EL SUPERHOMBRE (continued 3)
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El ciego y fervoroso imitador de lo moderno se asemeja a alguien metido en enmarañado matorral, de donde le cuesta gran trabajo sacar la cabeza, así para orientarse como para que la gente le vea, mientras que el imitador de lo antiguo se asemeja a alguien que está en soto bien cultivado, de donde se arrancaron ya las matas enanas y espinosas, se podaron las ramas inútiles y se rozó la mala hierba. Útil o bello y elevado además, es cuanto allí queda.
Sin imitar a nadie pueden escribirse obras nuevas y buenas; pero también, imitando lo antiguo, se puede escribir bien, y ser nuevo, hasta sin pretenderlo y contra la voluntad y el propósito de quien escribe. Fray Luis de León, pongamos por caso, se propuso imitar, casi copiar a Horacio, en la vida del campo; pero informado el poeta de muy diverso espíritu, produce algo, enteramente diverso también, y de tamaña novedad, que Horacio, resucitado y conociendo bien el habla castellana, no hubiera penetrado el peregrino y para él misterioso sentimiento que palpita en la imitación de su oda. Toma Calderón la fábula de Prometeo para argumento de un drama, y toman Fenelón y Lope el asunto de la Odisea para el Telémaco y la Circe, y nada hay más característico de su época que las obras de estos tres ingenios, ni nada más extraño al sentir, al pensar y al imaginar de Esquilo y de Homero. Literalmente, los versos de Andrés Chenier son un centón de trozos traducidos del latín y del griego; pero, infundida el alma de Andrés Chenier, en el centón susodicho y prestándole nueva y poderosa vida, le convierte en manifestación lírica de las ideas, pasiones y creencias de fines del siglo pasado y en base flamante de la gran poesía que ha florecido en Francia en el presente siglo.
No se crea, por lo expuesto, que yo apruebe sólo la imitación de lo antiguo y que repruebe en absoluto la de lo moderno y extranjero. Lo único que repruebo es la carencia de discernimiento y la sobra de idolatría servil en esta imitación. Convengo en que se puede y hasta se debe enriquecer la literatura propia con lo mejor que se halle en los autores contemporáneos de otras naciones. No por eso se expatria mentalmente el que lo hace. ¿Quién más español que Lope? Y Lope, no obstante, era tan imitador y tan apasionado admirador de los italianos, que llegaba a exclamar: ¿Cómo he de competir con ellos, que son
...solos y soles, yo con mis rudos versos españoles?
Evidente es asimismo que Boscán y Garcilaso, importando en España la métrica y el modo de poetizar de los italianos, prestaron poderoso impulso y nuevo aliento a la literatura de su patria sin hacerle perder su originalidad castiza, sino suministrándole nuevos moldes de donde pudo salir y salió mejor ataviada y más limpia, refulgente y hermosa.
Yo mismo, por último, he celebrado, no poco de lo exótico e importado de Francia que hay en Rubén Darío, sosteniendo que cuando este poeta atina en la elección de lo que toma, lo reviste de la forma conveniente, lo expresa en su idioma castizo y lo adapta como importa adaptarlo, lejos de menoscabar, enriquece la lira castellana con cuerdas nuevas y con tonos que tienen algo de inauditos. Pero desde esto hasta la exagerada admiración del Sr. Reyles por las novelas francesas y rusas, hay todavía enorme distancia, que yo no paso. Las comparaciones son odiosas, y no trataré yo de sostener contra el Sr. Reyles que la novela contemporánea española no es inferior a las de los países citados. Iré modesta y humildemente hasta conceder que es inferior; pero la inferioridad consistirá en que los novelistas españoles del día somos menos discretos, menos instruidos, menos hábiles y menos inspirados que los franceses y que los rusos. Consistirá en suma, en nuestra general decadencia; en que así como ahora no hay Grandes capitanes como Gonzalo de Córdoba; ni pasmosos marinos, como el marqués de Santa Cruz; ni egregios políticos, como el Cardenal Cisneros, tampoco hay novelistas como Cervantes. Y no consistirá esto, en manera alguna, en los progresos que ha habido en la novela, progresos realizados en tierra extraña y no aprovechados por nosotros. No consistirá en ese arte tan exquisito, de que habla el Sr. Reyles, que afina la sensibilidad con múltiples y variadas sensaciones, y tan profundo, que dilata nuestro concepto de la vida con una visión nueva y clara; arte, a lo que se infiere de las palabras del Sr. Reyles, recién inventado, por cuya estupenda virtud se hace sentir por medio del libro, lo que no puede sentirse en la vida sin grandes dolores, lo que no puede pensarse sino viviendo, sufriendo, y quemándose las cejas sobre los áridos textos de los psicólogos. Esta afirmación del Sr. Reyles, raya a mi ver, en herejía literaria, casi monstruosa. ¿Qué novísimo arte exquisito y profundo es ese que no se ha descubierto sino a fines del siglo xix en Francia, en Suecia o en Rusia? ¿De suerte que Bourget, Ibsen y Tolstoï emplean un arte más exquisito y profundo que los autores del Quijote y de La Celestina? ¿Con que Cervantes hacía sentir menos y ahondaba menos en la mente y en el corazón humanos que los modernos novelistas que cito? O la humanidad era más boba y simple en los pasados siglos que lo es en el día, o no hay tal superioridad en las novelas rusas y francesas de ahora. ¿Dónde está la novela de ahora, rusa o francesa, a la que pueda nadie prometer, no la perpetua juventud, no la vida inmortal que tiene el Quijote, sino la longevidad gloriosa y el favor popular de que gozó durante dos o tres siglos el Amadís de Gaula?
Moda, afectación rebuscada y caprichoso artificio hubo, sin duda, en los libros de caballerías. Pero ¿quién me demuestra la naturalidad espontánea y las honduras filosóficas de las novelas neuróticas, psicológicas, simbólicas y naturalistas que privan hoy? ¿No podrían ser también artificiosas, falsas y no menos llenas de afectación y de amaneramiento, con la pícara circunstancia de poner de mal humor a los lectores y de divertir menos al público del siglo xix, que Las Sergas de Esplandián o que Tirante el Blanco divirtieron al público del siglo xvi? Al cabo, la burla, la parodia de los libros de caballerías dio motivo y aun se puede decir que inspiró y produjo el más bello y profundo libro de entretenimiento, en prosa, que hasta ahora en el mundo se ha escrito. Me atrevo a dudar de que el ingenio del manco de Lepanto se inspire en las novelas en moda hoy y haga de ellas una parodia que equivalga al Quijote. Acaso no merecen más que una sátira como la que escribió Boileau contra las novelas de su tiempo. Aquellas novelas también estuvieron de moda, también entusiasmaron a un público ilustradísimo, donde figuraban filósofos, ilustres pensadores y egregios personajes del gran siglo de Luis XIV, y sin embargo, pasaron de moda. No es de maravillar, por consiguiente, que pasen también de moda las novelas del día. Esto viene en apoyo de mi tesis, en la cual no afirmo que en literatura no haya modas, sino que no debe haber modas en literatura y que los verdaderos literatos, cuando quieran escribir obras durables y no contentarse con un aplauso efímero, y cuando quieran emplear el verdadero arte exquisito y profundo, no descubierto recientemente en Rusia, sino conocido ya en Grecia, desde los tiempos de Homero, deben prescindir de la moda y dejarse llevar de la propia y natural inspiración de la que nace, sin buscarlo ni pretenderlo, cuanto hay de original, de peregrino y de nuevo.
Para que no me tilden de prolijo, no toco aquí otro punto de tan axiomática evidencia que apenas requiere demostración, a saber: que en ciencias, en organización política y económica de la sociedad humana, en costumbres, en comercio, en industria, hay progreso; pero que en literatura, en poesía, no le hay. Explicar esto con claridad conveniente, a fin de evitar confusiones y argumentos fundados en mala inteligencia, sería tarea larguísima, y la dejo para otra ocasión en que venga a propósito y pueda yo extenderme.
DEL PROGRESO EN EL ARTE DE LA PALABRA
I
La pesadísima cuestión de Cuba atrae de tal suerte la atención del público, que parece inoportuno escribir de otra cosa que no sea de la pesadísima cuestión de Cuba o de algo que con ella se relacione.
No me atreveré yo a decir que sea todo torpeza de nuestra parte. Diré, sí, que en esto de guerras civiles es y fue siempre tenacísima nuestra raza. Bien mirado, no cayó sobre España aquel inmenso diluvio de moros de que nos habla Fray Luis de León en la Profecía del Tajo. Vinieron a lo más la vigésima parte del número de soldados que hemos enviado a Cuba en estos últimos veinte o treinta meses, y, aunque sea triste decirlo, ellos bastaron para enseñorearse de toda España y para que el célebre Muza se pelase las barbas, apenas desembarcó, al notar que casi nada le quedaba que hacer, porque todo estaba ya hecho.
Si es desvarío de mi imaginación Dios me lo perdone, pero a menudo todo aquello de D. Rodrigo, D. Julián, D. Opas, la Cava y los hijos de Vitiza, me parece un pronunciamiento como los de ahora, salvo que hubo en él unos cuantos moritos, que vinieron como legión extranjera. De aquí que la batalla del Guadalete y la batalla de Alcolea sean a mi ver muy semejantes. Y así como recientemente, después de una de estas batallas, la mayoría de los españoles se hizo partidaria furiosa de los derechos individuales, entonces se hizo partidaria del Alcorán de Mahoma.
Poco duró el dominio del extranjero en nuestra tierra. España se declaró independiente de los califas de Damasco y eligió rey para sí. El primer Abderramán fue el D. Amadeo de entonces. Y si el califato duró más que el reinado de D. Amadeo, lo que ocurrió al terminar ambas cosas puede muy bien asimilarse. Entre los reyezuelos de Taifas y el comunalismo, el caciquismo, el regionalismo y el autonomismo, no se me negará que puede notarse alguna semejanza.
En consecuencia de lo expuesto, considero yo la lucha entre moros y cristianos, que empezó en el Guadalete y acabó en Granada, con el epílogo de la rebelión de los moriscos alpujarreños, como una larguísima guerra civil, que duró siete u ocho siglos. Y no impidió esta situación de guerra civil casi perpetua, el que los españoles se aunasen y peleasen gloriosamente contra los extranjeros, realizando portentosas hazañas, digno y propio asunto de las más hermosas epopeyas. Así vencimos, sin distinción de moros y cristianos, en Roncesvalles a las aguerridas huestes del emperador Carlo Magno; en no pocos puntos de nuestro litoral, a los terribles piratas normandos, idólatras y feroces; y en cien reñidas y sangrientas batallas, como las Navas de Tolosa y el Salado, a todo el poder fanático de Africa; a la ingente muchedumbre de almorávides, almohades y benimerines, que se volcó sobre España en sucesivas y devastadoras invasiones.
Independientemente de esto, yo me obstino en figurarme la prolija contienda de siete u ocho siglos como una obstinadísima guerra civil, dentro de la cual cabía y había otra multitud de guerras civiles, ya de moros, contra moros, ya de cristianos contra cristianos, ya de los de una religión contra los de la otra.
Cuando terminaron estas guerras civiles, merced al esfuerzo y tino de los Reyes Católicos, la audacia, la destreza en las artes de la guerra y de la política, y el ansia de imperio, de aventuras y de poder, fueron tales y tan grandes en los españoles unidos, que éstos impusieron su hegemonía a Europa entera, prevalecieron y descollaron entre los pueblos todos, y para dilatar su imperio y tener campo abierto a su ambición, a su codicia y a su empeño de gobernar las cosas humanas, como si fuera por ministerio divino y ellos fueran nuevo Pueblo de Dios, fue menester que la Providencia les permitiese, y tal vez los diputase y habilitase para descubrir nuevos mundos.
Bien estamos pagando ahora todas aquellas lozanías y todos aquellos atrevimientos de las edades pasadas. Y todo ello por la afición al merodeo, a la vagancia y a la vida rota y sin freno, que las guerras civiles traen consigo. Lo que sucede en Cuba carece de otra explicación. Los españoles que allí residen, y hasta los mulatos y negros, ya libres y españolizados, no tienen fundado motivo para rebelarse, como no aspiren a algo a modo de suicidio colectivo y como de casta, porque es evidente que con la protección y la cercanía de los Estados Unidos, a los veinte años o antes de la nominal independencia de Cuba, no quedará en Cuba un palmo de tierra que no pertenezca a un yankee, ni paseará por las calles de la Habana, decentemente vestido, alguien que no sea yankee o que no disimule mucho su procedencia española, chapurreando la lengua inglesa.
Quiero suponer que el suelo de Cuba llegará entonces a estar más poblado y mejor cultivado; que producirá más tabaco y más café; que dará de sí tanta azúcar, que si los bocoyes de una sola de sus cosechas se arrojasen al Atlántico, el Atlántico se convertiría en descomunal tazón de almíbar; pero nada de esto gozaría la gente de raza española, que no había sabido crearlo, sino la raza superior de los yankees, que lo crearía, con la actividad y con el acierto de que carecen los criollos de casta española, los cuales no es de presumir que con la independencia habían de ser más industriosos y atinados en sus empresas que libres hoy y gobernándose con autonomía administrativa, bajo la bandera maternal de España.
En suma; yo no veo motivo para que esta guerra de Cuba dure unos cuantos siglos como duró la guerra civil de que ya hemos hablado. La guerra es ahora muy cara, y hasta por razones económicas debe terminar pronto la guerra.
Entre tanto, y para distraernos, si es posible, hablando de otros asuntos, y para complacer a algunos amigos, quería yo hablar del progreso, con relación a las artes de la palabra y explicar lo que dejé por explicar acerca de esto en mi artículo, réplica a otro de D. Carlos Reyles, publicado en este periódico en el día 3 del corriente.
Por desgracia, la preocupación de la guerra de Cuba me ha llevado, como vulgarmente se dice, por esos trigos, y me ha movido a escribir sobre muy distinta materia. Reconozco que lo escrito poco o nada tiene que ver con el progreso, a no ser para negarle y para afirmar que, mutatis mutandis, los casos se repiten y vienen a ser siempre los mismos.
Erit altera quæ vehat Argo Delectes heroas: erunt etiam altera bella.
Para introducción hay también más que de sobra en la divagación precedente. Yo la hallo, no obstante, tan ajustada a la verdad y tan candorosa, que no me decido a suprimirla. Quede y valga, pues, como principio de esta meditación mía sobre el progreso, la cual meditación no puede ya ser corta, a no incurrir en la monstruosa desproporción de un exordio mayor que el discurso a que precede. Para evitar la desproporción, y además porque tengo mucho que decir, haré el discurso más largo que de costumbre, abusaré por esta vez sola, lo prometo y casi lo juro, de la paciencia de los lectores, y dividiré el artículo en dos o tres raciones o dosis. Sea esta la primera.
Lo que es por instinto y por afición, yo soy tan progresista como el que más. No fueron ni son más progresistas que yo los generales Riego y Espartero, ni el propio Sr. Reyles, que cree que ha podido inventarse, pocos años ha, un arte, desconocido antes, muy profundo y muy exquisito, por cuya virtud y con cuyos preceptos se escribirán los dramas y las novelas del porvenir y otros mil primores, sutilezas y honduras que dejarán tamañitas y harán que desdeñemos por superficiales y vulgarísimas, cuantas obras de entretenimiento hasta hoy se han escrito. Pero la reflexión acude luego. Me paro a reflexionar y voy limitando mi creencia en el progreso, y cercenando tanto de ella, que no puedo menos de dejarla muy reducida.
En la totalidad de los seres, en el conjunto de las cosas creadas, empiezo yo por decirme, no cabe progreso alguno. Las incomprensibles y elevadas obras de Dios están hoy tan perfectas como en el primer día. Así lo afirman y lo cantan los tres arcángeles en el maravilloso prólogo del Fausto. Ello será, sólo Dios sabe de qué suerte. Lo único que yo afirmo, con el apoyo de los tres arcángeles, cuyo cantar aplaudo, es que no crece ni mengua, en su conjunto, la cumplida perfección de lo creado. Inteligencias superiores a las humanas, conciliarán acaso en comprensiva síntesis ciertas antitéticas proposiciones. Nuestra débil mente, no lo puede, ni lo podrá nunca. Vemos cuanto fue, es y será, desenvolviéndose en sucesivas mudanzas, dentro de algo indefinido y vacío, a manera de molde, que llamamos, tiempo. Tal vez columbramos la eternidad inmutable; pero al menos en esta vida mortal no acertamos a comprenderla.
Pensando, pues, con sujeción a nuestros pobres recursos naturales, sin el auxilio de la fe o de una imaginación tan alta, que jamás hallará en ninguna lengua humana términos para expresar lo imaginado, es seguro que lo bueno y lo hermoso del todo, no mengua ni crece, no se deteriora ni se mejora. La gloria del Altísimo sería mayor o sería menor, según sus obras fuesen mejorándose o deteriorándose, lo cual es absurdo. La omnipotencia, la bondad y la sabiduría del Ser Supremo, no sufren quebranto ni reciben aumento, porque son infinitas. Cierto que las cosas no son ni valen nada, porque no son Dios; pero, sin duda, son algo por el ser que Dios les da, y este es otro misterio, cuya obscuridad tenebrosa no hay ni habrá nunca mente de hombre nacido que ponga en claro.
Aunque el Universo no se considere sino como manifestación de la actividad divina, el poder creador, conservador y benéfico de esa actividad, nos parecerá mayor o menor, según el Universo gane o pierda. Es por consiguiente, lo más atinado y juicioso por nuestra parte, el creer que las cosas, de acuerdo con el cantar de los tres arcángeles, están bien como en el primer día: ni más ni menos, porque no cabe aumento ni disminución en lo infinito del saber y de la bondad de quien las ha creado.
Descendamos ya de tan elevadas esferas metafísicas. Si me he extraviado al querer subir a ellas, válgame para disculpa mi intención recta y sana.
Acaso me hubiera estado mejor no pugnar por encumbrarme tanto, y limitarme desde luego, como ya me limito, a este mundo sublunar y a los hombres que le habitan, en quienes cabe progreso, porque, sin duda, tuvieron principio y crecieron; pero será, a mi ver, progreso limitado, porque ni éste planeta ha de durar siempre, ni es probable tampoco que la humanidad contenga en sí, en germen, facultades que se desenvuelvan en ascensión perpetua, ya mejorándola con incesante e indefinido progreso, ya haciendo brotar de su seno lo que llaman ahora el superhombre, en cuyo advenimiento creen no pocos, como, por ejemplo, el Sr. D. Pompeyo Gener, y para los cuales sospecho que se escribirán esas novelas del porvenir de que nos habla el Sr. Reyles, empleándose en escribirlas el nuevo arte poético recién inventado y que es tan exquisito y tan profundo.
Sobre todo ello hablaremos en artículo aparte, por ser ya muy largo el presente.
II
Desde la mona catarrinia hasta la elegante y hermosa Helena y desde los antropiscos alalos que salieron de la Lemuria y se esparcieron en manadas y aullando por todo el mundo, hasta el hombre que compuso la Iliada y los que la entendían y gozaban leyéndola, hay progreso tan pasmoso que, aun suponiendo millares de siglos para realizarle, todavía nos parece inverosímil y punto menos que imposible. Acaso sea todo ello ensueño ingenioso de los sabios que se dedican a la Prehistoria.
Permítasenos dudar de las afirmaciones de esta ciencia flamante. Prescindamos de ella. Y afirmemos, con los datos que suministra la historia documentada y no soñada, que ni en hermosura, ni en fuerza y agilidad corporales, ni en valentía y entereza de ánimo, ni en claridad y elevación de pensamientos, presenta hoy nuestro linaje tipos más nobles y perfectos que los que aparecen ya, como personajes reales, hará más de tres mil años. El hombre, por lo tanto, no ha realizado progreso alguno, en su propio ser, durante tan largo tiempo.
Lo contrario es lo que puede o parece que puede afirmarse cuando se consideran la sublimidad de la misión de algunos individuos de nuestra especie, la felicidad con que la cumplieron y la transcendencia benéfica de sus obras, en cuya comparación nada hay equivalente en el día. Las empresas a que dieron cima individuos y colectividades de tiempos muy antiguos, no se columbra que puedan tener hoy, ni en un cercano porvenir, algo que las supere. No niego yo la posibilidad de nada; me limito a declarar que no percibo, por ejemplo, gloria mayor, ni en lo presente ni en lo futuro, a la de la antigua Grecia, que echa el cimiento, crea la traza y forja el molde de toda la ulterior cultura europea; a la de una sola ciudad, Roma, que se enseñorea de lo mejor del Orbe, y con sus leyes y su idioma lo unifica y lo prepara para recibir con mayor facilidad otro más alto elemento de civilización; y a la de esta misma Península en que vivimos, que, para extender esa civilización más allá de los linderos y términos conocidos hasta entonces, logra descubrir nuevos mundos.
Repito, pues, que los hombres que hicieron tan grandes cosas no son inferiores a los del día. Luego en nuestro propio ser no ha habido progreso alguno. El progreso es con todo innegable, si no en nosotros, en lo que está fuera de nosotros, aunque en nuestro poder y acumulado por herencia. Napoleón, por ejemplo, no vale más que Alejandro el Grande; pero Napoleón tiene cañones y otros medios de guerrear que Alejandro no tenía. Ni Kant ni Hegel valen tanto como Aristóteles; pero Aristóteles no poseía ni la vigésima parte de datos científicos que Kant y Hegel.
Harto se comprende así en qué sentido y hasta qué punto el progreso es indudable. Hay progreso en la ciencia; pero en el arte no hay progreso. Si Perícles resucitara hoy se quedaría turulato al oír el fonógrafo, al hablar por teléfono y al ver el alumbrado eléctrico, los globos aerostáticos, los ferrocarriles y la fotografía. Hasta una cajilla de fósforos de a perro chico le derribaría al suelo, atolondrado de pasmo y de sorpresa; pero de seguro que no hallaría entre todas las heteras de París una más discreta, distinguida y guapa que Aspasia, y la Magdalena le parecería una triste parodia del Partenón, y la torre Eiffel un feo y monstruoso engendro.
Yo confieso que, si se reuniesen las más selectas poesías líricas de los grandes poetas de hoy y Perícles pudiese leerlas y entenderlas, había de hallarlas superiores a las de Píndaro. Prolijo sería explicar el por qué. Baste con que yo reconozca que en lo lírico sobrepujamos a los antiguos. No así en lo demás. La misma abundancia de conocimientos y el prurito de analizar las cosas y de mirar por todos lados cada objeto, quitan gracia, ligereza y nitidez al estilo y le hacen pesado, confuso y difuso. Acostumbrado Perícles a la rapidez de la narración de Herodoto, no podría aguantar ni al grande historiador Macaulay, el cual, si hubiera continuado su historia de Inglaterra hasta nuestros días, hubiera tenido que dar a la estampa centenares de volúmenes de la edición Tauchnitz, y hubiera sido menester, hasta para un lector inteligente y asiduo, el empleo de algunos años de vida sólo para leer a Macaulay y enterarse a medias de lo que dice. Acostumbrado, además, Perícles a la concisión en el narrar de tantas y tan bellas fábulas, leyendas y tradiciones de su patria, yo apostaría mil contra uno a que no sufriría con paciencia, sin bostezar y sin dormirse, las pesadísimas e interminables descripciones de una novela de Zola.
Es cierto que cualquiera me dirá para contestarme que Zola no escribe para que le lea Perícles, sino para que le lean los hombres del día. Y como los hombres del día gustan mucho de sus novelas, Zola tiene grandísimo mérito, y lo que yo digo, nada prueba en contra.
Mi réplica es clara. Yo no quiero inferir ni infiero nada contra el mérito de las novelas de Zola. Escritas han sido para agradar en el día, y esto se ha logrado. Bastante mérito es esto. Lo único que yo pretendo demostrar es el indiscutible progreso de la ciencia y el sobrado discutible progreso del arte. Es evidente que Perícles se admiraría y gustaría del teléfono; pero también es evidente o casi evidente que no se admiraría ni gustaría de casi ninguna de nuestras novelas.
Para mayor evidencia aún, acudamos a otra bella arte: a la escultura. Nadie me negará que aquel glorioso personaje que dio nombre a su siglo y que tenía tan claro entendimiento y tan delicado gusto, recordaría el Júpiter y la Minerva de su amigo Fidias, y todas las estatuas de nuestras plazas, templos y paseos le parecerían menos que medianas. Supongamos ahora que al resucitado Perícles le sirve de cicerone un sabio de los más profundos del día, muy convencido de la incomparable superioridad de todo lo de hoy sobre todo lo antiguo, y muy al corriente de los adelantos de la ciencia y de las invenciones novísimas más ingeniosas. Este sabio lleva al olímpico Perícles a un gabinete o museo de figuras de cera y me le deja estupefacto y aturdido. ¿Qué tienen que ver Minerva y Júpiter, donde el oro, el marfil y el mármol sólo imitan lo exterior de la Naturaleza, y aun esto incompletamente y sin todos sus pelos y señales, como en las figuras de cera? Pues no digamos nada si el sabio da cuerda a las figuras, y como la mayor parte de ellas son automáticas, se sueltan a andar y hasta abren la boca y saludan en griego al ilustre tourista. Y aún será mayor el asombro de éste cuando su sabio guía toque ciertos resortes, abra ventanillas en el vientre y en el pecho a las figuras mencionadas y hasta les levante con suavidad y sin el menor daño la tapa de los sesos. El ateniense exclamará entonces, como el personaje de una aplaudida zarzuela:
Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.
En efecto; gracias a una mecánica habilísima, auxiliada de la química y de otras maravillosas disciplinas, en lo interior de cada figura empieza el corazón a moverse, corre la sangre por arterias y venas, el pulmón recoge aire y hace mil operaciones con él, y, por último, y para no cansar, suben hasta los sesos muchos átomos de fósforo y de otras esencias volátiles, se cuelan allí, como Pedro por su casa, en varias celulillas, y a poco rato, como de los gusarapos, orugas y otros gusanillos, salen mariposas, beatillas y mosquitos, brota multitud variada de pensamientos y sentimientos buenos y malos, que no tardan en convertirse en crímenes o en hazañas, en sermones morales o en discursos subversivos, en obras de caridad o en estupros y asesinatos.
Perícles tendrá que confesar entonces que esto es exquisito y profundo, como llama el señor Reyles a su arte. Lo que no confesará, lo que negará a pies juntillas, es que sea bella arte semejante diablura.
Y todavía iremos de mal en peor, en esto de bella arte, si las figuras que el cicerone enseña a Perícles están fabricadas para el estudio de la patología interna, y se ve dentro de ellas cómo se forman tumores, fístulas, llagas, excrecencias y todo linaje de pupas. El pobre Perícles, que imaginaba tal vez erradamente que las bellas artes servían para deleitar, serenar y levantar el espíritu, sólo consigue con esta flamante arte bella que se le levante y revuelva el estómago, y le fuerce a hacer una libación en honor de Esculapio con el vino de Chipre que bebió en su última cena al lado de su bella Aspasia, que ha conservado en el sepulcro, durante veintitantos siglos, y que le ha hecho soñar allí mil divinos primores.
Apliquemos ahora a la amena literatura lo que de la estatuaria hemos dicho. Fácil es sacar las siguientes consecuencias:
Que a tal literatura se le debe quitar el epíteto de amena.
Que si no es amena no es útil tampoco, porque nos desazona y aflige mostrándonos el mal, con todos sus asquerosos y horribles pormenores y no nos ofrece remedio alguno.
Que aun suponiendo que esta literatura de moda es muy científica, exquisita y profunda, todavía se puede negar que sea bien encaminada literatura, sino mera extravagancia, ya que no propende a deleitar, sino a enseñar, fin que se cumple mejor que con novelas, con disertaciones fisiológicas, patológicas, histológicas y teratológicas.
Y que los que sostienen el raro progreso de la amena literatura, fundado en las novelas a la moda, presuponen, no un retroceso en todo lo restante, que esto sería menos malo, sino un progreso y horrible crecimiento de la perversión y corrupción humanas, cuya minuciosa pintura es el asunto de las novelas susodichas.
Si hubiese demostrado la ciencia que el mal es irremediable, que por el determinismo se explican los vicios y las virtudes, que la imaginación y la fe deben ya desecharse como facultades anacrónicas y que apenas nos queda esperanza ni en la tierra ni en el cielo, muy desconsolador y diabólico progreso hubiera realizado la ciencia; pero al fin progreso sería y tendríamos que respetarle, y tendríamos que bajar la cabeza y que resignarnos. Todo lo que esta ciencia aflictiva nos enseñase, metiéndonos el corazón en un puño, y llenándonos de miedo y de asco, estaría bien consignado en trataditos científicos, cursos y epítomes; pero en las novelas escritas a menudo por gente que no ha ganado ninguna borla en las Universidades, todo podía salir trabucado, y aunque no saliera, no saldría novela tampoco, sino bodrio de ciencia mal digerida, puesta al alcance de todos, y que sólo interesaría y conmovería, no como las obras de un arte sencillo y sano, sino sobreexcitando nuestros nervios como las pociones y linimentos farmacéuticos, que nos hacen ver visiones espantosas y a las cuales nos aficiona una curiosidad perversa.
Siento que se me quede aún en el tintero muchísimo que decir; pero no logro evitarlo, y haciendo aquí punto, lo dejo para otro día.
III
Había yo pensado no molestar de nuevo a los lectores de El Liberal discurriendo y meditando sobre cuestiones estéticas con relación a las novelas; pero como padezco de cierta dolencia, que antes llamaban scribendi cacohetes y hoy llaman grafomanía, había ya redactado mi tercer artículo sobre El progreso en el arte de la palabra, y no me había atrevido a enviarle a El Liberal. Mi intento era y es escribir sobre el particular cuanto se me ocurra y reunirlo luego en un librito, imprimiendo de él muy corto número de ejemplares. Así las cosas, veo hoy en El Liberal un artículo en que mi ilustre amiga, Doña Emilia Pardo Bazán, trata de impugnar lo que he dicho y hasta lo que no he dicho. No poco me lisonjea que doña Emilia se emplee en esto; pero no quiero pasar porque me atribuya opiniones que no he emitido. Jamás he afirmado yo que las novelas de Zola, Daudet, Goncourt, Tolstoï, Ibsen, etcétera, sean malas. Al contrario, he dicho que tal vez serán tan buenas y tan excelentes, que cuanto escribimos, la misma doña Emilia, Pereda, Galdós, Jacinto Octavio Picón, Armando Palacio Valdés y otros varios, sin que yo me excluya, serán obrillas insubstanciales, epidérmicas y absolutamente desprovistas de enseñanza y de trascendencia. Pero esto consistirá en que España y los españoles estamos decaídos y hasta dejados de la mano de Dios, de suerte que, así como no hay ahora Gonzalos de Córdoba, Corteses, Pizarros y Cisneros, no hay tampoco Cervantes. Y no consistirá en que haya un arte exquisito y profundo recién inventado, que produce fuera de España esas maravillas, dejándonos turulatos y patidifusos, y moviéndonos a remedar a los autores de tales maravillas, a ver si atinamos a descubrir el novísimo procedimiento con que las hacen y a atolondrar al mundo todo con nuestras novelas como le atolondran ellos. Yo no he dicho ni más ni menos que lo que repito ahora, aunque sea pesadez; pero aunque sea pesadez, ya que doña Emilia me da ocasión para ello, voy a continuar mis meditaciones estéticas, insertando aquí mi tercer artículo, que por miedo de fatigar al público permanecía inédito, y que es como sigue:
Lo único que me apesadumbra y que a veces me mueve a arrepentirme de haberme puesto a tratar asunto tan complicado, es la multitud de aspectos bajo los cuales importa considerarle y la extensión que por consiguiente tengo que dar a este escrito. Por lo demás, mi convicción es cada vez más firme mientras más pienso en ello, sin que yo crea inútil ni de poca importancia explicar y defender lo que en mi pensamiento se presenta como verdad contra opiniones que me parecen falsas y aun absurdas. No estoy excitado por el amor propio nacional ni singular; no niego ni afirmo, pero doy de barato, para allanar el camino de la discusión, quitando tropiezos del medio, que las novelas francesas y rusas del día son mucho mejores que las que en España se escriben. El ingenio, la inspiración, y el chiste, habrán acaso emigrado de España. No quiero negarlo; me limito a lamentarlo. Lo que yo niego, y esta es la cuestión, es que las bellas artes progresen como progresa la química o la cirugía, y que la superioridad de las novelas francesas y rusas sobre las nuestras, consista en que aquéllas están escritas siguiendo los preceptos de un arte exquisito y profundo recién inventado.
Yo quiero conceder que en todo, hasta en las bellas letras, hay progreso, en lo que pudiéramos llamar técnico o del oficio, pero, no bien lo reconozco, cuando reconozco igualmente que lo técnico y progresivo de la literatura, apenas tiene importancia, comparado con lo esencial de ella, en que no cabe progreso. Recapacítese bien y se verá que, en ninguna época colocados los hombres en el nivel de la más vulgar y mediana cultura que entonces había, se han requerido más especiales estudios ni más largos años de aprendizaje para ser poeta o novelista que para ejercer otro oficio cualquiera. Todos los hombres, por ejemplo, saben hablar y escribir, pero no todos manejan la lezna y el tirapié, como no se apliquen a ello con ahínco y constancia. De aquí que, en cierto sentido, pueda bien afirmarse que es más difícil hacer un zapato que componer un poema. Y todavía es más fácil, y requiere menos propedéutica componer una novela, para la cual, la prosodia, el arte métrica y el diccionario de la rima importan poco o nada. Así se concibe, sin el menor asombro, la inmensa cantidad de novelas que se componen ahora en inglés, en francés, en ruso, en italiano, en alemán, en húngaro, en polaco, en suma, en casi todas las lenguas que se hablan y se escriben en los diversos países civilizados de las cinco partes del mondo. El oficio es fácil de aprender y el instrumento que vale para la confección o fabricación, o sea la lengua o la pluma, se maneja con menos esfuerzo y más naturalmente, no ya que el cincel o el pincel sino que el azadón o el almocafre, por donde toda persona algo educada escribe o puede escribir novelas. Hasta el material que se gasta en escribirlas cuesta menos y está más al alcance de todos que el que se gasta en los demás menesteres. Por tres pesetas se compran mil cuartillas de papel, en las cuales, aunque no se emborronen sino por un lado, caben con holgura dos novelas de no cortas dimensiones.
¿Será acaso que por esta misma abundancia de novelas se necesite emplear un arte exquisito y profundo para que sobresalga entre todas las demás la que nosotros escribamos? Yo lo niego redondamente. El buen gusto, el delicado juicio estético, si no está en contradicción crea notable confusión en este punto. Para toda persona refinada y culta, Próspero Mérimée y Teófilo Gauthier, por ejemplo, son mejores novelistas que Eugenio Sue y Ponson du Terrail, y, sin embargo, ni Colomba, ni El Capitán Fracasse, han logrado la vigésima parte del favor del público, de la venta y del aplauso que Los Misterios de París, o las interminables aventuras de Rocambole. ¿Consistirá esto en que Sue y Ponson du Terrail emplean el arte exquisito y profundo que Gauthier y Mérimée ignoran o en que la generalidad del público tiene un gusto pésimo, está muy atrasada aún y prefiere lo burdo a lo fino? ¿O consistirá esto en que el verdadero arte exquisito y profundo no ha llegado a descubrirse, sino muy recientemente, cuando Merimée y Gauthier estaban ya muertos y enterrados, y por virtud de dicho arte al público se le han abierto los ojos del entendimiento para comprender lo bueno, y a Zola, Daudet, Bourget, Ibsen y Tolstoï, se les han abierto los veneros y fuentes de la inspiración legítima para producir obras, que no sólo agraden en el día, sino que ya contengan en germen, cuando no en flor, la sublime novela del porvenir, en cuya comparación es el Quijote una obra superficial, epidérmica, sin trascendencia, sin enseñanza y de mero pasatiempo?
Si las cosas fuesen así, la moda dejaría ya de ser moda. El recto camino, el arte infalible para escribir novelas estaría hallado, y por nada del mundo deberíamos apartarnos de él, para no extraviarnos o quedarnos a la zaga.
Yo advierto, no obstante, que estas novelas, escritas con el arte exquisito y profundo que tanto encomia el señor Reyles, aunque son leídas, admiradas e imitadas por cuantos siguen fanáticamente la moda de París, es de presumir que caigan en olvido, y hasta en menosprecio, cuando la moda pase y venga otra moda. Posible es que entonces todo lo que hoy se tiene por sutileza, novedad y profundidad, parezca falso relumbrón y pesado amaneramiento.
Lo cierto es, que las novelas más populares, las que se han vendido más en el mundo en estos últimos años, las que han tenido en apariencia al menos, mayor influjo en los sucesos políticos y sociales, no se han escrito en París, ni siguiendo la moda de París, sino poniéndose en determinada e impetuosa corriente de la opinión, dejándose arrebatar por ella, acrecentando su brío y extendiendo más su acción sobre el espíritu humano. De esta suerte, novelas, no ya de arte exquisito y profundo, sino con poco o ningún arte, aunque escritas en un momento dichoso y oportuno, han logrado más éxito, han tenido mayor resonancia, han importado más en los cambios sociales y en los grandes hechos históricos, que toda esa novelería tan encomiada por el señor Reyles.
Valga como muestra de lo que digo La cabaña del tío Tomás, de la señora Beecher Stowe, de la que se vendieron en seguida centenares de miles de ejemplares, que se tradujo en todos los idiomas, que tal vez enardeció los sentimientos abolicionistas y que entró por algo en las causas de la tremenda guerra de secesión.
No es, pues, ni el arte profundo y exquisito, ni la sutil y peregrina enseñanza de inauditas verdades, ni la superior inspiración, ni el refinamiento de la última moda de París, ni el primor del estilo, ni otras raras prendas literarias, lo que da la palma y corona de laurel a un autor de novelas: es el llegar a tiempo oportuno y el dejarse arrastrar sin miedo por la corriente.
Otra prueba de la misma verdad nos ofrece una novela del Sr. Bellamy, ciudadano anglo-americano también, novela de la que se vendieron cerca de cuatrocientos mil ejemplares, a poco de ver la luz pública. La novela era lo que podemos llamar una utopia socialista o comunista. La imaginó el autor en porvenir no muy distante. La revolución social se había ya realizado. El nuevo sistema marchaba regular y lindamente. El mundo todo se había convertido en una verdadera ciudad de Jauja, y el humano linaje comía, bebía, se divertía y trabajaba poco, sin apuros ni miserias. La novela del Sr. Bellamy llegó a tiempo y a esto debe su éxito. Bien pudiera decirse de ella lo que con mucho menos motivo dicen que dijo Voltaire de las Cartas persianas de Montesquien: ¡esas cartas persianas tan fáciles de componer! ¡...!
No pretendo rebajar ni ensalzar aquí el mérito de las novelas francesas y rusas, que encomia el Sr. Reyles, ni de estas otras novelas americanas que yo he citado. Digo sólo que han sido oportunas, y ya es esto un gran mérito. También, yo, cuando escribo novelas, procuro ser oportuno, y si no lo soy, es porque no atino con la oportunidad. Pero ¿qué tiene que ver la oportunidad con un arte exquisito y profundo recién inventado, con hacer sentir con nuestras novelas oportunas a los hombres de nuestra época más hondamente que lo que con otras novelas oportunas hicieron sentir otros autores al público de los pasados siglos en que ellos vivieron? Esta es la farsa que yo no admito y de la que se deja seducir el Sr. Reyles. Esta es la hablerie y (permítaseme la expresión) la blague parisina, por la cual, sea dicho con el debido respeto, me parece que está también algo seducida mi discreta y elocuente amiga doña Emilia Pardo Bazán, que todavía escribiría mejor de lo que escribe y compondría obras más originales y espontáneas, si se dejase influir menos por dicha blague.
La blague sube de punto si se sostiene además que la novela del día debe estar atiborrada de enseñanza, debe ser conjunto de documentos humanos y debe contener más honda doctrina que la de los libros destinados a enseñar y no a deleitar. Sería curioso que alguien estudiase historia en Alejandro Dumas, geología y cosmografía en Julio Verne, sociología en Zola, en Bourget psicología, y patología interna en otros varios novelistas.
Claro está que quien escribe una novela, así como toma para elementos o materiales con qué escribirla los casos de la vida vulgar y ordinaria observados por él, también puede tomar las doctrinas, creencias, aspiraciones, ensueños, ideas religiosas y metafísicas, y en resolución, todo cuanto cabe en la mente humana y la agita. Pero al tomar todo esto como elementos de su arte, no conviene a mi ver, que se empeñe en ser didáctico, porque se expondrá a enseñar menos y peor que lo que enseña el más pobre de los manuales y a faltar a su vocación de artista, sin crear la belleza y sin producir el deleite estético por el vano empeño de patentizar y divulgar inauditas verdades.
Es de notar, por último, que en esto de contener la ciencia en el arte, lejos de haber progreso, en cierto modo hay retroceso. La ciencia se ha ensanchado tanto que no cabe en los moldes artísticos, por más que los moldes se ensanchen también y hasta se deformen, como ocurre en la novela, donde un autor puede discurrir libremente sobre todas las cosas y otras muchas más.
Con todo, una obra perfecta de arte literario no puede menos de encerrarse dentro de ciertos términos. Lo que fuera de ellos se ponga tendrá algo de impertinencia monstruosa. Y en este sentido no negaré yo que en una novela pueda enseñarse terapéutica, economía política, teología mística, metalurgia o cuanto se quiera.
Si está de moda embutir en las novelas todas estas cosas, la novela gustará mientras la moda dure, tal es el poder de la moda; pero pasada ésta, no habrá ser humano que sufra la novela docente. La que gustará en todas las edades, y será siempre leída y celebrada, será la que trate sólo de crear la belleza, ya con elementos de la vida vulgar, ya tomando para elementos las ideas, las doctrinas y las creencias que mueven la mente del autor y la mente de los otros hombres. Aun así, en esto de encerrar en una novela o en un poema el saber, no con fin didáctico, sino con fin estético, los antiguos nos llevan enorme ventaja. Homero pudo poner en la Iliada cuanto en su tiempo se sabía y no poco de lo que estaba en germen y en lo futuro debía saberse o inventarse. Ya la Divina Comedia, del Dante, es harto menos comprensiva de ciencia. Yo admiro mucho al Dante; pero no puedo menos de creer que sólo están indicadas en su poema las teologías y las filosofías que con mayor amplitud, claridad, fundamento y orden pueden estudiarse en San Anselmo, San Bernardo, Pedro Lombardo, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino y otros doctores de la Edad Media. Conque si así pienso del Dante, ¿qué pensaré yo de Zola y qué creeré yo que pueda enseñarme Zola, que no se aprenda mejor en cualquier diccionario enciclopédico manual: en el Bouillet, pongamos por caso?
Y basta con lo dicho, porque parece cosa de broma y de risa el aducir pruebas y argumentos para sostener verdades tan de sentido común y tan palmarias.
IV
Lo que se me ocurrió decir hace tiempo sobre las novelitas del Sr. Reyles, ha dado ocasión o motivo a una extensa polémica en la que han tomado parte el mismo Sr. Reyles, la señora doña Emilia Pardo Bazán y los señores D. Jacinto Octavio Picón y D. Eduardo Benot.
Elevándonos todos a consideraciones generales, dimos al asunto tanta amplitud y transcendencia que vino a contener toda la estética literaria o dígase toda la filosofía del arte de la palabra, singularmente aplicada a la novela.
Interminable tarea sería seguir discutiendo de esta suerte, y convendría para ello escribir libros y no breves artículos de periódico.
A fin de no cansar a los lectores de El Liberal, voy, pues, a prescindir de no poco de cuanto he dicho hasta ahora, así como de lo que han dicho mis discretos impugnadores, a retirarme modestamente de la palestra, y a ceñirme en mi despedida al caso particular que me impulsó a escribir y al propósito que tuve al hacerlo.
Creo fuera de duda y por cima de discusión que en todo idioma y en toda literatura hay un momento de florida abundancia y de madurez sazonada, después del cual apenas caben ni se conciben progreso y mejora, sino transformaciones y cambios.
Concretándome a la novela, entiendo yo que, si bien se cumplirán pronto tres siglos desde que salió a luz el Don Quijote, no se ha escrito hasta ahora novela mejor ni que se le iguale. Por esto me pareció falso, infundado e injustamente depresivo para el ingenio y la cultura de los españoles, el sostener que las antiguas novelas son superficiales y epidérmicas, y que desde Bourget, Tolstoï y otros franceses y rusos se emplea para escribir novelas un arte nuevo, exquisito y profundo, por cuya virtud se logra que los lectores sientan y piensen mil y mil cosas inauditas, inefables y enteramente escondidas antes en las entrañas, en los abismos, en el centro inexplorado y tenebroso del alma humana.
Acaso, en el ardor de la contienda, he ido más lejos del punto a donde debía ir. Voy yo mismo a corregirme y a enmendarme. Diré de los ingenios lo que, en nombre de la misma Divinidad, Virgilio decía de los romanos y lo diré en igual sentido:
His ego nec metas rerum nec tempora pono; Imperium sine fine dedi.
No quiero ni debo poner barreras, meta, ni a modo de columnas de Hércules al ingenio de los hombres, escribiendo non plus ultra en dichas columnas. Allánense los ingleses a confesar que es posible la aparición de un dramaturgo que valga más que Shakespeare, y allanémonos nosotros a confesar que es posible la aparición de un novelista superior a Cervantes. A lo que no nos allanamos y a lo que yo no me allano, es a que este novelista haya aparecido ya, y menos a que sea Tolstoï, Bourget o Zola. Pero, aunque llegase alguien a convencerme de que cualquiera de estos novelistas de ahora valía más que Cervantes, aún no me convencería yo de que la superioridad consistía en el ejercicio o en el empleo de un arte más exquisito y profundo, sino en que a Zola, pongamos por caso, le había dado Dios más inteligencia, más estro, más inventiva y más profundidad de ideas y de sentimientos que a Miguel de Cervantes, por donde éste se había limitado a escribir cosillas de mero pasatiempo, sin penetrar más allá de la corteza y de la epidermis, mientras que Zola se hunde como buzo espiritual en las más obscuras reconditeces del ser humano, sacando de allí a la clara luz del día secretos misteriosos, nunca revelados antes.
Todavía, concedido esto, y no es poco conceder, se me ocurre una objeción. ¿No involucraremos las nociones del arte y de la ciencia? ¿Será bien estimar en más, porque tenga más contenido científico una obra de arte que otra obra de arte? Demos de barato que Germinal encierra más, muchísima más ciencia que El ingenioso hidalgo, pero ni aun así se podrá inferir que Germinal sea mejor novela. Tanto valdría, en vista de los adelantos modernos, inferir, no ya que un tratado fundamental, sino que la más compendiosa cartilla de agricultura vale mil veces más que las Geórgicas. Las Geórgicas quizás no enseñan sino simplezas y errores, mientras que estudiando la cartilla puede cualquier sujeto entendido convertirse en agricultor más que mediano. Pero el arte no se propone tal fin. Se propone la creación de pasmosa hermosura que deleita, arrebata y eleva el alma, lo cual se consigue con las Geórgicas, cuando el que las lee es capaz de comprenderlas; pero no se consigue con la cartilla, que está al alcance del más tonto, que no hay nadie que no comprenda, y que divulga muy útiles conocimientos. Mas ¿para lograr este fin no será siempre mejor escribir cartillas que no poemas o novelas? Todo cuanto enseñe la más sabia novela del día podrá cifrarse acaso en un par de planas de la más modesta cartilla. Y así, hecha abstracción de la sabiduría que la novela encierre, quedará monda y lironda la obra de arte, la cual luego que pase la moda del día y sea otro el gusto del público, es casi seguro que aburrirá al género humano y caerá en olvido o en menosprecio.
¿Cómo he de negar yo que la humanidad ha adelantado mucho? Su cultura es como un capital que se aumenta cada día, tanto por nuevas ganancias como por los réditos que no se gastan y que se van acumulando. Lo que niego es que el arte, como arte, progrese a par de dicha cultura.
Yo no gusto de defender paradojas. Si de ello gustase, me atrevería a defender lo contrario, con no escasa complacencia, porque lo más divino y admirable que hay en el arte en general, y singularmente en el de la palabra, es lo inspirado, lo espontáneo, lo en cierto modo inconsciente, lo que se diría que está por cima de toda conciencia individual, en la mente colectiva, en la razón impersonal, en el ingenio superior de pueblos y razas y hasta en el numen, que se nos revela o creemos que se nos revela. Y aunque yo no niego la posibilidad y la continuidad de presentes y de futuras revelaciones, hallo más propios de las primitivas edades que de la edad presente tales casos, que pueden bien calificarse de sobrenaturales y divinos.
No impide lo dicho que la parte técnica, la industria de la fabricación literaria esté en el día más adelantada y más divulgada que en los pasados siglos. De aquí que, por cada una de las novelas que se escribían hace ciento o doscientos años, se escriben hoy centenares y hasta millares. A lo cual contribuye no poco el que haya hoy más gente que las lea y que las compre. Pero esto mismo manifiesta lo caduco y efímero de la actual producción. ¿Cómo he de quitar yo su mérito al que logra crearse un público, ganar su atención y su simpatía y entretenerle y divertirle durante diez, veinte o treinta años, con los cuentos que escribe? Grande y muy envidiable mérito es éste; pero no llega, ni con mucho, al del autor que produce algo, no fuera de moda, sino superior a la moda y que ha de persistir cuando la moda pase, porque toda moda ha de autorizarse y justificarse, comprendiéndolo en vez de desecharlo. Así los clasicistas del siglo del renacimiento y del de Luis XIV ponían a Homero a la cabeza de los clásicos. Vino luego el romanticismo y declaró romántico a Homero. Y yo no dudo que los más acérrimos naturalistas del día dejen de citar la Iliada, como dechado y modelo del más admirable naturalismo.
El busilis, pues, y el toque magistral de cualquier obra de amena literatura no está en seguir la moda, sino en dar la moda o más bien en ponerse tan por cima de la moda y tan por cima de progresos y de mudanzas, que toda moda nueva se apoye y se autorice en aquella obra presentándola como dechado y tratando de convencer al público de la excelencia de lo nuevo, no por su discrepancia, sino por su semejanza con aquel modelo inmortal.
Que haya obras de esta clase en el día y cuáles sean, es lo que yo no me atreveré a decidir. La sentencia es ardua. La posteridad la dictará sin duda. Limitémonos nosotros a reconocer el mérito relativo de los que interesan, divierten o entusiasman con sus escritos, aunque sea durante corto número de años, a determinado número de personas, que llamaremos su público. Ya lograr esto, es lograr muchísimo. El que lo logra merece admiración y aplauso y hasta mueve a envidia, a quien no tiene el alma desinteresada y generosa: pero desde este triunfo fugitivo hasta la inmortalidad gloriosa y hasta conseguir la victoria sobre aquellos autores, a quienes ha venerado el mundo durante largos siglos y a quienes han ensalzado muchas generaciones de críticos, hay enorme distancia, sobre la cual nadie puede dar un brinco sin caer en lo absurdo.
Y por último, en lo tocante a la ciencia más honda que se supone que encierran las novelas del día, ya he dicho y repito ahora, que la novela no es ciencia, y que, aun suponiendo que enseñe mucho, nada vale como aburra, disguste y hasta ponga de mal humor a quien la lee, porque la amena literatura no se propone afligir, sino deleitar, sacando deleite hasta de los lances más trágicos y lastimosos y haciendo que la compasión y el terror estéticos traigan placer y elevación al ánimo y no que le desconsuelen y depriman, por donde Aristóteles decía que el fin de la tragedia era la purificación de las pasiones, esto es, que la compasión y el terror se conviertan por el arte en dulces y gratos, en vez de ser amargos e ingratísimos, como son por naturaleza.
Harto sabemos que hay pobres y ricos; peste, hambre y miseria; que tarde o temprano todos nos hemos de morir; que la sociedad pudiera estar mejor organizada; que hay más hambre que pan y más frío que capas, y más enfermedades que remedios, y más necesidades que recursos para satisfacerlas; pero la existencia de tanto mal no disculpa ni justifica el que produzcamos otro mal, que para nada nos vale, atormentándonos con lamentos y quejas y esmerándonos en las más prolijas y menudas descripciones de todos los vicios, podredumbres, crímenes, infamias y desventuras que hay sobre la tierra.
Bueno y deseable es que el mal, hasta donde esto es compatible con el ser de nuestro planeta y con la condición física y moral de los hombres que le habitan, vaya desapareciendo, o al menos, menguando; pero, como no sea distrayéndonos y deleitándonos, las novelas no logran este fin. Lo lograrán, por dicha, la religión y la ciencia, los sermones y las disertaciones. Y aun así, hay no poco que observar.
Yo soy entusiasta admirador del poder de la palabra, hablada o escrita. Y, sin embargo, no puedo menos de reconocer que los hombres que más han contribuido al progreso y a la mejora moral de nuestro linaje, así en la sociedad como en el individuo, ni han escrito novelas, ni apenas han escrito cosa alguna. No sé yo que Sakiamuni escribiese nada, ni Sócrates, ni Jesucristo, si es lícito citarle como hombre entre los que fueron meramente hombres. En suma, con mucho hablar y con mucho escribir se consigue poco o nada fuera del deleite del que lee o del que oye cuando lo hace bien el que escribe o el que habla.
Y al contrario, a la felicidad y bienandanza de nuestro linaje, suele contribuir más que el que escribe el que compendia lo profusamente escrito o lo destruye y lo borra. Valga para ejemplo lo que se cuenta de Confucio, quien de millones y millones de máximas que había en China, extractó unas pocas y formó así el libro fundamental de la sabiduría en el celeste imperio.
Moraleja final de todo. Nosotros, por lo mismo que no somos sabios, escribimos difusamente cuanto se nos antoja; pero no debemos imaginar que enseñamos, ni que mejoramos a la humanidad, ni que le abrimos nuevos y ocultos senderos. Bástenos con aspirar a divertir o a conmover agradablemente, no a la humanidad toda sino a unos cuantos miles de individuos, que forman nuestro público y que tienen el bueno o el mal gusto de entretenerse leyendo las novelas y los cuentos que escribimos. Ojalá que este bueno o mal gusto no se pierda, que nuestro público no se disipe, sino que persista o se renueve, y que al menos la mejor de nuestras novelas siga leyéndose con agrado la mitad del tiempo siquiera que fue leído el Amadís de Gaula o que fue leída La Diana de Jorge de Montemayor, que casi nadie lee ya porque le falta la paciencia.
Y para que no le falte también a los lectores de El Liberal, al notar lo largo de esta discusión literaria, pongo por mi parte punto final en ella, y prometo no decir ya nada aunque otros escritores me contradigan y diluciden la cuestión con mejor tino y gracia.
EL FILÓSOFO AUTODIDACTO
Con el título arriba estampado se designa cierta novela, que hará ya ocho siglos o siete y medio por lo menos, compuso un paisano de mi antiguo y buen amigo el autor de El sombrero de tres picos, de La pródiga, y de El niño de la bola. Aunque sólo fuera por esto, me sería a mí simpática la novela de que voy a hablar, novísima ya a fuerza de ser antigua. La escribió un mahometano natural de Guadix, que vivió en el siglo xii de nuestra era y que tenía por nombre Abubequer Abentofail. Dicen que fue gran matemático y astrónomo, docto médico, filósofo e inspirado poeta. Hubo de ser asimismo hábil y discreto cortesano, porque privó con el rey moro de entonces, de la dinastía de los Almohades, y alcanzó tal valimiento, que pudo favorecer, aupar y llamar con buenos empleos a aquella brillante corte a no pocos otros sabios y literatos. Así tuvo la gloria de ser el protector del gran cordobés Averroes, tan admirado en la Edad Media, tan influyente en la filosofía escolástica y del Renacimiento, y conocido hoy y celebrado aun entre el vulgo de los eruditos a la violeta por el precioso libro que Ernesto Renán compuso sobre él y sobre su doctrina.
Abentofail hubo de ser, sin duda, un escritor muy fecundo: lo que llamamos ahora un polígrafo. Escribió de astronomía, de medicina y de varios otros asuntos; pero todo o casi todo se perdió, y sólo poseemos las aventuras de Hay Benyocdan o sea El filósofo autodidacto, aceptando el título que se ha dado a la novela al traducirla en latín de la lengua arábiga. Traducida fue primero en hebreo y sabiamente comentada por Moisés de Narbona. En latín la tradujo Eduardo Pococke, y la publicó en Oxford en 1671. Después se han hecho varias versiones y ediciones de ella en las lenguas vivas de ahora, especialmente en alemán y en inglés.
En Inglaterra hubo de tener muy buen éxito nuestra novela, ya que de ella se hicieron en poco tiempo tres traducciones y ediciones diferentes en lengua vulgar. Vivía entonces el famoso Daniel de Foe, y es probable o casi seguro que leyó la historia de Hay Benyocdan, gustó de ella y se propuso imitarla. Las aventuras de Robinsón Crussoe que tanto nos han embelesado a todos cuando niños, y cuya lectura nos deleita aún, bien podemos jactarnos de que hasta cierto punto han sido inspiradas por la obra del antiguo novelista de Guadix. Hay Benyocdan, lo mismo que Robinsón, se encuentra en una isla desierta, y por la virtud de su ingenio, por la energía de su espíritu y por la robustez y brío de su cuerpo, lucha con la naturaleza y la doma: cubre su desnudez con productos vegetales y con pieles; remedia su debilidad inventando armas; somete a varios animales y los sujeta a su mandado; se abriga de la intemperie construyéndose una vivienda, y se proporciona fuego, y guisa los alimentos para no comerlos crudos, y crea para su uso y comodidad otras artes y otros oficios.
En la historia de Foe, el héroe es harto menos prodigioso. Es por consiguiente más verosímil lo que ocurre. Robinsón había vivido en medio de una sociedad civilizada, y evocando el recuerdo de lo que había visto, se limitaba a reproducirlo más o menos groseramente.
Hay Benyocdan es personaje mucho más fantástico. El mismo novelista ignora cómo su héroe ha venido al mundo. Tal vez fruto de culpables amores o de matrimonio clandestino la bellísima princesa, su madre, para evitar la venganza de un padre o de un hermano harto severo, hace como la madre de Rómulo, o como hizo Elisena con su hijo Amadís, que por eso se llamó el Doncel del mar: le abandona en un bosque o le pone en una cuna flotante a merced de las olas.
De esta suerte, Hay Benyocdan llevado por mansos vientos, arribó a punto donde, al retirarse la marea, le dejó en seco, en fértil y apacible floresta, en hermosísima isla situada en la línea equinoccial, y en la que no hay hombres ni fieras, sino verdura, flores y frutos y animales tímidos y benignos. Una gacela le cría, como crió a Rómulo una loba, una cabra a Dafnis, y una oveja a Cloe.
La manera con que Tofail va explicando y contando el crecer del niño abandonado, el desenvolvimiento de sus facultades corporales, y lo que inventa y forja para aumentarlas, y luchar por la vida, es harto menos verosímil que en el cuento de Foe, pero es igualmente ingeniosa, sin dejar de presuponer en quien escribe atinada observación y experimental conocimiento de lo natural y real que hay en el mundo.
No se limita a esto, con todo, la novela de Tofail. Esto es lo menos importante de la novela, aunque sobre ello lo más importante está fundado.
Hay Benyocdan es todavía más excepcional y egregia criatura por el alma que por el cuerpo. Nada ve, nada hace, nada observa en sí ni fuera de sí, sobre lo cual no piense y cavile. En su mente va ordenando y combinando las ideas que recibe, claras y distintas todas, aunque desnudas de signo sonoro o dibujado que las represente, porque no hay para él palabra hablada o escrita. Sólo puede saber y sabe los varios gritos inarticulados de su madre adoptiva la gacela.
A mi ver, es un milagro de prodigiosa sutileza el que realiza Tofail al ir narrando el interior desenvolvimiento del pensar en la mente de su héroe solitario y mudo. Seguirle en esto no se puede aquí por falta de espacio y más aún por falta de suficiente aptitud en mí para extractar sin rebajar el valer de la obra.
Percibe Hay primero la diversidad de los seres que tienen vida, y abstrayendo luego las diferentes cualidades que los distinguen, ve aquello en que todos convienen y en que todos se identifican y halla así la especie y el género y llega por último a la unidad del ser, despojado de accidentes y de distinciones, pero que lo comprende todo. Y el ser a que llega no es el ser vacío, que indeterminado y sin atributos, se confunde con la nada, sino que es el ser en toda su plenitud y grandeza, porque ha llegado hasta él, no por mero procedimiento dialéctico, abstrayendo lo distinto y lo vario, sino buscando en él la causa y el origen del orden, de la magnificencia, del movimiento y de la vida, de todo el universo: causa que no ha logrado hallar ni en este mundo de generación y de corrupción en que vivimos, ni en el aire, ni en el éter, ni en los astros al parecer incorruptibles, ni en las esferas del cielo que van girando arrebatadas. El motor de todo esto, ora todo esto sea eterno, ora haya sido creado por el motor, sobre lo cual vacila Hay, presenta razones en pro y en contra y no decide, es un motor único, supremo y anterior, si no cronológicamente, dialécticamente, a todo cuanto fue, es y será. En suma, Hay, con argumentos dialécticos y cosmológicos, acaba por demostrarse la existencia de Dios, que todo lo llena; de una inteligencia pura que lo dirige todo y que todo lo penetra, sin las dimensiones y demás accidentes propios de los cuerpos.
Cuando muere la gacela, su madre adoptiva, discurre Hay sobre la vida y la muerte. Quiere buscar el principio de la vida que de la gacela ha huido. Con rudos instrumentos le abre las entrañas y busca ese principio en el hígado, en los pulmones, en el corazón, en la sangre y en los nervios. No le halla en parte alguna. Estaba en todo y como levísimo vapor se ha disipado. Así infiere que el principio de la vida es incorpóreo, es tenue; se asemeja en pequeño al gran ser que antes ha reconocido como motor o como alma del Universo.
Estudia luego a los animales con quienes vive y entre él y ellos descubre radical diferencia. Ve que ninguno ha logrado elevarse hasta la idea del gran ser a que él se ha elevado. Él, pues, es único en su especie. Valiéndonos de expresión moderna, él por sí solo constituye un reino aparte: el reino humano. La sustancia pensadora que en él existe no puede menos de ser inmaterial e inmortal...
El solitario Hay se consagra entonces a estudiarla con ahínco; escudriña, medita, prescinde de sus sentidos corporales; desecha de sí la memoria, se olvida del mundo sensible, hasta de la imaginación se despoja, y ya con la pura esencia del pensamiento, se hunde por lóbregos senderos en el abismo de su propia alma. Allí al cabo se le aparece la radiante y divina luz del día eterno. Hasta la inmortal esencia de su espíritu se diluye y se pierde en aquel Océano luminoso, viniendo a ser todo uno y lo mismo.
Todavía, sin embargo, Hay vuelve del éxtasis y contempla de nuevo el Universo visible, pero ya reconoce en todo él, en una parte más intensa y en otras menos, la luz en que estuvo inundado. Los rayos de aquel eterno sol y su imagen esplendorosa se reflejan con mayor o menor intensidad en cuantas son las criaturas. Así el sol material se refleja y se mira en los espejos, aunque estén empañados y turbios. Hasta en lo más bajo de nuestra tierra de corrupción brilla algo de la luz divina, como tal vez, en medio de las tempestades, un rayo de sol rasga las negras nubes y se quiebra y riela en las ondas fugaces del mar alborotado.
No pocos críticos acusan a Tofail de panteísta; pero yo me atrevo a sostener, si bien con la timidez que mis escasos conocimientos me infunden, que Tofail está exento de panteísmo. La persistente realidad de cuantos seres hay en el mundo queda a salvo con su doctrina. Dios lo penetra todo, pero no se confunde con nada. Yo no veo en Tofail tan enérgica expresión del corto o ningún valer de las criaturas, si con el Creador se las compara, como esta de un gran Padre de la Iglesia: ¡Dios mío, si las cosas son algo es por el ser que Tú les das, y no son nada porque no son lo que Tú eres!
Y en lo tocante a la unión íntima del alma con Dios y al propósito de la ciencia mística, tampoco va tan lejos Tofail como en sus términos y frases muchos místicos ortodoxos de Alemania, de Italia y de España.
Lo que sí se echa de menos en la mística de Tofail es, ya que no la carencia, la poca energía del amor que aspira y logra la unión más que la inteligencia pura.
En la segunda parte de la novela es donde todo buen musulmán, y más aún todo buen cristiano, tienen que censurar y que escandalizarse.
Asal, habitante de un país muy poblado y civilizado, y fervoroso creyente en una religión positiva, se siente inclinado a la mística contemplación, huye del mundo, busca la soledad del yermo y viene a dar en la isla donde Hay habita. Los dos extraños anacoretas se encuentran, se contemplan con mutuo asombro y al fin se acercan y se tratan. Al principio se entienden por señas, porque Hay no sabe hablar, pero Asal logra pronto enseñarle su idioma. De los sabios coloquios que tienen ambos resulta algo de muy satisfactorio al parecer: la concordancia de la fe y la razón. La verdad revelada por profetas, apóstoles y fundadores de religiones, coincide en todo con la metafísica que Hay ha construido en la serie larga de sus meditaciones. La única diferencia estriba sólo en que la metafísica de Hay es el desnudo foco o centro de la verdad, envuelta por la religión en densísimo velo de símbolos, alegorías y figuras. La gente vulgar no hubiera comprendido lo verdadero en toda su desnudez y pureza, por donde los fundadores de religiones han tenido que velarlo y envolverlo en símbolos. En vista, además, de la flaqueza y pasiones bajas de la plebe humana, la moral religiosa no ha podido revelarse tampoco, al menos como precepto, con toda su austeridad y firmeza: ha necesitado transigir un tanto para que el vulgo la acepte, se conforme y se someta.
De aquí puede inferirse que la metafísica de Hay es, según Tofail, la pura esencia de toda verdad religiosa, la cual permanece velada en símbolos para la multitud, incapaz de percibir sin ellos la verdad por medio de la introinspección y de la filosofía.
Hay y Asal concuerdan en que los que como ellos llegan a Dios por la inteligencia, logran la bienaventuranza contemplándole y uniéndose a Él, y más aún que en vida, en muerte, libres ya de sus mortales despojos. Tal es la gloria o el cielo en las religiones positivas. Los qué entreven o columbran a Dios en esta existencia mortal, y cediendo luego a sus apetitos, a sus malas pasiones y a sus gustos por lo terrenal y perecedero, se apartan de Dios, sienten después de morir un dolor grandísimo por no volver a ver ni a gozar el supremo bien cuya hermosura y luz columbraron. Son como hombres que antes veían y que después se han quedado ciegos. Tal es lo que corresponde al infierno en las religiones positivas. Y cuando la vista puede recobrarse con penas expiatorias, tal es el purgatorio.
Lo que es amplísimo en la metafísica de Tofail y de Hay es el limbo. La inmensa mayoría de seres humanos jamás eleva a Dios el pensamiento. Son como ciegos a nativitate, y como no han columbrado la luz divina, no se atormentan por verla ni por gozarla y caen en el limbo y quedan sin pena ni gloria.
Resulta, pues, en esta metafísica que, si son muchos los llamados, son pocos los escogidos, aunque son también muy pocos los condenados a penas eternas.
La novela de Tofail tiene un desenlace que puede interpretarse satíricamente. Hay se empeña en ir a predicar y a enseñar su metafísica entre los hombres. Asal procura disuadirle de aquel intento, dejando entrever que los hombres no están preparados para tanta verdad y que tal vez no lo estarán nunca. Hay, no obstante, persiste en su empresa y Asal se deja convencer y le sigue. Logran hallar un barco, navegan en él y arriban al país de donde Asal había venido. El rey, antiguo amigo suyo y persona excelente, recibe con palmas a los dos viajantes; pero, no bien éstos se lanzan a predicar su metafísica, toda la corte, la burguesía y la gente menuda, se aburre de ellos y los aborrece. Ambos entonces, imitando a la zorra, y perdóneseme lo ruin de la comparación, dicen no están maduras, y se vuelven a la isla desierta, donde viven en soledad y conversación interior hasta que les llega el día de su glorioso tránsito, o sea de la muerte.
Así, y no creo que muy libremente interpretada, es la novela filosófica de Tofail.
En España nadie había pensado en traducirla hasta que el entendido arabista D. Francisco Pons, muerto por desgracia en la flor de su edad, devolvió esta joya a la tierra en que se había criado, trasladándola con gran primor, fidelidad y elegancia al idioma castellano, que hoy se habla en ella.
El libro está impreso en la ciudad de Zaragoza en el presente año de 1900, y es el tomo V de la colección de estudios árabes que allí se publica. Contiene, además de la novela, una advertencia preliminar del arcediano D. José María Navarro, maestro y amigo que fue del malogrado traductor, un breve discurso de D. Marcelino Menéndez y Pelayo y como apéndice la alegoría mística Hay Benyocdan de Avicena, porque según dicen los arabistas, el nombre de Hay Benyocdan equivale al Viviente hijo del Vigilante, y viene a significar al hombre que piensa en las cosas divinas.
Sobre la duración del habla castellana
con motivo de algunas frases del Sr. Cuervo.
A Dios gracias yo soy por naturaleza poco inclinado a la melancolía y al desaliento. Hasta en las circunstancias más tristes procuro hallar algo que me traiga esperanza y consuelo. Como los niños de los cuentos de hadas, cuando se pierden en obscura y tempestuosa noche, en medio de un bosque lleno de malezas, precipicios y tal vez fieras, veo siempre a lo lejos resplandecer la lucecita que ha de guiarnos a un espléndido alcázar, donde genios bienhechores han de albergarnos, restaurarnos y regenerarnos.
A pesar, no obstante, de esta dichosa condición mía, como son tantos los Jeremías y las Casandras que andan por ahí pronosticando nuevos males, y como brillan con frecuencia ante mis ojos, a modo de siniestros relámpagos, terribles avisos y ominosas señales, confieso que me desazono, la postración se apodera de mi espíritu y me pongo muy compungido.
Para animarme solía yo discurrir allá en mis adentros: hemos gastado más de lo que podíamos gastar en una pobre e inútil defensa, y hemos perdido al fin nuestras ricas colonias, pero nadie podrá acusarnos, con justicia, de malos colonizadores, ni de nación estéril, cuando tan vastos territorios han permanecido en nuestro poder cerca de cuatro siglos y cuando de esta nación han brotado, como de tronco lleno de savia las ramas verdes y floridas, diecisiete repúblicas de gran porvenir, donde circula nuestra sangre, donde queda indeleble el sello de nuestro propio ser y carácter y donde sigue y seguirá hablándose nuestro idioma.
Entonces recuerdo los tan conocidos versos del duque de Frías.
.............en vano el mundo De Colón, de Cortés y de Pizarro, A España intenta arrebatar la gloria De haber sido español.
Por el habla, por las creencias y por las costumbres, la gente de allí seguirá siendo española antes de ser americana. Y el navegante que llegue a aquellos puertos tan apartados de Europa y de España,
Verá la cruz del Gólgota plantada Y escuchará la lengua de Cervantes.
Pero mi gozo en un pozo. Yo esperaba que seguirían siempre siendo hispano-parlantes cuantas naciones se extienden desde el Norte de Méjico hasta el Estrecho de Magallanes. Yo esperaba que seguiríamos hablando la lengua española cincuenta o sesenta millones de seres humanos; gran porvenir para nuestra literatura, por poco que dichos seres escriban y lean. Pero lo repito; el gozo en un pozo. Y ha venido a arrojarme en él, con sus dudas y temores, nada menos que el más profundo conocedor de la lengua castellana (y bien podemos afirmarlo sin temor de que nadie nos desmienta) que vive hoy en el mundo.
Pocos días ha, recibí un librito impreso en Chartres, que contiene un poema titulado Nastasio, obra del vate argentino D. Francisco Soto y Calvo. El poema es muy original. En él hay descripciones bien hechas y sin duda fieles, de la vida rústica de la Pampa, de aquellas fértiles praderas y de las costumbres, lances y amores de los campesinos o gauchos. Refiere la mala aventura de un pallador llamado Nastasio, a quien un tremendo huracán destruye y quema la cabaña y mata a la mujer y a los hijos. La honda pena y la resignación cristiana del pallador están bien sentidas y expresadas. Los versos que el pallador compone, celebrando primero su ventura, cuando aún era dichoso, y lamentando su infortunio más tarde, son sencillos y espontáneos sin ser prosaicos ni rudos, y merecen, a mi ver, no pequeña alabanza. Por último, la muerte del pallador, viudo y solitario, está llena de dulce tristeza o más bien de esperanza consoladora.
.............Un instante Fijos los ojos en el techo obscuro Pareció que hondamente agradecía La bondad del Señor. Después, ya muerto, Se quedó cual soñando en lo futuro, Y se asentó la paz en su semblante.
En suma, el Nastasio del Sr. Soto y Calvo es una bella composición, por el estilo del Hermán y Dorotea de Gœthe y de la Evangelina de Longfellow, si bien en el Nastasio no se advierte imitación, sino mucha espontaneidad. Su lenguaje es castellano muy puro.
Por eso mismo me ha sorprendido y me ha contristado más la carta-prólogo que en el Nastasio he leído.
Hay en esta carta una idea harto contraria a la condición, vida y carácter de quien la emite. Imposible parece que desconfíe tanto del porvenir en América del idioma castellano quien ha consagrado toda la vida a su estudio y está erigiéndole el maravilloso monumento de un Diccionario de construcción y régimen. Quizás exprese D. Rufino J. Cuervo, pues ya se entiende que éste es el autor de la carta, no ya una convicción, sino el temor, propio de quien mucho ama, de que aquello que ama desaparezca o muera.
La corrupción del latín y el nacimiento y desarrollo ulterior de las lenguas romances no puede ni debe servirnos de guía para pronosticar en América la corrupción del castellano y el nacimiento y desarrollo ulterior de nuevos idiomas. El imperio de los Césares acabó y se desmembró por invasión extranjera. Pueblos germánicos y de otras razas y lenguas vinieron a establecerse en varias provincias del imperio, dando origen a nuevos Estados y aun a nuevas nacionalidades; pero el imperio colonial de España ha tenido fin, dividiéndose de manera muy distinta, por obra de los mismos españoles de origen que han querido y logrado ser independientes.
La civilización antigua se corrompió y degeneró primero, y con la invasión de los bárbaros sufrió después largo eclipse, o más bien sueño o letargo del que hubo de despertar o de renacer transformada y muy otra de lo que era y con otros modos de expresión para manifestar su pensamiento; pero en las repúblicas hispano-americanas ni ha habido invasión de bárbaros, ni desmayo, ni decadencia de civilización, ni raza triunfante y dominante que se haya sobrepuesto a la raza española de origen que antes triunfaba y dominaba. No hay motivo, pues, para recelar la desaparición en el nuevo continente de la lengua castellana, a no ser que los actuales habitantes o ciudadanos de las nuevas repúblicas se consideren, con humildad profundísima, tan pobres de ser propio que vengan a sobreponerse a ellos y a hacerles olvidar el habla de sus padres, o bien los indios indígenas, o bien los emigrantes italianos, franceses o alemanes, que acudan en busca de trabajo y de bienes de fortuna.
El aislamiento de las diversas repúblicas entre sí, tendrá que ser y deberá ser menor cada día, y sólo en muy remoto porvenir, que va más allá de toda previsión humana, podrá crear lenguas distintas, acabando por no entenderse los que son hoy pueblos hermanos.
El que haya cierto número de palabras propias de cada país para significar especiales y locales usos, costumbres, producciones naturales, trajes, etc., no basta para explicar que vengan a nacer distintas lenguas. Acaso para entender las narraciones de Pereda, el más español y el más castellano de nuestros novelistas, se requiera más glosario que para entender el Nastasio o cualquiera otra narración argentina. Y no por eso teme nadie entre nosotros que en la Montaña, en Santillana o en Santander, en la patria del mismo Pereda, de Amós Escalante y de Menéndez y Pelayo, salgan hablando, el día menos pensado, un idioma distinto.
La más seria amenaza de muerte que tiene el castellano es, según dice el Sr. Cuervo, que no hay más que cuatro o cinco autores españoles cuyas obras se lean en América con gusto y provecho, que allí la vida intelectual se deriva de otras fuentes; pero si esto es así, si en España no hay más que cuatro o cinco autores, y si para vivir vida intelectual tenemos que recibirla de Francia, tan amenazado como en aquellas repúblicas está el castellano en esta desventurada y estéril metrópoli, donde sólo Dios sabe qué lengua hablaremos, o si dejaremos de hablar ya que nada propio y no venido de París tenemos que decir en ninguna habla. Si para decir algo de gusto o de provecho tenemos que repetir lo que se dice en Francia, más vale dejarlo en francés y no traducirlo. El pasto espiritual es, lo mismo que el material, indigesto y desagradable cuando se toma recalentado. Boileau lo declara diciendo:
........et souvenez-vous bien Qu'un dîner rechauffé ne valut jamais rien.
Y no se me diga que no bien nos lancemos a hablar, en la antigua metrópoli y en todas las repúblicas, sus hijas, dieciocho lenguas nuevas, desaparecerá la esterilidad de nuestro ingenio, se nos aclararán las entendederas, y en vez de cuatro o cinco autores que escriban cosas de gusto y de provecho, tendremos cuatrocientos o quinientos. Desengáñese el señor Cuervo: si en el día y hasta el día hemos sido y somos poco ingeniosos, provechosos y gustosos, lo seguiremos siendo, aunque se repita el milagro de la Torre de Babel entre nosotros.
Este milagro, por otra parte, es harto difícil de hacer. No en todas las regiones que formaban antes el inmenso imperio español se halla a mano para desechar el habla de Castilla otra lengua viva aún, o algún dialecto que la reemplace, como sucede en Cataluña y en Galicia. Los andaluces, pongamos por caso, nos veríamos algo apurados si intentásemos descastellanizarnos. Expulsados ya los judíos y los moriscos, no me parece bien ni fácil que saliésemos hablando en árabe o en hebreo, lo cual tendría además el inconveniente de no ser nuestra lengua propia y privativa. Todo, sin embargo, tiene remedio. D. Manuel Góngora y Martínez refiere en sus Antigüedades prehistóricas de Andalucía, que en varias cuevas llamadas de letreros, los hay al parecer ininteligibles y en abundancia. Ahora bien; yo tengo un amigo muy docto que trabaja con éxito en descifrar dichos letreros, eclipsando la gloriado Champollión. Y como se presume que los tales letreros están escritos en el antiquísimo idioma de los turdetanos, mi amigo espera reconstituir el mencionado idioma, en el que se compusieron sabias leyes y hermosos poemas hace ya nueve o diez mil años. Si el susodicho amigo mío se sale con la suya y reconstituye la lengua turdetana, los andaluces echaremos la zancadilla a los catalanes, a los gallegos, a los vascongados y a cuantos oriundos de España hay en América, aunque abandonando el castellano, salgan hablando y escribiendo en quichua, en guaraní o en el habla de los chibchas o de los aztecas.
Lo mejor, sin embargo, dejando bromas a un lado, sería que así en España como en toda la dilatada extensión del nuevo Continente, que descubrimos y colonizamos, se siguiese hablando sin corrupción la lengua de Castilla, lazo de unión fraternal que no debe romperse. Ningún político inglés mal humorado se atrevería a insistir en que nuestra raza está decaída, si cincuenta o sesenta millones hoy, y en lo futuro más millones de hombres, siguiesen hablando la misma lengua, claro testimonio de la persistente vitalidad de la raza. Mas para esto hemos de convenir en que se necesitan dos cosas muy importantes: que tengamos confianza unos en otros, y que procuremos merecerla. Limitándonos a lo que se escribe, quiero yo dar a entender que no porque sea español debe el público desdeñarlo, y que también los escritores debemos hacer los mayores esfuerzos y afanarnos y esmerarnos para que no nos desdeñen con justicia: para que no se afirme que sólo hay cuatro o cinco autores que se leen con gusto o con provecho. Tal vez nuestros autores pagan el desdén del público con otro desdén equivalente o mayor, pero el desdén con el desdén no tiene tan buen éxito en literatura como en cuestión de amores. Cuando no se estudia, o se estudia poquito, nadie, a no ser un ingenio portentoso, acierta a escribir algo que sea de gusto o de provecho. En el público, y singularmente en lo que llaman ahora la hig-life, que suele dar ejemplo y tono, noto yo en España la más desdeñosa manía contra los que escribimos. Y es menester que trabajemos no poco para que esta manía desaparezca.
Fuera del teatro, a donde acude la gente por lo muy aficionada que es a divertirse, apenas hay literatura popular en España. La poesía en verso y por todo lo alto está en general harto desacreditada y a pesar de Quintana, Gallego, Duque de Rivas, Espronceda, Zorrilla, Campoamor, Núñez de Arce y bastantes otros que viven o han vivido en el siglo que está terminando, se nos anuncia fatídicamente que va a desaparecer la forma poética. Y no se crea que lo escrito en prosa ha conquistado todo el favor y está muy boyante. Si exceptuamos a D. Benito Pérez Galdós y a otro par de autores a lo más, apenas los hay hoy en España verdaderamente populares y cuyos libros se compren y se lean. Con fatigas tendríamos que andar hoy para completar el número de los cuatro o cinco autores de que habla el Sr. Cuervo y cuya lectura trae gusto o provecho a los americanos. Ni siquiera en España caemos en gracia.
No me atormenta la mala pasión de la envidia, pero, sin envidiar, reconozco y deploro que éxito tan grande de librería como va teniendo en nuestra nación la novela Quo vadis? del autor polaco Sienkiewicz, no le ha tenido ningún novelista español, aunque entren en cuenta las Pequeñeces del Padre Luis Coloma.
¿En qué consiste esto? ¿Consistirá en manía por lo extranjero o en que la novela Quo vadis? es mejor que cuanto por aquí escribimos? La cuestión es tan peliaguda que prefiero callarme y no tratar de resolverla. Clarín además ha sido interrogado. Tiene la palabra y no debo yo adelantarme y quitársela. Sólo me atreveré a decir: 1º Habent sua fata libelli. 2º Me alegro de que vuelva la afición a la novela histórica. 3º Para escribirla bien (y va de latines) non oportet studere sed studice, lo cual significa, en el presente caso, que no ha bastado para componer el Quo vadis? acudir al Diccionario de antigüedades de Rich, a la obra de Dezobry, al Antecristo de Renán y a otras historias, como v. gr, la de César Cantú, sino que ha sido menester que el autor esté muy versado en la literatura clásica de Grecia y de Roma, y acaso en los idiomas en que dichas literaturas se produjeron. Y 4º y último, se necesita muchísima habilidad y grande ingenio para que interesen y sean asunto principal de un libro los amores de dos personas harto secundarias, y que acaban por ser muy felices en medio de multitud de catástrofes que debieran interesarnos mucho más: muertes de San Pedro y de San Pablo, suplicios espantosos y variadísimos de cristianos a centenares y trágico fin también de Petronio, de Lucano, de Séneca, del propio Nerón y de otra multitud de sujetos de mucho fuste.
Casi no hay novela histórica sin cierta ineludible falta de armonía que el autor debe hacer que se perdone o se disimule, logrando así el triunfo. En el Quo vadis? la falta es patente, pero subsanada o remediada con arte y talento. Hay dos acciones. La principal es la que menos importa: un caballero, prendado de una muchacha virtuosa y cristiana, se vale de malos medios para hacerla su manceba. Ella se resiste. El se enamora al fin seria y honradamente y se hace también cristiano. Y después de algunos lances y aventuras, el caballero y la muchacha se casan como Dios manda y se van a holgar en una hermosa quinta que en Sicilia poseen. Estos son los héroes y protagonistas y este el asunto principal de la novela. La comparsa, el coro y el otro asunto más amplio, en que el asunto principal encaja, son una legión de mártires, apóstoles y santos, y una serie de acontecimientos terribles y reales, que inspiran la Apocalipsis al Aguila de Patmos, y que preparan la prodigiosa mudanza de Babilonia en nueva Jerusalén, y el vencimiento del imperio de la fuerza por el imperio del espíritu, del que igualmente ha de ser capital Roma, purificada y santificada por la sangre de los confesores de Cristo.
En suma, yo no quiero decir más sino que la novela Quo vadis? se lee con gusto o con provecho, como dice el Sr. Cuervo que sólo se leen en América cuatro o cinco de nuestros autores.
Nueva edición de «LA CELESTINA»
El señor D. Eugenio Krapf, alemán de nación y fundador y dueño en Vigo de un establecimiento tipográfico, ha impreso y publicado la tragicomedia Celestina. Según en el colofón se expresa, esta obra, dividida en dos volúmenes, se acabó de imprimir el día 31 de Julio del presente año (1900). El primor y la elegancia de la nueva edición dan claro testimonio del buen gusto del impresor, de su pericia y de su devota admiración a las letras españolas.
Entre cuantos libros de entretenimiento se han escrito en España, La Celestina, es, después del Quijote, el más estimado, así de nuestros críticos como de los críticos de otros países, y el que mayor influjo ha tenido acaso en el ulterior desenvolvimiento de la novela y del teatro en las modernas literaturas de Europa. Prueban la estimación que en todas partes se ha dado a este libro las esmeradas traducciones que de él se han hecho en diversas lenguas, imprimiéndolas o reimprimiéndolas desde principios del siglo xvi hasta nuestros días con mayor primor y lujo que en España. Así, por ejemplo, la traducción francesa de Germond de Lavigne, publicada en París en 1873, la traducción alemana de Eduardo de Bolow, impresa en Leipzig en 1843, y la antigua y bella traducción inglesa de Jaime Mabbe, lujosa y lindamente reimpresa en 1894 e ilustrada con una muy discreta y erudita introducción por el docto hispanófilo Fitzmaurice Kelly.
En España, revelándose tristemente nuestro desdén o nuestra indiferencia por las producciones del propio ingenio, no se ha hecho una sola edición de La Celestina durante todo el siglo xviii, y en el siglo xix, que pronto terminará, sólo se han hecho cinco ediciones contándose en este número la incluida en la Biblioteca de autores españoles de Rivadeneyra, tomo III, que contiene novelitas anteriores a Cervantes. De ninguna de estas ediciones puede afirmarse que esté hecha con el esmero y el lujo que el texto original merece y pide. Tal vez influyó en la menor estimación que se dio a La Celestina, desde mediados del siglo xvii y singularmente en el xviii, el estigma que puso en ella la Inquisición no con gran severidad por cierto. Patente se ve la inmensa popularidad de La Celestina en España, durante el siglo xvi, así, porque de dicha obra se hicieron en aquel siglo cerca de setenta ediciones, como por los raros que son los ejemplares de todas ellas, demostrando que se leyeron mucho, a no ser que se presuma que en tiempos de mayor recato, hipocresía o pureza de costumbres hubieron de destruirse muchos ejemplares de un libro cuyo licencioso desenfado no puede negarse.
Caso raro es que no se haya podido afirmar durante mucho tiempo quién sea el autor de libro tan famoso. Y más raro es aún, dada la perfecta armonía de su estilo y la unidad de pensamiento que en el conjunto se nota, que haya podido creerse que el primer acto fue escrito por un autor, atribuyéndose, ya a Juan de Mena, ya a Rodrigo de Gota, y que son obra de otro autor los veinte actos restantes, en nada inferiores al primero.
En el día, por fortuna y merced a demostraciones que sería prolijo exponer aquí, ha venido a desecharse la creencia en la pluralidad de autores y a tenerse por averiguado que el bachiller Fernando de Rojas fue el único autor de todo el libro.
De la vida de este bachiller, que resulta por lo expuesto uno de los más gloriosos ingenios de nuestra patria, poco se sabe hasta el día, si bien puede presumirse que no fue un comunero de su mismo nombre y apellido excluido de la amnistía que en 1522 dio el emperador Carlos V, sino otro Fernando de Rojas, que estudió jurisprudencia en Salamanca, que fue alcalde mayor de dicha ciudad y que se estableció al cabo y terminó sus días en Talavera de la Reina. La fecha de su nacimiento y de su muerte creo que se ignora. Nada se dice tampoco de ningún otro escrito o hecho suyo. Dando aquí por supuesto que la edición de Burgos de 1499, de la que sólo se conserva un ejemplar, fue una falsificación, hecha en Venecia, de 1632 a 1635, la primera aparición de La Celestina, fue en el año de 1500, edición de Salamanca. La edición, pues, de Vigo hecha por el Sr. Krapf en 1900, viene a solemnizar el cuarto centenario del libro y también de su autor, de cuya vida y hechos es el libro lo más importante que se conoce.
Ilustran la edición del Sr. Krapf, y le dan mayor realce y atractivo las variantes, el catálogo de las ediciones que de La Celestina se han hecho en español, en francés, en inglés, en holandés, en alemán, en latín y en italiano, y sobre todo una bella introducción, notas y apéndices de D. Marcelino Menéndez y Pelayo.