EL SUPERHOMBRE (continued 4)
Reading edition
Nunca un libro, por original que sea, deja de tener antecedentes. Considerado como tal está el Pamphilus, que es uno a modo de drama, en exámetros y pentámetros latinos, remedando el estilo de Ovidio. Este drama viene inserto como apéndice en la edición del señor Krapf. Se ignora el nombre de su autor y la época en que se compuso, si bien puede creerse que no es anterior al siglo xii y que su autor hubo de vivir en algún monasterio del centro de Europa.
En germen están en el Pamphilus el pensamiento y el asunto de La Celestina. Ya en el arcipreste de Hita hay no pocos trozos del Pamphilus imitados y traducidos. Pero con razón afirma el Sr. Menéndez que esto no menoscaba la poderosa originalidad del arcipreste ni mucho menos la de Fernando de Rojas. El Pamphilus, más que obra de un poeta, parece el frío y trabajoso estudio de un filólogo, cuyos personajes carecen de vida y de individual consistencia.
La tragicomedia Celestina, en cambio, es y ha sido admirada siempre por la animación vigorosa y la variedad de los caracteres de cuantos personajes toman parte en la acción. Hay, por último, en la Celestina cierto misterioso encanto que se apodera del alma de quien la lee, embelesándola y moviéndola a la admiración más involuntaria.
No admiramos porque nos prescriban los críticos que admiremos, sino porque la admiración nace en nosotros espontánea e inmediatamente de la lectura. De aquí, para mí al menos, un muy curioso problema de crítica harto difícil de resolver; una contradicción, real o aparente que tal vez nadie acierte a explicar, bien sin pecar de sutil y de alambicado.
La historia que en los sucesivos diálogos se va desenvolviendo basta llegar al desenlace, mirada dentro de la completa realidad de la vida que vivimos, ya en nuestro siglo, ya a mi ver, en cualquiera otro, tiene casos tan inverosímiles, que rayan en lo absurdo. Calixto, mancebo gentil, rico y noble, penetra buscando un azor, en los jardines de la egregia y hermosa doncella Melibea; prendado de ella, la requiere de amores, y ofendida la dama en su recato y en su orgullo, áspera y crudamente le despide. Melibea y Calixto son ambos de igual condición elevada, así por el nacimiento, como por los bienes de fortuna. Entre las familias de ambos no se sabe que haya enemistad, como la hubo, pongamos por caso, entre las familias de Julieta y de Romeo. Ni diferencia de clase, ni de religión, ni de patria los divide. ¿Por qué, pues, no buscó Calixto a una persona honrada que intercediese por él y venciese el desvío de Melibea, y por qué no la pidió luego a sus padres y se casó con ella en paz y en gracia de Dios? Buscar Calixto para tercera de sus amores a una empecatada bruja zurcidora de voluntades y maestra de mujeres de mal vivir, tiene algo de monstruoso que ni en el siglo xv ni en ningún siglo se comprende, no siendo Calixto vicioso y perverso y sintiéndose muy tierna y poéticamente enamorado.
Todo se comprende, sin embargo, si consideramos la tragicomedia Celestina como la primera creación de una nueva era literaria en la que caben ciertos inspirados atrevimientos: una escena ideal, exenta de condiciones y requisitos y vacía de todo estorbo y no para que en ella aparezcan vagos y confusos los personajes, sino al contrario, para que más distintos y determinados se vean, como figuras que están en alta cumbre y se destacan y se dibujan en el azul sereno del firmamento sin nubes. Las flechas de amor que sucesivamente hieren y arrebatan los corazones de los dos amantes, no rompen medio que debilite el ímpetu inicial de su carrera, ni hay atracción de la tierra ni del cielo que las pare o las solicite. Fernando de Rojas hace abstracción de todo, menos del amor, a fin de que el amor se manifieste con toda su fuerza y resplandezca en toda su gloria. Y no es el amor de las almas, ni tampoco el amor de los sentidos, cautivo de la material hermosura, sino tan apretada e íntima combinación de ambos amores, que no hay análisis que separe sus elementos, apareciendo tan complicado amor con la irreductible sencillez del oro más acendrado y puro.
Ni lo que llamamos ahora conveniencias sociales, tan existentes en el siglo xv como en el día, ni lo que prescriben las costumbres y las leyes, ni moral ni religión se toman aquí en cuenta. Muy licenciosa hubo de ser aquella edad en que todos los sueños caballerescos de la Edad Media, las disquisiciones de la corte de amor y las apasionadas ternuras de los héroes de la Tabla Redonda, de Lanzarote y Ginebra, de Tristán e Iseo, se mezclaban con el ansia de vida y de goces y con la adoración anhelante de la hermosura plástica que el resucitado gentilismo había despertado y movido. Todo ello hervía sin duda en las almas, como el mosto en la cuba durante la fermentación tumultuosa.
En resolución, Calixto y Melibea se adoran y no es hipérbole ni figura retórica, sino adoración efectiva. Fuera de su amor no ven nada ni queda nada. Ni reconocen el pecado ni hay lugar para el arrepentimiento o para la enmienda. El destino, en medio del deleite y de la gloria de ellos, los lleva a trágica muerte, pero en esta misma muerte trágica hay poco de tétrico y de sombrío, sino que hay algo de triunfo. Allí se ve el más alto extremo de lo que el Sr. Menéndez y Pelayo en otro reciente escrito suyo, sobre la Propaladia de Torres Naharro, llama la triunfante alegría del renacimiento español.
Muerto Calixto, Melibea se arroja desde lo alto de una torre y también se mata, pero la bienaventuranza alcanzada y gozada por ambos amantes, en sus mutuos y ardientes abrazos, es como luz de gloria que los envuelve y que presta a lo trágico, acaso contra la intención reflexiva del autor, carácter de apoteosis. Así resulta vano en mi sentir, el propósito que tuvo Fernando de Rojas o que supuso que tuvo, de adoctrinar a los jóvenes enamorados para que no se fiasen de sirvientes inmorales y lisonjeros y de mediadoras perversas como Celestina.
El candor chistoso con que los escritores de aquella edad, eclesiásticos con frecuencia, buscan motivo o pretexto para justificar sus composiciones sobrado galantes, pasma hoy al lector y despierta en su espíritu la duda de si ellos se engañarían en efecto al suponer tal propósito o si le alegarían como burlando. Notable ejemplo da de esto el beneficiado Fernán Suárez, natural de Sevilla y traductor del Coloquio de las damas de Pedro Aretino, libro reimpreso pocos días ha en Madrid por el señor B. Rodríguez Serra. Sostiene con toda seriedad el beneficiado y traductor que lo hace para moralizar el mundo, el cual andaba tan pervertido en su época como en aquella edad remota en que Dios envió el diluvio universal para castigarle. Pero la divina justicia, según lo entiende el beneficiado, no gusta de repetir, sino de variar y de inventar nuevos castigos cuando hay pecados nuevos. Y así, en vez de diluvio, había enviado en su tiempo una enfermedad contagiosa que hacía grandes estragos y sobre la cual escribió Fracastoro un elegante poema latino dedicado al cardenal Bembo. Como quiera que ello sea, yo no acierto, ni creo que nadie acierte a explicar que haya muy provechosos avisos para los mancebos y triaca contra la ponzoña de la sensualidad en los muy desvergonzados lances que el Coloquio de las damas refiere. ¿Hablaría de chanza o hablaría de veras el beneficiado al sostener que su libro morigeraría mejor a los jóvenes regocijados que la Vía de espíritu o la Subida del Monte Sión, libros que ellos desecharían sin leer en cuanto del título se enterasen?
Fernando de Rojas tuvo, o imagina también que tuvo, el propósito de adoctrinar la juventud y de apartarla del vicio. Si resultó lo contrario, bien pudo decir Fernando de Rojas lo que dice el beneficiado: «que si la juventud tomase de aquí ocasión para pecar, eso no es culpa de esta obra, sino de nuestra mala condición, la cual, como estómago muy corrompido, la medicina que se le da para su salud la convierte en malos humores.»
Dejando nosotros a un lado la moralidad, a fin de que no salga mal parada de esta cuestión en vez de salir victoriosa, y prescindiendo también del desafuero inverosímil que sirve de fundamento a los amores de Melibea y de Calixto, bien podemos afirmar que en todos los pormenores de la tragicomedia hay tan pasmoso realismo y tan bien observada y expresada pintura de caracteres y de afectos que, no ya los críticos españoles a quienes pudo cegar la vanidad patriótica, sino los más eminentes críticos de otros países, como Gervinus en su Historia de la poesía alemana, ponderan el influjo de La Celestina en la novela y en el drama de la edad moderna, y entienden que hasta la aparición de Shakespeare no hubo en la tierra más profundo observador ni más hábil pintor del alma humana que el bachiller Fernando de Rojas. Sus personajes todos, Celestina, Sempronio y Parmeno, Elicia, Areusa y el admirable rufián fanfarrón Centurio, están pintados de mano maestra y hacen y dicen lo que deben. Si todos citan demasiado a los clásicos, largan a cada paso sentencias filosofales y pedantean con inocente refinamiento, es tan propio defecto de aquella época que más que defecto parece gracia y primor y presta al libro indeleble color temporal.
Ni carece Fernando de Rojas de muy oportunas delicadezas, inspiradas o reflexivas. La pasión de Melibea y de Calixto no puede ser más vehemente. El deleite que de la posesión nace en ambos no puede ser más subido. Y con todo eso, la dicha de ambos, de la que el lector se penetra, se envuelve en discretísimo y limpio velo, sin que el autor descubriéndola la profane. Los pormenores eróticos los guarda el autor y los emplea para las escenas, citas y encuentros de los secundarios y plebeyos amantes; de Parmeno y Areusa, por ejemplo.
Prolijo sería hacer resaltar aquí las principales bellezas de La Celestina. Mi artículo se extendería mucho más allá de las dimensiones que en este periódico se le conceden. Aun terminando aquí, tal vez se me acuse de haberme extendido demasiado. Válgame para disculpa la popularidad que en el siglo más glorioso para España tuvo la tragicomedia tan lindamente reimpresa ahora: popularidad en la que entró por más el valor estético que lo licencioso del asunto. Bastantes novelas en diálogos, imitando la de Fernando de Rojas, se escribieron después: algunas notabilísimas por la elegancia y gracia del lenguaje, por el ingenio y por el chiste, y dejando muy atrás a La Celestina en sus desenfadadas verduras. La Comedia Serafina, reimpresa también pocos años ha por los señores marqués de la Fuensanta del Valle y D. José Sancho Rayón, da testimonio de ello. Y sin embargo, así la Comedia Serafina, como la Comedia Selvagia y cuantas en el mismo género se compusieron, quedan muy por bajo de la joya literaria, cuyo alto precio he juzgado conveniente recordar hoy con ocasión de exhibirla de nuevo el Sr. D. Eugenio Krapf en forma tan correcta y lujosa.
BIBLIOTECA DE FILOSOFÍA Y SOCIOLOGÍA
Con el título que arriba se expresa, el señor D. B. Rodríguez Serra ha empezado a publicar una colección de libros de filosofía, y de esto que con vocablo feo e híbrido llaman ahora sociología. Sólo van publicados tres tomos, pero yo, que si bien poco entendido en asuntos filosóficos, gusto de ellos muchísimo, no he querido retardar mi bienvenida a la mencionada biblioteca, deseándole el mejor éxito posible con nuestro público de España.
De la historia de esta ciencia primera, así como de la historia de toda cultura, se han escrito no pocos libros en tierra extranjera y en estos últimos tiempos. Los franceses, ingleses y alemanes, con razón o sin ella, se han repartido los más brillantes papeles, y atribuyéndose casi toda la fecundidad filosófica, nuestra pobre nación ha resultado estéril o casi estéril, durante los cuatro últimos siglos, por culpa acaso de la Inquisición, de nuestra feroz intolerancia o de nuestra ineptitud para cosas tan sublimes.
Llenos nosotros de humilde abatimiento, hemos aceptado por lo pronto la sentencia sin protestar ni apelar. La opinión de que no nos da el naipe para filósofos ha prevalecido entre la generalidad de nuestra gente letrada.
Por fortuna la reacción ha sobrevenido, y con tal fuerza en algunos espíritus, que puede hacer recelar a un crítico imparcial y frío que es mayor que el fundamento en que se sostiene.
Los más hábiles y fervorosos defensores de la filosofía española han sido, a mi ver, don Gumersindo Laverde Ruiz, D. Nicomedes Martín Mateos, D. Francisco de Paula Canalejas, el padre Ceferino González y recientemente D. Marcelino Menéndez y Pelayo.
Con todo, y a pesar de las lecciones que este último está dando en el Ateneo, y a pesar de cuanto ha escrito ya en sus obras sobre las ideas estéticas y sobre los heterodoxos, todavía entiendo yo que la cuestión no está bien dilucidada. Nuestros más notables filósofos, desde el Renacimiento hasta el día, han escrito en latín, y no es poco lo que han escrito, por todo lo cual ni se han hecho extractos fieles y luminosos de lo que escribieron, ni se han emitido sobre ello imparciales y bien considerados juicios, ni los profanos, en cuyo número me cuento, hemos llegado a enterarnos con claridad y exactitud de sus sistemas y doctrinas. Sabemos que hemos tenido, y nos jactamos de tener entre nuestros filósofos a Luis Vives, a Valles, a Francisco Victoria, al doctor eximio Suárez, a Melchor Cano, a Domingo de Soto, a Foxo Morcillo, a Gómez Pereira y a muchos otros, pero la mayoría de la gente, apenas iniciada, sabe poco más que sus nombres. Con todo, basta saberlos y basta saber que bien o mal tan ilustres varones se han empleado en el estudio de la filosofía para presumir razonablemente que no se ha perdido entre nosotros la afición a este estudio, y que por consiguiente, los libros de la Biblioteca del Sr. Serra llegarán a venderse y a leerse, como muy de veras lo deseamos.
Otra opinión vulgar, que anda hoy muy valida contradice la posibilidad de que nuestro deseo se realice. Creen no pocas personas que la filosofía se va achicando y consumiendo conquistada y desmembrada por las ciencias positivas y exactas, que han ido poco a poco invadiendo sus dominios, anexionándoselos y repartiéndoselos como pan bendito o no bendito. Pero esto es una vanidad infundada de los sabios empíricos y de la muchedumbre que los admira y los sigue. Lo razonable es creer lo contrario: que mientras más se extiende el saber experimental, más crece y se magnifica en el espíritu el concepto de la filosofía y de la extensión inexplorada de su imperio.
Figurémonos que la filosofía, augusta y soberana emperatriz de las ciencias, mora en espléndido alcázar, cuyas salas y estrados son magníficos y cuyas elegantes cúpulas y empinadas torres se diría que llegan al cielo y se bañan en luz más pura y radiente que la de este sol que de ordinario nos alumbra. Pues bien, el alcázar, que así nos figuramos tiene vastísimos subterráneos, o sótanos por donde los sabios experimentales van andando y escrudiñándolo todo. Allí están las caballerizas, las pocilgas y los tinados, no pocos almacenes para trastos viejos, habitaciones capaces para la servidumbre, cocinas, fregaderos, bodegas, despensas y otras oficinas por el estilo. Por algunas rendijas y claraboyas tal vez se percibe y columbra algo de la magnitud y hermosura del alcázar; pero los sabios experimentales no hallan modo de penetrar en él, si bien mientras más andan, notan y averiguan en aquella parte baja, más crece el concepto de la soberbia amplitud y de la extensión maravillosa de lo inexplorado e inasequible que sobre ellos se levanta. Así comprendo yo qué es la filosofía con respecto a la ciencia que de la observación y del experimento procede.
Quizás nadie consiga nunca subir real y efectivamente a la parte superior del alcázar, pero por virtud de la fe, de la imaginación o de algo a modo de entusiasmo amoroso, quizás nos elevemos en espíritu con las alas que nos preste la religión, la metafísica o la poesía, y veamos o nos forjemos la ilusión de que vemos algunas de aquellas maravillas. De todos modos, los medios sutilísimos de que nos valemos para conseguirlo, y el ingenio, la tenacidad y los alambicados recursos a que acude y de que se vale nuestra mente en tan difícil empresa, tiene tal encanto y tan poderoso atractivo que nos deleitan y enamoran aunque en vez de triunfo obtengan sólo desengaños.
En este sentido y por las razones expuestas, los libros de filosofía no pasarán de moda, y en todas partes, incluso en España, agradarán e interesarán ahora y siempre. Auguramos, pues, buen éxito a la biblioteca del Sr. Rodríguez Serra. Van ya publicados en ella escritos de Schopenhauer y de Baltasar Gracián, y se anuncian como en prensa, varios de Nietzsche, Ibn Geribol, Emerson, Leopardi, Vives, Stiner y otros, tan opuestos en sus ideas que de lo menos que podemos acusar al editor es de parcialidad, antes bien aparece dotado de un sincretismo que nos inspira simpatía.
No aceptando por cierto sistema alguno, no alistándose en las filas de los secuaces y aceptándolos todos como cavilaciones discretas, divertidas o interesantes, poco importa que sean pesimistas u optimistas que sostengan el panteísmo, el materialismo u otros ismos, que afirmen o que no nieguen, con tal de que diviertan, interesen u ofrezcan alguna novedad. Lo que conviene, de cualquiera suerte que sea, es que el lenguaje de las mencionadas cavilaciones no resulte, o por culpa del autor o por culpa del traductor, muy bárbaro y enmarañado. Si el lenguaje y el estilo no fuesen claros y hasta cierto punto elegantes, pudiera ocurrirnos algo parecido a lo que ocurrió a la mona que trató de comerse la nuez verde y que la arrojó con desdén o con rabia al probar la amargura de la cáscara, sin llegar a comerse el sabroso fruto que dentro se escondía. Y aún sería peor, si vencida la repugnancia de lo verde y amargo y quebrantada también a fuerza de dientes la dureza de la envoltura leñosa, nos encontrásemos con que la nuez estaba vana o podrida. Prescindiendo de estas contingencias, yo declaro que todo tratado filosófico despierta mi curiosidad y me hechiza. Esperemos que suceda lo propio a mis compatriotas aficionados a libros, a fin de que compren y lean éstos sobre los que ahora voy discurriendo.
Otro peligro hay, contra el cual no veo reparo ni cautela que esté de sobra. La falta de preparación conveniente puede hacer que un alimento espiritual, ya por exótico, ya por inusitado, ya por harto sustancioso, se nos indigeste en el alma, o bien que siendo veneno le tomemos como triaca. Quiero decir, sin ambages, que los que están ayunos de todo conocimiento filosófico, si propenden además, como hoy generalmente sucede, a prendarse de lo extranjero, tal vez acepten por oro la alquimia y consideren cualquiera extravagancia o disparate como el Non plus ultra de la investigación especulativa y del saber humano.
Ni mis cortas luces ni la brevedad que debe tener este artículo consentirían, pongamos por caso, que yo impugnara aquí las doctrinas de Schopenhauer en el libro ya publicado y cuyo título es Sobre la voluntad en la naturaleza. ¿Pero no me sería lícito recelar, no sólo la falsedad de la doctrina, sino lo huero o vacío que en ella puede notarse, fundándose en puro juego de palabras y en llamar las cosas o sus cualidades con nombres que no han tenido jamás, en castellano al menos? ¿Qué diantre de voluntad es esa que se ignora a sí misma y que ignora lo que quiere y que produce, sin embargo, el universo y las leyes matemáticas, físicas y morales que, sin duda, le gobiernan? ¿Cómo de esa voluntad sin conciencia nace la conciencia? ¿Cómo nace la inteligencia de lo que no entiende? ¿Por muchas vueltas que se dé a un objeto, brotará en él algo que no esté en germen en él y que no traiga además de fuera de él la sustancia y la fuerza y la ley que para el desenvolvimiento del germen se requieren? En fin, la tal voluntad inconsciente, causa primera de todo, me parece a mí, profano, una ininteligible algarabía.
Y no se me acuse de poco respetuoso con los sabios celebérrimos y admirados en las naciones más cultas. El mismo Schopenhauer nos enseña la falta de respeto, aunque nuestra moderación y nuestra cortesía no acepten sino un poquito de sus lecciones. A casi todos los profesores de filosofía de las Universidades de Alemania los pone él como chupa de dómine, tratándolos de envidiosos, de plagiarios, de necios y de tan interesados que encubren la verdad y enseñan la mentira por miedo de perder la posición y el salario que reciben. A Kant le pone por las nubes; pero después de Kant apenas hay más que él en el mundo: Fichte es un mono, y Hegel, el que por tanto tiempo hemos admirado como el Aristóteles de la edad novísima, no es más que un charlatán atrevido. Leibnitz, cuando Schopenhauer le compara con él mismo y con Kant, es un miserable pigmeo, y tonterías y nada más que tonterías son su armonía preestablecida y sus mónadas.
El desenfado con que Schopenhauer fustiga a sus colegas tiene antecedentes en abundancia. Ya nos cuenta Gil Blas que los que disputaban en las aulas de Salamanca más parecían energúmenos que filósofos. No hay veneración que valga. El canciller Bacon, preconizado por muchos como fundador, norte y guía de todo positivismo, ha sido injuriado de la manera más feroz por no pocos de los mismos positivistas. Y Descartes, de quien se dice que procede toda la moderna filosofía, como de Sócrates la antigua, es considerado como un deplorable metafísico por Gioberti y por otros, que si algo de bueno hallan en él lo declaran plagio de San Anselmo o de otros autores de la Edad Media.
Exclamemos con Horacio: hanc veniam petimusque damusque vicissim, y reservándonos el derecho de negar y de censurar muchos sistemas filosóficos, si bien con moderación suave y sin tirarnos los bonetes, aplaudamos el propósito del Sr. Rodríguez Serra y excitémosle y animémosle para que le lleve adelante. Aunque una filosofía nos parezca falsa o vana, ¿no podrá ser entretenida e ingeniosa? Por recomendación de Schopenhauer, hemos venido a inscribir nosotros en la lista de los más notables filósofos a Baltasar Gracián, alguna de cuyas obras Schopenhauer ha traducido y ensalzado. El Criticón, v. gr., es para Schopenhauer un prodigio, y en todos los tratados de Gracián rebosa la filosofía.
El Sr. Serra no carece, pues, de fundado motivo para incluir, como incluye, en su colección dos obritas de Gracián: El héroe y El discreto. Mucho distamos nosotros de hallar en dichas obras el extremo de delirio culterano al que llega Gracián en sus Selvas del año, sobrepujando a Góngora en las soledades y en el polifemo; lo que es filosofía tampoco nos parece que hay, ni en El discreto ni en El héroe. Lo que hay, en nuestra opinión, es un admirable conjunto de enrevesados conceptos y de sentenciosas agudezas, donde son de admirar la riqueza y primor de nuestro idioma, y la maestría y el talento del escritor que de él se vale, pero donde no acertamos a ver sino apotegmas de moral práctica, casi siempre tomados de antiguos escritores, y alguna vez de la observación perspicaz del mismo Gracián, que era, por cierto, un verdadero hombre de mundo.
El concepto de la filosofía es muy elástico. Suele ampliarse o restringirse a gusto del consumidor. Pero si hemos de incluir, por ejemplo, entre los filósofos al duque de la Rochefoucauld y a la Bruyere, incluyamos también a nuestro Gracián y hasta pongámosle por cima de ambos.
La nueva edición que de El héroe y El discreto nos da el Sr. Serra está ilustrada por un erudito estudio, donde se dan muy curiosas noticias sobre los triunfos y la influencia que Gracián ha alcanzado como filósofo en Alemania. Dicho estudio, escrito en castellano con corrección y elegancia, se debe a la pluma del Sr. Arturo Farinelli, profesor en Innspruck, capital del Tirol, y tan docto y entusiasta apreciador de nuestra lengua y literatura, como de la alemana, y de la de Italia, su patria.
En suma, y a fin de terminar este artículo ya sobrado extenso, diré que, precaviéndonos bien para no inficionarnos con alguna herejía o para no exponernos a ir a parar en un manicomio, como Nietzsche o como Augusto Comte, harán muy bien los aficionados a la lectura en comprar y en leer cuantos tomos han salido ya y vayan saliendo de la biblioteca del Sr. Serra. Así se instruirán, y aunque sea con vuelo inseguro, elevarán el alma a las más altas regiones a donde puede subir nuestro entendimiento o nuestra fantasía.
El regionalismo literario en Andalucía.
I
En Junio de 1856, si no me es infiel la memoria, pasé yo muy agradablemente tres semanas en la famosa ciudad de Moscú, capital de todas las Rusias. Allí conocí y traté al señor Sergio Sobolefski, sujeto muy ilustrado y amable, poeta satírico de gran nombradía en su tierra y notable conocedor y admirador de la literatura española. Como preciado regalo suyo conservo aún entre mis libros La segunda Celestina, de Feliciano de Silva, donde se tratan los amores de Felides y Polandria, y un bonito ejemplar de las Relaciones, de D. Juan de Persia, impresas en Valladolid en 1604.
En aquel tiempo ya era yo aficionado a leer, había compuesto no pocos versos y hasta me parece que también había escrito y publicado varios articulitos en prosa.
A pesar de todo, cuando el Sr. Sobolefski me habló de D. Manuel Milá y Fontanals, de quien él era grande admirador y amigo, tuve que confesarle que ni las obras, ni el nombre conocía yo de tan ilustre literato. Le conocí, pues, por medio del Sr. Sobolefski, fui también más tarde su amigo, estuvimos en correspondencia epistolar, y creo, por último, que firmé la propuesta para que el Sr. Milá fuese académico correspondiente de la Real Academia Española.
Lo que acabo de referir prueba, sin duda, mi ignorancia y mi descuido, pero prueba igualmente el descuido y la ignorancia de la generalidad de mis compatriotas. La fama del señor Milá, que había logrado extenderse hasta el centro de Rusia, acaso no había logrado en España pasar de Cataluña a las demás provincias del Reino.
Con verdadera satisfacción podemos asegurar en el día que las cosas han cambiado mucho mejorando, y que nuestra incomunicación literaria rara vez llega a extremo tan lastimoso.
Sobrados vestigios quedan de ella todavía por donde, si no puede justificarse, se explica al menos la propensión al regionalismo. No es de extrañar que enojados los escritores que viven en provincias de que la fama de ellos no vuele, si antes no pasa por Madrid y en Madrid le prestan alas, sientan el prurito de aislarse, de escribir en la lengua o en el dialecto de la región en que nacieron, y de compensar así por la intensidad y la densidad la corta extensión de su nombradía.
Lo cierto es que en España apenas se lee. El comercio de libros se hace con poca maña o con poca fortuna, y los autores, aunque sean buenos, tienen que resignarse y que contentarse a menudo con que los lean y los aplaudan en la ciudad natal, en determinada comarca, en lo que llamamos patria chica.
A fin de evitar esto, que a mi ver es un mal, y a fin de contribuir, en cuanto esté a mi alcance, a que sean conocidas y celebradas las producciones que lo merecen y que se escriben y se dan a la estampa fuera de Madrid y en lengua castellana, me decido yo a dar noticia de algunas de ellas, prefiriendo, como es natural, las de mis paisanos los andaluces.
Seriamente no hay temor de que por allí el enojo causado por el desdén dé ser a un regionalismo separatista, porque sería bastante dificultoso que en Andalucía pretendiese nadie escribir en otro idioma que no fuera el castellano. Quédese esto para algunos catalanes, vascongados y gallegos, y también para algunos de nuestros hermanos de América que andan buscando lengua en que hablar y en que escribir, inventada o resucitada, con tamaña amplitud y capacidad tan elástica, que quepan holgadamente en ella los altos pensamientos, las invenciones peregrinas y las profundas o sutiles ideas que en el burdo y pobre castellano no caben.
En Andalucía, por fortuna, aunque la gente pronuncia mal el castellano, suele hablarle y escribirle bien; y no tiene trazas, por lo pronto, de adoptar idioma diferente. Esto no obsta, antes bien nos excita a dar aquí cuenta y justas alabanzas de algunos libros que en Andalucía se escriben.
Y sin más preámbulo voy a empezar por la flamante novela titulada Justa y Rufina, cuyo autor es el presbítero D. Juan F. Muñoz Pabón. La sencillez y castiza naturalidad del estilo hacen simpática dicha novela desde que se lee la primera página y nos estimulan a proseguir y a terminar su agradable lectura. Sin nada que ofenda los más pudorosos escrúpulos todo es alegre, chistoso y hasta regocijado en un principio. La pintura del lugarejo, cerca de Sevilla, llamado Cascotes, y donde se desenvuelve la acción, parece exactísima copia de la realidad realzada y animada por el ingenio y por el arte, si bien el arte, discreto y velado, no deja huella en lo escrito, que parece todo espontáneo y fácil.
No son odiosos ni rayan tampoco en exagerada caricatura los personajes cómicos que en la acción intervienen. Todos hacen reír, aunque sean más hijos de la observación que de una fantasía jocosa y regocijada. Sus diálogos se diría que fueron tomados por el fonógrafo, si el fonógrafo tuviese la rara habilidad de desechar lo pesado y lo impertinente y de conservar sólo con sobriedad envidiable lo que no cansa, lo que retrata los caracteres y lo que conduce y contribuye al final desenlace.
La acción nada tiene de complicada, y sin embargo, excita primero la curiosidad, interesa después, y por último conmueve profundamente.
Entre lo festivo y lo triste, entre lo cómico y lo trágico, en esta novela, lo mismo que en la realidad, casi no hay intermedio, pero la absoluta carencia de afectación en el narrador vale más que los rodeos artificiosos para evitar que la transición sea brusca, y que los sucesos lamentables y el consiguiente cambio de tono produzcan disonancia.
El noble y excelente caballero D. Alvaro, viudo y con dos hijas gemelas que llevan por nombres los de las santas patronas de Sevilla, Justa y Rufina, viene a Cascotes a pasar la temporada de verano y a fin de reponer su muy quebrantada salud. Justa tiene por novio a un primo suyo llamado Paco Góngora, de quien está ella profundamente enamorada. Paco, sin sentido moral y harto ligero de carácter, se ha comprometido con su prima, sin darse cuenta de que en realidad no la ama. Y aunque no ame tampoco con verdadero amor a Rufina, la hermana de Justa, charla y coquetea con ella, e insensiblemente, como si resbalaran y fueran cayendo por una pendiente suavemente traidora, Paco es infiel a Justa, y Rufina se convierte en cruel y vencedora rival de su hermana.
Con no escaso talento de novelista y valiéndose de varios episodios graciosos que todos concurren a la acción, Paco y Rufina advierten sobrado tarde la grave ofensa que hacen a Justa y a D. Alvaro por el lazo amoroso en que, burlándolos y escarneciéndolos, ocultamente se han enredado.
Los nuevos amantes temen ser descubiertos y carecen de valor para confesar su falsía y para arrostrar el enojo del padre y de la hermana tan duramente ofendidos. Entonces toman la peor y más viciosa de las resoluciones. Ambos huyen juntos.
D. Alvaro, que idolatraba a sus dos hijas y que se hallaba muy enfermo, no puede resistir golpe tan rudo. Cae rendido, se agravan sus males y le sobreviene la muerte.
El hermoso carácter del cura del lugar resplandece en la conmovedora escena y en las santas palabras, elocuentes sin arte por la fe religiosa y por la caridad que las inspiran, con que persuade al moribundo para que perdone a los culpados, y con que le consuela e ilumina con celestiales esperanzas los últimos instantes de su vida mortal.
El epílogo de la novela es también muy moral, muy religioso y muy tierno. Justa, transformada en hermana de la Caridad, recibe a Rufina que ha ido precipitándose hasta lo más hondo de la abyección y del vicio, cuida de ella y generosa y santamente la perdona.
Críticos sevillanos, al otorgar al Sr. Muñoz y Pabón fundados elogios, le califican de discípulo y de imitador o continuador de Fernán-Caballero. No he de negar yo que las obras de tan célebre autora puedan haber servido de estímulo al talento del presbítero novelista; pero son tales las diferencias entre lo escrito por él y lo escrito por la ingeniosa hija de Böhl de Faber, que no permiten afirmar la imitación ni suponer que ambos autores pertenecen a la misma escuela. Bien había visto y observado Fernán-Caballero los usos, las costumbres y las pasiones del pueblo de Andalucía; pero lo notaba todo y luego se lo representaba al través de un prisma extraño. Su cultura, más que de libros castizos, era de libros modernos, ingleses, franceses y alemanes, y esto se reflejaba en los personajes hijos de su observación y de su inventiva. En ellos y en los lances y sucesos en que figuran, creo yo notar un afectado y exótico sentimentalismo que no se estila entre nosotros: que es menos andaluz que tudesco. En cambio, en la novela del Sr. Muñoz Pabón todo es andaluz de veras y sin nada híbrido: el fondo y la forma, las pasiones y el lenguaje que las expresa.
Como el Sr. Muñoz Pabón es joven aún, nos complacemos en esperar de su ingenio no menos sazonados y abundantes frutos.
Como otros muchos autores, en todos los países y especialmente en España, el Sr. Muñoz Pabón empezó escribiendo en verso antes de escribir en prosa. De sus obras en verso sólo conozco yo un librito publicado en 1899, cuya lectura produce en mi espíritu muy encontrados efectos. Por una parte confirma en mí la idea de que el Sr. Muñoz y Pabón posee no comunes dotes de escritor y de poeta, mientras que por otra parte, presumo yo que movido el autor por su gran piedad religiosa, tal vez sobrado cándida e irreflexiva, ha tomado para asunto de sus cantos, o mejor diré de sus narraciones en romances, ya que se trata de un Romancero, algo a mi ver delicado en extremo y ocasionadísimo a incurrir en faltas. El Romancero se titula El Niño de Nazaret. No creo que nada en este libro esté tomado o imitado del Evangelio apócrifo de la infancia de Jesús. Todo es sin duda inventado por el autor. ¿Pero hasta qué punto está bien componer algo a modo de novela con sucesos fingidos, por muy verosímiles que sean, de la vida terrenal del Verbo humanado, cuya gloria apareció a los hombres, como la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad? ¿No es rebajar demasiado un asunto altísimo el entrar en pormenores vulgares y realistas? La Virgen María cosiendo, lavando y cuidando de la casa; San José trabajando en su carpintería, y el Niño Dios yendo a la fuente por agua con el cántaro al hombro o en otros menesteres por el estilo, o entreteniéndose en juegos infantiles con muchachos de su edad, son harto difíciles de ser representados con el conveniente decoro. Quien tales cosas trata se expone, muy a su despecho, a deslustrar el decoro y a ofender la majestad de las cosas divinas.
Escritores heterodoxos o impíos o sólo imprudentes acaso, han abusado de tan peligroso género de amena literatura en estos últimos años. ¿Qué es más que una novela, aunque así no la llame, la Vida de Jesús de Ernesto Renán? La inglesa María Corelli, ¿no ha escrito recientemente una novela cuyos enredos y lances amorosos se ajustan y encajan, digámoslo así, en la pasión y muerte de nuestro divino Redentor? Hasta en las epopeyas que se fundan en tan sobrenaturales sucesos se expone el poeta, por eminente que sea, a entrar en pormenores que provoquen la burla de los incrédulos y que lastimen la veneración de los creyentes. ¿Qué no se podría decir de Jerónimo Vida y aun del mismo Klopstock? También un compatriota del señor Muñoz Pabón, el sevillano Diego de Hojeda, compuso un hermoso poema sobre la muerte y pasión de Cristo; pero Hojeda nada inventa ni añade a lo esencial de los sucesos que los Evangelios refieren. La actividad de su imaginación se emplea sólo en lo alegórico, simbólico y ultramundano. Muy distinto es el modo con que el Romancero de El Niño de Nazaret está compuesto, donde se atribuyen a Jesús acciones muy laudables todas, pero que carecen de fundamento histórico y que empequeñecen el concepto del Mesías en vez de realzarle.
En edades de mayor fe que la edad en que nosotros vivimos, apenas había peligro de mezclar con la verdad ficciones inocentes más o menos discretas. En el día le hay y no debemos dar pábulo a que se sigan escribiendo novelas en que Cristo, San José y la Virgen y los apóstoles sean protagonistas, cuando no el coro o la comparsa de una acción relativamente insignificante para la historia del mundo, como acontece en la por otra parte bien escrita y celebérrima novela cuyo título es ¿Quo Vadis?
Cuando el actor de los casos fingidos es el mismo Cristo Hijo de Dios, el peligro se ve más claro. ¿Para qué atribuir al Salvador acciones que no constan en ningún documento fehaciente? ¿Cómo podrá ningún hombre figurarse ni representarse con exactitud el desenvolvimiento y el crecer de un alma y de un cuerpo humanos, estrechamente unidos con el mismo Dios en la persona del Verbo? Claro está que el Sr. Muñoz y Pabón nada inventa de indecoroso ni de ofensivo, como, por ejemplo, lo que alguien ha pretendido probar recientemente en Alemania, de que Cristo estuvo estudiando en cierto colegio o Instituto de no recuerdo bien qué ciudad de la India; pero todavía, a pesar de lo inocente y católico de lo inventado por el Sr. Pabón, lo mejor es que no se tenga por hecho, sino por mero símbolo, alegoría y prefiguración de hechos reales ocurridos más tarde. Convengo en que así pueden disculparse los hechos referidos en el Romancero de El Niño de Nazaret, donde el coloquio con la Samaritana, la resurrección de Lázaro, el perdón de la mujer adúltera y otros pasajes de los santos Evangelios se leen prefigurados y escritos en narración infantil y como lectura propia para niños. Así también pueden disculparse y quizás aplaudirse por lo candorosos ciertos pormenores de usos y costumbres que no sé yo si son anacrónicos o no lo son, por mi escaso saber en arqueología. Así, por ejemplo, si los niños del tiempo de Cristo, avecindados en Nazaret, jugaban ya al escondite, al salto de la comba y a la gallina ciega como los niños de ahora. Candor es este que puede hacer gracia. Yo encuentro graciosa, en el poema de San José del Padre Maestro Fray José de Valdivielso, aquella sospecha de que el santo era sólo carpintero de afición, porque siendo hidalgo de tan ilustre prosapia no era posible que se ganase la vida trabajando con sus manos, en vez de vivir de sus rentas,
Pues debió de tener juros reales, Cual descendiente de señores tales.
No obsta lo que va expuesto para que reconozcamos el notable talento poético del señor Muñoz y Pabón, la fresca lozanía, la luz y el colorido que pone en sus pinturas y la pasión entusiasta con que las anima. Acaso los inconvenientes que veo yo en el género no lo sean para niños o para lectores de mucha fe y de poca malicia.
II
Mucho se discurre sobre si conviene o no la centralización administrativa y sobre los grados de autonomía de que deben gozar la provincia y el Municipio. Cuestiones arduas son estas que yo dejo con gusto para que las resuelva el bullicioso enjambre de hombres políticos y de Estado que en España tanto peroran y se agitan. Lo que me preocupa es la centralización que proviene de la iniciativa individual, y del empeño que todos solemos tener de vivir en la capital y de abandonar los campos, las aldeas y hasta las ciudades que no consideramos de grande importancia. Si cuanto hay de florido, acaudalado y elegante, se viene a Madrid a lucirse y si acuden también a Madrid en busca de notoriedad y de fortuna, los sujetos que son o que se creen ricos de saber y de ingenio, de temer es que la grande extensión territorial de nuestra patria quede como desdeñada y abandonada de lo que brilla, fomenta el lujo y el bienestar y contribuye a la cultura.
En otros países de Europa, los magnates y grandes propietarios, asisten más tiempo que en la corte en sus quintas y castillos. Aquí apenas quiere nadie abandonar la capital, a no ser en el rigor del verano, y entonces, no suele ser para visitar los predios rústicos y dirigir o presenciar las faenas agrícolas, sino para irse a Francia o a otros países extranjeros a pasar por allá el tiempo y a gastarse la hacienda.
A pesar de lo dicho, que tal vez haga recelar que se reconcentre en Madrid lo más luminoso y activo de nuestra nación, es lo cierto que persisten aún grandes focos de luz y de actividad en nuestras provincias, y por ello no podemos menos de alegrarnos como partidarios que somos de este inocente y pacífico regionalismo. Las antiguas ferias, la solemne pompa de algunas festividades religiosas, las exposiciones de industria al uso moderno, los resucitados juegos florales, los congresos católicos, y hasta algunos otros congresos ultra-políticos, a fuerza de negar que son políticos, así como las predicaciones apasionadas y elocuentes de las personas que aspiran a regenerarnos, todo ello es útil para conservar y reanimar la vida en los extremos, impidiendo que refluya al centro y deje lo demás inerte.
Sólo hay un inconveniente no corto: que las tales predicaciones regeneradoras levanten de cascos a la gente levantisca y aficionada a vivir a salto de mata, y produzcan alborotos, motines y hasta guerras civiles. Pero si este peligro se evita o se conjura, yo entiendo que todo está bien, aunque siempre preferiría a las predicaciones regeneradoras, los juegos florales, las procesiones y las ferias.
De todos modos bueno es que alentemos hasta donde esté a nuestro alcance, y celebremos, si lo merecen, a cuantos cultiven las letras, permaneciendo en provincias sin venir a Madrid con el propósito de cobrar fama.
Sevilla, desde muy antiguo, es un foco de civilización castiza, cuya luz, por dicha, no se extingue ni se anubla. Su escuela de poetas y su escuela de pintores, florecientes y luminosas en el siglo xvi, y renovadas en el último tercio del siglo xviii, dan destellos todavía, a pesar de la general decadencia de nuestra nación.
Mucho disto yo de aspirar en estos artículos, que no pueden ser extensos, a presentar un cuadro completo del movimiento intelectual, literario y artístico de Sevilla y de otras ciudades de Andalucía. Me limito, y debo limitarme, a tratar de ciertas obras muy recientes, prueba, en mi sentir, de que dicho movimiento no es estéril, sino que en aquel mismo terreno produce sazonados frutos, prescindiendo de los cultivadores andaluces que vienen a Madrid, como los Alvarez Quintero y no pocos otros, a producirlos y exponerlos.
Tiempo ha que es brillante indicio de la actividad intelectual en la provincia de Córdoba la producción poética de Manuel Reina, natural de Puente Genil, donde de ordinario reside, aunque imprima en Madrid sus libros. Elegante e inspirado poeta, ha publicado Andantes y alegros, Cromos y acuarelas, La vida inquieta, La canción de las estrellas, Poemas paganos, en 1896, y recientemente, en 1899, El jardín de los poetas, último libro suyo que conocemos. Celebra en este libro y retrata con rasgos, a menudo felices, a varios poetas eminentes de todas las edades y naciones: desde Hornero, Anacreonte, Esquilo y Catulo, hasta Gœthe entre los extraños, y desde Jorge Manrique hasta Espronceda entre los propios. Aunque en España, no sé por qué, son poco populares y estimados los versos endecasílabos libres, yo los prefiero a veces a los que están sujetos al artificio de la rima, cuando la falta de ésta se halla compensada por el primor y la sobriedad de la dicción y por la cadencia musical del metro. La rima además tiene graves inconvenientes, cuando para vencer su dificultad, se emplean sobrados epítetos y participios en «oso, osa, ente y ante, ado y ada». Como quiera que sea, en este libro de El jardín de los poetas encuentro yo mejor y más brioso, inspirado y conciso que lo rimado, lo que está en endecasílabos libres.
Pero Manuel Reina, hasta donde lo consienten la frialdad e indiferencia para la poesía de nuestro público de hoy, es ya tan conocido, estimado y celebrado, que considero poco útil y expuesto a que se me tilde de presuntuoso el llamar la atención sobre sus escritos con detenido examen y crítica razonada. Básteme declarar aquí con toda sinceridad, que Manuel Reina es ya, a mi ver, uno de nuestros mejores poetas, y como es joven aún, se debe esperar de él mucho mayores aciertos, si pule, lima y encaja y ajusta en adelante con mayor firmeza, dentro de la conveniente y nítida forma, las hermosas ideas y el hondo sentir que con tanto ímpetu y abundancia afluyen a su espíritu.
Tratemos aquí de cosas que, si bien harto menos importantes, manifiestan que el ingenio y la gracia, lo que solemos llamar sal andaluza, no se ha disuelto aún, sino que persiste, a pesar de tantos duelos, quebrantos y desazones.
A puñados sazona con esta sal el Sr. don Francisco Toro Luna, algo a modo de comedia, cuyo título es ¡Día feliz!, que se representó en Córdoba en el teatro circo del Gran Capitán y en Julio del presente año. Sólo dos personajes figuran en la acción, la cual es muy sencilla. Todo el mérito está en el diálogo, natural, gracioso y desenfadado. Primero hay el monólogo de una joven y después el coloquio de ésta con un primo suyo que acaba por declararse fervorosamente enamorado de ella. No quiero contar aquí el progreso de la acción y el disimulado artificio que con la ingenuidad se confunde y por cuyo medio se llega al más venturoso y alegre desenlace. Si yo contase el argumento destruiría todo el hechizo de la obra no contándole con mucha extensión, porque en la obra, las palabras no huelgan, siendo en ella el carácter de la protagonista tan verdadero, simpático y regocijado, que mis paisanas las cordobesas no pueden pedir más, a pesar de lo picante de algunas ligerísimas punzadas satíricas. En suma, yo creo que ¡Día feliz! sería muy aplaudido en Madrid, si en Lara se diese; pero como yo no soy infalible, como el público es caprichoso y como por la lectura tal vez se notan primores que en la representación se desvanecen o pasan sin ser notados, yo me abstengo de pronosticar a fin de no desacreditarme como crítico. Sólo diré que ¡Día feliz! me agrada tanto como cualquiera de los más encomiados y cortos proverbios de Alfredo de Muset: como Un capricho, por ejemplo.
Sobre ¡Día feliz!, lo mismo que sobre la novela Justa y Rufina, quiero yo tocar un punto en que ambas obras coinciden: la adulteración de la ortografía para reproducir gráficamente el modo de pronunciar de los andaluces. A mi ver esto no imprime esencial carácter al diálogo, ni le hace más ameno y chistoso, y propende, en cambio, a crear un nuevo dialecto, o más bien una lengua bárbara e informe. Cervantes hace hablar a la gente más ruin de Andalucía sin marcar lo vicioso de la pronunciación en la escritura. Estébanez Calderón sigue su ejemplo y no por eso podrá dudar nadie de que sean andaluces Pulpete y Balveja. Y protestando de que sea inmodestia, y con todas las convenientes salvedades, me atreveré a citarme yo mismo, recordando que Antoñona, Respetilla, Dientes, Juana y Juanita las largas y otras figuras del vulgo andaluz, que introduzco yo en mis narraciones, hablan como por allí se habla, sin necesidad de notar lo mal y disparatadamente que acaso pronuncian. Yo me atengo, y me parece que todos los andaluces debemos atenernos a lo que se cuenta que el maestro de escuela de mi lugar decía a sus educandos: Niños, sordado se escribe con l; caznero con r; precerto con p; güeno con b y güeso con h.
En el diálogo o comedia del Sr. Toro Luna es más de censurar que en la novela del señor Muñoz Pabón esta inútil prevaricación del buen lenguaje, ya que las dos personas de su diálogo no son de la clase pobre y humilde, sino de lo más acomodado y elegante de la ciudad de Córdoba.
Conviene advertir también que las tales variaciones de pronunciación, que caracterizan el habla andaluza, son distintas según las poblaciones y comarcas, por lo cual, si por medio de la escritura nos propusiésemos expresarlas fielmente, no crearíamos un dialecto, sino doce, catorce o más. Hasta el tonillo es diverso según el lugar donde nació y se crió el que habla, y hasta según la ocasión más o menos solemne en que conversa o perora. En cierto pueblecito, por ejemplo, donde años ha solía yo ir de temporada, no hay sermón de Cuaresma ni de Semana Santa que agrade o que conmueva, aun siendo elocuentísimo y sentido, si no se pronuncia con un tonillo singular que los predicadores suelen aprender, si ya no lo saben, antes de subir al púlpito. Y yo tengo por evidente que este tonillo, otros de la misma laya, el ronquido en que suelen salir engarzados los vocablos en algunos lugares, y no pocas otras singularidades prosódicas, son intransmisibles por escrito, a no inventarse una anotación musical, adaptada para conseguirlo con muy sutil arte. Lo mejor, por consiguiente, es prescindir cuando se escribe, de tonillos y de malas pronunciaciones y hacer que todos hablen en castellano y como Dios manda. Si el personaje es andaluz de buena ley, ya lo conocerá el discreto lector por lo pintoresco de las imágenes y por el giro peculiar de las cláusulas y períodos.
Bien quisiera yo hablar aquí del movimiento intelectual de Málaga, en el día de hoy; de Málaga, de donde nos han venido a Madrid periodistas tan infatigables como D. Andrés Borrego; tan eminentes hombres de Estado como Cánovas, y los más notables iniciadores y promovedores del género andaluz como Estébanez Calderón y D. Tomás Rodríguez Rubí. Por hoy, con todo y para no pecar de prolijo, diré que en Málaga se conserva la tradición literaria, poética y erudita, a cuyo frente descuella en el siglo pasado el Marqués de Valdeflores, y a principio del siglo que va a terminar el elegantísimo poeta D. Juan María Maury. Dignos sucesores han tenido y tienen para el cultivo de las ciencias históricas en los hermanos Oliver y en el doctor Berlanga; para la poesía, en Narciso Díaz de Escovar, Salvador González Anaya y Ramón A. Urbano, sin contar con los que residen en Madrid de asiento; y para la novela, en Arturo Reyes, que puede ya ponerse al nivel de nuestros mejores novelistas y autores de cuentos.
Dejemos, no obstante, a Málaga y pasemos a Almería, muy apartada hasta hace poco del resto de España por las dificultades de los caminos, como allá en los tiempos del rey Almotacín, tan buen poeta y tan generoso protector de los poetas. Hoy, como entonces, se sigue en Almería poetizando, si bien no son los versos, sino un curiosísimo libro en prosa, lo que atrae ahora mi atención hacia aquella ciudad. El librito, primorosamente impreso en Almería, se titula Quitolis, y el autor, D. José Jesús García, le califica de novela. Novela me parece a mí en efecto, pero contada con tan extraña candidez y en apariencia con tan poco arte, que tiene trazas, más que de algo imaginado o inventado, de relación fiel de sucesos que verdadera y realmente han ocurrido.
El protagonista de la novela, el padre Juan, a quien daban por apodo Quitolis, ha vivido sin duda, pero en su ser hay mucho de simbólico y de enigmático. Sin ambición, sin codicia, sin apetito ni anhelo que le perturbe y le lleve en pos de las cosas terrenales, el padre Juan viene a ser como un inocente ángel del cielo, que ha tomado forma y cuerpo humanos. Sólo el afecto amoroso con que mira por su madre y cuida de ella, le enlaza singularmente con los demás seres.
Protegido el padre Juan por una marquesa devota y por el Sr. Magistral, que admiran y reconocen su virtud y su ciencia, vive sin apuros y modestísimamente con el producto de sus misas y de las particulares lecciones de latín que da a muchos niños.
Apenas hay enredo ni lances en esta novela. En ella todo es psicológico. La contemplación del cielo, del mar y de los campos que se otean desde un apartado y solitario paseo adonde el padre Juan va de diario, eleva su mente a muy encumbradas esferas: más allá del universo visible, hasta la suprema causa, que le da ser y que le llena, penetra e ilumina todo.
La pudibunda timidez del padre Juan, el horror que le inspira la idea de turbar la paz de las conciencias y su amor al orden y al sosiego, no consienten que perciba ni que ponga en claro con toda nitidez el vago y maravilloso concepto de Dios, que ha surgido en su alma, que la arrebata en el éxtasis y que la enamora sobrenatural y ultramundanamente.
La fama de la santidad y de la inocente y bondadosa indulgencia del padre Juan, hace que sean los niños y las jovencitas, educadas con el mayor recato, los que acudan a confesarse con él, en el tribunal de la penitencia. El optimismo del padre Juan y su dichosa manera de ver cuanto existe como al través de un prisma de color de rosa, vienen a corroborarse por la bondad de sus penitentes. Apenas sospecha o quiere sospechar el padre Juan la existencia del mal moral y del mal físico. La ira de Dios es incomprensible para él. La justicia de Dios se desvanece en su infinita misericordia.
El sentir y el pensar del padre Juan se van desenvolviendo, con profundo sigilo, en lo más íntimo y secreto de su alma.
Se diría que el autor de la novela, lo mismo que su héroe, se asusta de lo que piensa y siente; no tiene ni la más pequeña aspiración a divulgarlo; y sólo por estilo indeciso y esfumado se lo representa a sí propio.
De aquí proviene que no atine yo a decidir hasta qué punto en Quitolis y en el que escribe su historia hay en germen un heresiarca: hasta qué punto ha permitido Dios y ha suscitado el diablo un Chanig o un Fox a la sordina en la muy católica ciudad de Almería. Teólogos inquisidores podrán decir sobre esto, si consideran que el caso lo merece. Yo diré sólo que la novela me agrada y que la he leído dos veces, con interés creciente, aumentado por la misma indeterminada vaguedad del misterioso pensamiento de Quitolis.
El Magistral, que debía predicar el día de la Virgen del Carmen, cae enfermo y encomienda a Quitolis, cuya ciencia y fervor religioso admiraba, que sea él quien predique aquel día, aunque hasta entonces no había predicado nunca. Sin previo estudio escrito acude y sube al púlpito Quitolis. Y movido allí por el genio o espíritu que interiormente le agita, pronuncia un sermón elocuentísimo lleno de amor de Dios y del prójimo, que deleita y conmueve a la muchedumbre devota, la cual no ve ni sospecha la menor herejía, y que ofende e indigna a los canónigos del cabildo. ¿Ha surgido acaso en la remota ciudad donde ocurren estos sucesos un flamante reformador de la Iglesia: un Savonarola, cuando no un Lutero?
«Quitolis», con todo, no quiere ser nada de esto. Si en algo ha errado, está pronto a retractarse. El señor obispo reconoce su inocencia y simpatiza con su buena intención. Pero le induce a volver a su silencio y a su retiro y a no predicar en adelante para no excitar la cólera o el enojo del clero.
Vuelto «Quitolis» a la oscuridad, guarda en el centro de su alma sus ideas reformadoras, harto poco definidas por el novelista, si bien o quieren ser como el alborear indeciso o la primera luz, si no de una nueva religión, de una interpretación amplia y algo racionalista de la que oficialmente seguimos.
«Quitolis» después se queda ciego. Su reputación de santo y de benigno atrae a su confesionario, no ya a los niños y a las vírgenes, sino a la turba multa de desaforadas y lascivas pecadoras. La limpieza de su cándido optimismo se mancha con el negro cieno del mundo. Y resignado y triste, aunque lleno siempre de dulce confianza en Dios, muere al fin «Quitolis», muere también su viejecita madre y termina así la novela. Casi no hay en ella lo que se llama enredo o argumento. Todo se reduce a la pintura de un extraño carácter. No sé si el autor, por habilidad o por instinto, acierta a no identificarse con «Quitolis» y a no responder de lo que «Quitolis» sentía y pensaba.
No aseguraré yo tampoco si agradará esta novela, donde repito que apenas hay lances a cuantas personas la lean con atención. Diré sólo que su lectura me ha interesado mucho. No soy, ni pretendo ser, definidor para condenar o absolver las ideas bastante veladas que el autor de la novela atribuye a su protagonista; pero celebro el talento de observación con que el autor estudia a un alma humana, acaso extraviada, pero egregia y pura, y celebro también el sentir religioso que anima las páginas de su librito. De las faltas que hay o puede haber en éste, yo absuelvo al autor, porque tengo la manga ancha. Yo digo, como el Dios que imagina Gœthe en «El Prólogo en el cielo» de su «Fausto»:
«Es irrt der Mensch so lang er strebt».
LA GOLETERA
POR ARTURO REYES
En las ficciones novelescas he de confesar que estoy algo prevenido contra los hombres y las mujeres de la ínfima plebe, que calzan el coturno, que se muestran poseídos de las pasiones y sentimientos más sublimes, y que vienen a ser dignos personajes de verdaderas tragedias y no de aventuras picarescas como en Rinconete y Cortadillo, o de parodias como El Manolo, El Muñuelo, Inesilla la de Pinto y Pancho y Mendrugo. Y no porque yo crea que el concepto de las virtudes más altas y la capacidad enérgica de ejercitarlas requieran educación esmeradísima y largos estudios. Por fortuna, para saber de ciencias es menester acudir a las aulas o leer muchos libros; y para percibir, juzgar o crear la belleza artística, sin extravíos de mal gusto, se requieren también preparación y enseñanza; mientras que para el conocimiento de lo bueno y de lo malo, apenas necesita nadie devanarse los sesos. En la sociedad cristiana y culta de nuestros días, casi parece infuso, innato o intuitivo dicho conocimiento. Bien podemos decir con el gran dramaturgo:
A ciencias de voluntad les hace al estudio agravio.
Y, sin embargo, si se toma como por sistema el que muchachas criadas en el arroyo y parroquianos de las más infectas tabernas de los barrios peores, resulten dechados de honestidad, de pundonor, de valentía heroica, de sufrimiento estoico y de cuantas son o pueden ser las excelencias morales que hermosean el alma humana, bien podemos llegar al extremo de imaginar que la superior cultura, el bienestar, el aseo, la elegancia y la riqueza, debilitan el vigor y la bondad de los corazones, y que para ser moralmente bien estimados es menester bajar al nivel más próximo al estado salvaje desde nuestra refinada civilización del día. De esta suerte, a fuerza de querer ser demócrata y filántropo, puede el escritor caer en el error de ser retrógrado.
Hay también, en las novelas tabernarias, adornadas con las más exquisitas sublimidades, una enorme dificultad que vencer y que es rara vez vencida: combinar el lenguaje, cuando no rufianesco, vulgar e inculto, con un estilo elevado, apto para expresar los sentimientos más delicados y nobles. Y como esto rara vez se consigue, resultan los diálogos llenos de amaneramiento, de falsedad y de disonancia. A pesar de lo expuesto, como doctrina general, contra la cual he pecado yo también, dejándome llevar de la corriente al escribir algunas novelas, me complazco en declarar aquí que me han entrado ganas de retractarme y de abjurar de la doctrina general mencionada al leer La Goletera, de D. Arturo Reyes.
Ventajosamente conocido y justamente celebrado era ya este joven malagueño, así por sus bonitas poesías, como por sus graciosos cuentos en prosa, y por sus novelas Cartucherita y El lagar de la Viñuela.
Su última obra, La Goletera, viene, en mi sentir, a confirmar su buena fama de novelista alcanzando para él diploma y título de escritor excelente.
Trini, su heroína, se parece, no por imitación, sino por coincidencia, a la dama de Calderón, en la comedia titulada No hay cosa como callar; pero Trini es más noble, más amorosa, más real y más humana que la dama de Calderón. Mejor que ella, siente, piensa y se conduce Trini. Y por arte admirable, Trini se expresa sin frases alambicadas y sin tiquis miquis primorosos, en el habla llana y vulgar de una mujer del pueblo.
Como la dama de No hay cosa como callar, Trini ha sido víctima de la violencia de un hombre; pero, con igual honradez y delicadeza que la dama, si Trini no concede su amor a ningún otro galán, por considerarse deshonrada, todavía es muy superior a la dama, porque se enamora de otro y lucha con su ardiente pasión y finge desdeñar a quien la adora y de quien ella está prendada. El burlador de Trini vuelve de Buenos Aires, donde ha pasado años y donde ha ganado bastante dinero. Quiere reparar su falta, casándose con Trini; pero ésta no es como la dama de Calderón, que acepta al burlador por marido, porque sólo piensa en restaurar su honor y porque no ama a nadie. Trini ama a otro y rechaza al burlador, que no le inspira amor, sino repugnancia. El hombre que ama a Trini es excelente y muy celoso de su honra. Trini no quiere ni debe engañarle. Y Trini no puede unirse con él, mientras viva el hombre que la burló y bajo cuya mirada se moriría de vergüenza.
Los casos y lances por donde llega el autor a resolver este conflicto, no pueden ser imaginados ni presentados con mayor naturalidad, verosimilitud, interés creciente y pasmoso ingenio. El amante, misteriosamente amado por Trini, sabe que ella le ama, y sabe su deshonra y quién ha sido la causa de ella, todo por una involuntaria revelación de la misma Trini, la cual estaba decidida a callarse, aunque la matase el silencio, para no ocasionar una lucha sangrienta entre los dos rivales, valerosos y poco sufridos ambos. La revelación, una vez hecha por medios verosímiles, ordenados con exquisito arte, hace inevitable el conflicto.
Los dos rivales salen al campo y riñen a puñaladas. La riña está vigorosamente descrita. Muere en ella el burlador, que en los últimos momentos y escenas de su vida se ha mostrado generoso y simpático. Así termina la novela. Aunque el autor no lo dice, y hace bien en no decirlo y en terminar donde termina, el lector puede suponer que, no castigado por la ley, porque su rival moribundo dice que su matador ha sido otro, cuya negra traición ha causado la riña, el vencedor y amante de Trini se casa al fin con ella después de haberla vengado.
Toda la narración, los diálogos ingeridos en ella, y los varios incidentes, que aquí se omiten y que de un modo tan magistral y tan hábil llevan al desenlace, interesan, conmueven y se apoderan con tal hechizo del ánimo del lector, que de seguro no deja el libro hasta que acaba de leerle.
LAS NOVELAS EJEMPLARES DE CERVANTES
POR F. A. DE ICAZA
En el certamen abierto y ordenado por el Ateneo, certamen en que fueron jueces los Sres. D. José Echegaray, D. Marcelino Menéndez y Pelayo, D. Rafael Salillas, D. Emilio Cotarelo y Mori y D. Ramón Menéndez Pidal, fue premiado el libro de que damos aquí cuenta en resumen. Es su autor D. Francisco A. de Icaza, primer Secretario de la Legación que tiene en Madrid la República mejicana, y muy conocido y estimado en la de las letras por algunos trabajos de erudición y de crítica y por elegantes y lindas poesías.
Es tan singular el mérito y el valer del Quijote, que todas las demás obras que escribió Miguel de Cervantes, quedan muy por bajo de aquella creación única y pasmosa. Cervantes, sin embargo, así en La Galatea como en el Pérsiles, en no pocos versos y hasta en sus comedias y entremeses, da clara muestra de su brillante ingenio y acierta a poner el sello individual que le caracteriza, le distingue y le eleva sobre la multitud de escritores contemporáneos suyos.
Las novelas ejemplares son sin duda las obras en que, después del Quijote, mayor originalidad, talento y gracia muestra el manco de Lepanto.
El libro del Sr. Icaza prueba esta verdad, previo un detenido y juicioso examen del asunto, con atinadas observaciones y con gran copia de datos, recogidos con diligencia y ordenados con arte. Por todo ello queda patente que Cervantes puede ser calificado como inventor de la novela moderna de costumbres y de caracteres. Los libros de caballerías, las novelas pastorales y hasta las picarescas son otra cosa: son una larga serie de aventuras, sin más unidad de acción que la vida de algún personaje fabuloso a quien sigue y retrata el escritor desde su nacimiento hasta su muerte. Antes de Cervantes existía también algo que podemos llamar novela histórica o relación de sucesos que, si la severa historia no acepta, no son fingidos por el novelista, sino fundados en cierta realidad, hermoseada y adornada por la fantasía del vulgo, cuyas invenciones después la tradición consagra y hasta cierto punto autoriza. Así El Abencerraje, de Villegas, y Las guerras civiles de Granada, de Ginés Pérez de Hita.
Las novelas cortas, por último, y cuentos de italianos, franceses e ingleses, sin excluir el Decameron, de Bocaccio, son muy distintos de la novela cervantesca. Cuentan un suceso, refieren un lance, trágico o cómico, triste o alegre, pero sin fijarse en la pintura de las costumbres y en la viva representación de las pasiones y caracteres humanos.
En esto se fija y esto logra pintar el autor de El celoso extremeño, de Rinconete y Cortadillo, de La ilustre fregona, de La Gitanilla y de casi todas las demás novelas ejemplares por donde, merced a su agudeza psicológica, nueva o antes casi nunca empleada en este género de ficciones, Cervantes viene a ser el padre o el fundador de la novela, tal como la concebimos y comprendemos en el día. Para la demostración de esta verdad, que presupone en Cervantes un valer originalísimo, el señor Icaza examina y juzga todas sus novelas; refiere cuanto los críticos han dicho de ellas desde sus contemporáneos hasta hoy; impugna los ligeros juicios de Huet, de Florián y de otros; prueba la carencia de fundamento de las acusaciones de plagio lanzadas por Estala y Bosarte, y manifiesta el influjo poderoso que han ejercido las novelas de Cervantes en nuestro teatro español, en el extranjero y en la misma novela, que harto descuidada entre nosotros durante cerca de dos siglos, floreció y dio muy sazonados frutos en Francia, en Inglaterra y en otros países, de donde volvió a España muy acrecentada en riqueza, pero sin que deba olvidarse el origen tan español que tiene.
No cabe entrar en pormenores en este breve articulito ni dar idea exacta de lo bien estudiado que está el asunto por el Sr. Icaza, y del recto criterio, nada común saber y rara diligencia que despliega y luce tratándole.
EL BUEN PAÑO...
NOVELA POR J. F. MUÑOZ PABÓN, PRESBÍTERO
Si lo he entendido bien y si no lo recuerdo mal, el famoso novelista francés Emilio Zola dice que una buena novela ha de ser la exacta representación de lo vivido, observado y entendido al través de un temperamento. Zola olvida o desdeña lo principal: la imaginación, o sea la fuerza activa que representa bien lo vivido y lo que se ha visto y observado. No basta ver y observar: menester es reproducirlo o crearlo de nuevo valiéndose de la palabra y por virtud de la fantasía. Presupuesto este poder creador, una novela es o debe ser lo que Zola dice. Y tal es El buen paño....., del señor D. Juan F. Muñoz Pabón, presbítero de Sevilla, creo que cura de una de las parroquias de aquella ciudad, y en quien, no hará todavía un año, la aparición de Justa y Rufina nos dio a conocer a un nuevo y excelente novelista, ingenioso y discreto.
Su temperamento, o mejor diré su carácter, debe de ser jovial, apacible y sereno, calidades todas que ya en Justa y Rufina se mostraron, haciendo simpática la obra, y que en su nueva novela, titulada El buen paño....., se muestran más graciosa y resueltamente.
La acción de esta novela no puede ser más sencilla. Se reduce a presentar un caso de aquellos que justifican lo que D. Quijote dijo a la desenvuelta Altisidora en el lindo romance que para desengañarla le compuso:
Los andantes caballeros y los que en las cortes andan, requiébranse con las libres, con las honestas se casan.
Si hemos de confesar la verdad, no es esto lo que sucede más a menudo; pero alguna vez sucede, y basta. Aristóteles, además, que sabía muchísimo, ha dicho que la poesía (y la novela es poesía) es más filosófica que la historia, porque la historia cuenta lo que es, y la poesía cuenta lo que debe ser, sin afirmar por eso que sea siempre.
En suma: todo el argumento de El buen paño, expuesto en cifra, es que un señorito, rico, guapo y el más galán de un lugar cercano a Sevilla, desdeña a sus primas y a no pocas otras muchachas y se casa con la modesta huerfanita de un médico, la cual vive con su madre, se gana la vida como costurera o modista lugareña, y es un tesoro de gracias, habilidades y virtudes.
En El buen paño..... apenas hay acción: no hay nada de drama; pero hay mucho, y a mi ver excelente y precioso, ora de idilio sin afectación sentimental, ora de comedia, o ligera y suave sátira sin acritud ni amargura. Los afectos amorosos no se exageran por lo ardientes para que quemen, ni por lo dulces para que empalaguen. Y los vicios, pasiones y ridiculeces de los personajes cómicos no traspasan jamás el límite más allá del cual se harían odiosos dichos personajes. La burla o la risa benigna que provocan, no les quita la estimación que les concedemos. Hasta el nuevo médico, que es el personaje menos estimable de toda la fábula, no llega a merecer nuestro desprecio. De aquí que la totalidad del cuadro, que parece, por su exactitud y realidad, una fotografía, y la viveza y verdad de los diálogos, que parecerían recogidos por el fonógrafo, si dicho artificio fuese apto para la selección, desechando lo impertinente, concurren a darnos una idea, muy agradable y divertida, así del lugar en que ocurren los sucesos que el novelista refiere, como de la mayoría de sus habitantes, ricos y pobres, grandes y pequeños. La emulación y los celos entre dos cofradías rivales, las fiestas y procesiones en que compiten, y sobre todo, la lucida cabalgata y jira campestre llamada del romerito, todo está lindamente pintado, rico de luz y de colores; todo tiene el perfume campesino de los pinares y de las huertas, la claridad y la limpieza de los arroyos de agua corriente, cerca del esquivo y apartado manantial, y la brillantez azul y serena del cielo despejado de Andalucía.
LULLY ARJONA
NOVELA POR D. ALFONSO DANVILA
Mil veces lo he pensado y algunas veces lo he dicho ya: no hay que temer la uniformidad y la monotonía. La pasmosa facilidad de comunicaciones, los ferrocarriles, el telégrafo y el teléfono, que llevan a escape mercancías y personas de un extremo a otro de la tierra, y que transmiten y comunican el pensamiento y la palabra con la rapidez del rayo, no logran aún, ni lograrán nunca, identificarnos, desteñirnos, digámoslo así, y hacer que perdamos el sello característico de casta, lengua, nación y tribu que cada cual tiene. Se diría que para precavernos contra el roce, que pudiera limar y pulir las diferencias, nos armamos instintivamente de una virtud conservadora de lo castizo que persiste en el fondo, aunque superficialmente desaparezca.
Lo que llaman ahora high-life, o dígase aquella parte de la sociedad más rica, elegante y empingorotada, nos parece que debe ser cosmopolita, y sin embargo no lo es. Hombres y mujeres hablan en francés tan bien y a veces mejor que en español. Algunos chapurrean además la lengua inglesa y hasta la alemana. Cuando leen algo leen libros extranjeros porque de los indígenas se aburren, sin que nos empeñemos en dilucidar aquí si con razón o sin ella. Los caballeros, como no carezcan de metales preciosos o de los signos que los representan, se hacen traer de Londres trajes, caballos y coches, y las señoras se hacen traer de París vestidos y tocados. La cocina francesa hace que la española se olvide o se pervierta. Y por último, la costumbre del veraneo rara vez lleva a sus castillos y quintas a nuestros elegantes de ambos sexos, sino se los lleva a Francia, a Suiza, a Inglaterra, o a más hiperbóreas regiones. Cuando la guita es corta y no puede esparciarse el cimbel, debe volar por lo menos hasta Biarritz.
Pues bien: con todo eso, y a pesar de todo eso, nuestra high-life sigue siendo tan española como en lo antiguo, y no necesita el autor de comedias y de novelas, a fin de conservar el color local y nacional de sus personajes, buscarlos bajo las ínfimas capas sociales, o ir por ellos a las Batuecas o a los más esquivos, alpestres y recónditos lugares.
El Sr. D. Alfonso Danvila, joven tan inteligente como laborioso, que apenas cuenta aún veinticinco años, y que ya nos ha dado en su Don Cristóbal de Maura un extenso trabajo histórico de muy erudita y diligente investigación y de sana crítica, se ha hecho cargo sin duda de lo que acabamos de afirmar sobre nuestra indeleble fisonomía castiza, aun en la clase más extranjerizada, y ha compuesto y publicado la novela titulada Lully Arjona, la cual es, en mi sentir, muy española, aunque nos pinta y describe la vida, usos, costumbres, amoríos y demás pasiones de la clase susodicha.
Dignas de alabanza y hasta de admiración hallo desde luego en este flamante novelista algunas nada vulgares prendas: el agudo talento de observación, la perspicacia con que lo descubre y lo advierte todo, el cuidadoso esmero con que lo guarda en la memoria, el ingenio y el arte con que se vale de esta acumulada riqueza de experiencias y observaciones para prestar realce y vario colorido a su fábula, y por último la facilidad, sencillez y abundancia del estilo con que lo expresa todo.
Los caracteres de los personajes están fielmente copiados de la realidad. Casi todos son verdaderos y consistentes, y, si no moralmente muy bellos, salvo el de la pobre jorobada chucha, agradables y simpáticos, y pecando más por debilidad que por maldad. La heroína Lully nos inspira compasión y cariño. Y no deja de haber en la novela algunas figuras como la de la madre de Lully, donde la nota cómica está tocada con delicadeza, o como Eduardo Hita, el parásito servicial y bufón, con cierta energía satírica, bien representado.
Tal vez nos atreveríamos a censurar en esta novela la prolijidad en las descripciones y la inclusión de varios lances e incidentes que nada importan en la acción principal; pero lo expedito que para escribir es el autor, su mocedad, el ser ésta su primera obra, el casi invencible prurito de colgar en ella todos los adornos que se poseen, y la moda que hoy prevalece y que disculpa tales redundancias, nos arrancan de la mano la férula de que teníamos ya intención de servirnos.
No creo yo que el Sr. Danvila tuviese el propósito de sostener una tesis o de seguir una tendencia al escribir Lully Arjona. Su propósito hubo de ser divertir e interesar, y esto me parece que lo ha conseguido. Yo al menos me he entretenido agradablemente leyendo su novela.
Si el propósito se hubiera aclarado y marcado más, acicalando el autor el estilo irónico y aguzando su punta, en vez de titularse la novela Lully Arjona, hubiera podido tener por titulo Derribo de ideales.
En efecto: sea o no sea porque las cosas no andan tan bien en este mundo como sería de desear, culpa de la ingrata naturaleza o de un organismo social incorrecto y vicioso, lo cierto es que cada uno de los ideales que Lully va formando y colocando a manera de ídolo sobre un pedestal o peana, se derriba pronto, porque la base o el pedestal viene a tierra. Así Lully acaba por quedarse sin ideal alguno, sino muy tristemente desengañada. De todo lo cual bien pudiera deducirse la más cristiana y ascética de las moralejas: que no debemos poner en esta vida, sino en otra mejor, el blanco de nuestras aspiraciones y deseos.
Lully, elegante y bonita y tan hidalga como pobre, hija de un título tronado, aspira primero a casarse con un lindo caballero de quien esté tierna, viva y fundadamente enamorada, y que disfrute además de veinte mil o de treinta mil duros de renta, para amarle con lujo, con confort y con todos los perfiles y primores que pueden requerirse y se requieren. Llega Lully o frisa en los treinta años, y no encuentra tal novio. La base de este ideal se derrumba. Lully tiene que contentarse con la mitad de lo idealizado. A falta de novio o de marido, hermoso, enamorado, galán y discreto, se contenta y resigna con que sea rico. Y Lully se casa. Entonces se esfuerza por construir para su uso otro más pequeño, aunque todavía poético ideal. En su imaginación presta a su marido, ya que no talento, recto juicio, bondad extremada, ternura y delicadeza de afectos. Con estas cualidades, y siendo él como es buen mozo, elegantísimo y ágil en el sport, no podrá menos de satisfacer el amor propio de ella y de tenerla, si no prendada, tan agradecida y devota que casi toque y se confunda con el amor su gratitud y su rendimiento.
Por desgracia resulta que Cabrera, que así se llama el marido de Lully, es un señorito tan grosero y vulgar de sentimientos que, a los pocos días de casado, se tima o se pone en relaciones pecaminosas con las daifas o zuripantas, que encuentra a su paso en el viaje de novios.
No son ya posibles la devoción y el afecto conyugales con que había soñado Lully. Nuevo ideal por tierra. Para reemplazarle piensa Lully en la poesía sublime de la maternidad; en sus goces, deberes y sacrificios; pero el tálamo es estéril para Cabrera.
Hay un momento en que sueña Lully con una pasión quintaesenciada, purísima, castísima, sin la menor mácula que deslustre su limpieza. Lully halla por fortuna al hombre adecuado para este fin. Ni hecho de encargo pudiera ser mejor; pero también por una serie de casos fortuitos, largos de exponer aquí, este amante archi-espiritual y semi-místico se va lejos: se diría que se desvanece.
En suma: la pobre Lully, creando en balde ideales que la casualidad o el diablo derriba luego, viene a caer en la más real y lastimosa bajeza que imaginarse puede. Medio sorprendida y medio violentada, en un instante de debilidad y de ceguera, casi sin conciencia y sin brío para resistir, Lully se rinde y se entrega a un hombre perverso y audaz que no la merece.
Aun después de esta caída Lully procura consolarse con un ideal, ya que no nuevo, renovado. Espera ser madre y se propone consagrar al hijo de sus entrañas toda la vehemencia afectiva de su corazón, sus pensamientos y la vida y el ser de su espíritu. Así pasa Lully el tiempo, y se consuela con estas ideas y con estos planes, hasta que llega el día del esperado parto.
Lully está a punto de morir, y pare un niño muerto.
El desengaño no puede ser más completo ni más terrible. Para colmo de desventuras, se le ha muerto poco antes su hermana la jorobada, descubriendo su violentísimo amor por el hombre que había abusado de Lully por sorpresa. Y como este hombre había coqueteado con chucha y hasta la había pretendido, por vicio extraño o tal vez por cálculos de conveniencia, a la pobre Lully no le queda siquiera el consuelo de figurarse a su seductor, o como queramos llamarle, menos ruin y desalmado de lo que era.
Tal es la primera fingida historia, harto poco consoladora en verdad, que el Sr. Danvila ha escrito. Grandes atrevimientos hay en la narración; pero están orillados o salvados con arte. Y como hay notable variedad y riqueza en los lances y episodios, y no pocos discreteos y chistes en los diálogos, razonamientos y cartas que entran en el tejido de la novela, su lectura no cansa ni aflige, sino que deleita, y promete además, que su autor ha de seguir escribiendo, superando en este género lo que ya ha escrito, y procurando que sus héroes o heroínas de la high-life pongan sobre terreno más firme las bases de sus ideales para que no se hundan en el cieno al menor capirotazo.
MARIQUITA LEÓN
NOVELA ORIGINAL DE JOSÉ NOGALES Y NOGALES
El Sr. Nogales, conocido ya del gran público por el cuento premiado en el certamen abierto por El Liberal, ha querido confirmar y ha confirmado, en mi sentir, la justicia con que obtuvo aquel triunfo, escribiendo no ya cuentos, sino extensas novelas.
La que lleva por título el que nos sirve de epígrafe entiendo yo que ha ido más allá todavía: Mariquita León da más, para mi gusto, que lo que Las tres cosas del tío Juan nos habían prometido.
La vida en una pequeña población rural andaluza está muy bien observada y hábilmente pintada. No peca el autor de prolijo ni sigue la moda de ciertas novelas francesas, donde no hay objeto, por ruin e insignificante que sea, que no se pese, se mida y se describa minuciosamente como en el más que escrupuloso inventario redactado por peritos. El Sr. Nogales no es así, por dicha. Pinta a grandes rasgos, y se lo agradecemos. Las descripciones de su novela distan muchísimo de cansar, y son, sin embargo, tan vivas, y nos parecen tan exactas y tan fieles, que vemos a Venusta, que así se llama la villa teatro de su novela, recorremos con el autor las calles del lugar y los campos que le circundan, y penetramos en las viviendas, corrales y bodegas de las casas de labranza de los hacendados más ricos. La novela tiene traza de idilio; pero no ideal y fantástico, sino tomado con perspicaz observación de la realidad misma y reproducido con arte atinado y sobrio.
Los caracteres son verdad y tienen consistencia, de suerte que los principales personajes se diría que viven, y sus actos y pasiones interesan y conmueven.
La mayoría de estos personajes, el cacique Brevas, su hijo, Berrinches, y el alcalde Larán-larán es moralmente fea y ruin; pero la afición pesimista prevalece hoy en las obras de ingenio, y no nos atrevemos a censurar lo negro del cuadro, aunque le hubiéramos preferido menos negro. Todas sus figuras, sin embargo, no están tiznadas por los vicios y pecados. Algunas son simpáticas y moralmente bellas. Así el médico D. Jacinto; el virtuoso, enérgico y sencillo Padre Baquero, rústico jayán injerto en santo y venerable siervo de Dios, rico en evangélicas virtudes, y la linda Merceditas, que si bien se ve en segundo término y muy esfumada, es una excelente joven.
De la protagonista es poco cuanto se diga, para alabarla. Mariquita León quiere ser, y casi lo consigue, el prototipo de la rica hembra de nuestros tiempos, no hidalga de alto linaje ni señora de siervos del terruño y de fortalezas y castillos, sino democrática labradora, que ella misma ordeña sus vacas, hace los quesos y se emplea en otras domésticas faenas y rústicos menesteres. Mariquita León es laboriosa, activa, despejada, y posee los bríos y la entereza convenientes para gobernar bien su casa y su hacienda y para hacerse respetar y temer de sus enemigos. Y no por eso tiene Mariquita nada de sargentón, de marimacho o de monja alférez. Mariquita es gallarda y hermosa, aseada y pulcra, caritativa con los pobres, llana y afable en su trato, generosa con la gente menuda, y para con los amigos, leal, cariñosa y suave. Todos los ya citados personajes y no pocos otros de segundo y tercer orden hablan en la novela muy naturalmente y como deben hablar, esto es, sin que el Sr. Nogales les haga decir la infinidad de cosas que en la vida real hubieron de decir sin duda, pero que nada importan al propósito de la historia, por lo cual el autor debe prescindir de ellas como si nunca se hubieran dicho. La primera regla del arte, la más importante quizás, la más difícil de observar y la que rara vez observamos, consiste en desechar lo impertinente, y yo creo que el Sr. Nogales acierta en Mariquita León a observar esta regla.
Otra regla hay que, en mi opinión, debiera siempre seguirse, por más que Zola, en los libros didácticos que ha escrito sobre el arte de componer novelas, la deroga por inútil; pero como Zola la sigue a menudo aunque la dé por derogada, a cualquiera se le figura que es burla y malicia suya la derogación de la tal regla. Una novela no es una serie de casos vividos, observados y experimentados por quien los reproduce luego sin unidad de acción, sino que debe tener el conveniente enlace que haga que todos estos casos, accidentes o episodios, concurran al mismo fin y contribuyan a poner debido término a la historia.
Contra esta regla, que a mi ver no debiera derogarse, peca el autor de Mariquita León. Su novela sin duda interesa y deleita, aunque falte a la regla mencionada; pero interesaría y deleitaría más si no faltase. Y no es la falta, sino que es sobra. En Mariquita León puede afirmarse que hay cuatro acciones en vez de una: la enemistad entre el alcalde y Berrinches, el cual se revuelve como acosada fiera, y acaba por asesinar a quien le persigue; la avaricia de Brevas, que excita a Juanito sin sal a hurtarle el trigo, y la repugnante y espantosa lucha entre padre e hijo que el hurto descubierto ocasiona y que da por resultado la muerte del padre; los poéticos y apenas iniciados amores entre Mercedes y el médico, que terminan melancólicamente en una separación algo, a mi ver, obscura y sutilmente motivada; y por último, la penosa enfermedad del niño enclenque, hijo muy amado de Mariquita León, con cuya muerte acaba la novela. Las mencionadas cuatro acciones, no veo yo que influyan unas en otras. Todas caminan simultáneamente y sólo coinciden en un punto: en contribuir al desengaño del médico D. Jacinto que, desencantado de la vida de aldea se va de Venusta para vivir de nuevo en las grandes ciudades, donde tal vez le aguardan no menores desengaños. La rudeza campesina no ha dado por fruto en Venusta una inocencia candorosa, sino la corrupción más grosera. Ganas nos dan de seguir al médico D. Jacinto, rogando al Sr. Nogales que nos acompañe y nos sirva de guía, para ver si lejos de Venusta y en población más grande y civilizada, van las cosas un poco mejor y no hay que avergonzarse de tanto pecado ni que lamentar tanta miseria.
AVENTURAS, INVENTOS Y MIXTIFICACIONES
DE SILVESTRE PARADOX
Nadie más acérrimo contrario que yo a las modas en literatura; pero, ¿cómo impedir que sea lo que no debe ser acaso? Los buenos versos deben siempre ser estimados y aplaudidos. Esto no se puede negar. Es evidentísimo, no obstante, que el poco numeroso público español que lee está cansado de versos y se muestra con ellos harto desdeñoso. La afición a la novela y al cuento en prosa cunde y se aviva cada vez más, prestando incentivo a multitud de autores para que cultiven el género.
Poco fecunda fue España en novelistas durante todo el siglo xviii y los dos primeros tercios del xix. Las novelas inglesas y francesas traducidas al castellano, casi bastaban para el consumo, ya publicadas en los folletines de los periódicos diarios, ya propinadas en tomos. Se diría que en el país donde se había escrito el Amadís, La Celestina y el Quijote, se había perdido la aptitud para escribir novelas. Hoy, por dicha, me lisonjeo yo y me complazco creyendo que la aptitud renace, y esperando que ha de dar frutos no menos sazonados y sabrosos que los que vienen de Francia, de Inglaterra, y hasta de Suecia, Rusia y Polonia, que gustan y saborean con tanto deleite las personas cultas y que nuestros críticos suelen poner tan por las nubes.
Para que esto se logre no pido yo que menospreciemos injustamente la producción extranjera e importada, ni que elogiemos en demasía lo que por acá se produzca. Sólo pido un poquito menos de admiración y de pasmo hacia lo que nos viene de fuera y alguna mayor benevolencia para lo que en España se escribe y se publica. Conviene, además fijar en ello la atención del público y despertar por ello la curiosidad y el interés, la mitad siquiera que inspira el teatro, y la décima parte siquiera que inspiran las corridas de toros. Lo que es yo me propongo contribuir a este fin hasta donde alcancen mis pobres y ya casi agotadas fuerzas.
Es, a mi ver, singular y agradable el arraigo castizo que tienen las letras en España. A pesar del abatimiento en que hemos caído, y a pesar de la admiración y de la semi-adoración que unida al propio menosprecio quieren algunos hacernos sentir, no ya sólo por las novelas inglesas y francesas, sino también por las suecas y las rusas, el prurito de imitarlas, o bien no se da, o si se da produce el no esperado efecto de que imitemos, tal vez sin pretenderlo y hasta sin sospecharlo, impulsados por invencible atavismo, la antigua novela española. Claro ejemplo de esto nos presta la indicada por su título al frente de este articulito. Don Pío Baroja, sin querer acaso, pensando en muchos libros extranjeros que sin duda ha leído, se ha puesto a escribir y ha escrito las aventuras de Silvestre Paradox, y ha renovado, como puede ser renovada en nuestros días, con diversos trajes, usos, costumbres y aficiones, nuestra antigua novela picaresca. Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, Marcos de Obregón, Estebanillo González, el buscón D. Pablo, el donado hablador y otros personajes de la misma laya, han de haber encontrado en el reino de la fantasía y reconocido como muy cercano pariente al héroe desastrado de la novela de D. Pío Baroja. La semejanza de este héroe con los mencionados antes, resalta a cada paso, mientras que las diferencias proceden del diferente modo de vivir que hay ahora. Silvestre Paradox no es ya paje, ni escudero, ni soldado que va a guerrear y a garbear a Italia, Flandes y América, ni queda cautivo en Argel, ni acaba como penitente ermitaño en un yermo; pero lucha por la vida como se estila ahora, y acomete atrevidas empresas y busca aventuras, y nos presenta desde su nueva atalaya de la vida humana larga serie de cuadros en los cuales no deja de haber realidad y verdad, aunque ennegrecidos a veces por la sátira y grotescamente exagerados por la caricatura.
No es Silvestre Paradox un pícaro al modo de los antiguos, sino un semi-sabio extravagante que trata de inventar o cree haber inventado no pocos artificios científicos. Modelos para esto ha podido hallar el Sr. Baroja en nuestra tierra, donde poco o nada importante se inventa desde hace tiempo, pero donde no faltan propósitos y conatos de inventar máquinas que vuelen con dirección, barcos submarinos, proyectiles apestosos que basten a ahogar ejércitos enteros con sus mefíticos miasmas, y cuadratura del círculo, y movimiento continuo, y otra infinidad de primores.
No sé yo, ni me lanzaré a escudriñar y a investigar si el Sr. Baroja ha intentado con su novela demostrar alguna tesis o darnos alguna lección moral, social o política. Pero haya o no en su novela lección o tesis, yo me limito a considerarla como libro de entretenimiento, declaro que me ha entretenido, y con esto basta para que yo celebre al autor y recomiende la lectura de su libro, el cual está bien escrito, con sencillez y gracia, y sin hacerse pesado con filosofías y otras disertaciones inoportunas. Muy de agradecer es esto último en el día de hoy, cuando en la novela se pretende enseñar todo lo que hay que saber, incurriendo los novelistas en pesadez inaguantable. Porque, según me decía anteayer cierto amigo mío, no pocas novelas docentes de ahora son para él como el ajedrez: para juego, sobrado científico, y para ciencia, sobrado juego.
Por algo entra la ciencia en la novela de don Pío Baroja; pero entra como elemento o ingrediente para divertir y burlar. Aunque sea mala comparación, es como el aliño o la sal y pimienta del guiso.
Alguien censura de desordenada o de casi sin pies ni cabeza la novela de que estamos tratando. Yo considero severísima y punto menos que infundada la tal censura. La acción, como en casi todas las novelas de su clase, es la vida entera del protagonista, o por lo menos una parte de esta vida hasta que se cansa de escribir quien la escribe, quedando siempre campo abierto y tela cortada para componer una segunda parte; pues si bien aseguró Cervantes que las segundas partes nunca fueron buenas, gloriosamente lo contradijo en su Ingenioso Hidalgo, acompañándole en la contradicción Luna con su nuevo Lazarillo, Mateo Alemán y otros.
Perseguido por sus acreedores, lleno de desengaños y abrumado por la miseria, Silvestre Paradox se escapa de Madrid y se va a Valencia. ¡Quién sabe cuántas cosas interesantes o divertidas pueden ocurrirle después! Bástenos por lo pronto que nos diviertan las que ya el Sr. Baroja nos ha contado. Y esperemos, por último, que, ya sea escribiendo segunda parte de Silvestre Paradox, ya sacando a relucir a otros héroes y tomando nuevos caminos y asuntos, el Sr. Baroja siga escribiendo novelas, ya que tiene aptitud para ello, y procure, sin dejar de ser realista, iluminar, hermosear y alegrar el mundo que describa con resplandores ideales. De todos modos, su Silvestre Paradox, aunque tan hundido en el charco impuro de la realidad y casi ahogándose en él, nos es muy simpático por su risueño estoicismo, por su desenfado y por el buen humor que nunca le abandona en medio de su inopia incorregible, cuitas y apuros.