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Estudios americanos (primera serie)

VII UN POCO DE FILOSOFIA POLITICA

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Refiriéndose a la celebración del aniversario de la independencia de los Estados Unidos, observa un escritor distinguido de esta nación, el hecho de que cualquiera que sea la opinión que individualmente abriguen los ciudadanos sobre la política contemporánea, es evidente que los acontecimientos que se desarrollaron el año pasado han propendido inmensamente a la formación del espíritu nacional. La conciencia de ese espíritu ha crecido en esta república en los últimos años de una manera visible. Jamás la historia de la vida política de este gran estado despertó un interés tan intenso en todas las capas sociales. Las órdenes patrióticas se han multiplicado y difundido por todos los ámbitos del territorio de la Unión. Las prevenciones que pudieron subsistir después del duelo heroico de la guerra de secesión, han acabado de desaparecer al calor del entusiasmo que produjo la campaña de Cuba. En medio de esta época de prosperidad sin tasa, en que todo sonríe al pueblo americano, la confianza en lo futuro y la seguridad de los gloriosos destinos que le reserva lo porvenir, son hoy universales, y es necesario confesar que tienen una base sólida en que fundarse. He tenido tan frecuentes ocasiones de estudiar las manifestaciones materiales de la grandeza americana, que tal vez no estará de más aprovechar esta fecha para hacer un poco de filosofía histórica y política e investigar las raíces étnicas y las causas morales de aquella grandeza. Al hacerlo me referiré a menudo a los estudios del más completo de los escritores contemporáneos de la gran república, el profesor John Fiske, y especialmente a su libro American Political Ideas, que en el espacio de menos de doscientas páginas encierra más substancia intelectual y más médula científica que muchas obras en diez volúmenes.

Se habla de los Estados Unidos, generalmente, como de un país nuevo en el sentido de la Australia o de la Nueva Zelandia; sin embargo, como lo hace notar John Fiske, la historia de Nueva Inglaterra, por lo menos, remonta hasta los tiempos de Jacobo I, y muchos de sus centros rurales mantienen todavía un aire de respetable vetustez. Es en estos centros apartados del tumulto de los negocios donde se ve patente la base o, por mejor decir, la célula orgánica del cuerpo político americano. En todos ellos la población respira el bienestar y la alegría; no se ve allí ni mendigos ni vagos; la cultura de los ciudadanos es extraordinaria; el vínculo de solidaridad y la franqueza democrática que ligan al rico y al pobre mantiene entre todos los habitantes un espíritu de cordial benevolencia. La tradición de los primeros tripulantes de la May Flower que desembarcaron en las rocas de Plymouth en busca de libertad para su credo religioso, subsiste en ellos del mismo modo que se conserva allí casi sin alteraciones la primera forma de gobierno local ideada por sus abuelos, en la institución del Town-meeting (asamblea del municipio). Los primitivos pobladores, desde el momento de pisar el suelo de América, trataron de establecer un gobierno democrático. Para precaverse de los ataques de los indios y con propósitos de educación y de culto religioso, se agruparon en pequeñas aldeas que, con el distrito rural circunvecino, constituyeron municipios. Una vez por año la población de aquellos distritos era convocada para discutir y resolver todos los problemas que interesaran a la comunidad. Más tarde, para administrar los asuntos en el intervalo de una asamblea a otra, se eligieron representantes de la voluntad popular llamados «selectmen». En esta organización peculiar a la Nueva Inglaterra y que ha sido estudiada en toda su trascendencia y su significado por John Fiske radica toda la vida política de los Estados Unidos. «Mantener la vitalidad en el centro sin sacrificarla en las partes, se ha dicho con razón; perpetuar la tranquilidad en las relaciones mutuas de cuarenta estados poderosos, teniendo al pueblo en todas partes hasta donde sea posible en contacto directo con el gobierno; tal es el problema político, para resolver el cual existe la Unión Americana; y cada ciudadano americano posee, por lo menos, una vislumbre de esta gran verdad.»

Los historiadores de la talla de Stubbs, Kemble, sir Henry Maine, etc., han estudiado los antecedentes del Town-meeting, encontrando sus raíces en la primitiva y rudimentaria constitución teutónica descripta en la Germania de Tácito. Sin entrar en ese género de disquisiciones, es curioso el hecho señalado por Fiske de la semejanza que existe entre aquella forma de organización municipal y la que se encuentra en la aldea rusa de nuestros días, cuyo gobierno es dirigido por una asamblea a la que concurre todo jefe de familia para discutir y votar en asuntos de interés común. Esta junta democrática elige al mayor de la aldea o jefe ejecutivo del municipio, al colector de impuestos, al guardián y al zagal comunal; dirige la repartición de la tierra arable y se ocupa de materias generales de legislación local. Con razón, dice el autor citado, al hacer notar esta similitud curiosa, que ella no dejará de sorprender a los que están acostumbrados a mirar a Rusia como un país despóticamente gobernado; en tanto que en el mir o comunidad de aldea, conserva aquel país un elemento de vida política sana, cuya importancia puede calcularse teniendo en cuenta que cinco sextas partes de la población de la Rusia europea está comprendida en estas comunidades.

Las formas representativas del gobierno autónomo de la comunidad teutónica, representadas en la institución de la asamblea del municipio (Town-meeting), son la fuente pura y cristalina de que emana todo el sistema político que ha hecho la grandeza de la Inglaterra y que se ha trasmitido a los Estados Unidos. El sistema político de la Grecia antigua estaba basado en la idea de la independencia soberana de la ciudad. La concepción romana era semejante a la griega, y ambas ignoraron el principio representativo peculiar a la mente teutónica. Se ha tratado de explicar estas diferencias en el hecho de que la civilización teutónica nunca atravesó un período en que el papel soberano estuviera representado por comunidades civiles. «Por el contrario,—dice Fiske,—la civilización teutónica pasó del estado de tribu al de organización nacional, antes de que ninguna ciudad teutónica hubiera adquirido suficiente importancia para tener derecho de reclamar su propia autonomía; y en el tiempo en que las nacionalidades teutónicas se hallaban en vías de formación, todas las ciudades de Europa habían estado tan largo tiempo acostumbradas a reconocer un amo superior a ellas en la persona del emperador romano, que hasta la misma tradición de la autonomía cívica tal como existía en la antigua Grecia, había quedado extinguida. Esta diferencia entre la base política de la civilización teutónica y la grecorromana es un hecho de una importancia difícil de exagerar, y una vez penetrado a fondo, él contribuye tal vez mejor que cualquier otro elemento a explicar los fracasos sucesivos de los sistemas políticos griego y romano y a inspirarnos confianza en la estabilidad futura del sistema político creado por el genio de la raza inglesa.»

La expansión y coalescencia de municipios populosos y de la división territorial llamada hundred, contribuyó a la formación de la ciudad teutónica. En ningún caso figura ésta como equivalente al lugar de residencia de una tribu o una comunidad de tribus. Las unidades políticas agregadas, cuya aglomeración forma la nación en el sistema teutónico, no se componían de ciudadanos, sino de shires, distritos o departamentos rurales en que entran varias comunidades de aldea. La ciudad era simplemente una porción del shire caracterizada por densidad mayor de población. El crecimiento de la sociedad política grecorromana fué muy diferente. En aquélla la agregación de aldeas en tribus y la confederación de las tribus constituyó la ciudad, grupo político y religioso, completo y soberano. «El primer magistrado de la ciudad no era el ealdorman de la historia inglesa primitiva, dice Fiske, sino el rex o básileus que combinaba las funciones de rey, general y sacerdote. Así, políticamente, en el mundo grecorromano había una separación entre la ciudad y el distrito rural, desconocida en el mundo teutónico.» La diferencia fundamental entre el sistema basado en el shire y el basado en la ciudad, por eso, entraña consecuencias que contienen la clave de toda la historia de la civilización europea considerada bajo su aspecto político.

La primera consecuencia fluye del área diferente que ocupa el shire y la ciudad. En localidades pequeñas el pueblo encuentra fácil concurrir a una asamblea comunal y tomar participación directa en los negocios locales. Con el esparcimiento de la población esta asistencia se hace difícil, y como los diferentes municipios no pueden estar representados por todos sus habitantes, eligen de su seno cierto número de delegados para que hablen en nombre de la respectiva localidad en el shire-mote o asamblea del condado. Es en esta delegación de «hombres selectos» u «hombres discretos», como se les llamaba en aquellas sociedades primitivas, donde se encuentra el germen de las instituciones democráticas y del sistema de representación, que hace posible el mantenimiento de una agregación política tan colosal como los Estados Unidos. En la Ciudad Antigua, por el contrario, debido a lo compacto de la población, todos los miembros dirigentes de la comunidad se reunían en la asamblea primaria y no representativa. Fiske señala como una excepción que confirma la regla, el consejo anfictiónico en que estaban representadas diferentes ciudades con fines religiosos relacionados con el culto del Apolo Délfico.

La segunda consecuencia se deriva de esta falta de principio representativo. La independencia y separación de los grupos que constituyen la Ciudad Antigua no disminuye la tendencia a la guerra sino que, por el contrario, hace muy frecuentes las ocasiones de los conflictos armados. Los celos y rivalidades entre comunidades políticas diversas, impulsan a éstas de una manera irresistible a la agresión, si no existe un principio de unión que facilite el arreglo de las cuestiones debatidas por medios pacíficos. En la organización política grecorromana la formación de un gran estado no podía efectuarse sino por medio de la «conquista con incorporación» o por medio de la «federación». Ninguno de esos métodos fué adoptado por la Grecia antigua. Cuando Esparta, por ejemplo, conquistaba otra ciudad griega, la esclavizaba a su autoridad, por medio de un jefe con poderes tiránicos. Atenas se inclinó más al federalismo, como se ve por la Liga Delia, en que las ciudades egeas fueron tratadas más bien como aliadas, aunque no poseían la facultad de manejar sus propias fuerzas militares. Más tarde la idea federal aparece más clara y la Liga Acaía y Etolia, según Fiske y Freeman, tienen algunos puntos de semejanza con la organización de los Estados Unidos, pues ambas se inclinaron más al gobierno federal que al de una mera confederación; es decir, en ellas «el gobierno central actuaba directamente sobre todos los ciudadanos y no solamente sobre los gobiernos locales». El método de conquista con incorporación fué ensayado con éxito por Roma, que tuvo la buena fortuna de emanciparse desde temprano de la preocupación que en otras partes impedía a la Ciudad Antigua admitir extranjeros a participar de sus franquicias. Este cambio, producido después de la guerra social, encierra todo el secreto de la carrera de Roma. La concentración del poder de la península en manos de una ciudad soberana, en la lucha con organizaciones en que la desagregación de los núcleos políticos predominaba, debía forzosamente conseguir la victoria y hacer inevitable el dominio universal de Roma. La humanidad debe a ese dominio no sólo el mantenimiento de la paz por un largo período, sino la destrucción de un inmenso número de religiones de tribu que preparó el camino para el advenimiento del Cristianismo. Sin embargo, a pesar de la franquicia concedida dentro del recinto de la ciudad imperial, el sistema de representación fué desconocido al mundo romano y sus comicios constituyeron una asamblea primaria. «El resultado fué, dice Fiske, que a medida que aumentó la burguesía la asamblea se convirtió en una muchedumbre tumultuosa, tan poco aparente para la transacción de los negocios públicos como lo sería una reunión comunal de todos los habitantes de Nueva York. Las funciones que en Atenas desempeñaba la asamblea eran ejercidas en gran parte en Roma por el senado aristocrático; y en los conflictos que surgían entre los partidos senatorial y popular era difícil encontrar ningún remedio constitucional adecuado.» Esta falta de representación, produjo la ruina de los dos sistemas fundados sobre la Ciudad Antigua.

La influencia de la centralización romana continuó haciéndose sentir después de la caída del imperio carlovingio y a pesar del aislamiento y la desagregación feudal, reviviendo en las manos poderosas del clero y en las tradiciones jurídicas legadas por la antigua señora del mundo a la sociedad medieval. Entre las grandes naciones modernas solamente Inglaterra salió del crisol de la Edad Media con sus principios teutónicos de «self government» intactos. En el continente dos pequeñas comunidades participaron de la misma fortuna. Una de ellas fué la comunidad holandesa, destinada a mantener una lucha tan heroica por la libertad, y otra fué la comunidad suiza, formada de elementos que parecen discordantes, pero que, sin embargo, se han armonizado en una unión tan estrecha como la de cualquier organismo político descentralizado.

Estaba reservado a nuestra época y a los Estados Unidos mostrar las capacidades de la forma federal de gobierno y los resultados maravillosos producidos por ella en el espacio de un siglo de existencia. El ensayo debía producirse en una vasta extensión de territorio despoblado y era indispensable para que él diera los frutos anticipados que los primitivos ocupantes de la tierra poseyeran el rico legado de educación política, sólo posible por la tradición de largos años de gobierno autónomo. «La costa atlántica de Norte América, escribe Fiske, fácilmente accesible a Europa y sin embargo, bastante remota para estar libre de las complicaciones políticas del viejo mundo, proporcionó la primera de aquellas condiciones; y la historia del pueblo inglés a través de cincuenta generaciones proporcionó la segunda». La preservación de la autonomía local hizo posible la unión federal. La durabilidad de esta unión quedó garantida por su flexibilidad. La independencia completa mantenida por cada estado, en todos aquellos asuntos que no afectan directamente al principio federal mismo, garantizó la permanencia de esta forma de gobierno, solamente posible en una raza de hombres en quienes el uso de la representación política se había convertido en una segunda naturaleza. Sin embargo, este resultado maravilloso de todo un continente desenvolviéndose en paz y en medio de la más grande prosperidad bajo un sistema político en que, como se ha dicho, la permanencia de la acción concertada se mantiene sin sacrificar la independencia de la acción, no fué alcanzado sino después de ensayos y numerosos tanteos cuya historia encierra fecundas enseñanzas para la humanidad.

Los Estados Unidos son por sí mismos un mundo y algunos de sus estados, dentro de su área territorial, pueden contener a varias naciones europeas. Entre los límites de Tejas, por ejemplo, caben holgadamente Alemania, Holanda, Dinamarca, Bélgica y Suiza. Los estados de Maine, de New Hampshire y Vermont tienen una superficie superior a la Inglaterra; Minnesota, Iowa, Missouri, Indian Territory, Oklahoma, Kansas, Nebraska, South Dakota, North Dakota, New Mexico, Colorado, Wyoming, Utah, Idaho, Nevada y California, comprenden una superficie territorial superior a la del vasto Imperio Chino. Conocida es la energía de la raza, la riqueza nacional, el desarrollo de la industria, el crecimiento de la población. En el desarrollo futuro de estas condiciones extraordinarias se basa lo que se ha llamado el «Destino Manifiesto» de la gran república y el papel histórico que le corresponde desempeñar en la evolución humana. Ese destino está íntimamente ligado con el de la raza inglesa, esparcida por todos los ámbitos del orbe, y sus posibilidades inconmensurables merecen detener profundamente la atención del pensador.

Por lo pronto, el crecimiento de la raza inglesa en América conduce a conclusiones sorprendentes. A este respecto Fiske se pregunta si los Estados Unidos podrían mantener una población tan densa como la de Bélgica, y, poniéndolo en duda y admitiendo que sólo puedan dar abrigo a un pueblo cuya densidad sea la mitad de la de aquel reino, encuentra que según la ley de aumento actual, al fin del siglo XX este país contará con 1.500.000.000 de habitantes. No puede preverse tal resultado porque existen razones económicas que disminuirán la proporción del crecimiento presente; pero en todo caso y deduciendo todas las causas accidentales humanamente discernibles que puedan entrabar la marcha de aquella progresión, resulta que los Estados Unidos tendrán en aquel tiempo 600 o 700 millones. La gran república constituirá entonces una agregación humana de poder y dimensiones inconmensurablemente superiores a las de todos los imperios que registra la historia. La carrera de la raza inglesa en otras partes del mundo hará que prácticamente el imperio universal quede en sus manos victoriosas. Dotada de un seguro instinto geográfico, ella posee ya las llaves del comercio en todas las regiones del globo. El África, en el siglo próximo, será el teatro de un desarrollo análogo al de Norte América a comienzos del presente. Australia verá prosperar los seis estados en que se divide su continente y convertirse en naciones poderosas y opulentas. Todavía quedarán para la expansión futura los fértiles territorios de la Nueva Zelandia y los archipiélagos del Pacífico, donde hoy flamea la enseña de «Greater Britania».

El destino de la raza inglesa, señalado por publicistas que han estudiado su pasado y analizan su presente, seguirá desenvolviéndose hasta que todas las tierras donde todavía no existe una antigua civilización queden sometidas a sus leyes y a sus costumbres y sean colonizadas por vástagos de su tronco poderoso. Según Fiske, ya asoma el día en que las cuatro quintas partes de la raza humana serán de descendencia inglesa, como lo son las cuatro quintas partes de la población americana actual. La soberanía del mar y la supremacía comercial, que hoy ya le pertenecen, quedarán para siempre sujetas a su dominio. Así como Holanda fué en un tiempo el rival naval y mercantil de Inglaterra, Alemania y Francia y los demás países quedarán reducidos a entidades políticas insignificantes. He aquí el cuadro gigantesco de poderío y de grandeza supremos que exalta la imaginación de este pueblo en esta hora de patrióticos regocijos. He ahí las maravillas de un sistema político que alienta la expansión aislada de cada una de las secciones de este vasto continente y concentra el haz disperso de sus fuerzas en una potencia única, agresiva y conquistadora.

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