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El papa del mar

PARTE TERCERA EN EL ARCA DE NOÉ (continued 2)

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Rosaura no le dejó tiempo para sumirse en sus pensamientos.

—Enséñeme todo esto. Hágame los honores del último palacio de nuestro don Pedro. No permanezca ahí erguido y mudo como un poste.

Obedeciendo á esta voz dulce y autoritaria, la guió por todo el castillo, disculpando su ruinoso abandono, como si fuese culpa suya. Cincuenta años antes aún había servido de base de operaciones á las tropas del gobierno, cuando perseguían á los carlistas en el Maestrazgo. No valía nada como fortaleza ante los cañones modernos, pero resultaba inexpugnable para las bandas del pretendiente don Carlos, faltas de artillería.

Entraron en el salón más grande, con techo abovedado, ventanales góticos y muros de piedra. Indudablemente fué aquí donde Luna recibió con aparato pontifical á los dos enviados de Constanza. Las paredes de sillares estarían cubiertas con ricas tapicerías traídas de Aviñón. Pero después del papa Luna habían pasado por esta sala las numerosas guarniciones sucedidas durante cinco siglos. Todavía quedaban en los muros soportes de tablas, sobre las cuales colocaban sus efectos los últimos soldados treinta años antes. Al fin la fortaleza había sido desguarnecida, para suprimir el absurdo espectáculo de unos centinelas que paseaban por sus baluartes bostezando de aburrimiento, convencidos de la inutilidad de sus funciones.

Junto á la puerta de este salón de audiencia se mantenía un rótulo escrito con tinta: «Segunda compañía, primer batallón». Títulos iguales los fueron encontrando en las puertas de otras dependencias. Un edificio ruinoso había sido la basílica papal. Otro conservaba aún dobles ojivas en sus muros sin techo, amenazados de derrumbamiento. En él estuvieron las habitaciones del Pontífice y de su exigua corte.

Quedaba poco que ver en su interior. Habían sido muy numerosas las muchedumbres militares que lo emplearon como albergue, enjalbegando con cal las paredes, rascándolas para nuevos blanqueamientos, hasta arrancar los últimos vestigios de sus antiguas pinturas.

Sólo quedaban en Peñíscola, del papa Luna, un báculo de cristal de roca con piedras preciosas y otros objetos de menos valor, guardados en la sacristía de la iglesia parroquial.

Rosaura se asomó con inquietud á las bocas de dos mazmorras, en cuyo fondo eran depositados los presos colgantes de una cuerda. Debían ser obra de los templarios, constructores de la fortaleza, utilizándose después con arreglo á las bárbaras costumbres judiciales de aquellos tiempos.

Respiró con deleite al salir á los paseos almenados, viendo la extensión ilimitada del Mediterráneo. Borja señaló las dos líneas de la costa que se perdían en el infinito á ambos lados del castillo. La de su derecha, baja, verde, toda de viñas, algarrobos, olivos y naranjales, iba hacia Castellón y Valencia. A su izquierda, los caseríos blancos de dos ciudades, Benicarló y Vinaroz, las tierras bajas de la desembocadura del Ebro, y en último término las montañas de Tarragona.

Luego contemplaron ante ellos el mar intensamente azul, con ondulaciones suaves y largas, y en esta llanura de incesante movimiento ciertos redondeles de color más claro, con orla de espumas, cual si surgiese por ellos algo burbujeante que repelía el agua salada.

Explicó Borja que eran fuentes de agua dulce nacidas en pleno mar, iguales á las otras que manaban dentro del peñón. Los primeros navegantes cretenses, fenicios ó cartagineses se transmitían como un secreto precioso la existencia de estos manantiales marítimos en distintos puntos del Mediterráneo. Podían llenar sus ánforas y odres sin verse obligados á un desembarco peligroso. La necesidad de agua dulce los impulsaba muchas veces á realizar expediciones tierra adentro, expuestos á recibir el flechazo de un arco emboscado ó la pedrada mortal del hondero de Iberia.

La turba de chicuelos había desaparecido. Se oían sus gritos cada vez más lejos en las calles del pueblo. El alguacil los había expulsado de la fortaleza. Ahora una cabra blanca y rojiza iba detrás de los dos en su paseo por las murallas.

Borja la había visto todos los días. Un vecino del castillo la dejaba dentro de éste para que se alimentase con sus hierbas. Admiró Rosaura sus movimientos gimnásticos para alcanzar el pasto de las ruinas. Con sus cuatro patas juntas se inclinaba sobre el vacío, rumiando las flores amarillentas de una mata surgida más allá de las almenas. Allí se mantenía en equilibrio, teniendo debajo los muros inferiores de la fortaleza, la montaña vertical sobre el mar, los peñascos salientes del promontorio, batidos por las rítmicas ondulaciones azules.

Claudio quiso mostrarle una torrecilla de un solo piso, con el escudo de Luna sobre su puerta ojival. Era la parte del castillo más saliente sobre el mar, y según Borja, se aislaba en ella el tenaz Pontífice durante sus horas de meditación. Aquí tal vez le colocaban, luego de su comida meridiana, aquellas cajas de dulces descritas en el proceso de su envenenamiento.

Paseó Rosaura por esta pequeña habitación de piedra, con estrechas y rasgadas ventanas, desde las cuales podía atalayarse el mar libre. Claudio describía al nonagenario, enjuto como una momia, mirando el horizonte fijamente, cual si alcanzase á ver la ribera opuesta, la costa de Italia, donde siempre había tenido un adversario que combatir.

No pensaba en la muerte, ni aun después de su envenenamiento. La vida le parecía falta de sentido al desarrollarse sin acción. Todavía, tres años antes de fallecer, proyectaba á solas expediciones marítimas, la organización de una flota igual ó mayor que la que le había llevado á las costas de Génova, un desembarco en Civita-Vecchia, seguido de una marcha sobre Roma, donde aún le quedaban amigos y eran muchos los descontentos.

Su soledad parecía suprimir los obstáculos, presentándole como factibles las empresas más absurdas. Hombres fieles le servían de emisarios, viajando por Francia é Italia para intentar la realización de sus planes.

Martín V, el Papa de Constanza, no se engañaba al mostrarse inquieto mientras existiese el anciano refugiado en Peñíscola. Hacía éste ocultas proposiciones al castellano de Civita-Vecchia para efectuar un desembarco en dicha ciudad. Intentaba establecer relaciones, para una expedición marítima, con el marido de Juana II de Nápoles, que había sido lugarteniente de su gran amigo Luis de Anjou.

Aún tenía sus dos galeras ancladas en Port Fangos, puerto cada vez más solitario, en el delta del Ebro. Era el Papa del mar y estaba seguro de reunir toda una flota de galeras y galeotas, como en otros tiempos, pidiendo apoyo á los mareantes de Barcelona, Valencia y Mallorca, agrandando su marina pontificia con los caballeros errantes del Mediterráneo, que vivían de piraterías y otras malas artes, como los paladines terrestres disimulaban atropellos y robos con su heroísmo.

Este anciano que bendijo á todos los reyes de su época, cuyos pies habían besado éstos y otros personajes poderosos, se sobrevivía años y años en una roca olvidada, junto al Mediterráneo. Sus amigos desleales eran ahora grandes personajes de la Iglesia. Los teólogos que al predicar sermones en su honor habían fabricado tantas imágenes sobre su apellido fingían olvidarse del «Papa de la Luna», pero de pronto recordaban con asombro é inquietud que aún no había muerto.

La prolongación de su existencia era considerada por muchos como una prueba de su legitimidad. Numerosos enemigos suyos que aún eran jóvenes iban desapareciendo, arrebatados por la muerte. Él continuaba viviendo, y su vigor sobrenatural, su tenacidad incansable, le hacían esperar algo milagroso que surgiría á última hora, imponiendo el triunfo de la verdad y la justicia.

Rosaura interrumpió á Borja con voz titubeante:

—Tal vez voy á decir un despropósito, pero este hombre que se sobrevive en un peñón solitario, mirando al mar, acordándose de sus glorias ya muertas, viéndose cada vez más solo y no dudando nunca de sí mismo, me recuerda á Napoleón y la isla de Santa Elena, que fué para muchos una simple roca.

Borja aprobó, sonriendo benévolamente:

—Sí; tal vez existe cierta semejanza, sobre todo en su muerte. Los dos, luego de preocupar al mundo é inspirar temores desde su retiro, se extinguieron en silencio, momentáneamente olvidados.

IV En el arenal donde quemaron al fraile por «envenenador y nigromante»

Los amigos que tenía Borja en Peñíscola, el médico y el secretario municipal, subieron á la fortaleza atraídos por la noticia de esta visita. A los pocos minutos buscaron un pretexto para retirarse, satisfecha ya su curiosidad.

Sentíanse intimidados en presencia de esta gran señora, á la que no sabían qué decir. Balbuceaban, á pesar de la sonrisa y las miradas amables con que acompañaba ella sus preguntas. Los dos se preocuparon de buscar el sitio donde podría almorzar la elegante forastera. No debía ser dentro de Peñíscola. Consideraban imposible que se sentase á la mesa en una de las casas del pueblo, sin otro horizonte que la pared de enfrente, en una calle angosta, y teniendo que sufrir los enjambres pegajosos de insectos.

Resultaba mejor para dicha instalación la lengua de arena ocupada por los pescadores. Y partieron ambos para disponer lo necesario, deseosos al mismo tiempo de verse á solas y poder comentar dicha visita. Iban á apoderarse de los langostinos más grandes que hubiesen traído las barcas. En Peñíscola era inadmisible una comida sin estos mariscos, célebres en toda España.

Rosaura y Claudio pasearon por los baluartes del castillo, contemplando el mar. Luego descendieron lentamente las calles en cuesta hacia el istmo arenoso.

Eran las once. Como aún faltaba mucho tiempo para la hora del almuerzo, Borja empezó á hablar de la muerte de su héroe.

—Don Pedro falleció en un secreto absoluto. Transcurrieron siete meses antes de que los vecinos de Peñíscola y el resto del mundo se enterasen de su muerte. Por justas deducciones ha venido á saberse que el enérgico Papa murió el 29 de Noviembre de 1422, cuando había cumplido noventa y cuatro años. Hasta después de muerto sufrió persecuciones, pasando por trágicas aventuras. Su cuerpo, momificado por la edad, se mantuvo incorrupto. El cadáver no era más que piel y hueso. Lo enterraron en la basílica del castillo, y sus admiradores dijeron que surgía del sepulcro una suavísima fragancia. Sus sobrinos lo trasladaron después á la casa solariega de Illueca, convirtiendo en capilla el aposento donde había nacido. Allí permaneció su cadáver más de dos siglos, guardado en una urna, completamente entero, como el de muchos santos, con una lámpara ardiendo día y noche lo mismo que en los altares.

Un prelado extranjero, al pasar por Illueca, en el siglo XVI, protestó del culto tributado á los restos del famoso antipapa. Benedicto XIII era ya entonces un antipapa, un simple ambicioso. La historia del cisma había sido modificada para siempre á gusto de sus enemigos triunfantes en Roma. La capilla quedó cerrada hasta principios del siglo XVIII, cuando estalló la guerra de Sucesión entre los partidarios de Austrias y Borbones.

—Los descendientes de Luna eran del bando austriaco, como todos los próceres de la antigua corona de Aragón. El vecindario de Illueca defendió su castillo contra las tropas de Felipe V, nieto de Luis XIV, compuestas en su mayor parte de franceses. Yo he visto aún en la entrada del castillo de Illueca una pieza de artillería, grotesca, fabricada por aquellas pobres gentes: un cañón de madera con aros de hierro, teniendo por montaje dos ruedas de carro. Los franceses, enfurecidos por dicha resistencia, mataron á la mayor parte de los defensores y saquearon el edificio.

Esto no fué una excepción en aquella guerra, abundante en incendios intencionados de ciudades y bárbaras represalias que parecían de otros siglos. La soldadesca abrió la capilla creyendo que ocultaba algún tesoro, y al encontrar por toda riqueza la momia intacta, la hizo pedazos con las culatas de sus fusiles, arrojándola en un barranco cercano.

—Parecía que el eterno destino de este hombre extraordinario fuera verse atacado por los franceses hasta tres siglos después de muerto. Unos labradores recogieron su cabeza, llevándola al administrador de la familia Luna. Hoy la guardan en una arquilla los condes de Saviñán, que habitan un pueblo inmediato. Yo la he tenido en mis manos; sorprende por su pequeñez cuando se piensa en la enormísima voluntad que se cobijó dentro de ella. Guarda su epidermis y restos de sus ojos, como las cabezas de los faraones en el Museo del Cairo. Se la reconoce por la exagerada curva de su nariz aguileña, algo desviada, lo mismo que en sus retratos.

Después de este suceso, los enemigos de Luna atribuyeron una nueva profecía á San Vicente Ferrer. Éste, según ellos, indignado en Perpiñán por la tenacidad del Pontífice, había dicho: «Para castigo de su orgullo, algún día jugarán los niños con su cabeza á guisa de pelota.»

Como murió de viejo, sin otra enfermedad que su vetustez y en pleno uso de su inteligencia, creó dos días antes de su fallecimiento cuatro cardenales, para que el Papado legítimo de Aviñón no terminase con él. Este colegio cardenalicio debía elegirle un sucesor, continuando así la no interrumpida cadena de Pontífices verdaderamente herederos de San Pedro. Dichos cardenales de Peñíscola designados in extremis fueron dos aragoneses, Julián de Loba y Jimeno Dahe, y dos franceses, un religioso llamado Domingo de Bonnefoi, prior de la Cartuja de Monte Alegre, y Juan Carrier, que andaba en aquellos momentos por el Sur de Francia sosteniendo la causa de Benedicto XIII.

Los tres cardenales residentes en Peñíscola mantuvieron en secreto la muerte de don Pedro durante siete meses, fingiendo que el Papa vivía aún, publicando en los días señalados las acostumbradas indulgencias, sirviéndose de su propio sello para expedir documentos pontificios y cartas en su nombre. Hasta los vecinos de Peñíscola ignoraban dicho fallecimiento, no extrañando la ausencia del Pontífice por haber pasado éste los últimos meses de su vida sin salir del castillo. Mientras tanto, los tres cardenales—según afirmó después su compañero Carrier—se repartieron el oro y la plata del tesoro pontificio, los anillos con piedras preciosas, los vasos sagrados, libros, ornamentos y alhajas de la capilla papal, y hasta reliquias de santos. Además, aprovecharon los siete meses de secreto para ponerse en relación con Alfonso V, que había abandonado sus reinos de España, dejando como gobernadora de ellos á su esposa doña María, y andaba por Italia haciendo la guerra para consolidar la conquista de Nápoles. Una relación misteriosa se estableció entre el promontorio de Peñíscola y el castillo del Huevo, al otro lado del Mediterráneo, en la bahía de Nápoles, donde vivía el monarca aragonés.

—Pero hablemos de Juan Carrier—continuó Borja—, personaje interesante por sus aventuras, clérigo inquieto, de voluntad no común, que fué á modo de una caricatura de Benedicto XIII, repitiendo en pequeño los últimos actos de su Pontífice. Este Juan Carrier, nacido en Tolosa, se había distinguido entre los franceses partidarios de Luna, coleccionando cuantos escritos se compusieron á favor ó en contra de él, lo que le hizo ser considerado como notable erudito en las cuestiones del cisma.

Benedicto XIII le confería varios cargos eclesiásticos, y al quedar aislado en Perpiñán lo nombró su vicario general en los Estados del conde de Armagnac. El reino de Escocia fué el último en abandonar su obediencia, dos años antes de su muerte, quedándole después de esto como único soberano amigo el conde de Armagnac, poderoso señor vasallo de Francia, pero que procedía como un verdadero rey.

Sostuvo Martín V una lucha tenaz con los condes de Armagnac, abundante en triunfos, derrotas, conciliaciones y nuevas peleas, hasta mucho después de muerto el Pontífice de Peñíscola. Tal era la actividad de Carrier en su vicariato general, que el Papa de Roma tuvo que ordenar una especie de cruzada contra él.

Por instigaciones de su legado, muchos señores y algunas ciudades de Francia hicieron la guerra á Carrier, que se había refugiado en un castillo inexpugnable de la familia de Turena. Como la situación del vicario de Benedicto XIII resultaba semejante á la de su Pontífice refugiado en Peñíscola, Carrier dió á dicho castillo el nombre de Pegniscolette, y lo mismo hicieron los sitiadores.

El legado acumuló bombardas y huestes en torno á la segunda Peñíscola. Martín V excomulgó al conde de Armagnac por haber prestado apoyo á Carrier, y éste, para no causar mayores perjuicios á su protector, se escapó de Pegniscolette, emprendiendo el camino de España para ver á su Pontífice.

Cuando llegó al célebre promontorio del Mediterráneo en 1423, recibió de golpe tres noticias. Hacía un año que Benedicto XIII había muerto; á él lo había nombrado cardenal de San Esteban dos días antes de su fallecimiento, y como sucesor suyo reinaba en Peñíscola un nuevo Papa, llamado Clemente VIII.

Los tres cardenales se habían constituído en cónclave, y después de varios meses de inútiles deliberaciones acabaron por nombrar Pontífice al canónigo de Valencia don Gil Sánchez Muñoz. Poseedor de numerosos bienes, había desempeñado este canónigo misiones importantes de Benedicto XIII en los últimos años de su Pontificado. Tenía en su familia amigos íntimos del rey de Aragón, y era «muy vil pecador», según dijo Carrier, lo que no significaba tal vez otra cosa que haber mostrado cierta afición por las mujeres, pecado común del clero rico en aquellos tiempos.

—Este inquieto Carrier, que no deja de ser gracioso algunas veces al indignarse contra sus adversarios, afirma con toda gravedad en uno de sus escritos, que al ser nombrado Pontífice Clemente VIII, ó sea el canónigo Gil Muñoz, se extendió en el salón del cónclave un olor muy fétido, viéndose durante la noche vagar por las terrazas del castillo de Peñíscola un espantoso macho cabrío.

Rosaura se acordó de la cabra que rumiaba los hierbajos de las murallas. A pesar de su aspecto dulce, debía ser descendiente del macho cabrío infernal que celebró con su aparición el triunfo del canónigo pecador.

—Tal vez—contestó Borja sonriendo—. En esta prolongación del reino papal de Luna se mezclaron cosas ridículas y trágicas. El Pontificado de Clemente VIII fué grotesco, mas no por ello indigno de ser tenido en cuenta. Una cosa que dura ocho años no es para despreciada.

Al proclamarse en Peñíscola el nuevo Pontífice, se alarmó el reino de Aragón. Todos habían mirado con respeto la desgracia y la lenta vejez de Benedicto XIII; pero originó asombro y luego cólera la noticia de que un nuevo Papa completamente desconocido iba á prolongar la discordia en la cristiandad.

Siguiendo sus propios impulsos, la reina gobernadora ordenó á todas las poblaciones de la costa que estableciesen un bloqueo en torno á Peñíscola, y hasta preparó tropas para que se apoderasen de la plaza; pero los tres cardenales y el Papa elegido sabían más que ella y sus consejeros de Aragón. Llegaron del castillo del Huevo órdenes del conquistador de Nápoles para que dejasen en paz al Pontífice elegido en Peñíscola y á su corte.

Alfonso V sostenía una lucha diplomática con el Papa de Roma, reacio á acatar y legitimar su conquista de Nápoles. Al rey de Aragón le convenía mantener en sus Estados un cisma que inquietase á Martín V.

No era segura la situación de éste. El concilio de Constanza, después de haber prometido una reforma general de las costumbres de la Iglesia, se había disuelto sin hacer otra cosa que nombrarlo á él y suprimir á sus tres antecesores. Los husitas, partidarios de Juan Huss y Jerónimo de Praga, habían tomado las armas para vengar á estos mártires y sostener las doctrinas de Wiclef. Su caudillo Juan de Ziska obtenía continuas victorias sobre los sostenedores del Papa.

—Una parte considerable de la Iglesia se mostraba descontenta del Pontífice elegido en Constanza. Para evitar los peligros de tal animosidad, Martín V tuvo que convocar un nuevo concilio en Basilea, pero murió antes de que éste inaugurase sus sesiones. Eugenio IV, su sucesor, se vió depuesto por dicho concilio, y en su lugar fué nombrado Félix V. A éste lo declararon finalmente antipapa; pero todo lo dicho demuestra cuán insegura fué la situación de Martín V durante su Pontificado.

Se entendió al fin el rey de Aragón con el Papa de Roma, y Gil Muñoz, obedeciendo las órdenes de aquél, renunció á su Pontificado de Peñíscola, que ya llevaba ocho años de duración.

—La lentitud con que circulaban las noticias en aquel tiempo, los largos plazos que eran necesarios en todos los asuntos, la falta de periódicos y de comunicaciones rápidas, daban una larga existencia á lo que hoy se resolvería en pocas semanas. Gil Muñoz se mostraba también deseoso de abandonar su Pontificado. La Santa Sede de Peñíscola apenas tenía rentas, y el rico canónigo se arruinaba siendo Papa. Mas al llegar el momento de su abdicación, Gil Muñoz y sus cardenales mostraron una altivez verdaderamente española. Ya que cedían, debía ser con toda clase de honores. Además veneraban la memoria de Benedicto XIII, reconociendo que nadie podía compararse con él, y rivalizaron para mantener hasta el último momento la legitimidad de su causa.

El modesto Pontífice de Peñíscola y sus cardenales no aceptaron nada que pudiera interpretarse como tácito reconocimiento de que Benedicto XIII había sido un usurpador. Su Pontificado era legítimo y legítima igualmente la sucesión de Gil Muñoz, ó sea Clemente VIII. Lo único que podía hacer éste era renunciar á su legitimidad indiscutible, para bien de la Iglesia.

—En el gran salón abovedado que hemos visto se reunieron el 26 de Julio de 1429 Clemente VIII y toda su corte. Uno de los tres cardenales que lo habían elegido, el francés Bonnefoi, vivía preso desde tres años antes en un calabozo del castillo, por lo que diré luego. El aragonés Dahe también ocupaba una mazmorra, pero sólo desde las últimas semanas, por haberse mostrado contrario, con una tenacidad digna de Benedicto, á cumplir las órdenes del rey acatando á Martín V.

No obstante estas dos ausencias, la corte pontificia conservaba tres cardenales: Julián de Loba, el único de los presentes nombrado por el papa Luna; Gil Sánchez Muñoz el joven, sobrino de Clemente VIII—pues éste, para mostrarse verdadero Papa, empezó por proteger á su familia—, y otro cardenal creado pocos días antes, que se llamaba Francisco Rovira. Los altos funcionarios eran veintidós, aragoneses y valencianos los más, y algunos franceses é italianos.

El cardenal De Foix, enviado de Martín V, presenció con todo su séquito esta ceremonia, que iba á ser el último acto de la célebre y tenaz resistencia del papa Luna.

Revestido Clemente VIII con las insignias de su famoso antecesor, ocupó por última vez el trono papal. Con una firmeza solemne declaró que revocaba todas las sentencias y excomuniones que Benedicto XIII ó él mismo hubiesen podido fulminar contra el cardenal Otón Colonna y lo habilitaba para recibir la dignidad de Papa. Si él había aceptado la sucesión de Benedicto, era con la esperanza de poder realizar dicha unión, y «por esto libremente, en honor de Dios y de la Iglesia, sin ser inducido por dádivas ni promesas, renunciaba á la dignidad pontifical». Y pronunciando la fórmula de abdicación descendió del trono, se ocultó en una habitación inmediata y volvió á mostrarse poco después en simples hábitos de canónigo de Valencia.

Procedieron entonces los cardenales á la elección de un nuevo Pontífice, votando por unanimidad á Otón Colonna, ó sea á Martín V.

Al día siguiente el antiguo Papa con sus cardenales fué á San Mateo, capital del Maestrazgo, donde vivía el cardenal De Foix, y éste, por su parte, en nombre de Martín V, los absolvió de las censuras que les había impuesto el Pontífice romano, admitiéndolos en el gremio de su Iglesia. Gil Muñoz y su pequeña corte entregaron al legado papal las dos joyas más valiosas que los Pontífices de Aviñón se habían llevado de Roma y Benedicto XIII había guardado en Peñíscola: el Líber Censuum, volumen que contenía los títulos de propiedad de la Iglesia, y la famosa tiara de San Silvestre, toda de metal, con círculos de piedras preciosas.

—Esta tiara era cónica, como un embudo invertido. La forma ovoidal que tiene actualmente la tiara pontificia fué inventada cuando la famosa de San Silvestre desapareció para siempre, algunos años después de ser llevada de Peñíscola á Roma. El legado de Martín V la trasladó con gran pompa á la Ciudad Eterna, depositándola en el tesoro de San Juan de Letrán, como un resto glorioso de la supuesta donación de Constantino. Aunque muchos dudaban de tan remoto origen, era tradición que todos los Papas la habían llevado en su cabeza desde los primeros tiempos del cristianismo triunfante. Medio siglo después, entraron ladrones en el tesoro de la Basílica de Letrán, llevándose la histórica tiara, sin que nadie haya sabido más de ella.

Terminadas estas ceremonias de reconciliación, un secretario de Alfonso V, que le había servido de embajador en Roma restableciendo la paz entre su rey y el papa Martín, era nombrado obispo de Valencia, y el legado de dicho Pontífice le colocaba la mitra en la iglesia del castillo de Peñíscola. Este nuevo prelado, Alfonso de Borja, jurisconsulto, hábil en las negociaciones diplomáticas, iba á ser Papa veinticinco años después, con el nombre de Calixto III.

—¿Así empezó la familia Borja su carrera?—preguntó Rosaura.

—Así empezó. Sin las negociaciones de paz que terminaron con la renuncia de Gil Muñoz en Peñíscola, no habría pasado Alfonso de Borja de ser un consejero íntimo del rey de Aragón y de Nápoles. También á Gil Muñoz lo hizo obispo el Papa romano, dándole la mitra de Mallorca.

—¿Y los cardenales que estaban presos en las mazmorras?...

Claudio se apresuró á satisfacer esta curiosidad de la dama, igual á la que podía sentir leyendo una novela.

—Los dejaron libres cuando el legado pontificio tomó posesión del castillo.

Al aragonés Dahe únicamente lo habían encerrado unas semanas, para que no se opusiera á que la reconciliación fuese unánime. El viejo cartujo Bonnefoi parecía un espectro después de su cautividad de tres años en un calabozo de piedra que únicamente tenía un exiguo ventanillo sobre el mar. Estaba demacrado, casi ciego y en una miseria tal, que sus libertadores procuraron que nadie lo viese. Su delito consistía en haberse puesto de acuerdo con Juan Carrier, que protestaba desde Francia, no queriendo aceptar la legitimidad de la elección de Clemente VIII.

—Este Carrier representa una prolongación extravagante del cisma, como sólo era posible en aquella época de agitaciones eclesiásticas é indisciplina general. Hasta los concilios se reunían prescindiendo de los Papas. Todos se consideraban con derecho á buscar la unión de la Iglesia, valiéndose de procedimientos á su modo.

Temiendo que Gil Muñoz lo metiese en un calabozo de Peñíscola si manifestaba francamente su rebeldía, se descolgó Carrier una noche á lo largo de una cuerda, desde lo alto del castillo, y huyó á Francia para refugiarse en el condado de Armagnac. Hizo celebrar por un clérigo, al que llamaba su capellán, la misa del Espíritu Santo, llamó á un notario y á varios testigos para que firmasen un acta, y en nombre propio, ya que á los otros cardenales de Peñíscola los consideraba simoníacos, nombró un Papa, cuya identidad mantuvo oculta.

Este Papa designado por Carrier se supone que fué un sacerdote francés de la Guyena, agregado á la iglesia de Rodez. Durante mucho tiempo guardó en absoluto secreto el nombre del misterioso personaje, mas no por ello disimulaba su existencia, y en los Estados del conde de Armagnac empezó otra vez una guerra de tres Papas, Martín V de Roma, Clemente VIII de Peñíscola y el tercer Pontífice sin nombre, rodeado de un interés novelesco, y en cuya representación hablaba el hombre de Pegniscolette.

Carrier se veía perseguido por los legados de Martín V y al mismo tiempo por el Papa de Peñíscola, que le excomulgó, quitándole el capelo. El conde de Armagnac, Juan IV, que se había mantenido fiel á Luna hasta el último instante, escuchaba al inquieto Carrier y le ofrecía un apoyo para su Pontífice incógnito, igual al que el rey de Aragón había prestado á Benedicto XIII.

Tal era la confusión del conde de Armagnac en tal asunto, que no sabía cómo decidirse á favor de uno de los tres Papas, Martín V, Clemente VIII ó Benedicto XIV, pues éste era el nombre que había tomado finalmente el Papa de Carrier, en honor al Pontífice muerto en Peñíscola. Creía de buena fe dicho conde soberano que el asunto principal del cisma aún se hallaba pendiente, y se le ocurrió un procedimiento infalible para averiguar la verdad.

Juana de Arco había llegado en aquel momento al apogeo de su sorprendente historia. Acababa de salvar á la ciudad de Orleáns, consagrando en Reims á Carlos VII como rey de Francia. Esta humilde campesina que triunfaba de los ingleses y oía «voces» sobrenaturales aconsejándola lo que debía hacer era la persona indicada para disipar las obscuridades del cisma, y por eso Armagnac le envió una carta que decía así:

«Querida señora: Existen tres pretendientes al Papado; uno vive en Roma, se hace llamar Martín V y le obedecen todos los reyes cristianos; otro habita en Peñíscola y se hace llamar Clemente VIII; el tercero no se sabe dónde vive, tan sólo el cardenal de San Esteban y unos pocos más lo conocen, y se hace llamar Benedicto XIV...» Y le pedía que suplicase á Nuestro Señor Jesucristo para que por medio de ella hiciese saber cuál de los tres era el verdadero Pontífice y poder obedecerle.

La célebre doncella de Orleáns recibió esta carta en Compiègne cuando, vestida de hierro, se disponía á montar á caballo al frente de sus hombres de armas. Quedó al principio en suspenso, no sabiendo qué contestar. Sus «voces» jamás le habían hablado de este asunto. Nacida en 1412, había oído conversar, al tener uso de razón, del Gran Cisma de Occidente como de una calamidad ya remota. La resistencia tenaz de Pedro de Luna en Peñíscola preocupó á España, á Italia y á los Estados del Sur de Francia, sin llegar nunca hasta la Lorena, su país. Todo lo más que había podido saber durante sus primeros años era la reunión de un concilio en la ciudad de Constanza. A Muñoz y á Carrier nunca los había oído nombrar.

Con el deseo de no mostrarse descortés dictó una respuesta al conde de Armagnac, diciendo que por el momento estaba ocupada en hacer la guerra; pero luego de su triunfo definitivo, cuando volviese ella á París, podía enviarle otro mensajero. Entonces le haría saber con certeza á quién debía seguir, «según el consejo de mi director y soberano dueño, el rey del mundo».

—Todo esto—dijo Claudio—, que visto desde nuestra época resulta algo pueril, sirvió como nueva arma á los perseguidores de la extraordinaria Juana, los cuales la acusaron, antes de quemarla en Rouen, de haberse mezclado en la vida interior de la Iglesia, dudando de la legitimidad de Martín V y prometiendo declarar en un plazo determinado quién era el verdadero Papa. Su cortesía, que la impulsó á contestar una carta, fué explotada como nuevo argumento para hacerla perecer en un brasero.

Rosaura y Claudio empezaron á pisar la arena de la playa. Junto á la puerta de piedra con el gran escudo de Felipe II esperaban los dos nuevos amigos de Borja. Habían hecho todo lo necesario para que pudiesen comer en el istmo. Un viejo marinero, experto en guisos de pescado, estaba trabajando para ellos dentro del parador.

En vano Rosaura insistió en invitarlos. Su timidez y su cortesía los impulsaban á alejarse. Eran las doce, y en sus casas les esperaban para comer. Volverían después; todo lo dejaban bien preparado. Y se alejaron en compañía del alcalde, que había hecho igualmente una corta aparición para convencerse de que nada faltaba á los forasteros.

Al quedar solos, juzgó Rosaura preferible comer en mitad de la lengua arenosa, lejos del lavadero, cuyas piedras olían á jabón fuerte, lejos también del parador con sus carros detenidos ante la puerta y su establo lleno de caballerías, que se azotaban incansablemente con la cola para espantar los insectos.

Avanzó el automóvil hasta la parte media del arenal, quedando junto á una fila de barcas negras de brea, con el mástil un poco inclinado hacia la proa. La silenciosa chiquillería de la población había desaparecido. Aquí se vieron rodeados por los hijos de los pescadores, grumetes de piel tan bronceada, que parecían salidos de una toldería indígena de América; «gatos de barca» con el pantalón á media pierna, camiseta rayada y una gorra vieja con visera, todos de ojos ardientes, voz ronca y la fuerte dentadura obscurecida por el tabaco.

Empezaron pidiendo cigarrillos á Borja. Era para ellos el mejor regalo que puede recibir un mortal. Luego Claudio cometió la imprudencia de arrojarles unas pesetas, y la playa silenciosa se estremeció con estruendos de pelea. Los pescadores y sus mujeres se habían retirado á sus casas para comer. Sólo quedaba en el arenal la chiquillería de la flota de Peñíscola, en plena libertad, y comenzaron á batirse entre ellos, disputándose á golpes la posesión de las monedas.

Se empujaban en su furia, cayendo arracimados sobre aquella pareja de señores generosos. Semejantes á los árabes, consideraban el título de «tío» como el más honorífico que puede darse á una persona digna de respeto, colgándose muchos de ellos del brazo del «tío» para agarrarle las monedas antes de que saliesen de su mano.

—¡Tía, á mí!... ¡A mí, tía guapa!

Y Rosaura les arrojó igualmente puñados de pesetas, riendo al ver cómo rodaban por la arena, agitando pies y manos. Uno de ellos echó varios zarpazos á su diestra, rasgando el guante que la cubría, clavando en ella sus uñas; tan grande era su impaciencia.

—¡Ah, demonio! ¡Toma, toma!...

Corrió detrás de él dándole cachetes, pero éstos equivalían á una caricia para aquellos pequeños delfines, y volvieron á rodearla, gritando: «¡A mí! ¡A mí, tía!»

Tan grande fué el alboroto, que atrajo la intervención de la autoridad, sentada á la puerta del parador, con su gorra dorada y su bastón de borlas negras. Otra vez vió Rosaura al alguacil, pero ahora los enemigos del orden eran menos obedientes y más talludos que los chiquillos que la habían seguido por las calles de la población.

Repartió unos cuantos golpes con la vara de justicia, y los «gatos de barca», al recibirlos, procuraron ocultar su dolor saltando y riendo, mientras gritaban: «¡No me ha hecho daño!... ¡no me ha hecho daño!» Al fin, cansados de aguantar palos y fingir insensibilidad, fueron alejándose en diversos grupos, según sus amistades, haciendo cada cual el recuento de las pesetas conquistadas.

Ya no los vieron más que desde lejos, atisbándoles panza abajo, detrás de las barcas, por si se repetía el derrame metálico, sin atreverse á nuevos avances, como si el alguacil hubiese trazado con su bastón en torno á los forasteros un infranqueable tabou.

Al quedar solos Rosaura y su acompañante, admiraron la bravía hermosura de esta playa, tan distinta á las que habían conocido en sus viajes veraniegos. Junto al límite de las últimas ondulaciones, donde la arena conservaba la humedad con brillo de espejo, vió saltar la dama un sinnúmero de insectos pequeños, blancos, casi transparentes. Eran las llamadas pulgas de mar.

Varias barcas se movían ancladas á corta distancia del istmo. Otras se iban deslizando por el límite del horizonte con sus velas de ala de gaviota. Ella admiró la placidez de este panorama marítimo, su silencio meridiano.

No había en toda la lengua de arena otros seres que ellos dos y el chófer. El suelo brillaba como polvo de oro bajo la luz vertical del sol. Temblaban las líneas de los objetos á causa de la evaporación de la arena. En este silencio se transmitían los menores ruidos á inauditas distancias. La caída de un remo, los gritos procedentes de las calles de la población, un carro lejanísimo marchando por los caminos de las marismas, adquirían á esta hora solar una sonoridad más extraordinaria que la de las horas nocturnas.

—¿Y fué en este sitio tan hermoso donde quemaron al fraile que quiso matar al papa Luna?—preguntó Rosaura.

Sí; aquí habían quemado al fraile por «envenenador y nigromante», como le llamaban en el proceso. Viciana, historiador del siglo XVI, aún había visto en dicho arenal un mojón de cal y canto marcando el lugar del suplicio.

—Ahora no queda ni memoria del rústico monumento expiatorio. Peñíscola ha sufrido tres sitios, que modificaron sus alrededores.

Al oir que la rica señora envidiaba la existencia de estas gentes de mar, Borja habló de las tempestades que pasan sus olas de un lado á otro del istmo, obligando á los barcos de Peñíscola á refugiarse en los puertos inmediatos de Benicarló y Vinaroz. Muchas veces la tormenta no les daba tiempo para guarecerse, y se mantenían haciendo frente á la tempestad, lo que originaba numerosos naufragios. ¡Cuántos de estos grumetes que gritaban «¡Tío, á mí!» acabarían muriendo ahogados!...

La llegada del alguacil con el marinero que había guisado la comida interrumpió su conversación. Colocaron una mesa y dos sillas sobre la arena, á corta distancia de donde venían á extinguirse las últimas ondulaciones en delgadas curvas semejantes al cristal. Una vela tendida entre dos barcas les daba sombra.

Admiró la dama esta rústica instalación, y su entusiasmo fué en aumento al volver el marinero con una gran fuente ocupada toda ella por una pirámide de langostinos asados. Nunca los había visto tan enormes, ni pudo sospechar que dicho marisco poseyera tal perfume. Surgía de ellos un olor semejante al de las violetas.

Dió el guisandero explicaciones en valenciano, rogando á Borja que las tradujese á la señora. Hablaba con desprecio de los miserables cocineros de tierra firme, dignos de toda clase de tormentos, que hierven la langosta y los langostinos, dando á su preciosa carne un sabor de ropa mojada. Los cocineros de mar saben que estos animales preciosos sólo deben servirse asados ó fritos. Su olor y su sabor se concentran con la acción directa del fuego.

Estos langostinos de caparazón delgadísima podían comerse enteros á pesar de su tamaño extraordinario. Sus patas y envolturas crujían fácilmente bajo los dientes, confundiéndose con la carne firme y sabrosa oliendo á flor.

Como Rosaura había pasado la mitad del día sin otro alimento que el café tomado en Tarragona, empezó á comer ávidamente. Se acordaba del almuerzo en la fontana de Vaucluse y del otro, no menos agradable, en el Puerto Viejo.

—Este es mejor, Borja. Su bouillabaisse de Marsella no puede compararse con el plato que acaban de traernos. Sabe usted obsequiar magníficamente á sus amigos; lo reconozco.

Tuvo que moderar él su entusiasmo, hablando de los peligros de un atracón. La primera vez que estuvo en Peñíscola quedó tan ahito de langostinos, que al volver á Madrid no pudo soportar en varios meses su vista y su olor. Luego señaló un lugar de la costa donde se esbozaban las blancuras del caserío de Vinaroz.

Rosaura no ignoraba seguramente quién había sido el duque de Vendôme. Ella movió la cabeza sin dejar de comer. Conocía la plaza Vendôme en París y la rue de la Paix inmediata. Allí estaban los joyeros, los costureros y hasta los zapateros de gran lujo que la tenían por clienta.

—Pues en aquella población que usted ve murió el mariscal Luis de Vendôme, soldadote grosero, pariente de los reyes de Francia, general de vida licenciosa, aborrecido por su primo Luis XIV, el cual tuvo, sin embargo, que mantenerlo al frente de sus ejércitos, porque algunas veces conseguía victorias ruidosas no obstante sus descuidos. Al dirigir la guerra de Sucesión en España, se quedó en Vinaroz con su corte especial de rufianes y rameras que le acompañaba á todas partes. Nada tenía que hacer en esta costa, pero se instaló en ella por los langostinos solamente, y una indigestión lo mató en pocas horas.

Su tumba, con inscripciones enfáticas en latín, la había visto Borja en la iglesia de Vinaroz, pero no contenía ya más que sus entrañas. Su cuerpo lo habían llevado al panteón de Infantes en El Escorial.

Claudio no consiguió aterrarla con este ejemplo. Por una sola comida no iba á morir como el glotón Vendôme. Y sólo abandonó la enorme fuente de langostinos al ver que el marinero llegaba con otra semejante, provocando sus protestas y las del joven español. ¿Cómo podrían devorar este nuevo envío, más que suficiente para todos los huéspedes de un gran hotel?...

Quedaron tan hartos que apenas pudieron probar los otros platos traídos por el guisandero, todos bien especiados, con arreglo á la gastronomía marinera, para que despertasen en el paladar un deseo continuo de beber.

Explicó Borja la procedencia del vino de color granate obscuro colocado sobre la mesa. Llevaba el nombre de la vecina ciudad de Benicarló. En los últimos tiempos de la navegación á vela, bergantines y fragatas lo cargaban para América, vendiéndolo especialmente en Buenos Aires. Era el vino llamado en la Argentina «Carlón», del que había oído hablar Rosaura á sus abuelos; el único que gustaba á los viejos criollos, haciéndoles dar este nombre desfigurado de Benicarló á todos los vinos tintos llegados al país.

Ya no hizo más viajes el guisandero, luego que hubo dejado sobre la mesa una cafetera llena hasta los bordes de líquido denso, intensamente negro, con tanta achicoria como café, tal como les gusta á las gentes de mar.

Conversaron los dos sobre lo que podían hacer aquella misma tarde. Borja consideraba conveniente ir á pasar la noche en Castellón, capital de la provincia, donde encontrarían hoteles cómodos y limpios. El viaje no era largo. En menos de dos horas podían llegar á dicha ciudad, aunque el camino estuviese en mal estado. Además, las noches eran de luna. Ella diría al día siguiente lo que pensaba hacer; si seguir hasta Valencia, adonde iba él, ó regresar á París después de haber satisfecho su curiosidad de conocer Peñíscola.

—No sé—contestó Rosaura con voz de cansancio—. Me parece bien que vayamos á esa ciudad que usted dice... Pero ya que nos queda tiempo, quisiera dormir un poco. He comido tan bien, que siento ahora sueño... mucho sueño... ¡Me levanté tan temprano!...

Quiso dormir en el arenal, acariciada por la frescura del mar. Recordó las veces que había hecho lo mismo siendo niña, en sus excursiones por las estancias, á la sombra de un ombú todo leña, envuelta en un poncho y la cabeza reclinada en los jaeces de su caballo, mientras éste iba pastando libremente.

Interrumpió el chófer su gran banquete de mariscos para traer el asiento mayor del automóvil, que iba á servir de cama á la señora, otro más pequeño como almohada y una manta de viaje. Ella se tendió en este lecho improvisado, incorporándose dos veces para convencerse de que en tal postura no dejaba descubierta ninguna intimidad de su cuerpo.

Borja, sin abandonar su asiento, dormitó un poco con los codos apoyados en la mesa.

La exagerada abundancia de comida atrajo á varios perros. Devoraban los grandes langostinos caídos en la arena como si fuesen desperdicios sin valor alguno. Lamían en silencio las salsas picantes de los platos. Husmeaban despectivamente las frutas del país que habían rodado de la mesa.

Despertó el joven presintiendo la proximidad de alguien que le contemplaba mientras dormía. Sus dos amigos de Peñíscola, después de muchas vacilaciones y de pasear el istmo de un extremo á otro, habían acabado por acercarse.

El primer movimiento de Claudio fué mirar hacia donde estaba la señora de Pineda, con una inquietud celosa, temiendo que se hubiese destapado durante su sueño. Seguía envuelta en la manta de cintura abajo y su busto se movía acompasadamente con el ritmo de una respiración tranquila.

Eran más de las tres de la tarde; mejor dicho, faltaba poco para que diesen las cuatro. Borja les habló del equipaje que dejaba en su alojamiento de Peñíscola, rogando que se lo enviasen á Castellón por ferrocarril.

Mirando el cielo y el mar, le pareció que debía ser más tarde que la hora indicada por sus amigos. Se había adormecido en pleno sol, bajo un cielo azul, procurando mantenerse á la sombra de la vela. Ahora el mar era gris, las nubes cubrían las montañas y el sol estaba oculto, como si ya hubiese empezado á iniciarse el crepúsculo.

Llegó el alcalde hacia ellos, con su paso balanceante de patrón de barca.

Miró á un lado y á otro, cual si husmease el tiempo, y movió su cabeza. Luego creyó oportuno dar un consejo:

—Don Claudio, si piensan ir á Castellón, váyanse pronto. El cielo amenaza tormenta.

V ¡Santa Bárbara bendita!...

Volvió el automóvil á cabecear en el camino de las marismas, dando saltos violentos sobre sus muelles. Atravesaron Benicarló siguiendo la carretera que va á Castellón y Valencia. Eran las cinco de la tarde y parecía que estuviese próximo el anochecer.

Dudaba Borja sobre la conveniencia de continuar el viaje, pero su compañera se mostró más animosa, en vista del buen estado del camino. Mucho antes de que cerrase la noche habrían llegado á Castellón. Y siguieron adelante.

Quince minutos después les inmovilizó un ligero incidente. Una de las ruedas había sido atravesada por un clavo perdido entre el polvo de la carretera.

Mientras trabajaba el chófer, hablaron de los inconvenientes de la más moderna de las locomociones terrestres. El ferrocarril parecía haber librado para siempre á los viajeros de las aventuras del camino, cuando el descubrimiento del automóvil volvía á ponerlos en contacto con los vagabundos y los carreteros, con las malas posadas y las pésimas comidas, resucitando rudezas é incomodidades de otros siglos. El automóvil más caro y lujoso, al avanzar desafiando al tiempo y el espacio, perdía su fuerza de bestia mitológica con deplorable facilidad. Bastaba un clavo herrumbroso desprendido de la herradura de un asno, para que se inmovilizase en mitad de un camino con desmayo de fiera herida. Marchando á gran velocidad, el mismo clavo miserable hacía estallar una rueda, produciendo el vuelco mortal.

Empezaron á caer gotas de lluvia, trazando hondos redondeles en el polvo de la carretera. Los dos volvieron á meterse en el carruaje, mientras el chófer daba fin á su reparación.

Para distraer Rosaura el mal humor que despertaba en ella este accidente, quiso hacer hablar á su compañero.

—¿Y Juan Carrier?... No me ha contado usted en qué paró este imitador de Benedicto XIII.

—El cardenal de San Esteban terminó sus días obscuramente en el castillo de Foix. En 1433 se había dejado aprehender por los señores del Langüedoc, obedientes á Martín V, aburrido de su resistencia ineficaz. Murió en un calabozo, sin retractarse, firme en su protesta contra el Papa de Roma, y por haber sido excomulgado lo sepultaron sin ceremonia al pie de una roca. No por ello terminó el cisma completamente. Desaparecido Carrier, persistió una secta llamada de los Traîners, con numerosos adeptos en las tierras del conde de Armagnac, los cuales, pasado medio siglo, todavía esperaban el triunfo del misterioso Benedicto XIV, que nadie sabía quién era, y su entrada solemne en Roma.

Recordó Borja á cierto clérigo de Toledo, algo exaltado en sus opiniones, que le había hecho conocer un gran secreto. Carrier y el Papa elegido por él dejaban reglamentada la sucesión del verdadero Pontificado, y éste venía prolongándose á través de los siglos, manteniendo las tradiciones de Aviñón y de Peñíscola. El grupo de fieles que hacía funciones de Colegio cardenalicio se reunía en el misterio, como una sociedad secreta, para nombrar al Santo Padre.

—El último Papa, según me dijo el clérigo toledano, fué un canónigo de Tolosa, y por regla general todos los Pontífices secretos eran franceses... Yo no lo creo, pero reconozco que sería muy interesante la existencia de esta Iglesia misteriosa dentro de la Iglesia universal, de estos Papas anónimos sucediéndose durante cinco siglos, en espera del momento propicio para apoderarse en Roma de la Santa Sede y restablecer el curso de la antigua legitimidad atropellada.

Rodó otra vez el automóvil, pero bajo una lluvia torrencial que iba esfumando el horizonte y no dejaba ver más allá de unas pocas docenas de metros. El hermoso vehículo perdió en un instante su lujosa brillantez. Los vidrios quedaron empañados con el vaho de la lluvia, cortando á trechos su opacidad el deslizamiento de las gotas. Se había convertido el polvo calizo de la carretera en un barro blancuzco que salpicaba el carruaje con manchas semejantes á las del yeso. Era la tormenta rápida y brutal de las orillas del Mediterráneo.

Este cielo extremadamente obscuro hizo recordar á Rosaura las lluvias de Buenos Aires prolongándose durante horas y horas, haciendo gritar con sus latigazos claraboyas y techos de cinc, bajo un cielo tan negro que los vecinos tienen que encender luces en plena mañana.

También aquí, en esta tierra de sol, la lluvia caía de golpe, en masas más que en regueros, como si el cielo fuese un lago desfondado. Una obscuridad semejante á la de los eclipses solares parecía enlutar los campos.

El chófer, desconocedor del camino y cegado momentáneamente por la lluvia, hacía marchar su enorme vehículo con cierta lentitud. Resbalaba éste en las curvas rápidas, no esperadas por su conductor. Rosaura empezó á arrepentirse de su decisión.

—Reconozco que hemos hecho una tontería no quedándonos en esa ciudad inmediata á Peñíscola.

Contestó Borja haciendo gestos afirmativos; pero la dama, con repentino optimismo, empezó á burlarse de sus inquietudes. En peores trances se había visto al viajar por Europa. ¡Adelante! La lluvia tal vez terminase pronto. En los países de clima dulce estas tormentas son estruendosas y rápidas, algo semejante á los arrebatos de cólera, tardíos pero temibles, de las personas bondadosas.

No encontraban á nadie en el camino. Los campos y las casas inmediatas á la carretera parecían no haber tenido nunca habitantes.

Rosaura pegaba su rostro á un cristal para convencerse de que el camino seguía al nivel de los campos ó por encima de ellos. Mientras fuese así, no sentía inquietud. Lo temible iba á presentarse si la carretera se deslizaba por terrenos bajos... Y esto fué lo que ocurrió media hora después.

Vieron ante ellos una especie de río de aguas rojas; una laguna prolongadísima, con pequeños islotes de barro. Era el camino. Hubo que seguir por él, confiándose á la suerte, no sabiendo lo que las ruedas podían encontrar en el fondo de la turbia superficie que se deslizaba en pequeñas ondulaciones, atraída por otros terrenos más bajos.

Resultó grotesco y triste el avance de la poderosa máquina por este camino acuático. Se inclinaba el vehículo como si fuese á volcar. Unas ruedas se remontaban sobre obstáculos ocultos, mientras las opuestas se hundían. Otras veces quedaba inmóvil, clavado en el fango invisible, y era preciso apelar á su mayor fuerza para que siguiese adelante, dando rugidos de cansancio.

—¡Qué camino!—exclamaba ella—. Y esto va á ser interminable... No se le ve el fin.

Contrastando con la suciedad de la corriente fangosa, extendían los naranjales, á ambos lados del camino, sobre taludes de tierra carmesí, sus bolas verdes y enormes moteadas de azahar. Por encima de la arboleda perfumada se veía, lejanísimo, un campanario con montera de tejas verdes y azules.

Azotaba la lluvia con violencia creciente el techo del vehículo. La luz era de un gris sucio y opaco. Iba desapareciendo el paisaje, cual si cayesen sobre él nuevos telones de neblina. En algunos fosos invisibles se hundió el coche de tal modo, que el agua empezó á entrar por debajo de sus portezuelas.

—¡Esto no puede ser!...—seguía protestando Rosaura—. ¡Ay, si llegásemos á ese pueblo del campanario lindo!...

Experimentó el automóvil una sacudida más brusca. Los dos no oyeron en realidad nada extraordinario; los latigazos de la lluvia sobre el techo hacían zumbar sus oídos; pero ambos tuvieron la percepción de que algo se había roto con un chasquido de hierro que se parte.

Algo faltó, efectivamente, en el funcionamiento del vehículo. Siguió avanzando, pero con un movimiento cabeceante de buque sin rumbo. El chófer, al mismo tiempo que manejaba con una energía convulsiva la rueda de la dirección, hizo gestos reveladores de su impotencia. Adivinaron que su esfuerzo resultaba inútil; el automóvil no le obedecía, marchando al azar.

Así hubiese continuado por el centro del arroyo, pero el conductor, con sus últimos esfuerzos, consiguió ladearlo, y fué á chocar contra uno de los taludes, clavando su trompa en el fango rojo.

Los dos viajeros casi dieron con sus cabezas en los vidrios de enfrente, y una vez repuestos de la sacudida se miraron indecisos: «¿Qué hacer ahora?»

Sentíanse miserables y desarmados bajo la tormenta, en un camino desconocido, con el horizonte cerrado por la lluvia, entre dos murallas de tierra y plantas espinosas, sobre cuyos bordes asomaban los campos de naranjos. Nada quedaba en ellos de los viajeros de una hora antes, seguros de su fuerza para vencer la distancia y acortar el tiempo.

Borja se echó fuera del carruaje, hundiéndose en el agua que corría por el camino. Casi instantáneamente, empezó á chorrear su rostro y sintió descender por su pecho fríos raudales.

Había adivinado el chófer la causa de este accidente y la explicó con cierta confusión, como si fuese culpa suya. Acababa de romperse uno de los muelles delanteros. Imposible seguir adelante. Si intentaba avanzar, el vehículo, falto de dirección, iría otra vez contra un ribazo ó un árbol, con peores consecuencias. Tampoco era posible repararlo bajo la lluvia, en aquel lugar inundado. El señor Borja y la señora debían buscar un refugio, sin preocuparse de él. Su deber era quedarse en el automóvil.

Claudio, saltando sobre el agua corriente y los islotes de barro, encontró un camino transversal que subía hasta el nivel de los campos. Lo remontó encorvado bajo la tormenta, viendo á corta distancia, entre naranjales, una casita que debía ser blanca en días serenos, y ahora era gris por la humedad. Una de sus ventanas estaba entreabierta, asomándose á ella las caras curiosas de tres niños.

Desaparecieron como si les asustase la presencia del forastero, y en el lugar que dejaron vacío se mostró una mujer llevando pañuelo obscuro en su cabeza, blanca de tez, á pesar de la curtimbre del sol, carillena, con una seriedad monjil en sus ojos dulces y su boca de labios apretados.

—¡Bòna dòna!... ¡bòna dòna!—exclamó Borja en valenciano, como si pidiese socorro á la «buena mujer».

Ella hizo un gesto afirmativo adivinando su petición y abandonó la ventana para abrir inmediatamente la puerta de la casa. Luego quedó inmóvil bajo su dintel, colocándose ambas manos en forma de bóveda sobre sus ojos para librarlos de la lluvia.

Claudio volvió corriendo al vehículo, en busca de Rosaura.

—¡Nos hemos salvado! Va á resultar terrible para usted ir hasta la casa, pero no hay otro remedio.

La ayudó á descender del carruaje, guiándola en sus saltos sobre el barro y el agua para llegar hasta el camino del naranjal. En vano pretendió llevarla en sus brazos.

—No podrá, Borja. Peso más que usted cree. ¿Y qué va á evitar con ese esfuerzo, que ya resulta inútil?

Se convenció el joven al mirarla. ¡Miseria humana! En un instante la majestuosa Venus se había convertido en una pobre mujer, igual á las de las tribus prehistóricas, víctimas de todos los ultrajes de la Naturaleza. La lluvia la había envuelto sin ningún respeto, bastando unos segundos para que su cabellera, en desmayadas mechas, expeliese gotas por debajo del gorro de viaje, mientras otras gotas se iban desprendiendo de la punta de su nariz. Sentía bajar el agua en fríos regueros desde su cuello á sus pies. Éstos se habían hundido en el barro y tuvo que hacer grandes esfuerzos para no perder sus zapatos.

En mitad del camino rojo que ascendía á la casa sintió descalzo uno de sus pies. Borja quiso arrodillarse para ponerla el zapato, pero ella lo tenía ya en una mano y siguió marchando sin más que la media de seda, recibiendo salpicaduras de fango en lo alto de sus piernas.

—¡Qué horror!... ¡qué tristeza!—murmuraba al avanzar, compadeciéndose á sí misma por su aspecto cada vez más deplorable.

Los hizo entrar apresuradamente en su casa la buena mujer. Una cocina servía de habitación común, ocupando la mayor parte del edificio; otra pieza era un dormitorio matrimonial, y la tercera, más exigua, á juzgar por sus camas, estaba ocupada por los tres niños. Todo ofrecía un aspecto de pobreza limpia, de mediocridad campesina, respetuosa, obediente, resignada á cultivar la tierra ajena.

—Pasen—dijo la mujer en valenciano—. Pasen usted y su señora. Voy á encender fuego.

Al poco rato ardía en la chimenea una fogata improvisada y defectuosa, como ocurre casi siempre en los países de sol, donde el frío resulta un accidente terrible y pasajero. La leña era de naranjo y no estaba seca. Sus troncos chirriaban con burbujeamientos de savia y de goma. Las llamas eran de un rojo obscuro, con más humareda que luz.

Enfriados por la lluvia que empapaba sus ropas y aún corría por sus carnes, se aproximaron los dos viajeros á esta fogata con una delicia animal, poniendo sus manos y sus pies junto á las llamas, como si deseasen sentirse quemados.

Dió explicaciones la mujer, siempre en valenciano, mirando á Rosaura, como si ésta pudiese entenderla. Sus niños habían visto venir el automóvil por el camino hondo. En días de tormenta les gustaba contemplar el campo mojado y reluciente. Ella vivía sola, es decir, con sus tres hijos y con el abuelo de ellos, que estaba casi ciego y desvariaba algunas veces.

Su marido había muerto aún no hacía un año. La viuda continuaba en la pequeña propiedad, esforzándose por cultivarla lo mismo que el difunto, pero no sabía si el dueño de la tierra querría prorrogar el arriendo.

—¡Ay, señora! Felices las que tienen vivo á su marido para que corra con la dirección de la casa.

Y miró á Rosaura, que empezaba á adivinar confusamente lo que decía en aquella lengua, ininteligible para ella.

—Nos toma por marido y mujer—dijo á Borja en un momento que la viuda se ausentó.

Reía de la suposición, considerándola graciosamente absurda.

—Déjela—contestó Claudio, sonriendo también—.Esta pobre sólo puede imaginar casados á un hombre y una mujer que viajan juntos. No la saque de su error. ¡Quién sabe si nos retiraría su estimación al saber que no somos un matrimonio, poniéndonos en la puerta, bajo la lluvia!... Fíjese en lo que nos rodea.

La viuda había colocado sobre la mesa un velón de bronce de cuatro picos, encendiendo las cuatro luces, lujo que nunca habían visto sus hijos, agrupados junto á la lumbre, mirando tímidamente á estos extranjeros traídos por la tempestad.

Borja mostró á Rosaura dos cuadros que adornaban la cocina, rabiosamente coloreados, procedentes de la primera época de la reproducción al cromo. En uno de ellos se mostraba Jesús, dulzonamente hermoso, con la barba y la cabellera untuosas, como si exhalasen un perfume inolfateable, abriéndose las vestiduras y enseñando en mitad del pecho un corazón rodeado de llamas. En el otro vieron á un hombre moreno y barbudo, con boina blanca, capa roja, el collar del Toisón de Oro sobre el pecho de su levita azul y ambas manos apoyadas en un sable de caballería. Era el pretendiente don Carlos, aspirante á rey absoluto, por el que se habían batido medio siglo antes la mayor parte de los hombres de esta tierra del Maestrazgo. Las dos estampas estaban algo obscurecidas por el tiempo y las motas que habían ido depositando las moscas sobre su barniz.

Volvió poco después la animosa viuda, quitándose de la cabeza un saco de arpillera que había contenido abono para sus naranjos y llevaba ahora colocado en forma de capuchón.

Venía de hablar con el chófer en el camino hondo. En vano le había rogado que abandonase el automóvil. Podía dormir en el pajar de la casa; nadie vendría á robarle su carruaje; la gente de los alrededores era buena. Pero el mecánico se negó con la tenacidad escandalizada del que escucha una proposición contraria á su deber. Debía mantenerse allí, y únicamente solicitaba de la señora que le permitiese cabecear durante la noche un inquieto sueño en el interior del carruaje.

Después de estas noticias que sólo Borja podía entender, empezó á ocuparse de la cena de los viajeros. Ofreció á Rosaura ropas interiores guardadas en un armario de su dormitorio. Eran gruesas, pero muy limpias y perfumadas con romero. Tal vez molestarían á la señora, acostumbrada á prendas de mayor finura, mas ella lo ofrecía todo de buena voluntad.

Acariciada por el fuego, que la iba entibiando interiormente, se negó Rosaura á aceptar esta oferta, traducida por Claudio. A la mañana siguiente tendría secas sus ropas, y pensaba acostarse lo antes posible si la dueña de la casa le cedía una cama que había entrevisto al quedar abierto por breves momentos el dormitorio más grande.

Tuvieron que aceptar los dos todas las atenciones de una hospitalidad á uso antiguo, que se preocupaba ante todo del estómago de sus huéspedes. En vano recordaron su hartazgo de mediodía. La viuda insistió: «Siempre es bueno comer, sobre todo después de una mojadura.»

Sus dos hijos mayores, llevando también en sus cabezas sacos de abono en forma de capuchón, salieron de la casa, satisfechos de poder marchar bajo la lluvia. Iban á otra vivienda de las inmediaciones, donde la madre conocía la existencia de un jamón salado y blanducho, llamado «pernil» en el país.

Un nuevo personaje se movió en la cocina: el padre del difunto, llamado por todos «el Agüelo».

La edad y el hábito de encorvarse sobre la tierra años y años para cultivarla habían doblegado su cuerpo. Era enjuto, con abundantes arrugas concéntricas alrededor de ojos y boca. Sus pupilas, amarillentas y lacrimosas, tenían la fijeza de la ceguedad. Saludó á los forasteros en castellano, pronunciando lentamente sus palabras con un acento algo grotesco. Y satisfecho de haber dado esta muestra de su sabiduría, fué hacia la puerta, entreabriéndola.

—Llueve—dijo con tono de oráculo—; llueve, y pronto va á tronar.

Admiró Borja la adivinación de este hombre falto de vista. Una segunda tormenta se iba aproximando. Sobre el horizonte gris y brumoso por la lluvia avanzaban nubes intensamente negras, cortadas por el zigzag de lejanas exhalaciones.

Volvieron los niños, con el «pernil» envuelto en papeles mojados, y la madre fué arrojándolo á trozos en una sartén que empezaba á chirriar sobre el fuego.

—Usted y su señora deben comer algo, para entrar en calor—insistió la mujer—. También guardo un vino rancio de mi pobre marido.

Era ya completamente de noche. Una de las ventanas, que sólo tenía cerrados los cristales, se iluminó con lívido resplandor, y á continuación sonó un trueno. La viuda se apresuró á cerrar las maderas de la ventana, abandonando la sartén.

—¡Qué noche nos espera, Señor!—dijo, juntando sus manos como si empezase una oración—. En esta época las tormentas son las peores del año.

Se vieron obligados los dos huéspedes á sentarse ante la mesa, cubierta con grueso mantel. Platos de loza del país, fabricada en Alcora, se mostraban flanqueados por tenedores de madera y pedazos de pan de corteza obscura y miga amarillenta hecho en la casa. El jamón blanducho se había endurecido con la fritura del aceite; pero era tan salado, que ambos tuvieron que beber el vino del difunto para refrescar sus paladares. Este vino grueso y áspero, abundante en alcohol, los reanimó con momentáneo calor.

Rosaura se imaginaba haber entrado en un «rancho» de su país, huyendo del mal tiempo. La necesidad la obligó á resignarse á una atmósfera cada vez más densa de humo de leña verde y olor punzante de aceite frito. Los objetos parecían esfumarse á través de esta niebla. Hizo esfuerzos para reprimir su tos y se pasó varias veces el pañuelo por los ojos. Así debió ser la vida en las viviendas de la Pampa durante los tiempos coloniales.

Con gusto habría salido de la casa; pero fuera arreciaba la lluvia y los truenos eran cada vez más frecuentes. Sonó uno encima de la techumbre, viéndose antes su eléctrico fulgor á través de las rendijas de las ventanas. La viuda volvió á juntar sus manos, implorando con voz temblorosa:

Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita...

Esta oración la había aprendido cuando empezaba á balbucear y era el resultado de varios siglos de experiencia devota. Bastaba decir tales palabras para que el rayo se alejase, por la intervención de la santa invocada.

El abuelo se acercó lentamente á la mesa, con la humildad de un can que aprovecha las sobras, y sus manos titubeantes buscaron los pedazos de jamón frito, cesando de hablar para engullirlos. También se apoderó de aquel vino que su nuera sólo dejaba salir á la mesa en días extraordinarios.

Al atardecer había comido su cena frugal de siempre; pero ya no se acordaba de ella, seducido por el olor de esta otra que parecían despreciar los ricos huéspedes. La viuda olvidó un momento su miedo á la tempestad, para imponer respeto al viejo, tratado por ella como si fuese un niño más en la casa.

—¡Agüelo, no moleste á estos señores!—dijo con voz dura.

Se indignó el cegato ante la suposición de que «los señores» pudiesen escucharle con molestia. Tenían mucho gusto en oirle. Les estaba contando cosas que no podían haber visto, por ser jóvenes.

Hablaba y hablaba como si reanudase un relato empezado muchos días antes, sin percatarse de que sus oyentes eran nuevos. La nuera había escuchado un sinnúmero de veces la misma historia. Sus tres hijos miraban á los forasteros con ojos soñolientos. El más pequeño se apelotonaba contra su madre cada vez que la casa empezaba á temblar bajo el estrépito de la tormenta. Tampoco prestaban atención á lo que decía su abuelo.

—... Y entonces, al cercarnos los liberales, ya saben ustedes, los soldados del gobierno de Madrid, don Pascual nos dijo: «¡Arriba, muchachos! ¡Viva la religión!» Y nos abrimos paso, no parando hasta Morella.

Borja dió explicaciones en voz baja á Rosaura. Este don Pascual era un escribano del vecino pueblo de Alcalá de Chisvert, un cabecilla carlista, apellidado Cucala, que había sostenido la última guerra civil en el Maestrazgo, llevando á sus órdenes gran parte de la juventud rústica del país. El viejo era uno de sus partidarios todavía vivientes.

Avanzaba con cierto titubeo á través de sus recuerdos, evocándolos sin ilación:

—Si hablo bien el castellano, es porque hice la guerra y vi muchos países. Estuve en Aragón y en otras partes, donde las gentes no hablan como aquí... Yo llevaba en el pecho un escapulario con el Corazón de Jesús y un letrero que decía: «Detente, bala...» Y nunca me tocó una bala, ni un arañazo siquiera. Otros llevaban el mismo escapulario y murieron; pero, como me explicó un capellán que venía con nosotros, eran hombres perversos, que el Señor no iba á proteger después de tantos pecados.

Su nuera le interrumpió con inquietud, temiendo tal vez que su charla incesante pudiese atraer el rayo.

—¡Calle, agüelo! ¡Calle y rece!

Repitió esta recomendación incongruente como si para ella el rezo sólo pudiera ser en silencio. Se veía que la pobre viuda oraba así por un leve movimiento de sus labios. Cuando un trueno era más fuerte y horrísono, levantaba la voz, repitiendo su invocación á Santa Bárbara.

Calló definitivamente el vejete, como si produjese un efecto narcótico en su interior aquel vino admirado. Los dos forasteros también permanecían en silencio. Después de pasada la primera excitación de esta aventura de viaje, parecían deprimidos por el cansancio.

Interrumpiéndose á cada trueno, empezó la viuda á dar explicaciones sobre el modo de pasar todos la noche. La casa era pequeña y había que resignarse á su exigüidad. Desde la muerte de su esposo, ella dormía sola en la habitación matrimonial; los niños se acostaban en la otra pieza; el abuelo se arreglaba una cama con pieles de cordero y mantas en el banco de ladrillos de la cocina. Viviendo su hijo, hacía lo mismo. Le placía dormir así porque le recordaba sus tiempos juveniles, cuando iba con don Pascual.

Esta noche la viuda no tendría más que trasladarse al cuarto de sus hijos, cediendo á los señores su habitación. Y levantándose, abrió la puerta de dicha pieza, viéndose sus paredes blancas de cal, unas cuantas estampas de santos, y la cama, que era el mejor mueble de la casa, enorme, hinchadísima por numerosos colchones, dando, sin embargo, á los ojos, una sensación de compacta dureza.

Mientras desaparecía en el interior del cuarto para convencerse de que todo estaba en orden, Rosaura salió de su postración, mirando con inquietud á su acompañante, al mismo tiempo que le hablaba en voz baja:

—¡Qué disparate!... ¡Pero esto no puede ser!... Debe usted decir la verdad.

De buena fe se mostró reacio á lo que ella solicitaba. Era ya demasiado tarde. No sabría cómo formular tal explicación. Temía además que esto complicase el hospedaje. A la pobre mujer le era imposible instalarlos por separado. Se vería obligada á dormir en las sillas con sus tres niños...

Además, ¿no podían estar los dos dentro de aquella habitación—como estaban ahora en la cocina—, sentados y dormitando, hasta que llegase el alba?... Una mala noche acaba por terminar, aunque parezca larguísima. No iban á quedarse solos como en un desierto. A corta distancia de ellos dormiría toda la familia. «En la guerra, como en la guerra.» Nadie conocería este error de la devota campesina, que podía prestarse á malignas interpretaciones. Ni su mismo chófer sabría nada.

Ella contestó con signos negativos casi imperceptibles, mirándole fijamente. No le daba miedo Claudio. Ya no era una niña para asustarse ante las audacias de los hombres. Sabía defenderse. Mas á pesar de esto, insistió en su protesta. Era que esta noche dudaba de ella, á causa de su cansancio y su desaliento. Le inspiraba desconfianza su sensualismo adormecido; pensó en las últimas semanas de vida casta y tranquila. ¿Quién puede adivinar las terribles sorpresas que llevamos dentro de nosotros, las bromas crueles que se permite la Naturaleza, tratándonos como un juguete?

—Yo le doy mi palabra...—insistió él en voz baja—. Se lo juro... Duerma en la cama como si estuviese sola. Yo permaneceré en una silla, en el suelo, no importa dónde. Piense que soy un caballero.

Y le temblaba la voz al hacer tales promesas.

Rosaura deseó salir cuanto antes de la cocina. Sus ojos lagrimeaban, heridos por el humo. Su tos era cada vez más violenta. Borja la estaba viendo seguramente con una fealdad que nunca había podido sospechar. Todo esto hizo que volviese su rostro hacia el dormitorio con una mirada que adivinó la dueña de la casa.

Se puso de pie para seguir á ésta, pero antes de alejarse todavía insistió en sus recomendaciones.

—¡Quédese aquí! Invente cualquier pretexto. ¡No me siga!

Permaneció Borja cinco minutos solo junto á la mesa. El abuelo había colocado sus pieles y sus mantas sobre el banco de la cocina, y se acostó, quitándose únicamente las alpargatas, lanzando suspiros que parecían de voluptuosidad.

—¡Mejor que un capitán general!—dijo á través de sus encías desdentadas.

La viuda iba de un lado á otro, como extrañando la permanencia del joven en aquel lugar.

—Señor, entre cuando quiera—dijo—. Su señora está en la cama, pero vestida. Dice que le da miedo acostarse como las otras noches, con esta tempestad. No lo extraño; á mí me pasa lo mismo.

Marchó Borja con timidez hacia la puerta. Luego la abrió resueltamente, volviendo á cerrarla tras él.

La dueña de la casa oyó durante unos instantes las exclamaciones de la señora y las palabras de su marido que parecía musitar excusas.

Al darse cuenta del derroche de luz que estaba haciendo, se apresuró á apagar los cuatro mecheros del velón. Sin duda, estos señores con aspecto de ricos iban á entregarle una buena recompensa al día siguiente, mas no por ello debía olvidar sus economías habituales.

No quedó más luz que la de los leños del naranjo, cada vez más débil. Empezaban los troncos á carbonizarse; se partían, esparciendo ceniza blanca al lanzar sus últimos fulgores.

Continuaban los truenos sobre el tejado, conmoviendo las paredes, haciendo trepidar las ventanas. Las rendijas de éstas aparecían instantáneamente pintadas de azul eléctrico por las exhalaciones. Sonaba quejumbrosa en la penumbra la voz de la viuda á continuación de cada relámpago: «Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita...»

Creyó oir que hablaban fuerte dentro de su dormitorio. Tal vez la habían llamado, y quedó indecisa, avanzando la cabeza. Le pareció escuchar un ruido de muebles, luego otro más sordo: sin duda un empujón en la pared.

Se imaginó estar viendo su pasado. Todas sus disputas con el difunto, por celos ó por simple nerviosidad, eran en la noche, después de acostar á los niños.

Avanzó con lentitud hacia la puerta, colocando el rostro junto á su cerradura para preguntar dulcemente:

—¿Quieren ustedes algo?...

Unos murmullos; después silencio absoluto. Volvió á instalarse cerca del hogar, en un sillón de brazos hecho de madera de algarrobo, con asiento de esparto trenzado: el mueble más lujoso de la cocina. Este nuevo asiento pareció facilitar la llegada del sueño que rondaba desde mucho antes en torno á ella.

Siguió barboteando á cada trueno su invocación salvadora: «Santa Bárbara bendita, que en el cielo estás escrita...» y acabó por dormirse, oyendo cada vez más lejos los ruidos de la tormenta, no prestando atención á otros más próximos que parecían venir de su antiguo dormitorio matrimonial.

Un profundo silencio la despertó repentinamente. La cocina estaba á obscuras. En el hogar sólo quedaban unos pequeños redondeles de luz, como si entre los tizones se mantuviesen ocultos varios gatos de ojos infernales. Miró en torno con extrañeza al no escuchar más que la respiración del abuelo, débil como la de un niño.

Abandonando su asiento, fué de puntillas hasta la puerta de su habitación. El matrimonio dormía. Luego se convenció de que no dormía. Llegaba hasta ella un leve murmullo de voces suaves y lejanísimas. Tal vez se hablaban al oído, dulcemente, como ella con su difunto esposo al finalizar los placenteros armisticios que seguían á sus disputas. Este recuerdo, ahora doloroso, extinguió su curiosidad y la hizo retirarse.

Fué á tientas hasta una de las ventanas, abriéndola de par en par. Entró por ella una luz láctea, cubriendo de blanco su cara y su busto, haciéndola semejante á una imagen de mármol.

Se había alejado la tormenta. Una luna redonda y clarísima circundada de estrellas parecía correr en el cielo por entre nubes obscuras como la tinta, con ribetes de plata. En realidad, eran las nubes las que se deslizaban en tropel, unas veces por debajo de ella, otras cubriéndola con momentáneo eclipse, del que parecía salir más luminosa.

Surgía del camino hondo un resplandor de aurora. El chófer, al notar el descenso del agua, había encendido los faros, empezando la recomposición de la avería. El choque metálico de sus herramientas era el único ruido de la noche.

Luego la mujer contempló su huerto. Brillaban los naranjos con un barniz lunar. Cada uno de ellos, sobre su redondo manto verde se había colocado otro de resplandor lácteo y escurridizo.

Saturaba el ambiente un perfume de jardín saqueado. El suelo estaba cubierto de flores que parecían pateadas por una tromba de jinetes nocturnos. La tormenta había arrancado los pétalos del azahar y la tierra empezaba á oler á ramillete de novia descompuesto, con el fuerte perfume de la putrefacción vegetal. Reflejaban los charcos, en su espejo tranquilo, las gotas inquietas de las estrellas.

De pronto, una ráfaga, último arrastre del lejano manto de la tempestad, hacía temblar las copas de este jardín irreal.

Los naranjos dejaban caer de su follaje, punteado de luz, una lluvia de piedras preciosas. Luego quedaban inmóviles y la luna volvía á vestirlos de plata.

De cada hoja colgaba un diamante.

FIN

«Fontana Rosa» Mentón (Alpes Marítimos) Agosto-Octubre 1925

Sigue «A LOS PIES DE VENUS»

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