EL SUPERHOMBRE (continued 6)
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La verdad es, por más que sea muy triste verdad, que las más nobles virtudes y las más acendradas excelencias morales, no llegan a dar clara muestra de sí ni se manifiestan bien ni resplandecen, si los vicios, los pecados y las maldades no dan ocasión o causa para ello. La virtud, digámoslo así, sería como un capullo que jamás llegaría a ser flor perfecta abriendo el cáliz, desplegando los pétalos y embalsamando el aire con su aroma, si el vicio, sin querer, y por contradicción, no interviniese en el asunto. ¿Hubiera habido mártires si no hubiera habido desalmados y feroces tiranos que los pusiesen en la alternativa de renegar de su Dios y de adorar los ídolos o de ser devorados por las fieras, desollados o quemados vivos o sometidos a otros exquisitos y muy crueles tormentos? Sin bárbaras e incultas naciones que someter y domar, sin despotismos que derribar, sin injusticias que castigar y sin perdidas libertades que volver a adquirir, la valentía y el denuedo militar, ¿de qué suerte podrían manifestarse?
Deduzco yo de aquí que toda la picardía de la señorita Eulalia y su doblez y sus embustes eran indispensables, para que el pundonor, la honradez, el candor y la inocencia de Ignacio apareciesen de realce, como punto luminoso y lleno de hermosura sobre el fondo obscuro del cuadro.
El empeño que tiene la Duquesa en seducir a Ignacio y los medios elegantes y alambicados de que se vale para conseguirlo, me parecen tan bien traídos como lindamente descritos, y no deben asustar a las personas más pudorosas. Su representación y narración por circunstanciadas que sean y a pesar de toda la verdad y viveza con que se pinten, no deben ser tenidas por inmorales. Las historias sagradas y profanas están llenas de casos parecidos. Sin la mujer de Putifar jamás hubiera resplandecido con luz propia, ni hubiera logrado gloria imperecedera la castidad de José, hijo de Jacob. Si la princesa o reina Briolanja no hubiese hecho tantas locuras y dado tan desaforados ataques al corazón de Amadís, ¿cómo hubiera probado éste su fidelidad admirable a la señora Oriana ni cómo se hubiera hecho digno de llevar a cabo la aventura de la Insula firme, siendo espejo, norte y guía de leales amadores?
La gente anda por ahí alborotada, censurando de muy viciosa y de sobrado verde, permítaseme lo familiar del vocablo, la escena en que la Duquesa trata de seducir a Ignacio. ¿Pero cómo censurar tal cosa, cuando el Año Cristiano contiene no pocas escenas bastante más crudas? San Vicente Ferrer, pongamos por caso, fue acometido dos veces por lindísimas señoras de él enamoradas, las cuales se llevaron chasco y se quedaron tocando tabletas, a pesar de los esfuerzos que hicieron, y entregadas a los mismísimos demonios, sus colaboradores y guías en esfuerzos tan desenfrenados y lascivos. Y cuenta que las tales señoras prendadas de San Vicente, se desataron mil veces más contra el santo que contra Ignacio se desató la Duquesa. Baste recordar que una vez cuando San Vicente volvió a su celda, se encontró metida en su cama a la linda dama que le pretendía.
Con no menos depravación fue perseguido San José de Calasanz fundador de las Escuelas Pías, con la circunstancia agravante del premeditado y pertinaz abuso de confianza que hubo en la perseguidora, hija de confesión del venerable siervo de Dios que acudía a consultarle sobre los fingidos y más sutiles escrúpulos de su conciencia.
Y Santo Tomás de Aquino, el Angel de la Escuela, tuvo que pelear contra el profano amor no menos bravas y espantosas batallas.
Cierto día se vio tan acosado por una hermosa mujer que le ceñía entre sus brazos, que tuvo que rechazarla a empujones y luego a fin de ahuyentarla la persiguió con un tizón encendido. Por último, y en premio de tan señalada victoria, bajaron del cielo dos ángeles y ciñeron al santo el milagroso cíngulo de la virginal pureza, con el cual, aunque le dolió muchísimo cuando se le ciñeron, quedó, digámoslo así asegurado de incendios para en adelante.
Con todo lo expuesto me parece que dejo demostrado que la escena de seducción entre la Duquesa e Ignacio, lejos de ser pecaminosa es ejemplar y edificante. Y dejo demostrado también que no se sigue de que haya hoy duquesas tan seductoras que haya mayor corrupción en una clase de la sociedad que otras, ni en la época presente que en las pasadas. La misma corrupción aparece ya en tiempo de los Faraones y se repite en Fedra, en Briolanja y en las empecatadas mujeres de las que consiguieron triunfar los tres gloriosísimos santos que hemos citado. No implica mayor corrupción, ni necesitamos atribuir al autor de la novela mayor pesimismo, para que quede justificada la venganza que toma la Duquesa haciendo saber a Ignacio su deshonra. Casi todas las mujeres de los tiempos antiguos cuando se ven despreciadas se vengan más ferozmente.
¿Por qué introdujo venenos Naturaleza si había Para dar muerte desprecios?
¡Qué atrocidades y qué horrendos crímenes no comete la heroína de La devoción de la Cruz, cuando el católico dramaturgo nos la representa irritada por un desprecio no real, sino imaginado! Julia impulsada por su pasión se decide a cometer y comete tales crímenes que
Darán espantos al mundo, Admiración a los tiempos, Horror al mismo pecado Y terror al mismo infierno.
La venganza, pues, que toma la Duquesa haciéndole ver a Ignacio su deshonra, es una niñería, es una bagatela si la comparamos con otras mil venganzas, nacidas de agravios por el estilo.
Cuanto sucede después hasta que termina la novela me parece todavía menos meditado, y escrito más depriesa que el resto. Y es lástima, porque tal vez las mejores escenas se hallan al fin de la obra. El cinismo de Eulalia que confiesa con orgullo su falta moviendo a Ignacio a castigarla brutalmente en un acceso de ira, da lugar a una escena bien trazada aunque de rudo naturalismo, el cual resalta más por la cuestión de ambiente, por la elegantísima mise en scène en que ocurre.
Por último, de cuantas soluciones pudo usted dar a este enredo me parece la que usted da la menos natural y verosímil. Si Ignacio no se vuelve loco, ¿considera usted tan fácil que su mujer le haga pasar por tal y que le encierre en un manicomio? Pero supongamos el mencionado encierro muy factible. ¿No llega Ignacio al último límite de la extravagancia y no nos hace recelar que está loco de veras cuando toma la determinación de quedarse para siempre entre los locos y de pasar allí su vida sin querer probar que está cuerdo? Francamente yo recelo que Ignacio estaba completamente loco ¿pero porqué nos lo oculta usted y no más lo declara, justificando al bueno del médico y no comparándole malamente con Pilatos, ya que Pilatos se limitó a lavarse las manos y el médico se ensució las manos y la conciencia con una horrible mentira?
Mucho sentiré que crea usted, y más aún que crea la gente, si llega a publicarse esta carta, que el tono festivo en que está redactada redunda en perjuicio y descrédito de la primera obra de usted que ha visto la luz pública en un volumen. No me perdonaría yo, y calificaría de pésimo gusto, el propósito de responder con burlas a quien candorosamente me pide consejos. Yo los doy sin la menor burla, aunque severos a veces. Y toda burla además sería inmotivada. En absoluto, está lejos de merecerla Cuestión de ambiente y muchísimo menos la merece aún si se tiene en cuenta la mocedad de su autor. Aunque sean odiosas las comparaciones, me atrevo a sostener que pocos o ninguno de los novelistas, que florecen hoy en toda Europa con tanta abundancia, escribieron o pudieron escribir mejor novela que la de usted en la temprana edad que usted tiene.
Si algo de irónico y de regocijado contiene este escrito no va contra usted si bien se mira. Va contra la mala crítica y contra la peor interpretación que se da por algunas personas a los hechos fingidos que usted refiere.
La alta sociedad, compuesta de sujetos mejor educados que el vulgo, y más favorecidos de la fortuna, no es, ni puede ser, ni usted quiere que sea, más corrompida y viciosa que la plebe ignorante y baja. Afirmación tal sería en el fondo antiprogresista y antidemocrática y en su última consecuencia nos llevaría como a Rousseau a identificar la virtud y el salvajismo.
Bueno es tener presente, por último, que en la virtud hay mucho de silencioso, de modesto y de retraído, mientras que el vicio bulle, escandaliza y alborota por donde quiera. En contraposición de la alegre Duquesa que usted pinta, hay de seguro no pocas otras que encerradas en sus casas y sin dar nada que decir, son dechado de nobilísimas prendas que emplean en obras de caridad y misericordia.
Si algo censuro yo en usted, no para que se retraiga de escribir, sino para que siga escribiendo y se corrija, es el pesimismo tétrico, que más que por sentirlo adopta usted por moda: pesimismo, que en nuestro siglo de menos fe que los siglos pasados, tiene la desesperación por término y no aquel fin divino, ultramundano y dichoso que ponían en sus dramas, poemas, leyendas y demás escritos, autores como Calderón a quien ya hemos citado. ¿Qué importa que el mundo sea, no solo valle de lágrimas, sino tenebrosa caverna de infamias y de maldades, si así resplandece más, venciéndolo, dominándolo y hasta perdonándolo todo,
El madero soberano, Iris de paz que Dios puso Entre las iras del cielo Y los delitos del mundo?
Me atrevo, pues, a aconsejar a usted, ya que es tan mozo y ya que no tiene motivo para quejarse de su malaventura, que no se meta todavía a predicador, ni se muestre tan adusto y desengañado, y que en otras novelas nos cuente lances y sucesos menos lastimosos y más agradables y dulces, vertiendo en su sátira, cuando a la sátira se incline, no hiel, sino sal y pimienta, que no la hagan amarga, sino picante y sabrosa.
De todos modos insisto en aconsejar a usted que no se arredre y que siga escribiendo. Aunque no presumo de profeta, harto fácil es pronosticar y pronostico, en vista de la espontaneidad con que usted escribe, que todas sus futuras novelas serán leídas con gusto y podrán servir y servirán de inocente pasatiempo, ya que no contengan igualmente, lo cual también puede esperarse, lecciones morales y todo género de sana doctrina.
FIN
ÍNDICE
El Superhombre1
Las inducciones del Sr. D. pompeyo Gener37
La irresponsabilidad de los poetas71
La purificación de la poesía83
Don Cristóbal de Moura, primer Marqués de Castel-Rodrigo93
El espectáculo mas nacional115
«El extraño»137
Sobre la novela de nuestros días149
Del progreso en el arte de la palabra159
El filósofo autodidacto197
Sobre la duración del habla castellana con motivo de algunas frases del Sr. Cuervo209
Nueva edición de «La Celestina»223
Biblioteca de filosofía y sociología237
El regionalismo literario en Andalucía.249
La goletera, por Arturo Reyes275
Las novelas ejemplares de Cervantes por F. A. de Icaza281
El buen paño..., novela por J. F. Muñoz Pabon, presbítero285
Lully Arjona, novela por D. Alfonso Danvila289
Mariquita León, novela original de José Nogales y Nogales297
Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox303
El último patriota, novela por José Nogales y Nogales309
Isaac, por Javier Lasso de la Vega321
Discurso pronunciado por doña Emilia Pardo Bazán en los Juegos florales de Orense, en la noche del 7 de Junio de 1901 331
Novelas recientes345
Sobre la Cuestión de ambiente383