LIBRO CUARTO
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AZAEL
I
Zahara cayó: sus tristes moradores Víctimas van de tan fatal jornada Esclavos de los Moros vencedores, De ganado rüin como manada. Muley envió delante corredores De su victoria nuncios á Granada, Y, con victoria tal alegre y fiera, Al vencedor Hasán Granada espera. Preparan las familias principales, Á los guerreros y sangrientos fines Del anciano monarca más parciales, Zambras, saraos, himnos y festines, Unas en sus salones orientales, Otras en sus balsámicos jardines: Prodigando sin duelo sus tesoros Para ensalzar el triunfo de los Moros. Los cadís á su vez tienen dispuestas De fuegos, de pandorgas y de cañas, De sortija, de toros y de apuestas, De bohordos, de gallos y cucañas, Para la plebe revoltosa fiestas Cual nunca alegres, como nunca extrañas: Porque deje tal triunfo en su memoria Largo recuerdo de placer y gloria. Engalanan los altos miradores Lujosas colgaduras y doseles, Flotantes plumas, enredadas flores, Lazos de palmas, arcos de laureles, Damascos de vivísimos colores, Tapices festonados de caireles, Y ocupan ajimeces y ventanas Nobles, jeques, walíes y sultanas. Viejos, mancebos, niños y mujeres Abandonan curiosos sus hogares: Dejan los artesanos sus talleres, Olvidan los sederos sus telares, Cierran su mostrador los mercaderes, Los armeros sus fraguas: los lugares Vecinos se despueblan, y doquiera Bulle la muchedumbre novelera. Corren plazas y calles tañedores De sonajas, adufes y panderos, Rawíes de romances narradores Al compás de la guzla, cuadrilleros De diversas comparsas conductores Y parejas de enanos, y gaiteros De Marruecos y Fez, cuyos cantares Recuerdan del desierto los aduares. Circulan por doquier profusamente Roscones de Jaén, tortas de Alhama, El alhajú de Ronda, largamente Saturado de especias, á quien llama El mostillo su hermano, y el caliente Buñuelo hinchado que la sed inflama: Y, pese al libro del Korán divino, Templa la sed el malagueño vino. En la jornada de tan fausto día De fiesta real y universal holganza, La ley á la licencia da franquía Y destierra el placer á la templanza: Y la plebe, sin coto en su alegría, Canta ruidosa, descompuesta danza: Pues nada hay que desdore ó avergüence Al celebrar sus triunfos á quien vence. Es ley universal. ¡Ay del vencido! Cantad, pues, ¡oh triunfantes Africanos! ¡Ignominia y baldón para el rendido! ¡Mengua y esclavitud á los Cristianos! Mas no olvidéis que encomendada ha sido De la venganza á las sangrientas manos La ley de los vencidos inhumana. ¡Ay de vosotros si lo sois mañana! ¡Gloria á Muley! La multitud que llena Las torres y alminares ve á lo lejos, Á través de la atmósfera serena, De las moriscas armas los reflejos. Un grito inmenso de placer resuena Con nueva tal: mujeres, niños, viejos, Se agolpan á las puertas de la Vega Á recibir al Rey que en triunfo llega. Ya avanzando en hileras ondulantes Se ven los ordenados escuadrones: Parecen con el sol cintas brillantes Las filas de los árabes peones: Sobre el blanco montón de sus turbantes Tremolan sus enseñas y pendones, Y desgarran la atmósfera sonoros Los atabales y clarines moros. He allí á Muley Abul-Hasán. Su frente Sombrean los flotantes lambrequines De su penacho real: cuelga esplendente Su escudo del arzón: y, hasta las crines Embarrado, el caballo bufa ardiente Y piafa, conociendo los confines De los cotos rëales y la dehesa Donde, potro, pació la hierba espesa. «¡Alahú akbar! ¡Loor al Rey valiente!» Gritó la multitud al divisarle, Y aglomeróse atropelladamente Bajo su estribo mismo á vitorearle: Mas la mano de Dios omnipotente Que hasta este día se dignó ampararle Le retiró su auxilio, y en su seno Del infortunio derramó el veneno. Tornóse contra él cuanto en pro era: Cambióse en vencimiento su victoria, Su popularidad en pasajera Fama de un día, y en baldón su gloria. La muchedumbre, en su verdad entera Al leer de Zahara la sangrienta historia, Retrocedió, por Dios iluminada, El porvenir leyendo de Granada. Con repugnante ostentación impía, Un gigantesco negro de Baeza, Del pelo asida, junto al Rey traía Del buen Arias la lívida cabeza. Un escuadrón entero le seguía, En cuyas lanzas con brutal fiereza Se ostentaba sangriento igual trofeo, Medroso al alma y á la vista feo. En medio de los árabes soldados Y los Gomeles negros, lastimeros Suspiros arrancaban despechados Los cautivos Cristianos, por sus fieros Vencedores heridos y arrastrados En confuso tropel como carneros: Y á marchar ó morir les obligaban, Y dichosos al fin los que expiraban. Las fuerzas de los viejos no bastando Á soportar ultrajes tan crüeles, Al Dios de las venganzas invocando Caían á los pies de los corceles: Sin compasión sobre ellos, espoleando Sus caballos, pasaban los Gomeles, Apresurando su postrer instante La aguda lanza y yatagán cortante. Traían muchas madres en los brazos Los hijos muertos, y ocultar querían Su fin bajo los sórdidos retazos De los rotos harapos que vestían, Pues sus tiernos cadáveres pedazos Los guardias negros de Muley hacían, Y con horror de los maternos ojos Quedaban insepultos sus despojos. La mora multitud, aunque villana Civilizada, á compasión movida, Del Rey maldijo la impiedad tirana y En odio la alegría convertida. Circundó á la feroz guardia africana Con agresivo impulso, y, encendida La furia popular, por un instante El paso barreó del Rey triunfante. Arrebatando las mujeres moras Sus hijos á los míseros cautivos, «Dádnosles, los dijeron: sus señoras Os les tendrán esclavos, pero vivos.» Comenzaron cien manos vengadoras De las bridas á asirse y los estribos, Y á brillar comenzaron los puñales Debajo de los jaiques y almaizales. Á cundir comenzó la infausta nueva Entre las turbas y á crecer la ira: Doquier la multitud, que se renueva Y que sus fuerzas acrecienta, gira Del Rey en torno, quien sus olas prueba Con su caballo á hender y torvo mira Venir la tempestad y acrecentarse El popular furor, pronto á inflamarse. Sus feroces Gomeles, que le vieron Afirmarse en la silla, adivinaron Su resuelta intención: se rehicieron, Y á sostenerle fieles se aprestaron. «¡Adelante!» gritó: tras él vinieron Á alinearse y las lanzas enristraron. Se abrió la plebe: y, rota ya la valla, Dijo Hasán: «Dispersad esa canalla.» La multitud, compuesta de artesanos Inermes, de mujeres sin defensa, De cobardes ociosos y de ancianos, Tan débil é impotente como densa, Se abrió ante los jinetes africanos, Retrocediendo en oleada inmensa Como el círculo que abre el haz del río Ante la quilla corva del navío. Turba que ceja un pie, fuerza vencida. La hueste de Muley siguió adelante Y en la ciudad entró; mas, convertida La alegría en terror, fué con semblante Sombrío y en silencio recibida Por el vulgo, ó medroso ó inconstante: Y Hasán, seguido de sus negros fieles, Subió al trote la cuesta de Gomeles. Deshízose del pueblo; mas siguióle Hasta el recinto real su descontento, Y á par con él su indignación mostróle De modo asaz visible el firmamento. Repentino nublado encapotóle, Se negreció su azul, rebramó el viento, Con la fortuna de Muley en guerra Declarándose á un tiempo cielo y tierra. En la Alhambra rëal los cortesanos Le vitorearon al llegar; empero ¡Ay del Rey á quien guardan los villanos Odio ó temor! Apenas el postrero De los temidos guardias africanos Transpuso el Bib-Leujar, el pueblo entero Rompió en inmenso sedicioso grito Que en el espacio azul vibró infinito. Aparecieron por doquier audaces Cabezas de motín: gestos feroces Que revelaban ánimos capaces De realizar los planes más atroces. Santones venerados y sagaces Dervichs alzaron por doquier sus voces: Y el populacho, en grupos dividido, Dió á sus discursos por doquier oído. Y he aquí que, en el centro de la plaza, Se alzó sobre las turbas de repente Viejo santón de venerable traza, Famoso asaz entre la mora gente. Era el severo Aly-Mazer, de raza Noble, de vida austera y penitente, Quien por causas recónditas y extrañas Retirado vivía en las montañas. Hombre á quien solamente se veía En los grandes peligros y ocasiones, Y de quien siempre el pueblo recibía Oportunos consejos y lecciones. Siniestra aparición que precedía Siempre á las populares convulsiones Que, en su postrera edad desventurada, Estremecerse hicieron á Granada. Hombre doquier temido y respetado Por su severidad y por su ciencia, De la virtud muslímica dechado, Sincero amparador de la indigencia, Leal consolador del desdichado, Prosternóse la plebe en su presencia: Y callaron ante él respetüosos Los demás oradores sediciosos. Tomando entonces por mimbar la fuente Que el centro de la plaza decoraba, Paseó sus miradas tristemente Sobre la multitud que le cercaba; Y con lúgubre voz, cuyo doliente Tono en el hondo corazón vibraba, Profética, inspirada, lastimera, El discurso rompió de esta manera: «¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada! »Para escarnio y baldón de las edades »Será no más su historia consignada. »¡Regia ciudad; sultana de ciudades, »Estás por tus cimientos horadada! »¡Va sobre ti á llover calamidades »El cielo sin piedad á quien provocas, »Y contra ti se volverán las rocas! »Musulmanes, Hasán está hechizado »Por el nefando amor de una cristiana: »Aixa, de fe cual de virtud dechado, »Es esclava en su harén y no sultana; »El Príncipe legítimo, encerrado »Llora en los hierros de prisión lejana. »¿Y en provecho de quién tal tiranía? »De una extranjera, renegada impía.» »Ya lo veis: impolítico atropella »Cuantos derechos y principios fijos »Hasta hoy se respetaron, y degüella »Los rendidos y esclavos. Tan prolijos »Crímenes ¿á qué fin? Sólo por ella: »Por coronar á sus bastardos hijos, »Que, lobeznos de raza castellana, »Como ella al fin renegarán mañana. »¿Comprendéis? ¡oh muslimes!—Esa impía »Que ni cree en Jesucristo ni en Mahoma, »De nuestra desdichada monarquía »Es con sus hijos la mortal carcoma. »Ella al Cristiano os venderá algún día »Si en sus proyectos incremento toma: »Porque en el odio universal que encierra »Incendiará, á poder, toda la tierra. »Pero ¿creéis tal vez que los Cristianos »La sangre olvidarán vertida en Zahara? »Como Hasán en sus triunfos inhumanos, »Vendrán con sed de vuestra sangre avara. »La que hoy vertieron sus inicuas manos »Del pueblo moro goteará en la cara: »Y en todas ocasiones y parajes »Nos considerarán como á salvajes. »¿Oís ese huracán? Horrorizada »De tan inútil y brutal fiereza, »Truena contra nosotros indignada »La madre universal Naturaleza. »¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada! »El rayo amaga su imperial cabeza, »La ponzoña mortal hierve en su seno, »Y Aláh se torna en pro del Nazareno!» Dijo así Aly Mazer. Como evocados Al són de sus fatídicos acentos, La tierra conmovieron desatados En furioso huracán los elementos. Torrentes de las nubes desgajados Inundaron las calles, y los vientos Arrebataron arcos y doseles, Lazos, flores, damascos y caireles. Huyó la población supersticiosa, Siempre en agüeros á creer dispuesta, Y encerróse en sus casas pavorosa, La ira de Dios creyendo manifiesta. Desierta la ciudad y silenciosa Quedó en redor, se interrumpió la fiesta: Y en vez de los aplausos y canciones, Doquier se oyeron ayes y oraciones. Duró la tempestad la tarde entera, Y entre el rugido cóncavo del trueno Y el estridor de la tormenta fiera, De los obscuros barrios en el seno Una voz incesante y lastimera Exclamaba aterrando al agareno: «Aláh torna á su grey la faz airada. ¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada!» Campo desierto de olvidadas ruinas, Medroso despoblado cementerio Parecían las calles granadinas De tal desolación bajo el imperio: Y cual si se efectuara en las divinas legiones algún lóbrego misterio Fatal para los Moros, agobiada De pánico terror quedó Granada.
II
Era en verdad así: que en tal momento, De la fortuna y la existencia mora En la esfera inmortal del firmamento Íbase á señalar la última hora: Y el arcángel que rige el movimiento De la aguja fatal, niveladora De los tiempos, el fin del reino moro Iba á marcar en su cuadrante de oro. No en vano entre los cielos y Granada Un velo de nublados se extendía: Con la luz á sus ámbitos negada Otra región feliz resplandecía. Su cresta secular Sierra Nevada Con una aureola de fulgor ceñía, Y el misterio que Dios obra en la Sierra Permitido sondar no es á la tierra. En el seno glacial de aquellas cumbres Cuya paz no turbó la voz mundana, Lloraba celestiales pesadumbres Ser de divina estirpe soberana. Lanzado de las cólicas techumbres Siglos hacía á la región humana, Para su habitación labró en la nieve De su helado cristal palacio leve. Lejos de su alma patria luminosa Fué condenado, expiación de un yerro, Su forma pura, celestial y hermosa Á sepultar en terrenal encierro, Dando cima á tarea misteriosa Por Dios impuesta en su mortal destierro; Mas ya á su fin la expiación tocaba Y su tarea al concluir estaba. Treinta afanosas décadas había En preparar el ángel empleado Su difícil labor, y ya veía Su éxito misterioso asegurado: Y, para darla fin, en este día Iba por Jehováh purificado Á recobrar su blanca sobreveste, Su sér divino y su poder celeste. Tal es, en suma, el celestial portento Que va el Señor á obrar sobre la Sierra, Y cuya vista vela en tal momento El nublado á los ojos de la tierra. La tempestad que entolda el firmamento Es un crespón que sus espacios cierra: Y tras aquellas fulgurantes nubes Cantan un himno santo los Querubes. Sobre sus alas con rumor sonoro Las cohortes angélicas descienden, Y al dulce són de su celeste coro Troncos y rocas de placer se hienden. Los serafines en mecheros de oro De la divina fe la luz encienden, Sobre el alcázar místico de hielo Rasgado el seno cóncavo del cielo. Del zenit en el punto culminante, En medio de una luz deslumbradora, Del sumo Dios apareció el semblante Y tronó la palabra creadora. Al eco inmenso de su voz gigante La celestial cohorte voladora, Con las alas cubriéndose los ojos, Para escuchar se prosternó de hinojos. «¡Azäel!»—dijo Dios, al sér divino Desterrado en la tierra interpelando, Y al umbral de su alcázar cristalino El ángel bello pareció temblando; Y el eco gigantesco y montesino De las cóncavas peñas, despertando Al acento de Dios, volvió medroso El nombre del espíritu glorioso. «¡Azäel!—repitió el Omnipotente;— »Torna á tu antiguo sér y poderío, »Cobra tu vestidura refulgente »Y obra sobre la tierra en nombre mío. »Toda á tu voluntad está obediente: »Sus destinos gobierne tu albedrío: »Completa mis designios soberanos: »Yo bendigo la obra de tus manos.» Dijo el Señor. El ángel desterrado, Recobrando su gracia primitiva, Levantóse á su voz transfigurado, Revestido de gloria y de luz viva. Orna su cuerpo ceñidor alado, Ciñe su sien inmarcesible oliva, Y de la fe la luminosa tea En su diestra purísima flamea. Un séquito de espíritus potente, Que deja sometidos á sus santas Ordenes el Altísimo, obediente Y á su voz pronto se ordenó á sus plantas; Ante el Señor el ángel reverente Se prosternó tres veces, y otras tantas El eco del hosanna y los salterios Conmovió con su són los hemisferios. Tornó Dios á sumirse en su santuario: Tornaron los arcángeles el vuelo Á tender, el vacío solitario Transponiendo y los límites del cielo: Y de la eternidad en el horario Brillando el fatal número, hacia el suelo Moro, dijo, la mano nacarada Extendiendo Azäel: «¡Ay de Granada!» ¡Ay! repitió en el cóncavo y profundo Seno del monte aterrador el eco; ¡Ay! repitió siniestro el vagabundo Viento que rueda en el vacío hueco; ¡Ay! repitió el nublado, en tremebundo Trueno rompiendo desgarrado y seco; ¡Ay! repitió la voz desesperada Que gemía fatídica en Granada. Á este medroso universal lamento, De la voz del Señor eco en la tierra, Desgarró con estrépito violento Sus entrañas marmóreas la sierra, Y abrióse el misterioso monumento Que su cimiento colosal encierra; Fábrica de materia indestructible, Á los humanos ojos invisible. Es el alcázar de Azäel: divino Palacio transparente y encantado, De nácar y de hielo cristalino Entre nieves eternas fabricado. En él oculta el ángel peregrino Un sér, aunque mortal, predestinado Á que con él su porvenir divida En la terrena y la celeste vida. En este alcázar níveo, modelo De la oriental Alhambra granadina, Bajo la eterna bóveda de hielo Que corona la cumbre al sol vecina, Envuelta yace en encantado velo La regia sombra de Alhamar divina, Á quien letargo místico y profundo Encadena á este límite del mundo. No tienen á este sér bajo su imperio La vida ni la muerte: su existencia Fantástica protege hondo misterio Que sondea no más la omnipotencia. Su sér no pertenece á este hemisferio, Y, ni celeste ni mortal, su esencia Tiene el poder del ángel defendida Del poder de la muerte y de la vida. Misterio incomprensible para el hombre, Á toda humana explicación resiste Y á la ciencia mortal fuerza es que asombre; Obra sabia de Dios, por Dios existe: No tiene historia, explicación, ni nombre, Ni mi pluma en buscárselos insiste: La inspiración divina del poeta No está á mortal explicación sujeta. Yace bajo el poder de tal encanto De Alhamar la fantástica existencia, De aquel alcázar luminoso y santo Debajo de la nítida apariencia. Todavía le cubre el regio manto, Humean todavía en su presencia Pebetes de ámbar, y su real persona Circunda el esplendor de la corona. En medio de un salón prolijamente Decorado con cúficas labores, Á estilo de los reyes del Oriente, Sobre un tapiz de espléndidos colores Y en trono de marfil, radia su frente Bajo un dosel de plumas y de flores: Y, símbolo del mando soberano, El cetro abarca aún su augusta mano. Su vista, empero, inmóvil, que no mira, Su insensibilidad, que no percibe Lo que en su rededor resuena ó gira, Le delatan por sombra que no vive. Un aura triste en su redor suspira; Una aureola eléctrica describe Círculos mil sobre su real cabeza, Y aún ostenta su faz torva belleza. Azäel, de sus ángeles cercado, Llegando ante el Monarca Nazarita, Sobre su pecho de calor privado La antorcha puso de la fe bendita; Al reflejo viviente derramado Por esta llama que sobre él se agita, Deshecho el hielo que su esencia pasma y Movimiento á cobrar volvió el fantasma. Giraron en las órbitas sus ojos, Llenó el aire su pecho, su garganta Paso á un suspiro dió, y, otra vez rojos Sus labios, sonrió é irguió la planta: Mas juzgando tal vez del sueño antojos De aquellos seres la presencia santa Y del encanto aún preso en los lazos, Tendió entre él y los ángeles sus brazos. Entonces Azäel «torna á la vida» Dijo: «del Cielo la sentencia sabes: »Tu existencia mortal interrumpida »En década inmortal fuerza es que acabes. »Alma sin cuerpo, espectro sin guarida, »Ve de tu Alhambra á recoger las llaves. »¡En el nombre de Dios, he aquí tu hora! »Prevén la tumba de la raza mora.» Al mandato del ángel obediente, El sér de los fantasmas adquiriendo, Incoloro, impalpable, transparente, Su esencia de la tierra desprendiendo Elevóse Alhamar en el ambiente: Y, cual vapor que en él se va meciendo, Á través de la atmósfera nublada Se dirigió siniestro hacia Granada.
III
Era la hora en que expirando el día, Con la sombra al luchar breves momentos, Entre la luz crepuscular envía Al corazón mortal presentimientos Funestos: esa hora misteriosa Que al hombre pensador melancolía Infunde; al criminal remordimientos. Y al poeta solemne, religiosa Inspiración y santa poesía; Era la hora, en fin, de las historias Tristes y de las lúgubres memorias. Tendido en los bordados almohadones Del rico camarín de Lindaraja, Cediendo á las sombrías impresiones De la luz del crepúsculo, que en vano Por repeler su corazón trabaja, Á solas con sus negras reflexiones Yacía de Granada el soberano. La sombra, más espesa á cada instante, Su manto de tinieblas desplegando Por la arabesca estancia, condensando Iba su obscuridad, y vacilante La postrimera claridad del día Al pintado cristal de las ventanas Trémula se asomaba, y confundía Cada momento más las africanas Labores de oro que el cristal tenía. Los plegados tapices de las puertas, Los jarrones magníficos de flores, Todos los muebles que la estancia ornaban, Con extraña ilusión, formas inciertas Movimiento y fantásticos colores Á tomar en la sombra comenzaban; Y empezaba á girar en el vacío Recinto opaco de la estancia obscura Ese turbión fascinador y umbrío De objetos sin color, forma ni nombre, Que en la superstición ó la pavura Hacen en las tinieblas ver al hombre. El rumor de los árboles vecinos Y de las fuentes del jardín, los trinos De las aves en ellos anidadas, Y los lejanos sones campesinos Que en revoltoso vuelo descarriadas Allí traían las nocturnas brisas, De la cóncava bóveda los huecos, Los arcos, las acústicas cornisas Poblaban con las voces exhaladas Por misteriosos y fugaces ecos. Por su impresión fatídica evocados, En su febril meditación sentía Muley, que en sombra y soledad yacía, Tumultuoso tropel de ya olvidados Recuerdos asaltar su fantasía, Donde por siempre los creyó enterrados. ¡Vaporosos recuerdos aflictivos, Irritados espectros vengativos, Que en luengos años por la vez primera Veía con pesar que aun eran vivos, Acíbar para ser de su postrera Edad y de su suerte venidera! Recordaba las penas ignoradas Que turbaron los últimos momentos De su padre Ismael, ocasionadas Por las locas empresas empeñadas Por su fogosa juventud: los cuentos Y pronósticos tristes propagados Al nacer Abdilá, de cuya madre Los numerosos deudos, apartados De su corte, tal vez en la montaña En bien del hijo y para mal del padre Acopio hacían de razón y saña. Recordaba á Abdilá que, cuando niño, Hermoso como un ángel, le tendía Sus tiernos brazos, con filial cariño Su dulce abrazo paternal pidiendo, Y que él con esquivez le repelía En su fatal horóscopo creyendo; Y el niño, su esquivez no comprendiendo, Cobrándole temor de día en día, Concluyó por llenar su sino horrendo Y hoy su rencor nefasto le volvía. ¿Y quién sabe si, más que de su sino, Efecto fué del paternal encono El odio de Boabdil al Granadino Rey? ¿Y quién sabe si el fatal destino Que pesa sobre el Príncipe, es acaso No más que el odio de Muley que al trono, Fanático ó feroz, le cierra el paso? Aún no se le ha borrado de la mente Á Muley el amor sincero, ardiente, De Aixa, su legítima sultana, Altanera como él, como él prudente, Venerada como él entre la gente Por su pura real sangre africana: Y aún se le acuerda el popular disgusto Con que vió el Moro su desdén injusto Por ella y su pasión por la cristiana. ¿Y quién sabe si el astro que preside Á los destinos de su raza y vierte En ella su fatídica influencia, Triste fanal de asolación y muerte, De destrucción y deshonor sentencia, Que con odios sacrílegos divide De padres y de hijos la existencia, No es más que la influencia derramada Por su feroz política? ¿Quién sabe Si este arcano de sangre y de rencores, No tiene otro secreto ni otra llave Que del Rey los políticos errores, Que han dado luz ¡en hora bien menguada! Á la estrella fatal de sus amores? Por la primera vez lo advierte acaso Y se espanta Muley, con ansia viendo Imposible hacia atrás volver el paso, Por la primera vez rugir oyendo La tempestad del porvenir horrendo. Acordósele el torvo y silencioso Aspecto de la plebe, cuando entraba Aquella misma tarde victorioso Por las puertas de Elvira, ante la esclava Muchedumbre de Zahara: y penetrando Su vista el horizonte nebuloso, Comprendió que á su vez el Africano Rehusaba, como él supersticioso, Besar servil su ensangrentada mano. Comprendió que las lívidas cabezas De Saavedra y sus nobles Zahareños, No fueron para el pueblo de proezas Testimonios sin par, sino visiones Que empañaron del triunfo las grandezas: Fueron, en fin, proféticos ensueños Que trocaron para él los corazones. Y al fin el Moro comprendió, con pasmo Mortal y con hondísima congoja, Que aquella multitud, cuyo entusiasmo Se extinguió ante su faz de sangre roja, Y tornó sus miradas compasiva Á la cristiana multitud cautiva, No vió sobre el laurel de la victoria El reflejo del astro de la gloria, Sino el reflejo torvo y fugitivo De la hoja de alfanje vengativo. Comprendió que, en su ausencia, entre la plebe Germen de rebelión vertido había La callada traición con soplo aleve: Y, si hasta entonces escondido y leve, Cuanto más encubierto más seguro, Vió que el volcán de la discordia hervía De su regia ciudad dentro del muro. Por la primera vez de su existencia Tembló mirando al tenebroso abismo De la pasada edad: de su conciencia El primer grito oyó, y, al fatalismo Sometido de la árabe creencia, Cuando á solas se vió consigo mismo, Vió su regio poder en la agonía Y que el rostro la suerte le volvía. Rota la tregua con el Rey cristiano, La plebe á la revuelta provocada, Comprendió, aunque muy tarde, el Africano Que estaba su política burlada, Falseado su poder de soberano; Y, su crueldad despótica exaltada, Trocándose de bárbaro en villano, Del generoso Rey soltó la espada Y se armó del puñal del Rey tirano. «Mueran, dijo: sería empresa vana »Cejar un paso ya: ciña en redondo »De mi trono los pies lago sin fondo »De sangre mixta mora y castellana. »Mueran cuantos me busquen enemigo »Y que avance el pendón de los cristianos: »Los Árabes ante él se harán hermanos »Y á la muerte ó al triunfo irán conmigo. »Si no quiere Granada ser vasalla »Respetuosa, intentando á cotos fijos »Reducir mi querer: si bien no se halla »Con mi amor á Zoraya y á sus hijos »Y quiere de mi ley saltar la valla, »Bajo la cimitarra vengadora, »Nueva estirpe real, nueva señora »Recibirá temblando la canalla.» Dijo, y abandonando los cojines Enderezó sus pasos á la puerta, Que daba del salón á los jardines Del patio de Leones; pero yerta Sintió al umbral la planta y erizado El cabello el Rey moro cuando, abierta Al tenerla, miró del otro lado Avanzar por la estrecha galería Horrenda aparición que hacia él venía. Pálida, lacrimosa, descompuesta, La vaporosa imagen de un Rey moro Era en su forma la visión funesta. Su sien ceñía la corona de oro Y en sus hombros traía el regio manto: Arrastrábale empero sin decoro Y con sus orlas enjugaba el llanto. Vaga aureola de azulada lumbre Radiaban los contornos transparentes Del fantasma real, y ayes dolientes De mortal profundísima agonía Mostraban la angustiosa pesadumbre Del fatídico sér que así gemía. Enclavados los pies al pavimento Y sostenido en el pilar apenas, Parado el corazón, roto el aliento, Sintió Muley paralizar sus venas El hielo del terror. Quiso un momento Huir de la visión que así le espanta, Mas sus miembros halló sin movimiento; Quiso gritar, mas muda su garganta No acertó á producir ni aun un lamento. Poco á poco hacia él adelantando Por la obscura y angosta galería, Tristísimos suspiros exhalando, La aparición en tanto se venía; Paralizado en el umbral estrecho El Moro y avanzando hacia adelante La aparición, se hallaron un instante El fantasma y Hasán pecho con pecho. Soplo glacial, emanación helada Del pecho de aquel sér, penetró agudo En el pecho de Hasán como una espada: Y á su impresión, que soportar no pudo, De pavura y dolor lanzó un gemido. Entonces, acercándose á su oído, Dijo aquella visión desconsolada Con tristísimo acento dolorido: «¡Escrito estaba! La postrera hora »Llegó para la gente desdichada »De mi gentil ciudad habitadora. »¡Ay de la gloria de la gente Mora! »¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!» Dijo la aparición y, suspirando, El corredor tomó que al huerto guía, Y el Rey hasta el balcón fuese arrastrando, Tendiendo una mirada de agonía Sobre el jardín.—Por él atravesando Vió que la lenta aparición seguía: Mas á través del murallón macizo Sumida entre las piedras se deshizo. El alma de Muley, amedrentada, Abandonó un instante sus sentidos, Derribando su cuerpo en la bordada Alfombra del balcón: mas sus oídos Zumbaban con la voz de la angustiada Visión, que repetía entre gemidos: «¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!» Sus densas sombras espesado había Lenta la noche y silenciosa en tanto, Y cobijada la ciudad yacía Bajo los pliegues de su negro manto.
IV
Astro de bendición para el Hispano, Una ardiente mujer nació en su suelo, Y avivada la fe del castellano Brotó cuando á su faz la trajo el Cielo. El fulgor de su genio al Africano En el alma infundió siniestro duelo, Y de su luz el misterioso influjo La estrella mora á obscuridad redujo. Por siete siglos alumbrado había La estrella del Islam la gloria mora, Y en el zenit aún resplandecía, De la región ibérica señora. Desesperada ya, lucir la vía La raza de Jesús adoradora, Condenada creyéndose en el Cielo Á partir con el Árabe su suelo. Clara, constante, perceptible y bella, Mostró el Señor al ánimo cristiano Su refulgente y protectora estrella Bajo la forma real de un sér humano; Lábaro santo de victoria en ella Recibió al recibirla el castellano, Y, al ver la aureola que en su frente brilla, Su estrella en Isabel miró Castilla. Dios en la eternidad marcó su hora De púrpura y de luz con caracteres, Y esta estrella radió deslumbradora Orgullo para ser de las mujeres. De paz y de bonanza precursora, Ajustó los opuestos pareceres Y dió fin al rencor y enemistades Que turbaban sus campos y ciudades. Isabel, en cuya alma generosa Puso Dios cuanto bien lo humano encierra, Pura, modesta, noble y pïadosa, Fué la Reina más grande de la tierra. Dulce y tierna á la par que vigorosa, Diligente en la paz, sabia en la guerra, Dió al bueno premio, al infeliz consuelo, Y de damas y Reinas fué modelo. Dió su aliento rëal valor á España, Gloria á su sexo y á su edad decoro: Para empresa de honor, propia ó extraña, No rehusó jamás fatiga ni oro. Cada memoria suya es una hazaña: Del cristiano fué prez, terror del Moro: Dios, en fin, á su aliento soberano Abrió no más el mundo americano. Dios á su corazón dió una fe ardiente Con una voluntad dominadora, Para que en uno y otro continente Derramara su luz consoladora; Y la adoró la americana gente, Y se humilló á sus pies la gente mora, Y de ambos mares en la opuesta orilla Clavó los estandartes de Castilla. Tuvo en su alma varonil asiento La virtud inflexible y verdadera: Nueva edad comenzó su nacimiento: Fué su genio la antorcha de otra era: Su victorioso nombre llenó el viento: Su gloria vivirá imperecedera: Con orgullo español mi voz la canta, Mi fe venera su memoria santa. Tal fué Isabel. Su grande pensamiento Concibiendo su espléndido destino, Á su secreto y colosal intento Con gran prudencia preparó el camino: É invocando el favor del firmamento, Con fe esperando en el favor divino, Su escrutadora y perspicaz mirada Tenía sin cesar fija en Granada. Es ya la media noche: rasa y fría La atmósfera ostentar al firmamento Deja su manto azul, de pedrería Salpicado, al fulgor amarillento De la menguante luna; ya no pía Ni susurra en el bosque ave ni viento; Todo, desde el palacio hasta la choza, Sueño reparador en calma goza. Todo tranquilo yace en el recinto De Medina del Campo, donde mora Del Católico Rey Fernando quinto La esposa ilustre, del país señora. Doquier el fuego y el rumor extinto Por la cristiana villa, que la adora, Único de su alcázar centinela El castellano honor su sueño vela. No por barreadas puertas defendida, Ni cercada de guardia numerosa, Duerme Isabel inquieta por su vida En torreón con barbacana y fosa; En cámara modesta, guarnecida De tapiz sencillísimo, reposa Á la luz de una mustia lamparilla La virtuosa Reina de Castilla. Su aposento y su lecho no decora De genovés brocado, ni de encaje Flamenco, ni de seda crujidora De Francia, cairelado cortinaje; Lino salubre y lana guardadora Del natural calor, de su mueblaje, Su lecho y su vestido son la tela: Nada allí el lujo mundanal revela. Isabel, aunque hermosa y soberana Y con glorioso porvenir nacida, Reconoció desde su edad temprana La vanidad de la terrena vida: Y su sincera educación cristiana De la era turbulenta transcurrida En el aciago y anterior reinado La experiencia ha después fortificado. Y por eso no hay lujo en su aposento, Y es común y modesto su vestido, Y es frugal y sencillo su alimento, Y su dispendio personal medido: Y, el fausto de su alcázar opulento Del orden de su casa dividido, Es, digna al par de imitación y fama, Reina opulenta y laboriosa dama. Da á su suprema dignidad decoro Con regia pompa y ostentoso porte, Al extranjero al recibir y al Moro En ceremonias y actos de su corte: Vacía sin pena su rëal tesoro En todo caso que al honor importe: Mas desnuda en su cuarto su persona Del pomposo esplendor de la corona. Por eso su alma, que altivez no abriga. Tiene franca y leal correspondencia En la adhesión de sociedad amiga: Dos afanes que agobian su existencia De Reina amistad íntima mitiga: Y tiene en los que admite á su presencia Amigos fieles, defensores bravos, No aduladores sórdidos y esclavos. Del amor de sus súbditos por eso Segura, y más segura que entre lanzas, De sus regios deberes lleva el peso Libre de rebeliones y asechanzas; Y del pueblo el honor guardando ileso, Y en su honor con inmensas esperanzas Abrigando una fe que no vacila, En su lecho Isabel duerme tranquila. De un Crucifijo santo la escultura Pende sobre la augusta cabecera De su lecho real, donde segura Reclina la cerviz: su cabellera Recoge casta toca, y la blancura De su cuello y sus brazos con severa Honestidad envuelve en blanca bata, Que su pudor ni aun para el Rey desata. Su postura modesta y recogida, La serena expresión de su semblante, Muestran que orando se quedó dormida Y que al remordimiento vigilante Su corazón leal no da guarida: De sus virtudes el vapor fragante En torno de su lecho se respira, Y su casta beldad respeto inspira. ¡Su aposento rëal cuán diferente. Cuán distinto su púdico reposo Del sueño de las reinas del Oriente, Inquieto en camarín voluptüoso! De torpe desnudez el aliciente Atrae allí no más al torpe esposo, Y sobre el cieno del placer reposa Sólo el cariño de la infiel esposa. Allá, en torno del áurea alcazaba, Rugen la rebelión y el descontento, Y asalariada muchedumbre esclava Contiene al pueblo, de respeto exento; Aquí, del miedo sin la odiosa traba, Las puertas sin cerrar de su aposento, Duerme del pueblo la Señora hermosa, Reina querida, respetada esposa. Allá, las salas del alcázar moro Pueblan las inquietudes y traiciones, La voz de la discordia, el són del lloro, El terror y las lúgubres visiones; Aquí, de bien y de placer tesoro, Sólo abrigan los regios artesones El casto amor, la plácida esperanza, Sueños de paz y días de bonanza. Allí, en la sombra, de la muerte huyendo, Corre el hijo del padre fugitivo: Allí medita parricidio horrendo Supersticioso el Rey y vengativo. Allí un espectro sin cesar gimiendo, De tumba falto y al reposo esquivo, Turba el sosiego de la real morada Y augura el fin de la oriental Granada. ¡Cuán distinto el alcázar de Medina En la nocturna sombra se levanta! Vela sobre él la protección divina Y orea su recinto un aura santa. Aquí la paz benéfica domina, La esperanza feliz el alma encanta, Y de la religión bajo el imperio Se efectúa en la noche un gran misterio. Un ángel bello, del Señor enviado De la Reina Isabel llegando al lecho, Su aliento de los cielos emanado Introduce en el fondo de su pecho: Y con su álito puro y perfumado, Cual del Edén con los aromas hecho, Aleja los espíritus malignos Y los delirios de su sueño indignos. Es Azaël: en su rosada mano De la alma fe la antorcha centellea: Su vivífico soplo soberano La faz risueña de Isabel orea: Un canto, en cuyo són nada hay humano, Su oído no, su corazón recrea: Luz celestial su espíritu ilumina, Y su alma ve la aparición divina. De pacíficos ángeles un coro El casto lecho de Isabel circunda: Un suavísimo albor de grana y oro, Como una aurora boreal, inunda El aire: rumor plácido y sonoro De harpas lejanas la quietud profunda De la noche harmoniza, y la fragancia De la mirra trasciende por la estancia. Un misterioso encanto indefinible Por el Palacio y la ciudad se extiende, Cuyo mágico efecto incomprensible De su cámara regia se desprende, Y en sueño delicioso y apacible Sume la población, que no comprende La celestial incógnita influencia Que envuelve en tal deleite su existencia. Cuanto aliento vital goza en Medina, Fecunda en germen y en raíz vegeta, Esta influencia mágica y divina Á su poder recóndito sujeta: Y bajo este poder que la domina, En calma universal, en paz completa, La tierra de Isabel goza ignorante Las dichas del Edén por un instante. De Jehováh el espíritu en tal hora Al alma de Isabel se comunica, Y del Señor la fuerza triunfadora En su valiente corazón radica. En su pecho magnánimo atesora Santo fuego Azäel, y centuplica El humano vigor que en él encierra Dios, que la trajo á dominar la tierra. El Ángel á quien Él ha encomendado La grande empresa que á Isabel destina, Se la acerca, su término llegado, Y sobre el pecho de Isabel se inclina: Y del Señor con el poder armado, Va de la antorcha de la fe divina Á encerrar de su pecho en lo profundo Chispa capaz de iluminar el mundo. Abrió Azäel sobre el augusto lecho Sus dos nevadas alas, abarcando De muro á muro el camarín estrecho Y á Isabel bajo de ellas cobijando: Y de su antorcha, que acercó á su pecho, Una chispa con su índice arrancando Que, al brotar, un relámpago produjo, En el real corazón se la introdujo. Á su contacto abrasador sintióse Su corazón mortal regenerado, Y su cuerpo de barro iluminóse, Al fuego de la fe purificado. El sér humano de Isabel cambióse En más sublime sér divinizado, Y comenzó á gozar con nueva esencia Mejor que la mortal nueva existencia. Al soplo de Azäel, que fecundiza En su mortal naturaleza humana Los gérmenes celestes, la ceniza Voló de toda inclinación liviana; Y de materia vil y quebradiza Exenta ya su esencia soberana, Dijo á Isabel el Ángel, con la palma Sobre su corazón que late en calma: «¡En el nombre de Dios, de su fe santa »Prenda en tu corazón esa centella! »En su nombre inmortal la Cruz levanta, »Y convoca á tu grey en torno de ella. »Espanto del Islam, bajo tu planta »La frente infame de Mahoma huella: »Astro de los cristianos, aparece: »Dios en tu luz sagrada resplandece.» Al poder de este acento sobrehumano, Levantóse Isabel transfigurada Y al ígneo corazón llevó la mano, Al fuego celestial no acostumbrada; Mas de misterio tal en el arcano Por Dios al punto penetró inspirada, Cuando al tender en su redor los ojos Vió á sus pies á los ángeles de hinojos. Entonces en su mente, prevenida Por celestial intuïción, brotaron Los pensamientos mil que en su guarida Hasta entonces ocultos fermentaron; Á su vista, por Dios esclarecida, Del porvenir las nieblas se rasgaron, Y, al sentirse por Él predestinada Para rendirla, dijo: «¡Ay de Granada!» Y al salir á las auras exteriores Las harmónicas notas de su acento, Se transformaron en fragantes flores, Y en mariposas áureas sin cuento, Y en pájaros de luz de mil colores Los átomos vivientes de su aliento: Los genios de Azäel los recogieron Al brotar, y en el aire se perdieron. «Partid,» dijo Isabel, sus transparentes Formas perderse en el azul mirando: «Partid, y al corazón de los creyentes »Id con los ecos de mi fe llamando: »Mis encendidos átomos vivientes »Por mis ciudades id desparramando: »Id en nombre de Dios, id por Castilla »De mi fe derramando la semilla. »¡Espíritu de Dios! ya en mí te siento: »Ya señalarse en el cuadrante de oro »De la honda eternidad veo el momento »Propicio al Español, fatal al Moro. »Heme pronta á tu santo llamamiento: »Obedezco tu voz, tu ley adoro. »¿Quién me resistirá de tu fe armada? »Yo plantaré la Cruz sobre Granada.» Dijo Isabel. Los átomos divinos De su aliento, por Dios purificado, Mensajeros de su alma, peregrinos Por la región del aire purpurado Ya con los arreboles matutinos, Al término que Dios les ha marcado Partieron.—Dios, haciéndoles fecundos, Transforma leves átomos en mundos.
V
Antes que el sol su esplendorosa hoguera, De la luz de los astros alimento, Mostrara en el Oriente, su carrera Misteriosa acabando en un momento, De Castilla hasta la última frontera De su Señora se esparció el aliento: Y doquier que sus átomos posaron, Chispas de fe, las almas alumbraron. Al influjo de este álito divino Regeneróse la Cristiana tierra Con nuevo sér y cambio repentino; Los nobles turbulentos, que con guerra Doméstica ensangrientan su destino, Sintiendo el nuevo sér que su alma encierra, Sintieron sus alientos belicosos Bajo instintos brotar más generosos. El pueblo, por sus próceres armado En pro de asoladoras banderías, Contempló su valor desperdiciado En contiendas inútiles ó impías; Y, por la nueva fe iluminado, Pensó en borrar de tan nefastos días Con páginas espléndidas de gloria Del libro de los tiempos la memoria. El soplo de los ángeles fecundo Inoculando la feraz semilla De la fe de Isabel en lo profundo Del alma de los hijos de Castilla, La progenie evocó que, un nuevo mundo Del mar buscando en la encontrada orilla, Iba en sus carabelas viento en popa Las llaves de otro mundo á traer á Europa. Un vapor luminoso, perceptible No más á los espíritus del viento, Á la mirada de Satán terrible, Y á las del Hacedor del firmamento, Alfombra en punto tal la haz apacible Del católico reino en tal momento, Recibiendo sus pueblos, que en paz duermen, De la celeste inspiración el germen. De los jefes católicos, en sueños, El generoso corazón se agita Á impulso de presagios halagüeños Que el soplo en ellos de Azäel excita. Temerarios y heroicos empeños Ya delirando cada cual medita, Y, á la voz de los cielos obediente, Pronto al combate cada cual se siente. Uno entre todos, héroe futuro De la conquista en que la Cruz se empeña, Con el asalto de agareno muro, Por Azäel arrebatado, sueña, Y el fondo ve del porvenir obscuro Que con la fe alumbrándole le enseña. Es Ponce de León, el caballero Mejor, en fe, y en armas el primero. Él, de la ira de Dios rayo inflamado, De su divina cólera instrumento, El primero en su mente inoculado Percibe de Isabel el pensamiento; Como ella, por el Ángel instigado, Penetrar en su sér siente su aliento, Y que en él á su soplo se levanta De la cristiana fe la llama santa. Del corazón le advierten los latidos Del invisible genio la presencia, Y el placer con que gozan sus sentidos El soberano bien de la existencia; Y oye en su corazón, no en sus oídos, Una voz que relata á su conciencia De una era de fe, de honor y gloria La venidera y encantada historia. El ángel Azäel, ante sus ojos Del negro porvenir el libro abriendo, Con sangre escrito en caracteres rojos Del Árabe le muestra el sino horrendo. Mensajero se ve de los enojos De Jehováh en Granada combatiendo, Desplegado un momento ante su vista El cuadro colosal de la conquista. Él, de su panorama misterioso Reconoce los sitios y figuras, Y ve doquiera su pendón glorioso Tremolando el primero en las alturas; Siempre descubre su corcel fogoso Recorriendo triunfante las llanuras Que abandonan ante él los Africanos Y que tras él ocupan los Cristianos. La fiebre de su espíritu guerrero Á este ensueño de gloria se enardece, Y al envidiado honor de ir el primero En su noble ambición se desvanece: Y soñando que blande el ancho acero, Que tira el primer golpe le parece, Y el rudo brazo al descargar exclama: «En honor de mi Dios y de mi fama.» Poniendo entonces Azäel su mano Sobre su ardiente y generoso pecho, Díjole, del honor y la fe arcano Su noble corazón dejando hecho: «El primero serás: Dios soberano »Acuerda á tu valor ese derecho. »Levanta el grito y el pendón de guerra: »Tala, rayo de fe, la mora tierra.» Dijo Azäel: y abriendo en el ambiente Sus alas de vapor, por un momento Dejando tras de sí fosforescente Rastro, perdióse en el azul del viento. Despertó el Castellano de repente La puerta oyendo abrir de su aposento, Y presentóse en ella á Don Rodrigo De un cristiano adalid el rostro amigo. Es el valiente escalador Ortega, De la guerra avezado al ejercicio, Donde su vida cada día juega De escucha haciendo el peligroso oficio. Del territorio de los Moros llega, Y su presencia siempre algún servicio Promete al de León, quien en campaña Siempre de él se aconseja y acompaña. Reconoció de Dios al mensajero En él el pïadoso Don Rodrigo, Y el gaje espera que le trae primero De las promesas de Azäel consigo. Incorporóse, pues, el caballero Diciendo alegre:—«¿Qué me traes, amigo? —Traigo una prenda que os dará gran fama: Traigo una villa mora.—¿Cuál?—Alhama.» —«¡Alhama! Es la más rica del Rey moro. —Sí, señor: de su reino está en el centro. —¿Dicen que en ella guarda su tesoro? —Sí, señor: y yo de ella os pondré dentro. —¿Sabes lo que prometes?—Nada ignoro, Señor; mas cuando ofrezco es que me encuentro En posición de dar. Venid conmigo, Y sois dueño de Alhama, Don Rodrigo.» —«Ortega, en una empresa tan osada Es preciso que Dios guíe tu huella.» —«La voluntad de Dios está marcada Y nos la brinda á nuestra buena estrella. Yo no me he contentado en mi emboscada Con rondar por la noche en torno de ella; Señor, yo he estado dentro de la villa: Dios por mi mano se la da á Castilla.» —«Yo veo la de Dios tras de tu mano. Basta: aguarda mis órdenes afuera.» Salió Ortega: el ilustre Castellano Del lecho se arrojó, y, con fe sincera Puesto de hinojos, con fervor cristiano Dijo: «Mi fe, Dios mío, en Vos espera: Si en Alhama, Señor, me dais entrada, Yo llevaré la Cruz hasta Granada.»