EL TAPADO
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I.
El mes de mayo de 1683 fué de una gran agitación en México. La capital de la colonia, de ordinario tan tranquila y pacífica, había cambiado repentinamente de situación, y á la monótona quietud de otros días había sucedido una especie de movimiento febril, una animación extraordinaria y una conmoción verdadera en todas las clases de la sociedad.
Era que los piratas habían desembarcado en la nueva Veracruz, y los piratas eran enemigos terribles para las colonias españolas.
Casi á mediados del siglo XVII se turbó repentinamente la tranquila posesión que tenían los españoles en las islas del mar de las Antillas y en las costas de la tierra firme; el comercio se interrumpió, y las flotas que de la América salían para Europa, cargadas de tesoros ó ricas mercancías, necesitaban ir custodiadas por navíos de guerra, so pena de caer en manos de los piratas, y aun esta prevención fué inútil algunas veces, porque los piratas atacaron y vencieron á los almirantes españoles, como habían vencido á los gobernadores de las ciudades y de las fortalezas.
El mar de las Antillas, el seno mexicano y el golfo de Darien estaban constantemente cruzados por piratas, cuyas hazañas eran el asombro de los marinos del rey de España, y el dominio de aquellos mares perteneció sucesivamente á Mansveld, á Juan Morgan, á Lelonois, á Juan Darien, á Lorencillo, á Juan Chaquez, á Nicolás de Agramont, hombres todos de un valor, una audacia y una sagacidad sin ejemplo.
Los piratas no se contentaban con apresar los buques mercantes, atacaban á los de guerra, y hacían desembarcos con el objeto de saquear ciudades de importancia.
Casi siempre salieron triunfantes en sus empresas, y se hicieron sucesivamente dueños de Puerto-Príncipe, de Maracaibo, de Porto-Bello, de Veracruz, de Tampico y de otras ciudades de las islas y tierra firme.
Por esto se conmovió la población de México cuando el viernes 21 de mayo de 1683, á las tres de la tarde, se publicó un bando en el que prevenía el Virrey que en el término de dos horas se presentaran á tomar las armas todos los hombres que tuvieran desde quince hasta sesenta años de edad.
Las noticias de Veracruz no podían ser más alarmantes; los piratas, acaudillados, según se decía, por Juan Chaquez y por el famoso mulato Lorencillo, habían desembarcado en número de ocho mil hombres, y se temía como seguro que se internasen en la tierra.
El Virrey y la Audiencia desplegaron entonces tanta energía y actividad, que al día siguiente, es decir, el sábado 22, estaban ya formadas las compañías de infantería y caballería, y salían para Veracruz con gente armada los oidores D. Frutos Delgado y D. Martín de Solís.
II.
Sin embargo, en medio de la terrible alarma que produjeron en la ciudad estas nuevas, corría una noticia entre el pueblo, que no dejaba de ser de grande interés, sobre todo para el Virrey y para la Audiencia.
Esta noticia era que poco antes de la llegada de los piratas á Veracruz, había desembarcado allí Don Antonio de Benavides, Marqués de San Vicente, Mariscal de campo, castellano de Acapulco, etc., nombrado visitador del reino por Su Majestad.
El Marqués de San Vicente se puso en marcha inmediatamente para México, y como en los pueblos de su tránsito eran conocidos sus títulos y su investidura de visitador, á porfía y en todas partes se le asistía y obsequiaba espléndidamente.
La colonia, á pesar de su aparente sumisión y fidelidad, aborrecía á sus opresores, y siempre los criollos, como llamaban los españoles á los mexicanos, veían con una especie de placer la aparición de un visitador que venía á residenciar á los señores que en nombre del rey mandaban en la Nueva España.
Los oidores y los virreyes recibían por su parte la noticia de la llegada de un visitador como el anuncio de una calamidad, y mal disimulaban en los festejos de su recepción la ira y el despecho que ardía en sus corazones.
La venida, pues, de Don Antonio de Benavides causó grandísima impresión, y más de dos corazones latieron de placer y más de un rostro palideció.
El vulgo comentó á su modo, lo mismo que los oidores murmuraron á sus solas; aquél se preparó á divertirse con la lucha que iban á emprender sus amos, y éstos se dispusieron á combatir y á poner en juego sus intrigas.
Entretanto, seguía armándose en México gente para salir en busca de los piratas á la Veracruz.
Había ya batallones de españoles, de criollos, de negros y de mulatos; los soldados se habían filiado por castas como se acostumbraba en aquella época, y se habían nombrado capitanes.
El conde de Santiago fué electo maestre de campo de aquel improvisado ejército.
Después de los oidores Delgado y Solís, el maestre de campo salió de la ciudad llevando más de dos mil hombres y cuatro carros de equipaje, y por capitanes de sus compañías á Miguel de Vera, al mariscal de Castilla Don Teobaldo de Gorraes, al tesorero de la casa de moneda Don Francisco de Medina Picazo, á Domingo de Cantabrama, á Juan de Dios y á Domingo de Larrea.
Pero estas tropas iban con demasiada lentitud para la actividad de los piratas, y apenas se habían alejado dos ó tres jornadas de México, cuando ya había llegado á la capital la noticia del saqueo de Veracruz y la retirada de Lorencillo.
III.
Casi al mismo tiempo que se supo en México la retirada de los piratas, se esparció la noticia de que por orden de la Audiencia había sido preso en Puebla el visitador D. Antonio de Benavides.
¿Qué causas habían movido á la Audiencia para dar este paso? todo el mundo lo ignoraba y á todos causaba esto un verdadero asombro.
La prisión de un visitador era en aquellos tiempos un atentado grande, un hecho tan escandaloso y de tan grave trascendencia, que se consideraba como ahora entre nosotros puede considerarse un golpe de Estado.
El visitador, investido con las facultades del soberano, representando su persona, era sagrado, inviolable, y poner mano en él, equivalía á un sacrilegio, casi era un delito de lesa majestad.
El público comentaba así la prisión de D. Antonio de Benavides y había quienes muy por lo bajo murmuraban que el Virrey y la Audiencia pretendían alzarse con el reino, y lo que era natural, unos se ponían del lado de Benavides y otros ensalzaban las disposiciones del Virrey.
Ni unos ni otros tenían en qué fundarse; pero como en toda división política, más parte tenían los afectos que las razones.
La efervescencia pública llegó á su colmo el viernes 4 de junio, porque desde el medio día se supo que en aquella noche debía «entrar D. Antonio de Benavides á México.»
Tanto se había hablado de Benavides, tan misteriosa había sido su conducta, y tan impenetrables la misión que traía y la causa de su prisión, que la gente comenzó á llamarle el Tapado, y este sobrenombre se popularizó tanto y con tanta rapidez, que la noche del día 4 de junio multitud de curiosos se dirigían á las calles del Reloj, y entre todos ellos no se oía hablar de otra cosa que del Tapado, que debía de llegar en aquella misma noche.
Mucho se hizo esperar aquella entrada para la multitud que impaciente aguardaba desde las oraciones de la noche, y sin embargo, nadie se retiraba, y por el contrario más y más personas iban llegando allí atraídas por la curiosidad; tanto interés causaba aquel personaje.
Por fin, después de las nueve de la noche, como eléctricamente circuló esta voz:
—Ahí viene.
Las gentes se apiñaban, los de la primera línea luchaban por no perder el puesto, los de atrás intentaban pasar adelante, todos abrían desmesuradamente los ojos, todos alargaban el cuello, todos se ponían sobre la punta de los pies.
Diligencias inútiles; nadie, á pesar de la claridad de la luna, pudo ver otra cosa que un hombre embozado en una gran capa negra, que caminaba montado en una mula y en medio de un grupo de alguaciles á caballo.
Ese hombre era el Tapado.
IV.
Don Antonio de Benavides fué encerrado en un calabozo, y el día 10 de junio le tomaron su primera declaración y se le consignó á la sala del crimen para que le juzgase.
En vano se procuró obtener de él una contestación que diese alguna luz sobre sus antecedentes, sobre su misión, sobre el objeto que le traía á la Nueva España; los esfuerzos de los oidores se estrellaron contra la fría reserva de aquel extraño y misterioso personaje, á quien no arredraban ni los tormentos ni la muerte, y á quien no ablandaban promesas ni ofrecimientos.
Con una serenidad increíble, con una sangre fría que espantaba á sus mismos jueces, Benavides contestaba á las preguntas, ya con una sátira, ya con una sonrisa de desprecio, ya con palabras duras que demostraban que aquel hombre tenía una energía salvaje y una voluntad indomable.
Entonces los oidores desesperaron y el Virrey tomó cartas en el asunto, y creyó ser más feliz en sus tentativas que la Audiencia.
Gobernaba entonces en México el Excmo. Sr. D. Tomás Antonio Manríquez de la Cerda, marqués de la Laguna y conde de Paredes, vigésimo octavo Virrey, y que había tomado posesión del gobierno en 30 de noviembre de 1680, y á su prudencia y sabiduría confiaron los oidores el desempeño de una empresa en la que ellos habían comenzado con tan poco éxito.
El viernes 11 de junio el Virrey bajó al calabozo de Benavides y se encerró con él.
Los pajes de S. E. y los caballeros que le acompañaban quedaron en la puerta esperando el resultado de aquella conversación.
La curiosidad de todos aquellos hombres era terrible, y hacíanse allí comentarios á cual más absurdos, y se cruzaban apuestas acerca del éxito que tendría la visita del Virrey al Tapado, y se acaloraban las disputas, y los ánimos se exaltaban fácilmente en la discusión, pero nada de cierto podía decirse.
Entretanto, la conferencia se prolongaba, y los de afuera con el pretexto de cuidar al Virrey comenzaron á tomarse algunas libertades que ninguno desaprobaba, deseando, como todos estaban, saber algo.
El más audaz se acercó cautelosamente á la puerta caminando sobre la punta de los pies, quitóse el sombrero, apoyó sus manos sobre sus rodillas, inclinóse hacia adelante y aplicó el oído á la cerradura, teniendo en sus ojos esa mirada fija y perdida del hombre que reconcentra toda su atención para escuchar mejor.
Los demás guardaban el más profundo silencio mirando ávidamente el rostro del que escuchaba y procurando adivinar por los movimientos de su rostro sus sensaciones para inferir de allí lo que estaba oyendo.
Pero aquel hombre permaneció inmóvil por largo rato, y al fin se separó de la puerta con el rostro sereno.
—¿Qué hay?—preguntáronle todos en voz baja y casi simultáneamente.
—Nada—contestó moviendo la cabeza con cierta especie de disgusto—nada, murmullos incomprensibles...... el aire que zumba......
De buena gana muchos habrían abierto la puerta con cualquier pretexto y entrado al calabozo, pero el respeto que tenían al Virrey no se los permitía.
Por fin, después de cuatro horas aquella puerta se abrió, y el marqués de la Laguna, pálido y sombrío, salió del calabozo del Tapado.
Aquella conversación debía haberle afectado profundamente, porque sin hablar una sola palabra á los que le esperaban, con el entrecejo tenazmente fruncido y con la frente húmeda de sudor, tomó el camino de sus habitaciones, atravesando la cárcel y los corredores de palacio sin contestar á los ceremoniosos saludos que le dirigían los que á su paso le encontraban.
La curiosidad de sus acompañantes creció con la misteriosa conducta del Virrey.
¿Qué había pasado en aquella conferencia? ¿Qué pudo decir el preso al poderoso marqués de la Laguna, que tendió sobre su frente aquella nube sombría?
Dios, el Virrey y el Tapado lo supieron no más, y aquel fué siempre uno de los impenetrables misterios en esta causa.
El Virrey se encerró en su estancia, y nadie le pudo hablar hasta el siguiente día.
La Audiencia volvió á encargarse del Tapado.
V.
En aquellos tiempos desgraciados la confesión se arrancaba á los acusados por medio del tormento, y como los oidores nada habían podido saber de Benavides, determinaron darle tormento.
El Tapado no era un hombre á quien arredraban el potro ni la garrucha; pero seguramente tenía la convicción de que la muerte era preferible al tormento, y pensó en el suicidio.
Una mañana el carcelero entró al calabozo del Tapado y se encontró con que, contra su costumbre, el preso estaba aún en su cama.
El carcelero creyó al principio que se habría dormido; acercóse á él y oyó que su respiración fatigosa era más bien el estertor de un agonizante.
—¡Este hombre está enfermo!—exclamó acercándose más y mirándole el rostro.
—¡Se ahoga!—dijo espantado mirando que el Tapado tenía el rostro cárdeno y que sus ojos parecían querer saltarse de las órbitas.
El asustado carcelero apartó violentamente la ropa de la cama que cubría el pecho de Benavides y lanzó un grito.
—¡Se está ahorcando este mal cristiano; Dios se lo perdone!
En efecto, Benavides había hecho un dogal con un pañuelo, y tiraba de ambas puntas desesperadamente.
El carcelero se arrojó sobre él, le quitó el pañuelo de las manos y luego se lo arrancó del cuello.
Ya era tiempo, un minuto más y D. Antonio hubiera dejado de existir.
Llegaron entonces otros dependientes de la prisión, atraídos por los gritos, y comenzaron á auxiliar al Tapado hasta hacerle volver en sí.
—¡Bravo susto nos habéis dado!—le dijo el carcelero—por poco os matais; tened entendido que me debéis la vida.
—Dios te lo perdone—contestó el Tapado—bien cruel ha sido tu caridad.
Y después de esto volvió á su tenaz silencio.
La noticia del suceso llegó á la Audiencia, y los oidores, temerosos de que otra vez fuese más afortunado en su tentativa, determinaron practicar cuanto antes las diligencias del tormento.
¿Para qué describir lo que pasó en aquella bárbara ejecución? Los tormentos de la justicia ordinaria eran los mismos que usaba el santo Tribunal de la Inquisición, y sobre poco más ó menos igual el modo de aplicarlos, y semejantes las fórmulas del interrogatorio y de las moniciones.
Los lectores del Libro Rojo conocen ya demasiado estas bárbaras prácticas, que por fortuna de la humanidad han pasado ya para siempre.
Benavides sufría el tormento con una energía y presencia de ánimo que no se desmentía ni por un solo instante, y nada supieron los oidores de nuevo, y el dolor no arrancó al Tapado la confesión más insignificante.
Y sin embargo, espantoso debió haber sido el sufrimiento de aquel hombre, porque si la fortaleza de su alma venció al dolor, su cuerpo no pudo resistir tan duro tratamiento: nada confesó; pero al día siguiente todo México sabía que iban á sacramentar al Tapado que estaba moribundo á consecuencia del martirio que le habían hecho sufrir los señores de la Sala del Crimen.
El Virrey nada decía de todo esto, parecía haberse olvidado completamente de D. Antonio de Benavides, y se ocupaba sólo de los festejos que debían hacerse con motivo del bautismo de un hijo suyo que había nacido cinco ó seis días antes del en que dieron tormento al Tapado.
VI.
«Miércoles 14 de julio de 1683», dice el Lic. D. Antonio de Robles en su diario, de donde hemos tomado estos datos, «día de San Buenaventura fué el bautismo del hijo del Virrey, á las once y media; lleváronle en silla de manos la aya: bautizóle el señor arzobispo en la pila de San Felipe de Jesús; pusiéronle José María Francisco omnium Sanctorum; asistió la real Audiencia en la catedral, en la nave del altar del Perdón, y todas las religiones; marcharon todas las compañías é hicieron salvas generales; túvole de padrino Fray Juan de la Concepción, donado de San Francisco que S. E. trajo de España; acabóse la función á la una; en la marcha anduvo el conde de Santiago, de maestre de campo, á caballo.
«En la noche se quemaron delante de palacio doce invenciones de fuego grandes; hubo mucho concurso.
«Cenaron en palacio esta noche los tribunales de Audiencia.»
Aquel día, pues, era todo de fiestas y de regocijo en la corte del Virrey, el palacio estaba iluminado profusamente, damas y caballeros atravesaban los corredores y se reunían en las estancias, ó se asomaban á los balcones para divertirse con los fuegos, las ricas carrozas cruzaban la plaza mayor en todas direcciones, y una muchedumbre alegre y bulliciosa se apiñaba delante de la habitación del Virrey escuchando las músicas de las serenatas y confundiendo sus gritos con el estallido de los petardos.
Y en aquellos mismos momentos, en el edificio del palacio, en uno de los más oscuros y tristes calabozos de la cárcel de corte, un humilde sacerdote, acompañado nada más de algunos devotos, administraba el sacramento de la Extrema Unción al misterioso marqués de San Vicente, al visitador D. Antonio de Benavides.
El sacerdote murmuraba devotamente sus fervorosas oraciones en aquel apartado calabozo, en medio de un silencio que no interrumpían allí más que los débiles gemidos del moribundo y el chasquido triste de las hachas de cera con que alumbraban los asistentes, pero que formaba un pavoroso contraste con los perdidos ecos de las músicas y de los gritos de la multitud que gozaba.
Don Antonio de Benavides recibió los últimos sacramentos y dió al cura mil pesos de manípulo, que el cura se negó á aceptar, y que el Virrey mandó después que se aplicaran á la compra de un palio para el Santísimo.
La historia del Tapado ofrece á cada momento incidentes que sólo sirven para aumentar más y más el misterio que envuelve siempre á este célebre personaje, y que nos inducen á formar mil conjeturas.
En efecto, ¿qué puede pensarse de un hombre sobre quien la justicia había ejercido tan rudamente su poder, que estaba moribundo á consecuencia del tormento, olvidado en un calabozo, en una ciudad y en un reino al que llegaba por la primera vez, y que hacía tan fácilmente un regalo de esa clase á la Iglesia, sin tener bienes conocidos de ninguna clase, ni relaciones aparentes con ninguna persona de la colonia?
Dar, no mil sino cincuenta ó cien mil pesos á la Iglesia, era una cosa usada y muy sencilla para cualquiera de los ricos colonos de la Nueva España; pero el preso, infeliz y desvalido, regalando mil, esto es una cosa en verdad llena de misterio.
VII.
Un año se pasó, y en México se olvidaron casi de Benavides, que restablecido de su peligrosa enfermedad seguía siendo juzgado por la Audiencia.
Pero el lunes 10 de julio de 1684 se supo que el Tapado había sido condenado á muerte, y que había sido puesto ya en capilla, y como una ejecución de justicia era en aquellos tiempos un espectáculo público muy concurrido, todos comenzaron á disponerse para asistir á esta que, según las leyes y la práctica, debía verificarse tres días después, es decir, el miércoles 14.
En efecto así aconteció; Benavides pasó en la capilla esos tres días de agonía, que son el más terrible de los castigos, y durante ellos hizo llamar á Castillo, el secretario del Virrey, para hacerle una revelación: ¿qué le dijo? jamás se supo.
Amaneció por fin el día 14; la Plaza de Armas y las calles cercanas se llenaron de curiosos, las gentes coronaron las azoteas, y el sol puro y brillante en medio de un cielo limpio y sereno, alumbró con sus ardientes rayos una muchedumbre ansiosa de contemplar el suplicio de un hombre que ningún mal le había hecho y á quien solo de nombre conocía.
Don Antonio de Benavides, con el pecho cubierto de escapularios, sin sombrero, vestido de negro y caballero en una mula salió de la cárcel rodeado de soldados, llevando á su lado dos sacerdotes que le animaban á morir cristianamente.
La fúnebre comitiva hizo aquella especie de paseo que se acostumbraba hacer con los reos, y en cada esquina el pregonero con voz atronadora publicaba el nombre del ajusticiado, su crimen y la pena que iba á sufrir.
Así llegaron hasta la horca que estaba en el centro de la plaza. Benavides fué bajado de la mula, el verdugo pasó el dogal alrededor de su cuello, los sacerdotes redoblaron sus fervorosas oraciones.—¡Jesús te acompañe!—murmuró la multitud, y...... D. Antonio de Benavides, marqués de San Vicente, visitador, mariscal de campo y castellano de Acapulco, no era ya más que un cadáver que se mecía en la horca.
Después de esto, los sacerdotes se retiraron y los verdugos descolgaron el cadáver, y conforme á la sentencia le cortaron las manos y la cabeza: una mano se clavó en la horca, y la otra y la cabeza fueron enviadas á Puebla.
En estos momentos, cuando en la plaza resonaban los martillazos del verdugo que enclavaba en la horca la mano, el sol que había ido palideciendo se eclipsó totalmente, la muchedumbre, impresionada con el espectáculo, sintió un terror supersticioso al ver que el sol se obscurecía, y huyó despavorida en todas direcciones.
Un momento después la gran plaza estaba desierta.
El más impenetrable misterio vela toda esta historia. ¿Quién era el Tapado? ¿á qué vino á México? ¿qué habló con el virrey? Nadie lo supo. Quizá algún día el casual encuentro de algún ignorado expediente, en México ó en España, arroje la luz sobre este, hasta hoy, sombrío episodio de nuestra historia colonial.
Vicente Riva Palacio.