CARIDAD EVANGELICA
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35. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviéreis amor los unos con los otros. Evangelio según San Juan. Cap. XIII.
Pasaba tranquilamente el año del Señor de 1575.
La Nueva España, gobernada á la sazón por Don Martín Enríquez de Almanza, cuarto Virrey, presentaba un cuadro en verdad halagüeño para su metrópoli.
Los habitantes parecían olvidar sus penas y sus deseos de independencia, y comenzaban á sufrir, sin murmurar, el yugo de sus conquistadores; el comercio era activo, las minas anunciaban ya grandes bonanzas, y las artes y las ciencias empezaban á tener su asiento en la capital de la colonia. Estaba ya fundado el colegio de los jesuitas, que después se llamó de San Gregorio, se abrió el Seminario de San Pedro y San Pablo, que luego tuvo el nombre de San Ildefonso, y el canónigo tesorero Don Francisco Santos estableció un colegio de pasantes nobles, que fué el conocido por colegio de Santos, y estuvo situado en la calle de la Acequia, célebre por más de un título, y sobre todo, por lo extraño de sus constituciones y porque en él vivieron muchas personas ilustres en México por su ciencia.
Nada, pues, parecía turbar la paz de la colonia, y Don Martín Enríquez escribía satisfecho al Rey, pintándole la felicidad de que se disfrutaba en toda la Nueva España.
Una noche, sobre el oscuro cielo de México, puro y tachonado de estrellas, apareció repentinamente un cometa[16].
Aquella era una terrible señal de grandes males para los sencillos descendientes de Moctezuma, que no podían aún olvidar que un cometa había también anunciado á sus padres la llegada de los españoles, la caída del poderoso imperio de los aztecas y la esclavitud de su raza.
Los ánimos comenzaron á turbarse, negras y siniestras preocupaciones se apoderaron de los hombres más audaces, y una nube de tristeza y desconsuelo pareció envolverlo todo desde aquel momento.
El cometa era para todos el mensajero de grandes calamidades; sólo que todos se perdían en conjeturas, creyendo unos que anunciaba guerras sangrientas, otros pensando que indicaba hambres, y otros suponiendo que traía la peste.
No hubo desde entonces un corazón tranquilo ni un espíritu sosegado: el presentimiento de la desgracia era unánime.
Duró el cometa algunos días sobre el horizonte, y luego desapareció, pero no con esto tornó la calma.
Una mañana, á cosa de las ocho, brillaron repentinamente también en el firmamento tres soles.
Tres soles, pero iguales; tres soles que caminaron por el cielo, causando el más terrible espanto á los mexicanos, hasta la una de la tarde, en que dos de ellos se apagaron.
El terror y el sobresalto no tuvieron entonces límites, y aquellos fenómenos se interpretaban, ya como el anuncio de un cataclismo universal ya como el aviso celeste del próximo fin del mundo.
Así, en medio de angustias y de temores, concluyó el año de 1575[17].
* * *
Entrada apenas la primavera de 1576, y sin preceder causa alguna manifiesta, se desarrolló entre los naturales de la Nueva España la peste más terrible y desoladora de cuantas se registran en los anales de la historia.
Los síntomas de aquella espantosa enfermedad nada tenían de extraños, y sin embargo, ninguno de los atacados llegaba á salvarse, ni había médico ni remedio alguno que pudiera darles alivio.
Anunciábase el mal por un fuerte dolor en la cabeza, é inmediatamente sobrevenía la fiebre; pero una fiebre voraz, que agitaba de tal manera á los infelices epidemiados, que no les permitía cubrirse ni con el vestido más ligero.
Aquellos desgraciados, como huyendo del fuego interior que los devoraba, salían con horror de sus habitaciones, y así desnudos y como locos, vagaban por los patios de sus casas ó por las calles, y allí expuestos á la inclemencia, y sin auxilios de ninguna clase, y en medio de una constante é inexplicable inquietud, expiraban, después de nueve días de padecimientos, en el último de los cuales tenían una gran hemorragia por las narices.
Aquella calamidad cundía de una manera espantosa, sin que nada bastara á contenerla, y «tenía—dice el padre Cabo—tan maligno carácter, que no se puede explicar...... teniendo la singularidad de que contagiándose casi todos los naturales, los españoles é hijos de ellos gozaban de salud.»
Con la peste llegó también el hambre; el contagio había penetrado en todas las casas de los mexicanos; los que quedaban libres huían con horror de los apestados: una tristeza profunda y un terror pánico se apoderaron de todos los corazones; ni había quien atendiese á los enfermos, ni quien procurase llevarles algunos alimentos: el que no sucumbía por la fuerza de la enfermedad, moría víctima del hambre y del abandono, y el miedo hizo también morir á muchos infelices.
Los alrededores de la capital, los barrios que estaban fuera de la traza, que era el centro de la ciudad, destinado exclusivamente para las habitaciones de la colonia española, presentaban un cuadro de muerte y desolación imposible de describir.
En las puertas de las casas y en las calles, montones de cadáveres; cadáveres en los patios, cadáveres en los canales, en las canoas, en los campos, en los caminos; cadáveres por donde quiera y en todas partes.
Familias enteras morían agrupadas, hijos expirantes que se abrazaban con el inanimado cuerpo de sus padres, madres moribundas que tenían sobre su regazo las cabezas yertas de tres ó cuatro de sus hijos, niños inocentes que se arrastraban entre los cadáveres de sus padres buscando el abrigo y el alimento.
Aquello era horrible; aquella confusión de sexos y de edades en los cadáveres; aquella desnudez expuesta á la luz del sol; aquel hacinamiento de cuerpos en repugnantes posturas, cubiertos de sangre, pero demacrados, pálidos, contraídos; aquella soledad ante la muerte; aquella raza que moría toda y quedaba insepulta: todo, todo era sombrío y espantoso.
Algunas veces los moribundos tenían que hacer un esfuerzo sobrenatural para ahuyentar á los perros, á los lobos y á las aves que se arrojaban ansiosos sobre el cadáver del hijo, á presencia de la expirante madre, y sobre los restos de la esposa, al lado mismo de su agonizante prometido.
El Virrey Don Martín Enríquez y el Arzobispo Don Pedro Moya de Contreras pensaron al principio en establecer hospitales; pero muy pronto la peste se hizo tan general, que fué imposible usar de este arbitrio, tanto por el número de los enfermos como porque no había ya quien los asistiese.
En vano se apeló al auxilio de la ciencia; en vano el Dr. Don Juan de la Fuente, uno de los médicos más célebres de aquellos tiempos, procuró en el Hospital Real estudiar en los cadáveres de los apestados, y descubrir algo que le indicase el origen y la causa del mal. El diagnóstico era imposible; pero seguro el pronóstico, la muerte.
Cuanto á un enfermo producía momentáneamente alivio, causaba á otro la muerte con más violencia; y ya en aquellos momentos era un devaneo pensar en dar asistencia á los contagiados; apenas se podía conseguir personas que estuvieran cavando constantemente sepulturas para impedir que los cadáveres se corrompieran en las calles y en los campos, ó fueran pasto de los animales.
Los mexicanos creían ya que su raza iba á desaparecer de la tierra, y los españoles miraban con espanto que iban á quedar solos en medio de aquel inmenso desierto.
* * *
En el extenso territorio de México se encuentran todos los climas, todas las temperaturas, y se hallan pueblos situados casi á la altura de las eternas nieves, y pueblos que viven bajo el ardiente sol de los trópicos.
Y sin embargo, la peste se cebaba implacable lo mismo en los habitantes de las costas del Atlántico y del Pacífico que en los que vivían en los fríos valles de Toluca y de Puebla, ó en las faldas del Tancítaro, del Iztatzihuatl ó del Zitlaltepetl.
Pero donde aquellos estragos se hacían más espantosos era en la capital, tanto por el mayor número de habitantes, como por la triste condición á que habían quedado reducidos después de la conquista.
Llegó un día en que no había quien siquiera viese á los apestados.
Entonces, el Arzobispo Don Pedro Moya de Contreras llamó á los superiores de las religiones y comunidades, y les encomendó el cuidado de los enfermos.
Desde este momento el purísimo sol de la caridad iluminó aquella tierra, sobre la que Dios hacía pesar una calamidad tan espantosa.
La historia de aquellos días de llanto y de tribulación para los desgraciados indígenas, es la inmortal página de gloria para el clero mexicano, es la aureola de luz con que aquellos santos y apostólicos varones se presentaron á pisar los umbrales de la eternidad para reclamar sus puestos entre los elegidos del Hombre-Dios.
Dominicanos, jesuitas, agustinos y franciscanos se distribuyeron por las calles y los barrios, llevando las medicinas, los alimentos, las ropas, los auxilios de la religión, y sobre todo, el santo y sublime consuelo de la caridad.
Unos curaban con sus mismas manos á los enfermos, otros escuchaban sus confesiones y les administraban el Viático y la Extremaunción, otros sacaban de las casas y recogían de las calles los cadáveres para darles sepultura, y todos, llenos de ese admirable espíritu de amor á sus hermanos, que no pudo ser comprendido en el mundo hasta que el Cristo mismo vino á explicarlo, todos prodigaban consuelos y esperanzas, é inspiraban la resignación entre aquellos millares de víctimas que sucumbían diariamente.
La noche negra de la desolación hizo brillar la estrella pura de la caridad; aquella era una terrible batalla que se daban la desgracia y la reina de las virtudes.
El triunfo de la caridad se debió entonces á las comunidades religiosas.
El ejemplo de los clérigos y de los frailes de la capital fué seguido con entusiasmo por el clero de las provincias y por las familias de los españoles.
Las damas más principales andaban en las chozas de los infelices, curando á los enfermos y llevándoles ropa y alimentos.
Los curas de los pueblos no descansaban tampoco un instante en sus evangélicas tareas.
Cuando se escribe una obra como el LIBRO ROJO, en que á cada paso se tropieza con un crimen ó con un acontecimiento originado por las malas pasiones de los hombres, se tiene un inexplicable sentimiento de bienestar al encontrarse con acciones nobles y con hechos dignos de memoria eterna, porque hay un verdadero placer en describir ciertos rasgos en que la humanidad se muestra á nuestros ojos, no tal como es, sino como debiera ser, llena de abnegación, de amor, de caridad.
El año de 1577 comenzó, y la peste seguía asolando á la Nueva España; pero como incansables, como invencibles gladiadores, los frailes y los clérigos seguían luchando con la desgracia brazo á brazo.
En aquel año las estaciones parecían haberse conjurado también contra los desgraciados indígenas, porque aconteció que desde principios de abril, cosa hasta entonces nunca vista, la estación de las aguas comenzó con toda su fuerza.
Pero esto no era un obstáculo para los que velaban por los apestados. Durante aquellas noches tempestuosas, cuando la tormenta descargaba su furia sobre la ciudad, cuando el agua caía á torrentes, y se iluminaban fantásticamente el valle y las serranías con la roja luz de los relámpagos, y el trueno se repercutía en las cañadas y entre las selvas, por los lejanos y oscuros callejones, inundados y peligrosos, se podía continuamente distinguir la incierta luz de un farolillo que ya avanzaba, ya retrocedía, ya se perdía en una casa para volver á brillar de nuevo, ya bajaba hasta el nivel de la tierra, deteniéndose allí como para alumbrar algo, dibujando con su indecisa claridad algunas sombras en las negras paredes de las casas.
Eran los frailes que buscaban á los enfermos para curarlos, á los moribundos para auxiliarlos, á los cadáveres para darles sepultura, á los niños huérfanos y abandonados para recogerlos, para evitar que muriesen de hambre y de frío.
Misión heróica, que debió hacer llorar de ternura á los mismos ángeles.
En los canales de la ciudad se representaban escenas terribles y patéticas.
Las canoas cruzaban por todas partes, y en la mayor parte de ellas los frailes remaban. Unas conducían esperanzas para los vivos, otras llevaban montones de cadáveres.
Pero aquella lucha debía tener también sus mártires entre los soldados de la caridad, y los tuvo.
El rector de los jesuitas y un gran número de dominicanos, de agustinos y de franciscanos, sucumbieron, no por la peste—con la cual no se contagiaron—sino de resultas de la terrible fatiga y de la afección moral causada por la continua presencia de escenas tristes y conmovedoras.
La historia no nos ha trasmitido ninguno de los nombres de aquellos héroes y de aquellos mártires al referirnos sus hazañas, y nosotros al recordarlos, sólo podemos repetir las sublimes palabras del Crucificado:
«En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviéreis amor los unos con los otros.»
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Aquella horrible peste, á la cual algunos llaman el Matlatzahuatl, que dejó desiertas y tristes grandes ciudades y floridas campiñas, cesó casi repentinamente á fines de 1577. El Virrey, que por conducto de los gobernadores y corregidores se había informado escrupulosamente de cuanto acaecía, hizo que se guardara en el archivo de la ciudad el testimonio del número de muertos, y eran...... más de dos millones[18].
Vicente Riva Palacio.