PRIMERA PARTE (continued 3)
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Contaban todos cosas y casos portentosos. Que amansaba los leones y que con dos palabras, que les decía, los tornaba humanos y sufridos. Que desencantaba las serpientes y las hacía andar derechas. Tomaba de ojo á los basiliscos, quitándoles las niñas porque no matasen, ni miradas ni mirando: que todas eran cosas bien útiles y raras.
Matronas castas. Todo eso es nada, dijo uno, con el prevalecer contra las mismas sirenas y transformarlas en matronas. Aquel convertir en tórtolas las lobas. Y lo más que se puede imaginar, que de una Venus bestial hizo una virgen vestal.
Eso es gran cosa, dijeron todos.
Campeaba ya su artificioso palacio, muy superior á todo. Y con estar en puesto tan eminente, hacía subir las aguas de los ríos á dar la obediencia á su poderosa maña, con un raro artificio, ejemplar de aquel otro del famoso artífice, que al mismo Tajo dió un corte de aguas cristalinas. Estaba todo él coronado de flores en jardines, prodigios también fragantes, porque las espinas eran rosas y las maravillas de todo el año. Hasta los olmos daban peras y uvas los espinos; de los más secos corchos sacaba jugo y aun néctar; y los peros, en Aragón tan indigestos, aquí se nacían confitados. Oíanse en los estanques cantar los cisnes en todo tiempo. Hízosele muy de nuevo á Critilo, porque en otras partes de tal suerte enmudecen, que aun en la hora de la muerte, aunque comúnmente se dice que cantan, ninguno se halla que los haya oído.
Desengañados. Es, le dijeron, que, como son tan cándidos, si cantan, ha de ser la verdad y, como ésa es tan mal oída, han dado en el arbitrio de enmudecer. Sólo en aquel trance, apretados de la conciencia ó porque ya no tienen más que perder, cantan alguna verdad. Y de aquí se dijo que tal predicador ó tal ministro hablaron claro: el secretario Fulano desembuchó muchas verdades, el otro consejero descubrió su pecho, estando todos para morir.
Á la puerta estaba un león, que se había convertido en una mansísima oveja y un tigre en un cordero. Por los balcones había muchas parleras, digo aves, en conversación, manteniendo la tela los papagayos; aunque los tordos se picaban de su nombre. Los gatos y los alanos de su casa ya no arañaban apretados ni mordían rabiosos; sino que, reconociendo leales su gran dueño, besaban sus generosas plantas. Estábanlos aguardando á la puerta muchas y bienaliñadas doncellas; aunque mecánicas y de escalera abajo. Otras más nobles y liberales le subieron arriba y le ensalzaron á la oficina, en que la discretísima Artemia, asistida de los varones eminentes, Don Vicencio de Lastanosa. señalándole á cada uno su puesto el grande apreciador de las eminencias, don Vicencio de Lastanosa, estaba actualmente ocupada en hacer personas de unos leños.
Tenía un rostro muy compuesto, ojos penetrantes. Su hablar, aunque muy medido, muy gustoso. Sobre todo tenía extremadas manos, que daban vida á todo aquello en que las ponía. Todas sus facciones muy delicadas, su talle muy airoso y bienproporcionado y, en una palabra, toda ella de muy buen arte.
Recibió con agradable bizarría á Critilo, celebrándole por muy de su genio, sacándolo por la pinta. Y añadió que con razón se llamó el rostro faz, porque él mismo está diciendo lo que hace y facies en latín, lo que facies. Llegó Critilo á saludarla, logrando favores tan agradables. Extrañó ella que un varón discreto viniese, no ya solo, mas sí tanto.
Que la conversación, decía, es de entendidos y ha de tener mucho de gracia y de las gracias, ni más ni menos de tres.
Aquí destilando el corazón en lágrimas Critilo: Otros tantos, respondió, solemos ser un otro camarada, que dejo por dejado, y siempre se nos junta otro tercero de la región donde llegamos, que tal vez nos guía y tal nos pierde, como ahora, que por eso vengo á ti, ¡oh gran remediadora de desdichas!, solicitando tu favor y tu poder, para rescatar este otro yo, que queda malcautivo, sin saber de quién ni cómo.
Pues, si no sabes dónde le dejas ¿cómo le hemos de hallar?
Aquí entran tus prodigios, replicó él. Mas de que ahí queda en la corte juráralo yo, que ahí había de ser su perdición, de un rey famoso sin ser nombrado, poderoso por lo universal y singular por lo desconocido.
Tate, dijo ella. Ya estás entendido, que fué favor sustancial. Él queda sin duda en la Babilonia, que no corte, de mi grande enemigo Falimundo, porque ahí perece el mundo entero y todos acaban, porque no acaban. Pero mejor ánimo en la peor fortuna: que no nos ha de faltar ardid contra el engaño.
Mandó llamar uno de sus mayores ministros, gran confidente suyo, que acudió tan pronto, como voluntario. Parecía hombre de propósito y aun ilustre por lo claro y verdadero. Á éste le confió la empresa, informándole muy bien Critilo de lo pasado y Artemia de lo hacedero. Entrególe juntamente un espejo de purísimo cristal, obra grande de uno de los siete griegos, explicándole su manejo y eficacia.
Y él empeñó su industria.
Vistióse al uso de aquel país, con la misma librea, que los criados de Falimundo, que era de muchos dobleces, pliegues, forros y contraforros, senos, bolsillos, sobrepuestos, alforzas y capa para todas las cosas. Desta suerte se partió pronto á cumplir el preciso mandato.
Quedó Critilo tan hallado como favorecido en la corte de Artemia, muy entretenido y aun aprovechado, viéndola cada día obrar mayores prodigios. Porque la vió convertir un villano zafio en un cortesano galante, cosa que parecía imposible. Cortesanos. De un montañés hizo un gentilhombre, que fué también gran primor del arte. Y no menor hacer de un vizcaíno un elocuente secretario. Convertía las capas de bayeta raídas en terciopelos y aun en felpas, un manteo deslucido de un pobre estudiante en una púrpura eminente y una gorra en una mitra. Los que servían en una parte hacía mandasen en otra y tal vez el mundo todo. Pues de un zagal, que guardaba una piara, hizo un pastor universal, obrando con más poder á mayor distancia. Porque se le vió levantar un mozo de espuelas á Betlengabor y de un lacayo un señor de la Tenza.
Y de tiempos pasados contaban mayores cosas, pues la vieron transformar las aguijadas en cetros y hacer un César de un escribano. Mejoraba los rostros mismos, de modo que de la noche á la mañana se desconocían, mudando los pareceres de malos en buenos y éstos en mejores. De hombres muy livianos hacía hombres graves y de otros muy flacos, hombres de mucha sustancia. Y era de modo que todos los defectos del cuerpo suplía: hacía espaldas, era pies y manos para unos y daba ojos á otros, dientes y cabellos. Y lo que es más, remendaba corazones, haciéndolos de las mismas tripas, que todos eran milagros de su artificio.
Pero lo que más admiró á Critilo fué verla coger entre las manos un palo, un tronco é irle desbastando, hasta hacer dél un hombre que hablaba, de modo, que se le podía escuchar. Discurría y valía al fin lo que bastaba para ser persona.
Pero dejémosle tan bienentretenido y sigamos un rato al prudente anciano, que camina en busca de Andrenio á la corte del famoso rey Falimundo.
Duraban aún los juegos bacanales. Andaban las máscaras más validas, que en la misma Barcelona. No hubo hombre ni mujer, que no saliese con la suya y todas eran ajenas. Había de todos modos, no sólo de diablura, pero de santidad y de virtud, con que engañaban á muchos simples, que los sabios claramente les decían se las quitasen.
Y es cosa notable, que todos tomaban las ajenas y aun contrarias. Hombres fingidos. Porque la vulpeja salía con máscara de cordero, la serpiente de paloma, el usurero de limosnero, la ramera de rezadora y siempre en romerías. El adúltero de amigo del marido, la tercera de saludadora, el lobo del que ayuna, el león de cordero, el gato con barba á lo romano, con hechos de tal. El asno de león, mientras calla; el perro rabioso de risa, por tener falda, y todos de burla y engaño.
Comenzó el viejo á buscar á Andrenio por aquellas encrucijadas, que no calles. Y, aunque llevaba las señas tan individuales, él estaba ya tan trocado, que no le conociera el mismo Critilo, porque ya los ojos no los tenía ni claros ni abiertos, como antes; sino muy oscuros y casi ciegos. Que los ministros de Falimundo ponen toda su mira en quitarla. Ya no hablaba con su voz, sino con la ajena; no oía bien y todo iba á malandar. Que, si los hombres son otros de la noche á la mañana ¿qué sería en aquel centro de la mentira? Con todo, valiéndose de su industria y por otras señales más seguras de la ocasión y del tiempo, vino á tener lengua dél.
Hallóle un día, perdiendo muchos en mirar cómo otros perdían sus haciendas y aun las conciencias. Había un gran partido de pelota, propio entretenimiento del mundo, y así se jugaba en su gran calle á dos bandas muy contrarias. Porque los jugadores unos eran blancos y otros negros, unos altos y otros bajos, éstos pobres, aquéllos ricos y todos diestros, como quien no hace otro eternamente. Las pelotas eran de viento, tan grandes como cabezas de hombres, que un pelotero llenaba de viento, por ojos y por oídos, dejándolas tan huecas, como hinchadas. Cogíalas el que las sacaba á la plaza y, diciendo que jugaba con toda verdad, pues todo es burla y todo es juego, daba con la pelota por aquellos aires, con más presteza, cuanto más impulso. Rebatíala el otro, sin dejarla reposar un instante. Todos la sacudían de sí con notable destreza, que en eso consistía su ganancia. Ya estaba tan alta, que se perdía de vista; ya tan baja, que iba rodando por aquellos suelos entre el lodo y la basura. Uno le daba por el pie y otro de la mano; pero los más con unas que parecían lenguas y eran palas. Ya andaba entre los de arriba, ya entre los de abajo, pareciendo grandes altibajos.
Gritaba uno que ganaba quince y era así, que á los quince años suele ser la ganancia del vicio y la pérdida de la virtud. Otro decía treinta y tenía por ganado el juego, cuando á tanta edad no se sabe. De este modo la fueron peloteando, hasta que cayó en tierra reventada, donde la pisaron, que en esto había de parar: y tan á su costa ganaron unos y se entretenían todos.
Éstas, dijo Andrenio, volviéndose hacia quien le buscaba, parecen cabezas de hombres.
Y lo son, respondió el viejo, y una de ellas es la tuya. De hombres digo descabezados, más llenas de viento, que de entendimiento, y otras de borra, de enredos y mentiras. Rebútelas el mundo de su vanidad, cógenlas aquellos de arriba, que son los contentos y felicidades y arrójanla á los de abajo, que son sus contrarios los pesares y calamidades, con todo género de mal. Ya está el hombre miserable entre unos, ya entre otros, ya abatido, ya ensalzado. La vida, juego. Todos le sacuden y le arrojan, hasta que, reventado, viene á parar entre la azada y la pala, en el lodo y la hediondez de un sepulcro.
¿Quién eres tú, que tanto ves? ¿Quién eres tú, que estás tan ciego?
Fuésele poco á poco introduciendo, ganóle la voluntad para ganarle el entendimiento. Fuéle descubriendo Andrenio sus esperanzas y las grandes promesas de valer. Vista la sazón, díjole el viejo:
Ten por cierto que por este camino jamás llegarás á ver este rey, cuanto menos hablarle. Dependes de su querer y él nunca querrá, que le va el ser en no ser conocido. El medio, que sus ministros toman para que no le veas, es cegarte: mira tú cuán poco miras. Hagamos una cosa. ¿Qué me darás y yo te lo mostraré esta misma tarde?
¿Burlas de mí?, le dijo Andrenio.
No, porque siempre estoy de veras. No quiero otra cosa de ti, sino que le mires bien, cuando te lo mostrare.
Eso es pedirme lo que deseo.
Señalaron hora y acudieron puntuales, el uno como deseoso y el otro verdadero. Y, cuando Andrenio creyó le llevaría á palacio y le introduciría por el favor ó por el secreto, vió que le sacaba fuera, apartándole más. Quiso volverse, pareciéndole mayor embuste éste que todos los pasados. Detúvole el prudente, diciendo:
Advierte que lo que no se puede ver cara á cara, se procura por indirecta. Subamos á aquella eminencia, que levantados de tierra, yo sé que descubriremos mucho.
Subieron á lo alto, que caía enfrente de las mismas ventanas de Falimundo.
Estando aquí, dijo Andrenio, paréceme que veo mucho más que antes.
De que se holgó harto el compañero, porque en el ver y conocer consistía su total remedio. Hacíase ojos Andrenio, mirando hacia palacio, por ver si podía brujulear alguna realidad; mas en vano, que estaban las ventanas unas con celosías muy espesas y otras con vidrieras.
No ha de ser dese modo, dijo el viejo; sino al contrario, volviendo las espaldas, que las cosas del mundo todas se han de mirar al revés para verlas al derecho.
Sacó en esto el espejo del seno y, desenvolviéndole de un cendal, púsole delante, encarándole muy bien á las ventanas contrarias de palacio:
Mira ahora, le dijo. Contempla bien y procura satisfacer tu deseo.
¡Cosa rara é inaudita! Comenzó á espantarse y á temer tanto Andrenio, que casi desmayaba.
¿Qué tienes? ¿Qué ves?, le preguntó el anciano.
¿Qué he de ver? Lo que no quisiera ni creyera. Veo un monstruo, el más horrible que vi en mi vida, porque no tiene pies ni cabeza. ¡Qué cosa tan desproporcionada! No corresponde parte á parte ni dice uno con otro en todo él. ¡Qué fieras manos tiene! Y cada una de su fiera, ni bien carne ni pescado y todo lo parece. ¡Qué boca tan de lobo, donde jamás se vió verdad! Es niñería la quimera en su cotejo. ¡Qué agregado de monstruosidades! ¡Quita, quítamele de delante, que moriré de espanto!
Pero el prudente compañero le decía:
Cúmpleme la palabra. Nota aquel rostro, que á la primera vista parece verdadero y no es de hombre, sino de vulpeja. De medio arriba es serpiente. Tan torcido tiene el cuerpo y sus entrañas tan revueltas, que basta á revolverlas. El espinazo tiene de camello y hasta en la nariz tiene corcova. El remate es de sirena y aun peor: tales son sus dejos. No puede ir derecho. ¿No ves cómo tuerce el cuello? Anda acorvado y no de bieninclinado. Las manos tiene gafas, los pies tuertos, la vista atravesada. Y á todo esto habla en falsete, para no hablar ni proceder bien en cosa alguna.
¡Basta!, dijo Andrenio, que reviento.
Y basta que á ti te sucede lo que á todos los otros, dijo el viejo, que en viéndole una vez, tienen harto; nunca más le pueden ver. Eso es lo que yo deseaba.
Engaño. ¿Quién es este monstruo coronado?, preguntó Andrenio. ¿Quién este espantoso rey?
Éste es, dijo el anciano, aquel tan nombrado y tan desconocido de todos, aquel cuyo es todo el mundo por sola una cosa que le falta. Éste es aquel que todos platican y le tratan y ninguno le querría en su casa, sino en la ajena. Éste es aquel gran cazador, con una red tan universal, que enreda todo el mundo. Éste es el señor de la mitad del año primero y de la otra mitad después. Éste el poderoso entre los necios, juez á quien tantos apelan, condenándose. Éste aquel príncipe universal de todos, no sólo de hombres, pero de las aves, de los peces y de las fieras. Éste es, finalmente, el tan famoso, el tan sonado, el tan común Engaño.
No hay más que aguardar, dijo Andrenio. Vámonos de aquí, que ya estoy más lejos dél, cuanto más cerca.
Aguarda, dijo el viejo, que quiero que conozcas toda su parentela.
Ladeó un poco el espejo y apareció una urca, más furiosa que la de Orlando, una vieja más embelecadora que la de Sempronio.
¿Quién es esta meguera?, preguntó Andrenio.
Mentira. Ésta es su madre, la que lo manda y gobierna: ésta es la Mentira.
¡Qué cosa tan vieja!
Ha muchos años que nació.
¡Qué cosa tan fea! Cuando se descubre, parece que cojea.
Por eso la alcanzan luego.
¡Qué de gente la acompaña!
Todo el mundo.
Y de buen porte.
Ésos son los más llegados.
¿Y aquellos dos enanos?
El Sí y el No, que son sus meninos.
¡Qué de promesas, qué de ofrecimientos, excusas, cumplimientos, favores! Hasta las alabanzas le acompañan.
Torció el espejo á un lado y á otro y, descubriendo mucha gente honrada, aunque no de bien:
Aquélla es la Ignorancia su abuela, la otra su esposa la Malicia, la Necedad su hermana. Aquellos otros sus hijos y sus hijas, los Males, las Desdichas, el Pesar, la Vergüenza, el Arrepentimiento, la Perdición, la Confusión y el Desprecio. Todos aquellos, que le están al lado, son sus hermanos y primos, el Embuste, el Embeleco y el Enredo, grandes hijos deste siglo y desta era.
¿Estás contento, Andrenio?, le preguntó el viejo.
Contento no; pero desengañado sí. Vamos, que los instantes se me hacen siglos. Una misma cosa me es dos veces tormento, primero deseada y después aborrecida.
Salieron ya por la puerta de la luz de aquel Babel del Engaño. Iba Andrenio á medio gusto, que nunca llega á ser entero. Examinóle el viejo de su nueva pena y respondióle:
¿Qué quieres?
Que aún no me he hallado todo.
¿Qué te falta?
La mitad.
Amigos. ¿Qué? ¿Algún camarada?
Más.
¿Algún hermano?
Aun es poco.
¿Tu padre?
Por ahí, por ahí: un otro yo, que lo es un amigo verdadero.
Tienes razón. Mucho has perdido, si un amigo perdiste: será bien dificultoso hallar otro. Pero díme, ¿era discreto?
Sí y mucho.
Pues no se habrá perdido para sí. ¿No supiste qué se hizo?
Díjome iba á la corte de una reina tan sabia, como grande, llamada Artemia.
Si era entendido, como dices, yo lo creo, allá habrá aportado. Consuélate, que allá vamos también, que quien te sacó del Engaño, ¿dónde te ha de llevar, sino al Saber? Digo á la corte de tan discreta reina.
¿Quién es esta gran mujer y tan señora, nombrada en todas partes?, preguntó Andrenio.
Y el anciano: Con razón la llamas señora, que no hay señorío sin saber. Comenzando por su nobilísima prosapia, dícense della cosas grandes. Aseguran unos que desciende del mismo cielo y que salió del cerebro Soberano. Otros dicen ser hija del Tiempo y de la Observación, hermana de la Experiencia. Ni falta quien por otro extremo porfía que es hija de la Necesidad, nieta del Vientre. Pero yo sé bien que es parto del Entendimiento.
Vivió antiguamente, que no es niña, sino muy grande en todo, como tan favorecida de las monarquías, en sus mayores cortes. Comenzó en los asirios, pasó á los egipcios y caldeos, fué muy estimada en Atenas, gran teatro de la Grecia, en Corinto y en Lacedemonia. Pasó después á Roma con el imperio, donde en competencia del valor, la laurearon, cediendo los arneses á las togas. Los godos, gente inculta, la comenzaron á despreciar, desterrándola de todo su distrito. Apuróla y aun pretendió acabar con ella la bárbara morisma y húbose de acoger á la famosa tetrarquía de Carlo Magno, donde estuvo muy acreditada. Mas hoy, á la fama de la mayor, la más dilatada y poderosa monarquía española, que ocupa entrambos mundos, se ha mudado á este augusto centro de su estimación.
¿Cómo no habita en su famosa corte, aplaudida de todas las naciones de tan universal imperio, venerada de sus cultos cortesanos; y no aquí en medio de la intolerable villanía?, replicó Andrenio. Que si son dichosos los que habitan las ciudades, más lo serán ellos, cuanto mayores ellas.
Porque quiere probarlo todo, respondió el anciano. Íbale muy mal en las cortes, donde tiene más enemigos, cuanto mayores vicios. Vivió ya entre los cortesanos, donde experimentó tan á su costa Vida de corte. las persecuciones de la infelicidad y de la malicia, la falta de verdad, la sobra de embeleco y aun averiguó que había allá más necedad, cuanto más presumida. Muchas veces la he oído decir que, si allí hay más cultura, aquí más bondad; si allí más puestos, aquí más lugar; allí empleos, aquí tiempo; allí se pasa, aquí se logra; y que esto es vivir y aquello acabar.
Con todo eso, replicó Andrenio, yo más quisiera haberlas con bellacos, que con tontos. Malo es todo; pero de verdad que la necedad es intolerable y más para entendidos. Perdóneme la sabia Artemia.
Relumbraba ya su alcázar, cielo equivocado, bordado todo de inscripciones y coronado de vítores. Fueron bien recibidos, con agradecimiento el viejo y Andrenio con abrazos, asegurándole certezas, quien no le regateaba permisiones.
Aquí, en honra de sus dos huéspedes, obró Artemia sus más célebres prodigios y, no sólo en los otros, sino en ellos mismos y más en Andrenio, que necesitaba de sus realces. Vióse muy persona en poco tiempo y muy instruído para adelante. Que, si un buen consejo es bastante para hacer dichosa toda la vida, ¿qué obrarían en él tantos y tan importantes? Comunicáronla su vida y su fortuna, noticia de superior gusto para ella, por lo raro. Alternó curiosa muchas preguntas á Andrenio, haciéndole repetir una y muchas veces aquella su primera admiración, cuando salió á ver el mundo, la novedad que le causó este gran teatro del universo.
Una cosa deseo mucho oirte, le dijo á Andrenio, y es entre tantas maravillas criadas, como viste, entre tantos prodigios como admiraste, ¿cuál fué el que más te satisfizo?
Lo que respondió Andrenio nos lo dirá la otra Crisi.
CRISI IX
Moral anatomía del hombre.
Eternizaron con letras de oro los antiguos en las paredes de Delfos y mucho más con caracteres de estimación en los ánimos de los sabios aquel célebre sentimiento de Biante: Conócete á ti mismo. Ninguna de todas las cosas criadas yerra su fin, sino el hombre.
Él solo desatina, ocasionándole este achaque la misma nobleza de su albedrío. Y quien comienza ignorándose mal podrá conocer las demás cosas. ¿Pero de qué sirve conocerlo todo, si á sí mismo no se conoce? Tantas veces degenera en esclavo de sus esclavos, cuantas se rinde á los vicios. No hay salteadora esfinge, que así oprima la viandante, digo viviente, como la ignorancia de sí, que en muchos se condena estupidez, pues ni aun saben que no saben ni advierten que no advierten. Desta común necedad padeció excepción Andrenio, cuando así respondió á la curiosa Artemia:
Entre tanta maravilla como vi, entre tanto empleo como aquel día logré, el que más me satisfizo, dígolo con recelo, pero con verdad, fuí yo mismo, que cuanto más me reconocía, más me admiraba.
El mayor prodigio. Eso era lo que yo deseaba oirte, aplaudió Artemia, y así lo ponderó el augustísimo de los ingenios, cuando dijo que entre todas las maravillas criadas para el hombre el mismo hombre fué la mayor de todas. Así también lo generaliza el príncipe de los filósofos en su tan asentada máxima, que siempre es más aquello, por quien otro es tal. De modo que, si para el hombre fueron criadas tan preciosas las piedras, tan hermosas las flores y tan brillantes las estrellas, mucho más lo es el mismo hombre, para quien fueron destinadas.
Él es la criatura más noble de cuantas vemos, monarca en este gran palacio del mundo, con posesión de la tierra y con expectativa del cielo, criado de Dios, por Dios y para Dios.
Á los principios, prosiguió Andrenio, rudamente me reconocía; pero, cuando pude verme á toda luz y por extraña suerte acabé de contemplarme en los reflejos de una fuente, cuando advertí era yo mismo el que creí otro, no podré explicarte la admiración y gusto que allí tuve: remirábame, no tanto necio, cuanto contemplativo. Lo primero que observé fué esta disposición de todo el cuerpo, tan derecha, sin que tuerza á un lado ni á otro.
Fué el hombre, dijo Artemia, criado para el cielo y así crece hacia allá y en esa material rectitud del cuerpo está simbolizada la del ánimo con tal correspondencia, que al que le faltó por desgracia la primera, sucede con mayor faltarle la segunda.
Es así, dijo Critilo: dondequiera que hallamos corvada la disposición, recelamos también torcida la intención.
Corcovados. En descubriendo ensenadas en el cuerpo, tememos haya dobleces en el ánimo. El otro, á quien se le anubló alguno de los ojos, también suele cegarse de pasión. Y lo que es digno de más reparo, Tuertos. que no los tenemos lástima como á los ciegos; sino recelo de que no miran derecho. Los cojos suelen tropezar en el camino de la virtud y aun echarse á rodar, cojeando la voluntad en los afectos. Faltan los mancos en la perfección de las obras, en hacer bien á los demás. Pero la razón en los varones sabios corrige todos estos pronósticos siniestros.
La cabeza, dijo Andrenio, llamo yo, no sé si me engaño, alcázar del alma, corte de sus potencias.
Tienes razón, confirmó Artemia, que así como Dios, aunque asiste en todas partes, pero con especialidad en el cielo, donde se permite su grandeza, Cabeza cielo. así el alma se ostenta en este puesto superior, retrato de los celestes orbes. Quien quisiere verla, búsquela en los ojos; quien oirla, en la boca; y quien hablarla, en los oídos. Está la cabeza en el más eminente lugar, ya por autoridad, ya por oficio, por que mejor perciba y mande.
Y aquí he notado yo con especial atención, dijo Critilo, que, aunque las partes de esta gran república del cuerpo son tantas, que solos los huesos llenan los días del año y esta numerosidad con tal armonía, que no hay número que no se emplee en ellas, como digamos cinco son los sentidos, cuatro los humores, tres las potencias, dos los ojos; todas vienen á reducirse á la unidad de una cabeza, retrato de aquel primer móvil divino, á quien viene á reducirse por sus gradas toda esta universal dependencia.
Ocupa el entendimiento, dijo Artemia, el más puro y sublime retrete, que aun en lo material fué aventajado, como mayorazgo de las potencias, rey y señor de las acciones de la vida, que allí se remonta, alcanza, penetra, sutiliza, discurre, atiende y entiende. Estableció su trono en una ilesa candidez, librea propria del alma, estrañando toda oscuridad en el concepto y toda mancha en el afecto, masa suave y flexible, apoyando dotes de docilidad, moderación y prudencia. La memoria atiende á lo pasado y así se hizo tan atrás, cuanto el entendimiento adelante. No pierde de vista lo que fué y, porque echamos comúnmente atrás lo que más nos importa, previno este descuido, haciendo Jano á todo cuerdo.
Los cabellos me parecieron más para el ornato, que para la necesidad, ponderó Andrenio.
Son raíces deste humano árbol, dijo Artemia: arráiganle en el cielo y llévanle allá de un cabello. Allí han de estar sus cuidados y de allá ha de recibir el sustancial sustento. Son librea de las edades, por lo que tienen de adorno, variando con los colores los afectos. Es la frente cielo del ánimo, ya encapotado, ya sereno, plaza de los sentimientos. Allí salen á la vergüenza los delitos, sobran las faltas y placéanse las pasiones. En lo estirado la ira, en lo caído la tristeza, en lo pálido el temor, en lo rojo la vergüenza, la doblez en las arrugas y la candidez en lo terso, la desvergüenza en lo liso y la capacidad en lo espacioso.
Ojos, miembros divinos. Pero los que á mí, dijo Andrenio, más me llenaron en esta artificiosa fábrica del hombre, fueron los ojos.
¿Sabes, dijo Critilo, cómo los llamó aquel grande restaurador de la salud, entretenedor de la vida, indagador de la naturaleza, Galeno?
¿Cómo?
Miembros divinos. Que fué bien dicho. Porque, si bien se nota, ellos se revisten de una majestuosa divinidad, que infunde veneración. Obran con una cierta universalidad, que parece omnipotencia, produciendo en el alma todas cuantas cosas hay en imágenes y especies. Asisten en todas partes remedando inmensidad, señoreando en un instante todo el hemisferio.
Con todo, reparé yo mucho en una cosa, dijo Andrenio, y es que, aunque todo lo ven, no se ven á sí mismos ni aun las vigas que suelen estar en ellos: condición propia de necios, ver todo lo que pasa en las casas ajenas, ciegos para las proprias. Y no fuera poca conveniencia que el hombre se mirara á sí mismo, ya para que se temiera y moderara sus pasiones, ya para que reparara sus fealdades.
Gran cosa fuera, dijo Artemia, que el colérico viera su horrible ceño y se espantara de sí mismo, que un melindroso y un adamado vieran sus afeminados gestillos y se corriera el altivo con todos los demás necios. Pero atendió la cauta naturaleza á evitar mayores inconvenientes en verse. Temióle necio, no se enamorara de sí aun el más monstruo y todo ocupado en verse, ninguna otra cosa mirara. Basta que se mire á las manos, antes que le miren otros. Remire sus obras, que es preciso, y atienda á sus acciones, que sean tan muchas, como perfectas. Mírese también á los pies, hollando su vanidad, y sepa dónde los pone y dónde los tiene. Vea en qué pasos anda, que eso es tener ojos.
Así es, replicó Andrenio; mas para tanto ver poco parecen dos ojos y ésos tan juntos. De una alhaja tan preciosa lleno había de estar todo este animado palacio. Pero, ya que hayan de ser dos no más, pudiéranse repartir y que uno estuviera delante para ver lo que viene y el otro atrás, para lo que queda. Con eso nunca perdieran de vista todas las cosas.
Y algunos, respondió Critilo, arguyeron á la naturaleza de tan imaginario descuido y aun fingieron un hombre, á su parecer muy perfecto, con la vista duplicada y no servía sino de ser hombre de dos caras, doblado más que duplicado. Yo, si hubiera de añadir ojos, antes los pusiera á los lados encima de los oídos y muy abiertos, para que viera quién se le pone al lado, quién se le entremete á amigo. Y con eso no perecieran tantos de aquel mortal achaque del costado. Viera el hombre con quién habla, con quién se ladea, que es uno de los más importantes puntos de la vida y vale más estar solo, que malaconsejado. Pero advierte que dos ojos bien empleados bastante son para todo. Ellos miran derechamente lo que viene cara á cara y de reojo lo que á traición. Al atento bástale una ojeada para descubrir cuanto hay. Y aun por eso fueron formados los ojos en esferas, que es la figura más apta para el ejercicio de ver; no cuadrada, no haya rincones, no se esconda lo que más importa que se vea. Bien están en la cara, porque el hombre siempre ha de mirar adelante y á lo alto. Y, si hubiera otros en el cerebro, fuera ocasión de que al levantar los unos al cielo, abatiera los otros á la tierra con cisma de afectos.
Otra maravilla he observado en ellos, dijo Andrenio, que es el llorar y me parece andan muy necios. Porque ¿qué remedia los males el llorarlos? No sirve, sino de aumentar penas. El reirse de todo el mundo, aquel no dársele cosa de cuanto hay, éso sí que es saber vivir.
¡Ah! Que como los ojos, dijo Artemia, son los que ven los males y tantos, ellos son los que los lloran. Siempre verás que quien no siente no se siente; mas quien añade sabiduría, añade tristeza. Esa vulgaridad del reir, quédese para la necia boca, que es la que mucho yerra. Son los ojos puertas fieles por donde entra la verdad y anduvo tan atentamente escrupulosa la naturaleza, que para no dividirlos, no se contentó con juntarlos en un puesto; sino que los hermanó en el ejercicio. No permite que vea el uno sin el otro, para que sean verídicos contestes. Miren juntos una misma cosa, no vea blanco el uno y negro el otro. Sean tan parecidos en el color, en el tamaño y en todo, que se equivoquen entre sí y desmientan la pluralidad.
Al fin, dijo Critilo, los ojos son en el cuerpo lo que las dos lumbreras en el cielo y el entendimiento en el alma. Ellos suplen todos los demás sentidos y todos juntos no bastan á suplir su falta. No sólo ven; sino que escuchan, hablan, vocean, preguntan, responden, riñen, espantan, aficionan, agasajan, ahuyentan, atraen y ponderan y todo lo obran. Y lo que es más de notar, que nunca se cansan de ver, como ni los entendidos de saber, que son los ojos de la república.
Notablemente anduvo próvida la naturaleza, dijo Andrenio, en señalar su lugar á cada sentido, más ó menos eminente, según su excelencia. Á los más nobles mejoró en los primeros puestos y puso á vista los sublimes ejercicios de la vida; al contrario los indecentes y viles, aunque necesarios, los desterró á los más ocultos lugares, apartándolos de la vista.
Mostróse, dijo Critilo, gran celadora de la honestidad y decoro, que aun los femeniles pechos los puso en puestos que pudiesen alimentar los hijos con decencia.
Después de los ojos, señaló en segundo lugar á los oídos, dijo Andrenio, y me parece muy bien que le tengan tan eminente; pero aquello de estar al lado te confieso me hizo disonancia y parece fué facilitar la entrada á la mentira. Que, así como la verdad viene siempre cara á cara, ella á traición ingiérese de lado. ¿No estuvieran mejor bajo los ojos y éstos examinaran primero lo que se oye, negando la entrada á tanto engaño?
¡Qué bien lo entiendes!, dijo Artemia. Lo que menos convenía era que los ojos estuvieran con los oídos. Tengo por cierto que no quedara verdad en el mundo. Antes, si yo los hubiera de disponer de otro modo, los retirara cien dedos de la vista ó los pusiera atrás en el cerebro, de modo, que oyera un hombre lo que detrás dél se dice, que aquello es lo verdadero. ¡Qué buena anduviera la justicia, si ella viera la belleza que se excusa, la riqueza que se defiende, la nobleza que ruega, la autoridad que intercede y las demás calidades de los que hablan! Sea ciega, que eso es lo que conviene. Bien están los oídos en un medio; no adelante, porque no oigan antes con antes; ni detrás, porque no perciban tarde.
Otra cosa dificulté yo mucho, replicó Andrenio, y es que, así como los ojos tienen aquella tan importante cortina de los párpados, que verdaderamente está muy en su lugar para negarse, cuando no quieren ser vistos ó cuando no gustan de ver muchas cosas, que no son para vistas: ¿por qué los oídos, no han de tener también otra compuerta y ésa muy sólida, muy doble y ajustada, para no oir la mitad de lo que se habla? Con esto excusaríase un hombre oir necedades y ahorraría pesadumbres, único preservativo de la vida. Aquí yo no puedo dejar de condenar de descuidada la naturaleza y más, cuando vemos que la lengua la recluyó entre una y otra muralla con razón, porque una fiera bien es que esté entre verjas de dientes y puertas tan ajustadas de los labios. Sepamos ¿por qué los ojos y la boca han de llevar esta ventaja á los oídos y más estando tan expuestos al engaño?
Por ningún caso convenía, dijo Artemia, que se le cerrase jamás la puerta al oir. Es la de la enseñanza: siempre ha de estar patente. Y no sólo se contentó la atenta naturaleza con quitar esa compuerta, que tú dices; pero negó al hombre, entre todos los oyentes, el ejercicio de abatir y levantar las orejas. Él sólo las tiene inmobles, siempre alerta. Que aun le pareció inconveniente aquella poca detención, que en aguzarlas se tuviera. Á todas horas dan audiencia. Aun cuando se retira el alma á su quietud, entonces es más conveniente que velen estas centinelas. Y si no ¿quién avisara de los peligros? Durmiera el alma á lo poltrón. ¿Quién bastará á despertarlas? Esta diferencia hay entre el ver y entre el oir, que los ojos buscan las cosas como y cuando quieren; mas al oído ellas le buscan. Los objetos del ver permanecen. Puédense ver, si no ahora, después. Pero los del oir van de priesa y la ocasión es calva.
Bien está dos veces encerrada la lengua y dos veces abiertos los oídos. Porque el oir ha de ser al doble que el hablar. Bien veo yo que la mitad y aun las tres partes de las cosas, que se oyen, son impertinentes y aun dañosas; mas para eso hay un gran remedio, que es hacer el sordo, que se puede y es el mejor de ellos: esto es, hacer orejas de cuerdo, que es la mayor ganancia. Á más de que hay algunas razones tan sin ella, que no bastan párpados y entonces es menester tapiar los oídos con ambas manos: que, pues suelen ayudar á oir, ayuden también á ensordecer. Préstenos su sagacidad la serpiente, que, cosiendo el un oído con la tierra, tapa el otro con el fin, dando á todo buena salida.
Esto no se me puede negar, instó Andrenio, que estuviera muy bien un rastrillo en cada oído, como en guarda y con eso no entraran tan libremente tantos y tan grandes enemigos, silbos de venenosas serpientes, cantos de engañosas sirenas, lisonjas, chismes, cizañas y discordias, con otros semejantes monstruos escuchados.
Tienes razón en eso, dijo Artemia, y para eso formó la naturaleza las orejas, como coladeros de las palabras, embudos del saber. Y si lo notas, ya previno de antemano ese inconveniente, disponiendo este órgano en forma de laberinto, tan caracoleado, con tantas vueltas y revueltas, que parecen rastrillos y traveses de fortaleza, para que deste modo entren coladas las palabras, purificadas las razones y haya tiempo de discernir la verdad de la mentira.
Luego hay su campanilla muy sonora, donde resuenen las voces y se juzgue por el sonido si son faltas ó son falsas. ¿No has notado también que dió la naturaleza, despedida por el oído, aquel licor amargo de la cólera? ¿Pensarás tú á lo vulgar que fué esto para impedir el paso á algunas sabandijas, que topando con aquella amargura pegajosa se detengan y perezcan? Pues advierte que mucho más pretendió con eso, más alto fin tuvo. Contra otras más perniciosas previno aquella defensa. Topen las palabras blandas de la Circe con aquella amargura del recatado disgusto, deténganse allí los dulces engaños del lisonjero, hallen el desabrimiento de la cordura con que se empleen.
Y, aunque á muchos se les habían de gastar los oídos de oir dulce, ponderó Critilo, previno aquel antídoto de amargura. Finalmente, dos son los oídos, para que pueda el sabio guardar el uno virgen para la otra parte; haya primera y segunda información y procure que, si se adelantó á ocupar la una oreja la mentira, se conserve la otra intacta para la verdad, que suele ser la postrera.
Narices sagaces. No parece, dijo Andrenio, tan útil el olfato, cuanto deleitable. Más es para el gusto, que para el provecho. Y siendo así, ¿por qué ha de ocupar el tercer puesto tan á la vista, aventajándose á otros, que son más importantes?
¡Oh, replicó Artemia, que es el sentido de la sagacidad! Y aun por eso las narices crecen por toda la vida. Coincide con el respirar, que es tan necesario como eso. Discierne el buen olor del malo y percibe que la buena fama es el aliento del ánimo. Daña mucho un aire corrupto: infecciona las entrañas. Huele, pues, atenta la sagacidad de una legua la fragancia ó la hediondez de las costumbres, porque no se apeste el alma. Y aun por eso está en lugar tan eminente. Es guía del ciego, gusto que le avisa del manjar gastado y hace la salva en lo que ha de comer. Goza de la fragancia de las flores y recrea el cerebro con la suavidad que despiden las virtudes, las hazañas y las glorias. Conoce los varones principales y los nobles, no en el olor material del ámbar, sino en el de sus prendas y excelentes hechos, obligados á echar mejor olor de sí, que los plebeyos.
En gran manera anduvo próvida la naturaleza, dijo Andrenio, en dar á cada potencia dos empleos, uno más principal y otro menos, penetrando oficios, para no multiplicar instrumentos. Desta suerte formó con tal disposición las narices, que se pudiesen despedir por ellas con decencia las superfluidades de la cabeza.
Eso es en los niños, dijo Critilo; que en los ya varones más se purgan los excesos de las pasiones del ánimo y así sale por ellas el viento de la vanidad, el desvanecimiento, que suele causar vahídos peligrosos y en algunos llega á trastornar el juicio. Desahógase también el corazón y evapóranse los humos de la fogosidad con mucha espera. Y tal vez á su sombra se suele disimular la más picante risa. Ayudan mucho á la proporción del rostro y, por poco que se desmanden, afean mucho. Son como manecilla del reloj del alma, que señalan el temple de la condición. Las leoninas denotan el valor, las aguileñas la generosidad, las prolongadas la mansedumbre, las sutiles la sabiduría y las gruesas la necedad.
Boca necia. Después del ver, del oir y del oler, dicho se estaba, ponderó Andrenio, que se había de seguir el hablar poco. Paréceme que es la boca la puerta principal desta casa del alma. Por las demás entran los objetos, mas por esta sale ella misma y se manifiesta en sus razones.
Así es, dijo Artemia, que en esta artificiosa fachada del humano rostro, dividida en sus tres órdenes iguales, la boca es la puerta de la persona real y por eso tan asistida de la guarda de los dientes y coronada del varonil decoro. Aquí asiste lo mejor y lo peor del hombre, que es la lengua. Llámase así por estar ligada al corazón.
Lo que yo no acabo de entender, dijo Andrenio, es que á propósito juntó en una misma oficina la sabia naturaleza el comer con el hablar. ¿Qué tiene que ver el un ejercicio con el otro? La una es ocupación baja y que se halla en los brutos; la otra es sublime y de solas las personas. Á más que de ahí se originan inconvenientes notables. El primero, que la lengua hable según el sabor que se le pega, ya dulce, ya amargo, agrio ó picante. Queda muy material de la comida: ya se roza, ya tropieza, habla grueso, se equivoca, se vulgariza y se relaja. ¿No estuviera mejor sola ella, hecha oráculo del espíritu?
Aguarda, dijo Critilo, que dificultas bien y casi me haces reparar; mas con todo eso, apelando á la suma Providencia, que rige la naturaleza, una gran conveniencia hallo yo en que el gusto coincida con el hablar, para que desta suerte examine las palabras, antes que las pronuncie. Másquelas tal vez, pruébelas si son sustanciales. Y, si advierte que pueden amargar, endúlcelas también. Sepa á qué sabe un no y qué estómago le hará al otro. Confítelo con el buen modo. Ocúpese la lengua en comer y aun, si pudiera, en otros muchos empleos, para que no toda se emplease en el hablar. Manos diligentes. Siguen á las palabras las obras en los brazos y en las manos. Se ha de obrar lo que se dice y mucho más. Que, si el hablar ha de ser á una lengua, el obrar ha de ser á dos manos.
¿Por qué se llaman así, preguntó Andrenio, que, según tú me has enseñado, vienen del verbo latino maneo, que significa quietud, siendo tan al contrario, que ellas nunca han de parar?
Llamáronlas así, respondió Critilo, no porque hayan de estar quietas; sino porque sus obras han de permanecer ó porque de ellas ha de emanar todo el bien. Ellas manan del corazón, como ramas cargadas de frutos, de famosos hechos, de hazañas inmortales. De sus palmas nacen los frutos victoriosos. Manantiales son del sudor precioso de los héroes y de la tinta eterna de los sabios. ¿No admiras, no ponderas aquella tan acomodada y artificiosa composición suya? Que, como fueron formadas para ministras y esclavas de los otros miembros, están hechas de suerte, que para todo sirven ellas. Ayudando á oir, son sustitutos de la lengua. Dan vida con la acción á las palabras. Son de la boca, ministrando la comida y al olfato las flores. Hacen toldo á los ojos, para que vean, hasta ayudar á discurrir: que hay hombres, que tienen los ingenios en las manos, de modo que todo pasa por ellas. Defienden, limpian, visten, curan, componen, llaman y tal vez rascando lisonjean.
Y porque todos estos empleos, dijo Artemia, vayan ajustados á la razón, depositó en ellas la sagaz naturaleza la cuenta, el peso y la medida. En sus diez dedos está el principio y fundamento del número. Todas las naciones cuentan hasta diez y de allí suben multiplicando. Las medidas todas están en sus dedos, palmo, codo y brazada. Hasta el peso está seguro en la fidelidad de su tiento, sospesando y tanteando. Toda esta puntualidad fué menester para avisar al hombre que obre siempre con cuenta y razón, con peso y con medida. Y realzando más la consideración, advierte que en ese número de diez se incluye también el de los preceptos divinos, por que los lleve el hombre entre las manos. Ellas ponen en ejecución los aciertos del alma, encierran en sí la suerte de cada uno, no escrita en aquellas vulgares rayas, ejecutada sí en sus obras. Enseñan también escribiendo y emplea en esto la diestra sus tres dedos principales, concurriendo cada uno con una especial calidad. Da la fortaleza el primero y el índice la enseñanza. Ajusta el medio, correspondiendo al corazón, para que resplandezcan en los escritos el valor, la sutileza y la verdad. Siendo, pues, las manos las que echan el sello á la virtud, no es de maravillar que, entre todas las demás partes del cuerpo, á ella se les haga cortesía, correspondiendo con estimación, sellando en ella los labios, para agradecer y solicitar el bien.
Pies firmes. Y porque de pies á cabeza contemplamos el hombre tan misterioso, no es menos de observar su movimiento. Son los pies basa de su firmeza, sobre quienes asientan dos columnas. Huellan la tierra, despreciándola y tocando de ella no más de lo preciso para sostener el cuerpo. Van caminando y midiendo su fin. Pisan llano y seguro.
Bien veo yo y aun admiro, dijo Andrenio, la solidez con que atendió á afirmar el cuerpo la naturaleza, que en nada se descuida. Y para que no cayese, hacia adelante, donde se arroja, puso toda la planta. Y por que no peligrase á un lado ni á otro le apuntaló con ambos pies. Pero no me puedes negar que se descuidó en asegurarle hacia atrás, siendo más peligrosa esta caída, por no poder acudir las manos á exponerse al riesgo con su ordinaria fineza. Remediárase esto con haber igualado el pie, de modo, que quedara tanto atrás, como adelante y se aumentaba la proporción.
No mientes tal cosa, replicó Artemia, que fuera darle ocasión al hombre para no ir adelante en lo bueno. Sin eso hay tantos que se retiran de la virtud; ¿qué fuera, si tuviera apoyo en la misma naturaleza?
Corazón puro. Éste es el hombre por la corteza; que aquella maravillosa composición interior, la armonía de sus potencias, la proporción de sus virtudes, la consonancia de sus afectos y pasiones, ésa quédese para la gran filosofía. Con todo quiero que conozcas y admires aquella principal parte del hombre, fundamento de todas las demás y fuente de la vida, el corazón.
¿Corazón?, replicó Andrenio, ¿qué cosa es y dónde está?
Es, respondió Artemia, el rey de todos los demás miembros y por eso está en medio del cuerpo, como en centro muy conservado, sin permitirse ni aun á los ojos. Llámase así de la palabra latina Cura, que significa cuidado, que el que rige y manda siempre fué centro dellos. Tiene también dos empleos: el primero ser fuente de la vida, ministrando valor en los espíritus á las demás partes; pero el más principal es el amar, siendo oficina del querer.
Ahora digo, ponderó Critilo, que con razón se llama corazón, que exprime el cuidadoso. Por eso está siempre abrasándose como fénix.
Su lugar es en el medio, prosiguió Artemia, porque ha de estar en un medio el querer. Todo ha de ser con razón; no por extremos. Su forma es en punta hacia la tierra, porque no se roce con ella; sólo la apunte, bástele un indivisible. Al contrario, hacia el cielo está muy espacioso, porque de allá reciba el bien, que él sólo puede llenarle. Tiene alas, no tanto para que le refresquen, cuanto para que le realcen. Su color es encendido, gala de la caridad. Críale mejor sangre, para que con el valor se califique la nobleza. Nunca es traidor; necio sí, pues previene antes las desdichas, que las felicidades. Pero lo que más es de estimar en él, que no engendra excrementos, como las otras partes del cuerpo, porque nació con obligaciones de limpieza y mucho más en lo formal del vivir. Con esto está aspirando siempre á lo más sublime y perfecto.
Desta suerte fué la sabia Artemia filosofando y ellos aplaudiendo; pero dejémoslos aquí tan bienempleados, mientras ponderamos los extremos que hizo el engañoso y ya engañado Falimundo.
Picado en lo vivo, de que le hubiesen sacado del laberinto de sus enredos, con tanta pérdida de reputación al perdido Andrenio y algunos otros tan ciegos como él, con tal ardid, de tan mala consecuencia para lo venidero, trató de la venganza y con exceso. Echó mano de la Envidia, gran asesino de buenos y aun mejores, sujeto muy á propósito para cualquier ruindad, que siempre anda entre ruines. Comunicóla su sentimiento, exageró el daño y dióla orden fuese sembrando cizaña en malicias por toda aquella dilatada villanía. No le fué muy dificultoso, porque aseguran ha siglos que la Vulgaridad maliciosa vive y reina entre villanos, desde aquella ocasión en que las dos hermanas, la Lisonja y Malicia, dejando los patrios lares de su nada, las sacó á volar su madre la ruin Intención, con ambiciones de valer en el mundo.
Lisonja. Malicia. La Lisonja, dicen, fué á las cortes, aunque no muy derecha, y que lo acertó para sí, errándolo para todos. Porque allí se fué introduciendo tanto, que en pocas horas, no ya días, se levantó con la privanza universal. La Malicia, aunque procuró introducirse, no probó bien ni fué bien vista ni oída. No osaba hablar, que era reventar para ella. Andaba sin libertad y así trató de buscarla. Conoció que no era la corte para ella. Tomóse la honra para mejor quitarla y desterróse voluntariamente. Dió por otro extremo, que fué meterse á villana. Y salióle tan bien, que al punto se vió adorada de toda la verídica necedad. Allí triunfa porque allí habla; discurre, aunque á lo zonzo y pega valientes mazadas de necedades, que ella llama verdades. Llegó esto á tanto exceso de crédito y afecto que, porque no se la hurtasen ó matasen, trazaron los villanos meterla dentro de sus entrañas donde la hallan siempre los que menos querrían. En tan buena sazón llegó la Envidia y comenzó á sembrar su veneno.
Iba dejándose caer recelos en varillas contra Artemia. Decía que era otra Circe, si no peor, cuanto más encubierta con capa de hacer bien. Que había destruído la naturaleza, quitándola en su llaneza su verdadera solidez y con la afectación aquella natural belleza. Ponderaba que se había querido alzar á mayores, arrinconando á la otra y usurpándola el mayorazgo de primera. Advertid que, después que esta fingida reina se ha introducido en el mundo, no hay verdad; todo está adulterado y fingido. Nada es lo que parece, porque su proceder es la mitad del año con arte y engaño y la otra parte con engaño y arte. De aquí es que los hombres no son ya los que solían, hechos al buen tiempo y á lo antiguo, que fué siempre lo mejor. Ya no hay niños, porque no hay candidez.
¿Qué se hicieron aquellos buenos hombres, con aquellos sayos de la inocencia, aquella gente de bien? Ya se han acabado aquellos viejos machuchos, tan sólidos y verdaderos. El sí era sí y el no era no. Ahora todo al contrario, no toparéis sino hombrecillos maliciosos y bulliciosos, todo embeleco y fingimiento y ellos dicen que es artificio. Y el que más tiene desto, vale más. Ése se hace lugar en todas partes, medra en armas y aun en letras. Con esto ya no hay niños. Más malicia alcanza hoy uno de siete años, que antes uno de setenta.
¿Pues las mujeres? De pies á cabeza una mentira continuada, aliño de cornejas, todo ajeno y el engaño proprio. Tiene esta mentida reina arruinadas las repúblicas, destruídas las casas, acabadas las haciendas, porque se gasta el doble en los trajes de las personas y en el adorno de las casas. Con lo que hoy se viste una mujer se vestía antes todo un pueblo. Hasta en el comer nos ha perdido con tanta variedad de manjares y sainetes, que antes todo iba á lo natural y á lo llano. Dice que nos ha hecho personas; yo digo que nos ha deshecho. No es vivir con tanto embeleco ni es ser hombre el ser fingido. Todas sus trazas son mentiras y todo su artificio es engaño.
Incitó tanto los ánimos de aquel vulgacho, que en un día se amotinaron todos y dando voces sin entenderse ni entender, fueron á cercarle el palacio, voceando: Muera la hechicera. Y aun intentaron pegarla fuego por todas partes. Aquí conoció la sabia reina cuán su enemiga es la Villanía. Convocó sus valedores. Halló que los poderosos ya habían faltado; mas, no faltándose á sí misma, trazó vencer con la maña tanta fuerza. El raro modo con que triunfó de tan vil canalla, el bienejecutado ardid con que se libró de aquel ejército villano, léelo en la Crisi siguiente.
CRISI X
El mal paso del salteo.
Vulgar desorden es entre los hombres hacer fines de los medios y de los medios hacer fines. Lo que ha de ser de paso toman de asiento y del camino hacen descanso. Comienzan por donde han de acabar y acaban por el principio. Introdujo la sabia y próvida naturaleza el deleite, para que fuese medio de las operaciones de la vida, alivio instrumental de sus más enfadosas funciones, que fué un grande arbitrio para facilitar lo más penoso del vivir.
Pero aquí es donde el hombre más se desbarata, pues más bruto que las bestias, degenerando de sí mismo, hace fin del deleite y de la vida hace medio para el gusto. No come ya para vivir, sino que vive para comer; no descansa para trabajar, sino que no trabaja para dormir; no pretende la propagación de su especie, sino la de su lujuria; no estudia para saberse, sino para desconocerse; ni habla por necesidad, sino por el gusto de la murmuración. De suerte, que no gusta de vivir, sino que vive de gustar. De aquí es que todos los vicios han hecho su caudillo al deleite: él es el muñidor de los apetitos, precursor de los antojos, adalid de las pasiones y el que trae arrastrados los hombres, tirándole á cada uno su deleite. Atienda, pues, el varón sabio á enmendar tan general desconcierto. Y para que estudie en el ajeno engaño, oiga lo que le sucedió al sagaz Critilo y al incauto Andrenio.
Castigos de necios. ¿Hasta cuándo, oh canalla inculta, habéis de abusar de mis atenciones?, dijo enojada Artemia, más constante, cuando más arriesgada. ¿Hasta cuándo ha de burlarse de mi saber vuestra barbaridad? ¿Hasta dónde ha de llegar en despeñarse vuestra ignorante audacia? Júroos que, pues me llamáis encantadora y maga, que esta misma tarde, en castigo de vuestra necedad, he de hacer un conjuro tan poderoso, que el mismo sol me vengue, retirando sus lucientes rayos: que no hay mayor castigo que dejaros á oscuras en la ceguera de vuestra vulgaridad.
Tratólos como ellos merecían y conocióse bien. Que con la gente vil obra más el rigor, que la bizarría, pues quedaron tan aterrados, cuan persuadidos de su mágica potencia y, ya helados, no trataron de pegar fuego al palacio, como lo intentaban. Acabaron de perderse de ánimo, cuando vieron que realmente el mismo sol comenzó á negar su luz, eclipsándose por puntos y temiendo no se conjurase también contra ellos la tierra en terremotos. Que á veces todos los elementos suelen mancomunarse contra el perseguido. Dieron todos á huir desalentados, achaque ordinario de motines que, si con furor se levantan, con pánico terror se desvanecen. Corrían á oscuras, tropezando unos con otros, como desdichados.
Tuvo con esto tiempo de salir la sabia Artemia con toda su culta familia y, lo que más ella estimó, fué poder escapar de aquel bárbaro incendio los tesoros de la observancia curiosa, que ella tanto estima y guarda en libros, papeles, dibujos, tablas, modelos y en instrumentos varios. Fuéronla cotejando y asistiendo nuestros dos viandantes Critilo y Andrenio. Iba éste espantado de un portento semejante, teniendo por averiguado que se extendía su mágico poder hasta las estrellas y que el mismo sol la obedecía. Mirábala con más veneración y dobló el aplauso. Pero desengañóle Critilo, diciendo cómo el eclipse del sol había sido efecto natural de las celestes vueltas, contingente en aquella sazón, previsto de Artemia, por las noticias astronómicas y que se valió dél en la ocasión, haciendo artificio lo que era natural efecto.
Discurrióse mucho dónde irían á parar, consultando Artemia con sus sabios, resuelta á no entrar más en villa alguna y así lo cumple hasta hoy. Propusiéronse varios puestos.
Lisboa. Inclinábase mucho ella á la dos veces buena Lisboa, no tanto por ser la mayor población de España, uno de los tres emporios de la Europa, que si á otras ciudades se les reparten los renombres, ella los tiene juntos, hidalga, rica, sana y abundante, cuanto porque jamás se halló portugués necio, en prueba de que fué su fundador el sagaz Ulises. Mas retardóla mucho, no su fantástica nacionalidad, sino su confusión, tan contraria á sus quietas especulaciones.
Madrid. Tirábala después la coronada Madrid, centro de la monarquía, donde concurre todo lo bueno en eminencias; pero desagradábala otro tanto malo, causándola asco, no la inmundicia de sus calles, sino de los corazones. Aquel nunca haber podido perder los resabios de villa y el ser una Babilonia de naciones no bien alojadas.
Sevilla. De Sevilla no había que tratar, por estar apoderada della la vil ganancia, su gran contraria, estómago indigesto de la plata, cuyos moradores ni bien son blancos ni bien negros, donde se habla mucho y se obra poco, achaque de toda Andalucía.
Granada. Á Granada también la hizo la cruz y á Córdoba un calvario. De Salamanca se dijeron leyes, donde no tanto se trata de hacer personas, cuanto letrados, plaza de armas contra las haciendas.
Zaragoza. La abundante Zaragoza, cabeza de Aragón, madre de insignes reyes, basa de la mayor columna y columna de la fe católica en santuarios y hermosa de edificios, poblada de buenos, así como todo Aragón de gente sin embeleco, parecíale muy bien; pero echaba mucho menos la grandeza de los corazones y espantábala aquel proseguir en la primera necedad.
Valencia. Agradábala mucho la alegre, florida y noble Valencia, llena de todo lo que no es sustancia; pero temióse que con la misma facilidad con que la recibirían hoy la echarían mañana. Barcelona. Barcelona, aunque rica cuando Dios quería, escala de Italia, paradero del oro, regida de sabios, entre tanta barbaridad no la juzgó por segura, porque siempre se ha de caminar por ella con la barba sobre el hombro.
León y Burgos estaban muy á la montaña, entre más miseria, que pobreza. Santiago, cosa de Galicia. Valladolid. Valladolid la pareció muy bien y estuvo determinada de ir allá, porque juzgó se hallaría la verdad en medio de aquella llaneza; pero arrepintióse porque, habiendo sido corte, huele aún á lo que fué y está muy á lo de campos. Pamplona. De Pamplona no se hizo mención, por tener más de corta que de corte y, como es un punto, toda es puntos y puntillos Navarra.
Toledo. Al fin fué preferida la imperial Toledo, á voto de la católica reina, cuando decía que nunca se hallaba necia, sino en esta oficina de personas, taller de la discreción, escuela del bienhablar, toda corte, ciudad toda y más después que la esponja de Madrid le ha chupado las heces, donde, aunque entre, pero no duerme la Villanía. En otras partes tienen el ingenio en las manos, aquí en el pico. Si bien censuraron algunos que sin fondo y que se conocen pocos ingenios toledanos de profundidad y de sustancia; con todo estuvo firme Artemia, diciendo:
¡Ea! que más dice aquí una mujer en una palabra, que en Atenas un filósofo en todo un libro. Vamos á este centro, no tanto material, cuanto formal de España.
Fuése encaminando allá con toda su cultura. Siguiéronla Critilo y Andrenio, con no poco provecho suyo, hasta aquel puesto donde se parte el camino para Madrid. Comunicáronla aquí su precisa conveniencia de ir á la corte en busca de Felisinda, redimiendo su licencia á precio de agradecimientos. Concedióselos Artemia en bien importantes instrucciones, diciéndoles:
Pues os es preciso el ir allá, que no conviene de otra suerte, atended mucho á no errar el camino, porque hay muchos que llevan allá.
Según eso no nos podemos perder, replicó Andrenio.
Antes sí y aun por eso, que en el mismo camino real se perdieron no pocos y así no vais por el vulgar de ver, que es el de la necedad, ni por el de la pretensión, que es muy largo é interminable. El del litigio es muy costoso á más de ser prolijo. El de la soberbia es desconocido y allí de nadie se hace caso y de todos casa. Entradas de la corte. El del interés es de pocos y esos estranjeros. El de la necesidad es peligroso, que hay gran multitud de halcones en alcándaras de varas. El del gusto está tan sucio, que pasa de barros y llega el lodo á las narices, de modo que en él se anda apenas. El del vivir va de priesa y llégase presto al fin. Por el del servir es morir, por el del comer nunca se llega. El de la virtud no se halla y aun se duda. Sólo queda el de la urgencia mientras durare. Y creedme que allí ni bien se vive ni bien se muere.
Atended también por dónde entráis, que va no poco en esto. Porque los más entran por Santa Bárbara y los menos por la calle de Toledo. Algunos refinos por la puente. Entran otros y otras por la Puerta del Sol y paran en Antón Martín. Pocos por Lavapiés y muchos por untamanos. Y lo ordinario es no entrar por las puertas, que hay pocas y ésas cerradas; sino entreteniéndose. Con esto se dividieron: la sabia Artemia al trono de su estimación y nuestros dos viandantes para el laberinto en la corte.
Salteo universal. Iban celebrando en agradable conferencia las muchas y excelentes prendas de la discreta Artemia, muy fundados en repetir los prodigios que habían visto, ponderando su felicidad en haberla tratado, la utilidad que habían conseguido. En esta conversación iban muy metidos, cuando sin advertirlo dieron en el riesgo de todos, uno de los peores pasos de la vida. Vieron que allí cerca había mucha gente detenida, así hombres, como mujeres, todos maniatados, sin osar rebullirse, viéndose despojar de sus bienes.
Perdidos somos, dijo Critilo. Aguarda, que habemos dado en uñas de salteadores, que los suele haber crueles en estos curiales caminos. Aquí están robando sin duda y, aun si con eso se contentasen, ventura sería en la desdicha; pero suelen ser tan desalmados, que quitan las vidas y llegan á desollar los rostros á los pasajeros, dejándolos del todo desconocidos.
Quedó helado Andrenio, anticipándose el temor á robarle el color y aun el aliento. Cuando ya pudo hablar:
¿Qué hacemos, dijo, que no huímos? Escondámonos, que no nos vean.
Ya es tarde á lo de Frigia, que es lo necio, respondió Critilo, que nos han descubierto y nos vocean.
Con esto pasaron adelante, á meterse ellos mismos en la trampa de su libertad y en el lazo de su cuello. Miraron á una y otra banda y vieron una infinidad de pasajeros de todo porte, nobles, plebeyos, ricos, pobres, que ni perdonaban á las mujeres, toda gente moza, y todos amarrados á los troncos de sí mismos. Aquí suspirando Critilo y gimiendo Andrenio, fueron mirando por todo aquel horrible espectáculo quiénes eran los crueles salteadores, que no podían atinar con ellos. Miraban á unos y á otros y todos los hallaban enlazados. ¿Pues quién ata? En viendo alguno de mal gesto, que eran los más, sospechaban dél.
¿Si será este, dijo Andrenio, que mira atravesado, que así tiene el alma?
Todo se puede creer de un mirar equívoco, respondió Critilo; pero más temo yo de aquel tuerto. Mal gesto, mal hecho. Que nunca suelen hacer éstos cosa á derechas, á juicio de la reina católica y era grande. Guárdate de aquel muchos labios y mala labia, que nos hace hocico siempre. Pues aquel otro de las narices remachadas, tan cruel como iracundo y, si de color de membrillo, cómitre amulatado...
No será sino aquel del ojo remellado, que tiene andado mucho para verdugo.
¿Y qué le falta á aquel encapotado, que mira hosco, amenazando á todos de tempestad?
Oyeron uno, que ceceaba y dijeron:
Éste es sin duda, que á todos va avisando con su ¡ce, ce! á que se guarden dél. Pero no, sino aquel que habla aspirando, que parece que se traga los hombres, cuando alienta.
Oyeron á uno hablar gangoso y dieron á huir, entendiéndole la ganga por valiente de Baco y Venus. Toparon con otro peor, que hablaba tan ronco, que sólo se entendía con los jarros. En hablando alguno alterado, presumían dél y, si en catalán, con evidencia. De esta suerte fueron reconociendo á unos y otros y á todos los veían rendidos; ninguno delincuente.
¿Qué es esto?, decían. ¿Dónde están los robadores de tantos robados, pues aquí no hay de aquellos, que hurtan á repique de tijera, ni los que nos dejan en cueros, cuando nos calzan, los que nos despluman con plumas, los que se descomiden cuando miden ni los que pesan tan pesados?
Hurto común. ¿Quién embiste aquí, quién pide prestado, quién cobra, quién ejecuta? Nadie encubre, nadie lisonjea, no hay ministros, no hay de la pluma. Pues ¿quién roba? ¿Dónde están los tiranos de tanta libertad?
Esto decía Critilo, cuando respondió una gallarda hembra, entre mujer y entre ángel:
Ya voy. Aguardaos, mientras acabo de atar estos dos presumidos, que llegaron antes.
Era, como digo, una bellísima mujer, nada villana y toda cortesana. Hacía buena cara á todos y muy malas obras. Su frente era más rasa que serena. No miraba de mal ojo y á todos hacía dél. Las narices tenía blancas, señal de que no se le subía el humo á ellas. Sus mejillas eran rosas sin espinas. Ni mostraba los dientes, sino otros tantos aljófares, al reirse de todos. Tan agradable, que era ocioso el atar, pues con sola su vista cautivaba. Su lengua era sin duda de azúcar, porque sus palabras eran de néctar. Y las dos manos hacían un blanco de los afectos y, con tenerlas tan buenas, á nadie daba buena mano ni de mano. Y, aunque tenía brazo fuerte, de ordinario lo daba á torcer, equivocando el abrazar con el enlazar. De suerte que de ningún modo parecía salteadora quien tan buen parecer tenía. No estaba sola, antes muy asistida de un escuadrón volante de amazonas, igualmente agradables, gustosas y entretenidas, que no cesaban de atar á unos y á otros, ejecutando lo que su capitana les mandaba.
Todos locos. Era de reparar que á cada uno le aprisionaban con las mismas ataduras que él quería y muchos se las traían consigo y las prevenían para que los atasen. Así que á unos aprisionaban con cadenas de oro, que era una fuerte atadura; á otros con esposas de diamantes, que era mayor. Ataron á muchos con guirnaldas de flores y otros pedían que con rosas, imaginando era más coronarles las frentes y las manos. Vieron uno, que le ataron con un cabello rubio y delicado y, aunque él se burlaba al principio, conoció después era más fuerte que una maroma. Á las mujeres de ordinario las ataban, no con cuerdas, sino con hilos de perlas, sartas de corales, listones de resplandor, que parecían algo y valían nada.
Á los valientes, al mismo Bernardo le aprisionaron, después de muchas bravatas, con una banda, quedando él muy ufano. Y lo que más admiró fué que á otros sus camaradas los atraillaron con plumajes y fué una prisión muy segura.
Ciertos grandes personajes pretendieron los atasen con unos cordoncillos, de que pendían veneras, llaves y eslabones y porfiaban hasta reventar. Había grillos de oro para unos y de hierro para otros y todos quedaban igualmente contentos y aprisionados.
Lo que más admiró fué que, faltando lazos con que maniatar á tantos, los enlazaban con brazos de mujeres y muy flacas á hombres muy robustos. Al mismo Hércules con un hilo delgado y muy al uso y á Sansón con unos cabellos, que le cortaron de su cabeza.
Querían ligar á uno con una cadena de oro, que él mismo traía, y les rogó no hiciesen tal, sino con una soga de esparto crudo, extremo raro de avaricia. Avaros. Á otro camarada déste le apretaron las manos con los cerraderos de su bolsa y aseguraron era de hierro. Añudaron á uno con su propio cuello, que era de cigüeña, á otro con un estómago de avestruz. Hasta con sartas de salados sabrosos eslabones ataban algunos y gustaban tanto de su prisión, que se chupaban los dedos. Salían otros de juicio, de contento, de verse atados por las frentes con laureles y con hiedras. Pero ¿qué mucho, si otros se volvieron locos en tocando las cuerdas?
Desta suerte iban aprisionando aquellas agradables salteadoras á cuantos pasaban por aquel camino de todos, echando lazos á unos á los pies, á otros al cuello. Atábanles las manos, vendábanles los ojos y llevábanlos atados, tirándoles del corazón.
Con todo eso había una muy desagradable entre todas, que cuantos ataba, se mordían las manos y despedazaban las carnes hasta roerse las entrañas. Atormentábalos á éstos con lo que otros se holgaban y de la ajena gloria hacían infierno. Otra había bizarramente furiosa, que apretaba los cordeles hasta sacar sangre y ellos gustaban tanto desto, que se la bebían unos á otros. Y es lo bueno que, después de haber maniatado á tantos, aseguraban ellas que no habían atado persona.
Llegaron ya á querer hacer lo mismo de Critilo y de Andrenio. Preguntáronles con qué género de atadura querían ser maniatados. Andrenio, como mozo, resolvióse presto y pidió le atasen con flores, pareciéndole sería más guirnalda que lazo. Mas Critilo, viendo que no podía pasar por otro, dijo que le atasen á él con cintas de libros, que pareció bien extraordinaria atadura; pero al fin lo era y así se ejecutó.
Venta del mundo. Mandó luego tocar á marchar aquella dulce tirana. Y aunque parecía que los llevaban á todos arrastrando de unas cadenillas asidas á los corazones; pero de verdad ellos se iban, que no era menester tirarlos mucho. Volaban algunos, llevados del viento, casi todos con buen aire, deslizándose muchos, tropezando los más y despeñándose todos.
Halláronse presto á las puertas de uno, que ni bien era palacio ni bien cueva. Y los que mejor lo entendían dijeron era venta, porque nada se da de balde y todo es de paso.
Estaba fabricada de unas piedras tan atractivas, que traían así las manos y los pies, los ojos, las lenguas y los corazones, como si fueran de hierro. Con lo cual se conoció eran imanes del gusto, trabadas con una unión tan fuerte, que les venía de perlas. Era sin duda la agradable posada, tan centro del gusto, cuan páramo del provecho y un agregado de cuantas delicias se pueden imaginar. Dejaba muy atrás la casa de oro de Nerón, con que quiso dorar los yerros de sus aceros. Oscurecía tanto el palacio de Heliogábalo, que lo dejó á malas noches y el mismo alcázar de Sardanápalo parecía una zahurda de sus inmundicias. Había á la puerta un gran letrero, que decía:
El bien deleitable, útil y honesto.
Reparó Critilo y dijo:
Este letrero está al revés.
¿Cómo al revés?, replicó Andrenio; yo al derecho le leo.
Sí, que había de decir al contrario: el bien honesto, útil y deleitable.
No me pongo en eso; lo que sé decir es que ella es la casa más deliciosa que hasta hoy he visto. ¡Qué buen gusto tuvo el que la hizo!
Tenía en la fachada siete columnas que, aunque parecía desproporción, no era sino emulación de la que erigió la sabiduría. Estancias de los vicios. Éstas daban entrada á otras siete estancias y habitaciones de otros tantos príncipes, de quienes era agente la bella salteadora. Y así todos cuantos cautivaba con sumo gusto los iba remitiendo allá, á elección de los mismos prisioneros.
Entraban muchos por el cuarto del oro y llamábase así, porque estaba todo enladrillado de tejos de oro y barras de plata, las paredes de piedras preciosas. Costaba mucho de subir y al cabo era gusto con piedras. El más eminente y superior á todos era el más arriesgado; y no obstante eso, la gente más grave quería subir á él. El más bajo era el más gustoso, tanto que tenía las paredes comidas, que decían eran de azúcar sus piedras, la argamasa mezclada con exquisitos vinos y el yeso tan cocido, que era un bizcocho.
Muchos gustaban de entrar en éste y se preciaban ser gente de buen gusto.
Al contrario, había otro que campeaba rojo, empedrado de puñales, las paredes de acero, sus puertas eran bocas de fuego y sus ventanas troneras, los pasamanos de las escaleras eran pasadores y de los techos, en vez de florones, pendían montantes. Y con todo eso, no faltaban algunos, que se alojaban en él, tan á costa de su sangre.
Otro se veía de color azul, cuya hermosura consistía en deslucir los demás y desdorar ajenas perfecciones. Adornábase su arquitectura de canes, grifos y dentellones. Su materia eran dientes, no de elefante, sino de víboras. Y aunque por fuera tenía muy buena vista; pero por dentro aseguraban tenía roídas las entrañas de las paredes. Mordíanse por entrar en él unos á otros.
El más cómodo de todos era el más llano y, aunque no había en todo él escalera que subir, estaba lleno de mesillas, alhajado de sillas y todas poltronas. Parecía casa de la China, sin ningún alto. Su materia era de conchas de tortuga. Todo el mundo se acomodaba en él, tomándolo muy de asiento.
Con esto iban tan poco á poco y él era tan largo, que nunca llegaban al cabo, con ser todo paraderos.
El más hermoso era el verde, estancia de la primavera, donde campeaba la belleza. Llamábase el de las flores y todo era flor en él, hasta la valentía y la de la edad ni faltaba la del berro. Había muchos Narcisos, alternados con las violetas. Coronábanse todos en entrando de rosas, que bien presto se marchitaban, quedando las espinas. Y aun todas sus flores paraban en zarzas y sus verduras en palo. Con todo era una estancia muy requerida, donde todos los que entraban se divertían harto.
Obligábanlos á Critilo y Andrenio á entrar en alguna de aquellas estancias, la que más fuese de su gusto. Éste, como tan lozano y en la flor de su vida, encaminóse á la de las flores, diciendo á Critilo:
Entra tú por donde gustares, que al cabo de la jornada todos vendremos á un mismo paradero.
Instábanle á Critilo que escogiese, cuando dijo:
Yo nunca voy por donde los demás, sino al revés. No me excuso de entrar, pero ha de ser por donde ninguno entra.
¿Cómo puede ser eso, le replicaron, si no hay puerta por donde no entren muchos cada instante?
Reíanse otros de su singularidad y preguntaban:
¿Qué hombre es éste, hecho al revés de todos?
Y aun por eso pienso serlo, respondió él. Yo he de entrar por donde los otros salen, haciendo entrada de la salida. Nunca pongo mira en los principios, sino en los fines.
Dió la vuelta á la casa y ella la dió tal, que no la conocía, pues toda aquella grandeza de la fachada se había trocado en vileza, la hermosura en fealdad y el agrado en horror y tal, que parecía por esta parte, no fachada, sino echada, amenazando por instantes su ruina. No sólo no atraían las piedras á los huéspedes, sino que se iban tras ellos sacudiéndoles, que hasta las del suelo se levantaban contra ellos. No se veían jardines por esta acera tan azar, campo sí de espinas y de malezas.
Advirtió Critilo, con no poco espanto suyo, que todos cuantos veía entrar antes riendo, ahora salían llorando. Y es bien de notar cómo salían. Arrojaban á unos por las ventanas, que correspondían al cuarto de los jardines y daban en aquellas espinas tal golpe, que se les clavaban por todas las coyunturas, quedando llenos de dolores, tan agudos, que estando en un infierno, levantaban el grito hasta el cielo. Los que habían subido más altos daban mayor caída. Uno déstos cayó de lo más alto de palacio, con tanta fruición de los demás, como pena suya, que todos estaban aguardando cuándo caería. Quedó tan maltratado, que no fué más persona ni pudo hacer del hombre.
Bien merece, decían todos los de dentro y fuera, tanto mal, quien á nadie hizo bien.
El que causó gran lástima fué uno, que tuvo más de luna, que de estrella. Éste al caer se clavó un cuchillo por la garganta, escribiendo con su sangre el escarmiento sin segundo. Vió Critilo, que por la ventana, antes del oro y ya del lodo, despeñaban á muchos desnudos y tan abrumados, que parecían haberles molido las espaldas con saquillos de arenas de oro. Otros por las ventanas de la cocina caían en cueros. Y todos daban de vientre en aquel suelo, abominando tales crudezas. Sólo uno vió salir por la puerta y, admirado Critilo únicamente, se fué para él, dándole la singular enhorabuena. Al saludarle reparó que quería conocerle.
¡Válgame el cielo!, decía. ¿Dónde he visto yo este hombre? Pues yo le he visto y no me acuerdo.
¿No es Critilo?, preguntó él.
Sí, ¿y tú quién eres?
¿No te acuerdas que estuvimos juntos en casa de la sabia Artemia?
Ya doy en la cuenta. ¿Tú eres aquel de Omnia mea mecum porto?
El mismo y aun eso me ha librado deste encanto.
¿Cómo pudiste escapar una vez dentro?
Fácilmente, respondió. Y con la misma facilidad te desataré á ti, si quieres. ¿Ves todos aquellos ciegos nudos, que echa la voluntad con un sí? Pues todos los vuelve á deshacer con un no. Todo está en que ella quiera.
Quiso Critilo y así se vió luego libre de libros.
Mas díme, oh Critilo, ¿y tú cómo no entraste en este común cautiverio?
Porque siguiendo otro consejo de la misma Artemia, no puse el pie en el principio, hasta tocar con las manos el fin.
¡Oh dichoso hombre! Pero mal dije hombre, que no eres sino entendido.
¿Qué se hizo aquel tu compañero más mozo y menos cauto?
Ahora te quería preguntar dél si le viste allá dentro, que sin freno de razón se abalanzó allá y temo que como tal será arrojado.
¿Por qué puerta entró?
Por la del gusto.
Es la peor de todas. Saldrá tarde. Echarle ha el tiempo consumido de todas maneras.
¿No habría algún medio para su remedio?, replicó Critilo.
Sólo uno y ése, aunque fácil, dificultoso.
¿Cómo es eso?
Queriendo. Que haga como yo. Que no aguarde á que le echen; sino tomándose la honra y más el provecho, salir él. Que será por la puerta, despenado; y no por las ventanas, despeñado.
Una cosa te quisiera suplicar y no me atrevo, porque parece más necedad, que favor.
¿Qué es?
Que, pues tienes ya tomado el tino á la casa, volvieses á entrar y como sabio lo desengañases y librases.
No será de provecho, porque, aunque le halle y le hable, no me dará crédito sin el afecto. Mejor se moverá por ti. Y pues te ves obligado, que te pedirán la palabra, mejor es que tú entres y le saques.
Bien entraría, dijo Critilo, aunque lo siento. Pero temo que, como me falta la experiencia, me he de cansar en balde y no lo podré hallar, corriendo riesgo de ahogarnos todos. Hagamos una cosa: vamos los dos juntos, que bien es menester la industria doblada. Tú, como noticioso me guiarás, y yo, como amigo le convenceré y saldremos todos con victoria.
Parecióle bien el ardid. Fueron á ejecutarlo; mas la guarda, que la hay á la salida, teniendo por sospechoso al sabio, le detuvo.
Aquél sí, dijo señalando á Critilo. Que tengo orden de que entre y que le inste.
Mas él, volviendo atrás, se retiró con el sabio al reconsejo. Fuése informando de las entradas y salidas de la casa, de sus vueltas y revueltas y ya muy determinado iba á entrar, cuando de medio camino volvió atrás y dijo al sabio:
Una cosa se me ha ofrecido y es que troquemos de vestidos ambos. Toma el mío, conocido de Andrenio, que será recomendación y así disfrazado podrás desmentir la guarda entre dos luces; quedaré yo con el tuyo, ayudando al disimulo y aguardando por instantes siglos.
No le desagradó al sabio la invención. Vistióse á lo de Critilo, con que pudo entrar rogado.
Quedóse este viendo caer unos y otros, que no paraban un punto por aquellos despeñaderos del dejo. Despeñadero de los vicios. Vió un pródigo, que lo despeñaban mujeres por el ventanaje de las rosas en las espinas. Y como venía en carnes el desdichado, maltratóse mucho. Hízose las narices, cuando más se las deshizo. Comenzó á hablar gangoso y duróle toda la vida, diciendo todos los que le oían:
¡No es cosa rara, que éste hable con las narices, por no tenerlas! Justo castigo es de sus imprudentes mocedades.
Fué tal el asco, que éste y todos los de su séquito tuvieron de su misma inmundicia, que no paraban de escupir al vil deleite, en venganza y por remedio; que hubiera sido mejor antes.
Los que rodaban por las espaldas del descanso, tardaban en el mismo caer; pero mucho más en el levantarse, que de pereza aun no vivían. Gente muy para nada; sólo sirven para hacer número y gastar los víveres. Nada hacen con buen aire y en él se paraban al caer, apoyando mórulas á Cenón; pero una vez caídos, siempre quedaban por tierra. Daban fieros gritos los que rodaban por el cuarto de las armas, que parecía el de los locos.
Venían muy maltratados y eran tales los golpes que daban y recibían, que escupían luego sangre de sus valientes pechos, vomitando la que habían bebido antes á sus enemigos: que es bravo quebradero de cabeza una venganza.
Solos los del cuarto del veneno se estaban á la mira, holgándose de lo que los demás se lamentaban. Y había hombres déstos que, porque se quebrase el otro un brazo y se sacase un ojo, perdía él los dos. Reían de lo que los otros lloraban y lloraban de lo que reían. Y era cosa rara que los que á la entrada enflaquecieron, engordaban á la salida, gustando mucho de hacer aplauso de desdichas y campanear ajenas desventuras.
Estaba Critilo mirando aquel malparadero de todos. Al cabo de un día, de siglos, vió asomar á Andrenio á la ventana de las flores en espinas. Asustóse mucho, temiendo su despeño. No le osaba llamar, por no descubrirse; pero con acciones acordaba el desengaño. Cómo bajó y por dónde adelante lo diremos.
CRISI XI
El golfo cortesano.
Visto un león, están vistos todos y vista una oveja, todas; pero visto un hombre, no está visto sino uno y aun ése no bien conocido. Todos los tigres son crueles, las palomas sencillas y cada hombre de su naturaleza diferente. Las generosas águilas siempre engendran águilas generosas; mas los hombres famosos no siempre engendran hijos grandes, como ni los pequeños pequeños. Cada uno tiene su gusto y su gesto: que no se vive con solo un parecer.
Proveyó la sagaz naturaleza de diversos rostros, para que fuesen los hombres conocidos; sus dichos y sus hechos no se equivocasen los buenos con los ruines; los varones se distinguiesen de las hembras y nadie pretendiese solapar sus maldades con el semblante ajeno. Gastan algunos mucho estudio en averiguar las propiedades de las yerbas; ¿cuánto más importaría conocer las de los hombres, con quien se ha de vivir ó morir?
Y no son todos hombres los que vemos, que hay horribles monstruos y aun acroceraumnios en los golfos de las grandes poblaciones, sabios sin obras, viejos sin prudencia, mozos sin sujeción, mujeres sin vergüenza, ricos sin misericordia, pobres sin humildad, señores sin nobleza, pueblos sin apremio, méritos sin premio, hombres sin humanidad, personas sin sustancia. Esto ponderaba el sabio á vista de la corte, después de haber rescatado á Andrenio con un tan ejemplar arbitrio.
Cuando Critilo le aguardaba á la puerta libre, le atendió á la ventana empeñado en el común despeño. Mas consolóse con que nadie le impelía; antes, quitándose la guirnalda de la frente, la fué destejiendo y, atando unas ramas con otras, hizo soga, por la cual se guindó y sin daño alguno se halló en tierra por gran felicidad. Al mismo tiempo asomó por la puerta el Sabio, doblándole á Critilo el contento; pero sin detenerse ni aun para abrazarse, picaron, como tan picados. Sólo Andrenio, volviendo la cabeza á la ventana, dijo:
Quede ahí pendiente ese lazo, escala ya de mi libertad, despojo eternizado del desengaño.
Tomaron su derrota para la corte, á dar, decía el sabio, de Caribdis en Escila. Acompañóles hasta la puerta, llevado de la dulce conversación, el mejor viático del camino de la vida.
¿Qué cosa y qué casa ha sido ésta?, decía Critilo. Contadme lo que en ella os ha pasado.
Tomó la mano el Sabio á cortesía de Andrenio y dijo:
Sabed, que aquella engañosa casa, al fin venta del mundo, por la parte que se entra en ella es del gusto y por la que se sale del gasto. Aquella agradable salteadora es la famosa Volusia, Tiranía del deleite. á quien llamamos nosotros delectación y los latinos voluptas, gran muñidora de los vicios, que á cada uno de los mortales le lleva arrastrado su deleite. Ésta los cautiva, los aloja ó los aleja, unos en el cuarto más alto de la soberbia, otros en el más bajo de la desidia; pero ninguno en el medio, que en los vicios no le hay. Todos entran, como visteis, cantando y después salen sollozando; si no son los envidiosos, que proceden al revés. El remedio para no despeñarse al fin es caer en la cuenta al principio: gran consejo de la sabia Artemia, que á mí me valió harto para salir bien.
Y á mí mejor para no entrar, replicó Critilo: que yo con más gusto voy á la casa del llanto, que de la risa, porque sé que las fiestas del contento fueron siempre vísperas del pesar. Créeme, Andrenio, que quien comienza por los gustos, acaba con los pesares.
Basta que este nuestro camino, dijo él, todo está lleno de trampas encubiertas, que no sin causa estaba el engaño á la entrada. ¡Oh casa de locos! ¡Y cómo lo es quien hace de ti caso! ¡Oh encanto de cantos imanes, que al principio atraen y á la postre despeñan!
Dios os libre, ponderaba el Sabio, de todo lo que comienza por el contento. Nunca os paguéis de los principios fáciles; atended siempre á los fines dificultosos y al contrario. La razón desto supe yo en aquella venta de Volusia, en este sueño que os ha de hacer despertar.
Juguetes de la fortuna. Contáronme tenía dos hijos la Fortuna, muy diferentes en todo: pues el mayor era tan agradablemente lindo, cuanto el segundo desapaciblemente feo. Eran sus condiciones y propiedades muy conformes á sus caras, como suele acontecer. Hízoles su madre dos vaquerillos con la misma atención. Al primero de una rica tela, que tejió la primavera, sembrada de rosas y de claveles y entre flor y flor alternó una G, tantas como flores, sirviendo de ingeniosas cifras, en que unos leían gracioso, otros galán, gustoso, gallardo, grato y grande; aforrado en cándidos armiños, todo gala, todo gusto, gallardía y gracia. Vistió al segundo muy de otro genio, pues de un bocací funesto, recamado de espinas y entre ellas otras tantas efes, donde cada uno leía lo que no quisiera, feo, fiero, furioso, falto y falso, todo horror, todo fiereza.
Salían de casa de su madre á la plaza ó á la escuela y al primero en todo todos cuantos le veían le llamaban. Abríanle las puertas de sus corazones. Todo el mundo se iba tras él, teniéndose por dichosos los que le podían ver, cuanto más haber. El otro desvalido no hallaba puerta abierta y así andaba á sombra de tejados. Todos huían dél. Si quería entrar en alguna casa, dábanle con la puerta en los ojos y, si porfiaba, muchos golpes, con lo cual no hallaba dónde parar. Vivía ó moría, quien tan triste llegó á no poderse sufrir él á sí mismo. Y así tomó por partido despeñarse, para despenarse, escogiendo antes morir para vivir que vivir para morir.
Mas como la discreción es pasto de la melancolía, pensó una traza, que siempre valió más que la fuerza. Conociendo cuán poderoso es el engaño y los prodigios que obra cada día, determinó ir en busca suya una noche, que hasta la luz y él se aborrecían.
Casa del Engaño. Comenzó á buscarle; mas no le podía descubrir. En mil partes le decían estaría y en ninguna le topaba. Persuadióse le hallaría en casa de los engañadores y así fué primero á la del Tiempo. Éste le dijo que no; que antes él procuraba desengañar á todos, sino que le creen tarde. Pasó á la del Mundo, tenido por embustero y respondióle que por ningún caso; que él á nadie engaña, aunque lo desea, que los mismos hombres son los que se engañan á sí mismos, se ciegan y se quieren engañar. Fué á la misma Mentira, que la halló en todas partes. Díjola á quién buscaba y respondióle ella:
¡Anda necio! ¿Cómo tengo yo de decir verdad?
¿Según eso, la Verdad me lo dirá?, dijo él; pero ¿dónde la hallaré? Más dificultoso será eso: que si al Engaño no le puedo descubrir en todo el mundo, ¿cuánto menos la Verdad?
Fuése á casa de la Hipocresía, teniendo por cierto estaría allí; mas ésta le engañó con el mismo Engaño. Porque torciendo el cuello á par de la intención, encogiéndose de hombros, frunciendo los labios, arqueando las cejas, levantando los ojos al cielo, que todo un hombre ocupa con la voz muy mirlada, le aseguró no conocía tal personaje ni le había hablado en su vida, cuando estaba amancebada con él.
Partió á casa de la Adulación, que era un palacio y ésta le dijo:
Yo, aunque miento, no engaño, porque echo las mentiras tan grandes y tan claras, que el más simple las conocerá. Bien saben ellos que yo miento; pero dicen que con todo eso se huelgan y me pagan.
¿Qué, es posible, se lamentaba, que esté el mundo lleno de engaños y que yo no le halle? ¡Parece ésta pesquisa de Aragón! Sin duda estará en algún casamiento: ¡vamos allá!
Casamiento con eco. Preguntó al marido, preguntó á la mujer y respondiéronle ambos habían sido tantas y tan recíprocas de una y otra parte las mentiras, que ninguno podía quejarse de ser el engañado.
¿Si estaría en casa de los mercaderes, entre mohatras paliadas y desnudos acreedores?
Respondiéronle que no, porque no hay engaño, donde ya se sabe que le hay. Lo mismo dijeron los oficiales: que fué de tienda en tienda, asegurándole en todas que al que ya lo sabe y quiere, no se le hace agravio. Estaba desesperado, sin saber ya dónde ir.
Pues yo le he de buscar, dijo; aunque sea en casa del diablo.
Fuése allá, que era una Génova, digo una Ginebra. Mas éste se enojó fieramente y, dando voces endiabladas, decía:
¿Yo engaño? ¿Yo engaño? ¡Qué bueno es eso para mí!; antes yo hablo claro á todo el mundo. Yo no prometo cielos; sino infiernos acá y allá fuegos, que no paraísos. Y con todo eso, los más me siguen y hacen mi voluntad.
¿Pues en qué está el engaño?
Engañador, engañado. Conoció decía esta vez la verdad y quitósele delante. Echó por otro rumbo, determinó ir á buscarle á casa de los engañados, los buenos hombres, los crédulos y cándidos, gente toda fácil de engañar. Mas todos ellos le dijeron que por ningún caso estaba allí; sino en casa de los engañadores, que aquéllos son los verdaderos necios, porque el que engaña á otro siempre se engaña y daña más á sí mismo.
¿Qué es esto?, decía. Los engañadores me dicen que los engañados se lo llevaron; éstos me responden que aquéllos se quedan con él. Yo creo que unos y otros le tienen en su casa y ninguno se lo piensa.
Yendo desta suerte, le topó á él la Sabiduría, que no él á ella y, como sabedora de todo, le dijo:
Perdido, ¿qué buscas? ¿Otro que á ti mismo? ¿No ves tú que el Engaño no le halla quien le busca y que, en descubriéndole, ya no es él? Ve á casa de algunos de aquellos, que se engañan á sí mismos, que allí no puede faltar.
Entró en casa de un confiado, de un presumido, de un avaro, de un envidioso y hallóle muy disimulado con afeites de verdad. Comunicóle sus desdichas y consultóle su remedio. Miróselo el Engaño muy bien, cuanto peor, y díjole:
Tú eres el mal, que tu mala catadura te lo dice. Tú eres la maldad, más fea aún de lo que pareces. Pero ten buen ánimo, que no faltará diligencia ni inteligencia. Huélgome se ofrezcan ocasiones como ésta para que luzca mi poder. ¡Oh, qué par haremos ambos! Anímate, que si el primer paso en la medicina es conocer la raíz del mal, yo la descubro en tu dolencia, como si la tocase con las manos.
Yo conozco muy bien los hombres; aunque ellos no me conocen á mí. Yo sé bien de qué pie cojea su mala voluntad. Y advierte que no te aborrecen á ti por ser malo. No por cierto; sino porque lo pareces, por ese mal vestido que tú llevas. Esos abrojos son los que les lastiman; que, si tú fueras cubierto de flores, yo sé te quisieran. Pero déjame hacer, que yo barajaré las cosas de modo que tú seas el adorado de todo el mundo y tu hermano aborrecido. Ya la tengo pensada, que no será la primera ni la última.