EL SUPERHOMBRE (continued 5)
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EL ÚLTIMO PATRIOTA
NOVELA POR JOSÉ NOGALES Y NOGALES
Sin duda que todo lo que ocurre de bueno y de malo es porque Dios quiere; pero los designios del Altísimo son inescrutables y nos exponemos a errar y hasta blasfemar si nos empeñamos en declararlos. Infiero yo de aquí, que es por demás aventurado el atribuir a castigo del cielo las desventuras que puedan caer sobre una colectividad o sobre un individuo. Los cuentecillos chuscos suelen tener una moraleja llena de buen sentido. Jugó un hombre en Viernes Santo y perdió su caudal; pero no le perdió por haber jugado en Viernes Santo, ya que el ganancioso jugó también en el mismo día y no en Sábado de Gloria.
Muchas veces he oído decir a sujetos graves, y he leído en periódicos y en libros, que en la última guerra entre Francia y Prusia perdieron los franceses porque andaban entonces muy corrompidos y bailaban demasiado cancan; pero ¿eran acaso los prusianos algunos padres del yermo, y no gastaban del mismo baile o de otros no menos descompuestos y lascivos? Su triunfo tuvo, pues, otras causas, y no la mayor severidad y pureza de costumbres.
Todavía hay otra moralidad más rígida de la que suele valerse la gente para explicar los grandes sucesos, poniéndola como una de las bases de la filosofía de la historia. Sale un pueblo vencedor, y otro pueblo queda vencido en una guerra. ¿Hemos de afirmar por eso la evidente degeneración del vencido? ¿Pudo exigirse como un deber, pudo considerarse como ineludible condición para no pasar por degenerados, el tener antes del vencimiento héroes y mártires en abundancia? Yo entiendo que no. Yo entiendo que el heroísmo y el martirio son altamente laudables por lo mismo que son raros. El héroe y el mártir alcanzan fama inmortal; pero es cuando la doctrina, la creencia, el pueblo o la sociedad por quien se sacrifican viene a triunfar al cabo. Los trescientos de las Termópilas estarían olvidados o pasarían por locos de atar, si después de su sacrificio no hubieran brotado los inmarcesibles laureles de Maratón, Platea y Salamina.
Cierto es también que los actos heroicos valen siempre mucho, aunque sólo sea para limpiar la derrota de toda vergonzosa mancha. Muriendo D. Rodrigo a orillas del Guadalete y en Hasting Haroldo, encubrieron con su sangre el oprobio de la rápida conquista de España y de Inglaterra por moros y normandos. Y el último de los Paleólogos, combatiendo y muriendo gloriosamente en defensa de Constantinopla, fue digno de la majestad cesárea; puso término glorioso al secular poder de griegos y de romanos, y merece no menor aplauso que Leónidas y más piadosa simpatía.
No quiero yo dilucidar aquí, porque los sucesos son harto recientes, si las circunstancias son parecidas o si son muy otras, y si hubo o si debió haber al acabar lastimosamente el Imperio colonial de España que había durado cuatrocientos años, algo de hermoso y digno de una gran tragedia: personajes que equivaliesen a los Rodrigos, Haroldos y Paleólogos que hemos citado. Lo que sí me parece que puede asegurarse es que mayor sacrificio que el que hemos hecho de dinero y de sangre hubiera tenido idéntico resultado o más desastroso, porque, sobre la pérdida de nuestras colonias, los yankees hubieran podido arruinar algunas de nuestras ciudades de la costa, y causar perjuicios gravísimos a nuestra industria y comercio renacientes, sin que toda la antigua valentía española, renacida y hasta aumentada, nos hubiese servido de mucho contra enormes barcos acorazados, contra diestros marinos y contra la certera puntería de colosales cañones.
Abandonados de toda Europa con la estéril e inútil conmiseración de algunas Potencias y con el soberbio desdén y secular aborrecimiento de otras, siempre hubiéramos sucumbido en la lucha, y mientras más la lucha hubiera durado, más honda y más cruel hubiera sido nuestra caída. Menester es resignarse: no hay otro remedio. ¿Qué ventaja pueden traernos ya las recriminaciones? Concedamos que ha habido culpas, cuyo castigo ha sido nuestra derrota; pero los culpados han sido y son tantos, que lo más prudente no es la absolución, sino la amnistía; olvidar lo que ya pasó, como se olvida el más horrible sueño, y hacer vida nueva. Exponer aquí como debe ser esta vida es empeño superior a mis facultades mentales, y creo que también a las de no pocos que han tomado el oficio de regeneradores y que recitan discursos o escriben libros terapéuticos. Lo único que puede afirmarse, sin que presuma el que lo afirme de estar dotado de la facultad de regenerar o de curar, es que en el día más que en otras edades, conviene ser rico para ser fuerte, y conviene además ganar aliados y amigos, y no estar solos en el mundo. El valor heroico, puede hacer milagros; pero no debe fiarse en milagros la suerte y el porvenir de la patria. Y ese mismo valor heroico, cuya aptitud milagrosa concedemos, en algunas ocasiones decae, y hasta fallece cuando faltan en la colectividad o en el individuo los materiales recursos, la destreza en las armas y todos aquellos medios de defensa y de ofensa que son ahora más complicados y costosos que nunca y que requieren constante estudio y largo aprendizaje para que sean bien empleados.
Me mueve a poner aquí las anteriores reflexiones la lectura de una novela o como queramos llamarla, obra de D. José Nogales, y cuyo título es El último patriota. Constituye la acción o el argumento de la mencionada novela, la serie de sucesos, de temores y de esperanzas que sobrevienen y asaltan a los habitantes de una ciudad imaginaria, llamada Oblita y situada en territorio español, durante la muy deplorable y harto poco lucida guerra que contra los Estados Unidos de América nos vimos obligados a sostener. Y digo que nos vimos obligados, porque hasta cierto punto es falsa la vulgar sentencia que dice: que dos no pelean cuando uno de los dos no quiere. El que no quiere puede ser colocado tan sin escape y tan entre la espada y la pared, que sin contar con la menor probabilidad de triunfo y sólo para salvar su decoro y probar que cede a irresistible fuerza, acepta o declara la guerra, aunque esté persuadido de que va a ser derrotado. Así con espadas de plomo peleaban gladiadores contra el bien armado Emperador de Roma, que de seguro había de matarlos, y así sale al campo a reñir en desafío contra el más tremendo de los espadachines un señor viejo y pacífico que no sabe de esgrima o que la ha olvidado, y que por no haber tirado al blanco o haberse quedado medio ciego no acierta a dar un balazo a un elefante a cinco metros de distancia.
Importa, antes que todo, rejuvenecerse y robustecerse para cobrar confianza; aprender luego o recordar los ejercicios gimnásticos y de las armas; apercibirse de los convenientes pertrechos, pero sin gastar en adquirirlos lo que antes debe emplearse en restaurar los bríos naturales de la propia persona, y, por último, buscar y ganar amigos para no verse otra vez abandonados en el caso de un nuevo conflicto. Pero lo que importa más que nada es que no decaiga el ánimo, que no se abata el vencido y que no forme muy ruin y desesperada opinión de sí propio.
Por lo expuesto me inclino yo a desaprobar la impía burla con que fustiga el señor Nogales a los habitantes de Oblita. Convengo en que un fervoroso patriotismo, herido y exaltado por recientes desventuras, y el deseo de estimular a la patria y de excitarla a grandes acciones, sacándola de la flaqueza y del marasmo en que tal vez ha caído, pueden mover a un varonil y bien intencionado escritor a zaherir y a satirizar duramente a la misma nación a que pertenece. Claros ejemplos de tales diatribas, fundadas en sentencias como las que rezan: quien bien te quiere te hará llorar, y la letra con sangre entra, han dado en Italia, para libertarla del yugo extranjero y hacerla una, no pocos egregios italianos como Parini, Giusti y Leopardi, avergonzándola y maltratándola de palabra, ora en prosa, ora en verso.
¿Está bien o no está bien que nos valgamos hoy en España de un método parecido? Hallo tan comprometido el contestar a la pregunta, que no atino con la contestación útil y justa y no me resuelvo a darla. Paréceme, no obstante, que entre nosotros hay en el día circunstancias que deben movernos a ser más indulgentes que ásperos; a consolar y alentar en vez de censurar.
Una de las causas, la mayor tal vez de la postración y del hundimiento en que nos vemos, es la cortísima estimación en que se tienen hoy los mismos españoles; cortísima estimación que, combinada con el sobrado aprecio y exagerado buen concepto que cada cual forma de sí propio, nos arrastra a la desunión, al regionalismo y al separatismo. Los cubanos, sin duda, se figuraban más civilizados, más listos, más productores de bienestar y de riqueza, y harto más capaces de progreso que los habitantes de esta Península. De aquí el que creyesen que era impedimento o rémora para que subiesen ellos a más altas esferas, el seguir unidos a nosotros. Posible es que alguien piense en tal cual región de esta Península de la misma manera que pensaban los cubanos. Nobilísimo es el amor de la patria chica; pero debe ir acompañado, para no ser funesto, del amor de la patria grande. El desdén y el odio hacia ella son origen de debilidad y de interesado egoísmo.
No menos lamentable, sobre todo después de un inmenso infortunio, es echarse la culpa unas parcialidades a otras parcialidades y unas clases a otras clases. Si tienen la culpa los liberales, dirán los serviles que deban mandar ellos para regenerar el país; si los políticos se inventará una masa neutra que tratará de convertirse en política de repente; si los librepensadores, saldrán chillando los devotos y ultra-católicos, asegurando que todo el mal proviene de la carencia de fe religiosa; por contraposición, los librepensadores afirmarán luego que el fanatismo es lo que nos debilita, empobrece y vuelve tontos; en suma, no nos entenderemos, y cuando más que nunca conviene la concordia y la paz, acabaremos de arruinarnos con el desasosiego y los desórdenes. Casi todo el siglo xix se nos ha pasado en revoluciones estériles, en largas guerras civiles, en pronunciamientos y contrapronunciamientos, en tejer y destejer constituciones y leyes orgánicas, en reformarlo todo, y en reformar de nuevo lo reformado antes; y de todo ello procede sin duda la mísera situación en que hemos caído. No es, pues, modo de remediarla el volver de nuevo a las interminables reformas, a atribuirnos unos a otros la malaventura y a reñir contra los propios porque no fuimos hábiles para reñir contra los extraños.
La alegoría o el símbolo suele prestarse a diversas interpretaciones. La novela El último patriota es alegórica o simbólica, y bien puedo yo interpretarla a mi modo. Acaso mi interpretación sea la recta. De ella se deducirá entonces una moraleja muy semejante a cuanto acabo de decir en este artículo: que en fuerza de ser la culpa general, debemos olvidarla, haciendo antes el firme propósito de la enmienda.
Es sin embargo, harto cruel y burlesca toda la alegoría que a tan buena moraleja nos conduce. La rapidez con que los habitantes de Oblita pasan de una extremada y jactanciosa confianza al abatimiento y a la consternación; los medios ridículos que inventan y a que acuden para combatir a los enemigos, como por ejemplo el fulminario, con el cual suponen que echarán a pique toda la escuadra de Watson; el gracioso combate en que toman parte los valerosos habitantes de Oblita contra la mencionada escuadra, que por un prodigio de imaginación han traído de América hasta las playas que están cerca de su ciudad; el belicoso ardor del padre cura y los arrestos magnánimos del linajudo hidalgo D. César Paniagua, todo tiene chiste y todo hace reír, pero con lo que vulgarmente se llama risa de conejo, que en vez de regocijar, lastima y duele. Hasta la determinación final del cura y de D. César de levantar para regenerarnos una partida carlista y de encender de nuevo la guerra civil, está bien ideada y trazada, y contribuye a la severa lección que el Sr. Nogales quiere darnos.
Considerado, por último, el libro del Sr. Nogales como un desahogo de su mal humor y de su duelo patriótico, no cabe duda que tiene mérito y prueba agudeza y poder de ingenio. Acaso yo, que soy quizás demasiado optimista y muy indulgente y benigno, halle poco simpático el libro del Sr. Nogales y sea para juzgarle el menos a propósito de todos los críticos. A salvo queda, no obstante, la noble y generosa intención del Sr. Nogales. No tiene toda su satírica más feroz amargura para España, que para Italia los siguientes versos de Leopardi, que bien pudieran servir de epígrafe a El último patriota:
Volgiti indietro e guarda o patria mia, Quella schiera infinita d'immortali, E piangi e di te stessa ti disdegna; Chè senza sdegno omai la doglia è stolta: Volgiti e ti vergogna e ti riscuoti, E ti punga una volta Pensier degli avi nostri e de' nepoti.
ISAAC
POR JAVIER LASSO DE LA VEGA
La centralización administrativa no ha traído proporcionalmente, tanto como en Francia, todo el movimiento intelectual, literario y artístico, a la capital en España. Brillantes centros, focos de nuestra cultura, siguen siendo algunas ciudades, sobresaliendo entre ellas Barcelona y Sevilla. Y como conviene a mi ver, que esta vida del espíritu siga difundida, y no venga a recogerse y a acumularse en Madrid, buscando fama y provecho, creo que también conviene llamar la atención, más aún que sobre los libros que se publican en esta villa y corte, sobre los que en provincias se escriben y se publican.
El autor del libro cuyo título nos sirve de epígrafe, es, a lo que parece conocido y celebrado en la gran ciudad del Guadalquivir como docto médico y como autor de varias obras científicas, entre las que se cuentan: Concepto de la fisiología general, El genio y la inspiración, La ciencia y el Arte, La Atrepsia, Origen y fin del planeta Tierra, y Biografía y estudio crítico de las obras de Nicolás Monardes.
Durante los dos primeros tercios del siglo xix apenas hubo, en nuestro país, político, jurisconsulto ni personaje notable en otras profesiones, que no empezase por componer versos y que a menudo no siguiese componiéndolos durante toda su vida. Ahora puede decirse que la afición a los versos, si no ha cesado, ha disminuido no poco, y que, en cambio, desde veinte o treinta años hace, ha cundido la afición a escribir novelas.
Este género de literatura, que floreció tan gloriosamente en España, se descuidó por el teatro, desde mediados del siglo xvii, y sólo ha renacido recientemente, pugnando por competir con las novelas francesas e inglesas, que son en el día las más celebradas, y con las novelas rusas y de otros pueblos del Norte, que van poniéndose muy de moda.
El médico sevillano D. Javier Lasso de la Vega, se ha dejado llevar de la corriente, ha querido también ser novelista, y ha mostrado que posee las prendas y demás condiciones que para serlo se requieren.
Su novela Isaac es, con todo, para mi gusto, más sátira que novela: pertenece a un género que no me agrada, aunque en él puede más fácilmente que en otros ganarse fama y obtenerse un buen éxito de librería. Sacar a la vergüenza a personajes conocidos, vivos y reales, y revelar al público todos sus vicios y pecados, es uno de los medios más a propósito de que puede valerse un escritor para proporcionarse lectores. Yo tengo por cierto que el Sr. Lasso de la Vega no ha menester de este medio, y por lo mismo me pesa de que le haya empleado.
Como quiera que ello sea, yo quiero suponer que no le empleó; que bajo los nombres imaginarios de los personajes de su novela no descubre ni debe descubrir la malicia verdaderos nombres, y que la fingida ciudad de Gaudulia nada tiene que ver con Sevilla.
Si es Isaac novela de clave, no quiero yo valerme de la clave para descifrar la novela. Baste a mi propósito estimar como pura ficción cuanto en ella se cuenta, y entender que su sátira va contra el vicio y no designa ni fustiga a los viciosos, cuyo castigo prefiero yo que se encomiende a la ley, a los tribunales y a la pública reprobación, sin que autor ninguno, en una obra de arte y de puro entretenimiento, en lo que puede y debe calificarse de poesía, aunque esté en prosa, se rebaje y se humille hasta ejecutar la ruda sentencia.
Aun así, aun prescindiendo de la realidad que puede tener el modelo de cada uno de los personajes fingidos, he de confesar que gusto poco de la novela muy satírica. Y esto por varias razones. Indicaré aquí algunas.
El principal objeto de la novela, como el de toda poesía, debe ser deleitar y conmover, si bien de un modo consolador y elevado. Y a mí, acaso porque soy optimista, indulgente y benigno, más bien que deleitarme y más bien que conmoverme estéticamente, me aflige y me repugna la viva y exacta representación de la fealdad moral, cuando traspasa los límites de lo ridículo y llega a lo criminal y a lo odioso. Es cierto que en la novela del Sr. Lasso hay algunos personajes excelentes. Por tales deben ser tenidos D. Alejandro Calderón, el P. Aguilar y el profesor Madueño; pero esto no basta para iluminar con puros resplandores la horrible negrura del cuadro, y para contraponer a la fealdad y ruindad de casi todas sus figuras elevación y belleza que basten a compensarlas. Y mucho menos si se atiende a que Isaac, el protagonista, deja que desear no poco. Carece de serenidad, de calma y de paciencia, y en la destrucción de sus obras de arte y en el suicidio con que termina, hay tal frenesí de vanidad lastimada que, si bien no nos quita la conmiseración por el héroe, rebaja mucho el aprecio y la simpatía que al principio logró inspirarnos.
La sátira ingerida o combinada con la novela tiene además una grave contra. La acción marcha hacia su desenlace, venciendo multitud de estorbos que en su camino se amontonan.
Son tantas las causas que impulsan a Isaac a destruir sus obras y a darse muerte después, que el lector no acierta a determinar cuál de ellas ha sido la más importante: si el poco éxito que en el Ayuntamiento ha tenido su perorata; si la censura, aunque severa, no del todo infundada, de algunos de sus trabajos artísticos; si la separación de Filipinas, que hace casi imposible que le paguen el monumento a Legazpi; si sus grandes apuros pecuniarios; y, por último, si el desamor y el insolente desdén de su mujer, pintada en la novela de mano maestra.
Las escenas íntimas de tan desastrados amores conyugales, aquélla en que Marta pide a su marido que le compre los diamantes, y la que ocurre en el jardín por la noche, y a la luz de la luna, son las que mejor y más claramente muestran en el Sr. Lasso el agudo talento de observación y el raro poder del estilo para expresar y reproducir lo observado.
La orgía de los concejales en el antiguo Convento, la animada descripción del incendio, con la hazaña de Calderón para salvar a la niña, y la famosa sesión del Ayuntamiento con todos sus pormenores, así como no pocos otros episodios, están bien observados y descritos; pero complican la acción dándole diversos motivos, cada uno de los cuales quita fuerza a los otros en vez de acrecentarla. El lector se pregunta: ¿se hubiera suicidado Isaac si cobra el dinero del monumento a Legazpi, o hubiera sufrido mejor con el dinero los desdenes de su mujer? ¿Si triunfa en el Ayuntamiento y después en las elecciones de diputados, no se hubiera resignado a vivir? ¿Si los críticos hubieran sido justos o muy benévolos y no hubieran señalado defecto alguno en sus obras, ensalzándolas sin reparo, no hubiera sido grande su consolación y sobrado eficaz para quitarle del pensamiento el violentísimo propósito de destruir lo que había hecho y de matarse en seguida?
En la existencia real, en todo verdadero suceso histórico, suelen quedar en pie y sin aclarar tales dudas; pero tal vez en una ficción novelesca, y cuando el autor penetra en lo más íntimo del alma de su héroe y allí lo ve y lo escudriña todo, semejantes incertidumbres y nebulosidades menoscaban el efecto de la composición en vez de aumentarle.
En suma: yo creo que, después de leída la novela, el lector no puede menos de reconocer que el Sr. Lasso es un buen novelista, si bien desea que acumule menos cosas cuando escriba otra novela, y que represente en ella la vida humana, sin que sean, y hasta sin que pueda presumirse que son sus figuras fieles retratos de determinadas personas, sin que contenga una acusación cada episodio, y sin que cada acusación dé lugar a una defensa.
EL siglo xix pasó ya, y nos hallamos en el xx, de lo que debemos alegrarnos por haber pasado también la manía, que cundió entre los escritores, por todas partes y durante muchos años, de calificar de fin de siglo las bellaquerías y maldades. Con esto, además, se quería dar a entender que las tales bellaquerías eran como el refinado producto del esfuerzo secular de una exquisita cultura, y el triste resultado de nuestros materiales progresos. Lejos de ser así, debe entenderse que los hombres, para ser malos y bellacos, no han menester vivir a fines de siglo, ni en época y sociedad muy adelantadas. En lo tocante a tunantería, se sabe cuanto hay que saber, y se hace cuanto hay que hacer desde los tiempos primitivos.
No es en Gandulia ni a fines del siglo xix donde solamente los concejales se despachan a su gusto. Bien podemos decir: todo el mundo es Popayán, y cuándo no es Pascua.
Al leer lo que el Sr. Lasso cuenta de ciertos concejales de Gandulia, he recordado, y no puedo resistir a la tentación de referirlo aquí, lo que he leído en uno de los extractos y traducciones de los millares de manuscritos egipcios adquiridos y conservados en Viena por el archiduque Raniero.
El caso no ocurrió a fin de siglo, sino a mediados: por los años de 250 de la Era Cristiana, o dígase 1650 años ha. Y todo consta en las actas del Ayuntamiento de la magnífica ciudad de Hermópolis, así llamada porque su numen tutelar era Hermes Trimegisto.
Las sesiones del Ayuntamiento hermopolitano no pudieron ser más escandalosas ni más borrascosas de lo que fueron. También hubo allí un Isaac Garcés de Trillo que acusó a los principales concejales o regidores delincuentes, cuyos nombres se conservan aún. Se llamaban Dioscórides y Sarapammon. Habían cometido multitud de estafas, irregularidades y filtraciones; y lo que dio lugar a los debates más acalorados que hubo en las Casas Consistoriales, fue que los Sres. Sarapammon y Dioscórides, valiéndose de las llaves del granero público, vendieron casi toda la cebada y el trigo que en él había, y una enorme provisión de lentejas, y cien artabas de arrak, bebida de arroz fermentado de que gustaban mucho los egipcios de entonces.
Véase, pues, la poca o ninguna novedad que tienen las fechorías de los concejales, y téngase por cierto que en nada malo ha habido el menor adelanto. En lo bueno sí le ha habido y le habrá. Y con tan hermosa y fundada esperanza debemos animarnos, no desmayar y no acudir al suicidio que nada remedia, como acudió en su locura el escultor y honrado concejal, héroe de la novela del Sr. Lasso.
DISCURSO
PRONUNCIADO POR DOÑA EMILIA PARDO BAZÁN en los Juegos florales de Orense, en la noche del 7 de Junio de 1901.
La afición a los juegos florales cunde y se extiende por toda España. La manía de reírse de todo cunde también, y así no han de extrañarse los chistes y las burlas y caricaturas que sobre los tales juegos se han dado a la estampa. Lo que es yo confieso que soy muy aficionado a la broma y tentado de la risa como el que más pueda serlo; pero me jacto de tener una buena condición, que me alegraría yo de que la tuvieran todos. La risa no debe matar ni perjudicar a aquello de que se ríe. Al contrario, debe purificarlo y sanarlo. En lo más excelente suele haber y hay con frecuencia algo de ridículo; de suerte que, si lo ridículo se extrae, lo excelente, en vez de sufrir menoscabo o deterioro, queda limpio de toda mácula. La parodia, pues, no implica el descrédito de lo parodiado, antes bien es lícito afirmar que sólo de lo bueno y de lo hermoso se pueden sacar parodias divertidas y amenas.
Dicho lo que antecede, olvidémonos de los chistes y de los epigramas que se han lanzado contra los juegos florales, y tomémoslos por el lado serio.
Nadie negará, en primer lugar, que son una diversión inocente y barata, y no cruel y costosa como, por ejemplo, los toros.
Es además diversión muy culta y educadora, ya que en ella se ejercitan el entendimiento y el ingenio de muchas personas, así en componer discursos y poesías, como en oírlos y tratar de entenderlos, apreciarlos y juzgarlos.
Y no se sostenga que el hacer versos y discursos es tarea poco útil, y que mejor sería emplear nuestro tiempo y nuestra actividad mental en asuntos más prácticos y productivos. El gusto y el cultivo de las bellas letras, lejos de estar reñido con el bienestar material y con la fuerza que se aplica para lograrle, bien podemos afirmar que están en perfecto acuerdo y que siempre lo uno es indicio o resultado de lo otro; que lo anuncia, que lo prepara o que de ello procede. Acaso no hay nación en toda Europa más positivista, más próspera, más industrial y mercantil, más rica y más aficionada a la riqueza que la Gran Bretaña, y tampoco hay nación en Europa que guste tanto de versos, que posea tan gran número de buenos poetas y donde más discursos se pronuncien.
Sigamos, pues, componiéndolos y pronunciándolos por acá sin recelo de que se consuman nuestros bríos y calor natural en esta tarea de lujo y no de provecho. Pero ¿por qué tal tarea no ha de ser provechosa, considerada al menos como gimnasia en que nuestras facultades mentales se agucen, se afilen y se habiliten?
La poesía, además, estaba, desde hace algunos años, harto desdeñada y poco cultivada en nuestro país. Y como conviene que no se desdeñe y que se cultive, y como los juegos florales vienen como de molde para lograrlo, bien venidos sean los juegos florales. Evocadas por ellos, se diría que han reaparecido entre nosotros las musas visitando y favoreciendo a varios poetas nuevos. El lauro, la palma o la flor que en tales certámenes han conquistado dichos poetas, aunque gente descontentadiza y satírica niegue que sea prueba de alta inspiración, prueba es y será siempre de habilidad artística, de esmerado buen gusto y de no vulgar cultura, lo cual ya no es poco. Y debe tenerse en cuenta que, así como nosotros no nos atrevemos a dar a nadie diploma de inmortalidad y de genio, tampoco debe atreverse cualquiera a empuñar la férula de Aristarco y a castigar con ella a cuantos en los juegos florales han obtenido premio, expulsándolos con crueldad de la república de las letras.
Tal vez se me acuse de sobrado optimista y facilitón; pero yo entiendo que no merecen censura, sino elogio, las composiciones premiadas de los Sres. D. Miguel Gutiérrez, D. Angel del Arco, D. Narciso Díaz de Escobar, D. Juan F. Muñoz y Pabón y D. Pedro Riaño.
Cuando no motivo, los juegos florales han dado pretexto a muy sabrosos e instructivos discursos de sus mantenedores. Convengo en que un juez severo acaso podría decir que los discursos mencionados están casi todos como en una esfera muy excéntrica de la esfera poética o literaria de los juegos, tocándose sólo y compenetrándose una esfera y otra en muy pequeña parte o casquete, y formando así, como en el famoso y ya casi olvidado esquema del ser, inventado por los krausistas, la figura de una lenteja. Quiero yo significar con esto que si bien los juegos florales se han celebrado en Bilbao, en Salamanca, en Almería, en Cádiz, en Calatayud, en Zaragoza y en Orense, todos los mantenedores, cuál más, cuál menos, se han ido por los cerros de Úbeda. No condeno yo semejante aberración. Me limito a declarar que existe. Discúlpanla, ya que no la justifiquen del todo, la condición etérea y volátil del pensamiento y cierta preocupación amarga o picante que a todos nos estimula en el día. De ella puede afirmarse lo que afirmaba Lope, no del estro o tábano, sino de otra más ruin y aborrecible bestezuela:
Como los celos eres, Que picas y te vas por donde quieres.
Claro está que aludo al resquemor o a la acedía que los recientes infortunios de la patria engendran en nuestros espíritus, los agitan, los atormentan y los impulsan a buscar remedio. De aquí que se piense poco en la poesía, que se hable de ella muy de paso, y que se corra y se vuele para trasportarse de lo meramente literario a lo político y social. De suerte que cuantos pronuncian discursos en juegos florales suelen pronto perder de vista la corte de amor, el Gay saber y toda cuestión de gentileza, ternura y rendimiento a las damas, convirtiéndose en sociólogos, arbitristas y legisladores. Sus discursos apenas son literarios: más bien pueden y deben calificarse de terapéuticos. España está decadente y enferma, y es menester curarla y regenerarla. Para tan buen fin cada orador propone y ofrece medicamentos que juzga infalibles: la patriótica panacea que a fuerza de cavilar ha descubierto.
El discurso pronunciado por doña Emilia Pardo Bazán en los Juegos florales de Orense, tiene este carácter medicinal y regenerador. Y como son tan atinadas las observaciones que hace, las cosas que dice y los consejos que insinúa, y como todo ello está redactado con fácil y natural, al par que elegante estilo, y adornado con las galas y los colores de una muy brillante fantasía, bien merece que nos detengamos a examinarlo, aunque los juegos florales y los versos que en los juegos se premian queden, así en Orense como en otros varios puntos, completamente eclipsados por la prosa; aunque los juegos florales se conviertan en meeting político, y aunque se trueque en club el salón en que se celebran.
Si en alguien está plenamente justificado el producir este cambio en el propósito de los juegos, es sin duda en doña Emilia Pardo Bazán, la cual no puede, como los mantenedores varones, hablar en el Senado o en el Congreso y exponer allí las reformas que anhela introducir en el gobierno del Estado para regeneración de la patria.
Hay en mi sentir, afirmaciones tan verdaderas y tan consoladoras en el discurso de doña Emilia, que nos complacemos en notarlas aquí, lisonjeados y engreídos de coincidir en todo con ellas.
Lo primero que aplaudimos es algo a modo de amnistía que doña Emilia concede. O no puede saberse, o no debe declararse, aunque se sepa, quiénes han sido la causa de nuestras recientes desventuras. O son culpados todos, o sólo está la culpa en circunstancias independientes de la voluntad y del entendimiento humanos. Hemos sido vencidos, hemos perdido los espléndidos restos de nuestro gran poder colonial antiguo, porque teníamos que perderlos; porque así estaba prescrito. Ni se infiere de pérdida tan lastimosa que seamos una raza inferior o un pueblo degenerado, como ha supuesto recientemente un famoso hombre de Estado de la Gran Bretaña. Doña Emilia protesta enojada contra afirmación tan injuriosa, dejándose arrebatar por su patriotismo y por el espíritu de contradicción hasta el extremo contrario, hasta creer que somos «tan capaces y aptos, y quizás por naturaleza, más inclinados al bien, más exentos de vicios groseros, menos alcohólicos y brutales que ningún pueblo de Europa.»
Nuestra decadencia o postración ha de ser, por consiguiente, accidental y no esencial. Depende de varios achaques y dolencias de que es menester que sanemos. Para conseguirlo, propone doña Emilia, algunos remedios que a mí me parecen excelentes. Lo que importa ahora es que haya alguien que sepa aplicarlos con energía y perseverancia.
Deja entrever doña Emilia que quizás convendría un dictador para alcanzar tan buen fin. Harto me pesa tener que declararlo aquí; pero no estoy muy conforme con esto de la dictadura. Me parece remedio sobradamente heroico, y que además sería en el día de hoy inoportuno y tardío. Los Camilos, los Fabricios y los Fabios fueron dictadores para salvar a Roma; para que Roma venciese y arrojase de Italia a Breno, a Pirro y a Aníbal; pero no se les ocurrió a los romanos darse por vencidos, sentar paces, ceder al galo, al epirota y al cartaginés mucha parte del territorio de la República, y crear luego un dictador para que en la paz y en vencimiento los regenerase, o más bien los castigase. A la calamidad de quedar vencidos no quisieron los quirites añadir la calamidad de ser despóticamente gobernados.
Dice doña Emilia, y tiene razón hasta cierto punto, que la libertad no es un fin, sino un medio; pero la dictadura, no hasta cierto punto, sino en absoluto, es siempre un medio y no un fin. Es cierto que la libertad es un medio; pero el hacer cada uno lo que se le antoje, sin turbar el orden y sin ofender a Dios ni al prójimo, es medio tan excelente que vale para todos los fines, y hasta estoy por afirmar que bien mirado, es un fin, ya que sin libertad no puede haber nada bueno. Desechemos, pues, la dictadura. Para sufrir nuestra mala suerte y para aguantarnos, como nos hemos aguantado, todo dictador está de sobra. Cavour y Bismarck, dado que fuesen dictadores, surgieron para hacer el uno la unidad de Italia y el otro el Imperio germánico. ¿Qué iba a hacer ahora nuestro dictador, si Dios, o más bien el diablo, le suscitase? Como no fuese humillarnos y ponernos en ridículo, no sé yo lo que haría. El dictador, además, si ha de valer para fundar algo, ha de ser el instrumento, el apoderado de una gran parte de la nación, cuyos mandatos ha de cumplir con la fuerza que la misma nación pone en sus manos para que los cumpla. Sin duda que el dictador es entonces potestad que de Dios procede; pero no inmediatamente, sino por medio de la República, como dice Domingo de Soto, divinitus erudita. ¿Nos hallamos nosotros en tal caso, nos inspira Dios la elección de un dictador, y para qué y quién ha de serlo? Desengáñese doña Emilia y persuádase que lo menos malo es que las cosas sigan como están, sin alteraciones ni mudanzas. Alterándolo y mudándolo todo, con varios a modo de dictadores, cambiando a cada momento constituciones y leyes orgánicas, soltando reformas administrativas, cuya recopilación requiere enorme multitud de volúmenes, y haciendo revoluciones y pronunciamientos a cada paso, hemos andado durante todo el siglo xix, y harto se ve y se deplora lo poco medrados y menos lucidos que hemos llegado al xx. ¿Para qué, pues, nueva revolución, aunque el Sr. Maura, citado por doña Emilia, sostenga que la revolución se impone, y que a no hacerla desde arriba, desde abajo habrá que hacerla? ¿No sería mejor que nos quedásemos quietos, procurando, no con dictadores, ni con revoluciones, ni con flamantes leyes y decretos, sino trabajando mucho y bien en las artes y oficios útiles, aumentar la riqueza de la nación, restaurando así sus bríos antiguos y la enérgica confianza en sus altos destinos?
El libro inmortal de Miguel de Cervantes nos da sobre esto implícita y simbólicamente varios consejos muy sanos que debiéramos seguir. Vencido D. Quijote por el Caballero de la Blanca Luna, no quiso ser dictador ni revolucionario, sino que proyectó dedicarse al pastoreo y a la vida pacífica e industriosa. En punto a revoluciones, debiéramos también imitar al hidalgo manchego, que se contentó con romper una sola vez la celada, ufanándose al reconocer lo cortante de su espada y lo pujante de su brazo; pero, ya la celada recompuesta, se guardó muy bien de acuchillarla de nuevo, y la dio por buena y resistente aunque no lo fuese. Así nosotros, que hemos acuchillado y desbaratado tan a menudo nuestras instituciones, debemos dejarlas en paz y sin ponerlas a prueba de nuevo, considerarlas firmes y buenas, aunque disten algo de serlo.
Nuestra manía de legislar nos perjudica mucho, desacreditando las leyes por efímeras y caducas, e induciéndonos a no cumplirlas. Si han de ser pronto derogadas, ¿para qué su cumplimiento? Bien dijo D. Quijote en la carta que escribió a Sancho cuando era Gobernador de la Insula, y que bien pudiera repetir si escribiese a los gobernadores del día: «No hagas muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y, sobre todo, que se guarden y cumplan.»
Con mucho juicio toca y dilucida doña Emilia en su elegante discurso otras importantísimas cuestiones. Es la primera la cuestión religiosa, a mi ver algo anacrónica y exótica: anacrónica, porque parece más propia de las edades pasadas que de la edad presente, y exótica, en mi opinión, porque yo me atrevo a sospechar que, si en Francia no estuviese de moda perseguir hoy a los frailes, acaso no se hubiese desenvuelto tanto entre nosotros el afán de remedar a Francia en dicha persecución librepensadora, y tan contraria a la libertad bien entendida. Yo apelo a un librepensador, francés también, y contrario a tales persecuciones. Beranger dice:
A son gré que chacun professe Le culte de sa déité; Qu'on puisse aller même à la messe; Ainsi le veut la liberté.
A ver si esto se aviene con silbar y apedrear los conventos y las procesiones devotas, y con otros desahogos por el estilo.
Acerca del regionalismo separatista, me parece que doña Emilia se expresa con discreción y tino. Recordando una sentencia de Cánovas y haciéndola suya, afirma que el amor de la patria grande, el espíritu nacional, el patriotismo amplio desaparece de los pueblos cuando se convencen de que son mal administrados. Nadie, según doña Emilia, sería separatista o catalanista, sino fervoroso español, si pudiésemos contestar a sus quejas y a sus gritos «con las letras, con el arte, con la instrucción, con el progreso, con la rehabilitación de España; con una patria tan bella, tan digna de ser amada, tan majestuosa y noble, que nadie que no esté demente pueda desearle sino larga vida.» Precisa condición para lograr todo esto es que la patria esté bien administrada; y volvemos a la sentencia de Cánovas. Pero la buena administración, si bien puede considerarse como causa, puede y debe también ser considerada como efecto, sobre todo en un pueblo libre, donde no es nunca el capricho de un tirano quien crea y sostiene al Gobierno, sino la opinión pública, que se impone por los medios legales de la prensa, de la tribuna, de las manifestaciones y de las asociaciones pacíficas. Penoso es tener que decirlo, pero la verdad antes que todo: si tal pueblo está mal administrado, es porque no hay en todo él quien lo administre mejor, o porque es extremamente dificultoso el administrarle, a causa de circunstancias o de fundamentos que no acertamos a descubrir, pero que de cierto no se vencen con violencias dictatoriales o demagógicas, echándolo a rodar todo, para que después del trastorno y la barahúnda tengamos que decir como durante todo el siglo xix tantas veces hemos dicho: peor está que estaba.
En suma: el discurso de doña Emilia Pardo Bazán, que nos da ocasión para exponer lo que hemos expuesto, no sólo es bien pensado y elegante sino consolador y optimista. El mero hecho de pronunciarle tan ilustre dama, es evidente testimonio de cuanto nos preocupa a todos la salud de la patria, la restauración de sus energías y el fundado renacimiento de sus altas esperanzas desde luego, y para después de su antiguo poderío, crédito y gloria.
NOVELAS RECIENTES
I
Bien podemos decir con satisfacción que en el cultivo de la novela se advierten más cada día la abundancia y la bondad del fruto.
No es tan voluntariosa la musa como generalmente se cree. Conviene llamarla con persistencia y empeño. No siempre es ella sorda, y suele acudir propicia a quien cariñoso la pretende y con reiteradas y fervientes súplicas la llama. Sólo así se explica que en el país y entre la gente donde se escribió el Quijote se hayan escrito tan pocas novelas y de tan corto valer durante cerca de dos siglos, y que de algunos años a esta parte se escriban muchas novelas, no siendo inferiores algunas de ellas a las escritas en otros países donde florece género tan popular de literatura.
De Francia y de Inglaterra se han importado las novelas hasta hace poco, traduciéndolas o imitándolas. Aún persisten la imitación y la traducción. Tal vez nuestro público gusta más todavía de lo traducido o importado que de lo castizo y propio. No me incumbe ni quiero yo dilucidar aquí si nuestro público, y sobre todo el más selecto por su elevada posición social, tiene razón o no la tiene en tan marcada preferencia. Sólo afirmo que debemos procurar que tal preferencia deje de ser, ya esmerándose todo autor de novelas en que sean buenas las que dé a la estampa, ya trabajando el crítico para que reconozca y confiese dicha bondad el vulgo de sus compatriotas. No tenemos hoy que competir únicamente con lo que en Francia y en Inglaterra se escribe, sino que de Rusia, de Polonia y de otras naciones y lenguas, extrañas y casi incógnitas antes, se importan novelas que, ya nos entusiasman, porque en realidad lo merecen, ya nos agradan más que las nuestras, por lo exótico y peregrino de todo, y hasta porque, no conociendo ni tratando de diario a los autores, nos los podemos imaginar por cima de nuestro nivel: más sabios o más inspirados.
Inevitable es el influjo en las letras y en las artes de un país de lo que se produce en otros países más prósperos y más adelantados. No pretendo yo que nos sustraigamos a tal influjo, no sólo inevitable, sino provechoso a veces. Lo que me parece mal es el remedo servil, y es también que el remedo sea por moda, movido el que imita por admiración ciega y sin elegir los buenos modelos con discernimiento juicioso.
De todos modos, es absurdo aspirar a una originalidad tan completa que no se parezca, por ejemplo, ni recuerde en nada una novela española a las que ya en el mismo género se han escrito en otras naciones. Nuestra aspiración debe limitarse a que, si algo se imita, recaiga la imitación sobre un fundamento original y propio, así en las costumbres, pasiones y caracteres que se representen, como en el estilo y lenguaje con que se exprese todo. Importa que los personajes, los sucesos, los campos, ciudades y demás sitios en que se ponga la escena y cuanto figure en la acción, aparezca tomado o copiado inmediatamente de la naturaleza y no de los libros favoritos, venidos de tierra extraña a ser objeto de nuestra admiración y entusiasmo.
Cumpliendo con estas condiciones tenemos ya bastantes novelas, y cada día aparecen nuevas y compuestas por nuevos autores.
En medio de nuestra postración política, y a pesar de la discordancia de opiniones y de intereses que nos amenazan de continuo, turbando el reposo y la serenidad de los espíritus, aunque no lleguen todavía a producir muy serios y deplorables disturbios, buen síntoma es que la actividad intelectual se muestre fecunda en España y no reconcentrada en Madrid, sino difundida por toda la Península.
Yo, que políticamente no gusto del regionalismo, le celebro y aplaudo en literatura. Prefiero muchos focos luminosos a uno solo, por esplendor que tenga, que brille en el centro y que se difunda por todas partes. Con tal de conservar el carácter nacional y no renegar de él, la aparición de las obras de ingenio en diversas ciudades y regiones es prueba de que la vida no se ha recogido en el centro, sino que por donde quiera da razón de sí, mostrándose ubicua y varia sin romper la unidad del conjunto.
En el siglo pasado nuestra fecundidad mental se manifestó en la elocuencia parlamentaria, de que se abusó no poco, y en el teatro y en la poesía lírica, satírica y narrativa.
En el día de hoy me parece que estamos algo cansados y desengañados de la oratoria, y me parece también que, si versos han de escribirse siempre, la abundante cosecha que de ellos ha habido nos tiene fatigados, cuando no hartos, y no creo yo que los Juegos florales, que en muchos lugares se celebran a menudo, valgan para renovar la afición a la poesía, tan vehemente, por ejemplo, en la época del romanticismo, ni valgan tampoco para despertar en las almas una nueva inspiración poética, poderosa y brillante.
La propensión de los que escriben en el día es hacia la novela. Y lejos de ser estéril esta propensión, a cada momento produce obras estimables, dejando esperar otras para lo futuro más sazonadas y menos imperfectas.
Quisiera yo dar aquí noticia de no pocas novelas que recientemente he recibido y leído; pero las comparaciones son odiosas, el juicio puede ser falible, cegado por la mayor o menor amistad que con los autores nos una, y esto me arredra y casi no consiente que trate yo aquí de las últimas novelas, y que las juzgue y las compare. Básteme afirmar que no pocas se leen con agrado, que están sencilla y elegantemente escritas, y que tal vez son más morales y más amenas aquellas cuyos autores, o no han leído muchas novelas francesas o inglesas, o se olvidan de ellas cuando componen las suyas.
De los novelistas ya muy populares y acreditados, de los veteranos, digámoslo así, no he de decir aquí palabra. Ni Pérez Galdós, ni Pereda, ni Picón, ni el mismo P. Coloma, que publicó hace poco un nuevo e interesante libro, ni menos aún la Sra. D.ª Emilia Pardo Bazán, necesitan que nadie llame la atención del público sobre sus escritos. Tal vez convendría una crítica imparcial sobre ellos aprobando las bellezas que contienen y haciendo notar las faltas que como toda obra humana han de tener, a fin de que los escritores noveles las eviten y no incurran en ellas. Pero tan ardua tarea no es para mí. En el día más que nunca me siento yo sin fuerzas para tanto, y reconozco, además, que carezco de autoridad suficiente. O por abatimiento de ánimo, muy natural en la vejez, o por desengaño razonable y justo, veo yo tales faltas en mi propia labor, que no me atrevo a censurar las de aquellos a quienes la gran mayoría de mis compatriotas otorga aplausos y laureles. Digo, pues, al revés del vate de Mantua: paulo minora canamus. Y entiéndase que, al decirlo, no quiero decir que sean menores los objetos de que voy a tratar. Quiero decir sólo que son nuevos, que su mérito aún no está estimado y tasado por el público, y que yo, aunque sólo sea como parte mínima del público, puedo, sin soberbia vanidosa, concurrir al examen y contar con mi voz y mi voto en la estimación y en la tasa.
Como mi humildad y la desconfianza en mi propio criterio es hoy mayor que de costumbre, no quiero tratar tampoco en este artículo de otros autores, no tan famosos como los arriba citados, pero que gozan ya de muy extensa fama. No trataré, pues, de las Leyendas de amor, de D. Pompeyo Gener, ni de la Sonata de otoño, del Sr. Valle Inclán, ni de Sónnica la cortesana, del Sr. Blasco Ibáñez, ni de Camino de perfección, del Sr. D. Pío Baroja. Hoy trataré sólo de novelas escritas por autores que, como novelistas, se estrenan; de autores que agradecerán lo que yo diga, por malo y desautorizado que sea, considerándolo siquiera como anuncio. Si mi juicio, que será favorable, viniese, como espero, a coincidir con el del público, mis palabras llegarán a ser celebradas por verídico vaticinio. Y si el público no llega a apreciar lo que yo aprecio, mis palabras serán olvidadas, o bien me disculpará quien las recuerde, calificándome de indulgente y bondadoso aunque falso profeta.
II
El primer libro sobre el que me decido a hablar, después de tan largo y quizás fatigoso preámbulo, se debe al ingenio del joven don Mauricio López Roberts, y contiene tres novelas cortas, cuyos títulos son: Las de García Triz, La cantora y La familia de Hita.
Afirman muchas personas, en mi sentir sin reflexionarlo bien, que la moralidad de las narraciones fingidas consiste en que la virtud triunfe y en que el vicio sea castigado; pero, si bien se recapacita, semejante moralidad no es de buena ley. Si se pretende que, impulsados por la narración fingida, nos decidamos a ser virtuosos a fin de alcanzar el premio, y a no ser viciosos para no incurrir en la pena, la virtud tomará trazas de timidez y podrá tomarlas el vicio de valentía. De todos modos, resultará que el interés nos mueve y no el amor desinteresado y noble.
Es otro inconveniente en semejante modo de moralizar que el moralizador por medio de fábulas y de apólogos quede desmentido a cada momento por los sucesos reales, ya que, por desgracia, no son constantes, ni siquiera frecuentes, el triunfo de los virtuosos y el castigo de los viciosos. Lo que importa, pues, para que la lectura de una narración fingida sea ejemplar y moralizadora y nos deleite y consuele, en vez de deprimir y amargar el ánimo, es que el premio que alcance la virtud en toda persona, en cuyas obras resplandece, nada tenga de exterior y de material, sino que sea íntimo, independiente de casos y de circunstancias, y concedido por alto y soberano decreto de la conciencia incorruptible y pura.
En las novelitas del Sr. López Roberts ocurre lo que acabamos de exponer. No hay tesis. En ellas se da el arte por el arte, en el buen sentido de la frase. Quiero decir con esto que, por no proponerse el autor defender esta o aquella opinión, se coloca por cima de lo opinable, se deja guiar por su recto sentido, y sin sermones o discursos logra que resulten de la condición y carácter de los personajes y de la acción en que intervienen una muy alta moralidad y cierto consolador optimismo, aun en medio o después de las mayores tragedias.
En la narración donde esto se ve más claro es en la titulada La familia de Hita. Los principales personajes no pueden ser menos ideales, ni más reales, ni más vividos, ni más ruines tampoco. Eusebio, el padre, es un soñador, holgazán, declamador de café e inventor de planes absurdos para ganar dinero y fama. Alejandro, su hijo, es un ser perverso, más ignorante y no menos presumido que su padre, de quien sin embargo se burla sin asomos de respeto filial. Las burlas llegan a tal extremo, que el padre y el hijo se insultan y riñen. Leandra, la hija, está soñando siempre con libertarse de las miserias de su casa, con no someterse al trabajo y con hallar quien la mantenga, ora lo cohonesten o no las leyes civiles y religiosas. Sólo es impecable y moralmente bella, en el seno de tan abominable familia, la madre, Felícitas, llena de resignación y mansedumbre, desvelándose y trabajando para que los otros vivan y para que vivan sin deshonra ni vergüenza. Felícitas tiene cortos alcances intelectuales, pero su humildad, su modestia y su rectitud severa, libre de jactancia y templada por la dulzura, la van elevando cada vez más en nuestro concepto, según va progresando la narración. Alejandro abandona la casa paterna porque no puede sufrir a su padre, a quien colma de denuestos. Leandra se enreda en vulgarísimos amores con un seductor no menos vulgar, llamado Juanito Mardura, con quien se escapa y quien la mantiene. Y, por último, Eusebio, en pago de su paterno consentimiento y beneplácito en la nada decente unión de Leandra y Juanito, acepta gustoso y lleno de gratitud el empleo de administrador de ciertos bienes que posee Juanito en un lugar lejano. Desesperada Felícitas al ver tan asquerosos horrores, y al oír la cínica apología con que su marido trata de justificar y hasta de glorificar su conducta, acaba por perder la razón, y en un arrebato, inconsciente sin duda, se arroja por un balcón de su casa y muere.
Moral y cristianamente hubiera sido mejor que Felícitas no se suicidase, que terminase su vida de otro modo; que, por ejemplo, muriese de pena. Aquel suicidio, sin embargo, harto se ve que está motivado por la locura: por un frenético e irresistible arrebato que exime de toda responsabilidad a Felícitas.
Zola o cualquiera otro autor de la escuela de Zola, hubiera hecho de la narración de tan horrible historia algo desesperante, antisocial o provocador a la blasfemia. En el ánimo del lector la culpa de todo hubiera aparecido ya en la sociedad mal organizada, ya en un fatal determinismo de nuestra humana naturaleza, el cual determinismo condenaría a la Providencia o la negaría. En la narración, por el contrario, del Sr. López Roberts se advierten el libre albedrío y la consiguiente responsabilidad de los personajes del espantoso drama, por cima de cuya catástrofe brillan la reconciliación suprema y el orden, la esperanza y el bien en el conjunto de los sucesos y de las cosas. Por lo demás, harto se reconoce que el señor López Roberts, venciendo su repugnancia y para demostrar que no es melifluo siempre y que sabe tocar todos los registros, ha compuesto al gusto del día la mencionada historia, donde son plebeyos y grotescos personajes los que calzan el coturno y los que producen la tragedia, no en parodia, como los sainetes de D. Ramón de la Cruz, sino efectiva y conmovedora.
En las otras novelas del Sr. López Roberts, éste se deja llevar de su propia inclinación, y desechando el intento de mostrarse apto para todos los géneros, pone a un lado lo horrible, y se complace en describir lo limpia y delicadamente patético. Así en Las de García Triz, y más aún acaso en otra novelita, titulada Un alma pura, que La Lectura inserta y que aún no ha aparecido aparte en un volumen. La Cantora, por último, es igualmente una novela donde hay vehementes pasiones y valerosos combates contra ellas de la voluntad virtuosa, sin que falte el interés a pesar de lo sencillo del argumento y de la bondadosa suavidad de los caracteres.
Evidente prueba de la naturalidad, gracia y primor del estilo dan el interés y el deleite con que se lee la historia de Las de García Triz. Son dos hermanas solteronas, que en su mocedad fueron ricas y que han venido a menos. Sus caracteres, la humilde y obscura manera de su vivir, la casa en que habitan y las vecinas y amigas que tienen en la misma casa, todo está pintado de mano maestra, todo es real y viviente, y todo demuestra que hasta cuanto es en apariencia insignificante y rastrero, sobre todo en los seres humanos, basta a interesar y a conmover siempre que se profundiza, se llega al fondo de las almas y se acierta a ver y a descubrir los tesoros recónditos y los misterios que en ellas hay.
La acción de Las de García Triz puede en lo esencial contarse en cuatro palabras. La mayor, Clara, tuvo en su mocedad un novio militar, con quien por razones económicas no pudo casarse. Al cabo de muchos años, el novio vuelve de América, ya de coronel, con algunos medios de fortuna y con gana de contraer matrimonio. Vuelve a ver a Clara y tiene un desengaño tremendo. Clara está vieja y bastante fea. Su mismo pudor, el recelo de que sospeche su antiguo novio que pretende ella hacer que reverdezca el antiguo amor ya marchito, la hace aparecer más insignificante y más fría. Ingeniosa y hábilmente tratado está el modo natural, sin malicia, casi inconsciente, con que la hermana menor, Narcisa, que está mucho menos averiada que Clara, enamora al coronel y logra al fin que sea su marido. El amor de Clara apenas renacido y ahogado ya por el desengaño, la tristeza que siente al verse desdeñada, el abandono en que su hermana y el coronel la dejan para retirarse a un lugar donde ella no quiere seguirlos, todo presta al cuadro, y a Clara, principal figura del cuadro, un suave tinte de melancolía, iluminado por los celestiales resplandores de la resignación cristiana. La hermosura moral de Clara nos la hace simpática e interesante; nos la convierte, de la más humilde solterona, pobre, desvalida y vieja, en persona interesante, digna de la poesía y de las que honran y glorifican la condición humana.
Más poética aún, y de más sencillo argumento, es la novelita Un alma pura, de que ya hemos hablado. La viejecita que vive entregada a la devoción, que asiste y reza con frecuencia en la catedral de una capital de provincia, está muy diestramente retratada. El autor logra casi desde luego, con buen tino y exquisito arte, hacer que nos interesemos por Prisca, que así se llama la viejecita. También ella tuvo en su remota mocedad tiernos y delicados amores.
El objeto de ellos la dejó abandonada para ir a buscar fortuna en tierras lejanas. Todos los fervientes y cariñosos afectos del alma de Prisca se refugiaron y reconcentraron entonces en la religión, buscando y hallando en ella solaz y consuelo. Un solo motivo de tristeza nublaba ya la luz de sus pensamientos serenos. Una mano impía y sacrílega había robado de la catedral una pequeña, artística y primorosa, custodia. ¡Cuán grande no sería el regocijo de Prisca cuando supo por el canónigo, su confesor, que un hombre piadoso y muy rico había enviado dinero suficiente para que otra custodia, semejante a la robada y no menos bella, se hiciese a costa suya y fuera el ornato y la gloria de aquella iglesia! Cierto artífice de notable mérito, obscuro Arfe o Cellini, olvidadoen el centro de aquella ciudad de provincia, hace la custodia nueva, reproduciendo con inspiración pasmosa cuantos primores en la antigua se parecían. Prisca, amiga del anciano artífice, acude de diario a ver y a celebrar los progresos en la fabricación de nueva custodia. ¡Extraña, complicada y vehemente combinación de emociones agita el corazón y la mente de Prisca cuando llega a saber que la persona que ha hecho el generoso donativo es el novio que la había abandonado, el cual vive rico y dichoso en muy distantes regiones! No pudiendo resistir su debilitado organismo a la violencia de los afectos que conmueven su espíritu, Prisca cae enferma de enfermedad mortal, y exhala el último suspiro cuando, terminada ya la custodia nueva, pasa en solemne y triunfante procesión por la puerta de su casa. El recuerdo de los amores juveniles y el ulterior misticismo de toda la vida de Prisca se amalgaman y gentilmente se funden en su alma en aquellos últimos momentos, purificando y ensalzando de tal suerte el pasado amor terrenal, que no profana el amor del cielo ni pone la más leve mácula en su limpieza.
Sin afectación de arcaísmo y de purismo, sino del modo más natural y espontáneo, el lenguaje del Sr. López Roberts es castizo y propio en todas sus narraciones, y las escenas que describe parecen copiadas del natural, con exactitud en los pormenores, y sin que el autor peque de enojoso por prolijo, defecto en que suelen caer en el día no pocos novelistas. Muy fundadas esperanzas de que el Sr. López Roberts será uno de los mejores de que podrá jactarse España en el siglo presente, nos dan las breves narraciones ya escritas y publicadas por él cuando es muy joven todavía.
III
Otro notable ingenio, como autor de libros al menos para mí desconocido hasta ahora, es D. Adelardo Ortiz de Pinedo. La obra suya que acaba de publicarse y que he leído con sumo interés, tiene por título La sima. Si las prendas de un novelista son el agudo y perspicaz talento de observación, la firme destreza de estilo para trazar y pintar caracteres, y el arte de combinar sucesos y circunstancias para desenvolver una acción, hacer que progrese con rapidez creciente y lograr que llegue al término y desenlace que el autor le fija, bien podemos asegurar que el Sr. Ortiz de Pinedo posee dichas prendas y que está llamado a ser o es ya un novelista de no corto mérito. Dotado además de un juicio recto y severo, vale para dar excelentes lecciones morales, sin emplear en ello impertinentes discursos, sino consiguiendo que nazcan o se deriven de los mismos sucesos que cuenta. Para llegar a este fin tiene, por último, sobre la clara visión del mundo real y de la sociedad en que vive, la poderosa imaginación y el arte conveniente con que inventa los hechos, lances y conflictos, y los agrupa y ordena moviéndolos a un propósito determinado.
La sima, con todo, tiene, según mi modo de sentir, algo de poco simpático, que no me atrevo a calificar de defecto, pero me alegraría de que desapareciese en otras obras del autor cuando las escriba. Y no dudo yo que habrá de escribirlas, por la gran disposición que ha mostrado en la ya escrita, y por el merecido aplauso con que el público le alentará de seguro.
El defecto, llamémosle así, es el más tremendo pesimismo. La aprobación y hasta si se quiere la admiración que como obra de arte nos causa La sima, no va acompañada de puro deleite estético, sino harto amargada y hasta emponzoñada por el espectáculo de la vileza y de la maldad de los seres humanos, y por ciertas dudas impías y desesperadas sobre la Providencia del cielo.
No se crea por lo dicho que acuse yo al señor Ortiz de Pinedo de crear personajes exageradamente malos. El peor de cuantos en La sima figuran tiene en el mundo, fuerza es confesarlo, modelos más viciosos, más perversos y más ruines. No peca, pues, el Sr. Ortiz de Pinedo por crear seres humanos peores que los que en realidad existen; peca porque aparta del lado, y digámoslo así, de la esfera de acción y de pasión de la heroína de su novela a quien ha decidido hundir en la más negra sima a todo hombre y a toda mujer capaz de sentir por ella un noble y desinteresado afecto que pueda, sepa y quiera darle buenos consejos, prever el precipicio en que va a caer y sostenerla para que no caiga, tenderle una mano cariñosa y fuerte para levantarla de su caída o sostenerla al menos en su ya irremediable infortunio.
Ramona, hija del prestamista usurero don Felipe, que ha llegado a ser muy rico, se educa en un excelente y aristocrático colegio de señoritas, donde, sobre su buen fondo natural, pone la educación los más delicados sentimientos. Por desgracia, Ramona, de acuerdo con la sentencia evangélica, es cándida como las palomas, pero dista muchísimo de cumplir con la primera parte del consejo o del precepto: no es prudente como la serpiente. Notoria es su imprevisión y lastimosa su ineptitud para la vida. Guardará en su alma un tesoro de virtudes, pero desde luego se ve que carece de las dos virtudes cardinales que más nos importan: de la prudencia y de la fortaleza.
Ramona se casa con un joven marqués sin que se vea en la novela que se casa por amor. Se casa por casarse y por ser marquesa. El marqués quiere dorar sus blasones por medio del casamiento, así como ella quiere blasonar su oro. Caso es éste que ocurre con harta frecuencia. No sostendré yo que moralmente sea muy bonito. Poco airoso es para un hombre valerse de sus títulos nobiliarios y del esplendor con que le rodea la alta sociedad en que vive, para conseguir que una mujer le mantenga. No siempre, sin embargo, tales contratos matrimoniales traen aparejada la desventura. Tal vez el marido titulado es un bendito, tan lleno de gratitud y de afecto hacia su rica consorte, como Elías o San Pablo, primer ermitaño, hacia los cuervos que les traían el alimento. Y tal vez, si el marido titulado es listo, el dinero de su mujer vale para auparle y le sirve de trampolín para entrar con desahogo en la vida política, escalar los puestos más altos y brillar y hacer brillar en ellos a su compañera.
No es esto negar que el marido poseedor del título no pueda ser, y no sea a veces, ya un tonti-loco, ya un desalmado sinvergüenza, ya el más derrochador y vicioso de todos los hombres; pero de todo esto parece inverosímil que no se tuviese alguna noticia antes de la boda y aun antes del noviazgo. ¿Cómo es que el padre y la madre de la niña no se opusieron? ¿Qué ceguedad tan grande no fue la de la misma niña y tan injustificada y tan apenas explicada, ya que su amor no se ve que fuera muy vehemente para rendirse y entregarse en cuerpo y en alma a un perdido, sólo casi con el mero aliciente del marquesado?
En el caso de La sima, la docilidad de Ramona raya en tontería y en poco verosímil debilidad de carácter; pero menos verosímil es aún que D. Felipe, padre de ella, que debía de ser muy experto en crematística, no prevea la ruina de su yerno, y, por consiguiente, de su hija, y no procure evitarla. La única que lo procura es la madre, y la madre muere de un sofocón.
Don Felipe, que según se trasluce, estaba ya en vida de su mujer enredado con la sirvienta, se casa con ella no bien enviuda. Lance es éste naturalísimo, vulgar y verosímil. Lo que es raro, por dicha, es la maldad completa de todo individuo. Siempre, o casi, siempre, al lado de las más perversas cualidades, suele entrar alguna buena o mediana entre los ingredientes que componen el carácter de cada persona. La más desaforada piruja, la que, abusando de la lascivia senil y fomentándola con maña diabólica, llega a apoderarse del corazón y de las riquezas de un viejo chocho, ya suele mostrarse generosa para hacerse perdonar sus bellaquerías, aun sin tener el menor resquicio de bondad en su alma, ya para serenar su conciencia echa en la balanza de sus acciones alguna buena que sirva de contrapeso a las malas. No digo que Nicolasa, la madrastra de la marquesa Ramona, sea una criatura inverosímil de puro mala. Hay o debe de haber muchas Nicolasas en la vida real y en la sociedad en que vivimos. Lo raro en todo esto, lo que parece, no resultado del natural encadenamiento de las cosas, sino maraña o trama urdida por el mismo diablo, es que no haya en torno, ni cerca, ni lejos de la pobre Ramona sujeto masculino ni femenino que sea honrado, decente y cariñoso con ella y que para algo pueda serle útil. El único ser que tiene para ella amistosa y desinteresada devoción es un pobrecito jorobado, desvalido y casi inútil.
¿Cómo es posible que Ramona no tuviese una amiga en sus antiguas compañeras de colegio o entre las personas de la clase media que debían visitar y tratar a su padre y a su madre, o entre las damas elegantes que hubo ella de conocer y de agasajar en su casa antes de quedar arruinada? Bien sé yo que al que se queda pobre la gente suele despreciarle y volverle la espalda, pero no hasta el extremo de que no quede una sola criatura racional que le tienda la mano y que le aliente y consuele.
En el colegio, y aún después, Ramona, educada católicamente, hubo de tener confesores, hubo de tratar con sacerdotes. ¿Cómo no halló uno menos indiferente y frío de entrañas, menos despegado y duro para ella que el padre Zubulzu?
Ramona era bonita, elegante, no tenía nada de necia y mientras vivió en la alta sociedad, y no cayó en la sima, hubo de tener admiradores, amigos jóvenes y viejos que la estimasen, que la atendiesen, y con alguno de los cuales, a pesar de todo su recato y severidad de costumbres, pudo ella ser amable, concediendo aquellos favores de casta predilección y de limpia y amistosa confianza que no ya la austera virtud, pero ni la santidad prohíbe. ¿Cómo es que ninguno de esos amigos trató primero de evitar que cayese en la sima, o procuró después sacarla de ella sin exigirle en pago la humillación y la deshonra?
Posible es que las circunstancias se dispongan de tal suerte que un desgraciado no halle persona a quien volver la cara; pero no se debe suponer, sin insultar ni calumniar al linaje humano, que el desgraciado no halle a dicha persona porque en realidad no exista en el mundo. La desventura de Ramona llega, pues, al más raro cuando no al más increíble de los extremos. Fuera del jorobado, nadie hay que la asista ni que mire por ella: ni criadas ni otra gente humilde, ni personas, de la clase media, amigas o parientes de su familia, ni damas y caballeros de la sociedad aristocrática en que se ha criado y después ha vivido.
Extraña es también la completa y espantosa miseria hasta donde el autor conduce a su heroína, dotándola para ello de generosidad tan magnánima, que no puede menos de confundirse un poco con la simpleza hasta en el pensamiento de las personas más novelescas y despreciadoras de los intereses materiales.
A cualquiera se le ocurre, por último, la idea de que una mujer sana y joven, de veinticinco o veintiséis años, educada con esmero, debe de tener alguna habilidad, saber algo, disponer de algún medio, industria o recurso para ganarse honradamente la vida. Puede ser aya, maestra o acompañanta de señoritas ricas. Puede enseñar música, francés, inglés, labores de manos y hasta primeras letras. Puede bordar, pintar, hacer algo, en suma, que le valga dos o tres pesetas diarias. La mala suerte aprieta, pero no siempre ahoga. En La sima se nota demasiado el decidido empeño del autor de precipitar en ella a su heroína arrojándola en tamaña hondura que no le sea posible salir; que no le quede más recurso que la muerte o la infamia. Impulsada Ramona por la tétrica imaginación del Sr. Ortiz de Pinedo, viene a caer fatalmente en este horrible dilema: o suicidarse, o ser la manceba del torero Severiano, alias el Zuncho. Y como la infeliz Ramona carece del valor que para el suicidio premeditado se requiere, o bien, si el valor no le falta, su conciencia moral o religiosa le veda cometer tan horrendo crimen, Ramona opta por el otro término del dilema, y bien se ve, al terminar la novela, que va a incurrir en un pecado más feo, más sucio y más plebeyo, aunque menos feroz y menos contrario que el suicidio al orden natural y a la razón y a la voluntad divinas.
Durante la lectura de las últimas páginas de La sima nos forjamos por algunos momentos la grata ilusión de que Ramona, en medio de su abandono, iba a hallar un noble valedor en el torero: alguien que la protegiese sin exigirle brutalmente la paga; pero, como ya queda indicado, esta ilusión se desvanece pronto. El torero no es mejor que los demás seres de nuestra especie. Unicamente sobresale entre ellos por su energía, pero esta energía no manifiesta su actividad por ningún generoso impulso, sino movida sólo por egoístas y bestiales apetitos.
A pesar de cuanto queda dicho, a pesar de ciertas impropiedades e inverosimilitudes en los pormenores, y a pesar de varias coincidencias que sobrevienen demasiado a propósito para que parezcan fortuitas, como la imprevista aparición del torero en una grave ocasión en que salva a Ramona del trance más vergonzoso y desastrado, La sima está planeada y escrita con tal arte, que su lectura interesa, atrae y seduce, aunque en vez de deleitar aflija, acabando por descorazonar, si no tuviésemos el recurso de reflexionar que todo es fingido y falso, que todo es amañado, exagerado y teratológico, y no ordinario y corriente, por fortuna.
En resolución, yo me atrevo a calificar al Sr. Ortiz de Pinedo de buen pintor de costumbres, aunque me alegraría de que mostrase menos amarga predilección por la pintora de las malas, y de que pusiese menos color negro, menos sombras y más luz, y más tintas de rosa y de azul de cielo en su paleta. Tal vez en lo futuro lo haga así, sin obstinarse en producir extraordinarios efectos contristando más de lo justo el ánimo de sus lectores. Muchísimo, en mi sentir, ganará con esto el Sr. Ortiz de Pinedo.
IV
Así como todo lector cándido y crédulo podrá inferir después de leer La sima que es una abominable patulea la mayoría de los seres humanos, la lectura de otra flamante novela que tengo sobre mi mesa, y cuyo título es Nieve y cieno, puede inducir en error menos cruel, pero no menos evidente. ¿Es verosímil, es frecuente en la vida real que haya un gran conjunto de hombres y de mujeres apacibles, sencillos, virtuosos y buenos a carta cabal, los cuales vivirían feliz y honradamente en un perpetuo y almibarado idilio, si no hubiese un tirano que les impusiese su yugo, que los tratase a puntapiés y que los dominase a su antojo, como fiero y rústico pastor a rebaño manso e inerme.
Esta idea de la bondad de la muchedumbre y de la desventura a que la condena un solo malvado que sobre ella impera o prevalece, es idea menos misantrópica que la de suponer que todos, o casi todos, somos perversos; pero es idea no menos falsa y muchísimo mas vulgarizada. Los malos príncipes, los gobiernos estúpidos o inmorales, los jueces inicuos, la autoridad, en suma, de cualquier grado o clase que sea, tiene, para los que piensan de dicha suerte, la culpa de todos los males. Si una ciudad, villa o aldea se empobrece y se arruina; si sus habitantes pierden el bienestar, el reposo y la cultura de que en otro tiempo gozaban, culpa es del ayuntamiento o del alcalde. Y si una nación decae, si pierde su poder y su crédito, y si las naciones extrañas la ofenden o la menosprecian, culpa es del monarca o de sus tontos y perversos ministros. Lo falso que es pensar de la mencionada manera se advierte a las claras, considerando que ni el alcalde, ni el ayuntamiento, ni el rey, ni los ministros, ni nadie de cuantos se sobreponen y mandan incurrirían en maldades y harían cosas estúpidas, si no los sostuviese en su maldad y en su estupidez, colaborando con ellos, cuando no la mayor parte, la más activa y briosa de los seres que componen la nación, la ciudad, la villa o la aldea. En todo pecado, en todo crimen, en toda tiranía, apenas hay nunca nada de imputable a uno solo. La sociedad entera debe responder de las tonterías del poder cuando da el poder a los tontos, y declararse culpada de los desmanes y delitos de ese mismo poder que la representa y que ella crea, sostiene y aguanta.
No se entienda por esto que supongamos indispensables, ni siquiera convenientes la desconfianza perpetua o la frecuente insurrección de los gobernados para que éstos no se hagan, a par de víctimas, cómplices de las torpezas, desmanes y crímenes de los que gobiernan. Lo que yo supongo, y lo que creo casi a pies juntillas, es que el tirano, benévolo o malévolo, monarca o tribuno, presidente de la república, alcalde de monterilla o cacique, se cría, se nutre o respira en el medio ambiente, cumple la voluntad de los más o de los que más valen por el número o por la energía, y no sería lo que es si no le prestasen auxilio y apoyo para que tal sea. Tal vez Nerón, si volviese a reinar en el día en una nación culta de Europa, sería un rey constitucional afabilísimo, algo enamorado y amigo de divertirse, pero muy generoso protector de las ciencias y de las artes; tendría a su lado a algún compositor de óperas como Wagner, a alguna excelente bailarina como Lola Montes, y a un brillante séquito de arquitectos, escultores, pintores, poetas, literatos y sabios. Tal vez Felipe II, si resucitase y reinase de nuevo en España, él, tan identificado con el espíritu nacional y con el pensamiento nacional de entonces, sería hoy no menos cominero y desconfiado y no menos engorroso que ya lo fue; pero dejándose llevar de la corriente de los tiempos, lejos de ser fanático, sería librepensador, aunque con disimulo, con firmeza, y procuraría por diferentes orientaciones, como se dice ahora, aquel engrandecimiento y aquella prosperidad de sus Estados que sin duda procuró cuando reinaba por vez primera.
Traigo a cuento todo lo antedicho para fundamento de la opinión que voy a dar sobre la ya citada novela Nieve y cieno. Es la nieve, si no la población entera, la gran mayoría de los habitantes de una pintoresca y linda villa de las Alpujarras, situada en la fértil aunque riscosa falda del encumbrado Veleta, y designada con el seudónimo de Iberuela. Y son el cieno el alcalde o cacique y su hijo Lucas, par de encarnados demonios que todo lo añascan. Si no fuera por ellos, aquel lugar sería un Paraíso. La campesina sencillez de costumbres, la inocencia alegre y suave y el amor puro reinarían allí si no fuese porque Lucas, el hijo del alcalde, está prendado, a modo de lascivo sátiro, de la gentil Esperanza, dechado de todas las virtudes y demás buenas prendas que pueden realzar el mérito de una muchacha. El padre de ésta es un excelente sujeto. Y el señor cura, D. Serafín, un verdadero santo varón, un venerable siervo de Dios, un modelo de curas. Su sobrino, Luciano, no le va en zaga en punto a perfecciones morales. Es desinteresado, discreto, trabajador, instruido y valiente, dando pruebas de lo último en la guerra de Cuba, donde tuvo que ir a pelear porque le cayó la cédula de soldado. Vuelto ya al lugar con la licencia absoluta, viene a ser maestro de escuela, y enseña tan bien a los chicos y con tanto tino y afecto, que los chicos y los padres de familia le bendicen y le aman.
Desde antes que Luciano fuese a militar en la Perla de las Antillas, desde la infancia casi, o sin casi, Luciano y Esperanza eran novios; estaban dulcemente encadenados por el florido lazo de los más castos y delicados amores.
En la novela Nieve y cieno, cuyo autor es el Sr. D. José Joaquín Domínguez, magistral, a lo que entiendo, de la santa iglesia catedral de Guadix, todo cuanto llevo contado en cifra está primorosamente contado por extenso, con rara y castiza elegancia de estilo, con espontánea naturalidad y con tal viveza y con tal riqueza de colorido que acreditan de excelente e inspirado escritor a quien lo hace, demostrando además que pinta lo que ha visto, que lo toma del natural y que siente y ama y refleja en su alma toda aquella hermosura, no ya sólo como en fiel espejo, sino adornada, glorificada e iluminada asimismo por ideales resplandores.
La historia amorosa de Nieve y cieno sería tan grata y apacible, aunque harto menos sensual y mucho más etérea, que la de Dafnis y Cloe, si no fuese, como ya queda indicado, por el pícaro Lucas, hijo del cacique. Éste lo echa todo a perder de la manera más imprevista, brutal y cruenta.
Como era naturalísimo, los enamorados Luciano y Esperanza llegan al término de sus legítimos deseos, y reciben la bendición nupcial en la iglesia; pero, coram pópulo, cuando entre la multitud, y con general regocijo, salen de la iglesia los recién casados, Lucas aparece, se arroja sobre Luciano como un tigre sobre su presa, y le da muerte con dos certeras y terribles puñaladas.
Lastimoso es el hecho. No carece de verosimilitud, aunque es extraño que alguien, por empedernido, cínico y feroz criminal que sea, recurra al asesinato con tan escaso disimulo. Por más que se cumpla la frase o sentencia proverbial que afirma que nada es muy peligroso ni muy difícil de realizar cuando se tiene el padre alcalde, más extraño es aún que el asesinato de Luciano quede impune, y hasta que sea aplaudido por la autoridad superior, lo cual se indica y se presume por el final de la novela. El padre de Lucas, el alcalde o cacique, Antolín Carrejo, va a la capital y trata de probar, y prueba, que Luciano era un tremendo conspirador, algo a modo de un Lucio Sergio Catilina, y que había sido muerto para que la república, la paz y el orden se salvasen. A ciencia y paciencia del honrado vecindario de Iberuela, tan amante de Luciano y tan ligado a él por la admiración y la gratitud, ¿cómo pudo forjarse sin contradicción ni protesta tan inicua maraña? ¿Cómo pudo quedar sin correctivo y pena tan negro crimen? ¿Cómo eran tan tímidos o tan incapaces los habitantes de Iberuela, que tamaño horror consintiesen y sufriesen? Y, en todo caso, sin negar la posibilidad, porque apenas hay nada que no sea posible, ¿es lícito inferir de un hecho singular y anormal una general proposición afirmativa? ¿El caciquismo es siempre causa de infortunios y de inmoralidades? En el día de hoy, el más bullidor, el más sabio o el más rico de cada lugar, donde suele disponer y mandar cuanto se dispone y se manda, se designa chistosamente con el apodo de cacique, lo cual no deja de ser ofensivo para sus conciudadanos, quienes de un modo implícito quedan calificados de indios bravos o semisalvajes. ¿Pero cuándo no hubo o cuándo dejará de haber caciques, aunque con otro nombre o apodo los designemos? Desde antes que Cadmo aportase a Grecia, y desde antes que Saturno reinase en Italia, en Grecia y en Italia hubo caciques. Y lo que es en España los hubo muy viciosos desde los tiempos antiquísimos de los Geriones, de quienes en balde nos libertaron Osiris y el Hércules egipcio, ya que después dominó este desventurado país casi sin interrupción una larga serie de no menos feroces tiranos. Véase, pues, cómo el caciquismo es achaque antiguo por donde quiera, y muy singularmente en España, y cómo semejante plaga no puede ni debe considerarse como deplorable novedad introducida e implantada entre nosotros por constitución o régimen político de última moda.
Sea de todo ello lo que debe ser, y prescindiendo de la tesis, si en Nieve y cieno es lícito traslucir que la hay, bien puede asegurarse que dicha novela es de muy grata y apacible lectura hasta que ocurre la tragedia con que termina. Y bien puede asegurarse que el señor D. José Joaquín Domínguez escribe con muy castiza elegancia y delicado gusto, y deja conocer, sin afectación y sin importunos alardes, que ha estudiado bien a nuestros clásicos y a los de la docta antigüedad griega y romana, sin copiar servilmente nada de ellos, sino poniendo en su estilo sabor y aroma, como el que presta al vino nuevo la solera de vino rancio y generoso que el antiguo vaso contiene.
Quisiera yo dar aquí noticia de otros cuentos y novelas recientemente publicados. La cosecha, como ya indiqué, es abundantísima en el siglo presente y también lo fue en el pasado. Me arredra, pues, fatigar a mis lectores. Y sin perjuicio de emprender de nuevo la tarea de crítico en otra ocasión en que me sienta yo menos cansado, me limitaré ahora a citar por sus títulos a Tomás I, por D. José Jesús García, impreso en Almería; a Gondar y Fortaleza, por el marqués de Figueroa; a Suelo, por D. Sebastián Gomila, edición de Barcelona; A la sombra de la mezquita, cuentos cordobeses, por D. Julio Pellicer; La mujer de Ojeda (Alicante, 1901), por D. Gabriel Miró; Naderías, cuentos y artículos, por don Alfonso Jara, y Del bulto a la Coracha, por el ya muy estimado y celebrado malagueño don Arturo Reyes.
Hoy, por último, sólo daré cuenta de una novela de un escritor sevillano, conocido ya por erudito y también por elegantísimo e ingenioso poeta. Como novelista, no sé yo que D. Luis Montoto, el escritor a quien aludo, haya publicado nada antes de escribir y de publicar la novela que lleva por título Los cuatro ochavos. Como poeta lírico le conocía yo y le estimaba en mucho desde hace tiempo. En el movimiento intelectual y en la actividad literaria de que es centro Sevilla, figura entre los más ilustres literatos. Con su novela Los cuatro ochavos viene ahora a colocarse, sin duda, entre los mejores y más originales novelistas de toda España.
La historia que nos cuenta está inmediatamente tomada de la realidad. Todo en ella, más que de ficción, tiene trazas de fiel trasunto de cosas que se han presenciado; no de nada que se inventa, sino de sucesos y de personas que se recuerdan. Y sin embargo, de los tales sucesos y personas, que aparecen vulgarísimos al empezar la narración, brota y se desenvuelve luego la encantadora poesía.
Don Antonio, el principal personaje, el dueño de los cuatro ochavos, se nos muestra al principio tímido, engreído con sus riquezas, egoísta y hasta pervertido y vicioso, no arrastrado por pasiones violentas, sino por debilidad de carácter.
El interés de esta curiosa novela, lo que verdaderamente nos la hace simpática, no es la transformación o el cambio, porque nada cambia ni se transforma, sino la aparición cada vez más clara y más brillante de la bondad, nobleza y dulzura del alma de D. Antonio, que va desechando poco a poco sus miserias y sus vicios por debilidad contraídos, y acaba por resplandecer en su desnudez espiritual, limpia, inmaculada y rica de bondadosos afectos.
El valer moral del a primera vista insignificante D. Antonio va elevándose gradualmente hasta que, en nuestro concepto, se transfigura y aparece cercado de simpáticos resplandores.
Su generosidad, mal empleada primero, ya en mujeres livianas, ya en sostener en la holganza y la crápula al desvergonzado parásito Pepe Carranza, empieza a tomar atinada dirección merced al cariño, sin el menor viso ni asomo de concupiscencia, que le inspira Soledad, fiel y honrada ama de llaves. Se extrema después la bondad del corazón de D. Antonio cuando recoge al niño Angelito, que providencialmente viene a ponerse bajo su amparo, y que es hijo de Soledad y del anarquista Isaías, que ha tenido que huir y que emigrar a Buenos Aires.
El amor paternal que siente D. Antonio por el niño que ha recogido, sin que Soledad se haya valido de maña ni de astucia para que le recoja y le ame, hace ya a D. Antonio digno de veneración y simpatía.
El ulterior y bien motivado examen de conciencia que hace D. Antonio recorriendo punto por punto su vida pasada y reconociendo con pena y arrepentimiento cuán inútil y estéril ha sido, le realza y le purifica a nuestros ojos, le pone muy por cima de sus cuatro ochavos, de que antes cándidamente se ufanaba, y le eleva también sobre las personas miserables e interesadas que le rodean: sobre el parásito Pepe Carranza y sobre sus destestables parientes Teodorita y Ricardo, que ansiaban heredarle y que al fin le heredan.
Tampoco en esta novela de Los cuatro ochavos triunfa la virtud en el mundo. Teodorita y Ricardo son los que triunfan. Bien puede decirse que son ellos los que matan a disgustos a D. Antonio.
El fin de la novela no puede ser más trágico. Si sólo se atiende a lo material y externo de la vida humana, no puede ser más pesimista. Soledad queda desvalida, acusada de ladrona y casi deshonrada. Su marido, que ha vuelto de Buenos Aires y ha tomado parte en un tremendo motín popular, muere de un balazo capitaneando las turbas. Y el bueno de D. Antonio, sin persona amiga que cuide de él, y entre las rapaces garras de sus infames primos, acaba lastimosamente su vida.
Pero lo singular de todo esto, lo que prueba que el estilo, las creencias y los sentimientos del narrador y la luz del cielo con que tal vez ilumina los casos más crueles y las mayores catástrofes pueden trocar el mal en bien y convertir el veneno en triaca, es que Angelito y Soledad, tan desventurados materialmente, se hacen dignos de envidia y de gloria, y el pobre de D. Antonio, que al principio de la novela casi nos infunde desprecio y es objeto de risa y de burla, acaba por ser amado y venerado de los lectores.
El dejo que en el ánimo de ellos debe de quedar después de leída la novela no es desconsolador ni depresivo, sino que está lleno de suave y religiosa consolación y de la moralidad más verdadera y más alta. Y cuando esto no se opone, sino que se aviene y se concierta con el entretenimiento ameno que obras de esta clase han de traer consigo (porque si lo moral fuese aburrido, lo moral se convertiría en inmoral, ya que haría lo moral odioso), dichas obras merecen todo aplauso y cumplen hábil y discretamente con el fin que ha de proponerse el novelista, deleitando y enseñando a la vez, sin fastidiar el espíritu, sin darnos un mal rato, sin entristecer ni oprimir los corazones.
Yo creo que la novela del Sr. Montoto realiza cumplidamente el mencionado fin. Por eso me complazco en celebrarla, envío a su autor mi más cordial enhorabuena, y le excito, hasta donde mi aprobación y mis alabanzas alcancen, a que siga escribiendo narraciones con el acierto que puede esperarse del que ya en Los cuatro ochavos se advierte y celebra.
Sobre la CUESTIÓN DE AMBIENTE
Al Sr. D. Antonio de Hoyos.
Mi distinguido amigo: He leído con la debida atención la novela de usted que tiene por título Cuestión de ambiente, y voy a decirle con franqueza el parecer que sobre ella me pide. Dicha obra demuestra, a mi ver, que su autor posee imaginación muy viva, natural sencillez y facilidad de estilo, nada vulgar aptitud para la observación, y arte y buen tino para ordenar después, expresar y narrar lo observado.
Todas estas prendas lucirían, sin embargo, mucho más en usted y darían más sazonado fruto, si la lectura de ciertos libros extranjeros que están de moda, como los de Bourget, Marcelo Prévot y D'Annuncio no pesasen sobre la condición propia del ingenio de usted, llevándole por caminos muy otros de los que espontáneamente hubiera seguido.
También perjudican a usted no poco la prontitud y la precocidad, apenas cumplidos los veinte años, con que se ha puesto a escribir y con que escribe, sin conceder a la reflexión y a la crítica tiempo bastante para discernir los conceptos y valerse sólo en sus planes de los más pertinentes y de los más en armonía, esquivando, sobre todo, multitud de cuestiones que valiéndome de vocablo harto familiar, me atreveré a calificar de peliagudas.
Menester es, si tales cuestiones han de tocarse sin escandalizar a las gentes, que por larga experiencia y profundo estudio sepa tocarlas el escritor con destreza y suavidad, como el cirujano y el dentista que manejan bien el escalpelo y el gatillo para rebanarnos un pedazo de carne o para sacarnos una muela sin inútil dolor y sin grave daño.
En el fervor juvenil de la inspiración usted hace lo contrario. Lejos de esquivar dificultades, se diría que las amontona, colocándolas como estorbo a su paso para saltar por cima como quiera que sea y derribándolo todo.
De aquí, sin duda, las acusaciones que he oído lanzar contra la obra de usted, y que yo considero esencialmente injustas, aunque algo fundadas en varios irreflexivos atrevimientos.
La novela de usted no es sólo cuestión de ambiente, sino también cuestión de todo lo cuestionable. Bien puede afirmarse que es usted un escritor muy sugestivo de cuestiones. A cada paso que da Ignacio, el protagonista de la novela, salta una o más cuestiones, como saltan las ranas cuando alguien va andando por la húmeda orilla cubierta de larga hierba de un estanque o de una laguna. Así como las ranas, espantadas, se zambullen en el agua, así las cuestiones que usted suscita se quedan por resolver y se pierden en la corriente de los sucesos que usted va contando.
Yo me inclino a creer que las bodas más se hacen por conveniencia y cálculo que por previos y poéticos amores. No quiero decir que así debe ser, sino que así es. Acaso de cada cincuenta, acaso de ciento o más parejas que se casan, una sola se enamoró primero. Nótese, en prueba de la verdad de este aserto, que apenas hay historia, verídica o fabulosa, de dos muy finos amantes cuyo término venga a ser el matrimonio. Ni Hero y Leandro, ni Píramo y Tisbe, ni Lanzarote y Ginebra, ni Tristán e Iseo, ni Paolo y Franchesca, ni Abelardo y Eloísa, ni Diego Marsilla e Isabel de Segura, ni Julieta y Romeo, ni Calixto y Melibea, ni Dante y Beatriz, ni Petrarca y Laura estuvieron nunca casados.
Convengamos en que si algo parecido a poéticos amores hubiera de preceder a todo legítimo consorcio, el género humano se compondría casi de solteros, y habría poco hogar doméstico estable y como Dios manda.
Y, sin embargo, aun dando lo antedicho por evidente, ¿no se hubiera ajustado mejor al propósito de usted que Ignacio se hubiera enamorado fervorosamente de la señorita Eulalia antes de casarse con ella? Así se explicaría mejor lo que sin llegar a ser imposible frisa en inverosímil: que a Ignacio le suceda algo de muy semejante a lo que sucede al tenor Fernando en la linda ópera titulada La Favorita. Ignacio, no menos inocentón, sonámbulo y distraído, aunque también no menos celoso de su honra que el tenor a que nos referimos, se casa con Eulalia, sin llegar a enterarse de lo que antes había pasado. Y aquí, lejos de disminuir dificultades, usted las acrecienta y las multiplica, en mi sentir sin necesidad. Bastaba que se supiese por toda la sociedad de Madrid el desliz o los deslices de Eulalia con un hombre casado. ¿Para qué suponer además que Eulalia guardaba íntimamente prendas de tal hombre? ¿No hubiera sido más prudente, ya que el novelista puede suponer cuanto se le antoje, o que Eulalia no hubiera llegado a tener tales prendas, o que las hubiera soltado natural y sigilosamente antes de concertar su boda?
Pues no señor; usted se empeña en que el negocio sea más raro y más difícil de explicar, y usted dispone que la boda se celebre a escape a fin de que no sobrevenga el fenómeno de la aparición de una criatura humana perfecta y mucho menos que sietemesina.
En vista de cuanto va sucediendo y usted relatando, no pocas personas acusan a usted de sobrado pesimista y de que pinta con los más negros colores la inmoralidad y los vicios de la alta sociedad a que pertenece.
Lo que es yo disto mucho de ver en usted tan mala intención. Y no entiendo tampoco que sea el resultado malo, aunque la intención sea buena.