PARTE TERCERA (continued 2)
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Con efecto, próximo á la misma época, los Seleukidas, en sus correrías al Imperio Bizantino, construían edificios del estilo árabe, decorando sus paredes de inscripciones y sentencias, á semejanza de los antiguos monumentos asirios, sin que ese geométrico ornato llegase allí á ser tan ostentoso y rico como en los alcázares españoles. En aquélla región los monumentos ofrecían la diferencia de coronarse de cúpulas, revistiendo la forma exterior más simétrica y armoniosa, mientras que aquí esos mismos alcázares se cubrían de plataformas almenadas en líneas regulares, cuyo motivo pudieron estudiar en los monumentos egipcios y en los cartagineses que dominaron antes de pisar nuestro suelo. Allí las plantas de las basílicas griegas, de los templos himaritas y de las construcciones salomónicas; aquí los accidentes de las fortalezas romanas y fenicias que habitaron los godos y ocuparon los guerreros invasores, primera concepción de sus almunias y palacios. Allí ornamentaban los exteriores como la mezquita de Brusa, con exquisitos mosáicos de mármoles de colores; aquí esta misma decoración tuvo que concretarse á las puertas de sus fortalezas, dejando para el interior de sus grandes patios la mayor parte de esta clase de esculturas, y únicamente se conservó aquí el sistema de colocar el harem y patio cuadrado delante de las mezquitas con los minaretes separados del cuerpo de éstas, como en Córdoba y Sevilla, dejando el resto de sus construcciones velado por las formidables murallas de defensa.
Así, pues, los que visitan los alcázares sevillanos y los jardines fastuosos que hoy se conservan, recuerdan las fortalezas de Bajecid-Ylderin sobre la costa de Asia y el castillo Cortagargantas del Bósforo, cuya situación sobre una planicie, conserva mejor el espíritu de sus primitivas construcciones; pero en Granada y en igual período, debemos remontarnos al arte musulmán, resultado de la fusión entre árabe y bizantino, que se ve muy ostensiblemente en Samarcanda y en Kesch, donde los monumentos de Tímur están fraccionados entre torres y patios decorados con basamentos de porcelana y jardines con viaductos que los comunican, á semejanza de los que aquí se ven; obras inspiradas por las costumbres asirias, pero con la notable diferencia de que las bóvedas de colgantes no se habían insinuado con la galanura y uniformidad que se manifestó entre los otomanos y egipcios modernos, hasta formar, como en la Alhambra, las enormes cubiertas de estalactitas de una perfección sin rival. Es preciso recordar la Persia para hallar estas facetas de cristalización que importaron al Imperio de Oriente, y que tuvo su origen en la más antigua mezquita de Yspahan del siglo IX, donde se construyó una cúpula compuesta, como éstas, de otras más pequeñas que se multiplicaban indefinidamente. En la Alhambra el arte árabe es, pues, más genuínamente persa; se separa de las obras griegas del Imperio Otomano; se conserva mejor en todo el período de la invasión africana, y viene hasta á reproducir las grandes portadas con medias cúpulas de estalactitas, y los monumentos de formas cuadradas y octógonas que hay en medio de los jardines, como mausoleos, llenando los espacios con las construcciones ligeras que se ven apoyadas sobre delgadas columnas, y sosteniendo miradores cubiertos de persianas, desde donde las mujeres asistían á los espectáculos que se celebraban en los vestíbulos.
El palacio de la Alhambra no se descubre aún después de encontrarse el observador en la cúspide de la misma montaña sobre que se halla construído. Es necesario contemplarlo desde el Generalife ó el barrio antiguo del Hajarix para apreciarlo en su verdadera extensión, pues que no se hallan en él las espléndidas fachadas de los palacios cesáreos; pero en cambio su interior nos ofrece una numerosa variedad de cien arcos diversos, desde la ojiva al túmido, al de segmentos y de contralóbulos, al de arranques prolongados y rectos, última modificación gótica, al de colgantes, semicircular y de herradura, que es, en fin, verdadero festón cerrado, cuya curva se ensayó en Bizancio y se copió en Venecia para ser olvidada y hallarse de nuevo en Cairo, Túnez, Fez y en nuestro suelo.
Es el clima frío y lluvioso de esta comarca, lo que ha impreso á la arquitectura un aspecto diferente de la que se construyó en Teherán hacia el siglo XIII. Los colgantes de la Torre de Rages son los de la Alhambra, pero más informes; los arcos del Puente de Hasan y mezquita de Tauris son ondulantes como el de la entrada de Lindaraxa; el Puente de Mianek y sus contrafuertes, como el de Cubillas antes de su restauración; las murallas de Cabul con torres redondas son como las que se suponen fenicias en la Alcazaba antigua del Albaicín; las almenas piramidales y las puertas de esta población son iguales á las de Candahar, y por último, en el sepulcro de Baber se recuerda la Sala del Tribunal con sus arcos apuntados, y en el de Mahmud en Chazna, los arcos aperaltados de las Salas de Abencerrajes y Dos Hermanas; de modo que por razón del clima y necesidad de la guerra, el arte árabe manifestado en la Alhambra con las tradiciones persas y bizantinas tiene más idealismo oriental que europeo, menos semejanza con el que se manifestó en Córdoba y en Sevilla, es original por tradición y superior á cuantos hay del estilo mahometano.
Con tales recuerdos vamos á penetrar en él y á estudiar su planta. No tratemos de buscar en ella la inflexible línea ordenada de los monumentos greco-romanos, ni la simetría de los patios como los del Escorial, ni la forma cuadrada como los tableros de damas á que asemejan los edificios después del Renacimiento: aquí está el arte de la conveniencia con sus fórmulas más naturales. En la casa del árabe se refleja su vida, se sospechan sus deseos, y se siente su lascivia; varía en tantas formas y proporciones como es inconstante en el uso de un refinado sensualismo. Al lado de una habitación cuya grandeza no igualó nunca la espléndida majestad de los cuartos romanos, hallamos el alhamí estrecho y un pasadizo no más alto que la estatura humana. Mírese con detención el plano adjunto y se verá que no hay una puerta medianamente grande para entrar al Patio de los Leones, mientras las hay de las más hermosas y elevadas para dar paso á un pequeño diván que apenas puede contener el ajuar de una persona. En casi todos los edificios importantes de otros estilos se hallan las partes relacionadas con el todo, pero aquí ¿qué relación hay entre el Patio de Arrayanes y el de la mezquita; entre éstos y el de los Leones; entre los techos estalactíticos de las Dos Hermanas y el artesón de lados planos como facetas de un diamante de la Sala de Embajadores? Aquí una gigantesca cúpula y una torre levantada como cabecera del gran patio, con un ingreso central é imponente; pero el todo sin una puerta de decoración exterior, guardado en el fondo de edificios sin ostentación de la fachada, sin lujo, sin un magnifico ropaje de rico ornato que envuelva las preciosidades engarzadas en sus rincones y entrecijos. ¡Cómo se adivinan entre sus muros las costumbres peculiares de raza! El árabe heróico y majestuoso, el árabe meditabundo, el árabe cariñoso y galante, el árabe cruel y tiránico; para cada virtud y para cada vicio de su existencia hay una forma, un lecho, una especie de urna para abrigarlo y contenerlo. Estudiemos los edificios de nuestra civilización moderna y veamos si pueden definirse del mismo modo.
En la parte que se conserva hoy había tres palacios distintos, según algunos viajeros del siglo XVI, que dicen existían dos alcaides al uso del tiempo de los moros, los cuales guardaban dos palacios. Mármol tuvo noticia de dos; pero tenemos datos que asignan las mismas razones á la existencia de otros y una real cedula[74] que dice: «Póngase un alcaide ó capitán en cada uno de los alcázares de la Alhambra,» lo cual prueba que éstos eran muchos. Pero aparte de otras consideraciones, tenemos á la vista la planta donde se ven tres construcciones adyacentes, formadas la una por los números desde el 45 hasta el 59, la otra por lo que comprenden los números del 1 al 8 y del 40 al 44, y la tercera desde el 9 al 38. Obsérvense estos tres grupos y se hallará que no corresponden absolutamente en sus líneas de muros, ni en sus centros, ni en las dimensiones de sus cuartos, ni en su forma y disposición, y que cada uno constituye un edificio aislado que satisface las necesidades de aquellos tiempos, y que no tienen relación tampoco en el género de sus adornos, como indicaremos.
Uno de estos grupos, el primero citado, es el de construcción más antigua; la forma del arco de herradura del tiempo del kalifato, el dintel cuadrado de algunas puertas, el capitel bizantino, el artesonado plano, el ornato seco sin enlace semejante al de Túnez y Egipto, el alero de los kioscos del Oriente, pilastras en vez de columnas, menos desenvoltura y grandeza, todo indica que esta parte fué la primera que se construyó y que pasaron muchos años antes de la construcción del segundo grupo.
Este ocupa el centro todo con la Sala de Comareh, segundo período de grandeza para el arte de los árabes, lo mismo que para su historia, final del siglo XIII. Aquí está retratada la época de la fundación de la dinastía Nazarita, portentosa civilización que ofrecía España á los que venían á ella en busca de ciencia y cultura.
El tercer grupo no se parece ya á los anteriores. Es el Patio de los Leones y cuartos adyacentes; época florida del arte musulmán, más fantástica y caprichosa, de planta regular y de variada decoración. No se encuentran en ninguna parte del mundo ejemplares más bellos de arcos y columnatas; este patio por sí es un poema, donde se siente el aroma y la inspiración de una época deslumbradora por el lujo, debilitada por los placeres, de costumbres dulces, de imaginaciones ardientes, que desmoronaba el imperio de los musulmanes y preludiaba el abatimiento de la raza y la postración de su grandeza. Este edificio, cerrado por todas partes, tiene un estrecho pasadizo; núm. 8, por única entrada; termina por el gabinete de Lindaraxa y por la Sala de Justicia; y todas las demás construcciones de los números 22 al 26 fueron hechas después de la conquista, con el torpe propósito ya consignado en este estudio.
Tales son estos tres alcázares unidos hoy, y que tan claramente se distinguen al analizar la planta de ellos. Nosotros hemos buscado las comunicaciones que tendrían y sólo hallamos una estrecha puerta para cada uno, cuya construcción indica que fué hecha para uso privado sin ostentación de ningún género.
Los que quieren suponerles una forma más simétrica echan siempre al emperador Carlos V la culpa de lo que hiciera desaparecer para levantar su inútil obra; pero conviene fijar bien las ideas y la suma de responsabilidad que tuvieron los conocidos artistas de aquel monarca: investigaciones recientes hechas sobre el terreno y la prolongación de algunas líneas de cimientos de los subterráneos del palacio del César, nos han puesto en la posibilidad de marcar todo lo que fué destruído del palacio árabe. Véanse las líneas de puntos, números 7 y 6, y se hallará la continuación del foso que aislaba el alcázar morisco. Es fácil demostrar que había edificios en el ángulo que se señala, porque aún quedan las puertas de entrada, algunos cimientos y el terreno removido sólo en el espacio que comprenden las líneas, mientras lo restante es terreno de aluvión con capas de cristalizaciones calizas y cuarzosas, de suficiente dureza para no poder equivocarse con los trabajos hechos para cimentar el palacio del emperador. Los únicos departamentos subterráneos que tiene este edificio se hallan en el citado espacio, pues hay un desnivel de cuatro metros y medio en la planta de los dos monumentos, razón más para poder fijar lo que pudo destruirse por este lado, y la importancia que podrían tener las habitaciones destruídas.
Falta demostrar lo que significa esa construcción incoherente de los números 27, 28 y 29. No se puede formar una idea de la causa de estas irregularidades, sino haciéndose cargo de que la Alhambra ocupa toda la cúspide de un cerro bastante escarpado por el Norte y Oriente, sobre el cual se hizo un cerco de murallas y torres, que seguía próximamente á la misma altura de nivel todas las sinuosidades del terreno. Los edificios que describimos están como recostados (si se nos permite la frase), apoyando su cabeza, ó más importante habitación, en una de las torres del circuíto. De aquí que sea imposible la uniformidad de las líneas de construcción, y que la idea más exacta que pueda darse de ellos, es que los cuartos son fortalezas, y que entre estos pabellones hay espacios que cubrían jardines, como el que suponemos desde luego en todo lo que ocupan hoy los patios de Lindaraxa y de la Reja ó Prisión. Explicado esto se nota que la torre del Mihráb era independiente, con su puerta especial que hemos descubierto, y sin ese corredor que hoy conduce á él, hecho en el año de 1544.
Veamos ahora las transformaciones que ha sufrido el palacio después de la conquista.
Consta por los expedientes numerosos que se conservan en el archivo de la Alhambra que han sido muchas las obras hechas en el palacio, y muchos también los períodos muy largos de abandono que ha experimentado. Desde 1605 hasta 1752 estuvo completamente olvidado, según dice un informe dado por la Junta de Bosques al marqués de Guardia Real. Antes de esta época había consignaciones destinadas para sus reparos, que nunca bajaron de 6.000 ducados anuales[75], según consta de muchas reales cédulas. ¿Cuál sería el estado del alcázar en el siglo XVII, que en 1616 obligaron á pagar á un administrador los daños que originó en la Sala de Comareh y Patio de Arrayanes, por haberlo convertido en almacén de armas y municiones?
En cada departamento del alcázar había un alcaide ejerciendo jurisdición, y éste cerraba sus puertas, tenia sus criados y privaba al público de visitarlo. En el siglo XVI, consta, que los alcaides se llevaban los porteros á sus posesiones para emplearlos en su beneficio, y entretanto las torres estaban cerradas.
Ha sido siempre difícil averiguar las reformas que los Reyes Católicos emprendieron en el palacio. El día 5 de Enero de 1492, tres días después de tremolado el pendón en la Torre de Giafar, entraron en el alcázar los Reyes Católicos y oyeron una misa en la Sala de Justicia, en cuyo sitio se continuó celebrando siempre que venían á Granada desde el Real de Santa Fe; y consta de un manuscrito anónimo del Escorial, que en 1492 hicieron obras en él, cuyo testimonio está confirmado por los escudos de flechas y yugo, con el mote Tanto monta, que hay en dicha sala.
De un auto que obra en el archivo resulta: que en 1506 había empleados en el palacio varios alarifes moriscos que se ocupaban de hacer las obras, los cuales habían de dar trabajo personal, como impuesto de farda; de cuyo dato se deduce que muchas transformaciones se verificaron en el palacio durante los primeros años de la dominación cristiana, que no se pueden distinguir de las obras antiguas de los árabes. Hacia el año 1509 un secretario privado del monarca Católico inspeccionó y dispuso nuevas restauraciones con los mismos operarios moriscos.
Desde 1524, en cuyo tiempo se derribó ó inutilizó por un incendio lo que ocupó luego parte del palacio del emperador, hasta 1609, se hicieron numerosos trabajos en el alcázar, que citaremos al describir los lugares respectivos; y cuando ya se abandonó la obra moderna en 1625, era tal la población de la Alhambra[76] que se pidió por los vecinos el palacio árabe para establecer telares de cintas. Desde esta época se cuidó poco, hasta el extremo que en 1729 los cuartos altos se destinaron á la cría de palomas para utilidad de la Alcaidía.
Bajo la dominación francesa se acuartelaron en él los soldados que guarnecían la Alhambra, y á su salida dejaron el estanque lleno de proyectiles de cañón y pólvora. Por aquél tiempo, y al final del siglo anterior, todo el palacio estaba habitado por familias pobres, en su mayor parte de militares retirados, y otras que pagaban una mezquina retribución. Los depósitos de agua servían entonces de lavaderos públicos; y en tan deplorable época, algunos viajeros célebres como Washington, Owen, etc., habitaron los cuartos del palacio árabe, merced á una ligera indemnización que hacían á las familias encargadas de su custodia.
Hasta 1829 continuó el abandono ó más bien el aprovechamiento injurioso del edificio; pero desde esta época un gobernador especial más celoso de los monumentos[77] desalojó de ellos á las gentes que los ocupaban, hizo reformas, aunque de poco interés artístico, é inauguró los paseos de las alamedas. En 1840, á consecuencia de una recomendación hecha á Doña María Cristina de Borbón, entonces Regente del Reino, por algunos viajeros ilustres, se emprendieron las primeras reparaciones en la parte puramente de fortificación, hasta el año 1847 en que se hicieron las restauraciones de los ornatos, que se hallaban cubiertos de cal y yeso, mutilados y caídos de los muros por efecto de las humedades[78], los cuales no se habían reparado antes por ignorarse el procedimiento de ejecución con los moldes de arcilla y madera, cuyos trabajos han seguido casi constantemente hasta el año 1869, en el cual volvieron á emprenderse con mayores auxilios que el Gobierno remitió para tan interesantes trabajos; siendo de notar que desde esta época se ha logrado afirmar una gran parte ruinosa del edificio y se han quitado infinidad de remiendos que la ignorancia había colocado sobre inscripciones y arabescos, de los cuales aún quedan algunos. Por fin la Alhambra, como monumento nacional, pasó del dominio de la Corona al del Estado, que lo conserva como gloria de la patria y del arte.

Jarro árabe.

PLANO DEL PALACIO ÁRABE DE LA ALHAMBRA, con los descubrimientos hechos por DON RAFAEL CONTRERAS
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EXPLICACIÓN DEL PLANO
Todo lo que está trazado en negro corresponde á las construcciones hechas por los árabes, y lo que se ve rayado, pertenece á los edificios que se han hecho desde la conquista de Granada hasta nuestros días.
Las líneas de puntos señaladas con el núm. 7, indican la parte del palacio árabe que fué derribada para construir el de Carlos V.
1 Puerta moderna del palacio.
2 Patio de los Arrayanes.
3 Alhamíes y divanes del patio.
4 Aposentos, alcobas, donde habitaban los árabes.
5 Puerta que comunicaba con los cuartos que se destruyeron para hacer el palacio de Carlos V.
6 Muro exterior de este palacio.
7 Línea que marca la porción destruída del palacio árabe.
8 Comunicación con el segundo palacio dedicado á harem.
9 Sala que se hundió y decoró de otro estilo, hoy en renovación.
10 Patio de los Leones.
11 Pasadizo á cuartos árabes ruinosos.
12 Un aljibe y un patio encima que comunicaba con lo derribado.
13 Puerta antigua de los Abencerrajes.
14 Sala de Abencerrajes.
15 Comunicación con la Ráuda.
16 Ráuda ó enterramento de algunos monarcas granadinos. (Hoy desmantelado).
17 Patio de las Ceremonias.
18 Sala del Tribunal.
19 Sala de las Dos Hermanas.
20 Sala de los ajimeces.
21 Gabinete de Lindaraxa.
22 Patio moderno hecho con columnas antiguas. La taza superior de la fuente es árabe.
23 Cuarto que habitó D. Felipe I y su esposa.
24 Pasadizos modernos.
25 Salas del tiempo del Emperador.
26 Puerta de la torre de Mihráb.
27 Corredor moderno.
28 Torre del Mihráb, modificada con pinturas italianas. (Su antigua planta está en el piso bajo).
29 Corredores modernos.
30 Escaleras y cuarto ídem.
31 Patio de la Reja. (Nunca fué prisión de Doña Juana).
32 Sala del Tesoro. Son subterráneos de las salas altas.
33 Viaducto de entrada á los baños.
34 Sala de los divanes, destruída en 1610. (Hoy restaurada).
35 Retretes. (Destruídos).
36 Pila de desagüe.
37 Cuartos y sudederos.
38 Calorífero. (Hoy destruído).
39 Escalera antigua. (En restauración).
40 Sala de la Barca, con restauraciones del siglo XVI.
41 Escalera que conduce á las almenas.
42 Fábrica del siglo XVI rellenando los pasadizos.
43 Sala de Embajadores ó de Comareh.
44 Comunicaciones modernas.
45 Sala más antigua. Desde este número principia lo que correspondía al palacio primitivo.
46 Santuario ó Mosala del palacio. Hoy cambiado completamente.
47 Galería antigua.
48 Torre de los Puñales.
49 Arcos de un patio destruído, (Machuca).
50 Sala-oratorio para los Reyes Católicos.
51 Patio de la mezquita.
52 Escalera moderna.
53 Sala de recepción, (Saha).
54 Pasadizos de la entrada principal.
55 Puerta de ingreso al patio.
56 Zaguan.
57 Portal antiguo con la entrada principal del palacio, recientemente descubierta.
58 Edificios modernos.
59 Idem, ídem.
60 Foso que separaba el palacio del resto de la Alhambra.
61 Continuación de las murallas de la misma.
Patio de la Alberca.
Se nombró así en la mayor parte de los documentos oficiales, hasta fin del siglo pasado, en el que ha vuelto á llamarse de los Arrayanes, debido á las dos prolongadas mesas de esta planta que hay desde el tiempo de los árabes á uno y otro lado del estanque, entre los cuales descollaban algunos naranjos que fueron arrancados en 1548 y que se han vuelto á plantar en nuestros días.
Como el viajero hoy no encuentra hábil la antigua entrada, se introduce repentinamente en este hermoso patio ó Saha cuyo aspecto lo supone de pronto trasladado á los alcázares orientales.

Patio de la Alberca.
Con efecto, en ningun otro género de arquitectura se idearon patios semejantes, porque ni el de la gran Mezquita de Córdoba, ni los de Sevilla y Sicilia tan modificados y hoy casi perdidos, ofrecen la disposición de esta gran alberca coronada por decoraciones diferentes en extensión y ornatos. Es necesario trasladarse á los países donde existe la raza viva y dominante, para hallar algo que se le parezca; en cuyo caso los detalles variarán forzosamente, y de aquí el especial, raro y extraño golpe de vista que el espectador recibe al pisar sus espaciosas galerías.
Este patio se denominaba antiguamente el Mesuar, y según el texto de sus inscripciones, fué Mohamad V el que lo mandó construir, aquel Sultán Abu-Abdil-lah, que reconquistó á Algeciras y favoreció la vuelta de los Beni-Merines para que le ayudaran en las guerras contra los cristianos. En el año de 1520 se hallaba guarnecido en toda su base con vistoso mosáico, igual al que se conserva hoy en uno de sus costados. De los arrayanes salía el agua que se derramaba sobre el estanque por numerosos saltadores, según hemos podido ver en los restos de cañerías que en el año 1840 se descubrieron. Algunos naranjos tapizaban los planos sin adorno que hay en los largos costados. El pavimento era de mostagueras vidriadas azules y blancas, formando una labor semejante á la que se ve en los alhamíes de Abencerrajes, excepto bajo las galerías, donde se hallaron siempre grandes losas de mármol blanco de tamaños diferentes á manera de mantas extendidas, cuyas piedras se habían hecho traer, como todas las del palacio, de las canteras de la Sierra de Filabres[79].
La forma clásica de este patio debe llamar la atención del arqueólogo, porque en él halla detalles de la vida íntima del pueblo que lo construyó. ¡Cuánta variedad de puertas hay en él abiertas; ¡cuántas diversas decoraciones, unas más ostentosas, otras más sencillas, guarnecen los paramentos de sus fachadas! Todo habla muy elocuentemente de sus costumbres, del misterio y del lujo en que vivían. En el cuerpo de la construcción se abren numerosas puertas de diversos tamaños, que conducen á diferentes estancias, cuyo uso puede adivinarse sin entrar en ellas. Preciosos divanes, estrechas garitas, pórticos suntuosos, y esos dos elegantes claustros cuyos arcos realzados sobre prolongados arranques, muy próximos en la curvatura al arco romano, descansan en impostas de colgantes, que ciñen la escocia del capitel y se apoyan en esas singulares columnas, las más robustas y hermosas del alcázar. Puertas alicatadas semejantes á las que hemos restaurado en el centro de la primera galería, cerraban los claros de las cuatro más elevadas decoraciones que hay simétricas, mientras otras más pequeñas cubrían los humildes arcos que dan paso á los estrechos pasadizos; y se observa en los siete claros de ambas extremidades que el del centro está más aperaltado que los otros para dejar menos espacio á los tímpanos que tan primorosamente decoraban con arabescos traslúcidos en forma de rombos, enlazados con relieves de cintas, hojas rayadas, conchas y piñas informes, pero delicadas. De estas dos elegantes galerías, la del Sur está superpuesta de dos cuerpos de diversa altura, el primero con siete ventanas cerradas de celosías preciosamente combinadas, construídas cada una de más de 1.500 piececitas torneadas y cubitos rectángulos, que demuestran la ingeniosa paciencia de los obreros que á ellas se dedicaban; en la del centro hay un ajimez. El más elevado cuerpo aparece como un gran balcón ó galería descubierta (menacir) distribuída en los mismos claros de fachada, desde la cual se goza la más hermosa perspectiva de este patio. El arco que se ve en el centro del claustro comunicaba con las habitaciones altas que fueron destruídas, y en los años 1840 al 43 se colocó el antepecho de hierro que tan inoportunamente vino á cambiar su antiguo carácter, cuya obra se ha reemplazado por un tendido de celosías de madera, semejantes á los que se conservaban en las casas del Chapiz y otros barrios moriscos de Granada. El claro del centro, formado de cartelas, es una reminiscencia de la arquitectura indiana despojada de los animales alegóricos; se ha dudado si sería alguna restauración caprichosa, pero sus tallados de madera y letras karmáticas están hechos por mano musulmana; y además, por más extrañas que parezcan estas cartelas, tenemos ejemplares en Cairo, en Persia y en todo el Oriente. Son preciosas las dos hornacinas de las extremidades de esta galería, bastante desfiguradas hoy por falta de restauración.
El lado opuesto del patio no tiene más que el primer cuerpo, con un grande arco de entrada á la sala de la Barca y salón de Embajadores. Sus archivoltas son de proporciones tan armónicas, y sus columnas tan admirablemente torneadas, que no tienen la más ligera imperfección. Los capiteles de las dos del centro son los más bellos y mejor labrados que hemos visto y de la más moderna traza de almocarves; sus delicados adornos, pintados de azul y oro, la robustez del collarino, sin quitar nada á la esbeltez de la forma, y las suaves curvas de las basas, recuerdo de la línea gótica que se enrosca por el plinto cuadrado, hacen de estos pilares los más preciosos objetos de arqueología mahometana.
Los cuatro alhamíes que hay á las cabeceras de estos dos hermosos claustros, constituyen esos tranquilos lugares de reposo donde los árabes pasaban la mayor parte del tiempo sobre almadraques de camocán, forrados de aliceres de colores superpuestos y cosidos con hilo de oro, formando cada color un dibujo diferente. Á falta hoy de ellos, recreamos la vista en sus techos estalactíticos manchados todavía del brillante azul lápiz-lázuli, que se halla tan prodigado en este alcázar; en los restos de mosáicos muchas veces removidos; en la cornisa alminada donde falta el bazar en que colocaban los vasos de barro encarnado, las armas con empuñaduras esmaltadas y los candiles de bronce, y en los hermosos arcos de sus fachadas con dobles curvaturas escéntricas y estrías de media concha á manera de los agallones chinescos. Sobre ellos hay recuadros guarnecidos de repetidos blasones que ostentan la fatídica leyenda de «No hay más vencedor que Dios» y más alto todavía, entre los planos apilastrados, unas pequeñas ventanas, mexuares, de los aposentos encima construídos.
Hay dentro de estas mismas galerías, sobre una inscripción que citaremos luego, planos poco armónicos en la actualidad y que han dado ocasión á que supongan en ellos la existencia de pinturas semejantes á las que Makrisi cita de los monumentos antiguos de Bagdad y Cairo, como originarias de la Persia. Ibn Batuta refiere que en Granada habitaban muchas familias persas, y de aquí deduce que estos paramentos estarían pintados con escenas de sus guerras, fantasías de cuentos heróicos ó amorosas aventuras, á la manera que el kalifa Bi-Ahkam Yllah hizo pintar retratos de hombres célebres en su renombrado alcázar; y aunque según Ibn Jaldum los árabes de Andalucía habían tomado la costumbre de pintar figuras en las paredes, imitando á los cristianos, nosotros no hemos hallado en dichos paramentos ningún vestigio de ellas. Creemos, por el contrario, que aquí era sólo un medio de hacer más sencilla la ornamentación para que descansara la vista del espectador, fatigada del examen de tan finos detalles. El uso de las pinturas murales, atribuído á los fatimitas, ha podido usarse en otros parajes que citaremos luego; pero en este sitio sólo había una superficie estucada y brillante, de color marfil, sobre la cual ponían tapices con telas recortadas.
La puerta de arco de herradura, sin semejante en todo el palacio, indica por sí sola que fué siempre la antigua y única entrada á este patio de la Albehira, visto detenidamente su dentellado y sus enjutas, recuerdo positivo de los arabescos de Toledo; nada los asemeja en la Alhambra; hay que buscar el adorno en los mismos motivos de la mezquita de Córdoba. ¿Por qué, pues, este arco nos hace retroceder tres siglos, á lo menos, en la historia del arte? Tiene, sin embargo, una relación de continuidad, si entramos por él hasta llegar al patio de las dos puertas cuadradas y del gran testero que describiremos. ¿No parece que todos estos detalles pertenecieron á un período más remoto? Si no halláramos en el arco central de la inmediata galería que da paso al octuvan, llamado Sala de la Barca, otro arco de almocarves con enjutas rellenas de ese primitivo adorno de vástagos y piñas arrolladas en espirales, ornatos que pueden llamarse primitivos, diríamos que la puerta antes citada estaba ya hecha cuando se construyó este patio.
Se hallan diseminadas otras puertecillas simétricas que servían para comunicar con escaleras que fueron destruídas, ó con pasadizos interiores. Las que hay bajo las galerías tenían usos especiales para las guardias y servidumbre, cuyas gentes jamás se servían de las principales. Más de un escritor se ha metido á censurar estas irregularidades aparentes, desconociendo el objeto social del arte; pero el que se halle iniciado en la vida íntima del pueblo árabe, en sus costumbres y en su religión, deducirá de la forma y atavío de estas diversas decoraciones el destino de cada uno de los aposentos que guarda.
Cuatro importantes restauraciones ha sufrido este patio: una en 1535 y siguientes; otra en 1590; otra en 1691, y la última en 1860.
En la de 1535 se hizo la reforma de casi todo el alero de madera, la composición de las cubiertas, con cuyo dato y otros que citaremos, no titubeamos en admitir la existencia de las cubiertas vidriadas en todo el palacio. También se compusieron hacia la misma fecha los festoneados de tejas de colores que lo embellecían y las jairas del patio por un llamado Peñafiel, que tenía la fábrica en la Alhambra[80].
En los años siguientes[81] se levantó casi todo el alero de madera, albexares, porque dice el aparejador Vega que estaban podridas sus fardas y era preciso desmontar las armaduras de los almines, lo cual prueba que esas dos grandes líneas de los costados de este patio podían hallarse interrumpidas por kubbas ó cúpulas de diversas formas. Nosotros hemos hallado las tabias[82] antiguas interrumpidas, donde asientan los kanes del alero con obra moderna.

Testero del Patio del Estanque.
La restauración de 1590, por Miguel de Luna, se fijó principalmente en la galería de los tres cuerpos y en toda su yesería; se repuso toda la parte de azulejos por el maestro azulejero Antonio Tenorio[83], fabricante en la misma Alhambra, según el sello hallado en algunos tiestos del Secano, y se colocaron rejas de hierro rompiendo las inscripciones.
En la del año 1691 se taparon muchas puertas del patio; se hizo una armadura colosal y pesadísima sobre el claustro que arrima á la torre de Comareh, la cual estuvo colocada hasta el año 1857, cubriendo toda la sala de la Barca y cobijando las dos torres almenadas; también fué embaldosado con una multitud de piedras blancas, procedentes de inscripciones raspadas que habían servido á otros monumentos, las cuales eran en número de 147, y formaban grandes pedazos, cuyos letreros fué imposible descifrar[84].
En todo el siglo XVIII y principios del actual, ha perdido este patio la mayor parte de sus azulejos, la puerta de la sala de la Barca y sus comarraxias ó yeserías moriscas y fué, por último, convertido su estanque en lavadero público, y sus enclaustrados servían de taberna á las gentes que todavía el año 1833 subían desde la población, para jugar á los náipes, bajo sus bellísimos artesonados.
Los diversos períodos de las obras los hemos reconocido en el año 1850, desde cuya fecha y sin descanso, hemos restaurado toda la galería del lado Norte por la entrada á la torre de Comareh, en sus arabescos desprendidos, que eran muchos; hemos construído cubiertas, restablecido el sotabanco medio ruinoso, reparado las torres cuyos pavimentos quedan aun como testimonio de los antiguos, y arrancado la enorme y pesada techumbre ya citada, en cuyo paraje se restablecieron las almenas, según los fragmentos que se han hallado en los rellenos de las obras modernas. Su asiento indicado sobre la muralla de la pared vieja nos ha dado la evidencia de este ornato, por otra parte visto en los patios de la Mezquita de Córdoba. Hemos restaurado también los arcos de las puertas pequeñas, que se hallaban destruídos, las impostas, frisos, arranques, y sobre todo, la inscripción en doce versos sobre las almadrexas[85] de las dos galerías, habiendo repuesto los ocho que se perdieron y que hemos tomado del texto de Castillo[86], haciéndolos reproducir en ambos lados con los mismos caracteres africanos y signos diacríticos, con cuya restauración puede leerse hoy esta hermosa poesía, metro tawil, la más interesante del sitio; las otras que hay esparcidas entre los arabescos son salutaciones alkoránicas y alabanzas.
He aquí la traducción de aquélla:
«Bendito sea el que te concedió el mando de sus servidores y ensalzó por tí el Islam cumplida y benéficamente».
«¡Cuántas veces te acercaste por la mañana á las ciudades de los infieles y fuiste por la tarde árbitro de la vida de sus habitantes!»
«Les impusiste el yugo de los cautivos y amanecieron en tu puerta construyendo los alcázares, como servidores tuyos».
«Conquistaste á Algeciras por fuerza de armas, y abriste al socorro[87] una puerta que estaba cerrada».
«Y antes conquistaste veinte lugares é hiciste todas sus riquezas bienes de tus ejércitos».
«Si á escoger se diese al Islam lo que más desea, ciertamente no escojería, sino que vivieses y fueses salvo».
«Y verdaderamente resplandecen las flores de la grandeza en éste tu asiento donde la mano de la liberalidad se contenta».
«Y sus retratos aparecen cada vez más claros como perlas compuestas ó esmaltadas».
«Oh hijo de la excelsitud, de la fortaleza, de la generosidad, que aventajas en altura á las estrellas, en su apogeo».
«Te has elevado en el horizonte del imperio con la clemencia, para iluminar lo que estaba envuelto en las tinieblas de la tiranía».
«Has asegurado las débiles ramas del soplo de la brisa, y has impuesto pavor á las estrellas en el centro del cielo».
«Pues si la luz de las estrellas es trémula, solo es por miedo, y si las ramas del ban se inclinan, es para dirigirte acciones de gracias».
En la reparación de las almatrayas de sus paredes, hacia 1829, trastornaron algunas inscripciones de los cuadros de las puertas grandes, cortándolas por medio para colocarlas de nuevo, lo cual tenemos proyectado corregir con otros accesorios de la misma época.
La tradición, que cuando no se remonta á épocas muy lejanas, suele revelar mejor que ciertos documentos la realidad de los hechos que se buscan, en ninguna parte como en la Alhambra nos ha ayudado muchas veces á descubrir testimonios de acontecimientos, que despreciaron como patrañas los historiadores más notables.
Cuenta ésta, que la mayor parte de las escenas que desde Muley-Hacen aceleraron la destrucción del reino de Granada, ocurrieron en este patio y muy cerca de la puerta hoy restaurada que da paso á los subterráneos del palacio de Carlos V. Que el titulado monarca el Zagal se lamentaba, á la vista del estanque, sentado bajo la citada galería y rodeado de sus mujeres, de las desdichas que habían de sobrevenir á los muslimes y se refería en sus quejas, á poesías atribuídas á los últimos reyes, las cuales se recitaban en este mismo paraje[88] por una esclava nombrada Marian.
Sin duda la puerta citada daba paso á un edificio que ya no existe, pero cuyos vestigios lo atestiguan. El dorso del muro demuestra que había una construcción de tres cuerpos de alzada, sin semejante en ningún otro sitio del Alcázar, y en extensión á lo menos de 30 metros de largo por 15 de ancho en su parte media, y que contenía aposentos propios para las más escondidas habitaciones, en las cuales vivían los reyes con más comodidad durante el invierno que la que podía ofrecerles el resto del Alcázar. De aquí procede que aquellas tradiciones sostengan desde el fin del siglo XVI la existencia de dicho palacio de invierno, y que á las últimas escenas en la morada de Boabdil y de las referidas canciones se les haya asignado este sitio poético.
Por otro lado sabemos que un tal Juan de la Vega, el año 1524, contrató el derribo de la parte quemada del palacio, junto á la entrada, incendio atribuído á los soldados[89], y por consiguiente antes de la fecha en que se principió el palacio del emperador; lo cual prueba que existía esa parte de palacio destinada á invierno, según los relatos de los moriscos, quedando á salvo la responsabilidad grave que pesaba sobre los primeros artistas encargados de levantar la obra moderna, los cuales probaron en diversas ocasiones el aprecio que les merecía la Casa Real vieja, como llamaban al palacio árabe, conservándole su carácter, según consta de los contratos y condiciones de aquellas obras. Nosotros hemos visto además, reconociendo los cimientos del palacio del emperador, restos de un muro que hace línea con el foso de la Sala de Abencerrajes, el cual continúa hasta cerca de un pequeño aljibe antiguo colocado en el patio redondo. Desde dicho muro hacia la mencionada casa vieja, el terreno está cortado y lleno de escombros hasta llegar al nivel del Patio del Estanque.

Sala de Embajadores.
Sala de Embajadores y vestíbulo de la Barca.
Es la más espaciosa de la Alhambra, y la que ha sido más celebrada por sus tradiciones. Hay en ella cierta grandeza en la que parece como que los árabes se excedieron á sí mismos, dándole la magnitud de los edificios romanos y la elevación de los góticos. Quizá á todo rigor no haya en su conjunto más belleza que la que notamos en las de las Dos Hermanas y de Abencerrajes, no obstante poseer una esplendidez decorativa, un atrevimiento de construcción en el artesonado y una distribución de líneas tan bien ordenada, que difícilmente se encuentra en aquellas, donde si se quiere, la ornamentación es más fantástica y risueña.
Por un arco de colgantes formados de dos festones casi rectos que se cruzan en la clave, entramos en una pieza trasversal de forma elegante, cuyas dos extremidades terminan en mexuares facheados con hermosísimos arcos de atarjas y hornacinas, apeados sobre cartelas ó ménsulas que á su vez lo están en graciosas columnas apilastradas con filetes de jáiras. Este arco de ingreso parece más propio del género bizantino en el ornato de sus enjutas, compuesto de ramas de encina, y piñas dibujadas á la usanza griega como las de los adornos germánicos del siglo XI. Observando estas enjutas con cuidado, se hallará que no tienen semejanza con las del arco grande de los claustros del patio ni con otras de la Alhambra, á no ser con las de las puertas más antiguas del palacio, que son del mismo género. Las impostas, entre letreros cúficos y columnitas, ostentan mejor el estilo primitivo, y es difícil darse razón de la causa de este accidente. Bajo las citadas impostas ó arranques hay dos hanias ó pequeñas takas que los árabes colocaban siempre á la entrada de las habitaciones y también á uno y otro lado de los claros de ventanas y menazires; son de piedra de Macael bastante trasparente, y están guarnecidas de inscripciones que dicen haberse hecho esta obra en tiempo del fundador de la dinastía Abu Abdil-lah Mohamad, primer descendiente de los nazaritas; y como están talladas en la piedra, no es fácil que hayan sido cambiadas como al parecer se ha hecho con otras labradas en el estuco. He aquí la traducción:
«Soy como el asiento engalanado de una esposa dotada de belleza y de perfecciones».
«Mira este vaso, y conocerás la exacta verdad de mis palabras».
«Contempla con atención mi diadema: la encontrarás semejante á la aureola de la luna llena».
«Ebn Nasr es el sol de este orbe en esplendor y belleza».
«Perpétuo sea en su elevado puesto, seguro de la hora del ocaso».
En el nicho de la izquierda:
«Soy un glorioso monumento para la plegaria; su dirección es la de la felicidad».
«Te parecerá este vaso un hombre de pie, cumpliendo con la oración».
«Y que apenas la concluye se apresura á repetirla».
«Por mi señor Ebn Nasr ennobleció Dios sus servidores».
«Pues le hizo descendiente del señor de la tribu de Jazrech Saab Ebn Obada[90]».
Sobre este último verso debemos decir que la liberalidad es entre los árabes la obligación de dar agua; y que esta palabra, tan repetida en el Alcázar, tiene mucha relación con la abundancia de alacenas y nichos donde se colocaban los jarros para el agua de beber, ó las alcarrazas y almofias de latón para las abluciones. Esto destruye la creencia muy vulgarizada hoy, de que las mencionadas takas eran para colocar las babuchas ó chinelas.
En las poblaciones del África septentrional, se encuentran estos nichos dispuestos para contener jarros con agua, y algunas veces los dividen con bazares, en los cuales colocan los almofares y cimitarras, los libros de sus kasidas ó poemas, los amuletos y los candiles, pero nunca se hallan en ellos las chinelas ni babuchas. Lo mismo se observa en Egipto, en Argel, etcétera. Ha llegado á suponerse que como á la entrada de las habitaciones se dejan los árabes las babuchas en señal de respeto, aquí las dejaban en los nichos, cuyo error se desvanece fácilmente con decir que estas alacenas se hallan en otras habitaciones construídas en el interior lejos de las puertas, y en rincones no muy á propósito para este objeto.
Esta antesala ó vestíbulo se llamó siempre de la Barca[91], nombre que se cita en los legajos del archivo con motivo de las restauraciones, y que se atribuye á la forma del techo; pero que más bien podría llamarse de la Bendición, por la palabra beraca[92], corrompida posteriormente. Se citan dos alacenas á uno y otro lado de la puerta, las cuales subsisten, aunque su obra fué hecha después; y dice Echevarría que había en ellas letreros de extraordinaria alabanza, que publicó; pero que nosotros los hemos hallado en el patio contiguo sobre los azulejos, como su verdadero lugar. En el fondo del alhamí de la izquierda hay una puertecita antigua que comunicaba á un cuarto revestido de arabescos, que ya no existe, y donde hoy se halla una escalera del año 1602.
Otra puerta en el lado contrario de la mencionada, conduce á la reja del patio del mismo nombre. Todo este departamento se hallaba completamente aislado y servido por un alcaide especial que lo guardaba, como todavía era costumbre el año 1583, en el que se obligó á dicho funcionario á residir en estos aposentos y cerrarlos por la noche.
Las inscripciones de esta sala son repetidas, excepto una que guarnece los anchos paramentos, donde se cita el nombre de Abu-Abdil-lah, el fundador referido.
Todos sus arabescos fueron pintados y dorados con esmero á fines del siglo XVI, pero desgraciadamente ocultando los colores antiguos que no aparecen más que en algunos sitios. En los costados se elevan los elegantes arcos ya citados, y en

Espadas de los reyes granadinos.
sus enjutas nacen cuatro hornacinas que avanzan hasta encontrar las curvas de una elipse prolongada, que es la base de la bóveda compuesta de alicatados poligonales, formando estrellas y grandes figuras geométricas, semejantes á las de los almizates planos de la Sala de Comareh. También este techo ha sido repintado en la citada época con colores impropios del estilo, por más que hoy no aparezca de mal aspecto.
Además de las restauraciones de colorido, se hizo una muy importante en la pared donde está abierto el arco de entrada al salón de Embajadores. Todo el espacio desde la puertecita pequeña que hay en el lado derecho y por la cual se sube á las almenas de la torre, hasta ocho metros de línea y toda su altura, incluyendo el arco y el espesor cuadrado en un grueso de cerca de tres metros, fué construído el año 1686, y forrado de labores mal labradas que se notan muy bien, dejando sin adornos sus alfeizares. Fué el objeto de esta obra fortalecer la torre, y por consecuencia cubrir ó rellenar de sillares el corredor angosto, que semejante á los que hay á la entrada de las salas de las Dos Hermanas y Abencerrajes, servía de comunicación á los cuartos pequeños y escaleras de la torre, y por él se pasaba á las dos puertas que hay dentro de la sala, las cuales se ven cubiertas hoy de obra de sillería.
Tenemos proyectada la obra de reconstrucción del arco grande, lo cual completará el decorado del centro que hoy desarmoniza este conjunto.
Entrando á la gran torre de Comareh, nos detendremos á contemplar el intrados de ese riquísimo arco de pequeñas boveditas pintadas de hermoso azul y oro, representadas por menudos adornos de grecas, y delicados enlaces llenos de inscripciones perfectamente ejecutados. Otras dos hanias tiene más grandes que las anteriores, con arabescos en su interior y techitos de ébano y alerce embutidos. Sus labores son finas como pocas, y guarnece al arco una inscripción recuadrando que dice:
En el de la derecha:
«Loor á Dios único. Apartaré de Yusuf el daño de todo mal de ojo con cinco sentencias: Yo me refugio al Señor de la aurora: Gracias á Dios». Repitiéndose.
«Loor á Dios, aventajo á los más hermosos con mi adorno y mi diadema, y se me inclinan amorosamente los luceros desde el Zodiaco».
«El vaso[93] que hay en mí, parece un devoto que en el Kiblah[94] del santuario ruega á Dios enternecido».
«Seguras están contra las injurias del tiempo mis generosas acciones, que alivio al sediento y socorro al necesitado».
«Como si yo tuviera la liberalidad de mi señor Abul Hachach».
«No deje de brillar en mi cielo tan esplendente luna, tanto tiempo como continúe brillando entre las tinieblas de la noche».
Léase ahora lo que dice la leyenda de la izquierda entre otros motes ya repetidos:
«Los dedos de mi artífice labraron sutilmente mis dibujos después que se ordenaron las joyas de mi corona».
«Imito al trono de una esposa y aun le aventajo, pues yo aseguro la felicidad de los dos cónyuges».
«El que á mí se acerca aquejado de sed, hallará agua pura y fresca, dulce y sin mezcla alguna».
«Como si yo fuera el arco iris cuando aparece, y el sol mi Señor Abul Hachach».
«No deje su morada de ser guardada tanto tiempo como la casa de Dios sea lugar de peregrinación[95]».
Bien expresados están los primores de este arco en la anterior inscripción, y son, con efecto, dignos de la entusiasta alabanza que les tributa el poeta. No hay otro más delicadamente hecho y ornamentado en todo el Alcázar, aunque su forma no sea tan elegante como la del mirador de Lindaraxa. Aquí las proporciones son graciosas, la curvatura más esbelta y sencilla, su construcción más sólida; en el interior sorprende ese exquisito bordado á pincel sobre sus detalles y en tan diminuta escala. Las enjutas son elegantes por el hermoso lazo en espiral tallado en su centro, debiendo advertir la diferencia que se nota entre ellas y las que hay en el arco de colgantes á la entrada de la Sala de la Barca.
Existen tres balcones mikkeh en cada uno de los tres lados opuestos al de la entrada, los cuales, por causa del extraordinario espesor de los muros, forman nueve alhamíes ó cuartitos, cada uno con su techo particular de lacería y arriates, conservando ajimeces en las ventanas. El alhamí de la derecha fué habilitado en 1536 para dar paso á las nuevas y mezquinas construcciones que se arrimaron á la torre. La primera altura decorativa de este gran aposento ha sufrido fatales restauraciones en 1686; sobre ella se extienden dos anchos frisos de diversa traza con inscripciones cúficas y africanas, y en cada lado se abrían cinco ventanas con adornos calados y cristales, que han desaparecido; después grandes letras de carácter africano, y encima una ancha cornisa de mocarnos, desde donde arrancan los planos inclinados de un rico artesón en grandes facetas ó en polígonos trazados de alería, donde se ven grupos de estrellas á manera de constelaciones ordenadas. Contemplando bien los enormes planos de este salón, se echa de menos la forma atrevida y variada de las hornacinas, las cambiantes alturas de los arcos dobles, triples y excéntricos, que hay en otras estancias, y ese sistema de elevaciones angulosas que cambian desde el cuadrado al octógono, subdividiéndose así sucesivamente hasta las múltiples boveditas de los almocarves. Con efecto, esos dos anchos frisos casi de la misma altura, separados por cintas uniformes con grabadas katifas, imprimen monotonía á los paramentos, y parece á primera vista que el más bajo se ha hecho posteriormente en reemplazo de alguna decoración más antigua; así como el friso de los escudos, hermosa trazería sin rival en el palacio, es la propia de esta distribución, si estuviera inmediatamente asentada sobre los tímpanos, que parece faltan á los arcos de los alhamíes. Los zócalos son de jáiras y alijáiras, hermosa sofeisifa que aquí se ostenta más perfecta que en otros parajes, y el pavimento era de mármoles que existían en el año 1556[96].
Esta sala llamó particularmente la atención de los historiadores con preferencia á las demás, y dice de ella Pedraza: «La fundaron los de Comarex de donde toma su nombre, aposento real y nombrado según su manera de edificio, que después acrecentaron diez reyes sucesores suyos, cuyos retratos se ven en una sala, etc., etc.»; y después dice el mismo autor «que Comarex viene de la voz comarraxia, labor pérsica». Los de Comareh habitaban un lugar amurallado, plaza fuerte de este reino, cuyos restos se conservan todavía en el pueblo del mismo nombre, hoy de la provincia de Málaga.
Luis del Mármol se expresaba así: «Comares, del nombre de una hermosísima torre labrada ricamente por de dentro, de una labor costosa y muy preciada entre los persas y surianos llamada comarraxia. Allí tenía este Rey los aposentos de verano, y desde las ventanas de ella que responden al cierzo, y al Mediodía y Poniente, se descubren las casas de la Alcazaba, del Albaicín, etc., etc.»
Andrea Navagero se explica en 1526 con mayor alabanza sobre este aposento, el mejor, dice, de todo el palacio.
Sin salir nosotros del terreno del arte, único en que debe tratarse este asunto, ya hemos dicho nuestra opinión y añadiremos: que en ninguna sala hay tanto lujo de ornato, pues que hemos contado en ella 152 trazados distintos, cada uno más original que el otro, y muchos de ellos tan perfectos, que parecen de la última época de la dominación agarena.
Hay además preciosos y diminutos detalles sobre los relieves, hechos de azul y negro, tan finos que sorprenden por el inmenso costo que hoy ocasionaría repetirlos con la misma precisión y habilidad.
En 1588 restauraron esta sala Manuel del Pino y Luis Cerrillo, pintores ambos que contrataron hacer la imitación de sus colores y oros, en la misma manera y aspecto que se hallaban los antiguos, para no quitarles á éstos su encanto.
Después, por los años 1592, se hicieron obras en los muros y en la parte de fachada, y en 1609 se renovaron los arabescos de todos los apilastrados que hay entre los arcos de entrada á los balcones, pero con tan mala suerte, que todavía se notan bien las planchas de labor colocadas sin repasar ni atairar. Las vidrieras se pusieron en 1595 por la suma de sesenta ducados.
Más tarde, á fin del siglo XVIII, se abandonaron estas salas, se mutilaron inscripciones, colocando mitad al revés y mitad al derecho[97], y por último, hacia 1830 se pintaron groseramente, con motivo de la visita que hizo á esta ciudad el infante D. Francisco de Borbón.
En 1686 amenazaba á esta torre un hundimiento sobre el río Darro, y para evitarlo se construyó parte del cimiento, desde cuya obra desapareció la inscripción romana que estaba colocada al pie del revestimiento, la cual se trasladó á una casa de la Alhambra, hasta 1833, en que se perdió. Por último, en 1857 y siguientes fuímos encargados de reparar los arabescos hundidos de la mayor parte de los alhamíes, los frentes de los ajimeces y ventanas caladas que habían desaparecido, restableciendo los mismos arabescos antiguos y reproduciendo los que faltaban en igual forma, para evitar mayores ruínas. En los paramentos interiores de la sala aún queda mucho que restaurar de las obras modernas.
En 1776 cayó sobre su hermosa techumbre de alizares la bóveda que cubría esta algorfía, cerca de las almenas, y no le hizo más daño que haber doblado los maderos. En la escalera que sube á lo más alto se hallan las habitaciones del alcaide que tenía la llave de la torre, semejantes á las que se habitan hoy en las fortalezas del imperio de Marruecos.
Las inscripciones que no hemos apuntado son suras y alabanzas repetidas; pero vamos á fijarnos en otras más interesantes. El nombre del Sultán Abul Hachach está escrito entre los adornos del arco de entrada, y alrededor de los nichos se halla el de Yusuf; también en el alhamí del centro se encuentra escrito este nombre, y sólo en un paraje pequeño de la Kubba de la izquierda se ve el de Abu-Abdillah, lo cual prueba que se construyó en tiempo de Abul Hachach Yusuf I, hacia el año 1354, el Sultán que fué asesinado por un loco, hermano de Mohamad IV, en cuya época la obra pudo estar ya comenzada, según consta, por existir también aquél nombre en un solo lugar de este aposento.
Otra inscripción hay en la alcoba del centro, y en metro tawil, la cual por sí sola revela cuál era la consideración que esta gran sala tenía entre los árabes, y cómo se compara en ella la magnificencia de su elevada cúpula con las pequeñas y no menos bellas de sus alhamíes. Dice así:
«Te saludan de mi parte por tarde y mañana bocas de bendición, de prosperidad, de felicidad y de amistad».
«Esta es la cúpula excelsa y nosotras somos sus hijas; pero yo tengo más grandeza y gloria que todas las de mi linaje[98]».
«Soy como el corazón en medio de los miembros, porque en el corazón reside la fuerza del espíritu y del alma».
«Aunque mis compañeras sean signos del Zodiaco de su cielo, á mí sola pertenece, no á ellas, la gloria de poseer un sol».
«Me vistió mi señor el favorecido de Dios, Yusuf, con un traje de gloria y magnificencia cual no otro».
«É hizo de mí el trono de su imperio, sea su alteza mantenida por el Señor de la luz y del asiento y trono divino».
Por último, en esta Sala de Embajadores ó rasules, fué donde se celebró aquel gran consejo presidido por Abu Abdillah XI en presencia de todos los magnates del reino, wacires, ulemas, el gran mufty, los alcaides y alféreces, y formando los soldados y arqueros en las plazas y adarves, donde se acordó la entrega de la opulenta corte, y donde el altivo Muza[99], conociendo los tratos secretos de Boabdil con el monarca cristiano, le apostrofó, despidiéndose para trasladarse á tierra africana y no sufrir la humillación que le esperaba.
Es uno de los mejores episodios de la fantasía del sabio Almamún en los últimos días de Granada árabe.
El emperador Carlos V, visitando este palacio y asomado á la ventana del centro, á la vista del río y sus verjeles, exclamó: «Desgraciado del que tal perdió,» á cuyas palabras su cronista Guevara le contó la tradición del Suspiro del Moro que le había referido un morisco, á cuyo relato añadió el emperador: «Si yo hubiera sido él[100], antes eligiera esta Alhambra por sepulcro que vivir fuera della en el Alpujarra».
Aquí también ante el Serir-almalic[101], el año 708 de la egira, una turba de soldados y pueblo, amotinados por el poderoso alcaide de Guadix Ebn Aldix, mató al valido wacir de Mohamad III en presencia del acobardado monarca, el cual abdicó forzosamente en el príncipe Nasr, dando origen poco después á la guerra de sucesión y al estrecho cerco de esta ciudad puesto por Ismael I, legítimo rey de Granada.
Algunos historiadores han asegurado, por último, que el inmortal Colón visitó este delicioso aposento una de las veces que expuso á la Reina Isabel I el fundamento de sus proyectos. Suspendemos nuestro juicio sobre este dato, que no puede sustentarse existiendo la relación de sus dos viajes al campamento de Santa Fé.
No debemos omitir en este lugar la escena patética é inédita que nos refiere el continuador de la crónica de Hernando del Pulgar, secretario de los Reyes Católicos, al hablar de la torre de Comareh. Léese en el historiador: «El Rey Chiquito tenía consigo á su madre que se decía Seb, de nación cristiana, y fué cautiva cuando los moros robaron á Cieza, que es una villa del reino de Múrcia; y como al tiempo era chiquita, con halagos y otros medios tornóse mora y salió de buen gesto y mujer de bien, y el Rey Muley-Buasén casó con ella, porque entre los moros era esto tenido en mucho, que el Rey ú otro cualquier caballero pudiese casarse con una doncella que de cristiana tornase mora. De este casamiento nació el Rey Chiquito, y esta reina era de grande y valeroso ánimo, y contradecía con toda posibilidad que el Rey Chiquito, su hijo, no entregase el reino á los reyes Católicos, ni concertara con ellos, y que esperase la fortuna próspera y muriese rey, y por esto el Rey Chiquito se guardaba que su madre no supiese que él trataba con los Reyes Católicos de entregarles el reino. Que concluída ya la capitulación, como está dicho, lo supo la reina su madre, y disimuladamente se dice que lo tomó por la mano y se entró en la torre de Comareh, que es el lugar donde más se descubre la grandeza de Granada, y después de haberlo traído á la redonda por la torre y echados entre ambos de pechos y entre dos almenas dijo: «Mira qué entregas y acuérdate que todos tus antepasados murieron reyes de Granada y que el reino acaba en tí.»
Hasta aquí el Alcázar que pudiéramos llamar Serrallo, porque en esta parte se hallaban los aposentos visitados por los altos magnates de la corte.
Patio de los Leones.
Es una de las más hermosas construcciones y la más bella y elegante de la arquitectura musulmana. No hay ejemplar más fantástico y magnífico en todo lo que dentro y fuera de España edificó la caliente imaginación de la raza de Agar. Trasparentes arcadas; columnas que se han agrupado en más ó menos número para repartirse el peso de los esbeltos arcos y techumbres; siete fuentes que murmuran constantemente la soledad de la estancia; dos elevados anditos que se avanzan majestuosos para interrumpir la monotonía de los enclaustrados; cuatro cúpulas que resplandecen á los rayos del sol; once diferentes formas de arcos fastuosamente decorados; todo constituye un conjunto mágico y delicioso aun después de siete siglos de existencia.

Patio de los Leones.
El Patio de los Leones es la prenda más querida de la Alhambra; sin estanques, sin jardines, sin estatuas ni ornatos pedidos á la pintura ó á la escultura, se basta por su sola composición para producir una obra encantadora que deleita los sentidos y alienta pensamientos de grandeza y majestad. No podían ser bárbaros los que lo hicieron, ni menos inspirados en el arte de los romanos. Si se mira desde los extremos del eje más largo que pasa por el centro, presenta una variada combinación de arcos diferentes y simétricos, que se confunden por la distancia y producen la perspectiva más sublime; y si se contempla desde los costados ó ángulos, cada una de sus decoraciones ofrece la diversidad de múltiples detalles, armónicamente distribuídos, que no perjudican á la más correcta regularidad de la forma. Para quitar á los tejados el aspecto sombrío y simétrico de rectos colgadizos sobre arcadas tan ligeras, levantaban cúpulas y establecían en orden sus alminares, enlazados con la ornamentación de las galerías y techumbres de las salas inmediatas.
Partamos de su planta, como se ve en el plano, y por ella deduciremos perfectamente la regularidad y clásica sencillez de la composición. Un paralelógramo formado por dos cuadrados perfectos incluyendo el vestíbulo, constituye su plan. El ancho de sus claustros en los lados cortos y largos está relacionado por la medida de los tres lados del triángulo, en la proporción del cuadrado de la hipotenusa igual á la suma de los cuadrados de los catetos.
Los anditos ó kioskos vuelven á tener el ancho de la sala del vestíbulo, lo cual por sí solo ofrece gran sencillez en la distribución, erigida en sistema, según nos demuestran multitud de ejemplos. De aquí que las maderas puestas para encadenar los arcos y el anillo interior se puedan cruzar á manera de emparrillado y trasmitir las fuerzas á los muros de los cuartos inmediatos, formando con los del patio esta aislada construcción del Palacio del Harem, que incluye la Sala de Abencerrajes, la de las Dos Hermanas y la de Justicia, cuyos muros se ven en perfecta relación de continuidad.
En el momento de visitar este patio nos ha parecido hallarnos en la vida del Oriente, entre Bagdad y Damasco, entre Ispahan y Cairo; luego que se admira la obra se olvidan aquellas clásicas reminiscencias y sólo ve el espectador las mansiones del éxtasis eterno reservado en el paraíso á los hijos de Agar. ¿Dónde y cómo se inventó un monumento de trasparentes anditos colocados como celosías unos detrás de otros para hacer más impenetrable el secreto de los placeres que allí se habían de sentir? No es un lujo de vana fantasía lo que nos conmueve, sino la imperiosa necesidad de describir lo que no tiene semejante y lo que parece que nunca se sujetó á reglas que pudieran dictarse para los tiempos venideros. Ni las galerías de sus cuatro lados son iguales; ni los innumerables arcos son absolutamente uniformes; ni sus columnas se agrupan con aparente igualdad; ni sus puertas guardan semejanza; ni hay, en fin, esa constante repetición de alturas y de líneas que constituyen la belleza en otros órdenes de arquitectura. Aquí es donde se puede decir que en la diversidad reside la unidad, porque si se compara un arco á otro, un techo á otro, un grupo de capiteles á otro, tal vez en el acto no se encuentre la identidad; pero arrojados todos en ese laberinto de construcciones, cada uno se coloca simétricamente en su lugar y á cierta distancia se halla la armonía del número y del conjunto.
En lo que llevamos descrito del Alcázar, no se ha desarrollado todavía por completo ese mágico sistema de convertir en grutas estalactitias las techumbres de los aposentos. Sólo en algunos alhamíes, en las cornisas y arcos se han empezado á usar, pero en el Patio de los Leones hallamos los tres anchos claros de sus entradas, alintelados con otros tantos arcos ó festones ondulantes de mocarbes, cuyo atrevimiento de construcción no se podría concebir á no considerarlos adheridos á los fuertes botantes que hay en los esqueletos de sus azuares. Más adentro, parándose en el medio de esas dos cortas galerías, se ven dos arcos en forma de pabellón á dentellones y en los fondos, los esféricos realzados en contraste con los primeros. Los ligadores de tirantes se descubren en los techos para evitar la monotonía de los grandes paflones, y vestidos de ricas ataraceas de madera se pierden en los muros y apilastrados como los pescantes de los puentes de hierro, distribuyendo los techos de bellos almizates que nos hacen suponer si el exterior debería acusar con cúpulas planas ó convexas los huecos interiores, recordando los cupulinos del patio de la gran mezquita de Auríc; y sin embargo, en sus galerías estrechas no hay señales de esas cúpulas á la bizantina, supuesto que están interrumpidas las líneas por los menacires del segundo cuerpo y las bóvedas de los dos templetes.
Las innumerables columnas de mármol de Macael, que blancas en su origen han tomado ese color dulce que les imprime el tiempo, están ligadas por sus capiteles sueltos ó agrupados, según las exigencias de una construcción atrevida, cuya forma cuadrada y plana, en relación con los pilares que cargan sobre ellos, no es ni persa, ni asiria, ni griega, ni romana, filiación que se pierde en los diferentes períodos de transición que ha pasado este arte.
Para venir á este hermoso aposento[102], hemos atravesado un pasadizo angosto que desde pocos años existe abierto, y el cual no ofrece grandeza de ninguna clase. Esta comunicación no era directa en la antigüedad como es hoy; se hallaba interrumpida por todos lados, porque desde ella todo este tercer edificio con su correspondiente alcaidía, como ya hemos anunciado, constituía el harem, al cual se pasaba únicamente por la puerta que hay á una de las extremidades de la sala larga que sirve de vestíbulo al patio, y donde se hallan sus tres grandes arcos de entrada.
Este patio se principió á construir en 1377 bajo la dirección de un artífice árabe que trabajaba por primera vez en las reales obras de la Alhambra: Aben Cencid[103] era su nombre y nosotros creemos que el género de ornato que aplicó, diferente al del patio ya descrito, fué hecho también por el artífice para las casas del Chapí y la llamada de los Oidores, por ser aquél reproducido en los mismos modelos de este patio. Hasta el año 1552[104] no se hizo aquí la primera obra importante de conservación, y entonces se quitaron á los templetes ó anditos las bóvedas exteriores de azulejos, con el objeto, según el informe de un maestro de obras, de evitar las filtraciones que había y prevenir la destrucción de las bóvedas interiores[105]. Entonces se compuso la yesería; se repusieron techos podridos y se levantó toda la parte antigua del alero.
En 1595 se formó expediente para hacer obras y cubrir muchas cúpulas que estaban abandonadas; se repararon las tejas blancas y verdes que existían todavía; se restauró un pavimento antiguo que estaba compuesto de ladrillos cortados y azulejos, por dentro y fuera de las galerías, (mostagueras), y se compusieron los mocarbes de yesería que se habían hundido[106]. En 1591 ocurrió el incendio de un polvorín en el inmediato barrio de San Pedro, cuya detonación ocasionó muchos hundimientos en la Alhambra[107], especialmente en la sala de entrada á este patio y en la inmediata de Abencerrajes. Es de dicha época la construcción de un alero de madera pobre y mezquino, el cual hemos principiado á restaurar en los cuatro lados, copiando los restos hallados en el mismo paraje del antiguo y rico que se destruyó.
En 1640 se reconoció por D. Antonio Guerrero el estado ruinoso del patio y se hallaron desplomadas ya las columnas de los enclaustrados y de los templetes. Por entonces estaban arrancados los mosáicos de todo el basamento del patio, que dicen eran muy semejantes á los de la alberca.
Siguiendo este género de investigaciones sobre tan hermoso departamento, retrocederemos al año 1553, en el cual se hicieron ladrillos vidriados para las galerías por un tal Peñafiel, bajo la dirección de Francisco de las Madezas, y datan de esta fecha la mayor parte de las armaduras que han dado el aspecto de pobreza á los tejados que estamos restaurando.
En los dos miradores sobre las puertas de las dos salas de Abencerrajes y Dos Hermanas, había menudas celosías cubriendo los tres arcos del mikkah ó balcón, donde se asomaban las mujeres del harem, que habitaban pequeños cuartos distribuídos detrás de esa galería alta de ventanitas redondas y enfiladas que hemos hecho abrir recientemente. Desde el centro se ven las diferentes kubbas ó cúpulas de las dos citadas salas de la Ráuda, de la Justicia y las de los templetes, de las cuales sólo una se ostenta hoy como pudieran estar en los tiempos antiguos, porque el otro templete la perdió con motivo de las filtraciones, y para salvar la bóveda interior considerada siempre de mayor importancia.
Con efecto, en ninguna parte de este palacio hay techos más bellos ni más difíciles de hacer que los que se contemplan dentro de estos pabellones. Son unos acicafes trazados sobre una superficie curva que no es completamente esférica, y que por lo mismo ofrece inmensas dificultades de distribución geométrica, que todas están salvadas de una manera admirable. En esta clase de trabajos no ha habido quien mejore á aquellos artífices. Dichas bóvedas así talladas y combinadas de miles de pedazos, descansan sobre las pechinas que llenan los espacios triangulares, hasta coger las cuatro azuares ó paredes caladas, cuyos arcos forman los elegantes kioskos.
La fuente del centro no se levantaba como hoy sobre apoyos descansando en el lomo de los leones, sino que sentaba inmediatamente sobre ellos; pues consta que en 1708 un tal Diego del Arco hizo la segunda taza y los referidos apoyos, y que más tarde, en 1838, se hizo la pequeña pirámide en que termina; siendo de todo punto evidente que esa taza de mármol grande, llena de agua, y ceñida de una hermosa inscripción, servía para las abluciones que tienen obligación de hacerse los mahometanos cuatro veces al día.
Al contemplar esos doce leones que la inscripción ensalza como obras de una expresión admirable, se notan las inspiraciones que el pueblo árabe había recibido en las ruínas de Tesifon, Persépolis, Bostan y en la antigua Persia. Así es que ni un paso adelantó en sus esculturas, antes bien, son más amaneradas todavía que las de los bajo-relieves de Murgal, donde se ven mónstruos y figuras humanas en actitud expresiva, con pelos erizados, que á manera de escamas cubren sus cuerpos. Estos, como aquellos mónstruos, tienen cierta rigidez en sus miembros, para darles más forma arquitectural, según el uso á que se destinaban. Los pliegues de la piel de sus vetustas cabezas semejan líneas simétricas que caen á uno y otro lado de las fauces, cuyos dientes son como los de los toros de Rustam, y sus melenas tan duras y tiesas como la de las cabezas de los monolitos de Táuris.
Cuando empezamos la restauración de este edificio hallamos el complemento de muchos de sus detalles, que pasaron desconocidos á los que antes se habían ocupado del arte musulmán. No era fácil, sin duda, fijar la forma de las cúpulas de los templetes, y el tamaño y adornos de todo el alero, si no hubiéramos hallado bajo las mezquinas restauraciones del siglo XVII los restos antiguos, sus dimensiones, su asiento, y cuanto puede necesitarse para devolverles la primitiva forma.
No tuvo jardines ó alizares este patio como se supone, excepto desde los años 1808 hasta 1846, en el que se hicieron arrancar por haber perjudicado á los cimientos; y en tiempo de los árabes estaba todo él embaldosado de mármol á grandes chapas[108] y mostagueras azules y blancas en las galerías.
Debemos llamar la atención hacia la sala que hay antes de entrar en este sitio, donde hemos levantado una corteza de yeso, bajo la cual habían ocultado nuestros antepasados los arabescos de su decoración. Un techo de la época de Felipe V, ha coronado la estancia en vez del de colgantes que tenía, de los cuales conservamos algunos trozos para reponer los antiguos[109].
Dijo el historiador Lafuente, que Alhamar el de Arjona fué el que mandó construir este patio; pero las inscripciones que por todas partes tiene labradas, comprueban que fué Abu Abdil-lah Alganí bil-lah, el conocido por Mahomad V, que nació el 4 de Enero de 1338, y á cuyo sultán se atribuyen las más importantes obras llevadas á cabo en el reino de Granada. Ese mismo continuó las emprendidas por su padre, pero en época de tal florecimiento, que se nota bien la diferencia del gusto entre el Mexuar y este Patio.
Dícese que en este sitio, uno de los más predilectos de la corte mora, fué donde se hizo la jura del hijo de Mohamad, Abu Abdallah Jusef, en su casamiento con la hermosa y celebrada Zahira, y se dieron comidas á la usanza castellana, con presencia de embajadores cristianos de Castilla y Francia.
No hay en las inscripciones de este departamento bastante interés para anotarlas aquí, pues excepto las relativas al monarca citado, todas son salutaciones conocidas, elogios al sultán y suras del libro sagrado. Pero es de extraordinario mérito literario la que hay esculpida en el borde de la pila de la fuente, la cual debemos reproducir para conocer el lujo de hiperbólicas bellezas que ostentaba el monumento, y cita que se hace en ellas de un jardín que existiría en los espacios que rodeaban al edificio.
Hela aquí:
«Bendito sea el que concedió al iman Mohamad mansiones deleitosas, que son por su belleza la gala de las mansiones».
«Sino, este es el jardín; en él hay obras tan peregrinas, que no ha permitido Dios haya otra hermosura que pueda comparársele».
«Y estas figuradas perlas de trasparente claridad que engalanan los bordes con una orla de aljófar».
«Líquida plata que corre entre las joyas y que no tiene semejante en belleza por su blancura y trasparencia».
«Confúndense á la vista el agua y el mármol, y no sabemos cuál de los dos es el que se desliza».
«¿No veis cómo el agua corre por los lados y sin embargo se oculta después en la tierra?».
«A semejanza de un amante cuyos párpados están henchidos de lágrimas, y que las oculta por miedo de un delator».
«¿Y que es en verdad sino una nube que derrama sobre los leones sus corrientes?»
«Asemeja la mano del kalifa cuando aparece por la mañana derramando sus dones sobre los leones de la guerra».
«¡Oh, tú que miras estos leones que acechan! El respeto (al kalifa) les impide manifestar su enemistad».
«¡Oh, heredero de los Ansares, y no por línea trasversal, herencia de grandeza con la cual despreciarás á los más encumbrados!»
«La paz de Dios sea contigo eternamente; multiplíquense tus placeres y aflijas á tus enemigos».
Seguiremos por los cuartos más principales del palacio en el orden que traemos, remitiendo al lector al plano de todo él, para que allí vea los nombres é importancia de los pequeños y ruinosos pasadizos, que no describimos minuciosamente.
Sala de los Abencerrajes[110].
Se entra á ella por una hermosa puerta de lacería primorosamente labrada[111] y el nombre que se da á esta algórfia desde el siglo XV, se funda en varias tradiciones más ó menos probables. Dícese que los Abencerrajes constituían una tribu influyente por su valor, que poseía palacios en la Alhambra y al pie de Sierra Nevada[112], la cual favorecería la causa del último rey, perseguido por su padre Abul Hacen. Este monarca se había enamorado de la Zoraya[113], y ocasionado la separación de su legítima mujer la sultana Aixa. La favorita instigaba al rey para que dejase degollar á los hijos de aquélla, hasta el punto, que la sultana temió por la vida de éstos y los salvó descolgándolos con las tocas de sus esclavas por la torre de Comareh, y huyendo con ellos á Guadix, se puso al amparo de los Abencerrajes. El pueblo maldijo á Hacen, y trajo de Guadix al hijo para colocarlo en el trono.
La versión de Pérez de Hita expone, que en la corte de Abu Abdil-lah existían enemistades entre Zegríes y Abencerrajes. Un torneo habido en la plaza de Bibarrambla dió á los primeros la victoria. Estas dos familias se aborrecían, y un Zegrí acusó públicamente á los Abencerrajes de estar en tratos con los cristianos enemigos, y á Hamet de tener amores secretos con la reina. Enterado el rey, citó con engaños en una sala de la Alhambra á los Abencerrajes, y los hizo degollar á todos. La reina iba á ser quemada en una hoguera, y el día de la ejecución, dícese, que aparecieron cuatro caballeros campeones de la calumniada, que demostraron su inocencia en singular combate.

Sala de los Abencerrajes.
Desde que se conoce la historia escrita por D. Hernando de Baeza perdieron aquellas versiones su misterio. Según ésta, la Zoraya fué traída muy joven á la Alhambra desde las cercanías de Cabra, donde había sido cautiva. Creció en el Alcázar, y siendo hermosa, Muley Hacen la distinguió hasta provocar los celos de la sultana Aixa; ésta temió por la vida de sus hijos, y sacándolos del palacio por un ajimez de la torre de Comareh, descolgándolos con las tocas blancas de las odaliscas, huyó á Albaicín, donde estuvo ocho días hasta que partió para Guadix, dícese, ayudada por los Abencerrajes. Hay detalles preciosos de aquella tradición que el lector hallará en tan notable libro. Únicamente recordaremos que la Zoraya vivió con el monarca, dominando el harem y engalanada con las ricas joyas de la madre de Boabdil.
En tiempo del mismo Hernando de Baeza[114] se llamaba á este cuarto Sala de la Sangre, y pocos años después de la reconquista contaban los moriscos que los Abencerrajes, en número de 17, cuando iban por un pasadizo oscuro que hay hoy tapiado, una esclava que estaba asomada á la ventanita sobre la puerta del otro lado, les avisó que se volvieran y no penetrasen adelante en el sitio donde iban á ser degollados. Todavía se cree que están manchados los mármoles con la sangre de las víctimas[115].
Es esta Saha una de las más elegantes del palacio, alzándose en tres cuerpos perfectamente proporcionados é iluminándose por diez y seis ventanas caladas en los arranques de la hermosa bóveda de figura de estrella, las cuales derraman una luz dulce y tranquila. Las alcobas que espaciosas se abren á sus dos costados por medio de cuatro hermosos arcos llenos de adornos azules y escarlatas, parece como que esperan los dos lujosos divanes que han desaparecido, donde las mujeres pasaban horas eternas de amorosa contemplación. Una fuente, que incansable bullía hasta perder sus aguas en el patio inmediato; el rico brocado en brillante relieve de su comarraxia; los caprichosos pebeteros[116] y sus bazares en elegantes hánias, todo lo que falta en ella y lo que con tanto encanto se mira hoy, daría á esta estancia un especial colorido de seductora tristeza.
Las restauraciones del siglo XVI la dotaron de pintados del Renacimiento en los techos de las alcobas y de algunos relieves en el primer cuerpo, que se atribuyen al célebre Alonso Berruguete, sin dato alguno. Los azulejos árabes desaparecieron á fin del siglo pasado, y á principios del presente se volvió á restablecer este ornato con los que se compraron del convento de la Cartuja, los cuales pertenecen al tiempo del emperador Carlos V.
Se ha dicho que, á consecuencia de hundimientos causados por el incendio del polvorín, esta sala fué reconstruída casi totalmente en el siglo XVII, y esto no parece cierto porque sus muros son antiguos, sus labores moriscas en las nueve décimas partes, y los arcos, que siempre son los primeros detalles que padecen, se hallan perfectamente libres de restauración[117].
Debemos citar con particular encomio el ornato de las enjutas de la puerta de entrada como el más hermoso del estilo árabe, las archivoltas de los grandes y pareados que hay en el interior para entrar en sus alhamíes y los delicados axarques hechos con azul en los abacos y collarinos de los capiteles.
La forma de la cúpula es una estrella de ocho puntas, en cuyos ángulos externos hay hornacinas que llenan los ocho triángulos encajados por medio de otras cuatro más grandes en el cuadrado de la planta de la sala. Por este medio se nota mirando hacia arriba que disposición tan puramente geométrica ha servido para labrarla, y cómo hasta el más menudo triángulo prismático de sus bóvedas está en perfecta consonancia con las dimensiones totales, cuyo misterio de composición, hallado al repetir tan complicadas trazerías, no se reveló á ninguno de los artistas que publicaron antes los dibujos de la Alhambra.
El pasadizo que se cruza al penetrar en esta sala conduce por la derecha á un corredor oscuro que terminaba en el vestíbulo del patio, por donde pudieron entrar los Abencerrajes; aquí hay una escalera y un aljibe bastante grande, que debió servir para el surtido de las aguas del Alcázar, y encima un patio ruinoso con claustro y salitas, semejante en su planta á otros muchos que se ven en Granada. No ha penetrado ninguna restauración en este sitio, y por consiguiente, fuertes capas de cal y yeso cubren la mayor parte de sus labores y letreros; tres arcos dan entrada á otra salita, también horriblemente embadurnada, desde la cual se pasaba por una puerta convertida hoy en ventana á otras habitaciones que fueron destruídas para hacer el Palacio del emperador, todo lo cual se ve bien claro por la continuidad que en este lado ofrecen los muros. Desde este pequeñito palacio, que bien puede así llamarse, pasamos á uno de los miradores del Patio de los Leones y á las galerías que eran habitaciones de mujeres; y todos estos cuartos con el patio adjunto inducen á creer que aquí existía otra puerta de los alcázares para comunicarse quizá con la Gran Mezquita.
La Ráuda.
Nombre que significa verjel y cementerio de magnates, cuyo edificio ocupaba antes un vasto jardín, extendiéndose por el Patio de los Naranjos hasta la torre del Mihráb. En este espacio había algunos edificios aislados, cuyos cimientos hemos visto con motivo de la obra que se hizo en el patio, y que eran de época anterior al tiempo de Mohamad V.
Al contemplar los ruinosos edificios que llevan el nombre de Ráuda, choca el género de su arquitectura y la disposición de compartimentos apenas relacionados con la Sala de los Abencerrajes; y causa más sorpresa encontrar sus techumbres cambiando las formas exteriores y produciendo tal confusión, que no se distingue la obra antigua, ni la que puede atribuirse al siglo XVI, ni cuál es el destino de esta torre que, á manera de las tumbas de los kalifas en Cairo, se alza aquí á respetable altura. Su planta cuadrada, en cuyos lados hay cuatro hermosos arcos de herradura de bellísimas proporciones; sus dilatados paramentos con pintadas labores de ladrillos ó almadrabas; su cúpula en forma de concha agallonada á semejanza de la Kiblah de Córdoba y pintada de las mismas sofeisifas, con algunos adornitos rojos en las enjutas; la alta mikkah por donde recibía la luz, y el aislamiento de este alminar sin muros adyacentes que lo subordinen á otras obras, nos obliga á suponerle edificio tan antiguo al menos como las Isnas de la alcazaba Alhamrra.
Contábase por los moriscos de principios del siglo XVII que en el Beitalmenan ó sala se hallaron varias sepulturas de reyes moros, cuyos nombres estaban en las inscripciones de unas lápidas que existían en la Casa Real Vieja[118]; y que en una pila larga y angosta que hay en un cuarto inmediato se lavaban los cuerpos muertos de dichos reyes antes de envolverlos en los cambux con que los ceñían para meterlos en las sepulturas.
La Ráuda fué, pues, el panteón de los primeros sultanes de Granada antes que se construyera el Patio de los Leones, y los sepulcros estarían colocados encima del piso, de modo que fueron desbaratados por los conquistadores á poco tiempo de su llegada.
Sala de Justicia.
Para describirla vamos á reproducir parte de lo que ya hemos dicho y publicado con motivo de las pinturas, en la Revista de España.
Dice Hurtado de Mendoza que Bulhaxix halló la alquimia, y que gracias al oro que hicieron por su medio pudieron embellecer los palacios, cercar la ciudad con triple muralla y edificar la Alhambra con sus muros de oro y pedrerías. No es menester fabricar el oro ni hallar las perlas y las amatistas en estos muros para creer que el efecto que debían producir cuando se construyeron daba lugar á todo género de fantasías. Vestigios de colores y oro hay por todas partes, y en la Sala de Justicia lo conservan más ó menos todos los ornatos. Es una hermosa nave de tres cúpulas principales más elevadas y cinco más pequeñas, franqueada por tres elegantes puertas que comunican con el Patio de los Leones. Otros tres arcos más esbeltos y clásicos se levantan en los testeros principales de los tres departamentos cuadrados y dan luz á tres Kubbas ó alhamíes coronadas de techos embocinados donde, sobre fondo de tafilete, se hallan pintadas las singulares obras de color y dibujo que no han podido borrar cinco siglos de olvido y abandono. La decoración mocárabe de estos divanes nos recuerda algo de la catedral de Córdoba en sus arcos apuntados y estrechos en los arranques. Fué sin duda un tributo pagado por los alarifes de la Alhambra á los de aquella gran mezquita. Los techos estalactíticos[119] fantasean las grutas de filtraciones calcáreas en las estancias de estos pabellones, con sus cúpulas sembradas de claraboyas, y sus anchos frisos ostentan los escudos alhamares entre los cristianos motes de los reyes que conquistaron tan afamadas obras.

Sala de Justicia.
Desde 1496 estas notables tarbeas que levantan airosas sus esbeltos cupulinos, se denominaban ya Sala del Tribunal, del Consejo y de los Retratos, en las crónicas de Mendoza y de Pulgar, aceptadas por Argote de Molina y Lozano. Pero autores modernos, fijándose en la costumbre de los reyes mahometanos y de nuestros monarcas desde D. Pedro hasta los Reyes Católicos, han establecido con suficientes datos el hecho de que nunca la sala donde se administraba justicia se hallaba en el fondo del harem, sino en las puertas de los castillos y casas de reyes; y por consiguiente, el nombre dado á esta sala no podía tener por fundamento ese destino, á no ser que bajo los nazaritas sirviera de diván donde se reunían los magnates y catibes á decretar los asuntos de Estado. Tampoco debía llamarse de los Retratos de los Reyes, porque ni se ven allí pintados todos los que se sucedieron en Granada antes del año 1400, ni los colores de sus trajes, ni aleñas de sus barbas coinciden con los distintivos que en sus blasones adoptaron, ni con los trajes negros con franjas rojas, que usaron los primeros sultanes, ni los bermejos con franjas negras que por regla general son usados por las dinastías reinantes de los Abbasidas.
Difícil nos será alejar la creencia de que dichas pinturas no podían haber sido hechas por artistas mahometanos, fundada en el texto de la Sura, que prohibe á los descendientes de Agar imitar las formas naturales y representarlas sobre mármoles y estucos; pero no lo es tanto si se atiende á que los que labraron esculturas de hombres y animales, y fundieron bronces como los que hemos visto[120], no podían haberse impuesto el veto de no pintar lo que de mil maneras esculpían. De allí la suposición de que algunos cautivos cristianos debieron ser los autores de las tres obras, únicos que en aquella época ejercían la profesión y pudieron interpretar el estilo gótico y romanesco de los edificios que hay en ellas diseñados.
En el siglo XII se pintaban en Italia los torneos al estilo oriental entre figuras grotescas de animales, para cubrir los muros de los palacios; pero notándose en ellas cierta corrección de dibujo y deseo de imitar lo natural de las actitudes y movimientos, que como arte son obras superiores á las de la Alhambra, aun siendo aquéllas más antiguas. En los libros de miniaturas del rey Módus, siglo XIII, hay unas cacerías que también tienen este mismo carácter, con pájaros y jabalíes, en las que los árboles, los caballos, los escuderos, están dispuestos como en las pinturas de la bóveda de la derecha: difieren los arreos, pero los jinetes van vestidos según éstos, de cota ceñida y capuchón á la usanza de Gastón Febo en sus cacerías de jabalíes, donde se ven estos mismos caballeros que parecen de madera, y que en verdad tienen más expresión; lo mismo que los del manuscrito Lancelot en la escena de los caballeros de la mesa redonda, del siglo XIV. Y las pinturas hechas por cristianos con motivo del viaje de Carlos IV de Francia, que son de la misma época ¿no ofrecen una diferencia notable en el modo de plegar los paños, en los cabellos y en las manos, de la tiesura y rigidez de miembros que se nota en las figuras de estas bóvedas, donde no se ve más que la silueta negra que forma el dibujo y los diversos colores que llenan los espacios?
Sobre las figuras de la bóveda del centro[121], ¿qué hay en ellas que nos indique si son retratos de los reyes que se habían sucedido en Granada por aquel tiempo? Ningún distintivo tienen: ni en el turbante por la riqueza de pedrería en forma de escarapelas, ni en los anillos de oro ciñendo la frente, ni en los cinturones guarnecidos de colores y dorados, ni en las ajorcas á la mitad de los brazos, ni en las empuñaduras de las espadas se indica que los personajes debieran distinguirse como fué uso y costumbre entre los sultanes de la Arabia y de la Persia; por el contrario, en el Oriente los árabes en Consejo se han colocado siempre en el orden que están aquí; mientras que á los reyes rara vez se retrataban por respeto á sus personas. En cambio estaba admitido el pintar retratos de poetas, adivinos, recitadores, charlatanes y otros tipos que abundaban en las cortes de los kalifas, los cuales tenían siempre divertidos á los reyes con sus gracias, como se cuenta de los kalifas Ben-Ahkam, Illah, Moavia, Abdul-Melic, y de los que les sucedieron, lejanos ascendientes de los reyes de Granada.

Pinturas de la Sala de Justicia.
En el siglo XIV, en cuya época debieron hacerse estas pinturas, el arte se había perfeccionado más en Italia que lo que aquí se demuestra. Adriano de Edesia pintó en Milán sobre las paredes que doraban ó cubrían de azul, figuras alegóricas de los tiempos paganos, en las cuales había desaparecido ya ese perfilado negro con que están dibujadas las de los más antiguos tiempos, como lo indican las iglesias de la Cava, de Casuaria y Subiaco, para imitar exclusivamente los mosáicos de los bizantinos, donde campeaban los colores vivos, dispuestos en forma de escaques, de fajas ó rosetones, cuya disposición fué todavía más extraña que la de las pinturas de la Alhambra; y en el siglo X y siguientes se pintaban en algunos claustros de los conventos, cacerías centauros y arabescos profanos, según decía el Santo de Claraval, que declamaba contra esta costumbre, la misma que se observó en los monasterios góticos de España; todo lo cual nos induce á creer que podía haber en el territorio dominado por los árabes pintores que conservaran esta tradición.
Existiendo, pues, la pintura como arte decorativo antes de Cimabúe, y habiendo éste aprendido de los griegos, como bien claro se ve, sus antecesores del siglo XIII fueron enteramente reproductores de tipos y escenas orientales, aunque las aplicaran á los monasterios; pero de entre ellas, las de la Alhambra derivaban propiamente de este origen, hechas por árabes ó bizantinos, que viajaban entonces en las principales ciudades de Europa, y que en Granada existían, sin duda, como buenos musulmanes; los cuales á principios del siglo XV no pintaban tan bien como los italianos de los tiempos de Giotto y de Stéfani, en cuyas obras se revela un arte que tiende al Renacimiento; mientras que en éstas, hechas anteriormente, se expresa un sistema de pintar hierático con arreglo al trazado de Teófilo; y más cuando ya se sabía el modo de disolver los colores con linaza, cuyo medio no se revela en ninguno de estos ejemplares. Las pinturas que aquí vemos no están hechas por estos procedimientos, sino que son de cola ó huevo, barnizadas después con linaza como las que se usan todavía en las iglesias rusas; por consiguiente, en el tiempo de Tomás Guido y de Pablo Uccello, en que se buscaron las reglas de la perspectiva y de los escorzos, hácia 1415, que es la mayor antigüedad que se puede dar á esos pergaminos, la pintura había adelantado ya en Italia y en Francia para que se atribuyan á cristianos estas obras, que no pueden compararse más que á las de los tiempos de Masaccio, en los cuales principió á formarse el reino de Granada y en cuya época el Patio de los Leones no había sido siquiera imaginado.
Los pintores españoles que cita Cean Bermúdez, y cuyas obras pueden verse todavía, no ofrecen tampoco semejanza con éstas; además del estilo, que es distinto en su mayor parte, los adornos y las pinturas de la vieja época que existen en Toledo, en Córdoba, etc., son del año 1418 y muy conocidas, como las de Juan Alfón en la capilla de los Reyes Viejos de aquella catedral, de estilo religioso y procedimiento muy diferente; y las de Rizzi, Borgoña y del estofador Diego Copín, tampoco ofrecen semejanza, antes por el contrario, parecen y son obras de otro espíritu que tenía su tradición conforme á principios de cultura más moral y mística, y menos dominado por las influencias orientalescas que perturbaban las ideas de los convertidos españoles, en aquellos tiempos de dominaciones sucesivas.
Almonacid, un moro convertido del año 1460, estofaba y pintaba el retablo gótico de la catedral de Toledo en compañía de aragoneses y lemosinos, mezclándose de este modo el arte de los pintores de origen enteramente morisco con el de las escuelas que procedían de Francia y que ya se conocían en Galicia, León y Cataluña; notándose que no eran poco diestros en el pintar los mahometanos que en Córdoba trabajaron algunas capillas mudéjares.
En la restauración que hemos hecho el año 1871 con el objeto de asegurarlas y evitar que se cayeran á pedazos, por consecuencia de las filtraciones de las lluvias, hemos visto que están hechas de madera de la clase que vulgarmente se llama de peralejo[122], en tablas de siete centímetros de grueso, sin cortar en cerchas ni casquetes regulares, sino labradas á trozos de diversos tamaños para ir formando el elipsoide, cuya

Detalles de las pinturas de la Sala de Justicia.
disposición y materiales están indicando que fueron hechas en Granada precisamente; y los clavos que unen las tablas son de los que hacían los árabes para todo este edificio, bañados de estaño para que la oxidación del hierro no perjudicase á las pinturas[123]. Sobre la superficie cóncava de las tablas, bien alisada, está tendido el cuero que debieron mojar para amoldarlo, pegado con un engrudo grueso de cola, y clavado en todas direcciones con los clavitos de cabeza cuadrada en forma de muleta. Sobre el referido cuero hay extendida una capa de yeso mate y cola del espesor de dos milímetros, la cual ha sido bruñida y pintada de rojo á manera de bol, para dibujar encima con un punzón los objetos pintados; teniendo antes en cuenta que en los fondos que iban á ser dorados en bajo relieve, la capa de yeso es más espesa, para producir los adornos con moldes y una ligera presión. Y hemos notado en algunos rasgos de los punzones sobre el yeso duro, huellas de otros trazos sin orden, entre los que había formas de letras árabes puestas allí como señales del artífice que se ocupó en trazarlas; nueva indicación en favor de la procedencia morisca que se está discutiendo.