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Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (4 de 5)

LIBRO DECIMOQUINTO. (continued 2)

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La entran.

Abalanzose pues el enemigo desde la trinchera contra la brecha. A los primeros acometedores derríbalos la metralla que vomitan nuestras piezas, los reemplazan otros y caen también o vacilan; acude la reserva, los ayudantes mismos de Suchet y hasta se forma para dar ejemplo un batallón de oficiales, que todo se necesitaba, arredrado el soldado francés con el arrojo y serenidad que muestran los españoles. Una y más veces se rompen las columnas enemigas, y una y más veces se rehacen y quedan desbaratadas. A cabo de dura porfía y a favor del número, suben los franceses a la brecha y penetran en la cortina y baluarte de San Pablo, procurando extenderse a manera de relámpago por lo largo del adarve.

Gloriosa resistencia de los sitiados.

Así lo tenía proyectado el general enemigo con mucha prudencia, pues dueños los suyos de todo el circuito del muro, sobrecogían a los sitiados e imposibilitaban probablemente la defensa interior de la ciudad. Sin embargo en las cortaduras de la rambla resistió valerosamente el regimiento de Almansa los ímpetus de los contrarios, y solo cedió al verse flanqueado y acometido por la espalda. Furibundo el francés penetró a lo último por todas partes, pilló, quemó, mató, violó, arreboló con sangre las calles y edificios de Tarragona.

Muerte de D. José González.

En las gradas de la catedral murió defendiéndose, con otros hombres esforzados, D. José González, hermano del marqués de Campoverde. Senén de Contreras herido en el vientre de un bayonetazo cayó prisionero en la puerta de San Magín. Horrible matanza. Perecieron más de 4000 personas del vecindario, ancianos, religiosos, mujeres y hasta los más tiernos párvulos, porque si bien muchos de los principales moradores habían desamparado la plaza antes del asalto, la masa de la población habíase quedado a guardar sus hogares. Entre varios objetos de curiosidad e importancia que se destruyeron, contose el archivo de la catedral. De los soldados quedaron prisioneros, incluyendo los heridos de los hospitales, 7800: los generales Courten, Cabrery y otros oficiales superiores fueron de este número. Hubo tropas que intentaron escaparse por la puerta de San Antonio camino de Barcelona, pero el general Harispe, apostado hacia aquella parte, los envolvió o acosó contra la plaza.

Reflexiones.

Cometieron los españoles en la defensa diversas faltas. Fueron las de Campoverde no perfeccionar de antemano las fortificaciones, mudar de gobernador a mitad del sitio, y ofrecer confiadamente socorro para después no proporcionarle. Reprenderse deben en Contreras sus piques y quisquillas, sus manejos para malquistar al pueblo contra los demás jefes, lastimosas ocupaciones en que perdía el tiempo con desdoro suyo y en perjuicio de la causa que sostenía. Descansó también sobradamente en los auxilios que esperaba de fuera, y aunque oficial de saber y práctico, anduvo a veces desatentado en el modo de repeler las acometidas del enemigo o de preverlas. Una voluntad única y sola de inflexible entereza, y superior a celosas y míseras competencias, retardado hubiera los ataques del sitiador, y aun inutilizado varias de sus tentativas.

Con todo eso, la defensa de Tarragona, plaza de suyo irregular y defectuosísima, honró a nuestras armas y afianzará por siempre a Contreras un puesto glorioso en los fastos militares de España. El enemigo, para apoderarse de aquel recinto, tuvo que abrir nueve brechas, dar cinco asaltos, y perder según su propia cuenta 4293 hombres, pues según la de otros pasaron de 7000.

Suerte de Contreras y noble respuesta.

Llevado Don Juan Senén de Contreras en unas angarillas delante de Suchet, reprochole este lo pertinaz de la resistencia y díjole: «que merecía la muerte por haber prolongado aquella más allá de lo que permiten las leyes de la guerra, y por no haber capitulado abierta la brecha.» Con dignidad le replicó Don Juan: «Ignoro qué ley de guerra prohíba resistir al asalto, además esperaba socorros: mi persona debe ser inviolable como la de los demás prisioneros. La respetará el general francés; donde no, el oprobio será suyo, mía la gloria.» Suchet tratole después con atenta cortesanía, agasajole y le hizo muchos ofrecimientos para que pasase al servicio del rey intruso. Desecholos Contreras, y de resultas le condujeron al castillo de Bouillon en los Países Bajos, de cuyo encierro logró escaparse, no habiendo nunca empañado su palabra de honor.

Ceremonia religiosa a la que asiste Suchet.

Suchet bajo palio y a pie fue en Reus a la iglesia a dar gracias al Todopoderoso por el triunfo que le había concedido con la toma de Tarragona. En vez los invasores de granjearse con eso las voluntades, las enajenaban más y muy mucho, pues el religioso pueblo, aquí como en otras partes que ya hemos visto, calificaba tales actos de sacrílego fingimiento y mera juglería. Y a la verdad, ¿cómo pudiera graduarlos de otro modo, recordando que días antes, en Tarragona, los mismos que ahora se mostraban tan píos y devotos, habían prostituido los templos, profanado los sagrarios, quemado los óleos, pisoteado las formas? No cuadran con la gravedad y pausa española tránsitos tan repentinos y contradictorios, ni engaños tan mal solapados.

Difundida en Cataluña la nueva de la pérdida de Tarragona, se apoderó de los ánimos exasperación y desmayo. Cundió el mal al ejército y notose mucha deserción, porque los catalanes que en él había preferían la guerra de somatenes a la de tropa reglada, poniendo además en sus propios jefes mayor confianza que en los forasteros, y los que eran valencianos, ansiando por volver a defender su propio suelo que creían amenazado, reclamaban la promesa que les habían hecho de un pronto retorno. Acrecentaban tal inclinación las mismas medidas de Campoverde, fuera de sí y apesarado con los infortunios. Resuelve Campoverde evacuar el principado. Yendo el 1.º de julio de Igualada a Cerveram congregó un consejo de guerra en el que por cuatro votos de siete se decidió la evacuación del principado, dejando solo en la tierra guerrillas de catalanes. Inconcebible resolución cuando se conservaba aún Figueras, e intactas las plazas de Berga, Cardona y Seo de Urgel.

Deserción.

Con ella se aumentó la deserción, insistiendo ahincadamente el general Miranda en su embarco y vuelta a Valencia, temeroso de que se alejase el ejército de los confines de este reino al retirarse de Cataluña. No se oponían Campoverde ni los otros jefes a tan justo deseo, en todo conforme a lo que se había ofrecido al capitán general de Valencia, pero dificultades casi insuperables estorbaron en un principio darle cumplimiento, habiendo Suchet extendido sus tropas lo largo de la costa hasta Barcelona.

Suchet pasa a Barcelona.

En efecto, el general francés, con el propósito de impedir el embarco de los valencianos, y aun con el de disipar si podía el ejército de Campoverde, después de haber ordenado en Tarragona lo más urgente, destacó en la noche del 29 al 30 dos divisiones camino de la capital del principado, y marchó también él en la misma dirección con una brigada y la caballería. Cañoneole la escuadra inglesa en la ruta, mas no evitó que en Villanova de Sitges cogiese el francés algunos barcos, bastantes heridos y partidas sueltas. Señaló el general Suchet su viaje con reprehensibles actos. Actos suyos crueles. Cogió en Molins de Rey algunos prisioneros, soldados todos y entre ellos a uno de 25 años de servicio, y mandolos ahorcar. Hincados de rodillas pidiéronle aquellos desgraciados que tuviese consideración al uniforme que vestían, mas Suchet implacable mandó ejecutar su fallo, y la misma suerte cupo a varios paisanos y mujeres. En vano creía abatir con el rigor al indómito catalán. Don José Manso, a cuyo cuerpo pertenecían aquellos soldados, hizo en consecuencia una enérgica declaración, y ahorcó a seis de los enemigos que había cogido prisioneros. Embaza tanta sangre.

Toma Suchet a Tarragona.

Noticioso Suchet de que Campoverde se internaba, no dando ya indicio de querer embarcar a los valencianos, limitose a visitar la ciudad de Barcelona y a tomar ciertas medidas para la prosecución de la campaña de acuerdo con el gobernador Maurice Mathieu, y tornó en seguida a Tarragona. Aquí puso la plaza y su campo bajo las órdenes del general Musnier, y aseguró aún más las riberas del Ebro y la ciudad de Tortosa con la división del general Habert, en tanto que él se preparaba a nuevas empresas.

Desiste Campoverde de evacuar el principado.

Por su lado Campoverde, adelante en el propósito de evacuar la Cataluña, encaminábase a Agramunt para salvarse por las raíces del Pirineo. La deserción de su gente y los clamores del principado le detuvieron. A dicha ocurrió en el intermedio que Suchet se replegase sobre Tarragona, y dejase libre y despejada la costa. Campoverde, aprovechándose de tan oportuna clara, se dirigió a la marina Se embarcan los valencianos. y sin tropiezo consiguió embarcar el 8 de julio en Arenys de Mar la división valenciana. Púsose a bordo toda ella excepto unos 500 hombres que, disgustados de no tornar a su país nativo, se habían derramado por Aragón y juntádose a Mina y otras partidas. Advertido Suchet del movimiento de Campoverde, revolvió apriesa sobre Barcelona, en donde entró el 9, partiendo inmediatamente Maurice Mathieu para oponerse a los intentos que mostraba el general español. Llegó tarde el francés, pues los valencianos habían ya dado la vela.

Sucede a Campoverde en el mando D. Luis Lacy.

Habíase al propio tiempo alejado Campoverde, tomando el camino de Vic; en esta ciudad se encontró con un sucesor que le enviaba de Cádiz la regencia, con Don Luis Lacy, a quien entregó el mando en 9 de julio. Perdido ya aquel general en la opinión y desestimado, menester le era ceder el puesto a un nuevo jefe. En tiempos ásperos y de revuelta aceleradamente se gasta el crédito, que a duras penas mantiene propicia y constante fortuna.

Lacy y la junta del principado en Solsona. Su buen ánimo.

Viendo Lacy que el general Suchet daba traza de perseguirle, salió de Vic y pasó a Solsona, adonde le siguió la junta del principado, la cual, después de la pérdida de Tarragona, había desamparado a Monserrat. En los nuevos cuarteles, y favorecido de las plazas de Cardona y Seu de Urgel [destruyó la de Berga], no menos que de lo agrio de la tierra, empezó Lacy a rehacer su ejército y a reunir gente; fomentó también las guerrillas y encomendó al barón de Eroles la guarda de Monserrat, punto importante que amagaba el enemigo.

Marcha admirable del brigadier Gasca.

Igualmente, no sirviéndole sino de inútil y pesada carga un gran número de oficiales y caballos, despidió a muchos de aquellos y a 500 de estos, con otros soldados desmontados, permitiéndoles ir a plantar bandera de ventura, o a unirse a otros ejércitos en que pudieran ser empleados con utilidad y mantenerse más fácilmente. De contar es, por cierto, el rumbo que tomaron. Partieron todos el 25 de julio a las órdenes del brigadier Don Gervasio Gasca, faldearon los Pirineos, vadearon ríos, y aunque perseguidos por las guarniciones francesas llegaron felizmente a Luesia el 5 de agosto. Allí les causó Chlopicki alguna dispersión, pero juntándose de nuevo en Éibar, en Navarra, dioles Mina guías, y cruzaron el Ebro el 12 de agosto. Gasca, prosiguiendo su marcha, se incorporó al ejército de Valencia, sin que le fuese posible al enemigo el estorbarlo. Los más de los soldados y oficiales acompañaron a aquel jefe hasta su destino, excepto unos cuantos que perecieron en el viaje y las peleas, y otros que tomaron sabor a la vida de los partidarios; de hambre y fatiga murieron bastantes caballos. Rodeo fue este y marcha de 186 leguas; prodigiosa, imposible de realizarse en otra clase de guerra.

Suchet trata de atacar la montaña de Monserrat.

Cebado Suchet con los favores que le dispensaba la suerte, quiso proseguir la carrera de sus triunfos. En la distribución que Napoleón había hecho de las operaciones de Cataluña, al paso que encargó a dicho Suchet el sitio de Tarragona, dejó a la incumbencia de Macdonald, conforme en su lugar apuntamos, la reconquista de Figueras y la toma de Monserrat y plazas al norte. Pero absorbida la atención de este mariscal en recuperar aquella primera e importante fortaleza, circunvalábala asistido de la flor de sus tropas, y no le quedaba fuerza suficiente con que atender a otros objetos. Suchet, ahora más libre, se encargó de la toma de Monserrat. Para ello, después de perseguir a Campoverde hasta Vic, no habiendo podido impedir el embarco de los valencianos, dejó allí en observación de las reliquias del ejército español bastantes fuerzas, y regresó a Reus el 20 de julio decidido a verificar su intento. Es elevado a mariscal de Francia. En este pueblo se halló con pliegos en que se le noticiaba haberle elevado el emperador a la dignidad de mariscal de Francia, y en que también se le daba la orden de demoler las fortificaciones de Tarragona, excepto un reducto, y la de tomar a Monserrat, debiendo en seguida marchar sobre Valencia. Cumplíanse así con sobras los deseos de Suchet: se veía altamente honrado, y encargábasele concluir la empresa que él mismo meditaba.

Mercedes tales servían de espuela al celo ya fervoroso del nuevo mariscal. Derribó en breve, según se le prevenía, las obras exteriores de Tarragona, mas no el recinto de la ciudad ni el fuerte Real, disposición que aprobaron en París. Dejó dentro al general Bertoletti, con 2000 hombres, y tuvo el 24 de julio reunidas ya en las cercanías de Monserrat sus principales fuerzas, Eroles en Monserrat. así como una columna procedente de Barcelona. Eroles mandaba allí y tenía a sus órdenes 2500 a 3000 hombres, los más de ellos somatenes.

Descripción de este punto.

Es Monserrat encumbrada montaña que, por su naturaleza singular y religiosas fundaciones, se presenta como una de las curiosidades más notables de España. A siete leguas de Barcelona, domina los caminos y principales eminencias del riñón de Cataluña. Tiene 8 leguas de circunferencia por la base, compuesta de rocas altísimas y escarpadas, de ramblas y torrenteras que no dejan sino pocas y angostas entradas. A la mitad de la subida y algo más arriba está asentado en un plano estrecho un monasterio de benedictinos, vasto y sólido, bajo la advocación de la Virgen. A partir de allí, pelada del todo la montaña, forma en varios parajes hasta la cima picachos y peñoles, a manera de las torrecillas de un edificio gótico, que algunos han comparado a un juego de bolos. Para llegar desde el monasterio a lo alto se camina obra de dos horas, y en aquel trecho se hallan trece ermitas con sus oratorios, pegadas unas contra los lados de la peña viva, puestas otras en las mismas puntas. Llegando a la última, que nombran de San Jerónimo, se descubren las campiñas, los pueblos y los ríos, las islas y la mar: vista que se espacia deleitosamente por el claro y azulado cielo del Mediterráneo. En moradas tan nuevas, en otro tiempo tranquilas, residían de ordinario solitarios desengañados del mundo y únicamente entregados a la oración y vida contemplativa. De muy antiguo siendo este uno de los lugares más afamados por la devoción de los fieles, constantemente ardían en la iglesia del monasterio 80 lámparas de muchos mecheros cada una, y en lo que llamaban tesoro de la Virgen veíanse acumuladas ofrendas de siglos, a punto de ser innumerables las alhajas de oro y plata y las piedras preciosas. Un solo vestido de la imagen, dádiva de una duquesa de Cardona, tenía sobre exquisito recamado más de 1200 diamantes, montados en forma de 12 estrellas. Bien vino, para que no fuesen presa del invasor, que los prevenidos monjes hubiesen transferido con oportunidad a Mallorca lo más escogido de aquellas joyas.

Tan venerable albergue habíanle convertido los españoles en militar estancia durante la actual guerra, fortificando las avenidas. Está al cierzo la más importante de ellas, que desciende culebreando por medio de tajos y precipicios y va a dar a Casamasana. Dos baterías con cortaduras en la roca cubrían este lado, habiéndose además establecido un atrincheramiento a la entrada del monasterio, cuyas paredes se hallaban igualmente preparadas para la defensa. Por el mediodía corre un sendero que lleva a Collbató, y en él se había plantado otra batería. Cuidose no menos de los otros puntos, si bien los amparaba lo fragoso del terreno, en especial a levante, de caídas muy empinadas.

Preparose el barón de Eroles a sostener la estancia, y con tanta confianza que proveyó de mantenimientos para ocho días las baterías avanzadas. Al alborear del 25 de julio comenzaron los enemigos la embestida, mandándolos Suchet en persona. Dirigiose el general Abbé hacia la subida principal apoyado por Maurice Mathieu. Los otros caminos fueron igualmente amagados soltando además tiradores que procurasen trepar por las quiebras y vericuetos de la montaña con el objeto de flanquear nuestros fuegos.

Le ataca y toma Suchet.

Empeñose el ataque por el frente, y los contrarios no adelantaban ni un paso, firmes los españoles y acompañando sus fuegos de todo género de instrumentos mortíferos, y de piedras y galgas. Mas a cabo de largo rato encaramándose por la montaña arriba las ya mencionadas tropas ligeras, lograron dominar a nuestros artilleros y acribillarlos por la espalda. Ni aun así cedieron los atacados, pereciendo casi todos sobre las piezas antes que Abbé se posesionase de ellas.

Vencida por este término la mayor de las dificultades, prosiguió aquel general vía del monasterio. Le habían precedido como para el ataque anterior muchos tiradores que hicieron esfuerzos por adelantarse y molestar desde los picachos y ermitas a los que defendían el edificio. Consiguieron los enemigos su objeto y aun se metieron dentro por una puerta trasera. Mas aquí, como el combate era singular, o sea de hombre a hombre, escarmentáronlos los somatenes; y cierta era la derrota de los contrarios, si Abbé no hubiese llegado al mismo tiempo y terminado en favor suyo la pelea. Evacuaron los españoles el convento, y los más, junto con su jefe Eroles, pudieron salvarse conocedores y prácticos de la tierra. Tres monjes ancianos y alguno que otro ermitaño fueron víctimas de la braveza del soldado francés. A dicha llegó a tiempo Suchet para poder salvar a dos de ellos que todavía quedaban vivos. Colígese de lo sucedido en Monserrat cuán dificultoso sea sostener tales puestos, por inexpugnables que parezcan, pues o menester es emplear fuerzas considerables que los defiendan, y entonces desaparece la utilidad de su conservación, o no es posible tapar las avenidas de modo que no columbre el acometedor resquicio por donde introducirse e inutilizar las precauciones más bien concertadas.

A pocos días de haber tomado a Monserrat, dejó allí de guarnición el Mariscal Suchet al general Palombini, asistido de su brigada y alguna artillería, poniendo en Igualada al general Frère, cuyas comunicaciones con Lérida por Cervera estaban asimismo aseguradas. Palombini no gozó de gran sosiego, molestado siempre, y el 5 y 9 de agosto Don Ramón Mas, al frente de los somatenes, atacole y le causó una pérdida de más de 200 hombres.

En el perseverar de los catalanes conoció Suchet no podía desamparar aquel principado hasta que los suyos recobrasen a Figueras, y pudieran las tropas que bloqueaban esta fortaleza enfrenar los desmanes del somatén y las empresas de Don Luis Lacy. Aproximábase por desgracia tan fatal momento.

Macdonald estrecha a Figueras.

Tenía el enemigo estrechamente cercado aquel castillo con línea doble de circunvalación. El mariscal Macdonald había en vano intimado varias veces la rendición al gobernador Don Juan Antonio Martínez, a quien no abatían los infortunios. Púsose el soldado a media ración, mermada esta aún más, y consumidos sucesivamente los víveres, los caballos, los animales inmundos: en fin, hambreada del todo la gente, y sin esperanza de socorro, trató Martínez el 10 de agosto de salvarla arrostrando peligros y abriéndose paso con la espada. Mas, muy en vela el enemigo, Se rinde el castillo. y casi exánimes los nuestros, frustrose la tentativa, teniendo Martínez que rendirse el 19 del mismo agosto. Cayeron con él prisioneros 2000 hombres, sin que entren en cuenta los heridos y enfermos: entre los primeros hallaron a Floreta, Marqués y otros confidentes en la sorpresa, que fueron ahorcados en un patíbulo que el francés colocó en un revellín del castillo. Los Pous, con mejor estrella, se salvaron, habiendo salido cuando Eroles, y en premio de su servicio se les nombró capitanes de caballería.

No por eso cesa la guerra en Cataluña.

Ni por eso cesó la guerra en Cataluña, antes bien renacía como de sus propias cenizas. Lacy, activo y bravo, formaba batallones, sostenía a los débiles, enardecía a los más valerosos, y metiéndose por aquellos días en la Cerdaña francesa, repelió a 1200 hombres, exigió contribuciones y sembró el espanto en el territorio enemigo. Por todas partes rebullían los somatenes: Clarós apareció cerca de Gerona, en Besós Miláns, otros en diversos lugares, y no les era lícito a los invasores caminar sino como primero con fuertes escoltas. La junta del principado y Lacy decían en sus proclamas. «¿No hemos jurado ser libres o envolvernos en las ruinas de nuestra patria? Pues a cumplirlo.» Podíase exterminar tal gente, no conquistarla.

Suchet pasa a Aragón, inquieto siempre este reino.

Sin embargo el mariscal Suchet, codicioso de tomar a Valencia, dejando por algún tiempo parte de su ejército en Cataluña, pasó a Zaragoza para hacer los preparativos convenientes a la empresa que meditaba y se le había ya encomendado en Francia. También urgía diese orden en las cosas de Aragón, en donde con su ausencia comenzaba la tierra a andar revuelta. En la ribera izquierda del Ebro los valencianos y el general Gasca, de que hemos hecho mención, con otros varios habían meneado aquellas comarcas y metido gran bulla. En la derecha, los generales Villacampa, Obispo, enviado de Valencia, y Durán, acudiendo de Soria, incomodaban a los destacamentos y guarniciones enemigas, de las que la de Teruel se vio muy apurada. Suchet procuró despejar el país y tranquilizarle algún tanto, estorbándole con todo para conseguirlo los partidarios de las otras provincias, y en especial los temores que le inspiraba la vecindad de Valencia.

Valencia. Convoca Bassecourt un congreso.

En este reino había continuado mandando algún tiempo Don Luis Alejandro de Bassecourt, no muy atinado ni en lo político ni en lo militar, y que con deseos de granjearse el aura popular y de imitar a Cataluña, había convocado para 1.º de enero de 1811 un congreso compuesto de la junta y de diputados de la ciudad y la provincia. Las discusiones de esta corporación extemporánea fueron públicas, y en un principio se limitaron a proporcionar auxilios, y a las cuestiones puramente económicas; mas, tomando los nuevos diputados gusto a su magistratura, quisiéronle dar ensanches y empezaron a examinar la conducta del general. Escociole a este la idea, llevando muy a mal que hechuras que consideraba como suyas se tomasen tal licencia, Se disuelve. por lo que el 27 de febrero puso término a los debates y prendió a Don Nicolás Gareli y a otros de los más fogosos. Las cortes, a cuyo superior conocimiento subió la decisión de todo el negocio, mandaron soltar a los presos, cerrando al propio tiempo la puerta a los ambiciosos e inquietos de las provincias con el reglamento que por entonces dieron a las juntas, Don Carlos O’Donnell sucede a Bassecourt. del que luego haremos mención, y al cual se sometieron todas. La regencia nombró interinamente a Don Carlos O’Donnell por sucesor de Bassecourt, cuyos procedimientos se miraron como nada cuerdos.

Operaciones militares del segundo ejército o sea de Valencia.

Tampoco en lo militar se había el Don Luis mostrado muy atentado. Vimos en el año último sus desaciertos en esta parte. Ahora había, sí, fortificado a Murviedro; pero no coadyuvado cual pudiera al alivio de Cataluña. Hasta el 22 de abril, que entregó el mando a O’Donnell, tornando a Cuenca, apenas hizo en estos meses movimiento alguno de importancia, no siéndolo uno que intentó sobre Ulldecona el 12 del mismo abril.

O’Donnell, ayudado de la marina inglesa, ordenó al principiar mayo una maniobra hacia el embocadero del Ebro. El comodoro Adams, a bordo del Invencible, con dos fragatas y dos jabeques españoles, cañoneó la torre de Codoñol, a 800 toesas de la Rápita, y el 9 obligó al enemigo a que la evacuase. Al mismo tiempo, el conde de Romré, con unos 2000 españoles, avanzó por tierra, y Pinot, comandante francés de la Rápita, acometido de ingleses y amenazado por españoles se replegó sobre Amposta, punto que inmediatamente rodearon los nuestros. Mas acudiendo sin tardanza los franceses de Tortosa y de los alrededores con fuerza superior, libraron a los suyos, no ocupando sin embargo la Rápita hasta después de la toma de Tarragona, y limitándose por esta vez a recobrar la torre de Codoñol.

Sucede el marqués del Palacio a O’Donnell.

En lo demás, no tentó O’Donnell operación alguna notable sino la de enviar a Cataluña la división de Miranda, de que ya se habló, y hacer amagos vía de Aragón, los cuales no dieron motivo a empresa alguna señalada. El mando interino de Don Carlos O’Donnell cesó al fenecer junio, empuñando el bastón en su lugar el marqués del Palacio. Fueron de allí en adelante preparándose en Valencia acontecimientos de funesto remate, que reservamos para otro libro.

Castilla la Nueva.

Réstanos en este contar lo que pasó en Castilla la Nueva en la mitad del año de 1811, tiempo que ahora nos ocupa: seremos breves. Tenían los franceses encomendada la defensa de aquel territorio al ejército que llamaban del centro, puesto a las inmediatas órdenes de José, y casi el único de que podía disponer el intruso con libertad bastante amplia. En ayuda de este ejército acudían a veces tropas de otras partes. Y como no fuesen de ordinario suficientes las suyas propias para cubrir los distritos de su incumbencia, que eran Ávila, Segovia, Madrid, Toledo, Guadalajara, Cuenca y Mancha, apostábase en el último una división del 4.º cuerpo, o sea de Sebastiani, bajo el mando del general Lorge, con especial encargo de conservar libre el tránsito entre las Andalucías y la capital del reino. Cada distrito tenía un jefe militar, y sumaban las fuerzas de todos ellos de 25 a 30.000 hombres.

Juntas y guerrilleros.

Las contrarrestaban los guerrilleros, rara vez tropas regladas, manteniéndose siempre en pie las juntas de Guadalajara y Cuenca: inducidora algún tanto la primera de desavenencias y discordias. Otra se formó en la Mancha, tampoco muy pacífica, la cual se albergaba en los montes de Alcaraz y, por lo común, en Elche de la Sierra, conservando como abrigo y apoyo de operaciones el castillo de las Peñas de San Pedro, fábrica de romanos, sito en un peñol empinado. Mandaba el cantón Don Luis de Ulloa. Imprimía esta junta una gaceta de composición no muy culta, pero en idioma propio a divertir y embelesar a la muchedumbre.

Pocos partidarios de los del año anterior habían desaparecido o sido aquí presa de los franceses. Cupo tal desdicha a algunos no muy conocidos, y entre ellos a uno de nombre Fernández Garrido, cogido en abril en Chapinería, partido de Madrid, por el marqués de Bermuy, al servicio de José, encargado de perseguir las guerrillas hacia las riberas del Alberche. Los más nombrados permanecían casi ilesos. Hubo unos cuantos que salieron por primera vez a plaza o adquirieron mayor fama. De este número fueron Don Eugenio Velasco y Don Manuel Hernández, dicho el Abuelo. En ocasiones los animaban tropas del tercer ejército, y sobre todo la caballería al mando de Osorio, que, como ya se apuntó, acudía al granero de la Mancha en busca de bastimentos.

El Empecinado.

Quien no cesó ni un punto de sobresalir entre los partidarios de Castilla la Nueva fue Don Juan Martín el Empecinado. Después de su vuelta de Aragón, lidió en el mes de febrero varias veces contra fuerzas superiores, ya en Sacedón, ya en Priego. Pasó en marzo a Molina, y en los días 8 y 9 encerró en el castillo, malparada, a la guarnición francesa. De allí se encaminó a Sigüenza, Villacampa. y mancomunándose con Don Pedro Villacampa, que andaba rodando por la tierra, decidieron ambos embestir la villa y puente de Auñón, provincia de Guadalajara. Era este puente el solo que permanecía intacto, habiendo roto el francés los de Pareja y Trillo, y quemado el de Valtablado, todos sobre el Tajo. Partía dicho puente término entre la villa de su nombre y la de Sacedón, y por su importancia fortificábanle los enemigos, habiendo hecho otro tanto con las calles y casas de ambos pueblos: tenía de guarnición 600 hombres, y mandaba allí el coronel Luis Hugo, hermano del general que estaba a la cabeza del distrito de Guadalajara.

Ataque contra el puente de Auñón.

Franqueando aquel punto ambas orillas del Tajo, interesaba su ocupación a los nuestros y a los contrarios. Llegó a las cercanías en la mañana del 23 de marzo Don Pedro Villacampa y, por medio de una atinada maniobra, acometió a los franceses por el frente y espalda. Los desalojó del puente apoderándose de las obras que habían construido para su defensa. Se refugiaron en seguida aquellos en la iglesia de Auñón, muy fortalecida, y dudaba Villacampa atacarlos, cuando acudiendo Don Juan Martín empezaron ambos a verificarlo. Una tronada y copiosísima lluvia retardó los ataques y favoreció a los enemigos, dando lugar a que viniese de Brihuega Hugo, el comandante de Guadalajara, y de Tarancón el jefe Blondeau, a la cabeza de otra columna. Con este motivo, destruidas las obras, se retiraron los españoles llevando más de 100 prisioneros, y habiendo muerto y herido a otros tantos hombres; entre los postreros se contó al comandante del puesto, Hugo. Evacuó de resultas el enemigo a Auñón; y Villacampa y el Empecinado tiraron cada uno por diverso lado.

Diversos movimientos y sucesos.

Tan continuos choques determinaron al gobierno intruso a hacer un esfuerzo para destruir todas estas partidas, especialmente la del Empecinado, reuniendo al efecto a las fuerzas de Hugo las del general Lahoussaye, que mandaba en Toledo, y algunas otras. ¡Vana diligencia! Don Juan Martín traspuso entonces los montes, acometió a los franceses en la provincia de Segovia, los escarmentó en Somosierra, en el real sitio de San Ildefonso, y hasta envió destacamentos camino de Madrid cuando le buscaban al este, a doce leguas de distancia. Tuvo por tanto Hugo que volver atrás, costándole gente las marchas y contramarchas. Lahoussaye pasó en 22 de abril a Cuenca, de donde se retiró Don José Martínez de San Martín, y aquella ciudad, tan desventurada en las anteriores entradas del enemigo, de que hemos referido las más principales, no fue más dichosa en esta, por no desviarse nunca de la senda del patriotismo, honrosa pero llena de abrojos. Huete, Huertahernando, Alcázar de San Juan, Herencia, otros pueblos, entonces, después y antes padecieron no menos desgracias. Volúmenes serían necesarios para contarlas todas, junto con los rasgos de heroicidad de muchos habitantes.

No siendo, pues, dado a los enemigos acabar con Don Juan Martín, pusieron en práctica secretos manejos. Causaron con ellos altercados, una notable dispersión en Alcocer de la Alcarria y, lo que fue peor, el paso a su bando de algunos oficiales, si bien contados. También la junta, con su ambicioso desasosiego e imprudentes medidas, desavino los ánimos no menos que la inoportuna elección del marqués de Zayas [que no debe confundirse con Don José de Zayas] como comandante de la provincia, poniendo bajo sus órdenes al Empecinado. De poco nombre dicho marqués entre los generales del ejército, era pernicioso para gobernar partidas, a cuya cabeza podían solo mantenerse los que las habían formado, hombres activos, prácticos de la tierra, avezados a todo linaje de escaseces, a los peligros de una vida arriesgada y venturera, manos encallecidas con la esteva y la azada, ablandadas solo en sangre enemiga. Separarse de camino tan derecho motivó considerables daños. Al principiar julio estaba como dispersa la fuerza que antes mandaba Don Juan Martín, y que ascendía a más de 3000 hombres. Por fortuna pusieron las cortes término al mal, ordenando que se disolviese la junta y se nombrase otra conforme al nuevo reglamento, del que hablaremos después; y previniendo al marqués de Zayas que dejase el mando, según lo realizó, tornando a Valencia, embolsados sueldos y atrasos, ya que no con acrecentamiento de fama. Recobró Don Juan Martín la comandancia de su división, y a pocos días revivió esta con no menor brillo que antes.

Otros guerrilleros.

Entre los demás partidarios de menor nombre incomodaba D. Juan Abril a los franceses desde las sierras de Guadarrama y Somosierra hasta Madrid, atravesando con frecuencia los puertos y habiendo tenido la dicha, esta primavera, de rescatar 14.000 cabezas de ganado merino que llevaban fuera del reino. Saornil había ahora tomado a su cargo principalmente la provincia de Ávila y las confinantes; pero en 1.º de julio, sorprendido de noche por el comandante Montigny junto a Peñaranda de Bracamonte, en donde, descuidado dormía al raso con los suyos, perdió alguna gente, si bien no se retiró hasta después de un combate muy encarnizado. Recorría solo o uniéndose con otros el término de Toledo Don Juan Palarea, el Médico, y en Cebolla y sus contornos, como en otros parajes, sorprendió diversas partidas enemigas, cogiendo en junio en Santa Cruz del Retamar a Mr. Lejeune, ayudante de campo del príncipe Neufchatel, quien ha representado el lance con presumido pincel, y valiéndose de la licencia que se concede a los pintores y a los poetas.

Malos y crueles tratamientos.

Casi siempre respetaron nuestros partidarios a sus enemigos; lo cual no impedía que so pretexto de ser forajidos, o soldados juramentados de José, los ahorcasen aquellos o arcabuceasen a menudo sin conmiseración alguna. La venganza entonces era pronta y con usura. A veces, a lo largo del camino del Pardo, en las otras avenidas de Madrid, y junto a sus tapias mismas, amanecían colgados tres y más franceses por cada español muerto en quebrantamiento de las leyes de la guerra. Forzosa represalia, pero cruda y lamentable.

Más partidarios.

Al lado opuesto de Toledo y del campo de las lides de Palarea, el otro médico, Don José Martínez de San Martín, que mandó en Cuenca hasta que volvió de Valencia Bassecourt, tampoco desperdició el tiempo. Combinaba a veces acertadamente sus operaciones entendiéndose con otros partidarios, y el 7 de agosto, unido a Don Francisco Abad [Chaleco], escarmentó reciamente a los franceses en la Ossa de Montiel y les cogió bastantes prisioneros y efectos. No menos bulla y estruendo de guerrillas y franceses andaba en Ciudad Real, Almagro, Infantes, por todas las comarcas y villas de la Mancha como en las demás provincias de Castilla la Nueva. Los enemigos en todas ellas continuaban teniendo puntos fortalecidos en que se veían frecuentemente obligados a encerrarse, y a veces aun a rendirse.

Resultas importantes de este género de guerra.

De poco valer y harto cansados parecerán a algunos tales acontecimientos, si bien nos limitamos a dar de ellos una sucinta y compendiosa idea. A la verdad, minuciosos se muestran a primera vista y tomados separadamente; pero, mejor pesados, nótase que de su conjunto resultó en gran parte la maravillosa y porfiada defensa de la independencia de España que servirá de norma a todos los pueblos que quieran en lo venidero conservar intacta la suya propia. Más de tres años iban corridos de incesante pelea; 300.000 enemigos pisaban todavía el suelo peninsular, y fuera de unos 60.000 que llamaba a sí el ejército anglo-portugués, ocupaban a los otros casi exclusivamente nuestros guerreros, lidiando a las puertas de Madrid, en los límites y a veces dentro de la misma Francia, en los puntos más extremos, cuan anchamente se dilata la España.

Situación de José.

En medio de tan marcial estrépito apenas reparaba nadie, y menos los generales franceses, en la persona de José, a quien podríamos llamar la sombra de Napoleón, con más fundamento del que tuvieron los partidarios de la casa de Austria para apellidar a Felipe V, en su tiempo, la sombra de [*] (* Ap. n. 15-3.) Luis XIV. Pues a este permitíanle por lo menos dirigir sus reinos, si bien en un principio sujetándose a reglas que le dieron en Francia, cuando al primero ni sus propios amigos le dejaban, por decirlo así, suelo en que mandar; habiéndole arrebatado de hecho su hermano muchas provincias con el decreto de los gobiernos militares, y escatimándole más y más el manejo de otras: de suerte que, en realidad, el imperio de la corte de Madrid se encerraba en círculo muy estrecho.

De ello quejábase sin cesar José, que era gran desautoridad de su corona, ya harto caediza, tratarle tan livianamente. Mas no por eso dejaba de obrar cual si fuese árbitro y tranquilo poseedor de España. Daba empleos en los diversos ramos, promulgaba leyes, expedía decretos, y hasta trataba de administrar las Indias. Y, ¡cosa maravillosa, si no fuese una de tantas flaquezas del corazón humano!, motejaba en los periódicos de Madrid a las cortes, y los redactores mostrábanse a veces donairosos por querer las últimas gobernar la América, siendo así que José intentaba otro tanto, con la diferencia de que nunca le reconocieron allí como a rey de España, al paso que a las cortes las obedecían entonces, y las obedecieron todavía largo tiempo las más de aquellas provincias.

Desengaños que recibe.

Todo concurría además a probar a José que si recibía desaires de los suyos, tampoco crecía en favor respecto de los que apellidaba súbditos. Lejos le hacían casi todos estos cruda guerra: en derredor mostrábanle su desafecto con el silencio, el cual si se rompía era para patentizar aún más el desvío constante de los pechos españoles por todo lo que fuese usurpación e invasión extranjeras. Hubo circunstancia en que reveló sentimiento tan general hasta la niñez sencilla. Y cuéntase que llevando a la corte Don Dámaso de la Torre, corregidor de Madrid, a un hijo suyo de cortos años, vestido de cívico y armado de un sablecillo, se acercó José al mozuelo, y acariciándole le preguntó en qué emplearía aquella arma, a lo que el muchacho con viveza y sin detenerse le respondió: «En matar franceses.» Repite por lo común la infancia los dichos de los que la rodean, y si en la casa de quien por empleo y afición debía ser adicto al gobierno intruso se vertían tales máximas y opiniones, ¿cuáles no serían las que se abrigaban en las de los demás vecinos?

Estado de su ejército y hacienda.

Inútilmente trató José de mejorar los dos importantes ramos de la guerra y hacienda para ponerse en el caso de manifestar que no le era ya necesaria la asistencia de su hermano, quien de nuevo le envió al mariscal Jourdan, como mayor general. Apenas había José adelantado ni un paso desde el año anterior en dichos dos ramos. Sus fuerzas militares no crecían, y cuando en los estados sonaban 14.000 hombres, escasamente llegaba su número a la mitad, y aun de estos a la primera salida íbanse los más a engrosar, como antes, las filas del Empecinado y de otros partidarios.

Con respecto a las contribuciones, ahora como en los primeros tiempos, no podía disponer José de otros productos que de los de Madrid. Había ofrecido variar aquellas y mejorar su cobranza, pero nada había hecho o muy poco. Introdujo y empezó a plantear la de patentes, según la cual cada profesión y oficio, a la manera de Francia, pagaba un tanto por ejercerle. Conservó los antiguos impuestos, inclusos los diezmos y la bula de la Cruzada, respetando la opinión y aun las preocupaciones del pueblo, en tanto que servían a llenar las arcas del erario. Dolencia de casi todos los gobiernos.

En Madrid se aumentaron a lo sumo las contribuciones. Recargáronse los derechos de puertas; a los propietarios de casas se les gravó al principio con un diez por ciento; a los inquilinos con un quince, y en seguida con otro tanto a los mismos dueños: por manera que entre unos y otros vinieron a pagar un cuarenta por ciento, de cuya exorbitancia, junto con otros males, nació en parte la horrorosa miseria que se manifestó poco después en aquella capital.

Diversiones que José promueve.

Para distraer los ánimos promovió José banquetes y saraos, y mandó que se restableciesen los bailes de máscaras, vedados muchos años hacía por el sombrío y espantadizo recelo del gobierno antiguo. También resucitó las fiestas de toros, de las que Carlos IV había por algún tiempo gustado con sobrado ardor, prohibiéndolas después el último, llevado de despecho por un desacato cometido en cierta ocasión contra su persona, mas no impelido de sentimientos humanos. De notar es que semejante espectáculo, tan reprendido fuera de España y tachado de feroz y bárbaro, se renovase en Madrid bajo la protección y amparo de un monarca y de un ejército ambos a dos extranjeros. Pero ni aun así se granjeaba José el afecto público: había llaga muy encancerada para que la aliviasen tales pasatiempos.

Ilusiones de José.

Verdad sea que la conducta y desmanes de los generales y tropas francesas contribuían grandemente a enajenar las voluntades. A ello achacaba José casi exclusivamente el descontento de los pueblos, figurándose que si no, disfrutaría en paz de solio tan disputado. Enfermedad apegada a los monarcas, aun a los de fortuna, esta del alucinamiento. Así lo expresaba José, a punto de mostrar deseo de verse libre de tropas extrañas. Desazonaba su lenguaje a Napoleón. Disgustaba tal lenguaje a Napoleón, informado de todo, quien con razón decía:[*] (* Ap. n. 15-4.) «Si mi hermano no puede apaciguar la España con 400.000 franceses, ¿cómo presume conseguirlo por otra vía?», añadiendo: «No hay ya que hablar del tratado de Bayona; desde entonces todo ha variado; los acontecimientos me autorizan a tomar todas las medidas que convengan al interés de Francia.» Cada vez arrebozaba menos Napoleón su modo de pensar. La mujer de José escribía a su esposo desde París: «¿Sabes que hace mucho tiempo intenta el emperador tomar para sí las provincias del Ebro acá? En la última conversación que tuvo conmigo díjome que para ello no necesitaba de tu permiso, y que lo ejecutaría luego que se conquistasen las principales plazas.»

Disgusto de José.

Afligido e incomodado José, codiciaba unas veces entrar en tratos con las mismas cortes, y otras retirarse a vida particular. «Más quiero [decía] ser súbdito del emperador en Francia que continuar en España rey en el nombre: allí seré buen súbdito, aquí mal rey.» Sentimientos que le honraban; pero siendo su suerte condición precisa de todo monarca que recibe un cetro, y no le hereda o por sí le gana, pudiera José haber de antemano previsto lo que ahora le sucedía.

Su viaje a París.

Sin embargo, primero de tomar una de las dos resoluciones extremas de que acabamos de hablar, y para las que tal vez no le asistían ni el desprendimiento ni el valor necesarios, trató José de pasar a París a avistarse con su hermano; aprovechando la ocasión de haber dado a luz la emperatriz, su cuñada, en el 20 de marzo, Nacimiento del rey de Roma. un príncipe que tomó el título de rey de Roma. Creía José que era aquella favorable coyuntura al logro de sus pretensiones, y que no se negaría su hermano a acceder a ellas en medio de tan fausto acontecimiento. Pero no era Napoleón hombre que cejase en la carrera de la ambición. Y al contrario, nunca como entonces tenía motivo para proseguir en ella. Tocaba su poder al ápice de la grandeza, y con el recién nacido ahondábanse y se afirmaban las raíces antes someras y débiles de su estirpe.

El efecto que tan acumulada dicha producía en el ánimo del emperador francés, vese en una carta que pocos meses adelante escribía a José su hermana Elisa: «Las cosas han variado mucho [decía]; no es como antes. El emperador solo quiere sumisión, y no que sus hermanos se tengan respecto de él por reyes independientes. Quiere que sean sus primeros súbditos.»

Salió de Madrid José camino de París el 23 de abril, acompañado del ministro de la guerra, Don Gonzalo Ofarrill, y del de estado, Don Mariano Luis de Urquijo. No atravesó la frontera hasta el 10 de mayo. Paradas que hizo, y sobre todo 2000 hombres que le escoltaban, fueron causa de ir tan despacio. No le sobraba precaución alguna: acechábanle en la ruta los partidarios. Llegó José a París el 16 del mismo mes, y permaneció allí corto tiempo. Asistió el 9 de junio al bautizo del rey de Roma, y el 27, ya de vuelta, cruzó el Bidasoa. Vuelve José a Madrid. Entró en Madrid el 15 de julio, solo, aunque sus periódicos habían anunciado que traería consigo a su esposa y familia. Reducíase esta a dos niñas, y ni ellas ni su madre, de nombre Julia, hija de Mr. Clary, rico comerciante de Marsella, llegaron nunca a poner el pie en España.

Poco satisfecho José del recibimiento que le hizo en París su hermano, convenciose además de cuáles fuesen los intentos de este por lo respectivo a las provincias del Ebro, cuya agregación al imperio francés estaba como resuelta. No obtuvo tampoco en otros puntos sino palabras y promesas vagas; limitándose Napoleón a concederle el auxilio de un millón de francos mensuales.

Escasez de granos.

No remediaba subsidio tan corto la escasez de medios, y menos reparaba la falta de granos, tan notable ya en aquel tiempo que llegó a valer en Madrid la fanega de trigo a cien reales, de cuarenta que era su precio ordinario. Por lo cual, para evitar el hambre que amenazaba, se formó una junta de acopios, yendo en persona a recoger granos el ministro de policía, Don Pablo Arribas, Providencias violentas del gobierno de José. y el de lo interior, marqués de Almenara: encargo odioso e impropio de la alta dignidad que ambos ejercían. La imposición que con aquel motivo se cobró de los pueblos en especie recargolos excesivamente. De las solas provincias de Guadalajara, Segovia, Toledo y Madrid se sacaron 950.000 fanegas de trigo y 750.000 de cebada, además de los diezmos y otras derramas. Efectuose la exacción con harta dureza, arrancando el grano de las mismas eras para trasladarle a los pósitos o alhóndigas del gobierno, sin dejar a veces al labrador con que mantenerse ni con que hacer la siembra. Providencias que quizás pudieron creerse necesarias para abastecer por de pronto a Madrid; pero inútiles en parte, y a la larga perjudiciales: pues nada suple en tales casos al interés individual, que temiendo hasta el asomo de la violencia, huye con más razón espantado de donde ya se practica aquella.

Trata José de componerse con el gobierno de Cádiz.

Decaído José de espíritu, y sobre todo mal enojado contra su hermano, trató de componerse con los españoles. Anteriormente había dado indicio de ser este su deseo: indicio que pasó a realidad con la llegada a Cádiz, algún tiempo después, de un canónigo de Burgos llamado Don Tomás la Peña, quien, encargado de abrir una negociación con la regencia y las cortes, hizo de parte del intruso todo género de ofertas, hasta la de que se echaría el último sin reserva alguna en los brazos del gobierno nacional, siempre que se le reconociese por rey. Mereció la Peña que se le diese comisión tan espinosa por ser eclesiástico, calidad menos sospechosa a los ojos de la multitud, y hermano del general del mismo nombre; al cual se le juzgaba enemigo de los ingleses de resultas de la jornada de la Barrosa. Extraño era en José paso tan nuevo, y podemos decir desatentado; pero no menos lo era, y aun quizá más, en sus ministros, que debían mejor que no aquel conocer la índole de la actual lucha, y lo imposible que se hacía entablar ninguna negociación mientras no evacuasen los franceses el territorio y no saliese José de España.

Emisarios que envía.

La Peña se abocó con la regencia, y dio cuenta de su comisión, acompañándola de insinuaciones muy seductoras. No necesitaban los individuos del gobierno de Cádiz tener presentes las obligaciones que les imponía su elevada magistratura para responder digna y convenientemente: bastábales tomar consejo de sus propios e hidalgos sentimientos. Inutilidad de los pasos que estos dan. Y así dijeron que ni en cuerpo ni separadamente faltarían nunca a la confianza que les había dispensado la nación, y que el decreto dado por las cortes en 1.º de enero sería la invariable regla de su conducta. Añadieron también con mucha verdad que ni ellos, ni la representación nacional, ni José tenían fuerza ni poderío para llevar a cima, cada uno en su caso, negociación de semejante naturaleza. Porque a las cortes y a la regencia se las respetaba y obedecía en tanto que hacían rostro a la usurpación e invasión extranjeras; pero que no sucedería lo mismo si se alejaban de aquel sendero indicado por la nación. Y en cuanto a José, claro era que faltándole el arrimo de su hermano, único poder que le sostenía, no solamente se hallaría imposibilitado de cumplir cosa alguna, sino que en el mismo hecho vendría abajo su frágil y desautorizado gobierno. Terminose aquí la negociación.[*] (* Ap. n. 15-5.) Las cortes nunca tuvieron de oficio conocimiento de ella, ni se traslució en el público, a gran dicha del comisionado. En los meses siguientes despacháronse de Madrid con el mismo objeto nuevos emisarios, de que hablaremos, y cuyas gestiones tuvieron el mismo paradero. Otras eran las obligaciones, otras las miras, otro el rumbo que había tomado y seguido el gobierno legítimo de la nación.

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RESUMEN

DEL

LIBRO DECIMOSEXTO.

Motivo ornamental
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Abren las cortes sus sesiones en Cádiz. — Presupuestos presentados por el ministro de hacienda. — Reflexiones acerca de ellos. — Debates en las cortes. — Contribución extraordinaria de guerra. — Reconocimiento de la deuda pública. — Nombramiento de una junta nacional del crédito público. — Memoria del ministro de la guerra. — Aprueban las cortes el estado mayor. — Créase la orden de San Fernando. — Reglamento de juntas provinciales. — Abolición de la tortura. — Discusión y decreto sobre señoríos y derechos jurisdiccionales. — Primeros trabajos que se presentan a las cortes sobre Constitución. — Ofrecen los ingleses su mediación para cortar las desavenencias de América. — Tratos con Rusia. — Sucesos militares. — Expedición de Blake a Valencia. — Facultades que se otorgan a Blake. — Desembarca en Almería. — Incorpóranse las tropas de la expedición momentáneamente con el tercer ejército. — Operaciones de ambas fuerzas reunidas. — Medidas que toma Soult. — Acción de Zújar y sus consecuencias. — Nuevos cuarteles del tercer ejército, y separación de las fuerzas expedicionarias. — Únese Montijo al ejército. — Sucede en el mando a Freire el general Mahy. — Los franceses no prosiguen a Murcia. — Valencia. — Estado de aquel reino. — Llegada de Blake. — Providencias de este general. — Se dispone Suchet a invadir aquel reino. — Pisa su territorio. — Su marcha y fuerza que lleva. — Las que reúne Blake y otras providencias. — Sitio del castillo de Murviedro o Sagunto. — Su descripción. — Vana tentativa de escalada. — Reencuentro en Soneja y Segorbe. — En Bétera y Benaguacil. — Buena defensa y toma del castillo de Oropesa. — Resistencia honrosa y evacuación de la torre del Rey. — Activa el enemigo los trabajos contra Sagunto. — Asalto intentado infructuosamente. — Prepárase Blake a socorrer a Sagunto. — Batalla de Sagunto. — Rendición del castillo. — Diversiones en favor de Valencia. Cataluña. — Toma de las islas Medas. — Muerte de Montardit. — Empresas de Lacy y Eroles en el centro de Cataluña. — Ataque de Igualada. — Rendición de la guarnición de Cervera. — De Bellpuig. — Revuelve Eroles sobre la frontera de Francia. — Acertada conducta de Lacy. — Pasa Macdonald a Francia. — Le sucede Decaen. — Convoy que va a Barcelona. — Aragón, Durán y el Empecinado. — Mina. — Tropas que reúnen los franceses en Navarra y Aragón. — Atacan a Calatayud Durán y el Empecinado. — Hacen prisionera la guarnición. — Viene sobre ellos Musnier. — Se retiran. — División de Severoli en Aragón. — Se separan Durán y el Empecinado. — Mina. — Ponen los franceses su cabeza a precio. — Tratan de seducirle. — Penetra Mina en Aragón. — Ataca a Ejea. — Coge una columna francesa en Plasencia de Gállego. — Embarca los prisioneros en Motrico. — Distribuye Musnier la división de Severoli. — Abandonan los franceses a Molina. — Nuevas acometidas del Empecinado. — De Durán. — Ambos bajo las órdenes de Montijo. — Ballesteros en Ronda. — Acción contra Rignoux. — Avanza Godinot. — Retírase Ballesteros. — Vanas tentativas de Godinot. — Tarifa socorrida. — Retírase Godinot. — Se mata. — Sorprende Ballesteros a los franceses en Bornos. — Juan Manuel López. — Crueldad de Soult.

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HISTORIA

DEL

LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN

de España.

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