← Table of contents
El Superhombre y otras novedades

EL SUPERHOMBRE (continued 2)

Reading edition

¿Hemos de inferir de aquí la completa indiferencia de la doctrina que expone la poesía, con tal de que la poesía sea verdadera y que la doctrina se exponga con y por la gracia de Dios? Esto sería llevar hasta sus últimos límites la negación de que los poetas enseñan, y declararse decidido partidario del arte por el arte. Más aún se fortalece en mi espíritu este modo de pensar, cuando examino las obras de poetas acaso demás valer y más radicalmente discrepantes. Sean estos poetas los tres italianos contemporáneos, Manzoni, Leopardi y Carducci. ¿No es raro fenómeno que nos encante el himno sacro a La Pentecostés, lleno de profunda fe católica y de la viva esperanza de que la religión de Cristo es la definitiva religión de nuestro linaje, informando y causando todo su progreso y mejora; que nos encante también la oda A las fuentes del Clitumno, cuya inspiración es enteramente contraria, saludando con júbilo el poeta a la humanidad que supone regenerada porque reniega de creencias que la envilecen y adopta algo a modo del gentilismo antiguo; y que nos encanten, por último, no ya las esperanzas católicas de Manzoni, ni las esperanzas gentílicas de Carducci, sino la desesperación sublime y el pesimismo de Leopardi, que niega a Dios, o le llama con espantosa blasfemia feo poder que impera oculto para daño de todas las criaturas?

Harto he cavilado yo y cavilo para explicar este fenómeno. Voy a ver si atino a exponer aquí en cifra el resultado de mis cavilaciones.

Sin duda, me digo, el fundamento mental de la poesía es como el fundamento mental de las matemáticas y de la dialéctica. Hay en el alma humana ciertos primeros principios, evidentes por sí, inconcusos e indemostrables, cierta idea en suma, cuyo desenvolvimiento constituye la ley del pensar y la ciencia del cálculo. Y no es la tal idea puramente sugetiva, mera forma o condición de nuestro entendimiento, sino que por fe irresistible tenemos y damos por seguro que en la mente de cuantos seres superiores al hombre hay o pueda haber en otros mundos, y aun en la misma mente suprema, ha de residir la idea misma aunque más ampliamente desarrollada, abarcándolo y penetrándolo todo y bañando en su pura luz lo infinito y eterno.

La tal idea, por desgracia, aunque está en nosotros, sólo está limitada y como en germen, y no nos vale para ver bien lo que hay fuera de nosotros, sino para discurrir sobre aquello que fuera de nosotros suponemos que existe o sobre las ideales construcciones del pensamiento puro. De aquí que no afirmemos que esta cosa o aquella, que el Universo todo, que cuanto es o puede ser, sea como nosotros lo percibimos o lo imaginamos; pero ya imaginado o percibido, o dígase dado el supuesto, todo se encadena, y compone un conjunto armónico de verdades dentro de nuestro mundo ideal, si bien no se adecue tal vez ni responda con exactitud a la realidad del mundo que está fuera de nosotros, del que sabemos poquísimo y del que tal vez tenemos noticias equivocadas por ministerio de los sentidos.

No responde el geómetra de que sea o no sea esfera, cubo o cilindro el sólido que le presentan, ni de que sea círculo o triángulo de esta clase o de aquella lo que en un papel le dibujan; de lo que responde es de la exactitud de sus teoremas y de la certidumbre de sus demostraciones, dado el supuesto. Ni respondo el algebrista de lo que valen en realidad, las letras del problema que ha de resolver, sino responde sólo de que el problema esté bien resuelto. Al que le aplique a la realidad, incumbe luego o ha incumbido antes determinar el valor de cada letra. Así, siendo la resolución del problema verdadera y siempre la misma, bien puede en la práctica, descendiendo a la realidad de las cosas, tener multitud de diferentes resultados.

¿Será la poesía, me pregunto yo, algo por el estilo: creación hermosa, verdadera y exacta en el mundo ideal en que ha sido creada, aunque en la realidad sea falso todo porque lo fue el supuesto o porque el supuesto fue por lo menos incompleto?

A mi ver, entendiendo así la poesía, tienen explicación y disculpa no pocas cosas de las que se dicen en verso, las cuales, si en prosa se dijeran, parecerían absurdas o abominables y podrían llevar a su autor en una sociedad algo severa a la prisión o al manicomio.

La culpa de todo ello estriba, a lo que a mí se me alcanza, en que la poesía, cuyo objeto es la manifestación de la belleza en una forma sensible, sólo puede darse imitando lo real o lo que nosotros imaginamos real, elemento en que cabe error o mentira. De aquí la ventaja que la música, arte primogenia, lleva a la poesía, arte secundaria. La música, en la perfección de su pureza, crea lo bello, sin necesidad de imitar nada. Lo crea en el tiempo, por medio del sonido, sin enseñar ni amonestar, pero sin inducirnos en error, ni equivocarse tampoco.

Toda la antedicha meditación, expuesta a escape para, no pecar de prolijo, ha valido para aquietar mi espíritu, después de leer las Odas de D. Eduardo Marquina, y para afirmar, sin escrúpulo de conciencia, que me parecen bien y que son obra de verdadero poeta. Para conceder, no obstante, a tal poeta la irresponsabilidad de que habla Heine, es menester no tomar por lo serio, en la realidad práctica, la virtud docente de su poesía. Los que tomaron por lo serio a Esquilo, en su Prometeo encadenado, supusieron que Júpiter se vengó de sus blasfemias ordenando a su águila que desde lo sumo del aire dejase caer una enorme tortuga que llevaba entre las garras, sobre la venerable calva del glorioso dramaturgo, y le saltase los sesos. Tomemos, pues, menos por lo serio las Odas de D. Eduardo Marquina para dejarle en paz con los poderes celestiales y prevenir cualquier milagro que le perjudique.

Con tal limitación bien puede afirmarse que las Odas tienen algo a modo del Prometeo encadenado, de Esquilo, y algo también, sin que las aceptemos como profecías, de las visiones de Ezequiel y del Apocalipsis del Aguila de Patmos.

Aunque todos convenimos en que el estado de la sociedad y del mundo deja mucho que desear, y que el mal físico y el mal moral no escasean sobre la tierra, yo tengo por seguro que las cosas están en nuestra edad menos mal que en las anteriores edades. Yo no dudo del progreso. Lo que sucede es que el adelanto moral ha sido grande en las relaciones de unos individuos con otros, mientras que apenas ha habido adelanto en la vida colectiva, poco en el organismo social, ninguno en las relaciones de unos pueblos con otros pueblos. En esto último ni asomo se ve de generosidad ni de justicia. La fuerza prevalece sobre el derecho, los poderosos humillan y tiranizan a los débiles y los grandes saquean, asesinan y devoran a los pequeños. De tamaña discordancia, de tal desequilibrio entre la moralidad social o colectiva y la que preside a las relaciones individuales, nacen, sin duda, la vehemencia con que la iniquidad se siente y se anatematiza y el anhelo fogoso de remediarlo todo, no con lentitud y con calma, sino con rápidos y violentos trastornos.

Ignoro, y no pretendo investigar aquí, de qué doctrinas filosóficas, religiosas o irreligiosas, sociales y políticas, expuestas en prosa por pensadores extranjeros, o de qué exaltadas composiciones poéticas, venidas de otros países, proceden el sentir y el pensar de don Eduardo Marquina. Claro está que no tiene principio en él el impulso que le mueve. Claro está que hay una corriente de pensamiento en la que él se ha lanzado y que le arrebata. Pero esto no le quita cierta originalidad ni desvanece su carácter propio. Vate apocalíptico amenaza con destrucción y muerte, ruina e incendio, las instituciones, los altares y los tronos y cuanto hoy descuella sobre la faz del mundo y mantiene el orden, más o menos digno de censura o más o menos capaz de lenta modificación y de enmienda, dentro del cual vivimos todos. Lo que vendrá después de la pronosticada revolución radical se columbra confusamente o más bien se desentraña o se descubre a través de los símbolos y de las imágenes colosales, y en las figuras alegóricas que va creando y mostrándonos el poeta.

A lo que parece, no han de quedar ni Papa, ni rey, ni obispos, ni jueces, ni sacerdotes. Cada uno de nosotros será Papa, rey, juez, obispo y sacerdote de sí mismo. No sé de fijo si las grandes ciudades con sus palacios, monumentos y fortificaciones, deberán ser arrasadas, según el programa; pero en lo que no cabe la menor duda es en que serán arrasados los templos. Yo deploro que San Pedro en Roma y las catedrales de Burgos, de Toledo y de Sevilla en España, tengan que convertirse en ruinas para que no se rece en latín, que ya casi nadie entiende, y para que en aquellos antiguos y obscuros santuarios penetre de lleno la luz y venga a animarlos la vida. Los chivos, según afirma el poeta, brincarán sobre los derribados pilares y sobre las estatuas yacentes de los fundadores egregios; las cabras se encaramarán sobre los altares y en los camarines y hornacinas, y las vacas mugirán y se tenderán a la larga en el coro y en otros lugares más venerandos. El nuevo templo estará en la cumbre de los montes; los pinos serán sus columnas y su cúpula el cielo.

A la nueva faz que tomarán todas las cosas ha de preceder cierta universal conflagración de amor, tan vagamente descrita, que no acierto yo a interpretar lo pronosticado por el poeta, y si la conflagración será en efecto amorosa y suave al destruir lo antiguo, o si lo destruirá con materiales incendios, estragos y muertes. Como quiera que ello sea, sobrevendrá después de la destrucción algo por el estilo de lo que los milenarios fantaseaban. La humanidad será feliz y vivirá en deliciosa anarquía y en perpetua huelga. No habrá nueva Jauja ni nueva Jerusalén que baje del cielo, porque don Eduardo Marquina gusta más de lo rústico que de lo urbano, y las fiestas y regocijos que pronostica y apercibe para nuestro regenerado linaje serán campestres: una candorosa bacanal, un idilio enorme.

A pesar del tema constante que presta unidad a las Odas, no puede negarse que el poeta acierta a evitar la monotonía y que hay bastante variedad en sus cuadros. La hermosura y la fertilidad de los campos están bien sentidas y a menudo dichosamente expresadas. Viva y honda es casi siempre la percepción que el poeta tiene de lo grande y de lo hermoso de la naturaleza, y no pocas veces sabe comunicarnos el propio sentimiento suyo con maestría y sobriedad vigorosa.

Aprobemos, pues, las Odas de D. Eduardo Marquina. El poeta es irresponsable, porque sus teorías se realizan, no en el mundo real, sino en los espacios imaginarios y en un tiempo fantástico también. Mis escrúpulos de conciencia renacen a pesar de todo. ¿No podrá ocurrir que el poeta haga daño sin querer, que sea contagioso su delirio y que la gente adopte su programa como realizable en la práctica? Las Odas en este caso serían espantosamente revolucionarias, subversivas de todo el orden social vigente en el día.

Yo no quiero comprometerme dando a semejantes cosas una aprobación que nadie me ha pedido. Suspendo, por consiguiente, el dar mi aprobación hasta que demuestre en otro artículo que no hay el menor peligro en aprobar las Odas, porque la virtud purificante de la poesía convierte el rejalgar en triaca.

LA PURIFICACIÓN DE LA POESÍA

SOBRE LAS «ODAS» DE D. EDUARDO MARQUINA

En la poesía hay sin duda pasmosa virtud purificante. No quiero yo entenderla con todo, como he oído decir que la entendía Gœthe. Tal modo de entenderla es sobrado egoísta. El poeta, por ejemplo, siente ganas de suicidarse, y en vez de hacerlo y a fin de desechar tan perniciosas ganas escribe el Werther. De esta manera, no sólo consigue sanar de la manía del suicidio, sino también que le aplaudan y se admiren de su talento. Lo malo es que el libro con que el poeta ha sanado y donde ha vertido el veneno que le atosigaba puede emponzoñar a los que sin precaución le tomen y lean y producir una abominable epidemia de suicidios. No estriba o no quiero yo que estribe en esto la virtud purificante de la poesía. Su legítima y santa virtud purificante lo mismo ha de valer y vale para el poeta que para sus lectores.

En la epopeya y en el drama se concibe esto con toda claridad. Tiranos, refinados traidores, monstruos de iniquidad podrán aparecer en el drama o en el poema épico, pero en el pecado llevarán la penitencia, y la reprobación universal será su castigo. Ha de entenderse además que los crímenes y los horrores representados en una obra poética no deben tomar la apariencia o semejanza completa de los sucesos reales, como pretende hoy lo que llaman naturalismo. El deleite estético no se daría entonces. Al contrario, tendríamos un grave disgusto. ¿Quién puede deleitarse al ver en realidad al alguien que se arroja por un balcón desde un quinto piso y se hace una tortilla, o a gentes que se dan de puñaladas, que toman veneno o que se mueren de hambre, de miseria, de tisis o de otras enfermedades contagiosas y feas? Representado todo esto muy a lo vivo y sin la idealidad conveniente, es lo contrario del arte: no purifica la compasión y el terror, como quería Aristóteles. Será cuadro más vivido, como se dice en el día, pero de arte perverso y vicioso. El Laoconte ceñido y oprimido por las serpientes está mil veces más lejos de lo real que la figura de cera representando a Catón con las sangrientas manos metidas en el desgarrado vientre y arrancándose las entrañas. Tal modo de conmover con la imitación exacta y brutal de las cosas reales dista mucho de ser el arte verdadero. Sólo los menos que medianos artistas deben apelar a tal recurso. El refrán lo dice: a mal Cristo, mucha sangre.

En la poesía lírica, si bien se considera, acontece lo mismo que en la epopeya y el drama. Es cierto que todos los desatinos que el poeta dice o hace, que su irreligión, su inmoralidad, sus blasfemias y sus teorías antisociales, aparecen por cuenta propia, sin que haya tirano, traidor o demagogo que las haga o que las diga; pero pronto se advierte, si se ahonda un poquito, que el poeta rara vez deja de duplicarse antes de romper los diques y soltar el torrente de su inspiración apasionada; y digo que se duplica, porque al mismo tiempo que conserva el juicio y la serenidad del ánimo para describirnos la pasión propia y los propios extravíos, se pone él como modelo en quien los tales extravíos y la tal pasión ejercen su deletéreo influjo, y acaso producen mil y mil desventuras. Entendidos de este modo, los más audaces raptos líricos son ejemplares y moralizadores: pueden servir y sirven de escarmiento.

Carlos Baudelaire es, sin duda, uno de los más endiablados poetas que en estos últimos tiempos ha nacido de madre. En cuerpo y alma, y sin la menor reserva, se entrega al demonio. Le reza muy devotas letanías y le pide favor y auxilio. Si el demonio se condujera generosa y decentemente haciendo dichoso a Baudelaire, Las flores del mal, que así se titula el tomo de sus versos, serían muy peligrosas, pues no habría de faltar quien quisiese entregarse también al demonio dándole culto para conseguir las mismas o mayores ventajas. Afortunadamente ocurre todo lo contrario. Baudelaire es el autontimoroúmenos por excelencia, el rigor de las desdichas, el que se castiga y atormenta a sí propio como el más cruel de los fakires de la India. No bastándole ser él su verdugo, acude al demonio y se vale de él para inspirador y colaborador de los refinados y espeluznantes suplicios a que se condena y somete. ¿Quién, por lo tanto, ha de querer endiablarse como Baudelaire para ser tan horriblemente desgraciado? Las flores del mal son, pues, muy moralizadoras: son un veneno, pero saludable veneno tomado como revulsivo. En menor escala son revulsivos también los versos quejumbrosos de multitud de poetas contemporáneos que nos pintan el horror de las dudas con que batallan y tratan de persuadirnos de que, a causa de estas dudas, son sus almas un infierno. Lo natural es que el tal infierno nos asuste y que para no tenerle nosotros procuremos creer cuanto hay que creer, sin meternos en averiguaciones ni en honduras. Espronceda, en una de sus más populares composiciones, se nos presenta en una orgía bebiendo vino, acariciando a cierta dama a quien dirige más insultos que piropos, y mostrándose desesperado, negándolo todo, sin creer y sin esperar nada sino la paz de los sepulcros; pero el poeta nos indica en seguida la causa de tanto mal y nos deja turulatos. Supone que tanto mal es castigo de Dios porque el alma ha intentado adquirir el conocimiento de las cosas divinas: verdad velada, arcano insondable en el que es insania el mero propósito de investigar y de descubrir algo. El remedio, en esta ocasión, casi nos parece peor que la enfermedad. ¿Por qué ha de castigar Dios a quien anhele conocerle? ¿Por qué ha de coincidir el poeta con quien inventó en prosa esta célebre frase: la funesta manía de pensar? ¿Por qué, desde el empleo de nuestras más nobles facultades en el estudio de la metafísica en general, y singularmente de la teodicea, hemos de descender, con inevitable descenso, a la borrachera y a los amores libidinosos, y todo ello sin regocijo, sino con furia, rechinar de dientes y maldiciones como de precito?

Bien examinado todo, me consuelo yo y me aquieto creyendo disipadas mis contradicciones, y viendo en la poesía sincera, por absurda que la juzgue el prosaico y rastrero sentido común, innegable y alta enseñanza, la cual estriba en la purificación, así de la compasión y del terror trágicos, como de otras pasiones, errores y desvaríos.

Lo que importa para que la poesía sea buena y legítima es, por consiguiente, la sinceridad: que todo se exprese con la natural sencillez que no excluye, sino que requiere, la elegancia, y que nada se sienta, ni se piense, ni se diga con afectación para aterrar a los burgueses, para alcanzar la originalidad por la extravagancia, para seguir la última moda de París o para imitar novedades germánicas, rusas o suecas. No hay peligro ni inconveniente en desatinar por cuenta propia. Me jacto de haberlo demostrado. El inconveniente y el peligro están en la admiración cándida de los extranjeros y en remedar, acaso desmañadamente, lo que los extranjeros piensan o dicen.

Si no creyese yo que en las Odas de don Eduardo Marquina se revelan muy envidiables prendas de poeta lírico, no hubiera disertado tanto con ocasión de su lectura.

Cuanto hay en ellas de bueno procede del propio ser del poeta. Y cuanto en ellas puede censurarse nace de la escuela que sigue y del empeño de superar y de extremar sus rarezas, tanto en el sentir y en el pensar, como en el estilo o modo de expresarse. Lo colosal y enorme de las imágenes delata el prurito de aturdir y de sorprender, y produce, hasta en los más eminentes poetas, hasta en el mismo Víctor Hugo, un amaneramiento barroco. Cuando lo sublime corre sin freno, suele tropezar en lo ridículo y caer en la caricatura.

¿Qué no puede, sin embargo, el brioso ingenio nativo, aunque se lance y se despeñe por los más extraviados vericuetos? Barroca, caricaturesca es la oda titulada El monstruo. Pero, ¿quién no se divierte leyéndola y poniendo en duda si el poeta habla con toda seriedad o ríe o se recrea componiendo una alegoría satírica llena de chiste?

El ser humano aparece como un monstruo de dos cabezas y de dos opuestos instintos y propensiones. Una cabeza es como de hipopótamo, y no aspira sino a comer, a reposar, a revolcarse en el fango y a disfrutar otras delicias bestiales; pero, por cima de la cabeza de hipopótamo, hay otra cabeza de águila en que duermen

los grandes pensamientos de los dioses.

La horrible situación para el monstruo procede de esta doble y antitética naturaleza. Lo que hay en él de hipopótamo no logra gozar con sosiego de las cosas materiales, y lo que hay en él de águila pugna en vano por levantar el vuelo y subir a las regiones etéreas. El águila y el hipopótamo se contraponen como fuerzas contrarias; y como se estorban y se perjudican, todo o casi todo lo hacen siempre mal o si se quiere menos bien de lo que pudieran hacerlo. Disgustos, rabietas, lágrimas y furores sin fin, por consiguiente. El monstruo, además, se desacredita y se hace odioso a cuantos seres existen. Así es que exclama lleno de angustia:

...............devoro un ultraje perpetuo de los mundos y un eterno desprecio de los cielos.

¿Qué resolución adopta el monstruo para salir de tan abominable conflicto? La más tremenda de las resoluciones. Con el pico de su cabeza de águila, que es agudo y recio, perfora el cráneo del hipopótamo y se consuela sorbiéndole los sesos.

Por dicha, aunque no entrevemos bien si merced a tan feroz resolución o independientemente de ella, el conflicto pasa, las cosas toman mejor cariz, los tiempos se acercan, la esperanza luce y el poeta escribe su flamante apocalipsis y nos anuncia su Buena Nueva en no corta serie de animados cuadros. Según él, la miseria que nos rodea es la noche

que precede a las grandes claridades.

El idilio enorme, la huelga universal y constante no tardará en llegar. El poeta conjura y evoca y convida a los seres todos para que acudan a la fiesta y contribuyan a su lucimiento.

Por convidado me doy yo también, pero recelo mucho que los preparativos de la fiesta han de ser enredosos y difíciles. La fiesta tardará, pues, en realizarse, y como ya estoy harto viejo, no podré asistir a ella a pesar del convite. Me contento con el programa. Le hallo interesante y ameno. Pero francamente, yo le hallaría mucho mejor si el Sr. D. Eduardo Marquina, en quien reconozco y aplaudo muy altas prendas de poeta, emplease menos el acicate y mucho más el freno al dirigir a su Pegaso, y sólo llevase a las ancas cuando cabalga en él a su propia Musa, legítima y castiza, y no a la aventurera venida de tierras extrañas y cuyo prurito de llamar la atención la induce a vestirse a menudo con vestiduras un poco extravagantes y con exótico amaneramiento. No estará de sobra tampoco que el Sr. D. Eduardo Marquina cuide con mayor detención y esmero del aseo y aliño de su Musa cuando la saque a relucir nuevamente.

DON CRISTÓBAL DE MOURA

PRIMER MARQUÉS DE CASTEL-RODRIGO

I

El libro cuyo título nos sirve de epígrafe, no puede menos de llamar poderosamente la atención por varios motivos. Es un trabajo histórico llevado a cabo con esmerado tino y con la más infatigable diligencia para allegar y compulsar documentos, poner en claro muchos puntos obscuros y darnos idea exacta y justa de los sucesos más importantes en la historia de nuestra Península desde la conquista de Granada hasta el día de hoy.

Realzan el mérito del libro los pocos años de su autor, que no ha cumplido aún los veinticuatro de su edad, y que se ha empeñado en realizar una empresa llena de grandes dificultades, en mi sentir insuperables algunas de ellas.

Una narración histórica, lo mismo que un poema y lo mismo que una novela, puede considerarse como obra de arte, con unidad de acción en su conjunto y donde todos los casos que se cuentan y todos los personajes que figuran aparecen en segundo o tercer término y como esfumados para que el héroe principal o protagonista no se confunda ni se pierda y atraiga y fije las miradas y persista en el pensamiento de los lectores. Tal debiera ser la vida artísticamente escrita de todo personaje célebre. Tales son las que escribió Plutarco en la edad antigua, y las que entre nosotros ha escrito recientemente Quintana.

Esta condición, con todo, era imposible de cumplir, dado el asunto elegido por el joven historiador D. Alfonso Danvila, y dado el personaje o el héroe cuyos actos se propuso historiar y ha historiado.

D. Cristóbal de Moura, hidalgo portugués, que a la edad de catorce años entró en calidad de menino al servicio de la princesa doña Juana, conquista la estimación, la confianza y el afecto de aquella egregia señora, la sigue desde Portugal a Castilla, desempeña por su mandado muy difíciles comisiones y muestra en todo rara discreción y singular destreza y tino. El prudente rey Don Felipe II reconoce entonces la capacidad y el valer del servidor de su hermana y se aprovecha de tan altas condiciones, empleando a aquel hidalgo portugués en los asuntos más arduos. Hábil y dichoso D. Cristóbal de Moura, los desempeña a gusto y satisfacción del soberano, y es delicado, fino e inteligente instrumento de sus artes políticas y de su prudencia cautelosa.

En el mayor acontecimiento de nuestra historia, en la realización, por desgracia harto poco duradera, de la más alta aspiración patriótica de los españoles, D. Cristóbal de Moura interviene con pasmosa y feliz eficacia. Más que a la pericia militar del gran duque de Alba, y más que al formidable ejército que conducía, se debe acaso a la buena maña y sutil diplomacia de don Cristóbal la unión de Portugal y de Castilla, y sobre todo, que esta unión se lograse con poca violencia, sangre y estrago, haciéndose así apta para contraponerse al poder disolvente de los malos gobiernos ulteriores, adormecer y calmar la enemistad inveterada entre castellanos y portugueses, y conseguir que al menos durase sesenta años la unión de ambas naciones, a pesar de nuestra rápida y lastimosa decadencia.

La acción de D. Cristóbal de Moura es evidentísima en todo esto y su evidencia se manifiesta con perfecta claridad merced al detenido relato que hace el Sr. Danvila, ilustrándole con gran copia de documentos, no pocos de ellos desconocidos e inéditos hasta ahora y sacados de los archivos.

D. Cristóbal de Moura no pasa, sin embargo, de ser mero instrumento de superiores voluntades humanas; su figura se hunde y se anega, digámoslo así, en el torrente impetuoso de los grandes sucesos, y su personalidad queda obscurecida y eclipsada por las de aquellos príncipes y señores que intervienen en los sucesos, que los dirigen o los determinan, y cuyos caracteres, talentos, virtudes y vicios, despiertan más nuestra curiosidad y llaman hacia ellos nuestro pensamiento con mil veces mayor atractivo. La princesa doña Juana y el rey prudente Don Felipe se interponen casi de continuo y nos encubren o no nos dejan ver a D. Cristóbal. Hasta los personajes de tan corto valer moral e intelectual, como el rey cardenal D. Enrique y como D. Antonio, Prior de Crato, descuellan por el pedestal en que están colocados, y por la posición social que ocupan, y tapan también a D. Cristóbal de Moura.

No digo yo lo que antecede en son de censura contra el libro del Sr. Danvila. No acierto yo a concebir cómo el libro hubiera podido escribirse de otra manera; cómo su autor hubiera podido relegar a segundo término al rey Don Sebastián y la catástrofe de Alcazalquivir; la caída de una nación tan heroica, casi en el momento de su maravillosa expansión y de su mayor auge. No era dable que el autor reprimiese su deseo de pintarnos detenidamente sin dejar indicados con vaguedad en el fondo a tantos y tantos importantes personajes, a fin de que apareciese en primer término, sin apartarse de nuestra vista y como centro y principal objeto de todo, D. Cristóbal de Moura, a quien, sin embargo, es menester confesar que se debió más que a nadie el buen éxito de la unión de Portugal y de Castilla y que esta unión fuese menos violenta y mucho más durable de lo que hubiera podido temerse y de lo que, sin duda, Felipe II temía.

El Sr. Danvila escribe sobre una de las épocas en que es más difícil para el historiador la imparcialidad previa, o sea escribir para contar y no para probar. La primera alabanza que debemos dar al Sr. Danvila, es porque consigue sobreponerse a todo prejuicio y retratar a los personajes, y narrar sus actos tales como fueron, dejando a los lectores que juzguen, califiquen y fallen.

A menudo, no obstante, por muchos y muy preciosos datos que un historiador acumule y ordene, los lectores, aunque sean muy entendidos, no logran formar juicio y dictar sentencia. Contrario al del novelista es el método que el historiador sigue. El novelista imagina a su antojo a los personajes de su novela, tontos o discretos, malvados o bonachones, débiles o briosos, y luego por ineludible dialéctica los mueve a que lo digan y lo hagan todo en consonancia con lo presupuesto. En cambio el historiador ni crea a sus personajes, ni posee una llave mágica para penetrar en su corazón, para escudriñar los aposentos de su cerebro, y para descubrir y mostrarnos sus intenciones, sus sentimientos y sus propósitos. Todo esto tiene que inferirse de lo que cada personaje dice y hace: inducción, en mi sentir, muy sujeta a engaños, por donde se ha dudado y se ha disputado siempre no poco sobre el valer moral e intelectual de muy célebres figuras históricas.

Sobre D. Cristóbal de Moura no hay, no puede haber duda ni disputa. Hábil y fiel servidor, cumple bien con los mandatos de su amo, y su arte de cortesano perfecto y de negociador discretísimo, y su flexibilidad y su paciencia se revelan en todas sus acciones y singularmente resplandecen en el arte con que conlleva y sufre el poco apacible humor del rey D. Felipe y conserva y acrecienta la confianza que le ha inspirado. Pero, como ya hemos dicho, en el extenso cuadro trazado por el Sr. Danvila, D. Cristóbal queda, y no puede menos de quedar, relegado a segundo y a veces a tercero o cuarto término. El cuadro encierra casi toda la historia de España y de Portugal desde 1538 hasta 1613. Ante las figuras sobresalientes y conspicuas de D. Juan III, la reina doña Catalina, la princesa doña Juana, el mismo emperador Carlos V, el duque de Alba, el rey D. Sebastián, Isabel de Valois, el príncipe D. Carlos, y en fin, el propio rey don Felipe, el discreto hidalgo portugués no puede menos de resultar obscurecido. En bastantes capítulos del libro apenas se le nombra: a veces se presume pero no se asegura que sale a la escena. Quien está siempre en ella presente y activo es el rey D. Felipe.

El libro del Sr. Danvila viene a corroborar una vez más el concepto que yo tengo de este rey, contra el cual, durante su vida y después de su muerte, se han lanzado las más duras acusaciones y las más apasionadas injurias, sin que yo acierte a conceder que fuese menos benigno, más hipócrita o más desalmado entre multitud de otros monarcas, príncipes y magnates del Renacimiento. Felipe II era la propia bondad, la dulzura y la mansedumbre personificadas, sinceramente religioso y amante de su patria y modelo de reyes paternales, si le comparamos con Juan II de Portugal, apellidado el príncipe perfecto, con Luis XI de Francia, con Catalina de Médicis y sus hijos Carlos IX y Enrique III, con Enrique VIII e Isabel de Inglaterra y con no pocos otros que pudieran citarse, sin excluir acaso a su padre el César.

Yo presumo que la rara y excepcional perversidad que a Felipe II se atribuye toma origen y fundamento en las prendas de su carácter y en los actos de su vida que más le ensalzan e ilustran: en la guerra sin tregua que hizo al protestantismo, pugnando para que no se rompiese el alto principio que informaba, dirigía y daba unidad a la civilización europea. Si para lograr este fin se valió de la Inquisición, quemó herejes e hizo no pocas otras atrocidades e insolencias, muy mal hecho estuvo; pero ¿dónde fueron entonces los príncipes y los gobiernos más clementes y humanos? Ni en calidad ni en cantidad pueden compararse las víctimas sacrificadas por Felipe II a las que sin Inquisición se sacrificaron en Alemania, en Francia o en Inglaterra. No fue menester, por ejemplo, de la Inquisición de España para el suplicio de Vanini, de Bruno, de Miguel Servet, de Tomás Moro y de María Estuardo. Si hiciésemos la exacta estadística de todos los herejes quemados vivos en España, acaso sería menor su número que sólo el de las brujas y brujos que en Alemania fueron quemados. Demos gracias a Dios de que ya no se quema vivo a nadie por tales motivos y de que cualquiera puede ser ya impunemente hereje y hasta brujo; pero no acusemos a los españoles del siglo XVI ni a su monarca don Felipe II, de más fanáticos y crueles que a la demás gente de su época.

Como cierto y aun como evidente pongo yo lo antedicho. Donde empiezan mis dudas, a pesar o a causa de la circunstanciada y minuciosa relación del Sr. Danvila, es en la idea que debo formar del talento político que el rey D. Felipe mostró en los tratos, negociaciones, intrigas, rodeos tortuosos, lentitud y cautela con que vino al cabo a apoderarse de Portugal y a someter la completa extensión de nuestra Península bajo su dominio. Tantas idas y venidas, tantos embajadores o emisarios diferentes, ya simultáneos, ya sucesivos, frailes, santos, grandes de España y jurisconsultos, que ya se movían de acuerdo, comunicándose sus impresiones, ya se recataban unos de otros por orden del mismo rey, ya se entendían directamente con éste, ya unos con un secretario y otros con otro, porque el rey recelaba de todos, todo esto, me pregunto yo: ¿era indispensable, para apoderarse de Portugal sin gran violencia y sin ofender demasiado a los portugueses? ¿Se debió entonces a la rara circunspección del rey la tan deseada unión ibérica o se debió a que la ocasión era propicia: a que estaba de Dios, como vulgar, sabia y cristianamente se dice?

¿No experimenta el lector cierto cansancio, a pesar de lo bien escrito que está el libro y de las curiosas y bien ordenadas noticias que nos da de personas y de cosas, al internarse por aquel laberinto de enmarañados rodeos por donde el rey D. Felipe persigue sus fines? Seduce a muchos portugueses con promesas y compra a otros con dinero para impedir la guerra y la efusión de sangre, y sin embargo, no logra anular al Prior de Crato ni apoderarse de él, ni evitar que se rebele, y necesita sofocar la rebelión con dura mano y tremendo castigo, sin que lleguen a evitarse los abominables desafueros de un ejército invasor casi siempre mal pagado y famélico en España y en aquel siglo, aunque le mandasen caudillos de tanta autoridad y energía como el duque de Alba y Sancho de Avila.

Yo nada afirmo. Me limito a dudar. Y de lo que dudo es de si en estos sucesos conviene celebrar a Felipe II por circunspecto, prudente y ladino, o si hay más razón para calificarle de vacilante, indeciso y enrevesado en los medios y hasta de pesado y de engorroso, si se me permite lo familiar y bajo del vocablo.

II

Cada cual ve las cosas a su manera. La historia enseña poquísimo. Nunca es bastante la semejanza de accidentes en dos grandes sucesos para hacer valederas y legítimas las comparaciones. Atrevámonos, con todo, a comparar, a pesar de lo inseguro. Humillado Portugal, vencido en Africa por los marroquíes, muerta allí la flor de su heroica nobleza y de sus valientes soldados, poco podía resistir a la ambición de un monarca que, para hacer valer su derecho hereditario, era señor de vastísimos reinos y provincias y estaba al frente de la nación española, preponderante entonces en Europa. Si hemos de prestar, pues, al rey Don Felipe el testimonio de nuestra admiración porque se anexionó a Portugal, digámoslo así, valiéndonos del verbo que hoy está en moda, ¿qué pasmo, qué asombro, no debe inspirarnos, el rey Víctor Manuel con su Cavour y con su Garibaldi, cuando, después de tomar el Milanesado por mano de franceses y por mano de alemanes el Véneto, príncipe poco antes derrotado y multado por Austria, se atreve a derribar y derriba varios tronos, sin excluir el temporal del Papa, se apodera de Nápoles y de Sicilia y funda la unidad de Italia, aspiración secular jamás cumplida desde los tiempos del rey bárbaro Teodorico?

Aunque la comparación se me rechace, negando la paridad de las circunstancias y alegando el muy diverso carácter de las épocas, todavía inclina un poco el ánimo a tener por algo problemática la habilidad del rey Don Felipe. Su circunspección pecaba de minuciosa. Tal vez dificultaba sus empresas la abundancia de medios que empleaba para darles cima. Algunos de estos medios eran inútiles: otros contraproducentes o perjudiciales. Sirva de ejemplo la misión, embajada, o como quiera llamarse, de fray Hernando del Castillo al desdichado rey cardenal D. Enrique. ¿A qué podía conducir sino a mortificar el amor propio, a ofender y agriar al pobre monarca portugués el desvergonzado sermón de aquel buen fraile para persuadirle de que no debía contraer matrimonio? Buena y santa es la libertad cristiana, pero no debe confundirse con la insolente grosería. E insolente y grosero anduvo el fraile, predicando al rey durante dos horas lo pecaminoso y escandaloso que sería su casamiento, lo inútil porque era incapaz de consumarle, y lo peligroso porque bien podría la señora reina dar al trono herederos cuya legitimidad hubiera de negarse.

Como D. Cristóbal de Moura se opuso, aunque en balde, al impolítico sermón de fray Hernando del Castillo, bien se puede afirmar que en dicha ocasión, así como en algunas otras, venció en prudencia a su augusto amo.

Es singular, a mi ver, la patente superioridad del pueblo, en la época del mayor valer de España, sobre los príncipes que dirigieron sus destinos, salvo los Reyes Católicos. Bien supieron éstos con mano de hierro dominar la anarquía, aunar las fuerzas de la nación y dirigirlas y ordenarlas todas a su mayor engrandecimiento. En aquella labor se emplean sirviéndoles, varones eminentísimos en las artes de la paz y de la guerra: grandes capitanes, aventureros audaces, navegantes y misioneros, astutos hombres de Estado, sabios jurisconsultos y teólogos; y, por último, para que la elegante brillantez corriese parejas con el encumbramiento político, gloriosos y fecundos poetas e inspirados artistas.

El fermento de decadencia y corrupción, antes que en el pueblo, apareció en la dinastía. En la dinastía casi desde el principio se advierte. La locura, poetizada y llamada de amor en la reina Doña Juana, se diría que como afección nerviosa, más o menos latente, se transmite por herencia a casi todos los individuos de la familia, hasta que se manifiesta por último con todo el carácter de notoria imbecilidad en el rey Don Carlos II. Por muy simpáticos, heroicos o virtuosos que sean algunos personajes, siempre se trasluce en ellos algo, y a veces mucho, de insano y desequilibrado. El príncipe Don Carlos y el rey don Sebastián se parecen en esto, como buenos primos hermanos. La misma princesa, madre de Don Sebastián, tiene no poco de extraño y de misterioso. Hermosa y apasionada mujer hubo de ser sin duda cuando inspiró amor tan ardiente al príncipe su marido, que a separarse de ella prefirió la muerte. Contra el parecer de los médicos, murió el príncipe en los brazos de Doña Juana. Y sin embargo, esta señora era tan austera y esquiva, que no consentía que le vieran ni el rostro. Tapado le tenía cuando daba audiencia como gobernadora del reino, hallándose ausente su hermano Don Felipe II. A veces como dudase alguien de que hablaba con ella, se descubría con rapidez, preguntaba si era la princesa Doña Juana, y no bien contestaban que sí, volvía a taparse.

Tal vez el que tuvo menos rarezas entre todos los príncipes de aquella familia, el más juicioso y razonable, el que más amó a su patria y el que procuró su grandeza con mayor tenacidad, consecuencia y estudio fue el rey Don Felipe. Ya que no por el rápido vuelo de la inteligencia y por la pronta energía de la voluntad, Felipe II es digno de aplauso por la constante solicitud con que mira al bien de su pueblo. Lejos de creerle yo hipócrita, le creo convencido con perfecta buena fe de que era el representante de Dios sobre la tierra y de que el nuevo pueblo de Dios era el de España. Considerándose Don Felipe encargado de cumplir la misión civilizadora de este pueblo, fue el campeón de la Iglesia católica, y bajo sus auspicios, desplegando hasta mayor generosidad que con España con los países sometidos, ya el mismo monarca, ya sus vasallos imitándole, protegieron las ciencias y las artes, erigieron monumentos, fundaron templos, palacios y establecimientos piadosos y favorecieron, en vez de reprimir, todo progreso, toda mejora material y toda teoría o sistema científico o filosófico que no se opusiese al dogma revelado, oposición entonces harto menos frecuente que en el día. Porque en el día el mismo empeño con que muchos se valen de la ciencia como de arma para combatir la fe, vuelve sobrado recelosos a los que son de la fe defensores y se diría que centuplican sus catorce artículos.

Ello es lo cierto que con aplicación y estudio sería fácil demostrar que en el siglo xvi apenas hubo audacia científica o filosófica, condenada en otras naciones, que a pesar de la Inquisición no hallase acogida entre nosotros: sistemas de Copérnico y de Galileo, transformación de las especies, generación espontánea, seres racionales distintos de la prole de Adán y de los ángeles, y en suma, cuanto a un escritor o pensador se le ocurriese soñar, probar o dar por demostrado, como no transcendiera a judaizante, morisco, luterano o calvinista. La ulterior decadencia intelectual de España no nace, pues, de la compresión del pensamiento por los inquisidores. Otras causas tuvo. Su investigación es ardua y prolija.

Incurriendo nosotros en la misma falta, que si no censuramos, reparamos en el libro del Sr. Danvila, vamos hablando de todo en estos artículos y a D. Cristóbal de Moura nos le dejamos olvidado. Volvamos a él y recordémosle.

Después de su campaña diplomática en Portugal, D. Cristóbal, colmado de honores y mercedes, llega a la cumbre del crédito y del valimiento cerca de su soberano. Para sostenerse en tan envidiada posición, no le valieron sólo su discreción y rara aptitud en los negocios, sino también su celo, su decidida lealtad y su profunda y sincera devoción al príncipe a quien servía. Nunca dieron mayor razón de sí ni brillaron tanto estas prendas como durante la última, lenta y penosa enfermedad del mencionado rey, a quien asistió D. Cristóbal, desvelado y solícito, hasta el instante de su muerte. Menester fue, sin duda, que D. Cristóbal tuviese salud de bronce, voluntad firme y extraordinario vigor de alma y de cuerpo para resistir la fatiga, dominar el asco y no amilanarse ante el horror de la espantosa escena que presenció y en que tomó parte durante cincuenta y tres días. En la estancia modesta, al lado del presbiterio, y desde donde pueden verse el altar mayor y el magnífico templo del Escorial, su austero fundador, atendido y cuidado por D. Cristóbal, pasó los referidos cincuenta y tres días en martirio tan cruel, que apenas parecía posible que pudieran resistirle fuerzas humanas. La entereza pasmosa con que sufrió el rey sus males y la nunca turbada y serena majestad que conservó en medio de ellos, exceden a la capacidad de la más acendrada virtud estoica. El mismo Job queda eclipsado por el rey Don Felipe. Jamás hubo de exclamar éste, como el piadoso varón de Hus: perezca el día en que nací y la noche en que se dijo: concebido ha sido un hombre. El rey, sin embargo, padeció tanto o más que el patriarca de Oriente. Su fe y su esperanza le sostuvieron. Bien puede asegurarse que el rey creyó que tanto tormento fue prueba y no castigo: no anticipado infierno o purgatorio, sino crisol candente del oro de sus virtudes. No se me ocurre que al rey le remordiese la conciencia pensando en los que había hecho morir por razón de Estado, en cumplimiento de un deber y para bien de la religión, de la patria y del humano linaje. Ni menos le remordería la conciencia por haber excitado con sus consejos y amonestaciones a la matanza de la noche de San Bartolomé, ni por haberse holgado de ella extremadamente, escribiendo a la reina Catalina: ¡bien ha mostrado Vuestra Majestad lo que tenía en su cristiano pecho! Sólo se explica la serena majestad del rey en aquel duro y largo trance por el claro convencimiento que de su dignidad tenía, sin que pudiera menoscabarla ningún dolor ni ninguna miseria, y por su conformidad perfecta con la voluntad de Dios, conformidad que en cierto modo endiosa el alma de quien la adquiere, convirtiendo las más acerbas penas y la más lastimosa humillación en deleite y en gloria.

Todo el cuerpo del rey, donde la hinchazón de los tumores no le deformaba, era sólo huesos y piel cubierta de llagas. Los tumores se vaciaban por varias abiertas bocas que arrojaban pus hediondo. El muladar de Job había sido más limpio que el lecho inmundo del señor absoluto del mayor imperio que hasta entonces había habido sobre la tierra. Con la húmeda podredumbre de las úlceras, se pegaba a las sábanas el cuerpo del rey. Asquerosos insectos parásitos devoraban en vida su carne, y corrían bullendo por toda ella. Hedor insufrible llenaba aquel recinto. Cirios encendidos patentizaban su lobreguez y su tristeza. Le santificaban las más preciadas reliquias que para consuelo del rey se habían traído. Y el ataúd abierto, que aguardaba para recibir al rey, estaba allí junto a su cama para que el rey le contemplase.

Tremendos son los pormenores de aquella lenta agonía, relatados por el Sr. Danvila, así como por Cabrera de Córdoba y por otros historiadores. Baste aquí lo expuesto en resumen.

D. Cristóbal de Moura, hasta que el rey exhaló su último suspiro, gozó de su plena confianza. En su poder estaba la llave del escritorio donde se guardaban los más íntimos y secretos papeles. Lamenta el Sr. Danvila que D. Cristóbal quemase muchos por orden del monarca. Yo, harto menos curioso, en vez de lamentarlo, me alegro de ello. ¿Para qué queremos saber más de lo que ya se sabe?

El concepto que de Felipe II podemos formar, entiendo yo que por muchos otros papeles que se hubiesen conservado y que descubriésemos y estudiásemos, no cambiaría en lo más mínimo. Sus admiradores exageran en demasía sus talentos y su aptitud política. Y en demasía también sus enemigos ponderan sus maldades. No pocas de ellas, cuando no absueltas, aparecen atenuadas por los sentimientos e ideas de aquella edad en que la razón de Estado propendía a justificarlo todo. Porque siendo la moral harto menos dulce que hoy y menor el respeto a la individualidad humana, los llamados a dirigir los pueblos se creían realmente señores de vidas y haciendas. El fin, más que hoy, justificaba entonces los medios. En el pensamiento de los hombres de aquella edad el éxito lo justificaba todo. Menester era, pongamos por caso, de la pasión patriótica de Góngora cuando cantó la Invencible Armada, para que llamase a Isabel de Inglaterra

Reina no, sino loba libidinosa y fiera.

Los que escribían en prosa, sin prevención y con la franqueza del sigilo, no condenaban a Isabel por loba, sino que la admiraban como gran reina. D. Juan de Silva, en una carta política dirigida a D. Cristóbal de Moura, habla así de aquella digna rival de Felipe II: «Los cuarenta y dos años que la reina de Inglaterra ha gastado en servicio del mundo, serán en su género la cosa más notable que se halle escrita, porque no teniendo más ayuda que la de nuestros pecados, y la de su consejo, ha salido con hacerse amar y temer en su reino más que todos sus predecesores. Ha ayudado como le ha placido y convenido a los enemigos de Francia y España, reinando en la mar como en la isla, cortando cuantas cabezas le podían dar estorbo, y la de otra reina entre ellas, paseando con sus navíos el mundo a la redonda y bailando y danzando como si no hubiera tenido que hacer.

En todo este elogio, no hay la menor censura sobre la moral de la reina, sino profunda admiración al buen éxito de sus empresas: envidia casi, no porque Felipe II hubiera sido más cruel y más tirano, sino porque fue menos hábil.

La vida de D. Cristóbal de Moura, y por consiguiente, el libro del Sr. Danvila, se extienden aun algunos años por el reinado de Felipe III.

No se me alcanza bien por qué el Sr. Danvila se inclina a mostrar a D. Cristóbal harto caído y desatendido por el nuevo monarca. Natural era que hubiese entonces turnos pacíficos, como los hay ahora, aunque durando muchísimo más cada vuelta. Natural era también que el nuevo rey tuviese nuevo privado, pero nunca con mayor exaltación y reconocimiento de méritos que D. Cristóbal cayó nadie de la privanza. Los favores regios vinieron sobre él en aumento de su estado y de su casa. Don Cristóbal fue, por último, el primer virrey que Portugal tuvo, a despecho y con envidia de príncipes y de grandes señores que hubieran querido serlo. En todo lo cual, si supo don Cristóbal desplegar las más raras dotes de talento y de carácter para sostener su crédito y su importancia, no debe negarse tampoco que Felipe III y su valido el duque de Lerma fueron consecuentes y estuvieron acertados.

Prolijo sería exponer aquí en compendio los actos de D. Cristóbal en el virreinato y los demás sucesos de su vida hasta que llegó a su término, y con ella el libro del Sr. Danvila.

Libro es este de grandísimo interés, rico en noticias curiosas y en nuevos datos y de muy envidiable lucimiento, no ya sólo para quien empieza a escribir de historia y es muy joven, sino para el más curtido y avezado en este linaje de estudios.

No tiene la falta, sino la sobra, en moda hoy; moda de la que parece imposible prescindir para componer una mera biografía. Por eso suele ponerse en la portada de esta clase de libros, aunque el Sr. Danvila no lo ponga, como aditamento al nombre del héroe y completando el título, ora y su tiempo, ora y su siglo, aunque ni el tiempo ni el siglo quedase muy descabalado o muy inexplicado si el héroe mentalmente se suprimiera.

De todos modos, el libro del Sr. Danvila, calificado como se quiera el género a que pertenece, es desde luego muy importante trabajo, y cierta y brillante promesa además de otros sazonados frutos que el ingenio y la laboriosidad del autor han de producir en adelante.

EL ESPECTÁCULO MAS NACIONAL

I

Mi querido amigo y tocayo el conde de las Navas, ha publicado recientemente con el mismo título que damos a estos artículos, un libro, tan ameno como erudito, sobre la historia del toreo.

En más de seiscientas páginas que el libro contiene, entiendo yo que está dicho cuanto en pro y en contra de la tauromaquia puede decirse, y que está contado por estilo muy elegante y ligero cuanto al ejercicio del mencionado arte se refiere, desde sus orígenes, que van a perderse en la noche de los tiempos, hasta el día de hoy, en que sigue floreciente y en auge, sin que necesite ni pida regeneración, como otras artes, cosas y personas.

Casi imposible, al menos para mí, que me considero incapaz de tamaña empresa, sería exponer aquí en resumen, con claridad y orden, lo más importante y sustancial del libro mencionado. Baste afirmar que el señor conde ha apurado la materia y ha logrado componer una verdadera enciclopedia taurina. Nada se le queda por investigar, aclarar, contar y discutir sobre las corridas de toros, desde que empezaron en España, tal vez antes de la fundación de Cádiz y de la venida de Hércules fenicio, que erigió sus columnas, no sé si en Calpe, o en Avila, o en ambos cerros.

No hay personaje histórico que haya toreado de quien no nos hable el señor conde. Hasta Francisco Pizarro, conquistador del Perú, y hasta el muy glorioso emperador Carlos V, resultan toreros.

Las fiestas reales, en que con mayor o menor lucimiento se han lidiado toros para solemnizar algún suceso fausto y aumentar el regocijo público, están mencionadas en el libro del señor conde con escrupulosidad y con prueba de documentes fehacientes, desde las que hubo en el año de 1144 en León para celebrar las bodas de doña Urraca, hija del rey Alfonso VII, hasta las que hubo en Sevilla en 1877 para obsequiar al rey D. Alfonso XII.

Demostrado con toda evidencia deja el señor conde que el espectáculo más nacional en España es el de las corridas de toros. Demuestra además con gracia, discreción y abundante copia de razones que las tales corridas no son feroces, ni inmorales, ni merecedoras de la censura acerba que no pocos sujetos autorizados y varios escritores de nota han lanzado contra ellas en épocas distintas. Los que más se han señalado y extremado en el siglo presente por su reprobación de los toros han sido el ilustre don Gaspar Melchor de Jovellanos y el ingenioso poeta y marino don José Vargas Ponce, y recientemente D. Luis Vidart y el marqués de San Carlos. Contra todos ellos combate valerosamente el conde de las Navas, y logra, en mi sentir, completa victoria.

Como quiera que sea, así los partidarios como los enemigos de las corridas de toros, no podrán menos de deleitarse y de instruirse con la lectura del libro de que aquí damos cuenta. Toda persona de buen gusto y aficionada a saber, si no se convence leyendo este libro, se divertirá de seguro y adquirirá multitud de curiosas y peregrinas noticias, sin sentir nunca cansancio ni hastío. Esta es la mayor alabanza que podemos dar y que damos con sinceridad y satisfacción a la flamante obra del conde de las Navas, muy conocido y celebrado ya en la república literaria, así por otros trabajos de erudición como por sus cuentos y novelas.

Otra alabanza, no obstante, merece también el libro del señor conde, que yo consignaría aquí aunque no quisiera, ya que la calidad envidiable que en el libro alabo me sirve de fundamento para cuanto voy a decir, y aun para mucho que yo diría y que me callo, receloso de fatigar a los lectores.

El libro del señor conde de las Navas es muy sugestivo. ¿Quién, al leerle o después de haberle leído, no siente invencible deseo de hacer examen de conciencia sobre el punto capital que el libro trata, de declarar con franqueza si condena o aplaude las corridas de toros y de exponer los argumentos en que se apoya su reprobación o su aplauso?

Dejándome yo arrebatar por el antedicho deseo, voy a consignar aquí mi opinión, aunque nadie me la pida, interviniendo en la disputa, con independiente juicio y sin previa inclinación de ningún lado.

¿Las corridas de toros pecan gravemente contra la filantropía o dígase contra el afecto y el respeto que todo ser humano debe inspirarnos? Tal es la primera cuestión. La respuesta es clara, pero no puede darse sin distingos. Sin distingos no cabe duda que se debe condenar una fiesta en la que para divertirnos exponen su vida unos cuantos prójimos nuestros. Pero cuando se considera que hay otra multitud de fiestas en que las vidas de nuestros prójimos se exponen más aún, no podemos menos de considerar inocentes, o si se quiere poco nocentes las corridas de toros. No aventura menos que el torero el domador de leones o de tigres, que entra en la jaula en que ellos están, los fascina con su mirada y los doma y amedrenta a latigazos.

El acróbata que en lo más alto del circo, salta de un trapecio a otro trapecio, queda pendiente de un pie sin otro asidero, y vence aun mayores dificultades y arrostra mayores peligros, a mi ver arriesga la vida, más aún que el que se lanza a la arena del circo, sereno, ágil y fiado en su arte, a luchar con el toro más bravo. Y todavía es menos filantrópico el arte del titiritero que el del lidiador de toros, si se piensa en la educación con que cada cual es menester que se prepare. La gimnasia del torero es sana: no tuerce ni violenta la naturaleza. Basta con que los pies sean ligeros, el cuerpo flexible, la vista perspicaz y diestro y robusto el brazo. En ninguna de estas condiciones se requiere nada que raye en lo anormal o en lo monstruoso: que exponga al que procura adquirirlas a la dislocación o a la rotura de los órganos y aparatos de su cuerpo, a fuerza de querer darles empleo contrario al que naturalmente tienen. Los descoyuntados, los que se tuercen y doblan de manera insólita, los que alzan con los dientes enormes pesos y hacen otras habilidades por el mismo estilo, aunque nos maravillen, repugnan por lo antinatural del ejercicio y más aún por la perversa preparación que el ejercicio presupone, y en la cual es probable que hayan sucumbido no pocos antes de llegar a ser maestros y de poder lucirse.

El pugilato o riña a puñadas entre dos o más hombres es espectáculo muy frecuente aun en Inglaterra y en los Estados Unidos, y del que mucho gustan ingleses y angloamericanos. En estas riñas los espectadores se apasionan por uno de los dos combatientes, juegan y apuestan dinero. No hay para qué ponderar cuanto menos humanas son estas riñas que las corridas de toros. En las corridas, de cada cien veces, una a lo más, saldrá un hombre herido o muerto, pero en el combate a puñetazos no se concibe que queden nunca ilesos los campeones, uno de ellos al menos saldrá con las narices rotas, con un ojo destrozado o hinchado, o con tales contusiones en el pecho que le lastimen las entrañas y le hagan vomitar sangre o le causen la muerte. Dignas de la epopeya son tales luchas, pero no se puede negar que son brutales y harto impropias de la civilizada y filantrópica edad en que vivimos. Bien están en la Iliada los juegos que celebra Aquiles en honor de Patroclo y la lucha del hijo de Panopes con el gentil Eurialo, a quien sus amigos retiran de la arena vencido, arrastrando

el mísero los pies, y de la boca sangre arrojando turbia. Sobre el hombro la cabeza caída, y delirante.

No muy inferior belleza épica tiene el canto del poeta ruso Lermontoff, donde se refiere la lucha, en presencia de Ivan el Terrible, del joven mercader que mata a puñadas al guardia favorito del Czar. Pero todo esto, que es agradable y bello y no disuena contado en una narración de tiempos antiguos, o de pueblos semibárbaros, es abominable e impío en el siglo presente. En su comparación, la más sangrienta corrida de toros es menos cruel, y menos peligrosa para el hombre que muchos juegos y ejercicios, como la caza de leones, osos y tigres y hasta como las mismas carreras de caballos, donde tal vez los jockeys están más expuestos que los toreros y pueden reventarse o romperse la nuca.

En otro concepto, en el que podemos llamar ortopédico, lejos de ser censurable el ejercicio del toreo, es más digno de recomendación que casi todos los otros ejercicios varoniles, porque no deforma el cuerpo o desarrolla algunas de sus partes a expensas de otras, como la danza, que suele enflaquecer los brazos y desenvolver demasiado las piernas, sino que propende a robustecer por igual todo el cuerpo humano, prestándole vigor, ligereza y gallardía.

En un buen torero es casi indispensable condición cierta proporcionada harmonía de los miembros, cierta vigorosa y elegante esbeltez, mientras que un jockey, por ejemplo, puede ser feo como un mico, patizambo, y giboso y hasta conviene que sea ruin y desmedrado a fin de que no pese mucho.

La hermosura varonil del torero puede y debe ejercer influencia benéfica en el ánimo de la muchedumbre, en quien un inveterado espiritualismo ascético y después otras varias causas han hecho que se descuiden por demás en España el esmero y cuidado del cuerpo. Nuestra clase media le atiende y le ejercita poco. Todavía es de maravillar cómo los individuos que a ella pertenecen no están más enclenques y decaídos, mereciendo el apodo de D. Pereciendo o de D. Líquido con que suele motejarlos la baja plebe. El gallardo tipo del torero debe estimularlos con emulación. Bien lo da a entender el poeta cuando dice en elogio del insigne Pedro Romero:

Das a las tiernas damas mil cuidados, y envidia a sus amantes.

Vale, por último, la tauromaquia para conservar ciertos usos y costumbres muy útiles que sin tauromaquia acaso se hubieran ya perdido. Agradecidos debemos estar al arte de Pepe-Hillo y de Montes, aunque no sea más que porque contribuye a que sigan poniéndose mantilla las mujeres. El sombrerete y otras modas de París lo invaden todo, y nada, a mi ver es más contrario a la regeneración que tanto anhelamos hoy.

Las tales modas, singularmente en nuestra pobre e inferior clase media, ejercen el más funesto y deletéreo influjo. A un empleado, pongamos por caso, que tiene tres o cuatro mil pesetas de sueldo anual, y es padre dichoso de dos o tres niñas, que gastan sombrerete y otros primores parisinos, ¿qué le queda para pagar la comida y el alquiler de la casa si han de ir las niñas medianamente emperegiladas? Y es todo ello más digno de notar y más lastimoso, si se atiende a que los tales perejiles cuestan en España doble o triple que en otras tierras. Porque aquí tenemos que pagarlo doble o triple a fin de proteger la industria o la producción nacional.

Bien podemos decir, aunque sea entre paréntesis, y por vía de desahogo, que restando de lo que pagamos por ciertos artículos, el exceso que se paga para proteger la industria nacional, tal vez resulte que con este exceso, salga la tal industria, más asalariada por el Estado, que cualquiera otra función u oficio público, y que, con lo que nos cuesta, pudiéramos sostener todos los empleados que hay en Madrid, y dar su paga íntegra a los generales, aunque pasen de setecientos.

Creo, pues, que convendría volver a las mantillas y abandonar los sombreretes y demás primores parisinos. Yo gusto del lujo. ¿Quién no gusta del lujo como no sea un asceta o un esparciata? Pero el lujo no debe ser a expensas de la alimentación. La cocina nacional, que sin duda hubo de estar floreciente y adelantada en el siglo XV, como lo atestiguan D. Enrique de Villena y Ruperto de Nola, ha venido a caer en espantosa decadencia en el siglo XVII por el beaterio, penitente y devoto, y en el día por la afición y prurito de gastarlo todo en trapos transpirenaicos. Con razón exclamaba un elocuentísimo y famoso orador español, no sin suspirar y verter lágrimas: ¡yo no como, yo me alimento! Nuestra cocina... esa sí que está degenerada. Y así por lo poco apetitosos que son los platos, como por lo mucho que hay que gastar en el lujoso aparato exterior, es lo cierto que suele comerse poco y mal, por donde la anemia y la cacoquimia son las enfermedades más comunes de ahora. La esplendidez y el regalo sibaríticos de los toreros, manteniendo y haciendo florecer colmados, figones y tiendas de andaluces y de montañeses, pone ya y seguirá poniendo a este mal oportuno reparo y castizo remedio.

Por todas las razones que dejo expuestas me atrevo yo a decir que las corridas de toros sobre ser filantrópicas, son patrióticas y regeneradoras, y que, por lo tanto, deben ser aprobadas y hasta celebradas y fomentadas.

Veamos ahora si las condena y si justamente las anatematiza la piedad que debe inspirarnos todo ser viviente, sensible al dolor, aunque no sea racional como nosotros. Pero este asunto es tan vasto que requiere artículo aparte, aunque discurramos sobre él y tratemos de dilucidarle con rapidez compendiosa.

II

¿Qué opinión tendrá de las corridas de toros la Sociedad protectora de los animales, sociedad existente hoy en todos los países civilizados? La tal opinión de seguro ha de ser muy mala; ¿pero será lógico el razonamiento en que se funde? Me parece que no, y procuraré demostrarlo.

Rechacemos la doctrina de Gómez Pereira y de Descartes, quienes acaso intentaban disculpar con ella la voracidad y la crueldad de los hombres, que sin chispa de compasión comen vacas, carneros, cerdos, perdices y otros muchos seres animados, vivíparos y ovíparos. No incurriré yo tampoco en el contrario parecer, atribuyendo a los animales alma semejante a la nuestra, lo cual huele a herejía, o suponiendo, y esto es peor, que trasmigran las almas humanas, y se cuelan, viven y funcionan en diversa clase de bichos.

Lo discreto, a mi ver, es colocarnos en un justo medio. Sin meternos en honduras, sin investigar qué es espíritu y qué es materia, cosas ambas en lo sustancial igualmente desconocidas, no queremos ni podemos negar cierta dosis de entendimiento y bastante sensibilidad a los brutos que harto saben dónde y cómo les duele y se quejan y lo deploran a su modo. El dolor en ellos ha de asemejarse no poco al dolor en nosotros, por donde es justo que los compadezcamos y que si no les tenemos compasión se nos acuse de dureza de entrañas.

No poco he leído yo en El ente dilucidado del padre Fuente la Peña, y en El gobierno general, moral y político hallado en las fieras, etc., del reverendo padre Valdecebro, sobre las virtudes e inteligencias de los brutos, y más he leído aún en autores novísimos, sabios y poetas, entre los que se distinguen el doctor Jonatas Franklin y el novelista Mery por las habilidades, honradez y talento que atribuye a un elefante en su novela El paraíso terrestre.

Sin ponderar tanto las prendas casi personales de no pocas aves y cuadrúpedos, menester es confesar que el elefante es pudoroso y muy aficionado a la música; el perro fiel; paciente el buey, agradecido el león y muy listos algunos monos. No recuerdo yo dónde he leído, pero sí que he leído, de un mono que jugaba muy bien al ajedrez y que casi siempre ganaba. En suma, los animales no son máquinas, sino que tienen alma, aunque no sea inmortal, sino perecedera, y piensan y discurren, y sobre todo sienten y padecen, que es lo que importa afirmar aquí. Al matarlos, pues, para comérnoslos, no procedemos con ellos amable y generosamente. La Sociedad protectora de los animales, para ser lógica en su conducta, debía tratar de que fuese herbívoro el linaje humano.

Los indios, mil veces más compasivos que nosotros en este particular, dicen que se abstienen de comer carne, sin que haya bula entre ellos que los habilite para comerla. Muy celebrados son su piedad y su afecto a todo ser viviente. Del rey Usinar cuenta la leyenda que vino una paloma a pedirle amparo contra el gavilán que la perseguía. El rey quiso ampararla y amonestó al gavilán para que no la devorase. Contestó el gavilán que la naturaleza había dispuesto que él se alimentase de carne y había creado las palomas para que los gavilanes las devoraran. Sólo consintió el gavilán en perdonar a la paloma la vida, si el rey le daba de su propia carne cantidad igual en peso al peso de la paloma. Aceptó el rey el convenio y empezó a cortar pedazos de su carne y a ponerlos en una balanza, en uno de cuyos platillos estaba ya la paloma. Pero por más que el rey se despedazaba, nunca igualaba el peso del ave. El gavilán y la paloma eran nada menos que Indra y Agni, poderosísimos dioses, que habían querido demostrar y habían demostrado la inmensa piedad del rey y tal vez lo inútil e inconducente de su sacrificio, ya que por ley natural e ineludible en este bajo mundo nos devoramos unos a otros, y la muerte en unos es en otros principio y causa de vida.

Yo me alegraría de que el sacrificio del rey Usinar hubiera tenido mejor resultado, pero como no le tuvo, los hombres siguen siendo peor que los gavilanes y se comen sin escrúpulo cuanto de vivo cogen por delante y les parece suculento y apetitoso.

El mundo está convertido por nuestra gula en una carnicería. ¡Y de qué medios tan traidores no nos valemos para matar a los que nos comemos después! ¿Hay nada más abominable que atraer con reclamo a las aves para que acudan movidas por el amor, y en vez del amor hallen la muerte?

No quiero describir aquí con todos sus pormenores la infame matanza del cerdo, como yo la he presenciado en mi lugar siendo niño todavía: aquel río de sangre brotando con ímpetu de la herida garganta y cayendo en un lebrillo, donde una robusta moza le agitaba para que no se cuajase; la más gentil zagala se entretenía en menear el rabo al cerdo para que se desangrase mejor, y el cerdo daba roncos, lastimeros y desgarradores gruñidos. ¿No sería posible valerse del cloroformo o de otro eficaz anestésico para ejecutar tan cruenta operación sin que la víctima padeciese? ¡Quién sabe! Acaso el dolor penetre en los átomos de la materia y los haga sabrosos, así como el dolor cuando penetra en el espíritu le purifica, le acendra y le presta bondad, hermosura y merecimientos que nunca sin el dolor alcanzaría. No deberíamos entonces decir como Epícteto: ¡oh dolor! nunca confesaré que eres un mal; sino ¡oh dolor! tú eres un bien y el crisol de las mayores excelencias y virtudes.

Cada cual dirá lo que se le antoje. Lo que todos tendrán que decir, sin discrepancia, es que dar muerte en buena lid y en ancho circo a seis o siete toros bravos es mucho menos cruel que matar a una perdiz atrayéndola con reclamo o que matar a un cerdo o a un pollo.

Se me objetará que esto último no se hace por diversión, sino por necesidad o por casi necesidad de alimentarnos.

Concedámoslo. ¿Pero no nos divertimos más cruelmente que con los toros con otros animales? ¿Las riñas de gallos son menos feroces que la tauromaquia? ¿En algunos países de Oriente no se deleitan los ociosos en echar a pelear, en cierta mesita redonda que sirve de circo, a dos escarabajos de muy belicosa condición que por allí se crían?

Una de las declamaciones más hipócritamente sentimentales que se hacen contra las corridas de toros estriba en ponderar lo útil que es el toro para la agricultura y su mansedumbre y sufrimientos en el trabajo; pero los declamadores hipócritas olvidan o aparentan olvidar el método nefando de que el hombre tiránico se vale para infundir en el toro la tan decantada mansedumbre convirtiéndole en buey. Esta es una de las más abominables maldades que comete el hombre, no sólo con los toros, sino con otros muchos seres sensibles.

¿A quién debe detestar más la Sociedad protectora de los animales, a un torero de Córdoba, de Ronda o de Sevilla que mata al toro caballerescamente,

Cara a cara y con razón,

como Sancho Ortiz a Bustos Tavera, o a cualquiera de esos pícaros franceses, que pasan los Pirineos para ejercer en España sus traicioneras habilidades, y vienen pitando con son más medroso que el de la flauta de Pan, y estremeciendo de miedo a toda criatura masculina? ¿Cómo la referida Sociedad protectora nada dice contra estos asesinos de lo que está por venir y se desata en injurias contra el torero que mata en buena lid y a un individuo solo?

Recuerdo que allá en mi niñez y en mi lugar y casa, había una sirvienta llamada Frasquita. Era natural de Torbiscón o de Cártama, porque de esto no estoy muy seguro, aunque por dicha importa poco. Frasquita era linda y graciosa, aunque pasaba ya de treinta años y había tenido mil desilusiones y pesares. Un criado gallego había hecho con ella el papel de Jason, dejándola el pérfido en abandono y trasponiendo no sé si a Montevideo o a Buenos Aires. No imitó Frasquita a Medea: no mató a sus hijos, sino los crió con esmero y cariño. Yo sospecho, sin embargo, que ella, también como la hija de Minos,

Indomitos in corde gerens Ariadna furores,

concibió desmedido aborrecimiento, no a un individuo solo, sino a todo el género masculino. Ora sea por esto, ora sea por la rara disposición que ella tenía, lo cierto es que Frasquita hacía prodigios en el vasto corral que teníamos en casa poblado de pollos.

Aunque poco cuidada, Frasquita tenía la más bien formada mano que puede imaginarse. Sus dedos fusiformes darían envidia a la más empingorotada Princesa. Y de estos dedos, el índice y el del medio de su ominosa diestra eran como truculentos alicates, que penetraban por una pequeña incisión y arrancaban a los volátiles lo que no es decible, con rapidez inaudita. Los volátiles engordaban luego que era un contento y yo me complacía en comerlos; pero el espectáculo previo, causa de la gordura, me afligía bastante. Todavía al pensar en aquello, suelo exclamar con el poeta:

Labitur ex oculis nunc quoque gutta meis.

Dígaseme ahora con sinceridad si aquellos dos dedos de Frasquita no eran más fieros y traidoramente destructores que todos los rejones, banderillas, garrochas y espadas que contra los toros se esgrimen.

Pero algo hay aún, mil veces más abominable y tremendo: el método de que, según he oído contar, se vale el hombre para producir el hígado gordo de ganso. ¿Cabe mayor infamia que la de crear artificialmente una enfermedad para deleitarnos luego comiéndonos el resultado? El poeta Marcial aseguraba ya que en su tiempo se hacía crecer tanto el hígado que venía a ser tan grande como el ganso todo.

Adspice, quam tumeat magno jecur ansere majus, Miratus, dices: hoc, rogo, crevit ubi?

¿Qué diabluras, qué perradas, qué judiadas no se harán con el ganso, para que el hígado le crezca con tan estupenda hipertrofia? Los franceses tienen alguna disculpa, ya que puede decirse que al tratar así a los gansos, se vengan de ellos, porque graznando, dieron la voz de alarma e impidieron a los galos que se apoderasen del Capitolio: pero los romanos, a quienes los gansos salvaron, no tuvieron perdón de Dios, cuando mucho antes que los franceses martirizaron a los gansos para hacer el jecur anseris, que hoy llamamos foie gras. Delicioso manjar es por cierto, pero yo declaro que todo el que se regala comiéndole sin escrúpulo de conciencia, no tiene derecho para maldecir de las corridas de toros. Y yo sé de buena tinta que los señores marqués de San Carlos y D. Luis Vidart gustaban del foie gras y le comían a menudo.

La atroz conducta del hombre con los animales, lejos de ser un atraso, puede y debe considerarse como un progreso, si nos apoyamos en la sentencia de Don Hermógenes, de que todo es relativo. Quiero yo significar con esto, que no hay crueldad ni horror de cuantos el hombre hace con seres animados irracionales que no haya hecho o haga con sus semejantes cuando no tiene animales silvestres o domésticos de qué valerse. En todo país, como por ejemplo, en la América precolombina, salvo el Perú, cuando no había bestias de carga, el hombre convertía en bestia de carga al hombre. Y cuando la caza no daba suficiente provisión de carne, y no había carneros, bueyes y cerdos que matar, el hombre muy candorosamente, ya con el pretexto de sacrificar a sus ídolos, ya sin pretexto alguno, solía adoptar la mala costumbre de matar a otros hombres y de comérselos luego.

Comparado, pues, con las corridas de toros todo cuanto hemos dicho a escape y desordenadamente sobre la ferocidad humana, así en la edad antigua como en la moderna, lícito es inferir y afirmar que las tales corridas distan mucho de ser un signo de barbarie en el pueblo que se complace en ellas, y que hay sobrada hipocresía, o por lo menos afán de mostrar un sentimiento refinado en censurarlas y condenarlas resueltamente.

Prescindamos, no obstante, de comparaciones. No digamos, como D. Hermógenes, que todo es relativo. Y sin exageración veamos lo que se debe sentir, pensar y afirmar de las corridas de toros, no en otro siglo, sino en el nuestro, y no en remotos países, sino en la culta y cristiana Europa, de que forma parte nuestra España.

Tal vez hay mucho de chiste y de broma en cuanto se alega en favor de las corridas de toros en el precioso libro del señor conde de las Navas. Tal vez en el bellísimo prólogo del mencionado libro, escrito por D. Luis Carmena y Millán, cuya autoridad en tauromaquia es indiscutible y casi infalible, se trasluzca también algo de burla y de ironía. Yo mismo me he dejado dominar del buen humor y he desechado mi natural seriedad al escribir estos artículos.

Tratado seriamente el asunto, alguna razón, aunque no por completo, tendremos que dar al doctor Morgades, obispo de Barcelona, y a la asociación que en aquella ciudad se está formando para oponerse a las corridas de toros.

Yo me limitaré a decir, aunque se me tilde de poco patriótico, que prefiero el toreo portugués al castellano. Los infelices caballos, que se van pisando las tripas, y que todavía en las ansias de la muerte, andan por el circo a fuerza de palos, que un rudo ganapán va sacudiendo sobre sus costillas, será el espectáculo más nacional de todos, pero es espectáculo feo, villano, horrible y repugnante por todo extremo. Si este martirio de los pobres jamelgos pudiera evitarse, acaso no habría que decir mucho contra las corridas de toros. Y si adoptásemos el toreo portugués, nada habría que decir sino grandes alabanzas, por ser un ejercicio ecuestre en que el caballero y el caballo igualmente se lucen.

«EL EXTRAÑO»

ÚLTIMA MODA DE PARÍS

Sin pecar de jactancioso, me parece que puedo creer y decir que España, desde fines del siglo XV, y tal vez durante todo el siglo XVI, fue la primera nación del mundo. Y no sólo lo fue por su material predominio, descubrimientos, conquistas y extensión territorial de su imperio, el mayor que ha habido nunca, sino por la excelencia en las artes de la paz y de la guerra, de los ilustres varones que entonces produjo.

Nuestra decadencia fue rápida. Los autores que han procurado explicar sus causas no me satisfacen. Lejos de mí la soberbia presunción de querer enmendarles la plana. Lo único que me atreveré a indicar, no ya como causa única, sino como una de las causas de nuestra decadencia en el pensamiento, fue el habernos aislado, o bien por engreídos o bien por recelosos, de que nos inficionasen las herejías, contra las cuales combatió España gallardamente, procurando conservar o reanudar el lazo unificante de la civilización europea y el soberano espíritu que hasta entonces la había informado.

Muy decaídos ya, vinimos a dar en el extremo contrario. Nos creímos atrasadísimos y entendimos, hasta cierto punto con razón, que para salir del atraso era menester alcanzar e imitar a las naciones que se nos habían adelantado.

Largo sería, y más difícil que largo, explicar aquí cómo deben ser esta imitación y este alcance. Lo único que yo diré es que en lo científico, el imitar y el alcanzar se comprenden, porque en lo científico cabe y hay progreso; pero en lo puramente literario y artístico no se progresa nada. El progreso no trae escultor que valga más que Fidias, ni lírico mejor que Píndaro, ni trágico mejor que Sófocles, ni orador más elocuente que Demóstenes, ni poeta más inspirado y elegante que Virgilio.

Considero, pues, absurda alucinación la de creer que las artes del dibujo y de la palabra, cuyo fin es crear la belleza, vayan perfeccionándose y mejorándose con el tiempo. Antes bien, me inclino a maravillarme más por lo mismo que son menos reflexivos y artificiosos, y más inspirados y espontáneos, de los himnos de Rig Weda que de las odas de Víctor Hugo, y del Prometeo de Esquilo que de Hernani o de Lucrecia Borgia.

Traigo a cuento todo lo que va dicho, con ocasión de las Academias del Sr. D. Carlos Reyles, notable escritor uruguayo. Academia viene a ser equivalente de novela corta, y se funda este título en uno de los significados que da nuestro Diccionario a la palabra academia, y que es como sigue: figura desnuda diseñada por el modelo vivo.

En una extensa carta literaria que dirigí hará tres o cuatro meses a El Correo de España, en Buenos Aires, discurrí muy por extenso sobre la primera academia del Sr. Reyles, titulada Primitivo.

El mérito indisputable de este señor y la novedad exótica de su arte de escribir novelas me mueven a discurrir también por extenso sobre su segunda academia, titulada El Extraño, y a juzgar, por varias razones muy interesante, este estudio.

Ya se entiende que si yo no creyera en el valer literario del Sr. Reyles, nada bueno ni malo diría acerca de sus obras. Si las censuro es por creer que el autor vale, aunque anda harto extraviado.

Su extravío proviene de la ya mencionada enfermedad epidémica, nacida del menosprecio con que miramos a nuestra nación o a nuestra raza, y que se nota, por fortuna, más que en España, entre los escritores hispanoamericanos. Consiste la enfermedad en cierto candoroso y desaforado entusiasmo por la última moda de París en literatura, como si en literatura estuviesen bien las modas y como si en literatura se fuese progresando siempre, como se progresa en cirugía o en química y mecánica aplicadas a la industria.

Sin duda que, en mi sentir, nadie ha escrito hasta ahora una más hermosa novela que el Don Quijote, aunque yo no niego que podrá un día escribir alguien otra mejor novela; pero esta mejor novela no lo será porque se haya progresado, sino porque Dios o la Naturaleza, la Providencia o el Acaso, hará que nazca, en Rusia, en Suecia, en Francia, o quién sabe dónde, un novelista más ingenioso, más profundo y más ameno que Miguel de Cervantes.

De todos modos, la mejor novela que hoy se escriba, no lo será porque se funde en una estética recién descubierta, y porque se ajuste a determinados procedimientos a la última moda de París, sino que será la mejor novela por la propia, libre y tan poderosa como juiciosa inspiración de quien con entendimiento tan sano como grande acierte a escribirla.

Yo no entiendo de música e ignoro lo que podrá ocurrir en lo futuro con relación a la música; pero sobre literatura, aunque también entiendo yo poco, entiendo lo bastante para estar segurísimo de que no es dable en cierto sentido la literatura del porvenir. Se cae de su peso que la literatura, reflejo de creencias, doctrinas, costumbres y leyes, aspiraciones, temores y esperanzas de cada época, varía tan a menudo como varían todas estas cosas en el seno de la sociedad humana. En este sentido, la literatura del siglo XVIII, con relación a la del siglo XVII; fue literatura del porvenir, y la del siglo XIX lo fue con relación a la del siglo XVIII, y la del siglo XX lo será con relación a la de nuestro siglo; pero no es esta perogrullada lo que quiere expresarse cuando se habla hoy de literatura del porvenir. Lo que quiere expresarse es la aparición de escritos tan profundos y sutiles que los de Homero, Dante, Virgilio, Ariosto, Shakespeare, todos nuestros grandes dramáticos y los dramáticos griegos, en suma, cuanto hay de conocido hasta ahora y puesto en letra de molde, sea fruslería insubstancial, superficial y epidérmica, que de tal la califica el Sr. Reyles, comparado con lo que ya se va escribiendo y con lo que se escribirá en adelante, si Dios no lo remedia, ajustándose a los patrones, cánones y moldes que vienen de París, ora inventados, ora aceptados y autorizados allí, aunque vengan de Alemania, de Rusia o de Suecia.

Todavía hay en este nuevo arte literario que el Sr. Reyles sigue, algo que me choca más que la supuesta superioridad de las obras, por virtud de progresivo desarrollo. Lo que me choca más es el propósito de que las novelas, cuentos, academias o como quieran llamarse, no se han de escribir para deleitar y pasar agradablemente el tiempo con su lectura, sino para mortificar, aterrar y compungir a los lectores, como con una pesadilla tenaz y espantosa.

Y si esto fuese para hacernos aborrecer el mundo y todas sus pasiones, alborotos, pompas y vanidades, el caso tendría explicación, salvo que yo, en vez de llamar novelas a los libros que así se escribiesen, los llamaría obras ascéticas, materia predicable, homilias o libros de moral severa y adusta, como Los gritos del infierno, los Casos raros de vicios y virtudes, las Agonías del tránsito de la muerte y los Estragos de la lujuria.

Por desgracia, esta literatura a la moda no puede ser así, porque para ella la moral, si la tiene, no se funda en ninguna religión, ni en ninguna metafísica, y el vicio y la virtud vienen a ser productos tan naturales y tan inevitables como el vitriolo y el azúcar.

Tampoco me conformo con los tipos o personajes que surgen de tales doctrinas, que las profesan, y que así ellos como el autor que los ha creado, entienden que son refinadísimos, exquisitos, aristocráticos de una flamante y peregrina aristocracia, y en todo superiores a los rastreros, vulgares y timoratos burgueses.

La segunda academia del Sr. Reyles saca a la palestra y pone en acción a uno de esos disparatados seres sublimes, llamado Julio Guzmán. El autor, en mi opinión, aspira a que admiremos a su héroe; pero sólo logra que nos parezca insufrible, degollante y apestoso. Es cómica, sin que el autor lo quiera, la pretensión de hallar inauditas novedades en los refinamientos y quintas esencias con que la moderna cultura presta hechizos supremos a la lascivia.

Yo entiendo, y todo el mundo entenderá lo mismo, si bien lo recapacita, que en el vicio mencionado, así como en todos los demás, no ha habido el menor progreso desde las edades patriarcales. Lot y sus hijas, Dina y el príncipe de Siquén, los habitantes de Pentápolis, la señora de Putifar y los caballeritos dandíes y gomosos, que vivían en Bactra, en Ur o en Menfis, sabían cuanto hoy pueden saber en punto a voluptuosidades todas las ninfas de París y sus mantenedores y parroquianos. Cuando uno recuerda a Oala y a Oliba de Ezequiel, la Nana de Zola es una paloma sin hiel, es una inmaculada cordera. Y cuando uno trae a la memoria los linimentos, pomadas, aromas, afeites, mudas, untos y frotaciones, con que durante un año iban adobando a las más lindas muchachas antes de presentarlas al rey Asuero, todos los refinamientos, primores, adornos y zahumerios de que puedan valerse las más alambicadas ninfas de París, son la propia ordinariez y la más vulgar cursilonería.

Las artes cosméticas e indumentarias y todas las demás invenciones, trapacerías y mañas, provocantes y fomentadoras del erotismo, habían llegado a la perfección hace más de tres mil años y desde entonces nada han adelantado. El más curtido y experimentado en amor de todos los mozalbetes que viven en París, no podría describir con mayor exactitud que el divino Homero los medios de seducción de que se vale una mujer para engañar, enloquecer y adormecer a su marido o a su amante. Dígaseme si Juno no estaba bien industriada en todo ello, cuando para encender en deseos frenéticos el corazón de Júpiter, se puso el cinturón de Venus y subió a la cumbre del Gárgaro. Onfale hizo hilar a Hércules; Dalila cortó a Sansón los cabellos y Elena suscitó una guerra espantosa que duró diez años. A ver si estas señoras, y muchas otras de que están llenas las historias sagradas y profanas, no sabían dónde les apretaba el zapato, en cuanto se refiere al arte cuyas reglas fundamentales puso Ovidio en verso.

Pero volvamos a Julio Guzmán el extraño, y pongamos término a las divagaciones.

El suceso que presta asunto a la novela o academia, es harto frecuente en la vida real. Durante la mía, que ya no es corta, he visto yo docenas de casos parecidos: una mujer que, ya por una razón, ya por otra, casa o se propone casar con su hija, con su sobrina o con su hermana, al hombre de quien está o estuvo enamorada y con quien tiene o tuvo poco castas relaciones. Esto, aunque frecuente, es bellaquería de marca mayor, que nunca debe disculparse: pero menos disculpa tiene el arrepentirse por tan desmañada manera, que el galán a quien quiere casar su enamorada, mate a disgustos o poco menos, así a dicha enamorada como a la novia que le ha buscado. Y todo ello por exceso de amor, porque él está prendado de ambas y porque se encuentra, aunque sea innoble comparación, que suplico se me perdone, como burro entre dos piensos.

En resolución, Julio Guzmán, a quien su querida Sara se allana a casar con su hijastra Cora, se arregla de suerte que causa la infelicidad de Cora y de Sara y se queda sin la una y sin la otra. No debiera, pues, llamarse Julio Guzmán, sino Pedro Urdemalas. Lo cierto es que en esta academia de El Extraño todos son infelices. ¿Y cómo no ha de serlo el extraño, y cómo no ha de hacer infelices a cuantos le rodean y a cuantos se interesan por él, cuando es víctima de una vanidad ridícula y de las más indigestas doctrinas pesimistas, materialistas y ateístas?

Y es lo singular que, después de todas mis censuras y después del mal efecto que me produce la multitud de insufribles galicismos que hay en El Extraño, todavía persisto en ver en el autor muy notables prendas de novelista. Sólo las desluce la manera de escribir a la última moda y de imaginar que hay novedad y mejora en ello.

Hasta el desencanto, la desesperanza y el hastío que pueda tener Julio Guzmán, valen poquísimo, en comparación de los que tres mil años antes tuvo Salomón, según el Eclesiastés.

Afortunadamente, en nada malo hay novedad, ni cabe progreso. Tal vez pueda haber novedad y tal vez quepa el progreso en lo bueno. Si la literatura del porvenir así lo entendiese y así lo buscase, más razón tendría de ser y yo no me atrevería a censurarla. La censuro, porque hace lo contrario.

Aun en los tiempos en que la mente humana imaginaba divinidades tiránicas y crueles, los grandes poetas, sobreponiéndose a la desconsoladora creencia, buscaban y hallaban un final desenlace, trascendente y dichoso, para sus tragedias más horribles, dejando a la Providencia justificada y glorificada. Así Minerva ahuyenta a las Furias y devuelve a Orestes la paz del alma, y así Prometeo es libertado y salvado por el hijo mismo del dios que tan horriblemente le castigaba.

SOBRE LA NOVELA DE NUESTROS DÍAS

Hace ya tiempo que escribí un artículo dando cuenta al público español de las novelitas llamadas Academias, que ha escrito el literato uruguayo D. Carlos Reyles. Como yo no me complací nunca en tomar un libro insignificante o tonto para objeto de mis burlas, para decir chistes fáciles y de baja ley y para hacer el papel de dómine empleando la disciplina o la palmeta, cualquiera que me conozca comprenderá que, si hablé de las novelitas mencionadas, fue por haber encontrado en ellas verdadero mérito y por juzgarlas digno asunto de la crítica. Así lo entendió también su autor D. Carlos Reyles, y, si ha contestado a mi artículo, en El Liberal, ha sido de modo tan cortés y tan lisonjero, que me mueve a la réplica, aunque sólo sea por agradecimiento y por cortesía.

Voy, pues, a replicar al Sr. Reyles, aunque me parece harto dificultoso, porque dicho señor no defiende directamente sus obras, las cuales más bien han sido elogiadas que censuradas por mí. Lo que defiende es una determinada estética que yo en cierto modo y hasta cierto punto condeno. De aquí que para hacer los distingos indispensables y marcar bien los límites hasta donde se extiende mi condenación y las razones en que ésta se funda, necesite yo más espacio del que puede ofrecerme El Liberal y acaso más paciencia de la que presumo que han de tener sus lectores. Haré, no obstante, un esfuerzo para ser breve y para decirlo todo en cifra y resumen, aunque sea con mengua de lo explícito y de lo claro que anhelo ser siempre en mis escritos.

En literatura no hay modas de París, como en trajes y adornos de señoras, y tampoco hay progreso en literatura como en química, cirugía o mecánica, aplicada a la industria. Por consiguiente, quien entiende que hay tales modas y tales progresos, escribe mucho peor que si entendiese lo contrario, corta las alas de su ingenio en vez de alargarlas y darles fuerzas, pierde parte de su originalidad, cuando no la pierde toda y se expone a caer en lo falso, en lo amanerado y en lo extravagante.

Esto es lo que yo he dicho y esto lo que trata de impugnar el Sr. Reyles, aunque en mi sentir no lo impugna.

Lo que yo niego es que deba haber modas y que las modas tengan que venir de París; pero ¿cómo he de negar yo que el sentir, el pensar y el imaginar de cada período histórico sean diferentes y que se refleje en las obras de imaginación esta diferencia? Sin querer imitar a nadie, espontáneamente, hasta contra nuestra voluntad, hasta cuando nos empeñamos en ser o en aparecer como de otro siglo o como de otra época, somos por virtud de leyes ineluctables, de nuestra época y de nuestro siglo.

Supongamos por un instante que no hay esas novelas francesas y rusas que el Sr. Reyles pone por las nubes o que ni él ni yo las hemos leído, o que no hemos leído sino las novelas españolas de los siglos xvi y xvii y que nos empeñamos en imitarlas y hasta que reflexivamente las imitamos. El resultado será, si en el Sr. Reyles y en mí hay personalidad y fondo propio, que escribiremos novelas muy diferentes por todos estilos de las antiguas, muy de nuestro siglo y mucho más nuestras que imitando las francesas o las rusas.

La imitación de lo antiguo es, por otra parte, mil veces más segura. Lo tonto, lo disparatado, y lo vulgar, todo ha caído en olvido o en descrédito. Varias generaciones de críticos y el desdén de las gentes han barrido lo insignificante y lo malo, como quien barre basura. Lo bueno, lo llamado clásico, queda solo en nuestra memoria, se nos presenta como ejemplo y como modelo, nos induce a la imitación y nos excita a la competencia. En lo moderno, al contrario, las obras de literatura están como la mies en la era, sin que nadie haya separado aún el grano de la paja, ni lo que ha de ser alimento agradable y sano de la semilla desabrida o de la cizaña, que, en vez de deleitar y de nutrir, embriaga y causa vahídos. De aquí que el que imita lo moderno corre peligro de engañarse, deslumbrado por el aplauso vulgar y por el prestigio de la moda, y en vez de imitar exquisiteces y bellezas, imita estrafalarias novedades o insulsas tonterías. Claro está que, a pesar de todo, si el imitador vale algo, por cima de esas novedades y de esas tonterías, surgirá y descollará su propio talento. ¿Pero no sería mejor que no se entusiasmase tanto por lo moderno, que no se pasmase tanto de los primores franceses y rusos, a fin de no tener que ponerse en zancos, que empinarse y que estirar violentamente su ingenio para salir por cima de esas tonterías y de esas novedades, mostrándose tal como es?

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings