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El libro rojo, 1520-1867, Tomo I

EL TUMULTO DE 1624

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Pasó al Virreinato del Perú el Marqués de Guadalcázar, y le sucedió en el Gobierno de México D. Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, Marqués de Gelves y Conde de Priego, el cual llegó el 12 de septiembre de 1621.

El país estaba infestado de bandidos, de manera que no se podía salir ni á los caminos, ni andar en las ciudades pasadas ciertas horas de la noche, sin ser atacado, robado y no pocas veces asesinado. Los frailes de las diversas órdenes religiosas, poseedores de grandes bienes y habiendo perdido las virtudes cristianas de que dieron ejemplo años antes los doce apóstoles de las Indias y sus sucesores, se entregaban á ruidosas cuestiones y á complicadas intrigas para obtener los puestos elevados en los conventos, la justicia no estaba de lo mejor administrada, y según las pocas narraciones de esos tiempos hay lugar para creer que el favoritismo y la venalidad, más bien que las leyes, decidían de los muchos y largos pleitos que en esa misma época se originaban entre españoles, criollos é indígenas. El Marqués de Gelves, enterado de la mala situación de la Colonia á los pocos meses de llegado, quiso violentamente corregir todos estos males y comenzó á ahorcar á los ladrones, á poner á raya á los Provinciales de los conventos, á destituir á los empleados infieles, á intervenir, poniéndose del lado de los pobres, en las inícuas sentencias de los jueces, y aun á refrenar el poder inmenso que el clero había adquirido mezclándose en los negocios civiles y decidiendo sobre las reyertas y cuestiones de las familias.

Al papel siempre peligroso de reformador, el Marqués de Gelves añadió mucho de su carácter impetuoso y bravo y de su voluntad indomable; de manera que por medio del despotismo y de la arbitrariedad quería corregir los vicios que la arbitrariedad y el despotismo habían entronizado, y esto produjo un choque terrible con la autoridad eclesiástica representada en el Arzobispo Don Juan Pérez de la Serna que había venido desde el año de 1613, y que se había hecho de grande prestigio no sólo entre los eclesiásticos, sino también entre el pueblo.

El Prelado, hombre también testarudo y aun poco escrupuloso, para elegir los medios de menguar la autoridad del Virrey y dominarle, no dejaba escapar la oportunidad de arrebatarle la popularidad que había adquirido con las reformas que hemos indicado. Pronto se presentó la ocasión.

El Marqués de Gelves que no tenía sin duda una idea fija sobre las obras del desagüe, no sólo mandó suspenderlas, sino que para dar una prueba de su inutilidad mandó romper el dique que contenía las aguas del río de Acalhuacán (Cuautitlán.) La estación lluviosa fué benigna y pasó sin novedad y con gran contento del Virrey, pero repentinamente en el mes de diciembre creció la laguna de Texcoco, se desbordó sobre la ciudad y la anegó completamente.

A esta calamidad siguió la de la carestía y aun escasez de maiz que llegó á valer cuarenta reales, siendo su precio común en esos tiempos el de doce reales. Esto indispuso los ánimos, y la exaltación llegó á su colmo cuando se supo que un caballero rico llamado Mejía, amigo íntimo del Virrey, había monopolizado todo el maiz y el trigo y le vendía á precios exorbitantes sin que nadie pudiese competir con él. Malas lenguas dijeron que el Marqués tenía compañía con Mejía y ambos se habían embolsado grandes ganancias, obtenidas á costa del hambre y de la miseria del pueblo. Todo esto lo explotaba perfectamente el clero, mal avenido con el carácter tremendo del Virrey, y no era necesario mas que un pequeño incidente para que estallase abierta y descaradamente la guerra entre las dos autoridades.

No tardó esto en suceder. Un personaje importante en esa época, Don Melchor Pérez de Varaez, se hallaba procesado, y usando de los recursos que entonces como ahora se usaban, recusó á su juez. El Virrey le nombró otro, y Varaez entonces se escapó del convento de Santo Domingo, donde estaba retraído. Sus jueces, ofendidos, decretaron el embargo de sus bienes y papeles, le aprehendieron y le encerraron en una estrecha celda, tapando las puertas con cal y canto y poniéndole además una guardia de doce arcabuceros.

Varaez se dió trazas de elevar un memorial al Arzobispo, reclamando la intervención eclesiástica, y como el prelado no deseaba sino el momento de ponerse frente á frente con el Virrey, otorgó la protección al preso, y de pronto excomulgó á los arcabuceros que le custodiaban. El Virrey ocurrió al delegado del Papa en Puebla, y éste mandó al Arzobispo que levantase la excomunión. Este no obedeció, y el Virrey recabó duras providencias en contra del prelado. Tal fué el principio y origen del terrible tumulto de 1624.

El Virrey lo que quería era que sin resistencia dominase la autoridad civil, y estaba resuelto á emplear la fuerza y la violencia para conseguirlo. El Arzobispo quería que la autoridad eclesiástica dominase sin contradicción, y por su parte estaba resuelto á esgrimir todas las armas de la Iglesia.

Un día, después de muchos incidentes relativos al negocio de Varaez, y que sería largo el referir, el Virrey mandó llamará un clérigo, el cual, con consentimiento del Arzobispo, vino el día siguiente acompañado de su secretario.

Luego que los vió el Virrey, montado en cólera preguntó:

—¿Quiénes sois vosotros, y qué queréis?

—Soy el secretario de Su Ilustrísima, y esta otra persona es el eclesiástico que Su Señoría ha mandado venir.

—Salid de aquí al momento, que si he llamado al clérigo, para nada necesito al secretario, y no gusto de tener espías en mi palacio: salid antes que...... y vos, clérigo, aguardad.

El secretario salió más que de prisa y fué á referir al Arzobispo lo que había pasado. Eran las primeras horas de la mañana. El clérigo se sentó en la antesala á esperar que le llamase el Virrey. Cerca de las ocho de la noche el Virrey asomó la cabeza por una puerta. ¿Está todavía ese clérigo que mandé llamar esta mañana?—dijo á un ugier que hacía la guardia.

El clérigo se levantó, rojo como una cereza, pero con apariencias de resignación se acercó al Virrey, el que le hizo señal, y ambos entraron en el gabinete secreto.

—¿Me responderéis como un cristiano y como un hombre honrado á todo lo que os pregunte?—le dijo el Virrey con voz áspera.

El clérigo, lleno de miedo, hizo un signo de asentimiento con la cabeza, y entonces el Virrey le hizo multitud de preguntas difíciles y capciosas, á las que contestó el eclesiástico de la mejor manera que pudo.

—¿Estáis dispuesto á que todo esto se ponga por escrito bajo de vuestra firma?—le dijo el Virrey.

El clérigo tuvo que revestirse de energía y le contestó que por miramiento y respeto había satisfecho todas las interpelaciones, pero que nada firmaría sin licencia de su prelado.

—Por última vez ¿no firmáis?—preguntó colérico el de Gelves.

El clérigo, con voz medio trémula pero perceptible, dijo:

—No, no, señor; nada firmaré.

—¡Armenteros!—gritó el Virrey.

Don Diego de Armenteros, revestido de su cota de malla y con todas sus armas, se presentó por la puerta del costado.

—Tomad un caballo, y con buena escolta y á buen recaudo mandad en el acto á este clérigo insolente al castillo de San Juan de Ulúa, y allí que le encierren en una bartolina hasta que yo mande otra cosa.

El capitán Armenteros con una garra como de león cogió al clérigo del brazo y le sacó del gabinete.

—Otro tanto he de hacer con el Arzobispo, si se descuida, dijo entre dientes el Marqués, mirando alejarse al clérigo y al oficial.

Al día siguiente el Arzobispo, por medio de un notario, mandó reclamar á su clérigo, manifestando al Virrey que había incurrido en las censuras de la bula de la Cena.

—Decidle al Arzobispo que mande por su clérigo á San Juan de Ulúa, y que si quiere ahorrarse pasos se entienda con mi capitán Armenteros.

El Arzobispo, lleno de cólera, trató con muchos prelados la manera de aniquilar al Virrey con las armas espirituales, y el Virrey por su parte reunió á varios letrados para consultar es si podía ser excomulgado. Los Oidores respondieron que no habían meditado el caso, y el Virrey los echó de la sala: otros letrados opinaron, que siendo el Virrey la imagen del Rey, no podía ser excomulgado.

Pasaron algunos días. El 8 de diciembre de 1624, solemnidad de la Purísima, hubo gran festividad en la catedral. El Santísimo estaba descubierto, la misa era cantada y un grueso religioso comenzaba el sermón, cuando el escribano Tobar, saltando sobre la multitud de devotos que había en la iglesia, subió al altar mayor á notificar un auto del Virrey al Arzobispo. Este resistió, los fieles se alborotaron, el padre predicador no pudo continuar, y la misa acabó á toda prisa. Figúrese el lector el escándalo que habría en los tiempos de que vamos hablando.

El Virrey, observando que en nada cedía el Arzobispo, acudió al juez legado de Puebla, y éste comisionó á un clérigo, sacristán de monjas, atrevido y resuelto, que vino á México, y empezó á ejecutar todas las órdenes del Virrey, comenzando por entrar al Arzobispado, echar á todos los familiares y clérigos y embargar los bienes y muebles que encontró.

El Arzobispo mandó tocar entredicho, y el son pausado y grave de las campanas llenaba de terror á los habitantes de la ciudad, anunciándoles la discordia entre el Príncipe de la Iglesia y el representante de S. M. el Rey de España.

Las campanas no detuvieron ni un momento al padre sacristán, y antes bien dió á sus providencias un carácter más enérgico. El Arzobispo, mirando sus muebles en manos extrañas, sus habitaciones cerradas y selladas, y casi echado de su palacio, se hizo conducir en una silla de manos ante la Audiencia, y allí significó á los Oidores que no se movería hasta obtener justicia.

Los Oidores dejaron sólo en el salón al Arzobispo y se dirigieron á contar el caso al Virrey, volviendo al cabo de tres ó cuatro horas un escribano llamado Osorio, con este recado:

—«El Sr. Virrey me manda decir á Su Ilustrísima que se vuelva inmediatamente al Palacio Arzobispal, desde donde podrá pedir justicia; y si esto no hace, le notifique que incurre en una multa de cuatro mil ducados, y saldrá además desterrado del reino.»

El Arzobispo contestó al escribano que no reconocía superioridad en el Virrey, y que no había de obedecer ni sujetarse á tan atroz tiranía, y que no volvería á su palacio por no sufrir los ultrajes del sacristán poblano.

El Virrey esperaba impaciente la respuesta, y luego que hubo escuchado la que le trasmitió el mismo escribano Osorio, gritó con voz de trueno:

—¡¡Armenteros!!

Don Diego Armenteros se presentó por la puerta del costado armado hasta los dientes.

—En esta vez, vos mismo con una partida de arcabuceros os apoderaréis, de grado ó por fuerza, del Arzobispo Don Juan Pérez de la Serna, y lo llevaréis á San Juan de Ulúa á que haga compañía al clérigo insolente.

—¿Le llevaré á pie, á caballo ó en coche?—preguntó Armenteros.

—A pie, como se pueda, en una mula, de cualquiera manera, con tal que demos una muestra terrible en este país desorganizado, del respeto que se debe á la autoridad; pero no...... no deseo que vaya á morirse...... Disponed mi coche de camino y partid en el acto.

Armenteros, en momentos, mandó disponer el coche y la escolta de arcabuceros, y acompañado del Lic. Terrones, alcalde del crímen, del alguacil mayor Martín de Zavala y del teniente Perea, se dirigió á la sala de la Audiencia, donde el Arzobispo, sentado en su silla de manos, esperaba todavía que le hicieran justicia los Oidores.

—Es desagradable, le dijo Terrones, tener que ejecutar providencias tan duras; pero Su Ilustrísima deberá salir en este momento para San Juan de Ulúa, escoltado por el valiente capitán Armenteros.

—Espero que se me concederán dos ó tres días para...... pues...... porque......

El Arzobispo se ahogaba de la cólera.

—Ni una hora, contestó Terrones.

—Al menos me será permitido mandar por mi desayuno, pues el estómago y...... mis males, murmuró el Arzobispo.

—Ni un minuto, interrumpió Armenteros. El coche está ya listo y los caballos de la escolta impacientes.

—Ni un segundo, añadió el teniente Perea, y tomando bruscamente por el brazo al prelado, le hizo bajar las escaleras, y cinco minutos después un coche á escape, envuelto en una nube de polvo y seguido de doce feroces y corpulentos arcabuceros, atravesaba las calles de la ciudad y conducía á su destierro al más temible y poderoso señor de Tenoxtitlán.

* * *

Los partidarios y amigos del Arzobispo tuvieron modo de enviarle recados y cartas, manifestándole que lo que importaba era ganar tiempo y demorarse mucho en el camino; lo cual fácilmente logró con pretexto de sus enfermedades y tratando con la mayor dulzura á Armenteros, que era un soldado brusco, pero en el fondo buen hombre.

La Audiencia entretanto, atemorizada, anuló el auto del Virrey, el cual en el momento que lo supo mandó prender y poner incomunicados en el calabozo á los Oidores, á los relatores y á los demás dependientes del tribunal, y envió un correo con instrucciones á Armenteros para que envolviese al Arzobispo en un colchón ó en un petate, supuesto que estaba enfermo, y en una mula, como si fuese un fardo le sacase violentamente de los límites del arzobispado.

En San Juan Teotihuacán se recibieron todas estas noticias la noche del 14 de enero, y las que comunicaron sus partidarios á Don Juan Pérez de la Serna eran más pormenorizadas é importantes; de manera que se resolvió á dar á su vez un golpe terrible y á jugar el todo por el todo. En la misma noche proveyó y despachó á México dos edictos. Uno de ellos excomulgaba al Virrey, y el segundo intimaba la cesación á divinis.

En la mañana temprano y mientras Armenteros se ocupaba en organizar la marcha y procurarse caballos y tiros de remuda para que su viaje fuese tan acelerado como el Virrey se lo había ordenado, el Arzobispo logró escabullirse y entrar á la iglesia de San Francisco. Allí revistió los atavíos pontificales, colocó al Divinísimo Sacramento en una custodia de oro y pedrería, que tomó en sus manos, y se puso en actitud resuelta en el altar mayor.

Armenteros buscó á su prisionero para acompañarle á que subiera al coche; pero en vez de encontrarle, le informaron que estaba en la iglesia decidido á desobedecer la autoridad del Virrey.

El capitán, que era de genio atrabiliario y de fuertes ímpetus, desnudó la espada, y echando un terrible juramento se metió como un furioso al templo, resuelto á atravesar de parte á parte al prelado, y en efecto llegó hasta las gradas del altar mayor; pero la actitud imponente del Arzobispo, su semblante sereno, aunque resuelto, y el temor y el respeto que le inspiraba el Sacramento encerrado en el resplandeciente relicario de oro, hicieron tal impresión en su ánimo, que bajó lentamente la espada que tenía dirigida al pecho de su prisionero, y cayó de rodillas suplicándole que encerrase la Hostia Sagrada en su tabernáculo, que de buen grado le siguiese, y que no comprometiese sus deberes de soldado, que tenía forzosamente que cumplir.

El Arzobispo se mantuvo firme en la idea de no dejarse arrancar sino por la fuerza del altar, y alguno de los documentos antiguos dice que permaneció cincuenta horas con la custodia en las manos. Como la gente del pueblo, y especialmente los indígenas, comenzaron á dar muestras de disgusto tomando decididamente el partido del Arzobispo, el capitán no se halló bastante fuerte con sus pocos arcabuceros para hacer frente á un motín popular, despachó un correo á México y prometió al prelado que con tal que sosegase á la gente, él mismo se interesaría para que el Virrey le mandase volver á la capital en vez de continuar rumbo á Veracruz.

* * *

El 15 de febrero de 1624 fué uno de los más notables y terribles de que hay memoria en los anales de la colonia. El provisor Don José Portillo, muy de mañana comenzó á cumplir punto por punto el edicto del Arzobispo.

Los muchos fieles y buenos cristianos que había entonces extrañaron el toque de alba; pero creyeron que el sueño les había vencido ó el diablo les había hecho algo sordos. Dirigiéronse á misa y encontraron una iglesia cerrada, y otra y otra, recorriendo así la ciudad llena de templos, todos mudos y clausurados, como si ese mismo día hubiese acabado la religión de Jesucristo. Los sacristanes apenas asomaban la cabeza por el cuadrante y decían á los conocidos palabras alarmantes y misteriosas; algunos clérigos y frailes con algo que llevaban oculto bajo de los hábitos atravesaban rápidamente las calles, las campanas continuaban guardando un obstinado silencio. La alarma de los cristianos crecía por momentos, y pronto se propagó la noticia de que el Virrey estaba excomulgado y fijada la tablilla con el anatema terrible, en la puerta misma de la catedral.

La gente se agolpó á leer la excomunión, y las mujeres pedían con gritos y lamentos que se abrieran las puertas del templo. En estos momentos el escribano Osorio que tanta parte había tomado en los acontecimientos, atravesaba la plaza mayor en su coche, seguido de algunos negros esclavos, y á ese mismo tiempo pasaban unos muchachos que venían del mercado con unas grandes canastas de verdura en la cabeza, y habiéndole reconocido le gritaron ¡muera el hereje! ¡muera el excomulgado! grito que fué repetido por la multitud que ya llenaba la plaza, y que sabía ya lo que pasaba. Los esclavos de Osorio quisieron dispersar á los muchachos, y éstos pusieron en el suelo las canastas y comenzaron á tirar rábanos, zapotes y manzanas á la cara de los negros. Las demás gentes tomaron parte, la guardia del palacio salió con el sargento mayor á la cabeza, y entonces los amotinados, que ya eran muchos, acudieron al costado de la catedral, que estaba en obra, y apoderándose de gruesas piedras y guijarros hacían una descarga tan cerrada sobre el coche de Osorio y sobre los soldados, que éstos tuvieron que retirarse más que de prisa, refugiándose en el palacio y cerrando las puertas.

El Virrey, furioso de cólera, revistió su armadura, empuñó su espada y quiso salir á castigar á los insolentes, pero le contuvo el almirante Cevallos que estaba á su lado y era hombre de prudencia y de juicio.

—Bueno, no saldré en este momento, pero ¡voto á Dios! que he de castigar á todos estos malvados y rebeldes, y he de poner más horcas que árboles hay en la montaña.

Esto diciendo salió á la azotea con un clarín que comenzó á dar toques que llamaban entonces rebato. La alarma se difundió por toda la parte de la ciudad que había permanecido quieta y que ignoraba los últimos acontecimientos, y pronto se vió la plaza y las avenidas principales llenas de gente que secundaba los gritos de «Muera el hereje, abajo el luterano, viva la fe de Jesucristo y viva la Iglesia.» Al toque siniestro del clarín, que quizá no había sonado de esa manera desde los días de la conquista, acudieron al Palacio las autoridades, los empleados y una gran parte de la nobleza mexicana, y todos suplicaron al Marqués, especialmente el Oidor Cisneros, que se hincó de rodillas, que levantase el destierro al Arzobispo y lo trajese á México, con lo cual todo quedaría sosegado. El Virrey accedió, aunque con visible repugnancia, y el inquisidor mayor salió de Palacio con un papel que contenía el perdón para todos los amotinados, y la orden de volver á su palacio al temible Don Juan Pérez de la Serna, á quien hemos dejado en la iglesia de Teotihuacán, escudado con la resplandeciente y sagrada custodia.

Con esto habría terminado el motín, pero ni los sublevados se fiaban del Virrey ni éste de ellos, así que permanecieron no sólo en una actitud hostil, sino haciendo cada fuerza sus preparativos para volver á la lucha.

El pueblo continuaba agitado, vociferando y jurando en la plaza y en las calles, exigiendo que la audiencia reasumiera el gobierno, que las iglesias se abrieran y que se diese libertad á los presos de la cárcel pública; el Virrey, que á nada de esto podía acceder, mandó traer algunos quintales de pólvora de un depósito que estaba á media legua de la ciudad, sacó un suficiente número de arcabuces de la armería de Palacio, armó á los criados y dependientes que pudo reunir, y á la cabeza de esta tropa subió á la azotea, y desde allí intimó sumisión y obediencia á los conjurados. Estos, en vez de obedecer, contestaron su amonestación con silbidos y mueras, y comenzaron á tirar pedradas á los balcones. El Virrey, enfurecido, mandó hacer fuego á la tropa y más de cien personas cayeron muertas ó heridas en la plaza mayor.

* * *

El Marqués del Valle y el Marqués de Villa Mayor habían hecho grandes esfuerzos por apaciguar la sedición, y como un medio de conseguirlo ofrecieron que irían á encontrar al Arzobispo, á darle parte de que estaba en libertad y á suplicarle que influyese en calmar las pasiones, ya bastante irritadas. Provistos estos dos personajes de excelentes caballos y de resueltos criados, atravesaron sin obstáculo la multitud reunida en las calles, y á galope tendido se dirigieron rumbo á San Juan Teotihuacán. En el camino encontraron ya al prelado de regreso, habiendo recibido la orden por conducto del alcalde Terrones, pero ya no era el intrépido Armenteros y los arcabuceros los que tenían preso al Arzobispo, sino el Arzobispo quien los traía no sólo presos sino anonadados de susto y de vergüenza. Armenteros se mordía los labios y casi se arrepentía de no haber sacado por el pescuezo al orgulloso pastor de la Iglesia.

Los pueblos todos del camino desde México hasta S. Juan se habían levantado, como se dice vulgarmente, y en tropel corrían á arrojarse á las plantas del Arzobispo implorando su bendición y besando sus manos y el extremo de las ropas, como si fuese un santo mártir. A cada momento era necesario que la comitiva se detuviese y que Don Juan Pérez de la Serna persuadiese al pueblo que Armenteros era su amigo y que los arcabuceros no tenían ya más objeto sino tributarle los honores debidos á su clase. De otra suerte habrían todos perecido hechos mil pedazos.

Luego que se supo en la ciudad la proximidad del Arzobispo, un concurso inmenso compuesto de las señoras y caballeros principales y de multitud de personas, salió con hachones á esperarlo á la Villa de Guadalupe, donde llegó á las once de la noche. A cosa de las doce llegó á la Capital, y todas las ventanas y balcones estaban abiertos é iluminados, las campanas se soltaron con un repique general á vuelo, cohetes y bombas estallaban en los aires, y el populacho entusiasmado y tal vez embriagado, gritaba vivas á la religión, y los clérigos y todos se estrujaban y se lastimaban con tal de llegar lo más cerca posible del Arzobispo para recibir su bendición.

* * *

Mientras que los marqueses, después de haber hecho esfuerzos por apagar el fuego que comenzaba en las puertas del Palacio, corrían en busca de Don Juan Pérez de la Serna, y éste lenta y pacíficamente regresaba de la manera que hemos explicado en el párrafo precedente, el tumulto se desarrolló en la ciudad de una manera terrible. El clamor de los heridos que cayeron víctimas de las balas disparadas por el Virrey, y la vista de los cadáveres inanimados y sangrientos, despertó en el pueblo un furor hasta entonces desconocido, y los clérigos desarrollaron en ese momento oportuno toda la vasta trama de la conspiración, que no cabe duda habían tejido desde pocos meses después de la llegada del Marqués de Gelves.

En menos de dos horas, el populacho, que no tenía más armas que las piedras de la obra de la catedral, reapareció imponente en la plaza, provisto de arcabuces y trabucos, y comenzó una acción entre el Marqués subido con sus hombres en la azotea del Palacio y el pueblo aglomerado en la plaza, atronando los aires con una vocería infernal, de la que formaban el tiple los infinitos muchachos que tomaron parte en esta refriega.

El gran recurso del Marqués era el clarín, con cuyos toques de guerra esperaba el auxilio de algunos piquetes de caballería; pero se secó la garganta del trompetero antes que ninguna fuerza se acercase á dar auxilio al Palacio, que estaba ya completamente sitiado.

El Virrey recurrió entonces al expediente supremo, que fué enarbolar la bandera real, y contra la cual nadie se atrevería, y en efecto, en cuanto vieron ondear en el balcón principal el glorioso y temible estandarte de Castilla, cesaron las pedradas y el fuego de los arcabuces.

—Bien, muy bien, ¡voto á Dios!—exclamó el Marqués luego que vió la actitud respetuosa del pueblo;—no se atreverán á atacar la bandera del Rey, y entretanto tendremos la caballería que debe estar cerca, ó llegará Armenteros, que con sola su lanza dispersaría á toda esta canalla.

Ya hemos visto que Armenteros venía realmente en el camino como prisionero del Arzobispo.

La inacción y el respeto del pueblo no se escapó á un clérigo que dirigía desde los portales el movimiento de las masas que atacaban el Palacio, y creyó que todo lo avanzado se perdería.

En un momento, y seguido de varios conjurados de una más alta categoría, entró á la catedral y sacaron á poco una grande escalera que aplicaron al balcón principal. El clérigo tomó en la mano un pequeño Crucifijo, y gritando vivas á la religión, comenzó con admiración de todos á subir los escalones.

El Marqués, que en el acto adivinó el intento, gritó con voz terrible:

—¡Fuego! ¡fuego al clérigo, que se atreve á asaltar el Palacio del Rey!

El clérigo no se intimidó y continuó subiendo.

Los arcabuceros del Marqués apuntaron al clérigo.

El clérigo siguió subiendo, agarrándose con una mano de los escalones y con la otra presentando cada vez que podía el Crucifijo.

—¡Fuego, soldados!—gritó de nuevo el Virrey.

Los soldados no se atrevieron á tirar, y el clérigo subió hasta el balcón y arrancó la bandera de Castilla y descendió con ella cayendo en brazos de la multitud.

El tumulto llegó en ese momento á su apogeo. Grandes partidas de conjurados desembocaron por las calles principales, acaudilladas por frailes ó clérigos, que en una mano tenían un arcabuz ó una espada y en la otra un Crucifijo, y alentaban á la multitud al asalto. Gruesas piedras iban á estrellar con estrépito las vidrieras y puertas de los balcones, y con fuertes vigas tomadas de la obra de la catedral, trataban de romper las puertas del Palacio. Los frailes, con una voz de estentor, alentaban á los combatientes y gritaban: ¡muera el Luterano! ¡muera el hereje, y viva la religión de Jesucristo!

Los únicos frailes que en nada se mezclaron fueron los de la Merced. Ni suspendieron las ceremonias el día que se fijó la excomunión, ni quisieron acaudillar ninguna de las numerosas partidas de revoltosos; cerraron en el momento del tumulto las puertas del convento, y aguardaron, provistos de algunas armas y con una despensa bien surtida, el resultado de esta ruidosa cuestión.

Las puertas de Palacio no cedían á los golpes de las vigas y piedras, y entonces una voz gritó: «fuego al Palacio,» y todas las voces repitieron este eco siniestro, y las campanas de las iglesias, hasta entonces mudas, comenzaron á tocar á rebato. El más horrible frenesí se apoderó de la multitud, y mil hachas de brea encendidas y chispeantes fueron aplicadas á las puertas, que pocos momentos después crujieron, comenzaron á arrojar columnas de humo y lanzaron por fin una llama rojiza que fué saludada con júbilo por la multitud.

El marqués de Gelves, lejos de acobardarse ni dar muestras de debilidad, echaba rayos por sus ojos.

—¡Miserables cobardes, que no habéis arrojado á balazos á ese infame clérigo! Aquí hemos de morir quemados todos antes de sucumbir, y el primero que dé muestras de ceder, le traspasaré con mi espada.

Los soldados, aterrorizados con el aspecto decidido y terrible de Gelves, comenzaron á hacer fuego sobre toda la multitud, que asaltaba el Palacio sin respetar ni á los frailes ni al Crucifijo con que incitaban al exterminio y á la matanza.

El incendio, animado con un viento que comenzó á soplar, progresaba; las puertas abrían ya una boca de fuego y de humo, las campanas no cesaban en sus toques fúnebres, y la plebe rabiosa se echó dando gritos y alaridos por las calles, asaltando, prendiendo fuego y saqueando las casas de los que eran ó suponían enemigos del Arzobispo.

El Marqués, firme y cada vez más resuelto, defendía palmo á palmo el terreno, pues los asaltantes habían penetrado en los patios y rompían y forzaban puertas para llegar adonde estaba el hereje y arrojarle á las llamas.

El clérigo Salazar, que era seguramente el director de toda la conjuración, con un arcabuz hacia fuego, y se le encontraba por todas partes guiando á los incendiarios. El fuego llegaba á la prisión, y los criminales iban á perecer quemados. Salazar, que conocía una puerta que comunicaba con el Palacio, corrió á ella, exhortó á los criminales para que se libraran, y éstos con la desesperación que da el peligro, hicieron pedazos la puerta, salieron á los patios de Palacio y se dispersaron por todas las habitaciones, rompiendo muebles, robando alhajas y destrozando cuanto encontraban.

El Marqués de Gelves, ya sin soldados porque muchos se habían fugado, sin parque construido, con un depósito de pólvora cercano y sobre el cual volaban las chispas, lleno de humo y de polvo, y con el tronco de su espada en la mano, desafiaba impávido al incendio, á los criminales y al Arzobispo, y no había medio de arrancarle del puesto del peligro. Probablemente el almirante Cevallos, que le acompañó en esta funesta jornada, le arrancó de aquel sitio donde no había ni triunfo que esperar, ni gloria que recoger, y ambos, embozados, salieron por la puerta excusada, y sin que, como buenos castellanos, les diese un latido más su corazón, atravesaron aquella furiosa y frenética multitud y se dirigieron al convento de San Francisco, donde el Virrey permaneció retraído hasta que salió para España.

Manuel Payno.

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