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El libro rojo, 1520-1867, Tomo I

PEDRO DE ALVARADO

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I El Comendador

Entre la alegre turba de jóvenes aventureros que llegaban de España á las ricas islas del mundo de Colón, se distinguía en el año de 1510 uno á quien sus compañeros daban el sobrenombre de el Comendador.

Contaría este mancebo cuando más veinticinco años de edad, y había nacido en Badajoz. Alto, esbelto, fornido, parecía destinado por su naturaleza á la guerra, y se hacía notable por la blancura de su cutis y por su hermosa cabellera, tan rubia como la que los poetas le atribuían al mismo Apolo.

Este joven se llamaba Pedro de Alvarado.

Al llegar Alvarado á la América, ostentaba orgullosamente un viejo sayo, único regalo quizá de un su tío, caballero de la Orden de Santiago.

Pero aquel sayo había servido mucho tiempo á aquel tío, y aquel tío había llevado en el mismo tiempo la insignia de la orden; cuando Pedro de Alvarado se hizo el propietario de la prenda, quitó de ella la cruz de Santiago, pero no consiguió borrar la señal del lugar que había ocupado, y la indeleble huella fué denunciando por todas partes la historia del sayo, y la categoría de su primer poseedor. Esto no era posible que escapara á las perspicaces miradas de los audaces aventureros que pasaban á las Indias, y para burlarse de Pedro y de su sayo, muy pronto convinieron en llamarle, y le llamaron por burla el Comendador.

Entre soldados ó estudiantes, los sobrenombres se popularizan inmediatamente, y ni la resignación ni el enojo son poderosos para hacerlos olvidar. Pedro de Alvarado tuvo que conformarse con el apodo, ofreciendo nada más que algún día llegaría por sus hechos á alcanzar verdaderamente aquella condecoración.

II El Capitan

Los colonos de la Isla de Cuba estaban conmovidos con las noticias que circulaban entre ellos.

El gobernador Diego Velázquez había recibido nuevas de la expedición que por orden suya emprendió Juan de Grijalva en busca de nuevas tierras.

El portador de aquellas noticias, uno de los más famosos capitanes de la escuadrilla de Grijalva, era el que mandaba uno de los cuatro buques de que aquella se componía, y ese capitán, que volvió cargado de riquezas á presentarlas á Diego Velázquez, y que había dado ya su nombre á un río caudaloso en las tierras nuevamente descubiertas, no era otro que Pedro de Alvarado.

Pero Alvarado no era ya el pobre mozo que llevaba la vieja ropa de su tío, no era ya el joven desvalido á quien llamaban satíricamente el Comendador, no; Alvarado salió con Grijalva en 1518, y entonces, y al volver á Cuba, se titulaba «el capitán Pedro de Alvarado.»

Las nuevas que de su boca escuchó el gobernador Diego Velázquez, no podían ser más satisfactorias. Juan de Grijalva había costeado la gran península de Yucatán descubierta por Francisco Hernández de Córdoba, y encontrando allí señales de una civilización muy adelantada dió á aquella tierra el nombre de Nueva-España; llamó «de San Martín,» con el nombre del primer soldado que la descubrió, una sierra; nombró «de Alvarado» al río de Papaloapan, en el que entró Pedro de Alvarado con su buque, «Grijalva» á otro de Tabasco, y después de haber recorrido un extenso litoral, y haber llegado hasta Ulúa el día de San Juan, determinó enviar un mensajero al gobernador.

Para esta misión, Juan de Grijalva eligió al más distinguido de sus capitanes. Y el más distinguido era sin duda Pedro de Alvarado.

La ambición se despertó con estas relaciones, y bien pronto, el 1.º de febrero de 1519, once buques se desprendían de la Habana.

Era la expedición que caminaba á la conquista de la Nueva-España, bajo las órdenes de Hernán Cortés.

Pedro de Alvarado y cuatro hermanos suyos formaban parte de esta expedición[14].

III Tonatiuh

Triunfante el ejército de Hernán Cortés, entró á la capital de la República de Tlaxcala el 22 de septiembre de 1519; los habitantes de la ciudad recibieron á los españoles más que como á vencedores, como amigos y como hermanos.

Mil muestras de cariño se dieron por el senado y por el pueblo á los conquistadores, y entre ellas, y no sin duda la menor, fué entregar á las hijas de los principales señores, al amor de los capitanes de Cortés, después de hacerlas bautizar.

El viejo Xicotencatl, el padre del esforzado y bizarro general de los ejércitos de Tlaxcala, tenía una hija que recibió también las aguas del bautismo, y fué llamada desde entonces Doña Luisa.

Doña Luisa era la más hermosa de las doncellas tlaxcaltecas; sus formas mórbidas y graciosas se adivinaban al través de la rica túnica de algodón bordada de plumas, que bajaba desde sus hombros dejando descubiertos su cuello y sus torneados brazos; su boca pequeña, fresca y nacarada, ligeramente entreabierta, mostraba las rojas encías y los hermosos dientes que caracterizan á la raza indígena de México, y sus ojos ardientes parecían iluminar aquella encantadora fisonomía.

Negra como el ala de un cuervo la cabellera de la doncella, estaba entretejida con sartas de cuentas de oro y de coral, y en sus pies perfectamente modelados llevaba ligeros cacles de pieles ricamente adornados, y sujetos por cintas bordadas de oro que subían entretejiéndose hasta cerca de la rodilla.

Aquella fantástica hermosura debía estar destinada para el más famoso de los capitanes de Cortés, porque aquella joven era la perla y la flor de las bellas de Tlaxcala.

Al volver Doña Luisa de las ceremonias del bautismo, y cuando iba ya á ser entregada al hombre que debía ser su dueño y su amante, todas las miradas de los españoles se clavaban en ella, y por ella se encendían todos los corazones, y todos esperaban con ansia el momento de saber quien sería el feliz mortal que iba á poseer á la Venus de Nueva España.

Doña Luisa caminaba majestuosamente, pero con los ojos bajos y encendida por el rubor, conducida de la mano por uno de los señores de Tlaxcala.

Así llegaron hasta el lugar en que estaba el favorecido.

—¡Tonatiuh! (el sol)—dijeron los Tlaxcaltecas.

—¡Pedro de Alvarado!—exclamaron los españoles.

En efecto, Alvarado ó Tonatiuh, que quiere decir sol, como le llamaban los indígenas, por el color rubio de su pelo, era el dueño de Doña Luisa, la hija del viejo Xicotencatl.

Y quizá nadie merecía como él el amor de aquella mujer. En la batalla de Tabasco, y en las grandes batallas que el pequeño ejército español había tenido que sostener contra los ejércitos Tlaxcaltecas mandados por el indomable Xicotencatl, el joven Pedro de Alvarado se había distinguido entre todos por su arrojo y serenidad; ni contaba á sus enemigos, ni calculaba sus fuerzas, ni desconfiaba de su victoria y de su brazo.

Capitán unas veces, soldado otras, allí donde más se empeñaba la pelea se encontraba siempre Pedro de Alvarado, siguiendo á los más audaces cuando le tomaban por una casualidad la vanguardia, ó conduciéndolos al peligro si así le presentaban lugar de hacerlo las peripecias del combate.

Alvarado era más un proyectil que un hombre, se abría paso entre las compactas masas del enemigo, y dejaba tras de sí como una estela de sangre y de esterminio.

Sin embargo, ese mismo ardor, esa impetuosidad no refrenada de sus pasiones, le arrastró algunas veces á la imprudencia y á la tiranía, como sucedió en la Isla de Cozumel, en donde aterrorizó á los habitantes, y como aconteció después en México; pero Cortés, que era entre aquellos hombres de corazón de acero, como el sol en medio de sus planetas, refrenó los violentos ímpetus del osado capitán.

Los naturales del país llamaron á Pedro de Alvarado desde los primeros días, Tonatiuh (sol), y el nombre de Tonatiuh se hizo célebre, y fué durante mucho tiempo el terror de aquellas comarcas.

Tonatiuh siguió á Hernán Cortés á la capital del imperio de Moctezuma, y ya hemos referido como ayudó á la prisión del infeliz Emperador y la horrible matanza que en el mes «Texcatl» de los mexicanos (mayo de 1520) hizo Alvarado en el atrio del templo mayor.

En la célebre Noche Triste, Alvarado sostenía la retaguardia del ejército español, y á tal peligro se vió expuesto, que dió su nombre á una de las calles principales de esta ciudad.

Cortés volvió á sitiar á México, y como siempre, Tonatiuh fué el más esforzado de sus capitanes, distinguiéndose sobre todo en el asalto del gran «Teocalli» de Tlaltelolco.

IV El Gobernador

El Virrey de México D. Antonio de Mendoza ambicionaba descubrir y conquistar nuevas tierras en las costas del Océano Pacífico.

Las fantásticas relaciones de Fray Marcos de Niza hacían aparecer aquellas comarcas como un paraíso, en el que una tierra, maravillosamente feraz, ocultaba en sus entrañas ríos de plata, y en que los arroyos llevaban arenas de oro.

Dios derramaba allí todas las riquezas que podían ambicionar los hombres, y los metales y las perlas, y cuanto era capaz de cautivar el corazón ó los sentidos, todo se encontraba allí en fabulosa abundancia.

El Virrey Mendoza quiso ponerse de acuerdo y contar con el auxilio del gobernador y capitán general de Guatemala, y el gobernador vino, por tierra, á conferenciar con el Virrey, y envió á las costas de Nueva Galicia una escuadra compuesta de doce naves.

El capitán general y gobernador de Guatemala, que tan poderoso se mostraba, y que disponía tan fácilmente como un rey, de un ejército y de una escuadra, era el pobre aventurero de la isla de Cuba, el capitán de la escuadrilla de Juan de Grijalva, era Tonatiuh, era D. Pedro de Alvarado, caballero del hábito de Santiago y gobernador y capitán general de Guatemala.

No más que entonces Alvarado estaba cojo, de resultas de un flechazo que había recibido en Soconusco.

Don Antonio de Mendoza y Alvarado conferenciaron, según dicen algunos autores, en d pueblo de Maravatío, y de allí partió Alvarado para la costa, con objeto de embarcarse y emprender su expedición.

Eran ya los momentos en que la tropa iba á embarcarse, cuando un correo llegó precipitadamente y se presentó á Pedro de Alvarado.

Las noticias que traía no podían ser peores.

Los naturales de Nueva Galicia se habían sublevado, los españoles habían sido derrotados en el Mixton, y la ciudad de Guadalajara estaba en grande aprieto, y el gobernador Cristóbal de Oñate imploraba el auxilio de Alvarado.

Pedro de Alvarado no vaciló ni un instante, suspendióse el embarque, la tropa se puso en marcha, y pocos días después el gobernador de Nueva Galicia y el de Guatemala se encontraban en Tonalán.

Pero los dos gobernadores pensaban acerca del éxito de la campaña, de distinta manera.

Alvarado, orgulloso con sus antecedentes, con sus hazañas, con sus riquezas y su poder, con su nombre y con su gloria, despreciaba á los sublevados, como enemigos á quienes estaba acostumbrado á vencer.

Cristóbal de Oñate, más cauto con la derrota de Mixton, y conociendo las inexpugnables posiciones de los insurrectos, aconsejaba la prudencia y desconfiaba del éxito.

Como sucede siempre en tales casos, prevaleció entre ambos pareceres el más desacertado, y el capitán general de Guatemala no sólo determinó salir inmediatamente sobre el enemigo, sino que quiso no llevar más tropas que las que él había traído.

«Dispongámonos al socorro—dijo Oñate cuando le vió partir—que discurro necesario para los que nos le han venido á dar.»

Aquellas palabras fueron como una profesía que no tardó en cumplirse.

Los indios se habían fortificado, según algunos historiadores, en las barrancas Mochitiltic, y según otros en Nochistlán, y esperaron resueltamente á los españoles.

Alvarado no se intimidó, y dando la señal del asalto, se puso al frente de los suyos, decidido á tomar á viva fuerza aquella posición.

Empeñóse el combate y los asaltantes empezaron á trepar por la pendiente con raro denuedo; pero los otros se resistieron con brío, y comenzaron á rodar grandes peñascos, que chocando contra los árboles, los hacían estallar como si fueran de cristal, y arrastrando en su caída cuantos obstáculos encontraban, infundían el pavor entre los españoles, atemorizados por el estrago y el ruido de aquella corriente no interrumpida de rocas.

Pedro de Alvarado comprendió que había acometido una empresa superior á sus fuerzas, y dió la orden de retirada.

Trocáronse los papeles, y los indios, de perseguidos se convirtieron en perseguidores, que saliendo de sus atrincheramientos al observar el movimiento de los españoles, procuraron cortarles la retirada.

La situación era crítica. Alvarado pie á tierra procuraba cubrir la retaguardia de su tropa, conteniendo con mucha dificultad al enemigo, que á cada momento le acometía con mayores ímpetus. El terreno era quebrado y resbaladizo, y la abundancia de las aguas hacía casi intransitables aquellas angostas veredas.

Lograron por fin subir á terreno más firme, y los enemigos aflojaron en su persecución. Sin embargo, como el pánico de una derrota no se disipa con facilidad, los soldados seguían trepando con precipitación por aquellas cuestas, que eran casi inaccesibles.

En un caballo flaco y por demás cansado, aguijándole sin compasión, y queriendo comunicarle con el deseo brío y ligereza, un soldado llamado Baltazar Montoya, escribano del ejército, trepaba por aquellas fragosidades, pareciéndole sin duda que el enemigo le alcanzaba de un momento á otro.

Alvarado marchaba á pie detrás de él, y mirando su afán le dijo:

—Sosegaos, Montoya, que parece que los indios nos han dejado.

Pero el escribano no se dejaba convencer tan fácilmente, y seguía aguijando con furor al pobre animal.

De repente, el caballo tropezó, Montoya lanzó un grito y el animal despeñado comenzó á rodar por la pendiente.

Pedro de Alvarado advirtió lo que estaba pasando casi sobre su cabeza, y quiso evitar el choque, pero fué imposible; el animal cayó sobre él con todo su peso, y dejándolo sin sentido, lo arrastró también en su caída.

Los soldados volaron al socorro de su capitán. Alvarado volvió en sí, y antes que todo, pensó en sus soldados; y queriendo evitar una completa derrota, tuvo la bastante serenidad para despojarse de su armadura y hacerla vestir á uno de los que con él estaban, á fin de que se creyese que él iba bueno y que aun estaba en el combate.

Uno de sus capitanes preguntóle qué le dolía.

—El alma, contestó Alvarado; llévenme donde la cure con la resina de la penitencia.

Esto acontecía el 24 de junio de 1541.

Cristóbal de Oñate llegó á verle, lleno de sentimiento, y Alvarado le confesó que de nadie sino suya era la culpa, por haber desoído los consejos prudentes de Oñate.

Llevaban á Pedro de Alvarado para Guadalajara, y en el camino encontraron al Br. Bartolomé de Estrada, y allí mismo se confesó, y otorgó su testamento ante los escribanos Diego Hurtado de Mendoza y Baltasar Montoya, el mismo que había causado su desgracia. El 4 de julio de 1541, el famoso Pedro de Alvarado había dejado de existir.

Su cadáver fué trasportado después á Guatemala.

Epilogo

Era la noche del 11 de septiembre de 1541. La noticia de la trágica muerte de Pedro de Alvarado acababa de llegar á Guatemala, y su viuda Doña Beatriz de la Cueva lloraba sin consuelo tamaña desgracia, en la ciudad de Santiago, donde estaba radicada.

Varias damas de las principales familias de la población habían ocurrido á hacer compañía á la afligida esposa del capitán general.

Serían las dos de la mañana, cuando se estremeció terriblemente la tierra, por una, dos y tres veces, y se escuchó un pavoroso ruido subterráneo, que venía como de las montañas.

La cima de uno de aquellos montes se desprendió cayendo hacia la parte opuesta de la ciudad; pero de allí mismo brotó un torrente impetuosísimo, que arrastrando inmensos peñascos, se precipitó sobre las habitaciones, sepultando á seiscientas personas.

Doña Beatriz de la Cueva y doce señoras que la acompañaban, perecieron aquella noche entre las ruinas de un oratorio en donde se habían refugiado[15].

Vicente Riva Palacio.

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