PARTE PRIMERA LA CIUDAD DE LAS TRES LLAVES (continued 2)
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—En una torre de este palacio donde vamos á entrar, cree el vulgo, equivocadamente, que permaneció el tribuno preso durante varios años. Lo indiscutible es que Rienzo vivió cautivo hasta la muerte de Clemente VI. El gran Papa había perdido su fe en este orador de voluntad cambiante y ambiciones inseguras. Hasta se cree que lo hubiese ahorcado de no intervenir Petrarca, muy apreciado por él como poeta.
Inocencio VI, al sucederle, fijó su atención en Rienzo, que se consumía olvidado en un calabozo. Fué un español quien hizo pensar al nuevo Pontífice en el ex tribuno. Los pequeños soberanos de Italia y sus turbulentas ciudades habían aprovechado la ausencia de los Papas para roer la tierra de sus Estados. Apenas mantenían aquéllos una autoridad sobre Roma, más nominal que efectiva. Los cardenales hablaban de reconquistar con las armas los bienes de la Santa Sede; pero ni ellos ni los Pontífices eran hombres para conseguirlo.
Uno de los cardenales extranjeros residentes en Aviñón se comprometió á devolver á la Iglesia su patrimonio terrenal, creando un ejército en Italia y poniéndose á su frente: el español Carrillo de Albornoz, que en su juventud había sido hombre de guerra. Como arzobispo de Toledo siguió al monarca de Castilla contra los moros, batiéndose cuerpo á cuerpo en la batalla del Salado, donde salvó personalmente la vida de su rey, dándole tal hazaña enorme influencia en la corte. Huyendo luego de las persecuciones de don Pedro el Cruel, heredero del reino, se refugió en la corte de Aviñón, cerca del brillante Clemente VI, quien le hizo cardenal.
Albornoz, gran conocedor de los hombres, hábil para explotar sus virtudes ó sus defectos, pidió que el olvidado Rienzo fuese sacado de su encierro y le siguiera á Roma con el título de senador. Mientras él combatía á los tiranuelos de Italia, Rienzo, apoyándose en el pueblo romano, reanudó su lucha contra los barones que desolaban el país, obteniendo varios triunfos. Mas el ídolo popular estaba quebrantado por su primera caída. Una parte de Roma protestó de sus leyes severas y sus gastos fastuosos. Los Colonna aprovecharon tal descontento para sublevarse contra el dictador, y éste, sorprendido, intentó huir del Capitolio, pero sus mismos partidarios al reconocerle lo mataron, y el inconstante populacho arrastró su cadáver, quemándolo después y aventando sus cenizas.
Hábil capitán y político, continuó Albornoz su guerra de conquista, apoderándose de todas las ciudades pertenecientes al Papado; unas por asedio y asalto, otras por negociaciones felizmente conducidas. Desde Bolonia, su residencia predilecta, dirigió esta campaña, cuyo éxito le fué creando numerosos enemigos en la corte pontificia. Bajo la influencia de cardenales envidiosos, Inocencio VI estorbó sus triunfos con recomendaciones inoportunas y fatales.
El ingrato Pontífice llegó un día á insinuar dudas sobre la probidad con que Albornoz había manejado los dineros de la guerra, y le pidió cuentas. El cardenal de Toledo envió á Aviñón como respuesta una carreta tirada por bueyes, llena de cerrojos, candados y cadenas de las ciudades conquistadas: «Éstas son mis cuentas, Padre Santo.»
Al morir en Bolonia, dejaba establecido y dotado el famoso Colegio Español de dicha ciudad, y su entierro resultó algo nunca visto. Jamás príncipe ni Pontífice alguno fué llevado á la tumba con pompa tan grandiosa. Sus restos viajaron de Bolonia á España siempre en hombros y á pequeñas jornadas. Esta conducción fúnebre duró meses. Todo convento encontrado al paso designaba un grupo de monjes para que se uniese á la comitiva. Cuando el cadáver llegó á Toledo, en cuya catedral iba á ser enterrado, el cortejo fúnebre constaba de miles y miles de religiosos, todos llevando cirios encendidos; un verdadero ejército que estremecía el aire con sus estrofas funerarias. Cuantos bienes dejó libres el cardenal español los consumió este viaje extraordinario hacia su tumba.
La reconquista de los Estados papales había aumentado las quejas y peticiones de los italianos. El pueblo de Roma, arrepentido de sus revueltas que repelieron á los Papas é indignado al ver cómo el dinero de los fieles lo disfrutaba otra ciudad, extremó sus peticiones para que la Santa Sede abandonase las orillas del Ródano, volviendo á las del Tíber.
Dicha propaganda encontró el más elocuente é infatigable de sus apóstoles dentro de la misma corte pontificia. Era Petrarca.
Cardenales de vida suntuosa, funcionarios pontificios de alegres costumbres, le tenían por amigo y protegido, haciéndolo partícipe de las dulzuras y abundancias de su existencia. Esto no le impedía escribir contra las venalidades é impurezas del Pontificado de Aviñón, como si la vida de los Papas residentes en Roma hubiese sido más ejemplar. La disolución de las costumbres, mal común de aquella época, hacía quejarse á los ascetas y los prelados virtuosos, pidiendo una severa reforma eclesiástica.
Encontró Petrarca una imagen que hizo circular por el mundo, entusiasmando con ella á sus compatriotas. La Iglesia vivía esclava, lo mismo que el pueblo judío en tiempos de Nabucodonosor.
El Pontificado de Aviñón era «la gran cautividad de Babilonia».
IV El castillo de los Papas
Subieron los peldaños algo roídos de una escalinata de piedra, atravesaron el arco profundo de la puerta principal, y otra más pequeña abierta á su derecha les dió acceso á un vasto salón con muros de sillería y techo abovedado que aún conservaba restos de viejas pinturas. Era el antiguo cuerpo de guardia del palacio, ahora antesala para los visitantes. Una mujer detrás de un mostrador ofrecía tarjetas postales, fotograbados, volúmenes históricos, la pequeña é inevitable biblioteca que existe á la entrada de todo monumento.
Lentamente se fué amalgamando el grupo de curiosos venidos de diversas partes de la tierra para visitar la antigua residencia de los Papas. La bella criolla reconoció á muchos compañeros de hotel, vistos en la noche anterior. Poco después entraron algunas norteamericanas jóvenes, tal vez estudiantas que hacían una excursión por Europa; varios matrimonios franceses, gentes del Mediodía, admirando con patriótica vanidad las enormes dimensiones de este castillo tan celebrado por los poetas provenzales; dos sacerdotes protestantes, con plastrón negro cubriendo su camisa y una Guía abierta entre sus manos como si fuese un libro de oraciones; un gentleman atlético, de cara redonda y afeitada, mirando ávidamente á todos lados en busca del extraordinario espectáculo que esperaba de esta visita, y un cura italiano, flacucho, de nariz picuda, cuyo perfil, según Borja, recordaba el del Dante, pero á través de un espejo deformatorio.
—Va usted á ver, querida señora, algo tan digno de interés como la antigua morada de los Papas: el guía que la muestra.
Y señaló discretamente á un hombre con kepis negro ribeteado de rojo y un bastoncito en su diestra, que permanecía sentado junto á la entrada del cuerpo de guardia. Tenía el aspecto de un trabajador que reposa y siente al mismo tiempo perturbado su descanso por la certeza de que muy pronto tendrá que reanudar su actividad.
Rosaura lo reconoció. Era el mismo que la había guiado en su incompleta visita al palacio. Su charla tuvo la culpa de que renunciase al resto de dicha visita.
—¡Pero si es un hombre insustituíble!...—protestó Claudio sonriendo—. Muchas veces juzgamos á las personas equivocadamente por el estado de nuestro humor. Tal vez hoy le parezca más grata su compañía.
Saludó de lejos al empleado, y éste, después de contestar quitándose el kepis, fijó su atención en la dama elegante que acompañaba al español. Era un meridional, de cabeza y bigote canos, enjuto de carnes, con una sonrisa mixta de bondad y de burla.
—Óigalo bien—continuó Borja—. Es un poeta, algo desorientado y de primaria instrucción, pero indudablemente un poeta á su modo. Su padre fué modesto «felibre» de los de Mistral; un obrero de la poesía. Usted sabe que «felibre» es el nombre de los poetas provenzales. El hijo, al desempeñar su empleo, procura ser el alma parlante de estas piedras. Yo he venido repetidas veces, sólo por oirle.
Viendo el guía que los visitantes ya no compraban más postales ni cuadernos de grabados, se levantó del poyo estirando perezosamente sus brazos.
—Por aquí, señoras y señores.
Se había transfigurado. Dos veces por la mañana y dos por la tarde conducía á los forasteros á través de patios, escaleras y salones, enseñándoles este castillo, que era para él algo así como el Partenón de la Provenza. Sabía de memoria lo que era conveniente decir en cada rincón y ante cada piedra; mas ciertos días, en mitad de sus recitaciones maquinales, le acometía un irresistible deseo de improvisar, é iba añadiendo repentinos bordados de su imaginación á la pieza de tela pálida y monótona desenrollada ordinariamente.
Marchó hacia el gran patio del palacio con alegre petulancia, moviendo su bastoncito, canturreando entre dientes. Iniciaba sus funciones lo mismo que los cómicos viejos, que tosen de fatiga detrás de los bastidores y al salir ante el público se sienten remozados por una heroica juventud.
En mitad del patio agrupó en torno á él sus heterogéneos oyentes, empezando la declaración diaria. Unos le conocían de fama, por informes de viajeros anteriores, otros presentían algo extraordinario en este hablador sonriente que saludaba á las señoras con movimientos de rancia cortesía. Señaló las particularidades de las bóvedas de la entrada, todas de rara labor, explicando á continuación cómo era el palacio exteriormente en sus primeros tiempos. Las casas tocaban casi sus muros. Un circuito de estrechas callejuelas lo separaban sólo del resto de la ciudad. Fué el último Papa de Aviñón quien arrasó estas construcciones, para que el palacio pudiera defenderse mejor en caso de asedio, y obra suya era también la vasta plaza abierta ante la fachada principal.
—He nombrado, señoras y señores, á Benedicto XIII, el gran papa Luna, compatriota de algunas personas aquí presentes.
Y se inclinó haciendo un saludo con la diestra, fijos sus ojos en Rosaura y Claudio. Todo el grupo los miró igualmente, y los dos se sintieron algo avergonzados por esta curiosidad general. A continuación, el hijo del felibre se lanzó á describir las bellezas de «su» palacio, «el monumento más hermoso de la tierra».
—Cielo azul, aire puro, la sinfonía majestuosa del mistral, y sobre todo esto el color dorado de la piedra, que, según los trovadores, proporcionaba con sus reflejos nuevo fuego á las miradas de las damas. Como dijo Petrarca...
Borja estaba esperando las últimas palabras, y tocó en un brazo á su acompañante. La había hablado con anticipación de la cita que surgía continuamente en sus discursos. Todas sus afirmaciones y descripciones las apoyaba en versos de Petrarca que éste no había escrito nunca ó eran traducidos por él de tal modo que resultaban indignos de su autor.
Muchos oyentes rieron sin saber por qué. Encontraban gracioso lo que había dicho Petrarca, por lo mismo que no lo entendían. El cura italiano apoyó sus palabras con movimientos de cabeza, sonriendo al mismo tiempo, para dar á entender que todo lo sabía antes de venir á Aviñón. Aún quedaban en el patio varias bombas de piedra, esféricas y macizas, talladas por canteros: proyectiles de las bombardas que emplearon los enemigos del papa Luna en el asedio de su palacio.
El grupo se estrechó y prolongó para serpentear por puertas y pasadizos. Algunas salas guardaban los restos de una decoración muy posterior á la época de los Papas aviñoneses, obra de legados pontificios que gobernaron la ciudad hasta fines del siglo XVIII como representantes de Roma. En el piso bajo de la torre del Vigía las paredes estaban pintadas con grandes trofeos al fresco, de banderas, cañones y lanzas.
Descendieron á la sala de Audiencia, la pieza más enorme del palacio, con ancha bóveda de atrevidas proporciones para la época de su construcción. Todas las puertas, mayores ó menores, que daban acceso á dicha sala de honor se hallaban más altas que el piso, uniéndose á éste por medio de escalinatas que iban ensanchándose según descendían. El monótono gris de la piedra había sido dulcificado en otros tiempos por los pintores papales. Ricos tapices, cuya belleza describían los cronistas, adornaban los muros, ahora escuetos. Aún se veían veinte figuras de Profetas en el doble espacio triangular de dos segmentos de la bóveda. También se notaban rasgos borrosos de pintura entre los dos ventanales del fondo.
Esta pieza vasta y desnuda, esqueleto de un salón célebre en otros tiempos por su magnífico decorado policromo, tenía la sonoridad extraordinaria de las cavidades vacías y lisas. La piedra parecía temblar, agrandando de un modo considerable los sonidos. Toda voz era desfigurada y luego ensordecida por una escala descendente de ecos.
Borja recordó á la reina Juana de Nápoles. Aquí sin duda había comparecido ante Clemente VI, majestuoso como un emperador, para defenderse de sus acusadores. En el fondo, entre las dos ventanas, debió elevarse el trono del Pontífice; más abajo estaban los cardenales, que habían dejado en el gran patio las mulas adornadas de plata y oro, los pajes y hombres de armas de sus séquitos principescos. Sillones góticos de alto respaldo, cuyo roble estaba calado á buril lo mismo que las agujas de una catedral, y con mullidas almohadas de damasco, se alineaban á lo largo de los muros para asiento de los purpúreos senadores de la Iglesia y para los jurisconsultos vestidos de negro que aconsejaban al Padre Santo en sus dudas canónicas.
El resto del salón lo ocupaban los personajes secundarios de la corte pontificia y las damas aviñonesas sobrinas de cardenales ó emparentadas con el Papa, ansiosas de contemplar á esta mujer que había preocupado á toda la cristiandad por su elegancia, sus amoríos ó sus aventuras políticas. Y en el espacio libre ante la sede papal, la reina destronada de Nápoles, la hermosa Juana, vehemente en sus palabras, pronta á un llanto que parecía aumentar su hermosura, vestida con refinada discreción para comparecer ante esta asamblea eclesiástica, esparciendo al mover sus brazos una atmósfera de perfumes traídos por las caravanas de ultramar, de carne amorosa, de pecado inconsciente.
Los venerables jueces y el gran señor con tiara olvidaban al diablo que parecía marchar invisible detrás de la cola de su manto real. Sólo veían una pobre mujer, víctima de su belleza y su nacimiento, una pecadora calumniada más allá de sus faltas y merecedora de perdón. Era Friné compareciendo por segunda vez ante un areópago de hombres maduros y enseñoreándose de ellos con el influjo de su hermosura; una Friné elocuente que se valía de la palabra y mantenía oculta su desnudez bajo el misterio tentador de ricas vestimentas.
Rosaura se excusó antes de hacer una pregunta. Ella había leído poco; tal vez se equivocaba; pero creía recordar que esta reina elegante y bella había muerto ya vieja, á manos de sus enemigos, sofocada bajo un colchón.
—Así es, y el objeto que causó su muerte resulta un símbolo en la vida de esta gran amorosa, «liberal de su cuerpo», como decían los antiguos. Si la destronaron y asesinaron, fué por mantenerse fiel al Papado de Aviñón cuando se inició el Gran Cisma.
Tuvieron que correr los dos al verse solos en la sala de Audiencia. El hijo del felibre había desaparecido por una de las escalerillas, haciendo molinetes con su bastón. Marchaba como un pastor al frente del rebaño humano que parecía perseguirle con sus trotes y murmullos, agrandados por el eco.
Se unieron al grupo en la gran escalera de honor, cuya amplitud extraordinaria permitía el ordenado descenso de los majestuosos séquitos papales. Un ventanal en el último rellano daba sobre la plaza del castillo. Ahora carecía de vidrios y maderas. Podía soplar el mistral su aliento tempestuoso á través de las dos columnillas centrales que lo partían en tres arcos lanceolados. En otros tiempos, el Pontífice bendecía desde él á la muchedumbre aglomerada abajo.
Otra vez el guía se lanzó á ensalzar el mágico poder de estas piedras que reflejaban llamas en los ojos femeniles, declamando nuevos versos de Petrarca. El clérigo italiano repitió sus cabezazos de aprobación; muchos volvieron á reir. El norteamericano grande y de cara afeitada se mantenía junto á él para no perder palabra.
—Es un truvador... un verdadero truvador—dijo á los que estaban cerca en un francés balbuciente, guiñando un ojo, no se sabía con certeza si por entusiasmo ó por burla.
Y sacando del bolsillo trasero de su pantalón un estuche de piel con media docena de cigarros habanos, extraordinariamente largos y gruesos, dió uno de ellos al guía.
—Gracias, gentleman; lo fumaré á la noche. Ahora puede enturbiarme la voz.
Entraron en la Gran Capilla, la pieza más vasta del piso alto. Para remediar su desolada desnudez habían colocado en medio de ella una reproducción de la tumba del cardenal Albornoz en la catedral de Toledo. Las murallas tenían como adorno otros vaciados en yeso que representaban cabezas de personajes en relación con los Papas aviñoneses y con el Gran Cisma, sacados todos ellos de lápidas y tumbas.
Borja se fijó especialmente en el rostro de Carlos IV de Bohemia, rey de Praga, que llegó á ser emperador de Alemania, y cuyo hijo Segismundo convocó el famoso concilio de Constanza, acabando con el cisma, aunque sin llegar á vencer nunca al tenaz Pedro de Luna. Carlos IV, barbudo, con anchos pómulos y la nariz algo respingada, tenía una expresión de eslavo simpático. Un pequeño cuadro contenía autógrafos del mismo papa Luna y una copia de su retrato guardado en el archivo de la Corona de Aragón.
No pudo continuar su examen. Empezó á extenderse por la vasta cámara un cántico que parecía sobrehumano. Era semejante al coro de «voces humanas» de ciertos órganos modernos de las iglesias. En realidad, sonaba una voz única, pero los diferentes ecos de la piedra hacían surgir de los rincones nuevas y nuevas voces, fundiéndose todas ellas hasta formar una armonía dulce, vagorosa, semejante por su contextura á las ramas diversas de un árbol, que se esparcen y multiplican, pero teniendo un mismo origen: el tronco común. Y el tronco de este canto era la voz del hijo del felibre, una voz de tenorino, que amplificaba la sonoridad repitiéndola en diversos tonos, como si rodase por un horizonte infinito.
El norteamericano de los cigarros sonreía, fijos sus ojos en el cantor con admirativa protección. Mientras tanto, aquél seguía entonando sus estrofas provenzales á Magalí con el entusiasmo de un hombre del Mediterráneo, apasionado, falso é ingenuo, todo al mismo tiempo. Cuando se extinguieron los últimos ecos, saludó agradeciendo los aplausos algo irónicos de la concurrencia.
—Fíjese—dijo Borja en voz baja—; no se sabe con certeza quién se ríe de quién. Estos hombres de fervor meridional son desconcertantes; nadie puede marcar dónde termina su entusiasmo exagerado y empieza una burla, falsamente bonachona.
Algunos le felicitaron por su canción y su eterna alegría.
—Es que yo soy un idealista—dijo con gravedad—. No tengo envidia á Rothschild ni á Rockefeller; me río de los grandes millonarios. Viven menos alegremente que yo. No son idealistas.
Ascendieron por una pequeña escalera de caracol al último piso de cierta torre, desde cuyas ventanas se veía todo Aviñón y la campiña circundante. Aquí lanzaba siempre el hijo del felibre la más vehemente y larga de sus oraciones.
Emprendía su declamación de una manera automática, como el que desea terminar cuanto antes, pero su voz se iba caldeando, sus brazos acompañaban con movimientos vehementes la emisión de las palabras, y cada vez añadía nuevas imágenes á sus descripciones. Dió nombres á todos los edificios asomados sobre la monotonía de las techumbres modernas: la torre del Municipio, llamada de Jaquemart por las figuras de bronce que golpean sus campanas con martillos; los otros campanarios, más ligeros, de parroquias y monasterios, que habían guardado las tumbas de la época pontificia hasta fines del siglo XVIII, cuando Aviñón dejó de ser Estado de los Papas de Roma y arrastrada por sus habitantes afectos á la Revolución se incorporó á la primera República francesa. Una de estas torres, rematada por un triángulo de hierro, era la de un convento, ya secularizado, donde había existido la tumba de Laura de Noves, amada de Petrarca.
Abandonando con sus ojos la ciudad, iba describiendo las bellezas de una tierra que los amigos de su padre llamaban la Ática provenzal. Una montaña, enorme en este país relativamente llano, cerraba gran parte del horizonte. Los bosques obscurecían dos tercios de sus declives. La cúspide era de rocas desnudas, pero dicha calva se cubría la mitad del año con un casquete de nieves.
—Es el monte Ventoso, señoras y señores, y á la derecha, donde termina su vertiente, está Vaucluse, con su fontana inmortal, retiro del gran Petrarca, el cual cantó, como podría hacerlo el divino Apolo, su límpida corriente:
Chiara, fresche e dolci acque
Repitió en italiano los versos del solitario de Vaucluse, y aunque los más no lo entendieron, todos escuchaban graves y atentos, sin reir como al principio de la visita.
Aquel diablo de hombre, entusiasta y marrullero á la vez, parecía haberles contagiado su fervor provenzal. Señalaba con la diestra bellezas ocultas en el horizonte que nadie podía distinguir, pero él se encargaba de hacerlas ver mediante sus descripciones. En el lado opuesto al Ventoso alzábase la cadena de las Alpillas, montañuelas cuya altura no pasaba de unos centenares de metros, pero de formas raras, con pitones rocosos semejantes á los pináculos de una catedral. Más lejos, el invisible pueblo de Vaux, coronado de castillos de caliza blanca, el famoso templete de la reina Juana, la abadía de Montmajor, con almenas y torres como una fortificación, el pueblecillo de Maillane, y junto á él, la granja que había habitado Mistral. Como si el nombre del poeta le enardeciese, elevó la voz, chispeando en sus ojos un brillo extraordinario.
—Aquí el canto de los ruiseñores en los olivares; el coro de las cigarras bajo el tomillo y el romero, incensarios silvestres de la soledad; el vuelo poderoso de las codornices y el balanceante y tenue de las mariposas de púrpura ó de oro; el arrullo acariciador de las tórtolas; las serenatas de guitarras frente á los palacios provenzales, cuyas piedras parecen cantar.
Y entusiasmado por sus propias palabras, se puso el bastón ante el pecho lo mismo que si fuese un laúd, acariciando cuerdas invisibles con los dedos de su mano derecha.
—¡Oh, truvador!... ¡Truvador!—volvió á suspirar á sus espaldas el norteamericano.
Avanzaron por corredores excavados en el grueso de los muros. Tenían éstos un espesor de varios metros, y las necesidades del servicio diario ó de la defensa habían hecho que los perforasen lo mismo que en las Pirámides y otras obras remotas construídas en bloque. Ascendieron por escaleras abiertas igualmente en los muros. Formada la comitiva en hilera, los más de sus individuos veían al nivel de su rostro los pies del que marchaba delante.
En una de estas subidas, Rosaura vaciló sobre sus altos tacones, cayendo contra Claudio, que iba detrás de ella. Este la sostuvo, y sus manos se estremecieron al sentir el contacto de unas piernas firmes, esbeltas, de finura sedosa. Fué tal su emoción, que después de este accidente pareció haber olvidado el lugar donde se hallaba, no comprender lo que decían en torno de él. Sólo tuvo ojos para la silueta femenina que le precedía en su camino.
Al pasar los altibajos entre varias cámaras, él tropezó también, rozando ligeramente á su acompañante. Tal vez fué á causa de su turbación ó de un instinto irreflexivo que le empujó á repetir el perturbador contacto. Ahora se explicaba la influencia dominadora de atracción y deseo que parecía esparcir esta mujer. Las hermosas brujas de sus ensueños, Venus y Lilit, volvieron á despertar en su memoria.
La voz del truvador y un ligero golpe de codo de su acompañante le sacaron de tal abstracción. El guía hablaba con los ojos fijos en Borja, como si preparase algún párrafo en su honor. Estaban en un salón de paredes blancas, adornado con nueve retratos.
—Estos son los Pontífices aviñoneses, señoras y señores. Siete de ellos gobernaron la Iglesia universal sin discusión alguna. El octavo y el noveno sólo se vieron obedecidos por una parte de la cristiandad, y aunque se ha discutido mucho sobre ellos, fueron tan Papas como los otros.
El era católico y provenzal. Evitaba mezclarse en disputas religiosas, pero no consentiría jamás que se pusiera en duda la legitimidad de dos Pontífices de Aviñón, sobre todo el último, Benedicto XIII, el gran papa Luna, después que Mistral lo había cantado en uno de sus poemas. Por algo era hijo de felibre.
Y señaló uno por uno á los Pontífices, asignándoles una particularidad para que sus oyentes los viesen mejor. El primero, Clemente V, arzobispo de Burdeos, no era del país. A continuación reinaba Juan XXII, obispo de Aviñón, y venían tras él cinco más, todos lemosines ó provenzales. Benedicto XII, que empezó la construcción del palacio, llamado «el Cardenal Blanco» porque vestía siempre el hábito de su orden; Clemente VI, Papa protector de artistas y amigo de suntuosidades, el más famoso de todos; Inocencio VI, administrador como nadie de los bienes de la Iglesia; Urbano V, antiguo prior de la abadía de San Víctor, en el puerto de Marsella, que volvió á Roma cediendo á las súplicas de los italianos y á las visiones de ciertas santas, teniendo que regresar á Aviñón por serle imposible su permanencia en Italia; finalmente, Gregorio XI, que se plegaba á idénticas sugestiones, repetía el viaje y moría en Roma, dando motivo, sin quererlo, al llamado Gran Cisma de Occidente.
Luego señalaba los dos últimos retratos.
—Este es Clemente VII, el primer Papa de la llamada «obediencia de Aviñón», pariente de los reyes de Francia, que quiso tomar el mismo nombre del gran Clemente VI. Este otro, el español don Pedro de Luna, último Papa de Aviñón, muerto en Peñíscola (España), sosteniendo hasta el último momento la legitimidad de su pontificado.
Y saludó á Borja y á su acompañante con la misma reverencia que si les prestase homenaje como herederos del mencionado Papa.
Ellos no vieron su saludo, ocupados en mirar el retrato de un pequeño sacerdote sentado en un sillón de alto respaldo, con esclavina y gorro de terciopelo rojo ribeteados de armiño. Su rostro era de un moreno que recordaba el color de la corteza del pan; sus ojos, pequeños y luminosos, tenían una agudeza taladrante. Este rostro, según Borja, revelaba á un verdadero aragonés. Sólo así podía haber sido el más testarudo de los aragoneses, y eso que, según explicó á la criolla, los hijos de Aragón gozan tal fama de tenaces que pueden clavar un clavo en la pared empleando su cabeza como martillo.
Continuó la comitiva marchando por este gran palacio que treinta años antes servía aún de cuartel. Los frescos que no habían desaparecido enteramente iban surgiendo del enjalbegado de los muros gracias á un hábil trabajo de restauración.
La sala inferior de una torre que había sido capilla conservaba enteras las pinturas de sus paredes. Eran escenas religiosas y profanas, con figuras blancas y rubias sobre fondo azul: el famoso azul ultramar, traído del Asia por las caravanas, y tan caro en aquella época que los Papas adelantaban dinero para su adquisición por no poder comprarlo los artistas.
Siguieron caminando á lo largo de balconajes exteriores, con almenas, que coronaban las murallas. Estos matacanes eran de tal longitud, que los defensores del castillo podían arrojar vigas de varios metros sobre los asaltantes. Por encima de las techumbres, entre dos torres, vieron una pirámide de piedra, estrecha y alta, formada de pequeños escalones: la antigua chimenea de las cocinas papales. Dichas cocinas, enormes y ahumadas, las habían creído algunos arqueólogos, en la época del romanticismo, cámaras de la Inquisición, donde los Papas daban tormento á sus enemigos.
En otra torre encontraron una pieza adornada por Clemente VI con pinturas representando las bellezas del campo. Eran estos frescos á modo de una aurora del Renacimiento, ensalzando la alegría de vivir. Ninfas medio desnudas surgían chorreantes de un arroyo, huyendo ante la proximidad de los cazadores; un ciervo corría acosado en las praderas; pájaros colorinescos aleteaban sobre las copas de los árboles; campesinos y campesinas iban arrancando de sus ramas hermosas frutas; en viveros cuadrados nadaban ventrudos peces de plata.
Toda la vida libre de la Naturaleza había sido fijada sobre estas murallas extraordinariamente anchas, sin más respiraderos que angostos ventanales. Los Papas, aislados en su fortaleza, podían deleitarse gracias á dichas pinturas con un simulacro de la hermosura del campo. Pretendían consolar de tal modo sus nostalgias por la perdida juventud, cuando aún eran desconocidos, y se dedicaban libremente á los ejercicios corporales, á cabalgar por cuestas y llanuras, á la caza y á la pesca.
Los visitantes más ágiles ó animosos subieron por una larguísima escalera á las techumbres del palacio-fortaleza. El hijo del felibre quedó abajo con los más viejos de sus oyentes. No iba él á emprender tal ascensión cuatro veces por día.
—Contemplarán ustedes cosas inolvidables—dijo con cierta malicia, mientras parecía empujarlos hacia lo alto con la punta de su expresivo bastón.
Borja vió otra vez cerca de su rostro el adorable bulto de Rosaura, que ascendía delante de él. Percibió su perfume tentador. Las revueltas de aquella escalera estrecha provocaron nuevos contactos, aumentando su turbación.
Todos respiraron un aire que parecía de montaña al llegar á la terraza final. El paisaje era más amplio y claro que el descrito por el guía junto á las ventanas de una de las torres. Desde aquí podían ver el ancho Ródano, de corriente impetuosa, peinando sus espumas en los estribos del puente roto de San Benezet, que aún guardaba la vieja capilla de éste sobre uno de sus machones.
La ribera de enfrente, interminable en apariencia, era una isla. Se adivinaba por los mástiles de varias chalanas invisibles asomando sobre árboles y juncales. Más allá, nuevas masas de verdura, y el terreno empezaba á levantarse en colinas, formando la verdadera orilla opuesta. En ella terminaban en otros siglos los diez y ocho arcos del puente de San Benezet, admirado como el más largo del mundo. Una gran torre cuadrada, obra de Felipe el Hermoso, defendía la salida del puente de un ataque por la parte de Provenza. Detrás empezaba la Francia de la Edad Media.
Más allá de dicha torre vieron extenderse el caserío secular del pueblo de Villeneuve, con su corona de fortalezas ruinosas. En la época próspera de la corte papal había sido una prolongación de Aviñón. Los cardenales que no encontraban alojamiento en la ciudad se establecían en Villeneuve. Los refugiados políticos, los servidores de los séquitos señoriales, la muchedumbre de las grandes peregrinaciones, pasaban también el larguísimo puente para instalarse en la población inmediata.
Vieron casi á sus pies anchos y extensos muelles. Antes del ferrocarril, era Aviñón un puerto importante. Las barcazas se amarraban en filas interminables para transportar al Mediterráneo los productos del interior ó subir hasta el corazón de Francia las materias de Oriente desembarcadas en Marsella. Ahora sólo algunos lanchones tirados por remolcadores subían el Ródano con lentitud, entre islas de arena dorada, largas como peces, que el descenso del río hacía emerger.
Un sol tibio y dulce de primavera, un cielo añil limpio de nubes, un viento fuerte pero tolerable, que Borja consideraba como nieto bien educado del salvaje mistral, alegraron á los visitantes, después de su largo paseo á través de salas y galerías de piedra iluminadas por estrechos ventanales. Todos sintieron el regocijo de una embriaguez pulmonar semejante á la que se paladea en las grandes cumbres.
Rosaura se ocupó en defender la parte baja de su vestido de las irreverencias del viento, empeñado en levantarla, y como tenía ambas manos dedicadas á dicho trabajo y era propensa al vértigo de las alturas, buscó protección y apoyo en Borja. Éste, que había viajado mucho por Europa, empezó á manifestar un entusiasmo especial ante el paisaje de Aviñón, con su Ródano de pequeñas olas bermejas, sus colinas cubiertas de viñas, sus castillos ruinosos en las cumbres. Por su gusto hubiese permanecido allí el día entero contemplando la graciosa majestad de la antigua Babilonia papal. Esto le habría permitido igualmente sentir por más tiempo en todo un lado de su cuerpo el contacto estremecedor de otro cuerpo, apoyado con un abandono del que tal vez no se daba cuenta.
Siguiendo á sus momentáneos compañeros, que ya habían visto bastante, descendieron por el pétreo caracol de escalones. Rosaura bajaba delante de él, y sólo pudo ver ahora su blanca nuca, los rizos de su cabellera, corta como la de un paje, y el gracioso gorrito que la cubría.
Cerca de la puerta del palacio encontraron al hijo del felibre saludando uno por uno á sus antiguos oyentes. Tenía el kepis en su diestra, y al moverlo producía dentro de él ruidos metálicos. Toda mano, antes de alejarse, arrojaba una pieza de uno ó dos francos, y el truvador sonreía agradecido.
Puso Rosaura con discreta ligereza en el fondo del kepis un billete de veinte francos, y el guía creyó caso de conciencia no dejarla seguir adelante sin expresar su agradecimiento con algo extraordinario.
—Dijo Petrarca al Pontífice: «Padre Santo, el color de oro de estas piedras, el cielo puro reflejándose en el Ródano, los verdes campos de Aviñón, las aguas frescas de Vaucluse, ruiseñores, mariposas, serenatas, todo junto, nada vale lo que la sonrisa y los ojos dulces de una dama.»
Hizo acto seguido una genuflexión, como si pretendiera arrodillarse ante la hermosa señora, pero no pudo dar fin á su homenaje por tener que presentar el kepis á otros que venían detrás.
Borja se mostró irritado contra este hombre de inagotable exuberancia verbal.
—¡Embustero! No hace más que inventar disparates, poniéndolos en boca de Petrarca ó de sus Papas.
La hermosa viuda rió, como si le complaciese el enfado de su compañero.
—¡Pobre hombre! Déjelo en paz. No me negará que es un guía interesante y poético. ¡Y yo que guardaba un recuerdo tan falso de su persona!... Cualquiera diría que está usted celoso de él.
Atravesaron la bóveda de entrada, viéndose otra vez en la extensa plaza abierta por don Pedro de Luna.
Imitó Borja irónicamente las palabras y gestos del guía:
—Yo soy un idealista; soy más feliz que Rothschild y Rockefeller. Ninguno de ellos es idealista como yo... Y á continuación el soñador presenta su kepis para que le echen dos francos.
Rosaura le miró con ojos graves. Su rostro fué igual al que había visto Claudio la noche antes frente á la carta del mariscal de Napoleón pidiendo las codornices de su juventud.
—Para ser idealista—dijo lentamente—, para poder soñar, es preciso antes poder vivir... ¡Y nuestra vida nos obliga á tantas abdicaciones!...
V El hijo de micer Petracco
Dejaron atrás los baluartes rosados de Aviñón, y el automóvil corrió á través de la campiña por un camino orlado de álamos.
Se alejaban de la cuenca del Ródano y el vehículo subía insensiblemente el declive de las colinas que limitan su valle fluvial. Iban hacia el nacimiento del Sorges, afluente del Ródano, que se pierde cerca de Aviñón, á la célebre fontana de Vaucluse, origen de este curso acuático, siempre claro y frío.
Borja habló á la señora de Pineda del hijo de micer Petracco, como él llamaba al gran lírico italiano. Había nacido en Arezzo por un azar de la vida política de su padre, educándose luego en la tierra papal de Aviñón.
Micer Petracco (Pietro di Parenzo) era un notario de Florencia que se vió obligado á huir de su ciudad en 1301, lo mismo que su amigo el Dante. Pertenecían los dos á la facción democrática del partido güelfo, llamada de «los blancos», y al triunfar «los negros», ó sea la facción aristocrática, éstos quemaron sus casas, confiscaron sus bienes y los condenaron á perpetuo destierro. Muchos proscritos se juntaron en Arezzo para preparar una revolución, y en este destierro nació tres años después Francisco Petracco, ó sea el hijo de Petracco, nombre que se fué transformando en Petrarco y finalmente en Petrarca.
Abandonó el notario de Florencia al Dante y sus otros compañeros de proscripción para trasladarse á la ciudad de los Papas, donde eran muchos los desterrados italianos. La escasez de casas en Aviñón y la carestía de la vida le obligaron á instalarse en Carpentras, y aquí fué donde su hijo empezó sus estudios, teniendo por compañeros á varios jóvenes que alcanzaron después altos cargos en la corte papal, sirviéndole de protectores. Su padre quiso hacer de él un hombre de leyes, pero Petrarca, entusiasmado por la literatura antigua, prefirió la gloria de ser un humanista, orgullo de sus maestros.
—Su primer amor lo concentró en la Roma antigua, ansiando verla otra vez señora del mundo. Por eso atacó á los Papas de Aviñón, no obstante recibir sus mercedes. Le parecía intolerable verlos á orillas del Ródano, mientras la antigua urbe iba cayendo en ruinas, despoblada por interminables guerras feudales.
El poeta, al ser hombre, vivió en Aviñón, figurando en la corte de los Pontífices. Como muchos intelectuales de su tiempo, había recibido las órdenes menores para gozar prebendas eclesiásticas, sin los deberes del sacerdocio. Vivió siempre con la libertad de un laico, cobrando al mismo tiempo las rentas de las canonjías y beneficios con que le favorecieron los Papas. Gracias á tal auxilio pudo llevar una vida no ostentosa, pero sí abundante y cómoda. Su jardín de Vaucluse y su gran biblioteca fueron los dos lujos de su existencia.
Empeñado en hacer revivir la literatura latina, copiaba él mismo ó costeaba copias de los autores más célebres del pasado, llegando á reunir centenares de volúmenes, lo que resultaba inaudito en aquella época. Su amistad con el joven cardenal Orsini, antiguo camarada en la escuela de Carpentras, le permitió vivir entre los lujos y suntuosidades de los príncipes de la Iglesia.
—Fué también—siguió diciendo Borja—admirable viajero, no obstante los enormes riesgos que era preciso arrostrar en aquella época, aun en los caminos más frecuentados, pues las tropas mercenarias se dedicaban al bandidaje durante las treguas de la guerra. Dos camaradas de Petrarca murieron asesinados por bandoleros al ir de Aviñón á Roma. Papas y reyes tenían que esperar circunstancias favorables para trasladarse de un lugar á otro, y se rodeaban de tantas precauciones al emprender un viaje como si partiesen á una expedición militar.
Petrarca, que no era rico, viajó más que ningún hombre de su tiempo. Necesitaba de pronto huir de Aviñón y también de Laura, cuyo recuerdo le seguía á todas partes. Así corrió Italia, Francia y los Países Bajos. En otra ocasión visitó embarcado la costa mediterránea de España, pasó por Gibraltar y no paró hasta Inglaterra.
—Para hacer el elogio de la familia de Orange, que le interesaba mucho por lo que diré luego, como orange significa «naranja», la compara en uno de sus escritos con las hermosas naranjas de Murcia.
El enamorado poeta pensaba como Homero que sólo se disipa la propia ignorancia á fuerza de remover el cuerpo y el espíritu, yendo de un lado á otro. Fué el Viernes Santo de 1327 cuando ocurrió el suceso más importante de su existencia, al entrar él en la iglesia de Santa Clara de Aviñón. Allí encontró á Laura de Noves, joven noble, de púdica hermosura, rubia, con ojos claros. Ella y el poeta cruzaron sus miradas, y esto sirvió para unirlos todo el resto de su existencia.
—Esta Laura de Noves era la esposa de un rico señor de Aviñón, Hugo de Sade, ascendiente del célebre marqués de Sade, el novelista monstruoso. La heroína del amor más ideal y desinteresado que se conoce aparece, por un capricho de la vida, emparentada con el más demente de los libertinos... Usted sabrá que Laura tuvo nueve hijos de su marido y fué indiscutiblemente una esposa fiel.
Rosaura, que le escuchaba con atención, hizo un gesto de incredulidad.
—Nunca he podido comprender eso, y creo que á todos les pasa lo que á mí. Va más allá de nuestras ideas modernas. Amarse durante tantos años, vivir los dos en la misma ciudad, ser ella una mujer casada, de experiencia, libre en sus actos, y no haber nada... ¡absolutamente nada!
La viuda sonrió, mostrando al mismo tiempo cierta confusión por la audacia de sus insinuaciones.
—No hay que olvidar—contestó Borja—el espíritu de aquel tiempo. Petrarca fué casi un contemporáneo de la época caballeresca. Su alma era semejante á la de los paladines de los relatos heroicos, que corrían el mundo rompiendo lanzas por su dama y sólo obtenían de ella un guante ó una cinta. Vivió en el período del amor idealista y desinteresado.
Después de hablar así, con cierto entusiasmo, el joven sonrió, casi lo mismo que su acompañante.
—Debo añadir que la vida se permite jocosas venganzas con los que pretenden sustraerse á sus mandatos. Mientras Petrarca cantaba á Laura, su «dulce enemiga», quejándose de sus desdenes y de su fidelidad matrimonial, sostenía relaciones «materiales» con una mujer de Aviñón, de la que tuvo dos hijos, Juan y Francisca. Juan siguió la carrera de su padre. Clemente VI le dió un canonicato en Verona (por favorecer al poeta), dispensándole la edad, pues sólo tenía nueve años. Francisca vivió en Florencia al lado de Boccacio, gran amigo de Petrarca, mientras éste rodaba por el mundo ó escribía en su retiro de Vaucluse.
Después de remontar el automóvil varias cuestas empezó á descender, perdiendo de vista sus ocupantes el valle del Ródano y el caserío de Aviñón, erizado de torres. Otro valle se extendía ahora ante ellos, con pueblecitos agazapados al pie de colinas que sustentaban restos de castillos. En el fondo, obstruyendo gran parte del horizonte, vieron la pirámide inmensa del monte Ventoso.
—Una nueva Laura se ha descubierto—continuó Borja, que parece más verosímil y aceptable que la dama casada de los nueve hijos. Fué un abate de la familia Sade quien lanzó y afirmó la versión de que Laura había sido una señora de su parentela. Otros creen que la amada del poeta fué Laura de Baux, de la familia Orange, que vivía en un castillo cerca de Vaucluse. Se mantuvo soltera, y sus gustos literarios, su figura romántica, concuerdan más con el poeta. Laura de Noves murió de la peste que tantas víctimas produjo en la ciudad papal. Laura de Baux, joven, de salud frágil, murió de consunción (nombre que daban entonces á la tisis) estando ausente su cantor. Pero sea una ó sea otra, hay que agradecer la resistencia que opuso siempre á sus deseos. De haber cedido al poeta, no tendríamos ahora sus canciones de amor ni sus sonetos.
Petrarca la describía tal como la vió por primera vez, bien fuese el Viernes Santo en una iglesia de Aviñón ó bien en el castillo inmediato á Vaucluse: «más blanca y más fría que la nieve en los lugares que el sol no ha tocado en muchos años, con una cabellera rubia, al lado de la cual el oro y los topacios parecen vencidos; vistiendo larga túnica de seda verde bordada de violetas». Cantaba fervorosamente «la iglesia donde ella ora, los bosques y las rocas que la ven pasar, el río donde baña su cuerpo».
—Es en el arte un precursor de la escuela de la Naturaleza, de la descripción literaria que quinientos años después adoptó el naciente romanticismo. Es Platón expresándose por medio del verso. En sus canciones habla del mundo de las aguas, de las montañas y las selvas, como un poeta moderno. La fuente de Vaucluse es para él un personaje viviente. Su amor á la Naturaleza le hizo permanecer alejado de las calles de Aviñón, en el lugar adonde vamos ahora, bastándonos para el viaje menos de cien minutos de automóvil, pero que en aquel tiempo exigía casi una jornada.
Su casita junto al río Sorges, llena de libros y de recuerdos de la Roma clásica, estaba al pie de una colina rocosa, debajo del castillo del obispo de Cavaillon, señor del lugar. Más allá de su jardín poseía una pequeña isla de piedras, en la cual había aposentado á las Musas, «ya que las arrojaban de todas partes». Pero las ninfas del Sorges, descendiendo de lo alto de las peñas, azotaban á las Musas con sus inundaciones. Las mil vírgenes acuáticas se vengaban de que Petrarca prefiriese á «nueve solteronas viejas».
Varias veces abandonó este retiro. Al instaurar Rienzo la República romana, el poeta, entusiasmado, emprendía un viaje para reunirse con aquél. Pero antes de llegar á Roma se enteró del fracaso del tribuno y de su fuga, deteniéndose en Parma. Otra noticia más terrible vino á buscarle en el suelo italiano. Laura había muerto, y su cuerpo «tan hermoso y casto» reposaba en una iglesia de Aviñón.
—Volvió á Vaucluse para amar un fantasma. De todo cuanto le rodeaba, peñas, árboles y acuáticos murmullos, resurgieron imágenes y recuerdos, saliendo á su encuentro como melancólicos amigos. Otra vez abandonó su casita, el día en que, paseando por la orilla del Sorges, vió llegar á un mensajero del Senado de Roma.
La vieja ciudad deseaba coronarlo en su Capitolio, con una pompa algo teatral que recordase la de los antiguos triunfos romanos. Esta gran consagración era al hombre político, al patriota elocuente, al partidario de la unidad de Italia, más que al poeta.
—Aun el mismo poeta se vió glorificado por la parte más olvidada ahora de su obra. Lo aclamaron por sus méritos de humanista, por sus poesías latinas, especialmente por su poema África, escrito en dicha lengua, ó sea por lo que nadie de nosotros lee y hace siglos está olvidado. Su Cancionero, sus Triunfos, todos sus versos italianos, de sincero apasionamiento, que parecen escritos por un lírico de nuestros días, los consideraron entonces pueril diversión de erudito, frívolos jugueteos de su imaginación entre una epístola ciceroniana y una égloga á lo Virgilio. Esto demuestra la poca consistencia de los juicios literarios. Los hombres de su época no creyeron jamás en la existencia de Laura; fué para ellos un ser fingido al que dedicaba el tonsurado Petrarca los arrebatos de un amor puramente cerebral. Iguales entretenimientos se permitían con otras damas irreales los clérigos y prelados de entonces aficionados á los versos.
Nunca quiso decir el poeta el verdadero apellido de Laura. Si sus amigos más íntimos llegaron á convencerse finalmente de la existencia real de ésta, fué por revelaciones fragmentarias que Petrarca les hizo, casi siempre contra su voluntad.
Empezó á rodar el automóvil por la orilla de un río pequeño, claro, verde, de profunda nitidez, como ciertos espejos antiguos. Luego se deslizó entre casas: el pueblo de Vaucluse. Al salir de nuevo á la campiña, siguiendo su marcha junto al curso fluvial cada vez más amplio, un ruido de cascada invisible surgió del fondo del paisaje, uniéndose á los murmullos de la arboleda, balanceante bajo la brisa.
Era una caída de agua que Borja llamaba «discreta», pues en vez de ahogar los rumores del campo, se fundía con ellos en una concreción casi musical. Como el automóvil marchaba lentamente por el angosto camino, sin estrépito alguno, todos los ruidos aéreos, vegetales y acuáticos resultaban perceptibles para sus dos ocupantes. El río se deslizaba en sentido inverso, con ansiosa velocidad, cual si tirase de su curso el derrumbamiento de una lejanísima cascada. Era blanco y luciente, lo mismo que el acero, en los espacios donde estaba tocado por la luz solar; verde y profundo en los rincones de sombra, bajo la bóveda formada por los árboles y matorrales de sus riberas.
Se detuvo el vehículo, por no poder ir más allá, junto á la puerta rústica de un restorán al aire libre, entre el camino y la orilla. Esta lengua de tierra con verdes cenadores, mesas y asientos de junco ostentaba un rótulo en su entrada: «El Jardín de Petrarca». También existía junto á dicha puerta una especie de bazar portátil, cuyos objetos estaban adornados invariablemente con la misma cabeza que figuraba en muchas fotografías y tarjetas postales: perfil narigudo y majestuoso, tocado con capuchón de punta colgante y corona de laureles; el poeta, rey de este lugar.
Echaron pie á tierra, para seguir su marcha por un sendero que ascendía entre matorrales. Aquí empezaba la subida á la fontana de Vaucluse. Claudio explicó que en épocas de nivel ordinario surge el río en dicho lugar. Las aguas nacen en mansos surtidores circundados de espumas. Su nivel es el mismo de la fuente de Vaucluse cuando ésta tiene sus aguas bajas é inmóviles.
Continuaron ascendiendo entre grupos de vegetación, siempre verde y fresca por una perpetua humedad. Fueron quedando debajo de ellos y á sus espaldas los nacimientos ordinarios del río. Ahora avanzaban junto á un cauce en rudo declive, completamente seco, con montones caóticos de rocas. Servía de lecho á la cascada de Vaucluse, cuando la fuente sube de nivel y se desborda en tumulto, hasta llegar al sitio donde empieza en tiempos de sequía el curso normal del Sorges. Estas rocas negras, cubiertas de líquenes, las encontraba Borja parecidas á dorsos de elefantes hundidos en el cauce del torrente. Entre los peñascos obscuros se extendían como mallas de una red los blancos arabescos del sedimento calizo depositado por las aguas.
Se vieron de pronto sobre el borde superior de la fontana, laguna casi redonda en el fondo de un embudo de piedra. Este agujero enorme tenía á un lado la arista del derramamiento de la cascada, ahora en seco, y en el opuesto una montaña vertical, semejante al acantilado de una costa. Dicha pared de roca, siempre en la penumbra, desde el agua adormecida abajo hasta las inmediaciones de la cresta terminal, sólo tenía en su parte más alta un ribete de piedra gris, dorada por el sol. Parecía recta á primera vista, pero en realidad formaba un ángulo entrante, y sobre los intersticios de sus rocas habían nacido algunas higueras, al azar de los vientos cargados de gérmenes.
En el fondo del embudo la sombra era eterna. Se espesaba y aclaraba al ocultarse ó surgir el sol, pero hasta en las horas de mayor luz mantenía su color de crepúsculo tranquilo. La fuente parecía un ojo azul, aureolado de verde en sus orillas, donde el agua resultaba menos profunda. Borja la apreció como una pupila inmóvil de la tierra, guardadora de igual misterio que la Esfinge, el Himalaya ó los ríos padres, Ganges y Nilo.
Silencio profundo. Únicamente sonaban lejanísimos los cánticos del Sorges al escaparse al mismo nivel de estas aguas hundidas y muertas. El círculo acuático se hallaba ahora á veinte metros de profundidad, bajándose hasta él por la cuenca de piedra en declive.
Arrojó el joven varios fragmentos de roca en este redondel azul. Sonaba á continuación un ruido amortiguado, como si el silencio absorbiese las vibraciones del choque en vez de agrandarlas. Luego descendía la piedra, habiendo perdido la mayor parte de su gravedad, balanceándose como un péndulo, llevada de un lado á otro, cual si no pudiera abrirse paso en el espesor de las aguas sin fondo.
Comparó Borja este embudo líquido con el globo de un ojo humano y el nervio visual que lo prolonga. El ojo era la superficie circular, y después de ella existía una especie de tubo gigantesco, un desaguadero hundiéndose oblicuamente en la corteza terrestre, sin que nadie conociese su término. Las gentes del país contaban que objetos arrojados en fuentes de Suiza habían resurgido á la luz por este conducto subterráneo. Era indudablemente la boca de escape de un río que se deslizaba siempre oculto, centenares de kilómetros. Al experimentar una crecida se elevaba con vertiginosa rapidez, lo mismo que una caldera hirviente, cayendo rocas abajo en forma de cascada para agigantar más allá el caudal del tranquilo Sorges.
Cansados de arrojar piedras, se sentaron en dos rocas sueltas, donde empezaba el declive del embudo, teniendo á sus pies la charca sin fondo. Sentíanse intimidados por la soledad del lugar, por el agua misteriosa que parecía surgir de una arteria rota del planeta, por la sombra y el silencio. Borja admiró esta penumbra milenaria. Tal vez las paredes de la cascada, ahora en seco, no las había tocado nunca el sol. Era una sombra que databa del principio del mundo, en su forma presente.
Ella había mostrado cierto miedo al sentarse. Un paso en falso, el deslizamiento de una piedra, podía hacerlos caer á los dos en la sima acuática, y aunque tuvieran la suerte de quedarse en uno de los salientes sumergidos, que eran á modo de pequeñas playas cubiertas de piedrecitas, debía resultar terrible el contacto con aquella agua frígida, jamás caldeada por el sol. Luego quedó en muda contemplación, dejándose ganar por el augusto silencio.
Borja también permaneció abstraído ante el gran redondel azul, que cautivaba su mirada con el mismo poder mágico del fuego en las noches invernales. Rosaura se había sentado detrás de su amigo, obedeciendo las indicaciones de éste, dictadas por una galante precaución. De tal modo, si resbalaba, le serviría el joven de sostén. Al volverse de pronto hacia ella, hizo Borja un gesto de asombro y luego sonrió. ¡Ah, mujer!... Había abierto su cartera de mano para mirarse en un espejito; se arreglaba los rizos caídos sobre sus orejas, avanzaba la boca, frunciéndola en forma de redondel, para renovar con un lápiz rojo la pintura de sus labios.
Terminado este acicalamiento, se levantó del pedrusco. Sentía frío; pesaban sobre ella el silencio feroz y la penumbra de este lugar, que parecía de un mundo todavía sin habitantes. Él la dió una mano, ayudándola á descender entre arboledas charoladas por eterna frescura, con hiedras exuberantes en torno á sus troncos ó extendiendo sobre la tierra su obscuro follaje. Animados por la soledad, se imaginaban que este sendero les pertenecía y el último en pasar por él había sido el enamorado solitario de Vaucluse, seis siglos antes.
Rosaura sabía algo de Petrarca gracias á ciertas noticias fragmentarias y á las explicaciones de su acompañante; pero este viaje le había proporcionado una repentina admiración por el poeta, y juraba dedicarse á la lectura de sus libros, aun de aquellos escritos en latín, completamente olvidados, según Borja.
—¡Sentirse amada idealmente!—dijo pensativa—. Un hombre que se contentase con besar la mano y no exigiese «materialidades», que muchas veces nos resultan molestas é inoportunas... ¡Verse adorada sin interés, con una pasión casta y sincera!...
—Pero usted olvida—interrumpió el joven—los hijos que tuvo el poeta y los hijos que tuvo también Laura de Noves con su marido, si es que verdaderamente fué ella.
—No importa; esos obstáculos valen menos que usted se imagina y no resultan incompatibles con el enamoramiento de que le hablo. Ustedes los hombres sólo buscan... «eso». Sin ello no conciben el amor. Las mujeres pensamos de otra manera. Somos menos sensuales que ustedes se figuran y en cambio aspiramos á muchas cosas que ustedes no comprenden.
Entraron en «El Jardín de Petrarca», y el dueño acudió presuroso, abandonando la conversación con el chófer de Rosaura, un español que estaba á su servicio desde que ella llegó á Europa.
Recordó Borja las descripciones de Petrarca sobre la abundancia de la caza y la pesca en su retiro campestre. Truchas y perdices figuraban con frecuencia en su mesa rústica. El dueño del restorán, que consideraba la fama del poeta como algo anexo á la gloria de su establecimiento, contestó con gesto triste:
—Eso fué en aquella época. Las truchas hace siglos que desaparecieron; pero les serviré unos cangrejos «á la americana», que todos encuentran excelentes, y las perdices serán sustituídas por un pollo tiernísimo.
Almorzaron en la misma orilla del Sorges, sirviendo de coro á su conversación una caída de agua próxima que refrescaba al pasar el vivero de los cangrejos. Sobre el mantel blanco y rosado quedó erguida una botella del vino más famoso del país, el «Châteauneuf-du-Pape», grueso, generoso, de gran fuerza alcohólica. Al deslizarse con roce aterciopelado por el paladar del imaginativo Borja, le hizo ver una gran capa pontifical de púrpura obscura, bordada de múltiples flores en realce, toda ella majestuosa y flexible á la vez, adaptándose al cuerpo con envolvente caricia.
Rosaura, seducida por el murmullo de las aguas y la frescura de la sombra, después de su reciente viaje desde París, á lo largo de monótonas y polvorientas carreteras, envidió el retiro de Petrarca, juzgándolo un lugar paradisíaco.
—Siento la tentación de construir una casita aquí. Viviría lejos del mundo, no escribiría versos, pues soy una pobre ignorante; pero le aseguro que sabría paladear tan bien como el poeta las bellezas de este sitio. ¡Qué feliz debió ser al lado de este río, pensando en su Laura!...
Hizo Borja un gesto de incredulidad. ¡Si las buenas épocas pudiesen durar eternamente!... Mas los años pasan, y con ellos la juventud y la voluntad de vivir. El hermoso panorama de Vaucluse fué ensombreciéndose para Petrarca. Repetidas veces volvió á él, encontrándolo en cada viaje más triste, más solitario. Laura ya no era más que un fantasma. Sus amigos y protectores de Aviñón habían muerto ó se habían alejado. Hasta un vecino del pueblo que le servía de doméstico largos años, y sin saber leer manejaba sus libros ayudándole por instinto en las eruditas rebuscas, moría también.
—Su hija vivía en Florencia y le llamaba. Su hijo Juan le había dado muchos disgustos con los escándalos de su juventud licenciosa, acabando por morir prematuramente. Además, los Papas de Aviñón se decidían á trasladarse á Roma, realizando al fin el ideal patriótico al que había dedicado Petrarca la mayor parte de su existencia... Y abandonó Vaucluse para siempre, instalándose en la italiana Arqua porque tenía cierta semejanza con este lugar á causa de sus aguas y sus arboledas. Había dejado aquí su amor, su juventud, la mejor parte de su vida: aquí había escrito sus obras más famosas.
Para olvidar su vejez, se dedicaba ardientemente al trabajo, llegando á emplear hasta cinco secretarios á un mismo tiempo en su retiro de Arqua. Y una tarde, como el soldado que muere de pie apoyado en su lanza, lo encontraron inánime en su biblioteca, caído sobre un libro. Tal vez, en esta agonía rápida y solitaria, su último pensamiento fué para Vaucluse.
Rosaura le hizo callar con exagerada indignación.
—Borja, ¡por Dios! no hable de la muerte. Deje vivo á Petrarca. Los poetas no deben morir. Y vivamos nosotros también, gozando la hermosura de la hora presente, en absoluto olvido de lo que puede venir luego.
Comieron con una alegría de vagabundos que encuentran buena posada en su camino. El propietario del «Jardín de Petrarca» saludó confuso al oir los elogios que una señora tan elegante dedicaba á su pobre cocina. Borja miró con asombro la botella de «Châteauneuf». Ya estaba vacía y aún no les habían servido el pollo asado. Pidió otra, á pesar de la risueña protesta de su acompañante.
—No, Claudio, sea usted prudente. Este vino es muy fuerte y nos va á embriagar.
El dueño del restorán, confiando el servicio á dos muchachas, empezó á conversar con el chófer, que comía en una mesa lejana, oculta por unos árboles.
—Es una gran señora—le dijo el español—, ¡y tan generosa, tan sencilla con los de su casa!...
Dulcemente turbados por el ambiente y el vino de los Pontífices, miraban Rosaura y Claudio alrededor de ellos, cual si quisieran fijar para siempre en su memoria las bellezas del rumoroso paisaje. Más allá del rectángulo de sombra proyectado por un toldo á rayas, trazaban los árboles sobre el asfalto del suelo manchas inquietas de oro luminoso. Todos ellos habían sido invadidos por las plantas trepadoras, manteniendo sus troncos ocultos bajo un forro vegetal. Se inclinaban sobre el río, que era azul en su parte media y verde en las orillas, por el reflejo de los apretados matorrales.
Un peñasco en mitad de la corriente cortaba su alborotado curso, haciéndola derrumbarse en caídas espumosas por ambos lados de su negra masa. Estos raudales entonaban una melopea interminable, que servía de fondo armonioso á las otras voces de la Naturaleza. Al recobrar más abajo su transparencia, se formaban en el agua nítida pequeños remolinos semejantes á flores de cristal. También surgían de su fondo enjambres de burbujas blancas volando cual si fuesen mariposas del río. En los remansos desaparecía el lecho bajo masas de plantas acuáticas con hojas verdes y prolongadas, iguales á las del laurel.
Borja se creyó galvanizado por una energía extraordinaria, sintiendo al mismo tiempo la comezón de la inquietud. Estaban solos. Su compañera parecía otra mujer, con los ojos muy brillantes, la risa de tono varonil, y una confianza descuidada en sus palabras, cual si los dos perteneciesen al mismo sexo. Cierta dualidad interior, surgida siempre en los momentos críticos de su existencia, le hacía dudar. Una voz que él solo podía oir le daba consejos. «Vas á hacer una tontería. Vas á perder una amistad agradable... Te avergonzarás al darte cuenta de tu acción ridícula.»
De pronto se vió cogiendo por encima de la mesa una mano de Rosaura é intentando besarla.
—¡No, Borja!—protestó ella, súbitamente grave—. No sea niño. Va usted á hablarme de amor, de la felicidad de vivir aquí juntos... ¡música conocidísima! lo que podría decirme el último necio del mundo en que vivo... ¡Y usted se cree un hombre de talento!... Suelte mi mano. Un beso en la mano no significa nada; me los dan á cientos como saludo, lo mismo que á las otras mujeres. Pero aquí no lo tolero. Aquí significa otra cosa.
Y sacó su mano con rudo tirón de entre las dos que la acariciaban.
—Usted no me creerá—contestó él humildemente—, y sin embargo todo lo que le diga ahora no puede ser más cierto. ¿Se imagina que sólo nos conocemos desde que la vi en Madrid?... Error; yo la conozco desde que empecé á pensar. La he visto siempre, la he estado esperando toda mi vida, y ahora que al fin cruza usted mi camino se burla de mi admiración, me cree uno de tantos que la habrán buscado únicamente por el deslumbramiento de su belleza.
Ella rió de la seriedad con que el joven profería tales palabras.
—Tome su café, Claudio—dijo maternalmente—. Pasemos tranquilos este día tan hermoso. No crea que me ofenderé si deja de hacerme la corte. Al contrario, deseo que hablemos como dos amigos. Tráteme lo mismo que si fuese un camarada.
Pero Borja, enardecido por sus propias palabras, no pudo tranquilizarse.
—¡Cuánto ha tardado usted en llegar!—prosiguió—. La conozco mejor que usted misma. Eternamente será joven, y sin embargo tiene miles y miles de años. Es tan antigua como el mundo, tan remota como la vida.
Aquí Rosaura empezó á reir y le hizo un saludo irónico:
—¡Qué galanterías tan nuevas! Vieja... antigua... miles de años... Muchas gracias; es usted muy amable.
El joven continuó, como si hablase para sí mismo:
—La he visto en los libros, en los cuadros, en todo lo que soñaron los hombres para concretar la suprema hermosura. Usted es Venus, es Helena, es la gracia y la tentación que embellecen la vida. Usted no envejecerá nunca; tiene la inmortalidad de los dioses.
Ella agitó su cabeza con graciosos movimientos de aprobación.
—Eso está mejor. Se ha enmendado usted y dice cosas más agradables. Puede seguir...
Una música vulgar, alegre, de ritmo frívolo, rasgó de pronto el rumoroso coro de las aguas y las hojas. «El Jardín de Petrarca» poseía un piano eléctrico, como todos los merenderos establecidos en las inmediaciones de las ciudades, y su dueño creyó llegado el momento de hacerlo funcionar al ver que sus dos únicos clientes habían terminado el almuerzo.
Los pies de Rosaura empezaron á moverse al compás de esta música regocijada y mediocre, golpeando el suelo con sus altos tacones.
—Vamos á bailar—dijo.
Y Borja se vió danzando en el espacio asfaltado, junto á una orilla del río de Petrarca. En su brazo derecho se apoyaba con abandono voluptuoso el talle de la criolla. Ésta había echado su busto atrás, como si temiese algún atrevimiento de su danzarín. Al mismo tiempo le complacía la posibilidad del peligro, por el gusto de rechazarlo.
Era ella la que dirigía los movimientos de su compañero. Amaba el baile. En París frecuentaba los tés donde se danza, y Claudio se había mantenido casi siempre en tales fiestas como un lejano y tranquilo curioso.
Se dejó conducir por esta mujer que le parecía de esencia superior. Así debieron guiar las antiguas diosas á los pobres mortales cuando se dignaban descender hasta sus brazos.
Otra vez resurgió en él aquella audacia que era motivo de remordimiento y vergüenza para una segunda mitad de su vida interior. Como si experimentase un desvanecimiento, bajó la cabeza, besando tímidamente la blanca carne del cuello femenino que dejaba visible el escote.
—¡No, eso no!—dijo Rosaura, librando su cintura del brazo varonil—. Se acabó el baile. Es usted un niño incorregible, con el que no se puede vivir tranquila.
Luego, como si se arrepintiese de la voz irritada con que había dicho tales palabras, añadió sonriendo:
—Tendré que escribirle á la hija del señor Bustamante, para que sepa cómo es en realidad su futuro esposo.
Este recuerdo hizo más daño á Claudio que todas las protestas de la dama. Perdió en un momento la dulce turbación de su embriaguez; lo vió todo de un color lívido. El paisaje quedó velado por densa bruma.
Ella acabó por sentir lástima ante su desaliento.
—No sea inocente. Reconocerá usted que una mujer como yo, completamente libre y que lleva una existencia algo... movida, no va á estar esperando á que usted llegue, como dice usted que me ha estado esperando á mí. Créame: nadie espera á nadie; es el azar el que lo arregla todo. Para que me deje en paz y continuemos siendo amigos, le diré que en mi vida de viuda existe un hombre... un hombre que muchos conocen. Tal vez usted lo conoce también, y el deseo de sustituirle es lo que le impulsa á tales audacias, que ofenderían á otras mujeres menos conocedoras de la vida que yo.
La última suposición de Rosaura ofendió á Borja, al mismo tiempo que le sorprendía dolorosamente. Él ignoraba la existencia de tal hombre; él no quería sustituir á nadie; él la amaba, sin preocuparse de su historia.
—Está bien; no vuelva á hablarme de su amor... Me extraña que no conozca ese episodio de mi existencia cuando tanto se han preocupado de él, sin necesidad, mis amistades de París y de otras partes... Seamos como esos camaradas que se estiman mucho, viven lo mismo que hermanos y respetan mutuamente sus secretos.
A partir de este momento, la conversación entre los dos fué triste y lenta. En vano ella pretendió alegrar á Borja con sus risas y sus correteos. Quiso embarcarse en una lancha automóvil llamada La Bella Laura, que hacía pequeñas excursiones por el Sorges. El dueño del restorán explicó que su motor lo estaba reparando un mecánico de Aviñón.
—Entonces vámonos—dijo, haciendo señas á su chófer, sentado ya en el pescante del automóvil, frente á la portada del restorán—. Usted, Petrarca mío, está de mal humor, y conviene que pierda de vista un paisaje hermoso que ahora parece detestar. En Aviñón será usted otro. Me contará cosas interesantes de su compatriota Luna y de la pelea entre los Papas, con otras historias completamente nuevas para mí.
Volvieron á la ciudad por el mismo camino. Borja permaneció silencioso al principio ó contestó con breves palabras á las preguntas de su compañera. Luego, como si la proximidad del cuerpo adorable sentado junto á él, con el que le ponían en íntimo contacto los vaivenes del vehículo, resucitase las vehemencias de su deseo, volvió á hablar de aquel amor que él consideraba sobrehumano, revistiéndolo de fantasías históricas y literarias.
Venus Lilit le contestó gravemente, mostrando en su tono algo agresivo un propósito de terminar para siempre con tales peticiones.
—¡Ah, español! ¿Es que una mujer no puede ir á ninguna parte con un hombre, sin que éste le hable de amor, exigiendo ser correspondido, lo mismo que un sultán que ha puesto sus ojos en una odalisca?... ¿Es imposible que vivan en plácida tranquilidad, como dos amigos?... Le hablo muy seriamente, Claudio. Ha sido para mí una suerte encontrarlo en Aviñón. Me cuenta usted cosas muy interesantes; su conversación me hace olvidar otras preocupaciones; pero si continúa molestándome con esas tonterías de niño caprichoso, mañana á primera hora me marcho á la Costa Azul... y no me verá más.
VI El nacimiento del cisma
Rosaura siguió con sus ojos á un grupo de viajeros que, atravesando la plaza del Palacio, subía por la escalinata de éste. Eran las diez de la mañana.
—Gente para nuestro amigo el felibre—dijo sonriendo—. El «idealista» va á empezar sus discursos ante los ventanales y entonará su canción á Magalí en la Gran Capilla.
Borja acogió con un gesto de indiferencia el recuerdo del guía verboso. Estaba ocupado en explicar á su compañera cómo el sexto y el séptimo Papa se alejaron de Aviñón, dando origen sin quererlo, el último de los dos, á la larga pelea eclesiástica llamada el Gran Cisma de Occidente.
Habían salido del hotel, por creer más oportuno el joven hablar de todo esto frente al palacio ó paseando por los jardines que embellecen ahora el peñasco de Doms, árido y feo en otros siglos, situado entre la vivienda de los Pontífices y el Ródano.
Las Grandes Compañías, tropas de mercenarios licenciados, representaban un peligro para los Pontífices. Saqueaban abadías y pueblos, y la ciudad del Ródano, famosa por sus riquezas, era el principal objeto de sus asechanzas. Para defenderla se veían obligados los Papas á mantener un ejército extraordinario, gastando además gran parte de sus rentas en construir fortalezas. Así habían surgido del suelo los hermosos baluartes de Aviñón.
—El famoso Duguesclín—continuó—, héroe de la historia francesa, que fué algo bandido, como todos los hombres de armas de entonces, venía con sus tropas á situarse en las inmediaciones de esta ciudad. El pretexto era solicitar para él y sus soldados la bendición del Papa, pero exigiendo encima un tributo enorme, una especie de rescate, merced al cual se comprometía á seguir adelante sin daño para el Pontífice, y éste tuvo que aceptar tan costosa humillación.
Por culpa de las Grandes Compañías se sentían los Papas tan inseguros junto al Ródano como en Italia. Del otro lado de los Alpes seguían llegando reclamaciones y consejos de los que deseaban la traslación de la Santa Sede á Roma. Petrarca, ya anciano, repetía desde su retiro de Arqua las mismas imprecaciones de su juventud. Los escritores italianos le hacían coro, calumniando las costumbres de la corte de Aviñón y la conducta de los Papas. Al fallecer Clemente VI, el más famoso de ellos, á causa de una dolencia corriente, todos en Italia propalaban que su muerte era debida á una enfermedad vergonzosa.
Las campañas del cardenal Albornoz habían pacificado los Estados de la Iglesia. El Papa podía vivir en Roma con tranquilidad, según afirmaban los romanos. La futura Santa Brígida, una condesa sueca que hablaba siempre en nombre de Dios y había visitado el purgatorio y el infierno para describirlos en sus libros, se unía á este coro de protestas.
—Amaba á Italia como una turista de nuestro tiempo; vivía en Roma ó en Nápoles, lo que le hacía considerar la causa de los italianos como propia. Urbano V no pudo resistirse á esta continua sugestión venida del otro lado de los Alpes, y decidió transferir la Santa Sede á Roma. Quiso además aprovechar la circunstancia de que Duguesclín había pasado á España para hacer la guerra á don Pedro el Cruel y entronizar á su hermano bastardo don Enrique de Trastamara, lo que purgó el Mediodía de Francia de las famosas Compañías. Sin esto el viaje hubiera resultado peligroso. El séquito papal llevaba valiosos objetos del tesoro de los Pontífices y respetables cantidades de dinero. Los aventureros habrían solicitado otra vez la bendición del Papa, guardándolo preso para apoderarse de sus riquezas.
Al llegar Urbano V á Marsella, los más de sus cardenales se resistieron á seguirle hasta Roma; pero acabaron por obedecer cuando les anunció que elegiría á otros. El viaje lo hizo por mar sin grandes dificultades, viéndose recibido en la Ciudad Eterna con entusiasmo por unos y con hostilidad ó hipocresía por otros, según favorecía ó estorbaba el regreso del Pontífice sus ambiciones é intereses. Pronto se convenció de lo ilusorias que eran las seguridades ofrecidas por los italianos. Tuvo que levantar tropas para reprimir varias insurrecciones en las ciudades papales. Visconti y otros príncipes del Norte, que habían sido mantenidos á distancia por Albornoz, empezaron á invadir los Estados de la Iglesia.
Varios soberanos de la cristiandad visitaron á Urbano V en su residencia de Roma: la reina Juana; el emperador de los griegos Juan Paleólogo; Lusignan, rey de Chipre; el emperador de Alemania Carlos IV, que sirvió de diácono al antiguo Papa de Aviñón al decir éste su misa ante el altar de los Pontífices en San Pedro, tantos años olvidado. Dichas visitas y el entusiasmo de los romanos, ansiosos de ver llegar los tributos de la cristiandad, no impidieron que el Papa pensase con frecuencia en las desgracias de su país y en su segura y tranquila ciudad del Ródano. La llamada guerra de los Cien Años entre Francia é Inglaterra, que había quedado adormecida, iba á recomenzar de un modo fatal para los franceses, no cambiándose su curso hasta medio siglo después, con la intervención de Juana de Arco.
Decidió Urbano V volver á Aviñón, á pesar de las declamaciones de Petrarca, de los ruegos de los romanos y de las visiones de Santa Brígida, la cual le anunció su muerte inmediata si abandonaba á Italia.
—La segunda mitad del siglo XIV y la primera del XV—dijo Claudio—fué una época dirigida por visiones de mujeres que se consideraban inspiradas por Dios. La mayoría de los hombres se dejó guiar por los consejos y exhortaciones de estas videntes. Santa Brígida tuvo como imitadoras á la varonil Catalina, hija de un tintorero de Siena, y á su propia hija Catalina, que fué luego santificada, como su madre, con el nombre de Santa Catalina de Suecia. En la época del papa Luna, otra mujer, Santa Coleta, interviene en el cisma para defender la legitimidad de este Pontífice, y años después aparece la más extraordinaria de todas ellas, la célebre Juana de Arco.
Santa Brígida gozaba de gran popularidad en Italia. La «condesa sueca», como la llamaban los italianos, era rica, gastaba mucho en sus viajes, y á la gente del país le placían los santos con dinero. Parienta de la dinastía reinante en Suecia, la casaron en su juventud con otro gran señor del país, igualmente místico, lo que no les impidió tener nueve hijos. Al regreso de una peregrinación á Santiago de Compostela, los dos acordaron separarse para siempre. Él se hizo monje y ella continuó sus viajes de carácter religioso, seguida de toda su numerosa prole.
Vivió en Jerusalén y otras poblaciones de Oriente, mas sus lugares predilectos fueron Nápoles y Roma. Escribió libros relatando sus visiones. Estuvo en el infierno sin moverse de la tierra, gracias á una imaginación potente y desarreglada, en la que se nota la influencia del poema del Dante. Sus libros fueron considerados heréticos en el momento de su aparición, y únicamente años adelante, cuando la andariega condesa fué santificada por los Papas de Roma, se vieron limpios de tal pecado.
—Era una santa terrible, que parecía guardar la muerte en su bolsillo para distribuirla á su gusto. La reina Juana la recibió en su corte en atención á su linaje. Uno de los hijos de Brígida era un hermoso mancebo, tal vez blanco y rubio como casi todos los de su raza, y la caprichosa reina, ahita sin duda de napolitanos morenos, fijó sus ojos en el doncel escandinavo. La mística condesa adivinó inmediatamente los deseos de la reina: «Señor, antes de que mi hijo caiga en el pecado, llévatelo á una vida más santa.» Y su hijo murió á los pocos días. Los mismos buenos deseos le inspiraba Urbano V al abandonar la ciudad de Roma. Santa Brígida le anunció una pronta muerte si regresaba á Aviñón, y así fué. Es verdad que alguna vez había de morir, y su frágil salud, unida á lo penoso del viaje, no hacían aventurada la profecía.
Ochenta y seis días después de llegar á su antiguo palacio de Aviñón murió Urbano V, y su cadáver fué llevado al monasterio de San Víctor, en Marsella, del cual había sido abad. Un día bastó al cónclave para nombrar nuevo Papa, Gregorio XI. Sólo tenía treinta y nueve años, y su padre, un señor laico, pudo ver sucesivamente á su hermano y á su hijo Pontífices. Este hermano había sido el famoso Clemente VI.
Él mismo pudo ser Papa, de querer ingresar en la vida eclesiástica, pero se negó á ello y fué su hijo quien ascendió al trono pontificio. Como muchos de los príncipes de la Iglesia, no era más que cardenal diácono, y en los días siguientes á su elección lo ordenaron sacerdote, lo consagraron obispo y lo coronaron finalmente con el nombre de Gregorio XI. Siguiendo la costumbre de los Papas de Aviñón, recorrió las calles de la ciudad al frente de una gran cabalgata, llevando en su cabeza la famosa tiara de San Silvestre y montado en un corcel cuya brida sostenía el duque de Anjou, hermano del rey de Francia.
Inmediatamente empezaron á llegar embajadores italianos para pedirle que volviese á Roma, afirmando que la ciudad entraría en orden con sólo su presencia. La peste apareció por tercera vez en Aviñón, causando grandes estragos, y Gregorio XI tuvo que abandonar su palacio, instalándose en Villeneuve. Además, las Compañías saqueaban los pueblos inmediatos, robando á las multitudes devotas que venían en busca de la bendición papal, lo que obligó al Pontífice á repetir los anatemas de su antecesor contra dichas bandas de soldados ladrones.
Catalina, la hija del tintorero de Siena, se presentó en Aviñón, enviada por los florentinos para un asunto de su República. Las comadres de Siena no podían creer en su importancia. La habían visto de pequeña; era la Benincasa, la hija de Mona Lapa, la hermana de unos pobres tintoreros que habían hecho quiebra; pero más allá de su país, en Florencia, en Roma, era ya célebre por sus éxtasis proféticos. Mujer de gran voluntad y de un lenguaje rudo y atrevido, se decía enviada por Dios para realizar la gran empresa de su época, el retorno de la Santa Sede á Roma.
La corte aviñonesa la recibió hostilmente. Cardenales y altos funcionarios miraron con desprecio á esta plebeya andariega y verbosa. Las damas pertenecientes á la familia papal, las sobrinas de cardenales ó esposas é hijas de burgueses ricos de Aviñón, pasaron por la antecámara del Pontífice para ver de cerca, con irónica curiosidad, á esta mujer mal vestida y de ademanes varoniles, tan diferente á ellas, que arrastraban al andar sedas, brocados y armiños, dejando una estela de perfumes.
—Respondió la vidente á sus burlas con rudezas. Tenía algo de las cantineras heroicas que de pronto se ven entre las damas de una corte por haber ascendido sus maridos á generales. A ella lo que le interesaba era hablar á solas con el Papa, varón irresoluto, en el que hacían honda mella sus consejos, algo insultantes, de hembra enérgica enviada por Dios.
En 1376, Gregorio XI se decidía irrevocablemente á volver á Roma, y nadie pudo retardar dicho viaje. En vano su padre se tendió á través de la puerta de la cámara papal para impedir que partiese. El Pontífice, marchando como un hipnotizado, pasó sobre él. Al montar frente al palacio, su caballo se encabritó y no quiso avanzar, teniendo sus escuderos que buscarle otro. Las gentes de Aviñón decían á gritos que tal viaje era contra la voluntad de Dios. Fué inútil que el rey de Francia enviase á su hermano para retener al Papa. Éste se embarcó en Marsella, donde le aguardaban treinta y dos galeras y otros barcos auxiliares que los caballeros de San Juan de Jerusalén habían puesto á su disposición.
Resultó horrible la travesía, como si verdaderamente marchase la flota contra los elementos, sublevados por una voluntad extrahumana. Navegó siempre con tempestad, teniendo que hacer largas escalas en Villefranche, Génova, Liorna, Piombino y otros puertos de la costa italiana. Algunas de las naves naufragaron á la vista del Pontífice, ahogándose muchos personajes de su séquito.
Al fin, después de dos meses y medio de navegación, llegó el Papa á Ostia, remontó el Tíber con sus maltrechas galeras é hizo una entrada solemne en Roma. Pronto pudo convencerse de que esta pompa era ficticia y encubría igual inseguridad que el otro recibimiento hecho á su antecesor. Le habían engañado sobre la aparente sumisión de la aristocracia romana. Los bannerets, jefes feudales de los doce distritos de la ciudad, acostumbrados á mandar como señores absolutos en sus jurisdicciones, habían depositado á los pies del Papa sus banderas como signo de vasallaje, pero esto no era más que un simulacro. Siguieron gozando de su jurisdicción despótica y desobedeciendo al Papa siempre que les convino. Las poblaciones de los Estados pontificios se sublevaron igualmente bajo la influencia de sus pequeños tiranos.
Gregorio XI tuvo que vivir de otro modo que en la tranquila Aviñón para pacificar estas revueltas y sostener en pie el fantasma de una fingida autoridad. Sintiéndose enfermo de muerte, adivinó los peligros á que iba á quedar expuesta la Iglesia después de su desaparición, si el cónclave se celebraba en Roma. Los bannerets decían á gritos que estaban decididos á no aceptar un Papa que no fuese romano, ó á lo menos italiano. Así volverían á su ciudad las riquezas monopolizadas por la «Babilonia del Ródano».
Alarmado el Pontífice, quiso volverse á Aviñón, como lo había hecho su predecesor, y ordenó secretamente los preparativos del viaje. Se mostraba arrepentido de haber dado fe á consejos de «mujeres visionarias», lamentando públicamente tal debilidad, pero la muerte le sorprendió antes de que pudiera marcharse de Roma.
Para remediar los peligros más inmediatos, había firmado una Bula en la que ordenaba á los cardenales residentes junto á él que eligiesen un Papa con la mayor celeridad, sin esperar á sus colegas que se habían quedado en Aviñón, reuniéndose para ello donde se considerasen más seguros, en Roma ó fuera de ella.
Pronto se vió que los temores del difunto eran ciertos. Los romanos detenían á los cardenales á la salida de las iglesias para gritarles con tono amenazante: «Nombrad un Papa romano, ó á lo menos italiano, pues nuestra ciudad está viuda desde hace sesenta y ocho años.»
Otros, más francos, decían: «Desde que murió Bonifacio VIII Francia se atraca de un oro que pertenece á Roma. Ha llegado nuestro turno, y queremos hartarnos del oro francés.»
Cuando, pasada la novena reglamentaria, se abrió el cónclave, el 7 de Abril de 1378, la ciudad estaba en plena revuelta. En las inmediaciones del palacio papal se aglomeraba una enorme muchedumbre, todo el populacho romano y servidores de personajes feudales que atizaban la insurrección, obedeciendo á sus señores.
Los cardenales, al dirigirse al cónclave, tenían que pasar entre sus amenazas. «Si no nos dais un Papa romano ó italiano moriréis todos», clamaban millares de voces.
Apenas los conclavistas empezaron sus deliberaciones, una diputación de los bannerets vino á decirles: «Elegid cuanto antes un Papa italiano, ó si no, el pueblo hará vuestras cabezas más rojas que vuestros capelos.»
En vano algunos de los cardenales protestaron contra estas imposiciones. «Con vuestras amenazas, señores romanos, no conseguiréis más que viciar nuestra elección, y en tal caso, en vez de un Papa tendréis un intruso.»
La revuelta creció fuera del palacio. Todas las campanas de Roma tocaron á rebato; empezaron á llegar grupos con armas, y finalmente las puertas del palacio fueron derribadas, penetrando las turbas en los salones del cónclave.
—Hay que tener en cuenta—prosiguió Borja—cómo eran muchos de estos príncipes eclesiásticos, de vida muelle y grandes riquezas, acostumbrados á verse obedecidos y á no correr peligro alguno. Los más se asustaron al oir que la muchedumbre romana rompía las puertas, profiriendo amenazas de muerte. Once cardenales eran franceses, cuatro italianos y uno español, Pedro de Luna.
Éste, en su primera juventud, había hecho la guerra en Castilla contra don Pedro el Cruel. Era tenaz y valeroso, á pesar de la pequeñez de su cuerpo, y fué el único cardenal que no huyó, saliendo al encuentro del populacho agresivo.
Aterrados los conclavistas por el peligro, no sabían qué hacer. El griterío y el avance de las masas amotinadas no les permitía deliberar con tranquilidad. Creyeron salir del paso con una fingida entronización para engañar momentáneamente al pueblo y reunirse en otra parte. Para ello echaron la capa pontificia sobre los hombros de uno de los cuatro conclavistas italianos, el cardenal de San Pedro, que era de una extrema ancianidad. El octogenario, asustado, empezó á dar gritos: «Yo no soy el Papa... No quiero ser Papa.»
Entonces acordaron rápidamente nombrar á Bartolomé de Prignano, arzobispo de Bari, que no era cardenal, y á quien muchos de ellos apenas conocían. Les bastaba que fuese italiano. Y después de tan precipitado acuerdo cada príncipe de la Iglesia se fué por donde pudo, refugiándose los más en el castillo de San Angelo, mientras el pueblo invadía los salones del cónclave, robando todos los muebles, las ropas y otros objetos de los electores papales. Sólo al día siguiente, después de varias entrevistas y muchas promesas, doce cardenales se decidieron á salir del citado castillo para entronizar á Prignano, que tomó el nombre de Urbano VI.
—Es indudable—continuó Borja—que á pesar de los vicios de esta elección forzada, los cardenales, deseosos de no recomenzar otra por miedo al populacho, se habrían resignado á obedecer al Papa de origen dudoso. Pero Urbano VI, un napolitano que hasta entonces había sido hombre razonable, perturbado por su inesperada elevación, empezó á proceder como un loco violento. Trataba á sus cardenales y allegados con inexplicable brutalidad, llegando algunas veces á levantar la mano contra ellos. Mientras vivió Catalina de Siena, ésta y la otra Catalina, hija de Santa Brígida, le impusieron cierta prudencia con sus exhortaciones. Años después, al verse libre de tal vigilancia, se entregó á los arrebatos sanguinarios de su demencia, llegando á ordenar el tormento y la muerte de algunos cardenales nombrados por él, á causa de creerlos vendidos á sus enemigos.
Cinco meses después de dicha elección, los mismos conclavistas que habían nombrado á Urbano VI, no pudiendo sufrir más tiempo sus tiranías, extravagancias é insultos, abandonaron Roma para reunirse en el castillo de Fundi el 20 de Septiembre, declarando nula la elección de Prignano y votando en su lugar al cardenal Roberto de Ginebra, un francés, que tomó el nombre de Clemente VII. Así empezó el Gran Cisma de Occidente.
Todos los cardenales acudieron á Fundi, absolutamente todos, hasta los italianos. Sólo faltó uno de estos cuatro, el octogenario cardenal de San Pedro, por haber muerto poco después del cónclave, sin duda á consecuencia del susto que le hizo sufrir la invasión de los amotinados. Como Urbano quedaba sin un solo cardenal, creó veintiséis (varios de los cuales fueron luego sus víctimas), y tomó á su servicio, como tropas mercenarias, muchas bandas de las que robaban y cautivaban á los viajeros en los caminos.
Clemente VII y sus cardenales, que eran todos los anteriores al cisma, decidieron volverse á Aviñón, donde habían quedado cinco de sus colegas después de la partida de Gregorio XI. El Papa de Aviñón fué reconocido por Francia, España, Portugal, Escocia, Saboya y el reino de Nápoles-Provenza. El Norte de Europa, por antagonismo con el Sur, reconoció al Papa de Roma. Existía también una razón política. Inglaterra y Alemania temieron que si triunfaba el Papa de Aviñón los reyes de Francia acabarían por ser emperadores, reivindicando la herencia de Carlomagno.
—El vulgo—siguió diciendo Borja—ha tomado la costumbre de llamar antipapas á los dos últimos Pontífices que residieron en Aviñón, pero la Iglesia no ha decidido nada formalmente sobre esto. Nunca ha dicho de un modo terminante si de los dos Papas que existieron al mismo tiempo en Roma y Aviñón, uno solo fué vicario de Jesucristo ó si los dos se repartieron durante cierto número de años la carga de gobernar al pueblo cristiano. Muchos historiadores no creen que se debe interpretar como decisión dogmática el hecho de que los nombres de los dos Papas que vivieron en Aviñón durante el cisma no figuren en el catálogo usual de los soberanos Pontífices. Ningún acto de la autoridad apostólica los ha designado nunca con el nombre de antipapas. Los concilios de Pisa y de Constanza, que se reunieron para acabar con el cisma, destronando á la vez al Pontífice de Aviñón y al de Roma, los atacaron duramente por su conducta, pero jamás les llamaron antipapas. Los designaban siempre con el título de «Papa en su obediencia de Aviñón» ó «Papa en su obediencia de Roma»: In sua obedientia Papa. La Iglesia ha creído prudente no acordarse mucho de aquel triste período de controversias é indisciplina. Además, lo que se pleiteaba era la validez de una elección, sin tocar ni de lejos las cuestiones dogmáticas. Todos eran igualmente observadores de la doctrina cristiana. Yo he oído decir á mi tío el canónigo y á otros varones de su misma clase, que resultaría temerario presentar la elección violenta de Urbano VI, en medio del desorden y las amenazas, como algo decisivo é inapelable que no pudo permitir meses después la elección libre y tranquila de otro Papa por el mismo colegio cardenalicio.
Como no eran sólo cardenales franceses los que habían elegido en Fundi á Clemente VII, uniéndose á ellos los cardenales nacidos en Italia, Catalina de Siena, partidaria del Papa de Roma, insultó á estos últimos llamándolos «malos italianos». Para dicha santa el cisma era un asunto de nacionalidad. La Iglesia, á pesar de ser universal, debía estar regida siempre por italianos, exclusivismo que ha acabado por triunfar; pero en el siglo XIV los eclesiásticos eran más libres y todo el cisma giró en torno al derecho que tenían los católicos, fuese cual fuese su país, para ocupar el Pontificado.
La vuelta del Papa á Aviñón reanimó la ciudad, que había empezado á decaer. Volvieron los soberanos á visitarlo en su palacio del Ródano. Hasta el rey de Armenia pasó con su cortejo por las calles de Aviñón para rendir homenaje á Clemente VII.
Tenía éste treinta y seis años cuando los cardenales fugitivos de Roma lo eligieron en Fundi. Por las mujeres de su familia estaba emparentado con el rey de Francia. Era de carácter intrépido, y al mismo tiempo hábil y conciliador. El cruel Urbano VI, al verse Pontífice por el miedo de los cardenales, le distinguió con un odio extraordinario. Sabía que de haberse verificado la elección pacíficamente, el cardenal Roberto de Ginebra hubiera sido el Papa electo. A causa de su juventud y sus costumbres de prócer, una vez lo llamó en público «rufián».
Murió Urbano VI, once años después de su discutible elección, en plena demencia persecutoria. Algunos de sus cardenales desaparecieron misteriosamente. Una vez se le vió pasear por un salón, leyendo con tranquilidad su libro de oraciones, mientras abajo sonaban los gritos de otros dos cardenales atormentados por orden suya.
El fallecimiento de Urbano VI en 1389 fué una ocasión inesperada para restablecer la paz eclesiástica. El rey de Francia y la Universidad de París se apresuraron á enviar emisarios á Roma para que no se reuniese nuevo cónclave, suprimiendo de este modo el cisma. Pero los cardenales improvisados por Urbano VI temían perder sus investiduras si se unificaba la Iglesia, y se apresuraron á votar un nuevo Papa, que tomó el nombre de Bonifacio IX.
—En adelante, los cardenales de una obediencia y de otra eligieron los Papas con rapidez, cuando aún no estaba enterrado el antecesor. Los de Roma dieron el ejemplo, y esto prolongó el cisma.
Clemente VII fallecía en su palacio de Aviñón á los diez y seis años de Pontificado. Pidió que lo enterrasen junto á uno de sus cardenales, Pedro de Luxemburgo, que había vivido como un asceta, no obstante estar emparentado con todos los reyes de su tiempo. Dicho santo, extremadamente joven, muerto á consecuencia de las privaciones que se impuso, ordenó que lo enterrasen en el cementerio de los pobres de Aviñón, pero tales multitudes acudieron á rezar sobre su tumba y tales prodigios obró desde ella, que sus restos acabaron por ser trasladados á un templo erigido en su honor.
—Éste fué uno de los varios santos para los cuales no ofreció duda alguna la legitimidad de los Papas de Aviñón en tiempos del cisma, y que manteniéndose bajo su obediencia realizaron grandes milagros.
Al morir Clemente VII, sus cardenales hicieron lo mismo que los de Roma, apresurándose á nombrar nuevo Papa. La corte de Francia envió una embajada á Aviñón para pedir que el cónclave se suspendiese, restableciendo de este modo la deseada unidad; pero llegó demasiado tarde, como cinco años antes le había ocurrido en Roma.
Los conclavistas aviñoneses no dudaron un momento en designar á su elegido, fijándose todos en el llamado cardenal de Aragón, español famoso por su entereza de carácter, sus estudios canónicos, su dialéctica infatigable, sus costumbres austeras. En una época que era espectáculo corriente ver á los príncipes eclesiásticos llevando la misma vida licenciosa de los señores laicos, el cardenal de Aragón no dió nunca el más leve motivo de escándalo por sus costumbres privadas. Se mantuvo dentro de las reglas virtuosas que la Iglesia impone á sus hombres, y eso que él era simple cardenal diácono para dedicarse con más libertad á los negocios de la política papal, y sólo se ordenó de sacerdote al día siguiente de su elevación al Pontificado.
Desde los primeros momentos del cisma fué uno de los propagandistas más vigorosos de la legitimidad del Papado aviñonés. Viajó por España, logrando que los reyes de Castilla, Navarra y Aragón, que al principio se habían mantenido neutrales en la gran disputa eclesiástica, reconociesen finalmente á Clemente VII.
Si éste había sido pariente de la dinastía reinante en Francia, una mujer de la familia del cardenal de Aragón, doña María de Luna, era reina, por estar casada con don Martín, monarca de Sicilia y heredero de las coronas de Aragón, Cataluña y Valencia.
Veintiún cardenales, casi todos ellos anteriores al nacimiento del cisma, nombrados por un Papa único é indiscutible, tomaron parte en dicha elección. Veinte designaron unánimemente á Pedro de Luna, que tenía entonces sesenta y seis años. Sólo hubo un voto en contra, indudablemente el del propio elegido, que no quiso votarse á sí mismo y se resistió hasta el último momento á aceptar el Pontificado.
El nuevo Papa tomó el nombre de Benedicto XIII. Era el primer español que iba á preocupar al mundo, desde los tiempos de la antigua Roma, aleccionada por el español Séneca y gobernada por el español Trajano.
Borja hizo una pausa en su relato y añadió:
—Ya estamos en presencia de nuestro hombre.