LIBRO OCTAVO
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DELIRIOS
I
¡Alahuakbar! ¡Dios grande! No sin causa Llamaron á Bu-Abdil desventurado, Ni sin razón Moraima el fatalismo Lloró de sus horóscopos infaustos. Desdichado en su hogar desavenido, En sus empresas de armas desdichado Y en su amor infeliz, siempre implacable Faltóle Dios en cuanto puso mano. La casa en que nació, la madre que hubo, El siglo en que á luz vino, todo aciago Le fué, y á todo cuanto en torno suyo Vivió sus desventuras alcanzaron. Dios le puso al nacer dentro del pecho Un corazón del infortunio blanco, Y el ambiente fatal de la desgracia Por doquiera que fué le fué cercando. Odio de su nación supersticiosa Por el temor de sus siniestros hados, Y por instinto de creencia y raza Odio á la par del vencedor cristiano, Vió el mundo sus virtudes sin aprecio Y su valor inútil sin aplauso, Y Árabes y Cristianos, por vencido, Á un tiempo sin piedad le calumniaron. Los Moros olvidándole con ira, Mirándole con mofa los Cristianos, Unos y otros infiel en sus historias Legaron á los siglos su retrato. Los unos con lo negro de la saña, Los otros con la tinta del escarnio, En el cuadro inmortal de la conquista Su figura real emborronaron. La poesía, empero, cuyos ojos Escudriñan sagaces lo pasado, Y en dondequiera que lo encuentra admira Lo bello y lo infeliz, con entusiasmo Alumbra su semblante obscurecido, Y, sus forzadas formas restaurando, Su noble y melancólica figura Dibuja con contornos más exactos. No es la de un grande Rey que el fatalismo De su sino provoca temerario, Con el valor del héroe que queda Por él vencido, pero no humillado: Es la figura triste de un Monarca Que obedece al impulso de los astros, Y, sin poderse defender, sucumbe De su destino bajo el peso abogado. No es la robusta encina que se troncha Del huracán gigante entre los brazos, Sino la flor que, abriéndose tardía, Muere marchita por el cierzo helado. ¡Mísero Abú-Abdil! La historia austera No halla luz en tu rostro soberano, Pero la poesía te le alumbra Con el fulgor del infortunio santo. La historia te ve Rey y sin corona, Enamorado y sin favor, soldado Y sin victoria, muerto y sin sepulcro... ¿Dónde hallará su luz para ti un rayo? Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa. Llamaron á Bu-Abdil desventurado, Y con razón Moraima el fatalismo Lloró de sus horóscopos infaustos.
II
Rico de juventud y de hermosura Cual de esperanza y de valor sobrado, Jinete sobre un tordo berberisco Salió el Rey moro Abú-Abdil al campo. Reverberan al sol de la mañana Sus arneses con oro claveteados, Y se ciernen sobre él como palomas Las plumas de su espléndido penacho. En lugar del lanzón que en Bib-Elvira Se hizo al salir en el quicial pedazos, Despreciando pronósticos siniestros, Corvo alfanje de Fez empuña osado. Piafa el brioso bruto en que cabalga, Fuerza, vapor y espuma respirando, Mosqueando inquieto con la blanca cola Sus ricos paramentos africanos; Y Abú-Abdil sobre la silla diestro Cabalgador caracolea ufano, Tan lleno de bravura y gentileza Como de gloria y de fortuna falto. Detrás de su pendón tranquilos marchan Seis mil peones y dos mil caballos, La flor de la nobleza granadina, Los campeones del Islam más bravos. Por honra del Rey mozo, de Granada Los quinientos mancebos más gallardos Para salir con él á esta campaña Como para un torneo se equiparon. Vense tan sólo rostros juveniles En derredor de Abú-Abdil, y el fausto De los trajes, las armas y jaeces Turba los ojos y suspende el ánimo. Quién con el velo de su dama lleva Hecho el turbante al rededor del casco; Quién de la suya en el crestón prendido El ceñidor de virgen en un lazo. Quién una trenza de cabellos negros Ata en el hierro del lanzón dorado, Habiendo prometido devolverla Empapada en la sangre del cristiano. ¡Qué de garzotas desordena el viento! ¡Qué de colores y reflejos varios Ostentan los brillantes escuadrones En sus móviles grupos ordenados! Desde las torres de Granada al verlos Ya de la vega en el confín lejano, Cintas de oro parecen sus hileras Del sol heridas por los limpios rayos. Aquella tarde Abdil de las murallas De la empinada Loja al pie llegando, Vió lanzarse cien árabes jinetes Del su enhiesto peñón como milanos. Sobre caballo indócil del desierto Que avanza á modo de león á saltos, Bajaba á la cabeza de los ciento El alcaide Aly-Athár, de fe relámpago. Al ver los Granadinos campeadores Llegar al fiero triunfador anciano, Con un ¡lelí! de admiración unánimes Su anhelada presencia saludaron. «De Aláh llevamos el favor, dijeron, Si con nosotros á Aly-Athár llevamos.» Y lo creen: hace ya setenta lunas Que es su bandera de Castilla espanto. El fuerte viejo, que indomable arrastra El peso colosal de sus cien años, De ellos el brío y la experiencia abriga Bajo el cendal de sus cabellos blancos. Hijo feroz del África, en la guerra Endurecido, su nervioso brazo Con un bote de lanza todavía Al caballero arranca del caballo. Árabe verdadero en genio y raza Y del Korán indómito sectario, Quiere para subir al paraíso Una escala de cuerpos de cristianos. Su existencia Aly-Athár pasó con ellos En lid no interrumpida peleando, Sin que de amigos ni enemigos Reyes Respetara jamás treguas ni pactos. Tal es el viejo capitán de Loja: Tal es el padre de Moraima; amparo De los Muslimes, vencedor doquiera, Jamás vencido y por doquier temblado. Mas ¡ay! ¿Quién fía en su feliz estrella, Ciego imprudente junto á sí llevando La fortuna de un Rey de quien los cielos Abrieron un abismo entre los pasos? ¿Para quién resplandece estrella alguna Á través de los lóbregos nublados? Alahuakbar ¡Dios grande! Hacia Lucena Marcha Aly-Athár de Abú-Abdil al lado. Va la saña de Dios delante de ellos: De Santaella y de Aguilar los pastos Quedan sin hoja verde, y como lluvia Corre á sus pies el oro y el ganado. De Montilla y la Rambla las moradas Son humo nada más, y el viento vano Se lleva sus cenizas, de sus dueños Sin tumba los cadáveres dejando. ¡Allí van! ¡allí van! Como un torrente Bajan de las montañas, y su rastro Siguen manadas de voraces lobos, Y los buitres sobre ellos van volando. Allí van: ya las torres de Lucena Blanquean á lo lejos: espantados Huyeron los fronteros, ó dormidos Yacen sin verlos descender al llano. Todo reposa en la extensión desierta: Las sombras de la noche condensando Se van, y de los Árabes protegen La marcha lenta con que avanzan cautos. De un silencioso valle en la espesura Donde abrieron las lluvias un barranco, Siguiendo de Aly-Athár un buen consejo El rey Abú-Abdil mandó hacer alto. Alzáronse las tiendas: en el centro Metieron el botín, reses y esclavos, Y esperando la luz del nuevo día Se dieron unas horas al descanso. «Nadie se mueve, dijo el Bey: sin duda Aláh por nuestro bien les ha cegado: Mañana somos dueños de Lucena, Cuando no por sorpresa, por asalto. —Así lo espero, Amir; pero reposa Para lidiar mejor, dijo el anciano Aly-Athár á Bu-Abdil: duerme tranquilo Y deja lo demás á mi cuidado.» Entró Abdilá en su tienda, y apagadas Las luces que pudieran delatarlos, Sumidos en silencio y en tinieblas Los emboscados Árabes quedaron. Del valle á la salida, en una altura, Un hombre se apostó tras un peñasco, Mudo y quieto como él permaneciendo: Era Aly-Athár que vigilaba el campo. Mas ¿cuyos son los ojos que penetran De la mente de Dios el denso cäos? ¿Cuya la inteligencia que sorprende De sus hondos designios el arcano? Mientras el viejo vigilante guarda El campamento moro, confiando En la tranquilidad del enemigo Su empresa audaz para llevar á cabo, En el confín del horizonte obscuro, En una torre que cual punto blanco Vió Aly-Athár con el día, una luz roja Brilló toda la noche. El africano La vió, mas sola y sin aumento viéndola, La contempló brillar sin sobresalto, Pues vió que no era seña ni atalaya, En avisos de guerra ejercitado. Á la lejana luz continuamente Volvíanse sus ojos sin embargo, No por fundado y racional recelo, Mas por tenaz presentimiento vago. «¿Quién allí velará?» Se preguntaba Á sí mismo Aly-Athár. «Si no me engaño, Aquel es el castillo de Baena, Pero ausente está de él su castellano. Si aquella luz fuera señal, seguía Consigo propio el Musulmán hablando, Ya hubieran las cristianas atalayas Con otros á su fuego contestado. ¿Quién velará en Baena?» Así pensaba El viejo Moro al resplandor lejano Mirando; pero Dios solo pudiera Ver en tiniebla tal, y á tal espacio. Y á poder ver el Moro, hubiera visto Á un castellano capitán que armado Se asomaba al balcón del aposento Donde brillaba aquella luz. Debajo De aquel balcón y tras los gruesos muros De aquel castillo y en su extenso patio, Hubiera visto á combatir dispuestos Trescientos caballeros: y, apoyados Los arcabuces en el muro, hubiera Visto hasta mil peones castellanos, Que aguardaban las órdenes del hombre Que estaba en el balcón iluminado. Hubiera visto luego que otro jefe Con otros cien jinetes de su bando Llegaba, y abrazando al que esperaba Tocaron bota-silla sus soldados. Todo esto, á poder ver, hubiera visto Aly-Athár, ó lo hubiera imaginado, Si su clara y sagaz inteligencia No obscureciera Dios para estorbárselo: Mas no vió más que lo que ver podía; Y viendo el día á clarëar cercano, Dejó su puesto y de Abdilá en la tienda Entró, diciendo respetuoso: «Vamos: Levántate, Señor: ya está la aurora Próxima, está el camino solitario, Y es fuerza que á las puertas de Lucena Á un tiempo con el sol amanezcamos.» Cabalgó Abú-Abdil: en breve tiempo Los escuadrones moros se aprestaron Á partir y partieron, á Lucena En su poder el Rey imaginando. Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa Llaman á Abú-Abdil desventurado; Ni sin razón Moraima el fatalismo Lloró de sus horóscopos infaustos.
III
Llora, esposa infeliz: tu amor es ido Para más no volver; preso en Lucena Se dejará su corazón tu esposo, Y volverá sin alma cuando vuelva. Sultana de las flores de Granada, Llora; porque en verdad ya no te queda Más consuelo que el llanto que derrames En los amargos días que te esperan. Arranca, pues, tristísima Moraima, Tus rizos de oro y sin piedad cercena, Para hacerte un dogal, de tus cabellos La rica y aromática madeja. ¡Llora, madre sin par desventurada! Ese hijo hermoso á quien con ansia besas Nació cautivo para ser: su cuello Tiene ya la señal de la cadena. ¿Por qué uniste tu amor y tu fortuna De Abú-Abdil á la fortuna adversa? ¿Por qué tu padre te arrancó de Loja, Blanca y olorosísima azucena? ¡Feliz de ti si nunca le dejaras! ¡Feliz si nunca, de amistad en prenda, Tu padre del Monarca granadino Al oriental alcázar te trajera! Tal vez entonces Aly-Athár, contrario Al hijo de Muley, sólo á la guerra Le dejara partir, y no quedaras, Cuando su amparo necesitas, huérfana. ¿Qué has hecho tú, paloma enamorada, Víctima para ser de tales penas? ¿Qué has hecho á Dios para atraer los rayos De su furor á tu gentil cabeza? ¡Ay! harto has hecho respirando el aire Que de tu Rey el hálito envenena. Nada esperes del Cielo que maldijo La raza de Bu-Abdil: nada te resta.
IV
¡Pálida sombra de Moraima! escucha: Oye mi voz que te habla en las tinieblas, Y verás con placer que todavía Hay quien contigo de tu mal se duela. Ven, triste sombra, ven: Dios, compasivo, Alas me ha dado como á ti, y la lengua Me ha permitido hablar que hablan las sombras Para ir á su región y hablar con ellas. Ven ¡oh Moraima! El universo duerme: Desciende en una ráfaga á la tierra: Yo sé que está tu espíritu en la Alhambra Y vengo á consolártele: no temas. ¡Gracias, hermosa sombra! Ya te veo Que sobre un rayo de la luna llegas Á estos escombros que la Alhambra fueron. ¡Ay! ¡sombras sólo en su recinto quedan! Ven; yo te haré de mi ignorada vida La misteriosa relación secreta, Y tú se la dirás á tus hermanas Cuando al imperio de las sombras vuelvas. Yo más tarde que tú nací tres siglos: Mas no que vivo en mi centuria creas, No: enamorado de las sombras, vivo Como tú en el país de las quimeras. He venido esta noche á estas mansiones De soledad y de silencio llenas Y, aunque tú te creías invisible Para mí, yo vagar te vi por ellas. ¿Sabes, dulce y quimérica Moraima, Cuál es la ocupación de mi existencia? Pues es no más la de contar al mundo De los pasados tiempos las leyendas. Yo he venido á Granada á demandaros No más que á solas me contéis las vuestras, Para que yo en mis versos harmoniosos Á mi egoísta edad contarlas pueda. Y ahora escucha, Moraima, otro secreto, Que mi callado corazón encierra Desde el instante en que pisé la Alhambra; Pero que tus hermanas no lo sepan. Oye: de todas las hermosas sombras Que los recintos de Granada pueblan, Tú eres la más gentil, la mas simpática, Y la de que mi edad menos se acuerda. Pues bien, Sultana de las sombras, oye: Yo adoro tu fantástica belleza; Yo, que he puesto en las sombras mis amores, Te amo, y mi tierno amor quiero que sepas. Cuando, mujer, en la región vivías De los mortales, en mortal tristeza De los pesares víctima viviste, Calumniada te viste con afrenta De tu estirpe y virtud, vendida esposa, Madre apartada de tus hijos, sierva Más que reina en tu casa, y del más noble Y más valiente de los padres huérfana; Pues bien, Moraima, ahora que, fantasma, Vives con otro sér otra existencia, En tu vida de sombra, yo, que te amo, Una vida mejor quiero que tengas. Tú serás la Sultana de mis cuentos, Yo en mi laúd lamentaré tus penas, Enjugaré tus lágrimas con flores Y regaré tu lecho con esencias; Te llevaré conmigo á los alcázares En donde tiene su morada regia La noble, omnipotente poesía, Que sobre el mundo soberana impera. Entonces tomarás, como las auras De la montaña, transparente aérea Y luminosa forma, y será obscura Á par de ti la nieve de la sierra, La claridad del alma menos limpia Que de tu vaga faz la transparencia, Y la del sol poniente menos rica Que tu rubia y flotante cabellera. Y entonces con desdén verás que el mundo Te reconoce de las sombras reina, Tu pavorosa aparición adora Y de tu velo azul las orlas besa. Mas ya comienza á amanecer: al cielo, Sombra gentil de mis amores, vuela: ¡Adiós, Sultana de las sombras! huye: Yo me quedo cantándote en la tierra.
V
Ya por el horizonte blanquecino Comienza á despuntar la luz primera Del sexto día en que con hueste brava El Rey Abú-Abdil partió á Lucena; Y ya, envuelta en un schal de cachemira Desde la parda torre de la Vela Tiende su madre los avaros ojos Por la extensión de la tranquila Vega. Todo es silencio, el campo todavía Iluminado por el alba apenas; Duermen aún las aves en las ramas Y cerradas están todas las puertas. Ningún viviente sér en lontananza Comienza el punto de su sombra negra Á acrecentar, sobre el sendero blanco Por donde de Abdilá se aguardan nuevas. Fría, impasible al parecer la Mora, Pero de angustia inexplicable presa, Silenciosa y sombría se mantiene, Inmóvil, apoyada en una almena. Dentro del triste corazón materno Fiera aunque oculta tempestad fermenta, Y á sus ojos las lágrimas no suben Porque en el hondo corazón gotean. Alguna vez su pie, que el suelo hiere Con ímpetu, delata su impaciencia, Y algún suspiro, que fugaz exhala, La realidad de su aflicción revela. Nadie parece aún: el sol brillante De un día de temprana primavera Extiende ya sus purpurinos rayos Por el verde tapiz de las laderas. Las cristalinas gotas del rocío, Que se columpian en la móvil hierba Mecidas por el aura matutina, Del sol á los reflejos reverberan. Ya abandonando su caliente nido Bulliciosos los pájaros gorjean, Y estremeciendo de placer sus plumas, Á Dios bendicen y su luz celebran. ¡Cuán hermosa en los campos de Granada Se ostenta la feraz naturaleza, Cuando del seno de las sombras sale Virgen, florida, perfumada y fresca! Aixa desde la torre su hermosura Callada y melancólica contempla, Sin ver en la extensión de la campiña Más que de Loja la torcida senda. «¡Alahuakbar! clamó, sola creyéndose; ¡Ya la tardanza de Abdilá me aterra!» Y á sus palabras contestó un gemido Hondo, angustioso: de Moraima era. Tornó los ojos la Sultana madre Hacia la esposa pálida, y al verla Con la vista y la faz desencajadas, Siguió de su visual la línea recta. ¡Presentimiento de su amor sin duda! Un punto negro y móvil va con lenta Vacilación su forma acrecentando Sobre el camino que hacia Loja lleva. Käel, que á los pretiles no alcanzando, Por la hendidura ve de una aspillera, Fué el primero que un árabe jinete Reconoció en el punto que negrea, Y á Moraima con muda pantomima Explicó la verdad, que aun no penetra La vista de las Moras, menos clara Por la edad y las lágrimas en ellas. «Tiene razón Käel, es un jinete,» Dijo la madre al fin, sobre las cejas Formando una pantalla con la mano Para ver más sin que la luz la ofenda. «Es un guerrero, sí», dijo Moraima Á su enano Käel que la hace señas: «Es un guerrero de Granada, dijo Aixa á Moraima, tus colores lleva.» Es, en efecto, un caballero moro, Que á escape las campiñas atraviesa Sobre un caballo del desierto, y rápido Como una nube á la ciudad se acerca. Dos ó tres veces se perdió cubierto Por los árboles altos de las huertas, Y apareció otras tantas, más distinto Cada vez y más próximo. Las cercas Dobló de los jardines exteriores, Cruzó las intrincadas callejuelas Del arrabal y entró por Bib-Elvira, Por el vigía al conocerle abierta. «Vamos á recibirle»,—exclamó Aixa. «Vamos», dijo Moraima: y, la escalera Tomando de la torre, las Sultanas Bajaron de la Alhambra hasta la puerta. Un momento después, bajo del arco De la justicia, la rendida yegua Del caballero moro desplomóse Ante los pies de su jinete muerta. Era el bizarro Cid-Kaleb, amigo De Abú-Abdil, quien respirando apenas Dobló ante las Sultanas la rodilla, Mas sin poder hablar. En su impaciencia Hirió Aixa el suelo con la planta y dijo: «Habla: ¿qué es de Bu-Abdil?—Hacia la tierra Cristiana con la mano señalando, Respondió Cid-Kaleb:—¡Allá se queda! —¿Muerto?—Cautivo.—¿Y Aly-Athár?—Sin vida, Su cuerpo el agua del Genil se lleva. ¡Cayó sobre los Árabes el cielo Y yacen sin sepulcro en tierra ajena!» Lanzó un grito Moraima, íntimo, agudo, Honda expresión de su profunda pena, Y cayó sin aliento entre los brazos De Aixa, que la abrazó por vez primera. Lívida, silenciosa, sosteniendo Á la infeliz Moraima con la fuerza Nerviosa del dolor, quedó Aixa un punto Los ojos con horror fijos en tierra. «¡Alahuakbar! ¡Dios grande!» exclamó al cabo: Y de su rostro por la tez morena Resbalaron dos lágrimas, dos solas: ¡Mas de lava y de hiel dos gotas eran!
VI
Tórtola blanca de azulados ojos, Perla robada del peñón de Loja, Flor de la Alhambra, de su bosque ameno Cándida corza: Bella Sultana, creación aérea De mi alma triste que en los aires mora: ¿Dónde me ocultas tus celestes ojos, Garza paloma? Pálida estrella cuya luz no veo, Flor de quien busco el delicioso aroma ¿Dónde eres ida, mi gentil Moraima? ¿Quién te me roba? ¿Qué nube opaca tus estancias ciñe? ¿Qué genio infausto en su mansión se posa? ¿Por qué es hoy luto y soledad lo que antes Fué luz y gloria? ¿Qué maleficio de silencio y duelo De tus estancias el recinto colma, Que hasta la fuente que corría en ellas Seca está ahora? Tus frescos patios de arrayanes llenos, Tus ricos techos de marfil y concha, Tus camarines de labor morisca Yacen en sombra. ¿Dónde tus ojos que alumbrar solían Tus regias salas, imperial señora? ¿Dónde los sones de tus ya olvidadas Cántigas moras? ¡Ay! muda oprimes en letargo yerto Los almohadones de tu umbría alcoba: Sólo tu esclavo te sostiene, sólo Käel te llora. Duerme, Moraima, en tu letargo, duerme; No vuelvas nunca á las amargas horas Que las vigilias de tu vida aguardan Tempestüosas. Duerme y no vayas al salón sombrío, Donde Aixa escucha de Kaleb á solas Las de tu padre y de tu esposo aciagas Negras historias. Duerme y no vayas: á Kaleb no escuches, Hija sin padre, sin esposo esposa; Su voz aterra, su relato eriza: Duerme: no le oigas. Sér vaporoso, creación de un alma Que en sombras leves su pasión coloca, Hada que hechizas de mi amor poético La fe recóndita: Ven á mis brazos, de mis sueños hija; Ven: dame tu alma que el pesar desola, Y yo del sueño la hundiré en la sima Lóbrega y honda. Yo, que comprendo de las sombras vagas La lengua pura y la mortal congoja, Traeré á tu alma aletargada menos Fieras memorias. Ven: yo no quiero que tu sér errante Vague esta noche por las frías bóvedas De este palacio, que sangrientos sueños Sólo atesora. Sé que en la angustia de tu afán doliente Hasta el consuelo de mi amor te enoja; Mas ven al campo de las almas tristes Y melancólicas. Allí dormida soñarás quimeras Tristes y vagas, pero no angustiosas, Mientras relatan la fatal leyenda... Ven: no la oigas. Mas ¡ay! ¿quién puede interrumpir los daños De los pesares que al mortal acosan? Sufre y delira, vagarosa hija De mi alma loca. Tórtola triste que en el sauce umbrío Tu amor perdido solitaria lloras: Ráfaga helada que el ciprés gimiendo Lúgubre azotas: Són temeroso con que el mar airado Fiero amedrenta la desierta costa: Eco del viento que las huecas ruinas Cóncavo asordas, Dadme de vuestros funerales ruidos Las más siniestras y dolientes notas, Para que en torno de la Alhambra eleve Fúnebre trova.
VII ORIENTAL
Sultana de la alegre Andalucía, Alcázar de la luz y de las flores, ¿Qué fué de la alegría De tus Señores? Encanto de los ojos, ¿Quién causa tus enojos? Espejo de la luz del medio día, Kiosko oriental de excelsos alminares, ¿Qué fué de la harmonía De tus cantares? Bellísima Granada, Tu luz está apagada, Los ojos celestiales Están bajo sus schales Su pecho dolorido Su voz es un gemido del cielo favorita, tu gloria está marchita: de tus doncellas moras llorando largas horas: suspira sin amores; su lecho ayer de flores Es lecho de agonía... Encanto de los ojos, ¿Quién causa tus enojos? Rosal del medio día, Nidal de ruiseñores, ¿Qué fué de la alegría De tus Señores? La Alhambra está desierta Cerrada está su puerta, Su fábrica altanera Y en ella la bandera No anuncian la victoria Los cánticos de gloria, y obscuros sus salones: cerrados sus balcones: la tempestad azota de Abú-Abdil no flota: sus áureos alminares: placer de sus hogares, Son ayes de agonía... Encanto de mis ojos, ¿Quién causa tus enojos? Rosal de Alejandría, Remedio de pesares, ¿Qué fué de la harmonía De tus cantares? ¡Oh mísera Granada! ¡Oh madre desolada! Tus hijos los más bravos, Ó muertos son, ó esclavos Abdil, flor de tus flores, Y están tus defensores ¡oh triste reina mora! ¡llora sin tregua, llora! amor de tus entrañas, detrás de tus montañas; no habita ya en Comares, sin tumba ó sin hogares. ¡Lamenta tu agonía, Sultana de la hermosa Andalucía! Mirab sin alminares, ¿Quién te dará harmonía Sin tus cantares? Espejo de la luz del medio día, Alcázar de las flores, ¿Quién te dará alegría Sin tus Señores?
VIII
Es alta noche ya: muda y desierta Yace en tinieblas la oriental Alhambra; Ni una luz en sus altos ajimeces, Ni un paso, ni una voz en sus murallas. Granada está á sus pies, como ella obscura, Muda como ella, triste y solitaria: Ni una voz en el fondo de sus calles, Ni una luz en sus lóbregas ventanas. El peso del dolor y de la afrenta Y el ambiente letal de la desgracia La tienen, más que en sueño sumergida, En profundo sopor aletargada. El duelo universal que la circunda Los lamentos inútiles apaga, Y se oyen los gemidos solamente En la profunda soledad del alma. Todo es silencio la morisca Corte: Mas ¿quién no vierte en el silencio lágrimas? Allí llora la madre por el hijo, Por el hermano allí gime la hermana: La esposa llora su perdido esposo, Su cautivo galán llora la dama, El amigo la suerte del amigo... ¡Noche horrenda y fatal para Granada! Todos conocen la sangrienta historia, Y á su vez la magnánima Sultana Aixa, después de lamentarla, quiso Con pormenores amplios escucharla. La Madre de Abú-Abdil es una altiva Matrona, digna de la edad romana, Que en el momento de sentir las penas Reflexiona que debe dominarlas. Entregada á un dolor íntimo y mudo, Todo el día pasó sola en su estancia; Pero se dijo al fin: «Si está cautivo, Pensar debemos en que libre salga.» Y avisado Kaleb por un esclavo, Subió de noche al silencioso alcázar, Donde de oir la desastrosa historia Le esperaba impaciente la Sultana. «Habla, Kaleb, le dijo cuando á solas Se hallaron: cuenta la fatal jornada: Todo quiero saberlo en esta noche, Y Aláh, Kaleb, me alumbrará mañana.» Y he aquí que en el silencio de la noche, Relatando Kaleb y oyendo Aixa, En un salón del patio de Leones En este punto de la historia estaban.
IX KALEB
«No era de día aún cuando empezamos Á salir del barranco, donde á obscuras Habíamos pasado aquella noche En profundo silencio. Las hileras De guerreros, cautivos y ganados Que cruzaban el valle, parecían Sobre las sendas cóncavas, movibles Serpientes gigantescas, á la escasa Claridad de los astros. Los enormes Peñascos dibujaban sobre un cielo Apenas azulado los contornos Deformes de sus crestas, en las cuales, Toda la noche oímos el siniestro Graznido de los buitres, y el aullido Temeroso del lobo, cuyos ojos Veíamos brillar entre las matas. Todos éramos hombres avezados Á las escenas de la guerra; pero Un no sé qué de pavoroso y triste Nos encogía el ánimo en aquella Melancólica noche, y caminábamos En lúgubre silencio: parecía Que iban á desplomarse los peñascos Sobre nuestras cabezas, y queríamos Salir cuanto antes del medroso valle. Dimos por fin en la llanura: el alba Comenzaba á clarear y distinguimos Los almenados muros de Lucena. Con los cautivos y la presa entonces Mil peones dejando y cien jinetes, Avanzamos, creyendo sorprenderla, Sobre la villa. Abú-Abdil, seguido De un escuadrón de jóvenes valientes Y ansiosos de renombre, se metieron Á escape por las huertas y arrabales. Ni un sér viviente se encontraba en ellos, Ni se abrió una ventana ni una puerta. Prevenidos sus cautos moradores, Se habían encerrado en el castillo. ¡Mas Aláh estaba allí!... Su faz airada Brilló tras de los muros y, en el punto En que tiñó la luz el horizonte, Se cubrieron de cascos de cristianos, Y una lluvia de dardos y de piedras Cayó sobre nosotros: los clarines Y tambores cristianos atronaron El viento, y la bandera de Castilla Se desplegó con insolente orgullo. «¡Al asalto!» gritó con voz de trueno El Rey Abú-Abdil, con una trompa Haciendo la señal. En el instante Se cubrieron de escalas las murallas, Y los turbantes moros blanquearon Envueltos con los cascos de Castilla Encima de los cóncavos adarves. ¡Ay! Aláh estaba allí contra nosotros, Sultana: era un león cada cristiano, Y los genios impuros del abismo Peleaban por ellos aquel día: Sus hachas y sus mazas con horrible Martilleo caían en las frentes De los escaladores, y rodaban Al foso con estruendo los cadáveres. «Señor, dijo Aly-Athár á vuestro hijo Que rugía de saña: es necesario Retirar nuestra gente: prevenidos Estaban, mas la tierra está tranquila Y no han hecho señal las atalayas. No tienen, pues, socorro, y con un sitio De un solo día se darán.» Oyóse Tocar á recoger, y comenzamos Á cejar. Una niebla blanquecina Traída por un viento de Occidente Enlutaba la atmósfera, impidiendo Ver á largas distancias. Los peones Que custodiaban el botín, mirándonos Volver, picaron las revueltas reses Y comenzaron á marchar, creyendo Ya abandonada nuestra empresa. Ahora Dispénsame, Sultana, si el desorden De mi dolor confunde mis palabras, Porque de mis ideas el tumulto No las deja mejor brotar del labio. ¡Ay! ¿cómo te diré lo que quisiera Olvidar para siempre?»—Sofocada Aquí la voz del Árabe, tomaron Una expresión siniestra sus miradas; Sus músculos temblaron sacudidos Por interior agitación, su cara Palideció, y al fin con hondo acento Y en el dialecto gutural del África, El lento é inharmónico relato Continuó así de la fatal jornada, Ora bajando el tono, ora elevándole Conforme la pasión que le agitaba. ¡Y era espantoso de escuchar su cuento, Y espantosas de ver sus exaltadas Actitudes y gestos, inspirados Por el rencor, la afrenta y la venganza! «En medio de la niebla, como turba De maléficos genios, los cristianos Salieron á nosotros: no les vimos Hasta que atravesados por sus flechas Cayeron los Muslimes. Su caballo Revolvió el Rey al punto, y todos dimos La cara á aquellos perros, que salían Por detrás á mordernos. Ya en desorden Les teníamos puestos, cuando, el aire Rasgando una trompeta castellana, Nos sentimos cargar por la derecha Por una tropa de jinetes: íbamos Á volvernos allí cuando, en el monte Que á nuestra izquierda se elevaba, oímos Un clarín italiano, y cada encina Brotó un cristiano caballero. Entonces, Con tan distintas señas confundido, Dijo Aly-Athár al Rey: «Esa trompeta, Señor, es Italiana: el estandarte Que traen aquellos otros no le he visto En batalla jamás: el mundo entero Creo que viene aquí sobre nosotros.» ¡Alahuakbar! ¡Sultana, estaba escrito! Cejábamos lidiando, en la esperanza De unirnos á los nuestros: mas al punto De mirar hacia atrás, vimos que todos Huían por los montes, torpemente El inmenso botín abandonando. «¡Volved, gritaba el Rey corriendo á ellos, Volved, desventurados, y á lo menos Sabed de quién huís.» ¡Voces inútiles! Otro tambor, doblando en la angostura Por donde huían, aumentó su miedo Y dieron como ciervos espantados Á correr por el valle. ¡Aláh potente! Obligados á huir los que quedábamos En rededor del Rey, le circuimos Y volvimos la espalda, descendiendo Hasta un angosto paso de la sierra: Un pelotón de nobles Granadinos, Caballeros leales que volvían Á buscar á su Rey, en él hallamos Protegiendo á los últimos peones De nuestro bando. El Rey volvió la cara Al llegar á la cóncava angostura, Y en un estrecho llano deteniéndose Nos dijo: «Retirémonos como hombres Que ceden á la suerte, mas no huyamos Como cobardes que la muerte temen.» Y metiendo al caballo las espuelas, Cargó sobre los perros Nazarenos Que nos seguían: á ampararle todos Nos lanzamos tras él, y los cristianos, Desordenados al tremendo empuje De los caballos árabes, nos dieron Tiempo para ganar las angosturas Donde en estrechas sendas imposible Les era acometernos; y emprendimos La peligrosa retirada á Loja. Los enemigos, pronto rehaciéndose, Entraron tras nosotros en la hondura Pisándonos las huellas; cinco leguas Combatiendo y marchando recorrimos Hasta el valle fatal de Algarinejo. Aquí el Genil, con las crecidas ancho, Segunda vez detuvo nuestra marcha: Nos arrojamos á vadearle y salvos Nuestros caballos á sacarnos iban Nadando vigorosos, cuando vimos Con ira y con terror que, á la ribera Bajando en rigurosa disciplina, Salía á recibirnos en sus lanzas Otro escuadrón cristiano, como un muro De hierro levantado en el camino. Su jefe, el gigantesco Don Alonso De Aguilar, á su frente sonreía Mirándonos salir de entre las aguas Con placer infernal; yo le había visto En mi cautividad y le tenía Bien presente. Dió el grito de ¡Santiago! Y aquel muro de hierro se nos vino Como un témpano encima. La pelea Fué horrenda. Con el agua á la cintura Los más, mucha la ira, el suelo escaso, Vinimos á las manos arrojando Las inútiles lanzas y acudimos Á los alfanjes y puñales; rojas Iban á poco del Genil las aguas. Yo peleaba junto al Rey: su brazo Era un rayo: sus ojos chispeaban Como carbones encendidos: sangre Le brotaban los labios, que rabioso Se mordía, y hendiendo, atropellando, No con la voz, con el esfuerzo heroico, Nos animaba á combatir sin tregua, Para morir con honra ante su vista. Mas he aquí que un cristiano que caído Se halló bajo de mí, tal vez creyendo Que era yo el Rey por mi caballo blanco, Le cortó los jarretes; dió un bramido El generoso bruto, y desplomándose Cayó sobre mi cuerpo, en torno mío Una laguna con la sangre haciendo Que sus arterias rotas derramaban. Pasaron sobre mí cien y cien veces Amigos y enemigos, sin que fuera Posible levantarme. Entonces, Aixa, ¡Aláh lo olvide! blasfemé, escupiendo Al cielo sin piedad para los Árabes: Y allí tendido, ahogado bajo el peso De los que sobre mí cayendo iban, Y recibiendo en mi lugar la muerte, Á quien en vano á veces invocaba, Vi caer á Aly-Athár, bajo el mandoble De Don Alonso. Con la frente hendida Á un tajo de su brazo formidable Cayó, más sin soltar la cimitarra, Aly-Athár en el río, y su cadáver Las turbias ondas del Genil sorbieron. ¡En el Edén los justos le reciban! Los que lidiar y perecer le vieron Su muerte llorarán mientras que vivan. Con él se hundió el valor de los Muslimes; Cuarenta caballeros que lidiaban Con el Rey, le dijeron á mi lado Defendiéndole: «Sálvate: nosotros Moriremos por ti. » Yo vi el semblante De tu hijo, surcado por dos lágrimas, Volverse á aquellos fieles caballeros Y lanzarse otra vez en la pelea Para morir con ellos. ¡Oh Sultana! Tu hijo es un Rey valiente que combate En la primera fila: es un Rey noble Que defiende á los suyos; pero temo Que sus tristes horóscopos se cumplan: Dios le abandona á su fatal estrella, Y por más que su aliento soberano Prodigios hace de valor humano, La fuerza de su sino le atropella. Persuadido por fin de que era inútil Ya su obstinada resistencia, tu hijo Arrojándose al agua, á su corriente Se abandonó: mis ojos le siguieron Con indecible afán: le vi alejarse: Le vi tocar en la ribera opuesta, Vi caer su caballo moribundo, Y le vi vacilante de fatiga Meterse en un jaral: le creí salvo. Mas ¡ay! á poco junto á mí sin armas Le vi pasar, á la merced de un jefe De quien iba cautivo. En su cimera No había ya una pluma, ni una hebilla Que encajara en su arnés, roto en cien partes. Lleno de sangre y de sudor el rostro, Reconocíle apenas: como un sueño Le vi alejarse, y el pesar, la ira, La vergüenza, el cansancio, me prensaron De angustia el corazón... pasó una nube De sangre ante mis ojos y, en la arena Caer dejando la cabeza inerte, Que para verle alcé, me eché sin pena En los brazos del ángel de la muerte.» Calló Kaleb y, el rostro con las manos Cubriéndose, lloró. Torva, sombría, La Sultana clavó sus negros ojos En el suelo, las lágrimas apenas Pudiendo contener que en las pupilas Sentía aglomerársela, y gran trecho Sin pestañear inmóvil se mantuvo, Porque no se la huyeran de los párpados. Tragóselas al fin, y sobre el hombro Poniendo de Kaleb su mano ardiente, Dijo: «Bien. ¿Y qué más?» El Moro alzando La cabeza y mostrando su semblante, Que surcaban las lágrimas, repuso: «¿Qué más he de decirte? Anochecía Ya cuando en mí torné. Tendí los ojos En rededor: cubierta la ribera Estaba de cadáveres: los buitres Aguardaban la ausencia de la vida De algunos que aun luchaban con la muerte Para cebarse en ellos, y en las breñas Aullaban ya los lobos. Mi caballo, Con las postreras ansias revolcándose, Se separó de mí, y á sus esfuerzos Desesperados, de los cuerpos libre Que pesaban sobre él, me había dejado Libre también á mí. Tendí mis miembros Entumecidos y probé mis fuerzas. Al movimiento que hice, vi los ojos De un Árabe tendido en mí fijarse. Era el valiente Ben-Osmín; el pecho Tenía atravesado por un dardo Que no pudo sacarse, y expiraba Con el valor sereno de los héroes. Me conoció, y al verme en pie llamóme: «Toma (me dijo el infeliz), si vives »Y vuelves á Granada, da esa trenza »De sus cabellos á Jarifa, y dila »Que es mi sangre la sangre en que empapada »Se la envío, y que ya no espere verme »Sino en el Paraíso;» y alargándome La trenza con la mano ensangrentada, «Toma,» me dijo, y se tendió, cerrando Los ojos para siempre. Apoderarme Logró al fin de un caballo sin jinete, Y echando por lo espeso de la sierra, Corrí en un día lo que anduve en siete, Hasta salir de tan infausta tierra.» «¡Alahuakbar! Dios es de los destinos Señor, exclamó Aixa. Ven mañana Al trasponer el sol á este aposento: Temo á los inconstantes Granadinos, Y necesito meditar mi intento: Mañana le sabrás.—Adiós, Sultana.» Dijo Kaleb, y hacia la puerta un paso Dió: mas al levantar de su cortina El cairelado azul pérsico raso, Permaneció Kaleb sin movimiento, Cual si viera en la cámara vecina Alguna aparición. Su macilento Rostro volviendo á él, dijo la Mora: «¿Qué es lo que tal admiración te inspira?» Kaleb, ante su vista indagadora, Descorriendo el tapiz, la dijo: «Mira.»
X
Más pálida que el mármol de la fuente Donde apoya su brazo nacarino, Más triste que la voz con que doliente Gime en la costa el pájaro marino Cuando cercano el temporal presiente, En la ancha pila del jardín vecino Contemplaba Moraima silenciosa La triste imagen de su faz llorosa. Suelto el cabello, que á merced del viento Por los desnudos hombros ondulaba, En el agua, al reflejo amarillento De una lámpara de oro, se miraba. Su cuerpo sin acción, sin movimiento Sus enclavados ojos, semejaba Su blanca y melancólica figura Añadida á la fuente una escultura. Á la luz que su lámpara destella, Su rostro con asombro contemplaron Aixa y Kaleb, y con callada huella Á la infeliz Moraima se acercaron Solícitos: mas ¡ay! inmóvil ella, Ni les vió ni sintió cuando llegaron: «Duerme, dijo Aixa que tenaz la mira: —No duerme, dijo el Árabe: delira.» Delirando, Moraima el ojo atento De la taza de mármol no quitaba, La imagen de su rostro macilento Contemplando que el agua reflejaba; Y al fin, con un suspiro y con acento Cuya tristeza el alma traspasaba, Con el mirar en ella siempre fijo, Así á su imagen transparente dijo: «¿Quién eres tú que pálida me miras »Debajo de la trémula corriente? »¿Quién eres tú que como yo suspiras »Con triste faz y en ademán doliente? »¿Eres algún espíritu que giras »Por los senos del agua transparente, »En pos del bien á quien perdido lloras, »Y en el lugar en que se oculta ignoras? »¡Ay! no le busques, sombra enamorada: »No te fatigues más, alma perdida. »Vete, sombra: ya amor no hay en Granada: »Alma, vete: en Granada ya no hay vida. »Mira: yo estoy también abandonada »Como tú, y en el alma estoy herida: »¡Ay! yo busco también á los que adoro »Y el sitio en donde están como tú ignoro. »Mas ¿por ventura buscas á tu esposo? »¿Á tu padre tal vez? Los dos se han ido. »El Cielo estaba obscuro y tempestuoso, »Rugía el huracán cuando han partido. »Iban á pelear: era forzoso: »La tempestad allá les ha cogido... »¿Padres y esposos buscas? ¡insensata! »Míralos... el Genil les arrebata. »Vete, pues: aún no han vuelto de Lucena. »Mas ¿por qué así me miras, sombra vana? »No me mires así: me causas pena. »¿Quién eres?... mas ¿te ríes? ¡Ah villana! »¡Tú eres alguna esclava nazarena! »Sí, sí: ¡Tú eres la pérfida cristiana! »Que me le hechiza el corazón ahora »¡Con su infernal amor!... toma, traidora.» Dijo y tiró la lámpara á la fuente: Con hueco són al sumergirse en ella, El agua helada salpicó su frente. Quedó en tinieblas el jardín: la bella Y enamorada aparición doliente Se disipó, sintiéndose su huella Primero del jardín entre las flores, Y luego en los sombríos corredores.