I. BREVE OJEADA RETROSPECTIVA.
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Desde que la misteriosa y tradicional Caja de Pandora, abierta en un arranque de travesura y de infantil curiosidad, por nuestros primeros padres, esparció por toda la haz de la tierra el gérmen de las pasiones humanas; desde que Cain mató á su hermano Abel y los demas hombres, hermanos tambien, empezaron á distinguir lo mio de lo tuyo y á despertarse entre ellos la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza, es decir, los siete pecados capitales y sus obligados satélites, el mundo comenzó á formarse, tal cual el mundo debia ser.
Habrá quien nos interrumpa, para decirnos tal vez, que aquella malhadada semilla, legado de nuestros descamisados padres, debió perecer bajo las turbulentas ondas del diluvio universal; pero nosotros, que tenemos el deber de saberlo todo, á fuer de cronistas, podemos asegurar de buena tinta, que entre los animales de distintas especies que Noé introdujo en el arca, construida por mandato de Dios, lograron penetrar furtivamente las pasiones humanas; y cuando el martillo de Noé levantó la primera tabla de la tapa del arca, que habia quedado en seco en el Monte Ararat, se escabulleron precipitadamente, lanzándose por esos mundos de Dios á hacer de las suyas.
Decíamos, que el mundo comenzó á formarse tal cual el mundo debia ser, y como lo que estaba escrito debia cumplirse, se cumplió.
Rechazado el hombre por su culpa, de aquel encantado paraiso, eden florido de eternal primavera, donde por primera vez abriera sus ojos á la vida material y admirara extasiado la explendente luz del astro del dia, el riquísimo manto de la noche tachonado de estrellas y adornado por el diamantino broche de la luna; donde contemplara estupefacto los prados y los montes, las fuentes y los rios, las plantas y las flores; todo ese conjunto en fin, de bellezas y armonías, que la omnipotente voluntad del Divino Artista, reuniera allí para servir de expléndido paisaje, de magnífico fondo al mejor cuadro de su creacion: el hombre; lloró desconsolado su destierro, abrasó su frente el sello de la esclavitud, impuesto en justo castigo de su enorme falta y, mohino y arrepentido, aunque consolado á veces por los encantos de su dulce compañera, la mujer, causa primordial de su pecado; empezó á recorrer con ella el escabroso sendero de la vida, legando por fin á su posteridad ese inmenso caudal de lágrimas y sufrimientos; de trabajos y miserias; de vicios y corrupcion; que hacen mas penosa para los mortales su transitoria marcha por el mundo.
Los hombres, esclavos desde entonces de sus pasiones y sin que el lazo fraternal que los unia bastara á contener sus ímpetus, dieron principio á esa lucha tenaz y constante que aun hoy subsiste y que tanto empequeñece á la humanidad: dividiéronse en diferentes bandos ó partidos al esparcirse por todos los ámbitos del mundo, y adoptando diverso lenguaje y religion, y leyes y costumbres tambien distintas, llegaron á desconocerse por completo y á formarse entre ellos, esa division de razas que determinó sin duda el clima de cada uno de los paises en que fueron á habitar.
Las razas fundaron pueblos, ciudades y reinos, y empezaron á establecerse entre ellos mismos distinciones, grados y gerarquías que hicieron señores á los unos, y siervos, esclavos ó vasallos á los otros.
Hé aquí, pues, el principio de la esclavizacion del hombre por el hombre; de esa ley que tantos siglos pesó sobre media humanidad, y que con tan ruidoso estruendo lograron quebrantar algunos pueblos, por aspirar el aura de libertad que mas tarde les habia de dar hambre, miseria, desesperacion y muerte.
Hé aquí tambien la cuna de las diferentes clases en que las modernas sociedades se hallan divididas en los pueblos de la vieja Europa; clases que han sufrido ya distintas modificaciones y reformas, desde los memorables tiempos del feudalismo hasta nuestros dias. Entre ellas se cuenta, como la mas numerosa, la del proletariado, á la cual hemos de consagrar algunas líneas en el siguiente capítulo.