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Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba

PARTE TERCERA

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ÚLTIMO PERÍODO

DESARROLLO DEL ARTE ORIENTAL EN ESPAÑA

Era tanta la ignorancia en ciertos tiempos sobre la cultura de los árabes españoles, que autores cristianos suponen las mezquitas adornadas con ídolos como los templos paganos; y á juzgar por los romances de la Edad Media, era tal el criterio sustentado sobre las ciencias de los mahometanos, que se atribuía no á hombres, sino á una legión de demonios el poder y la magia ejercida por el genio de los nuevos dominadores de España. ¡Y qué mucho si aún en nuestros días no se ha olvidado ese don misterioso de profecía que se atribuye al Calendario, cuyo libro es siempre el que más se encuentra en la mayor parte de las casas españolas! El manak[41] que habían difundido los árabes por toda Europa, se inventaba por astrólogos españoles, los cuales adquirieron inmensa y diabólica fama de sobrehumana inspiración. De tal modo era temida la ciencia de algunos cristianos que habían ido á aprenderla en las academias y universidades de Córdoba y Sevilla, que más de un sacerdote perdió al volver á su país la facultad de mandar comunidades religiosas, y aun corrieron algunos riesgo, en momentos de calamidades públicas, suponiéndose éstas ocasionadas por los maleficios de esos sabios sospechosos de malas artes[42]. Hasta los albores de las ciencias químicas que habían de desarrollarse en el cerebro de Nostredamus, Raimundo, Kiot, etc., buscaban en España el éxito que más tarde había de dar tan pasmosos resultados; y hasta los prodigios que principiaba á revelar la ciencia astrológica y la conformidad en muchos casos con los pronósticos que una azarosa experiencia había arrojado en sus libros, fueron causa de que adquirieran un influjo, al cual no ha podido escapar la civilización moderna. Las ciudades principales de España fueron, pues, el emporio de las ciencias físicas y astronómicas; y si ignoramos el número de franceses, alemanes é italianos que venían á estudiar á Córdoba y Toledo, ó si el Papa Silvestre II recibió en Barcelona y no en Córdoba su instrucción, lo cual podrá ser discutido eternamente por los corifeos de ciertas escuelas, sí sabemos con exactitud que la ornamentación árabe se copió en Italia, Francia y España, demostrando la intimidad de las relaciones internacionales, y que cuando se conquistó á Granada pasaban de 25.000 los extranjeros que residían en el reino, enriquecidos del tráfico con Venecia, Marsella, Constantinopla, etc. Las pinturas de la Sala de Justicia, confusamente atribuídas á artistas cristianos del siglo XIV, nos indican cuán fácilmente pusieron en ejecución obras, que sin el trato común con los extranjeros, les hubiera sido imposible ejecutar. ¿Por qué, pues, poner en duda que la nigromancia se aprendía en Toledo en el siglo XI, únicas escuelas á donde venían á estudiarla jóvenes de Suavia y de Baviera?[43] Si tal menosprecio se ha querido hacer de las ciencias químico-físicas de los árabes, debería haberse empezado por destruir los monumentos, quemar sus libros, los pergaminos de realce, romper los esmaltes y sus barros cocidos, borrar los colores de sus telas y los que se ven en los muros de sus casas, y sobre todo descubrir si en el resto de Europa se fabricaba con más perfección ó había más recursos industriales y mecánicos que los desplegados por ellos.

Sin aducir textos de obispos[44] ni de otros no menos venerados autores, porque no intentamos sacar las pruebas de lo que exponemos fuera del dominio del arte y de la industria, sucedía entonces lo que acontece ahora con ese prurito de buscar en París y Londres alivio á males incurables, recetas á métodos desconocidos de fabricación, y aliciente á las empresas científicas. Monarcas de León y de Asturias trataron y utilizaron sabios árabes de Córdoba y Sevilla; y Gobmar escribió en árabe historias para que se aceptaran en la corte de Hakem II. Aparece, verdad, que estas cordiales relaciones eran entonces como ahora sostenidas principalmente por las familias aristocráticas en lo que se refiere á las monarquías españolas y árabes, y que el pueblo visigodo en general, tenía antipatía á los dominadores.

Si después de la toma de Toledo por D. Alfonso es cuando, según los datos de algunos autores, principia á ser visitada por extranjeros y por clérigos españoles esta ciudad, para adquirir conocimientos sobre la hechicería, la alquimia y el álgebra, queriendo demostrar que no se debía á los árabes la enseñanza de tales ciencias, este error supone á nuestra vista poco conocimiento de aquella civilización y del organismo de la sociedad mahometana en contacto con los mozárabes, ni de los auxilios que de judíos y muslimes recibieron las cortes de D. Jáime y D. Alfonso, ni de cómo era considerada la lengua sabia del Korán, no habiendo otro genio en las artes que el inspirado por las obras de los muslimes, según puede verse todavía en los raros objetos de aquel tiempo, conservados á duras penas entre nosotros.

El arte de cincelar los metales es una prueba clara de lo que exponemos. Nada más sorprendente en su género que esos trabajos á buril de las armaduras cristianas, antes del renacimiento; trabajos que se extendieron por la mayor parte de Europa, donde se ven lujosísimas armaduras fabricadas con los ornatos árabes levemente modificados por el gótico, las incrustaciones de oro y plata embutidas en el hierro con pasmosa perfección, que no se hallan iguales de anteriores épocas, todas hechas en las fábricas de Toledo, Valencia, Sevilla, etc., y de manos de los artífices instruidos en estos incomparables centros del arte árabe, únicos florecientes en aquella época.

Y cuando de tal modo se extiende su influjo, es ocioso referir lo mucho que sobre su literatura y poesía han escrito eminentes orientalistas, sosteniendo la existencia de toda una literatura aljamiada extraordinariamente difundida, que cuenta obras maestras procedentes de aquella civilización cuyos prodigios se están revelando todos los días.

Una consecuencia muy legítima del elevado estado de las artes en todas sus ramificaciones, es el magnífico aspecto de los jardines que rodeaban los pintorescos palacios de la sierra de Córdoba, los de Guadamar, de Ruzafa, de Said, y tantos otros que nos pintan las seductoras casidas de la poesía arábiga. La ciencia de trazar los edificios se hermanaba con la de arreglar los jardines, alinear las plantaciones y combinar el aspecto de los vegetales para producir decoraciones hasta cierto punto arquitectónicas. El desarrollo que en tiempo de Luis XIV tomó en Francia la idea algo antiestética de imitar con los arbustos los órdenes greco-romanos, las columnatas, arcos y bóvedas, tenía más antiguo origen; y aunque los normandos en Sicilia habían dado muestras de ello, es indudable que en los jardines andaluces se hacían decoraciones del mismo género, con la diferencia de que éstas, tomadas de una arquitectura más delicada y menos severa, produjeron verdaderos oasis de sin igual encanto, cuyas reminiscencias se notan todavía en algunas comarcas de este bello país.

Sin que tratemos de ocultar el interés que nos ofrece el parque moderno, hermosa ostentación de la más vigorosa naturaleza dominada por la inteligencia del hombre con el constante auxilio de la máquina, tiene su belleza relativa la simetría reguladora de aquellos jardines, que ondeaban pabellones como arcos estalactíticos; que recortaban en los cipreses remates y obeliscos imitando alminares; que tejían las hojas trepadoras con los vistosos encañados remedando los azulejos de sus palacios; que hacían grutas á manera de templos, y cruzaban arcos de ramaje como los arcos de piedra de la mezquita de Córdoba. Es un error suponer monotonía en esta clase de jardines, cuando lo que se nota es un refinamiento exagerado, demasiado deseo de subordinar las galanuras de las flores á curvas, líneas y trazerías fantásticas, que ofrecen un peculiar encanto en aquellos países donde el campo todo es un verjel frondoso, especie de parque silvestre que tal vez no necesita del cuidado del hombre para compararse con los de las antiguas ciudades romanas y bretonas. El jardín simétrico, hecho como los de Andalucía, sin que se mezcle el estilo demasiado severo y fastuoso que se nota en los palacios de nuestros reyes construídos con posterioridad, ofrece indudable belleza, cuyo origen hay que buscarlo en las descripciones de los poetas orientales, ó cuando alguna fiel imagen de ellos hallada en modestas casas de nuestro país, nos obliga á reconocer sus encantos.

Hemos visto en el perímetro ocupado por los restos del antiguo palacio del Chapiz[45], removiendo el suelo de un dilatado patio, la antigua traza de un jardín con estanque en el centro surtido de juegos de aguas, arriates y márgenes á manera de laberinto; las glorietas y asientos de mosáico de gruesa labor formada de piedrecitas de colores, y algunos restos de figuras enlazadas con grandes letras formadas de arrayanes. No es, pues, tan distante de aquel gusto lo que todavía se construye alrededor de los palacios modernos; y ni las figuras hechas de jazmines, ni las doncellas de flores, ni los asientos de enredaderas y hiedra de la famosa pila de Almanzor, fueron creaciones de la poesía, sino hechuras del arte, que alcanzaba á todo lo que podía halagar el sentimiento de aquellas ilustres generaciones.

Muy apasionado debía ser á la música y cantares el pueblo que construyó la Alhambra, por más que este arte viviera todavía tan en la infancia como entre los antiguos pueblos de Oriente; pero no debemos buscarlo con ese espléndido lujo de armonía y de instrumentación que le vemos hoy, sino que considerado como el más dulce, tranquilo y misterioso lenguaje del corazón, la canción árabe es quizá la más tierna y expresiva que se oyó en la edad de las rudas fatigas y de las belicosas al par que insaciables ambiciones. No conocemos canciones españolas anteriores á la época árabe, y á las que contamos posteriores les damos aquella procedencia, porque los viajeros que recorren las costas africanas oyen entre los moros los mismos cantos de Andalucía, la misma cadencia, el aire reposado y el eco sentencioso de las preciosas cantinelas que aún se conservan entre nosotros. Alguna música recogida al oído con motivo de la reciente campaña de Africa, y que hemos tenido ocasión de apreciar[46], tiene mucha semejanza con las gallegadas y el zorzico, cosa que nos ha sorprendido extraordinariamente, infundiéndonos la sospecha de si estos cantos fueron tomados de los españoles, lo cual es muy posible, sin que por esto dejemos de conocer que toda la música de aquellos pueblos es completamente andaluza, llena de la inspiración, originalidad y galanura que todos le reconocen.

Dados á la música y al baile, los árabes recuerdan los trovadores de la Provenza y la existencia de los juglares que invadían las calles sin otro modo de vivir que cantar y herir sus instrumentos de cuerda, cuero y madera, entre recitados, para entretener á los ociosos de las plazas públicas. Conocidos son también los regalos que recibían de los reyes aquellos que cantaban con perfección, á juzgar por la historia del cantor Zirjab, que Ab-de-Rahmán II hizo venir de Bagdad á Córdoba. Escritos hay libros teóricos sobre este arte, y el que se hizo de cantares andaluces para competir con los de Persia da buen testimonio de que no estaba descuidado este precioso don, grato solaz del alma humana[47].

Y ¿cómo había de estarlo?... Por más que se separe en el dominio de su manifestación la música de las demás artes, ha seguido con ellas la ley de las transformaciones sucesivas. Cuando más portentoso fué el espectáculo dado por aquéllas, más notable fué también el amor ó el sentimiento de admiración por la música en todos los pueblos de la antigüedad, hasta la aparición de los grandes maestros. Coincide siempre con la arquitectura más que con la escultura, y mucho más que con la pintura la simpatía por el lenguaje del sonido; parece como que una y otra sacan de la imaginación sus formas lejos de la realidad; ambas combinan líneas, espacios ó tiempos, con lo cual se produce simetría y euritmia, y los sonidos apoyándose en el número y la cantidad, producen también la expresión viva de los sentimientos, más profundidad en variedad infinita de imágenes; como la arquitectura, apoyándose en la masa inmóvil y pesada, crea lo mismo que aquél una forma real, confusa, indefinible y vaga, de emociones simpáticas, existiendo, pues, en ambas una misma cualidad, aunque la esfera de acción en la música y arquitectura se extienda en distintos horizontes. Es lógico que los pueblos que tanto se extasiaban con el conjunto de formas imaginarias; que querían hallar sobre los paramentos de los palacios la multiplicidad que se combina y se deshace y vuelve á renacer como ondulaciones de colores que no se palpan, como las estrellas que cien veces parecen aumentarse en número, tuvieran predilección por el sonido de tal modo manifestado, constituyendo la esencia y la existencia de otro ser oculto, abstracción pura y sencilla que se aleja de nuestro modo de ser práctico, y nos revela una segunda naturaleza más moral y elevada que la que nos sujeta á la tierra.

Aquel pueblo lleno de emociones íntimas, de agudos sentimientos, tuvo, pues, pasión por la música. Hizo en este arte lo que sus predecesores, que ya habían inventado el acorde y la armonía y pulsaban arpas y cítaras; pero les excedieron en lo sentencioso del canto y en el acento de la pronunciación musical. Así es que no hay canciones que hieran más el sentimiento que las que se conservan en el pueblo andaluz, canciones muy antiguas, las cuales se perpetuarán por largos siglos, y serán escuchadas siempre con profunda emoción.

El ornato del edificio, como el acorde, son dos cosas que se explican y se razonan del mismo modo: cuando la obra está terminada no se puede preguntar al artífice por qué pone sobre el tímpano ó en las cornisas molduras innecesarias, y éstas las interrumpe para establecer un cuerpo más realzado de construcción que acusa otro género, porque no sabría contestar razones concluyentes y absolutas. Lo mismo diremos de la música. En uno y otro arte, aunque tan diversos ligeramente mirados, no hay más que la medida, que la regla, que lo regular y compasado; la confusión, el desorden, la irregularidad destruyen la obra. Es en la simetría de la forma donde ese arte encuentra más identidad con los demás efectos de la belleza, y por eso al citar este brillante período del genio sarraceno, no podíamos prescindir de un recuerdo á esas dulces melodías que se inspiraban en el voluptuoso encanto de los alhamíes, en el murmullo de las fuentes que se deslizaban al pie de los divanes, y en la agradable y dulce contemplación de los sombríos aposentos matizados de brillantes colores.

El palacio de la Alhambra expresa el punto culminante de siete siglos de cultura, y lo que es más digno de atención, el tránsito del puritanismo de las escuelas coránicas de Oriente á la expansión ideológica, al par que tolerante, con que se anunciaba el Renacimiento en el siglo XIII. La ciencia, la literatura, el heroísmo de la pasión, el militarismo caballeresco que tan hondas raíces echó en nuestra patria, la tolerancia política que entonces no podía llamarse libertad, el culto á los sabios, á los inspirados y á los valientes, la predilección por el arte y el amor á la popularidad, que hizo caer á los magnates en crímenes de vanidad ó de ambición, cuantos signos, en fin, pueden revelar en un Estado el desarrollo del poder civil como principio de adelantamiento, todo se halla indicado, con más ó menos claridad, en el recinto murado de esa construcción medio ruinosa, mitad restaurada por lentos trabajos de cuatro siglos, mitad escombros removidos ó rebuscados por infatigables viajeros que han descortezado los tabiques para arrancar sus ornatos y filigranas; todo se descubre allí al espíritu verdaderamente investigador, que no desprecia los fragmentos carcomidos, ni lo tenebroso de aposentos subterráneos, ni las huellas impresas en lo más recóndito de sus anditos y alhamíes.

Ese palacio no es solo un sistema encantador de caprichosos ornamentos, cuya originalidad nos arrebata, sino que revela el secreto de los últimos dos siglos de dominación árabe, explicando porqué artificio no pudo consumarse la ruína del poder sarraceno en nuestra patria inmediatamente después de la conquista de Sevilla; y porqué las armas victoriosas de nuestros abuelos se embotaron si no se rindieron ante esa ilustre ascendencia de la dinastía granadina, que estrechada en un recinto pequeño y asediada por la heróica restauración cristiana, brindó muchas veces la paz á sus enemigos, paz que éstos le otorgaron más por respeto á su sabiduría que á sus caudillos y legiones.

¡Siglos que proclamaron el poderío de aquel pueblo, abriendo sus madrizas á los hijos de los príncipes contra quienes luchaban; celebrando torneos como galantes amigos, ofreciéndoles sus artes, regalándoles los bellos productos de sus lujosas industrias en sedas y labores de mano, y convidando á los fuertes capitanes que los asediaban á espléndidas monterías, donde en culta competencia lucían sus vestidos, sus armas y su agilidad. Edad sublime que no se ha estudiado todavía cual se merece por odio religioso ó por feroz aborrecimiento, hijo de la indignidad á que se vió reducida la noble raza española!

La Alhambra se levantó como todos los edificios clásicos de la antigüedad en esa época culminante, desde la que comienza para los pueblos su inevitable decadencia y ruína; y este período más floreciente del arte, es también el que presta ocasión á que las ideas se extravíen por el deleite hasta el delirio. Apogeo descendente de la civilización que es preciso sorprender para reconocerle, sin preocuparse de sus encantos, y no pervertir el gusto con el éxtasis de una ardiente contemplación.

El que viene ascendiendo por el estudio de los monumentos de Córdoba, de Toledo, de Sevilla, etc., deja en su inteligencia un vacío que no satisface, é involuntariamente recuerda á Cairo, Túnez, Fez, llegando á elevarse por encadenadas deducciones hasta las mezquitas de Constantinopla, las tumbas del Afghanistan y las antiguas pagodas de Dehli. El arco de herradura, propio de la arquitectura militar y religiosa de aquellas comarcas, forma la más original del género, se aplicaba en España, como ya hemos citado, en los primeros tiempos árabes, y las techumbres de gruesas vigas, destacando rombos ó polígonos de facetas á semejanza de pidras labradas, cubrían con casquetes de planos unidos por sus lados, imitando las primitivas obras del Oriente. Las columnas de los enclaustrados eran cortas, como aplastadas por el peso de los arcos, de mayor planta que los capiteles; éstos, sin forma determinada, más parecida á la bizantina, pero tanto menos expresada en sus detalles, imitaban groseramente el orden compuesto greco-romano, de labores de gruesas y venas sobre los tallos y hojas que torpemente tallaban con el característico intento de bordarlos. Las bóvedas se cruzaban como en la capilla de Córdoba, pero no se multiplicaban sobre plantas triangulares, y bajo el rigorismo geométrico de los colgantes de la Alhambra; idea extraña que vemos iniciarse en la arquitectura india del Punjad, que se oculta después para aparecer en Persia bajo las ménsulas de los púlpitos, en los minaretes que existen en Egipto y en Marruecos; pero que se desarrolla por concepción uniforme y simétrica en las construcciones de la España posteriores al siglo XIII. Las plantas, en fin, de los monumentos, adaptadas unas veces á las formas de los castillos, otras á la irregularidad de las montañas sobre que se edificaron, especie de desarreglado montón de edificios, repartido al acaso para las necesidades de la guerra, de la religión y del harem, aquí se regularizan, preside á ellas el gusto de la ostentación y de la comodidad, y se trazan bajo la misma razón geométrica de armonía entre los lados del triángulo que arranca y cierra las bóvedas de sus estancias. Una y sola fórmula para repartir la distribución, y la misma para labrar las murallas que para calar las esbeltas galerías[48].

Y aunque aparezcan á primera vista como esparcidos entre torres y jardines los edificios de la Alhambra, penetrando un poco en la investigación de tan preciosos restos, se halla más bien que la regularidad, la simetría; más bien que la concepción de la línea recta, la convergencia de objetos que se refieren á un mismo punto, cuyo método sostenido con supersticioso afán, nos hace admirar lo que creíamos producto sólo de la fantasía ó del insomnio que produce un cuento mágico.

Cuando el arte en Europa se hallaba dominado por el vértigo del clasicismo[49], que embargaba la atención de las academias y extraviaba la imaginación de sus más brillantes discípulos, alcanzó á la Alhambra el ciego afán de explicarlo todo por el sistema exclusivo que se consideraba sinónimo de lo justo y de lo bello. No pudiendo mirar nuestros artistas con indiferencia un monumento que les despertaba más curiosidad que los de Sevilla, Toledo y Córdoba, quisieron por un alarde de tolerancia, respetar lo que el Emperador Cárlos V, aconsejado por artistas italianos, había dejado para la contemplación de la posteridad; extrañaban su conjunto poco armónico según su educación clásica; querían hermanar sus teorías sobre la belleza, sobre la conveniencia, en los vestigios que á cada paso encontraban, y á fuerza de mirar por un prisma confeccionado para el uso de aquellos razonamientos exclusivos de escuela, se persuadieron de que habían hallado la clave de la importancia atribuída fuera de España á estos monumentos. Desde entonces dejó de llamarse un edificio bárbaro; la Academia de San Fernando mandó hacer una obra ilustrada de sus preciosidades artísticas; el ilustre Jovellanos explicó sus bellezas y su historia, y desde entonces escritores de más ó menos nota se dedicaron á cantar sus grandezas, como poetas y como filósofos. ¿Por qué cuando las academias no respetaban más que la antigüedad pagana, se detuvieron á contemplar este alcázar semibárbaro, recuerdo de una dominación que queríamos borrar de nuestra historia?

Ya lo hemos indicado, se había hallado la clave: el palacio de Alhamar pudo cuadrarse, completando las líneas que al decir de los académicos habían desaparecido. Se levantó el plano de restauración. Se buscó el eje central, figurándolo entre el patio del Estanque y la sala de Embajadores. Los patios y naves que hoy se conservan á la izquierda de este eje se trazaron arbitrariamente á su derecha en orden de simetría. A uno y otro lado se imaginaron las mismas torres, las mismas puertas é iguales alturas. ¡Qué uniformidad tan deliciosa para aquellas gentes! De este modo se contentaron con lo que existía, imaginándose lo que había desaparecido.

Hoy se perpetúan esas aberraciones, no pudiendo explicar el espíritu que levantó estos monumentos. En la decadencia del Renacimiento parece como que no se comprende bien el genio de la antigüedad. No afirmaríamos en esta ocasión hipótesis que nos llevarían demasiado lejos; pero al estudiar la planta de estos edificios, ¿no se halla conformidad con las casas de Pompeya y de Herculano? En el barrio de Albaicín de Granada, ¿no se ve, penetrando en el recinto de las pocas casas que se conservan, la misma distribución de las de Roma, ó algunas reminiscencias de las de Grecia? Búsquense los baños, y ya no es la semejanza, sino la igualdad absoluta. Civilización oriental una como otra, ambas inspiradas en un mismo origen. Lo que habían hallado nuestros académicos no era el mérito especial de la Alhambra; era la interpretación equivocada de su carácter y de su símbolo.

El libro y el plano de la Academia quedaron en nuestro tiempo relegados al olvido, y si no bastaran las teorías para negar su importancia, lo demostraríamos por las recientes excavaciones que hemos hecho con este propósito. No hay paralelógramo posible ni por la configuración del terreno ni, por lo que es más seguro, por no existir cimientos ni bajo las líneas que se inventaron, ni aproximadas en esta ó en otra dirección.

La uniformidad, la simetría que se exije, está en otra parte; allí, pues, vamos á buscarla.

Penetramos en todo monumento árabe por una torre avanzada ó por entre dos torres, excepto en los edificios que sirven de habitaciones á las familias, en cuyo caso se reemplazan por un pequeño ingreso cuadrado, portal inútil entre nosotros, que vemos con frecuencia en las antiguas casas de Andalucía. Una sala larga y estrecha corta el eje perpendicularmente, y de aquí parte la distribución á las dos alas del edificio. Por el encuentro de ambos ejes se halla la entrada, á cuyo frente se descubren siempre esos efectos de perspectiva que son tan fantásticos en estas construcciones. Siguiendo el ingreso, se halla un patio con estanque y fuentes, graciosas y ligeras arcadas á las dos cabeceras ó lados cortos, pues estos patios son cuadrados; y tras de la segunda galería, siguiendo por el mismo eje central, naves cuadrilongas que se suceden hasta la última, donde se halla la más hermosa, alzándose majestuosamente por encima del edificio y descubriendo sus cúpulas ó almenas en los anchos y ondulantes reflejos de las aguas de los estanques. Las demás salas de una casa de este género, según su rango ó grandeza, estaban colocadas en pequeños pabellones de los costados largos de los patios, tan desarregladas á veces en su decoración como las tiendas de campaña en un campamento turco. Y si estos costados se encuentran hoy alineados y cobijados por líneas monótonas de aleros mudéjares, indicado está suficientemente que era el genio del conquistador cristiano el que los transformaba con la severidad de la línea recta, no permitiendo cúpulas, crestas ni agujas, que según el gusto moderno de una escuela intolerante, interrumpen la decoración.

Fuera de esta planta, absolutamente clásica, que podemos asemejar al asta larga de una cruz cortada á varias distancias por brazos perpendiculares y paralelos unos á otros, de diferente longitud, no hallaban los árabes españoles medio hábil de levantar sus edificios, de modo que disminuyendo ó aumentando los brazos del eje en cuanto lo exigían las dependencias de los más extensos palacios, nunca se salieron de este sistema en cualquier punto donde los pudieron construir; simplificáronse, en verdad, reduciéndose hasta construir las casas sencillas con un portal, un patio y una sala, con sus enclaustrados sobre pilares de madera que daban acceso á cuartos aislados hechos por fuera del cuadrado del muro de circunvalación. Así, pues, no es extraño hallar el muro del patio y galerías más grueso que los exteriores de las naves laterales, que parecen haberlas arrimado después al amparo del centro. En los barrios antiguos de las ciudades árabes todavia se encuentran estas casas, cuya reminiscencia hemos hallado en los patios del Albaicín[50], y cuyas formas se aceptaron por las costumbres cristianas, nunca variando la planta, sino sobreponiendo un piso y algunas torres, necesarias á la higiene en aquellos climas cálidos. La influencia del Renacimiento poco tiempo después, dotó al arte de todos sus extravíos, le prestó el ornato de grutescos y bichas en las portadas, en frontispicios de balcones y en los artesonados y escaleras con almizates; pero obsérvese bien: siempre la misma planta, el origen morisco, un principio clásico de sencillez que encanta, que nos hace hoy mirarlo con amor y con envidia, porque quisiéramos verlo en las construcciones modernas si el espíritu de nuestra sociedad se prestara á recibirlo con algunas ligeras modificaciones.

Esta es la regularidad de la Alhambra, y no lo que creyeron los clásicos del siglo último, con sus fachadas, sus ángulos y su conjunto recto en el más absoluto significado de la palabra. Las ruínas que hallaron, los escombros muchas veces abandonados por el más bárbaro desdén en una época que merecía olvidarse, se prestaron á las interpretaciones más absurdas. Muchas veces dió lugar al error la formación de esa especie de cemento ú hormigón durísimo usado por los árabes y compuesto en su mayor parte de la misma grava cuarzosa del terreno, formando un conglomerado artificial con el que se engaña la atención no muy experta del que viene por primera vez á hacer indagaciones arqueológicas. Las vetas y capas de cristalizaciones recientes que se manifiestan siempre que se hace una excavación, persuadieron de que eran cimientos de edificios destruídos, que convenían perfectamente á tales suposiciones.

Los monumentos de la Alhambra aparecen en cierto desorden, como arrojados á la casualidad, levantándose en pintoresca confusión, extendiéndose entre espaciosos jardines, alternando los más notables y espléndidos para los reyes, con los menos ricos para las mujeres predilectas, los numerosos hijos y los cortesanos. Obsérvase, sí, cierto paralelismo en los ejes centrales de dichos edificios cuando sus estancias principales están abiertas en las torres que flanquean los cercos de muralla, y entonces están como adosados á ellos y perpendiculares á las líneas de muro ó fuerte, resultando precisamente como los radios de una elipse abrigados por el circuíto más ó menos regular de la fortaleza; regla que es constante, excepto cuando se acumulan construcciones alrededor de una principal, en cuyo caso los mismos ejes cruzados en naves perpendiculares se multiplican hasta constituir este singular conjunto del alcázar, con un aparente desorden en el todo, y una tan marcada unidad en sus secciones ó partes, que al parecer se aislan como para dar morada cómoda á familias diferentes.

LA ALHAMBRA EN EL SIGLO XV

En 1867 publicamos el resultado de nuestras investigaciones sobre la verdadera forma de la Alhambra en los siglos que la dominación de los árabes y esplendor de la corte granadina habían llegado á su apogeo, y antes de que la reconquista cristiana verificara en ella las transformaciones que la despojaron de ese carácter primitivo que aun en el día le imprime un peculiar aspecto, confundiendo géneros y estilos de diversas artes que nunca guardaron conexión ni semblanza.

El resultado de aquellos trabajos y los realizados posteriormente, nos han puesto en camino de abordar algunas cuestiones sobre las diversas épocas de su construcción.

En primer lugar, la Alhambra era ya en los tiempos romanos una pequeña población antiquísima, según se atestiguó en el año 1829, por haberse hallado cerca de una cruz que hizo colocar el año 1530 el conde de Tendilla, un considerable número de sepulturas de aquella época, que se descompusieron como muchas otras al abrir el arrecife del centro, las cuales no podían tener otra procedencia que del arrabal ó suburbio, quizá de judíos, que había en este valle; cuyo dato está en consonancia con las inscripciones góticas halladas después de la dominación sarracena, y la tradición sobre la cueva de Nata que apuntan todos los antiguos historiadores.

El fundador de la dinastía Nazarita construyó un segundo recinto á la Alhambra, por no ser suficiente el primero para defender todos los edificios que contenía; lo cual demuestra evidentemente que en tiempo de la insurrección de los waliatos, existían ya en lo alto de la montaña roja fuertes castillos de importancia en toda su extensión, aparte de los nombrados Torres Bermejas que se citan particularmente desde el siglo VIII; y que estas fortificaciones se hallaban unas en el costado Norte de la Alcazaba, cuyos restos existen todavía, otras en las mismas alamedas actuales por bajo de la Puerta de los Carros y Bosque, y otras en la Huerta de San Francisco y Secano. Si Alhamar construyó el segundo recinto que se cita en las crónicas árabes, flanqueado de torres y murallas y dilatándolo hasta Generalife, fué porque existía una población en todo el collado antes del establecimiento del último reino granadino, es decir, al finalizar el siglo XII; y debía ser población muy antigua, porque la existencia de algunas inscripciones romanas que tan repentinamente se han citado, y la grabada en una piedra blanca que no es procedente de la Sierra de Elvira, sino de las canteras que hay entre Alhama y Loja, ofrecen alguna prueba, tanto sobre la proximidad de la histórica Iliberis como sobre lo que se ha dicho de la antigua Garnata, cuya población ocupaba en nuestro concepto el morisco barrio de la Antequeruela, de la cual podría ser un arrabal. Hay, pues, datos suficientes para creer que antes de la dinastía Nazarita había un pueblo sobre la cúspide del cerro, y un castillo que se llamó de Aben Giafar, nombre que tenía la torre de la Vela en tiempo de los árabes, y á cuyo pie se encuentran los vestigios de construcciones más antiguas, quizá del siglo VIII. Aquel pueblo ó suburbio estaba también fortificado y tenía su puerta, que es la que después se conservó con el nombre de Puerta del Vino, aunque modificada por árabes, la cual fué luego incluída dentro del mayor y más fuerte recinto de treinta y siete torres, que según un legajo con el número veinticuatro del archivo, se contaban en esta fortaleza á principios del siglo XVII[51].

Observando el plano que publicamos entonces y acompañamos á este libro, se puede ver el espacio ocupado antes, desde la dicha puerta hasta la Alhambra alta, que después fué convento de San Francisco. Hay todavía restos soterrados de muros más antiguos que la cerca de Alhamar, los cuales se hallan todos en el indicado espacio, á cinco y seis metros de aquélla por la parte interior en el lado Norte, y por fuera en el lado Sur.

Reunió, pues, Alhamar el Magnífico, bajo un recinto, las construcciones que existían aquí de diversos tiempos, y estableció en ellas el imperio de su grandeza; construyó hermosas puertas principiando por la de Bid-Algodor ó de los Pozos[52], que es la que llamamos hoy de los Siete Suelos, y entonces era la que estaba más próxima á los silos que se hicieron para guardar las cosechas en los tiempos de escasez ó de guerra, y dejó para el no menos grande Yusuf otras construcciones como la de la Justicia y la torre que había donde hoy está la puerta de los Carros, de la cual quedan algunas referencias que constan en los legajos del archivo, donde dice haberse reparado y estar habitada en el año 1586 por un capitán de las cien lanzas del conde de Tendilla. No puede negarse, conocido el estilo de estas puertas exteriores, que es diferente su construcción á la de la Puerta del Vino, la cual se parece más bien por su fábrica á la puerta Monáita, y por sus inscripciones, que no citan rey alguno, como generalmente se hacía en las obras que no fueron mandadas construir por los sultanes.

Las obras de adarves y viaductos de todas las torres en comunicación oculta con el palacio y alcazaba, el aislamiento de éstos y sus defensas por dentro del fuerte, todo está demostrando que al elegir este sitio para morada de la corte en los dos últimos siglos, se contó con una población que ya existía, la cual quedó así como aprisionada y comunicándose con la ciudad sólo por las únicas tres citadas puertas, pues las del lado Nordeste eran de uso exclusivo de la fortaleza y los palacios.

Con la numerosa población de la Alhambra alta, nombre dado en los tiempos del emperador Cárlos V[53], se citan la Plaza de los Pablas, ocupando el sitio del palacio que fundó aquel monarca, y las dos torres del Homenaje, una que era la actual de los Picos, y otra la de las Prisiones sobre el Cubo, y un numeroso caserío que existía tan apiñado, que en el año 1539 se prohibió á sus habitantes que moraran en los baluartes y palacios. El Partal lo habitaba un moro que, con otros, levantó rebelión y le fueron confiscados sus bienes, los cuales se hallaban dentro de los alcázares cerca del huerto de Astasio Bracamonte, escudero del marqués de Mondéjar, donde hoy se halla la mezquita.

Fué tan grande la población que siempre hubo en la Alhambra, antes de que fuera corte mahometana, en tiempo de ésta y después de la conquista, que no se halla un palmo de terreno donde no se encuentren cimientos de casas y palacios antiguos, en los que se emplearon tal vez enormes sumas, pues los sultanes gastaban en obras continuas sus rentas de ciento sesenta mil ducados anuales, enorme cantidad para aquellos tiempos; y después de la expulsión sarracena se emplearon no menores en transformar, coronar y revestir baluartes, adquiriendo dominio sobre fincas pertenecientes á habitantes moriscos cuya posesión era muy antigua.

Fué, por último, para convertir la población árabe al culto cristiano para lo que se cedió un palacio ó mezquita en 1492, donde se estableció un convento de Franciscanos con este fin. Todo está demostrando que existía desde muy antiguo una ciudad ó villa fortificada donde se sucedieron dominaciones sucesivas que arruinaron y levantaron obras sin concierto ni uniformidad, cuyo carácter, transcurriendo siglos, había de imprimir á todo el sitio el pintoresco y variado panorama que tanto se admira hoy.

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Puerta Judiciaria.

Concretemos nuestra descripción al trazado del plano que acompañamos al final, hecho en 1865; y entremos en la Alhambra por la puerta árabe que abrimos no ha muchos años en el lado Norte de la alcazaba bajo la Torre de las Armas, la cual era una de las principales y de más directa comunicación entre el Albaicín y la Fortaleza por un puente elevado para cruzar el río Darro. Desde el núm. 54 en dicho plano se indican restos de murallas inclinándose hasta ganar la altura de dicha entrada por el núm. 46, y siguiendo un camino y adarve completamente trasformado hoy, que iba cortando el cubo muralla del núm. 43, por la línea de puntos que se dirige al palacio árabe. El cubo referido es obra posterior á la conquista; observándose que el piso de la entrada de la Torre de las Armas está casi al mismo nivel de la puerta antigua del palacio árabe que hemos ahora descubierto, y de la que hablaremos luego. Se ve fácilmente que suponiendo con fundamento construídas después de la conquista las dos grandes cisternas ó aljibes que se señalan de puntos con el núm. 7, hay un espacio vacío ó gran plaza inscrito en la línea de los núms. 53, el 37 y el 42 por un lado, y las torres 44 y 45 por otro, donde se han encontrado cimientos de construcciones árabes y modernas, y un aljibe, núm. 8, de bóvedas, á tan gran profundidad, que aun suponiendo rebajado el pavimento de este espacio, como indudablemente lo estaría, cinco metros, siempre resulta el aljibe en el plano correspondiente de profundidad para el objeto de nuestras investigaciones. Hemos visto además de los cimientos citados, que el terreno de todo este sitio está compuesto de ruínas y de escombros procedentes de la construcción del palacio del Emperador, cuyo edificio, núm. 9, suponiéndolo no hecho, dejaría á descubierto la línea que va desde la Puerta del Vino, núm. 5, hasta el 9, donde habría una muralla que separaba una parte de la Alhambra que llamamos alta, y el citado espacio de la Plaza de los Pablas, hoy de los Aljibes. Esta denominación consta en algunos escritos antiguos que se hallan en el archivo del Real Patrimonio.

Fijaremos, pues, las ideas demostrando que la Puerta del Vino servía de paso ó camino á una población separada completamente de la Casa Real, y que se comunicaba con la ciudad por la Puerta Judiciaria exclusivamente, núm. 3. De este modo, la habitación de los monarcas, el harem y todo ese recinto de palacios, parte conservados y parte no, que hay bajo la línea de puntos hasta el núm. 55 que hemos señalado, era independiente, cercada de un foso por el Sur, de murallas y bosques por el Norte y Poniente, tenía sus comunicaciones privadas con Generalife y otros sitios de recreo en la Puerta de Hierro y Torre de los Picos, números 28 y 29, y con la ciudad antigua por la Torre de las Armas, núm. 46, bajando á pasar el río Darro por el puente árabe ya indicado, cuyos restos se ven todavía.

La llave que hay grabada en la clave de la Puerta del Vino, indica bien, según la costumbre musulmana, que era la puerta de una población separada de la Alcazaba ó recinto comprendido en los núms. 43 al 50. Este fuerte ó ciudadela, llamado Alhizan, está completamente defendido por todos sus lados, dejando aislado ese tercer espacio ocupado por el palacio de los reyes moros, con su especial ingreso inmediato al núm. 37. Véase, pues, detenidamente cuánto varía con estas investigaciones el aspecto y distribución del conjunto y cómo se le desnuda de las trasformaciones colosales que sufrió en el siglo XVI.

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Puerta del Vino.

Hemos dicho que había una población numerosa en la Alhambra alta, extendida hasta su extremidad del lado de Oriente, en la cual se comprendía la Casa de la Justicia que ocupaba lo primero entrando por la Puerta del Vino, la Casa del Cadí, cuyos restos existen, la Gran Mezquita, las casas de los Abencerrajes, cuyos nombres están citados en el legajo 24 y que estaban contiguas á las que poseyó Don Álvaro de Luna, la Casa de los Infantes, luego convento de San Francisco, y el campo hoy cubierto de escombros, núm. 24, donde hemos hallado los cimientos de las líneas de casas y calles que se han dejado arruinar. Era el pueblo que hay siempre al lado de las cortes musulmanas, compuesto de soldados de fortuna, de ulemas, de santones, de sultanas olvidadas, de hijos y parientes de reyes que viven de las rentas de la Corte, y que su elevada ascendencia no les permite ir á habitar entre el ruido y menudo comercio de los traficantes y artesanos, que se agitan en las calles estrechas de sus populosas ciudades.

Añadiremos que esta población aristocrática estaba como ceñida por una segunda muralla exterior, cuyos restos descubrimos y llevan la dirección indicada en la línea de puntos que parte de la Torre Judiciaria, pasa por los números 11, 15, 16, 17 y 18, y luego vuelve á verse en el 21, 22 y 23; camino cubierto á trozos que daba vuelta y seguía toda la circunvalación de murallas y torres, poniendo toda la fortaleza á disposición de la fuerza armada sin tener que atravesar la parte poblada del recinto. En algunas excavaciones que hemos hecho desde el núm. 11 al 18, hay restos del camino cubierto, y por el lado de la Torre de las Infantas y de la Cautiva, están á la vista algunos trozos de este viaducto. Las puertas de la Torre de los Siete Suelos y de las Cabezas, hoy visibles, están abiertas al nivel del fondo de dicho camino de circunvalación.

Los restos de la casa del marqués de Mondéjar son cimientos de los edificios que desde el palacio alcanzaban hasta la Puerta de Hierro (del Homenaje antiguamente) y nótase en todo este espacio, que si bien se han arruinado las construcciones que en él se encontraban, á juzgar por los innumerables restos que se hallan enterrados, distínguese un cuadrilongo bien prolongado que es un dilatado estanque de los que construían en el centro de los patios muy semejantes al de los Arrayanes. Siendo por ello acertadísimo suponer reducida la extension de estos pequeños alcázares; uno de los cuales, según las gentes refieren, era el palacio de Muza, recostado sobre las murallas, alfombrado por estanques, surtido por fuentes abundosas, limitado por estancias pequeñas que el tiempo ha arruinado ó convertido en montones de escombros, y cubierto de tierra en su mayor parte para sembrar en ella las hermosas flores que hoy descubre en lugar de los ricos y lucientes arabescos.

No hace medio siglo todavía que la Alhambra ocultaba bajo una numerosa población de tejedores de seda, alfareros y soldados veteranos, los vestigios incoherentes de la civilización muslímica, hasta el punto de no poder distinguir en ella lo que correspondía á los alcázares y fortalezas y lo que poseía esa multitud de familias pobres que la poblaban.

Bajo ese aspecto de grosero abandono se ocultaban lo mismo las obras de los árabes que las de los cristianos, y unas y otras principiaban á desmoronarse y confundirse de tal modo, que había llegado el tiempo de que no fuera fácil clasificar los edificios de cuatro civilizaciones que se habían alzado sucesivamente en ellas, representando la primera: La Alhambra alta y una antigua muralla interior que llegaba á la puerta del Vino, con un castillo aislado sobre el Mauror, bajo las torres de la Vela ó inmediatas; la segunda: ensanche de la Ciudadela ó Alcazaba, constituyendo un fuerte, al cual se entraba por la torre de las Armas, pasando estrechos viaductos según está indicado todavía, y uniendo este fuerte avanzado y la Alcazaba con la puerta del Vino por medio de la otra que había inmediata, llamada la Real, cuyos cimientos existen y la cual era entrada que comunicaba inmediatamente al bosque, antes que se construyera la de Justicia; tercera: el recinto exterior de esta puerta hasta Torres Quebradas, algunas de las del Palacio, las Cubbas del Panteón árabe y todo el exterior hasta los muros de Generalife, con acequias que elevaban el agua y se perdieron después, quedando la más antigua, que es la que todavía existe; la cuarta, por último, principia en la conquista y concluye en Felipe II, reconstruyendo murallas y haciendo nuevas, derribando almenas y sustituyendo tejados y malecones horizontales, revistiendo de piedras las argamasas de los cubos moriscos, sustituyendo lo viejo con lo nuevo é introduciendo la brocha del blanqueador en los entrecijos de las labores mahometanas.

Estos cuatro períodos se descomponen en doce siglos que dejan huellas indelebles; primero: en los cimientos imitados de las ruínas cartaginesas y fenicias, fraguados de piedras quebrantadas y mortero petrificado de sorprendente dureza, siglos VII y VIII, lo cual hacían con pura piedra de la más dura que tenían á la mano, y dividiéndolos en lechos horizontales, cortados perpendicularmente á largos tramos, como si figuraran los sillares ciclópeos de los monumentos asirios[54].

Segundo: período constructivo de piedra rodada y de escombros de acarreo, mezclados sin afinamiento á la cal y uniendo los ladrillos en tandas alternadas con piedras grandes ó restos labrados de construcciones más antiguas, como se ve en la Puerta del Vino, en las torres frente de Generalife y en los derruídos Alijares, cuya obra solían cubrir con agramilados de ladrillos y almadrabas.

Tercero: en las obras de argamasa de tierra cuarzosa y cal con pequeños cantos de piedra menuda rodada, apisonando una capa de cal y otra de arena sucesivamente, como ya hemos referido sobre los prolegómenos de Ben Jaldum, cubriendo esta fábrica con los claros de puertas y tragaluces de mármoles más ó menos finos y ladrillos vidriados; cuya estructura marca los siglos XIV y XV. Y cuarto: las obras de aristas de sillería y planchas marmóreas fuertes y uniformes, grandioso y duradero en su conjunto que se ve aquí conteniendo y recalzando los grandes macizos de los arábigos torreones. Épocas bien distintas que se descubren á poco que meditemos sobre la forma constructiva de cada período histórico.

Tal es el conjunto de la Alhambra, su desarrollo, su crecimiento y su ruína, restándonos entrar en los detalles interesantes, cuyas descripciones completan el bosquejo de este singular y pintoresco museo de la Edad Media en la Damasco de Occidente.

Principiemos por el primer monumento que se halla:

La Puerta Judiciaria, antes Bib-Xarca.

Pasado el Pilar del Emperador se descubre una gran torre cuadrada de setenta y cinco pies de altura, sorprendente por la magnitud y fortaleza de sus muros, y semejante á las que con igual objeto se han edificado por los musulmanes en África y Asiria. Delante de su arco principal veíase un muro enlazado con la Torre Redonda que hay á su pie, el cual marcaba una entrada en comunicación con otro camino que partía desde las otras torres del recinto. Ese arco elegante de la fachada descubre otro segundo de la misma forma y más ataviado con recuadros, rombos y dovelas de resalto en mármol blanco de Macael, sobre el cual se asienta una ancha inscripción de la misma materia, cuyo texto, enseñándonos su objeto y antigüedad, dice así:

«Mandó construir esta Puerta, llamada Puerta de la Ley (haga Dios por ella prosperar la ley del Islam, así como ha hecho de ella un monumento de eterna gloria) nuestro Señor el Príncipe de los muslines, el Sultán guerrero y justo Abul Hachach Yusuf, hijo de nuestro Señor el Sultán guerrero y santificado, Abul-Walid ebn Nasr. Recompense Dios sus acciones puras en el Islam y benigno acepte sus hechos de armas. Fué construída en el mes del engrandecido nacimiento (del Profeta) año 749 (Egira). Haga Dios de ella una potencia protectora, y la inscriba entre las acciones buenas y perdurables».

Este arco segundo que da entrada al interior, tiene una puerta con doble forro de plancha de hierro claveteada de pasadores y un enorme cerrojo con pestillos de forma morisca, conservada tan perfectamente, que puede juzgarse del estado de esta industria en aquel tiempo. Penetrando en el interior se ven los armeros de las cien lanzas que dejó establecidas aquí Don Fernando V. Encima de la puerta hay una labor de arabescos hecha de arcilla cocida y barnizada con esmaltes de colores, en cuyo centro se hizo abrir un nicho para colocar la imagen de la Concepción sobre una repisa, donde están grabados el yugo y las flechas, distintivo de aquel reinado. La escultura, aunque de poco mérito é impropia del lugar donde está colocada, se ha creído por algunos que era de Sangronis, pero nada conduce á esta afirmación. Lo mismo puede decirse del retablo en forma de oratorio que se colocó dentro para que oyeran misa los veteranos de esta fortaleza, y cuyos cuadros son de tan escaso interés que apenas merecen mencionarse (1588).

Llama la atención en el interior de la Torre una lápida de mármol con una inscripción, cerca del mencionado retablo, y de notable interés. Está trazada con caracteres góticos y dice así: «Los muy altos católicos y muy poderosos Señores Don Fernando y Doña Isabel, Rey y Reina nuestros Señores conquistaron por fuerza de armas este reino y ciudad de Granada: la cual, después de haber tenido S. A. sitiada mucho tiempo, el rey moro Muley-Hacen la entregó con su Alhambra y otras fuerzas á dos días de Enero de mil cuatrocientos noventa y dos. Este mismo día SS. AA. pusieron en ella por su Alcaide y Capitán á Don Iñigo López de Mendoza, Conde de Tendilla, su vasallo; al cual, partiendo SS. AA. de aquí, dejaron en la dicha Alhambra con quinientos caballos y mil peones; y á los moros mandaron SS. AA. quedar en sus casas, en la ciudad y sus alcarrias. Como primer Comandante, dicho Conde hizo hacer este aljibe». Se dice que esta inscripción estaba colocada en la inmediata plaza de los Aljibes sobre la gran cisterna que hay en ella, y que en tiempo del Emperador se trajo á este paraje para evitar que quedara bajo los escombros de los edificios arruinados; y á nosotros nos llama la atención cómo no se colocó en la puerta de la cisterna después de los citados hundimientos. Todo el mundo está en la creencia de que los aljibes á que se refiere son moriscos; pero nosotros que hemos penetrado en ellos, los creemos de construcción posterior á la conquista y en este concepto la lápida pudo ser de aquel sitio; mas siempre queda la duda de que los mismos descendientes del marqués de Mondéjar la variaran de lugar, y que en el tiempo que se hacía el palacio de Cárlos V no hubiera medios de dejar esta inscripción en su sitio, sobre los pilares de los pozos por donde se extrae el agua.

Como se ve, la torre es de mucha solidez y debió estar coronada de almenas como las demás de la fortaleza, con cuyo remate sería más elegante. Sus bóvedas y sus arcos son del mejor período sarraceno. Está acribillada de balazos de arcabucería por uno de sus costados, y es la más directa comunicación entre la Alhambra y la Ciudad.

Debemos ocuparnos aquí de los dos emblemas ó símbolos que se ven en las claves de los arcos de entrada: la una tiene esculpida una mano y la otra una llave. Bellísimos cuentos se han escrito sobre estos símbolos, que conocidos entre los más, figuran que los árabes tenían tal idea de su poder y confianza en la ley, que estaban persuadidos de que hasta que la mano esculpida bajase á tomar la llave, no podría abrirse la puerta de este Alcázar á los enemigos de su fe. Pero hemos visto esta misma llave cincelada en otras puertas, y hemos buscado en otro fundamento su significación. En el Korán se lee: «Dios no entregó las llaves á su elegido con el título de Portero y con facultad de dar entrada á los enemigos.» Era, pues, el signo principal de la fe muslímica y representaba el poder de abrir y cerrar las puertas del cielo. Se asegura que la mano también era un blasón de los moros andaluces que usaban en sus estandartes y banderas desde la entrada en España, alusivo á Gebel-al-tarif ó Gibraltar, Monte de entrada, como poseedores de la llave que abrió sus puertas.

Debemos también consignar que según la astrología arábiga, ciencia tan enlazada á toda la teología mahometana, la mano conjuraba los maleficios, y cuando se colocaba en la forma que aquí tiene, ahuyentaba á los demonios. Era una especie de talismán que llevaban en Granada casi todas las moriscas, y que produjo una Real cédula de la Reina Doña Juana, año 1526, prohibiéndoles severamente que se colgasen estos amuletos con letras árabes en ninguna parte del cuerpo. Años y siglos después de la Reconquista se ha creído por el vulgo en la eficacia de estos remedios, y en nuestros días hemos visto á muchos niños con manecitas de marfil colgadas al cuello.

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Pilar de Carlos V y Puerta.

Los geroglíficos que heredaron los árabes de los egipcios, figuraban la mano en la forma que tiene en este arco, como atributo de fuerza; los árabes la creían mano de Dios, y explicaban la ley muslímica compendiada en la mano como unidad, los cinco dedos como preceptos primordiales y las coyunturas como las modificaciones de estos preceptos. Nos inclinamos á que aquí significa siempre defensa poderosa contra los enemigos en cualquier forma que tratasen de forzar la entrada.

El arco de salida de esta torre, por el reverso ha estado cubierto y desfigurado hasta el año 1858 en que lo descubrimos, hallándolo tan mutilado como se observa. Sus enjutas son de esmaltes sobre relieves de arcilla, y su construcción de ladrillo agramilado rojo, formando festones de bella combinación. Es uno de los vestigios más interesantes de esta hermosa torre[55].

Puerta del Vino.—Plaza de los Aljibes.

Al pasar la calle que hay detrás de la Torre Judiciaria, se nota á la izquierda y en el muro antiguo, un revestido de hiladas de piedras en cuyo grueso conservan labor de cintas enlazadas, á semejanza de las que había en los monumentos que hemos citado de la segunda época. ¿De dónde han sido arrancadas estas piedras para restaurar las murallas? Colocadas muchas en parajes modernos y renovadas en los tiempos nazaritas del siglo XV, debían proceder de construcciones arruinadas antes de la Reconquista, y dan lugar á suponer si el primer incendio de que nos habla vagamente un legajo del archivo, destruiría el edificio de donde proceden, como también podían ser de la Gran Mezquita que se derribó para hacer la iglesia de Santa María. Hemos estudiado la forma de estas piedras y todas son iguales en espesor y en ornato; parece como que guarnecerían, á manera de fajas, las principales torres por debajo de las almenas, y que al derribar éstas las arrancaron para reemplazarlas con el remate albardillado de sillería que tienen hoy. Existe en la Torre de los Picos un filete, aunque en figura de escocia, que nos induce á suponerlo así. Añadiremos sobre estas antiguas fajas de piedra, que los persas las usan mucho en las fachadas de las mezquitas, puestas en hiladas como se colocan los ladrillos, y después de haberlas labrado tan minuciosamente como aquí se ven. Las llamaban Kiddan, y son adornos de procedencia asiria.

Siguiendo la referida calle se encuentra la plaza que hoy se nombra de los Aljibes y antiguamente del Pablar, situada á una altura de cerca de 450 pies sobre el nivel del centro de la población; á la derecha se levanta una antigua puerta de arco de herradura, decorada por ambos lados y con tanta belleza, que es uno de los mejores ejemplares del estilo clásico, sujeto á dos maneras de construir: una con los más finos arabescos de tierras vidriadas en colores hermosamente combinados, y otra de sillarejos angostos muy bien cortados y distribuídos con admirable precisión.

En la clave del arco exterior hay grabada la forma de una llave, emblema de puerta de ciudad según el uso muslímico, y por dentro de la archivolta se notan los restos de la misma puerta que debió cerrar la entrada por este lado, corroborando lo que hemos dicho, que se hallaba abierta en la segunda cortina de muralla que había en el recinto de la antigua población de la Alhambra, cuyos fragmentos se hallan cuando se remueve el pavimento de la plaza, donde hay cimientos de casas á una respetable profundidad, y las cuales se derribaron para allanar el terreno en la construcción del palacio de Carlos V.

Cerca de la Puerta del Vino, y al terminar la citada calle, había otra puerta de arco, que se conservaba todavía á principios del siglo último. Hemos visto al derribar unas casillas modernas que se habían hecho arrimadas á la muralla, los cimientos de ella, uniendo la Alcazaba al arrabal de Garnata, como ya hemos dicho. Se llamaba Puerta Real.

La inscripción de la Puerta del Vino dice así[56]:

«Me refugio á Dios, huyendo de Satanás apedreado. En el nombre de Dios clemente y misericordioso. La bendición de Dios sea sobre nuestro Señor y dueño Mohamad y sobre su familia y compañeros: salud y paz. Ciertamente te hemos abierto una puerta manifiesta para que te perdone Dios tus pecados pasados y venideros, y te otorgue su cumplida gracia, y te dirija por el camino recto, y te conceda su poderoso auxilio. Gloria á nuestro Señor el Sultán Abú Abdil-lah Algani bil-lah, Gloria á nuestro Señor el Sultán Abú Abdil-lah Algani bil-lah».

Algani bil-lah era el epíteto que llevaban muchos reyes de la España árabe y que más particularmente se dió á los de Granada; pero esta inscripción debió colocarse en el asiento de otra que sería de piedra como el resto de la decoración y que fué reemplazada por la de yeso que hoy vemos, cosa que hicieron muchas veces los árabes en los monumentos, para borrar la memoria de monarcas injustos ó usurpadores.

Pasando esta puerta y continuando como unos veinte metros antes de llegar al ángulo del palacio de Carlos V, había en el siglo pasado un gran olmo, que según la tradición de los moriscos que habitaban Granada cincuenta años después de la conquista, era el mismo bajo el cual el mufty daba audiencia á los que la solicitaban de los reyes moros. La casa de este ministro de la justicia estaba muy cerca, y aun suponemos, con el apoyo de la misma tradición, que debía hallarse el árbol en el centro de un gran patio, el cual era el primer monumento que se veía entrando á la segunda muralla que, como ya hemos dicho, terminaba en la Puerta del Vino.

Al viajero que llega á esta explanada le sorprende ver un palacio de estilo greco-romano del siglo XV alzarse por un lado con aspecto un tanto majestuoso y rico y por otro las rojas y formidables torres de la Edad Media, imponentes baluartes que parecen faros levantados sobre rocas para alumbrar la ciudad extendida á sus pies. Un castillo ó alcazaba, una hermosa puerta árabe, almenas y baluartes arruinados, una casa moderna, jardines y el palacio de Renacimiento, forman ese conjunto que choca á la vista, donde nadie espera hallar más que los recuerdos de una época caballeresca de lucha incesante entre dos civilizaciones, y en vez del encanto melancólico que sentiríamos al hallarnos en medio de esta que fué inexpugnable fortaleza, encanto que es necesario ir á buscar al fondo del palacio de Alhamar, nos encontramos la planta altiva de un conquistador cristiano, impresa en el centro de la Alhambra. Á un mundo fantástico, sueño de siete siglos despierto entre minaretes, anditos, arriates y cármenes, con la sombra de Almamen discurriendo por el campamento, los subterráneos y los adarves, han sucedido con sorpresa los recuerdos traducidos en mármoles de las glorias de Flandes y de Italia, fuerte contraste que nos hace exclamar: ¿Por qué el emperador no mandó construir su palacio lejos de este sitio respetable?

Gran Mezquita, hoy Santa María.

En el centro casi de la Alhambra se alza un sencillo templo que realmente no tiene más interés que el recuerdo de lo que era en su origen. Lo que existe se fundó en 1581 y se concluyó en 1613, siendo su director Juan de la Vega, y habiéndose observado al construirlo, que en sus cimientos había restos y pedazos de obras más antiguas que de los árabes[57]; pero no se dice más en el pliego suelto referente á la obra de esta Iglesia.

Había antes en este mismo sitio una mezquita que se titulaba la Real del Alcázar, fundada por Mohamad Abdallah III, de la casa de Nazar, la cual estaba pintada de azul y oro con muy altos frisos de mosáico, y con elegantes columnas y capiteles que fueron habilitados para colocarlos en el Alcázar. El rey Mohamad sostenía en ella un riquísimo y ostentoso culto y ardían continuamente cincuenta lámparas labradas de bronce, nácar y concha, con trasparentes de seda. Se sostenía su lujo con los réditos que producían algunos baños públicos, construídos para este objeto, y también con las contribuciones impuestas á judíos y cristianos por tolerarles sus usos y costumbres; además estaba dotada de rentas permanentes; así lo cuenta Alcatib Abssalemi. Sabemos también que en 1493 se bendijo y consagró al culto cristiano como iglesia mayor, y que á la fecha de su demolición se hallaba tan ruinosa su techumbre de madera y se habían roto sus alfardas de tal modo, que fué preciso derribarla en 1580.

Á la izquierda de este edificio había en los tiempos mahometanos un grupo de casitas cerca de la Puerta de los Carros, de las cuales una era la del Mufti, no conservándose más de ella que las dos lineas de cimientos señaladas en nuestro mapa. Además, dice Echevarría, que conoció un árbol en este sitio, bajo el cual, y según la tradición, se administraba justicia á la hora de las abluciones y rezos; pero nosotros hemos oído á un antiguo veterano de la Alhambra, que dicho árbol lo conoció muy cerca de la puerta alta que tiene la Torre de la Justicia que ya hemos citado. Sea de esto lo que quiera, lo cierto es que en toda esta plaza había construcciones árabes de no poca importancia sobre la segunda muralla interior, y que se derribaron para la obra del emperador.

En uno de los costados de esta iglesia hay una losa de mármol de Macael, clavada en el muro, con una inscripción gótica que alude á la consagración de tres templos dedicados á San Esteban, San Juan y San Vicente, del tiempo de los reyes Viterico y Recaredo. Dícese que fué hallada cavando los cimientos de la iglesia, lo cual viene á confirmar la creencia en la antiquísima población.

En lo alto de una columna de piedra colocada en la plataforma que la circunda hay un tarjetón con este letrero:

«Año de MCCCXCVII. Á XII de Mayo reinando en Granada Mahomad[58], fueron martirizados por manos del mismo Rey, en esta Alhambra, Fray Pedro de Dueñas y Fray Juan de Cetina, de la orden de P. S. Francisco, cuyas reliquias están aquí: Á cuya honra de Dios Nuestro Señor se consagra esta memoria por mandado del Ilmo. Sr. D. Pedro de Castro, Arzobispo de Granada, año MDCX».

Cuéntase sobre este martirologio, que eran dos los cristianos que venían á la Alhambra furtivamente, y se colocaban en la puerta de la mezquita para predicar á los moros que entraban en ella; que una vez los vió el Sultán y mandó arrojarlos de allí, los vió segunda vez y dispuso que los castigaran á palos; pero que habiendo penetrado tercera vez sin ser vistos y contra lo mandado, dispuso el rey que les quitaran la vida para escarmentar la osadía de los pobladores cristianos de esta comarca.

Este templo estuvo bien dotado y era el metropolitano antes que se construyera la Catedral. Hoy ha venido á un estado deplorable, y es sólo un vago recuerdo de los tiempos visigodos y mahometanos.

Palacio que se llamó de los Infantes, hoy ex-Convento de San Francisco.

Continuando desde Santa María por una calle de miserables casas, que conduce hacia lo más elevado de la fortaleza, llegamos al indicado Convento. Su capilla mayor no fué nunca parte de una mezquita, sino una sala árabe con alhamíes y arcos parecidos á los del Tribunal; pero en uno de sus cuatro lados abrieron un arco más grande para ponerla en comunicación con la nave de la Iglesia, cuyo rompimiento es una curva rebajada con decoración procedente de los arabescos del Palacio. Aunque damos el crédito que se merece á los notables escritores Padres Gonzaga y Sigüenza, cuando aseguran que este convento fué una mezquita, nosotros creemos que estaría la dicha Aljama cerca de él, ó en porción de sus muros; pero que la mencionada sala árabe, á juzgar por su estructura, no pudo ser parte de la mezquita citada. Operarios moriscos, á las órdenes de Fray Fernando de Talavera, arreglaron el edificio árabe antes de su reconstrucción en el siglo XVIII, y el citado fraile pidió y obtuvo de los Reyes Católicos la cesión del edificio, año de 1493, para establecer la primera congregación en Granada.

Hemos hallado en algunos muros interiores de las crujías del convento y bajo las costras de yeso, preciosos arabescos con sus colores antiguos, y además alicatados de mosáicos tan bellos como los mejores que se han visto del género musulmán. A los estanques cuyos restos se observan en la huerta del Convento se les da todavía el nombre de baños de los Infantes, y pueden verse los cimientos de construcciones árabes que había enlazadas con este edificio.

Cuando hacia el año de 1530 se hicieron las obras primeras del patio de Lindaraja y se colocaron las columnas árabes de mármol blanco, que hay en él, se trasladaron muchos materiales del citado convento y mezquita á dicho patio, así como al inmediato de los cipreses, y ellos sirvieron para levantar parte de estas obras cambiando el aspecto de los jardines y ocultando la torre del Peinador.

En la Iglesia estuvieron depositados los cadáveres de los Reyes Católicos, hasta que se trasladaron á la Capilla Real. También sirvió de sepultura á la familia del marqués de Mondéjar.

Fray José de Cañizares copió y tradujo las inscripciones que halló en todo el edificio, año 1690, y se ocupó de las piedras escritas que se han perdido; después Iranzo asegura (1759) que las vió y estuvieron en su poder las copias. De cualquier modo, las crónicas árabes cuentan que en este sitio fueron enterrados cinco emires, entre ellos el fundador Alhamar, en una caja de plata, y no sabemos si se referirían á esto las inscripciones halladas por Cañizares. Ello es que cuando se instaló el Convento, el edificio era morisco y fué hundiéndose poco á poco, aplicándose sus vestigios al palacio árabe; que en su Iglesia se enterraron los primeros Alcaides ó Capitanes Generales, y muchos personajes que combatieron la rebelión, y que su próxima ruina augura descubrimientos importantes. Hoy se está hundiendo, y se ha hecho una ligera reparación para conservar la parte arabesca, lo cual será insuficiente si no se acude con otros medios.

Torres de la Cautiva, de las Infantas, de los Picos, del Mihráb, Casa del Príncipe ó de las Damas, y la del Marqués de Mondéjar.

La de la Cautiva es una preciosa habitación del más puro y delicado ornamento prodigado con un lujo extraordinario y brillante. Hemos seguido en el año 1876 la restauración que en ella empezamos el 73, y aunque sin terminarla, hemos conseguido que pueda visitarse y verse en su estrecho recinto una verdadera maravilla de aspecto y buen gusto. ¡Con qué hermosura se hallan distribuídos sus atauriques y engalanadas sus puertas! Su pequeño recinto nada le quita á lo esplendente de la elegante vestidura, y en ella se ansía poseer tan bella estancia para nuestras horas de contemplación. ¡Qué lástima encontrar sus artesonados, puertas y vestíbulo destruídos el año de 1810 por los soldados de la invasión francesa!

No tiene más que un pequeño ingreso, un patio con cuatro pilares muy reducido, dejando un cenador con alhamíes y alacenas decoradas de bellísimos ornatos, y un arco en el centro que da paso á la sala cuadrada, con los tres nichos ó ajimeces restaurados. Sus inscripciones se refieren á Abul Hachach Yusuf III de la dinastía de los ben Nasr, y con efecto, parece su arquitectura de esa época[59].

Le han dado el nombre de Torre de la Cautiva porque fué la prisión de Doña Isabel de Solís, donde la visitaba el monarca moro; y en el romance suponen, que para librarse de las seducciones amorosas de aquél, se descolgó desde la ventana que está á la derecha, por cuyo ajimez habían entrado los cristianos para asesinar al rey moro y vengarla del cautiverio[60].

Son especialmente delicados los ornatos de la sala cuadrada, y conservan parte de los brillantes colores y oro con que estaban iluminados. Los azulejos son más variados en el color que los de la Casa Real. Tiene multitud de inscripciones entre las que se leen las suras 112 y 113 con esta especie de profesión de fe que los mahometanos oponen al Misterio de la Trinidad: «Dios es único, eterno, ni engendró ni fué engendrado, ni tiene semejante alguno...»

En metro kamil y alrededor de la inscripción en la anterior faja dice:

«Es una torre defensiva[61] que se presenta á nuestra vista, y que contiene en su interior un alcázar[62] resplandeciente como la luz de una hoguera.

»En ella hay obras primorosas, sobre cuyo origen se disputa (por no saberse) si proceden de una sola, única en su género, ó de una sola pareja.

»Hay labores de azulejos en sus paredes y en su pavimento[63] que parecen labores de brocado...

»... Cuando aparece en ella el nombre de nuestro Señor Abul Hachach.

»Poseedor de la grandeza, de la bravura y de la generosidad: auxilio del que implora, benéfica lluvia del que espera.

»De la familia de Saad, de los ben Nasr, de los que ayudaron y dieron hospitalidad al Señor de la escala[64].

»La bendición de Dios sea sobre él; salud y paz».

En cada ángulo, alrededor de la inscripción cúfica, hay un verso semejante al anterior, que constituye parte del poema.

Nos ceñimos á publicar aquí otra de las cuatro, que describe algo de la parte artistica:

«Esta obra ha venido á engalanar la Alhambra.

»Es una morada para los pacíficos y para los guerreros.

»Una torre defensiva que tiene en su centro un alcázar. Dirás al verla: es una fortaleza y á la vez una mansión de alegría.

»Es un alcázar en el cual el esplendor se halla repartido entre su techo, su suelo y sus cuatro lados.

»En el estuco y en los azulejos hay preciosas obras; pero las labradas maderas de su techo aún son más elegantes.

»Fueron reunidas y después de su unión son más á propósito para la victoria que tiene en ella el más elevado lugar.

»Ha reunido obras poéticas en que hay paronomasias, trasposiciones... y juegos de palabras.

»Se nos manifiesta sin prodigios en el rostro de Yusuf que es donde todas las hermosuras han alcanzado el mayor grado de perfección.

»De Jazrell procede su gloria más eminente, sus altos hechos en pro de la religión...»

Lo demás está ininteligible por mutilaciones, y no continuamos porque se repiten muchas ideas de las ya publicadas; sólo apuntaremos que alrededor de la ventana del frente dice:

»Gloria á Abul Walid Ismail, el mártir santo, objeto de la misericordia divina, etc.» Se refiere á Ismail I, el que fué asesinado por su primo Mohamad, Señor de Algeciras, en 1325.

Illustration from Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba ó sea La Alhambra, el Alcázar y la Gran Mezquita de Occidente

Interior de la Torre de las Infantas.

Torre de las Infantas.

Damos la preferencia á esta Torre, por tener mejor distribución, más elegancia en su aspecto central, adornos colocados con más sencillez, y la pureza toda que distingue al género clásico en la manifestación del arte. Los que han querido estudiar á fondo las obras árabes no han olvidado ésta. Obsérvase que hay en ella todas las comodidades que exije la vida oriental: un zaguán con techo de bóvedas de arista, muy raro; la entrada á un costado para que no se descubra desde fuera el interior del edificio; nichos á manera de alacenas para centinelas de eunucos ó esclavos; pequeño cuarto del guardia; ingreso y sala principal con fuente en el centro, desde la cual, á derecha, izquierda y frente se pasa por hermosos arcos lobulados, á las alcobas de los divanes perfectamente abrigadas y cómodas: en el segundo piso, otras estancias para las mujeres, más reservadas todavía, y en la azotea ó terrado, bellísimo paisaje de donde se descubre principalmente á Generalife y los enormes muros de argamasa que sostienen los jardines en forma de mesetas.

Un ligero croquis de planta y alzado que publicamos, conservará la memoria de este monumento.

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Planta de la Torre de las Infantas.

A principios de este siglo se le hundió el techo de lacerías geométricas que tenía, así como las ocho ventanitas por las cuales recibía la luz. Había en el segundo cuerpo cuatro ajimeces de los cuales se conservan los dos más grandes y los claros de los pequeños. ¡Qué ornato tan bien repartido: cartelas, tableros de agramil, fajas y frisos del mejor gusto; los arcos lobulados con su intrados sencillo y elegante! Falta la ventana de dos arcos del extremo del eje central, el pavimento y muchos mosáicos.

Esta sala, como la anterior, la tenemos incluída en el plan general de restauraciones que nos mandó hacer el Gobierno, para llevarlo á efecto tan pronto como se concluya la obra del Palacio árabe. Es, sin duda, uno de los monumentos que hay en Granada más dignos de conservarse porque se presta á ser reproducido, y servir con ligeras modificaciones á las comodidades de la vida moderna.

La más importante inscripción que posee, es una que dice:

«Gloria á nuestro Señor el Sultán Abu Abdi-lah Almostagni bil-lah».

Torre de los Picos.

Es una construcción defensiva que guarda la Puerta de Hierro. En su interior tiene tres cuerpos y una hermosa tarbea cruzada por dos arcos apuntados que forman su techumbre. El exterior conserva detalles de los que han sido despojadas las demás torres de la Alhambra. Los Picos, que le dan nombre hoy, son las almenas que había en todo el recinto de la fortaleza. Sus ventanas de piedra son del puro estilo árabe. La puerta y las torres que la defienden hacen un conjunto misterioso y fantástico donde se ha inspirado la pluma de Washington Irving para describirnos á aquel poderoso y rico judío Almamen, que se deslizaba durante la noche por este sombrío lugar, para ir en busca de los medios de venganza que premeditaba contra el seductor de su hija.

Más allá se ven unas bóvedas casi llenas de escombros que fueron las caballerizas del conde de Tendilla, y antes, el alojamiento de un cuerpo de caballería africana que guardaba la entrada.

Hemos descubierto últimamente en esta torre que las dos curvas ojivales que se cruzan en la tarbea, son modernas, que tiene arcos vestidos de arabescos, y pinturas en los paramentos y bóvedas cubiertas por el yeso y el humo.

Mihráb y Casa de Astasio de Bracamonte.

Entrando luego en un estrecho callejón, hay un pequeño huerto donde se conserva una preciosa mezquita de bello y hermoso decorado; pero que ha tenido la desgracia de haber sido pintada tan mal y tan groseramente, que ha perdido esa encantadora delicadeza proverbial del arte mahometano. La ornamentación que la han colocado exteriormente es también falsa, pero en cambio de estas reparaciones lamentables, el lector puede gozar lo bien compuesto de este estrecho recinto y su elegante techo de lazos y ensambladura. ¡Cuán hermoso sería con sus perdidas filigranas de rojo, azul y oro, y el arco del alquibla ó santuario que está en el centro del frente principal hoy manchado torpemente!

Mihráb... como se decía por los árabes y también por los cristianos en su aljamía, era el lugar habitado por el espíritu de Dios ó de la oración recomendada por el Profeta; y se nota aquí, que vueltos hacia Oriente miraban el testero donde se guardaban los libros santos. La casita, también restaurada impropiamente, que hay unida á él, no tiene más que las habitaciones precisas para el santón, y hoy han colocado en una de ellas con el buen propósito de conservarla, la inscripción completa que había sobre la Puerta de la Casa de la Moneda, la cual tuvo el sano gusto de comprarla el propietario de esta finca, así como los dos grandes leones de piedra de Elvira que había en el mismo edificio[65], colocados á las dos cabeceras de un estanque abierto en el centro del Patio. Estas esculturas parecen hechas por artífices asirios; tal es el aspecto que tienen semejante al de los leones alados de los templos de Nínive. Sus melenas de rayas simétricas, sus colas como el tallo de un arbusto, los pliegues uniformes de sus cabezas y el carácter arquitectural de sus patas y garras, les dan la fantástica concepción de aquellas extrañas figuras de la antigüedad babilónica. Bien merecen ser guardadas en un museo para que no puedan desaparecer fácilmente.

Han colocado en el exterior de la mezquita varios escudos y un letrero que dice: «Fué esta la morada de Astasio de Bracamonte, escudero del conde de Tendilla.» Con efecto, este primer Alcaide de la Alhambra vivió en el palacio inmediato, cuyos cimientos apenas hoy se distinguen en la Huerta de enfrente.

Casa del Marqués de Mondéjar.

Enfrente se ven ruínas de murallas árabes repartidas de modo, que dejan entrever la traza de un edificio con estanques, subterráneos, cimientos y todo lo que puede indicar la existencia de un palacio de alta importancia. ¿Pudiera ser la casa del wacir Muza, personaje fantástico que se celebró en los romances[66], por no haberse querido rendir á los conquistadores? Después de tres siglos se oyen éstas y otras tradiciones interesantes, y el nombrado poeta americano dice que salió aquél de su casa por la Puerta de Hierro seguido de veinte jinetes, y pasando Fajalauza tomó el camino por el cual no había de volver jamás. Sea de esto lo que quiera, nosotros sabemos ciertamente que en 1796 se vendieron los últimos restos artísticos de este palacio, entre los que había columnas, fuentes y losas de mármol.

Torre del Príncipe.

Sobre la muralla y más al Norte se halla esta almunia que pertenece hoy á un particular, y á la cual se han dado diversos nombres, como Baño de Damas y Casa de las Odaliscas, hasta que hemos leído en Ben-Alkatif que fué el palacio que construyó Ismael para la sultana Olva, cuyo dato es el más verídico.

Su construcción y embellecimiento es del mejor gusto morisco. Todo el jardín que tiene delante lo ocupaba una hermosa alberca, cuyos cimientos se conservan todavía. La casa ha sido tan reparada y cambiada en su estructura, que apenas hoy puede señalarse con exactitud la primitiva forma y dimensiones. Parece, sin embargo, que era un vestíbulo, cuyo techo se ve hoy en la antesala del piso segundo, largo y estrecho, del cual se pasaba á una sala cuadrada de mucha altura, dividida ahora por un suelo para conseguir de ella dos habitaciones. Sus mosáicos y arabescos han sido cubiertos de una espesa capa de pintura al aceite, de color grosero y caprichosamente repartido; nótase, sin embargo, bastante belleza en la antigua decoracion, en el artesonado de madera y en otros accesorios que fueron bárbaramente estropeados. Esta casa pertenecía, no hace todavía cincuenta años, al Real Patrimonio, y fué vendida por una corta suma, inferior á su verdadero valor arqueológico.

Lo más notable de ella es la torre ó mirador que está revestido de los adornos más preciosos, delicados y menudos de toda la Alhambra, los cuales se conservan regularmente y los recomendamos como la mejor muestra del trabajo arabesco. Alternan en ellos las letras cúficas y africanas con motes y versos que están incompletos, entre los que se lee un pequeño poema, como todos lleno de fantasía.

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Puerta de los Siete Suelos.

A la derecha de este edificio hay un grupo de casas miserables, que pertenecieron á Don Alvaro de Luna y pasaron al dominio de la Corona[67]. En lo antiguo eran dependencias de los alcázares, y como tales, se ocuparon por moriscos en tiempos del primer conde de Tendilla.

Después, en el Partal[68] propiamente dicho, sólo hay ruínas de casas moriscas que no tienen enlace con el palacio, porque los muros se cierran aquí completamente; y todo el espacio ocupado por las huertas inmediatas conserva ruínas de edificios, entre los que se hallaría el que Ismael dedicó á su mujer predilecta Zeineb, cuyas rivalidades con Jadicha obligaron á este príncipe á construirle una casa, separada de la que le había regalado el sultán su hermano.

Torre de la Vela.

En el plano se verá la distribución de todas las torres, cuyo número era de treinta y siete antes que los franceses, en 1810, destruyeran las que están en ruína; las restantes conservan nombres de tradición ó de circunstancias modernas que les han impuesto sus modificaciones. Son las más antiguas las de la Alcazaba, en cuyos fundamentos se construyeron y ensancharon las que hoy existen, las dos torres principales tituladas del Homenaje, construídas antes de la Judiciaria, y la de la Vela, llamada de Giafar, que ya tenía una campana en tiempos árabes, según contaban los moriscos de la insurrección, diciendo que su sonido les preludiaba grandes desastres. Parece que los Reyes Católicos mandaron colocar una campana en ella para señalar las horas de recogimiento durante la noche, á lo cual podemos añadir que en 1569 se hizo una para esta torre por un tal Juan Vélez, que fundió los argollones del palacio del emperador, y que en 1595 se vació otra con el metal de la anterior, hasta que por último, en 1773 se hizo la que hoy existe para anunciar á los labradores de las cercanías las horas de los riegos. Esta torre fué el verdadero vigía de los árabes, y en ella se tremoló por primera vez el pendón castellano el 2 de Enero de 1492 á las tres de la tarde, cuya ceremonia se repitió luego durante mucho tiempo en el mismo sitio.

En esta Alcazaba cabían perfectamente 1.500 guardias bajo las bóvedas de sus adarves y torres, incluyendo el cuartel que hay cerca de la torre avanzada del lado Norte, por cuya caserna se introducían los cañones que mandó colocar en la plaza más baja el conde de Tendilla. Los adarves del lado Sur fueron completamente restaurados en 1529.

Hay en este elevado sitio dos puntos de vista más que encantadores, sublimes, desde los cuales parece como que se pretende abarcar todo aquel territorio que dominaron los nazaritas durante dos siglos y medio. De él no se distinguen, en verdad, sus confines dilatados hasta Algeciras y el Cabo de Levante, pero sí se descubren los lugares que cantaron los poetas, campos de heroismo y de caballerosidad. Una naturaleza pródiga de vegetación y sorprendente por sus elevadas cumbres, da al recuerdo de aquellas escenas de valor un cuadro tan espléndido, como no podrían imaginar mejor los poetas olímpicos. Desde el jardín de los adarves, y mejor todavía desde la empinada torre que lo corona, se ve la inmensa mole de una montaña que domina las mas grandes alturas de los Pirineos y se baña en las saladas aguas del mar por un lado y en las húmedas colinas y valles del otro. La pintoresca vega que dió nombre á Garcilaso se extiende á sus pies, y contemplan este admirable grupo las más bajas montañas que en forma de anfiteatro asoman sus cabezas en armonioso orden y concierto, como á presenciar las angustiosas batallas de las últimas conquistas. Cien pueblos con millares de caseríos se destacan como blancos antílopes pastando en las praderas del Genil y del Dauro, y los rojos baluartes fabricados con afanoso cuidado en aquellos días de encarnizada lucha para guardar los tesoros del harem, revelan los misterios de una época gloriosa á vencedores y á vencidos, tan simpática y bella como el asombroso paisaje que se contempla en contorno de la mágica Alcazaba. Suspirando y meditabundo como iba Boabdil camino del Andaráx, se retira siempre el viajero de este sitio renombrado y mil veces famoso.

Torres Bermejas.

En la cerca de murallas que desciende flanqueada de macizas torres desde los adarves á la puerta de las Granadas, y de aquí sube hasta el otro lado del frondoso valle, se ve un grupo de baluartes imponentes que domina todo el centro de la antigua población, cuya fortaleza es el castillo citado. Se dice que fué construído sobre antiguos cimientos romanos para someter á los mozárabes que poblaban el barrio de San Cecilio; pero nosotros no hemos hallado en su construcción otro dato que el estar sus muros hechos en dos épocas muy distintas, ambas árabes, la primera correspondiente á los restos que hemos citado del pie de la torre de la Vela, propios del siglo VIII, y en tiempo de Cárlos V experimentó la última importante restauración.

Se añade tradicionalmente que en la época del primer Alhamar se reedificaron, aumentándolas con los pabellones que conservan todavía; siendo la antigüedad de estas torres del tiempo de la invasión agarena en España, porque antes del 913, cuando al Waliato de Illiberis lo dominaban diversos capitanes sin señorío alguno[69], ocurrió, según las crónicas, el año de la egira respectivo al 889, que se encerraron en las Torres Bermejas los damasquinos y las tropas del kalifa capitaneadas por el renegado Nahil, y aquí fueron cercadas por los habitantes de la comarca, armados de flechas, lanzas y hondas. Sitiadas las tropas recibían en las puntas de las flechas que pasaban por lo alto de las murallas del castillo rojo, versos que decían:

«Las casas de nuestros enemigos están desmanteladas é inundadas, y sus techumbres arrancadas por los vientos del otoño. ¿Qué nos importa que celebren sus pérfidos conciliábulos en las Torres Rojas? La perdición les seguirá por doquier.»

En las mismas luchas contra la dominación, poco tiempo después, en 990, Solimán Ben Said, caudillo y poeta que fué encargado en algunas ocasiones de la defensa del fuerte, les hablaba de este modo:

«¿Sois, hijos de Meruan, cual nosotros para la retirada? Vuestros caballos, que están trabados en los combates, parecen gamos cuando huyen; os jactáis de ser los luceros que alumbran el valle del Genil... Abandonad los cármenes deleitosos y los alcázares dorados, que pertenecen con más derecho á los valientes». Cuyo texto nos induce á creer que por este tiempo había una población en Granada que poseía alcázares diferentes de los de la Alhambra, situados en este lado de la población, y que habitaban más antiguas razas.

Antes, y en tiempos de Abderrahmán I, fundador del Kalifato de Córdoba, se dieron dos asaltos á las Torres Bermejas y se tomaron por el Schevani, que era Wali de Elvira, por cuya victoria fué nombrado aposentador de la fortaleza. A este capitán y Wacir se atribuye por algunos autores la fundación de la Alcazaba Cadima, es decir, que viviendo en Illiberis y siendo gobernador de la Kora, á que se daba aquel nombre, se construyó la Alcazaba antigua, datos que vienen á ilustrar la cuestión del origen de Granada, ó á lo menos de lo que los árabes encontraron en esta localidad; asunto muy controvertido en nuestros tiempos.

Las torres tienen un hermoso aljibe, cuadras subterráneas para cuarenta caballos, y habitaciones para dos centenas de soldados. Es uno de los castillos que se conservan íntegros, y construído según el arte militar de su época. Damos la planta en el plano general de la Alhambra, y recordamos con este motivo que el pintor Pedro Raxis hizo de él un modelo en 1599, para enviarlo al rey que quiso conocer las tan afamadas Torres Bermejas[70].

Por último, la fábrica de este fuerte es anterior á muchas obras de la Alhambra que parecen de la misma época. La formación de su argamasa, las aristas de sus piedras en lechos, la forma de arcos y techumbres, nos indican ese período que ya hemos distinguido en la Alcazaba, anterior al establecimiento de los nazaritas; y la fabricación y cimento de cal y grava que Plinio atribuye á los fenicios y romanos, no es la clase que aquí se encuentra, como puede observarse comparando los restos de murallas antiguas hechas por moriscos desde el siglo XI en adelante.

Puerta de los Siete Suelos.

Como fortificaciones más importantes en el segundo recinto murado de la Alhambra citamos la Puerta de los Pozos[71], la de las Cabezas y la del Agua. Las primeras tienen un cubo levantado con tres bóvedas circulares, una de las cuales está soterrada, lo cual ha hecho suponer á muchos que existen siete suelos ó pisos para bajar al fondo. No hemos visitado nosotros más de tres, pero respetando tradiciones vulgares bien pudiera haber otros antes de comunicarse con los silos y pozos de la explanada de los Mártires, que eran muchos, y los cuales sirvieron de graneros públicos en los últimos tiempos de carestía y guerras.

Lo misterioso de los Siete Suelos ha dado origen á cuentos fantásticos muy interesantes que se pueden relacionar en nuestra opinión, á que hay una mina ó viaducto que pasa por los cármenes del callejón del Caedero y por Buenavista, donde estuvo el convento de monjas potencianas, cruzando por los Mártires, hoy finca del Sr. Calderón, el cual se extendía desde esta torre cilíndrica hasta el Cuarto Real, Jardines de la Sultana y Bibataubí. Otro viaducto hay indicado desde la casa de los Tiros, Bibalfajarín y Puerta del Mauror hasta las Torres Bermejas, pero no se detalla tan distintamente como el anterior, cuyos subterráneos impenetrables dan lugar á mil patrañas. Se citan otras muchas comunicaciones en la antigua descripción de Granada, que sería dificilísimo determinar; pero la más interesante de la Puerta de los Pozos conducía al campo situado al extremo de la Alhambra, donde Muley Hacen pasó la última gran revista á sus tropas, más de 20.000 hombres, el día de la gran inundación de la ciudad, por haberse desbordado no sólo el río Darro sino todos los barrancos que rodean este sitio[72].

Más abajo y como límite de la Alhambra, está la Puerta de las Granadas, en la misma muralla donde se veía en 1560 la de Bib-Lauxar, entonces medio arruinada. A la derecha hubo una pequeña capilla desde el año 1500, donde hoy se halla la casita del Guarda, cerca de una cruz de piedra hecha levantar en 1599 por Leandro de Palencia. Existe otra cruz, llamada de Mondéjar, donde hemos dicho que se descubrieron las sepulturas romanas, orilla de la segunda glorieta del paseo del centro, cerca del Campo de los Mártires[73], sitio célebre por el rescate de cautivos; pero el interés particular de este sitio estriba en haber sido campo de maniobras militares, pasaje de comunicación antiquísima hacia la ribera del Genil, lugar donde en 1492 recibió el conde de Tendilla las llaves de la fortaleza y alcázares de manos del alcaide Aben Comixa, que salió con 50 caballos por la Puerta de los Siete Suelos al encuentro de los caballeros enviados por los Reyes Católicos, para que tomaran posesión de la Alhambra, y por último, campo de la Acebica, donde el mariscal de Castilla Don Diego Fernández de Córdova llamó á singular combate al célebre Don Alonso de Aguilar el 10 de Agosto de 1470, antes que saliese el sol, en la arena preparada al efecto delante de la tienda de brocado levantada á Muley Hacen, rey de Granada y juez del campo.

Illustration from Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba ó sea La Alhambra, el Alcázar y la Gran Mezquita de Occidente

Vista de la Alhambra.

PALACIO ÁRABE

Decíamos el 19 de Diciembre de 1869 á la Comisión de Monumentos de Granada:

De los tres reconocidos períodos de grandeza que en España desarrolló el arte árabe, el más esplendente, puro y genérico es el que manifiesta con general asombro el fastuoso recinto de los alcázares granadinos. En ellos se concreta la inspiración, se unifica el estilo, se regulariza la forma y se origina el más supremo esfuerzo del talento humano bajo el sentimiento de las creencias y costumbres de aquella edad de oro. En parte alguna de las tierras españolas se encuentra un ejemplar más completo ni una prueba más clásica de los prodigiosos elementos reunidos para evocar el grado de cultura que alcanzaron ocho siglos de constante progreso. Ninguno, pues, merece tan alto concepto, y ninguno ha conseguido ante el mundo moderno el exclusivo renombre que goza; ni la civilización agarena de Egipto, Persia, Turquía y África alcanzó el refinamiento y belleza de la Alhambra granadina, ni las glorias de la reconquista están simbolizadas en ningún monumento español mejor y más cumplidamente que en este último baluarte, tan obstinadamente defendido y tan heróicamente ganado.

Situada en la cúspide de una colina, que se escogió como lugar seguro y defendible, á la usanza de la Edad Media, quedó aislada y ceñida por una línea de fuertes murallas y robustas torres que flanqueaban sus puertas, en tanto que las rápidas vertientes de sus escabrosas faldas se abrieron á una lozana y frondosa vegetación, cuyas raíces debían asegurar el terreno y hacer más estables las atrevidas construcciones de la cima. Las aguas, que ingeniosamente se sangraron al Dauro para conducirlas á aquella altura y alimentar los estanques, baños y aljibes, se abandonaron por las naturales vertientes de la montaña, y produjeron esos fantásticos bosques que se han hecho proverbiales en todo el mundo. En el espacio cerrado por las murallas, levantaron el alcázar, las mezquitas, el harem, las oficinas públicas y las opulentas viviendas de una numerosa corte; entre la fortificación y sus almenas se alzaban minaretes labrados; el arte bordó sus principales estancias; los preciosos arabescos se prodigaron por todas partes y el lujo de la comodidad y del deleite dió mágico encanto á todo este singular conjunto.

Su recinto todo, con los citados bosques y jardines, es lugar sembrado con los despojos de doce siglos; bello por el arte y por la naturaleza, donde ambos elementos se han combinado maravillosamente para producir un contraste que convida á la meditación y al estudio.

En el lado Norte, y como recostados sobre las murallas y torres del circuíto, se levantaron los diversos edificios que constituían la morada de los reyes Nazaritas, extendiéndose ilimitada é irregularmente por aquéllas, y ocupando un espacio interrumpido por dilatados jardines y estanques, muchos de los cuales han desaparecido por el desdén ó el abandono.

Construídos casi todos después de la conquista de los Almoravides, y por lo tanto al estilo llamado morisco, ofrecían en su planta las diferencias, originadas de la desigualdad del terreno, lo cual daba á su aspecto una estructura particular no parecida á la del pequeño Alcázar Al-Motacid de Almería, ni á la Almunia de Valencia, ni á Dar-us-Sorur de Zaragoza, ni al de Almamú de Toledo, que fueron levantados en lugares llanos y espaciosos. Bajo la formidable envoltura de sus fuertes y elevados baluartes, se abrigaba uno de los mayores prodigios del arte musulmán, y colocado en la cumbre de una montaña, á semejanza de los castillos feudales que poblaban la Europa en los siglos medios, tenía toda la sencilla magnitud de los de Oriente, engalanado con la belleza que le presta el más delicioso paisaje que España podía ofrecerle, y á lo que debió quizá el que desplegara el lujo de decoración y peculiar estilo de florecimiento sin rival entre los innumerables palacios construídos por los primeros kalifas.

Notes in this chapter

Note 1 · Los hay del año 1245, y sabido es que los Alejandrinos tuvieron almanaques sacados de las tablas que tenían labradas los Egipcios desde muy Note 2 · Cuentos como el de Aldiño, se refieren de Gerbert, el Papa Silvestre II; pero no es preciso que citemos á este venerable prelado para hallarNote 3 · Heisterbarch, I, pág. 279.Note 4 · Los de Juan, el presbítero Daniel, Reinaud, etc.Note 5 · Hace poco tiempo que ha sido derribada la mayor parte de este lujoso aposento que ocupaba una de las más ilustres familias árabes de GranadaNote 6 · Nos han asegurado que la trajo el orientalista Sr. D. Emilio Lafuente Alcántara.Note 7 · Ben Jaldum.Note 8 · Hemos dedicado una buena parte de los estudios que hacemos sobre los monumentos árabes de Granada á demostrar con ejemplos este teorema, queNote 9 · Siglos XVI al XVIII.Note 10 · En nuestro tiempo han desaparecido muchas de estas raras y espléndidas casas, cuyas comodidades no hemos sabido apreciar.Note 11 · La fábrica de la Puerta del Vino es distinta de las demás obras de la Alhambra.Note 12 · Según manuscrito árabe de la biblioteca del Escorial titulado: «Libro de noticias sobre el tiempo de la dinastía de lor Beni Nazar».Note 13 · Legajos 197, 201 y otros.Note 14 · Hay en la Alhambra y en algunos templos mudéjares de Albaicín muros revestidos de angostos sillares desde 3 á 6 pulgadas de grueso, labradosNote 15 · Iranzo, Pedraza, Echevarría y otros muchos se extienden sobre los significados de la llave á la entrada de las poblaciones árabes. Nosotros Note 16 · Aquí no publicamos más que las inscripciones históricas y volvemos á indicar, tanto con relación á esta puerta, como á la Judiciaria y á losNote 17 · Archivo de la Alhambra.Note 18 · Hubo varios.Note 19 · Principiamos la restauración de esta torre el año 1873, y quedó suspendida por falta de recursos.Note 20 · Está tan elevada que no se concibe el modo de subir á ella aun con buenas escalas.Note 21 · Calahorrat.Note 22 · Efectivamente, es una pequeña casa con habitaciones altas y bajas suficientes para una familia árabe.Note 23 · Estos han desaparecido.Note 24 · Por la que subió Mahoma al séptimo cielo.Note 25 · La inscripción la damos traducida en el artículo «Casa de la Moneda».Note 26 · También lo relata Conde en su Historia.Note 27 · Archivo de la Alhambra.Note 28 · También quiere decir pájaro.Note 29 · Hasta Ben Muzín, que parece fué el primero que recibió el señorío de Granada en 1013.Note 30 · Archivo de la Alhambra.Note 31 · O de los Siete Suelos.Note 32 · Véase Hernando de Baeza y manuscritos árabes.Note 33 · En Toledo están las cadenas de estos cautivos que se guardaban en los silos y mazmorras.
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