PARTE SEGUNDA LA GUERRA DE LOS TRES PAPAS (continued 2)
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Durante muchos días la atención de España y otros reinos de la cristiandad estuvo fija en Caspe. Era la primera vez que delegados del pueblo iban á elegir un rey libremente, siendo todos ellos hombres de origen modesto, religiosos ó legistas.
Los partidarios de uno y otro candidato se mantenían á distancia de Caspe, con sus gentes de armas. Iban y venían sin éxito embajadores de ellos para conferenciar con los nueve compromisarios. Éstos observaban una reserva prudente. Nadie podía adivinar sus predilecciones. Benedicto XIII, desde luego, mostraba igual mutismo.
Maestro Vicente creía en el diablo y en sus malas artes, lo mismo que los miembros del concilio de Pisa.
Todos, en aquella época, lo veían con frecuencia interviniendo en los asuntos menudos de la vida corriente, y más aún en los negocios generales del país. Algunos, ansiando saber quién sería el rey de Aragón, buscaron á un nigromante para que evocase al diablo, que conoce muchas veces las cosas del futuro, lo mismo que Dios. Pero el diablo, al comparecer ante el hechicero, confesó su impotencia en todo lo que se refiriese al llamado Compromiso de Caspe. Le inspiraba irresistible pavor un hombre que vivía ahora en dicha población, el milagroso Maestro Vicente, y éste le había ordenado no acercarse á ella en dos leguas á la redonda, para que le fuese imposible oir las discusiones de los compromisarios ni perturbarlas con sus malas artes.
—El futuro santo—continuó Borja—conocía al demonio de larga fecha y sabía descubrirlo á través de los más extraordinarios disfraces. Cuatro años antes, asistiendo al concilio de Perpiñán, se fijó en un ermitaño de grandes barbas, con la capucha sobre los ojos, que permanecía sentado cerca de Benedicto XIII, sin que nadie lo conociera, y daba al Pontífice insidiosos consejos. No tardó en adivinar Maestro Vicente que era uno de los diablos ocupados en la prolongación del cisma, y le ordenó que se marchase. El demonio, viéndose descubierto, dijo: «Cállate, traidor; me marcho de aquí porque no tengo otro remedio, pero pronto tendrás noticias mías.» Y al día siguiente el abad de un monasterio próximo, gran amigo del santo, moría de una dolencia inexplicable... Pero volvamos á Caspe.
Cuando, terminadas las discusiones, llegaba el momento de nombrar el futuro rey, Maestro Vicente, aunque no les correspondía á los delegados valencianos ser los primeros en la votación, se apresuró á manifestar cuál era su candidato, decidiéndose por don Fernando de Antequera, y la mayoría de sus compañeros hizo lo mismo.
Sin duda era también el candidato de Benedicto. En su juventud se había batido éste como soldado por don Enrique de Trastamara, ascendiente de don Fernando. Además, estableciendo una dinastía castellana en Aragón, podía contar con el apoyo de los dos reinos.
—Muchos catalanes—continuó Borja—no han perdonado aún á San Vicente Ferrer que abusase de su prestigio, imponiendo á un castellano en la elección de Caspe.
Maestro Vicente, que en aquellos tiempos, en que no existía aún la nación española, empleaba con frecuencia la palabra «españoles» al dirigirse á sus oyentes, intentó realizar de tal modo la unidad nacional.
—Dicha unión no fué un hecho hasta el siglo siguiente. La dinastía castellana que entró á reinar en Aragón se catalanizó en ideas y costumbres, y luego se italianizó con Alfonso V, que iba á pasar la mayor parte de su existencia en el reino de Nápoles, conquistado por él. Pero de todos modos, Maestro Vicente fué un precursor de la patria única, el primero que intentó crear la España tal como existe ahora.
Borja quiso decir algo de la famosa disputa entre doctores cristianos y rabinos célebres, organizada por Benedicto y el gran predicador en la ciudad de Tortosa, para que discutieran el cristianismo y el judaísmo, debate nunca visto hasta entonces, pero no pudo hablar más.
Lanzó una exclamación de asombro, abandonando al mismo tiempo su silla de junco. También Rosaura, advertida por su grito, se estremeció de sorpresa mirando hacia la puerta del salón.
Vieron los dos al señor Bustamante, un Bustamante verdadero, que entraba seguido de Estela y otra señora, tía de ésta, la cual hacía oficios de madre y regentaba en Madrid la casa del grande hombre.
IV Donde aparece por primera vez el general-doctor
El señor Bustamante se mostró menos sorprendido que Borja. Sólo al reconocer á la viuda de Pineda hizo un gesto de asombro, y después de saludarla dijo al joven:
—Veo que has recibido pronto el telegrama que te enviamos desde Barcelona. No esperaba que vinieses de Aviñón hasta la noche.
Borja balbuceó para ocultar su confusión y hacer creer al mismo tiempo que había recibido el despacho.
Mientras tanto, la hija y la cuñada de don Arístides tomaban asiento á ambos lados de Rosaura, y aquél, olvidando por el momento á Claudio, dedicó toda su atención á la rica señora americana.
—¿Cómo iba yo á suponer que vería en Marsella á mi distinguida y hermosa amiga, cuando me la imaginaba en París?... ¡Qué sorpresa!... Lástima que nuestro encuentro sea breve.
Rosaura, por un secreto instinto, sin percatarse del verdadero móvil de tal precaución, evitó mencionar el número de los días pasados en la ciudad papal. Hablaba de su encuentro con Borja como si hubiese sido veinticuatro horas antes. El estudioso joven iba á quedarse en Marsella tomando notas para su libro, y ella, cansada de París, continuaría su viaje á la Costa Azul.
Bustamante, después de preguntar á la viuda por la salud de varios personajes sudamericanos amigos de los dos, creyó llegado el momento de hablar á Borja de «cosas serias», dejando que las mujeres conversasen aparte, en torno á la mesita de té.
—Debo explicarte mi viaje—dijo en voz baja—. Ha sido una decisión repentina... Tú habrás visto en mi última carta que se preparan sucesos importantes. El jefe ha pensado en mí. Quiere que sea embajador en el Vaticano así que subamos al poder, y esto sólo puede tardar unos meses, tal vez unas semanas. Se necesita allá un hombre de talento diplomático que posea además un nombre célebre en el extranjero, especialmente en América, y por eso ha pensado en mí. Vamos á reformar el Concordato con el Papa en un sentido liberal.
Aprobó Borja con movimientos de cabeza, sonriendo al mismo tiempo de un modo ambiguo. Dudaba de esta reforma que enorgullecía de antemano al futuro embajador como si fuese cosa hecha.
—Tú conoces á mi gran amigo Enciso de las Casas. Lleva veinte años de ministro plenipotenciario de su país ante la Santa Sede. Conoce mucho á Roma, todos los cardenales son amigos suyos y comen en su casa. Sabes también que muchas veces me ha invitado á ir con mi familia á pasar unos días en su magnífico palacio. He ido demorando la visita, pero ahora la juzgo urgente; me servirá de exploración. La semana próxima da Enciso una gran fiesta para inaugurar su sala de pintores místicos. Al mismo tiempo celebrará con un banquete su ingreso en la Academia de los Arcades. Y todos en casa nos hemos decidido de pronto á tal viaje, aceptando la hospitalidad del ilustre americano, gloria de los países que hablan nuestra lengua al otro lado del Océano... Así podré estudiar el escenario en que voy á moverme.
Borja conocía de nombre á Enciso de las Casas. Era un millonario de la América del Sur, que se había instalado en Roma por sus aficiones literarias. Para mayor prestigio de su persona, desempeñaba gratuitamente la representación de su país en el Vaticano, y todavía le costaba mucho dinero la pompa de tales funciones diplomáticas ad honorem. La viuda de Pineda había frecuentado su palacio al pasar por Roma, y cuando le hablaban de Enciso sonreía con bondad: «Una excelente persona; un padre de familia, riquísimo y devoto, que no se cansa de escribir libros y quiere añadir á sus glorias de diplomático honorario cierta despreocupación de bohemio.»
Otros americanos del Sur, por envidia ó rivalidad, se mostraban crueles con él, presentándolo como un grafómano incansable. Todos los años publicaba un volumen sobre las antiguas ciudades italianas ó el Papado en la Edad Media, describiendo con inocente aplomo lo que numerosos autores habían relatado antes que él, creyendo de buena fe ser el primero que hablaba de tales materias.
Siempre tenía dos ó tres cardenales amigos que frecuentaban su casa con una alegría desenvuelta de personajes laicos. Familias nobles y arruinadas formaban el coro ostentoso de sus banquetes y recepciones. Él repetía con fruición unos apellidos históricos tantas veces mencionados en sus propios libros, y esto le consolaba en parte de las contribuciones que le imponían valiéndose de pretextos indirectos. Dichas gentes patricias, venidas á menos, le hacían comprar antigüedades, le recomendaban vinos y alimentos italianos, se movían en torno á él como procuradores y corredores de los más inesperados negocios.
Una familia de remota nobleza le había vendido el palacio que ocupaba en Roma por un precio que hacía sonreir hipócritamente á sus iguales, envidiosos de tan magnífica «combinación». Un guardia noble del Papa y un camarero de capa y espada acababan de sacar de la cancillería pontificia dos títulos de conde para ser en lo futuro dignos yernos de Enciso de las Casas.
El personaje pseudorromano procedente de la otra orilla del Atlántico sentíase unido á Bustamante por la gratitud. Don Arístides lo había llevado á Madrid para que diese varias conferencias, y el ministro plenipotenciario, vistiendo un frac cuya parte izquierda estaba enteramente cubierta de condecoraciones y con otras más pendientes de su cuello, leyó durante tres noches una serie de descubrimientos históricos, que muchos de los oyentes conocían de larga fecha, sobre la Florencia de los Médicis, la política naval de Venecia ó los artistas célebres del Renacimiento.
Animaba el ilustre Bustamante á los auditores adormecidos ó impedía los comentarios insolentes de la juventud. Borja se acordaba de haber asistido á una de las tales conferencias. «Hay que estrechar las relaciones hispanoamericanas—decía don Arístides—. Debemos ser patriotas además de corteses.» Y una vez más repetía su grito: «El porvenir de España está en América.»
—Pasaremos en Roma unas semanas—continuó el grande hombre—. Por su gusto mi amigo Enciso me tendría allá siempre. Pero volveré como embajador, y los ministros de toda nuestra América en la Roma católica celebrarán que España haya enviado un hombre de mi categoría para apoyarles en sus asuntos.
Después de dar tales noticias olvidó su propia importancia para fijarse en su familia. Estela, su hija, había acogido con entusiasmo el viaje. Conocía Roma á través de las novelas que describen las persecuciones de los cristianos. Sentía un deseo vehemente, que su padre llamaba «romántico», por ver el Coliseo, en cuya arena morían los primeros mártires bajo las zarpas y los colmillos de las fieras; por visitar las ruinas de los palacios que habitaron Nerón y otros Césares, los cuales se le aparecían imaginativamente como personajes de ópera bajando de un carro de oro falso entre muchedumbres de coristas y figurantes.
Su tía doña Natividad, viuda de Gamboa, sólo hacía el viaje por ver al Papa y comprar una buena cantidad de rosarios bendecidos para repartirlos entre sus amistades. Tía Nati, como la llamaba Estela, era un personaje familiar que hacía sentir su influencia en la casa de Bustamante, aunque éste no la reconociese otro papel que el de ama de gobierno ennoblecida por el parentesco.
Era pobre y no tenía más medios de subsistencia que el amparo de su cuñado. Creía en la injusticia del destino y se consolaba de ella odiando sordamente á todos los que parecían dichosos. A Claudio Borja lo toleraba con sonrisa agridulce por considerarlo futuro esposo de Estela. A ésta parecía amarla, pero restringiendo su afecto al pensar que sólo era sobrina y no podía dirigirla con el mismo despotismo que si hubiese sido hija suya. A su cuñado Bustamante lo menospreciaba en silencio. El grande hombre, que era de carácter generoso, la dejaba en libertad para los gastos de la casa, pero esto no impedía que ella, cada vez que don Arístides parecía contento por un éxito político ó una satisfacción personal de abogado, levantase los ojos al cielo protestando de las desigualdades de la suerte: «¡El pobre Gamboa!... ¡Valiendo mucho más que él!»
Gamboa, cuya fisonomía era ya semejante al perfil de una moneda borrosa para los pocos que se acordaban de él, seguía viviendo en la memoria de su viuda con todos los prestigios de un héroe magnífico y desgraciado. Don Arístides lo describía en sus ratos de buen humor como una víctima del carácter dominante de su esposa, pobre abogado sin iniciativas, que vegetó siempre en las capas más hondas de su mundo profesional. Doña Nati había pasado los años matrimoniales echándole en cara esta mediocridad que la mantenía á ella en una posición humillante junto á su hermana. Luego, al quedar viuda, vió en Gamboa á un grande hombre nunca comprendido, superior en todos conceptos á Bustamante, cuyo talento no podía reconocer por haberle mirado siempre de cerca. La improbabilidad de que volviese á ser ministro era el más dulce consuelo de su vida fracasada, y al verle ahora de pronto casi embajador, volvía otra vez sus ojos á lo alto con expresión de protesta.
Esto no le impidió aceptar alegremente el inesperado viaje á Roma. Además, su cuñado prometía llevarla meses después al palacio de la Embajada de España para que recibiese las visitas al lado de Estela, tan inexperta, tan poquita cosa, como si aún llevase la falda corta de su niñez.
Tía Nati era alta, abundante en carnes, muy morena, de grandes ojos negros (lo único apreciable que conservaba de su juventud), la boca algo abultada, con un poco de vello en el labio superior, y una nariz ancha, de ventanas redondas y obscuras, que la daban cierto aspecto de insolencia, como si estuviese á todas horas sorbiendo aire por ellas ruidosamente.
Guardaba fresco en su memoria, pasados los cincuenta años, todo lo que le dijeron los hombres cuando sólo tenía veinte, y estaba segura de que el destino la había tratado con la misma injusticia que al pobre Gamboa. La presencia de una mujer hermosa, con todos los refinamientos de la elegancia, provocaba en ella un gesto despectivo.
—¡Si yo hubiese querido oir á los hombres!... ¡Si hubiese sido rica para poder gastar!
La viuda de Pineda representaba uno de sus odios más vehementes. Su paso por Madrid, tan celebrado por Bustamante, figuraba entre sus recuerdos luctuosos. Todos los hombres, incluso su cuñado, le habían parecido animales despreciables siguiendo á esta mujer con irresistible deseo. Sólo la reconocía en público el mérito de tener unos cuantos años menos que ella. (Unos cuantos eran más de veinte.) También la irritó el verse todos los días en la obligación ineludible de envidiar sus alhajas, sus vestidos y otros detalles de una elegancia incesantemente renovada.
El tiempo y la ausencia amortiguaban este mal recuerdo, y ahora, inesperadamente, cuando se sentía quebrantada por un viaje en ferrocarril que había venido á sacudir su existencia sedentaria, lo primero que encontraba al llegar á Marsella era á la mujer odiosa, tan celebrada por el bobo de su cuñado y por su misma sobrina.
—¡Qué casualidad encontrarla aquí y en compañía de Claudio!... ¡Quién podía esperar esto!
Y sonrió con una expresión que dilataba aún más los agujeros de su nariz y hacía asomar entre sus labios de obscuro rosa unos dientes brillantes, algo amarillentos, como el marfil viejo.
Estela dió explicaciones á la gran señora sobre su viaje. Habían llegado al hotel poco después de mediodía. Tía Nati, á causa tal vez de su cansancio, olvidaba en el vagón un bolso que contenía objetos importantes: sus pobres alhajas, recuerdo de los tiempos de Gamboa, las llaves de los equipajes de los tres, dinero y papeles confiados por Bustamante. Éste, al notar dicha pérdida, había tomado un carruaje para volver á la estación, encontrando afortunadamente el objeto abandonado.
Permanecieron en el hall esperando la hora de la comida. Estela miraba á Claudio con una timidez y un deseo en los ojos que hacían recordar la expresión apasionada y miedosa de ciertas bestezuelas de movimientos ligeros, sumisas y dulces. Borja la sonreía también, pero sin hacer nada por aproximarse á ella.
Mostró Bustamante una movilidad juvenil, hablando á unos y á otros como si estuviera en un salón de su casa y necesitase atender á todos sus invitados. Cambió repetidas veces de asiento, acabando por colocarse entre Claudio y la hermosa viuda de Pineda, y esto hizo que aquél quedase junto á su hija.
Pudo escuchar Rosaura una parte de la conversación de los dos jóvenes mientras fingía oir á don Arístides. Borja contaba tranquilamente á su novia su vida en Aviñón, excusándose por la tardanza en contestar á algunas cartas de ella. ¡Había estudiado tanto!... ¡Era tan interesante lo que llevaba visto!...
La presencia de Estela despertó en él cierto remordimiento por su conducta reciente. Se habían separado en Madrid mes y medio antes. Él la escribía con regularidad en el curso de su viaje, como un esposo de afectos tranquilos cuenta á su mujer todo lo que ve. Durante dos semanas le escribió desde Aviñón una carta cada tres días, recogiendo en la oficina de Correos las que ella le enviaba desde Madrid... Después... después no había escrito y ni siquiera se acordó de la existencia de dicha oficina. Tal vez á estas horas una ó dos cartas de la hija de Bustamante estaban esperando allá que Claudio fuese á recogerlas.
Sus ojos establecieron una comparación entre Estela y la hermosa criolla. Viéndolas sentadas una junto á otra, Borja recordó cierta precaución de los jardineros al cortar las rosas grandes. Siempre dejan cerca de ellas un botón sin abrir, que parece aumentar por la fuerza del contraste la belleza majestuosa de la otra flor.
La pobre Estela era el capullo al lado de la rosa soberbia, una esperanza indecisa, todavía sin realidad. Tenía el fresco atractivo de la juventud: ojos vivos, sonrisa dulce, una cabellera de rubio ceniciento, un cuerpo primaveral indeterminado en sus formas, que apenas si se diferenciaban de las de un muchacho esbelto. Podía ser hermosa gracias á una última evolución; podía quedarse estacionada, tal como era actualmente, y al llegar su madurez é iniciarse su decadencia, hacer creer en una belleza esplendorosa que nunca había existido.
Estela le rogó que se agregase á su tutor, yendo con ellos á Roma; pero Claudio se opuso con cierta rudeza. Por el momento le era imposible. Necesitaba quedarse en Marsella. Después volvería á España, siguiendo el mismo derrotero que el papa Luna en su último viaje, no parando hasta Peñíscola.
Como si se arrepintiese de su brusquedad, prometió finalmente ir á Roma, pero más adelante, cuando don Arístides fuese embajador. Esto representaría para él una buena ocasión de poder ver ciertas cosas que no son mostradas al común de los visitantes. ¡Qué no llegaría á conseguir don Arístides siendo embajador de España en el Vaticano!...
El grande hombre, por su parte, contestaba con negativas corteses á una invitación de la viuda de Pineda.
—Imposible, mi distinguida amiga... Verdaderamente dolorido de no poder aceptar su valiosa oferta. Con mucho gusto pasaríamos unos días en su magnífica posesión de la Costa Azul, de la que he oído contar maravillas; pero el amigo Enciso nos espera antes del jueves próximo. Ese día lo hacen Arcade, y se celebra el gran banquete. Debemos continuar nuestro camino mañana á primera hora, y por eso hemos dejado el equipaje en la estación. Cuando volvamos por aquí, dentro de poco, me permitiré hacer esa visita, si está usted en su palacio mediterráneo. Entonces seré todo un embajador, y usted, mi eminente amiga, tendrá que llamarme Excelencia, según las costumbres de la alta diplomacia.
Y el personaje rió del ambicionado cargo, con la falsa modestia de un poderoso que se digna prescindir para sus íntimos de las grandezas terrenales que le enorgullecen.
Entraron juntos en el comedor, ocupando todos la misma mesa. Doña Natividad, durante la comida, se mostró menos ácida en palabras é intenciones. Bustamante había observado que era siempre más tolerable con un tenedor en su diestra. La alimentación parecía amansarla, ejerciendo en ella un influjo semejante al de la música sobre las fieras, en los tiempos mitológicos.
Pidió detalles á Rosaura acerca de las modas y las últimas costumbres de París. Esto la serviría, cuando volviese á Madrid, para deslumbrar á sus amistades, dando á entender que había vivido en trato continuo con gentes del llamado «gran mundo». Mostró un envidiable talento de modista malograda, haciendo preguntas que desconcertaron á la criolla.
—No sé—decía ésta modestamente—; yo me limito á comprar las cosas si me gustan. Ignoro cómo se hacen. Soy muy torpe.
Cuando tía Nati consideró saciada su curiosidad sobre vestidos, le preguntó por la salud y el crecimiento de sus dos hijos:
—Deben ser ya grandecitos. ¿Dónde están ahora?... ¿Los ve usted con frecuencia?...
Insistió en hablar de los hijos de Rosaura. Ella no había tenido ninguno, y apreciaba su esterilidad orgullosamente, como si esto la proporcionase un extraordinario remozamiento, igualándola con la otra.
Después de la comida, al sentarse de nuevo en el hall, la energía hostil de tía Nati se desvaneció repentinamente. Sintió de golpe el cansancio de los días anteriores de viaje, quedando inmóvil en su sillón, con los ojos muy abiertos y redondeados fijos en la rica dama, pero sin decir una palabra más. Parecía dormir interiormente, acogiendo de vez en cuando con movimientos de cabeza afirmativos lo que hablaban Rosaura y Estela, sin que llegase á entenderlo, no obstante ser una prolongación de la misma plática sobre modas y otras elegancias de París.
Bustamante, gran fumador de cigarros habanos, remitidos por sus amigos de «allá», encendió uno de ellos, colocándose lejos de las señoras, en compañía de Claudio Borja, el cual nunca había querido aceptar estos barrotes de tabaco que le ofrecía su tutor.
Regocijado por el optimismo que proporciona una buena digestión y la perspectiva de dormir en mullida cama después de dos noches de tren, don Arístides trató al joven con una camaradería familiar, como si los dos fuesen de la misma edad. Su mirada maliciosa recordó á Borja la de algunos señores viejos que al final de un banquete, paladeando el café y la copa de licor, le habían dicho: «Ahora que estamos entre hombres, joven, hablemos un poco de mujeres.»
Mostraba igual animación que cuando recibía en Madrid la visita de algún americano y éste le contaba intimidades y escándalos de otros compatriotas amigos suyos. Designó con la vista á su «distinguida y bella amiga», y fué pidiendo aclaraciones de cómo la había encontrado en Aviñón, viniendo de París.
—¿Viajaba sola?... ¿No venía con ella un personaje americano llamado don Rafael Urdaneta?
Y al saber que Rosaura volvía sola á la Costa Azul, sonrió con expresión de suficiencia, como si adivinase el motivo de dicha soledad.
—Deben estar en una de sus peleas. Me han contado que riñen ahora frecuentemente. Muchos creen que eso va á terminar pronto.
Borja mostró impaciencia por saber quién era el tal Urdaneta, nombre que había oído algunas veces, y el presidente de la «Fraternidad Iberoamericana» pareció escandalizado de tanta ignorancia.
—Un grande hombre en su país, un exponente representativo de las virtudes y defectos de nuestra raza. ¡Lástima que el escenario en que le obligó á moverse su nacimiento sea tan pequeño! De haber surgido en una de las repúblicas grandes, hablarían de él todos los periódicos de la tierra. Un héroe de otros tiempos, el general-doctor.
Calló un instante, y temiendo que el joven considerase hiperbólicas sus palabras, se apresuró á añadir:
—Urdaneta no es de los nuestros, mas no por eso dejo de verle tal como es. Resultaría injusto afirmar que no ama á España. Cuando estuvo en Madrid organicé fiestas en su honor. Sus mayores entusiasmos fueron para las corridas de toros y las bailadoras andaluzas. Como me di cuenta de que se aburría, me contestó con franqueza: «Vea, doctor; esto es igual que mi tierra; más en grande, pero igualito. Como dicen allá: «Arroz con papas ó papas con arroz, da lo mismo». No vale la pena cruzar el mar para ver idénticas cosas.» A él le gusta París, Londres, Berlín... sobre todo París. Ha dormido tantas veces á la intemperie y sufrido tales privaciones haciendo la guerra en las selvas, que necesita á modo de compensación vivir en ciudades de millones de habitantes, ver mujeres cubiertas de alhajas, tener un frac sobre el cuerpo todos los días á las siete de la tarde.
Luego le contó la existencia de este hombre enérgico y cínico, amante de la gloria y escéptico al mismo tiempo, incansable derrochador de dinero, orgullo y calamidad de la pequeña república en que había nacido.
Dicho país, como otros de América, escasos en población y metidos en continuas guerras, tenía su clase dominante dividida en dos grupos: el de los generales, centauros hábiles en el manejo del machete, crueles é iletrados, con cierta habilidad para tañer la guitarra é improvisar versos cuando eran jóvenes, y el de los doctores ó licenciados, varones graves, de rebuscada palabra y tono solemne, que vestían chaqué negro hasta dentro de sus casas, á pesar de la calurosa temperatura, y pretendían gobernar al país en nombre del poder civil.
Se había colocado Urdaneta sobre los dos partidos, haciéndose general en una revolución y tomando el grado de doctor en la Universidad de una república vecina.
Sus partidarios le designaban por antonomasia con el título de «el general-doctor». No podía existir otro. Era un mago, un brujo, que parecía disponer de la voluntad de los hombres, seduciéndolos con su palabra. Le bastaba salir á caballo por los campos, seguido de unos cuantos amigos, para verse á las pocas semanas al frente de todo un ejército que decía á gritos, con la fe del fanático: «¡Viva el general-doctor!»
Bustamante lo describía físicamente. Este hombre hermoso tenía una belleza de otras edades. En Europa seguía con fidelidad todas las modas varoniles; pero muchos se lo imaginaban llevando coraza y casco, al mismo tiempo que le veían con pechera brillante, corbata blanca y frac. La única innovación masculina que no había querido admitir era la de rasurarse el rostro ó mantener sobre el labio superior un pequeño bigote. Conservaba la barba entera, una barba rizosa, ondulada, de negro azuleante, que descendía hasta su pecho. Tal adorno capilar, que había sido común algunos años antes, llamaba ahora la atención en restoranes y salones, atrayendo hacia él las miradas femeninas. Parecía llevar en torno á su persona un ambiente de fiereza cortés, de brutalidad viril. Disimulaba su falta de escrúpulos y su atropelladora ansia de vivir empleando toda clase de fórmulas galantes ó de afirmaciones caballerescas en su trato con mujeres y hombres.
Vivía en Europa, derrochando el dinero como un príncipe de Oriente, y su país se encargaba de costear dicha prodigalidad. Nunca había querido ser presidente de su República. Esto le habría obligado á permanecer en ella, teniendo que contentar á sus partidarios, perdiendo su prestigio fabuloso al ser visto de cerca. El general-doctor prefería convertir en presidentes á pobres hombres que le eran adictos, con la obligación de atender todas las peticiones que él les hiciera desde París. Algunas veces resultaban tan enormes, que el gobierno no podía aceptarlas. En otras ocasiones sus favorecidos pretendían emanciparse, obrando por cuenta propia, al verle lejos.
Urdaneta, en tales casos, apelaba al recurso de la intervención. Salía de su hotelito de París, cerca del Bosque de Boulogne, como el que va á una partida de caza, desembarcaba en las costas de su patria, y dos mil ó tres mil hombres corrían inmediatamente hacia él dando vivas al general-doctor, contentos de que empezase una guerra más.
Justificaba su desembarco en nombre de la libertad y del progreso. El gobierno llevaba al país á una vergonzosa reacción, y él no podía tolerarlo. Cuando eran gentes populares las que le habían negado obediencia, pretendiendo que la nación viviese libre de su tutela, hablaba Urdaneta en nombre del orden y de la propiedad, sacros principios que los demagogos ponían en peligro desde el poder. De un modo ó de otro, todo se resolvía con una campaña rápida y una entrada triunfante en la capital del victorioso caudillo, llegado siempre á tiempo para salvar á su patria. Y Urdaneta, después de hacer presidente á otro amigo de confianza, se volvía á Europa como modesto ciudadano, no queriendo aceptar la dirección suprema del país.
En vano sus enemigos habían pretendido matarle á traición ó acariciaban la esperanza de hacerlo prisionero y fusilarlo, en uno de sus desembarcos. Parecía que una influencia mágica lo guardase. Las gentes morían por él ó le salvaban de toda clase de asechanzas. Cuando alguien de su intimidad se entendía con los enemigos, era descubierto por la astuta vigilancia de otros fieles y muerto á machetazos.
—En Europa—dijo Bustamante—es costumbre reirse de estas revoluciones pequeñas de América y de los caudillos que las dirigen. Efectivamente, resultan grotescas vistas á distancia y desde lugar seguro. Contempladas de cerca son otra cosa y ponen serio al hombre más burlón. Se matan como si fuesen chinches, la vida humana no tiene valor para unas gentes cuyo estado perfecto es llevar el rifle en la diestra, sin reconocer ningún respeto divino ni humano. ¡Los hombres que han muerto por el general-doctor! ¡Los que lleva fusilados!... Esto no impedirá que cuando veas á Urdaneta te sientas seducido por él, como cualquiera de sus partidarios. Es un gentleman, mejor dicho, un caballero á la antigua, sentimental, de una amabilidad casi pegajosa, capaz de los mayores sacrificios por personas que acaba de conocer; pero detrás de todo eso se adivina algo inquietante que no deja vivir á su lado con entera tranquilidad... Gasta sin tasa, hace partícipes de sus despilfarros á los que están cerca, es gran convidador y algo distraído para apreciar lo que es suyo y lo que pertenece á los demás. Cuando el gobierno de allá no puede enviarle dinero, lo pone á contribución buscando negocios en Europa y en los Estados Unidos. Vende toda clase de concesiones á Bancos y particulares, cede minas de plata y pozos de petróleo que nunca ha visto y muchas veces son fantasías de las gentes de aquel país, grandes inventoras de cuentos, como todos los indios.
Mostró Borja cierta impaciencia. Ya había oído bastante de Urdaneta. Podía reconocerlo después de tal descripción. Él quería saber algo más. ¿Qué relaciones eran las suyas con la viuda de Pineda?...
Don Arístides adoptó un tono de tolerancia y bondad.
—Era inevitable que acabasen contrayendo relaciones amorosas (llamémoslas así), por ser ambos los personajes más importantes y celebrados entre las gentes de habla española que residen en París. Nuestra hermosa amiga representa la elegancia, la riqueza sólida; Urdaneta, la aventura heroica, el dinero desordenado y con intermitencias, como el agua de ciertas fuentes.
La argentina había empezado por reirse un poco del general-doctor, como si perteneciese á una casta humilde. Tenía el orgullo de su vasto país, limpio de revoluciones, en eterna paz y abundancia. La «republiqueta» de aquel hombre, del que todos hablaban, era menos grande que la más exigua provincia de la Argentina. Pero al tratar á Urdaneta en las tertulias y fiestas de París, acababa por sentir su influencia y se rendía á él, como tantas otras mujeres de la alta sociedad, artistas y cocotas célebres, seducidas por sus generosidades pecuniarias ó sus arrogancias de varón seguro de su fuerza.
Rosaura había ocultado discretamente estas relaciones, pero ni ella ni su amante podían vivir á todas horas á cubierto de los curiosos. Además, el enardecimiento pasional de los primeros meses acabó por hacerles cometer muchas imprudencias. Mientras permanecían en París les era fácil disimular su intimidad; mas luego emprendían largos viajes juntos, que acababan por hacerse públicos merced á indiscretas noticias de los periódicos ó á las revelaciones de otros viajeros. Rosaura parecía no haber amado nunca hasta entonces, tal era su entusiasmo.
—Luego ha persistido este amor, pero en otra forma, sin paz ni confianza, con una continua sucesión de celos, disputas y nuevas reconciliaciones. Nuestra amiga empezó hace tiempo á ver á Urdaneta bajo una nueva luz. No puede sentir la misma seducción heroica que las europeas ante el hermoso general-doctor. Esta señora es de allá y aprecia mejor las cosas. Creo que cuando riñen le echa en cara la pequeñez grotesca de su «republiqueta», extrañándose de que intente igualarse con ella por el hecho de que sus dos países están en América. «Yo soy de una República grande: yo soy argentina.» Hasta me han dicho, y no sé si creerlo, que en alguna de tales disputas al hombre de la «republiqueta» se le va la mano, apurada su paciencia, y la hermosa criolla huye de él por algún tiempo. Luego vuelve; pues, según parece, gusta de los caracteres fuertes, de los hombres verdaderamente masculinos, y acepta á su héroe con todos sus defectos. Se mantienen en realidad como muchos matrimonios legalmente constituídos. Él, cansado de su dicha, comete infidelidades; ella vive en continuos celos ó fingiendo un desprecio que no siente; se pelean, se abandonan, se buscan después. Urdaneta, por su voluntad, sería hace tiempo el esposo legítimo de ella. Un casamiento con la rica criolla afirmaría su situación financiera. Pero la viuda sabe lo que puede sufrir su fortuna con tal matrimonio, conoce el poder de «la plata» por ser de un país donde ejerce más influencia que en otros, no quiere verse arruinada, y prefiere continuar esta situación ilegal que todos le perdonan.
Cierto ruido de sillas hizo que el grande hombre callase, volviendo los ojos hacia donde estaban las señoras.
Tía Nati había sentido aflojarse los resortes de su voluntad, y siempre con los ojos muy abiertos, dejó caer su cabeza sobre el pecho, aumentando la fuerza de su respiración. Estela dió excusas. Las dos estaban muy cansadas, y doña Nati, á causa de sus años, no podía resistir las fatigas del viaje.
Esta alusión á su edad pareció despertarla, comunicándole una viveza agresiva; pero al fin se plegó á los deseos de la joven, ansiosa de retirarse á sus habitaciones.
Se despidieron de Rosaura. La criolla, por su parte, también se mostraba impaciente, mirando de reojo un abultado sobre que el portero del hotel había dejado minutos antes sobre el velador. Las tres mujeres se besaron, manifestando deseos de verse pronto, aunque la señora de Pineda y tía Nati no sentían gran prisa de volver á encontrarse. La invitación quedaba aceptada: visitarían á la argentina en su casa de la Costa Azul, cuando don Arístides fuese de embajador á Roma.
—Ahora á dormir—dijo Estela á su tía—. Piense que mañana á las nueve hemos de continuar nuestro viaje.
Rosaura, al quedar sola, se apresuró á abrir el sobre colocado sobre la mesa. Tal era su impaciencia, que ni se acordó de los dos amigos que seguían conversando en el fondo del hall sin perderla de vista.
Fueron saliendo del sobre grande cartas más pequeñas, tarjetas postales, toda la correspondencia llegada á su «villa» de la Costa Azul durante su viaje, y que le reexpedía la doncella.
Miró ávidamente la letra de los sobres. Echó á un lado otros con la dirección impresa, que parecían contener catálogos de modas, anuncios de perfumistas y de joyeros. Examinó por ambas caras varias tarjetas postales. Luego hizo un gesto de desaliento... Nada.
El célebre abogado, que se tenía por muy hábil para adivinar las más intrincadas situaciones gracias á su inducción, dijo en voz queda:
—Sin duda está esperando una carta de Urdaneta pidiéndole perdón para reconciliarse una vez más, y la carta no llega. Casi estoy seguro de que ha reñido con el general-doctor.
V El alba del protestantismo
Era cerca de mediodía cuando Rosaura bajó al salón del hotel. Borja la esperaba hojeando sin interés diarios y revistas algo atrasados que llenaban una mesa, y se apresuró á saludarla.
Había despedido en la estación á don Arístides y su familia. El tiempo era malo. Empezaba á soplar el mistral, modificando la fisonomía de Marsella.
Los dueños de los cafés de la Cannebière parecían capitanes de buque ordenando una maniobra. Sus tripulaciones de camareros amarraban los toldos con cabrias y cuerdas iguales á las de los barcos de vela; luego aseguraban con puntales las mamparas de vidrio de las terrazas, para que no las derribase el huracán. Sobre las aguas obscuras del Puerto Viejo danzaban con iguales vaivenes las embarcaciones grandes y pequeñas. El viento extraía polvo y papeles de los rincones de las calles, haciéndolos girar en espiral. Sonaban como disparos los golpes de las persianas al cerrarse. Y toda esta violencia instantánea de ciclón contrastaba con la serenidad del cielo, intensamente azul, barrido de nubes.
Rosaura había despertado muy tarde, después de pasar una mala noche. Atribuía á este cambio atmosférico la excitación de sus nervios. Su rostro ojeroso y afilado, de intensa palidez, revelaba las horas de insomnio. El mistral venía á aumentar su nerviosidad.
—¡Qué fastidioso permanecer aquí encerrada el día entero!... Envidio al señor Bustamante y á su familia, que huyeron á tiempo. Me dan ganas de hacer lo mismo. Aunque este huracán dura á veces tres días, prefiero arrostrarlo en el camino. Sólo necesito seis horas de automóvil para verme en mi casa.
Borja se apresuró á tranquilizarla con su optimismo. Tal vez era un falso mistral y terminaría á media tarde. Debían despreciar su furia yendo á cierto restorán, famoso por sus platos de la antigua Provenza.
Salieron del hotel, pero al pisar la acera de la Cannebière la bella criolla se estremeció, volviendo inmediatamente atrás. Había recibido una fría bofetada en pleno rostro, sintiéndose á continuación envuelta por los anillos glaciales del vendaval. Creyó que alguien le arrancaba el sombrero de su cabellera. Tuvo que llevarse ambas manos á las hinchadas faldas, que, no obstante su estrechez, pretendían subirse hasta su pecho. La sorpresa le hizo gritar, y creyó que el viento llenaba su boca con una bola de algodón helado. Borja la siguió en este retroceso, riendo de su alarma.
—¡Imposible salir!—dijo ella—. Prefiero el aburrimiento del hotel. Almorzaré aquí, y usted me acompañará. Por fortuna, escuchándole transcurre el tiempo sin que una lo sienta.
Volvieron á instalarse junto á un velador del hall, y al poco rato Borja, sin saber cómo, aludió á la mala noche que ella había pasado. Era indudablemente porque sufría grandes contrariedades. Tal vez esperaba noticias que no llegaban. Bien podría ser que la molestasen penas de amor.
Rosaura pareció irritarse al oir tales suposiciones, y miró al joven con hostilidad.
—¿Se imagina usted que no tengo otros asuntos en mi vida que acordarme de los hombres?... ¿Ha olvidado que soy madre de dos hijos, en los que pienso á todas horas?...
Calló un momento, para añadir con energía:
—Oiga, Borja: si quiere que continuemos siendo amigos, no me hable de amor, ni refiriéndose á otros ni pensando en usted. Adivino en qué pararían nuestras conversaciones si las continuásemos. Escucharía su declaración número no sé cuántos, pues resulta imposible estar á solas con usted sin que inmediatamente hable de su amor y de «nuestra futura felicidad», que yo me empeño en no aceptar. ¡Qué español ardoroso!... Piense en Estela, en su futura esposa, y eso le tranquilizará. ¡Si hubiese podido ver usted mi interior cuando estábamos anoche aquí!... No he hecho nada malo, y sin embargo, sentía remordimiento al estar junto á su novia, ese pobrecito ángel, y al recordar que usted, grandísimo hipócrita, me ha declarado su amor muchas veces desde que nos encontramos en Aviñón... Seriamente, Claudio, no quiero avergonzarme más por cosas que no he pensado hacer nunca, y si usted, al verse solo conmigo, ha de seguir lo mismo que antes, es mejor que se vaya.
Luego perdió su agresiva seriedad, para añadir sonriendo:
—O se aleja usted en seguida, ó me promete hablar tranquilamente, como un compañero. ¿Conviene el trato?... Está bien; puede usted seguir aquí, pero no permanezca por eso silencioso y de mal humor. Hable, cuénteme cosas interesantes. Diga qué le pasó á nuestro don Pedro al ver desde su refugio, en el reino de Aragón, cada vez más numerosos sus enemigos, teniendo que luchar contra dos Papas rivales. Deseo saber en qué paró esa guerra de los tres Pontífices.
Borja empezó á hablar con menos entusiasmo que otras veces. Un nuevo personaje había surgido en el Norte de Europa con el propósito de dar fin al cisma. Era joven y laico, Segismundo, rey de Bohemia, hijo del emperador Carlos IV, que á su vez se veía elegido por los señores de Alemania para ostentar la corona imperial.
—El ser «rey de romanos» ó emperador de Alemania—continuó—era un cargo honorífico, una herencia puramente teatral del antiguo poder de los Césares, que en realidad había terminado con Carlomagno. Los emperadores de Alemania, en aquellos siglos, eran fuertes si tenían dinero y soldados propios; cuando no se podían proporcionar estos elementos para imponer respeto, sus mismos electores, los príncipes alemanes, se reían de ellos, é iban de un lado á otro como huéspedes aparatosos y mendicantes. Segismundo sólo poseía un reino, la Hungría, pues su dominación sobre Bohemia fué aparente muchos años; pero supo inspirar confianza á los que le rodeaban y vió un motivo de gloria personal en la extinción del cisma, imponiendo su autoridad laica á los tres grupos de Pontífices y cardenales en que estaba dividida la Iglesia.
Los pueblos de la cristiandad se mostraban fatigados después de treinta y siete años de cisma. Cada uno de los Pontífices abusaba de las naciones bajo su obediencia, pidiéndolas incesantemente dinero para esta guerra eclesiástica. Los cardenales eran los que más habían favorecido al principio tal división con sus nuevas elecciones de Pontífices y sus resistencias á un acuerdo definitivo. Esto les servía para obtener nuevos empleos y riquezas. Pero tan largo desorden había acabado por quebrantar la fe de los creyentes. Las muchedumbres se acostumbraban á burlarse de los diversos Papas y sus ruidosas querellas. En varios países empezaron á surgir doctores de palabra ardiente proclamando la necesidad de una reforma profunda, no solamente en la organización de la Iglesia, sino también en sus doctrinas, volviendo á la sencillez evangélica de los tiempos de Jesús.
El miedo á la herejía triunfante hizo que los príncipes eclesiásticos buscasen la unión sinceramente, después de tantos años de egoísmo. La amenaza de una revolución religiosa los impulsó á una concordia inmediata.
Segismundo, de acuerdo con Juan XXIII, el Papa elegido en Pisa, convocó una asamblea universal de la Iglesia en la ciudad de Constanza. Acudieron á ella tres colegios de cardenales casi completos: el de Gregorio XII, ó sea el Papa de Roma, que huído de dicha ciudad andaba vagabundo por Italia; el de Juan XXIII, elegido por el concilio de Pisa, y todos los cardenales que habían abandonado á Benedicto XIII.
Precisamente los antiguos amigos de Luna iban á ser por su ciencia y su palabra los más importantes oradores del nuevo concilio. Centenares de arzobispos, obispos y abades fueron llegando á dicha ciudad por los caminos terrestres ó navegando sobre las aguas del Rhin y del lago de Constanza. Entre esta multitud de altos dignatarios de la Iglesia se hacían notar los doctores de la Universidad de París, siendo los más influyentes Pedro de Ailly y Gerson.
Los eclesiásticos reunidos en Constanza llegaron á ser diez y ocho mil. A ellos había que añadir los cortejos del emperador y los príncipes laicos, la muchedumbre de tenderos ambulantes, de vagabundos en busca de colocación, de cantores, juglares y prostitutas venidas á esta asamblea religiosa, semejante á una gran feria. De los diversos Estados de Alemania, así como de Italia y Francia, acudieron cerca de mil mujeres públicas. Además, según los cronistas de la época, muchas damas de condición equívoca seguían con lujoso aparato á cardenales y otros personajes.
Juan XXIII fué el primero en llegar. Había convocado el concilio cediendo á las instancias de Segismundo, pero acudía de mala voluntad, presintiendo un peligro al saber que le esperaban en Constanza sus más encarnizados adversarios.
Se mostraban furiosos contra él los iniciadores del concilio de Pisa, al darse cuenta de la astucia con que se había aprovechado de dicha reunión para hacerse nombrar Papa, después de la temprana muerte de Alejandro V. Era de inteligencia despierta y carácter violento, sin dominio sobre sus palabras en horas de enfado. Al pasar por las montañas del Tirol, volcó el coche papal y Juan XXIII rodó sobre la nieve, lo que le hizo lanzar varias interjecciones de su aventurera juventud. Las pobres gentes del país se asustaron al oir que el Santo Padre juraba por el demonio. Al llegar á las cercanías de Constanza y ver la ciudad desde lo alto de una colina, exclamó: «He aquí la trampa para cazar zorros.»
Más de cien mil personas y treinta mil caballos debían ser mantenidos diariamente en Constanza. La Nochebuena de 1414 se presentó el personaje más importante, el emperador Segismundo. Su llegada fué por el lago, y una muchedumbre inmensa esperó cerrada ya la noche y soportando un frío riguroso á que la barca regia atracase al pie de los muros de la ciudad.
Celebró Juan XXIII la misa de medianoche en la catedral, ocupando Segismundo un magnífico trono, rodeado de todos sus príncipes y altos dignatarios. Luego se vistió éste una dalmática de diácono, y llevando en su cabeza la corona imperial subió al púlpito para cantar el evangelio de la Natividad. Finalmente, el Papa le entregó una espada bendita, para que se sirviese de ella en defensa de la Iglesia, y después de tal ceremonia el concilio de Constanza pudo entrar en funciones.
En seguida se dió cuenta el antiguo corsario Baltasar Cossa de cuál iba á ser su destino por haberse entregado á dicha asamblea, confiando en las palabras de Segismundo. Sus rivales Pedro de Luna y Angel Corario habían sido declarados herejes en Pisa y despojados de sus tiaras. A él le iba á ocurrir lo mismo.
Los trabajos del concilio resultaron muy largos. Sus venerables individuos no tenían en cuenta para nada el tiempo. Las sesiones numerosas fueron separadas por intervalos enormes. Tenían que esperar contestaciones y comparecencias, para las cuales daban á veces plazos de cien días. Sin embargo, los miembros del concilio no se aburrieron durante tan luengas esperas. Como abundaban en Constanza príncipes y señores acostumbrados á combatir, eran frecuentes los torneos. El teatro hizo su aparición, siendo varias las compañías ambulantes que representaban dramas sacros, con intermedios jocosos. Resonaba la ciudad bajo un incesante concierto de marchas guerreras y canciones de amor. Se habían reunido en ella mil setecientos músicos de clarín, pífano, flauta y viola.
Cediendo á las insinuaciones amenazantes del concilio, el papa Juan hizo una promesa de dimisión para devolver la paz á la Iglesia; pero algunos días después, mientras se celebraban grandes justas en el centro de Constanza, un hombre ya viejo, vestido de palafrenero, montado en un mal rocín, con el rostro cubierto y una ballesta colgante de la silla, cruzó las calles guiado por un niño, que le condujo hasta las puertas de la ciudad sin saber quién era. Así escapó de Constanza Juan XXIII, para librarse de sus enemigos que le exigían una renuncia inmediata y absoluta.
La fuga del Pontífice causó tal sorpresa y pánico, que muchos dieron por terminado el concilio. Los comerciantes empezaron á empaquetar sus mercancías; los palafraneros de cardenales y príncipes prepararon sus caballos; pero Ailly y Gerson, con la ayuda del emperador, supieron impedir la desbandada general, convenciendo á los miembros del concilio de que éste podía continuar sin el Papa, y en las sesiones siguientes establecieron el revolucionario principio de la superioridad de una asamblea general de la Iglesia sobre el heredero de San Pedro.
—Esto fué un triunfo—continuó Borja—para la tendencia galicana que representaban ambos teólogos. La Iglesia iba á regirse «parlamentariamente», como diríamos ahora. La asamblea de los fieles resultaba superior al Papa, dejándole un papel de monarca constitucional... Pero más adelante los sostenedores del poder pontificio acabaron por dominar al concilio, y el nuevo Papa, Martín V, nombrado por éste, continuó la tradición monárquica absoluta de la Iglesia.
Como el fugitivo Juan XXIII se negaba á regresar á Constanza, el concilio lo juzgó, luego de oir un acta de acusación en la que se iban relatando todos los pecados del antiguo corsario Baltasar Cossa: «malvado, impúdico, mentiroso y rebelde; mal hijo con sus padres, envenenador de Alejandro V, al que había sucedido; culpable de fornicación con la mujer de su hermano, con religiosas, doncellas, casadas, y de otros crímenes contra la castidad; vendedor de indulgencias y de empleos para guardarse su producto; avaro, simoníaco...» Y así continuaba la acusación contra el tercero de los Papas, abarcando setenta y cuatro delitos, consignados con toda clase de detalles.
El 29 de Mayo de 1415, el concilio lo deponía, y una diputación iba á buscarlo en la ribera alemana del lago de Constanza, donde se había refugiado, para notificarle su sentencia. Juan XXIII la acató humildemente, reconociendo el yerro cometido al huir del concilio, y se resignó para siempre á su desgracia. Tres años vivió prisionero en Alemania, sufriendo ultrajes y consolándose de tan amarga situación componiendo versos latinos sobre la inestabilidad de las cosas humanas. Cuando el concilio nombró Papa, años después, á Martín V, al pasar éste por Florencia vió arrodillarse á un anciano que le prestaba juramento como Pontífice legítimo, queriendo vivir y morir bajo su dependencia. Martín V, conmovido por tal espectáculo, concedió al antiguo Juan XXIII el primer puesto en su Sacro Colegio con el título de cardenal-obispo de Túsculo; pero el agraciado tardó poco en morir.
Obtuvo el concilio de Constanza una nueva victoria. El errabundo Gregorio XII, abandonado por casi todos los países de su obediencia y que no sabía dónde refugiarse, abdicó igualmente su tiara desde la villa de Viterbo, y el concilio lo nombró cardenal-obispo de Porto. Dos años después moría en Recanati, diciendo: «No he conocido al mundo, ni el mundo me ha conocido á mí.»
Para agradecer su renuncia, el concilio lo declaró el Pontífice más legítimo de los tres. Era el Papa de Roma, y la asamblea libre de la Iglesia, al hacer esto, obedeció á la misma influencia geográfica que había motivado el cisma. El futuro Pontífice elegido por el concilio sería forzosamente italiano, para que no se repitiesen las disensiones.
—De los tres Papas—dijo Borja—ya no quedaba en pie más que uno: Benedicto XIII; pero con éste iban á poder muy poco el ensoberbecido concilio y el jactancioso Segismundo, propenso á querer asustar con las amenazas de su fuerza algo ficticia y poseedor de cierta habilidad para conseguir por medio de intrigas lo que le era imposible obtener autoritariamente.
Claudio olvidó esta querella de los tres Papas para evocar la figura de un simple doctor, que sin ser cardenal ni prelado, dejó su nombre heroico unido para siempre al recuerdo de dicho concilio.
—No sólo eran mercaderes, artesanos, músicos, cómicos y aventureros los que habían venido á engrosar la muchedumbre de Constanza. Antes de que llegase el emperador, las gentes se agolpaban en las plazas de la ciudad ó en los muelles del lago para escuchar la fogosa oratoria de un eclesiástico de cuarenta años, alto de cuerpo, el rostro pálido y enjuto. Era de vida austera, y se mantenía pobremente á pesar de su amistad con los grandes señores de Bohemia, su país. Se llamaba Juan Huss, y por sus estudios y su elocuencia había llegado á rector de la Universidad de Praga y confesor de la ex reina Sofía, cuñada de Segismundo.
Amaba el Evangelio en toda su pureza, deseando que la Iglesia, corrompida y dividida, se ajustase de nuevo á sus enseñanzas. Otro clérigo llamado Wiclef había surgido, antes que él, en Inglaterra, proclamando la regresión de la Iglesia al primitivo espíritu evangélico, la supresión de la vida escandalosa y los abusos de los príncipes eclesiásticos, una reforma completa en las costumbres y en el dogma.
Wiclef había muerto en su patria sin que su persona sufriese persecuciones, pero sus libros fueron condenados á las llamas en varias ciudades de Europa. Juan Huss, su discípulo y continuador, se veía excomulgado, y sus obras eran igualmente arrojadas al fuego en Praga.
Apeló de esta sentencia ante Juan XXIII, y provisto de un salvoconducto del emperador Segismundo, emprendió la marcha hacia Constanza, seguido de numerosos discípulos, con la pretensión de hablar públicamente en el concilio. No obstante las preocupaciones que le acarreaban la lucha con sus enemigos y el afán de sostener su autoridad, recibió Juan XXIII benévolamente al doctor bohemio, suspendiendo las censuras que pesaban sobre él, bajo la condición de que se abstuviese de predicaciones.
No era el momento oportuno para que un orador como Huss, acostumbrado á perorar todos los días en la cátedra ó al aire libre ante enormes muchedumbres, se mantuviese silencioso. Además, un hombre sincero que se imagina poseer la verdad, prefiere la muerte al mutismo.
Siguió Juan Huss predicando como antes en las plazas de Constanza, y las autoridades eclesiásticas lo aprehendieron, manteniéndolo en un calabozo á las órdenes del concilio. En su sesión quinta confió éste á una comisión de dos cardenales y varios doctores el examen de las doctrinas de Husss, siendo presidente de ella el célebre Pedro de Ailly, ahora cardenal de Cambray.
Cinco semanas se prolongó el duelo entre un hombre completamente solo y los ricos dignatarios de la Iglesia, empeñados en hacerle abjurar cuarenta y dos proposiciones extraídas de los libros de Wiclef que figuraban como suyas. El heroico predicador contestó siempre que estaba dispuesto á tal abjuración, con entera humildad, si le demostraban antes que sus doctrinas eran erróneas. Ailly y algunos otros jueces miraban con simpatía y lástima al obstinado Huss.
—Juan—decía Ailly—, entregaos simplemente y sin reserva alguna al concilio, que os tratará con humanidad é indulgencia.
Le dieron á entender que podía formular una abjuración, aunque fuese simulada; pero Huss repelió tal propuesta, diciendo: «La mentira amargaría mis últimos instantes.»
—El concilio—continuó Borja—, por lo mismo que se había constituído de un modo revolucionario, colocándose sobre el Pontífice que lo convocó y arrogándose una autoridad universal sobre la Iglesia, se mostraba severo é inquieto con los innovadores. Sentía el ansia dominadora de los gobiernos provisionales surgidos de una revolución, que temen en seguida á los exaltados y necesitan castigarlos, para consolidar de tal modo su prestigio ante los elementos conservadores.
Ailly y los demás jueces, después de tan largas controversias, se apartaron tristemente del acusado, presintiendo cuál iba á ser su fin. Como Segismundo le había concedido un salvoconducto, resultaba vergonzoso para él que este hombre venido á Constanza bajo su protección fuese ejecutado. Para evitarse tal vileza, hizo que varios señores checos visitasen á Maestro Juan en su prisión, pidiéndole que abjurase. Uno de ellos, para convencerle, dijo que no debía creerse él solo más sabio que todo el concilio; á lo que repuso el predicador: «Si el último de sus miembros me opone textos mejores que los míos, me retractaré inmediatamente.»
Al celebrarse, el 6 de Julio, la XV sesión del concilio, Juan Huss fué conducido entre soldados á la catedral de Constanza. Segismundo, que había suscrito un documento garantizando la seguridad de su persona, ocupaba un trono, rodeado de los dignatarios de su corte. La muchedumbre llenó el resto del templo. En mitad de éste había una tarima y sobre ella una mesa con los ornamentos sacerdotales preparados para la ceremonia de la degradación.
Hubo misa solemne, letanías cantadas, y un obispo predicó sobre la necesidad de aplastar la herejía en su germen, alabando al emperador Segismundo, destinado por Dios para extirpar á un mismo tiempo el cisma y la herejía. Y terminó su sermón diciendo que suprimir á un herético era obra de piedad.
Después de amenazar el concilio con severas penas á todo el que interrumpiese la discusión, hizo leer las herejías de Wiclef enseñadas por Juan Huss. Éste se defendió con vehemencia apelando á Cristo y no quiso abjurar. Entonces lo obligaron á ponerse de rodillas para que escuchase su sentencia, arrojándolo de la Iglesia y degradándolo como sacerdote.
Siete obispos le revistieron los ornamentos sacerdotales como si fuese á celebrar la misa. Al ponerle el alba, dijo Maestro Juan:
—Cuando Cristo fué conducido de Herodes á Pilatos, lo cubrieron con un vestido blanco para burlarse de él.
Le exhortaron los obispos por última vez á que se retractase, y Huss contestó dirigiéndose á la multitud:
—No quiero mentir ante la cara de Dios, ofendiendo á mi conciencia y á la verdad. Retractarme sería engañar á muchedumbres enormes que escucharon mis predicaciones, anunciando la palabra divina.
Los obispos le pusieron un cáliz en las manos y se lo arrebataron á continuación, gritándole:
—Judas, ya que abandonaste el consejo de la paz para tomar el de los judíos, te quitamos el cáliz de salud.
A lo que contestó el excomulgado:
—Dios Todopoderoso, por el cual sufro, no me quitará el cáliz de salud que espero beber hoy mismo en su reino.
Uno por uno le fueron arrebatados los ornamentos sacerdotales, entre terribles maldiciones del rito. Como los obispos debían terminar por la supresión de su tonsura, discutieron entre ellos cómo podrían hacerlo, si con navaja ó tijera, y Huss gritó al emperador Segismundo:
—Ved cómo mis enemigos no llegan á entenderse siquiera sobre el modo de deshonrarme.
Luego de borrar su tonsura le pusieron en la cabeza una corona de papel de dos pies de alto, en la que estaban pintados tres horribles demonios arrebatando su alma, con la siguiente inscripción: «Este es el heresiarca.»
—¡Abandonamos tu alma á Satán!—gritaron los obispos.
Huss juntó sus manos, levantó los ojos al cielo y repuso:
—Señor mío Jesucristo, que llevasteis una corona de espinas más dolorosa que la mía: por amor de vos, yo, pobre pecador, llevo humildemente esta corona más ligera, aunque infamante.
Terminada la degradación, el concilio lo abandonó al brazo secular. Según una antigua costumbre de la Iglesia, horriblemente hipócrita, Maestro Juan fué entregado al emperador con la siguiente recomendación: «No sea condenado á muerte, sino á perpetua cautividad.»
Segismundo, como todos los soberanos de entonces, sabía que estas palabras misericordiosas no eran más que una fórmula ritual, é interpretando su verdadero sentido, dijo al preboste de Constanza:
—Coged al Maestro Juan Huss y quemadlo por hereje.
El preboste ordenó á sus gentes que lo condujesen á la hoguera tal como estaba, sin quitarle los dos hábitos superpuestos de paño negro que vestía á causa del frío de la prisión, su calzado, su ceñidor, su cuchillo, ni otras cosas que llevaba sobre él.
Al salir de la catedral, vió cómo ardían en medio de la plaza todos sus libros, quema que le hizo sonreir.
Marchaba rodeado de guardias, tranquilamente, con las manos libres, hablando á la muchedumbre. Detrás de él iba un ejército, más de tres mil soldados, y casi todo el vecindario de Constanza. Durante el trayecto se oyó muchas veces la voz de Maestro Juan gritando con fuerza:
—Jesucristo, hijo de Dios vivo; ¡miserere nobis!
Cuando llegó al lugar del suplicio, se hincó de rodillas tres veces ante el enorme montón de leña, volviendo á repetir la misma invocación. Quiso predicar al pueblo y le negaron el permiso. Fué atado á un poste, en lo más alto de la pira, con una cadena al cuello. Sus pies descansaban en un taburete, y la mayor parte de su cuerpo desaparecía entre los leños y la paja, que le llegaban hasta la barba.
Todavía en esta posición los representantes del emperador le invitaron á retractarse y salvar su vida. Huss, por toda respuesta, empezó á predicar sobre su inocencia, y aquéllos dieron la orden de prender fuego.
Como los verdugos habían derramado mucha pez sobre la hoguera, ésta ardió con instantánea combustión. En medio de las llamas se le oyó cantar «Jesu Christe, Filli Dei vivi, miserere nobis»; pero no pudo repetir tales palabras, pues el humo lo asfixió.
Algunos personajes eclesiásticos admiraron noblemente su heroísmo. Eneas Silvio Piccolimini, que había de ser Pío II (el único Papa novelista), dijo que la muerte de Huss recordaba la de los filósofos antiguos de ánimo más fuerte. Sus cenizas y huesos fueron arrojados al Rhin, para evitar que sus admiradores guardasen dichos restos como reliquias.
Implacable el concilio en la persecución de los reformadores del dogma, decretó igualmente que se desenterrasen en Inglaterra los restos de Wiclef para quemarlos, ya que no era posible hacerle morir en el mismo suplicio que Juan Huss. Uno de los más ardorosos discípulos de Maestro Juan, el elocuente Jerónimo de Praga, fué quemado algún tiempo después en la misma ciudad de Constanza.
—En torno á la muerte de Huss se han forjado tradiciones interesantes. Cuando el mártir estaba atado en lo alto de la pira, vió cómo se acercaba una viejecita fanática llevando con trabajo su haz de leña para la quema del hereje. «¡O sancta simplicitas!», exclamó el mártir. Antes de morir dijo algo más importante: «Hoy quemáis un ganso, pero de mis cenizas nacerá un cisne que no podréis quemar.» Huss, en lengua bohemia, significa «ganso», y el cisne era Lutero, que apareció un siglo después.
Borja sonrió, añadiendo con una expresión de tolerancia:
—Creo que la tal profecía fué inventada en tiempos de Lutero; pero aunque así sea, resulta digna del precursor quemado en Constanza. La Historia no valdría la pena de ser leída si la despojásemos de tantas frases elocuentes que nunca fueron dichas por los personajes á quienes se atribuyen, de tantas coincidencias portentosas buscadas luego de ocurridos los hechos. Perdería su enorme interés de novela vivida.
Era ya la una de la tarde cuando entraron en el comedor del hotel. La tristeza gris de este local cerrado, en cuyas ventanas temblaban los vidrios al impulso de las ráfagas exteriores, les hizo recordar su almuerzo del día antes, frente al Mediterráneo, viendo los veleros del Puerto Viejo, los vapores que avisaban su salida con mugidos de sirena, los muelles oliendo á mariscos y á frutas, el amplio horizonte azul que inspira la tentación del viaje.
Empezó Borja á hablar otra vez de los campos de olivos y naranjos en la costa mediterránea de España. Evocó á Peñíscola avanzando en el mar como un navío de piedra, y antes, mucho antes de este término de su viaje, las construcciones ciclópeas y romanas de Tarragona, las pinedas rumorosas y los bosques de alcornoques de las montañas catalanas, y al lado de acá de los Pirineos la antigua ciudad española de Perpiñán, con su catedral y sus elegantes fortalezas de ladrillos color de rosa.
Insistía el joven en tales descripciones mirando fijamente á la criolla, deseoso de que dijera algo y temiendo al mismo tiempo sus palabras. Al fin ella habló.
—Todo eso tan bello lo verá usted solo, Borja. No le acompaño. Ahora me doy cuenta de mi locura al afirmar que haríamos juntos tal excursión. ¡Las cosas que se prometen á los postres de un buen almuerzo!...
En vano insistió él en sus insinuaciones. Era un viaje de dos semanas nada más. Vería una España completamente desconocida. Rosaura ignoraba cómo era la costa española del lado del Mediterráneo, país que dió origen á tantas leyendas maravillosas en tiempos de los primeros navegantes, cretenses, fenicios y griegos. Ella continuó moviendo su cabeza negativamente.
—¡Qué horror, ir á España con un hombre!... Anoche, al conversar aquí con la familia de don Arístides, reía interiormente ante la suposición de hacer juntos tal viaje... ¡tan absurdo me parecía! Doña Nati, esa bruja respetabilísima, me hizo recordar lo que son nuestros países. Encontraríamos allá muchas doña Nati. Usted no es más que un amigo, pero tengo la certeza de que se permitirían las más atrevidas suposiciones. No, Claudio, por nada del mundo le acompaño... Además, usted representa otro peligro. Se mantiene modosito, bien educado, y de pronto muestra unos atrevimientos que merecen bofetadas... Sí, ya sé que es el amor, pero á mí no me basta que una persona me hable de amor para tolerarle cosas que considero faltas de respeto.
Borja protestó con vehemencia, afirmando la seriedad y la cordura de su conducta en el futuro viaje.
—Le doy mi palabra... le juro que no tendrá motivo de queja. Usted me ha enseñado nuevas reglas de vida. Creo ahora que un hombre y una mujer pueden ser amigos é ir á todas partes sin que su plácida amistad la perturben malos deseos. Sea usted lógica; acuérdese de lo que me dijo al volver de la fontana de Vaucluse. «¿No pueden dos personas de sexo diferente vivir como simples camaradas, guardando cada uno aparte sus secretos y sus afectos?»
Rosaura le escuchó sonriendo pasivamente, como si careciese de fuerzas para discutir con él, contestando con frases cortadas á sus preguntas tenaces.
—Veremos... No sé qué hacer... Tal vez acepte... Lo pensaré de aquí á mañana.
Él tuvo miedo á este plazo, que le parecía muy largo, é insistió para obtener una respuesta inmediata.
—Bueno; sí... Haremos el viaje.
Dijo ella esto con voz floja, sin entusiasmo, como si deseara terminar cuanto antes la conversación.
Después del almuerzo aún permanecieron juntos media hora en el hall. Rosaura acabó por subir á sus habitaciones. Iba á entregarse á la lectura de un volumen de versos de Petrarca, comprado el día anterior, y tal vez, si al anochecer aflojaba el mistral, saldría con Claudio á pasear por las calles más céntricas. Él podía entretenerse visitando á varios libreros de lance que le habían ofrecido obras raras sobre la historia y las costumbres de Aviñón en tiempo de sus Papas.
Pasó la tarde manejando volúmenes antiguos, recibiendo en la garganta el polvo de sus cortes y lomos, hablando con libreros entusiastas de la antigua Provenza, que unían á la rapacidad del comerciante fervores de bibliófilo y de arqueólogo.
Cuando al anochecer volvió á su hotel, el portero le entregó una carta.
—Es de la señora del número 2. Salió á media tarde en su automóvil y me encargó que se la diese al entrar.
Borja abrió el sobre con dedos trémulos, para leer unas cuantas líneas escritas, sin duda, apresuradamente.
Se marchaba Rosaura á su casa de la Costa Azul, dándole á entender de un modo terminante su deseo de no verse seguida. Volverían á encontrarse alguna vez. ¡Adiós! El mundo es menos grande de lo que creen las gentes. Podía continuar su viaje solo. Era mejor para sus estudios.
Y tal fué la cólera del joven al leer esto último, que lo aprobó. Sí; era mejor para él olvidar su encuentro de Aviñón. Era mejor seguir su existencia de siempre, libre de una mujer que pertenecía á otro mundo.