VI. REFLEXIONES.
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Los tres cuadros tomados al acaso que, de entre los infinitos que conocemos de su género, hemos presentado á nuestros lectores; verídicos, reciente uno de ellos y elocuentes por sí solos, se prestan sin embargo á un mundo de reflexiones. No podemos prescindir de estampar algunas en estas páginas, siguiendo nuestro inalterable principio de emitir francamente nuestra opinion.
Téngase bien entendido, que no son cuentos creados por nuestra mente, los que hemos tratado de bosquejar; y en los cuales, solo hemos alterado los nombres, por creerlo así oportuno y por razones de fácil comprension.
En todos ellos, se echa de ver esa falta de proteccion al trabajo, esa garantia indispensable de su modesta existencia; espuesta siempre á los azarosos vaivenes de la fortuna; esa estabilidad de que carece, por que infinidad de elementos de diferente índole: como las guerras, las sublevaciones, las luchas políticas, diplomáticas y financieras; las ambiciones personales, las epidemias ¡y hasta la atmósfera! la alteran con harta frecuencia y siempre en su inmediato perjuicio.
En todos ellos aparece como la verdadera víctima de todos los desastres y conmociones que esperimenta la sociedad y rara vez vislumbra en el limitado horizonte de sus aspiraciones, ese iris de esperanza que á las demas criaturas promete con frecuencia, un cambio favorable y progresivo en su posicion y en su fortuna, y con él una vida apacible y rodeada de tranquilos goces.
Pablo el albañil, era un honrado y laborioso trabajador, que cumplia con sus deberes para con la sociedad y con su familia; que vivía feliz y tranquilo, atendiendo á todas sus necesidades con su modesto jornal; sin envidiar jamás la grandeza y el fausto que por do quiera hería su vista; y le vemos perecer de hambre y de frio con su familia, abandonado de sus hermanos los demas hombres; relegado al olvido en el sombrio y húmedo rincon de su miserable albergue; sin que la mano protectora de la sociedad, de que él formaba parte, se tendiera hácia él con dignidad y con amor, no humillándole, para levantarlo de la triste postracion en que le habian sumido elementos contrarios á su voluntad.
Jayme el obrero, infatigable y entusiasta trabajador; constante y aplicado en su oficio; buen hijo y buen esposo; amante de su patria y de sus hermanos; de sanas y religiosas costumbres y orgulloso de su humilde pero honrada posicion; halla tambien en la falta de trabajo y en la de prevision y cordura de los encargados de la seguridad pública, fatalmente combinados en un momento, el mas terrible de los golpes y la mas trágica de las muertes.
Y por último, vemos á Juan, el jornalero del campo, que á pesar de su organizacion meridional, tan contraria á la rudeza de un constante y asiduo trabajo; vence su natural molicie por atender á las necesidades de su casa de que es el único sosten y solo la falta de ocupacion, unida á su ningun criterio para distinguir lo bueno de lo malo, le conducen paso á paso por la rápida pendiente del vicio hasta llegar al insondable abismo del crimen, que es su inevitable y fatal consecuencia.
Fijemos nuestra atencion en estos hechos y meditemos.
Nace un hombre, entre las remendadas sábanas de una pobre cuna; se desarrolla y crece, y cuando se halla en esa edad en que la imaginacion puede recoger con fruto la regeneradora semilla de la instruccion,—antorcha luminosa que es á la humanidad, lo que el radiante astro del dia es á las brumosas sombras de la noche; que disipa sus tinieblas y alumbra sus pasos por el escabroso sendero de la vida; con la cual salva las distancias mas remotas; penetra en los profundísimos abismos de los mares y en las recónditas entrañas de la tierra; observa la marcha de los astros, conoce su magnitud y su naturaleza, la distancia que de ellos nos separa y sus misteriosas revoluciones; dá direccion á los rayos, los recoje y los analiza; varía el curso de los rios y de los mares y abre anchurosos caminos por debajo de su lecho; allana los montes y perfora gigantescas montañas; aplica maravillosamente el vapor y la electricidad; navega por el fondo de las aguas y fabrica aire artificial igual al de la atmósfera y en fin, produce ese conjunto sorprendente de adelantos y reformas que el progreso va marcando en las brillantes páginas de oro de su libro, pues bien, cuando el hijo del pobre, decíamos—; se encuentra en la edad á propósito para beber en esa bienhechora fuente que se llama enseñanza, sus padres, hijos del trabajo, faltos tambien de instruccion y de elementos, por que apenas les basta lo que ganan para atender á las mas perentorias necesidades de la vida, los llevan consigo á las obras, al campo, á los talleres, y allí, á fuerza de años y de constancia, aprenden el oficio, arte ú ocupacion que en su edad viril les ha de dar el pan de cada dia.
¿Y la enseñanza gratuita?—Se nos dirá.
La enseñanza gratuita, aprovecha á unos pocos, dá un escasísimo rayo de sus luces á muchos, y de nada sirve á la gran mayoría.
La veracidad de este aserto, que la experiencia misma manifiesta, la probaron ademas, plumas mas competentes que la nuestra, señalando, á la vez que los defectos de que adolecía aquella institucion, el remedio necesario para evitar sus perniciosas consecuencias, contrarias á su verdadero é interesante objeto.
No es nuestro ánimo venir á desentrañar estas cuestiones, harto graves por cierto, para tratadas en las modestas páginas de un opúsculo. Cumple solo á nuestra designio, probar que, entre las causas que conocemos como orígen de los males que aquejan á las clases proletarias; la falta de instruccion es una de las mas trascendentales sin duda, puesto que ella es la que engendra en el hombre el deseo de su perfeccionamiento; reformando sus gustos y sus hábitos, en armonia con la civilizacion que le rodea y haciéndole conocer por último, todos esos goces intelectuales que no pueden comprender y apreciar los que de ella carecen.
No echamos en olvido, el inmenso bien que hacen en todos los pueblos, esas caritativas asociaciones de beneficencia domiciliaria y parroquial, socorriendo á los pobres en su indigencia; pero no es esto lo bastante para las clases proletarias de que nos ocupamos, por que al hombre honrado, laborioso, trabajador, repugna la limosna y se crée humillado al recibirla, á pesar de las delicadas formas con que á veces se reviste para presentársela.
Esta clase proletaria, forma la inmensa mayoria de la nacion, y aunque son los mas en número, son los menos en riqueza, puesto que nada poséen. Por eso las demas clases poseedoras de bienes, capitales ó conocimientos, que todo es poseer, deberia reunir sus esfuerzos y con sus elementos y sus luces, asentar en buenas y sólidas bases un principio salvador é imperecedero, que pusiera fin, de una vez para siempre, á esos vaivenes y contratiempos á que constantemente se vé expuesta la nave que conduce á los hijos del trabajo, sus hermanos, por el proceloso mar de la vida.
Muchas desgracias y no menos crímenes se evitarian y la humanidad adelantaria mas desembarazada y rápidamente por las vias de la civilizacion y del progreso.
¡Cuan feliz no seria el pueblo que lograra llevar á cabo esta noble empresa! Ella señalaria una nueva era de paz y de ventura, de bienestar y de abundancia, que borraria, tal vez para siempre, esos ódios y mezquinas ambiciones que se anidan en el corazon de la mitad del género humano, hácia la otra mitad.
Pero nos hemos dejado arrastrar mas allá de lo que nos propusimos al trazar el plan de esta obrita.
Siguiendo pues, las exigencias de ella, nos hemos de trasladar, con aquellos de nuestros lectores que gusten acompañarnos, al feracísimo suelo de nuestras ricas Antillas, á la inestimable perla de occidente, á la tierra prometida del inmortal Colon.