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El papa del mar

PARTE TERCERA EN EL ARCA DE NOÉ

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I Yo te hice lo que eres y tú me envías al desierto

Se detuvo en Perpiñán, como si le faltasen fuerzas para ir más allá de la frontera, abandonando el país donde vivía Rosaura.

Una parte de la noche la pasó en el hotel escribiendo una carta de varios pliegos. La había empezado con el firme propósito de romperla después de escrita. Era una necesidad literaria de colocar sobre el papel todo lo que había venido pensando desde Marsella, para leérselo luego á sí mismo. Mas una vez terminada la carta, se acostó, dejándola sobre la mesa. La rompería al día siguiente.

Al despertar volvió á leerla, la metió en un sobre y acabó echándola al correo, dirigida á Madame Pineda, en su casa de la Costa Azul.

Tuvo Borja el presentimiento de que en los días sucesivos no iba á hacer otra cosa, marcando las etapas de su viaje con una sucesión de cartas abultadas ó simples tarjetas postales, según la importancia de los sitios donde le dejase el tren.

Se había apresurado á huir de Marsella, juzgándola inhabitable á causa de sus propios recuerdos. ¿Adónde ir en esta ciudad sin tropezarse con ella?... Habían vivido bajo el mismo techo, en todos los restoranes frecuentados por él existía una mesa sobre cuyo borde había visto las manos, el busto adorable y la cabeza de Rosaura. Era preferible trasladarse á otros países donde ella no hubiese estado nunca.

En vano se alejó; la hermosa criolla iba con él, y hasta sus evocaciones históricas servían para resucitarla. Por obra de un capricho imaginativo que unas veces le irritaba y otras le hacía sonreir, era imposible que pensase en don Pedro de Luna, en Aviñón ó en el Gran Cisma, sin que la argentina surgiese al mismo tiempo en sus recuerdos. El último Papa aviñonés y la señora de Pineda marchaban juntos por las avenidas de su memoria.

Permaneció dos días en Perpiñán, resucitando el pasado en torno al «Castillet», graciosa fortaleza de ladrillos rosados, de la catedral llena de recuerdos españoles, del antiguo castillo que ocupa la cumbre de una colina junto á la ciudad.

Se había desarrollado en ésta el episodio más culminante de la historia del cisma.

Segismundo acordaba con el rey de Aragón y los representantes de los otros monarcas españoles una entrevista para tratar la manera de someter al papa Luna. El emperador, orgulloso de haber conseguido la renuncia de los otros dos Pontífices, imaginaba empresa fácil hacer lo mismo con el tercero.

Una vez quemado Juan Huss, crédulo mártir que había tenido fe en el salvoconducto imperial, Segismundo se consideró libre para ir en busca del rey de Aragón. La entrevista debía celebrarse en Niza, pero una grave enfermedad de don Fernando impidió tan largo viaje, y decidieron que fuese en Perpiñán, dentro del territorio de Aragón.

Despidió el concilio de Constanza con grandes honores á su defensor laico. El cardenal presidente le bendijo y publicó decretos amenazando con excomunión al que impidiese ó contrariase su viaje. Además, durante su ausencia se celebraría todos los domingos, en la ciudad de Constanza, una solemne procesión para atraer sobre su persona las bendiciones del cielo.

Todos los miembros del concilio se daban cuenta de que lo más difícil iba á ser la sumisión del Papa español; pero la consideraban necesaria, y algunos de ellos, jugando con el apellido del tenaz Pontífice, decían en sus sermones, según el gusto oratorio de la época, que la Iglesia sólo podría recobrar su integridad con «un eclipse total de luna».

El antiguo Papa de Aviñón dirigía los pueblos de su obediencia desde Barcelona y Zaragoza. Otras veces viajaba por los territorios del reino aragonés, siendo recibido en las poblaciones con gran pompa. Su energía indomable se ejercitaba en toda suerte de actividades. Contestaba á las críticas de sus enemigos, excomulgaba á los que habían huido de él, y aún tenía tiempo para intervenir en los antagonismos religiosos dentro de los reinos españoles, donde se habían quedado moros y judíos, mezclados con los cristianos victoriosos, en campos y ciudades.

Publicaba una Bula absolviendo de su apostasía á fray Anselmo Turmeda, monje catalán, estudioso y de carácter movedizo, que se había hecho mahometano en Túnez, escribiendo un libro sobre la superioridad de esta religión comparada con el cristianismo. Sintiendo la nostalgia de su patria, se ofrecía años después al rey de Aragón para preparar en Túnez una conquista de los cristianos, y el Papa, queriendo dar ayuda á tal empresa, absolvía al famoso renegado en su dudosa conversión. Finalmente, Turmeda—uno de los personajes más novelescos de aquella época—se sentía de nuevo atraído por el mahometismo. Necesitaba volver á su hogar, á sus mujeres é hijos, y murió en Túnez como un buen musulmán, respetado por su sabiduría. Borja había visto su tumba en una calle del mercado de dicha ciudad, al final del zoco de los talabarteros.

Interesaban igualmente los judíos de España al Pontífice batallador, intentando atraerlos al cristianismo por medio de pacíficas discusiones. Un rabino convertido por el maestro Vicente Ferrer, llamado Josué Mallorquí, se avistó con el Papa en Alcañiz, prometiéndole convencer á todos sus correligionarios, no por medio de la Biblia, sino valiéndose del Talmud. El Pontífice y Maestro Vicente designaron la ciudad de Tortosa como lugar de la discusión, y en Febrero de 1414 se iniciaban las conferencias, presididas al principio por el mismo Papa y luego por el General de los dominicos.

Sesenta y nueve sesiones se celebraron hasta el mes de Noviembre. En todas las ciudades importantes de Aragón y Castilla fueron colocados grandes pergaminos con letras rojas y doradas, invitando á los rabinos y los doctores católicos á esta disputa religiosa. Nunca se había visto hasta entonces un acto de tal naturaleza, especie de «anticipación» de los congresos modernos.

Los más célebres talmudistas de España y gran número de teólogos acudieron á la controversia. Al leer Borja ciertos relatos de la época, había adivinado entre líneas que los oradores cristianos no llevaron la mejor parte en la discusión. Pero de todos modos hubo rabinos que sintieron miedo al pensar en lo que les podría ocurrir fuera de dicho congreso, y antes de que terminasen sus sesiones, catorce de ellos abjuraron de sus creencias. Los más elocuentes y ardorosos, Rabbi-Ferrer y Rabbi-Albo, se mantuvieron fieles á su religión, á pesar de los razonamientos de Maestro Vicente.

Se marchó de Tortosa mucho antes el papa Luna, para encontrarse con el rey de Aragón. Éste, bajo la influencia de Segismundo y del concilio de Constanza, le había escrito encareciéndole la oportunidad de que renunciase á su tiara, como lo habían hecho sus dos adversarios. La entrevista fué en Morella. Maestro Vicente acudió también á dicha ciudad, capital del antiguo Maestrazgo de los templarios, y predicó, según el gusto de la época, explicando las fases de la luna como símbolo de la vida de Benedicto XIII.

No dudaba el futuro santo de la legitimidad de éste. Había escrito y predicado sobre la incorrecta elección de Urbano V en Roma, origen del cisma. Pero aunque estaba convencido de que su Pontífice era el verdadero, quería que renunciase, sacrificando su derecho en bien de la unidad de la Iglesia.

Tributó el rey don Fernando al anciano Papa los mayores honores durante sus entrevistas en Morella. Él, un hijo suyo y los principales magnates de su corte le sirvieron mientras comía, como si fuesen sus domésticos. El rey sostuvo su halda lo mismo que un paje, y al ver que Benedicto usaba vajilla de estaño, como penitencia por los males que el cisma hacía sufrir á la Iglesia, le regaló la suya, toda de oro.

El Pontífice de vida sobria y su corte errante de cardenales y prelados aceptaron durante varios días los banquetes del rey. Según la moda de entonces, empezaban éstos con una gran abundancia de frutas, y constaban de numerosos platos de aves y venados, siendo los vinos de Castilla. Después, cuando se quitaban las mesas de los estrados, llamados «andamios», los cuales tenían diversas alturas, según la categoría de las personas que los ocupaban, eran servidos los postres de dulce, llamados conservas, y vinos aliñados con especias.

Todos los obsequios reales, en estas conferencias de Morella, no influyeron sobre la voluntad del octogenario. Declaró que era demasiado viejo para ir á Constanza, como pretendían sus enemigos y le aconsejaba don Fernando. Que vinieran los doctores de Constanza á buscarle en España, país de su obediencia, siendo como era en aquellos momentos el único Papa existente. En cuanto á aceptar la vía de cesión, como lo habían hecho sus dos rivales, contestó que hablaría de ello en presencia de sus enemigos... Y el rey y el Papa se dijeron adiós, para no volver á verse hasta Perpiñán.

Esta entrevista en la ciudad vecina á los Pirineos, donde estaba ahora Borja, tomó el aspecto de un suceso universal. El concilio de Constanza se vió olvidado por algún tiempo. La cristiandad dejó de ocuparse de él para fijar en Perpiñán toda su atención.

Fueron presentándose, con diversos aspectos, los personajes que iban á solucionar este conflicto, cuya duración se prolongaba treinta y ocho años. Llegó primero Maestro Vicente con las turbas silenciosas de flagelantes que le seguían en sus viajes. Luego se presentó el Papa del mar con sus dos galeras, último vestigio de la gran flota que le había seguido años antes hasta las costas de Italia.

También llegó embarcado don Fernando, el rey de Aragón. Su falta de salud le hacía preferir los viajes por agua. A las conferencias de Morella había ido desde Zaragoza, por el Ebro y otros ríos afluentes, en una barca de fondo plano adornada con paveses, y una tienda en la popa, que le servía de casa. En los viajes terrestres usaba una litera, sufriendo con resignación sus movimientos. El antiguo guerrero se sentía débil y deseaba que le librasen de intervenir en los asuntos públicos. Su hijo, el futuro Alfonso V, conquistador de Nápoles, se ocupaba ya del gobierno de sus Estados.

Lo dejó la flota aragonesa en el puerto de Colliure, y de allí lo llevaron en andas á Perpiñán. Sufría de cálculos en los riñones, y meses antes, hallándose en Valencia, había quedado inánime á causa de un ataque biliar, hasta el punto de que su hijo lo creyó muerto, colocándole un cirio en las manos para exponerlo ante su corte, vestida ya de luto. El monarca, casi resucitado y próximo á una muerte verdadera, miraba con horror la continuación del cisma, y parecía dispuesto á aceptar todo lo que pudiera terminarlo, aunque fuese á costa de abdicaciones injustas y dolorosos sacrificios.

Finalmente se presentó Segismundo con un séquito de príncipes, hombres de armas, diez y seis prelados y más de cien doctores. La escolta imperial constaba de cuatro mil jinetes.

La de Benedicto XIII sólo se componía de trescientos hombres de armas, mandados por su sobrino Rodrigo, además de muchos caballeros sanjuanistas que le eran constantemente afectos. Miles de señores catalanes, valencianos y aragoneses, fieles también á Luna en todo momento, acudieron para presenciar esta entrevista de carácter universal.

Tres cortes iban á reunirse: la pontificia, la del emperador y la del rey de Aragón. Dos reinas asistían igualmente á la conferencia: doña Margarita, viuda de don Martín, y doña Violante, esposa del enfermo don Fernando. Además, habían llegado los condes de Foix, de Armagnac, de Saboya, de Lorena y de Provenza; los embajadores del concilio de Constanza; los enviados de la Universidad de París, que eran su preboste y tres doctores de la Sorbona; el Gran Maestre de Rodas; el arzobispo de Reims, representando al rey de Francia; el obispo de Wórcester y sus doctores, enviados del rey de Inglaterra; el Gran Canciller de Hungría y el protonotario del rey de Navarra.

El arzobispo de Burgos, don Pablo de Santa María, antiguo rabino convertido por Maestro Vicente, era embajador del rey de Castilla. También fueron llegando doctores y maestros en diversas facultades, de todos los centros de enseñanza existentes en Europa. Las universidades de Montpellier y Tolosa, fieles á Benedicto hasta el último momento, enviaron lo mejor de su profesorado. Hasta un rey moro cautivo vino á presenciar este acto que tanto interesaba á los pueblos de Europa.

Segismundo se detuvo en Narbona, fuera de los dominios del rey de Aragón, creyendo poder influir desde lejos sobre el Papa español. Empezó por enviarle una embajada con orden de no besar sus pies, limitándose á darle el tratamiento de «Serenísimo y Poderosísimo Padre». Maestro Vicente, que había llegado á Perpiñán con el propósito de dar fin al cisma fuese como fuese, intervino para conseguir que el Papa recibiera á dichos embajadores, sin creer por ello desconocida su autoridad. Benedicto escuchó á los enviados de Segismundo, contestándoles que «haría lo que fuese necesario para el bien de la Iglesia».

Tuvo que darse por satisfecho el emperador con esta ambigua promesa, y entró solemnemente en Perpiñán el 17 de Septiembre de 1416. Desde el concilio que había celebrado Benedicto en esta ciudad, años antes, sus vecinos se habían acostumbrado á los recibimientos ostentosos. Todas las calles estaban entoldadas y los edificios cubiertos de tapices. Bandas de danzarines y esgrimidores iban al frente de la comitiva, alegrando á la multitud con bailes y juegos de destreza.

Salió el futuro Alfonso V á recibir al emperador, seguido de la corte aragonesa, lujosamente vestida. Como presente de su padre había enviado á Segismundo un corcel castellano, grande, hermoso, ricamente guarnecido, y cabalgando en él entró el emperador en Perpiñán.

Describían los cronistas de la conferencia los trescientos hombres de armas de su escolta; los cuarenta pajes y los seis trompeteros, llevando en sus instrumentos pendones con las armas del Imperio, que le precedieron en su entrada. Delante de Segismundo iba un caballero llevando un espadón de dos manos con la punta hacia arriba, «porque entraba en tierra no sujeta á él», y cuatro ballesteros de maza. A continuación desfilaron veinticinco caballos de respeto llevados del diestro y varios ministriles con instrumentos de metal, «que venían sonando muy graciosamente».

Su séquito de caballeros alemanes y húngaros comió con él al llegar al alojamiento preparado por el monarca aragonés. Un sillón de brocado sobre siete gradas, delante de una gran mesa, era para él, y más abajo otras mesas estaban puestas para sus caballeros. Durante cincuenta días don Fernando albergó al emperador y á su corte, dando á todos «aves y pescados de muy diversas maneras, vinos castellanos, griegos y malvasías, en tal abundancia que los extranjeros se maravillaban de la desmesurada generosidad del rey de Aragón». Los caballeros de la corte aragonesa combatieron en torneos con los del emperador. Un barón del rey de Apolonia, célebre por sus fuerzas, se batía con el hijo del conde de Pallás en Narbona, y el joven español derribaba al alemán.

Al día siguiente de su llegada, Segismundo se presentó al Papa, después de oir misa, y Benedicto desplegó para recibirle la antigua magnificencia de la corte de Aviñón. Habitaba el Papa el castillo de Perpiñán. El emperador estaba instalado en el convento de los franciscanos, el rey de Aragón en el de los agustinos y Maestro Vicente en el de los dominicos.

En aquel tiempo de míseras y escasas posadas, los conventos equivalían á nuestros modernos «Palaces» y eran el único albergue digno de soberanos y próceres.

Recibió el Papa al emperador en el salón más grande de la fortaleza de Perpiñán, vestido de rojo y con un gorro de igual color ribeteado de armiño. Dos cardenales diáconos condujeron á Segismundo hasta el pie del trono papal, y el Pontífice se incorporó para saludarle, llevándose una mano á su becoquín. Habló el emperador con gran reverencia, llamándole Santísimo Padre, agradeciendo el honor con que lo había recibido y declarando que nadie como él podía dar la unión á la Iglesia, para lo cual venía en su busca. Después dobló una rodilla ante el trono, besó las dos manos del Pontífice, y éste á su vez besó al emperador en la boca, abrazándolo.

Fué Segismundo, en la misma tarde, á ver al rey de Aragón en su alojamiento, manifestando sus esperanzas de convencer á Benedicto después de tan cordial entrevista.

Don Fernando estaba cada vez más enfermo. Había pedido á los Jurados de Valencia que le enviasen cuanto antes á «la mora bailadora de Mislata», una curandera residente en las cercanías de dicha ciudad, que le había atendido en su última crisis. También despachó mensajeros á Mallorca para que trajeran á cierto hombre famoso por su poder mágico para ahuyentar las enfermedades. En aquella época los grandes señores de la tierra se curaban así.

Visitó después el emperador á las dos reinas, acompañado por Alfonso, heredero de la corona, el cual le servía de intérprete, ya que sólo podía expresarse en latín. En todas estas visitas se mostró Segismundo muy confiado y jactancioso.

Después de su entrevista con Benedicto, creía á este tercer Papa más fácil aún de reducir que los otros dos, destituídos en Constanza. Los que conocían á Luna no participaban de su optimismo, falto de lógica. Se había negado tenazmente á abdicar siendo tres los Pontífices, y no iba á transigir ahora, viéndose Papa único.

Cuando empezaron á celebrarse las conferencias en el antiguo palacio de los reyes de Mallorca, se dió cuenta Segismundo de que estaba en presencia de un hombre extraordinario. Había oído hablar á muchos del carácter tenaz del Pontífice, de su dialéctica cerrada é invulnerable, pero la realidad fué más allá de sus suposiciones.

Tenía don Pedro de Luna en aquel entonces ochenta y ocho años. Sólo quedaba en su cuerpo la materia necesaria para el sostenimiento de sus funciones vitales. La cara pálida, de aguileña nariz, parecía transparente por lo exangüe. Una extremada delgadez empequeñecía aún más su estatura, que nunca había sido aventajada. Al mismo tiempo sus ojos reflejaban el ardor de una vida intensa. Su voz sorprendía por su extraordinaria y constante sonoridad, surgiendo horas y horas, sin quebranto, de aquel cuerpo en apariencia débil. La firmeza de sus raciocinios, la claridad de su inteligencia, resultaban asombrosas. Este anciano casi nonagenario acababa por hacer enmudecer en las discusiones canónicas á jóvenes y ardorosos doctores.

Fué en Perpiñán donde dió la muestra más sobrehumana de su tenacidad, de la fe en sí mismo, que parecían desafiar todas las leyes del tiempo. Habló en latín durante siete horas ante el emperador, los príncipes, los embajadores y todas las delegaciones enviadas por las universidades más célebres de Europa.

Un silencio de respeto y de asombro acogió su palabra autoritaria. Nadie la cortó con rumores de impaciencia ó de cansancio. Hasta sus mayores enemigos reconocían interiormente la superioridad de este hombre por sus virtudes privadas, su inteligencia y su carácter, sobre todos los Pontífices que habían sido sus adversarios, sobre los doctores famosos y los cardenales tránsfugas que le combatían en los concilios... Pero había nacido en un extremo de Europa, era un español, y los mismos reyes de su tierra natal lo iban á abandonar.

En este discurso de tantas horas relató la historia entera del cisma como él sólo podía contarla. Era ya el único viviente que había presenciado su origen. Todos los que le escuchaban habían adquirido sus actuales cargos después de aquel cónclave tumultuoso de Roma, en el que figuró él como cardenal. Muchos ni siquiera habían nacido en tal fecha. Y después de relatar los numerosos incidentes de esta lucha eclesiástica que duraba un tercio de siglo, llegó á la parte más interesante de su defensa, expresándola con una fuerza y una lógica invencibles, puestos sus ojos en los enemigos que le escuchaban.

—Vosotros decís que soy un Papa dudoso. No hablemos de ello; lo acepto. Pero antes de ser Papa yo era cardenal, y cardenal indiscutible de la Santa Iglesia de Dios, pues me dieron la investidura antes del cisma.

»Soy el único de los cardenales anteriores al cisma que aún vive. Si, como decís vosotros, todos los Papas elegidos después del cisma son dudosos, todos los cardenales que ellos han nombrado son dudosos igualmente. Y como los cardenales son los que nombran los Papas, yo solo, cardenal auténtico, soy el único que puede designar un Papa auténtico.

»Yo soy también el único que puede conocer verdaderamente las cuestiones de legitimidad en este cisma, el único que estuvo presente en el cónclave que dió origen á él. La solución para los males presentes de la Iglesia soy yo solo el que puede legítimamente aplicarla; la dignidad de la Iglesia y mi propia dignidad así lo exigen.

»Suponiendo que no sea yo el único Papa legítimo, soy el único cardenal legítimo, y puedo nombrarme por segunda vez á mí mismo. Y si no queréis que el Papa sea yo, no por eso conseguiréis evitar que yo sea el único que puede nombrar otro Papa, y ningún Papa legítimo será designado sin mi aquiescencia, ya que soy indiscutiblemente el único cardenal legítimo.

Siguió el invencible anciano razonando de este modo mientras fijaba sus ojos en los diversos grupos de la gran asamblea. Los enemigos bajaban la cabeza, impresionados por su argumentación incontestable. Sus amigos le miraban con entusiasmo, sintiéndose reconfortados. Mas la reconciliación resultaba imposible é inútiles todos los argumentos de este formidable polemista. Segismundo, hombre del Norte, no podía aceptar un Papa español. Además, reconocer al Papa de Aviñón era indisponerse con el concilio de Constanza, dirigido por enemigos de este Pontífice y por antiguos amigos desleales, que aún resultaban más feroces.

Borja, al recordar este momento decisivo en la vida del papa Luna, pensaba siempre lo mismo:

—Su argumentación fué sólida, rectilínea, incontestable como la verdad. Pero ¡ay! el mundo vive casi siempre regido por intereses y no por verdades.

Hubo prelados y doctores que, llegados á Perpiñán como adversarios de Benedicto, se sintieron convencidos por sus razonamientos é intentaron defenderle. Algunos obispos franceses enemigos del concilio de Constanza, por ver en él una asamblea ilegítima sublevada contra los Papas, se unieron á los amigos de Benedicto para pedir la reunión de un nuevo concilio; pero enterado Segismundo, se presentó inesperadamente en la casa donde se juntaban dichos personajes, haciendo abortar la empresa.

El emperador se mostraba cada vez más arrogante, ganando á unos por medio de promesas y á otros valiéndose de amenazas. Exigió casi con violencia al anciano Pontífice una renuncia pronta, sincera, sin reservas, y el aragonés, incapaz de tolerar imposiciones, le contestó en el mismo tono.

Don Fernando, siempre acostado y doliente, no podía intervenir entre el Papa y Segismundo. Sus funciones de mediador las había delegado en Maestro Vicente, que también estaba enfermo á causa de las privaciones y penitencias de su ascetismo.

Este fraile tímido, que había abandonado en Aviñón á su Papa por no verle entregado á la guerra, tuvo que avistarse con un soberano algo fanfarrón, vanidoso por sus recientes triunfos en Constanza, propenso á formular amenazas que no podía cumplir. El futuro San Vicente Ferrer creyó de buena fe en las terribles venganzas que prometía el emperador y procuró no comunicarlas al monarca enfermo ó á su hijo Alfonso, para que la altivez de éstos, justamente ofendida, no provocase una guerra. Además, los hombres influyentes del concilio de Constanza le escribían con frecuencia, acabando por quebrantar su fe en el papa Benedicto. Continuaba no dudando de su legitimidad, pero le pedía que renunciase.

Las imposiciones del joven emperador acabaron por exacerbar el carácter poco sufrido del Pontífice. Abundaban en Perpiñán sus adeptos, todos hombres de espada é indignados igualmente contra Segismundo. Surgieron riñas entre unos y otros. El conde de Armagnac, cuya familia fué partidaria de Benedicto hasta después de su muerte, tuvo una pelea con el Gran Maestre de Rodas, y éste murió pocos días después. Segismundo empezó á encontrar insegura su residencia en Perpiñán por miedo á los «catalanes», como él llamaba á todos los sostenedores de Benedicto. Éstos, cada vez más numerosos en la ciudad, hablaban públicamente de dar una lección al emperador.

Tal fué la inquietud de Segismundo, que abandonó de pronto Perpiñán para retirarse á Narbona, anunciando que reduciría á Benedicto por la fuerza, para lo cual prometió volver muy pronto al frente de sus ejércitos.

Hizo reir esta amenaza á los hombres de guerra, pues todos sabían que Segismundo era más rico en palabras que en soldados y dinero; pero Maestro Vicente, monje de paz, creyó en ella, mostrándose aterrado.

Tenía sesenta y cinco años, siendo más viejo en apariencia que el Papa, casi nonagenario. Había predicado en su vida seis mil sermones de tres horas cada uno, y vivía en continua penitencia. Lo mismo que en el momento crítico del sitio de Aviñón, cayó enfermo, permaneciendo en su celda del convento de Predicadores.

Benedicto XIII se consideraba en una situación favorable. Los reyes de Aragón, Castilla, Navarra y Escocia le seguían fieles después de esta fuga del emperador, y con ellos varios señores poderosos del Sur de Francia. Sólo existía un Papa en aquellos momentos y era él. Sus dos adversarios habían desaparecido.

Tenía enfrente al concilio de Constanza, pero este concilio se había creado numerosas enemistades, y su firme tenacidad lograría al fin triunfar de él. Muchos de sus miembros se mostraban irreductibles enemigos suyos sabiendo que era incapaz de dejarse manejar por nadie durante su Pontificado, pero todos acabarían aceptándolo por conseguir pronto la unión, teniendo además en cuenta su edad avanzadísima.

Cuando el enérgico Pontífice se consideraba próximo otra vez á una victoria definitiva recibió el golpe mortal de su amigo más íntimo y constante, de Maestro Vicente, y éste realizó tal acción de buena fe, obedeciendo á su alma aterrada por el fracaso de las negociaciones y la cólera del emperador.

Levantándose inesperadamente de su lecho de enfermo, anunció que iba á predicar en una fiesta á la que asistirían el Papa, los príncipes venidos á Perpiñán para las conferencias, los cardenales, los embajadores, una multitud enorme. Cuando apareció en el púlpito, pálido, exangüe, con los ojos ardientes de fiebre, un estremecimiento circuló por el auditorio. Todos presintieron que de su boca iba á surgir algo decisivo para la cuestión que venía debatiéndose tantos años.

La voz del predicador resonó como una campana en el profundo silencio, al lanzar el tema de su sermón: «Osamentas desecadas, oid la palabra de Dios.» Y empezó á censurar la conducta tenaz de Benedicto XIII, que hasta pocos días antes había sido para él un verdadero vicario de Jesucristo. Olvidaba centenares de sermones á favor de dicho Pontífice; toda una vida de apostolado para conseguir la unión de los creyentes bajo la indiscutible legalidad del papa Luna. La asistencia le escuchaba con estupor. Benedicto no hizo un solo gesto y siguió mirando fijamente al que había sido su más íntimo consejero.

El rey don Fernando amaba á don Pedro de Luna, pero su respeto por Maestro Vicente era muy superior á todos sus afectos antiguos. Además estaba enfermo, consideraba próxima su muerte, y en tal situación seguía á ojos cerrados los consejos de un hombre tan milagroso.

Por instigaciones del futuro San Vicente, el rey aragonés se mostró casi tan violento como el emperador. Hizo saber al Papa, por medio de una comisión, que él y los reyes de Navarra y de Castilla abandonarían inmediatamente su obediencia si no renunciaba al Pontificado ante el concilio de Constanza, lo mismo que sus antagonistas.

Acogió el irreductible Luna dicha imposición con un silencio altivo, y poco después se dirigió al inmediato puerto de Colliure, donde le esperaban sus dos galeras. Menospreciado y atacado por los que habían sido hasta el día antes sus partidarios más fieles, renegó de los hombres y fué en busca del mar.

Aún le quedaba en el mundo un pedazo de tierra que era suyo, absolutamente suyo, la pequeña península de Peñíscola con su abrupta fortaleza. Allí podría vivir al amparo del Mediterráneo, sin reyes que pretendiesen atropellar su voluntad por exigencias de la ambición ó de la política; allí sostendría su derecho, que él consideraba más indiscutible que nunca, frente al cielo, frente al mar, siendo su tenacidad una lección y un remordimiento para sus adversarios.

Se alarmó el rey elegido en Caspe al saber la marcha inesperada del Pontífice. Una embajada de grandes señores y jurisconsultos de su corte salió al galope hacia Colliure para rogar á Benedicto que volviese á Perpiñán, donde buscarían juntos una solución que les mantuviese amigos.

El papa Luna, á cambio de la renuncia de su tiara, se vería reconocido como el primero de los cardenales, sería legado a latere para todas las naciones que habían vivido bajo su obediencia, seguiría gobernando como segundo Papa los países que siempre le sostuvieron. El emperador y todos los reyes representados en Perpiñán conseguirían que el concilio de Constanza le confiriese cuantos honores y dignidades quisiera, en agradecimiento á su abdicación.

Llegó la embajada á Colliure cuando las dos galeras levaban anclas, izando su velamen. El Papa del mar, erguido en la popa de su nave, acogió con desdeñoso silencio el mensaje real dicho á gritos por uno de los emisarios.

Como Benedicto continuaba de pie y mudo en el alcázar de su galera, otra vez pidieron contestación los enviados de don Fernando.

Sólo cuando el buque empezaba á alejarse habló el Pontífice, dando como respuesta una frase extraída de los libros santos:

—Decid esto á vuestro rey: «Yo te hice lo que eres y tú me envías al desierto.»

II

Donde los cuervos del concilio entran en el Arca de Noé, y se habla de ciertas hostias doradas, rellenas de miel y de arsénico.

Al abrir Borja la pequeña ventana de su habitación, vió el mar casi á sus pies, teñido de rosa por los arreboles del amanecer.

Estaba en Peñíscola. Quince días había necesitado para llegar á ella, deteniéndose en todas las ciudades donde vivió el papa Luna durante el último período de su agitada historia.

No sentía prisa de llegar al término de su viaje. En Peñíscola moría el nonagenario Pontífice y terminaba él su libro. Más allá iba á crearse en su existencia un vacío que le inspiraba cierto miedo.

De Barcelona, de Tarragona y de Tortosa había ido enviando cartas á la viuda de Pineda, en su residencia de la Costa Azul. No tenía esperanza de ver contestado este monólogo epistolar. Escribía por escribir, sintiendo la necesidad de exponer en largas cartas, ó en pocas líneas trazadas apresuradamente sobre una tarjeta postal, sus impresiones del momento, sus nostalgias al verse solo, algunas veces una amargura discreta y tímida por lo que él llamaba «la fuga de Marsella».

En esta correspondencia de vagabundo, prescindía siempre de mencionar sus señas para que ella le contestase. ¿Qué podría escribirle? Alguna carta amable y falta de espontaneidad; la carta de una señora de gran mundo que al tomar la pluma teme una maligna interpretación de sus palabras. Juzgaba más consolador para él escribir sin esperanza de respuesta, como si se dirigiese á las mujeres-fantasmas que había adorado imaginariamente en su primera juventud.

Al llegar á Peñíscola pensó instalarse en la inmediata ciudad de Benicarló. En ella podía encontrar una modesta fonda, frecuentada por viajantes de comercio y corredores de vinos del país, verdadero «Palace» comparada con las casas de Peñíscola. Mas los contados kilómetros que separaban ambas poblaciones, á través de marismas y entre naranjales, cuyos ribazos convertían los caminos en barrancos, le decidieron á instalarse en la antigua población papal, arrostrando las escaseces y la monotonía de este promontorio sin más habitantes que pescadores y pobres labriegos.

El médico y el secretario del Municipio, deseosos de tener un compañero de conversación procedente de Madrid, le buscaron alojamiento en la casa del único tendero de comestibles, representante, en este rincón olvidado, de los altos intereses de la industria y el comercio.

Dos días llevaba Borja nada más en el último refugio del papa Benedicto, y se imaginaba haber vivido sin salir de él una suma considerable de meses. Conocía Peñíscola por la visita hecha años antes. Al volver la encontraba igual, como si el tiempo no existiese para sus edificios y sus habitantes.

Le gustaba salir de su recinto amurallado, pasar la lengua arenosa que la une á la costa, y desde allí abarcar en una ojeada los anillos superpuestos de sus baluartes, el caserío apretado y en escalones, de una blancura luminosa, y sobre la cúspide su robusto castillo de torres desmochadas. En él había vivido durante ocho años el abandonado Pontífice, insistiendo en su legitimidad, haciéndose temer hasta el último momento por los mismos que fingían despreciarle.

Este promontorio se convertía en una isla cuando el Mediterráneo empezaba á encresparse, cubriendo con el avance de sus murallas lívidas y cóncavas, empenachadas de espuma, la faja de arena que lo une con la tierra firme. En tiempo de bonanza, toda la flota pescadora de Peñíscola, barcos embreados y de gruesas bordas, se ponía en seco, formando doble fila sobre dicho istmo.

Borja recordaba sus viajes, comparando este peñón fortificado con el Mont-Saint-Michel, en Bretaña, ó la roca de Gibraltar. Comprendía la irresistible atracción que ejerció sobre los navegantes, desde los primeros tiempos en que el hombre, ahuecando el tronco de un árbol, se dejó llevar por las olas. Tenía en su centro una fuente de agua dulce, muy abundante, y otras fuentes secundarias surgían de sus orillas rocosas. Los navegantes podían hacerse fuertes dentro de él, sin miedo á que les faltase el elemento más necesario para la vida.

Según la tradición, los fenicios habían llamado Tyriche á Peñíscola, por encontrarla semejante á su ciudad de Tiro, aglomerada también sobre un peñón. Griegos y cartagineses se establecían aquí, para mantener seguros los géneros que les servían de moneda en sus transacciones con los indígenas de Iberia y guardar igualmente los minerales comprados en el interior, remontando el Ebro. La leyenda cristiana hacía desembarcar en estas rocas á varios discípulos del apóstol Santiago, cuyos restos estaban en la iglesia de Peñíscola, nadie sabía dónde. Don Jaime, rey de Aragón, al conquistar Valencia, daba Peñíscola á los templarios, y cuando desaparecían éstos, el fuerte castillo del mar pasaba á la Orden de Montesa, recién creada por los monarcas aragoneses para que pelease con los moros de Andalucía, guardando la frontera valenciana.

El maestre de Montesa, señor de toda la costa y las tierras interiores llamadas actualmente «el Maestrazgo», cedía á Benedicto XIII Peñíscola y su castillo. Al Papa del mar le placía hacer largos descansos en esta fortaleza semejante á un navío de piedra, cuando iba de Valencia á Barcelona ó descendía desde Zaragoza á las riberas del Mediterráneo.

Confiaba su defensa á hombres de espada que le eran adictos; grababan los canteros en portadas y muros las armas del Pontífice: un menguante lunar con las puntas abajo, las dos llaves, y como remate la tiara cónica de San Silvestre. Los antiguos encargados del guardamuebles y el guardarropas en el castillo de Aviñón colgaban tapices, tendían alfombras, colocaban credencias, sitiales, aparadores y mesas en los abovedados salones de piedra obscura. Parecía que el vigoroso anciano adivinaba el porvenir al prepararse este retiro, desde el cual iba á hacer frente á todos, sosteniendo su derecho con aragonesa tenacidad.

Mientras el cañón fué de corto alcance, esta península casi isla resultó inexpugnable. Felipe II había añadido baluartes á las fortificaciones medievales reparadas por el papa Luna. Un escudo enorme de dicho monarca adornaba aún la puerta principal de la ciudad.

En la guerra de Sucesión, las tropas francesas y españolas partidarias de Felipe V habían sufrido, encerradas en Peñíscola, un largo bombardeo, que arrasó la población, desapareciendo todos los edificios de arquitectura gótica, antiguos alojamientos de la mermada corte del Pontífice. Ahora las casas eran pobres y sin estilo; viviendas de nítida blancura exteriormente, míseras y negras en su interior, hogares de pobres gentes que habían de ganar su subsistencia pescando ó cultivando los terrenos blanduchos de la costa.

Borja, al dar la vuelta al peñón en una barca, había apreciado sus maravillas marítimas. Una espléndida flora se dejaba entrever, con temblores verdes, rojos y nacarados, en el fondo de las aguas. Grandes rebaños de salmonetes pastaban en estas praderas submarinas, conservando en su interior, hasta después de haber sido despojados de sus entrañas, el saborcillo amargo y la pulpa verde de las hierbas devoradas. El langostino, regio ornato del Mediterráneo, pululaba con transparencias de cristal en las cuevas profundas del peñón ó se extendía en bandas por las llanuras herbáceas y en declive que forman el gran parque subacuático en torno á Peñíscola.

Las barcas de pesca y los laúdes de cabotaje no necesitaban enviar sus tripulaciones al interior del pueblo para hacer provisión de agua dulce. Les bastaba atracar al pie de uno de los baluartes que aún mantiene el escudo del papa Luna grabado en sus piedras. Entre el muro y las rocas del suelo surgía una fuente, y los navegantes, desde la cubierta del barco, podían llenar sus toneles. En esta muralla marítima un gran arco tapiado marcaba el sitio por donde las galeras del citado Papa podían penetrar en la población, quedando al amparo de la primera línea de fortificaciones.

Una fuente de agua salada existía dentro de Peñíscola entre las varias de agua dulce, siendo llamada «el Bufador» á causa de sus gigantescos soplidos. El peñón estaba socavado por varias cavernas, siendo todo él á modo de una esponja pétrea. En las cuevas más angostas se refugiaban los peces para reproducirse al abrigo de las agitaciones exteriores. En la bóveda del socavón más grande existía un agujero á modo de tubo de chimenea, que venía á terminar en una plazoleta del pueblo. Los días de tormenta penetraban las olas tumultuosamente en la gruta submarina, empujándose unas á otras en su avance y su reflujo, y estos choques elevaban una gruesa columna de agua salada por el respiradero del «Bufador», rociando á los transeúntes desprevenidos.

Todas las calles ascendían en forma de escalera: una sucesión de mesetas empedradas de guijarros azules, tan pulidos por la lluvia, que resultaba peligroso marchar sobre ellos. Aglomerado el vecindario de marineros y labradores dentro de una fortaleza, las calles eran angostas y las casas carecían de espaciosos corrales.

Los despojos de la pesca y el estiércol de las reducidas cuadras mantenían una perpetua nube de moscas. Y al final de esta pirámide de edificios blancos, con su doble anillo de baluartes que parecían sustentarla lo mismo que los aros de un tonel sostienen sus duelas, se alzaba el castillo, designado por las gentes del país con el apodo viril de «el Macho» á causa de su robustez.

Se imaginaba Claudio los primeros meses de la vida de Luna en esta especie de isla, desconocida hasta poco antes y hacia la cual iban á volver sus ojos tantas gentes. Apenas sus dos galeras procedentes de Colliure hubieron anclado, llegó por tierra otra embajada de don Fernando para exigirle nuevamente que presentase su abdicación.

Luna contestó con ironía á los enviados del monarca. Si él no era Papa verdadero, en tal caso resultaban nulos todos los actos de su Pontificado. Y él había ceñido su corona al rey de Aragón, había casado á la reina de Castilla, llevaba cumplidos durante más de veinte años innumerables actos papales. Declarándolo Pontífice falso, indigno de obediencia, iban á disolverse la legitimidad de muchas familias reinantes y la vida espiritual de sus pueblos. Pero tales palabras no fueron oídas.

Maestro Vicente continuaba en Perpiñán trabajando por la extinción completa del cisma. Había reanudado las relaciones entre el enfermo rey de Aragón y el emperador, que aún vivía en Narbona. Ambos monarcas y los demás soberanos representados en Perpiñán acordaron finalmente la sustracción de obediencia á Benedicto. Después de tal acto, que dejaba al papa Luna sin fieles, el concilio de Constanza se consideró vencedor, celebrando la noticia con vuelos de campanas y grandes fiestas.

Gerson envió un mensaje al futuro San Vicente Ferrer saludándolo en nombre del concilio como salvador de la Iglesia, á quien se debía verdaderamente la extinción del cisma. Le pidieron que fuese á Constanza para tributarle grandes homenajes, pero Maestro Vicente renunció la invitación. No era sólo por modestia; le dolía haber dado el golpe mortal al protector de su juventud, al amigo de los mejores años de su existencia.

Una vez terminadas las negociaciones de Narbona, huyó de los soberanos que habían seguido sus consejos, volviendo á reanudar la vida de apóstol errante. La situación de Francia en su lucha con Inglaterra era más crítica que nunca. Los franceses habían sido derrotados en Azincourt, y él creyó que debía intentar la misión piadosa de restablecer la paz entre ambos pueblos. Seguido de sus penitentes cubiertos de polvo se lanzó á través de Francia, hasta que algunos años después, estando en la corte de Bretaña, por haberlo llamado la reina, gran devota suya, murió en Vannes, conservándose sus restos en la catedral de dicha ciudad.

El decreto del rey de Aragón sustrayéndose á la obediencia de Benedicto XIII no pudo aplicarse con la rapidez que esperaba el monarca. Prelados y cabildos intentaron resistirse á dicha orden, y hubo que apelar á públicas amenazas de encarcelamiento. Aun así, en Barcelona, Valencia y otras ciudades, los canónigos se ausentaron el día en que fué leído el decreto.

Muchos, por miedo ó por afán de ascender aprovechando la situación, renegaron del papa Luna, extremando sus ataques contra él para hacerse gratos á la corte. También fueron muy numerosos los que callaron, guardando en el fondo de su alma un afecto por el Papa español, que, poco á poco, volvió á mostrarse en años posteriores.

Considerábase ofendido don Fernando por la altivez del viejo Pontífice y la franqueza aragonesa con que le había echado en cara su falta de gratitud. Como verdaderamente sentía vergüenza por esto último, procuraba consolarse á sí mismo extremando las medidas contra el solitario de Peñíscola.

Amenazó en un decreto á todos los que siguieran al lado de él, desempeñando cargos en su corte. Esto aceleró la desbandada en tomo á Benedicto. Sólo un pequeño grupo de viejos amigos pertenecientes á diversas nacionalidades se mantuvieron fieles: Fernando de Aranda, al que había nombrado cardenal; el arcediano de Alcira, Maestro Esteve, doctor francés que muchos apellidaban «el filósofo del Papa», y algunos otros.

Tropas del rey acampaban en la costa, vigilando el istmo de Peñíscola para que nadie entrase ni saliese en la población, impidiendo que sus moradores fuesen surtidos de víveres. Entonces fué cuando el indomable anciano ordenó que excavasen una escalera en la roca, por la parte opuesta á la costa, dando al mar libre.

Borja había visto sus escalones desiguales tallados en el peñón. Las gentes del país, predispuestas á dar un carácter extraordinario á todos los actos del papa Luna, afirmaban que esta escalera había sido terminada en una sola noche. Sus dos galeras y otros barcos enviaban por dicho camino, hasta lo alto del «Macho», cargamentos de víveres.

Murió el rey de Aragón cuando iba camino de Castilla, á pesar de su enfermedad, para conseguir que la corte de dicho reino no vacilase en separarse de Benedicto: tan profundo era el odio que le había inspirado la resistencia de su antiguo amigo.

Cambió la situación en torno á Peñíscola al desaparecer don Fernando. Su hijo Alfonso V, rey letrado, que había de sufrir durante el resto de su vida la atracción de Italia, dejando casi olvidados sus Estados españoles, mostró un sincero respeto por el Pontífice conocido desde su niñez, y cuya fuerza de carácter admiraba. Disminuyó la vigilancia frente á Peñíscola, y los víveres empezaron á entrar con toda libertad en la plaza.

El concilio de Constanza se quejó de esta conducta del joven rey, y Alfonso V dijo que era obra de humanidad dar refresco á un personaje venerable refugiado en un rincón del mar.

Después de la deposición de Benedicto, los antiguos reinos de su obediencia habían enviado representantes al concilio de Constanza. Las cuatro naciones que figuraban en él se aumentaron hasta siete al llegar los embajadores de Aragón, Castilla y Navarra.

Segismundo volvió á Constanza después de año y medio de ausencia. Orgulloso de su triunfo en Perpiñán, había olvidado á los padres del concilio, entreteniéndose en las cortes de Francia é Inglaterra, de las cuales acabó por salir malparado y entre burlas á causa de su petulancia, sus amoríos y su falta crónica de dinero.

Pedía préstamos á cabildos y ciudades, derrochando inmediatamente miles de florines de oro. Creyéndose jefe de la cristiandad, vestía de negro, lo mismo que toda su gente, con cruces cenicientas y una leyenda en ellas: «Dios omnipotente y misericordioso», siendo dicho luto por el cisma. Al mismo tiempo se mostraba gran aficionado á banquetes, mujeres, danzas y borracheras; hacía regalos á las damas de Aviñón y de París y no pagaba á sus domésticos y proveedores. Después de vivir en París á costa del rey de Francia, pasó á Londres, firmando un tratado con el monarca de Inglaterra contra los franceses, á cambio de dinero y de un barco para volver al continente.

Al entrar en Constanza con honores de vencedor, creyó que el cisma estaba ya terminado y no había más que elegir un nuevo Papa. Lo mismo opinaban muchos personajes del concilio; pero los embajadores aragoneses recién llegados protestaron al escuchar las palabras: «Sede apostólica vacante». El concilio olvidaba que aún existía Benedicto XIII en su refugio de Peñíscola y nadie lo había depuesto.

Lo único que habían hecho en Constanza era declararlo herético y cismático, citándolo á que compareciese; pero como tales edictos sólo se fijaban en las puertas de la catedral, se acordó nombrar una comisión para que fuese á España á colocarlos, si era posible, en la misma puerta del castillo de Peñíscola, publicándolos además, durante los oficios divinos, en las vecinas poblaciones, especialmente en la catedral de Tortosa.

Dos monjes benedictinos, uno de Lieja, llamado Stock, y otro inglés, de nombre Planche, acompañados de varios notarios, emprendieron el viaje para presentarse en la fortaleza del Papa del mar.

No era tan desesperada la situación de éste como la creían sus enemigos. De los antiguos países de su obediencia sólo le quedaban la Escocia, que por odio á Inglaterra se mantuvo fiel hasta dos años antes de su muerte, y el condado de Armagnac, en el Sur de Francia, que lo veneró hasta después de muerto. Pero aparte de ambos países, eran muchos los grupos y las personalidades ilustres que seguían de lejos con simpática atención la resistencia del Pontífice.

Los que se mantenían junto á él llamaban á Peñíscola el Arca de Noé, y databan sus cartas familiares In Arca Noe. Según el anciano Papa, toda la Iglesia vivía refugiada en esta roca del Mediterráneo, como toda la humanidad lo había estado en el Arca de Noé sobre el oleaje tempestuoso del Diluvio.

Pudieron entrar los dos benedictinos en Peñíscola gracias á la mediación de Alfonso V. Así como al concilio de Pisa lo llamaba siempre el tenaz Pontífice «conciliábulo», al de Constanza sólo le concedía el título de «congregación».

Únicamente por deferencia al rey, se decidió Benedicto á recibir á los «pretensos nuncios de la Congregación de Constanza» que estaban esperando en Tortosa su venia para seguir adelante.

A pesar de tal desprecio, hizo un alarde de soberanía y pompa cortesana para recibirlos, como si aún estuviese en su palacio de Aviñón. Rodrigo de Luna, con doscientos ballesteros, salió á buscarlos en el istmo arenoso, al pie de las murallas de Peñíscola. No les vendaron los ojos, como era costumbre hacerlo con los emisarios enemigos al entrar en una fortaleza. El sobrino del Papa quiso que se diesen cuenta del valor defensivo de este promontorio cerrado por todas partes.

Benedicto los aguardaba en el gran salón del castillo, adornado con tapices. Ocupaba su trono, ostentando en la cabeza la tiara de San Silvestre, que era la de los Pontífices de Roma, y había sido llevada á Aviñón. A ambos lados estaban los pocos cardenales de su obediencia que aún se mantenían fieles, algunos prelados que no habían querido cumplir las órdenes del rey don Fernando, perdiendo sus diócesis por seguir á Benedicto, y todos los funcionarios religiosos y laicos que completaban la corte pontificia.

Al ver entrar escoltados por sus ballesteros á los dos benedictinos, que vestían hábitos negros, y á sus notarios con ropas de igual color, dijo el Papa dirigiéndose á los suyos:

—Ya están aquí los cuervos del concilio.

Uno de los benedictinos, al exponer semanas después el resultado de su misión ante el concilio de Constanza, dijo haber contestado á tales palabras: «Cuervos somos, y por eso venimos al olor de la carne muerta.» Pero tal respuesta la consideraron todos fabricada con posterioridad.

Los «cuervos del concilio» requirieron á Benedicto para que renunciase su tiara, haciendo leer á los notarios todos los decretos promulgados contra él en Constanza.

Soportó el anciano con majestuosa inmovilidad la lluvia de injurias y anatemas que los enemigos hacían caer sobre él, dentro de su propia casa. En algunos momentos le fué imposible mantenerse silencioso, viendo puesta en duda su fe.

—¡Yo hereje!—murmuró mirando al cielo.

Cuando los enviados dieron fin á sus lecturas, golpeó con ambas manos los brazos de su trono y dijo enérgicamente:

—No; la Iglesia no está en Constanza; la verdadera Iglesia está aquí.

Y designando la sede que le servía de asiento, repitió una vez más su frase: «Ésta es el Arca de Noé.»

Los dos benedictinos se volvieron á Constanza para dar cuenta de la ineficacia de su viaje, y el concilio procedió á la deposición de Benedicto XIII con mayor solemnidad y ceremonias más meticulosas que las empleadas para acabar con sus dos adversarios.

Una comisión de cardenales y de obispos salió á las puertas de la catedral de Constanza para citar á gritos á «Pedro de Luna, llamado Benedicto XIII»; y como el emplazado no se presentó, lo declararon contumaz, siguiendo su proceso.

Buscaron testigos contra él en los países sometidos al concilio, ó sea en casi toda la cristiandad, y nadie se atrevió á declarar contra su vida privada ó contra la notoria honradez con que había administrado los bienes de la Iglesia. Todos reconocían en voz baja sus costumbres austeras, su desprecio al dinero, su odio al nepotismo, pues nunca había favorecido á sus sobrinos con dádivas extraordinarias. El único cargo grave contra el Pontífice de Peñíscola era «su obstinación en no renunciar al Papado».

Todavía perdió mucho tiempo el concilio, declarando contumaz otra vez á Benedicto y fijándole nuevos plazos para que se presentase. Necesitaba, antes de exonerarlo, dar carácter de legalidad á cuanto había hecho como Papa, institución de fiestas religiosas, casamientos de príncipes, bulas, privilegios á las iglesias. El concilio debía reconocer como suya toda la obra pontificia de Luna, para que no resultase ilegítima después de su condenación, trastornando la vida de varias naciones.

El 26 de Julio de 1417, una tropa de heraldos á caballo y con trompetas circuló por las calles de Constanza desde las primeras horas, invitando al pueblo á orar. El concilio se había reunido en la catedral, con asistencia del emperador. Al principio de la sesión, un grupo de cardenales, prelados y escribanos abrió la gran puerta de par en par, y saliendo al rellano de la escalinata, hizo que uno de sus heraldos gritase por tres veces el mismo llamamiento:

—Que Pedro de Luna, conocido de muchos con el nombre de Benedicto XIII, comparezca por sí ó por procurador.

El hombre apelado desde las riberas del lago de Constanza seguía en Peñíscola, viendo á sus pies las azules ondulaciones del Mediterráneo.

Después de este llamamiento inútil se promulgó el decreto por el cual se declaraba «al llamado Benedicto XIII escándalo de la Iglesia universal, sostenedor del cisma, despojándolo de todos sus títulos, grados y dignidades, relevando á los fieles de los juramentos y obligaciones con él, excomulgándoles si lo obedecían como á Papa y le prestaban auxilio, consejo ó protección». Acto seguido se cantó el Te Deum, se echaron á vuelo las campanas, y Segismundo hizo que un grupo de sus caballeros fuese anunciando por toda la ciudad, á son de trompeta, la sentencia de deposición.

Cuando Pedro de Luna recibió en Peñíscola la noticia de todo esto, alzó los hombros y continuó creyéndose tan Papa como antes.

Al verse el concilio en la ansiada situación de «sede vacante», procedió á elegir un nuevo Pontífice. No era empresa fácil. Las siete naciones que lo componían se agitaron al impulso de las pasiones políticas y las vanidades patrióticas. Finalmente, la influencia unida de los delegados españoles y alemanes nombró á un italiano, el cardenal Otón Colonna, que tomó el nombre de Martín V, hombre de pocos estudios, pero de ingenio natural, amigo de todo el mundo, conciliador y algo indolente.

Como la mayor parte de los cardenales de entonces, no era más que diácono, y en los días siguientes á su elección papal hubo que ordenarlo de sacerdote y hacerlo obispo.

Los doctores de Constanza fingían no acordarse del anciano de Peñíscola, pero á través de su silencio asomaba con frecuencia la preocupación que les infundía el tenaz Luna. Un predicador, al celebrar en Constanza el triunfo de Martín V, comparó á la Iglesia vencedora con la mujer vestida de sol que aparece en el Apocalipsis, teniendo á la luna debajo de sus pies y la cabeza coronada por doce estrellas. La luna era el Papa de Peñíscola y las estrellas los doce soberanos que se habían adherido al concilio.

Martín V, cuando se disolvió la asamblea eclesiástica á la que debía su tiara, no tuvo otra preocupación que Benedicto XIII. Era para él á modo de un espectro que se le aparecía en sueños, recordándole que su autoridad no estaba reconocida por todo el mundo cristiano.

A pesar de las aclamaciones que el nuevo Papa recibió en Constanza, su situación resultaba insegura. La Iglesia había vivido un tercio de siglo entre disputas, y no era trabajo fácil y rápido restablecer su unidad. Como italiano, había rehusado las ofertas de Segismundo para vivir en Alemania y la de los franceses para seguir en Aviñón.

Quería instalarse en Roma y al mismo tiempo reconocía los peligros de la gran urbe católica, interrumpiendo su viaje para alojarse en Florencia. Aun en esta ciudad, escogida por él, lo maltrataba la grosería popular, á causa de los gastos que el mantenimiento de su corte imponía á los florentinos. Al pie de los balcones de su palacio los niños entonaban una canción cuyas estrofas terminaban así:

Papa Martino non vale un quattrino.

La actitud del rey de Aragón era otra de sus obsesiones. Alfonso V había reconocido los acuerdos de Constanza, pero negándose á hacer nada contra la persona del venerable amigo de su adolescencia retirado en Peñíscola.

Valiéndose del arzobispo de Tarragona, consiguió el nuevo Papa que cierto número de cardenales y prelados que aún se mantenían fieles á Benedicto lo visitasen en su fortaleza para rogarle una vez más que abdicase. En nombre de Martín V le prometieron que éste anularía todas las sentencias dadas contra él, manteniéndolo en una situación de segundo jefe de la Iglesia y asegurándole rentas enormes.

Este hombre irreductible, que acababa de cumplir noventa años, contestó repitiendo lo que había dicho en Perpiñán ante el emperador y después á los enviados del concilio de Constanza:

—Un Papa verdadero no renuncia. Soy el único cardenal anterior al cisma, el único que no es dudoso y puede hacer una elección legítima... Y yo me elijo á mí mismo.

Cuatro cardenales nombrados por él lo abandonaron. Entonces, Benedicto, inquebrantable como la roca que habitaba, los depuso por indignos, y todos los años, al llegar el Jueves Santo, lanzaba contra ellos el anatema, á pesar de que tres habían muerto mucho antes.

Los rápidos fallecimientos de estos amigos desleales hacían que el anciano insinuase á sus íntimos la posibilidad de que el Papa de Italia no fuese extraño á su muerte.

Para acabar con él de una vez, envió Martín V á los Estados del rey de Aragón á uno de sus más íntimos confidentes, el cardenal Adimari, que por ser arzobispo de Pisa fué conocido en España con el nombre del cardenal Pisano. El objeto de su viaje era cortar de raíz el cisma en la tierra donde aún se mantenía; suprimir á Benedicto, fuese como fuese, de acuerdo con las doctrinas políticas de aquellos tiempos, que llegaban á reconocer como legítimo el crimen de Estado.

Pronto se convenció Adimari de que era imposible vencer á Luna en su país. El clero no osaba rebelarse contra el Papa elegido en Constanza, mas tampoco quería proceder con hostilidad contra su venerable compatriota. La fuerza de carácter del viejo Pontífice y su firme protesta le daban una aureola de heroísmo y martirio. Además, el legado papal, olvidando que era extranjero, procedía arbitrariamente, con resoluciones despóticas, creando en torno á su persona un ambiente de animosidad.

De acuerdo con el rey de Aragón y ayudado por los más íntimos amigos de Benedicto, hizo á éste tentadoras promesas. Si se sometía á Martín V, dejarían en su poder mientras viviese todos los libros y los bienes de la Sede Apostólica que se había llevado de Aviñón y guardaba en Peñíscola; gobernaría como soberano el país donde quisiera establecer su residencia; recibiría una pensión de cincuenta mil florines anuales, cantidad enormísima en aquel entonces; todos los beneficios y títulos dados por él serían reconocidos, y se aceptarían otras proposiciones que quisiera hacer, siempre que fuesen de acuerdo con la unidad de la Iglesia.

Hasta su sobrino Rodrigo de Luna, algo quebrantado por la desgracia, le aconsejó que cediese. Amigos más jóvenes y vigorosos que don Pedro parecían acobardados y encontraban tentadora la proposición. El anciano repitió una vez más que era el Papa legítimo y no podía recibir regalos ni mercedes de sus enemigos. Seguía esperando su triunfo en medio de la soledad y el abandono.

Entonces el cardenal Adimari creyó llegado el momento de hacer desaparecer á un enemigo que se sobrevivía con extraordinaria longevidad, siendo esto para sus partidarios clara prueba de la certeza de sus derechos.

Borja había leído en el Archivo de la Corona de Aragón una carta de uno de los familiares del Papa de Peñíscola, escrita en lemosín, contando la tentativa de envenenamiento perpetrada en el nonagenario.

Como todos los hombres de edad avanzadísima, castos y frugales en la mesa, don Pedro era gran aficionado á los dulces. Después de las comidas se retiraba á una torrecilla de un solo piso, desde cuyos ventanales veía el Mediterráneo como si estuviese en la popa de una galera. Allí, ocupando un sitial, contemplaba la inmensidad azul, combinando expediciones marítimas contra sus enemigos, como si la muerte no pudiera venir nunca á buscarle.

Al lado de él, sobre una mesa, colocaban varias cajas de dulces, regalo de comunidades religiosas que se mantenían ocultamente en su obediencia, considerándolo siempre Pontífice legítimo. Dichas cajas sólo las tocaba su camarero de confianza, guardándolas luego bajo llave.

Este camarero era un antiguo canónigo de la Seo de Zaragoza, nacido en Cariñena, llamado Micer Domingo Dalava, al que había conocido Benedicto estudiando en Tolosa. Las cajas favoritas del Papa eran dos: una de dulce de membrillo, otra de ciertas hostias, doradas por ambos lados, que contenían una mezcla de miel y de frutas.

Fray Paladio Calvet, monje benito del convento de Bañolas, se entendía con el camarero Dalava, proporcionándole una cantidad de arsénico que, según manifestó después, al darle tormento, le había sido entregada por el mismo legado. Ambos individuos practicaron orificios en el dulce de membrillo, introduciendo por ellos una dosis considerable de veneno, y abrieron igualmente las dos caras de las hostias para depositar el arsénico en su interior.

Comió el viejo solitario sus dulces, como siempre, sintiendo al poco rato los síntomas del envenenamiento. Su médico y todos sus familiares creyeron que iba á morir; pero este hombre extraordinario, que parecía hallarse por encima de los peligros que afectan á los demás mortales, se salvó después de unas cuantas horas de vómitos y desmayos. Tal vez la gran abundancia del tóxico depositado en los dulces hizo que este organismo débil y frugal se resistiese á asimilarlo, expeliéndolo. A los pocos días Benedicto estaba restablecido, sin que nadie sospechase el envenenamiento ni hubiera examinado los dulces.

Fué el camarero Dalava quien se traicionó á sí mismo con una revelación imprudente que puso de manifiesto su delito. La tentativa de envenenamiento era tan manifiesta y de tan claro origen, que todos se indignaron, hasta los muchos enemigos que el Papa de Peñíscola tenía en su país.

Cuando circuló la noticia del crimen, se hallaba el cardenal Pisano en Lérida, presidiendo un Sínodo convocado por él para someter á su voluntad el clero del reino de Aragón. Los más de los sinodales se habían mostrado hostiles al legado desde las primeras sesiones, y al recibir la noticia del envenenamiento de don Pedro de Luna, fué tal su indignación, que aquél tuvo que huir á Barcelona. Ante Alfonso V protestó el cardenal de que le supusieran instigador de dicho atentado; pero el rey estaba convencido igualmente de su culpabilidad y le respondió con dureza.

Por otra parte, Rodrigo de Luna, que había tenido tratos con él al principio de su viaje para llegar á un arreglo, indignado por esta vil asechanza, lo buscó en Barcelona con intención de matarle, y el legado tuvo que huir perseguido hasta la frontera por el sobrino de Benedicto y algunos de sus hombres.

La instrucción del proceso no dejó duda alguna sobre la culpabilidad del enviado de Martín V. El camarero Dalava acusó al fraile que le había proporcionado el veneno; éste dijo haberlo recibido del cardenal de Pisa, é igualmente aparecieron complicados en el crimen un arcediano de Teruel y otros dos presbíteros aragoneses.

Nada decían los papeles de aquel tiempo de la suerte de estos últimos, por hallarse en los Estados del rey de Aragón. El fraile benito era sentenciado por «envenenador y nigromante», y lo quemaban vivo en el istmo arenoso de Peñíscola, con arreglo á los procedimientos penales de aquella época.

Después de esta tentativa, los enemigos del papa Luna lo dejaban en paz. Su aislamiento hacía recordar el respeto supersticioso que inspiran las personas tenidas por invulnerables.

Sobre su cuerpo de nonagenario no hacían mella los años ni las asechanzas de los hombres. Parecía que el Papa navegante fuese á ser eterno como el mar.

III

De cómo la señora de Pineda, al aburrirse en la Costa Azul, hizo un pequeño rodeo en su camino para volver á París.

Una ancha avenida de colores descendía hasta el Mediterráneo. Era una sucesión de mesetas floridas, rojas, azules, violeta, amarillo oro, que venían á terminar en las rocas de la costa.

Más allá del arranque de esta cascada multicolor, un vasto jardín esparcía sus frondas, tamizando el azul del mar y del cielo á través de sus columnatas de troncos que entrecruzaban, como lianas, rosales serpenteantes. Sobre su eterno fondo verde resaltaba la blancura marmórea de fontanas y estatuas.

El sol, descendiendo hasta el suelo en jirones de luz, despertaba una vida de inquietos murmullos. Flotaban las mariposas en el espacio como flores de la atmósfera; sonaba un lejano é insistente arrullo de palomas invisibles; en los tazones de las fuentes huían los peces de oro y bermellón, perseguidos por sus propias sombras color de ébano.

Resultaba tan enorme la abundancia floral, que el jardín parecía de otro planeta, donde la vegetación fuese toda de pétalos y perfumes. La tierra, cuidada como un objeto de lujo, nutrida con abonos potentes y en perpetua humedad, daba proporciones monstruosas á las plantas, haciéndolas exhalar perfumes dulces, perfumes picantes ó perfumes ardorosos. Miles de pájaros cantaban hasta que se extinguía la luz, con una insistencia discordante y alegre, embriagados por la atmósfera exageradamente primaveral. En el fondo del ancho desgarrón que partía el jardín, más allá de la avenida en forma de cascada de flores, asomaba un fragmento de Mediterráneo, cabrilleante bajo el sol, casi siempre solitario, como un lago de azul y de oro que prolongase esta propiedad hasta el infinito.

Rosaura venía á sentarse todas las tardes en dicha meseta terminal, á espaldas de su magnífica casa, debajo de los ventanales salientes del cerrado comedor.

Los primeros días habían sido para ella de regocijo y entusiasmo. Se lamentó de los absurdos de la moda; hizo burla de la esclavitud de los que viven y se mueven con arreglo á las iniciativas de otros. Nunca había permanecido en su lujosa quinta durante la primavera. Cuando empezaba su jardín á dejar morir las forzadas y anémicas flores del invierno, cubriéndose con otras más espontáneas y magníficas, ella tenía que volverse á París por no quedar sola; seguía la corriente de todos los que abandonan en Abril las riberas de la Costa Azul, como un establecimiento que ha perdido su elegancia.

Admiraba ahora su propiedad, creyendo verla por primera vez. Todos los días encontraba un banco preferido, un rincón con bóvedas de rosas, cuya existencia nunca había llegado á sospechar. Seguía horas enteras las caprichosas evoluciones de unos peces chinos, que después de corta admiración en el momento de comprarlos, había dejado perderse entre las rocas de sus fuentes. Observaba con regocijo infantil la natación á sacudidas de estos pequeños monstruos, sus ojos telescópicos, sus largos faldellines transparentes de bailarina que llevaban detrás de ellos con lento arrastre.

A pesar de tales alegrías, la vida de Rosaura no era cómoda. Esta gran casa necesitaba la numerosa servidumbre que tenía durante el invierno. Las familias de dos jardineros procuraban torpemente atender al servicio, y ella se creía una alojada en su propia vivienda. Se había instalado en su dormitorio, dejando el resto del edificio en un abandono de casa cerrada. Los salones, el gran comedor y otras piezas conservaban sus fundas en muebles y lámparas, bajo la penumbra verde filtrada por las persianas.

No obstante las molestias de esta instalación provisional, la encontraba agradable, felicitándose de su escapada de París. El correo le iba trayendo cartas ó postales de Borja, que ella leía y releía sentada en su terraza, con el mar enfrente y la cascada floral á sus pies.

—¡Pobre muchacho! Vamos á ver qué dice hoy.

Así se expresó los primeros días. Luego, al adivinar la carta del joven español por la letra del sobre, la dejaba á un lado, mirando con inútil ansiedad el resto de su correspondencia. No llegaba nunca la carta que ella estaba esperando, desde Marsella. Tal silencio desdeñoso hería su orgullo y empezaba á dar una monotonía abrumadora á este aislamiento de que se había rodeado voluntariamente.

Olvidando su repentino entusiasmo por el jardín, pasó las tardes fuera de él. Su automóvil la llevó por la Costa Azul, buscando amigas y diversiones. En los hoteles de Niza donde se baila á la hora del té, sólo vió parejas de gente joven y desconocida. Casi todas sus amistades se habían ido á París, á Londres, á Nueva York. En los salones del Casino de Monte-Carlo encontró también una muchedumbre indiferente: viajeros que se detenían una tarde nada más, continuando luego su marcha; jugadores ensimismados en sus combinaciones; aventureras ávidas de un buen encuentro. Sus amigas tampoco estaban aquí.

Para entretenerse, empezó á jugar, perdiendo con desesperante repetición. Esto exacerbó aún más su nerviosidad. Podía perder grandes cantidades sin riesgo para su fortuna; pero en el momento presente la pérdida le parecía una falta de respeto, una grosería de la suerte. Además, nadie gusta de perder, y ella estaba acostumbrada á la adulación, al éxito en todas las acciones de su vida.

Volvió otra vez á pasar las tardes en su jardín, encontrándolo ahora de una belleza monótona. Estaba sola y todo cuanto la rodeaba parecía recordarle con dolorosa inoportunidad que la vida es unión, mutuo apoyo, atrayentes afinidades. Palomas de nítida blancura, con una cola redonda de pavo real, insistían en sus arrullos, y al pasar ella junto á su jaula, grande como una casa, las veía picoteándose dulcemente. ¡Animales estúpidos! Las copas de los árboles temblaban con el aleteo invisible y los agudos cantos de enjambres de pájaros, atraídos por la frondosidad de este oasis. En los tazones de las fuentes se perseguían los peces con la agresiva insistencia del ardor sexual. Pasaba en insomnio largas horas de la noche, oyendo á través de una ventana entreabierta los trinos de varios ruiseñores escondidos en un olivar cercano. ¡Y el hombre de París sin escribir!...

Su vanidad femenil la afligía con un dolor insistente á causa de este silencio. Su orgullo maltratado hasta evocó el recuerdo de algunas mujeres matadoras de hombres, cuyos retratos había visto en los periódicos. Ahora estaba segura de no haber amado nunca á Urdaneta. Lo encontraba grotesco, lo mismo que á su pequeño país. ¿Cómo una mujer de su clase había podido creerse enamorada del tal general-doctor, bruto heroico sediento de goces, muy peligroso además por su afición al dinero, que arrojaba después á puñados, como ella había leído que hacían los piratas en sus orgías?...

La apreciación de los sacrificios que llevaba hechos por mantenerse fiel á Urdaneta aumentaba su cólera. Por él había arrostrado la pérdida de una parte de su prestigio de viuda rica, acostumbrada á vivir en la más alta sociedad. Podía haberse casado con un príncipe falto de dinero, con un personaje político, ostentando títulos sonoros, viviendo en una Embajada ante una corte famosa, tal vez gobernando indirectamente un país por medio de su esposo. Todo lo había despreciado á causa de Urdaneta, añadiendo á su sacrificio el propio descrédito.

En París conocían sus relaciones, y tampoco eran un secreto allá en su tierra. Y este hombre, por la monotonía de la costumbre, había terminado mirándola como si fuese su esposa legítima, aburriéndose un poco de su felicidad, dejándose llevar por los caprichos de la variación, siéndole infiel con actrices, con profesionales célebres ó extranjeras de paso. Las mujeres sentían el atractivo de su masculinidad soberbia y dominadora. Les interesaba su barba rizosa, su aspecto de guerrero á la antigua: un guerrero de ciudad asaltada, con todos los horrores del saqueo y la violación.

Rosaura era también de carácter fuerte, y tal vez por ello se habían mantenido las relaciones entre los dos, á través de disputas furiosas, rompimientos y reconciliaciones. Siempre lo había visto volver avergonzado y suplicante. Era una satisfacción para su orgullo contemplar á este hombre, temible en su país, pidiéndola perdón con aspecto de niño arrepentido. Pero esta vez no venía hacia ella con la misma prontitud.

Su última disputa en París, al descubrir Rosaura una nueva infidelidad de Urdaneta, había sido la más ruidosa. Él juró no buscarla más. Estaba harto de sus celos; eran cinco años de esclavitud. Ella se había alegrado de buena fe ante su promesa de no volver. Luego transcurrieron los días sin alterarse el silencio que siguió á la ruptura.

Acabó Rosaura por sentir extrañeza ante la tenacidad con que el general-doctor cumplía su amenaza, y para vencerlo juzgó oportuno alejarse, segura de que vendría, como otras veces, á implorar su perdón. Salió de París convencida de que en la Costa Azul iba á encontrar un telegrama, una carta de aquel hombre, unido de tal modo á su destino, que le era difícil vivir sin él. Al mismo tiempo procuraba no analizar sus verdaderos sentimientos, temerosa de verse en presencia de una predilección sexual y nada más.

Pasó el tiempo sin que la viuda supiese nada de Urdaneta. Tal silencio acabó por preocuparla á todas horas. Dos apreciaciones enteramente diversas compartían su pensamiento. Sentíase celosa al pensar que aquel hombre vivía en París como siempre, yendo á los tés donde abundan las señoras, á los teatros, á los restoranes nocturnos, mientras ella permanecía recluída en la Costa Azul. Indudablemente estaba continuando su historia amorosa con aquella mujer que había sido la causa de su rompimiento. Otras veces, con un optimismo vanidoso, se imaginaba que Urdaneta la había seguido y se mantenía oculto cerca de ella para presentarse inesperadamente.

De un momento á otro iba á hacer sonar el timbre eléctrico de la puerta de su jardín. Tal vez esperaba en Monte-Carlo ó Niza para hacerse el encontradizo, reanudando de este modo las antiguas relaciones, con cierto miramiento para su dignidad. Y volvía á correr tarde y noche los hoteles de Niza donde se danza, los salones de Monte-Carlo, siempre llenos de gente extraña, sin encontrar más que alguna que otra amiga retardada como ella en la fuga primaveral.

Deseó, con toda la vehemencia de su carácter, conocer la verdad, é inventó pretextos para justificar el envío de su doncella á París. La encargó como asunto de importancia varias compras que podía haber hecho por medio de una carta. A continuación le dió orden de averiguar discretamente si el general permanecía en París y qué vida llevaba, cosa fácil por conocer la doncella á la servidumbre de Urdaneta.

Algo calmada por esta precaución, esperó unos días más. Las cartas de Borja continuaban llegando, y ella las leía como si fuesen relatos de viajes lejanísimos por tierras que no vería nunca, inspirándole igual curiosidad que los cuentos leídos en su niñez.

Escribió la doncella con discreta concisión. Don Rafael seguía en París haciendo la vida de siempre. Almorzaba y comía fuera de su casa, volvía al amanecer, se divertía mucho. Su ayuda de cámara no había querido decirle ciertas cosas, considerando que ella estaba al servicio de la señora; pero sonreía marrulleramente: «¡Ah, los hombres!»

Rosaura quedó reflexionando, con un gesto ceñudo que anunciaba siempre sus decisiones enérgicas. Ni amor ni celos, ni pensar más en él. Todo había terminado.

Este despecho violento la hizo acordarse de sus dos hijos, con una maternidad delirante. Sintió inquieta su conciencia por creer que había pensado poco en ellos hasta entonces. Iba á ser madre en adelante: una madre joven y muy chic, dedicada en absoluto á sus hijos, manteniéndose en digna y elegante viudez. Luego, como si resolviese un negocio ruinoso, buscó salir rápidamente de su actual situación. Tal vez el otro reía en París al saberla enclaustrada en su casa de la Costa Azul. Debía continuar su existencia de siempre, para que el general-doctor, visto ahora desde lejos como un personaje ridículo, se diese cuenta de lo poco que representaba para ella.

Dió á su chófer la orden de partir en la mañana siguiente, quedando indecisa cuando éste le preguntó adónde iban. Su primer impulso fué dirigirse á Italia. Había recibido una carta el día antes de cierta amiga inglesa residente en Florencia. Era la mejor época para visitar dicha ciudad. Luego pensó en la corta distancia entre Florencia y Roma. Enciso daba fiestas en su palacio para celebrar su ingreso en la Academia de los Arcades. Don Arístides estaba en Roma con su familia. Se aterró al verse imaginariamente rodeada de todo este mundo, que le hablaría del general-doctor.

Una carta de Borja fechada en Tarragona llegó á sus manos en aquel momento. Iba ya camino de Peñíscola, final de su viaje. Otra vez murmuró, pensativa: «¡Pobre muchacho!»

Recordando al fatuo é infiel Urdaneta, le inspiraba nuevo interés el joven español por la fuerza del contraste. Borja habría sabido apreciarla mejor. Pero inmediatamente le pareció ilógica toda comparación entre los dos hombres. Veía á Claudio sin ninguna posibilidad de amores con ella. Era demasiado joven. Tal vez, considerando bien las cosas, sólo existía entre los dos una diferencia de cuatro ó cinco años; pero Rosaura, sin saber por qué, la apreciaba como un obstáculo infranqueable.

La simpatía protectora con que se acordaba de él tenía algo de maternal. Excusó sus atrevimientos amorosos, viéndolos como algo lejanísimo ya, sin importancia. Eran cosas de jovenzuelo inexperto. Además, recordaba con cierta gratitud la facilidad con que la había obedecido siempre al exigirle respeto, la confusión casi infantil que sucedía á sus audacias.

Al pensar otra vez en su situación presente, resolvió volver cuanto antes á París. Deseaba que aquel pequeño mundo que tantas veces había comentado sus relaciones con Urdaneta se enterase de que ya no existía nada entre los dos. Había llegado el momento de preocuparse de sus hijos. Tendría en su casa notables profesores para su educación. Sólo la verían en automóvil con ellos dos y la parienta que les acompañaba siempre.

Se le ocurrió de pronto que antes de volver á París podía visitar los países de que le hablaba Borja en sus cartas; sorprender á éste en el promontorio del Mediterráneo donde había muerto aquel Pontífice terco, cuya historia le interesaba lo mismo que una novela.

Fué recordando los días pasados en Aviñón y Marsella como los mejores desde su salida de París. Luego reconoció que era absurdo ir en busca de aquel joven imaginativo que sólo le inspiraba un afecto amistoso, y por su parte parecía experimentar la misma atracción pasional que sentían otros hombres en su presencia. La falta de lógica en dicho viaje lo hacía más atractivo para ella. Sólo representaba unos centenares de kilómetros añadidos á su regreso á París, detalle insignificante para Rosaura, que había ido en automóvil varias veces de un lado á otro de Europa.

Podía perder unos cuantos días siguiendo la costa española del Mediterráneo. Luego volvería por el mismo camino hasta Aviñón, tomando allí la carretera de París. Además, ella no había visto nunca esta parte de España, donde crece el arroz y se puede marchar entre naranjos kilómetros y kilómetros. Le habían hablado de los malos caminos de la costa mediterránea y no tenía á su lado la doncella para que la sirviese en los hoteles mediocres. Podía llamarla, pero consideró inútil hacerla venir de París, cuando ella iba á regresar allá después del corto rodeo por España. ¡Adelante!

Rió al imaginarse la sorpresa que le daría al pobre caballero Tannhäuser. Las mismas dificultades de su viaje se convertían en atractivos. Le gustaba de tarde en tarde encontrar los obstáculos y rudezas de su niñez, cuando era pobre y pasaba temporadas en estancias á estilo antiguo, donde la vida era aún elemental. Creía útil «hacer experiencias», como decían algunas amigas suyas multimillonarias de los Estados Unidos, prontas á acoger con una sonrisa los trabajos y penurias que las sorprendían en sus viajes.

Fué directamente hasta Perpiñán sin pasar por Marsella. Muchos nombres de ciudades le hicieron acordarse de los relatos de Borja. Su don Pedro de Luna había vivido en ellas. Volvió á entrar, poco á poco, en el ambiente que la había rodeado mientras escuchaba al joven español.

Iba ahora á su encuentro, contando los días y las horas que la separaban de él, pareciéndole el camino demasiado largo. Luego reía de su impaciencia, encontrándola absurda. «Cualquiera diría que voy en busca de un amante. ¡Pobre Borja! ¡Qué orgullo para él, si se enterase!»

Le complacía imaginarse su sorpresa al verla llegar y al mismo tiempo agrandaba en su imaginación los obstáculos existentes entre los dos. «¡Es tan joven!... ¡Además, su noviazgo con Estelita, la hija del solemne Bustamante, futuro embajador!»

Preguntó por Borja en el Hotel Ritz de Barcelona, recordando el membrete de las diversas cartas que había recibido de dicha ciudad. Don Claudio, según le manifestó el gerente, estaba en Tarragona. No había perdido ella la pista. Iba á continuarla, como buena baquiana, siguiendo las huellas, lo mismo que los gauchos viejos que aún había visto de niña en la Pampa.

También le hablaron de Borja en el hotel de Tarragona. Tuvo que hacer alto, porque aún le quedaban más de cien kilómetros para llegar á Peñíscola y empezaba á atardecer. Además, el camino era muy duro.

—¿Peor que los que he encontrado hasta aquí?—dijo ella con cierto asombro.

Bajó la cabeza el dueño del hotel y abrió los brazos con mudo gesto que parecía reflejar la impotencia humana ante cosas de imposible remedio.

El edificio estaba adosado á un antiguo convento convertido en cuartel. Ocupó la mejor habitación, que olía aún á pintura fresca, y al abrir la ventana del cuarto de baño vió el muro de un jardín inmediato, con manchas leprosas de musgo. Sobre sus bordes festoneados de hierbas floridas se elevaban dos palmeras polvorientas. Las rejas del cuartel le enviaron de golpe un estrépito de muchedumbre invisible, joven y gritona. Los soldados debían estar en los patios, como colegiales á la hora del asueto. Se llamaban unos á otros con toda la fuerza de sus pulmones. Varios músicos hacían ejercicios en sus instrumentos aisladamente, sin oirse unos á otros, añadiendo su cacofonía enrevesada al humano griterío. Un olor punzante de salud excesiva é intensamente varonil obligó á Rosaura á cerrar la ventana.

Por la parte de la calle monopolizaba la puerta del cuartel toda la acera, cubriéndola con un toldo rayado y colocando en sus bordes cajones verdes de los que surgían rododendros y bojes. A todas horas unos sillones de junco estaban ocupados por oficiales, y el transeunte debía deslizarse entre ellos y el centinela que paseaba con el fusil al hombro.

Salió Rosaura del hotel cuando empezaba la noche, deseosa de ver un poco la ciudad, y su paso produjo una gran emoción en la juventud con uniforme sentada á la puerta del cuartel. Tenientes y capitanes se miraron asombrados. «¡Qué mujer!» Nunca habían visto nada semejante en aquella tranquila ciudad provincial. Sólo pudieron compararla á las protagonistas de ciertas novelas eróticas, que ellos habían admirado como un compendio de todas las elegancias y voluptuosidades imaginables. Era la gran señora extranjera, hermosa, rica, envuelta en perfumes, que había cruzado su imaginación mientras leían en el cuarto de banderas ó se recreaban con salaces fantasías tendidos en su lecho de la casa de huéspedes.

Rosaura vió al poco rato pobladas de militares jóvenes todas las calles que iba siguiendo. Unos marchaban paralelos á ella por la acera de enfrente; otros venían á su encuentro, y al pasar murmuraban en voz baja palabras de admiración. Faltaba poco para que los más audaces la saludasen, poniéndose á sus órdenes, al verla sola y forastera. Tal vez iban á ofrecerse para enseñarla las bellezas de la ciudad... «¡Ah, no!» Le parecían simpáticos, pero renunciaba á toda conversación con ellos; y se apresuró á regresar al hotel.

Mientras comía, vuelta de espalda á las ventanas, vió en un espejo de enfrente gorras con adornos dorados que se juntaban en la calle para verla, se alejaban y volvían á mostrarse poco después. Dos oficiales comían en la misma sala, y esto sirvió de pretexto para que otros viniesen á saludarles, formando un grupo que habló en voz alta, esforzándose por decir cosas graciosas que llamaran la atención de la extranjera y la hiciesen reir, desarrugando su ceño hostil.

Se acostó muy temprano, pensando en la jornada siguiente. Era la última noche de su viaje. Duraba ya tres días, y ella se había acostumbrado á madrugar. Cuando tambores y trompetas tocaron diana en el cuartel, ya estaba ella vestida, tomando un café apenas tibio. Al salir el sol, su automóvil rodaba lejos de Tarragona. Sonrió pensando en aquellos militares jóvenes, que la habrían recordado durante la noche, y horas después, al llegar á su cuartel, iban á enterarse de que el fantasma del crepúsculo se había desvanecido para siempre con la luz del nuevo día.

Más allá de Tortosa cambió el aspecto del paisaje. Ya no eran viñas y olivares, como en el campo de Tarragona, alrededor de arcos y tumbas romanas. Empezó á encontrar huertos de naranjos, algo espaciados, como las avanzadas de un ejército. Nunca los había visto en esta forma, empezando su ramaje casi á ras del suelo, copudos y de no gran altura, redondeándose como enormes esferas verdes sobre la tierra rojiza.

Entraba en el reino de Valencia, jardín del Mediterráneo que tantas veces le había descrito Claudio Borja. Su chófer, después de salvar las revueltas de la carretera en ambos declives de la cuenca del río Ebro, dejaba correr ahora el automóvil con la confianza que inspiran los caminos rectilíneos, de largas perspectivas.

Los naranjos estaban en flor. Bosques de algarrobos, oliendo á miel calentada, compartían con las viñas el terreno aún no invadido por los naranjales. Pasaron por una ciudad de casas blancas y azules, con bellas iglesias. Tenía un aspecto de vida fácil, de cosechas ricas y abundante dinero. Varios buques de vela estaban anclados en su puerto. Era Vinaroz. Poco después atravesaron otra población de aspecto semejante. Aquí, según la carta que Rosaura iba consultando, había que abandonar la carretera. Estaban en Benicarló y les faltaba poco para llegar al término de su viaje.

Vieron á lo lejos, unido á la costa, como un buque encallado, blanco y enorme, el promontorio de Peñíscola, ceñido de baterías, coronado de torres y murallas. El caserío, oprimido por los círculos de piedra, iba escalonándose hasta la cúspide.

La última parte del camino, que parecía insignificante por su brevedad, fué la más penosa. El poderoso vehículo tuvo que marchar lentamente, jadeando al mismo tiempo por sus esfuerzos, para no quedar inmovilizado en un terreno blando que se hundía bajo las ruedas. Más que camino era un barranco, que aún guardaba charcas verdosas de la lluvia caída muchos días antes. Sobre sus costados en talud se extendían filas de naranjos, asomaban palmeras, y las cercas estaban cubiertas de flores.

Habían hermoseado los hombres la tierra, batiéndose con el agua muerta de las marismas hasta transformarlas en campos, pero nadie se preocupaba del camino. Además, iba éste hacia una población donde no existen carros y la mayor parte de su tráfico se hace por mar ó á lomo de caballerías.

Avanzó el automóvil, titubeante, con tremendos balanceos, igual que una máquina de guerra marchando sobre escombros. Al salir á la costa, frente al promontorio de Peñíscola, se lanzó á todo correr por la playa y el istmo arenoso. Aunque el suelo era blando, se deslizaba sin vaivenes, silenciosamente, lo mismo que si tuviese bajo sus ruedas una alfombra gruesa. A ambos lados de la lengua arenisca estaban puestas á secar grandes redes, marcándose sobre el suelo amarillento la trama de sus hilos color de vino.

Las tripulaciones de dos barcas negras descargaban lo que habían pescado durante la noche. Sus hombres, con el pantalón subido hasta cerca de las caderas, iban trasladando á la orilla unos cestos brillantes bajo el sol, con reflejos de plomo recién fundido. Grupos de mujeres examinaban ávidamente su interior. Los que contenían langostinos, grandes, con una transparencia blanca y densa de cristal mate, eran colocados aparte, como materia preciosa.

Llegó el automóvil confiadamente hasta la puerta de la primera muralla. Numerosas mujeres, en torno á un lavadero, golpeaban ropas húmedas, volviendo á colocarlas bajo el chorro clarísimo de una fuente surgida de las rocas. Todas abandonaron su trabajo dando gritos, y á esta algazara se unieron las voces de numerosos muchachos. El carruaje debía detenerse allí. Era imposible su entrada en una población de calles pendientes y angostas que sólo permitían el paso de machos y asnos con sus cargas. Dos hombres siguiendo á sus caballerías, que llevaban herramientas agrícolas, salieron en el mismo instante de este pueblo de pescadores, para cultivar sus parcelas de campo en la costa de enfrente.

Aunque mujeres y chiquillos gritaban en un dialecto mezcla de valenciano y catalán, Rosaura y su chófer entendieron sus indicaciones. Un modesto parador, situado junto á la gran puerta coronada por el escudo ostentoso de Felipe II, tenía ante su cobertizo dos carros procedentes de alguna población inmediata, los cuales también habían hecho alto fuera de las murallas.

Rosaura, al echar pie á tierra, se vió rodeada de ojos curiosos que la contemplaban á cierta distancia, con la timidez hostil que inspiran los forasteros. A pesar de su palidez y sus ojeras de cansancio, aquellas pobres mujeres acogieron su presencia como si perteneciese á otra humanidad y se hubiera extraviado en su camino, llegando engañada hasta allí.

—¡Virgen soberana!—decían—. ¡Qué señora tan guapa!... Parece una reina.

Algunas viejas, más audaces por privilegio de su edad, se acercaron á ella, titubeando antes de contestar á sus preguntas en castellano, haciéndoselas repetir por conocer escasamente dicho idioma y porque las desorientaba el acento argentino de Rosaura. No podían adivinar quién era este don Claudio Borja por el que preguntaba la señorona. Una de las más jóvenes descubrió el misterio.

—Es el «madrileño»—dijo á las otras; y añadió, dirigiéndose á Rosaura:—Suba, siñora; suba siempre delante de osté, y en el castillo lo encontrará.

Sus amigas parecieron felicitarla con largas risotadas por la facilidad con que hablaba el castellano y su exacto conocimiento del único forastero existente en la población.

Siguió adelante Rosaura, precedida de un grupo de chiquillos, mientras las mujeres volvían á trabajar en el lavadero ó se agrupaban en torno al automóvil, admirando su tamaño, comparándolo con otros que habían visto, haciendo preguntas al chófer para enterarse de quién era su dueña.

Se dió cuenta la criolla de que algo invisible corría por las calles empinadas de la población, avisando á todos el suceso extraordinario de su presencia. Asomaban á ventanas y puertas cabezas de mujeres mal peinadas á esta hora matinal, pues era en la tarde, después de finalizados los trabajos domésticos, cuando procedían al arreglo de su persona. Los chicuelos persistían en marchar junto á ella, con la cara levantada para verla mejor. De las casas iban surgiendo otros y otros, que se unían á la comitiva infantil. No hablaban, no pedían nada, la seguían con los ojos fijos en su rostro, presintiendo un misterio, asombrados de su falta de semejanza con las mujeres que veían todos los días, aspirando deleitosamente el perfume de su cuerpo.

Pasó junto á una charca azul rodeada en parte de muros. Era «el Bufador». Ahora sus aguas dormían tranquilas, libres del soplido tempestuoso del peñón que las eleva en forma de surtidor por encima de las casas cercanas. El pavimento de las calles era de losas resbaladizas. A trechos se formaban en él grandes manchas negras é inmóviles, pero éstas adquirían vida al acercarse sus pasos, elevándose con zumbante revoloteo. Las moscas, señoras del pueblo, al ser repelidas de la calle, se introducían en cuadras y habitaciones.

Continuó subiendo, confiada en el instinto de los que marchaban á la cabeza de su escolta infantil. Al ver á un hombre de rostro curtido por el sol y el agua del mar, barba corta y dura, ancho de espaldas y paso balanceante—un tipo de patrón de barca retirado—, le preguntó si iba en buena dirección para llegar al castillo.

Era el alcalde, que descendía hacia la única puerta del pueblo, avisado sin duda de esta llegada extraordinaria. Hizo un esfuerzo para agrupar en su mente todo el castellano que sabía como personaje oficial, y contestó:

—Va usted muy bien. Además, vaya por donde vaya, llegará siempre al castillo.

Luego añadió con ingenuo orgullo, como si proclamase una ventaja de su población sobre todas las grandes capitales del mundo, de las que había oído contar maravillas:

—No tenga miedo, señora. En Peñíscola no se pierde nadie.

Al separarse de él hizo esfuerzos Rosaura para ocultar su risa. Verdaderamente, nadie podía perderse en una media docena de calles y callejuelas encerradas entre murallas y ascendiendo todas hacia la cúspide del peñón.

El alcalde no osó acompañarla; le parecía un atrevimiento. Con estas grandes señoras no sabe nunca un hombre sencillo lo que está bien y lo que está mal. Pero algunos metros más allá vió aparecer ante ella á un campesino llevando sobre el pañuelo que envolvía su frente una gorra con galón dorado y en su diestra un bastón del que colgaban dos borlas negras. Era el alguacil. Obedeciendo las indicaciones de su jefe, empezó á dar gritos y á mover el bastón para asustar al infantil enjambre. «¿No veían que estaban molestando á la señora?... ¡Qué iban á decir en el extranjero de la educación del vecindario de Peñíscola!» Y Rosaura tuvo que interceder para que no alejase con sus amenazas á esta escolta silenciosa, cuyo único delito consistía en marchar pegada á ella, tocando los más atrevidos los botones y el paño de su gabán.

En la entrada del castillo tuvo que pedir al rústico emisario de la autoridad el apoyo de su mano callosa. El suelo de la poterna y de la antigua plaza de armas estaba tan pulido por el roce, tan lavado por las lluvias, que parecía de cristal mate y azulado. Era preciso buscar las grietas donde se mantenía la tierra y crecían pequeñas hierbas, para que los pies no resbalasen. El alguacil, con el deseo sin duda de infundirla ánimo, le habló de algunos visitantes que se habían roto brazos ó piernas á consecuencia de sus caídas en este mismo lugar.

Dejaron atrás un vasto espacio rodeado de murallas, al que daban las puertas de antiguas dependencias de la fortaleza. Estas construcciones servían ahora de pajares ó estaban abandonadas. El castillo había sufrido tres largos bombardeos en los dos últimos siglos, y sólo se mantenía completo lo que fué construído en bóveda, las obras bajas y achatadas, que en el antiguo lenguaje militar se llamaban «á prueba de bomba».

Ascendieron por una escalera de piedra azul, igualmente resbaladiza. El alguacil marchaba delante, hablándola con palabras que ella necesitaba adivinar. Detrás la insistente chiquillería empezó á esparcirse por la fortaleza, aprovechándose de esta visita extraordinaria, pues en días normales su llave estaba guardada en el Ayuntamiento. Comprendió Rosaura que aquel hombre le hablaba del «señor madrileño» como si lo conociese mucho. De pronto empezó á gritar, presintiendo su proximidad:

—Don Claudio, una visita... ¡Una visita!

Escuchaba Borja, desde poco antes, un rumor creciente que parecía inexplicable en el silencio de la fortaleza abandonada. Como los sonidos más insignificantes adquirían exagerado valor en esta calma profunda, creyó que algo comparable á una muchedumbre amotinada se había deslizado á través de la poterna, extendiéndose, escaleras arriba, por los baluartes y el interior de las torres. Al ruido de los vencejos que aleteaban en torno á las murallas se unieron los gritos de los muchachos llamándose entre ellos y una voz masculina gritando á todo pulmón su nombre. ¿Qué visita podía buscarle en Peñíscola? Asomándose entre dos almenas, vió al alguacil y vió...

No podía ser: ¡imposible! Poco antes había mirado su reloj: las nueve y media de la mañana. La hora no era de apariciones. Además, juzgaba imposible la existencia de fantasmas á la luz de un sol radiante, en aquella cumbre circundada de mar, bajo un cielo de intenso añil, sin una nube... Y sin embargo, la tenía allí, cerca de él. Resultaba absurdo, pero le pareció igualmente temerario dudar de lo que estaba viendo.

Ella rió de su estupefacción, con carcajadas que hicieron circular graciosas ondulaciones á lo largo de su cuello, como si una perla subiese y bajase al otro lado de la blanca epidermis.

—No ponga esa cara... Baje y salude á los amigos... ¡No es para tanto!

Y continuó sus risas, satisfecha del asombro con que la acogía Borja. Cuando estuvo junto á ella, le fué dando explicaciones sobre su viaje. Venía á cumplir su palabra. Le prometió en Marsella ver Peñíscola con él, y allí estaba. Era una entrevista de unas horas nada más. Inmediatamente reanudaría su viaje, volviéndose á París. Un pequeño rodeo en su camino.

Todavía no repuesto de la primera sorpresa, la escuchó Borja como si no comprendiese sus palabras. Todo lo que iba diciendo la hermosa criolla seguía manteniéndole en un mundo absurdo. ¡Venir de tan lejos para permanecer aquí unas horas nada más!... ¡Volverse de Peñíscola á París, y llamar á esto un pequeño rodeo en su viaje!... Tuvo miedo de estar soñando, de que se desvaneciese la inesperada visita, volviendo á verse caído en su anterior soledad.

No; ella estaba á su lado, la respiraba, la veía pálida y un poco marchita por el cansancio del viaje, pero más suya, más íntima que la última vez que se habían hablado en el hotel de Marsella.

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