otra en el fuerte Real, aunque colocado detrás: lo mal parado del terraplén facilitó al enemigo su progreso.
Hasta ahora había defendido el arrabal, desde los primeros días de junio, Don Pedro Sarsfield, portándose con valor e inteligencia. Pero el 21, día mismo del ataque, como hubiese Campoverde pedido al gobernador que le enviase para mandar una división a Roten o al citado Sarsfield, escogió Contreras al último, y le hizo salir de la plaza en el momento en que ya el enemigo había dado principio a su acometida. Inexplicable proceder y de consecuencias inmediatas y desastradas. Porque, si bien se puso a la cabeza del punto atacado Don Manuel Velasco, oficial intrépido y entendido, sábese cuánto perjudica al buen éxito de todo combate la mudanza repentina de jefe.
Toman los franceses el arrabal.
A las siete de la tarde caminó el enemigo al asalto en tres trozos: contra el baluarte de Orleans, el de San Carlos, y el lado de la marina; llevaba todas sus reservas.
No obstante una vigorosa resistencia, se metieron los franceses en el baluarte de Orleans, deteniéndolos buen rato en la gola los españoles, de los que muchos fueron allí pasados por la espada. Y sin vengarse cual pudieran, no habiendo encendido a tiempo dos hornillos ya cargados. Se apoderaron también los enemigos de los demás puntos, hasta del fuerte Real, por escalada, estando aún la brecha poco practicable. Hacia la marina rechazó Velasco los primeros ataques, sostúvose con notable esfuerzo, y no se retiró sino cuando avanzaron por el flanco los franceses que venían de los baluartes de San Carlos y de Orleans. Contreras, puesto en lo alto del muro de la ciudad, tomó precauciones para evitar cualquiera sorpresa de aquel segundo recinto, y logró que Velasco y los suyos se salvasen entrando por la puerta de San Juan. Dispararon los ingleses andanadas de todos sus buques, que no hicieron gran mella en el enemigo. Nosotros perdimos 500 hombres, no pocos se ocultaron, y a la deshilada se guarecieron sucesivamente en la ciudad. Mataron los acometedores a muchos vecinos del arrabal, sin distinción de sexo. Quemaron almacenes en el puerto y, dueños del muelle, incomodaron en breve el embarcadero del Milagro que ahora servía para las comunicaciones de mar. Ufanos los franceses con el buen suceso de su ataque, hicieron señales a la plaza por ver si el gobernador quería entrar en capitulación; pero este las desdeñó con altanero silencio.
Ofendiose Suchet, y la misma noche del 21 al 22 dispuso que se abriese la primera paralela contra la ciudad, apoyando la izquierda en el baluarte llamado Santo Domingo, y la derecha en el mar. No le restaba ya al enemigo que vencer sino este último recinto, sencillo y débil.
Quejas contra Campoverde.
Los habitadores de Tarragona, Senén de Contreras, la junta de Cataluña, en una palabra todos murmuraban y quejábanse amargamente del marqués de Campoverde, cuya inacción la echaban algunos a mala parte. Se figuraban ser superiores a lo que lo eran en realidad las tropas que aquel mandaba, y por el contrario disminuían en su imaginación sobradamente las de los franceses. Contribuyó al común error el mismo Campoverde por sus ofertas y encarecimientos: también Contreras, que en vez de obrar, consumía a veces el tiempo propalando indiscretamente que la plaza tendría luego que rendirse si en breve no era socorrida.
Tentativa infructuosa de este para socorrer la plaza.
Cediendo, en fin, Campoverde al clamor universal y al propio impulso, resolvió hacer el 25 de junio una tentativa contra los sitiadores. En su virtud Don José Miranda, al frente de la división valenciana y de 1000 infantes de la de Eroles, con 700 caballos, fue destinado a atacar los campamentos franceses de Hostalnou y Pallaresos, al paso que Campoverde debía situarse a la izquierda en el Callas para sostener la columna de ataque, y favorecerla además por medio de un falso movimiento al cargo de Don José María Torrijos.
En espera de los nuestros, reunió Suchet sin alejarse sus principales fuerzas, contando con que se le atacaría del lado de Villalonga. Excusada era tanta prevención. Miranda no desempeñó su encargo so pretexto de que no conocía el terreno, y alegando dudas y temores que no le ocurrieron la víspera, y para las que no había nueva razón. Un escarmiento ejecutivo y severo hubiera servido en este caso de lección provechosa, y estorbado la repetición de actos tan indignos del nombre español. Lavó hasta cierto punto la mancha Don Juan Caro, de vuelta de Valencia, sorprendiendo y acuchillando en Torredenbarra a unos 200 franceses. Mas se perdió la ocasión de aliviar a Tarragona, y Campoverde, aunque mal de su grado, tiró la vuelta del Vendrell.
Tropas inglesas que se presentan delante del puerto.
Parecía, sin embargo, no estar todo aún perdido. El 26 llegaron delante de Tarragona, procedentes de Cádiz, 1200 ingleses al mando del coronel Skerret. Estas tropas, ya uniéndose a Campoverde, o ya reforzando la plaza, hubieran sido de gran provecho, no tanto por su número, cuanto por los alientos que infundiesen con su presencia. Mas cuando la suerte va de caída, esperada ventura cámbiase en aguda desdicha, Skerret y otros jefes británicos tomaron tierra, y después de examinar el estado de la plaza mostráronse muy abatidos. Contreras viendo esto, si bien le dijeron aquellos que se hallaban prontos a obedecerle, no quiso forzarles la voluntad, y dejó a su arbitrio desembarcar o no su gente. No desembarcan. Entonces los jefes ingleses se decidieron por mantenerla a bordo, y de consiguiente en mala hora aparecieron en las playas de Tarragona, trastornando del todo con semejante determinación ánimos ya muy inquietos después de las precedentes desgracias.
Otras ocurrencias desgraciadas.
Otra ocurrencia había aumentado antes dentro de la plaza la desunión y discordia. Mal avenido Campoverde con Senén de Contreras a causa de continuos e indiscretos razonamientos de este, le escribió para que si no estaba contento se desistiese del mando, previniendo al propio tiempo a Don Manuel Velasco le tomase en caso de la dejación de Contreras, o en cualquiera otro en que el último tratara de rendirse. Comunicó igual orden a los demás jefes, autorizándolos a nombrar gobernador si Velasco no aceptase el cargo. Conformábase la resolución de Campoverde con una circular de la regencia de principios de abril, aprobada por las cortes, según la cual se mandaba que en tanto que hubiese en una plaza un oficial que opinase por la defensa, aunque fuese el más subalterno de la guarnición, no se capitularía, y que por el mismo hecho se encargase dicho oficial del mando. Habíase originado esta providencia de lo que pasó con Imaz en Badajoz. Pero en Tarragona no se estaba en el mismo caso. Contreras no pensaba en rendirse, y justo es decir que sobrábanle bríos y honra para cometer villanía alguna. Era solo hombre de mal contentar, presuntuoso, y que usaba con poco recato de la palabra y de la pluma. En este lance, altamente ofendido, lejos de despojarse del gobierno dio a Velasco pasaporte para que saliese de Tarragona y se incorporase al cuartel general. Privábase así a la plaza de buenos oficiales, nacían partidos, y desmayaban hasta los más firmes.
Baten los franceses la ciudad.
Provechoso lucro para el francés. Avivaba este sus obras, y estableciendo la 2.ª paralela a 60 toesas de la plaza, o sea del último recinto que era el atacado, tuvo prontas y armadas en la noche del 27 al 28 las baterías de brecha. Sabedor Suchet de la llegada de los ingleses, apremiábale posesionarse de Tarragona. Estaba distante de imaginar que la presencia de aquellas tropas fuese nuevo agasajo que le hacía la fortuna. Abrieron los sitiadores temprano el fuego en la mañana del 28, intentando principalmente aportillar el muro en la cortina del frente de San Juan por el ángulo que forma con el flanco izquierdo del baluarte de San Pablo. El terreno es de piedra sin foso ni camino cubierto.
Correspondieron los nuestros a los fuegos enemigos de un modo terrible y acertado, y destruyéndoles los espaldones de las baterías, dejaron en descubierto a sus artilleros y mataron a muchos. Por nuestra parte hubo la desgracia de volarse un repuesto de pólvora en el estrecho baluarte de Cervantes, y de que se apagasen sus fuegos. Mortíferos continuaban en los otros puntos, mas, recio el enemigo en asestar furibundos tiros contra el lienzo de la muralla que quería rasgar, empezó a conseguirlo y franqueó al fin anchuroso boquerón.
La asaltan.
A las cinco de la tarde conceptuaron los sitiadores practicable la brecha, y dispuso Suchet el asalto bajo las órdenes de los generales Habert, Ficatier y Montmarie. También Senén de Contreras se preparó a recibir y rechazar a los franceses en la misma brecha, y aun a defenderse dentro de las calles, cortadas varias y señaladamente la rambla. 8000 hombres de buenas tropas le quedaban, y con ellas y alguna ayuda del vecindario podría Tarragona durante muchos días repetir el ejemplo de Gerona y Zaragoza. La suerte adversa determinó lo contrario. El gobernador español formó en frente de la brecha dos batallones de granaderos provinciales y el regimiento de Almería, y dio a sus jefes acertadas órdenes. Quizá hubiera debido Contreras agolpar allí más gente, y no esparcirla como lo hizo por otros puntos que no estaban amagados.