SEGUNDA PARTE
Reading edition
JUICIOSA CORTESANA FILOSOFÍA EN EL OTOÑO DE LA VARONIL EDAD
AL SERENÍSIMO SEÑOR
DON JUAN DE AUSTRIA
Serenísimo Señor:
Arco vistoso y bienvisto el que tantas tempestades serena, brillante rayo del planeta cuarto y rayo ardiente de la guerra. Hoy en emulación de las aceradas hojas de Belona, siempre augustas, siempre victoriosas, en la hercúlea mano de V. A. llegan á tan florecientes plantas estas de Minerva, prometiéndose eternidades de seguridad á sombra de tan inmortal plausible lucimiento. De hojas á hojas va la competencia y no estraña, pues con igual felicidad suelen alternarse las fatigas de Palas valiente y las delicias de Palas estudiosa, y más en un César novel, gloria de Austria y blasón de España. La edad, Señor varonil, maldelineada en estos borrones, bienideada en los aciertos de la anciana juventud de V. A., vincula su patrocinio en quien toda la Monarquía Católica, su desempeño, inaugurando que quien, cuando había de ser joven, es tanto hombre, cuando llegue á ser hombre, será un jayán del valor, un héroe de la virtud y un fénix de la fama.
B. L. P. de V. A.
LORENZO GRACIÁN.
CRISI PRIMERA
Reforma universal.
Renuncia el hombre inclinaciones de siete en siete años: ¡cuánto más alternará genios en cada una de sus cuatro edades! Comienza á medio vivir quien poco ó nada percibe. Ociosas pasan las potencias en la niñez, aun las vulgares; que las nobles sepultadas yacen en una puerilidad insensible, punto menos que bruto, aumentándose con las plantas y vegetándose con las flores.
Pero llega el tiempo en que también el alma sale de mantillas: ejerce ya la vida sensitiva, entra en la jovial juventud, que de allí tomó apellido. ¡Qué sensual! ¡Qué delicioso! No atiende sino á holgarse el que nada entiende. No vaca al noble ingenio; sino al delicioso genio. Sigue sus gustos, cuando tan malo le tiene.
Llega al fin, pues, siempre tarde á la vida racional y muy de hombre: ya discurre y se desvela. Empleos varoniles. Y porque se reconoce hombre, trata de ser persona. Estima el ser estimado, anhela al valer, abraza la virtud, logra la amistad, solicita el saber, atesora noticias y atiende á todo sublime empleo.
Acertadamente discurría quien comparaba el vivir del hombre al correr del agua, cuando todos morimos y como ella nos vamos deslizando. Es la niñez fuente risueña. Nace entre menudas arenas, que de los polvos de la nada se hacen los lodos del cuerpo. Sale tan clara como sencilla. Ríe lo que no murmura, bulle entre campanillas de viento, arrúllase entre pucheros y cíñese de verduras que la fajan.
Precipítase ya la mocedad en un impetuoso torrente, corre, salta, se arroja y despeña, tropezando con las guijas, rifando con las flores. Va echando espumas, se enturbia y se enfurece.
Sosiégase ya río en la varonil edad. Va pasando tan callado, cuan profundo, caudalosamente vagaroso. Todo es fondos, sin ruido. Dilátase espaciosamente grave, fertiliza los campos, fortalece las ciudades, enriquece las provincias y de todas maneras aprovecha.
¡Mas ay! que al cabo viene á parar en el amargo mal de la vejez, abismo de achaques, sin que le falte una gota. Allí pierden los ricos sus bríos, su nombre y su dulzura. Va á orza el carcomido bajel, haciendo agua por cien partes y á cada instante zozobrando entre borrascas tan deshechas, que le deshacen, hasta dar al través con dolor y con dolores en el abismo de un sepulcro, quedando encallado en el perpetuo olvido.
Aragón, buena España. Hallábanse ya nuestros dos peregrinos del vivir, Critilo y Andrenio, en Aragón, que los estranjeros llaman la buena España, empeñados en el mayor reventón de la vida. Acababan de pasar sin sentir, cuando con mayor sentimiento, los alegres prados de la juventud, lo ameno de sus verduras, lo florido de sus lozanías y, subiendo la trabajosa cuesta de la edad varonil, llena de asperezas, si no malezas, emprendían una montaña de dificultades.
Hacíasele muy cuesta arriba á Andrenio, como á todos los que suben á la virtud, que nunca hubo altura sin cuesta. Iba afanando y aun sudando. Animábale Critilo con prudentes recuerdos y consolábale en aquella esterilidad de flores con la gran copia de frutos, de que se veían cargados los árboles. Pues tenían más que hojas, contando las de los libros. Subían tan altos, que les pareció señoreaban cuanto contiene el mundo, muy superiores á todo.
¿Qué te parece desta nueva región?, dijo Critilo. ¿No percibes qué aires estos tan puros?
Así es, respondió Andrenio. Paréceme que ya llevamos otros aires. ¡Qué buen puesto éste para tomar aliento y asiento! Que ya es tiempo de tenerle.
Pusiéronse á contemplar lo que habían caminado hasta hoy.
¿No atiendes qué de verduras dejamos atrás, tan pisadas, como pasadas? ¡Cuán bajo y cuán vil parece todo lo que habemos andado hasta aquí! Todo es niñería, respecto de la gran provincia que emprendemos. ¡Qué humildes y qué bajas se reconocen todas las cosas pasadas! ¡Qué profundidad tan notable se advierte de aquí allá! Despeño sería querer volver á ellas. ¡Qué pasos tan sin provecho, cuantos habemos dado hasta hoy!
Argos moral. Esto estaban filosofando, cuando descubrieron un hombre, muy otro de cuantos habían topado hasta aquí, pues se estaba haciendo ojos para notarlos, que ya poco es ver. Fuése acercando y ellos advirtiendo que realmente venía todo rebutido de ojos de pies á cabeza y todos suyos y muy despiertos.
¡Qué gran mirón es éste!, dijo Andrenio.
No; sino prodigio de atenciones, respondió Critilo. Si él es hombre, no destos tiempos; y, si lo es, no es marido ni aun pastor ni trae cetro ni cayado. ¿Mas si sería Argos? Pero no, que ése fué del tiempo antiguo y ya no se usan semejantes desvelos.
Antes sí, respondió el mismo: que estamos en tiempos, que es menester abrir el ojo y aun no basta; sino andar con cien ojos. Nunca fueron menester más atenciones, que cuando hay tantas intenciones: que ya ninguno obra de primera. Y advertid que de aquí adelante ha de ser el andar despabilados, que hasta ahora todos habéis vivido á ciegas y aun á dormidas.
Dínos por tu vida, tú que ves por ciento y vives por otros tantos, ¿guardas aún bellezas?
¡Qué vulgaridad tan rancia!, respondió él. ¿Y quién me mete á mí en imposibles? Antes me guardo yo dellas y guardo á otros bienentendidos.
Estaba atónito Andrenio, haciéndose ojos también ó en desquite ó en imitación.
Y reparando en ellos Argos, le dijo:
¿Ves ó miras? Que no todos miran lo que ven.
Estoy, respondió, pensando de qué te pueden servir tantos ojos. Porque en la cara están en su lugar, para ver lo que pasa, y aun en el cerebro, para ver lo que pasó; ¿pero en los hombros á qué propósito?
Ojo á la carga y al cargo. ¡Qué bien lo entiendes!, dijo Argos. Éstos son más importantes, los que más estimaba don Fadrique de Toledo.
¿Pues para qué valen?
Para mirar un hombre la carga que se echa á cuestas y más si se casa ó se arrasa, al aceptar el cargo y entrar en el empleo. Ahí es el ver y tantear la carga, mirando y remirando, midiéndola con sus fuerzas, viendo lo que pueden sus hombros. Que el que no es un Atlante ¿para qué se ha de meter á sostener las estrellas? Y el otro, que no es un Hércules, ¿para qué se entremete á sustituto del peso de un mundo? Él dará con todo en tierra.
¡Oh, si todos los mortales tuviesen destos ojos! Yo sé que no se echarían tan á carga cerrada las obligaciones, que después no pueden cumplir. Y así andan toda la vida gimiendo con la carga incomportable: el uno de un matrimonio, sin patrimonio; el otro del demasiado punto, sin coma; éste con el empeño en que se desempeña y aquél con el honor, que es horror. Estos ojos humerales abro yo primero muy bien, antes de echarme la carga á cuestas; que el abrirlos después no sirve sino para la desesperación ó para el llanto.
¡Oh, cómo tomaría yo otros dos, dijo Critilo, no sólo para no cargar de obligaciones, pero ni aun encargarme de cosa alguna, que abrume la vida y haga sudar la conciencia!
Yo confieso, que tienes razón, dijo Andrenio, y que están bien los ojos en los hombros, pues todo hombre nació para la carga. Ojo al arrimo. Pero díme: esos, que llevas en las espaldas ¿para qué pueden ser buenos? Si ellas de ordinario están arrimadas ¿de qué sirven?
Y aun por eso, respondió Argos: para que miren bien dónde se arriman. ¿No sabes tú que casi todos los arrimos del mundo son falsos, chimeneas tras tapiz, que hasta los parientes falsean y se halla peligro en los mismos hermanos? Maldito el hombre, que confía en otro, y sea quien fuere. ¿Qué digo amigos y hermanos? De los mismos hijos no hay que asegurarse y necio del padre, que en vida se despoja. No decía del todo mal quien decía que vale más tener que dejar en muerte á los enemigos, que pedir en vida á los amigos. Ni aun en los mismos padres hay que confiar, que algunos han echado dado falso á los hijos y ¡cuántas madres hoy venden las hijas!
Hay gran cogida de falsos amigos y poca acogida en ellos. Ni hay otra amistad, que dependencia. Á lo mejor falsean y dejan á un hombre en el lugar, en que ellos le metieron. ¿Qué importa que el otro os haga espaldas en el delito, si no os hace cuello después en el degüello?
Buen remedio, dijo Critilo, no arrimarse á cabo alguno, estarse solo, vivir á lo filósofo y á lo feliz.
Rióse Argos y dijo:
Si un hombre no busca algún arrimo, todos le dejarán estar y no vivir. Ningunos más arrimados hoy que los que no se arriman. Aunque sea un gigante en méritos, le echarán á un rincón. Don Miguel de Escartín. Así puede ser más benemérito que nuestro obispo de Barbastro, más hombre de bien que el mismo patriarca, más valiente que Domingo de Eguía, más docto que el cardenal de Lugo: nadie se acordará dél. Y aun por eso, toda conclusión se arrima á buen poste y todo jubileo á buena esquina. Creedme que importan mucho estas atenciones respaldares.
Ojo político. Ésos sean los mismos, dijo Andrenio, y no los de las rodillas. Desde ahora los renuncio allí. ¿Y para qué, sino para cegarse con el polvo y quedar estrujados en el suelo?
¡Qué mal lo discurres!, respondió Argos. Ésos son hoy los prácticos. Porque más político es mirar un hombre á quién se dobla, á quién hinca la rodilla, qué numen adora, quién ha de hacer el milagro. Que hay imágenes viejas, de adoración pasada, que no se les hace ya fiesta, figura del descarte, barajadas de la fortuna. Estos ojos son para brujulear quién triunfa, para hacerse hombre, ver quién vale y ha de valer.
De verdad, que no me desagradan, dijo Critilo, y que en las cortes me dicen se estiman harto. Por no tener yo otros como ellos, voy siempre rodando. Esta mi entereza me pierde.
Una cosa no me puedes negar, replicó Andrenio: que los ojos en las espinillas no sirven sino para lastimarse. Señor, en los pies están en su lugar, para ver un hombre dónde los tiene, dónde entra y sale, en qué pasos anda; pero en las piernas ¿para qué?
¡Oh, sí! Para no echarlas ni hacerlas con el poderoso, con el superior. Atienda el sagaz con quién se toma, mire con quién las ha y, en reconociéndole la cuesta, no parta peras con él, cuanto menos piedras. Si éstos hubiera tenido aquel hijo del polvo, no se hubiera metido entre los brazos de Hércules, nunca hubiera luchado con él. Ni los rebeldes titanes se hubieran atrevido á descomponerse con el Júpiter de España. Que estas necias temillas tienen abrumados á muchos.
Prométoos que para poder vivir es menester armarse un hombre de pies á cabeza, no de ojetes, sino de ojazos, muy despiertos. Ojos en las orejas para descubrir tanta falsedad y mentira. Ojos en las manos para ver lo que da y mucho más lo que toma. Ojos en los brazos para no abarcar mucho y apretar poco. Ojos en la misma lengua para mirar muchas veces lo que ha de decir uno. Ojos en el pecho para ver en qué lo ha de tener. Ojos en el corazón, atendiendo á quién le tira ó le hace tiro. Ojos en los mismos ojos para mirar cómo miran. Ojos y más ojos y reojos, procurando ser Elmirante en un siglo tan Adelantado.
¿Qué hará, ponderaba Critilo, quien no tiene sino dos y ésos nunca bien abiertos, Hércules de Austria. llenos de legañas y mirando aniñadamente con dos niñas? ¿No nos venderías, que ya nadie da, si no es el señor don Juan de Austria, un par désos, que te sobran?
¿Qué es sobrar?, dijo Argos. De mirar nunca hay harto. Á más de que no hay precio para ellos; sólo uno y ese es un ojo de la cara.
¿Pues qué ganaría yo en eso?, replicó Critilo.
Mucho, respondió Argos. El mirar con ojos ajenos, que es una gran ventaja; sin pasión y sin engaño, que es el verdadero mirar. Pero vamos, que yo os ofrezco que, antes que nos dividamos, habéis de lograr otros tantos como yo. Que también se pegan, como el entendimiento, cuando se trata con quien le tiene.
¿Dónde nos quieres llevar?, preguntó Critilo, ¿y qué haces aquí, en esta plaga del mundo, que todo él se compone de plagas?
Puerto y puerta de la vida. Soy guarda, respondió, en este puerto de la vida, tan dificultoso, cuan realzado: pues comenzándole todos á pasar mozos, se hallan al cabo hombres. Aunque no lo sienten tanto como las hembras, con que de mozas, que antes eran, se hallan después dueñas; mas ellas reniegan de tanta autoridad. Y ya que no tienen remedio, buscan consuelo en negar. Y es tal su pertinacia, que estarán muchas canas de la otra parte y porfían que comienzan ahora á vivir. Pero callemos, que lo han hecho crimen de descortesía y dicen: más querríamos nos desañasen, que desengañasen.
¿De modo, dijo Critilo, que eres guarda de hombres?
Sí y muy hombres: de los viandantes. Porque ninguno pase mercaderías de contrabando de la una provincia á la otra. Hay muchas cosas prohibidas, que no se pueden pasar de la juventud á la virilidad. Permítense en aquélla y en ésta están vedadas so graves penas. Á más de ser toda mala mercadería y perdida por ser mala hacienda. Cuéstales á algunos muy cara la niñería. Porque hay pena de infamia y tal vez de la vida, especialmente si pasan deleites y mocedades. Costumbres de contrabando. Para obviar este daño tan pernicioso al género humano, hay guardas muy atentas, que corren todos estos parajes, cogiendo los que andan descaminados. Yo soy sobre todos y así os aviso que miréis bien si lleváis alguna cosa, que no sea muy de hombres, y la depongáis. Porque, como digo, á más de ser cosa perdida, quedaréis afrentados, cuando seáis reconocidos. Y advertid que, por más escondida que la llevéis, os la han de hallar. Que del mismo corazón redundará luego á la boca y los colores al rostro.
Demudóse Andrenio. Mas Critilo, por desmentir indicios, mudó de plática y dijo:
En verdad, que no es tan áspera la subida, como habíamos concebido. Siempre se adelanta la imaginación á la realidad. ¡Qué sazonados están todos estos frutos!
Sí, respondió Argos: que aquí todo es madurez. No tienen aquella acedía de la juventud, aquel desabrimiento de la ignorancia, lo insulso de su conversación, lo crudo de su mal gusto. Hombre en su punto. Aquí ya están en su punto, ni tan pasados como en la vejez ni tan crudos como en la mocedad; sino en un buen medio.
Topaban muchos descansos, con sus asientos bajo de frondosos morales muy copados, cuyas hojas, según decía Argos, hacen sombra saludable y de gran virtud para las cabezas, quitándoles á muchos el dolor della. Y aseguraban haberlos plantado algunos célebres sabios, para alivio en el cansado viaje de la vida. Pero lo más importante era que á trechos hallaban algún refresco de saber, confortativos de valor, que se decía haberlos fundado allí á costa de su sudor algunos varones singulares, dotándolos de renta de doctrina. Y así en una parte les brindaron quintas esencias de Séneca, en otras divinidades de Platón, néctares de Epicuro y ambrosías de Demócrito y de otros muchos autores sacros y profanos, con que cobraban, no sólo aliento, pero mucho ser de personas, adelantándose á todos los demás.
Aduana de vida. Al sublime centro habían llegado de aquellas eminencias, cuando descubrieron una gran casa labrada, más de provecho, que de artificio. Y, aunque muy capaz, nada suntuosa. De profundos cimientos, asegurando con firmes estribos las fuertes paredes. Mas no por eso se empinaba ni poblaba el aire de castillos ni de torres. No brillaban chapiteles ni andaban rodando las giraldas. Todo era á lo macizo, de piedras sólidas y cuadradas, muy á machamartillo. Y aunque tenía muchas vistas con ventanas y claraboyas á todas luces; pero no tenía reja alguna ni balcón. Porque entre hierros, aunque dorados, se suelen forjar los mayores y aun ablandarse los pechos más de bronce.
El sitio era muy esento, señoreando cuanto hay á todas partes y participando de todas luces, que ninguna aborrece. Lo que más la ilustraba eran dos puertas grandes y siempre patentes: la una al oriente de donde se viene y la otra al ocaso donde se va. Y aunque ésta parecía falsa, era la más verdadera y la principal. Por aquélla entraban todos y por ésta salían algunos.
Transformaciones de la edad. Causóles aquí estraña admiración ver cuán mudados salían los pasajeros y cuán otros de lo que entraban, pues totalmente salían diferentes de sí mismos. Así lo confesó uno á la que le decía: Yo soy aquélla, respondiéndole: Yo no soy aquél.
Los que entraban risueños, salían muy pensativos; los alegres, melancólicos; ninguno se reía. Todo era autoridad. Y así los muy ligeros antes, ahora procedían graves; los bulliciosos, pausados; los flacos, que en cada ocasión daban de ojos, ahora en la cuenta; pisando firme los que antes de pie quebrado; los livianos, muy sustanciales. Estaba atónito Andrenio, viendo tal novedad y tan impensada mudanza.
Aguarda, dijo: aquel que sale hecho un Catón ¿no era poco ha un chisgaravís?
El mismo.
¡Hay tal transformación!
¿No veis aquel, que entraba saltando y bailando á la francesa, cómo sale muy tétrico y muy grave á la española? Pues aquel otro sencillo ¿notáis qué doblado y qué cauto se muestra?
Aquí, dijo Andrenio, alguna Circe habita, que así transforma las gentes. ¿Qué tienen que ver con éstas todas las metamorfosis, que celebra Ovidio? Mirad aquel, que entró hecho un Claudio emperador, cuál sale hecho un Ulises. Madurez varonil. Todos se movían antes con ligera facilidad, y ahora proceden con maduro juicio. Hasta el color sacan, no sólo alterado, pero mudado.
Y realmente era así, porque vieron entrar un boquirrubio y salió luego barbinegro. Los colorados, pálidos; convertidas las rosas en retamas. Y en una palabra, todos trocados de pies á cabeza, pues ya no movían ésta con ligereza á un lado ni á otro; sino que la tenían tan quieta, que parecía haberles echado á cada uno una libra de plomo en ella. Los ojos altaneros, muy mesurados. Asentaban el pie, no jugando del brazo. La capa sobre los hombros muy á lo chapado.
No es posible sino que aquí hay algún encanto, repetía Andrenio. Aquí algún misterio hay. ¿Ó esos hombres se han casado, según salen pensativos?
¿Qué mayor encanto, dijo Argos, que treinta años á cuestas? Ésta es la transformación de la edad. Advertid que en tan poca distancia, como hay de la una puerta á la otra, hay treinta leguas de diferencia, no menos, que de ser mozo á ser hombre. Éste es el pasadizo de la juventud á la varonil edad.
En aquella primera puerta dejan la locura, la liviandad, la ligereza, la facilidad, la inquietud, la risa, la desatención, el descuido con la mocedad. Y en esta otra cobran el seso, la gravedad, la severidad, el sosiego, la pausa, la espera, la atención y los cuidados con la virilidad.
Y así veréis que aquel, que hablaba de taravilla, ahora tan espacio, que parece que da audiencia. Pues aquel otro, que le iba chapeando el seso, mirad qué chapado sale. El otro con sus cascos de corcho qué sustancial se muestra. ¿No atendéis á aquel tan medido en sus acciones, tan comedido en sus palabras? Éste era aquel casquilucio. Tened cuenta cuál entra aquel con sus pies de pluma; veréis luego cuál saldrá con pies de plomo. ¿No veis cuántos valencianos entran y qué de aragoneses salen? Al fin, todos muy otros de sí mismos, cuando más vuelven en sí. Su andar pausado, su hablar grave, su mirar compuesto y que compone, y su proceder concertado, que cada uno parece un Chumacero.
Dábales ya prisa Argos que entrasen y ellos:
Dínos primero ¿qué casa es ésta tan cara?
Ésta es, respondió, la aduana general de las edades. Aquí comparecen todos los pasajeros de la vida y aquí manifiestan la mercadería que pasan, averíguase de dónde vienen y dónde van á parar.
Entraron dentro y hallaron un areópago, porque era presidente el Juicio, un gran sujeto, asistiéndole el Consejo muy hombre, el Modo muy bienhablado, el Tiempo de grande autoridad, el Cierto de mucha cuenta, el Valor muy ejecutivo y así otros grandes personajes. Tenía delante un libro abierto de cuenta y razón, cosa que se hizo muy nueva á Andrenio, como á todos los de su edad y que pasan á ser gente de veras. Examen de personas. Llegaron á tiempo que actualmente estaban examinando á unos viandantes de qué tierra venían.
Con razón, dijo Critilo, porque della venimos y á ella volvemos.
Sí, dijo otro, que sabiendo dónde venimos, sabremos mejor dónde vamos.
Muchos no atinaban á responder: que los más no daban razón de sí mismos. Y así, preguntándole á uno dónde caminaba, respondió que adonde le llevaba el tiempo, sin cuidarse más que de pasar y hacer tiempo.
Vos le hacéis y él os deshace, dijo el presidente.
Y remitióle á la reforma de los que hacen número en el mundo.
Respondió otro que él pasaba adelante, por no poder volver atrás.
Los más decían que porque los habían echado, con harto dolor de su corazón, de los floridos países de su mocedad; que, si eso no fuera, toda la vida se estuvieran con gusto, dándose verdes de mocedades. Y á éstos los remitieron á la reforma de aniñados.
Estábase lamentando un príncipe de verse así tan adelante y á su antecedente tan atrás. Porque hasta entonces, divertido con los pasatiempos de la mocedad, no había pensado en ser algo; pero, aquellos ya acabados, le daba gran pena ver que le sobraban años y le faltaban empleos. Remitiéronle á la reforma de la espera, si no quería reinar por falto, que era despeñarse.
En busca de la honra dijeron algunos que iban, muchos tras el interés y muy pocos los que á ser personas; aunque fueron oídos de todos con aplauso y de Critilo con observación.
Llegaron en esto las guardas con una gran tropa de pasajeros, que los habían cogido descaminados. Mandaron fuesen luego reconocidos por la Atención y el Recato y que les escudriñasen cuanto llevaban. Topáronle al primero no sé qué libros y algunos muy metidos en los senos.
Leyeron los títulos y dijeron ser todos prohibidos por el Juicio, contra las pragmáticas de la prudente Gravedad, pues eran de novelas y comedias.
Reforma de libros. Condenáronlos á la reforma de los que sueñan despiertos. Y los libros mandaron se les quitasen á hombres que lo son y se relajasen á los pajes y doncellas de labor. Y generalmente todo género de poesía en lengua vulgar, especialmente burlesca y amorosa, letrillas, jácaras, entremeses, follaje de primavera, se entregaron á los pisaverdes.
Lo que más admiró á todos fué que la misma Gravedad en persona ordenó seriamente que de treinta años arriba ninguno leyese ni recitase coplas ajenas, mucho menos propias ó como suyas, so pena de ser tenidos por ligeros, desatentos ó versificantes. Lo que es leer algún poeta sentencioso, heroico, moral y aun satírico, en verso grave, se les permitió á algunos de mejor gusto, que autoridad, y esto en sus retretes, sin testigos, haciendo el descomido de tales niñerías; pero allá á escondidas, chupándose los dedos. El que quedó muy corrido fué uno, á quien le hallaron un libro de caballerías.
Trasto viejo, dijo la Atención, de alguna barbería.
Afeáronsele mucho y le constriñeron lo restituyese á los escuderos y boticarios. Mas los autores de semejantes disparates, á locos estampados.
Replicaron algunos que para pasar el tiempo se les diese facultad de leer las obras de algunos otros autores, que habían escrito contra estos primeros, burlándose de su quimérico trabajo, y respondióles la Cordura que de ningún modo, porque era dar de lodo en el cieno y había sido querer sacar del mundo una necedad con otra mayor.
En lugar de tanto libro inútil, ¡Dios se lo perdone al inventor de la estampa!, ripio de tiendas y ocupación de legos, les entregaron algunos Sénecas, Plutarcos, Epictetos y otros, que supieron hermanar la utilidad con la dulzura.
Polilla del tiempo. Acusaron éstos á otros, que no menos ociosos y más perniciosos, se habían jugado el sol y quedado á la luna, diciendo que para pasar el tiempo. Como si él no los pasase á ellos y como si el perderlo fuera pasarlo.
De hecho le hallaron á uno una baraja. Mandaron al punto quemar las cartas, por el peligro del contagio, sabiendo que barajas ocasionan barajas y de todas maneras empeños, barajando la atención, la reputación, la modestia, la gravedad y tal vez la alma. Mas al que se los hallaron, con todos los tahures, hasta los cuartos, que es la cuarta generación, les barajaron las haciendas, las casas, la honra, el sosiego para toda la vida.
En medio desta suspensión y silencio se le oyó silbar á uno, cosa que escandalizó mucho á todos los circunstantes y más á los españoles. Y averiguada la desatención, hallaron había sido un francés y le condenaron á nunca estar entre personas.
Más les ofendió un sonsonete, como de guitarra, instrumento vedado so graves penas de la Cordura. Y así refieren que dijo el Juicio, en sintiendo las cuerdas:
¿Qué locura es ésta? ¿Estamos entre hombres ó entre barberos?
Hízose averiguación de quién la tañía y hallaron era un portugués. Y cuando creyeron todos le mandarían dar un trato de cuerda, oyeron que le rogaban, que á los tales se les ruega, tañese algún son moderno y lo acompañase con alguna tonadilla. Con harta dificultad lo recabaron y con mayor después que cesase. Gustaron mucho, aun los más serios ministros de la reforma humana. Y generalmente se les mandó á todos los que pasan de mozos á hombres que de allí adelante ninguno tañese instrumento ni cantase; pero que bien podían oir tañer y cantar, que es más gusto y más decoro.
Enamorado, mozo ó loco. Iban con tanto rigor en esto de reconocer los humanos pasajeros, que llegaron las guardas á desnudar algunos de los sospechosos. Cogiéronle á uno un retrato de una dama, ahorcado de un dogal de nácar. Quedó él tan perdido, cuan escandalizados todos los cuerdos. Que aun de mirar el retrato no se dignaron; sino lo que bastó para dudar cuál era la pintada, ésta ó aquélla.
Reparó una de las guardas y dijo:
Éste ya yo le he quitado á otro y no ha muchos días.
Mandáronle sacar y hallaron una docena dellos.
Basta, dijo el presidente: que una loca hace ciento. Recójanlos como moneda falsa, doblones de muchas caras.
Y á él le intimaron que ó menos barbas ó menos figurerías y que esto de trillar la calle, dar vueltas, comer hierro, apuntalar esquinas, deshollinar balcones, lo dejasen para los Adonis boquirrubios.
El que causó mucha risa fué uno, que llegó con un ramo en la mano y, averiguando que no era médico ni valenciano, sino pisaverde, le atropelló la Atención, diciéndole era ramo de locura, tablilla de mesón, vacío de seso.
Vieron uno, que no miraba á los otros y sin ser tosco tenía fijos los ojos en el sombrero.
Pues no será de corrido, dijo la Sagacidad.
Y en sospechas de liviandad, llegaron á reconocerle y le hallaron un espejillo, clavado en la copa del sombrero y por cosa cierta averiguaron era primo loco, sucesor de Narciso.
Traje, corteza del ánimo. No se admiraron tanto déstos, cuanto de un otro, que repetía para Catón en la severidad y aun se emperdigaba para repúblico. Miráronle de pies á cabeza y brujuleáronle una faldilla de un jubón verde, color muy malvisto de la Autoridad.
¡Oh! qué bien merecía otro, votaron todos. Pero por no escandalizar el populacho, muy á lo callado le remitieron al nuncio de Toledo, que le absolviese de juicio.
Á otro, que debajo una sotanilla negra traía un calzón acuchillado, le condenaron á que terciase la falda, prendiéndola de la pretina, para que todo el mundo viese su desgarro.
Intimaron á otros seriamente que en adelante ninguno llevase arremangada la falda del sombrero á la copa; si no es yendo á caballo, cuando ninguno es cuerdo. Ni de canto el sombrero á un lado de la cabeza, dejando desabrigado el seso del otro. Que no se vayan mirando á sí mismos ni por sombra, so pena de malvistos. Ni los pies, que no es bien pavonearse. Plumas y cintas de colores se les vedaron; si no á los soldados visoños, mientras van ó vuelven de la campaña. Que todos los anillos se entregasen á los médicos y abades; á éstos, porque entierran los que aquellos destierran.
Librea del hombre. Pasaron ya los ministros de aquella gran aduana del tiempo á la reforma general de todos cuantos pasan de pajes de la juventud á gentileshombres de la virilidad. Y lo primero, que se ejecutó, fué desnudarles á todos la librea de la mocedad, el pelo rubio y dorado y cubrirles de pelo negro, luto en lo melancólico y lo largo, pues, cerrando las sienes, llega á ser pelo en pecho.
Ordenáronles seriamente que nunca más peinasen pelo rubio y menos hacia la boca y los labios, color profano y malvisto en adelante, vedándoles todo género de bozo y de guedejas rizadas, para escusar las risadas de los cuerdos.
Toda color material, que no la formal, les prohibieron, no permitiéndoles aun el volverse colorados; sino pálidos, en señal de sus cuidados. Convirtiéronles las rosas de las mejillas en espinas de la barba.
De suerte, que de pies á cabeza los reformaban. Echábanles á todos un candado en la boca, un ojo en cada mano y otra cara janual, pierna de grulla, pie de buey, oreja de gato, ojo de lince, espalda de camello, nariz de rinoceronte y de culebra el pellejo.
Gusto reformador. Hasta el material gusto les reformaba, ordenándoles que en adelante no mostrasen apetecer las cosas dulces, so pena de niños; sino las picantes y agrias y algunas saladas. Y, porque á uno le hallaron unos confites, le fué intimado se pusiese el babador, siempre que los hubiese de comer. Y así todos se guardaban de trocar el cardo por las pasas y todos comían la ensalada.
Cogieron á otro comiendo unas cerezas y volvióse de su color. Saltáronle á la cara, mandáronle que las trocase en guindas. De modo, que aquí no está vedada la pimienta; antes se estima más que el azúcar, mercadería muy acreditada, que algunos hasta en el entendimiento la usan y más si se junta con la naranja.
La sal también está muy valida y hay quien la come á puñados; pero sin lo útil no entra en provecho. Salan muchos los cuerpos de sus obras, porque nunca se corrompan, ni hay tales aromas para embalsamar libros, libres de los gusanos roedores, como los picantes y las sales.
Están tan desacreditados los dulces, que aun la misma Panegiri de Plinio á cuatro bocados enfada. Ni hay hartazgo de zanahorias, como unos cuantos sonetos del Petrarca y otros tantos de Boscán. Que aun á Tito Livio hay quien le llama tocino gordo y de nuestro Zurita no falta quien luego se empalaga.
Tenga yo gusto y voto; no siempre viva del ajeno. Que los más en el mundo gustan de lo que ven gustar á otros. Alaban lo que oyeron alabar y, si les preguntáis en qué está lo bueno de lo que celebran, no saben decirlo. De modo que viven por otros y se guían por entendimiento ajeno. Tenga, pues, juicio propio y tendrá voto en su censura.
Guste de tratar con hombres, que no todos los que lo parecen, lo son. Razone más que hable. Converse con los varones noticiosos y podrá tal vez contar algunos chistes, encaminando á la gustosa enseñanza; pero con tal moderación, que no sea tenido por masecuentos, el licenciado del chiste y truhán de balde. Podrá tal vez, acompañado de sí mismo, pasearse, pensando, no hablando.
Sea hombre de museo; aunque ciña espada. Y tenga delecto con los libros, que son amigos manuales. No embuta de borra los estantes, que no está bien un pícaro al lado de un noble ingenio. Y si ha de preferir, sean los juiciosos á los ingeniosos. Muestre ser persona en todo, en sus dichos y en sus hechos, procediendo con gravedad apacible, hablando con madurez tratable, obrando con entereza cortés, viviendo con atención en todo y preciándose más de tener buena testa, que talle. Advierta que el proporcional Euclides dió el punto á los niños, á los muchachos la línea, á los mozos la superficie y á los varones la profundidad y el centro.
Leyes de cordura. Éste fué el arancel de preceptos de ser hombres, la tarifa de la estimación, los estatutos de ser personas, que en voz ni muy alta ni muy caída les leyó la Atención á instancia del Juicio.
Después Argos con un extraordinario licor, alambicado de ojos de águilas y de linces, de corazones grandes y de cerebros, les dió un baño tan eficaz, que á más de fortalecer mucho, haciéndolos más impenetrables por la cordura, que un Roldán por el encanto, al mismo punto se les fueron abriendo muchos y varios ojos por todo el cuerpo, de cabeza á pies, que habían estado ciegos con las legañas de la niñez y con las inadvertidas pasiones de la mocedad, y todos ellos tan perspicaces y tan despiertos, que ya nada se les pasaba por alto; todo lo advertían y lo notaban.
Con esto les dieron licencia de pasar adelante á ser personas y fueron saliendo todos de sí mismos lo primero, para más volver en sí. Fuélos, no guiando, que de aquí adelante ni se llama médico ni se busca guía, sino conduciéndolos Argos á lo más alto de aquel puerto, puerta ya de otro mundo, donde hicieron alto para lograr la mayor vista, que se topa en el viaje de toda la vida. Los muchos y maravillosos objetos, que desde aquí vieron, todos ellos grandes y plausibles, referirá la siguiente Crisi.
CRISI II
Los prodigios de Salastano.
Tres soles, digo tres Gracias, en fe de su belleza, discreción y garbo, contaba un cortesano verídico, ya prodigio, intentaron entrar en el palacio de un gran príncipe y aun de todos. Coronaba la primera, brillantemente gallarda, de fragantes flores rubias trenzas y recamaba su verde ropaje de líquidos aljófares, tan risueña, que alegraba un mundo entero. Pero, en injuria de su gran belleza, la cerraron tan anticipadamente las puertas y ventanas que, aunque se probó á entrar por cien partes, no pudo. Que, teniéndola por entremetida, hasta los más sutiles resquicios la habían entredicho, y así hubo de pasar adelante, convirtiendo su risa en llanto.
Fuése acercando la segunda, tan hermosa cuan discreta y, chanceándose con la primera á lo Zapata, la decía:
Anda tú, que no tienes arte ni la conoces. Verás cómo yo, en fe de mi buen modo, tengo de hallar entrada.
Comenzó á introducirse, buscando medios é inventando trazas; pero ninguna salía, pues al mismo punto que brujuleaban su buena cara, todos se la hacían muy mala. Y ya no solas las puertas y ventanas la cerraban; pero aun los ojos por no verla y los oídos por no sentirla.
¡Eh! que no tenéis dicha, dijo la tercera, agradablemente linda. Atended cómo yo por la puerta del favor me introduzco en palacio, que ya no se entra por otra.
Fuése entremetiendo con mucho agrado. Mas, aunque á los principios halló cabida, fué engañosa y de apariencia y al cabo hubo de retirarse mucho más desairada.
Estaban tripuladas todas tres, ponderando, como se usa, sus muchos méritos y su poca dicha, cuando llevado de su curiosidad el cortesano, se fué acercando lisonjero y, habiéndolas celebrado, significó su deseo de saber quiénes eran. Lo que es el palacio bien conocido lo tenían, como tan pateado.
Yo soy, dijo la primera, la que voy dando á todos los buenos días; mas ellos se los toman malos y los dan peores. Yo, la que hago abrir los ojos y á todo hombre que recuerde. Yo, la deseada de los enfermos y temida de los malos, la madre de la vividora alegría. Yo, aquella tan decantada esposa de Titón, que en este punto dejó el camarín de nácar.
Pues, señora Aurora, dijo el cortesano, ahora no me espanto de que no tengáis cabida en los palacios, donde no hay hora de oro, con ser todas tan pesadas. Ahí no hay mañana; todo es tarde. Díganlo las esperanzas. Y con ser así, nada es hoy; todo mañana. Así que no os canséis, que allí nunca amanece, aun para vos, por tan clara.
Volvióse á la segunda, que ya decía:
¿Nunca oiste nombrar aquella buena madre de un mal hijo? Pues yo soy y él es odio. Yo, la que, siendo tan buena, todos me quieren mal: cuando niños me babean y, como no les entro de los dientes adentro, me escupen cuando grandes. Tan esclarecida soy como la misma luz. Que, si no miente Luciano, hija soy, no ya del tiempo, sino del mismo Dios.
La hija del tiempo. Pues, señora mía, dijo el cortesano, si vos sois la Verdad ¿cómo pretendéis imposibles? ¿Vos en los palacios? Ni de mil leguas. ¿De qué pensáis que sirven tanta afilada cuchilla? Que no aseguran tanto de traiciones, no por cierto, cuanto de... de... Bien podéis por ahora y aun para siempre desistir de la empresa.
Ya en esto la tercera, dulcísimamente linda, robando corazones, dijo:
Aquélla soy, sin quien no hay felicidad en el mundo y con quien toda infelicidad se pasa. En las demás dichas de la vida se hallan muy divididas las ventajas del bien; pero en mí todas concurren, la honra, el gusto y el provecho. No tengo lugar, sino entre los buenos; que entre los malos, como dice Séneca, ni soy verdadera ni constante. Denomínome del Amor. Y así, á mí no me han de buscar en el vientre; sino en el corazón, centro de la benevolencia.
Ahora digo que eres la Amistad, aclamó el cortesano, tan dulce tú, cuan amarga la Verdad. Pero, aunque lisonjera, no te conocen los príncipes. Que sus amigos todos son del rey y ninguno de Alejandro: así lo decía él mismo. Tú haces de dos uno y es imposible poder ajustar el Amor á la Majestad.
Majestad, sin amistad. Paréceme, mis señoras, que todas tres podéis pasar adelante: tú, Aurora, á los trabajadores; tú, Amistad, á los semejantes, y tú, Verdad, yo no sé adonde.
Este crítico suceso les iba contando el noticioso Argos á nuestros dos peregrinos del mundo y les aseguró habérselo oído ponderar al mismo cortesano.
Aquí en este puesto, decía, que por eso me he acordado.
Hallábanse ya en lo más eminente de aquel puerto de la varonil edad, corona de la vida, tan superior, que pudieron señorear desde allí toda la humana: espectáculo tan importante, cuan agradable. Porque descubrían países nunca andados, regiones nunca vistas, como la del Valor y del Saber, las dos grandes provincias de la Virtud y la Honra, los países del Tener y del Poder, con el dilatado reino de la Fortuna y del Mando. Estancias todas muy de hombres y que á Andrenio se le hicieron bien estrañas.
La mejor vista. Mucho les valieron aquí sus cien ojos, que todos los emplearon. Vieron ya muchas personas, que es la mejor vista de cuantas hay. Perdóneme hoy la belleza; pero ¡cosa rara! que lo que á unos parecía blanco, á otros negro. Tal es la variedad de los juicios y gustos. Ni hay anteojos de colores, que así alteren los objetos, como los afectos.
Veamos de una cuanto hay, decía Critilo. Que todo se ha de ver y en lo más raro reparar.
Y comenzando por lo más lejos, que como digo, se descubría, no sólo desde un cabo del mundo al otro, pero desde el primer siglo hasta éste:
¿Qué insanos edificios son aquellos, hablando con la propiedad Mariana, que acullá lejos, apenas se divisan y á glorias campean?
Aquéllas, respondió Argos, que de todo daba razón en desengaños, son las siete maravillas del orbe.
¿Aquéllas, replicó Andrenio, maravillas? ¿Cómo es posible? ¿Una estatua, que se ve entre ellas pudo serlo?
¡Oh! sí, que fué coloso de un sol.
Aunque sea el sol mismo, si es una estatua, á mí no me maravilla.
El sol que nace. No fué tan estatua, que no fuese una bien política atención, adorando el sol que sale y levantando estatua al poder que amanece.
Desde ahora la venero. Aquel otro parece sepulcro. También es maravilla y bien estraña. ¿Cómo puede, siendo sepultura de un mortal?
¡Oh!, que fué de mármoles y jaspes.
Aunque fuera del mismo panteón.
¿No veis que lo erigió una mujer á su marido?
¡Oh qué bueno! Á trueque de enterrarle, no digo yo de pórfidos, pero de diamantes, de perlas, si no lágrimas, habría mujer, que le construyese pira.
Sí, pero aquello de ser mausoleo, que dice permanece sola, convertida en tortilla, creedme que fué un prodigio de fe.
Maravillas modernas. ¡Eh!, dejemos maravillas, que caducan, dijo Andrenio. ¿No hay alguna moderna? ¿No hace ya milagros el mundo?
Sin duda que sí, como dicen que van degenerando los hombres y siendo más pequeños, cuanto más va. De suerte, que cada siglo merman un dedo y á este paso vendrán á parar en títeres y figurillas, que ya poco les falta á algunos. Sospecho que también los corazones se les van achicando y así se halla tanta falta de aquellos grandes sujetos, que conquistaban mundos, que fundaban ciudades, dándolas sus nombres, que era su real faciebat. Ya no hay Rómulos ni Alejandros ni Constantinos.
También se hallan algunas maravillas flamantes, respondió Argos; sino que, como se miran de cerca, no parecen.
Antes habían de verse más, que cuanto más de cerca se miran las cosas, mucho mayores parecen.
¡Oh! no, dijo Argos: que la vista de la estimación es muy diferente de la de los ojos en esto del aprecio.
Con todo eso, atención á aquellas sublimes agujas, que campean en la gran cabeza del orbe.
Aguarda, dijo Critilo: aquella tan señalada es la cabeza del mundo.
¿Cómo puede ser, si está entre pies de Europa, á pierna tendida de Italia, por medio del Mediterráneo y Nápoles su pie?
Ésa que te parece á ti andar entre pies de la tierra, es el cielo, la coronada cabeza del mundo y muy señora de todo él, Roma. la sacra y triunfante Roma, por su valor, sabiduría, grandeza, mando y religión, corte de personas, oficina de hombres, pues restituyéndolos á todo el mundo, todas las demás ciudades la son colonias de policía. Aquellos empinados obeliscos, que en sus plazas majestuosamente se ostentan, son plausibles maravillas modernas. Y advertid una cosa, que con ser tan gigantes, aun no llegan con mucho á la superioridad de prendas de sus santísimos dueños.
Ahora ¿no me dirás una verdad? ¿Qué pretendieron estos sacros héroes con estas agujas tan excelsas? Que aquí algún misterio apuntan, digno de su piadosa grandeza.
¡Oh, sí!, respondió Argos. Lo que pretendieron fué coser la tierra con el cielo, empresa que pareció imposible á los mismos Césares y éstos la consiguieron.
¿Qué estás mirando tú con tan juicioso reparo?
Venecia. Miro, dijo Andrenio, que en cada provincia hay que notar. Aquel murciégalo de ciudades, anfibia corte, que ni bien está en el mar ni bien en tierra y siempre á dos vertientes.
¡Oh, qué política!, exclamó Argos, que tan de sus principios le viene, tan fundamentalmente comienza. Y deste su raro modo de estar celebraba el bravo duque de Osuna la razón de su estado. Aquélla es la nombrada canal, con que aun el mismo mar saben traer acanalado á su conveniencia.
¿No hay maravillas en España?, dijo Critilo, volviendo la mira á su centro. ¿Qué ciudad es aquella, que tan en punta parece que amenaza al cielo?
Será Toledo, que á fianzas de sus discreciones, aspira á taladrar las estrellas, si bien ahora no la tiene.
¿Qué edificio tan raro es aquel, que desde el Tajo sube escalando su alcázar, encaramando cristales?
Ése es el tan celebrado artificio de Juanelo, una de las maravillas modernas.
No sé yo por qué, replicó Andrenio, si, al uso de las cosas muy artificiosas, tuvo más de gasto que de provecho.
Cardenal Tribulcio. No discurría así, dijo Argos, cuando lo vió el eminente discreto cardenal Tribulcio, pues dijo que no había habido en el mundo artificio de más utilidad.
¿Cómo pudo decir eso quien tan al acaso discurría?
Ahí veréis, dijo Argos. Enseñando á traer el agua á su molino desde sus principios, haciendo venir de un cauce en otro al palacio del católico monarca el mismo río de la Plata, las pesquerías de las perlas, el uno y otro mar, con la inmensa riqueza de ambas Indias.
¿Qué palacio será aquel, preguntó Critilo, que entre todos los de la Francia se corona de flores de oro?
Palacio del rey de Francia. Gran casa y gran cosa, respondió Argos. Ése es el trono real, ése la más brillante esfera, ése el primer palacio del rey cristianísimo, en su gran corte de París, y se llama el Lobero.
¿El Lobero? ¡Qué nombre tan poco cortesano! ¡Qué sonsonete tan de grosería! Por cualquier parte que le busquéis la denominación, suena poco y nada bien. Llamárase el jardín de los más fragantes lilios, el quinto cielo de tanto cristianísimo Marte, la popa de los soplos de la fortuna; pero ¡el Lobero! No es nombre decente á tanta majestad.
¡Eh!, que no lo entendéis, dijo Argos. Creedme que dice más de lo que suena y que encierra gran profundidad. Llámase el Lobero, y no voy con vuestra malicia, porque ahí se les ha armado siempre la trampa á los rebeldes lobos con piel de ovejas, digo aquellas horribles fieras hugonotas.
¡Oh, qué brillante alcázar aquel otro!, dijo Andrenio, corona de los demás edificios, fuente del lucimiento, comunicándoles á todos las luces de su permanente esplendor. ¿Si sería del augusto Ferdinando III, aquel gran César, que está hoy esparciendo por todo el orbe el resplandor de sus ejemplos? Rey de Polonia. También podría ser de aquel tan valerosamente religioso monarca, Juan Casimiro de Polonia, victorioso, primero de sí mismo y triunfante después de tanto monstruo rebelde. ¡Oh, qué claridad de alcázar y qué rayos está esparciendo á todas partes! Merece serlo del mismo sol.
Y lo es, respondió Argos. Digo, de aquella sola reina entre cuantas hay, la inmortal Virtelia. Mas por allí habéis de encaminaros para bien ir.
Yo allá voy desde luego, dijo Critilo.
Y allí veréis, añadió Argos, que, aunque es tan majestuoso y brillante, aun no es digno epiciclo de tanta belleza.
Estando en esta divertida fruición de grandezas, vieron venir hacia sí cierta maravilla corriente. Era un criado pronto. Y lo que más les admiró fué que decía bien de su amo. Preguntó en llegando cuál era el Argos verdadero, cuando todos por industria lo parecían.
¿Qué me quieres?, respondió el mismo.
Á ti me envía un caballero, cuyo nombre, ya fama, es Salastano, cuya casa es un teatro de prodigios, Maravillas de la fortuna. cuyo discreto empleo es lograr todas las maravillas, no sólo de la naturaleza y arte, pero más las de la Fama, no olvidando las de la Fortuna. Y con tener hoy atesoradas todas las plausibles, así antiguas como modernas, nada le satisface, hasta tener alguno de tus muchos ojos, para la admiración y para la enseñanza.
Toma éste de mi mano, dijo Argos, y llévaselo depositado en este cofrecillo de cristal Mano ocular. y dirásle que lo emplee en tocar con ocular mano todas las cosas, antes de creerlas.
Partíase tan diligente, como gustoso, cuando dijo Andrenio:
Aguarda, que me ha salteado una curiosa pasión de ver esa casa de Salastano y lograr tanto prodigio.
Y á mí, de procurar su amistad, añadió Critilo, ventajosa felicidad de la vida.
Id, confirmó Argos, y en tan buen hora, que no os pesará en toda la vida.
Fué el viaje peregrino, oyéndole referir cosas bien raras.
Sólo las que yo le he diligenciado, decía, pudieran admirar al mismo Plinio, á Gesnero y Aldobrando. Y dejando los materiales portentos de la naturaleza, allí veréis en fieles retratos todas las personas insignes de los siglos, así hombres como mujeres, que de verdad las hay; los sabios y los valerosos, los césares y las emperatrices, no ya en oro, que ésa es curiosidad ordinaria, sino en piedras preciosas y en camafeos.
Ésa, dijo Critilo, con vuestra licencia, la tengo por una diligencia inútil. Porque yo más querría ver retratados sus relevantes espíritus, que el material gesto, que comúnmente en los grandes hombres carece de belleza.
Uno y otro lograréis en caracteres de sus hazañas, en libros de su doctrina y en sus retratos también. Que suele decir mi amo que, después de la noticia de los ánimos, es parte del gusto ver el gesto, que de ordinario suele corresponder con los hechos. Y si por ver un hombre eminente, un duque de Alba, los entendidos, un Lope de Vega los vulgares, caminaban muchas leguas, apreciando las eminencias, aquí se caminan siglos.
Primor fué siempre de acertada política, ponderó Critilo, eternizar los varones insignes en estatuas, en sellos y en medallas, ya para ideas á los venideros, ya para premio á los pasados: véase que fueron hombres y que no son imposibles sus ejemplos.
Al fin, dijo el criado, háselos entregado la antigüedad á mi amo. Que ya que no los pudo eternizar en sí mismos, se consuela de conservarlos en imágenes. Cadenillas de Hércules. Pero las que muchos celebran y las miran y aun llegan á tocarlas con las manos son las mismas cadenillas de Hércules, que, procediéndole á él de la lengua, aprisionaban á los demás de los oídos. Y quieren decir las hubo de Antonio Pérez.
Ésa es una gran curiosidad, ponderó Andrenio, garabato para llevarse el mundo tras sí.
¡Oh, gran gracia la de las gentes!
¿Y de qué son?, preguntó Critilo. Porque de hierro cierto es que no serán.
En el sonido parecen de plata y en la estimación de perlas de una muy cortesana elocuencia.
Á este modo les fué refiriendo raras curiosidades, cuando descubrieron desde un puesto bien elevado, en el centro de un gran llano, una ciudad siempre victoriosa.
Huesca victoriosa. Aquel ostentoso edificio con rumbos de palacio, dijo, es la noble casa de Salastano y éstos, que ya gozamos, sus jardines.
Fuélos introduciendo por un tan delicioso cuan dilatado parque, que coronaban frondosas plantas de Alcides, prometiéndole en sus hojas, por símbolos de los días, eternidades de fama. Comenzaron á registrar fragantes maravillas. Toparon luego con el mismo laberinto de azares, cárcel del secreto, amenazando riesgos al que le halla y evidencias al que le descubre.
Culto jardín. Más adelante se veía un estanque, gran espejo del cielo, surcado de canoros cisnes y aislado en medio dél un florido peñón, ya culto Pindo.
Paseábase la vista por aquellas calles entapizadas de rosas y mosquetas, alfombradas de amaranto, la yerba de los héroes, cuya propiedad es inmortalizarlos. Admiraron el lotos, planta también ilustre, que de raíces amargas de la virtud rinde los sabrosos frutos del honor.
Gozaron flores á toda variedad y todas raras, unas para la vista, otras para el olfato y otras hermosamente fragantes, acordando misteriosas transformaciones.
No registraban cosa, que no fuese rara. Hasta las sabandijas, tan comunes en otras huertas, aquí eran extraordinarias, porque estaban los camaleones en alcándaras de laureles, dándose hartazgos de vanidad. Volaban sin parar las efímeras, traídas del Bósforo, con sus cuatro alas, solicitando la comodidad para siglos, no habiendo de vivir sino un día, Símbolo de la codicia. viva imagen de la necia codicia. Aquí se oían cantar y las más veces gemir las pintadas avecillas del paraíso, con picos de marfil; pero sin pies, porque no le han de hacer en cosa terrena. Sintieron un ruido, como de campanilla y al mismo instante huyó el criado, voceándoles su riesgo al ver el venenoso ceraste, que él mismo cecea, para que todo entendido huya de su lascivo aliento.
Entraron con esto dentro de la casa, donde parecía haber desembarcado la de Noé, teatro de prodigios tan á sazón, que estaba actualmente el discreto Salastano haciendo ostentación de maravillas á la curiosidad de ciertos caballeros, de los muchos que frecuentan sus camarines. Hallábase allí don Juan de Balboa, teniente de maese de campo general, y don Alonso de Mercado, capitán de corazas españolas, ambos muy bienhablados, tan alumnos de Minerva como de Belona, con otros de su discreción bizarra. Suspiros de Heráclito. Tenía uno en la mano, celebrando con lindo gusto, una redomilla llena de las lágrimas y suspiros de aquel filósofo llorón, que más abría los ojos para llorar, que para ver, cuando de todo se lamentaba.
¿Qué hiciera éste, si hubiera alcanzado estos nuestros tiempos?, ponderaba don Francisco de Araujo, capitán también de corazas, basta decir portugués para galante y entendido. Si él hubiera visto lo que nosotros pasado, tal fatalidad de sucesos y tal conjuración de monstruosidades, sin duda que hubiera llenado cien redomas ó se hubiera podrido de todo punto.
Carcajadas de Demócrito. Yo, dijo Balboa, más estimara un otro frasquillo de las carcajadas de aquel otro socarrón, su antípoda, que de todo se reía.
Ése, señor mío, de la risa, respondió Salastano, yo la gasto y el otro le guardo.
¡Oh, cómo llegamos á buen punto!, dijo el criado, presentándoles el nuevo ocular portento, para que se desengañe Critilo, que no acaba de creer haya en el mundo muchas de las cosas raras, que ha de ver esta tarde. Suplícote, señor, me desempeñes á excesos.
¿Pues en qué dudáis?, dijo Salastano, después de haber hecho la salva á su venida. ¿Qué os puede ya parecer imposible, viendo lo que pasa? ¿Qué queda ya que dudar en los ensanches de la fortuna, que ya los prodigios de la naturaleza y arte no suponen?
Yo os confieso, dijo Critilo, que he tenido siempre por un ingenioso embeleco el basilisco y no soy tan solo, que sea necio. Porque aquello de matar en viendo parece una exageración repugnante, en que el hecho está desmintiendo el testigo de vista.
¿En eso ponéis duda?, replicó Salastano. Pues advertid que ese no lo tengo por prodigio; sino por un mal cotidiano. Pluguiera al cielo no fuera tanta verdad.
Domésticos basiliscos. Y si no, decidme; ¿un médico, en viendo un enfermo, no le mata? ¿Qué veneno como el de su tinta en un récipe? ¿Qué basilisco más criminal y pagado, que un Hermócrates, que aun soñando mató á Andrágoras? Dígoos que dejan atrás á los mismos basiliscos, pues aquéllos, poniéndoles un cristal delante, ellos se matan á sí mismo; y éstos, poniéndoles un vidrio, que trajeron de un enfermo, con sólo mirarle le echan en la sepultura, estando cien leguas distante.
Déjenme ver el proceso, dice el abogado: quiero ver el testamento, veamos papeles.
Y tal es el ver, que acaba con la hacienda y con la sustancia del desdichado litigante, que en sólo haber ido á él ya fué malaconsejado. ¿Pues qué? un príncipe, con decir: yo lo veré ¿no deja consumido á un pretendiente? ¿No es basilisco mortal una belleza? Si la miráis, mal; y, si ella os mira, peor. ¿Con cuántos ha acabado aquel vulgar veremos, el pesado veámonos, el prolijo verse ha y el necio ya lo tengo visto? ¿Y todo, malmirado, no mata? Creedme, señores, que está el mundo lleno de basiliscos del ver y aun del no ver, por no ver y no mirar. Así estuvieran todos como éste.
Y mostróles uno embalsamado.
Basiliscos ciegos. Yo también, prosiguió Andrenio, siempre he tenido por un encarecimiento ingenioso el unicornio, aquello de que, en bañando él su punta, al punto purifica las emponzoñadas aguas: está bien inventado, mas no experimentado.
Más dificultoso es eso, respondió Salastano. Porque hacer bien más raro es en el mundo que hacer mal, más usado el matar que el dar vida; con todo veneramos algunos de esos prodigios salutíferos, que con la eficacia de su buen celo han ahuyentado los pestilenciales venenos y purificado las aguas populosas.
Católicos unicornios. Y si no decidme: aquel nuestro inmortal héroe, el rey católico don Fernando, ¿no purificó á España de moros y de judíos, siendo hoy el reino más católico, que reconoce la Iglesia? El rey don Felipe el Dichoso, por ser bueno, ¿no purgó otra vez á España del veneno de los moriscos en nuestros días?
¿No fueron éstos salutíferos unicornios? Bien es verdad que en otras provincias no se hallan así frecuentes ni tan eficaces como en ésta. Que si eso fuera, no hubiera ya ateismos donde yo sé ni herejías donde yo callo, cismas, gentilismos, perfidias, sodomías y otros mil géneros de monstruosidades.
¡Oh, señor Salastano, replicó Critilo, que ya hemos visto algunos déstos en otras partes, que han procurado con cristianísimo valor debelar las oficinas del veneno, rebelde á Dios y al rey, donde se habían hecho fuertes estas ponzoñosas sabandijas!
Yo lo confieso, dijo Salastano; pero temo no fuese más por razón de estado, digo, no tanto por ser rebeldes al cielo, cuanto á la tierra. Y si no, decidme ¿á qué otros reinos estraños los desterraron? ¿Qué Áfricas poblaron de herejes, como Filipo de moriscos? ¿Qué tributos á millones perdieron, como Fernando? ¿Qué Ginebras han arrasado? ¿Qué Moravias despoblado, como hoy día el piadoso Ferdinando?
No os canséis, que esa pureza de fe, ponderó Balboa, sin consentir mezcla, sin sufrir un átomo de veneno infiel, creedme que es felicidad de los estados de la casa de España y de Austria, debida á sus coronados unicornios.
Á cuyo real ejemplo, prosiguió Salastano, vemos sus cristianos generales y virreyes limpiar las provincias, que gobiernan, y los ejércitos que conducen, del veneno de los vicios. Don Álvaro de Sande. Don Gonzalo de Córdoba. Conde de Oropesa. Don Álvaro de Sande, tan religioso como valiente ¿no desterró los juramentos de la católica milicia, condenándolos á infamia? Don Gonzalo de Córdoba ¿no purificó los ejércitos de insultos y de torpezas? El duque de Alburquerque en Cataluña y el conde de Oropesa en Valencia ¿no libraron aquellos dos reinos, siendo justicieros presidentes, del veneno sanguinario y bandolero? Conde de Lemos. ¿Qué tósigos de vicios no ha ahuyentado deste nuestro reino de Aragón con su ejemplo y con su celo el inmortal conde de Lemos?
Llegaos á este camarín, que os quiero franquear los muchos preservativos y contravenenos, que yo guardo. En este rico vaso de unicornio han brindado la pureza de la fe los católicos reyes de España. Estas arracadas, también de unicornio, traía la señora reina doña Isabel, para guardar el oído de la ponzoña de las informaciones malévolas. Con este anillo confortaba su invicto corazón el emperador Carlos V. Reinas de España. En esta caja, confeccionada de aromas, llegaos y percibid su fragancia, han conservado siempre el buen nombre de su honestidad y recato las señoras reinas de España.
Fuéles mostrando otras muchas piezas muy preciosas, haciendo la prueba y confesando todos su virtud eficaz.
¿Qué dos puñales son aquellos, que están en el suelo, preguntó Araujo, que, aunque van por tierra, no carecen de misterios?
Ésos fueron, respondió Salastano, los puñales de ambos brutos, dándoles del pie, sin quererlos tocar con su leal mano. Éste, dijo, fué de Junio y este otro de Marco.
Con razón los tenéis en tan despreciable lugar, que no merecen otro las traiciones y más contra su rey y señor; aunque sea el monstruo Tarquinado.
Decís bien, respondió Salastano; pero no es esa la razón principal por que los he arrojado en el suelo.
¿Pues cuál será?
Porque ya no admiran. En otro tiempo, por singulares, se podían guardar. Mas ya no suponen, no espantan ya; antes son niñería, después que un cuchillo infame en la mano de un verdugo, mandado de la malajustada justicia, llegó á la real garganta. Pero no me atrevo yo á referir lo que ellos á ejecutar. Erízanse los cabellos á cuantos lo oyeron, oyen y oirán, único, no ejemplar, sino monstruo. Sólo digo que ya los Brutos se han quedado muy atrás.
Monstruosidad de la herejía. Algunas cosas tenéis aquí, señor Salastano, que no merecen estar entre las demás, dijo Critilo. Mucha desigualdad hay. Porque ¿de qué sirve aquel retorcido caracol, que allí tenéis? Una alhaja tan vil, que anda ya en bocas de villanos, para recoger bestias. ¡Eh!, sacadle de allí, que no vale un caracol.
Aquí, suspirando Salastano, dijo: ¡Oh, tiempos! ¡oh, costumbres! Este mismo, ahora tan profanado, en aquel dorado siglo resonaba por todo el orbe en la boca de Tritón, pregonando las hazañas, llamando á ser personas y convocando los hombres á ser héroes.
Mas si eso os parece civil reparo, quiero mostraros el prodigio, que yo más estimo. Hoy habéis de ver los bizarrísimos airones, los encrespados penachos del mismo fénix.
Aquí, sonriéndose todos: ¿Qué otro ingenioso imposible es ese?, dijeron.
Pero Salastano: Ya sé que muchos lo niegan y los más lo dudan y que no lo habéis de creer; mas yo quedaré satisfecho con mi verdad. Yo también á los principios dudé y más que en nuestro siglo lo hubiese. Con esta curiosidad no perdoné ni á diligencia ni á dinero. Y como éste da alcance á cuanto hay y aun á los mismos imposibles, haciendo reales los entes de razón, hallé que verdaderamente las hay y las ha habido. Bien que raras y una sola en cada siglo.
Y si no, decidme: ¿cuántos Alejandros Magnos ha habido en el mundo? ¿Cuántos Julios en tantos Agostos? ¿Qué Teodosios? ¿Qué Trajanos? En cada familia, si bien lo censuráis, no hallaréis sino un fénix. Y si no, pregunto: ¿Cuántos don Hernandos de Toledo ha habido, duques de Alba? ¿Cuántos Anas de Memoransi? ¿Cuántos Álvaros Bazanes, marqueses de Santa Cruz? Un solo marqués del Valle admiramos; un Gran Capitán, duque de Sesa, aplaudimos; un Basco de Gama y un Alburquerque celebramos. Fénix de la fama. Hasta de un nombre no oiréis dos famosos. Sólo un don Manuel, rey de Portugal; un solo Carlos V y un Francisco I de Francia.
En cada linaje no suele haber sino un hombre docto, un valiente y un rico y éste yo lo creo, porque las riquezas no envejecen. En cada siglo no se ha conocido sino un orador perfecto, confiesa el mismo Tulio. Y un filósofo, un gran poeta, un solo fénix ha habido en muchas provincias, como un Carlos en Borgoña, Castrioto en Chipre, Cosme en Florencia y don Alfonso el Magnánimo en Nápoles. Y aunque este nuestro siglo ha sido tan pobre de eminencias en la realidad, con todo eso, quiero ostentar las plumas de algunos inmortales fénix. Ésta es.
Y sacó una, bellísimamente coronada, la pluma de la fama de la reina nuestra señora doña Isabel de Borbón, que siempre lo han sido las Isabeles en España, con excepción de la singularidad. Con esta otra voló á la esfera de la inmortalidad la más preciosa y más fecunda Margarita. Marqués Espínola. Don Felipe de Silva. Con éstas coronaban sus celadas el marqués Espínola, Galaso, Picolomini, don Felipe de Silva y hoy el de Mortara. Con estas otras escribieron Baronio, Belarmino, Barbosa, Lugo y Diana y con ésta el marqués Virgilio Malveci.
Confesaron todos la enterísima verdad y convirtieron sus incredulidades en aplausos.
Todo eso está bien, replicó Critilo; sola una cosa yo no puedo acabar de creer, aunque muchos la afirman.
¿Y qué es?, preguntó Salastano. No hay que tratar, que yo la he de conceder.
¡Eh! que no es posible, no os canséis, que no lleva camino.
¿Es acaso aquel pescadillo tan vil y tan sin jugo, sin sabor y sin ser, que en fe de su flaqueza ha detenido tantas veces los navíos de alto bordo, las mismas capitanas reales, que iban viento en popa al puerto de su fama? Porque ése aquí le tengo yo acecinado.
No es, sino aquel prodigio de la mentira, aquel superlativo embeleco, aquel mayor imposible: el pelícano. Yo confieso que hay basilisco, yo creo el unicornio, yo celebro el fénix, yo paso por todo; pero el pelícano no le puedo tragar.
¿Pues en qué reparáis? ¿Por ventura en el picarse el pecho, alimentando con sus entrañas los polluelos?
No por cierto: ya yo veo que es padre y que el amor obra tales excesos.
¿Dudáis acaso en que ahogados de la envidia los resucite?
Menos: que, si la sangre hierve, obra milagros.
¿Pues en qué reparáis?
Yo os lo diré. En que haya en el mundo quien no sea entremetido, que se halle uno, que no guste de hablar, que no mienta, no murmure, no enrede, que viva sin embeleco: eso yo no lo he de creer.
Pues advertid que ese pájaro solitario en nuestros días lo vimos en el Retiro entre otras aladas maravillas.
Si eso es así, dijo Critilo, él dejó de ser ermitaño y se puso á entremetido.
¿Qué arma tan extraordinaria es aquélla?, preguntó como tan soldado don Alonso.
Estorea, respondió Salastano, y fué de la reina de las amazonas, trofeos de Hércules con el balteo, que pudo entrar en docena.
¿Y es preciso, replicó Mercado, creer que hubo amazonas?
No sólo que las hubo; sino que las hay de hecho y en hechos.
Serenísima reina de Francia. ¿No lo es hoy la serenísima señora doña Ana de Austria, florida reina de Francia? Así como lo fueron siempre todas las señoras infantas de España, que coronaron de felicidades y de sucesión aquel reino. ¿Qué es, sino una valerosa amazona la esclarecida reina polona, Belona, digo cristiana, siempre al lado de su valeroso Marte en las campañas? Duquesa de Cardona. Y la excelentísima duquesa de Cardona ¿no se portó muy como tal, encarcelada, donde había sido virreina? Pero venerando y no olvidando tantos plausibles prodigios, quiero que veáis otro género dellos, tenidos por increíbles.
Y al mismo punto les fué mostrando con el dedo un hombre de bien en estos tiempos, un oidor sin manos; pero con palmas. Y lo que más es, su mujer. Un grande de España desempeñado, un príncipe en esta era dichoso, una reina fea, un príncipe oyendo verdades, un letrado pobre, un poeta rico, una persona real, que murió sin que se dijese que de veneno, un español humilde, un francés grave y quieto, un alemán aguado. Y juró Balboa era el varón de Sabac. Un privado no murmurado, un príncipe cristiano en paz, un docto premiado, una viuda de Zaragoza flaca, un necio descontento, un casamiento sin mentiras, un indiano liberal, una mujer sin enredo, uno de Calatayud en el limbo, un portugués necio, un real de á ocho en Castilla, Francia pacífica, el septentrión sin herejes, el mar constante, la tierra igual y el mundo mundo.
En medio desta folla de maravillas entró un otro criado, que en aquel punto llegaba de muy lejos, y recibióle Salastano con extraordinarias demostraciones de gusto.
El mayor prodigio. Seas tan bienllegado como esperado. ¿Hallaste, díme, aquel portento tan dudado?
Señor, sí.
¿Y tú le viste?
Y le hablé.
¡Que tal preciosidad se halla en la tierra! ¡Que es verdad! Ahora digo, señores, que es nada cuanto habéis visto. Ciegue el basilisco, retírese el fénix, enmudezca el pelícano.
Estaban tan atónitos, cuan atentos los discretos huéspedes, oyendo tales exageraciones, muy deseosos de saber cuál fuese el objeto de tan grande aplauso.
Dínos presto lo que viste, instó Salastano. No nos atormentes con suspensiones.
Oid, señores, comenzó el criado, la más portentosa maravilla de cuantas habéis visto ni oído.
Pero lo que él les refirió diremos fielmente, después de haber contado lo que le pasó á la Fortuna con los Bragados y Comados.
CRISI III
La cárcel de oro y calabozos de plata.
Cuentan, y yo lo creo, que una vez entre otras tumultuaron los franceses y con la ligereza, que suelen, se presentaron delante de la Fortuna, tragando saliva y vomitando saña.
¿Qué murmuráis de mí?, dijo ella misma. ¿Que me he vuelto española? Sed vosotros cuerdos, que nunca para mi rueda. Por eso lo es. Ni á vosotros os para cosa en las manos; todo se os rueda dellas. Será, sin duda, algún antojo y, por lo envidioso, de larga vista, de la felicidad de España.
¡Oh, madrastra nuestra, respondieron ellos, y madre de los españoles! ¡Cómo te sangras en salud! Loores de Francia. ¿Es posible que, siendo la Francia la flor de los reinos, por haber florecido siempre en todo lo bueno, desde el primer siglo hasta hoy, coronada de reyes santos, sabios y valerosos, silla un tiempo de los romanos pontífices, trono de la tetrarquía, teatro de las verdaderas hazañas, escuela de la sabiduría, engaste de la nobleza y centro de toda virtud, méritos todos dignos de los primeros favores y de inmortales premios, es posible que, dejándonos á nosotros con las flores, les des á los españoles los frutos? ¿Qué mucho hagamos extremos de sentimiento contigo, si tú con ellos haces excesos de favor?
Dísteles las unas y las otras Indias, cuando á nosotros una Florida en el nombre, que en la realidad es muy seca. Y como, cuando tú comienzas á perseguir á unos y favorecer á otros, no paras hasta que apuras, has llegado á verificar con ellos los que antes se tenían por entes de quimera, haciendo prácticos los mismos imposibles, como son ríos de plata, montes de oro, golfos de perlas, bosques de aromas, islas de ámbares. Y, sobre todo, los has hecho señores de aquella verdadera cucaña, donde los ríos son de miel, los peñascos de azúcar, los terrones de bizcocho. Y con tantos y tan sabrosos dulces dicen que es el Brasil un paraíso confitado. Todo para ellos y nada para nosotros. ¿Cómo se puede tolerar?
¿No digo yo, exclamó la Fortuna, que vosotros sois unos ingratos sobre necios? ¿Cómo, que no os he dado las Indias? ¿Eso podéis negar con verdad? Indias os he dado y bien baratas y aun de mogollón, como dicen, pues sin costaros nada.
Indias de Francia. Y si no, decidme: ¿Qué Indias para Francia, como la misma España? Venid acá: lo que los españoles ejecutan con los indios ¿no lo desquitáis vosotros con los españoles? Si ellos los engañan con espejillos, cascabeles y alfileres, sacándoles con cuentas los tesoros sin cuento, vosotros con lo mismo, con peines, con estuchitos y con trompas de París ¿no les volvéis á chupar á los españoles toda la plata y todo el oro y esto sin gastos de flotas, sin disparar una bala, sin derramar una gota de sangre, sin labrar minas, sin penetrar abismos, sin despoblar vuestros reinos, sin atravesar mares?
Andá y acabá de conocer esta certísima verdad y estimadme este favor. Creedme que los españoles son vuestros indios y tan desinteresados, que con sus flotas os traen á vuestras casas la plata ya acendrada y ya acuñada, quedándose ellos con el vellón y bien trasquilados.
No pudieron negar esta verdad tan clara; con todo eso no parecían quedar satisfechos, antes andaban murmurando allá entre dientes.
¿Qué es eso?, dijo la Fortuna. Hablad claro, acabad, decía.
Quisiéramos, madama, que ese favor fuera cumplido y que, así como nos has dado el provecho, nos dieses también la honra, para que no trajésemos á casa la plata, sirviendo á los españoles con la vileza que sabemos y la esclavitud que callamos.
El bien repartido. ¡Oh, qué lindo!, alzó la voz la Fortuna. ¡Bueno por mi vida! Monsieures, honra y doblones no caben en un saco. ¿No sabéis que allá, cuando se repartieron los bienes á los españoles, les cupo la honra, á los franceses el provecho, á los ingleses el gusto y á los italianos el mando?
Cuán incurable sea esta hidropesía del oro intenta ponderar esta Crisi, después de haberse desempeñado de aquel plausible portento, que el criado de Salastano con gran gusto de todos refirió desta suerte:
Partí, señor, en virtud de tu precepto, en busca de aquel raro prodigio, el amigo verdadero. Fuí preguntando por él á unos y á otros y todos me respondían con más risa, que palabras. Á unos se les hacía nuevo, á otros inaudito y á todos imposible.
Amigo fiel y verdadero ¿cómo ha de ser y en este tiempo y en este país?
Más lo estrañaban que el fénix.
Amigos de la mesa, del coche, de la comedia, de la merienda, de la huelga, del paseo, el día de la boda, en la privanza y en la prosperidad, me respondió Timón, el de Luciano, de ésos bien hallaréis hartos. Y más, cuando más hartos. Que á la hora del comer son sabañones y á la del ayudar son callos.
Amigo, uno; enemigo, ninguno. Amigos, mientras me duró el valimiento, bien tenía yo, dijo un caído: no tenían número por muchos ni ahora por ninguno.
Pasé adelante y díjome un discreto:
¿Cómo es eso? ¿De modo, que buscáis un otro yo? Ese misterio sólo en el cielo se halla.
Yo he visto cerca de cien vendimias, me respondió uno, y diría verdad, porque parecía del buen tiempo, y, aunque toda la vida he buscado un amigo verdadero, no he podido hallar sino medio y ése á prueba.
Allá en tiempo, que rabiaban los reyes, digo, cuando se enojaban, oí contar, dijo una vieja, de un cierto Pilades y Orestes, una cosa como ésa; pero á fe, hijo, que yo siempre lo he tenido más por conseja, que por consejo.
No os canséis en eso, me juró y votó un soldado español. Porque yo he rodeado y aun rodado todo el mundo y siempre por tierra de mi rey y, aunque he visto cosas bien raras, como los gigantes en la tierra del fuego, los pigmeos en el aire, las amazonas en el agua de su río, los que no tienen cabeza, que son muchos, y los de sólo un ojo y ése en el estómago, los de un solo pie á lo grullo, sirviéndoles de tejado, los sátiros y los faunos, batuecos y chichimecos, sabandijas todas, que caben en la gran monarquía española, yo no he topado ese gran prodigio, que ahora oigo. Sólo dejé de ver la isla Atlántida por incógnita. Podría ser que allí estuviese, como otras cien mil cosas buenas, que no se hallan.
Naciones de España. Que no está tan lejos como eso, le dije; antes me aseguran le he de hallar dentro de España.
Eso no creeré yo, replicó un crítico. Porque primeramente él no estará donde clavan el clavo por la cabeza, nunca cediendo al ajeno dictamen, aun del más acertado amigo. Menos donde de cuatro partes las cinco son palabras y amistad es obras y obras son amores. Pues donde no se dejan falar, sino por servirles farautes, tampoco: que aun de sí mismos no se dignan aquellos señores fidalgos. En tierra corta, donde todo es poca cosa, yo lo dudo. Y hablemos quedo, no nos oigan, que harán punto desto mismo. Pues donde todo se va en flor sin fruto, es cosa de risa y allí todos los hidalgos, aunque muchos, corren á lo de Guadalajara.
¿Y en Cataluña? señor mío, repliqué yo.
Ahí aún podría ser: que los catalanes saben ser amigos de sus amigos.
También son malos para enemigos.
Bien se ve: piénsanlo mucho antes de comenzar una amistad; pero, una vez confirmada, hasta las aras.
¿Cómo puede ser eso, instó un forastero, si allí se hereda la enemistad y llega más allá del caducar la venganza, siendo fruta de la tierra la bandolina?
Y aun por eso, respondió: que quien no tiene enemigos tampoco suele tener amigos.
Con estas noticias me fuí empeñando la Cataluña adentro. Corríla toda, que bien poco me faltaba, cuando me sentí atraer el corazón de los imanes de una agradable estancia, antigua casa; pero no caduca. Fuíme entrando por ella, como Pedro por la suya, y notando á toda observación cuanto veía: que de las alhajas de una casa se colige el genio de su dueño. No encontré en toda ella ni con niños ni con mujeres. Hombres sí y mucho, aunque no muchos, que á prueba me introdujeron allá. Criados pocos: que de los enemigos, los menos. Estaban cubiertas las paredes de retratos, en memoria de los ausentes, alternados con unos grandes espejos. Y ninguno de cristal, por escusar toda quiebra; de acero si y de plata, tan tersos y tan claros, como fieles. Todas las ventanas con sus cortinillas, no tanto defensivo contra el calor, cuanto contra las moscas, que aquí no se toleran ni enfadosos ni entremetidos. Penetramos al corazón de la casa, al último retrete, donde estaba un prodigio triplicado, un hombre compuesto de tres. Digo tres que hacían uno. Porque tenía tres cabezas, seis brazos y seis pies. Luego que me brujuleó, me dijo:
¿Búscasme á mí ó á ti mismo? ¿Vienes al uso de todos, que es buscarse á sí mismos, cuando más parece que buscan un amigo? Y si no se advierte antes, se experimenta después, que no los trae otro, que su provecho ó su honra ó su deleite.
¿Quién eres tú, le dije, para saber si te busco, aunque por lo raro ya podría?
Yo soy, me respondió, el de tres uno: aquel otro yo, idea de la amistad, norma de cómo han de ser los amigos. Gerión moral. Yo soy el tan nombrado Gerión. Tres somos y un solo corazón tenemos. Que el que tiene amigos buenos y verdaderos, tantos entendimientos logra. Sabe por muchos, obra por todos, conoce y discurre con los entendimientos de todos. Ve por tantos ojos, oye por tantos oídos, obra por tantas manos y diligencia con tantos pies. Tantos pasos da en su conveniencia, como dan todos los otros. Mas entre todos, sólo un querer tenemos: que la amistad es un alma en muchos cuerpos. El que no tiene amigos no tiene pies ni manos. Manco vive, á ciegas camina. Y ¡ay del solo! Que, si cayere, no tendrá quien le ayude á levantar.
Luego que le oí, exclamé: ¡Oh, gran prodigio de la amistad verdadera, aquella gran felicidad de la vida, empleo digno de la edad varonil, ventaja única del ya hombre! Á ti te busco, criado soy de quien te estima, cuan bien te conoce y hoy solicita tu correspondencia, porque dice que sin amigos del genio y del ingenio no vive un entendido ni se logran las felicidades. Que hasta el saber es nada, si los demás no saben que tú sabes.
Ahora digo, me respondió el Gerión, que es bueno para amigo Salastano. Buen gusto tiene en tenerlos, que lo demás es envidiarse los bienes con necia infelicidad.
Duque de Nochera. ¡Oh qué bien decía aquel grande amigo de sus amigos y que también lo sabía ser, el duque de Nochera!:
No me habéis de preguntar qué quiero comer hoy; sino con quién: que del convivir se llamó convite.
Desta suerte fué celebrando las excelencias de la amistad y á lo último:
Quiero, dijo, que registres mis tesoros, que para los amigos siempre están patentes y aun ellos son los mayores.
Mostróme lo primero la granada de Darío, ponderando que los tesoros del sabio no son los rubíes ni los zafiros; sino los Zopiros.
Mira bien esta sortija, que el amigo ha de venir como anillo en dedo: ni tan apretado, que lastime, ni tan holgado, que no ajuste con riesgo de perderse. Atiende mucho á este diamante, no falso, sí al tope, cuando conviene, y aun haciendo punta, otras veces cuadrado y en almohada del consejo, con muchos fondos y quilates de fineza tan firme, que ni en el yunque quiebra, expuesto á los golpes de la fortuna, ni con las llamas de la cólera salta ni con el ungüento de la lisonja ni del soborno se ablanda; sólo el veneno de la sospecha le puede hacer mella.
Veneno de la amistad. Fué haciendo erudito alarde de preciosísimos símbolos de la amistad. Á lo último sacó un pomito de olor, que despedía una fragancia muy confortante y, cuando yo creí ser alguna quinta esencia de ámbar, realzado del almizcle, me dijo:
No es sino de un rancio néctar de un vino, aunque viejo, más jubilante, que jubilado. Bueno para amigo, que conforte el corazón, que le alivie y que le alegre y juntamente sane las morales llagas.
Entregóme, al despedirme, esta lámina preciosa, con este su retrato, dedicado á la amigable fineza.
Miráronle todos con admiración y aun repararon en que aquellos rostros eran sus verdaderos retratos, ocasión de quedar declarada y confirmada la amistad entre todos, muy á la enseñanza del Gerión. ¡Feliz empleo de la varonil edad! Despidiéronse ya, sin partirse, los soldados para sus alojamientos, que en esta vida no hay cosa propia; nuestros dos peregrinos del mundo, no pudiendo hacer alto en el viaje del vivir, salieron á proseguirle por la Francia.
Vencieron las asperezas del hipócrita Pirineo, desmentidor de su nombre á tanta nieve, donde muy temprano el invierno tiende sus blancas sábanas y se acuesta. Admiraron con observación aquellas gigantes murallas, con que la atenta naturaleza afectó dividir estas dos primeras provincias de la Europa, á España de la Francia, fortificando la una contra la otra, con murallas de rigores, dejándolas tan distantes en lo político, cuando tan confinantes en lo material. Y ahora conocieron con cuánto fundamento de verdad aquel otro cosmógrafo había delineado en un mapa estas dos provincias, en los dos extremos del orbe. Caso bien reído de todos: de unos, por no entendido, y de otros, por aplaudido.
Franceses, antípodas de España. Al mismo punto que metieron el pie en Francia, conocieron sensiblemente la diferencia en todo, en el temple, clima, aire, cielo y tierra; pero mucho más la total oposición de sus moradores, en genios, ingenios, costumbres, inclinaciones naturales, lengua y trajes.
¿Qué te ha parecido de España?, dijo Andrenio.
Murmuremos un rato della, aquí donde no nos oyen.
Censura de España. Y aunque nos oyeran, ponderó Critilo, son tan galantes los españoles, que no hicieran crimen de nuestra civilidad. No son tan sospechosos como los franceses; más generosos corazones tienen.
Pues díme, ¿qué concepto has hecho de España?
No malo.
¿Luego bueno?
Tampoco.
¿Según eso, ni bueno ni malo?
No digo eso.
¿Pues qué?
Agridulce.
¿No te parece muy seca y que de ahí les viene á los españoles aquella su sequedad de condición y melancólica gravedad?
Sí; pero también es sazonada en sus frutos y todas sus cosas son muy sustanciales. De tres cosas dicen se han de guardar mucho en ella y más los estranjeros.
¿De tres solas? ¿Y qué son?
De sus vinos, que dementan; de sus soles, que abrasan; y de sus femeniles lunas, que enloquecen.
¿No te parece, que es muy montuosa y aun por eso poco fértil?
Así es; pero muy sana y templada. Que, si fuera llana, los veranos fuera inhabitable.
Está muy despoblada.
También vale una della por ciento de otras naciones.
Es poco amena.
No la faltan vegas muy deliciosas.
Está aislada entre ambos mares.
También está defendida y coronada de capaces puertos y muy regalada de pescados.
Parece que está muy apartada del comercio de las demás provincias y al cabo del mundo.
Aún había de estarlo más, pues todos la buscan y la chupan lo mejor que tiene: sus generosos vinos Inglaterra, sus finas lanas Holanda, su vidrio Venecia, su azafrán Alemania, sus sedas Nápoles, sus azúcares Génova, sus caballos Francia y sus patacones todo el mundo.
Díme, y de sus naturales, ¿qué juicio has hecho?
Ahí hay más que decir: que tienen tales virtudes, como si no tuviesen vicios, y tienen tales vicios, como si no tuviesen tan relevantes virtudes.
No me puedes negar que son los españoles muy bizarros.
Sí; pero de ahí les nace el ser altivos. Son muy juiciosos; no tan ingeniosos. Son valientes; pero tardos. Son leones; mas con cuartana. Muy generosos y aun perdidos. Parcos en el comer y sobrios en el beber; pero superfluos en el vestir. Abrazan todos los estranjeros; pero no estiman los propios. No son muy crecidos de cuerpo; pero de grande ánimo. Son poco apasionados por su patria y trasplantados son mejores. Son muy llegados á la razón; pero arrimados á su dictamen. No son muy devotos; pero tenaces de su religión y absolutamente es la primer nación de Europa odiada por tan envidiada.
Más dijeran, si no les interrumpiera su vulgar murmuración un otro pasajero, que con serlo y tan de priesa, tomaba muy de veras el vivir. Veníase encaminando hacia ellos y Critilo dijo:
Éste es el primer francés que topamos. Notemos bien su genio, su hablar y su proceder, para saber cómo nos habemos de portar con los otros.
¿Pues qué, visto uno, estarán vistos todos?
Sí, que hay genio común en las naciones y más en ésta. Y la primera treta del trato es no vivir en Roma á lo húngaro, como algunos, que en todas partes viven al revés.
La primera pregunta que el francés les hizo, aun antes de saludarlos, viendo que iban de España, fué si había llegado la flota. Respondiéronle que sí y muy rica. Y cuando creyeron se había de desazonar mucho con la nueva, fué tan al contrario, que comenzó á dar saltos de placer, haciéndose son á sí mismo. Admirado Andrenio, le preguntó.
¿Pues deso te alegras tú, siendo francés?
Y él: ¿Por qué no, cuando las más remotas naciones la festejan?
¿Pues de qué provecho le es á Francia que enriquezca España y se le aumente su potencia?
Efectos de la flota. ¡Oh qué bueno está eso! dijo el monsiur. ¿No sabéis vosotros que un año, que no vino la flota por cierto incidente, no le pudieron hacer guerra al Rey Católico ninguno de sus enemigos? Y ahora frescamente, cuando se ha alterado algo la plata del Perú, ¿no se han turbado todos los príncipes de la Europa y todos sus reinos con ellos? Creedme que los españoles brindan flotas de oro y plata á la sed de todo el mundo. Y pues venís de España, muchos doblones traeréis.
No por cierto, respondió Critilo: de lo que menos habemos cuidado.
¡Pobres de vosotros, qué perdidos venís!, exclamó el francés. Basta que aún no sabéis vivir con ir tan adelante, que hay muchos, que aun á la vejez no han comenzado á vivir. ¿No sabéis, que el hombre da principio á la vida por el deleite cuando mozo, pasa al provecho ya hombre, y acaba viejo por la honra?
Venimos, le dijeron, en busca de una reina, que si por gran dicha nuestra la topamos, nos han asegurado que con ella hallaremos cuanto bien se puede desear. Y aun decía uno que todos los bienes le habían entrado á la par con ella.
¿Cómo decís que se nombra?
Sí, que bien nombrada es: la plausible Sofisbella.
La sabiduría. Ya sé quién decís. Ésa en otro tiempo bien estimada era en todo el mundo, por su mucha discreción y prendas; mas ya por pobre no hay quien haga caso ni casa della. En viéndola sin dote, sin oro y plata, muchos la tienen por necia y todos por infeliz. Es cosa de cuento todo lo que no es de cuenta. Entendedme una cosa, que no hay otro saber como el tener y el que tiene es sabio, es galán, valiente, noble, discreto y poderoso, es príncipe, es rey y será cuanto él quisiere. Lástima me hacéis de veros tan hombres y tan poco personas. Ahora venid conmigo. Echaremos por el atajo del valer, que aún tendréis remedio.
¿Dónde nos piensas llevar?
Donde halléis hombres, lo que mozos despreciasteis. ¡Cómo se echa de ver que no sabéis vosotros en qué siglo vivís! Vamos andando, que yo os lo diré. Y preguntó:
Qué siglo este. ¿En cuál pensáis vivir, en el del oro ó en el de lodo?
Yo diría, respondió Critilo, que en el de hierro. Con tantos, todo anda errado en el mundo y todo al revés, si ya no es el de bronce, que es peor con tanto cañón y bombarda. Todo ardiendo en guerras: no se oye otro que sitios, asaltos, batallas, degüellos, que hasta las mismas entrañas parece se han vuelto de bronce.
No faltará quien diga, respondió Andrenio, que es el siglo de cobre y no de pague; mas yo digo que el de lodo, cuando todo lo veo puesto dél: tanta inmundicia de costumbres, todo lo bueno por tierra. La virtud dió en el suelo con su letrero: ¡Aquí yace! La basura á caballo, los muladares dorados y, al cabo al cabo, todo hombre es barro.
No decís cosa, replicó el francés. Asegúroos que no es sino el siglo de oro.
Mira quien tal creyera.
Sólo el oro es el estimado, el buscado, el adorado y querido. No se hace caso de otro, todo va á parar en él y por él y así dice bien, cuando más mal, aquel público maldiciente: tuti tiramo à questo diavolo di argento.
Relucía ya y de muy lejos uno como palacio grande; pero no magnífico, y tan lindo como un oro. Reparó luego Andrenio y dijo:
¡Qué rica cosa y casa! Parece una ascua de oro: así luce y así quema.
¿Qué mucho, si lo es?, respondió el monsiur, bailando de contento.
Que como al dar llaman ellos bailar, siempre andan bailando.
¿Todo el palacio es de oro?, preguntó Critilo.
Todo, desde el fundamento hasta el tejado, por dentro y fuera. Y cuanto hay en él todo es oro y todo plata.
Muy sospechoso se me hace, dijo Critilo: que la riqueza es gran comadre del vicio y aun se dice vive mal con él. ¿Pero de dónde han podido juntar tanto oro y tanta plata? Que parece imposible.
¿Cómo de dónde? Pues, si España no hubiera tenido los desaguaderos de Flandes, las sangrías de Italia, los sumideros de Francia, las sanguijuelas de Génova, ¿no estuvieran hoy todas sus ciudades enladrilladas de oro y muradas de plata? ¿Qué duda hay en eso? Á más de que el poderoso dueño, que en este palacio mora, tiene tal virtud, no sé yo si dada del cielo ó tomada de la tierra, que todo cuanto toca, si con la mano izquierda, la convierte en plata, y, si con la derecha, en oro.
¡Eh!, monsiur, dijo Critilo, que ésa fué una novela tan antigua como necia de cierto rey, llamado Midas, tan sin medida ni tasa en su codicia, que al cabo, como suelen todos los ricos, murió de hambre, siendo su enfermedad de ahito.
¡Cómo, que es fábula!, dijo el francés. No es sino verdad tan cierta, como practicada hoy en el mundo. Midas al uso. ¿Pues qué, es nuevo convertir un hombre en oro cuanto toca? Con una palmada, que da un letrado en un Bártulo, cuyo eco resuena allá en el bartolomico del pleiteante, ¿no hace saltar los ciento y los doscientos al punto y no de la dificultad? Advertid que jamás da palmada en vacío y, aunque estudia en Baldo, no es de balde su ciencia.
Un médico, pulsando ¿no se hace él de oro y á los otros de tierra? ¿Hay vara de virtudes como la del alguacil y la pluma del escribano y más de un secretario, que por encantado que esté el tesoro, por más guardado, lo sacan bajo tierra? ¿Las vanas Venus de la belleza, cuando más tocadas y prendidas, no convierten en oro la inmundicia de su torpeza? Hombre hay, que con sola una pulgada que da, convierte en el oro más pesado el hierro más pesado. Al tocar de las cajas ¿no anda la milicia más á la rebatiña, que al rebato? Las pulgadas del mercader, ¿no convierten en oro la seda y la holanda?
Creedme, que hay muchos Midas en el mundo: así los llama él, cuando más desmedidos andan, que todo se ha de entender al contrario. El interés es el rey de los vicios, á quien todos sirven y le obedecen. Y así, no os admiréis que yo diga que el príncipe, que allí vive, convierte en oro cuanto toca. Y una de las causas, porque yo voy allá, es para que me toque también y me haga de oro.
Monsiur, instó Andrenio, ¿cómo puede vivir dese modo?
Muy bien.
Pues díme, ¿no se le convierte en oro el manjar, así como le toca?
Buen remedio: calzarse unos buenos guantes, que muchos hoy comen dellos y con ellos.
Sí; pero, en llegando á la boca el manjar, en comenzándole á mascar, ¿no se le ha de volver todo oro, sin poderlo tragar?
¡Oh, qué mal discurres!, dijo el francés. Ese melindre fué allá en otro tiempo; no se embarazan tanto ya las gentes. Oro potable. Ya se ha hallado traza cómo hacer el oro potable y comestible, ya dél se confeccionan bebidas, que confortan el corazón y alegran grandemente. Ni falta quien ha inventado el hacer caldo de doblones y dicen es tan sustancial, que basta á resucitar un muerto; que eso de alargar la vida es niñería. Demás de que hoy viven millares de miserables de no querer comer. Todo lo que no comen ni beben ni visten dicen que lo convierten en oro. Ahorran, porque no se aforran. Mátanse de hambre á sí y á sus familias y de matarse viven.
Con esto se fueron acercando y descubrieron á las puertas muchas guardas que, á más de estar armadas todas con espaldares castellanos contra los petos gallegos, eran tan inexorables, que no dejaban llegar á ninguno ni de cien leguas. Y si alguno porfiaba en querer entrar, arrojábanle un no, salido de una cara de hierro, que no hay bala que así atraviese y deje sin habla al más osado.
¿Cómo haremos para entrar, dijo Andrenio: que cada guarda de éstas parece un Nerón sincopado y aun más cruel?
No os embarace eso, dijo el francés: que esta guarda sólo es guarda de la juventud. No dejan entrar los mozos.
Y así era, que por ningún caso los dejaban entrar en la hacienda. Á todos se les vinculaban, hasta ser hombres; pero de treinta años arriba las franqueaban á todo hombre, si ya no fuese algún jugador, descuidado, gastador ó castellano, gente toda de la cofradía del hijo pródigo. Mas á los viejos, á los franceses y catalanes, puerta franca y aun les convidaban con el manejo. Con esto, viéndolos ya tan hombres y tan á la francesa, sin dificultad alguna los dejaron pasar. Puertas del interés. Pero luego hubo otro tope y mayor, que á más de ser las puertas de bronce y más duras que las entrañas de un rico, de un cómitre, de una madrastra, de un genovés, que es más que todo, estaban cerradas y muy atrancadas con barras catalanas y candados vizcaínos. Y aunque llegaban unos y otros á llamar, nadie respondía ni á propósito mucho menos correspondía.