PARTE PRIMERA LA CIUDAD DE LAS TRES LLAVES
Reading edition
I El caballero Tannhäuser
Ella dudó un instante, mientras exploraba mentalmente su pasado. Luego se apresuró á decir sonriendo, como si le regocijasen sus propias palabras:
—Le reconozco. Usted es el caballero Tannhäuser, que tuvo amores con Venus.
Esto fué en el «Select Hotel» de Aviñón, á las ocho de la noche. Claudio Borja, que la había observado de lejos durante la comida, abandonó su mesa para apostarse junto al hall, y al verla llegar preguntó en español:
—¿No es usted la señora de Pineda?... Tuve el honor de que me presentasen en Madrid... Tal vez no se acuerda usted.
Pero ella no le había olvidado, y después de reir unos instantes pareció pedirle perdón con sus ojos por esta alegría espontánea.
Los dos evocaron en su memoria cómo se habían visto por primera vez. Fué luego de una comida en casa del señor Bustamante, senador español, que explotaba por vanidad personal las relaciones entre los pueblos hispanoamericanos. Los comensales habían hablado en el salón de sus personajes predilectos en la literatura y en la historia. Cada uno iba manifestando qué héroe hubiese querido ser.
Estela, la hija del dueño de la casa, joven de ademanes encogidos y voz tímida, sentía no haber sido la Ofelia de Shakespeare; su padre, el solemne don Arístides, dudaba entre Licurgo y el cardenal Jiménez de Cisneros; un viejo general optaba por Julio César.
Todos desearon conocer el personaje predilecto de la hermosa Rosaura Salcedo, viuda de Pineda, rica dama argentina, en cuyo honor daba Bustamante su banquete; pero esta señora, de paso en Madrid, que residía gran parte del año en París ó viajaba por el resto de Europa, se negó modestamente á revelar su heroína. No tenía ninguna. Estaba contenta de ser lo que era. Y casi todas las señoras presentes, exuberantes en deseos no cumplidos y envidias no satisfechas, rencorosas contra la mediocridad de su situación, la miraron fijamente, notándose en su sonrisa algo turbio y verdoso, semejante al color de la bilis. La aprobaban con amargura. «¡Qué más podía desear! ¡Qué no había recibido de la suerte!» Su riqueza resultaba enorme: una riqueza americana, de millones y millones. Además era libre, podía cumplir todos sus gustos, y su belleza se renovaba incesantemente, como una primavera sin término, gracias al lujo y á una higiene costosa.
Después de ella le llegó el turno á Claudio Borja, que el señor Bustamente consideraba como de su propia familia, por ser huérfano de un compañero de su juventud. Muchos creían á este joven sin ocupación determinada, pero poseedor de una apreciable fortuna, el futuro esposo de Estela Bustamante.
Claudio Borja, cual si desafiase con sus palabras á la respetable concurrencia, afirmó enérgicamente que lamentaba no haber sido el caballero Tannhäuser.
Algunos, para alardear de sus lecturas, se apresuraron á reconocer muy acertado tal deseo. Tannhäuser era un poeta errante, un caballero cantor, y Borja hacía versos.
—No—dijo el joven—; si lo envidio, es porque tuvo amores con Venus.
Un silencio de asombro y de incomprensión al mismo tiempo. Al fin acabaron por reir, reconociendo que Borja tenía «cosas raras», como todos los que escriben para el público.
—Es natural que no le haya olvidado—siguió diciendo la hermosa argentina, mientras avanzaban juntos hacia el salón del hotel—. Un hombre que da esa respuesta es alguien. Aquella noche no pudimos hablarnos. ¡El señor Bustamante acapara tan afectuosamente á sus invitados!... A los pocos días me marché de Madrid. Tal vez fué al día siguiente. No lo sé con certeza. Para mí el pasado cuenta muy poco; sólo pienso en el mañana. Pero le aseguro que muchas veces me he acordado de usted. Siempre que oigo música de Wágner surge en mi memoria la cara de un joven que vi una sola vez en mi vida, y me pregunto: «¿Qué habrá sido del Tannhäuser de Madrid? ¿Se habrá unido con Ofelia, cansado de esperar la llegada de Venus?»
Y la hermosa dama volvió á reir mirando á su acompañante. Sintióse molestado éste por la risueña é irónica amabilidad de la señora de Pineda; pero al mismo tiempo, la convicción de haber vivido en su memoria cerca de dos años, como un personaje familiar, cuando se creía totalmente olvidado, halagó su vanidad.
Cuando penetraron en el hall les envolvió una atmósfera vibrante de música y saturada de humo de tabaco rubio, con ligero perfume de opio. Sillones y divanes estaban ocupados por gentes de lengua inglesa: la oleada diaria de viajeros que pasa veinticuatro horas en Aviñón, ve el castillo de los Papas, la fontana de Vaucluse, cantada por Petrarca, y continúa su descenso por la Provenza, hacia la Costa Azul.
Se detuvo Rosaura ante dos cuadritos puestos en la entrada del salón, al nivel de la mirada de los transeuntes. Uno de ellos contenía una llave pequeña; el otro, una carta de papel amarillento y tinta rojiza. Borja, por ser más antiguo en el hotel, explicó á la viuda la historia de ambos objetos.
Este edificio era un palacio del siglo XVII. Las antiguas cocheras servían ahora de garages. La Revolución que anexionó á Francia, en 1792, la antigua ciudad de los Papas, lo había convertido en hospedería. Llevaba más de un siglo de existencia como hotel, y el patio de honor, donde frenaban ahora automóviles de todas las naciones de Europa, había resonado durante ochenta años con el cascabeleo y las ruedas chirriantes de diligencias y sillas de posta. La llave guardada en uno de los pequeños cuadros era la de una habitación, en el último piso, que había ocupado cierto capitán de artillería llamado Bonaparte, protegido por el omnipotente Robespierre.
—Debió ser antes del sitio de Tolón, cuando vagaba desorientado, sin saber cómo empezar su carrera. Tal vez imaginó aquí su único libro, La cena de Beaucaire, especie de novela política. Beaucaire está muy cerca.
La carta había sido escrita por el mariscal de la corte napoleónica al dueño del hotel. El emperador recordaba con frecuencia cierto guiso de codornices que había comido en su juventud, viviendo en Aviñón, y el gran personaje palatino pedía la receta para que la utilizase el cocinero de las Tullerías.
Rosaura miró la envejecida carta con el ceño fruncido y dijo gravemente:
—De seguro que á Napoleón no le gustó el plato en París. Nadie sabe guisar tan sabrosamente como la juventud y la pobreza.
Una pequeña orquesta acompañaba las conversaciones de los huéspedes, eternos viajeros acostumbrados á pasar la noche en el hall de un hotel, fuese cual fuese su latitud terráquea, sin sentir la curiosidad de salir á la calle. El día se ha hecho para ver museos y monumentos interesantes; la noche para comer, puestos de smoking ó traje escotado, y escuchar un poco de música, fumando, hojeando revistas ó conversando con personas conocidas en un hotel semejante, al otro lado del planeta.
La argentina y el joven español ocuparon dos sillones de cuero, bajos y profundos. Era el momento de explicar, cada uno, por qué estaba allí.
Ella había llegado á media tarde en su automóvil. No podía recordar cuántas noches llevaba pasadas en este hotel. Era un sitio inevitable de descanso en sus viajes de París á la Costa Azul, donde tenía una «villa» suntuosa, con frondosos jardines, junto al Mediterráneo.
—Todos me conocen aquí. Soy una clienta que llega varias veces por año. Duermo y parto al día siguiente, tan de prisa, tan distraída, que ni siquiera me había fijado en esos cuadritos que acaba usted de enseñarme... Ahora va á ser lo mismo. Me marcharé mañana, como todos estos ingleses ó norteamericanos, que duermen una noche en Aviñón y levantan su vuelo al día siguiente. Mañana por la tarde estaré en mi casa, viendo el mar á través de naranjos y palmeras. Y usted ¿qué hace aquí?...
Borja, que llevaba dos semanas en el hotel, dudó un poco antes de contestar, coloreándose ligeramente su rostro afilado, de morena palidez. Al fin balbuceó, como si temiese la repetición de aquella risa femenina, acariciante, musical, pero algo irónica:
—He venido de Madrid para hacer estudios... Preparo un libro. Me interesa desde hace años la historia de cierto compatriota mío... un Papa de Aviñón... don Pedro de Luna. Pero usted, señora, no debe sentir interés por estas cosas. ¡Son tan antiguas!
Ella le miró lo mismo que cuando examinaba la carta del mariscal de la corte napoleónica. Su voz volvió á sonar, reposada y grave:
—A mí me interesa todo lo que supone trabajo y voluntad; á mí me interesa toda persona que tiene un ideal y procura realizarlo.
Quedaron los dos en silencio. Por un azar, cesaron al mismo tiempo las diversas conversaciones, y en el ambiente de tabaco oloroso vibró, agrandada por el repentino silencio, la melodía lánguida de los dos violines, el violoncelo y el piano, entonando una romanza de amor.
Claudio creyó verse bajo una luz completamente nueva. Después de dos semanas de soledad, la presencia de esta mujer, en la que había pensado más de una vez, como si perteneciese á un mundo superior y misterioso, parecía proporcionarle un nuevo sentido para examinarse á sí mismo. Una especie de relámpago mental concentraba toda su existencia anterior, extendiéndola en su memoria con el zigzag instantáneo y deslumbrante de las exhalaciones eléctricas.
No era más que un visionario, predispuesto á adorar cosas absurdas siempre que fuesen interesantes. Se creía nacido sin voluntad, é indudablemente por esto deseaba escribir la historia de aquel don Pedro de Luna, la voluntad más tenaz de su época y tal vez de todos los tiempos. Vivía entre fantasmas, sintiendo muchas veces la añoranza de no ser niño para que le siguieran contando las historias maravillosas que embellecieron los primeros años de su existencia. No había conocido, como la mayor parte de los humanos, el ambiente seguro de la familia, la sonrisa protectora de los padres, semejante á la de las divinidades que defendieron á los primeros hombres.
De su padre sabía más por don Arístides Bustamante que por él mismo. Fué un ingeniero nacido en una pequeña ciudad del antiguo reino de Valencia, un levantino parco en palabras, que parecía compensar su falta de exuberancia verbal con una actividad tenaz y entusiástica para la implantación de inventos extranjeros en su país. Una parte de su vida la había pasado viajando por Europa y América. Importó industrias, creó un pequeño ferrocarril, y la aparición del automóvil le hizo olvidar sus antiguas empresas. En todas ellas buscaba el placer de la creación, el orgullo del triunfo, más que la ganancia monetaria. Sin embargo, á su muerte, el amigo Bustamante, notable abogado, consiguió desenmarañar sus negocios, vendiendo, transigiendo, permutando, hasta dejar saneada para el huérfano una fortuna de más de un millón de pesetas.
El ingeniero Borja, durante una de sus estadías en París, se sintió interesado por cierta señorita á la que había conocido años antes en Gibraltar, Estrella Toledo, descendiente de una antigua familia de judíos sefarditas que mostraba cierto interés por todo lo de España. Ocupado en negocios é invenciones, este hombre que sólo había tratado mujeres en casos de extrema necesidad y pasajeramente, se sintió enamorado á su modo de la señorita Toledo, tal vez porque hablaba su mismo idioma. Carecía de preocupaciones religiosas, y por otra parte, la joven, educada á la inglesa en Gibraltar y moldeada luego por la vida en París, tampoco daba importancia á las diferencias de dogma y de raza.
Borja se casó con Estrella Toledo después de consultar el asunto con un primo suyo por la línea materna, don Baltasar Figueras, con el que había jugado de pequeño, y que ocupaba actualmente un sitial de canónigo en el coro de la catedral de Valencia.
Este varón de costumbres metódicas y tranquilas, sin otro sensualismo que el de la mesa, amaba su cargo porque le permitía ser archivero de la catedral, dedicándose al ojeo y caza de datos históricos en la selva intrincada de miles de legajos que él era el primero en abrir. Todos los años cobraba piezas importantes, descubrimientos que luego hacía públicos en revistas poco leídas ó en volúmenes impresos á veinticinco ó cincuenta ejemplares cuando más.
Figueras, que aparte de las horas dedicadas á la comida y al sueño vivía en los siglos XIV y XV, dió su aquiescencia á dicho matrimonio. Había encontrado en sus estudios muchas judías españolas casadas con personajes. Lo importante para él era que las gentes fuesen buenas y creyesen en Dios. Además, según decía su primo, esta señorita Toledo no llegaba al matrimonio completamente desnuda: tenía sus bienes y una parentela rica, lo que no es de despreciar.
La esposa de Borja, criatura dulce, que sabía mantenerse á cierta distancia de su marido, como las hembras sumisas del tiempo de las Doce Tribus, se fué de la vida poco después de haber dado á luz á Claudio. El ingeniero no supo qué hacer de su hijo único. Lo dejó en Valencia, donde había muerto la madre; pero cuando el niño tuvo seis años le pareció que debía sacarlo de este ambiente de provincia, de la sociedad silenciosa de un sacerdote ocupado siempre en el examen de papeles antiguos y de sus amas de gobierno, piadosas mujeres que únicamente le enseñaban oraciones y milagros de santos. Además, en París le era más fácil verlo, por ser dicha capital el punto de intersección de sus continuos viajes.
Claudio pasó de la calle de Caballeros, en Valencia, vía antigua de silenciosos caserones, á un hotelito de Passy, cerca del Bosque de Boulogne, con un pequeño jardín, que él juzgaba admirable porque tenía una estatua blanca vestida de musgo y media docena de árboles con los troncos igualmente forrados de verde metálico destilando humedad.
En este hotel vivía un hermano de su madre, Salomón Toledo, tenido por todos los Toledo de los diversos puertos del Mediterráneo como el loco de la familia. Los ricos comerciantes, que se repartían los negocios entre ellos con una solidaridad de tribu rapaz, mostraban desprecio y temor ante este pariente satisfecho de no ser rico y que les hablaba altivamente, no obstante sus millones.
Se había movido la vida de Claudio Borja como un péndulo entre estos dos parientes que sirvieron de límites opuestos al campo de su infancia y su juventud: el canónigo de Valencia don Baltasar y su tío Salomón, el de París. Cuando vió á éste por primera vez, aún debía ser joven. Era alto, algo cargado de espaldas, con una cabeza de judío hermoso que hacía recordar la de Cristo en las pinturas religiosas: la nariz extremadamente aguileña, la tez de un moreno pálido, la barba rizosa en doble punta, las crenchas de su cabellera brillantes, onduladas, cayendo á ambos lados de su rostro.
El tío Salomón, vestido siempre de obscuro, lleva sobre los hombros una ligera capa de caspa, y en su traje brillaban con leve reflejo grasiento solapas, mangas y rodilleras. La casa ofrecía igual aspecto de abandono. Salomón leía tanto como el canónigo de Valencia. Sus habitaciones estaban inundadas por cataratas de libros que parecían derrumbarse de los estantes, sobre mesas y sillas. Una israelita entrada en años, siempre gimiente al acordarse del sol de Tánger en los días fríos de París, era su ama de gobierno, y respetaba el sagrado revoltijo de los libros, comunicándolo á muebles, ropas y demás objetos de la casa.
La vieja Sefora persistía aún, como imagen de firmes contornos, en la memoria de Claudio. Era seca de cuerpo, con la inaudita delgadez de las mujeres judías cuando se libran de la obesidad, y llevaba siempre un pañuelo multicolor anudado sobre su cabellera de rizos menudos y apretados en forma de pasas. Aventuras y violencias de la vida africana habían introducido indudablemente en su familia algo de sangre negra. Tenía la tez de cobre, como una mulata, y esto, unido á su extrema flacura, le daba cierto aspecto de bruja á medio tostar escapada de una hoguera de la Inquisición. Claudio recordaba especialmente las palmas de sus manos de color violeta, semejantes á las de ciertos animales trepadores.
Acostumbrada á larguísimos silencios con su estudioso amo, conoció de pronto el dulce placer de la charla, pasando horas y horas con el pequeño Claudio montado en sus rodillas, comunicándole todo lo que ella había podido aprender sobre el pasado del pueblo elegido de Dios, y más aún sobre su porvenir.
Había servido en su juventud á venerables rabinos de Marruecos, grandes talmudistas, conocedores del libro santo, fuera del cual nada existe digno de respeto. Uno de ellos la había recomendado á Salomón, y admiraba no menos á éste, aunque nunca se dignó mostrarle la más pequeña chispa de su sabiduría.
—Tu tío, goy, es cabalista. Estudia la cábala, que es la almendra del Talmud. Conoce el lenguaje de los seres que no se dejan ver.
Ella le llamaba siempre goy (cristiano), y no obstante la religión del pequeño, se complacía en describirle el gran triunfo del pueblo de Israel, tal como lo relataba el Talmud.
Para Claudio, este libro valía tanto como Las mil y una noches. Su imaginación de niño melancólico le hacía desear incesantemente nuevos relatos maravillosos que le alejasen por unas horas de la realidad.
Era un hambriento de cuentos, incapaz de hartura. En casa del canónigo, apenas veía al ama de gobierno sentada y haciendo calceta, ponía los codos en sus rodillas pidiendo que le relatase una vida de santo, con muchos martirios horribles aplicados por los paganos, muchas apariciones del demonio, muchos gemidos de almas en pena. En París no se cansaba de rogar á Sefora que le relatase los prodigios y las enormes fiestas de la llegada del Mesías, con la victoria final del pueblo de Dios.
Su precocidad no había dejado pasar inadvertida cierta sonrisa de conmiseración de su tío al sorprender á la vieja criada relatando estos cuentos maravillosos del Talmud. Luego, siendo ya hombre, se había explicado tal sonrisa. Existían dos Talmuds, y el más famoso, el llamado de Babilonia, era una recopilación popular, en la que habían colaborado todas las clases de la raza hebrea durante el segundo siglo del cristianismo.
Hombres eminentes, como Hillel, Akiba y otros rabinos célebres, depositaban en dicho libro pensamientos de sublime dulzura evangélica. El pueblo había incluído extravagancias y supersticiones entre sus anhelos de gloria y de triunfo. Siempre acosados y humillados, soñaban estos eternos perseguidos con los desquites de la venganza y del poder, consignándolos en las páginas del Talmud entre las exageraciones de una imaginación oriental.
Claudio lamentaba que las historias de Sefora fuesen actualmente para él simples cuentos de vieja. ¡Ay, quién pudiera contárselas otra vez!... Deseaba verse siempre niño y olvidar los relatos maravillosos del día anterior para oirlos de nuevo con reforzada virginidad.
Sefora le describía á Jehovah teniendo á ambos lados sus dos animales favoritos: un cuervo y un león. Las dimensiones de este cuervo era fácil imaginarlas. Un sapo del tamaño de un pueblo de sesenta casas se veía sorbido con toda facilidad por una serpiente. Luego, el cuervo, de un solo picotazo se tragaba á ambos animales.
Cuando el león no estaba al lado del Señor, vivía en la selva de Elai, y no había nada, ni aun la misma voz de Jehovah, que pudiera compararse con su rugido. Un emperador de Roma, deseoso de conocer á este animal extraordinario, exigía á los rabinos, bajo pena de muerte, que lo trajesen á su presencia. El rabino Josuá iba á buscarlo en la mencionada selva para conducirlo á Roma. Cuando estaban á cuatrocientas millas, el león lanzó un rugido, uno nada más, pero de tal potencia, que todas las mujeres encintas abortaron y los muros de Roma se vinieron abajo. A trescientas millas volvió á rugir, y de tal modo conmovió la atmósfera, que á todos los romanos se les partieron los dientes, y el emperador cayó rodando de su trono, pidiendo á gritos que se llevasen otra vez la bestia á su guarida.
El gran placer de Jehovah era estudiar el Talmud en compañía de los ángeles, y durante sus descansos llamaba á Leviatán, rey de las bestias del mar, para entretenerse jugueteando con él. Sólo la sabiduría de famosos rabinos había podido apreciar las dimensiones de dicho animal. Temiendo el Señor que se reprodujese, lo había castrado, dando muerte á la hembra y guardándola en conserva para el banquete del pueblo elegido.
Un día que el rabino Sifra viajaba por el mar, vió un pez enorme, cuya cabeza, adornada con cuernos, ostentaba en la frente este rótulo: «Soy la criatura más pequeña del Océano». No obstante tal afirmación, el rabino se dió cuenta de que medía unas trescientas leguas de largo. En esto apareció Leviatán y se tragó el inmenso animal como si fuese un gusano.
Su mirada es de un brillo irresistible, cada una de sus pupilas contiene trescientos toneles de aceite, y de él se ha dicho «sus ojos son los ventanales de la mañana». Muchas veces, los navegantes, al ver su dorso cubierto de arena, sobre la cual crecen cañaverales y árboles, lo tomaron por una isla, saltando á ella para guisar su comida; pero la bestia, al sentir el calor del fogón, se agitaba, enviando por el aire hombres, leños y calderos.
—Cuando venga el Mesías, goy—continuaba la vieja—, los judíos dominarán á todos los pueblos de la tierra. Su victoria resultará tan enorme, que serán precisos siete años para quemar las armas de los vencidos. Todas las riquezas del mundo vendrán á manos de los nuestros, y el tesoro del rey-Mesías será tan grande, que se necesitarán trescientas bestias de carga para llevar solamente las llaves de sus millones de arcas repletas de dinero.
Recibiría el israelita más humilde dos mil ochocientos esclavos; pero finalmente, todos los pueblos, después de su enorme derrota, abrirían los ojos, pidiendo la circuncisión y la túnica de los prosélitos, quedando el mundo entero poblado de judíos.
—Entonces, goy, la tierra producirá sin trabajo tortas con miel, vestidos de lana y un trigo tan hermoso, que cada uno de sus granos será tan gordo como los dos riñones del buey más grande.
Tras estos relatos del Talmud, producto del orgullo delirante y la sed de dominación de un pueblo atropellado durante siglos y siglos, la vieja describía el banquete de la humanidad entera para celebrar el triunfo del Mesías.
Este banquete de miles de millones de convidados se compondría de tres platos: pescado, carne y ave. El pez servido sería el famoso Leviatán. El ángel Gabriel lo pescaría clavándole un arpón en la nariz. Además, el cuerpo de su hembra estaba guardado y salado desde el principio de la creación para dicho festín.
El segundo plato lo proporcionaría Behemot, «el buey de las selvas», antiguo como el mundo, que á pesar de su ancianidad se mantiene tierno como un novillo. Todos los días devora la hierba de mil montañas, y este pasto se renueva durante la noche. Los buenos creyentes, para afirmar algo grave, juraban por «su parte del buey Behemot»; tal era su convicción de que no les faltaría un pedazo de su rica carne el día del gran banquete.
Como tercero y último plato, iba á ser servido un gallo silvestre, que, según la descripción hecha por las Aggadas ó «Relatos» del Talmud, apoya sus patas en la tierra, mientras su cresta se pierde en las nubes.
Una vez lo vió el rabino Chanina, desde un navío, en alta mar. Sólo estaba hundido en el agua un poco más arriba de los espolones y su cabeza tocaba el cielo. Esto les hizo creer que el ave gigantesca se hallaba sobre un promontorio submarino, lo que permitiría á los viajeros aprovechar tal ocasión de bañarse sin peligro; pero una voz celeste avisó al rabino que el hacha de un carpintero había caído allí mismo siete años antes y aún no había llegado al fondo. Uno de sus huevos, al desprenderse del nido, hizo pedazos trescientos cedros gigantescos, y su yema inundó y destruyó sesenta pueblos. Cuando se le ocurre abrir sus alas, eclipsa con ellas el sol.
Antes de dar muerte á las tres bestias, el Señor las haría pelearse, para regocijo de los miles de millones de convidados. El combate de una ballena, un toro y un gallo no es espectáculo que puede verse con frecuencia.
El pan, sostén de la vida, figuraría igualmente en el gran festín de los elegidos. Las cumbres de las montañas iban á producir un trigo extraordinario, siendo cada uno de sus granos tan grande como una pareja de bueyes. Dios enviaría un viento para que separase la paja del grano, triturando éste como una muela, y sobre las laderas se esparciría, lo mismo que la nieve, la más pura de las harinas. En cuanto al vino, todos lo tendrían con profusión, tinto, clarete y blanco. Cada tonel iba á ser del tamaño de un navío, y para los postres crearía Jehovah peras y manzanas tan grandes como una medida capaz de contener setecientos veinte huevos.
Borja reconocía la influencia de Sefora en su formación interior. Tal vez debía también á su madre dicha predisposición á lo extraordinario y lo maravilloso. Ésta había atravesado la vida como pálida imagen, guardando secreto su desorden imaginativo, mientras su hermano Salomón podía expansionarlo en las lecturas de la llamada ciencia cabalística.
Durante los últimos años de su padre, Claudio volvió á España para hacer sus estudios cerca del canónigo Figueras. El ingeniero quería que su hijo fuese español y se educase en su país; luego, al ser hombre, lo enviaría á correr el mundo. Cuando quedó huérfano y hubo terminado su bachillerato, se trasladó á Madrid, cerca de su tutor Bustamante.
Como no sentía predilección por ninguna carrera y empezaba á escribir versos, dicho señor lo envió á la Universidad para que fuese abogado. En España, todo el que no sabe á qué dedicarse y muestra aficiones literarias debe hacerse abogado. Nadie puede explicar esto, pero así es.
A los veintitrés años fué Claudio licenciado en Derecho y fingió ejercitarse en las prácticas forenses como agregado al bufete del señor Bustamante. El ilustre jurisconsulto, que tenía pleitos valiosos gracias á sus influencias de antiguo ministro, nunca encontraba á Borja en su despacho; sólo lo veía en su propia casa como invitado á alguna de las comidas dadas por él en honor de personajes hispanoamericanos.
Olvidó el joven la jurisprudencia apenas terminados sus estudios universitarios, los cuales representaban para él varios años de labor monótona y desesperante. Vivía ahora dedicado á la lectura; buscaba la amistad con escritores profesionales, preocupándose únicamente del libro y del teatro; mas en la satisfacción de tales aficiones se mostraba un tanto arisco y con tendencias á la soledad. Cuando algunos escritores jóvenes, de vida menesterosa, necesitaban pedirle auxilio, tardaban á veces muchos días en dar con él. Se alejaba de Madrid para pasar varias semanas en capitales de provincia, donde no conocía á nadie. Buscaba el rancio encanto de sus callejas solitarias, con vetustos y majestuosos caserones; pasaba las horas en su catedral silenciosa, entre mendigos deformes y sucios, como los antiguos leprosos, que venían á ocupar el mismo sitio durante veinte ó treinta años junto á su portada. La cancela de ésta, al abrirse chirriando, lanzaba en la plazoleta desierta una bocanada húmeda con rumores de órgano, olor de incienso y graves cantos del capítulo reunido en el coro.
Reconocía Borja en su interior dos personalidades completamente separadas: la que todos veían y otra que sólo él podía definir. En ciertas tertulias de café, donde se hablaba á gritos de literatura y de política, lo consideraban un «muchacho simpático», de vida independiente y gran talento. Sus versos no estorbaban á los otros poetas ni podían excitar envidias. Además, por ser rico, representaba un auxilio seguro en momentos de penuria. En casa de Bustamante era, para los amigos del hombre ilustre, el futuro marido de Estelita.
Algunas madres de familia le trataban con previsora amabilidad, por si algún día, cambiando el rumbo de sus afectos, dejaba para otro mortal la dicha de ser yerno de don Arístides y volvía su predilección hacia alguna de sus propias hijas. Todas las señoritas de este pequeño mundo lo consideraban «muy distinguido» y de aspecto interesante.
Era pálido, de un rubio apagado. Sus ojos algo redondos y de distraída fijeza tenían un brillo mate y amarillento semejante al del ámbar. No obstante su bigotillo recortado á estilo británico, muchos reconocían en él cierta semejanza con algunos de los personajes pintados en el Entierro del conde de Orgaz. Su cabeza recordaba numerosos retratos hechos por el Greco. La herencia física de su madre había dado á este tipo moreno de hombre de Levante cierta gracia oriental, enfermiza y afinada, reflejo tal vez de su vida interior, profundamente imaginativa.
Borja no revelaba á nadie la creación incesante de episodios fantásticos que embellecía su existencia interna. Ya no tenía quien le relatase cuentos, como en su niñez; pero ahora se los contaba á sí mismo, fabricándolos nuevos, con el vigor de una fantasía incansable. Todo cuanto le rodeaba parecíale mediocre é indigno de él. Quería libertarse de tal esclavitud, y para ello se echaba á volar por todos los cielos falsos y seductores que la humanidad inventó con el deseo de hermosear la vida. Sentíase enamorado de personajes que nunca habían existido ó de los cuales no quedaba en el mundo la más mínima partícula original, tan remotos eran.
Los seres irreales, los que habían nacido de la imaginación humana, le atraían con preferencia á los personajes históricos, revestidos de materia. Durante mucho tiempo estuvo enamorado de Helena, por lo mismo que dudaba de que hubiese existido. La creía nacida de la imaginación de Homero ó de los poetas errantes que habían inventado la obra homérica. Y lo que más le encantaba de esta mujer casi irreal era que, sin haber nacido tal vez nunca, vivía miles y miles de años, hasta llegar á nuestra época, donde otro gran poeta, Gœthe, la acoplaba con Fausto, un imaginativo de anhelos insaciables y sobrehumanos, con el cual se reconocía Borja cierto parentesco.
Luego, ascendiendo en sus deseos imaginativos incapaces de hartura, como todo lo que se despega de la realidad, amó mentalmente á Venus, la más alta y compleja de las manifestaciones de la belleza.
Nunca había visto la antigüedad clásica como los otros hombres, serena, majestuosa, alegre, con una sonrisa extrahumana. A él le placía lo atormentado, los rudos contrastes, una concepción romántica de belleza y fealdad, de alegría y dolor. Sólo aceptaba los dioses clásicos, los de los primeros siglos de civilización mediterránea, cuando podía verlos deformados á través del cristal de la Edad Media. El Olimpo era más bello en plena noche, cuando el diablo tomaba asiento entre los antiguos dioses, bajo una luz humosa de cirios cristianos. El viejo Pan, con sus jocundas tropas de faunos, sólo empezaba á interesarle á partir del momento en que la superstición lo convertía en Satanás seguido de legiones de trasgos, y las antiguas bacanales campestres se transformaban en el impío aquelarre del sábado.
El dulce Virgilio de las Geórgicas era durante la Edad Media un hechicero, un mago que fabricaba amuletos para librar á Nápoles de las moscas, obrando otros prodigios que siglos después hubieran resultado suficientes para hacer morir á un hombre entre llamas.
La Venus adorada por Borja no era la de los pintores clásicos, desnuda sobre las espumas mediterráneas, ó sentada en nubes blancas y duras como el mármol, bajo incesante lluvia de flores. Era la Venus que había conocido el poeta Tannhäuser, la que vivía durante la Edad Media en grutas de rosada luz ó en ásperas montañas como el Venusberg, atrayendo á los hombres con la tentación de su carne inmortal, representando la voluptuosidad y el pecado en medio de repiques de campanas, cantos graves de procesiones y la marcha convergente de ejércitos de peregrinos hacia Roma para implorar el perdón de sus culpas.
Esta Venus no se mostraba desnuda, y por debajo de su túnica griega asomaba un pie en forma de garra, tres uñas corvas con uniones membranescas, una extremidad semejante á las patas de las aves de presa, revelación de su origen infernal. Su cortejo de ninfas era en realidad una banda de brujas con músicas y cantos de aquelarre. Sistros y liras los reemplazaban con castañuelas y panderetas, instrumentos de sabático regocijo. Ciertos padres de la Iglesia no podían leer ni balbucir el nombre de Venus sin que un estremecimiento de horror los agitase de la cabeza á los pies.
Esta Venus medieval era doble. Una segunda persona se había encarnado en su belleza. Los rabinos, enterados de lo que ocurrió en el Paraíso, conocían la existencia de una mujer temible, cuya vida ha de durar tanto como el mundo. Esa mujer es Lilit.
Cuando Adán se apartó de Eva después del pecado, Lilit cohabitó con él, dando nacimiento sus cópulas malditas á todos los espíritus diabólicos, lemures, larvas y fantasmas que pueblan la tierra. Miles de años después, la inmortal Lilit fué una de las esposas favoritas del rey Salomón.
Durante largos siglos imperó sobre el mundo como gran princesa de los súcubos. Era ella la que tentaba con nacaradas desnudeces á los ascetas en sus pobres chozas del desierto; ella la que perturbaba con lúbricas pesadillas el sueño de los monjes castos; la que daba rumor de música voluptuosa al viento que sopla en las cumbres desiertas; la que ponía una ninfa de carne marfileña y velos verdes en cada fuente, una dama blanca peinándose las guedejas de oro en cada torre encantada, un gentilhombre de capa roja, penacho enhiesto y patas de macho cabrío en todo camino de la selva, para presentarse al viandante con una pluma y un pergamino en sus manos, ofreciendo amor, gloria y riqueza á cambio de una firma.
El poema dramático de Wágner, resumen de diversas leyendas nórdicas, era para Borja el alma de la Edad Media circunscrita en palabras. Nada faltaba en él: los trovadores, hambrientos de belleza, sin la cual la vida no vale la pena de ser vivida; las muchedumbres de peregrinos ansiosos de lavarse del pecado afluyendo á Roma desde los cuatro puntos del horizonte; Tannhäuser, el eterno descontento, suspirando por lo que no tiene y olvidándolo cuando lo consigue, para solicitar de nuevo lo que abandonó; Venus, la tentación, la voluptuosidad, el pecado; y el Santo Padre, sucesor omnipotente de los antiguos Césares, indignándose al saber que un mortal ha sido compañero de lecho de la terrible Lilit, reina de las abominaciones, negándose á absolver al réprobo, colocándolo con su interdicción por encima de todos los hombres, haciendo de él un ser excepcional de grandiosa y lóbrega majestad, tétricamente hermoso como el ángel caído.
¡Ay!... Borja admiraba al cantor errante, envidiando su felicidad maldita. Era un enamorado sin esperanza de Venus Lilit, que ya no se digna mostrarse á los simples mortales.
II La viuda del «rey de los campos»
Mientras Borja condensaba en un instante toda su vida anterior, tenía los ojos fijos en la dama argentina.
Había admirado su belleza al conocerla en casa de Bustamante, pero aquí en el hotel la veía de más cerca, sin las joyas y adornos, que aquella noche daban á su hermosura un brillo deslumbrador. Recordaba aún cierto collar de diamantes que había excitado la admiración y la envidia de las otras mujeres. Ahora sólo llevaba uno de perlas, de fulgor discreto, sobre su carne que parecía tener la misma transparencia láctea. Su vestido de elegante sencillez era el único que había guardado su doncella en la maleta del automóvil, para que la señora pudiese bajar al comedor cuando pernoctaban en un hotel. Se adivinaba en toda su persona el tocado rápido de una viajera que ha llegado al caer la tarde y después del baño se acicala á toda prisa para ser vista únicamente por los otros compañeros de hospedaje y reanudar la marcha á la mañana siguiente. Olía á carne fresca recién sumergida, á jabón, á rápidas vaporizaciones de perfumes.
Claudio fué detallando con los ojos su hermosura, para explicarse la fuerza atractiva que parecía rodearla, como una aureola. Lo que inmediatamente llamaba la atención era la blancura de su tez, que hacía recordar la de la perla, la del marfil, la de todas las materias albas y luminosas que poseen un suave brillo interior. Nunca la había alterado con pinturas. Dedicaba indudablemente al mantenimiento de su belleza horas enteras, pero dicho trabajo lo disimulaba con discreta habilidad; sólo un poco de rojo en los labios, una ligerísima aureola azul en torno á los párpados, una sutil línea negra en sus comisuras.
Borja reconoció que lo más atractivo en ella, á pesar de las proporciones estatuarias de su cuerpo, era su sonrisa, una ligera sonrisa que parecía vagar sobre sus labios, así como la mirada húmeda, dulce y melosa de sus ojos, con los párpados algo oblicuos.
La vió en su imaginación coronada de violetas, como la Afrodita de los cantores griegos, cuando las Horas se la llevaron al Olimpo arrebatándola al Mediterráneo, entre cuyas espumas acababa de nacer. Se fijó en su cabellera corta y rubia, sin ningún adorno, con el descuido de un arreglo rápido ante el espejo para bajar al comedor; pero esta visión no fué más que de sus ojos. Al mismo tiempo la contemplaba en su pensamiento con un tocado de diosa. Indudablemente estaba coronada de violetas, como Afrodita. Su olfato percibía dicho perfume.
Siguió hablando á la señora de Pineda de un modo maquinal. Tenía la certeza de no estar diciendo cosas absurdas ni inconvenientes, pero ignoraba la significación de sus palabras. Describía tal vez su existencia en Aviñón, sus ilusiones, lo que pensaba decir en aquel libro que concretaba por el momento todos los esfuerzos de su voluntad. También podía ser que estuviese hablando de sus amigos de Madrid y de la noche en que se conocieron. Mientras tanto, lo más valioso de su interior se abstraía y concentraba para resucitar todos sus recuerdos sobre el pasado de esta mujer.
El señor Bustamante había hablado muchas veces en su presencia de la señora de Pineda, viuda rica de Buenos Aires. Poseía estancias enormes, rebaños que parecían incontables, varias casas en la capital de su país, y sin embargo su esposo se creyó pobre al morir, por haber poseído antes mayores riquezas. Admirador de los capitalistas de América, no creía Bustamante ofender á esta gran señora al relatar en público las particularidades de su existencia; antes bien, se imaginaba con ello aumentar su mérito, dando á su historia cierto interés novelesco.
Rosaura Salcedo pertenecía á lo que puede llamarse aristocracia colonial, unas cuantas docenas de apellidos repitiéndose en el transcurso de siglo y medio, cantidad de tiempo que significa al otro lado del Atlántico una remota antigüedad. Los Salcedo habían sido ricos cuando la riqueza estaba representada en América por terrenos sin límites, con bueyes casi salvajes guardados por gauchos no menos rudos, y de estos rebaños inmensos sólo podían aprovecharse las pieles y el sebo, destinados á la exportación. La carne de las reses era para las nubes de cuervos monstruosamente engordados por el interminable festín de la Pampa.
Las familias de Buenos Aires comían los frutos traídos de su chacra en las inmediaciones de la ciudad. Vivían con sencillez patriarcal y al mismo tiempo en un aislamiento aristocrático, cruzándose siempre entre ellas matrimonialmente. En verano iban á sus estancias, amenazadas muchas veces por las incursiones de los indios. La llegada de un buque de vela con noticias de Europa era un acontecimiento.
Describía Bustamante el brusco cambio de este mundo colonial, pobre en dinero, abundante en alimentos y de limitadas aspiraciones. Dicha revolución la habían realizado el fusil de tiro rápido, el alambre, el vapor y el frigorífico.
Los soldados del país, al avanzar por el interior, así que disparaban el primer tiro de su fusil cargado por la boca, tenían que batirse con el indio que se les venía encima usando sus mismas armas, la lanza y el machete, con lo cual resultaban interminables las guerras. Ante la carabina de repetición huyó el indio, declarándose vencido, y los blancos pudieron posesionarse de la Pampa inmensa. Esto había sido casi en nuestros días, después de 1870.
El propietario puso cercas á sus tierras gracias al alambre, y sus muros casi invisibles crearon los caminos, obligando al gaucho errabundo y bandolero á marchar en determinada dirección, lo que afirmó el orden público y garantizó la propiedad.
Trajo el vapor hasta el mar dulce del río de la Plata buques de todas las banderas, con una ligereza que multiplicó sus viajes, y á la vez se introdujo tierra adentro sobre rieles que acortaron las distancias. Los vecinos de Buenos Aires pudieron crear parques de recreo en sitios donde poco antes galopaban tribus de indios belicosos. Cada éxodo de emigrantes acampó una jornada de ferrocarril más lejos del grupo llegado con anterioridad. Nacieron docenas de ciudades en llanuras consideradas tan remotas como los puertos europeos. De las planicies sin límites, pobladas por hombres de todas las naciones, empezaron á descender hasta la costa oleadas de trigo y de maíz.
La invención del frigorífico acabó de consolidar esta prosperidad. Ya no valió dinero la ganadería únicamente por sus lanas, sus cueros y sus grasas. La carne pudo ser artículo de exportación: y este simple invento de un francés estudioso, Claudio Tellier, muerto en París pobremente en una calle de la orilla izquierda del Sena, sirvió para crear la incontable familia de los millonarios argentinos, nacionales y extranjeros.
No aprovechó la familia Salcedo tal revolución económica, quedándose para siempre dentro de la antigua vida colonial. Cuando se centuplicó el valor de estancias y ganados, apenas les quedaban á ellos tierras ni animales. Habían intervenido en las luchas políticas del país por entusiasmo romántico, consumiendo en ellas la mayor parte de su fortuna. Eran hombres desinteresados, generosos, algo fanfarrones, predispuestos á la guerra y la aventura por amor al peligro: las mismas cualidades del antiguo conquistador muerto pobre.
El padre de Rosaura, varón hermoso y bravo, sólo se preocupaba de ser tenido por muy caballero, de que le admirasen los de su bando político y temieran los adversarios su valor y su audacia. Siendo aquélla todavía niña, lo mataron en un duelo, uno de esos terribles duelos de la América del Sur entre tiradores de pistola que han consumido mucha pólvora en sus estancias para no aburrirse, y que preside la muerte indefectiblemente. Siempre cae uno, á veces caen los dos, y si ambos contendientes salen ilesos, es por raro azar.
Rosaura, hija única, creció al lado de su madre, dama en la que parecían revivir las energías y méritos de las antiguas criollas, muy señoras en su salón y hábiles al mismo tiempo en el manejo de su estancia, mientras los maridos cabalgaban lejos, en revoluciones y guerras civiles. Realizó esfuerzos milagrosos para que el prestigio de su familia no se hundiese en medio de la ascensión general de los otros hacia la gran riqueza. La consideraban «pobre, pero muy señora», y los nuevos millonarios de origen extranjero buscaron su amistad, no obstante ser cosa sabida que la madre y la hija trabajaban ocultamente en su domicilio, cosiendo y bordando para ciertos establecimientos de Buenos Aires que les habían tenido en otra época como parroquianas importantes. Con esta labor se proporcionaban un nuevo ingreso para los gastos de su casa.
Cuando Rosaura tenía diez y ocho años, la vió Pineda por primera vez. Bustamante se entusiasmaba al hablar de este español, describiéndolo como un conquistador nacido con tres siglos de retraso. Era hombre de negocios, comerciante de tierras, pero en proporciones enormes, con una amplitud y una audacia sólo posibles en un mundo nuevo.
—Durante uno de sus viajes á Europa—decía don Arístides con patriótico orgullo—, Pineda, á quien llamaban «el rey de los campos», visitó la Bolsa de Londres, y al ver una pizarra en la que se inscribían ofertas de negocios en los lugares más diversos de la tierra, escribió con tiza: «Se venden tres mil leguas cuadradas de terreno.» Todos creyeron que era broma. ¿Un hombre solo podía poseer una extensión mayor que la de muchas naciones?... Y sin embargo así era. Nuestro compatriota aún llegó á disponer de terrenos más vastos. Había comprado la mayor parte de la República del Paraguay. Todas las selvas casi vírgenes á un lado y á otro del Alto Paraná y del río Paraguay, hasta las entrañas del Brasil, eran suyas. En las llanuras argentinas, el ferrocarril marchaba horas y horas entre campos de su propiedad; y si se detenía en una estación, también era de su pertenencia el pueblo reciente ó el inmenso solar con calles y plazas marcadas á cordel sobre el cual había de levantarse el pueblo futuro.
Esta propiedad inaudita que fraccionada en porciones enormes se extendía por todas partes no era inmutable y sólida. Parecía vivir, agitándose como un monstruo en formación. Cada veinticuatro horas cambiaba de aspecto, restringiéndose cual si fuese á desaparecer ó dilatándose con el súbito estiramiento de larguísimos tentáculos. Pineda compraba y vendía, compraba y vendía. Consideraba perdido su tiempo cuando en el curso de una sola jornada no había recibido enormes cantidades con una mano para entregarlas con la otra. Un notario á sus órdenes trabajaba en su mismo despacho, haciendo solamente escrituras de compra ó venta para él.
—Yo lo compro todo—decía con arrogancia—. El precio importa poco; sobre eso acabaremos siempre por entendernos. Lo único que me interesa es fijar los plazos y condiciones del pago.
Todos los Bancos le ayudaban para que siguiese dirigiendo con una audacia metódica y organizadora esta zarabanda de millones. Compraba en bloque centenares de leguas para lotearlas y venderlas á plazos, siendo sus mejores clientes los emigrantes que desembarcaban en la Argentina deseosos de trabajar. También hacía suyos por escritura inmensos territorios en el corazón de América, cerca de los ríos navegables, poblados únicamente por el tigre de piel de oro con redondeles obscuros, por boas enormes ó diminutas víboras enroscadas en las corolas de las flores silvestres, por familias errabundas de indios llevando pendientes de plomo en sus orejas, lo que hacía llegar éstas más abajo de sus hombros, míseros restos de una primitiva y triste humanidad.
Estas compras audaces eran, según él, dinero que colocaba en alcancía para el porvenir. La vaca y el hombre en busca de nuevos pastos vendrían con el tiempo á instalarse en dichas tierras, y él las vendería, aumentando su precio mil por uno. Todo fructificaba bajo su mano. Era semejante su influencia á la de ciertos abonos que dan proporciones colosales á plantas y frutos. Bastaba que un terreno pasase á ser propiedad de Pineda, para que á las veinticuatro horas valiese doble ó triple. Conocía como nadie los trazados de futuras líneas férreas, de nuevas conducciones de agua, de caminos en proyecto. Los propietarios colindantes, apenas lo tenían por vecino, consideraban aumentado el valor de sus bienes.
Fué en su época de mayor poderío cuando conoció á Rosaura. La madre de ésta hizo una visita al «rey de los campos» en sus oficinas de la Avenida de Mayo, más grandes y con más empleados que algunos ministerios argentinos.
No resultaba fácil ver á Pineda, pero la señora tenía confianza en el prestigio de su propio nombre. Además, esta dama bondadosa guardaba la tradicional vanidad de los criollos, acostumbrados á mirar como inferiores á cuantos vienen á establecerse en su país. Todo el que no hablaba en español era gringo para ella, y á los españoles—á pesar de que se mostraba orgullosa del origen español de su familia—los apodaba «gallegos», como lo había oído á sus ascendientes. Nada tenía de extraordinario que el «gallego» Pineda, con todos sus millones, se apresurase á recibir en su despacho á la señora viuda de Salcedo... Y así fué.
La dama necesitaba un consejo. Su hija poseía como única herencia paternal un trozo de terreno, insignificante por su pequeñez en un país donde se cuenta por leguas; pero la adquisición hecha por el español de enormes campos inmediatos y la posible construcción de un ferrocarril daban á esta parcela un valor inesperado. Representaba algunos miles de pesos, que podían mejorar modestamente la situación de la familia, y ella venía á pedir al multimillonario que comprase su terreno ó le aconsejase qué cantidad debía pedir á otros, deseosos de adquirirlo.
Pineda la escuchó distraído, fijos sus ojos en Rosaura, que le miraba también, pero con una indiferencia cortés. Luego la joven examinaba entre sonriente y aburrida las particularidades de aquel despacho, amueblado suntuosamente á la inglesa.
Había venido acompañando á su madre por obra del azar, porque debían hacer luego una visita juntas. La molestaba esta conversación sobre campos y miles de pesos, é igualmente el ruido de las oficinas inmediatas, el tecleo de las máquinas de escribir, las discusiones entre los empleados y gentes rústicas, con poncho y altas botas, llegadas de las tierras del interior.
Pineda cesó de mirar á Rosaura para prometer á su madre el estudio inmediato del asunto, no obstante sus muchas ocupaciones. Antes de veinticuatro horas daría una contestación, y pidió permiso para llevarla él mismo á casa de la señora de Salcedo. No quería que dos damas como ellas volviesen á este lugar de negocios.
El multimillonario tenía cuarenta años y había pasado su existencia ocupado en la conquista del dinero, no sólo por los goces materiales que éste procura, sino además por conseguir la potencia dominadora de la riqueza. Le faltaba tiempo para saborear las delicias del verdadero lujo. No había conocido otros amores hasta entonces que los fáciles y pagados. El trabajo, por otra parte, mantenía en él una segunda juventud, algo tosca, pero vigorosa.
Era llegado el momento de que su inaudita fortuna recibiese una consagración social. De vivir en Europa, tal vez habría pensado adquirir por matrimonio un título nobiliario. Aquí le parecía un término digno de su carrera casarse con una Salcedo. De este modo, en el Jockey Club, donde había conseguido entrar por sus millones, se vería rodeado de parientes. Además, ¡aquella Rosaura de tentadora juventud, que parecía haber dejado un reguero de perfumes al pasar por su despacho, alta, blanca, rubia, balanceando su esbeltez con un paso de diosa!...
Al día siguiente la señora de Salcedo le vió entrar en su salón, enguantado y puesto de chaqué, mirando con timidez los retratos y muebles algo anticuados de esta pieza, que le parecía oler á libros viejos: la historia del país, desde los tiempos coloniales. El español pudo alabarse de haber proporcionado á dicha señora la mayor sorpresa de su vida. Quedó tan absorta al oir que el multimillonario solicitaba casarse con Rosaura, que le rogó repitiese su oferta, creyendo haberle entendido mal. Al fin, turbada por la emoción, pidió tiempo para responder. Necesitaba hablar á su hija.
Ésta mostró menos asombro. No se le había ocurrido que aquel hombre de negocios, grave y algo maduro, fuese capaz de una pasión amorosa; pero siempre tuvo fe en su destino y estaba segura de que un día ú otro algún millonario se ofrecería como esposo. Varias veces había sentido interés por ciertos jóvenes de su mismo rango social; pero todos eran pobres, necesitaban crearse una fortuna, y ella sólo podía escoger un marido rico. Amaba la «plata» por ver á todas horas con qué respeto casi divino la consideraban las gentes. Apreciaba, además, el dinero como un complemento de la belleza. Ella tenía derecho á poseer millones. Era una deuda del Destino, que debía cobrar indefectiblemente un día ú otro.
Aceptó con más prontitud que su madre la demanda del español, y á los pocos meses se casó con él, conociendo de golpe todas las satisfacciones vanidosas de un lujo sin límites. «El rey de los campos» encontró estrecho el escenario de América para ostentar las magnificencias de que rodeaba á su mujer, y abandonando los negocios la trajo á Europa. Cuantos imaginan y fabrican en París costosos objetos para adorno de la belleza femenina vieron elevarse en el cielo de la moda un nuevo astro: Madame de Pineda. Encargaba los trajes á docenas; se cubría de joyas tan inauditamente valiosas, que muchos las consideraban falsas en el primer momento, necesitando que les dijesen el nombre de la célebre millonaria para creer en su autenticidad.
Los países jóvenes, de riqueza extraordinaria, caminan á grandes saltos, crecen con rudos estirones, como plantas fecundadas por abonos violentos. Cada ocho ó diez años sufren una crisis económica por avanzar demasiado aprisa; se asfixian con la violencia de su carrera; necesitan dejarse caer en el suelo para respirar ó retroceden en busca del asiento que despreciaron antes. Los que no han previsto esta parada se estrellan con el impulso de su propia velocidad.
La Argentina sufrió de pronto una de sus parálisis financieras; y «el rey de los campos», que marchaba siempre adelante con los ojos cerrados, confiando en su buena suerte, se vió, como muchos decían, «con un pie sobre el abismo». Había seguido comprando inmensas extensiones, todo lo que le ofrecían, mientras por otro lado cesaba la venta de tierras á causa de haber disminuído la emigración. Escaseaba el dinero en Europa por culpa de una miserable guerra surgida allá en los Balkanes, entre pueblos insignificantes. Una sequía exterminaba á miles vacas y novillos. Las estancias parecían campos de batalla con el horizonte abullonado de negro por los bultos de los animales muertos. Nubes de langosta obscurecían el sol en mañanas radiantes, devorando el trigo. Las siete vacas flacas después de las siete gordas; el período de interminables calamidades que se inicia inesperadamente en todos los países de abundancia paradisíaca.
Batalló Pineda tres años contra la mala suerte. Como lo compraba todo, preocupándose únicamente de la forma del pago, ó sea de los plazos, debía muchos millones á los Bancos del país. Éstos tuvieron que formar un comité liquidador, especie de gobierno provisional, para la administración y venta de sus campos, grandes como Estados. La preocupación mayor de Pineda fué que Rosaura no se enterase de su verdadera situación, manteniéndola al margen de la crisis. Cuando, avisada por las murmuraciones de sus amigas, quería saber si los apuros financieros de su esposo eran ciertos, éste la tranquilizaba con un optimismo hábilmente fingido. Debía continuar su vida de siempre. Era una ligerísima nube, un eclipse pasajero. Podía gastar lo mismo que antes. Y conoció la voluptuosidad amarga del sacrificio al pagar cuentas enormes que le presentaban de parte de su esposa, teniendo que ir después á discutir ásperamente con la junta de banqueros ú otros acreedores más modestos, y por lo mismo más temibles.
«El rey de los campos» murió de pronto, sin ninguna enfermedad preliminar. Muchos creyeron en un suicidio disimulado. Se iba del mundo antes de ver consumada su derrota. La viuda de Pineda (una viuda de veinticinco años) miró á su alrededor con ojos de asombro, como si despertase de un sueño color de rosa. Se asustó al tener que conversar por primera vez con los directores de aquella inmensa oficina donde había conocido á su esposo, con banqueros, abogados y representantes de casas europeas, que le hablaban de millones debidos, de hipotecas cuantiosas. Le infundían pavor tantos centenares de leguas de terreno, como si fuesen desiertos, que ella debía atravesar á pie y sola. Nunca había recibido tantas visitas de hombres que fingían no verla, mientras le hablaban de cosas monótonas y enojosas. Ninguno sonreía ni la dedicaba cumplimientos galantes, como los otros que había conocido en los salones ó la visitaban en su palco del Teatro Colón.
Su soledad se agrandó con la muerte de su madre. Parecía que la pobre señora, orgullosa del triunfo matrimonial de su hija, hubiese querido seguir al yerno en su derrota. Sólo le quedaron á Rosaura un niño y una niña, hijos tardíos de Pineda, que hicieron desear á éste nuevas riquezas precisamente cuando empezaba á iniciarse su ruina. Eran tan pequeños, que su vista, en vez de animar á la madre, la hacía caer en profundo desaliento derramando lágrimas. «¿Qué será de ellos? ¿Cómo salvarlos?... ¡Yo que no sé nada de estos negocios de los hombres!»
Pero la fortuna, que muestra en los pueblos jóvenes una inconstancia de viento caprichoso, cambió repentinamente de orientación por ser en dichos países los años favorables más numerosos que los malos. Se reanudaron los negocios, circuló otra vez el dinero; de la gran masa que sólo quería vender empezaron á surgir adivinadores del futuro, dispuestos á comprar, y poco á poco fué restableciéndose la vida antigua.
Una mañana Rosaura se vió rica otra vez, sin que pudiera explicarse la causa inicial de tan milagrosa transformación. Del mismo modo se había acostado tiempo antes creyéndose una de las mujeres más poderosas del país, para despertar pobre al día siguiente. Los Bancos vendieron la mayor parte de sus territorios, fueron pagadas las deudas con rebajas considerables, como se hace en las quiebras de las naciones, y al fin, después de un año de disputas, arreglos y juntas de abogados, llamados allá doctores, que cobraron por sus trabajos cuentas únicamente comparables á indemnizaciones de guerra, la viuda se vió al frente de una gran fortuna. Sólo era débil recuerdo de la omnipotencia de su esposo, pero de todos modos conservaba á Rosaura su rango entre las millonarias del país; tres estancias, varias casas en la capital, numerosos paquetes de acciones prometedoras de dividendos seguros, y sobre todo esto, la solidez de dichos bienes, no sujetos á las fluctuaciones de la especulación.
Europa la atraía, y especialmente París. Los médicos de Buenos Aires conocen una enfermedad puramente argentina que se ensaña siempre con las mujeres. Muchas languidecen sin motivo justificado. Ninguna contrariedad las aqueja en su fortuna ni en su familia, y sin embargo están tristes, sus ojos se humedecen, se aburren en medio de las abundancias del bienestar, sus nervios en desorden las hacen imaginarse toda clase de dolencias. El médico, después de largo examen, sonríe y dice al esposo:
—Lo que tiene su señora es la enfermedad de París.
Como Rosaura no necesitaba permiso para este viaje, lo emprendió inmediatamente. Además guardaba cierto rencor contra las gentes de su mundo. No podía olvidar los comentarios desdeñosos con que la envidia había acogido su casamiento, á causa del humilde origen de Pineda, ni tampoco la alegría de muchas amigas al creerla pobre otra vez y para siempre. Una parienta modesta (la parienta venida á menos, sumisa y hacendosa, que existe en casi todas las familias) la acompañó á Europa para cuidar de sus dos pequeñuelos.
Volvió á ser ornamento principal del pequeño mundo americano de lengua española que vive en París, preocupado de no faltar en lo más mínimo á las respetables leyes del chic, siguiendo las modas escrupulosamente, comentando con orgullo de raza y al mismo tiempo con envidia las riquezas y gastos de sus compatriotas más elevados. Tuvo un hotel cerca de la Avenida del Bosque, una «villa» en la Costa Azul para los meses invernales, y el verano lo repartió entre Deauville y Biarritz. Era casi imposible leer las crónicas de los diarios sin tropezar con el nombre de «la bella argentina Madame de Pineda».
Unos amigos españoles, á los que conoció en Biarritz, despertaron su deseo de visitar España. De ella habían salido sus ascendientes por la doble línea de padre y madre; de ella era Pineda, al que debía su fortuna. Atravesó el país en automóvil, visitando con una curiosidad que á los pocos días se convirtió en molestia las pequeñas ciudades, decadentes y adormecidas, de las que habían salido sus abuelos, pobres gentes llegadas al virreinato del Río de la Plata cuando dicho país, entre blancos, indios y negros, tenía menos habitantes que cualquier ciudad mediana de ahora.
Debieron ser los primitivos Salcedo gente ruda y buena, de sentimientos caballerescos, mucho honor, mucha religión y pocos cuidados higiénicos. Ella había visto aún de niña cómo hombres y mujeres vivían en las estancias lo mismo que el soldado en plena guerra. Las nubes de mosquitos y otras plagas sanguinarias hacían oportuno el mantenimiento de una costra de grasa sobre la epidermis. Tal vez á causa de esto los nietos de los millonarios que habían obtenido su riqueza en la Pampa llegaban á los más complicados refinamientos en el cuidado de sus personas. Era una compensación de familia.
Rosaura dedicaba tres ó cuatro horas matinales al cultivo de su belleza corporal. Diariamente pasaban ante su lecho masagistas, esculpidoras de la carne, cuidadoras de las manos y los pies, directoras de Institutos de Belleza, que decían poseer valiosos secretos para el mantenimiento de una frescura primaveral en las partes del cuerpo ocultas bajo el vestido pero que se dejan adivinar por sus contornos.
Fué en Madrid donde estuvo más tiempo. Don Arístides Bustamante, que había conocido á la rica argentina en Biarritz, creyó un deber patriótico el acapararla, siendo su guía en los museos y en las excursiones á las ciudades históricas más próximas. Lo mismo hacía con todos los personajes llegados de América, célebres por los cargos políticos que habían desempeñado en su país ó dignos de atención por sus apellidos y su riqueza.
Abominando de la vida política á causa de la ingratitud de sus amigos, había buscado el iberoamericanismo como fresco bosquecillo de refugio, en el que podía respirar ampliamente su vanidad. Era el grave abogado de abundancia verbal, monocorde é inagotable como un arroyo lóbrego, que al dedicarse á la política, ya algo maduro, llega á ser ministro una sola vez. Pasaba las tardes en la Cámara de Diputados, siendo de los primeros que, al pronunciar un discurso algún personaje importante, llegaba á él con la mano tendida, diciendo: «Ha estado usted muy bien de palabra.» Y le parecía que no era posible formular un elogio mayor.
El jefe de su partido, después de hacerlo ministro una vez, ya no había pensado más en él, como si con ello hubiese pagado una deuda y se considerase libre de nuevos compromisos. Bustamante no olvidaba con la misma facilidad este suceso, que parecía haber partido su existencia en dos secciones, una de sombra y otra de luz, como la cumbre de una montaña divide dos vertientes. La historia propia, la de su patria, la de los otros pueblos, la vida entera de la humanidad, todo lo contemplaba partido por el meridiano de su ministerio. Cuando le hablaban de un suceso en España ó en el Japón, decía luego de reflexionar: «Eso ocurrió antes de mi subida al poder», ó «Recuerdo que fué después de haber sido yo ministro». Hasta la literatura la dividía con arreglo á tan memorable suceso, y la fecha de la aparición de un libro ó del estreno de una obra teatral la fijaba según los años transcurridos antes ó después.
Nunca había estado en América; mas luego de hablar con varios presidentes de repúblicas pequeñas expulsados por una revolución y numerosos diplomáticos que habían solicitado su cargo para vivir en Europa, lejos del amado país, se creía de una competencia indiscutible para razonar sobre los acontecimientos y problemas iberoamericanos.
Iba almacenando en su memoria las crónicas domésticas de las familias más ricas y notables de toda la América «hispanoparlante», como él decía; llevaba la cuenta de matrimonios, enfermedades y muertes; gozaba intenso deleite detrás de su máscara grave cuando alguien recién llegado de allá le contaba, bajo promesa de secreto, sucesos ó escándalos molestos para otros compatriotas que habían pasado por aquel mismo salón unos meses antes. Creía en el talento político y la inspiración poética de todos los personajes, generales ó doctores, que desde la frontera de Texas al cabo de Hornos se carteaban con el ilustre presidente de la «Fraternidad Hispanoamericana». Con esto cumplía un deber de hombre bien nacido, pues los otros, á su vez, lo consideraban uno de los personajes españoles más eminentes.
—Nuestro porvenir está en América—decía el ex ministro á todas horas, pensando que tal afirmación consolidaba su propia importancia.
Nunca había podido adivinar Borja el carácter de dicho porvenir. No era económico, pues á la modesta producción española le resultaba imposible abastecer los mercados de diez y nueve naciones. Político tampoco. Nadie podía soñar en una reconquista de las antiguas colonias. El solemne personaje no daba explicaciones y seguía repitiendo con la voz misteriosa de un oráculo: «Nuestro porvenir está en América.»
A la millonaria argentina la recibió y agasajó con una generosidad egoísta. Era la reina de Saba, bella y deslumbrante, que venía del país de las riquezas á saludar al Salomón del hispanoamericanismo. La «Fraternidad» presidida por él dedicó á la rica señora una de sus comidas mensuales, con guitarreos, cantos andaluces, bailes de diversas provincias y zambra final de parejas gitanas.
Luego, en una comida más íntima, en casa del señor Bustamante, se habían visto por primera vez Rosaura y «el caballero Tannhäuser». Y ahora, transcurridos dos años, volvían á encontrarse inesperadamente en un hotel de Aviñón.
Borja hacía esfuerzos mentales para seguir recordando todo lo oído por él, fragmentariamente, sobre la vida de esta mujer. Alguien había sonreído con malicia al hablar de ella y de un tal Urdaneta, personaje también americano que residía casi siempre en París. Tal vez Bustamante había dicho esto. Bien podía ser otro, pues la señora de Pineda era un tema de conversación, á causa de su riqueza, su hermosura y su elegante fausto, para todas las gentes de lengua española que pasaban por París. Algo más había oído; algo que no podía recordar, pero seguramente interesante...
Le fué imposible seguir rebuscando en su memoria. Ella le hablaba, insistiendo en su pregunta al verle distraído. Y se dió cuenta de que esta pregunta era una consecuencia de lo que él había dicho maquinalmente, mientras su imaginación se hallaba ocupada en resucitar el pasado.
La dama quería saber cómo se le había ocurrido escribir un libro, un poema en prosa, sobre don Pedro de Luna, el Papa español de Aviñón.
Borja tuvo que volver á remontar el curso de su propia historia. Se vió de pequeño, cuando vivía en Valencia al lado del canónigo Figueras. El ama del sacerdote le llevaba á oir misa en la inmediata parroquia de San Nicolás. Mientras permanecía de rodillas, su mirada, después de vagar sobre imágenes y altares cubiertos de oro, iba á posarse en un retrato oval del papa Calixto III, vestido de rojo, con un becoquín de púrpura ribeteado de armiño cubriendo su cabeza.
Se había llamado Borja, lo mismo que él, y empezó de simple beneficiado en esta iglesia. El pequeño no podía explicarse cómo un clérigo de una parroquia de Valencia había emprendido el viaje á Roma para llegar á ser Papa en su ancianidad. Además, dejaba abierto el camino del Pontificado á un sobrino suyo, el famoso Rodrigo de Borja (Alejandro VI, tercer Papa español), padre de una numerosa familia que italianizó su apellido, convirtiéndolo en Borgia.
Esta inexplicable ascensión de Alfonso de Borja, el clérigo de la parroquia de San Nicolás, aún parecía inaudita después de cinco siglos. La vieja ama del canónigo explicaba al niño que un hombre puede llegar á serlo todo, cuando tiene fe en Dios y concentra sus fuerzas en un deseo. El Pontífice representado en el cuadro oval había repetido desde su infancia: «Yo seré Papa, yo seré Papa»... y lo había sido. Su historia portentosa dejaba un refrán en la vida valenciana, que decía traducido al castellano: «Si quieres ser Papa, métetelo en la cabeza.»
Al ser hombre, sintió Claudio Borja la curiosidad de conocer el verdadero motivo histórico de esta carrera que le parecía inexplicable, y sus rebuscas sobre el primer Borgia le hicieron encontrarse con don Pedro de Luna, enorme como un coloso tallado en el bloque de una montaña.
La viuda de Pineda le escuchó con interés. En un salón de su casa de París, en una terraza de su «villa» en la Costa Azul, habría encontrado fastidiosas estas explicaciones del joven Tannhäuser: ¡pero en el ambiente de Aviñón, ciudad que había atravesado siempre con lamentable prisa, proponiéndose volver á ella para vivir unos cuantos días junto á sus murallas atractivamente «románticas»!...
De pronto le inspiraron envidia aquellos viajeros, inmóviles en sus asientos, escuchando la música ó conversando sordamente, en espera de la hora de acostarse, para visitar al otro día el castillo de los Papas, los baluartes de la ciudad, el «puente roto» sobre el Ródano.
—Es vergonzoso—dijo—que yo no conozca Aviñón después de haber pasado tantas veces por él. Una mañana me detuve para visitar el palacio de los Papas. Iba con Urda... con un amigo mío; pero nos cansamos de ver tantos salones sin muebles, de escuchar al guía, y nos fuimos... Con usted es diferente. Usted explica muy bien las cosas. Además, ese Santo Padre que á usted le entusiasma, también empieza á interesarme mucho. Siempre me han gustado las gentes de carácter fuerte, los hombres de voluntad que saben lo que quieren y lo quieren de veras.
Prometió ir al día siguiente con Borja á conocer el palacio fortificado de los Pontífices. Tal vez en la misma tarde continuaría su viaje. Lo mismo podría prolongar este descanso dos ó tres días más. Su doncella y su chófer estaban acostumbrados á las irregularidades y caprichos de su manera de viajar.
Nada tenía que hacer en la Costa Azul; nadie la esperaba. Había llegado la primavera, y las gentes que pasan el invierno junto al Mediterráneo se hallaban ya lejos. Borja expresó con timidez una duda que venía preocupándole desde mucho antes:
—Sí que parece extraordinario que una señora como usted vuelva en esta época á la Costa Azul, cuando todos los de su clase se han marchado. Sólo por un motivo importante y urgente...
Rosaura le miró como si quisiera sondear su pensamiento. Luego dijo con afectada simplicidad:
—He querido olvidar la vida de París, no ver gente, pasar las horas sin pensar en nada, mirando al Mediterráneo.
Y sin percatarse de la incoherencia entre este deseo y su nueva afirmación, añadió:
—Estaba en París demasiado sola... Me aburría.
III La gran cautividad de Babilonia
Siguiendo las indicaciones de su acompañante, Rosaura echó la cabeza atrás para abarcar con su vista la altura del monumento.
Un lado de la plaza estaba ocupado por una construcción enorme, robusta, asentada sobre el suelo con majestuosa pesadez, dejando adivinar la amplitud extraordinaria de sus muros. Todo era en este palacio-castillo de forma rectangular, de líneas rígidas, con esquinas que habían sido verticales y aparecían ahora dentelladas por las roeduras del tiempo ó las huellas de los proyectiles de piedra que arrojaron las bombardas durante los sitios.
La arquitectura civil de la Edad Media no había producido en el interior de las ciudades nada semejante. Su masa formidable ocupaba una superficie de más de seis mil metros cuadrados, con muros macizos y desnudos, verdaderos muros de fortaleza, sin las rasgaduras luminosas y coloreadas de los ventanales con vidrios. Las cortinas de piedra tendidas de una torre á otra tenían arcos prolongadísimos que empezaban á ras del suelo, remontándose audazmente hasta cerca de los matacanes y las almenas. Pero dichos arcos, estrechos como un hierro de lanza, los cegaba un segundo muro. Eran obras salientes de refuerzo, pilares unidos por ojivas, que parecían añadir nueva robustez al palacio-fortaleza. El sol y la atmósfera habían teñido de suave rojo muros, almenas y torres.
—Es el color de Aviñón—dijo Borja—; el color de sus templos, murallas y puentes, de todo lo que en esta tierra fué construído con piedra. Parece reflejar una interminable puesta de sol; recuerda el tono de las hojas otoñales.
Luego llamó la atención de su acompañante sobre la amplitud de la plaza, obra de don Pedro de Luna. Durante cuatro años y medio se había defendido en este palacio con su pequeña guarnición de españoles, y al triunfar por algún tiempo, hizo destruir los edificios inmediatos, como si presintiese los nuevos asedios á que iban á someterle sus enemigos.
Las casas actuales eran posteriores al reinado de los Papas de Aviñón, vistosos palacios del Renacimiento, construídos por los legados que enviaba Roma para gobernar la ciudad. A un lado de la plaza, junto á la colina sobre el Ródano, llamada el peñasco de Doms, estaba la catedral, con su campanario rematado por una imagen cubierta de oro; torre posterior á la que aprovecharon los enemigos del papa Luna para batir el palacio vecino con sus bombardas.
Otra vez la viuda argentina y su acompañante volvieron á fijar sus ojos en la extensa fachada del castillo. No era posible mirar otra cosa. Su enormidad parecía absorber todos los edificios próximos. La catedral de Doms, que no era grande, se achicaba aún más pegada al palacio. Rosaura lo admiró como si lo viese por primera vez. Le parecía más gigantesco estando al lado de Claudio Borja, «que sabía explicar muy bien las cosas».
—Yo he leído un poco—dijo con modestia—; lo que puede leer una mujer de mi clase: libros de entretenimiento aconsejados por la moda, «zonceras» casi siempre, lo reconozco. Muchas veces, al pasar por aquí, se me ha ocurrido la misma pregunta: «¿Por qué hubo Papas en Aviñón?...» Va usted á burlarse de mi ignorancia y de que no haya hecho el menor esfuerzo por esclarecerla. Usted se irá convenciendo, amigo Borja, de que acompaña á una mujer indigna de su sabiduría.
Claudio rió de esta hipócrita y sonriente humildad, apresurándose á disculparla. La misma pregunta se hacían muchos al hablar de Aviñón y muy pocos procuraban conocer el motivo de tal hecho histórico.
—El mundo no era entonces como ahora—siguió diciendo—; no existía Francia en su forma actual; tampoco existía España; y en cuanto á Italia, no era más que un conglomerado de pequeños Estados en incesante ebullición. Príncipes y barones feudales vivían de las rapiñas de una continua guerra. El Papa, señor de grandes territorios en torno á Roma, se veía despojado de ellos por las familias nobles y belicosas del país.
Mientras el Santo Padre era venerado por el resto de la cristiandad, los romanos sólo veían en él á un señor como los otros, obedeciéndole si era poderoso, menospreciándolo cuando un pequeño soberano lograba vencerle. Familiarizados con los Papas por haberlos visto simples hombres antes de su elevación, no parecían temer gran cosa los rayos de sus excomuniones.
La ciudad de Roma era uno de los lugares más inseguros de la tierra. En sus calles se batían casi á diario las bandas de los Orsini y los Colonna, familias rivales, en eterna disputa por la posesión de la antigua urbe, majestuosa como un cementerio, casi despoblada, con más ruinas que edificios enteros. A veces los dos grupos rivales pactaban momentáneo acuerdo para imponer duras humillaciones á un tercer contendiente, que era el Papa. No había altura en el campo romano que no estuviese ocupada por un castillo de barón bandolero. Atravesar las cercanías de Roma en el siglo XIV para ver al Pontífice resultaba tan peligroso como ir hasta Jerusalén en busca del Santo Sepulcro. Los peregrinos eran asaltados y robados por las bandas feudales, quedando muchas veces prisioneros hasta que llegaba el rescate exigido por el señor.
Dentro de la capital del orbe cristiano se vivía como en una selva, entre emboscadas y astucias mortales, con las armas en la mano á todas horas y la casa bien cerrada. Los de un bando tenían su fortaleza en el castillo de San Angelo; los otros se habían atrincherado en el Capitolio.
Estas guerras interminables destruían los majestuosos recuerdos de la antigua civilización romana, con una barbarie mayor que la de las invasiones venidas del Norte. Los barones echaban abajo arcos de triunfo, termas, columnatas de los palacios de los Césares, para construirse torres y casas almenadas en las callejuelas de la Roma medieval. Los capiteles de marmórea hojarasca, las lápidas cubiertas de inscripciones, los fragmentos de estatuas, todo servía de sillares para estas fortalezas urbanas.
Aparecían los Papas ante el resto de la cristiandad como si viviesen en Roma, pero sólo estaban dentro de ella cortas temporadas, durante las grandes ceremonias que hacían necesaria su presencia, ó en momentos de tregua, cuando las dos facciones, por cansancio, deponían las armas. Consideraban más prudente instalarse en el castillo de alguno de sus sobrinos, que la influencia papal había convertido en gran señor, ó en pequeñas ciudades agradecidas al Santo Padre por la enorme muchedumbre de viajeros que atraían su presencia. Aún perduraba en Italia la separación entre güelfos y gibelinos, aceptando una parte del país con malicioso regocijo todos los infortunios que pudiera sufrir el Papa. Uno de los más enérgicos, al que suponían por su tenaz voluntad ser de remoto origen español, Bonifacio VIII, se veía insultado y hasta abofeteado en su propio castillo de Anagni á causa del abandono en que lo dejaron sus compatriotas.
Defendiendo los derechos de la Iglesia, emprendía una guerra tenaz contra Felipe el Hermoso, rey de Francia. En vano lo excomulgaba, atrayendo sobre su cabeza las iras del cielo. El monarca tenía á su lado como ministro un jurisconsulto de Tolosa, Guillermo de Nogaret, meridional que por su audacia aparece en la Historia como un precursor de Dantón y otros personajes de la Revolución francesa.
Nogaret tomaba la ofensiva, pasando á Italia como representante de su rey, y auxiliado por los Colonna, tenaces enemigos del Pontífice, asaltaba con sus bandas la ciudad de Anagni, sorprendiendo á Bonifacio VIII en su castillo. El pueblo encontró muy interesante ver al Santo Padre tratado como un soberano cualquiera, y favoreció con su indiferencia esta invasión del retiro papal. En vano el enérgico Pontífice pretendió intimidar á los invasores recibiéndolos con la tiara puesta y sus vestiduras de gran ceremonia. Nogaret, que era un «patarin», nieto de albigenses de Tolosa perseguidos cien años antes por la Inquisición papal, se dió el gusto de insultar á un Pontífice cara á cara. Uno de los Colonna, perseguido cruelmente por Bonifacio hasta el punto de verse esclavo de los corsarios mahometanos, lo abofeteó con su guantelete de acero.
Murió el Papa de cólera y vergüenza; su carácter enérgico no pudo sobrellevar tal humillación. Hubo que nombrarle sucesor en medio de la anarquía italiana, y los cardenales designaron á Beltrán de Got, prelado francés, arzobispo de Burdeos, el primero de los Papas de Aviñón.
—Antes de él, que tomó el nombre de Clemente V—dijo Borja—, habían existido otros Papas también de origen francés. Pero lo raro del caso fué que el arzobispo de Burdeos dependía del rey de Inglaterra, no del monarca de Francia. Usted sabrá indudablemente que Francia estaba dividida entonces y los ingleses ocupaban una parte considerable de su suelo, manteniendo la guerra llamada de los Cien Años. Esta guerra, que durante tres cuartos de siglo fué de un resultado incierto, sólo se decidió con la aparición é intervención de la extraordinaria Juana de Arco.
Borja fué describiendo á su acompañante la vida azarosa de este primer Papa, que nunca vivió en Roma. A su coronación, en Lyón, asistían los reyes de Francia, de Aragón y de Mallorca. Felipe el Hermoso y el duque de Bretaña llevaban las bridas del caballo papal. Tal era la concurrencia, que un muro viejo cargado de espectadores se derrumbó, matando al duque de Bretaña y á uno de los hermanos del Papa.
El audaz Nogaret procuró explotar la fuerza de la Iglesia en beneficio de su rey al ver establecido al Papa en una ciudad de Francia. Quería apoderarse de los bienes de los templarios, y para ello necesitaba el apoyo del Pontífice. Éste, no queriendo legitimar tal injusticia, huyó á su diócesis de Burdeos. Pero allí quedaba bajo el dominio del rey de Inglaterra, que procuró también explotar su presencia.
Clemente V, gravemente enfermo, tuvo que volver un año después á los Estados del rey de Francia, lo que le hizo ceder á las pretensiones de Nogaret, ansioso de remediar los apuros del erario real confiscando los tesoros de los templarios. Poseían éstos ricos establecimientos en Oriente y Occidente; eran los banqueros universales de pueblos y reyes. Al fin se vió obligado á autorizar la persecución y supresión de dicha orden, y para no vivir más tiempo bajo la influencia de Felipe y su consejero, pensó en el condado Venaissino, que pertenecía á la Iglesia desde un siglo antes por cesión de los condes de Tolosa, y en cuyo límite estaba la ciudad de Aviñón. Carpentras, capital del condado, era pequeña comparada con dicha ciudad junto al caudaloso y navegable Ródano, y fué á instalarse en un convento de dominicos, construído sobre una isla frente á Aviñón.
Este alojamiento lo consideraba circunstancial. Su deseo era volver á Roma; pero los desórdenes de la urbe cristiana, cada vez mayores, hacían imposible el viaje. Muy al contrario; los cardenales italianos que habían quedado allá vinieron poco á poco á establecerse en torno al Papa, considerando más tranquila y segura la vida en Aviñón. Muchos celebraron en estilo poético la suerte de que los Pontífices hubiesen heredado el condado Venaissino. De este modo «la barca de San Pedro podía amarrar tranquilamente, después de tantas tempestades, al abrigo de un peñasco sobre el Ródano».
Al morir Clemente V, los cardenales elegían al obispo de Aviñón, que tomó el nombre de Juan XXII. Éste continuó habitando como Papa su palacio episcopal, pero cada año se veía más lejana la posibilidad de que la Santa Sede pudiese volver á Roma, viviendo en ella tranquilamente. A partir del segundo Papa, empezaron las construcciones parciales que habían de formar más adelante el imponente conjunto del palacio de Aviñón. Dicho palacio tuvo que ser al mismo tiempo una fortaleza. Resultaba insegura la vida en aquellos siglos y los Papas no se veían á cubierto del peligro general. La guerra de los Cien Años tenía largas treguas que obligaban á licenciar las tropas mercenarias, costosas de mantener, y estas bandas de guerreros á sueldo, al verse sin ocupación, se dedicaban al bandidaje, saqueando poblaciones, exigiendo tributos á los pequeños soberanos.
Los mismos Papas que hacían una fortaleza de su vivienda levantaron alrededor de Aviñón sus hermosos baluartes, útiles para aquella época, graciosos ahora y de aspecto frágil como un juguete.
—El más célebre—continuó Borja—por su magnificencia fué Clemente VI, cuarto Papa de Aviñón, llamado por algunos «el trovador con tiara». Era un noble del Mediodía de Francia, que imponía respeto por su natural majestad y sus gustos de príncipe letrado. «Mis antecesores no supieron ser Papas», decía este gran señor.
Borja se imaginaba cómo debió ser el castillo en tiempos de Clemente VI. Ahora sólo quedaba la osamenta, la piedra enrojecida de sus fachadas y la piedra blanca de sus vastos salones, con sólo algunos fragmentos de pinturas que equivalían á piltrafas de la antigua carne, jugosa y multicolor.
Se había acostumbrado la mayor parte de la cristiandad á ver los Papas instalados junto al Ródano. Este retiro circunstancial adquiría cada año un carácter más estable. Los cardenales agrandaban los caserones de Aviñón que les ofrecía el Pontífice con el título de «libreas», convirtiéndolos en palacios suntuosos. La ciudad parecía nadar en oleadas de dinero.
Pocas veces se vieron tan ricos los Papas. Algunos de ellos, hábiles administradores, habían organizado los ingresos de la Iglesia, obligando á clérigos y obispos á enviar puntualmente su tributo. Aviñón pertenecía ya á los Papas. Al principio fué propiedad de la famosa reina Juana de Nápoles, la mujer más elegante, más graciosa en palabras y ademanes, y de costumbres más disolutas que se encuentra en la historia de aquellos siglos. Cambió varias veces de esposo. Casada con Andrés de Hungría, fué asesinado éste por un amante de ella. Luis, rey de Hungría, marchó contra Juana para vengar la muerte de su hermano y al mismo tiempo con el propósito de hacerse dueño de Nápoles. Juana, que era también condesa de Provenza, huyó á esta tierra, como si buscase el amparo espiritual de los Papas, instalados en su ciudad de Aviñón. En vista de que el rey húngaro pedía su castigo á Clemente VI, compareció Juana ante el Pontífice rodeado de toda su corte.
—Yo me he imaginado muchas veces la escena—dijo Borja—; esta mujer, seductora por su hermosura, por su lujo y hasta por sus pecados y aventuras, presentándose ante un Padre Santo artista y ante sus cardenales, muchos de ellos ordenados de diácono solamente, y que llevaban una vida de príncipes... Pero esto lo verá usted mejor cuando estemos en el gran salón de Audiencia. La reina Juana, instruída y de fácil palabra, se enseñoreó al momento de la asamblea. Igual habría convencido de su inocencia á una reunión de verdaderos ascetas, aunque fuese autora de crímenes mayores. Los napolitanos, irritados por las demasías del invasor, pidieron á Juana que reconquistase su trono, y como necesitaba dinero para reclutar soldados mercenarios y alquilar galeras en Marsella, vendió Aviñón á los Papas en ochenta mil florines, suma que equivaldría hoy á unos cuatro millones de francos... pero en oro.
Pintores italianos y franceses cubrían de frescos los muros de las salas pontificias. Talleres de orfebres cincelaban sin descanso objetos de culto, recamados de piedras preciosas, ú objetos de uso personal para los Papas. Los muros de piedra desaparecían bajo vistosos tapices. El sacro tesoro de Roma—urnas preciosas conteniendo reliquias, ropas de altar, imágenes áureas—había sido traído á Aviñón, por creerlo aquí más seguro. Dentro de la fortaleza crecía un jardín con fuentes de mármol, paseos cubiertos y fingidas perspectivas para agrandar su tamaño. La curiosidad de estos Pontífices meridionales había reunido en jaulas todas las bestias raras que se conocían entonces: leones, tigres, dromedarios, avestruces, osos.
El generoso Clemente VI adquiría con tal abundancia las ropas primorosamente bordadas, los tapices, los muebles, que muchos de tales encargos, después de ser admirados en el momento de su llegada, quedaban recluídos por falta de sitio en los desvanes del palacio. Los Papas sucesivos mantuvieron su lujo con las magnificencias que había olvidado el Pontífice gran señor.
Desde las terrazas almenadas podían ver todos ellos el crecimiento de su ciudad de Aviñón. El recinto amurallado comprendía, además del caserío, vastos jardines adosados á los conventos, cada vez más numerosos, y á los palacios de los cardenales en incesante desdoble. Más de cien torres se elevaban sobre los tejados.
Abajo, en las callejuelas estrechas, bullía á todas horas un pueblo súbitamente enriquecido y orgulloso de la inesperada importancia de Aviñón, centro del mundo. Uno de sus barrios era todo de posadas. Llegaban clérigos y laicos de remotas naciones. En sus plazas sonaban todas las lenguas de Europa. La muchedumbre, además de recibir el dinero de los fieles, gozaba las delicias de un continuo espectáculo, siendo su existencia semejante á la del antiguo populacho romano.
Unas veces llegaba una peregrinación procedente de países lejanos: hombres y mujeres cubiertos de polvo, asombrando al vulgo con el exotismo de sus trajes, rostros y voces. En otras ocasiones se presentaba un rey con su cortejo, ó el mismo emperador del Sacro Romano Imperio, ganoso de visitar al Padre Santo en su nueva capital. Y desfilaban jinetes vestidos de hierro, sobre caballos encaparazonados y engualdrapados con blindajes de escamas, cual si fuesen bestias mitológicas. Las puntas de sus lanzas rozaban los balconajes extremadamente salientes, prolongación de cada vivienda sobre la húmeda calle siempre en fresca penumbra. El metal vibrante de las trompetas buscaba en lo alto el metal volteador de las campanas. En muchas ocasiones, rey ó emperador recibía la Rosa de Oro, regalo del Papa, y era costumbre que el soberano pasease á caballo por las calles de Aviñón mostrando al pueblo la joya en su diestra. Los monarcas cristianos, cuando alcanzaban un triunfo sobre los enemigos de Dios, enviaban sus despojos á Aviñón como un presente.
Un día sus vecinos vieron pasar cien moros á pie, con alquiceles blancos, llevando de la diestra cien caballos andaluces cargados de armas y de joyas. El rey de Castilla, después de su victoria del Salado sobre los sarracenos, enviaba al Papa del Ródano una parte de su botín. En otra ocasión contemplaron una embajada del Gran Kan de la Tartaria, cuyos enviados provocaban sus risas á causa de sus mantos y turbantes.
Las damas de Aviñón obtenían una celebridad universal por su lujo costoso y sus artes de tocador para aumentar la belleza. Algunos cardenales italianos y franceses, que nunca creían llegado el momento de ordenarse sacerdotes, rivalizaban en amoríos con los señores laicos del país Venaissino ó con los hombres de armas del Pontífice, los cuales obedecían al jefe militar del condado (casi siempre pariente del Papa), que tenía el título de «Rector».
—Entonces aún estaba entero el famoso puente sobre el Ródano. Ahora sólo le quedan cuatro arcos de los diez y ocho que tuvo cuando lo fabricó San Benezet, un pastorcito que, según la leyenda, soñó desde pequeño con la construcción de este puente colosal, apoyado en las islas del Ródano para llegar hasta Villeneuve, ciudad fronteriza, en la orilla perteneciente á Francia. De sol á sol el pueblo aviñonés bailaba la farandola al son de pitos y tamboriles, en las islas verdes, bajo la sombra de sus audaces arcos. Todo el mundo conoce la canción antigua «Sous le pont d’Avignon, l’on y dance tout en rond...»
También era continuo el espectáculo en las estrechas calles de la ciudad. Desfilaban procesiones de frailes vistiendo diversos hábitos. Orquestas numerosas acompañaban á los cantores de la corte pontificia. La ciudad atraía á todos los músicos de aquel tiempo. Ser cantor ó instrumentista del Papa de Aviñón representaba un certificado de valor internacional. Los devotos se aglomeraban en las plazas para escuchar á predicadores famosos venidos de todas partes; tan estrecho resultaba el ámbito de los templos.
En esta ciudad de verdes alrededores la vida sólo era molesta cuando soplaba el mistral. Petrarca se lamentó muchas veces de este viento frío y huracanado. Las gentes de su época inventaron un refrán en latín de la Edad Media, exagerando los desórdenes climatéricos de Avenio, antiguo nombre de Aviñón: «Avenio ventosa, cum vento fastidiosa, sine vento venenosa.»
Una calamidad mayor que el mistral hizo repetidas apariciones en el curso del siglo XIV, la peste, tan mortífera y repetida, que mereció el título histórico de «la Gran Peste», exterminando, según los cronistas de entonces, la tercera parte de la población de Europa. No sólo se ensañó en la corte papal. Italia vió sus ciudades casi desiertas. En Florencia la mortandad fué inaudita, y Boccacio, el futuro canónigo, para entretener á las damas y los caballeros refugiados como él en un jardín aislado, compuso las alegres novelas de su Decamerón.
La ciudad de «las tres llaves» (la del cielo, la de la tierra y la del infierno), atributos pontificios que figuraban en el escudo aviñonés, volvía á reanudar su existencia amplia y ostentosa apenas se alejaba dicha calamidad.
El populacho iba ricamente vestido con los despojos de la corte papal. La servidumbre del palacio y la de los cardenales reflejaban en su indumento el lujo de sus señores. La gran ostentación de los personajes de la corte eran las peleterías preciosas.
—Pontífices y cardenales aparecen en los retratos con las esclavinas guarnecidas de marta. Los Papas, cuando no llevan la tiara, van tocados con un becoquín de púrpura que adornan igualmente bandas de armiño.
Su mesa era bárbara, como la de todos los grandes señores de aquella época, pero con una abundancia que exigía enormes gastos. Las bodegas pontificales de Aviñón adquirían renombre. En la orilla del Ródano, al pie de un castillo, poseían las generosas viñas de «Château-neuf-du-Pape», cuyo vino es todavía famoso. Los colectores de los impuestos, cuando salían á cobrarlos por las diócesis, llevaban el encargo de remitir al intendente papal los mejores productos de cada país para embellecimiento de su mesa.
—La cocina de entonces tenía especialidades que ahora nos parecen repugnantes. Los colectores de Bretaña y otras regiones del Océano enviaban pedazos de ballena, cetáceo que abundaba mucho en el golfo de Gascuña y el Cantábrico. La ballena era entonces plato muy apreciado hasta en las mesas reales. Otras veces remitían peces del Atlántico, distintos á los del Mediterráneo. Nada significaba la duración del viaje y las malas condiciones del transporte. El paladar estaba habituado al sabor y el olor de una pesca extraída quince días antes. De aquí el empleo del limón para refrescar momentáneamente este alimento algo corrupto, uso que por rutina ha llegado hasta nosotros, empleándolo sin objeto en los peces frescos.
Una gran masa de desterrados políticos ansiosos de justicia aumentaba el vecindario de Aviñón. Como no existían casas bastantes para dicha afluencia internacional, ocupaban los pueblos inmediatos, y en días de fiesta venían á engrosar la muchedumbre de sus calles. Los más eran italianos, antiguos güelfos que buscaban el amparo del Papa, ó gibelinos á los que perseguían nuevas facciones, empujándolos hacia la Santa Sede, cuya influencia habían combatido.
—Hijo de uno de estos proscritos fué Petrarca, cuyo recuerdo va usted á encontrar por todas partes: en el palacio, en las calles de Aviñón, en la célebre fontana de Vaucluse. ¿Usted no conoce Vaucluse?... Debe hacer este pequeño viaje. La fuente del poeta es tan célebre como el Papado aviñonés.
El joven italiano, venido á Aviñón cuando todavía era niño, desarrollaba las primeras ramas de su gloria al abrigo del Pontificado del Ródano, viviendo de sus liberalidades ó insultándole al mismo tiempo porque difería su vuelta á Roma. Como había recibido órdenes menores, aceptaba de los Papas ricos beneficios y canonicatos, sin pensar nunca en ocupar dichos cargos.
—La vida eclesiástica de entonces era muy diferente á la que ahora conocemos. Los más de los cardenales no pasaban de ser simples diáconos, librándose con ello de las obligaciones del sacerdocio: decir misa, leer diariamente su breviario, etc. De este modo podían entregarse por completo á sus asuntos políticos ó mundanos. Muchos Pontífices se ordenaban de sacerdote al día siguiente de su proclamación y cantaban misa por primera vez.
Italia, que había repelido á los Papas con sus desórdenes y revueltas, ansiaba ahora hacerlos volver, por una conveniencia egoísta. El dinero de la cristiandad había cambiado de rumbo. Ya no iba á Roma, y chorreaba más abundante que nunca sobre la ciudad de Aviñón.
Al ser proclamado el magnífico Clemente VI, una delegación del pueblo de Roma venía á saludarle. Petrarca, residente en Aviñón, se agregaba á ella, y esto le hacía contraer amistad con uno de los diputados, joven de palabra ardorosa, gran imaginación y una audacia sin límites, llamado Cola di Rienzo, hijo de un tabernero.
El «Papa trovador» se dió cuenta de los servicios que podía prestar este tribuno á los Pontífices en la desordenada Roma, y le confirió un título honorífico. Tal vez las palabras de Clemente VI le impulsaron á realizar el gran ensueño de su existencia.
De vuelta á su ciudad, oprimida por el bandidaje feudal, organizó una conspiración, apoderándose del Capitolio con el apoyo del pueblo y del legado del Papa. Rienzo, constante lector de la historia antigua, se proclamó «tribuno de la Sacra República Romana, por la voluntad del muy clemente Jesucristo». Hizo cosas buenas, expulsando á los magnates, venciendo á los barones bandidos, restableciendo el orden después de tantos años de anarquía. El Papa, desde Aviñón, sostuvo su autoridad. Petrarca, entusiasmado por tal resurgimiento de la Roma antigua, dirigió al tribuno su célebre canción «Spirto gentil».
Mas el héroe, excesivamente imaginativo, creía en la importancia sobrenatural de su persona, y se entregó á desórdenes y extravagancias que disminuyeron su prestigio. Dió consejos á todos los soberanos de la tierra como si fuesen inferiores á él; ordenó á las ciudades italianas, con menosprecio de su independencia, que acudiesen á Roma para cimentar una alianza; exigió continuos impuestos para sostener sus tropas y costear fiestas enormes organizadas por su fantasía teatral. El hijo del tabernero se bañó públicamente en una vasija de bronce que pasaba por ser el baño del emperador Constantino, y á continuación se hizo armar caballero con exagerada pompa.
Creyéndose invencible, habló al Papa como á un igual, despreciando su apoyo, y Clemente VI lo abandonó. Lo mismo hicieron las ciudades de Italia, celosas de su poder é irritadas de su orgullo. El pueblo acabó por atacarle, y tuvo que huir, refugiándose en Praga, cerca del emperador Carlos IV, el cual lo entregó al Papa, que le había declarado «sedicioso y herético».