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El proletario en España y el Negro en Cuba

VII. EL ESCLAVO.

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Mucho se ha escrito y hablado respecto del esclavo africano en América, objeto hoy de este capítulo, presentándole unos como un ser embrutecido, fanático, incorregible; otros como una especie de hombre fiera, dotado de sanguinarios instintos; y por último, algunos como un ser inocente y sencillo, sumiso y obediente, aunque á la vez perezoso y poseyendo todos esos detestables vicios que corroen la existencia de lo mas abyecto de la sociedad.

Unos y otros tal vez tendrian razon al expresarse así, por que sin duda basaron sus observaciones en un tipo determinado ó en el estrecho círculo de una localidad, y esto no basta.

Sin tratar por esto de herir su susceptibilidad, debemos exponer nuestra franca opinion en el asunto; y á nuestro modo de ver, no es suficiente el exámen de un individuo para determinar el carácter de una localidad, así como el estudio de esta no nos puede dar el conocimiento exacto de las condiciones de un pueblo en general.

La raza africana, tal como nos la presentan los negros bozales, se encuentra como es de suponer, en un grado muy inferior de civilizacion respecto de la nuestra, pero ellos entre sí difieren y no poco, en caracteres, costumbres, creencias, cultura é inteligencia, segun el reyno ó nacion de donde proceden.

El tráfico negrero, ha importado á esta Isla hombres, mujeres y niños de diversos puntos del golfo de Guinea, pero mas principalmente del Congo, Macuá, Lucumí, Carabalí y Arará, reinos ó naciones del Africa, que mas se han prestado á esta clase de comercio humano.

Escasos de inteligencia y predominando en todos ellos, en general, el elemento material; apenas se descubre en ellos una leve chispa de su espíritu, esa divina antorcha que la voluntad del omnipotente coloca en la grosera envoltura de cada uno de sus hijos, para que ilumine sus pasos por la senda de la vida terrenal; pero con todo, en instintos y cualidades morales, se notan entre ellos, como decíamos anteriormente, muy marcadas diferencias, segun podrá observarse por el retrato que de cada uno damos á continuacion, producto del detenido estudio que de ellos hemos hecho y de los varios informes y noticias que hemos tomado de personas respetables del pais.

El negro Congo, es de entre los de su raza, el ser mas inteligente y el que con mas facilidad se adapta á nuestro lenguaje, usos y costumbres; pero á la vez es perezoso para el trabajo material: voluble, adulador y embustero; presuntuoso y vano, amigo de componerse de bayles y diversiones y de agradar á las hijas de Eva. Generalmente se saca mas partido de ellos dedicándolos al servicio doméstico, que á los trabajos del campo.

El Macuá, es de muy limitada inteligencia; tardío en amoldarse á nuestros hábitos y á nuestro idioma; de carácter arrebatado é irascible, aunque muy fácil de calmar en sus accesos y sobre todo es buen trabajador.

El Lucumí, es ardiente y belicoso; duro para el trabajo; enérgico y altivo, aunque como todos, de escasa inteligencia; lujurioso en el mas alto grado y aficionado en estremo á las bebidas alcoholicas, en las que á veces gasta cuanto posée.

El Carabalí, es avaro; de carácter sombrio y poco comunicativo con los demas negros que no son de su nacion; arraigado hasta el fanatismo á sus creencias religiosas y dotado de animales instintos, mas que de inteligencia.

Y por último, el Arará, dotado de medianas luces, es de carácter bondadoso, sencillo y franco; sumiso y aplicado al trabajo, descuella pronto en el ramo á que se le dedica, por que procura adelantar para cuando sea libre: comprende la ventajosa diferencia que hay de esta vida civilizada á la vida semi-salvaje de su pais y prefiere la primera. Amante de su familia, trabaja para ellos con ardoroso afan: cobra á su amo un estremado cariño y por nada del mundo le abandona ni descuida sus intereses que son para él sagrados. En fin, el negro Arará, es sin disputa el mejor de entre los que de su raza se conocen en esta Isla.

Las dotaciones de los cafetales, ingenios y demás fincas rurales; se componen de negros de nacion, ó sean los importados del Africa y de negros criollos, ó sean los nacidos aquí; sin que la ley establezca ninguna diferencia entre unos y otros, respecto á las condiciones de su esclavitud. Ambos se hallan protegidos igualmente bajo su salvadora égida; y los cuarenta y ocho artículos del Reglamento de esclavos, comprendido en el Bando de Gobernacion y política expedido en esta Isla por el Excmo. Sr. Don Gerónimo Valdés, Gobernador Superior Civil, y publicado en 14 de Noviembre de 1842, hoy vigente; dan una idea de la tierna solicitud con que el gobierno ha atendido siempre á esta raza, enseñándole á amarnos como bienhechores y amigos y no á odiarnos como despóticos señores.

Vamos á dar ahora una ligera idea de la interpretacion y cumplimiento que dan, la generalidad de los hacendados que poséen esclavos, al Reglamento antes citado; y se comprenderá el fundamento que tuvimos al emprender la publicacion de estas páginas.

Al llegar un negro bozal á una finca, se le hace entrega de un cerdo y del pedazo de tierra que él puede trabajar, al que se dá el nombre de Conuco.

A cada uno de los antiguos, instruidos ya, se les designan dos de los recien llegados ó bozales, para que cuiden de enseñarles los sanos principios de nuestra religion y prepararlos así para el dia en que se hayan de bautizar. Estos, á la vez les enseñan nuestro idioma, nuestras costumbres, el medio de procurarse su redencion por medio del trabajo, las leyes que los protejen y sobre todo, la justicia con que el amo premia al que es bueno y castiga al que es malo: les presentan el ejemplo de otros compañeros, un tiempo bozales como ellos y gozando ya del bienestar y de la dicha que en su modesta esfera, pueden proporcionarles la posesion de un capital adquirido con el sudor de su frente; y esto al lado de una mujer querida y rodeado de sus hijos: que el amo cuida de la crianza de estos con esmero y atiende á todos en sus enfermedades con médico, botica, buenos caldos y cuanto sea necesario para su curacion.

Respecto al negro criollo ó nacido en la finca; desde que viene al mundo, ya tiene su principio de riqueza; pues el amo al presentarle la negra á su hijo, le entrega, para ella, una ó dos onzas y para el hijo, un cerdo y un pedazo de tierra contiguo al de la madre y que solo separa de ella cuando se casa, para unirlo á lo que posée la que vá á ser su mujer.

Terminado el tiempo de la lactancia, se reune con los demas de su clase en una casa que se designa casa de criollos, á cargo siempre de una, dos ó tres negras que por su moralidad, instruccion, edad y buenas costumbres, merecen ocupar este puesto, y las cuales les enseñan los misterios y saludables preceptos de nuestra religion; las buenas costumbres; el amor al trabajo, fuente de toda riqueza; el respeto y sumision á sus amos y la conformidad y resignacion con la suerte que les cupo al nacer.

El batey ó centro en que se hallan reunidas todas las fábricas de un ingenio, por ejemplo, se compone en general, de la casa-vivienda, casa de administracion, casa-mayordomia, casa de mayoral, casa de criollos, casa-enfermeria, casa de molienda, casa de purga, casa de calderas, casa de bagazo y por último, del barracon, que es el que habita la dotacion de la finca.

Este último, está dividido en su interior, no solo para la debida separacion de los dos sexos, si que tambien para los matrimonios, que ocupan cada cual su habitacion separada.

El edificio está bien situado, y goza de buenas condiciones higiénicas; y durante la noche se halla constantemente alumbrado.

La dotacion se halla dividida en tres cuadrillas diferentes, á saber:

La primera, es la de los matungos ó ancianos, que solo se ocupan ya en faenas propias á su cansado vigor.

La segunda, es la de los fuertes ó jóvenes, que son los que ejecutan los trabajos mas duros de la finca.

Y la tercera, es la de los criollos, compuesta de jóvenes de 9 á 15 años y que se emplean en labores adecuadas á sus escasas fuerzas.

Las mujeres forman cada una, segun su edad, entre las tres cuadrillas que dejamos apuntadas, pero los mayorales y contramayorales (estos últimos nombrados de entre ellos mismos), cuidan de que ellas no ejecuten nunca trabajos superiores á sus fuerzas relativamente y á su sexo.

Las horas y reglas del trabajo en tiempo muerto, ó sea desde Junio á Noviembre, son las siguientes:

Al toque del Ave-Maria, se levantan y forman para pasar lista y dividirse las cuadrillas, marchando cada una hácia el lugar del trabajo, que solo empiezan cuando ya es completamente de dia. A las nueve lo suspenden durante media hora para almorzar y á las once se vienen al batey para formar de nuevo y recibir cada uno su racion diaria, que se compone: de 16 onzas de carne, buniatos, plátanos, yuca, malanga (especie de patata) ó harina de maiz (que llaman funche despues de cocinada), todo esto alternado y en porciones muy suficientes para el alimento de una persona.

Desde dicha hora, hasta las dos de la tarde, se ocupan en comer, cuidar sus cerdos ó gallinas y en reposar en el barracon, á esta hora vuelven á formar y á distribuirse como por la mañana, emprendiendo cada cuadrilla su interrumpido trabajo hasta el oscurecer, en que regresan por última vez al batey y despues de pasar lista, depositar en las caballerizas el haz de yerbas, que cada cual al volver del campo trae siempre para los animales, y de entregar en la mayordomia los machetes y demas útiles y herramientas de labranza, se recojen á comer y con libertad de andar por la finca hasta las nueve de la noche, en que se toca la campanada del silencio, y media hora despues todos se hallan recojidos en el barracon, donde despues de rezar se entregan al descanso.

En tiempo de zafra ó molienda, ó sea desde Diciembre hasta Mayo, escepto los que cortan la caña y los que la conducen á la casa de molienda, los demas se ocupan en la fabricacion del azúcar y sus horas de trabajo varian algo, pues las cuadrillas se subdividen entre sí y se relevan de dia y de noche en razon á que las máquinas no cesan de funcionar durante una época dada. El pequeño aumento que tienen así en las horas del trabajo, lo soportan fácilmente, pues este es mas bien una ocupacion que un trabajo corporal, comparado con el de siembra, chapeo y demas labores del campo en el tiempo muerto.

Hay grandes barracones ambulantes, tirados por bueyes, que acompañan á las cuadrillas al campo y donde se guarecen estas cuando llueve, lo que con frecuencia sucede todos los dias.

Los domingos descansan de las fatigas de la semana, pero entonces se ocupan ellos desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche, en trabajar su conuco, lavar su ropa y cuidar á sus animales, lo cual hacen en provecho propio y por via de entretenimiento.

Casi todos los domingos, hay algun grupo de parientes ó amigos, que solicitan y obtienen permiso para pasar al pueblo inmediato á oir alguna misa mandada decir en sufragio del alma de sus difuntos.

Cada año, despues de concluida la zafra, el cura del pueblo á que pertenece la finca, pasa á ella á verificar los bautizos de los nacidos y de los bozales llegados desde el año anterior, así como los casamientos contratados para dicha época, todo lo cual se celebra con grandes fiestas y regocijos.

Cada una de las cuadrillas encargada de una faena, solicita del amo al concluirla, una gratificacion; pero no pidiéndola de viva voz, sino valiéndose de señales que signifiquen la expresion de sus deseos, siendo esta con mas frecuencia, análoga á la que emplean los albañiles cuando acaban de techar una casa. Coloca cada cual una bandera en la casa-vivienda, diferentes entre sí, y el amo ata en una de sus puntas una cantidad cualquiera ó nada si es su voluntad ó no ha quedado satisfecho de la faena; y al dia siguiente, vuelve cada cuadrilla á recojer su bandera, alegrándose naturalmente si una de sus puntas encierra algo, pero conformándose y reconociendo que no lo habrán merecido, si por el contrario, aquella flota con sus dos puntas sueltas.

Al deternos algun tanto en ciertos detalles, se comprenderá que lo hemos hecho, nó para los hijos de esta Isla, que todos se los saben de memoria; sino para que sus compatriotas de allende el Occéano, puedan formar un juicio aproximado de la vida y trabajos del esclavo, objeto de estas líneas.

Del mismo modo que al tratar de las clases proletarias, presentaremos tres cuadros de distintos episodios, acaecidos entre los esclavos y que, como los anteriores, vienen á probar la verdad de nuestros asertos y sirven de base al paralelo que pensamos establecer.

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