← Table of contents
El libro rojo, 1520-1867, Tomo I

DON JUAN MANUEL

Reading edition

............Pues oid: Cierta noche apareció Muerto de herida cruel, Don Fernando Pimentel En la calle.—¿Quién le hirió? Rodriguez Galvan.—El Privado del Virrey.

Hay en México una calle formada de los más altos y suntuosos edificios, y donde hace años vive gente comerciante, acaudalada y principal. Colocada en lo más poblado, en lo más céntrico de la gran ciudad, es una calle que podríamos llamar aristocrática. Sin embargo, de día tiene un aspecto triste y de noche lúgubre. Los grandes zaguanes de maderas antiguas y labradas parecen las entradas de unos castillos: en lo alto de las paredes de los edificios se proyectan las sombras y los alternados reflejos de los faroles de una manera singular, y parece que de las cornisas churriguerescas de los balcones se desprenden algunos fantasmas que tan pronto se incrustan y se esconden en los zaguanes, y tan pronto toman formas colosales y se suben á las cornisas de las azoteas y allí se asoman y ríen y muestran unos semblantes deformes y fantásticos á los que pasan.

Así se presentó á mi imaginación una noche oscura, ventosa y fría, la calle de Don Juan Manuel, una noche que se moría un amigo querido y que tuve que correr en busca de un virtuoso clérigo para que le echara la última bendición que el hombre cristiano apetece el día que parte para siempre de la vida.

Esa noche soplaban por intervalos unas ráfagas del viento helado de los volcanes, caían repentinamente algunas gruesas gotas de lluvia, que el aire arrebataba y azotaba contra las vidrieras oscuras de los balcones, no había más que un perro negro, flaco y macilento que roía los restos de un hueso arrojado por algún sirviente; las luces de aceite más bien daban sombras que luz, y la llama rojiza y pequeña temblaba siniestra en la alcuza negruzca de lata. El sereno dormía en la esquina arrebujado en su capotón azul, y el eco de mis pisadas en las losas de la acera se repercutía en toda la extensión de esa lúgubre á la vez que majestuosa calle, y turbaba el silencio que también se interrumpía de vez en cuando con el graznido de alguna ave nocturna. Llegué en casa del sacerdote, que era un hombre blanco con la venerable auréola de las canas............

* * *

* * *

En el año de 1636 en que colocamos nuestra narración, la calle de Don Juan Manuel no se hallaba como ahora la encontrarán los viajeros. México estaba ya como quien dice trazado y formado; pero las calles, con pocas excepciones, no estaban completas. Había grandes y buenos edificios junto de otros de un solo piso y de una pobre y defectuosa construcción; otras casas tenían una grande y alta cerca que cubría las huertas ó jardines, y en otras, como en la de Celada, que es hoy San Bernardo, y la de que hablamos, había muchos solares intercalados entre las casas y con una cerca de espinos secos, de adobes ó madera. El propietario de los solares y casas de ese rumbo era un caballero llamado Don Juan Manuel.

Era un personaje por todos capítulos rodeado de misterios y de sombras que no dejaban nunca verle en toda la verdadera realidad. Entraba de noche al palacio del Virrey, embozado hasta los ojos en una larga capa negra, y permanecía varias horas conversando. Nadie le veía salir, y algunos que por curiosidad le observaban al entrar, decían que antes de tocar la puerta excusada de palacio, Don Juan Manuel se desembozaba, se persignaba tres veces, sacaba un estoque con puñon de plata, le reconocía, examinaba la punta y le volvía á meter en la vaina. Los que alguna vez vieron esto, temían que el Virrey amaneciese algún día asesinado en su cama.

Don Juan Manuel era hombre muy caritativo. Se contaba que una vez había ido á verle una viuda pobre que tenía dos niñas doncellas, muy jóvenes y bellas. Don Juan Manuel regaló cinco mil pesos á cada muchacha, y jamás quiso ni conocerlas.

Don Juan Manuel era celoso, y se decía que su esposa era una dama principal y de una rara hermosura; pero nadie la había visto, pues permanecía encerrada en su casa, y salía únicamente á misa á las cinco de la mañana cubierta con un mantón de lana negro. Nadie visitaba la casa, y sólo el confesor entraba de vez en cuando á tomar chocolate después de la misa.

Don Juan Manuel era valiente. Una noche le acometieron seis bandidos con puñales. El sacó la tizona, se colocó de espaldas contra un zaguán y no dejó acercarse á ninguno de ellos hasta que por la esquina asomó una ronda que observó después los rastros de sangre, pues los cinco agresores habían sido heridos por el bravo caballero.

Don Juan Manuel era hombre no sólo virtuoso sino hasta santo, porque confesaba y comulgaba cada ocho días, se daba disciplina todas las noches en la Iglesia más cercana, socorría á muchos pobres, asistía á las festividades de la Vírgen, y costeaba velas de cera y lámparas que ardían día y noche en los templos.

Todo esto decían de Don Juan Manuel, pero en verdad era un hombre misterioso, y se podía asegurar que todos le conocían y ninguno le conocía realmente, porque si se preguntaba por sus señas, unos lo describían de alta estatura, muy derecho y arrogante, de fisonomía pálida y casi cetrina, con espesa barba negra y ojos centellantes pequeños y hundidos; otros, por el contrario, aseguraban que era de estatura regular, de semblante apacible y caritativo, de ojos expresivos y llenos de dulzura, y con solo un corto bigote. Tampoco estaban todos conformes en cuanto á su traje, añadiendo los mejor informados que vestía siempre de negro, mientras otros le conocían riquísimos ferreruelos; pero los más convenían en que de noche se le encontraba por las calles más sombrías, entrando y saliendo en casas de mala apariencia, y envuelto en una luenga capa.

Estas eran lo que se llaman las hablillas del vulgo, que partiendo de un fondo de verdad, poetisa ó trastorna las cosas y las figuras, dándoles el carácter raro, misterioso é indefinido que tanto halaga la imaginación humana, y de esto tienen orígen la mayor parte de las leyendas y tradiciones de todos los pueblos.

Pasó y pasó el tiempo, y cada año se añadía alguna particularidad, algún nuevo rasgo al carácter de Don Juan Manuel. Repentinamente el caballero se dió enteramente á la devoción, y de la devoción pasó á una melancolía tan negra y tan profunda, que nada podía consolarle. Sus mejillas se hundieron, alderredor de sus ojos apareció un círculo morado, y el color de su semblante blanco y limpio, tornóse en un amarillo opaco y lustroso, que revelaba desde luego que estaba devorado no sólo por una enfermedad moral, sino por terribles padecimientos físicos.

* * *

Por algún tiempo Don Juan Manuel se encerró en su casa, y no se volvió á hablar de él. Después, en secreto, y con mil reservas, decían las viejas y las beatas: Don Juan Manuel ha hecho pacto con el diablo, y se santiguaban y ponían la cruz al enemigo malo. La verdad era tal vez que Don Juan Manuel tenía celos de su mujer, de quien estaba locamente enamorado, y sin poder descubrir ni averiguar de una manera cierta quién era el que le robaba su honra, estaba á punto de volverse loco de rabia y desesperación.

Una noche se encontró el cadáver de un hombre asesinado; pero como había en esa época una falta absoluta de vigilancia y de policía, no había alumbrado en la ciudad, y los bandidos abundaban, se atribuyó á ellos esta desgracia; sin embargo, llamó la atención el que se encontrase en los bolsillos del vestido de la víctima bastante cantidad de monedas.

A los ocho días, otro cadáver tirado en las cercanías de la que hoy se llama calle de Don Juan Manuel; al día siguiente otro, y después periódicamente otros y otros más. La ciudad se llenó de terror porque algunos de los muertos pertenecían á familias conocidas y honradas de la ciudad.

Inmediatamente el vulgo inquirió quién era el autor de estos crímenes. Don Juan Manuel, seducido enteramente por el diablo y habiéndole entregado su alma con tal de que le señalase al amante de su esposa, salía todas las noches de su casa embozado hasta los ojos y con un agudo puñal desnudo en la mano. En el momento que en las cercanías de la casa encontraba á alguno, los celos le cegaban y suponía que era ese alguno de los muchos que trataban de ofender á su honra, y le preguntaba:—¿qué horas son?—Las once, contestaba inocentemente el transeunte.—Dichoso tú que sabes la hora en que mueres, respondía Don Juan Manuel, y al mismo tiempo le clavaba el puñal en el corazón ó en la garganta, y dejándole ya muerto y nadando en su sangre, regresaba á su casa, se oía el estruendo pavoroso de la pesada puerta que se cerraba, y todo quedaba después en las tinieblas y en el silencio. Las horas más críticas eran desde las once hasta las doce de la noche, y nadie, ni aun para pedir los Santos Oleos, se aventuraba en las calles desde las ocho en adelante, á no ser acompañados de dos ó tres alguaciles. Sin embargo, había muchos que porque no creían en tan vulgares consejas ó por absoluta necesidad, transitaban por los dominios de Don Juan Manuel, y era seguro que esa noche, sabiendo exactamente la hora, morían víctimas del sanguinario furor que el demonio había inspirado á este extraño caballero.

El hecho era que los asesinatos se cometían con frecuencia, que los cadáveres se encontraban al día siguiente con todas sus ropas y prendas, y que aunque en secreto y con reservas se señalaba á Don Juan Manuel como al autor de estos crímenes; pero en lo visible no había sino pruebas en contrario. Don Juan Manuel, aunque triste y sombrío como hemos dicho, concurría á la misa, daba sus limosnas y visitaba como de costumbre á su amigo el Virrey. Quién había de atreverse á acusar á un hombre acaudalado y respetable, ni qué pruebas podían presentarse; así, todo el mundo callaba y cumplía con encerrarse en su casa desde que se escuchaba el toque de ánimas.

Había en la calle de Don Juan Manuel (probablemente donde hoy se encuentra la magnífica finca del Sr. Dozal) una casa de pobre apariencia y que era propiedad de una beata que tendría sus cincuenta años. Alguna de las faltas de que es víctima la juventud cuando es demasiado confiada en el otro sexo, hizo que la Madre Mariana, que así la llamaban, tomara el hábito de beata y además hiciese la promesa de rezar un número de credos á la Preciosa Sangre, igual al día de cada mes, de modo que nunca se acostaba antes de la media noche, y el día 25, por ejemplo, empleaba más de media hora en rezar los veinticinco credos que le tocaban. En la calle oscura, sin empedrado, muda y completamente sola desde las ocho de la noche, no se veía más que una luz, como la de una sola y lejana estrella en un cielo nebuloso. Era la luz que salía por un estrecho postigo de la casa de la beata Mariana que encendía una lamparita delante de una imágen de Jesucristo atado en la columna, y no cerraba el postigo sino después de haber acabado de rezar sus credos.

Las más noches oía cerrarse con estruendo una puerta, y este ruido casi á una misma hora le hizo ponerse en observación hasta que se cercioró que era la puerta de la casa que habitaba Don Juan Manuel. Otra noche, hacia el fin de un mes en que tenía que rezar muchos credos y había permanecido de rodillas delante de la imagen, escuchó un quejido. Apagó en el acto su lámpara, de puntillas se dirigió al postigo y asomó la cabeza con precaución. Un hombre corrió, y otro detrás de él le alcanzó casi en la misma puerta de la casa de Mariana y le dió cuatro ó cinco puñaladas. El hombre gimió dolorosamente y cayó á poca distancia. El asesino se alejó de allí, y á poco, en vez del estruendo de costumbre, la beata oyó que se abría suavemente una puerta y que un hombre embozado entraba en ella. Era la casa de Don Juan Manuel, y no podía ser otro sino el mismo Don Juan Manuel.

Mariana se acostó llena de terror, y al día siguiente, ya que habían levantado el cadáver, fué á referir al confesor lo que había pasado y le dió parte también de las vehementes sospechas que tenía. El confesor obtuvo una audiencia del Virrey y le contó el suceso, pero el Virrey se rió, dijo al padre que todas eran consejas del vulgo y que no había que hablar ni que hacer caso de todo ello. Mariana había, sin embargo, referido algo á las beatas, y desde este suceso el terror se aumentó y las apariciones fueron ya más terribles.

Se refería que de los muchos escombros y andamios de la obra de la catedral salía todos los viernes á las doce de la noche una procesión de monges con unos largos sayales y unos capuchones negros que les cubrían la cara. Que las caras de esos monges eran unas calaveras á medio descarnar, pues eran nada menos que todas las víctimas de Don Juan Manuel que se levantaban de sus sepulcros. Esos cadáveres revestidos del hábito de los frailes, se dirigían en procesión por el cementerio de Catedral con unos gruesos cirios en la mano y cantando con una voz que parece salía del sepulcro, el oficio de difuntos. Llevaban cargado un ataud vacío, llegaban á la calle de Don Juan Manuel y volvían con el ataud, ya con un hombre atado de pies y manos. En el atrio de la catedral había una horca, elevaban en ella del pescuezo al hombre, apagaban los cirios y cantaban el Miserere. Cada semana se repetía esto, y los que por casualidad habían visto esta terrible procesión, regresaban á su casa con fiebre y morían á pocos días.

* * *

Así oí referir el cuento de Don Juan Manuel, en la edad de las ilusiones y del mundo ideal de fantasmas, de espectros y de apariciones. Al calor del fogón de la cocina oímos cosas siempre maravillosas y nuevas, y nos dormimos en el seno maternal, o soñando en los príncipes generosos y las magas lindas y benéficas, ó estremeciéndonos con los espectros y las sombras de los avaros y de los malvados que brotan del sepulcro para ejemplo y enseñanza de los mortales.

El hecho cierto fué que Don Juan Manuel amaneció repentinamente ahorcado, y que el pueblo tenía razón, porque en el fondo había una historia terrible y verdadera.

* * *

Pasaron muchos años antes de que se supiera lo que había de verdad en todo lo que no parecía más que un cuento, hasta que Don José Gómez de la Cortina, literato distinguido y además curioso indagador de todas nuestras antiguas crónicas, publicó un escrito con el título de la Calle de Don Juan Manuel, en cuya primera parte refiere la leyenda popular tal como se la contó su barbero, y que difiere en algunos puntos de la que acaba de leerse. En cuanto á la parte exactamente histórica, no habiendo encontrado ningún otro dato ni documento nuevo, copio la que escribió el finado conde de la Cortina. Dice así:

«Por los años de 1623 á 1630 vivía en México un caballero español muy principal, natural de Burgos, llamado D. Juan Manuel de Solórzano, que había venido á esta América con la comitiva que trajo consigo el virrey D. Diego Fernández de Córdova, marqués de Guadalcázar, y ya disfrutaba de grandes bienes de fortuna y consideración, cuando tomó posesión del virreinato de Nueva-España D. Lope Díaz de Armendáriz, marqués de Cadereyta. La privanza que logró D. Juan Manuel con este personaje fué tanta que se le hicieron cargos de ella al virrey en la corte de España, y no contribuyó poco á la ruidosa desgracia con que fueron recompensados sus servicios. Hacia 1636 contrajo matrimonio D. Juan Manuel con D.ª Mariana Laguna, hija única de un rico minero de Zacatecas, cuya dote aumentó considerablemente las riquezas de su esposo, y ambos consortes pasaron á habitar una casa contigua al palacio del virrey. Esta proximidad de habitaciones parece que estrechó mucho más las relaciones amistosas que existían entre el marqués y D. Juan Manuel, llegando á tal grado que pasaban juntos la mayor parte del día, aunque no sin graves murmuraciones del público que no estaba acostumbrado á ver á los virreyes visitar las casas de los particulares. Aumentóse el desafecto hacia el virrey, cuando se supo que daba á D. Juan Manuel la administración general de todos los ramos de real hacienda, y por consiguiente la intervención de las flotas que venían de la Península; y como en estos ramos siempre había tenido gran parte la Audiencia, pronto empezaron las quejas y representaciones al rey, pintando al marqués con los colores más odiosos, y amenazando con una revolución más violenta que la que pocos años antes había angustiado á la Nueva-España, en tiempo del marqués de Gelves. Los resortes que el virrey puso en movimiento debieron de ser muy poderosos, puesto que inutilizaron los efectos de las cuantiosas sumas de dinero que envió á Madrid la Audiencia, y consiguieron que Felipe IV aprobase la conducta del virrey y confirmase á D. Juan Manuel en el goce de sus nuevas concesiones. Por este tiempo llegó á México la noticia de las victorias obtenidas en Francia por el ejército español á las órdenes del príncipe de Saboya, que penetró hasta la ciudad de Pontoise y puso en la mayor consternacion á la capital de aquel reino. En el mismo buque que trajo estas nuevas, plausibles entonces para los habitantes de México, llegó á Veracruz una señora española llamada D.ª Ana Porcel de Velasco, viuda de un oficial superior de marina, de muy ilustre nacimiento y de singular hermosura, á quien un encadenamiento de desgracias había puesto en la necesidad de venir á implorar el amparo del virrey, que en tiempos más felices para ella la había distinguido en la corte, y aun le había dedicado algunos obsequios amorosos. Luego que el marqués supo la llegada de esa señora, manifestó á D. Juan Manuel el placer que tendría en alojarla en México de un modo correspondiente á su clase y al punto D. Juan, deseando corresponder á esta confianza, ofreció sus servicios al Virrey, y no sólamente le cedió la casa que entonces habitaba, sino que costeó con espléndida profusión todos los gastos que hizo Dª. Ana en su viaje desde Veracruz hasta la capital. Ignóranse los acontecimientos que mediaron desde esta época hasta que se supieron en México las noticias del levantamiento de Cataluña; pero según se ve, sirvió este suceso de pretexto á las autoridades de México para ejercer terribles venganzas. La Audiencia, que desde la revolución del marqués de Gelves había permanecido contraria á los Virreyes, no fué la que menos se aprovechó de esta circunstancia, y á fuerza de buscar la ocasión de humillar al Virrey y de perjudicar á Don Juan Manuel, debió de hallarla, puesto que á fines del año 1640 permanecía este preso en la cárcel pública, en virtud de mandamiento del alcalde del crimen D. Francisco Vélez de Pereira. D. Juan Manuel sufría tranquilamente su prisión, esperando un cambio de fortuna, cuando supo que el mismo alcalde visitaba á su esposa con más frecuencia de la que exigía la urbanidad ó el deseo de ser útil. Hallábase igualmente preso en la cárcel, y por el mismo motivo un caballero muy rico llamado D. Prudencio de Armendia, que había sido traído á México desde Orizaba, en donde poseía inmensos bienes, y en donde el rigor de que había usado al desempeñar varios cargos públicos le había proporcionado la enemistad y el odio de todos los que aspiraban á vivir sin freno y á costa de las turbulencias públicas. Este sugeto que era corresponsal de D. Juan Manuel, y de quien se había valido este último para arreglar el viaje de D.ª Ana Porcel de Velasco, halló el modo de facilitar á su amigo el medio de salir de la cárcel y de poder examinar por sí mismo la conducta de su mujer. D. Juan Manuel salió varias noches, y en una de ellas dió muerte al alcalde D. Francisco Vélez de Pereira, casi en los brazos de la adúltera esposa. Fácilmente pueden inferirse las consecuencias que debió tener este acontecimiento. El Virrey dobló sus esfuerzos por salvar á D. Juan Manuel; la Audiencia por su parte no se atrevía á manifestar al público los pormenores del delito, y ya empezaba á creerse que Don Juan Manuel saldría victorioso, cuando repentinamente amaneció su cadáver suspendido en la horca pública, un día del mes de Octubre de 1641; suceso digno de la sombría y misteriosa política de aquellos tiempos...... La calle en que acaeció la muerte del alcalde es la misma que hoy se llama de D. Juan Manuel, tanto por vivir éste en ella, como por haber construído la mayor parte de las casas que la formaban; así es que entonces tenía el nombre de calle Nueva, y era una de las extremidades de la ciudad, pues concluía el caserío de aquel lado poco más allá del hospital de Jesús.

—¡Qué reflexiones me inspira todo lo que acaba Ud. de referirme!—dijo mi amigo lanzando un suspiro de aquellos que acostumbraba.

—Pues aun hay más, le contesté. Creo que la conducta de la mujer de D. Juan Manuel era en cierto modo disculpable, porque, á lo que parece, su debilidad fué el precio que puso el alcalde á la libertad de D. Juan......

—Lo creo así, y vea Ud. la razón por que no se atrevieron los oidores á quitarle la vida públicamente...... Y luego era preciso inventar lo del diablo, y lo de la horca, y hacérselo tragar al pobre pueblo...... ¡Ah, qué tiempos!!!

—Yo le aseguro á Ud. que desde hoy no vuelvo á entrar en mi casa sin acordarme de D. Juan Manuel, y dar mil gracias á mi barbero.

—Pues yo desde hoy miraré esa calle con toda la veneración que se debe á un monumento que nos recuerda los progresos de la ilustración del siglo en que hemos nacido.

Manuel Payno.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings