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Estudios americanos (primera serie)

IX EL CONGRESO

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Los grandes problemas relacionados con la expansión exterior de la potencia americana que agitan en estos momentos a la opinión pública de los Estados Unidos, y que serán debatidos con empeñoso interés en la próxima reunión del cuerpo legislativo, van a concentrar durante algunos meses la atención universal sobre los procedimientos, las tendencias y los leaders del congreso de la gran república. Ningún momento más oportuno que éste para detenerse en el estudio de aquella rama del gobierno federal, recorriendo las etapas más notables de su historia, a la luz de publicaciones recientes. El distinguido escritor Mr. Joseph West Moore, acaba de realizar esta importante labor, y su libro The American Congress ha aparecido casi al mismo tiempo que el del ex presidente Harrison This Country of Ours, uno de cuyos más interesantes capítulos está consagrado al mismo tema. Tal vez no será del todo indiferente seguir en estas circunstancias los sucesos relatados en aquellas obras y las impresiones que sugiere su lectura.

Los comentadores de la ley fundamental americana, al estudiar las fuentes raciales de la constitución, encuentran el origen del cuerpo legislativo de los Estados Unidos, en aquellas viejas asambleas teutónicas descriptas por Tácito en su Germania, en que existía un elemento conservador representado por la reunión de los jefes de tribu, y un elemento popular representado por el conjunto de las huestes armadas de los freemen. No es necesario detenerse en esa larga genealogía que muestra en los markmoot, shiremoot, folkmoot y witenagemmoot sajones, en el gran consejo normando, en el Parlamento, y, finalmente, en la legislatura colonial, los antecesores históricos del congreso americano, para reconocer el abolengo ilustre del vasto cuerpo popular que influye hoy de una manera tan marcada en los destinos de esta poderosa nación.

Sin salir del territorio de los Estados Unidos ni de los límites comparativamente reducidos de su historia, el señor Moore, en The American Congress, nos enseña que las primeras manifestaciones de este cuerpo aparecen algunos años después de la llegada de los separatistas o independientes, mal llamados puritanos, que en 1620 desembarcaron en la roca de Plymouth. Desde 1643, en efecto, las colonias de la bahía de Massachussetts, de Plymouth, de Connecticut y New-Haven, nombraron representantes que, reunidos en Boston, firmaron los artículos de la confederación de las colonias unidas de Nueva Inglaterra, en que se halla el gérmen de la unión federal posterior; y en 1690 se hizo la primera convocación de un congreso general de dichas colonias, para adoptar medidas de salvación común contra las depredaciones de las tribus indias llamadas de las Seis Naciones, ayudadas por los pobladores franceses del Canadá. Desde aquella época en adelante, el congreso se reunió cada vez que las colonias necesitaron efectuar arreglos para la protección de su frontera interior.

La más notable de estas asambleas es la que se constituyó en Albany, en la colonia de Nueva York, en 1754. Concurrieron 25 delegados y entre ellos se encontraba Benjamín Franklin, que presentó la propuesta de unión, conocida con el nombre de «plan de Albany», según la cual las colonias debían formar un solo cuerpo, con un gobierno general nombrado por la corona y un gran consejo de delegados elegidos por las legislaturas coloniales, proyecto que más tarde fué rechazado por éstas, así como por el parlamento británico.

La imposición del impuesto del timbre en las colonias británicas y en las plantaciones de América, indujo a James Otis a presentar a la legislatura de Massachussetts, el 6 de junio de 1765, un proyecto de convocación de un congreso de representantes de todas las colonias, que debía reunirse en la ciudad de Nueva York, con el objeto de concertar su actitud enfrente de aquel acto del parlamento. De las trece colonias, ocho respondieron al llamamiento, y el 7 de octubre del mismo año aquella asamblea inauguró sus sesiones en la casa municipal de Nueva York. Ese congreso denominado «de la ley del timbre»—dice Mr. Moore—fué el primero convocado en América por el pueblo, pues los otros se reunieron por autoridad real. Se componía de hombres hábiles, patriotas e instruídos. Ellos eran enteramente leales a la corona, pero creyentes firmes y abogados de los derechos coloniales, estaban resueltos a hacer una enérgica protesta contra lo que consideraban una audaz violación de aquellos derechos.

La primera chispa del espíritu de emancipación había sido encendida, y sus efectos iban a propagarse desde entonces con la rapidez del incendio. Los acontecimientos se precipitaban, ahondando cada vez más las diferencias y antagonismos que existían entre las colonias y la metrópoli. El «partido del te», en 1773 estaba llamado a romper violentamente el frágil vínculo que ligaba a la madre patria y sus hijos. El muelle de Griffin, en la bahía de Boston, fué el escenario del primer acto de la tragedia. El partido británico, para castigar a la colonia rebelde y vengar la afrenta recibida, cerró al comercio el puerto en cuyas aguas había flotado el té de las cajas despedazadas por la furia popular, trasladando a Salem la sede de gobierno.

Las colonias hermanas sintieron inmediatamente la ofensa: Virginia, Nueva York y Rhode Island propusieron la reunión de un congreso continental y su idea fué aceptada por las demás, que encargaron a Massachussetts designar la fecha de la instalación de la asamblea. El 17 de junio de 1774, Samuel Adams introdujo secretamente una resolución en la legislatura de Massachussetts, reunida todavía en Salem, y ella fué votada antes que los empleados del rey pudieran disolver aquel cuerpo. Esa resolución convocaba al congreso continental que debía reunirse en Filadelfia el 10. de septiembre de 1774.

En aquella fecha, la mayor parte de los delegados al congreso había llegado a Filadelfia, y se había alojado en la taberna de la City, una posada famosa «por su trato de los hombres y los animales». La ciudad elegida, fundada en 1682 por William Penn, ocupaba un puesto de gran importancia en el territorio poblado americano y mantenía un extenso comercio con Inglaterra. Su población llegaba a 20 mil habitantes, cuáqueros en su mayoría.

Cuando se piensa en la soberbia metrópoli actual, la descripción que de ella nos hace Mr. Moore, despierta un interés mayor: «La ciudad tenía algunas casas buenas de ladrillo y piedra y numerosas de madera. Había en ella 12 iglesias, cerca de 300 tiendas y almacenes, unas pocas fábricas, un teatro donde la representación empezaba a las 6 de la tarde y un diario, el Pennsylvania Packet, fundado por John Dunlap en 1771. En su recinto vivían muchas familias de fortuna, y las que no eran cuáqueros, daban bailes y comidas elaboradas y socialmente eran muy alegres. Los cuáqueros se vestían con gran sencillez, pero algunos daban fiestas generosas. La sociedad de Filadelfia era tal vez más conservadora que la de Boston o la del Sur, pero tenía mucho patriotismo y sostenía empeñosamente la causa de las colonias.»

Para la reunión del congreso se ofreció la State-House, en que se congregaba la asamblea de Pennsylvania, pero para no interrumpir las sesiones de ésta, se declinó la oferta y se aceptó el salón de la Honorable Sociedad de los Carpinteros, una construcción anticuada, edificada en 1770, que se conserva aún en Filadelfia como una reliquia del tiempo colonial. «El 5 de septiembre de 1774, a las 10 de la mañana, los delegados,—refiere Mr. Moore,—formaron en línea enfrente de la City Tavern y en procesión solemne marcharon hasta el Carpenters Hall, inaugurando las sesiones del congreso continental».

La historia de la famosa asamblea ha sido escrita tan frecuentemente, que no parece oportuno repetirla en esta ocasión.—Ella ha sido sintetizada por Mr. Moore de una manera clara y comprensiva, pero lo que hace principalmente el interés de su narración no es la crónica de los procedimientos de aquel augusto cuerpo, aquella «constelación de dignidades» como se llamó en su tiempo, sino los retratos de sus principales miembros. En aquella galería figuran el presidente Peyton Randolph, de Virginia, de 53 años de edad, presencia fina y cortesana, hombre prominente en asuntos coloniales, antiguo procurador general del rey, y a quien se aplicó antes que a Washington el epíteto de «Padre de su Patria», en un artículo del Gentlemen’s Magazine, publicado en julio de 1775; luego, el secretario Charles Thompson, un pobre muchacho irlandés, que, con once años de edad, llegó a América en 1730, adquirió en ella una alta educación, tradujo el Testamento griego, mereció ser llamado por los indios de Delaware, a causa de su integridad de carácter y rectitud de principios, «Wehwola ent», o «el hombre que dice la verdad», y de quien se cuenta, que «mientras fué secretario del congreso, era costumbre de los miembros llamarlo para verificar puntos debatidos, diciendo, «que venga la verdad o Thompson», pues su palabra se consideraba equivalente al juramento de cualquier otro. Y así desfilan sucesivamente Patrick Henry, el gran orador colonial; John Adams y su primo Samuel Adams, prominentes como oradores, pensadores y patriotas; Roger Sherman «the learned shoemaker» de origen humilde, pero llegado a las funciones de juez en la corte superior de Connecticut; John Dickinson, el autor de las celebradas Cartas de un chacarero (Letters from a Farmer); Richard Henry Lee, una de las lumbreras del debate; Benjamín Harrison, tatarabuelo del ex presidente Harrison, otro virginiano de nota, rico, elegante y distinguido; y last but not least, George Washington, que acababa de cumplir 42 años, y era el más notable soldado de América, famoso por sus galantes servicios en las guerras contra los franceses y los indios. «Poseía—dice Mr. Moore—en no pequeño grado, las cualidades del estadista afortunado. No era ni muy instruído ni elocuente, pero como Patrick Henry dijo de él: Si os referís a la sólida información y al juicio sano, el coronel Washington es indudablemente el hombre más grande de este recinto». Como mandaba las tropas de Virginia, apareció en su uniforme militar. Tenia seis pies y dos pulgadas de alto y un cuerpo amplio, muscular, que en su vistoso traje le daba una apariencia conspícua. El y Harrison eran los miembros más altos del congreso. La historia no consigna sino de una manera imperfecta, la parte que tomaron cada uno de estos ilustres próceres en las deliberaciones, pues el congreso continental sesionó a puertas cerradas, todos sus procedimientos fueron secretos, no se publicaron actas oficiales de sus debates y todo lo que conocemos sobre ellas, es lo que se dice en forma fragmentaria en las cartas y diarios de dos o tres de los principales delegados.

El segundo congreso continental se reunió el 10 de mayo de 1775, en la State-House, cuyo nombre, después de la declaración de la independencia, fué cambiado por el de Independence Hall, que conserva hasta el día. El 19 del mes anterior había tenido lugar la batalla de Lexington, que empezó la larga serie de combates de la revolución norteamericana. En aquellos momentos solemnes la asamblea asumió en sí todas las funciones de un gobierno que se denominó «Gobierno revolucionario» y que continuó hasta 1781, en que se adoptaron los artículos de la confederación. John Hancock, miembro de la delegación de Massachussetts, hijo de un clérigo prominente e ilustrado, fué elegido presidente en reemplazo de Peyton Randolph y en contraposición con Benjamín Harrison, elegido por la delegación de Virginia y que declinó este cargo, votando por su rival. Desde entonces John Hancock fué considerado el jefe ejecutivo de las colonias y respetado como tal. «Se cuenta—dice Mr. Moore—que Mr. Harrison, que era un hombre de gran fuerza y tamaño, viendo que el presidente Hancock vacilaba modestamente en ocupar el sillón, lo levantó en sus brazos musculosos y lo condujo al sitio de honor como si fuera un niño, con gran diversión del congreso. Depositando en salvo su preciosa carga, Mr. Harrison, dijo: Señores: mostremos a la madre Bretaña, cuán poco nos preocupamos de ella, haciendo nuestro presidente a un hombre de Massachussetts, que ella ha excluído de perdón por proclama pública». Desde el primer momento aquella asamblea estuvo principalmente ocupada de medidas de guerra. En las primeras sesiones se leyeron los partes de la batalla de Lexington, de la captura del fuerte Ticonderoga y de Crown Point. John Adams propuso que se adoptara el ejército reunido en las cercanías de Boston, y Thomas Jefferson indicó la conveniencia de nombrar comandante en jefe de dicho ejército al coronel Jorge Washington. La respuesta del noble soldado, es una de las más sencillas y elocuentes que registran los anales humanos.

Hasta entonces, Georgia no había enviado delegados. Al fin de septiembre de 1775, se reparó aquella omisión, y como entonces todas las colonias estaban representadas en el congreso, éste se llamó de las «Trece Colonias Unidas». Mr. Moore se ocupa detenidamente de las principales medidas adoptadas por la histórica asamblea, entre ellas la organización de la escuadra y del ejército revolucionario. La lógica de los acontecimientos conduce a la separación de la madre patria, y el cuadro de las vacilaciones, del choque de las ideas adversas de los representantes de las colonias, da tema al autor de The American Congress para trazar algunas páginas palpitantes. La crónica de las memorables sesiones del 2, del 3 y del 4 de julio de 1776, en que se adoptó y proclamó la declaración de la independencia redactada por Jefferson, es especialmente interesante. La declaración se publicó en el Evening Post de Filadelfia el 8 de julio y el mismo día a las 12 fué leída desde una alta plataforma en el patio de la State-House por John Nixon, después de cuya ceremonia la campana de la torre del edificio dejó oír sus notas vibrantes, obediente al lema grabado en el bronce sonoro: «Proclama la libertad a través de nuestra tierra y a todos los que habitan en ella». En diciembre de 1776, el congreso invistió a Washington de poderes extraordinarios en adición de los que le fueron conferidos como comandante en jefe de las tropas revolucionarias. En junio 14 de 1777, resolvió que «la bandera de los trece Estados Unidos deberá componerse de trece fajas alternativamente rojas y blancas; y la unión deberá estar indicada por trece estrellas blancas, en campo azul, representando una nueva constelación». Después, el congreso se trasladó sucesivamente a Baltimore, Lancaster y York, regresando nuevamente a Filadelfia, para evitar ser capturado por las tropas británicas. La obra patriótica de la asamblea fué coronada con la proclamación ante el mundo de los artículos de la confederación, que tuvo lugar en Filadelfia el 10. de marzo de 1781, y desde entonces ella cambió su antiguo nombre por el de «Congreso de la Confederación».

La lucha revolucionaria termina virtualmente en el mismo año, con la rendición de Cornwallis, en Yorktown. El tratado de paz entre las colonias emancipadas y la madre patria se firmó en septiembre de 1783. «El general Washington,—dice Mr. Moore, se despidió de sus oficiales en Nueva York, el 4 de diciembre de 1783 e inmediatamente partió para Annapolis, donde el congreso celebraba sus sesiones en la antigua casa del estado de Maryland, para dar cuenta de su misión de comandante en jefe. Llegó a aquel punto el sábado 20, habiendo, durante el camino, recibido ovaciones del pueblo que lo aclamaba como salvador de la patria. El lunes siguiente se le ofreció un banquete dado en su honor por el congreso; y el martes 23 de diciembre se le acordó una audiencia en la cámara legislativa, que rebosaba con los delegados y espectadores, entre los cuales se encontraba su esposa Marta Washington, acompañada de sus dos nietos Nelly y Parke Custis. Afuera el pueblo llenaba el aire con aclamaciones entusiastas al héroe de la nación.»

Después de permanecer durante un año en Annapolis, el congreso se trasladó a Trenton y luego a Nueva York, donde permaneció durante cuatro años, hasta ser disuelto por el cambio de gobierno consiguiente a la jura de la constitución en 1789.

El primer congreso reunido bajo el imperio de la nueva constitución celebró sus sesiones en la misma ciudad, en Wall Street, hoy centro del mundo financiero, y en el edificio que todavía se conserva y que hoy está ocupado por la subtesorería de los Estados Unidos. «El edificio,—nos informa Mr. Moore,—fué edificado con ladrillo y piedra en 1700, costó 20.000 pesos y era considerado «una construcción muy imponente». En él tenían sus oficinas el presidente de la municipalidad, el concejo comunal, las cortes; y además servía de local a la biblioteca pública y hasta a la cárcel del condado. El congreso del timbre de 1765 se congregó en él, y allí tuvieron lugar muchas de las sesiones del congreso continental. Cuando se determinó transformar el viejo edificio en un «salón federal» para el nuevo congreso, los comerciantes de Nueva York suscribieron pesos 32.500 con ese propósito y la obra fué puesta en manos del mayor Pierre Charles L’Enfant, un ingeniero y arquitecto parisiense que llegó a América en 1777 y sirvió con honor en el contingente francés mandado por el conde d’Estaing. Después de la guerra, L’Enfant se estableció en Nueva York, donde hizo los planos de la iglesia de San Pablo y otros edificios, y finalmente, ganó la inmortalidad trazando el de la hermosa ciudad de Washington.»

Nada más curioso y característico que la narración que hace Mr. Moore del viaje de la comisión del congreso encargada de comunicar a Washington su elección de presidente de los Estados Unidos y el regreso de ella en compañía del héroe aclamado por las poblaciones del tránsito. Al leer esas páginas se respira un perfume de pureza y de sencillez republicana que conforta el espíritu y lo reanima. La altura moral de aquel hombre admirable y su dignidad tranquila, resaltan en cada una de las acciones de su vida; pero nada es más propio de su carácter ni lo retrata mejor que las cortas líneas que escribió en su diario, al despedirse de su mansión campestre para acudir al puesto de honor que se le confiaba:—«A eso de las diez de la mañana, dí mi adiós a Mount Vernon, a la vida privada y a la felicidad doméstica; y con una mente oprimida con sensaciones más penosas que las que puedo expresar por medio de palabras, salí para Nueva York con la mejor disposición para servir a mi patria en obediencia a su llamado, pero con menos seguridad de responder a sus esperanzas.»

La figura del estadista que trazó las líneas anteriores aparece hoy a los ojos de la posteridad como una de esas organizaciones elevadas que honran a nuestra especie y dignifican la humilde arcilla humana. Las pasiones políticas de su tiempo, sin embargo, se ensañaron más tarde en ella con ferocidad que en el día parece incomprensible. El pretexto de la denigración, o, por mejor decir, uno de los pretextos, pues ya había sido víctima de los tiros venenosos de Freneau en la National Gazette, en que también colaboró Jefferson, no obstante pertenecer al gabinete de Washington,—fué el tratado negociado por Jay con la Gran Bretaña. «El padre de su patria—escribe Mr. Moore—fué asaltado con una tormenta de vituperio, que en cuanto a malignidad, a indecencia y a carácter ofensivo, no ha tenido igual en la historia política americana. Los periódicos llenaban sus columnas con escandalosos artículos sobre la conducta de Washington en los asuntos públicos, y en las calles, en las reuniones públicas, donde quiera que se juntaban los indignados opositores al tratado, se propalaban viles calumnias sobre su carácter y su vida privada... Se le acusaba de violar la constitución y hasta se le amenazó con el juicio político... Thomas Paine tuvo la audacia de escribir a su respecto «que era traidor a la amistad privada e hipócrita en público», y que «el mundo encontrará difícil decidir si usted es un apóstata o un impostor; si usted ha abandonado los buenos principios o si jamás ha tenido ninguno». Tan malévolas y crueles fueron las acusaciones, que Washington exclamó amargado: «Preferiría estar en la tumba a estar en la presidencia». En una carta a Jefferson, añadió: «Soy acusado de enemigo de América, de someterme a la influencia de un país extranjero, y para probarlo, cada acto de mi administración es torturado... en términos tan exagerados e indecentes, que podrían apenas aplicarse a un Nerón, a un notorio desfalcador, o a un ratero vulgar (a common pickpocket)».

Continuar paso a paso, como lo hace Mr. Moore, esta crónica legislativa, equivaldría a trazar la historia de la Unión americana misma. Detengámonos solamente en algunos detalles interesantes recordados en su libro y que se relacionan con el congreso.—Tales son los que se refieren al Capitolio.—El 18 de septiembre de 1793, se colocó en Washington la piedra fundamental del soberbio edificio, después de una amarga controversia entre el arquitecto francés Hallate y el inglés Thornton, que presentaron planos para su construcción, y el primero de los cuales pretendía que el segundo le había sustraído la idea de dichos planos. Al fin los comisionados del gobierno fallaron la causa en favor de Thornton, a quien se concedió el primer premio, mientras a Hallate se le dió el segundo premio de 250 pesos y fué nombrado uno de los arquitectos del Capitolio con sueldo anual de 2.000 pesos. La ciudad de Washington, en aquel año, no era sino un vasto desierto pantanoso, donde se alzaban unas cuantas casas dispersas en la inmensa soledad poblada de arboledas. Hasta 1800 no fué posible habilitar el edificio del congreso, y el 17 de noviembre de aquel año las sesiones del de la sexta legislatura se celebraron en el ala norte del Capitolio, que aún no estaba completa. Los que visitan hoy el admirable monumento y sus alrededores, no pueden menos de admirar la anticipación, genial que tuvieron de la grandeza futura de su patria, sus promotores y constructores. Bajo la presidencia de Jefferson, que acostumbraba pasear a caballo por las calles de Washington, visitando a sus amigos e inspeccionando los trabajos urbanos, la obra recibió un nuevo impulso con el nombramiento de Benjamín Henry Latrobe, que completó sus dos alas ligándolas entre sí por un puente de madera.

En 1812 estalló la guerra con la Gran Bretaña, «la segunda guerra de la independencia», como ha sido popularmente llamada. Después de varios encuentros en que la fortuna de las armas traicionó en tierra a los americanos, en agosto de 1814, una escuadra británica, mandada por el almirante Cockburn, bajó de la bahía de Chesapeake al río Patuxent y desembarcó un cuerpo de ejército, a las órdenes del general Ross, que se dirigió a la capital por territorio de Maryland. La resistencia opuesta por el general Winder, que mandaba las tropas americanas, fué inefectiva. «El ejército invasor,—dice Mr. Moore,—entró en Washington en la tarde del 24 de agosto y acampó en los jardines del Capitolio. Los soldados hicieron algunas descargas a las ventanas del «abrigo de la democracia yankee», como el almirante Cockburn llamó al edificio, y luego penetraron al ala usada por la cámara de representantes. Cockburn fué escoltado hasta la silla del presidente por el general Ross y con un fino despliegue de dignidad legislativa, llamó a la asamblea al orden en medio de aclamaciones y risas. Preguntó si el edificio debía ser quemado. «Todos los que estén por la afirmativa, digan sí»—vociferó. Hubo una respuesta unánime y se dió entonces la orden de aplicar la antorcha. Los soldados despojaron a la biblioteca de sus libros y sus cuadros y los amontonaron en el centro del recinto de la cámara. El fuego se propagó rápidamente por el Capitolio, que en menos de una hora quedó convertido en ruinas. La casa del presidente y otros edificios públicos fueron incendiados. Después de destruir una buena parte de la ciudad, los ingleses se retiraron silenciosamente la noche siguiente, se embarcaron y se dieron a la vela».

Con el incendio del Capitolio, el congreso se vió obligado a celebrar un período de sesiones en el Union Pacific Hotel, edificio erigido en 1793, y llamado comúnmente el Gran Hotel por la amplitud de sus proporciones. En ese tiempo se habló mucho de trasladar la sede del gobierno a Nueva York o Filadelfia, pues las condiciones de Washington como lugar de residencia eran muy deficientes y el partido que sostenía la traslación fué llamado de los «capital movers». Sin embargo, los partidarios de Washington prevalecieron y en 1815 se autorizó, por ley, al secretario del tesoro para hacer un empréstito de medio millón de dólares con el objeto de aplicar esa suma a la reconstrucción de los edificios del gobierno. Una casa grande adyacente a la parte oriental del Capitolio fué alquilada por el congreso, mientras se edificaba el nuevo Capitolio, bajo los planos de Latrobe, a quien pertenecen todos los honores de la nueva forma grandiosa que revistió más tarde el soberbio palacio.

El congreso decimocuarto se distinguió principalmente por su sanción de la tarifa promulgada en 1816. Ella fué la primera que intentó proteger eficazmente lo que Madison llamó «the infant industries» de los Estados Unidos. Hasta aquel tiempo—escribe Mr. Moore—las tarifas de aduana habían tendido principalmente al propósito de asegurar renta, quedando en segundo término el sistema de protección, poco favorecido por los grandes partidos políticos. En 1790, Alejandro Hamilton, en un informe sobre manufacturas, abogó en favor de la política proteccionista de las industrias domésticas, pero nada se hizo en este sentido hasta 1812. Las manufacturas del país habían adquirido cierta importancia, particularmente durante el período del embargo de 1808 a 1811 y las ventajas de desarrollarlas por medio de la protección fiscal se discutieron con empeño. Al empezar 1812 los derechos de importación fueron doblados, como una medida de circunstancias.

Mientras la guerra progresó, la importación europea disminuía y aumentaba la producción doméstica monopolizando el mercado americano... Las condiciones cambiaron con la terminación de la lucha, y el influjo del comercio exterior obligó a los manufactureros a clamar por protección. Los armadores de Nueva Inglaterra, cuyos navíos transportaban una buena porción de importaciones, se opusieron al pedido. Temían perder el comercio exterior de transporte y denunciaban la protección «como una simple prolongación de ese plan de restricción comercial y de intervención oficial que ha envuelto al país en tantas calamidades». El antagonismo de tendencias económicas a que se refiere Mr. Moore subsiste hasta hoy y acaba de manifestarse nuevamente con motivo de las negociaciones con Canadá. De todos modos, la tarifa de 1816 estableció derechos específicos moderados y derechos ad valorem que fluctuaban entre 7 ¹⁄₂ y 30, y fueron los votos del Sur y del Oeste los que la hicieron triunfar en las cámaras legislativas.

El congreso décimosexto se hizo memorable por la resolución del problema político conocido en la historia parlamentaria de los Estados Unidos por «Missouri Compromise», la transacción de Missouri. «Los estados libres y los estados esclavócratas—dice el distinguido profesor Goldwin Smith sintetizando este episodio—habían sido hasta entonces admitidos por parejas en la Unión, un estado esclavócrata y uno libre, de manera que se conservaba el balance político entre los dos intereses, no en la cámara de diputados en que la representación era por número de habitantes, sino en el senado, en que cada estado grande o pequeño, tenía dos miembros. El pedido de Missouri, que forma parte de la compra de la Louisiana y en el cual prevalecía la esclavitud, para ser admitido como estado, amenazó desequilibrar la balanza y despertó el latente pero mortal antagonismo reinante entre la libertad y la esclavitud. La conciencia nacional, aunque entorpecida por la política, nunca había estado enteramente dormida. Entre los cuáqueros de Pennsylvania, ella permanecía despierta. Los enemigos de la esclavitud pidieron su exclusión de Missouri como una condición previa de su entrada en la Unión. Su lucha con los partidarios de la esclavitud fué larga y enconada. Ella produjo una colisión entre la cámara nacional y el senado federal. Cuando la cuestión estaba aparentemente arreglada, la disidencia rompió en una nueva forma. Pero al fin prevaleció el temor por la estabilidad de la Unión, que en aquel tiempo había llegado a ser objeto de veneración general, y se llegó a una transacción por la cual todo el territorio al norte del paralelo 36 grados 40 minutos, con excepción del incluído en Missouri, quedaba asegurado en favor de la libertad y todo el territorio al sur de esta línea era abandonado a la esclavitud. La balanza política al mismo tiempo fué equilibrada por la admisión simultánea de Maine, y la tregua obtenida de este modo duró por 20 años, probando por su duración la importancia suprema que daba a su Unión el pueblo americano.»

En el primer cuarto de siglo, el congreso americano contó con leaders que no han sido reemplazados hasta hoy. Las figuras de Henry Clay, de Daniel Webster, de John C. Calhoun y de Thomas Hart Benton,—se destacan de las páginas de Mr. Moore con un relieve extraordinario. Nada más tentador que detenerse en la pintura de estos caracteres eminentes, recordando algunos de los rasgos de su personalidad, como lo ha hecho el autor de The American Congress y como acaba de hacerlo Mr. Oliver Dyer en su interesante estudio sobre el «Gran triunvirato» publicado bajo el título de Giants of the Past and fiery issues. Es necesario limitarse para no alargar demasiado este boceto, a dejar constancia de algunas costumbres peculiares que menciona Mr. Moore y que prevalecían en la cámara. Así, «los diputados se sentaban siempre en la cámara con sus sombreros puestos, costumbre que venía desde el congreso continental. Se consideraba una muestra de gran honor por parte de la cámara el «descubrirse» por algo o por alguien. El speaker cuando se levantaba para llamar la atención de la asamblea, se quitaba el sombrero. Hacia 1830 se establecieron cuartos de perchas y gradualmente fué extinguiéndose el hábito de conservar el sombrero durante la sesión. En ambas casas del congreso había grandes urnas de plata llenas del más escogido y fragante rapé «Maccaboy» y «Old Scotch», colocadas de manera que los miembros pudieran usarlo libremente. El uso del rapé era entonces muy común y no era raro ver a un orador desbordando de elocuencia en el recinto de la casa o del senado, interrumpirse repentinamente, caminar hasta la urna del rapé, llenarse la nariz, estornudar dos o tres veces, hacer flamear un pañuelo a cuadros y después regresar a su puesto y reasumir su arenga... Los representantes durante un número considerable de años fueron muy aficionados a una bebida conocida por «switchel» y era una parte del deber diario de cierto empleado fabricar una generosa provisión de dicho refresco. El «switchel» se componía de melaza, gengibre y agua pura de la celebrada fuente del Capitolio, todo «perfumado» con el más fino ron de Jamaica. Se consumía muchos galones diarios de la bebida y cuando el debate era apasionado, la provisión era renovada varias veces. En cada casa había cortadores de plumas especiales, que enmendaban las plumas de ganso usadas por los miembros, así como selladores oficiales que se ocupaban solamente en sellar con lacre rojo todas las cartas y paquetes. Era costumbre hacerlo todo de una manera muy formal y los métodos simples estaban proscriptos del recinto.»

La tarifa de 1828 produjo aquel gran debate que se recuerda todavía como el más elocuente que registran los anales parlamentarios de la gran república. El duelo oratorio entre Robert Y. Hayne, de South Carolina, «el Aquiles del Sur», y Daniel Webster, el eminente campeón de Nueva Inglaterra, es un episodio clásico de la leyenda legislativa americana y él figura en todos los tratados políticos como un modelo para las generaciones futuras. El triunfo obtenido por la soberbia arenga de Webster desconcertó por un tiempo a sus adversarios, pero las ideas de independencia absoluta o de separatismo permanecían latentes, manifestadas en la famosa «Ordinance of Nullification», que dió motivo a Calhoun para medir sus armas con el vencedor de Hayne. En aquel torneo tomó también una parte prominente Thomas Hart Benton y sus resultados, favorables a la integridad de la Unión, se sintetizaron en la ley de aduana de transacción de Clay, promulgada en 1833. «Cuando se preguntó al general Jackson, muchos años después,—dice Mr. Moore—qué medida hubiera tomado con Mr. Calhoun y los otros nulificadores si ellos hubieran persistido en su camino, él replicó con su antiguo ardor: «Colgarlos, señor, colgarlos. Habrían servido de escarmiento a los traidores de todos los tiempos y la posteridad lo hubiera considerado la mejor acción de mi vida».—Otro debate memorable tuvo lugar con motivo de la ley de concesión del Banco de los Estados Unidos, vetada por el presidente Jackson en abierta oposición con la mayoría de los legisladores. Los representantes de los whigs o republicanos nacionales, en aquel tiempo, contaban con miembros eminentes en el congreso, como sucedía también con los demócratas. En el elenco de aquel alto cuerpo figuraban los nombres de siete futuros presidentes de los Estados Unidos, Polk, Buchanan, Johnson, Pierce, Tyler, Fillmore y Lincoln.

La anexión de Tejas y la guerra de México, que fué su consecuencia, dió motivo a largas discusiones, relatadas por Mr. Moore de una manera clara y comprensible. No está de más extractar la narración sucinta que nos hace de este episodio histórico. La inmensa región de más de 200.000 millas cuadradas que los Estados Unidos reclamaron como una parte de la compra de la Louisiana, pero que fué entregada a España en cambio de la cesión de Florida, llegó a ser una provincia o departamento de México conocido por Tejas. En 1820, un residente de Missouri, llamado Moses Austin, que conocía la fertilidad de la región, obtuvo una concesión de las autoridades españolas para establecer en Tejas una colonia americana... La colonia de Austin fué seguida por otras y pocos años después hubo varios miles de americanos establecidos en Tejas. Declarada la independencia de México, en 1834 el general Santana, a la cabeza de un ejército de mercenarios, se alzó contra la constitución mejicana, abolió la soberanía de los estados y con el título de presidente, se hizo jefe de un despotismo militar. Todos los estados, excepto Tejas, le rindieron sus armas, y en octubre de 1835 el general Cos fué enviado a Tejas para forzarlo a la obediencia... Los tejanos se organizaron en compañías y lograron desalojar al general Cos de sus fortificaciones en San Antonio primero y luego del territorio del estado. Entretanto, el pueblo declaró la independencia y adoptó el nombre de República de Tejas... Tres meses después de la derrota del general Cos, la República de Tejas fué invadida por Santana con un ejército de 5.000 hombres, que fueron también derrotados en la batalla de San Jacinto por una fuerza bajo el mando del general americano Sam Houston. Santana reconoció la independencia de la república y aceptó al Río Grande como límites entre México y el nuevo estado. El congreso mejicano, sin embargo, desaprobó el acuerdo, pero como ninguna tentativa se hizo por parte de México para restablecer su soberanía, los Estados Unidos, a la par de Inglaterra, Francia y Bélgica, reconocieron la nueva república. Poco tiempo después Tejas pidió ser admitida en la Unión Americana. Rechazada dos veces su tentativa, la cuestión de la anexión llegó a apasionar la opinión pública y a convertirse en un asunto de primordial interés. El sur, que trataba de extender el territorio esclavócrata, favorecía la anexión, mientras el partido llamado del libre suelo se oponía fuertemente a ella. Al fin triunfaron los primeros y Tejas fué admitido como estado, produciendo la guerra con México, en que tan mala suerte cupo a la vecina república, desmembrada por el vencedor.

La acción del congreso americano durante la rebelión que puso en peligro la existencia de la Unión, llena un crecido número de páginas de la obra interesante de Mr. Moore. Las agitaciones de aquellos días tumultuosos, las diversas medidas financieras adoptadas para proveer recursos con que llevar a cabo la lucha gigantesca, todos los incidentes dramáticos de la época, desfilan a nuestros ojos en una sucesión brillante, hasta concluir con la enmienda décimatercia de la constitución que hizo al presidente Lincoln el emancipador de cuatro millones de esclavos. No menos interesante que la historia de aquellos acontecimientos, llenos de lecciones políticas y morales, es la narración del juicio político del presidente Johnson.

Los demás detalles contenidos en la obra que me ha dado ocasión para hacer esta rápida revista de una parte de la vida legislativa americana, tales como la ley de compra de plata de Sherman, la tarifa MacKinley, el arbitraje del mar Behring, y las terribles escenas que presenció el senado cuando Mr. Blaine exhibió las cartas de Mulligan, son demasiado conocidos y recientes para que sea necesario sino mencionarlos de paso. Baste decir que en el curso de los años, el prestigio del congreso americano ha crecido constantemente y, a pesar de algunos pasajeros eclipses, el nivel de sus deliberaciones ha sido siempre digno de la grandeza y altura moral de la gran república. Los problemas que está llamado a afrontar ahora van a poner como nunca a prueba las dotes de estadista de sus miembros y el sentimiento de justicia de que ellos están animados. Las miradas del mundo entero están fijas en la próxima asamblea y pronto veremos si ella amengua o enaltece la gloriosa tradición de los padres de la república.

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