VI TEMAS DE VERANO
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La guerra, que todo lo perturba, ha quitado este año algo de su animación habitual a la temporada de verano. Es uno de los privilegios de este país extraordinario en que todo es grande, en que todo parece transportado a la escala de aquellos habitantes de Saturno pintados por Voltaire en la historia de la peregrinación de Micrómegas, poseer uno de los veranos más abrasadores de la tierra. En julio y agosto las ciudades de la Unión no tienen nada que envidiar al Senegal o al Amazonas. En Chicago, situado algo al norte, en Filadelfia y en Nueva York, todos los años hay verdaderas epidemias de calor, y los diarios llenan columnas enteras con la lista de los que mueren de insolación o de asfixia. La vida comercial sufre una paralización relativa en todas partes. La vida administrativa cesa por completo. Desde el presidente de la república hasta el último portero de los ministerios, todos buscan en las riberas del mar o en las montañas un lenitivo a la terrible temperatura de las grandes capitales. La vida de verano tiene encantos especiales y rasgos característicos peculiares a esta nación. Los «summer resort», estaciones de verano, son innumerables. Los hay para los pobres y para los ricos, para los extranjeros y para los nacionales, en la montaña y en la orilla del mar, en la proximidad de los grandes centros de población y en las soledades del oeste, donde se penetra todavía en algunas regiones con ayuda del machete de desmonte. Cada una de esas innumerables agrupaciones transitorias tiene su especialidad original y su maravilla propia, «the biggest in the world» o «the most beautiful in the world». Algunas, como Saratoga Springs, gozan de una reputación universal, aunque su popularidad empieza a decaer de una manera visible. En otras, como Atlantic City, cuya población normal es de 15.000 habitantes, durante la estación acuden de 150 a 170.000 turistas, que llenan un número considerable de magníficos hoteles, palacios colosales de lujo y esplendor inusitado, montados con todos los refinamientos que exige la amplia vida americana. La burguesía dorada y repleta de dólares, se derrumba sobre este punto y su vecino Cape May, como una avalancha fastuosa y deslumbrante. A Narraganset Pier va la gente alegre, los que quieren mechar en el viejo tronco puritano un fresco retoño de vivacidad parisiense, las señoritas del demimonde, disfrazadas aquí con todas las exterioridades de la más «fashionable» hipocresía, los que no desdeñan las atracciones del tapete verde y las emociones divinas de la ruleta, los que quieren ver, en fin, los momentos de abandono de una sociedad fundada en el trabajo y en el espíritu religioso.
En New London, en Manchester, y en otros puntos frecuentados de la costa de Nueva Inglaterra, se encuentran los representantes de la verdadera aristocracia americana, los miembros de las viejas familias patriarcales, todos más o menos emparentados con Washington, por supuesto, y provenientes del sur, especialmente de Virginia, la antigua «madre de presidentes», hoy desbancada por Ohío y otros estados de origen más moderno. Aquí se entrega la gente a las delicias del golf, se disputa el «championship» del base-ball y otros juegos semejantes, y finalmente, se goza de las facilidades que presta el mar que baña esas costas para navegar a la vela en yates de todas clases y dimensiones. Al oeste van los aficionados a la vida de campo, sin afectaciones ni complacencias, los que llevan desde la tienda de campaña que les ha de servir de vivienda hasta las provisiones que sustituirán a la caza y a la pesca en bosques primitivos y en lagos donde todavía no ha resonado el silbato del vapor. Esa pasión por camping es uno de los más curiosos rasgos del espíritu americano, algo como un atavismo de raza, impulso hereditario de la sangre de los descendientes del antiguo pioneer que hace medio siglo construía su cabaña donde hoy se elevan ciudades de medio millón de habitantes. Finalmente, en Newport, el más conocido de los summer resorts americanos en el extranjero, se aglomera la nueva aristocracia del dinero, los four hundred de Nueva York, de Chicago, de Filadelfia, de Boston, los millonarios y archimillonarios cuyo nombre resuena en todas partes con mezcla de admiración y de envidia, la señora Potter-Palmer, la «reina de Chicago», los Vanderbilt, con su acompañante Chauncey M. Depew, el más popular y cosmopolita de los políticos y hombres de mundo americanos, los Ogden Goëlet, los Astor, los Bryce, los Belmont, y otros muchos cuya mención sería fatigosa.
Todo este grupo fin de siècle o up-to-date, como se dice aquí, se encuentra ahora preocupado de «entretener» al conde de Turín, y lo hace a la moda y con el padrón habitual de la hospitalidad americana, hospitalidad estruendosa, infatigable, delirio de atenciones, de mimos, de fiestas, de paseos, de comidas, de bailes, de five o’clock teas, de sailing parties, de bicycle parties, de parties a caballo, en carruaje, a vapor, en automóvil, en todos los medios de locomoción imaginados e imaginables. El héroe de estas manifestaciones sociales, naturalmente se encuentra feliz, y sería un monstruo de ingratitud si no conservara de su paso por este país un recuerdo adorable. No hace mucho tiempo, el príncipe heredero de Bélgica agotó el mismo programa de diversiones. Ahora le toca el turno al conde de Turín, en tanto no lo sustituya algún otro personaje de sangre real.
La hospitalidad americana es realmente, y sin ironía, espléndida y abrumadora. En ninguna parte del mundo el extranjero es recibido con las manos más abiertas ni se le introduce tan pronto en el seno de la sociedad más distinguida. Y esta condición es inherente al americano rico como al de mediana fortuna, al de las grandes ciudades como al de los pueblos en formación. Naturalmente, son las familias pudientes las que principalmente hacen el gasto en las recepciones de los viajeros de nota. Pero todos son iguales en este sentido y cada uno invita al extranjero en la medida de sus recursos y de su posición. La mezquindad de miras europeas es aquí desconocida. ¿Se trata solamente de gozar de la sociedad de gentes de otras tierras o existe también el orgullo ingenuo de deslumbrar al recién venido con las maravillas y grandezas de la patria, cubierta por los stars and stripes, de imponerle la admiración que no puede menos de sentir por la potencia y civilización de esta raza, si tiene dos dedos de sentido común, de forzarlo a alejarse con un sentimiento de gratitud cuando deje las playas encantadas de la Unión? ¿Es esta generosidad universal, esta amabilidad ilimitada un testimonio de nobleza de alma o un rasgo de rastacuerismo? ¿Es esta llaneza de aborde, esta facilidad de contacto, la suprema manifestación de una cultura y una civilización características o simplemente el apresuramiento del parvenu que quiere hacer gozar a los otros de las sorpresas de su lujo postizo?...
Los que penetran superficialmente en las cosas de este país, se inclinan por la segunda teoría y encuentran de muy mal tono la francachela y sencillez americana. A mi modo de ver, nada es más injusto que esta apreciación de viajeros superficiales u observadores prevenidos, si bien no dejo de reconocer que algunas veces las manifestaciones de la hospitalidad y de la obsequiosidad yankee carecen un poco de proporción y de aticismo. Tal sucede ahora con respecto al recibimiento del almirante Cervera y sus compañeros de cautiverio. Ayer no más, los marinos españoles, los soldados de aquélla nación, eran presentados por la prensa y mirados por la sociedad como seres de una raza inferior, monstruos de brutalidad y de infamia. La bizarra conducta del infortunado marino, al arrojar el guante a una escuadra más poderosa que la suya, sin otra perspectiva ni esperanza que la de la pérdida de sus buques y quizá la de su vida, merece, sin duda alguna, que se le dispensen las consideraciones personales, dignas y serias, con que se debe acoger a un enemigo desgraciado y reducido a la impotencia. Pero, ¿qué pensar del entusiasmo social que se ha despertado en favor de Cervera y de los oficiales de su estado mayor? Los pedidos de autógrafos les llueven de todas partes de la Unión; en las calles de Annapolis donde se encuentran detenidos bajo su palabra de honor, los jóvenes y las señoras se disputan el honor de tratar a los prisioneros. Si entran a una tienda, los vendedores por poco no se empeñan en hacerles aceptar gratis sus compras. Si van a la iglesia, el capellán sale a recibirles, los instala en el mejor banco, y en su sermón dirige alusiones veladas pero no menos halagadoras a su conducta. Si los desgraciados marinos y su jefe repartieran todos los botones de sus uniformes que les piden otras tantas entusiastas muchachas americanas, se verían en serios aprietos para andar decentemente vestidos. Y esta efusión inmoderada de cortesía, no se limita al público.
El superintendente de la escuela de marina, el almirante McNair, ya ha iniciado la serie de las fiestas sociales, dando un gran banquete en su casa en honor del almirante Cervera, de su hijo, del capitán Eulate del Vizcaya, todavía no del todo restablecido de su herida, y otros sobrevivientes del combate del 3 de julio, y en torno de la mesa destinada a agasajarles y adornada, como es de rigor, de rosas american-beauties y la france (a 2 dólares por flor, entre paréntesis), se sentaron numerosas señoritas y caballeros americanos. ¿No es realmente extraordinario este modo de tratar a un alto oficial de una nación con la que se está en guerra y a la que se piensa aliviar de todas sus posesiones coloniales?
Suponemos que este exceso de atención y de amabilidad será una de las peores torturas del desgraciado almirante español y que él habrá hecho esfuerzos plausibles por esquivar el agasajo. Pero no lo condenemos demasiado pronto, porque su caso es difícil, casi desesperado. ¿Cómo evitar el apretón franco y vigoroso de dos brazos americanos, cómo librarse de la efusión entusiasta de una raza que tiene, acabo de decirlo, la manía generosa de la hospitalidad, sin herir profundamente los sentimientos de personas dignas de toda simpatía y respeto, culpables, en todo caso, de una inocente falta de tino y de medida? El festivo Larra, algo olvidado ahora, trató de hacerlo en cierta ocasión, pero todos sabemos que no tuvo éxito, y que nada es más difícil que huir de las seducciones amables del «Castellano viejo», aunque este personaje, traducido al inglés, se disfrace de Uncle Sam.
Uno de los atractivos más poderosos de los «summer resorts», es la presencia en ellos de una raza especial femenina que prospera al halago de las brisas marinas o a la sombra de las altas montañas. La «summer girl», la «veraniega», como podríamos traducirlo libremente, es un tipo esencialmente americano, y, por consiguiente, completamente original. Este interesante espécimen de la raza, no pertenece al grupo tan conocido y visto en todas partes, de las niñas que parecen resucitar con los primeros rayos del sol estival y llenan los parques y los paseos de todas las grandes ciudades, con la nota alegre de sus toilettes ligeras, y bulliciosas, para desaparecer como tragadas por la tierra con las primeras ráfagas del otoño. ¿Qué se hace esa eclosión amable, dónde se oculta durante la estación fría, que no vuelve a vérsele más y se busca en vano la huella de su paso juvenil? Ese es un misterio que ningún observador ha resuelto de una numera satisfactoria. La «summer girl» tampoco tiene ningún punto de contacto con la semiaventurera alegre que llena las playas del viejo mundo y va a tejer sus intrigas cosmopolitas en el campo neutral de los casinos y los hoteles a la moda. No es una demimondaine ni una explotadora. Es simplemente el producto típico de una civilización especial, de una educación sui géneris, de la independencia femenina convertida en dogma, de la vida grandiosa, toda de placer y de movimiento, que es lote común de un número considerable de muchachas americanas.
La «summer girl» no puede existir sin la prosperidad general que reina en todas las secciones de este país. Ella pertenece generalmente a una familia que tiene amplios recursos, aunque no haya sido lanzada todavía en la fashionable set de Nueva York, ni haya asistido a las recepciones diplomáticas de la Casa Blanca, es decir, aunque no haya calzado las espuelas del caballero. Sale de todos los puntos del horizonte, con especialidad de las ciudades colosales del joven Oeste, de Cincinnati, de Saint Louis, de alguno de los centros manufactureros donde se forman las grandes fortunas industriales, Pittsburgh, Providence, etc. Tiene las espaldas cubiertas por un padre que guarda el incógnito, y sigue imperturbable en su escritorio del piso decimosexto de algún «Equitable Building» de su ciudad natal, acumulando dólares, mientras los suyos disfrutan de la vida al aire libre. Va «chaperoneada» por una madre pacífica o turbulenta, por una tía que aún conserva bríos, por un hermano que desde la madrugada hasta el anochecer pasa sucesivamente de la bicicleta al base-ball, al golf, al cricket, al polo, al yachting, y se envejece inocente, con una expresión infantil, aumentada por los largos cabellos lacios de los profesionales de esos interesantes sports, y cuya única misión en la vida parece ser la de obedecer y halagar a su hermana. Por eso mismo no es indispensable y se la ve frecuentemente viajar con una amiga o instalarse por una temporada como visita o «guest» de una familia de su círculo. Su uniforme diario, como si dijéramos su traje de trabajo, se compone de un elegante vestido de ciclista, sabiamente cortado, que permite ver el nacimiento de la pantorrilla encerrada en botas elegantes de piel de Rusia, un pequeño canotier y una blusa o camisa semimasculina con cuello rígido y deslumbrante y puños de una blancura inmaculada. Durante la noche, naturalmente, este traje útil para todos los paseos y juegos imaginables, es sustituído por las toilettes complicadas que hacen tan brillante el aspecto de la sociedad de las estaciones de verano, trajes abiertos sin mezquindad y sin falsos pudores, que muestran complacientes las redondeces de bustos generalmente poco desarrollados, alhajas en profusión, numerosos anillos de un gusto y una riqueza exquisitos, que hacen resaltar el minucioso cuidado de una mano fina y el contorno perfecto y brillante de uñas entregadas al sabio desvelo de la manicura; encajes y sedas demasiado ricos, pero no por eso menos elegantes y reveladores de un lujo nuevo y desmedido. Con estos elementos y armada de estos requisitos la «summer girl» se lanza a cuerpo perdido en el movimiento social, es un boute-en-train de todas las horas, un flirt intrépido y convencido. Su única misión en la vida, su única preocupación es el placer, el ruido, la alegría, la actividad de una coquetería infatigable. No va en busca de un marido ni de una aventura, porque su posición social es demasiado envidiable para cambiarla sin reflexión madura y porque, como la mayoría de sus compatriotas, sabe reservarse siempre, conoce demasiado la vida y sus asechanzas para ignorar dónde está el peligro y cómo evitarlo. Pero si encuentra a su paso un noble europeo, un título sonoro, un diplomático que le presente en el futuro las posibilidades de un drawing room en Buckingham Palace, con la obligada reverencia a la reina Victoria, en traje de corte y bouquet de orquídeas, su frialdad y su indiferencia real desaparecen de pronto para dar lugar a admirables maniobras de secuestro, que hacen caer infaliblemente en sus redes seductoras al objeto de sus anhelos. Cuando este hallazgo no tiene lugar la alegre mariposa vuela a otras playas después de un tiempo más o menos largo, dejando muchos corazones heridos, que tienen tiempo de cicatrizar hasta la próxima estación, para volver a ser víctimas de las torturas deliciosas de otros nuevos representantes de la misma especie femenina.
La «summer girl», en suma, es una de las infinitas variedades de este producto refinado, excepcional, interesante, anómalo, que se llama la mujer americana y que desafía impávida las teorías de los observadores y el análisis de los psicólogos. Presentar todas las facetas de este Proteo es una tarea superior a las fuerzas humanas. Muchos han querido hacerlo sin conseguir su objeto y acaban por caer en el terreno de la caricatura. Bourget, con todo su talento fino y complicado, con todas las sutilezas de su visión intelectual, lo he dicho antes, no ha tenido más éxito que el autor anónimo de America and the Americans «bajo un punto de vista francés», un librito reciente, ingenioso y entretenido pero superficial como la charla de un boulevardier. Un autor americano europeanizado, un hombre de talento penetrante y de buen gusto exquisito, un psicólogo forrado de artista, Henry James, es a mi modo de ver, el único que ha penetrado a fondo muchos de los rasgos del carácter independiente y peculiar de la americana. Los que quieran tomar la punta del hilo de Ariadna que los guiará en ese delicioso laberinto, deben leer cuidadosamente Daisy Miller, An international episode, Confidence, y, sobre todo, The Portrait of a Lady, una obra maestra de observación microscópica, y al cerrar sus páginas, tan nutridas de análisis, encontrarán en Isabel Archer la heroína de la novela, el tipo representativo de toda una clase social brotada como una flor preciosa y rara en este inmenso invérnaculo de caracteres humanos.