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Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2

LIBRO QUINTO

Reading edition

INTRODUCCIÓN

¡Escrito estaba así! Dios en su mano Tiene los corazones de los Reyes, Y sus profundos cálculos políticos La voluntad de Dios acota siempre. Esa nación, que poderosa nace De las ruinas de aquella que perece, Al mandato de Dios brota y se encumbra Y en alas sólo de su aliento viene. Los pueblos y las razas se renuevan, Devorando el que nace al que fenece, Como en la inundación bajo las aguas Se renueva el país que se sumerge. La gloria y el poder de las naciones Nace, se eleva y cae, cual se suceden Las semillas y frutos de la tierra, Hijas de la estación que les da germen. El invierno corona las montañas Con blancas tocas de apretada nieve, Y el aire de sus copos infecundos La lluvia extrae para regar las mieses. Cuna y sepulcro al par de cuanto en ella Vegeta y se consume, nace y muere, Fúnebre ¡adiós! ó alegre bienvenida Da la tierra á quien parte y á quien viene; Y lo mismo que el manto se desciñe De vida y flores en que Abril la envuelve, Se despoja insensible de sus pueblos, Y sus razas olvida indiferente. Así han nacido y perecido todos Bajo esta ley universal, y quieren Explicar los políticos en vano Los misterios del tiempo y de la muerte. Mane, Tézel, Farés, escribió el dedo De Dios de su palacio en las paredes, Y se hundió Baltasar y Babilonia; Y así se hunden los pueblos y los Reyes. En vano achaca el sabio á su política El viento que á su ruina les impele: Al pueblo que á su fin mísero toca, Su propio peso hacia su fin le vence: Y el Rey que nace de su raza el último, Por mucho que afanoso se desvele Por la prez y la gloria de sus pueblos, Al fin sus pueblos y su gloria pierde. Nínive así, Jerusalén y Roma Fueron: y así las razas del Oriente Que encantaron los valles de Granada Fueron: sombra de sauce, inquieta y breve, Aroma de jazmín que dura un día, Humo de mirra que borró el ambiente, Nube formada del vapor del alba Que á los rayos del sol se desvanece. Tal fué Granada: y al dejar sus muros, Filósofa ó fanática su gente «Escrito estaba así!—dijo partiendo, ¡Alahú-akbar!—¡Dios grande, Tú lo quieres!» Y yo, que al relatar su última historia, En empolvados libros y papeles Roídos por el tiempo, voy sus hechos Al olvido robando, siento á veces Preñárseme los párpados de lágrimas, Viendo la abnegación de aquellos seres Que al África partieron resignados, Más que á su patria á su crëencia fieles; Y cuando leo los cristianos libros Que les tratan de bárbaros y aleves, Digo en mi corazón: «Escrito estaba: ¡Alahú-akbar! ¡Dios grande, Tú lo quieres!» Mas volviendo á tomar mi torpe pluma Y tornando á elevar mi canto débil, Torno al relato de su antigua historia Y vuelvo de Granada á los verjeles.

NARRACIÓN

I

Más allá de la selva de avellanos, Á cuya sombra misteriosa mana Murmuradora fuente cuya historia Cuento parece de orientales hadas: Más allá de los cármenes que alegran De los cerros del sol la verde falda, Y más allá de las rojizas lomas Que á Darro obligan á torcer sus aguas, Hay un tajo que forman dos colinas Donde la arcilla estéril, de las plantas Secando las semillas, el arraigo De hierbas, flores y árboles rechaza. De este tajo en la cóncava hendedura, Del Moro y del Cristiano abandonada Y objeto de pavor para ambos pueblos, Hay una vieja torre solitaria. Fábrica, según unos, de un mal Genio Que, teniendo en las nubes su morada, Robó audaz una Hurí del paraíso Y al mundo la bajó sobre sus alas, Encerrándola luego en esta torre Que fabricó con piedras encantadas. Obra de un parricida, según otros, De quien no quiso Satanás el alma, Y la enterró con el nefando cuerpo Debajo de la arcilla emponzoñada, Vuelta después en fuente pantanosa, Turbia, insalubre, fétida y amarga. Mas cualquiera que fuere el misterioso Origen ignorado de su fábrica Que en los siglos se pierde, es esta torre Objeto del terror de la comarca. Al amor de la lumbre los ancianos, De las noches de invierno en las veladas, Á sus vecinos y parientes, de ella Mil leyendas quiméricas relatan. Ni pastor llevó nunca su ganado Por aquellos contornos, ni serrana Por recia tempestad sobrecogida Se abrigó de sus bóvedas rajadas; Ni nunca las doncellas campesinas Se casaron con hombre que pasara En la luna anterior al matrimonio Por bajo de esta torre condenada; Ni cazador alguno su ballesta Disparó sobre el ave ó la alimaña Que se acogió á las grietas de sus muros, Ó en su cresta posó desalmenada. El padre al revoltoso rapazuelo Con la torre fatídica amenaza, Y el muchacho, medroso, se guarece Bajo el regazo maternal y calla. Dicen que en las tinieblas de la noche En torno de ella apariciones vagas Se perciben tal vez, y se iluminan Los huecos de sus lóbregas ventanas; Dicen que un Moro, ó alquimista ó santo, De triste voz y venerable barba La torre habita, y que curó con filtros Á una pobre mujer endemoniada; Y cuentan, aunque nadie le designa, Que un mancebo del pueblo, que idolatra Á una Infanta rëal, clavó una noche, Caprichos por cumplir de la que ama, En el viejo postigo de la torre El velo de la hermosa con su daga: Y la hermosa á otro día halló clavados El velo y el puñal en su ventana. Un mercader del Zacatín, muy rico, Muy limosnero y de costumbres santas, Consultó escrupuloso con un sabio Santón el fundamento de estas fábulas, Y el sabio Aly-Mazer, que penitente En los montes habita una cabaña Que nadie vió, y á quien el vulgo dice Que cuida allí de alimentar un águila, Su plática al oir sobre la torre Dijo con vista torva y voz airada: «¡Ay del que pise de su umbral la piedra Allí afila la muerte su guadaña.» Y esto el sabio santón diciendo á voces Al mercader, atravesó la plaza, Dejándole aterrado y circuído De inmensa multitud estupefacta. Dícese, sin embargo, aunque se dice Entre amigos no más, y en voz muy baja, Que algunos han llegado hasta esta torre De consejos ó filtros en demanda, Y que el viejo dervich que habita en ella Satisfizo sus dudas ó sus ansias: Y aun dicen que debajo de las piedras De aquella torre vacilante se hallan Camarines suntuosos, alumbrados Con candelabros de coral y de ámbar, Y una fuente que aduerme los sentidos Al dulce són de sus bullentes aguas. Dios sabe la verdad; el vulgo siempre Da formas temerosas y fantásticas Á lo que no comprende, y esta torre Le es en sus sueños pesadilla ingrata. Era la última tarde de Febrero: Ya el crepúsculo en sombra se cerraba, De los vientos de Marzo comenzando Á zumbar en los árboles las ráfagas. Ya recogido el labrador su yunta Cansado había y el pastor sus cabras, Y el humo de las chozas y alquerías Á su frugal banquete le llamaba. Se hundían en sus cuevas los reptiles Y acudían las aves á las ramas, Llamando á la vecina primavera Que más de lo que anhelan se retarda. La tierra, en fin, en brazos de la noche, Yerta, en silencio y soledad quedaba, Y al lejos la ciudad se distinguía Sólo ya por la luz de sus ventanas. Era una noche fría y tenebrosa: Crecía el viento y, de la luna falta, La bóveda del cielo parecía Con fúnebres crespones enlutada. Era una de esas noches en las cuales La voz del miedo al corazón nos habla y Y de infantil superstición al soplo Quimeras mil en nuestra mente se alzan. Noche agradable para oir historias Junto á la lumbre del hogar contadas, Ó para hacer castillos en el aire Bajo el triple doblez de espesa manta. Mas no siempre á su antojo goza el hombre Plácida ocupación, cómoda estancia, Y alguno hay siempre que afanoso vela Mientras el mundo universal descansa. He aquí por qué del arcilloso tajo Donde la antigua torre está fundada, Á pesar de la noche pavorosa, La soledad un hombre atravesaba. No se alcanzaba á ver en las tinieblas Ni aun el contorno de su forma humana; Mas se oía su aliento fatigoso Y el compás desigual de sus pisadas. Sonoro el rosetón de sus espuelas Tal vez por caballero le acusaba, Y por hombre de guerra el són metálico Con que bajo el caftán crujen sus armas. Llegó á la cima del repecho, donde La puerta da del torreón: ahogada Tos de cansancio le saltó del pecho, Mas sofocó su ruido en la garganta. Breve silencio luego, hondo, absoluto, Indicó que dudoso vacilaba, Y que tal vez en el momento crítico Le abandonaba el corazón su audacia Con larga aspiración tomar aliento Oyósele después, y de la daga Con el pomo dos golpes dió en la puerta, Secos, iguales, firmes: no temblaba. El corazón que daba á aquella mano Tan sereno vigor latía en calma, Y el hombre que llamaba á aquella torre Resuelto en ella á penetrar llegaba. Si á su secreto huésped conocía, Su relación con él era harto franca; Si la creía habitación de espíritus, Con temeraria fe les provocaba. El doble són de su doblado golpe Los ecos de la torre abandonada Cóncavos repitieron, hasta ahogarles En la desierta cavidad lejana, Y un momento después otra voz ronca Tras de la puerta preguntó:—«¿Quién llama?» —«Un hombre solo», respondió el de fuera. EL DE DENTRO ¿Qué quiere? EL DE FUERA Quiere hacer una demanda Al espíritu sabio que aquí mora. EL DE DENTRO ¿Su ciencia sin saber de quién dimana? EL DE FUERA Del cielo ó del infierno: importa poco: Con que me sepa responder me basta. EL DE DENTRO ¿Resuelto traes el corazón? EL DE FUERA Á todo. EL DE DENTRO ¿Tienes bien la pregunta meditada? FUERA Sí. DENTRO ¿Sabes que la ciencia nunca miente, Y que desnuda la verdad espanta? FUERA Favorable ó fatal, saberla quiero; Pon precio á tu respuesta, pero dámela. DENTRO La ciencia no se vende: y quien el cáliz Osa apurar de la verdad amarga, En el veneno que al saberla bebe La compra por su mal bastante cara. Entra.—Abrióse la puerta: pasó el hombre, Y fué todo silencio, sombra, nada. En medio de un morisco gabinete Que, á juzgar por su bóveda cerrada, Pertenece sin duda á alguna obra Desconocida, oculta y subterránea, Al suave resplandor con que la alumbran De pulido alabastro cinco lámparas, Hay una fuentecilla que se vierte De mármol transparente en una taza. El desborde del líquido impidiendo, Un sumidero que su fondo orada Le conserva en nivel constante siempre, La que sume igualando á la que mana. Su ancho tazón que sobresale apenas Del pavimento, á la arabesca usanza, Cercado está de blandos almohadones Y tupidas alfombras toledanas; Mas parece que sólo se destinan Por el rico señor de aquella estancia Á que gocen sus huéspedes la vista Y el grato són de la corriente mansa: Y la luz de las lámparas, que recta En su cristal á reflejarse baja, Para alumbrar también parece sólo La transparente linfa preparada. Radia empero esta luz por todas partes En rededor de la ostentosa cámara Sobre mil preciosísimos objetos, Que la opulencia del señor delatan. Ricos jarrones del Japón que ostentan Índicas flores que en su seno arraigan, Plumas costosas de chinesco origen, Y talismanes y amuletos y armas Por su rara virtud ó precio enorme De enriquecer capaces á un Monarca, Decoran el fantástico aposento Que aroma un ancho perfumero de ámbar: Exquisitos damascos, cairelados Con anchos flecos y tejidas randas, Cubren los muros, cuyo friso adornan Minuciosas labores africanas; Y del techo estaláctico, de cedro y olorosas maderas cinceladas, Los huecos casetones laberínticos Miniaturas espléndidas esmaltan. El murmullo continuo de la fuente, La suave luz en ella reflejada Y el aroma oriental del perfumero Que harmoniza, ilumina y embalsama El aire de este asilo misterioso, Embebecen el ánimo y embargan Los sentidos, y el alma á las delicias De beáticos éxtasis preparan. Al respirar su atmósfera vivífica La cavidad del pecho se dilata Con placer inefable: y, cual si en ella Un bálsamo vital se inoculara, Corre la sangre renovada, al cuerpo Comunicando ligereza extraña, Como si el soplo de benigno genio Su peso terrenal aligerara. Este deleite, empero, inexplicable, Este placer magnético que embriaga El ánimo y el cuerpo en este sitio, Tanta delicia infunde, que aletarga. Aura parece del Edén, divina Fruición de la gloria que, arrastrada Á la tierra de impuro sortilegio Por la virtud, deleita pero daña. Mansión es ésta singular: acaso En ella con sacrílega amalgama El ambiente vital del paraíso Y el aliento satánico se hermanan. Mansión que está sujeta á algún encanto, Ó por algún espíritu habitada, Ó por un sabio mago está dispuesta Para abusar de la razón humana. Fantástica mansión, cuyo recinto Se encierra oculto en la maciza fábrica De los hondos cimientos que mantienen La torre secular que al vulgo espanta.

II

Como visión que se aparece muda Á la voz del conjuro que la evoca, Como la mancha que proyecta móvil La nube que ante el sol cruza la atmósfera, Así apartando la crujiente seda Que el subterráneo camarín decora, En su oriental recinto penetraron En sombrío silencio dos personas; Hombres las dos: el uno, revestido De luengas, anchas y talares ropas, Bajo el morisco capuchón plegado La edad oculta y el semblante emboza; Debajo el otro de caftán turquesco Rica armadura y cimitarra corva Deja admirar: mas el cerrado almete Su faz resguarda de atención curiosa. Ser el primero en su ademán revela De esta mansión el dueño: indagadora Inquietud, mas no miedo, del segundo Muestra la continencia cautelosa. Busca el primero entre los mil objetos Que allí se ven, de aplicación incógnita, Algo que necesita, y el segundo Sagaz espía sus acciones todas. Un talismán y un libro, cuyos usos Sólo tal vez su posesor no ignora, Tomó por fin el sabio y puso el libro En un atril de laboreada concha. Era el libro un volumen con respeto Guardado en un cajón de palo-rosa, Y el talismán representaba un áspid, El cuerpo de oro y de coral la cola. De un candelero de oro salomónico Encendió luego la bujía roja El silencioso encapuchado, y dijo Volviéndose al guerrero:—«Ya está pronta El ara de la ciencia y arde en ella La luz de la verdad. Ese áspid toma, Pregúntale; divide de ese libro Las páginas con él y, sobre la hoja Que abras, lee la respuesta á tu pregunta, Y..... espera todavía, si te importa Tu secreto guardar, que por tu lengua Hable tu alma: la palabra sobra.» Obedeció en silencio el caballero: Y dejando en un mueble sus manoplas, Con la desnuda mano asiendo el áspid Se aprestó á la tremenda ceremonia. Hizo en secreto su demanda, y luego, Metiendo el talismán entre las hojas Del libro, en el atril por ambos lados Caer partidas al azar dejólas. Á través de las barras del almete Tendió á lo escrito la mirada ansiosa: Leyó, y el estertor que hinchó su pecho Mostró de su alma la mortal congoja; Mas hombre á dominar acostumbrado Sin duda al corazón, una tras otra Leyó todas las líneas de la página, Su acíbar apurando gota á gota. Acabó de leer y cabizbajo Permaneció un momento: escrutadora Entretanto del sabio la mirada Sobre él en vano pertinaz se posa; Porque el tejido espeso de las barras De la celada penetrar le estorba Hasta su rostro que, indiscreto acaso, Revelara su idea más recóndita. Alzó al fin el armado la cabeza, Con un suspiro desechando la honda Fatídica impresión del sortilegio, Rompiéndose el silencio en esta forma: EL SABIO ¿Has concluído? EL CABALLERO Sí. EL SABIO ¿Que trae el libro? EL CABALLERO Una encantada y peregrina historia. EL SABIO La tuya. EL CABALLERO Puede de ser: pero la escrita Tiene cierto sabor á fabulosa. EL SABIO En vano quieres con fingida calma Ocultar á mis ojos tu zozobra; Yo sé que la verdad de tus palabras Está en tu corazón, y no en tu boca. Yo sé que espanta el porvenir: que acíbar Guarda no más de la verdad la copa, Y que, por más sereno que la apures, Te fermenta en el alma su ponzoña. EL CABALLERO Un alma varonil, con su destino Lucha: una fe tenaz todo lo arrostra. EL SABIO La fe de quien á oráculos acude, Sólo es superstición que la fe ahoga. Voy la historia á lëer con que ese libro Respondió á tu demanda; y si aún dudosa Tu alma desea explicación más clara, Pídela y la tendrás, palpable y pronta. Dijo: y fijando su mirada el sabio Sobre el libro fatal, con pavorosa Voz empezó á lëer, el caballero Prestando á su pesar atención honda: «Un celestial espíritu encantado »Tiene al Rey Alhamar: su augusta sombra »Sobre los leves rayos de la luna »Baja á la Alhambra en las nocturnas horas. »Mudo, invisible, su fantasma regio »Se mostrará una vez y una vez sola »Hablará: mas ¡ay! ¡triste del que entonces »Vea su faz y sus palabras oiga! »Él será engendrador del Rey postrero »Que en la Alhambra rëal ciña corona: »Y ¡ay de los de Nazar! ¡ay de Granada! »Con ese Rey fenecerá su gloria.» Leyó el sabio: y, quitándose del libro, Dirigió así la voz conminadora Al caballero, que encerrado le oye Mudo é inmoble en su armadura cóncava: —«¡Ay de los de Nazar! ¡ay de Granada! »Su Rey ha visto la tremenda sombra; »Y ¡ay de ti, Rey Hasán! ¡ay de tu sangre, »De raza tan fatal engendradora!» Á estas palabras, el sombrío armado Dando un paso hacia el sabio, con voz ronca Pero resuelta, dijo, levantando La celada que el rostro le encapota: —«Yo soy Muley-Hasán: tú lo dijiste: »Yo he visto esa fantasma aterradora, »Cuya verdad de confirmarme acaba »La virtud de tu ciencia misteriosa. »Yo soy Hasán; pero desde este punto, »Para que tal cual soy me reconozcas; »Oye á tu vez la predicción que te hago »En cambio de tu oráculo y tu historia. »Yo soy el Rey Hasán; pero primero »Que mi raza consume tal deshonra, »Todos mis hijos, todos, uno á uno, »Ahogará sin piedad mi mano propia. »Ya lo sabes: adiós; y abre, pues creo »Que el aire de este cuarto me sofoca.» Dijo Muley-Hasán, y la salida Buscó bajo el tapiz, ebrio de cólera: Mas tomándole el sabio por la mano, Le detuvo diciendo: Rey, tú ignoras Lo que el cielo te guarda, y es preciso Desvanecer tus esperanzas locas, Tu hijo Abú-Abdil..... MULEY-HASÁN (interrumpiéndole.) Preso en la Alhambra Yace, y cadáver le hallará la aurora. EL SABIO Te engañas: en Guadix contra su padre Junta sus partidarios á estas horas. MULEY-HASÁN ¡Mientes! EL SABIO ¡Mísero Rey! tú ignoras sólo La desventura inmensa que te agobia: Mas yo te haré agotar hasta las heces De la horrenda verdad la amarga copa. MULEY-HASÁN Déjame: basta ya: sé lo bastante; Y siento que mi mente se trastorna, Y de alegría imbécil ó satánica Mi inmenso mal el corazón me colma. ¡Déjame! EL SABIO No, Muley: esa alegría Insensata la bebes en la atmósfera; Desde que en este camarín entraste, En ti de un filtro la influencia obra: Y esa febril exaltación que sientes Ya á llevarte, en las alas vagarosas De una ilusión quimérica, á unos sitios Cuyos sucesos conocer te importa. —Déjame, exclamó Hasán como luchando Con alguna impresión vertiginosa. —Obedece, mortal, exclamó el sabio Con elevada voz dominadora. Magnetizado Hasán desde este punto, Obedeció á su voz como un autómata: —«Siéntate,» dijo, y se sentó: «contempla El agua de esa fuente.» Y en sus ondas Fijó la vista fascinada.—Entonces, Cerrando el caño por do el agua brota Y el sumidero que la taza orada, Posarse el sabio encantador dejóla. Deshízose en el mármol el postrero Círculo que formó su última gota, Y quedó el haz del agua tersa, inmóvil, Reflejando en su fondo de la bóveda Las múltiples labores que, alumbradas Por las lámparas, fingen con sus combas, Ángulos, radios, casetones y arcos, Grupos de casas, árboles y rocas. Sentóse el sabio junto al Rey, y asiendo Su yerta mano y de su oído próxima La boca colocando,—«duerme, díjole, «Duerme Muley, á tu pesar, reposa: »Mas recibe los sueños que te envío »Y dales un asilo en tu memoria, »Para que cuando vuelvas de tu sueño »Recuerdes sus visiones vaporosas. »Sueña, feroz Muley, y mis palabras »De ensueños vagos en quimeras torna: »Sueña que ves debajo de esa fuente »Lo que en tu sueño de mis labios oigas.» Y aquí el encantador encapuchado Comenzó á relatar con voz monótona Una historia, confusa como un sueño, En que un millar de imágenes se agolpa: Vaga, como unos versos sin cadencia, Que parece tal vez que nunca logran En su harmonía dar con un sonido Que con otro sonido corresponda; Historia, en fin, cuyo relato hecho En la inflexión y guturales notas De árabe dialecto, semejaba Al susurro del agua y de las hojas.

III

—«Mira, escucha y comprende lo que pasa En torno tuyo ¡oh Rey!—¿Ves esas sombras Que como en alas de los vientos cruzan Esos llanos y montes con que sueñas, De esa obscura ciudad saliendo todas? Los corredores son, que el Rey cristiano Envía á sus alcaides fronterizos. Esa ciudad de donde parten, cuyo Mudo recinto en las tinieblas yace Al parecer pacífico y tranquilo, Es Medina del Campo. Desde aquellas Torres los Reyes de Castilla miran Hacia Granada, el pensamiento fijo En su desolación y la memoria En el fatal horóscopo, que anuncia Á Abú-Abdil como el postrer monarca Que reinará en la Alhambra; sus jinetes Por eso envían en secreto, y sólo Caminando de noche, á sus mejores Adalides. ¿Y sabes el mensaje Que les llevan, Muley? Que pues rompiste Las treguas tú, cayendo sobre Zahara, Den por abierto el campo de la guerra Y metan por tus tierras sus pendones, Talando sin piedad y destruyendo Mieses, viñedos, torres y ciudades. Vuelve ahora la vista hacia este lado: ¿Ves ese cerro sobre el cual blanquean Las almenadas torres y los muros De una morisca villa? Son las torres Y las murallas de Guadix. ¿Ves ese Pendón que en ellas vagarosa agita El aura de la noche? No es ya el tuyo: Es el de Abú-Abdil. ¿Ves esos hombres Que, envueltos en sus blancos alquiceles Y jaiques africanos, uno á uno Entran en la segura fortaleza Do se hospeda tu alcaide? Todos esos Son los parciales de Abdilá, que acuden Á ofrecerle su brazo y sus tesoros Contra su mismo padre: y son los mismos Que tus inicuas leyes desterraron De Granada; los hijos y los nietos De aquella ilustre raza degollada Por el infame padre del que ahora Es tu primer Wazir, tu consejero, Del tirano tal vez que por ti reina: De Abú'l-Kasín Ben-Egas, hijo digno Del renegado vil á quien llamaron Moros y Castellanos con desprecio El Tornadizo: y todos alimentan Sed de venganza contra él, y el odio Hierve en su corazón contra la impura Cristiana á quien adoras, y detestan Toda la estirpe vil de renegados Que te cerca, Muley, y al pueblo impulsan Hacia la rebelión, que ya fermenta Hasta en tu misma corte, y cuyo fuego Puede atajar tal vez Dios solamente, ¡Alahú-akbar! así está escrito. Vuelve La vista hacia ese valle: es el de Dona. ¿Ves esa multitud de gente armada Que por él atraviesa? Son Cristianos Que á Alhama van. Á Alhama, donde tienes Tus más ricos tesoros: donde acuden Con tus anuales rentas tus alcaides: Donde almacenas los inmensos víveres Á tus tropas fronteras necesarios. Á Alhama van: la llave de Granada, Como los Granadinos la apellidan: Á Alhama van. Repara cómo trepan Por los peñascos en que está fundada, Como astutos reptiles, los Cristianos Escaladores; mira cómo llegan De los muros al pie sin ser sentidos: Mira cómo aproximan las escalas: Mira cómo en silencio en las almenas Aseguran las manos, cómo tienden Los cautelosos ojos al recinto Del muro y del adarve abandonados: Mira cómo el primero salta dentro Y sesenta tras él. Ese maldito Es Ortega del Prado, ese famoso Escalador cuyas sorpresas tienen En vela eterna á los Alcaides todos De tus castillos fronterizos. Mira Cómo asesina al centinela y corre Á sorprender la guardia de las puertas: Mira cómo un enjambre de Cristianos Por las murallas entra. ¡Ay de tu Alhama! ¡Ay de los que no ven que están cercados De lobos Nazarenos! Mira, mira. Aquel jinete, que á su frente viene Á emboscarse traidor junto al postigo, Es Ponce de León, Marqués de Cádiz, Maldecido de Aláh y azote nuestro. Aquel otro de arnés empavonado, Es el rico Asistente de Sevilla Diego de Merlo: aquel que con el hacha El barreado rastrillo hace pedazos Con fuerzas de Titán, es Juan de Robles, Alcaide de Jerez, que mató un toro Dándole en el testuz un puñetazo. Y no creas que es gente allegadiza, Poco diestra en la lid y mal armada; No, Muley, son guerreros avezados Á pelear: ilustres por sus hechos Y por su sangre generosa: todo Cuanto encierra mejor Andalucía De Castellanos capitanes. Mira: ¿Ves aquel joven cuyo bozo apenas Sobre su labio superior apunta? Bien puedes con el alba que esclarece Divisarle, jinete en un morcillo Que piafa de impaciencia: ese es un hijo De aquel Conde de Cabra cuyo brazo Teme no más Aly-Athár de Loja; Es su hijo Don Martín, prez de la raza De Fernández de Córdova. Aquel otro Que monta un potro negro y que tremola Un pendoncillo cárdeno en la lanza, Don Pedro Enríquez es, Adelantado Mayor de Andalucía. Toda entera La tienes ya sobre tu reino: toda Tiene la voz de alarma y se dispone Para vengar á Zahara. ¡Ay de tu Alhama, Que tienen ya por suya! ¡Oh! mira, mira: Aquel que gana el caracol estrecho Del torreón y baja á dar entrada Á los que aguardan del postigo fuera, Es el Comendador Martín Galindo, Que ha jurado inmolar treinta Muslimes Á la implacable sombra de un hermano Muerto á sus pies por el Zegrí de Vélez. Mira cómo ayudado de Estremera Su escudero, y de Pedro de Valdivia, Alcaide de Archidona, desatranca Los pesados barrotes de la puerta Y sube las cadenas del rastrillo. Ya logró levantarle: ya una hoja Franqueó del postigo: apresurados Mira cómo por él se lanzan todos Sedientos de oro y sangre ¡Aláh clemente, Compadece á los Árabes! Escucha. ¿No oyes el repentino clamoreo Que ensordece la villa? ¡Desdichada! Su gente anoche se acostó tranquila, Y en brazos de la muerte se despierta. Mira aquel que en la torre de homenaje De la alta ciudadela ha enarbolado La bandera cristiana; oye cuál grita, Agitando frenético los brazos, ¡Alhama por Castilla!... ya la tienen. Mas no: mira los tuyos cómo acuden Á la pelea: todavía es suya La villa, y el castillo solamente De los Cristianos es. ¡Aláh bendito! Mira cómo coronan las murallas, Una nube de flechas arrojando Sobre los siervos de Jesús. ¡Cuál caen Entre los muros de ambos fuertes! Cejan, Se encierran otra vez en el castillo La tierra con su sangre enrojeciendo. ¡Ah, leales Muslimes, degollados Primeros que rendidos! Viejos, niños, Mujeres, cuantos ciñen el turbante Africano, pelean por su patria. Mira, van á intentar una salida: Ya están acorralados los Cristianos En el castillo, y á su vez ahora Van á ser los sitiados. No hay tronera, Ni lucerna, ni almena, ni resquicio Por donde asome un ojo castellano, Que cubierto de dardos no se vea En el instante mismo. Ya los tuyos Comienzan á salir: mas ¡Cielo santo! En tumulto, sin orden y sin jefe, Como muchachos de una escuela salen. ¡Oh! van á ser pasados á cuchillo Si los Cristianos dan en ellos. ¡Pronto Desdichados! ¡atrás! ¡atrás! Es tarde. Un lienzo de muralla derribando Los Cristianos se lanzan de repente Sobre su ciega multitud, y en ellos Corno en ganados en redil se ceban. Huyen: la puerta los de dentro quieren Cerrar: mas se aproximan unos y otros En confuso tropel: todo es en vano: Todos al par se precipitan dentro. Oye cómo á la avara soldadesca Autorizan los jefes al saqueo, Para animar sus bárbaros instintos. ¡Ira de Dios! La muerte por las calles, Por las plazas, las casas y mezquitas, Corre hambrienta de víctimas humanas Y se harta de cadáveres. En vano Unos pocos valientes, prefiriendo La muerte al cautiverio, se resisten Como leones del desierto. En vano En tu regio mirab encastillándose, Ante el ara sagrada del Profeta Forman una muralla con sus pechos. Un impío Cristiano, una embreada Tea aplicando á la dorada puerta, Sopla la llama arrodillado, en tanto Que otros con sus escudos le protegen De los árabes tiros. Ya la llama Prendió en la puerta cincelada: el humo En espirales pardas culebrea Por cima de los cascos: ya las chispas Saltan á impulso del seguro soplo De la adarga de cuero con que aventan El incendio naciente, y ya rechina La primorosa ensambladura hendiéndose. Mira cómo abrasada se desploma La mezquita y sepulta á los Muslimes: Mira cómo el incendio se propaga Por sus bazares y almacenes: mira Las lagunas de sangre, en cuyo fondo La voz de todo un pueblo degollado Al justiciero Aláh contra ti clama: Mira cómo el incendio, porque veas Mejor, extiende en derredor su llama Encendiendo á tu honor mortuorias teas: Mira la cruz sobre el peñón de Alhama!.... Desventurado Rey, ¡maldito seas!....» Dijo y calló la voz del nigromante; De la frase final lúgubre el eco En pavoroso són zumbó un instante Bajo morisco artesonado hueco. Un momento después la luz brillante Se extinguió de las lámparas: un paso Lento, más firme gravitó en la alfombra: Sintióse en los tapices un escaso Rumor.... y todo fué silencio y sombra.

IV

Despuntaba la luz de la mañana: El sol, detrás aún del horizonte, Tendía ya su resplandor de grana Como un inmenso chal de monte en monte. Alfombraba la escarcha las laderas De los valles de Darro, y argentinas Del árbol desprendíanse ligeras Las perlas del rocío, á las primeras Ráfagas de las auras matutinas. Diáfana en fin la atmósfera, sereno El cielo y quieto el aire, se anunciaba Un día claro y de alegría lleno Que al perezoso mundo despertaba. En la loma del cerro abandonado, Donde se eleva el torreón obscuro Que al vulgo atemoriza, un hombre armado Yacía al pie de solitario muro, De espaldas en sus piedras apoyado. Verde caftán de damasquina tela, Cuyo valor y forma la elevada Clase y poder del portador revela, Cubría su armadura cincelada, El calado antifaz de su celada No permitiendo ver si duerme ó vela. Allá en el valle y á la torre vuelto De espalda, un negro y colosal Nubiano Dormía echado en su alquicel envuelto, Á precaución habiéndose revuelto Las bridas de dos yeguas á la mano. La hermosa raza del desierto en ellas Se dejaba admirar, y en sus mantillas De seda tunecí, y en las hebillas De plata de su arnés, bien claras huellas Se veían del lujo de su dueño, Cuya venida retardaba acaso Dulce el placer, ó descuidado el sueño. El sol, apareciendo de repente Tras de las cumbres de la helada sierra, Derramó su esplendor sobre la tierra, Y un rayo de su luz hirió el luciente Casco de la armadura en que se encierra El hombre que en la torre al pie del muro Yace, su oculta faz dando al Oriente. Su calor ó su luz, si es que dormía, Le desvelaron: si aguardaba su hora, Le avisaron puntuales que era día. Entonces el armado, la pereza Ó el sueño desechando, en torno suyo Revolvió lentamente la cabeza: Dió tensión á su cuerpo entumecido, Y con señales claras de sorpresa Reconoció el lugar: mas de la torre Viéndose á los umbrales, como herido De repentina idea, ó tal vez presa De una locura, alzóse, y una gruesa Piedra cogiendo entre sus brazos, corre, Y con cuanto vigor halló en su pecho Lanzándola en impulso bien medido Contra el postigo de madera estrecho, Le descuajó del quicio carcomido. Cayó dentro la hoja levantando Una nube de polvo, revocada Por su hueco en espesa bocanada: Al temeroso ruido, despertando El negro que esperaba en la alhameda, Volvióse con pavor: mas no vió nada En medio de la densa polvareda. Inmóvil el Nubiano contemplaba Desvanecerse el polvo que impelido Por el aura corría, y esperaba Sin duda hallar detrás de su cortina Aquel maldito torreón hundido Y abrasada ó desierta la colina, Cuando á manera de marmóreo busto Que, abandonando su sepulcro, asoma Del panteón á la puerta, vió con susto Bajar hacia él por la empinada loma Una radiante y colosal figura, Tras sí dejando el torreón vetusto Del cual la vió salir con gran pavura. Ya para huir despavorido acaso Las manos á la crin y el pie al estribo Iba á llevar, cuando atajó su paso La voz de su señor (cuya armadura Brillaba al Sol con resplandor tan vivo Que deslumbraba), y dándole el nativo Nombre gritóle:—«¡Zil, pronto, á caballo!» Y montando de un salto, á toda brida Lanzó su yegua. Zil, como él activo, Sacó en escape volador tendida La suya de él en pos, y esclavo y dueño Se hundieron de su rápida corrida Entre el polvo, cual sombras de un ensueño.

V

Media hora después caía muerta De fatiga á los pies de su jinete La yegua del fiel Zil, ante la puerta De la Alhambra: tras él Muley llegando, Á contener la suya no bastando Desenfrenada y en carrera abierta, Con ella por el pórtico se mete. Sujetaron á un tiempo veinte manos Al fogoso animal: á tierra echóse El fatigado Amir, y en medio hallóse De su guardia de negros africanos. Como una torva y rencorosa hiena Que olfatea con ansia en el desierto, Buscando el tronco del viajero muerto Que enterró el salteador bajo la arena: Tal el fiero Muley el zurdo paso Enderezó á la torre de Comares, Con el designio de manchar acaso Con un nefando crimen sus hogares. En su rostro, de cólera amarillo, La decisión horrenda se leía En su sangriento corazón forjada, Y el infernal placer de su alma impía En sus trémulos labios y en el brillo Siniestro de su lúgubre mirada. Los negros su furor adivinando En su ademán y rostro descompuesto, Paso le abrieron con temor callando: Él, en vez de palabras, empleando Un imperioso irresistible gesto, Abrir mandó la cámara africana Que sirve de prisión á la Sultana. En sepulcral silencio, más terrible Que la voz más furiosa, entró en la estancia, De Comares Muley: con impasible, Desdeñosa y sultánica arrogancia, Serena faz y fulgurantes ojos, Á Aixa halló que acercarse le veía En pie y desafiando sus enojos, Silenciosa como él, como él sombría. Como audaz cazador que, asegurado De la muerta leona, hallar espera Sus cachorros sin riesgo, y confiado Avanza hasta la oculta madriguera: Mas en su boca lóbrega, imprudente Los cachorros dormidos reclamando Escarba, y con terror ve de repente, Su ondulante espiral desarrollando, Salir con un silbido una serpiente: Tal se encontró Muley bajo la altiva É imperiosa mirada de la Mora, Á quien débil juzgó como cautiva É insolente encontró como señora. Miráronse un momento frente á frente Aixa y Muley-Hasán: mas no hay quien pueda La mirada arrostrar resplandeciente De esta mujer, cuyo ánimo valiente Tanta virtud como valor hospeda. Con los brazos cruzados sobre el pecho Preguntó al Rey impávida:—«¿Qué quieres?» —«Tu hijo,» exclamó Muley.—«¡Qué imbécil eres!» Repuso con desprecio la Sultana, Dominando á Muley á su despecho. «¿Cuándo has supuesto que albergado viva »En el pecho viril de una Africana »El villano temor de una cautiva, »Ni el corazón servil de una Cristiana? »Tú te olvidas que Dios Reina me ha hecho. »¿Mi hijo á pedirme vienes? ¡Insensato! »Libre partió: mas si seguir su huella »Deseas, de ocultártela no trato. »Corre á tu villa de Guadix, y en ella, »De Dios y de tus pueblos con la ayuda, »Alzado Rey le encontrarás sin duda.» —«¡En Guadix!—dijo el Rey,—¡no lo he soñado!» Y, de pavor mortal sobrecogido, Ante la Mora en pie quedó aterrado, Mudo é inmóvil, cual del rayo herido. Ella le contempló por un instante Sin comprender lo que por él pasaba: Mas suponiendo que algo meditaba Contra el fugado Príncipe, arrogante Díjole, de él poniéndose delante: «La bestia más feroz, jamás se encona »Con sus hijos cual tú. ¿Qué esperar debo »Del tigre que á sus hijos no perdona? »Ya á todo yo por Abdilá me atrevo: »Tigre, te encontrarás con la leona. »De hoy, pues, no lograrás, feroz tirano, »Ni tocar al menor de sus cabellos »Sin que, cual tú feroz, mi regia mano »Meta un puñal entre tu mano y ellos.» Dijo, y una insolente carcajada Soltó, la espalda con desdén volviendo: No la volvió Muley ni una mirada Ni la escuchó tal vez, sólo atendiendo Á la duda fatal en que vacila: Y la Sultana, hallándola entreabierta, Con noble majestad pasó la puerta Y á su cámara real fuese tranquila. Vióla Muley el patio de la alberca Cruzar, volviendo en sí: mas no dió un paso Contra ella, ni el gesto más escaso Hizo, aunque la guardia el patio cerca. En silencio, los brazos sobre el pecho Cruzados é inclinada la cabeza, Á solas con su mal ó su despecho, Presa permaneció por largo trecho De ruin superstición ú honda tristeza. Mas notando el Monarca de repente Que sus guardias le estaban contemplando, Miró á su dignidad, irguió la frente, Y, cobrando su indómita fiereza, Al patio se lanzó, donde llegando Tendió la vista en derredor, ansioso De encontrar una víctima á su saña. En pie, junto á un pilar del peristilo, Vió un hombre cuya cara le era extraña, Pálido, ensangrentado, silencioso, Y de torvo ademán, pero tranquilo. Sonrió al divisarle, satisfecho De hallar en quien la cólera del pecho Descargar, y con calma aterradora Fuese Muley á él. De pie derecho, Contemplándole audaz, con ojo fijo, El hombre le aguardó, y hasta él llegando El iracundo Rey así le dijo: —«¿Quién eres?»—«Nadie ya,» repuso el hombre. De la ira Muley sintió la llama Subirle al rostro, y de furor temblando: «¿Tu raza, dijo, tu país, tu nombre?» Y con acento de tristeza lleno Al Rey el hombre contestó sereno: «No tiene nombre ya, país no tiene, »Ni familia ni tribu le reclama »Por suyo aquel que, su país dejando »Esclavo, huyendo de su patria viene »Á contar el baldón con que se infama. »Mi pueblo yace, Amir, muerto ó cautivo; »Y él solo ves en mí que escapó vivo »De la tremenda asolación de Alhama.» Palideció el Monarca de pavura Á esta nueva fatal: su mensajero Sonrió con sardónica amargura Así siguiendo:—«Amir, mi alma está pura »De traición: combatí junto al primero: »Mas cuando todo se perdió, mi escaso »Aliento aproveché con la esperanza »De poder, á tus pies llegando acaso, «Pedirte, no favor, sino venganza; »Pero no para mí: yo no la quiero: »Sin honra y sin hogar morir prefiero. »Alhama se perdió por tu abandono »Y clamó contra ti su pueblo entero: »Mas yo soy un creyente verdadero »Y, en ti mirando á Aláh sobre tu trono »En nombre de mi raza te perdono.» Dijo el lëal; y con sublime calma En su pecho la daga sepultando, Expiró, buen Muslim, encomendando Su venganza á su Rey, á Dios su alma. La guardia de los negros, torva y muda, Ante el cuerpo del último Alhameño Lloró tal vez su bárbaro heroísmo: Sólo insensible y enarcado el ceño Permaneció Muley con faz sañuda, Víctima de un segundo parasismo De su pavor recóndito sin duda. Reinó un punto el silencio más solemne: Luego, hablando Muley consigo mismo, Dijo:—«Sí, la verdad está perenne: »La aparición..... Alhama..... ¡todo es cierto¡ »¡Y él libre ya!—¡Confúndale el abismo! «¡Más valiera al nacer haberle muerto!» Y aquí el Rey, humillando la cabeza, Prosiguió con hondísima tristeza: «¿Conque el cielo y la tierra se han unido »En contra mía por tan varios modos?» Mas irguiéndola al punto con fiereza, Dijo:—«Mas no dirán que me he rendido: »Mientras vive Muley, aún no han vencido: »Todos, pues, contra mí, yo contra todos.» Y volviendo la espalda, á pasos lentos Volvió Muley de su oriental palacio Á entrar en los dorados aposentos Donde Zil le siguió tras breve espacio.

VI

«¡Ay de mi Alhama!» en su palacio dijo Muley, que aun suya en su dolor la llama: Y el eco triste, de sus techos hijo, Suspiró: «¡Alhama!» Desde las torres del gentil palacio Bajó en las brisas, y de rama en rama Corrió los huertos y gimió el espacio: «¡Ay de mi Alhama!» Llegó hasta el vulgo la terrible nueva. ¿Quién pára el vuelo de la errante fama? Su voz diciendo en la ciudad se eleva: «¡Ay de mi Alhama!» La turba ociosa, de pavor transida, La aciaga nueva por doquier derrama: Doquier repiten por donde es oída: «¡Ay de mi Alhama!» El ruin villano y el audaz guerrero, El noble altivo y la orgullosa dama Dicen, llorando con el pueblo entero: «¡Ay de mi Alhama!» Y el pueblo entero del palacio augusto Corre á las puertas, y furioso clama Con voz que impone á sus vivientes susto: «¡Ay de mi Alhama!» La guardia negra que á Muley defiende «¡Atrás!» las picas enristrando exclama: Se irrita el pueblo, y el clamor se extiende: «¡Ay de mi Alhama!» Las regias salas el motín conturba Que en torno de ellas cual tormenta brama. Y al grito tiemblan de la airada turba: «¡Ay de mi Alhama!» Muley no duerme: cinco mil guerreros En quienes arde del honor la llama, De sus legiones manda delanteros Ir sobre Alhama. Y al caer la noche, jineteando al frente De hueste inmensa que la lid reclama, Partió gritando con su armada gente: «¡Venganza á Alhama!» «¡Venganza á Alhama!» Repitió la plebe Que al Rey valiente y vengador aclama: «¡Aláh, le dijo, la victoria lleve Contigo á Alhama!» Mas ¿quién penetra en el destino obscuro De su ancho velo por la espesa trama? Voz misteriosa suspiró en el muro: «¡Ay de mi Alhama!» Eco siniestro, que la fe desmiente De los Muslimes y á su Rey infama, Toda la noche repitió doliente: «¡Ay de mi Alhama!» ¡Tal vez las almas de los muertos, cuyos Miembros sin tumba el agua desparrama De los nublados, piden á los suyos Tierra en Alhama!

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