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Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2

LIBRO SEXTO

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LAS TORRES DE LA ALHAMBRA

Más allá de la torre de Comares, De la Alhambra rëal siguiendo el muro, Recuerdo de los blancos alminares De Damasco y esbelto cual seguro, Dominando alamedas seculares De frescas sombras y de ambiente puro, Se alza un torreoncillo de arabesco Estilo, aéreo, blanco y pintoresco. Su cabeza gentil no se levanta Coronada de sólidas almenas, Ni su robusta construcción espanta Con aspilleras de espingardas llenas. Defiéndenle no más soledad santa Y quietud misteriosa, y bien ajenas De apariencia marcial, siempre cerradas Sus celosías con primor caladas. Tal vez despide al despuntar el día En espirales mil humo de aromas Cual pebete oriental su celosía: Tal vez los ecos de las verdes lomas Despierta por la noche la harmonía De los cantos que exhala, y las palomas Y aves, á quienes place su murmullo, La aduermen con sus trinos y su arrullo. Es esta torrecilla solitaria Un sagrado alminar, y su clausura Destinada no más á la plegaria De la mañana, goza el aura pura Del valle y la extensión y vista varia De la vega feraz desde su altura. Es el mirab del Rey do sólo él ora, Y tal vez la mujer que le enamora. Hoy, con escarnio de la Fe, le habita, Transformando en harén de sus amores El alminar de la oración bendita Y en camarín de sueños tentadores, Zoraya, la insolente favorita: Destinando sus áureos miradores De su ocioso mirar para recreo, Para atalaya de su vil deseo. Alcánzase desde ellos la sombría Torre que guarda á la rival Sultana, Y ella afanosa sin cesar espía Desde allí la prisión de la Africana. Por eso ocupa el mirador que impía Con su presencia criminal profana: Mas Dios á su rival tendió la mano Y ya, libre Boabdil, la espía en vano. Sobre campo y ciudad el delicioso Mirab descuella como erguida palma; Y es en verdad lugar maravilloso Para elevar al Criador el alma, Ya del alba temprana en el reposo, Ya de la noche en la apacible calma: Y el Moro y el Judío y el Cristiano Ten desde allí del Criador la mano. ¡Quién no te cree, Señor, quién no te adora Cuando, á la luz del sol en que amaneces, Ve esta rica ciudad de raza mora Salir de entre los lóbregos dobleces De la nocturna sombra, y á la aurora Abriendo sus moriscos ajimeces Ostentar á tus pies lozana y pura, Perfumada y radiante su hermosura! Yo te adoro, Señor, cuando la admiro Dormida en el tapiz de su ancha vega; Yo te adoro, Señor, cuando respiro Su aura salubre que entre flores juega: Yo te adoro, Señor, desde el retiro De esta torre oriental que el Dauro riega; Y aquí tu omnipotencia revelada, Yo te adoro, Señor, sobre Granada. ¡Bendita sea la potente mano Que llenó sus colinas de verdura, De agua los valles, de arboleda el llano, De amantes ruiseñores la espesura, De campesino aroma el aire sano, De nieve su alta sierra, de frescura Sus noches pardas, de placer sus días Y todo su recinto de harmonías! Yo te conozco ¡oh Dios! en los rumores Que á este árabe balcón me trae el viento Perfumado entre pámpanos y flores, Y harmonizado con el grato acento De las aves de Abril. Tantos primores Producto son de tu divino aliento; Porque á tu aliento creador se aliña Con sus mejores galas la campiña. Tú soplas ¡oh Señor! desde la altura Y saltan los collados de alegría, Y se cubre de flores la llanura, Y se llenan los bosques de harmonía, Y se aduermen las aguas en la hondura, Y sin nublados resplandece el día: Que en tus ojos la vida reverbera Y es tu aliento, Señor, la primavera. Y no hay región recóndita en el mundo En donde más tu majestad se ostente, Donde sea tu aliento mas fecundo, Ni la tierra en tu prez mas diligente. Señor, tú estás aquí; tú en lo profundo Brillas aquí del corazón creyente; Tú estas aquí; tu trono y tu morada, Tras este cielo azul, sobre Granada. Dame ¡oh Señor! de querubín aliento, Porque pueda esta vida transitoria Emplear en cantar con digno acento En medio de este edén tu inmensa gloria: Y al lanzar desde aquí mi voz al viento Dando á Granada su oriental historia, Purifique, Señor, mi arpa cristiana El impúdico harén de una Sultana.

NARRACIÓN

I

Iba á dejar en brazos de las sombras Á la tierra el crepúsculo: la vega, El monte y la ciudad entre sus turbios Vapores comenzaban á sumirse, Y el ocaso, alumbrado todavía Con desgarradas ráfagas de fuego, Ultima luz que el sol reverberaba, Teñía los collados con purpúreos Resplandores de incendio. Á la cabeza De su hueste Muley había apenas Traspasado las puertas de Granada Con dirección á Alhama, y en las torres, En las murallas y altas azoteas, Para verle salir, la muchedumbre Se aglomeraba silenciosa y triste. Sus alas ¡ay! sobre la gente mora El genio del dolor tendido había; Fatal presentimiento de amargura Sus corazones lúgubre llenaba, Y miraban tal vez indiferentes De sus hermanos el socorro. Apenas Algunos grupos de la plebe sórdida Que al camino salieron vitoreaban Pagados á Muley: ardid inútil De política torpe que aumentaba El desprecio del pueblo entristecido. El rumor de los gritos desacordes Confuso con las ráfagas llegaba Hasta el alto mirab, en donde inquieta Le escuchaba Zoraya tras las árabes Labores de su espesa celosía. Fijos los ojos, la mirada torva, Presa de aquel fatal presentimiento Que acaso con su atmósfera pesaba Sobre la mora gente, la lectura De su alméh favorita oía, empero Sin escucharla. Á veces el oído Hacia el rumor de la ciudad tendía, Y la alméh se paraba, y en silencio Quedaba el aposento hasta que vuelta La favorita en sí decía «sigue»: Mas desechados iban diez volúmenes De distraer su espíritu incapaces. Los peregrinos viajes y aventuras, Los inspirados y divinos libros Del Korán, las leyendas orientales De los poetas de Damasco y Córdoba, Desarrugar su ceño no podían Ni atraer su atención; guerras, encantos, Sueños, amores, himnos de alabanza Á su propia hermosura dirigidos, Pasaban por su oído resbalando Como agua por encima de las rocas: Y sin embargo, sus lecturas eran En los célebres libros escogidas De los más sabios escritores, siendo Leídas con las gratas inflexiones De una voz melodiosa, amaestrada En el arte divino de la música, Y en la recitación que alas de fuego Presta á la encantadora poesía. Á la luz de una lámpara de plata Colocada en un trípode de concha, La alméh, tomando el séptimo volumen, Comenzaba á leer los puros versos De Abú-Taleb-Abdel-Gebar, de Júcar, Que cantó las victorias y virtudes De los almorávides:—«Pasa, dijo La impaciente Zoraya interrumpiéndola; Otra leyenda busca;» y fué pasando La alméh las hojas de su libro, en ellas Sin posar su mirada la Zoraya Diciendo distraída:—«¿Quién prosigue? —Abí-Aly-Anás.—Pasa. ¿Quién otro? —El faquí Zacaría.—¿De qué trata? —Da consuelos al rey en la amargura De sus pesares.—¿Cuáles eran?—Creo Que él solo se salvó de una batalla. —Lee: tal vez consolar logre los míos. —Mas no me escuchas ¡oh Sultana!—Esclava, Lee y obedece.» Prosiguió leyendo La reprendida alméh y á su profunda É inquieta distracción volvió Zoraya. La deliciosa voz de la lectora Resonaba en el cóncavo recinto Del camarín, como el rumor continuo De un arroyo que corre bajo el césped Quebrando entre los guijos sus cristales: Los harmoniosos versos del poeta Árabe, recitados en su lengua Riquísima, en los tonos é inflexiones Dulces sin par del andaluz dialecto, Resonaban en él inútilmente, Y en su vacío espacio se perdían Como el canto de un pájaro extraviado En el llano infecundo del desierto. Zoraya no escuchaba tiempo hacía De la alméh la lectura: á los cristales Del calado ajimez pegado el rostro, Penetrar del crepúsculo anhelaba La obscuridad creciente: pero en vano. La ciudad se sumía en las tinieblas, Y el rumor que llegaba hasta su oído Era tan sordo, tan confuso y vago, Que era imposible comprender su origen. La humana voz asemejaba á veces Ronco, amenazador, cual si en tumulto Se agitara la plebe descontenta; Otras, el triste é íntimo lamento En que prorrumpe á un tiempo la familia Que en derredor del padre moribundo Su último aliento aguarda, y al lanzarle En llanto universal rompe afligida. Otras, gemido largo y misterioso, Como si algún espíritu que, errante Huyendo por la atmósfera, espantado En sus vacíos senos le lanzara: Mas siempre, siempre al comprender la Mora Del rumor el origen verdadero, Le encontraba con rabia producido Por alguna bandada de palomas, Ó por el són del aire en la arboleda, Ó por la voz de algún pastor tardío Que guiaba en los cerros su rebaño. Y volvía á tenderse despechada En los cojines blandos, y volvía Á mandar continuar una lectura Que no escuchaba, mas que el tiempo largo De su impaciencia entretenía.—«Sigue,» Decía á la lectora: mas un libro Y otro libro hojeado uno por uno Inútilmente había, y con tristeza En silencio la alméh la contemplaba. —«Sigue,» dijo con ímpetu la altiva Favorita: y la alméh, postrada en tierra, Dijo:—«Imposible continuar, Sultana. —¿Por qué?—Porque tus libros uno á uno Has ido desechando, y en sus hojas No hay ya más que leer.—Busca otros nuevos. —No poseemos más.—Pues toma un arpa Y cántame..... distráeme..... entretenme..... Si no, ¿de qué me sirves? ¿Qué te valen Los talentos que encomian los imbéciles Que te enviaron á mí?» La desdichada Alméh, sus gracias y talento viendo Denostados así, dobló la frente Sobre su pecho, y abrasado llanto Comenzó á derramar. Zoraya un punto Permaneció en silencio contemplándola: Empero en la impaciencia que la agita, En la rabia tal vez que la devora El vengativo corazón, ajena Á toda compasión, díjola:—«Vete: Para nada me sirves. Dí al primero Que halles en esa cámara que venga Á divertirme: un guardia, algún esclavo Cuya cabeza al menos me responda De su talento, si le falta. Vete.» Salió la alméh: volvió á la celosía Zoraya. Era ya noche: por doquiera Extendida la sombra encapotaba La tierra. Alguna luz pálida y trémula Brillaba en los postigos entreabiertos De las casas fronteras á la Alhambra, Del ajeriz en el tranquilo barrio. Más allá, por las calles angulosas Del Albaycín, se oía sordamente La voz de sus inquietos moradores Elevarse en murmullo misterioso, Como si sus vecinos, sus moradas Dejando, por las calles reunidos Con tumultuosa plática turbasen La solitaria calma de la noche. Zoraya en vano sondear quisiera Lo que en el Albaycín pasa á estas horas. Es el barrio que habitan los parciales De Aixa y de su hijo, y en la torre De Comares están de él fronteriza. ¿Quién sabe si el rumor que en su absoluta Obscuridad del Albaycín se alza Será efecto ó señal de inteligencia Entre el barrio y la torre? ¡Oh! Tarda mucho El Wazir en volver. ¿Si por desdicha La partida del Rey infunde aliento Á los conspiradores, y en las calles, Tomadas ya, al Wazir han sorprendido? Todo lo teme ya la favorita: Pero todo lo ignora abandonada En el mirab donde impaciente espera: Y he aquí que, al volverse, de la entrada Bajo el dintel y del tapiz delante Ve un esclavo que aguarda silencioso. ZORAYA ¿Qué quieres? EL ESCLAVO ¡Oh Sultana! á ti me envía La alméh que acaba de partir llorando Despedida por ti. ZORAYA ¿De dónde vienes? ESCLAVO De la ciudad. ZORAYA ¿De la ciudad? ¿qué pasa Allí? ESCLAVO Ya nada: de los muros lejos Va ya Muley: el pueblo se retira Después de haberle visto. ZORAYA ¿Á despedirle Mucha gente acudió? ESCLAVO Salió, Sultana, Toda cuanta hay en la ciudad. ZORAYA ¿Y viste Á los del Albaycín? ESCLAVO Todos estaban De la puerta Monaita en las alturas Como bandada de águilas. ZORAYA ¿Inquietos Se mostraban sus grupos? ESCLAVO Al contrario: Al Rey desde los altos despedían Diciéndole: ¡buen viaje! y saludábanle Con las manos de lejos. ZORAYA ¿Y en qué sitio Viste al Wazir? ESCLAVO Tras de las huestes queda Hablando con el Rey. ZORAYA ¿Tú estabas próximo Á ellos? ESCLAVO Sí: mas en torno defendidos Por centinelas platicaban ambos En calma. ZORAYA Ea, pues, mientras espero La vuelta del Wazir, ve cómo puedes Distraer mi impaciencia; me fastidio. ¿Qué harás para alegrar á tu señora? ESCLAVO Manda, y veré si obedecerte puedo. ZORAYA ¡Si puedes! ESCLAVO Sí, Sultana, soy Cristiano: Me cautivaron en Jerez los Moros, Y conservo mi fe. Si contra ella Me mandaras obrar, perdona, pero No te obedecería. Dios es antes Para mí que la vida.—La Zoraya Le oía de hito en hito contemplándole, Y recordando que en sus venas corre Sangre cristiana, chispeante y roja, Con ardiente rubor la faz sentía: Su niñez con vergüenza recordaba Tímida ante el esclavo la señora: Pronto, empero, repuesta y su sonrisa Habitual en sus labios ver dejando, Más terrible mil veces que su ceño, Díjole:—«Eres cristiano..... enhorabuena. Veamos lo que saben los cristianos Para abreviar el tiempo á sus señores Cuando pesa sobre ellos el fastidio, Ó esperan, y esperar les importuna. Dime: ¿En qué te ocupabas en tu patria? —Era paje de un noble caballero De Calatrava.—¿Cuál era tu oficio Con él?—Le preparaba sus arneses, Salía detrás de él á la campaña, Me batía á su lado. Si vencíamos, Dábamos gracias al Señor á un tiempo; Si nos vencían y salía herido, Le curaba, velándole constante Junto á su lecho: y en salud completa Ó en grave enfermedad, todas las noches Devotas oraciones le leía, Ó leyendas sagradas de la Biblia Le recitaba. Así creí, Sultana, Mi existencia pasar en su servicio Mientras durara su existencia, y luego, Admitido en la Orden, como noble Pelear y morir en la defensa De mi fe; Dios, empero, de otro modo Lo dispuso, Sultana. Un día aciago, Caminando la vuelta de Antequera, Dió en nosotros un árabe algarada. Viajábamos diez y ocho caballeros Con otros tantos pajes, y los Moros Eran un escuadrón; nos aprestamos Á combatir: cayeron uno á uno Los más valientes, mi señor entre ellos. Yo, con intento de salvar su cuerpo Ó perecer sobre él, lidié con ira, Y Dios me castigó: caí cautivo, Y pasto de los cuervos fué el cadáver Del último Solís, hijo de Martos; Su familia y la gloria de su casa Acabaron en él. Tal es mi historia, Sultana. Tuyo soy, manda á tu esclavo.» La favorita de Muley sus ojos Encendidos de cólera fijaba Sobre los ojos del cautivo, en vano De sus palabras la intención oculta Profundizar queriendo. Ella, cristiana Y de la raza de Solís nacida, Era el último sér que se animaba Con sangre de Solís. Aquel esclavo, Servidor de su casa en otro tiempo, La vió niña tal vez en el castillo De la encomienda de su padre; ahora, En Granada cautivo, ¿conocía De su señor á la hija renegada? Su presencia en la Alhambra, ¿era un agüero Favorable ó funesto? ¿Era un amigo Que velaba por ella? ¿Era un espía Que traidor la acechaba? Los recuerdos De su infancia dichosa y sus dormidos Remordimientos, á la par alzándose Como horribles espectros á su vista, La helaron de terror. La sombra airada De su ultrajado padre parecía Que tras aquel cristiano á levantarse Iba, y en el pavor supersticioso De su alma criminal y en la nerviosa Exaltación del miedo, sus miradas Fijó en la puerta de la estancia. Ante ella, Pálido como el mármol que sostiene Su cincelada bóveda, sombrío Cual fantasma del féretro evocado, El viejo Aly-Mazer la contemplaba En lúgubre silencio. Sus pupilas Radiaban con fulgor siniestro y trémulo, Y los hilos brillantes de sus rayos, Como los de la baba poderosa De la culebra, al estrellarse ardientes En las pupilas de Zoraya, á ellas Se adherían tenaces, é invisible Extendiendo una red en torno suyo, En sus mágicos nudos la envolvía, Y el vigor de su sér paralizaba, Aunque en su helado cuerpo arder sentía La inquieta sangre como hirviente lava. Subyugada, incapaz de movimiento, Víctima de poder incomprensible, Vió Zoraya cruzando el aposento Llegar á Aly-Mazer con paso lento, Su mágica influencia indefinible Dominando su sér, y en su semblante Su fulgente mirar teniendo fijo, Con desdeñosa voz así la dijo: —«¿Te fastidias, Sultana? ¿Te impacientas? ¿De tu infeliz alméh con las historias Vacías de interés no te contentas? ¿Por qué no lees las íntimas memorias Que en el fondo de tu ánima aposentas? ¿Por qué en vez de leyendas ilusorias No lees sobre tu faz tu historia horrenda? ¿Crees que no hay interés en su leyenda? Iguales son los fallos soberanos Para todos: delira y entretente Tu porvenir meciendo en sueños vanos: Mas escrito tu horóscopo en tu frente Llevas: sobre las rayas de tus manos Tus ojos pon y le verás patente. Naciste y morirás entre cristianos: Y, más fatal que el de Abdilá, tu sino La obscuridad te anuncia solamente; Su estrella real apagará tu estrella: Su destino anonada tu destino; Extranjera á Granada, no hay en ella Para tu raza impura Ni trono, ni mansión, ni sepultura. Esclava sin pudor, tu cuello doma Al yugo de tu dueño; renegada Sin fe y sin patria, el fugitivo aroma De tu poder pasó: sobre Granada De otro poder real el alba asoma; Tú no posees sobre su tierra nada: La estrella de Bu-Abdil, contraria tuya, Es fuerza que al brillar tu luz destruya.» Dijo el severo Aly, y con el cristiano Partió, y á la Sultana fascinada Un escrito al partir dejó en la mano.

II

Su vida y su vigor recobró al punto Libre de Aly-Mazer ya la presencia, Y al misterioso escrito echó Zoraya Una mirada de pavura llena. Criada desde niña entre los Árabes, De la superstición de su creencia Es víctima su espíritu, y con miedo De él contempló las misteriosas letras. El escrito es su horóscopo: los datos De la consultación que le encabeza, De su país, su raza y nacimiento Son los nombres exactos y las fechas. Un confuso dibujo cabalístico Marca la conjunción de los planetas Que, desde el punto en que nació, su vida Dominan con su mágica influencia; Y bajo el doble nombre entrelazado Que entre Cristianos y Árabes conserva, Explicando sus cálculos y signos Se leía en arábigo esta letra: «Cinco años será Cristiana, Veinticinco será Mora, Diez esclava y diez Sultana: Mas su estrella protectora Va á apagar antes de un hora Otra estrella soberana.— Ni Española ni Africana, Ni de raza engendradora, Morirá en tierra cristiana Ni cautiva ni señora; Odiada como tirana, Oculta como traidora.» Fijos aún los espantados ojos En el fatal pronóstico, y apenas Con tiempo de ocultarle, en la otra cámara Oyó los pasos del Wazir Ben-Egas. Dominó su emoción, dió á su semblante Su expresión ordinaria, y de la puerta Al dintel el Wazir apareciendo, Diálogo se entabló de esta manera: ZORAYA ¡Por Aláh, que impaciente te aguardaba! EL WAZIR Detúvome Muley más que quisiera Mi impaciencia también. ZORAYA ¿Partió? EL WAZIR Va lejos, Sultana. ZORAYA ¿Y la ciudad? EL WAZIR Tranquila queda. ZORAYA Del callado Albaycín la misteriosa Obscuridad algún secreto encierra. EL WAZIR El que todos los barrios: por Alhama Lloran con profundísima tristeza, Y la ciudad por la perdida villa Yace de luto universal cubierta. ZORAYA ¿Y la Sultana? ¿Y Abdilá? ¿Qué órdenes Con respecto á los dos Muley te deja? EL WAZIR ¡El infierno sin duda les protege! ZORAYA Acaba de una vez: habla. EL WAZIR Funestas Nuevas de ellos te traigo. El Rey no quiso Que por su propia boca lo supieras. Abdilá, descolgado por su madre, Por un balcón huyó. ZORAYA ¡Maldita sea Mi confianza en ti! Siempre he temido Que te burlara su infernal destreza. Pero explícame en fin..... EL WAZIR Es imposible: Todo se ignora aún. ZORAYA Pero ¿y la fuerza De tu ley? ¿No eres tú juez de la Alhambra? EL WAZIR Muley prohibe que se emplee en ella Mi autoridad, y manda que en su alcázar No obedecida pero libre sea. ZORAYA ¿Aixa libre en la Alhambra? EL WAZIR Sí. ZORAYA ¿Acotada Tu autoridad? EL WAZIR Prohibe que la ejerza Contra ella. ZORAYA Wazir, te estás mofando. EL WAZIR No lo permita Aláh. Del Rey la letra Conoces: lee sus órdenes escritas Por él: esta es su ley mientras su ausencia: «Sin potestad, mas libre, viva Aixa Mi esposa, Abú-l'Kasín: la más pequeña Ofensa ó vejación que sufrir la hagas, La consideraré contra mí hecha. La razón yo la sé: de la Sultana Me respondes, Wazir, con la cabeza.» ZORAYA ¡Oh! la mía se pierde en tal misterio. EL WAZIR Pero tal vez la mía le penetra. He interrogado á Zil, á los esclavos Que le sirvieron, á su guardia negra, Y á la torre maldita sé que ha ido, Que en Comares furioso entró á su vuelta, Que estuvo allí con la Sultana á solas, Que ella salió después altiva y fiera, Y que Muley, sombrío y aterrado, Libre la dejó ir, cielos y tierra Diciendo que contra él se conjuraban, De una impresión supersticiosa presa. Pues bien, Zoraya, en esa torre creo Que encontraré la explicación entera De su superstición y de sus órdenes Incomprensibles de hoy. ZORAYA Bien dices: vuela, Wazir Abú-l'Kasín, vuela á esa torre, Demuele sus murallas, y sus piedras Registra una por una, y aprisiona Sin piedad, interroga y atormenta Al sér aciago que en la torre encuentres, Hasta que des con la verdad. EL WAZIR Modera Tu cólera, Sultana: todavía Algo que hacer en la ciudad me resta. En sus barrios acaso entre las sombras Ya criminal conspiración fermenta, Y es mi primer obligación á salvo Ponerte á ti de su furor. Te esperan Al postigo del Agua tus esclavos Y una guardia leal que te defienda. Vas á habitar los Alijares: este, Más que regio palacio, es fortaleza, Y en ausencia del Rey todo lo temo De la Sultana audaz. ZORAYA Me desesperas, Abú-l'Kasín con tu prudencia imbécil. Cuando torne Muley, que la baile muerta, Y nos dará las gracias. EL WAZIR Tú deliras, Zoraya: eso sería en ancha hoguera Tornar el fuego que debajo duerme De la ceniza aún: mientras alienta El Príncipe Abdilá, siempre los suyos Tienen un capitán y una bandera: Y en tanto que la madre está segura, Rehén tenemos para el hijo en ella. Vamos, y fía en mí; partamos antes Que la luna en los cielos aparezca, Porque importa que nadie se aperciba De que el palacio de la Alhambra dejas La Zoraya, cediendo á las razones Del prudente Wazir, aunque la pesa, Dejó el mirab y, en el espeso velo Embozada la faz, siguió sus huellas. De la torre del Agua en el postigo Una escolta leal halló dispuesta, Y al fuerte de los regios Alixares La condujo el Wazir en las tinieblas. Mas en el punto de partir, del muro Donde la torre apoya á las almenas. Una mujer que se asomó espiaba La ruta por do van. Era la Reina.

III

Sobre el muro que el recinto De la Alhambra real circunda, Si en fortaleza segunda Primera en esplendidez, Hay una torre morisca Frontera al Generalife, Que sobre angosto arrecife Abre un dorado ajimez. Este arrecife tortuoso, Que extiende sus líneas combas Entre yedras y gayombas, Madreselvas y jazmín, Solitario, áspero, umbrío, Parece el lecho de un río Que dividió en otro tiempo El alcázar del jardín. Fresco, umbroso en el verano, Abrigado en el invierno, Gozando el verdor eterno De la yedra y el laurel, Es este oculto arrecife, Lleno de sombra y misterio, Huella oriental del imperio De la raza de Ismael. Á un lado, Generalife De sus floridos verjeles Le entolda con los laureles, Le impregna de aromas mil; Al otro, la Alhambra espléndida Le fía por sus ventanas De cautivas y sultanas Toda su historia gentil. De una parte le armonizan, Por el lado de las flores, Los canoros ruiseñores Que anidan en el verjel: De otra, por el del alcázar, Opuesto al de los jardines, Las zambras y los festines Que se celebran en él. Por un lado le engalana La rica naturaleza, Por otro le dan grandeza Las cien torres de Alhamar; Por allí muestra patente Dios su creadora mano, Por aquí del soberano Se hace el poder acatar. Tal vez en noche de estío, Al són de un arpa morisca, Desde el muro una odalisca Entona amante canción, Y algún colorín celoso, Desde la verde floresta, Con trino amante contesta Del arpa amorosa al són. En la ciudad empezando Y abriendo paso á la sierra, ¿Quién sabe cuántos encierra Secretos de honra y amor Este encantado camino, Bajo flores encubierto Y sobre peñas abierto De un palacio en derredor? ¡Cuánta hermosa enamorada Intentó el arduo descenso Del vacío espacio extenso Que hay desde él á su balcón! ¡Y cuánto noble Africano Cayó en su arenosa loma, Muerto por oculta mano Y por oculta razón! No hay un pie de este camino Que una tradición no hechice, Que un nombre no poetice, Ó dé un recuerdo valor. La torre allí de los Picos Se eleva, cuyos cimientos Defienden encantamientos De un sabio conjurador. Allá la de la Cautiva, Donde entre són de cadenas Viene á lamentar sus penas El alma de una mujer: Allá la puerta de Hierro, Por do su vida salvaron Los Reyes á quien lanzaron Sus vasallos del poder. Y allí, en fin, el pie cercado De adelfa y silvestres plantas, La torre de las Infantas Se alza con regia altivez, Abriendo en su grueso muro, Frontero á Generalife, Encima del arrecife Un misterioso ajimez. Una graciosa ventana De arabescos y labores Orlada, cuyos colores Minió maestro pincel: Una ventana morisca Que, en dibujos de oro envuelto, Parte un pilarcillo esbelto De mármol de Macaël: Un mirador delicioso, Cuyo arco filigranado Está en redor festonado Con leyendas del Korán; Cuyos dos graciosos huecos Ornados de medallones, Hojas, nichos y agallones, Contento á los ojos dan. Mas ¿quién mora en esa torre Donde jamás se percibe Ni el rostro de quien la vive, Ni ruido de humana voz? Jamás de aquella ventana Se abre al sol la celosía, Ni de un cantar la armonía Da nunca al aura veloz. Muestra, empero, que se habita Allá en las nocturnas horas La luz de las tembladoras Lámparas de su interior, Que á pesar de su cerrada Celosía y su vidriera De colores, lanza fuera Su trémulo resplandor. Y á veces apunta el alba Ya, y tras esta celosía Se percibe todavía De la lámpara el fulgor, Y una sombra que va y viene Por dentro del aposento, Da ó quita á cada momento Luz ó sombra al mirador. Su movimiento incesante, Sus paradas repentinas, Recogiendo las cortinas Para ver ó para oir, Demuestran que el desvelado De aquel ajimez espera Algo que dél por afuera Debe sin duda venir. Mas pasa una noche y otra, Y la luz del sol se traga Su luz, y con ella apaga El que allí esperando está Su esperanza, hasta otra noche Que vuelve á arder la bujía, Y él vuelve á la celosía Y tras ella viene y va. Es alta noche: en el sueño Yace el mundo sumergido: El aire se ha recogido Bajo del césped feraz: Tiéndense inmobles las ramas De los troncos, no se mueve Ni la ráfaga más leve, Ni el murmullo más fugaz. ¡Silencio!—He aquí que, en medio Del universal reposo, El mirador misterioso Se abre por primera vez. La celosía dorada Se levanta: la cortina Se descorre, y se ilumina Por adentro el ajimez. Y al pilar que en dos divide El arco de su ventana Llega una figura humana Lentamente: una mujer, Sultana, esclava, cautiva, Joven, ó hermosa..... ¿qué ojos Á altura tan excesiva La podrán reconocer? Apartó de ante su rostro Su blanco y flotante velo: Una mirada del cielo Por la cavidad tendió, Y, vuelta hacia el Occidente Do ya tocando la luna Está, en la lengua moruna Y con voz triste exclamó: «¡Un día más!—La menguante »Luna hacia la mar declina, »Y su lumbrera argentina »Toca al horizonte ya. »¡Casto fanal de la noche, »De los creyentes lumbrera, »Que tu brillante carrera »Guíe protector Aláh! »Ve en paz ¡oh de las tinieblas »Sultana dominadora, »Pendón de la gente mora, »Lámpara de la oración! »¡Y plegue á Aláh que mañana, »Cuando vuelvas por Oriente, »Vuelva con tu luz naciente »La luz de mi corazón! »Ve en paz: y si sobre Loja »Al verter tu lumbre pura, »Hallas vivos por ventura »Á mi buen padre Aly-Athár »Con el Príncipe mi esposo, »Que es la luz del alma mía, »Diles ¡ay! que noche y día »Les aguardo sin cesar.» Dijo, y la frente apoyando En el pilar arabesco, Dentro el marco pintoresco Del morisco mirador Quedó, como una escultura Para su cuadro labrada La Mora desconsolada, Á solas con su dolor. Resalta, á la luz de espalda, Su contorno destacado Sobre el fondo iluminado Del aposento oriental: Y parece desde lejos Al genio de la pureza, Que va á partir con tristeza De una cámara nupcial. Mas aquel busto tan noble De suave y rubio cabello, Aquel nacarino cuello Pálido como el marfil, Aquel brazo modelado Por una ática escultura, Aquella frágil cintura, Y aquel todo tan gentil; Asomado á tales horas Á una torre destinada Sólo á las Princesas moras, Al ojo menos sutil Delatan á la que ocupa Su misteriosa ventana, Por la infelice Sultana Esposa de Abú-Abdil. Es ella, sí: allí apacenta El dolor que la acongoja Moraima, la flor de Loja, La azucena de Aly-Athár: La gacela de ojos garzos, Cuyas niñas de azul cielo Eran fuentes de consuelo Para el viejo militar. Hoy son ya fuentes de lágrimas: Sus abrasadas pupilas No reflejan hoy tranquilas La pura luz del placer; Hoy la dulce paz del niño Su sonrisa no revela, Porque en sus labios la hiela El dolor de la mujer. Moraima, sí, la más triste, La más pura de las Moras, Pasa allí sus largas horas En silencio y soledad. Moraima, que de su esposo Encadenada á la huella, Con él de su mala estrella Parte la fatalidad. Triste es su historia. Su padre, La mejor lanza africana, La otorgó como Sultana Al sucesor de su Rey; Temiendo al viejo soldado En rebelión harto crítica, Con su torcida política Pensó en tal boda Muley. El bravo Aly-Athár, más hombre De pelea que de Estado, Se dió en ello por honrado Y á Granada la llevó. La boda hizo el Rey al punto, Pero á sí mismo se dijo: «¡Imbécil! le doy el hijo, Pero la corona no.» Dos niños eran entrambos, Rubios, alegres, gentiles: Apenas sus quince abriles Cumplido habrían los dos; Hermosos como inocentes, Les unieron y se amaron: Mas en su amor no contaron Con la voluntad de Dios. Sosegados ya los pueblos, No fué Aly-Athár peligroso: Y en su aislamiento amoroso Afeminado Abdilá, Los hijos de la Zoraya, Merced al fatal destino De Abdilá, libre el camino Tendrían del trono ya. Tal pensó el Rey; los dos niños, Sin cálculo y sin encono, De sus derechos á un trono Ni aun se acordaron tal vez: Pero otro sér mas activo Á quien amor no adormía, En lugar de ellos abría Sus ojos con avidez. Aixa, la altiva Sultana, Celosa de su derecho, Fué una mañana á su lecho Como un ensueño fatal. Abrieron sobresaltados Los dos Príncipes los ojos, Y ella, respirando enojos, Dijo con voz sepulcral: «Aquel á quien Dios destina »Á ceñir una corona, »Sus derechos no abandona »Sino por orden de Dios. »Hijo de Reyes, despierta: »Rompe tus amantes lazos »Y tiende el alma y los brazos »De tu real corona en pos. »Y á ti, flor silvestre y pálida »De los peñascos de Loja, »¿Por ventura te se antoja »Que no hay más ley que el placer? »¿Crees que tus ojos de cielo, »Tu alma y tu tez de nieve, »El dote son que traer debe »Á un Príncipe una mujer? »Pues te engañas: la que espera »Dominar como Sultana, »Necesita un alma entera, »Con más altivez que amor. »Despertad pues; los lobeznos »De la torpe renegada »Giran con planta callada »De vuestro trono en redor.» Abú-Abdilá, de su madre Hecho á la exacta obediencia, Tras ella sin resistencia Del aposento salió: Moraima, sobrecogida Por la plática severa De aquella Reina altanera, Quedóse sola y lloró. «¿Qué me importan á mí, dijo, »Su poder y su corona? »Lo que mi amor ambiciona »Es no más su corazón; »Y si éste me lo arrebatan »Por el gobierno y la guerra, »¿Qué me dejan en la tierra »Á mí, sin regia ambición?» ¡Pobre niña! el joven Príncipe Empezó desde aquel día Á dejar su compañía Y su cámara á dejar: Venía por él su madre Apenas el sol rayaba, Y hasta que el sol se ocultaba No le veía tornar. Entonces, aunque volvía Alegre y enamorado, Volvía tan fatigado, Tan hambriento y sin vigor, Que en la mesa devoraba Y se dormía en el lecho, Cual si no hubiera en su pecho Ni corazón ni calor. Moraima, en su seno amante Colocando su cabeza, Contemplaba con tristeza Su rostro franco y leal, Que empezaba en el reposo De su fatigado sueño Á adquirir un torvo ceño Que no le era natural. «¿Qué hará? ¿Dónde irá? (decía »La pobre niña) ¿Qué afanes »Más propios para gañanes »Me le cansarán así? »Si tanto cuesta á los Príncipes »Guardar su trono, ¡pluguiera »Á Aláh que pastor naciera, »Sin esperar más que en mí!» Y una mañana, Moraima, Un sueño tenaz fingiendo, Fué desde lejos siguiendo Á la Reina y á Abdilá, Y vió que, cruzando apriesa De los muros el espacio, Se salieron del palacio Al bosque que al río da. Corrió al oratorio regio Que domina su enramada, Y vióles á una esplanada Tras una loma llegar. Allí esperaban tres hombres Hasta los dientes armados, Con caballos ensillados Y en guisa de pelear. Ciñóse una jacerina, Embrazó una recia adarga, Asió de una lanza larga Y cabalgó Abú-Abdil. Salió el caballo botando: Moraima tembló de gozo Y miedo al verle tan mozo, Tan armado y tan gentil. Cabalgaron uno á uno Los otros tres: apartóse La Sultana, y preparóse La escaramuza. Abdilá, En medio de la esplanada Y de los tres circundado, Á la suerte preparado Inmóvil y atento está. Dió la señal la Sultana, Y empezaron los guerreros En torno de Abdil mañeros En círculo á galopar, Á cada vuelta estrechándole; Mas, como un chacal atento, Espiando él un momento Su línea para salvar. Sereno sobre su silla, Con mirada centelleante Espía un propicio instante En liza tan desigual, En tanto que en torno suyo Van los tres caracoleando, Á cada vuelta cerrando La peligrosa espiral. Giraba él en ellos puesta La vista: por todas partes Hallaba un arma funesta Dirigida contra él. Vió al fin que un potro rebelde Se mostraba, y contra él hizo Un amago: espantadizo Encabritóse el corcel. Hirió y arrancó, del círculo Dentro, á escape jineteando, Y á alguno siempre amagando Con incierta rapidez; Desigualó las distancias Ciando, hiriendo y salvándose, Y fué el círculo ensanchándose Más y más de cada vez. Ya sobre un lado fingía Caer y sobre otro daba: Ya al escape se tendía: Ya diestro en firme paraba: Ya de todos tres huía, Y á todos tres amagaba Y á salvo doquier hería Con certera agilidad: Hasta que romper logrando La línea que manteniendo Iban los tres, trabajando Sobre el círculo y abriendo Más sus distancias, girando De repente, salió huyendo, Un breve espacio ganando Con extraña habilidad. Cubierto entonces, tendido Sobre su silla de pechos, Comenzó á alargar los trechos De unos á otros, y fué Cargándoles uno á uno: Con lo cual, hecha la suerte De aquel combate moruno, Echaron á tierra pie. Moraima, que de lo alto Miraba la escaramuza, Á cada embestida y salto Temblando por Abdilá, Solamente sostenida Por su ansiedad, en el mármol Se sentó desvanecida Al verla acabada ya. Volvióse luego á su cámara. ¡Ay! todo lo comprendía: Abdilá pasaba el día Lección de armas en tomar. Al fin lograba la madre Hacer de su hijo un guerrero, Tornándole áspero y fiero, De su cariño á pesar. Dos lunas después, por fruto De este acendrado cariño Dió Moraima á luz un niño Que el porvenir la doró: Y el Rey, un año más tarde, Al prender á la briosa Aixa, de Abdilá la esposa En su torre encarceló. Tal es su historia. Moraima, La más triste de las moras, Pasa allí sus largas horas En silencio y soledad. Moraima, que de su esposo Encadenada á la huella, Con él de su mala estrella Parte la fatalidad. La hermosa Sultana, pálida De tez, mas de alma encendida, Es la que está distraída En su ajimez oriental. Sabe que Abdilá está en salvo, Mas pronto que vuelva espera Á buscar la compañera De su destino fatal. Y vendrá: también lo sabe Cuando al ajimez se asoma; Lo sabe, sí: una paloma, Mensajero fiel de amor, Por mano desconocida Enviada hasta su ventana, Trajo un día á la Sultana Un papel consolador. Un Africano, jinete Sobre mi corcel del desierto, Llegó al camino encubierto Sobre el que la torre da Con temeraria osadía, Y atada á un cordón de seda La alzó hasta la celosía Diciendo: «Abrid á Abdilá.» Al ruido que en ella hicieron Las alas de la paloma, Abre Moraima y se asoma, Y, asiéndola con placer, Mira al audaz que esto osara: Mas él huyendo, por única Despedida, en voz muy clara, Dijo: «Dios y Aly-Mazer.» Su pronta vuelta anunciaba Del Príncipe la misiva: Desde entonces la cautiva Cada noche le aguardó: Y aislada en aquella torre Y sin amigos por fuera, Á Aly-Athár y á Abdil espera Como el papel prometió. El modo, el día... lo ignora: Espera que se los traiga La fortuna protectora, Y espéralos con afán. Mas no está sola Moraima En su torre: hay otros seres Que distracción y placeres Y pruebas de amor la dan. Consigo (sin los que aguarda) Tiene entera su fortuna: Su hijo que duerme en la cuna, Su nodriza, esclava fiel, Y un negrito enano y mudo, Que inteligencia destella, Distracción única de ella Y ocupación sólo de él. Ligero como una corza, Sagaz como una serpiente Y audaz como diligente, Todo lo escucha y lo ve. Leal como un falderillo, Pero con bríos de alano, Doquier se tiende el enano De su hermosa dueña al pie. Mudo, jamás incomoda Con plática inoportuna, Pero no hay idea alguna Que no sepa él expresar. Los guardas le dejan libre Teniéndole por salvaje, Y no hay más astuto paje En el reino de Alhamar. Ni su forma es repugnante Por sus defectos nativos, Ni sus gestos expresivos Mohines ingratos son: La gracia de su sonrisa De modo su rostro alegra, Que se lee tras su faz negra El placer del corazón. Nada hay en él que amedrente, Nada en su exterior que extrañe; Nada en su interior que dañe; Ni expresa su negra faz La envidia, el pesar ó el odio Que otros seres imperfectos Abrigan con sus defectos En su alma uraña y falaz. No al ver la ajena hermosura Su deformidad deplora; Ve la hermosura y la adora Con sincera admiración; Sér mezquino en proporciones Le formó naturaleza, Mas bajo negra corteza Le dió blanco el corazón. Ve en Moraima el infortunio Y leal la compadece; Ve la hermosura, y se ofrece Del débil y hermoso sér En servicio: y admirando La beldad sin pesadumbre, Acepta su servidumbre Como justa y con placer. Amigo, juglar y esclavo, Empléase en todo oficio Y abarca todo servicio De interior utilidad. Entretiene la tristeza Con sus juegos de destreza, Y penetra con su instinto La exterior seguridad. Tal es la real servidumbre Que asiste á la hermosa Mora En la prisión en que llora, Corta y débil, pero fiel. Tal es el mejor amigo De Moraima, el Nubio enano Que de su amparo al abrigo Vive, y se llama Kaël. Ahora, y mientras Moraima De tristes memorias presa En recuerdos se embelesa Asomada al mirador, Duerme el negrillo á la sombra Del lecho de la nodriza Sobre el paño que tapiza El alhamí en derredor. Todo calla: permanece Inmoble al balcón Moraima: La noche se lobreguece, Ausente la luna ya. Ni una estrella en el espacio: Todo es silencio y tinieblas Dentro y fuera del palacio; Mudo el universo está. He aquí que, como avisado Por algún sér misterioso, El negrillo desvelado La cabeza enderezó, Y con la boca entreabierta, Sin alentar, y clavados Los ojos sobre la puerta, Por un instante quedó. Nada se oía: el instinto De su raza le advertía Un riesgo que todavía Se escapaba del poder De los sentidos: sólo era Voz de su presentimiento, No voz, rumor ni lamento Que oirse pudiera hacer. Él, empero, á deslizarse Comenzó sobre la alfombra, Llegando como una sombra Hasta la puerta exterior: Mas al pegar al encaje De sus hojas el oído, Le hirió otro distinto ruido Que entró por el mirador. Volvió un punto á su absoluta Inmovilidad, tendiendo La cabeza y conteniendo La respiración Kaël. Alumbró luego un relámpago Su mirada inteligente, Y al lejos confusamente Se oyó trotar un corcel. Sacó de su arrobamiento Su rumor á la Sultana, Que intentó con ansia vana Las tinieblas penetrar. Kaël, por las colgaduras Trepando á la celosía, Se puso el són que traía El aire libre á escuchar. Tal vez era algún viajero Que á ver venía á Granada, Tal vez algún mensajero, Acaso algún mercader Que, deseando temprano Ganar la alcaicería, Llegaba á la Alhambra ufano Aun antes de amanecer. Todavía no pisaba El camino que circunda De la Alhambra la alcazaba Sombría, cuando Kaël, De la ventana saltando Con agilidad salvaje, Corrió á la puerta, aplicando El oído á su cancel. Moraima, á sus pantomimas Y señas acostumbrada, Con impaciente mirada Explicación le pidió. Kaël, pasando una mano Alrededor de su frente É irguiéndose altivamente, Á Aixa por allí anunció. ¿Y el caballo? preguntóle La bella Mora temblando; Y al mirador señalando Y con los brazos Kaël De un ave imitando el vuelo Y leer ansiosamente Fingiendo, trajo á su mente La paloma y el papel. Moraima, aún no asegurada De comprenderle, le hizo Su pregunta reiterada, Y él sus señas repitió. Lanzóse ella á la ventana, Mas detúvola él á punto Que á la misma puerta junto La voz de Aixa resonó. —«Abre»—en su imperioso tono Dijo con alguno hablando: Y ante ella el portón girando, Pareció bajo el dintel. Ante su rostro severo Calló Moraima, inclinándose, Y fué á hacerla, prosternándose, Larga zalema Kaël. Con una antorcha un esclavo Seguía de Aixa la huella; Cerró la puerta, y en ella Quedóse el esclavo en pie: Sin fijar la vista apenas En Moraima, la Africana En silencio á la ventana Con paso altanero fué. Mas no bien á su antepecho Tocó, cuando al pie del muro, Sobre el arrecife obscuro Trotar al corcel se oyó. Asomóse Aixa: el caballo Paró en firme: cesó el ruido, Y un ruiseñor, sorprendido Tal vez al huir, silbó. Sacando entonces del seno Aixa un torzal muy delgado Que tiene un plomillo atado Á una punta, dijo:—va,— Y por el balcón lanzóle Prestando el oído atento. Después de un breve momento, Dijeron abajo:—ya. Recogió el torzal la Mora, Y de la bujía al brillo Fué á examinar un anillo Que volvía atado á él. Él es—dijo—y una llave En vez del anillo atando, Tornó á arrojarle, tornando Á oirse trotar el corcel. Reinó un silencio completo Por un instante. Moraima, Con el corazón inquieto Miraba á Aixa, sin osar Interrumpirle: la esclava Con el infante dormía, Y el enanillo escuchaba, Como Aixa, sin respirar. Quietos, atentos, callados, Parecían esculturas Ó seres que allí encantados Un Genio paralizó. Confuso luego y lejano Comenzó un rumor á oirse, Que cada vez más cercano Por grados se acrecentó. Al principio fué un susurro Suave, como el soñoliento Rumor que produce el viento Entre las hojas: después Pareció que muchas voces Hablaban en el camino Por lo bajo, y al fin vino El són claro tal cual es. Ruido de pasos unidos, Iguales y acompasados, Pasos de muchos soldados que avanzan con rapidez: Y Moraima, no pudiendo Contenerse, adelantóse Á par de Aixa y asomóse En silencio al ajimez. Quitó la antorcha al esclavo Y, asiéndose al cortinaje, Al labrado barandaje Trepó con ella Kaël. Sacóla sobre el camino, Y su roja llamarada Reflejó en la gente armada Que descendía por él. Como una inmensa serpiente Que se arrastra en la pradera, Así su movible hilera En torno ciñendo va Del regio alcázar el muro, Hasta sumirse en lo obscuro De la bóveda excusada Que sobre el camino da. Subterráneos pasadizos Que en los cimientos macizos Labrar mandó de la Torre De los picos Alhamar, Dan á una puerta de hierro, Cuya boca honda y callada No se cansa aquella armada Muchedumbre de tragar. Tal vez la traición ó el oro Franquean aquella puerta, Puesto que en silencio abierta Da paso al largo cordón De armados, que en ella se hunde Cual procesión de fantasmas Que unas en otras confunde Febril imaginación. Con fiebre á su vez las veía Deslizarse una tras otra Moraima, y no se atrevía Á la Reina á interrogar, Quien con altanera calma Y semblante satisfecho, Desde el calado antepecho Las contemplaba pasar. Como vagas creaciones De un sueño, en el subterráneo Jinetes tras de peones Se hundieron: volvió el cancel De la poterna á cerrarse, Y tras él, desde la altura, Del arrecife á la hondura Lanzó su antorcha Kaël. Entonces Aixa, volviéndose Á Moraima, por la mano Asiéndola y con ufano Semblante detrás de sí Llevándola, el aposento Cruzó con ella callada Hasta ponerla á la entrada De su oriental alhamí. Allí, del lecho que parte Con su nodriza el dormido Hijo de Abdilá, corrido Teniendo ante ella el tapiz, La dijo:—«Ahora, hija enteca »De un árabe, débil planta »De savia fría, levanta »Con orgullo la cerviz. »El sol que tras de la sierra »Se elevará esta mañana, »Te saludará Sultana, »Pese el sangriento Muley. »Encrespa, pues, tu flotante »Melena rubia, leona »Real, porque tu tierno infante »Es desde hoy hijo de un Rey.» Dijo, y comprendiólo todo Moraima en aquel momento: Mas aunque libre y contento Dentro su pecho saltó Su corazón, ante el vano Orgullo de soberano Ni aun el latido más leve En holocausto ofreció. Abrazó, con sus caricias Despertándole, á su hijo: Mas únicamente dijo, Con inquietud juvenil, Volviéndose á la Africana: —«¿Pero supongo, Sultana, »Qué me ha traído esa gente »Á mi esposo Abú-Abdil?» Miróla Aixa como un águila Mira, dejándola ir viva, Á una alondra fugitiva Que encuentra por su región, Con esa mirada propia De los seres colosales Que á los débiles mortales Sólo otorgan compasión. Criaturas fuertes, y almas Todas vigor, que calculan Por el que ellas acumulan El vigor de las demás: Almas en quien arde virgen La luz de su fe divina, Mas para quien no ilumina Su luz la tierra jamás. Seres dueños de los ímpetus De las terrenas pasiones, Que juzgan los corazones Del suyo por la virtud, Y que siguen inflexibles El carril de sus deberes, Creyendo á todos los seres Con su firme rectitud. Seres que nacen en tiempos Indignos de ellos; de gente Que arrastra cobardemente Su existencia terrenal: Seres que bajo su siglo Se sepultan con fiereza, Sin humillar la cabeza Ante su siglo fatal. Tal fué Aixa y tal la fría Mirada que echó á Moraima Que trémula la sentía Sobre su frente pesar: Tales estas dos mujeres Iguales sólo en fortuna: Débil cual las flores una, Otra fiera como el mar. El silencio de un momento Que produjo esta mirada Kaël con un movimiento De alegría interrumpió. Corrió á la puerta, el oído Á sus hojas aplicando, Y ufano á los pies saltando De su señora volvió. Pasos presurosos, rápidos Por los jardines se oían, Y luces se percibían De los vidrios á través: Aixa exclamó:—«Ahí le tienes: »Por suerte no es tan villano »Que como un perro cristiano »Venga á tenderse á tus pies.» Dijo: mas ya no la oía Moraima, que entrelazados Sus bellos brazos tenía Al cuello de Abú-Abdil: Y el viejo Aly-Athár, que entraba Detrás del Rey, de su hija Embebido contemplaba El arrebato infantil. Ella, soltando al esposo, Corrió á los brazos del padre, Que los abrió cariñoso, Y olvidando la ocasión En que se encontraba, en ellos La levantó como á un niño De su paternal cariño En la expansiva efusión. Hasta los negros esclavos Que alumbraron tal escena Su emoción con harta pena Pudieron disimular. Aixa tan sólo inactiva Y silenciosa á sus brazos Con circunspección altiva Dejó á Abú-Abdil llegar. Y le abrazó: más diciéndole: «Abdil, ya estás en el trono: »Tuyo es, y el cielo en tu abono »Contra la injusticia está: »Piensa, empero, que Aláh es justo »Y que con airada mano »Quita el trono al Rey villano »Lo mismo que se le da. »No olvides que á la fortuna, »De los valientes amiga, »Sólo el valiente la obliga »Y huye del cobarde vil. »Como hombre, pues, sube al trono; »Mas si Aláh al fin te abandona, »No bajes de él sin corona, »Sino sin cabeza, Abdil.» Diciendo así, la Africana Abandonó el aposento, Y ocupáronse al momento Los fuertes por Abdilá, En el silencio nocturno Sorprendiendo á los soldados Á quien los dejó fiados Muley, que hacia Alhama va.

IV

El sol, al asomar por el Oriente, Del Rey Abú-Abdil vió la bandera Flotar sobre la Alhambra y por su gente Guarnecida á Granada. Nueva era Comenzaba á correr, y alegremente Corrió la muchedumbre novelera, Al vencido Muley abandonando, Del nuevo Rey á acrecentar el bando. ¡Clemente Aláh, cuya potente mano Los imperios del polvo creadora Engendra y los reduce á polvo vano, Según tu santa ley niveladora De la humildad y del orgullo humano: Tiéndela pío hacia la gente mora! ¿Qué va á ser de ella en guerra fratricida Entre el padre y el hijo dividida?

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