← Table of contents
Estudios americanos (primera serie)

XI JOHN HAY

Reading edition

El telégrafo ha llevado a todos los ámbitos del orbe civilizado la noticia de la suspensión de las hostilidades, como un preliminar del tratado definitivo de paz entre los Estados Unidos y España, que debe ser ajustado por una comisión mixta de representantes de ambas naciones, que se reunirán en París, antes de octubre próximo. Las negociaciones han sido rápidas, merced no tanto al deseo de la península, como a la energía del embajador francés, M. Cambon, que actuó como su representante y que explicó claramente al señor Sagasta la inutilidad de pretender apelar a términos dilatorios. Así, hasta el fin de esta deplorable cuestión, los políticos españoles han actuado con una ignorancia incomprensible del carácter de este pueblo y de los procedimientos de su diplomacia. Al recibir la respuesta del gobierno de Washington, estableciendo las exigencias de los Estados Unidos para terminar la campaña, ellos creyeron posible, por medio de notas y argumentos jurídicos, obtener una modificación de las condiciones impuestas. La pretensión de España fué considerada como un acto de mala fe por los leaders americanos, y por un momento todo estuvo en peligro de malograrse. Felizmente, M. Cambon obtuvo aplazar el rompimiento de las negociaciones, y el gobierno de Madrid tomó al fin el camino único que le quedaba, y se sometió sin reserva a la ley del vencedor.

Si los consejeros de la reina regente hubieran demostrado la misma sensatez y cordura en su manejo de la cuestión de Cuba, desde el principio de sus dificultades con la gran república, ¡cuánto sufrimiento y cuántos sacrificios se habrían evitado! Desgraciadamente, desde el primer momento reinó entre ambos adversarios un mal entendu completo y permanente. Jamás podrá caber en la cabeza de un americano que un gobierno que puede vender por una fuerte suma de dinero un territorio que no está en condiciones de defender, y que infaliblemente tendrá que perder por la fuerza, se obstine en no realizar una operación comercial a todas luces ventajosa. Entre el castellano y el yankee hay un abismo insalvable de ideas, de educación, de carácter, de instintos y modalidades que han llevado a ambos países a la crisis terrible que termina con el desastre de España. Si hay algo incomprensible, sin embargo, en la presente cuestión, es la ignorancia absoluta de los políticos de la península, sobre el poder efectivo y los recursos militares de esta nación. ¿Cómo pudieron imaginarse un solo minuto los estadistas españoles, que estaban en condiciones de ofrecer a este coloso la más mínima resistencia? Lo único que disculpa esta ceguedad, es que ella era más general en Europa de lo que cualquiera imaginaría.

El embajador francés M. Cambon ha sido durante una semana el hombre más en evidencia en los Estados Unidos. Es un diplomático distinguido, y sin duda un hombre de suerte. No ha permanecido seis meses en los Estados Unidos y las circunstancias lo han puesto en el caso de escribir su nombre al pie del protocolo que termina la campaña hispanoamericana. Su antecesor, M. Patenôtre, que hace muchos años estuvo en Buenos Aires como secretario de legación, está hoy en Madrid. Casado con una americana, su posición aquí era excelente y debe sentir sin duda su alejamiento de un país que conoce a fondo, y donde pudo prestar servicios de importancia.

Con la firma del protocolo del día de hoy, el secretario de estado Mr. Day abandona su cartera para tomar un descanso exigido por su salud antes de empezar las nuevas tareas que se le han confiado, de presidente de la comisión americana, destinada a ajustar los términos del tratado de paz definitivo. El funcionario que sale, posee dotes de circunspección y de carácter altamente apreciables. Es un hombre silencioso y frío, de aspecto tímido y delicado. Durante el tiempo en que Mr. Sherman figuró a la cabeza del departamento de estado, el verdadero secretario fué Mr. Day. Un ministro extranjero, famoso por sus bons mots, refiriéndose al estado mental de Mr. Sherman, al mutismo de Mr. Day y a la sordera del segundo subsecretario, Mr. Adee, decía en aquel tiempo: «Es imposible entenderse con un departamento compuesto de un hombre que no piensa, un hombre que no habla y un hombre que no oye». Las condiciones cambiaron pronto. El juez Day ha estado acompañado por Mr. John B. Moore, internacionalista y profesor de gran mérito, que también anuncia su intención de retirarse, y en cuanto al señor Adee, que habla el español y el francés con rara perfección, sus dotes son tan caballerescas y distinguidas que solamente como una broma sin importancia puede repetirse el chiste en que su nombre está envuelto.

Para sustituir al señor Day ha sido designado Mr. John Hay, actual embajador americano en Londres. Como sucede con muchos hombres superiores, él es más conocido por lo que menos importancia tiene en su valiosa obra intelectual. Sully-Prudhomme se subleva ante el calificativo exclusivista de «autor del Vase Brisé». John Hay, para un buen número de sus compatriotas, no es el autor de la obra monumental escrita en colaboración con Nicolay, sobre la vida de Lincoln, ni de las seductoras inspiraciones de los Wanderlieder, sino el cantor popular de Jim Bludso y Little Breeches. Por mi parte, confieso que tal vez no hubiera tenido la curiosidad de estudiarlo detenidamente, si una circunstancia feliz no hubiera puesto en mis manos, entre otras muchas producciones, uno de sus libros más seductores: Castilian Days. El brillo del talento penetrante, que se desprende de cada una de las páginas de aquella obra, la belleza de su estilo, fluido y elocuente, la seguridad de criterio y delicadeza de análisis que distingue su trama fina y consistente me bastaron desde el primer momento para evaluar la importancia del escritor y el peso de la autoridad legítima de que debe gozar en los centros intelectuales de su patria. No existen sensaciones más gratas que la de estos encuentros fortuitos con personalidades eminentes cuya existencia no se sospechaba. Ellas sólo son posibles para los que estudian un país con ansia de penetrarlo y comprenderlo, pero al mismo tiempo con esa deficiencia de información natural del que sólo posee los grandes rasgos distintivos de su nacionalidad, y esas figuras salientes, clásicas y consagradas por el didacticismo de la crítica oficial que se destacan de los manuales de literatura corriente y que, antes de llegar a los Estados Unidos, se recogen en la obra de Stedman sobre los poetas de América, y en los compendios de John Nichol y Charles Richardson sobre literatura americana. Los largos desfiles de nombres que llenan las páginas de aquellos trabajos están lejos de agotar el catálogo de los escritores eminentes de esta nación.

Al lado, y codeándose con ellos, existen inteligencias superiores, críticos penetrantes, oradores elocuentes, poetas delicados que esperan la hora de la consagración definitiva y que están en el período de la plena producción. Muchas veces es en ellos donde se encuentran los elementos típicos del carácter intelectual de una nación. La lectura de uno de sus versos citados incidentalmente en la página de un crítico, despierta de pronto nuestro interés, y nos impulsa a procurar sus obras. El estudio de uno de sus libros nos sugiere una invencible curiosidad respecto a la vida y las condiciones personales del autor. Inquirimos entonces los antecedentes y los detalles de su carrera, y el vínculo intelectual que nos liga con el nuevo espíritu encontrado tiene toda la seducción y el encanto de esas amistades de ocasión, de esos lazos sólidos que por circunstancias mínimas se forman a veces en el ocaso de la vida y que ayudan a hacer más ligero el viaje fatigoso.

John Hay nació en Salem (estado de Indiana), el 8 de octubre de 1838, y desde los primeros años de su vida se distinguió por sus excelentes aptitudes literarias. Estudió leyes en Springfield e ingresó al foro en el estado de Illinois en 1861, interrumpiendo sus labores para trasladarse a Washington, como secretario del presidente Lincoln, a quien acompañó hasta el momento de su muerte, con una lealtad que no se ha desmentido un minuto, y con una consagración que nada ha debilitado. Durante el tiempo que permaneció a su lado lo acompañó también como edecán y ayudante. Sirvió más tarde por varios meses bajo las órdenes del general Hunter y del general Gilmore. Al final de la terrible guerra de secesión entró en el servicio diplomático, como secretario de legación y encargado de negocios en París, de 1865 a 67, y estuvo en la última categoría en Viena, de 1867 a 68. Después fué trasladado a Madrid como secretario de la misión confiada al general Sickles, de la cual ha dicho el año pasado Emilio Castelar: «América envió uno de sus más inquietos, pero también uno de sus más inteligentes y más audaces políticos, Mr. Sickles. Cuantos desempeñaron la cartera de estado y la presidencia del consejo y del gobierno, saben que diplomático tan experto no nos dejó vivir, teniéndonos en un pie, desde el 29 de junio de 1869 hasta enero de 1874, en que presentó su dimisión. He conocido pocos estadistas más pertrechados de noticias políticas que Sickles. Al dedillo sabía los comentarios clásicos de la constitución americana. Respecto a tradiciones, alegaba todas las imaginables; y cuando a mano para su litigio no las había, inventábalas con una fertilidad envidiable de ingenio. Encarecíamos su amistad y presentábamos sus buenos oficios. Mas luego se decía encargado: primero, de proponer la independencia cubana; segundo, de imponer a Cuba el rescate a oro de la unión histórica con España, hipotecando al pago el valor de todas las propiedades públicas y los rendimientos arancelarios; tercero, de agenciar una tregua o armisticio entre los beligerantes hasta la terminación del conflicto.»

El año 1870, John Hay regresó a los Estados Unidos, y entró en la redacción de Tribuna de Nueva York, siendo más tarde redactor en jefe de dicho diario, durante la ausencia de Mr. Whitelaw Reid. Durante la administración del presidente Hayes, fué subsecretario de estado. Tomó parte activa en muchas de las campañas presidenciales que desde 1876 han agitado a su país. Representó a éste en el congreso Sanitario Internacional de Washington, de que fué elegido presidente. Luego fué llevado a Londres, donde, como hemos dicho, desempeñó la embajada de los Estados Unidos.

El bagaje literario de John Hay no es de los más pesados, si exceptuamos su colaboración en la prensa, que daría probablemente materia para muchos volúmenes, y los diez compactos tomos de Abraham Lincoln, la mitad de los cuales, por lo menos, deben haber sido escritos por él. Se ha dicho hace mucho tiempo que éste es el mejor modo de llegar a la posteridad. No creemos sea éste el pensamiento que ha limitado la producción intelectual del autor de los Días castellanos. Nos parece más bien que su sobriedad relativa nace de la circunstancia que se revela claramente en sus obras de que él no es un literato «profesional». Las famosas Pike County Ballads son la gageure humorística de un perfecto hombre de mundo, de un refinado y de un artista exquisito, que se da el lujo de hacer hablar a sus héroes en una jerga peculiar, slang del bajo pueblo, dialecto pastoso y fantástico de los negros americanos que torturan la prosodia y ponen muecas simiescas en la gimnástica flexibilidad de la pronunciación inglesa. Ninguna traducción puede dar una idea de la curiosa gracia de esta poesía. Ella es tan imposible de trasladar a otra lengua como lo sería verter al inglés o al alemán las décimas gauchescas de nuestro Estanislao del Campo, o los productos similares de la musa popular española escritos en el caló gitano que tanto deleitaba a Mérimée. Se necesita un conocimiento íntimo del idioma, una familiaridad relativa con la curiosa psicología de la masa popular americana y del alma primitiva del «hombre de color», para gozar con la belleza peculiar de las Baladas del condado de Pike. Otros escritores de este país han ensayado algo análogo con un éxito desigual. Bret Harte, quizá por la mayor amplitud de su producción, ha sido citado como el maestro del género. Pero, lo que en el autor de las escenas californianas es un sistema, en John Hay, es un accidente. Y es en esto precisamente que reside lo picante de la aventura, en este contraste enorme entre el hombre de letras fino, espiritual, imbuído de arte y habituado a la atmósfera de los más altos círculos aristocráticos, y el negro maquinista de una de sus Baladas, el generoso y rústico Jim Bludso, el patrón de la Bella Pradera, con manos ennegrecidas por el carbón y el humo de la hornalla, con «una esposa en Natchez al pie de la colina y otra en Pike», con su ingenua petulancia y su fondo de nativa grandeza, empeñado en no dejar vencer en velocidad a su embarcación y jurando que «si alguna vez la Bella Pradera se incendiaba, él la mantendría con la proa contra el banco, hasta que la última alma saliera a la playa»:

And if ever the Prairie Belle took fire,— A thousand times he swore, He’d hold her nozzle agin the bank Till the last soul got ashore....

El cumplimiento de la promesa del héroe anónimo, es el tema de la balada; lo que es imposible expresar es la ligereza conmovida e insouciante al mismo tiempo con que el trágico suceso está tratado, es el íntimo sentimiento que se desprende de sus estrofas ante el sacrificio de Jim Bludso, víctima de su deber, y cuya «alma subió sola, envuelta en el humo de la Bella Pradera». La simpatía que inspira al poeta el humilde maquinista, se contagia al lector, y se siente pena de no poder conocer al bravo negro, mientras en el fondo del corazón despiertan un eco los últimos versos de la pieza encantadora: «No fué un santo, pero en el día del Juicio final apostaría en favor de Jim, contra algún piadoso caballero, que no se hubiera dignado cambiar con él un apretón de mano. Vió su deber, una cosa tan segura como la muerte; lo cumplió entonces sin vacilar; y Cristo no será demasiado duro para un hombre que murió para salvar a otros hombres»:

He weren’t no saint,—but at jedgment I’d run my chance with Jim, Longside of some pious gentlemen That would not shook hands with him He seen his duty, a dead—sure thing,— And went for it thar and then; And Christ ain’t a going to be too hard On a man that died for men.

La misma emoción humana y sencilla, risueña y melancólica al propio tiempo, se desprende de Pantaloncillos (Little Breeches). Se trata en esta ocasión de un padre que acude a la ciudad para vender legumbres y acompañado de su pequeño Gabe «a quien ninguno de los muchachos de cuatro años del condado supera en hermosura y en fuerza, activo, brillante y conservador, siempre dispuesto a jurar y a pelear». Su padre ha querido hacer su educación perfecta «y lo ha enseñado a mascar tabaco, para conservar la blancura de sus dientes de leche».

And I’d larnt him to chaw terbacke: Jest to keep his milk-teeth white...

Little Breeches, a pesar de estas condiciones y de esta precocidad, se pierde en medio de una tormenta de nieve y su padre lo busca en vano desesperado y lleno de angustia. Al fin, cuando ya lo considera muerto por el frío, el famoso Pantaloncillos es hallado debajo de uno de esos cobertizos donde se refugian los corderos durante la noche, alegre y calentito, y su primera palabra es para pedir «una mascada». ¿Quién pudo llevarlo allí? se pregunta el padre de Pantaloncitos, y su ingenua filosofía encuentra inmediatamente la solución del problema: «Los ángeles. Nunca pudo haber marchado en medio de esa tormenta, si ellos no lo hubieran acarreado y conducido hasta el punto en que se encontraba sano y caliente. Y pienso que salvar a un muchachito de esa manera, es un negocio mejor que estar haraganeando alrededor del Santo Trono»:

¿How did he git thar? Angels. He could never have walked in that storm. They jest scooped down and toted him To whar it was safe and warm. And I think that saving a little child And fotching him to his own, Is a derned sight better business Than loafing around the Throne.

Las observaciones del sargento Tilmon delante de un comité de la punta de Spunky, y que relata la acción heroica de Banty Tim, son aún más difíciles de saborear para un paladar extranjero y lo mismo sucede con el episodio del bizarro Golier, que cubre con su cuerpo el de un niño y le sirve de escudo, recibiendo las balas que podían haber cortado el hilo de aquella frágil existencia:

Said he, «When they fired, I kivered the kid.— Although I am’t pretty I’m middlin’ broad; ¡And look! he ant’t fazed by arrow nor ball,— ¡Tank God! my own carcase stopped them hall.» Then we seen his eye glaze, and his lower jaw fall— And he carried his thanks to God.

Pero no está de más repetirlo: la mención descarnada de los argumentos de estas canciones no da siquiera un pálido reflejo de su gracia, de su originalidad, de la perfección de sus versos repletos de humour y de color local. Ninguna crítica puede definir y reproducir estos matices, a menos de comentar y explicar largamente, palabra por palabra, cada una de estas curiosas producciones. Pero al leerlas se comprende la justicia de la popularidad de que gozan y los elogios que su sola mención provoca en cualquier grupo literario.

Ningún contraste más marcado que el que existe entre las cinco Baladas del Condado de Pike, y el resto de los Poems de John Hay. Las peculiaridades de su estilo le dan un puesto aparte en la literatura poética de su patria. Los temas que busca, el modo de tratarlos, su preocupación de asuntos políticos de actualidad, el cosmopolitismo de sus ideas, y de sus conocimientos literarios son otros tantos rasgos que definen sus personalidad y caracterizan su talento. Al final del volumen se encuentran algunas bellas traducciones de Henry Heine; y la predilección que John Hay muestra por este poeta arroja una nueva luz sobre su modalidad intelectual. Hay en muchas de sus composiciones, en efecto, algo que recuerda la manera alternativamente humorística y melancólica del autor del Reisebilder, una emoción contenida que se disfraza en una sonrisa burlona, un fino sentimiento de la ironía y un amor a la libertad que se manifiesta, por ejemplo, en La esfinge de las Tullerías o en la Aurora en la plaza de la Concordia. El poeta alemán reclamaba como su mejor título a la gloria, el haber sido «un bravo soldado en la guerra libertadora de la humanidad». Creo que algo semejante puede decirse del distinguido autor americano, del secretario de Lincoln, aquel protector de los humildes y los esclavos, enemigo de todos los despotismos y de todos los lazos que traban la independencia moral y política de las naciones. Recorramos ligeramente la poesía últimamente citada. Es en el año 1865 y el poeta se encuentra al despuntar el alba en los Campos Elíseos. Los últimos girones de las sombras nocturnas cuelgan sus crespones en el techo de las Tullerías, y cubren con una nube vaporosa la espiral del obelisco de Luxor. A las dudosas claridades del alba «con sus crines de mármol encendidas, se encabritan los blancos caballos de Marly». La plaza de la Concordia «descansa en el silencio de la muerte debajo de los cielos cenicientos». La leyenda del pasado se presenta a sus ojos en una evocación solemne. «Ve la mística llanura en que el ejército de espectros sacrificados en la larga vida de guerra del emperador marchan con pasos sin resonancia al sonido de trompetas cuya voz ha muerto. Su jefe espectral todavía los encabeza—el relámpago de ultratumba de su acero, como un cometa, brilla distante a través de la bruma, y la hueste silenciosa corre, invisible a los ojos del gendarme, a lo largo de la ancha vía obscura y misteriosa donde tronó el ejército de Italia cruzando al marchar por el grande y pálido Arco de la Estrella»:

I see the mistic plain Where the army of spectres slain In the Emperor’s life-long war March on with unsounding tread To trumpets whose voice is dead. Their spectral chief still leads them. The ghostly flash of his sword Like a comet through mist shines far. And the noiseless host is poured, For the gendarme never heeds them. Up the long dim road where thundered The army of Italy onward Through the great pale Arch of the Star.

La legión solemne se desvanece, para dar lugar a otro grupo de sombras que desfilan y llenan el aire haciéndose más obscuras mientras el día invade el silencio de la plaza. «Hay una que parece un rey, y se diría que la forma aurea de una corona todavía sombreara su cabello emblanquecido en la prisión; puedo oir el pesado sonido de la guillotina, como su nota regicida resonó aquí, cuando aquél entregó su vida cansada y creció valiente en su última desesperación. Y una mujer hermosa y frágil que llora al dejar un mundo de amor, de alegría y de pecado para ser violentamente arrojada al vasto desconocido (¡ay! ¡su vida profana era tan dulce con reyes a sus pequeños y blancos pies!). Y otra verdadera reina en toda su persona, reina en la vida y en la muerte, cuya sangre bautizó la plaza en los días de la locura y del terror,—y cuya sombra jamás ha tenido igual en su doble don de gracia y majestad». El enjambre de los asesinos, de los sacrificadores, que fueron a su turno sacrificados, repugna a la conciencia noble y varonil del poeta. En las manos de la libertad él ve las manchas indelebles que mostraba Macbeth, la sangre de aquel rey y de aquella reina mezclada a la de tantos valientes anónimos y generosos que clama al cielo con mayor justicia que la de los grandes de la tierra. ¿De qué ha servido tanto sacrificio y tanto dolor? se pregunta con angustia. «Cuando la Libertad, con los ojos resplandecientes, se mostraba contenta a través del dolor de su alumbramiento, ¿qué madre hubiera conocido que su dolor y su esfuerzo iban a ser vanos? Un amable servidor sonreía cuando ella le confió el cuidado de su hijo: ¿conoció acaso que pensaba ahogar al niño cuando descansara adormecido en sus brazos?».

As Freedom with eyes aglow Smiled glad through her childbirth pain, How was the mother to know That her woe and travail were vain? A smirking servant smiled When she gave him her child to keep. Did she know he would strangle the child As it lay in his arms asleep?

La tristeza de los tiempos no nubla la esperanza del porvenir y del triunfo inevitable de la buena doctrina: «Y cuando en la buena hora de Dios, llegue el tiempo de los bravos y los sinceros, la Libertad se levantará de nuevo con una llamarada en sus temibles ojos, que fulminará a este asaltante del poder, como el sol seca al rocío. Que esta plaza resuene con la voz del alegre pueblo triunfante, y los cielos se regocijen con el repique de los bronces que saluden con júbilo ruidoso desde lo alto de cada campanario, el anuncio de la venida de los tiempos mejores. Que los primeros resplandores de la Libertad que despierta esparzan sus rayos a lo lejos, como el día que está rompiendo en el grande y pálido Arco de la Estrella, y vuelen a través de la gran ciudad, mientras tocan las campanas de la alegría turbulenta, para coronar la Gloria que brota de la Columna de Julio».

And when in God’s good hour Comes the time of the brave and true, Freedom again shall rise With a blaze in her awful eyes That shall wither this robber-power As the sun now dries the dew. This Place shall roar with the voice Of the glad triunfant people, And the heavens be gay with the chimes Ringing with jubilant noise From every clamorous steeple The coming of better times. And the dawn of Freedom waking Shall fling its splendors far Like the day which now is breaking On the great pale Arch of the Star, And back o’er the tonn shall fly, While the joy-bells wild are ringing To crown the Glory springing From the Colum of July.

Esta nota social y humanitaria se repite varias veces en el volumen de los poemas. Hemos mencionado La esfinge de las Tullerías, destinada a predecir el advenimiento de un Pueblo-Edipo que destruya el poder de la fiera dinástica. En la Oración de los romanos resalta el mismo voto en favor de la libertad vencedora al fin del báculo y la corona. Cuando la visión de una humanidad mejor no exalta la imaginación del poeta e inspira himnos triunfales a su musa, él hace oir la elegía dolorosa que llora la decadencia de una nación y su sometimiento al yugo extranjero. Es necesario recorrer en el original inglés La rendición de España, para ver hasta qué punto es en él elocuente la expresión de estos sentimientos que ¡ay! tienen hoy una actualidad dolorosa y palpitante. «Tierra del indomable Pelayo; tierra del Cid Campeador!—¡madre de hombres ceñida por el mar! ¡España! nombre de gloria y poder;—cuna de emperadores que han apresado el mundo, tumba del descuidado invasor,—¡cómo has caído, España mía! ¡cómo te has hundido en esta funesta hora! En otros tiempos tus magnánimos hijos pisaban victoriosos los pórticos del Asia;—en otro tiempo las olas del Pacífico se encrespaban gozosas para mirar tus banderas,—por tí fué que Trajano condujo las águilas de la batalla a Dacia;—por tí fué que Cortés plantó tu estandarte en los confines del mar.—¿Has olvidado esos días iluminados de gloria y honor,—en que las lejanas islas del mar se estremecieron bajo la pisada de Castilla?—¿en que cada tierra bajo los cielos estaba cubierta por la sombra de tus pendones? ¿en que cada rayo del sol fulguraba en tu conquistador acero?—Entonces, a través de rojos campos de matanza, a través de muerte, desastres y derrotas,—todavía flameaba enhiesta tu bandera hecha girones, pero sin mancha,—y ahora al advenedizo Saboya te encorvas para pedir un amo. ¡Cómo la roja llama de su vergüenza mancha la altiva belleza de España! ¿Acaso se ha enfriado la enardecida sangre que hervía en el Genil y en el Darro? ¿No son ya cantados a los hijos los altos hechos de sus mayores? ¿En las sombrías colinas del norte no has oído hablar de ningún labriego Pizarro? ¿No vaga ningún porquero Cortés oculto por las silvestres orillas del Tajo? ¿Otra vez debe Hispania inclinarse bajo el yugo de un extranjero? No, ella se erguirá de nuevo arrojando sus grillos al mar. ¡Pequeño príncipe del Piamonte! inconsciente te has desposado con la duda y con el peligro, Rey de hombres que han aprendido todo lo que cuesta ser libres.»

Al lado de estos acentos vibrantes que resuenan como un toque de clarín, los Poemas de John Hay contienen numerosas composiciones cortas, verdaderos lieders a la manera de Heine y de Goethe, por la artística belleza de su forma, tanto como por el sentimiento profundo que las inspira. La índole tan peculiar de la lengua inglesa hace sumamente difícil traducir en verso cualquiera de esas piezas delicadas y elegantes. Su concisión terrible, el vigor de sus expresiones, la exactitud de sus términos, desafían todo esfuerzo y hacen la empresa casi insuperable. La única manera de dar una pálida idea de ellas, algo semejante a lo que el gran poeta alemán llamaba du clair de lune empaillé, es tal vez apelar a nuestra fácil rima asonante en los octosílabos, para trasladar la medida de la séptima forma del verso yámbico inglés. Si alguien desea intentarlo, le recomendamos que lo haga con la balada titulada Ernst of Edelsheim.

La influencia germánica que se nota en ella persiste en muchos de los lieders que llenan una de las secciones del libro New and Old. Y aplicamos de nuevo este nombre a ese género de poesía, porque creemos que ningún otro conviene mejor a estos cantos de dimensiones reducidas, en que la idea se cristaliza en una forma diáfana y transparente que concentra la emoción y la espiritualiza. ¿No os parece oír el eco lejano de esos delicados suspiros poéticos de la musa alemana, al leer poesías como la siguiente? «Cuando las violetas brotaban y la claridad del sol llenaba el día, y las aves gozosas cantaban himnos al mes de mayo,—una palabra que llegó a mi oído obscureció la belleza de la escena y en mi corazón era invierno, aunque los árboles estaban verdes. Ahora las ráfagas del vendaval arrebatan las hojas muertas, amarillentas y secas; las selvas lamentan la agonía del año; me llega una palabra que ilumina con éxtasis el espacio, y en mi corazón es verano, aunque los árboles estén marchitos y desnudos.» Sin duda, no hay en esta dulce canción, ningún arrebato lírico, ninguno de esos grandes pensamientos que, en un relámpago genial, hacen penetrar sus rayos hasta el fondo de las simas más obscuras. Pero la ingenua dulzura de su ritmo, la sencillez tierna y melancólica de sus versos, dan a esta clase de inspiraciones un encanto seductor, y es tal vez en ellas donde se encuentra esa gota del néctar divino de la verdadera poesía, que brota desde el fondo del alma y fluye sin esfuerzo como el agua de un manantial cristalino.

Es necesario no tomar desde luego por rasgos definitivos y permanentes lo que sólo son detalles pasajeros en la obra poética de John Hay. Lo que predomina en ella, sobre todo, y lo que la caracteriza mejor, es la variedad de los tonos de su paleta y de las notas de su lira. Así, incurriría en un craso error el que juzgando sólo por Ernst of Edelsheim o el lieder a que acabo de referirme, englobara a su autor en el número de los imitadores más o menos felices de Goethe o Heine que existen en la literatura actual de todas las naciones. La verdad es que donde quiera que se abra el volumen de los Poemas resalta un cuadro original, una inspiración personal, el eco de una suave sinfonía. Y al pasar de un poema a otro, admira esa condición que un crítico francés llama la permeabilidad del talento, don del artista de organización sensible, apto para trasladarse con el pensamiento a todas las regiones y a todas las épocas, y multiplicar su alma en avatares sucesivos.

Hemos hablado del cosmopolitismo de las inspiraciones de John Hay y en las pocas poesías citadas hemos dado, sin pensarlo, un ejemplo palpable de esta condición. Hemos visto, en efecto, cómo este ciudadano eminente de la gran república que marcha hoy a la cabeza de los más viejos pueblos de la tierra, ha pensado como un francés meditando en la Plaza de la Concordia y refiriéndose a la esfinge de las Tullerías, como un español sublevándose ante la dominación de Amadeo, como un italiano cantando el advenimiento de la nueva Roma. Su amplia simpatía liberal y humana, comprende todas las causas nobles y las apoya sin esfuerzo. Y como si esto no satisficiera su sed insaciable de emociones diversas y de espectáculos nuevos, también ha cultivado el exotismo, de que es un espécimen curioso el poema titulado Sueño de bric-à-brac. La escena de esta graciosa fantasía se desarrolla en la patria de Mme. Chrisanthème, en el pintoresco Niphom, donde el poeta se imagina «viajando entre campos de te, reclinado en su jinrikisha, y viendo a través de las ondulosas llanuras levantarse y perderse entre los cielos azules el alto cono del señorial Fusi-yama». Al fin ordena a los portadores que se detengan delante de lo que parecía un almacén de porcelana y penetra en él. «Una medrosa alegría, semejante a la de un dulce pecado, atravesó mi pecho mientras observaba todo sorprendido, transportado y maravillado. Porque toda la casa estaba compuesta de un solo cuarto y en una transparente y agradable opacidad, llena de esos aromas extraños y fuertes que pertenecen al maravilloso Oriente, ví, arriba, alrededor, debajo, un espectáculo capaz de inflamar el corazón ardiente, y colmar el alma más ansiosa,—una infinita riqueza de bric-à-brac». Todo el que tiene algo de artista, comprende el encanto del poeta ante aquellas estatuas de bronce viejas y raras, formadas con destreza insuperable, con trajes que ondulaban en el aire, henchidas por la eterna voluntad del arte; y delicados netsukes de marfil, más ricos en tono que el queso de Cheddar, de santos y de ermitaños, de gatos y perros, torvos y disformes guerreros y estáticos batracios. Y sigue así el catálogo brillante, fantástico de las riquezas acumuladas en aquel recinto, dos páginas de exuberante colorido, cuya fraseología exótica recuerda algunos capítulos de la descripción que de su casa hicieron los Goncourt, y cuya riqueza descriptiva emula la del Gautier de Albertus al pintar el antro de Verónica. Sólo que en este cuadro japonés las tintas son más dulces y risueñas, los colores más claros, las imágenes más seductoras, y en vez de la vieja bruja, hermana de Meg y de Circé, en el fondo de la tela aparece una delicada figurita de geisha, infantil y pequeña, que parece resumir toda la belleza del lugar, tan llena se mostraba de gracia oriental, desde sus oblicuos ojos y rostro bruñido, hasta sus pequeños pies bronceados y dorados. «Era una muchacha del viejo Japón; su diminuta mano sostenía un abanico dorado, que esparcía fragancia por todo el cuarto; sus mejillas ostentaban la pálida frescura de los pimpollos; en sus ojos obscuros brillaba un lánguido fuego, y sus labios rojos respiraban un vago deseo; sus dientes, de perla inmaculada, dulcemente proclamaban su estado de doncella. Su traje estaba tieso con el oro bordado, sus misteriosos pliegues se enroscaban alrededor del cuerpo sin permitir sospechar en dónde sus exquisitas formas abrigadas, podían reposar perfectamente escondidas, semejante a una perla encerrada en una concha demasiado grande. ¡Era tan acicalada, tan pequeña, tan suave, que se hubiera dicho que algún dios jocoso, con un festivo gesto, hubiera tomado una larga y flexible muchacha y hecho con ella un gracioso nudo. Traté de hablar y encontré ¡oh felicidad! que no necesitaba intérprete; conocía suficiente japonés para besar—no tenía otro pensamiento sino éste; y ella con sonrisa y sonrojo divino pareció propicia a mi balbuceante plegaria; mi pensamiento era suyo, el de ella era mío en la suave lógica de mi sueño. Mis brazos colgaban alrededor de su talle sutil, cuya forma trazaban a través del oro y la seda, y alegre cual la lluvia que sigue la sequía, besé y besé sus brillantes labios de carmín.»

So quaint, so short, so lissome, she, It seemed as if it well might be Some jocose god, with sportive whirl. Had taken up a long lithe girl And tied a graceful knot in her. I tried to speak, and found, oh, bliss I needed no interpreter: I knew the Japanese for kiss,— I had no other thought but this: And she, with smile and blush divine, Kind to my stammering prayer did seem, My thought was hers, and hers was mine, In the swift logic of my dream. My arms clung round her slender waist, Through gold and silk the form I traced, And glad as rain that follows drouth, I kissed and kissed her bright red mouth.

Todos estos brillantes arabescos, estos juegos malabares de la rima y del pensamiento, no muestran sino una de las formas más fugitivas de la poesía de John Hay. Para penetrar hasta el fondo del alma y del sentimiento de este autor es necesario leer varias veces las poesías de argumento místico que contiene el volumen de los Poemas. Es en ellas donde aparece de cuerpo entero el hombre de su raza, y de su pueblo, el filósofo y el moralista cristiano, imbuído en ese profundo espíritu de religiosidad que es el distintivo más marcado de la civilización a que pertenece. La unción de esos cantos que se llaman Mount Tabor, Religion and Doctrine, Sinai and Calvary, Israel Guy of the Temple, etc., es la manifestación más franca del talento simpático que se muestra en todas las páginas de los Poemas. En ellos todo es solemne y elevado, todo tiene la pureza de la palabra evangélica que ilumina el corazón y lo redime. Al abordar estos temas, parece que la misma forma del verso se purifica y depura. Las baladas populares con su slang humorístico y sus proezas de negros se olvidan por completo; las chinoiseries curiosas y las leyendas germánicas desaparecen para dar lugar al acento de la verdadera inspiración que dilata en el verso sus vibraciones sonoras corno resuenan bajo las bóvedas de un templo las notas del órgano majestuoso.

Castilian Days es un libro de juventud, de impresiones vibrantes, de cuadros rápidos trazados con empuje entusiasta y ardorosa independencia, de fallos y condenaciones apasionadas, mezclados con elogios justicieros y algunas veces exagerados. Su autor, al publicarlo muchos años después de escrito, se vió ante la disyuntiva de rehacerlo de nuevo o dejarlo intacto en su forma primitiva, y optó con acierto por el segundo término del dilema. El conjunto de ese curioso panorama en que desfilan las costumbres, la política, el arte, la historia contemporánea y el recuerdo persistente del pasado, es excelente e interesante. Las páginas de la obra palpitan, sacudidas por una ráfaga de inspiración que no decae. Las agitaciones de los acontecimientos de aquellos días revolucionarios, que preceden y siguen el efímero reinado de Amadeo y a la frágil república de retóricos encabezada por Castelar, trasmiten a los Días Castellanos un carácter de actualidad palpitante y le dan una importancia histórica que aumenta y hace resaltar la belleza literaria. Porque es necesario decirlo claramente: este libro es uno de los más interesantes que ha inspirado la tierra legendaria y seductora, amada de los artistas y de los poetas, que vió nacer a Cervantes, y cuya historia ha llenado el mundo con el prestigio de su grandeza y el brillo de sus hazañas. No pocos de los episodios que relata el autor, y que en su tiempo conmovieron al mundo entero, hoy tienen una poderosa seducción retrospectiva en su dramática sencillez. Tal sucede con el famoso duelo del duque de Montpensier y el príncipe Enrique de Borbón, de resonancia tan universal y de resultados tan trágicos y que está narrado en los Días Castellanos con un arte admirable que despierta la emoción del lector y la mantiene en una tensión incesante. La rápida sucesión de los acontecimientos de nuestra época envuelve aquel suceso en las brumas de un pasado ya muy distante. La transformación que, a partir del año 70, ha experimentado la Europa, hace que las luchas de aquellos días nos parezcan más lejanas de lo que en realidad lo están por el cómputo del tiempo. El adversario feliz en el desgraciado encuentro, después de una larga vida de retiro y soledad, descansa también en el eterno sueño. Y al recorrer hoy la crónica narrada por el señor Hay, de los antecedentes y de los detalles de aquel combate singular que por sus proporciones y por sus circunstancias se diría una página arrancada de la historia medieval, se desprende un sentimiento de melancólica filosofía ante la fugacidad de las pasiones y de los odios sangrientos, que pasan y se desvanecen con el tiempo, y la eterna verdad que nos enseña la infinita vanidad de todas las ambiciones y lo efímero de las glorias y los triunfos de la tierra.

Castilian Days no es tan sólo un libro hermoso, sino también un libro original. Pocas naciones como España han tenido el privilegio, no diré si feliz o desgraciado, de tentar la pluma de los escritores amantes de lo pintoresco y del color local. Es difícil, por eso, al ocuparse nuevamente de la descripción de sus costumbres y sus monumentos, no repetir algo de lo que otros han dicho con mayor o menor elegancia y exactitud. Así, a pesar del indudable talento descriptivo de D’Amicis, su Spagna trae involuntariamente a la memoria, a cada instante, esa maravilla de estilo que Gautier llamó Tras los montes y que como todas las obras del mismo género de su autor, es un libro difícil de superar. Gautier y D’Amicis, por otra parte, son talentos de la misma índole, de la misma escuela y de la misma sangre: Las originalidades de la tierra del Cid, lo realmente característico de las modalidades del carácter castellano, no puede ser apercibido en sus matices más finos, en sus gradaciones más ínfimas por un escritor de la raza y de la escuela de aquéllos. Hay todo un orden de sentimientos y de sensaciones que, naturales en mayor o menor grado a todos los hombres de nuestra sangre, despiertan profundamente el interés de un descendiente de anglosajón. Las ceremonias del culto católico, tan curiosas en España, por ejemplo, tan llenas de colorido y tan dignas de llamar la atención del filósofo y del artista, no pueden herir el espíritu de un italiano o de un francés con la misma violencia que el de un alemán o un norteamericano. Y esta misma observación se aplica a todo un orden de ideas que se relaciona con la política, con la literatura, con el arte. Así, el duelo de los Borbones, descripto por un D’Amicis o un Dumas, daría lugar a un cuadro palpitante de realidad y de vigor, notable sobre todo por su faz plástica y pictórica. Bajo la pluma del señor Hay, él adquiere proyecciones considerables y de su narración se desprende un sentimiento nuevo que no hubiera tenido cabida ni ocasión de manifestarse en la obra de un escritor menos preocupado por su origen y sus sentimientos religiosos, de la lección moral a que se presta el encarnizamiento sanguinario de aquel combate. Leed la página siguiente relativa al Corpus Christi y veréis resaltar la forma especial en que en esta obra interesante, se mezcla la descripción y el comentario de las escenas que hieren la imaginación del autor. «El gran día de fiesta de la iglesia durante el año, es el de Corpus Christi. En este día la hostia es conducida, en solemne procesión, a través de las calles principales, acompañada por los altos funcionarios del estado, por varios batallones de cada arma del ejército, en uniforme de gala, y un vasto séquito de eclesiásticos en las más suntuosas estolas y casullas que contiene su grandeza. Las ventanas, a lo largo de la línea de marcha, están alegremente decoradas con estandartes y tapices. El trabajo se suspende en absoluto y la población entera se viste de fiesta. La Puerta del Sol,—que en esta estación fulgura con luz deslumbrante,—rebosa de pacientes madrileños cubiertos con sus mejores trajes, las doncellas de mejillas morenas con sedas flotantes como en un salón de baile y sin protección contra el cielo ardiente a no ser el abanico, que sostienen con sus manos sin guantes. Como todo es tardío en esa bendita tierra, hay dos o tres horas de charla callejera, antes que la sagrada presencia se anuncie por el sonido de campanillas de plata. Mientras la soberbia estructura de filigrana de oro adelanta, un movimiento de reverente homenaje vibra a través de la multitud. Olvidados de las sedas y de los bordados y de la conversación, todos caen de rodillas en una masa colorida, e inclinando sus cabezas y golpeándose el pecho, murmuran sus mecánicas plegarias. Hay pensadores que dicen que estas exhibiciones son necesarias; que la mente latina necesita ver con ojos absortos las cosas que reverencia, so pena de que el objeto adorado se marchite en su corazón. Si no existieran catedrales y misas, dicen, no existiría religión; si no hubiera rey, no habría ley. Pero no podemos aceptar con demasiada prisa esta teoría etnológica de la necesidad que rechazaría todos los principios del progreso y del bien positivo y condenaría a la mitad del género humano a niñez perpetua».

John Hay es un hombre de gran fortuna y personalmente un caballero de prendas distinguidas y de trato muy agradable. Su residencia en Washington es una de las más espléndidas y elegantes de la capital, edificada en estilo romanesco, con un amplio hall ricamente amueblado, un hermoso comedor en que durante su permanencia en la ciudad se dan espléndidas fiestas semanales y una biblioteca magnífica tapizada de obras de arte. Mr. Hay tiene ahora 60 años y es en todos respectos uno de los tipos representativos más interesantes de esta democracia pujante y dominadora.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings