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El criticón (tomo 1 de 2)

PRIMERA PARTE (continued 2)

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Lo que más me admira, ponderó Andrenio, es el indecible afecto de esta rara mujer. ¡Qué madre como ella! ¿Puédese imaginar tal fineza? De esta felicidad carecí yo, que me crié dentro de las entrañas de un monte y entre fieras: allí lloraba hasta reventar, tendido en el duro suelo, desnudo, hambriento y desamparado, ignorando estas caricias.

No envidies, dijo Critilo, lo que no conoces ni llames felicidad, hasta que veas en qué para. De estas cosas toparás muchas en el mundo, que no son lo que parecen, sino muy al contrario. Ahora comienzas á vivir; irás viviendo y viendo.

Caminaban con todo este embarazo, sin parar ni un instante, atravesando países; aunque sin hacer estación alguna y siempre cuesta abajo, atendiendo mucho la que conducía el pigmeo escuadrón, á que ninguno se cansase ni lo pasase mal. Dábales de comer una vez sola, que era todo el día.

Hallábanse al fin de aquel paraje, metidos en un valle profundísimo, rodeado á una y otra banda de altísimos montes, que decían ser los más altos puertos de este universal camino. Era noche y muy oscura, con propiedad lóbrega. En medio de esta horrible profundidad, mandó hacer alto aquella engañosa hembra y, mirando á una y otra parte, hizo la señal usada, con que al mismo punto ¡oh maldad no imaginada! ¡oh traición nunca oída! comenzaron á salir de entre aquellas breñas y por las bocas de las grutas ejércitos de fieras, leones, tigres, osos, lobos, serpientes y dragones, que arremetiendo de improviso, dieron en aquella tierna manada de flacos y desarmados corderillos, haciendo un horrible estrago y sangrienta carnicería. Porque arrastraban á unos, despedazaban á otros, mataban, tragaban y devoraban cuantos podían.

Monstruo había, que de un bocado se tragaba dos niños y, no bien engullidos aquéllos, alargaba las garras á otros dos. Fiera había, que estaba desmenuzando con los dientes el primero y despedazando con las uñas el segundo, no dando treguas á su fiereza. Discurrían todas por aquel lastimoso teatro, babeando sangre, teñidas las bocas y las garras en ella. Cargaban muchas con dos y con tres de los más pequeños y llevábanlos á sus cuevas, para que fuesen pasto de sus ya fieros cachorrillos. Todo era confusión y fiereza: espectáculo verdaderamente fatal y lastimero.

Y era tal la candidez ó simplicidad de aquellos infantes tiernos, que tenían por caricias el hacer presa en ellos y por fiesta el despedazarlos, convidándolas ellos mismos risueños y provocándolas con abrazos.

Quedó atónito, quedó aterrado Andrenio, viendo una tan horrible traición, una tan impensada crueldad y, puesto en lugar seguro á diligencias de Critilo, lamentándose decía:

¡Oh, traidora! ¡oh, bárbara! ¡oh, sacrílega mujer, más fiera, que las mismas fieras! ¿Es posible que en esto han parado tus caricias? ¿Para esto era tanto cuidado y asistencia? ¡Oh, inocentes corderillos, qué temprano fuísteis víctima de la desdicha! ¡Qué presto llegásteis al degüello! ¡Oh, mundo engañoso! ¿Y esto se usa en ti? ¿De estas hazañas tienes? Yo he de vengar por mis propias manos una maldad tan increíble.

Diciendo y haciendo, arremetió furioso para despedazar con sus dientes aquella cruel tirana; mas no la pudo hallar, que ya ella con todas sus criadas habían dado vuelta, en busca de otros tantos corderillos, para traerlos vendidos al matadero. De suerte que ni aquéllos cesaban de traer ni éstas de despedazar ni de llorar Andrenio tan irreparable daño.

En medio de tan espantosa confusión y cruel matanza, amaneció de la otra parte del valle, por lo más alto de los montes, con rumbos de aurora, otra mujer y con razón otra, que tan cercada de luz, como rodeada de criadas, desalada, cuando más volando, descendía á librar tanto infante como perecía. Ostentó su rostro muy sereno y grave, que de él y de la mucha pedrería de su recamado ropaje despedía tal inundación de luces, que pudieron muy bien suplir y aun con ventajas la ausencia del rey del día. Era hermosa por extremo y coronada por reina entre todas aquellas beldades sus ministras.

¡Oh, dicha rara! Al mismo punto que la descubrieron las encarnizadas fieras, cesando de la matanza, se fueron retirando á todo huir y, dando espantosos aullidos, se hundieron en sus cavernas. Llegó piadosa ella y comenzó á recoger los pocos que habían quedado y aun ésos muy malparados de araños y de heridas.

Íbanlos buscando con gran solicitud aquellas hermosísimas doncellas y aun sacaron muchos de las oscuras cuevas y de las mismas gargantas de los monstruos, recogiendo y amparando cuantos pudieron. Y notó Andrenio que eran éstos de los más pobres y de los menos asistidos de aquella maldita hembra. De modo que en los más principales, como más lucidos, habían hecho las fieras mayor riza.

Cuando los tuvo todos juntos, sacólos á toda prisa de aquella tan peligrosa estancia, guiándolos de la otra parte del valle, el monte arriba, no parando hasta llegar á lo más alto, que es lo más seguro. Desde allí se pusieron á ver y contemplar con la luz, que su gran libertadora les comunicaba, el gran peligro en que habían estado y hasta entonces no conocido.

Teniéndolos ya en salvo, fué repartiendo preciosísimas piedras, una á cada uno que, sobre otras virtudes contra cualquier riesgo, arrojaban de sí una luz tan clara y apacible, que hacían de la noche día: y lo que más se estimaba, era el ser indefectible. Fuélos encomendando á algunos sabios varones, que los apadrinasen y guiasen siempre cuesta arriba, hasta la gran ciudad del mundo.

Ya en esto se oían otros tantos alaridos de otros tantos niños que, acometidos en el funesto valle de las fieras, estaban pereciendo. Al mismo punto aquella piadosa reina, con todas sus amazonas, marchó volando á socorrerlos.

Estaba atónito Andrenio de lo que había visto, parangonando tan diferentes sucesos y en ellos la alternación de males y de bienes de esta vida.

¡Qué dos mujeres éstas tan contrarias!, decía. ¡Qué asuntos tan diferentes! ¿No me dirás, Critilo, quién es aquella primera para aborrecerla y quién esta segunda para celebrarla?

¿Qué te parece, dijo, de esta primera entrada del mundo? ¿No es muy conforme á él y á lo que yo te decía? Nota bien lo que acá se usa y, si tal es el principio, díme ¿cuáles serán los progresos y sus fines? Para que abras los ojos y vivas siempre alerta entre enemigos, saber deseas quién es aquella primera y cruel mujer, que tú tanto aplaudías. Créeme que ni el alabar ni el vituperar ha de ser hasta el fin.

Inclinación mal anticipada. Sabrás que aquella primera tirana es nuestra mala inclinación, la propensión al mal. Ésta es la que luego se apodera de un niño, previene á la razón y se adelanta. Reina y triunfa en la niñez, tanto que los propios padres, con el intenso amor que tienen á sus hijuelos, condescienden con ellos y, porque no llore el rapaz, le conceden cuanto quiere. Déjanle hacer su voluntad en todo y salir con la suya siempre y así se cría vicioso, vengativo, colérico, glotón, terco, mentiroso, desenvuelto, llorón, lleno de amor propio, de ignorancia, ayudando de todas maneras á la natural, siniestra inclinación. Apoderándose con esto de un muchacho, sus pasiones cobran fuerza con la paternal connivencia, prevalece la depravada propensión al mal y ésta con sus caricias trae un tierno infante al valle de las fieras, á ser presa de los vicios y esclavo de sus pasiones.

De modo que, cuando llega la razón, que es aquella otra reina de la luz, madre del desengaño, con las virtudes sus compañeras, ya los halla depravados, entregados á los vicios y muchos de ellos sin remedio. Aurora de la vida. Cuéstale mucho sacarlos de las uñas de sus malas inclinaciones y halla grande dificultad en encaminarlos á lo alto y seguro de la virtud. Porque es llevarlos cuesta arriba. Perecen muchos y quedan hechos oprobio de su vicio y más los más ricos, los hijos de señores y de príncipes, en los cuales el criarse con más regalo es ocasión de más vicio. Los que se crían con necesidad y tal vez entre los rigores de una madrastra son los que mejor libran, como Hércules, y ahogan estas serpientes de sus pasiones en la misma cuna.

¿Qué piedra tan preciosa es esta, preguntó Andrenio, que nos ha entregado á todos con tal recomendación?

Has de saber, le respondió Critilo, que lo que fabulosamente atribuyeron muchos á algunas piedras aquí se halla ser evidencia, porque ésta es el verdadero carbunclo, que resplandece en medio de las tinieblas, así de la ignorancia como del vicio. Éste es el diamante finísimo, que entre los golpes del padecer y entre los incendios del apetecer está más fuerte y brillante. Ésta es la piedra de toque que examina el bien y el mal. Ésta la piedra imán, atenta al norte de la virtud. Finalmente esta es la piedra de todas las virtudes, que los sabios llaman el dictamen de la razón, el más fiel amigo que tenemos.

Así iban confiriendo, cuando llegaron á aquella tan famosa encrucijada, donde se divide el camino y se diferencia el vivir. Estación célebre, por la dificultad que hay, no tanto de parte del saber, cuanto del querer, sobre qué senda y á qué mano se ha de echar.

Vióse aquí Critilo en mayor duda porque, siendo la tradición común ser dos los caminos, el plausible de la mano izquierda por lo fácil, entretenido y cuesta abajo, y al contrario el de mano derecha áspero, desapacible y cuesta arriba, halló con no poca admiración que eran tres los caminos, dificultando más su elección.

Bivio humano. ¡Válgame el cielo!, decía, ¿no es éste aquel tan sabio bivio, donde el mismo Hércules se halló perplejo sobre cuál de los dos caminos tomaría? Miraba adelante y atrás, preguntándose á sí mismo. ¿No es ésta aquella docta letra de Pitágoras, en que cifró toda la sabiduría, que hasta aquí procede igual y después se divide en dos ramos, uno espacioso del vicio y otro estrecho de la virtud? Pero con diversos fines, que el uno va á parar en el castigo y el otro en la corona. Aguarda, decía. ¿Dónde están aquellos dos aledaños de Epicteto: el Abstine en el camino del deleite y el Sustine en el de la virtud? Basta que habemos llegado á tiempos, que hasta los caminos reales se han mudado.

¿Qué montón de piedras es aquél, preguntó Andrenio, que está en medio de las sendas?

Lleguémonos allá, dijo Critilo, que el índice del numen vial, juntamente nos está llamando y dirigiendo. Éste es el misterioso montón de Mercurio, en quien significaron los antiguos que la sabiduría es la que ha de guiar y que por donde nos llama el cielo habemos de correr: eso está voceando aquella mano.

Pero el montón de piedras, ¿á qué propósito, replicó Andrenio, extraño despojo del camino, amontonando tropiezos?

Estas piedras, respondió suspirando Critilo, las arrojan aquí los viandantes, que en esto pagan la enseñanza: éste es el galardón que se le da á todo maestro y entiendan los de la verdad y virtud que hasta las piedras se han de levantar contra ellos. Acerquémonos á esta columna, que ha de ser el oráculo en tanta perplejidad.

Leyó Critilo el primer letrero, que con Horacio decía:

Mediocridad de oro. Medio hay en las cosas, tú no vayas por los extremos.

Estaba toda ella de alto á bajo labrada de relieve con extremado artificio, compitiendo los primores materiales de la simetría con los formales del ingenio. Leíanse muchos sentenciosos aforismos y campeaban historias alusivas. Íbalas admirando Andrenio y comentándolas Critilo con gustoso acierto.

Allí vieron al temerario joven, montando en la carroza de luces y su padre le decía:

Ve por el medio y correrás seguro.

Éste fué, declaró Critilo, un mozo que entró muy orgulloso en un gobierno y, por no atender á la mediocridad prudente, como lo aconsejaban sus ancianos, perdió los estribos de la razón y, tantos vapores quiso levantar en tributos, que lo abrasó todo, perdiendo el mundo y el mando.

Seguíase Ícaro, desalado en caer, pasando de un extremo á otro, de los fuegos á las aguas; por más que le voceaba Dédalo:

¡Vuela por el medio!

Éste fué otro arrojado, ponderaba Critilo, que, no contento con saber lo que basta, que es lo conveniente, dió en sutilezas malfundadas y, tanto quiso adelgazar, que le mintieron las plumas y dió con sus quimeras en el mar de un común y amargo llanto: que va poco de penas á penas.

Aquél es el célebre Cleóbulo, que está escribiendo en tres cartas consecutivas esta palabra sola: Modo. Modo, al rey, que en otras tres le había pedido un consejo, digno de su saber, para reinar con acierto.

Mira aquel otro de los siete de Grecia, eternizado sabio por sola aquella sentencia: Huye en todo la demasía. Porque siempre dañó más lo más que lo menos.

Estaban de relieve todas las virtudes con plausibles empresas en tarjetas y roleos. Comenzaban por orden, puesta cada una en medio de sus dos viciosos extremos y en lo bajo la fortaleza, asegurando el apoyo á las demás, recostada sobre el cojín de una columna, media entre la temeridad y la cobardía. Procediendo así todas las otras, remataba la prudencia, como reina, y en sus manos tenía una preciosa corona con este lema: Para el que ama la mediocridad de oro.

Leíanse otras muchas inscripciones, que formaban lazos y servían de definiciones al artificio y al ingenio. Coronaba toda esta máquina elegante la felicidad muy serena, recodada en sus varones sabios y valerosos, ladeada también de sus dos extremos, el llanto y la risa, cuyos atlantes eran Heráclito y Demócrito, llorando siempre aquél y éste riendo.

Mucho gustó Andrenio de ver y de entender aquel maravilloso oráculo de toda la vida. Mas ya en esto se había juntado mucha gente en pocas personas, porque los más, sin consultar otro numen que su gusto, daban por aquellos extremos, llevados de su antojo y su deleite.

Llegó uno y sin informarse, muy á lo necio, echó por otro extremo, bien diferente del que todos creyeron, que fué por el de presumido, con que se perdió luego.

Vano. Tras éste venía un vano, que tan mal y sin preguntar, pero con lindo aire, tomó el camino más alto. Y como él estaba vacío de hueco y el viento iba arreciando, vencióle presto y dió con él allí abajo, con venganza de muchos, que, como iba tan alto, el subir y el caer fué á vista y á risa de todo el mundo.

Había un camino sembrado de abrojos y, cuando se persuadió Andrenio que ninguno iría por él, vió que muchos se apasionaban Vengativos. y había puñadas sobre cuál sería el primero. El carril de las bestias era el más trillado. Y preguntándole á un hombre, que lo parecía, cómo iba por allí, respondió que por no irse solo.

Glotones. Junto á éste estaba otro camino muy breve y todos los que iban por él hacían gran prevención de manjares y de regalos; mas no caminaban mucho, que más son los que mueren de ahito, que de hambre.

Pretendían algunos ir por el aire; pero desvanecíaseles la cabeza, con que caían. Y éstos de ordinario no daban en cielo ni en tierra.

Lascivos. Encarrilaban muchos por un paseo muy ameno y delicioso: íbanse de prado en prado muy entretenidos y placenteros, saltando y bailando, cuando á lo mejor caían rendidos, sudando y gritando, sin poder dar un paso, haciendo malísimas caras, por haberlas hecho buenas.

De un paso se quejaban todos que era muy peligroso, infestado siempre de ladrones y, aunque lo sabían, echaban no pocos por él, diciendo que ellos se entenderían con los otros y al cabo todos se hacían ladrones, robándose unos á otros.

Avaros. Preguntaban unos, con no poca admiración de Andrenio y gusto de Critilo, por topar quien repasase y se informase: pedían cuál era el camino de los perdidos. Creyeron que para huir de él y fué al contrario, que, en sabiéndolo, tomaron por allí la derrota.

¡Hay tal necedad!, dijo Andrenio, y viendo entre ellos algunos personajes de harta importancia, preguntáronles cómo iban por allí y respondieron que ellos no iban, sino que los llevaban.

No era menos calificada la de otros, que todo el día andaban alrededor, moliéndose y moliendo, sin pasar adelante ni llegar jamás al centro.

No hallaban el camino otros: todo se les iba en comenzar á caminar; nunca acababan y luego paraban, no acertando á dar un paso, con las manos en el seno y, si pudieran, aun metieran los pies: éstos jamás llegaban al cabo con cosa.

Dijo uno que él quería ir por donde ningún otro hubiese caminado jamás. Nadie le pudo encaminar. Tomó el de su capricho y presto se halló perdido.

¿No adviertes, dijo Critilo, que casi todos toman el camino ajeno y dan por el extremo contrario de lo que se pensaba? El necio da en presumido y el sabio hace del que no sabe, el cobarde afecta el valor y todo es tratar de armas y pistolas y el valiente las desdeña, el que tiene da en no dar y el que no tiene desperdicia, la hermosa afecta el desaliño y la fea revienta por parecer, el príncipe se humana y el hombre bajo afecta divinidades, el elocuente calla y el ignorante se lo quiere hablar todo, el diestro no osa obrar y el zurdo no para. Todos al fin verás que van por extremos, errando el camino de la vida de medio á medio.

Echemos nosotros por el más seguro, aunque no tan plausible, que es el de una prudente y feliz medianía, no tan dificultoso como el de los extremos, por contenerse siempre en un buen medio.

Pocos le quisieron seguir; más luego que se vieron encaminados, sintieron una notable alegría interior y una grande satisfacción de la conciencia. Advirtieron más, que aquellas preciosas piedras, ricas prendas de la razón, comenzaron á resplandecer tanto, que cada una parecía un brillante lucero, haciéndose lenguas en rayos y diciendo: ¡Éste es el camino de la verdad y la verdad de la vida!

Al contrario todas las de aquellos, que siguieron sus antojos, se vieron perder su luz, de modo, que parecieron quedar de todo punto ofuscadas y ellos eclipsados: tan errado el dictamen, como el camino.

Viendo Andrenio que caminaban siempre cuesta arriba, dijo:

Este camino, más parece que nos lleva al cielo, que al mundo.

Así es, le respondió Critilo, porque son las sendas de la eternidad y, aunque vamos metidos en nuestra tierra; pero muy superiores á ella, señores de los otros y vecinos á las estrellas. Ellas nos guíen, que ya estamos engolfados entre Escilas y Caribdis del mundo.

Esto dijo al entrar en una de sus más célebres ciudades, gran Babilonia de España, emporio de sus riquezas, teatro augusto de las letras y las armas, esfera de la nobleza y gran plaza de la vida humana.

Quedó espantado Andrenio de ver el mundo, que no le conocía, mucho más admirado que allá, cuando salió á verlo de su cueva. ¿Pero qué mucho, si allí lo miraba de lejos y aquí tan de cerca? Allí contemplando, aquí experimentando. Que todas las cosas se hallan muy trocadas, cuando tocadas. Lo que novedad le causó fué el no topar hombre alguno; aunque los iban buscando con afectación en una ciudad populosa y al sol de mediodía.

¿Qué es esto?, decía Andrenio. ¿Dónde están estos hombres? ¿Qué se han hecho? ¿No es la tierra su patria tan amada, el mundo su centro y tan querido? ¿Pues cómo lo han desamparado? ¿Dónde habrán ido, que más valgan?

Iban por una y otra parte solícitamente buscándolos sin poder descubrir uno tan sólo, hasta que...; pero cómo y dónde los hallaron nos lo contará la otra Crisi.

CRISI VI

Estado del siglo.

Quien oye decir mundo concibe un compuesto de todo lo criado, muy concertado y perfecto. Y con razón, pues toma el nombre de su misma belleza. Mundo quiere decir lindo y limpio. Imagínase un palacio muy bien trazado, al fin por la infinita Sabiduría, muy bien ejecutado por la Omnipotencia, alhajado por la divina Bondad, para morada del rey hombre, que como partícipe de razón, presida en él y le mantenga en aquel primer concierto, en que su divino Hacedor le puso. De suerte que mundo no es otra cosa que una casa hecha y derecha por el mismo Dios y para el hombre; no hay otro modo cómo poder declarar su perfección.

Así había de ser, como el mismo nombre lo blasona, su principio lo afianza y su fin lo asegura; pero cuán al contrario sea esto y cuál le haya parado el mismo hombre, cuánto desmienta el hecho al dicho, pondérelo Critilo, que con Andrenio se hallaban ya en el mundo, aunque no bien hallados en fe de tan personas.

En busca iban de los hombres, sin poder descubrir uno, cuando al cabo de rato y cansancio, toparon con medio, un medio hombre y medio fiera. Holgóse tanto Critilo, cuanto se inmutó Andrenio, preguntando:

¿Qué monstruo es éste tan extraño?

No temas, respondió Critilo, que éste es más hombre que los mismos, éste es el maestro de los reyes y rey de los maestros, éste es el sabio Quirón. ¡Oh, qué bien nos viene y cuán á la ocasión! pues él nos guiará en esta primera entrada del mundo y nos enseñará á vivir: que importa mucho á los principios.

Fuése para él saludándole y correspondió el centauro con doblada humanidad. Díjole cómo iban en busca de los hombres y que, después de haber dado cien vueltas, no habían podido hallar uno tan sólo.

No me espanto, dijo él, que no es este siglo de hombres, digo de aquellos famosos de otros tiempos. ¿Qué? Estéril siglo. ¿Pensábais hallar ahora un don Alonso el Magnánimo en Italia, un Gran Capitán en España, un Enrique IV en Francia, haciendo corona de su espada y de sus guarniciones lises? Ya no hay tales héroes en el mundo ni aun memoria de ellos.

¿No se van haciendo?, replicó Andrenio.

No llevan traza y para luego es tarde.

Pues de verdad que ocasiones no han faltado.

¿Cómo no se han hecho?, preguntó Critilo. ¿Por qué se han deshecho?

Hay mucho que decir en ese punto, ponderó Quirón. Unos lo quieren ser todo y al cabo son menos que nada; valiera más no hubieran sido. Dicen también que corta mucho la envidia con las tijerillas de Tomeras. Pero yo digo que ni es eso ni esotro; sino que, mientras el vicio prevalezca, no campeará la virtud y, sin ella, no puede haber grandeza heroica. Creedme que esta Venus tiene arrinconadas á Belona y á Minerva en todas partes y no trata ella, sino con viles herreros, que todo lo tiznan y todo lo hierran. Al fin no nos cansemos, que él no es siglo de hombres eminentes ni en las armas ni en las letras. Pero decidme ¿dónde los habéis buscado?

Y Critilo: ¿Dónde los habemos de buscar, sino en la tierra? ¿No es ésta su patria y su centro?

¡Qué bueno es eso!, dijo el centauro. ¡Mirad! ¿Cómo los habíais de hallar? No los habéis de buscar ya en todo el mundo, que ya han mudado del hito: nunca está quieto el hombre, con nada se contenta.

Pues menos los hallaremos en el cielo, dijo Andrenio.

Menos, que no están ya ni en el cielo ni en la tierra.

¿Pues dónde los habemos de buscar?

¿Dónde? En el aire.

¿En el aire?

Sí, que allí se han fabricado castillos en el aire, torres de viento, donde están muy encastillados, sin querer salir de su quimera.

Castillos en el aire. Según eso, dijo Critilo, todas sus torres vendrán á serlo de confusión y, por no ser Janos de prudencia, les picarán las cigüeñas manuales señalándolos con el dedo y diciendo:

¿Éste no es aquel hijo de aquel otro?

De suerte, que con lo que ellos echaron á las espaldas los demás les darán en el rostro.

Otros muchos, prosiguió el Quirón, se han subido á las nubes. Y aun hay quien, no levantándose del polvo, pretende tocar con la cabeza en las estrellas. Paséanse no pocos por los espacios imaginarios, camaranchones de su presunción; pero la mayor parte hallaréis acullá sobre el cuerno de la luna y aun pretenden subir más alto, si pudieran.

Tiene razón, voceó Andrenio. Acullá están, allá los veo y aun allí andan empinándose, tropezando unos y cayendo otros, según las mudanzas suyas y de aquel planeta, que ya les hace una cara y ya otra. Y aun ellos también no cesan entre sí de armarse zancadillas, cayendo todos con más daño que escarmiento.

¡Hay tal locura!, repetía Critilo. ¿No es la tierra su lugar proprio del hombre, su principio y su fin? ¿No les fuera mejor conservarse en este medio y no querer encaramarse con tan evidente riesgo? ¡Hay tal disparate!

Sí lo es grande, dijo el semihombre, materia de harta lástima para unos y de risa para otros, ver que el que ayer no se levantaba de la tierra ya le parece poco un palacio, ya habla sobre el hombro el que ayer llevaba la carga en él, el que nació entre malvas pide los artesones de cedro, el desconocido de todos hoy desconoce á todos, el hijo tiene el puntillo de los muchos que dió su padre. El que ayer no tenía para pasteles, asquea el faisán, blasona de linajes; el de conocido solar, el vos, es señoría. Todos pretenden subir y ponerse sobre los cuernos de la luna, más peligrosos que los de un toro, pues, estando fuera de su lugar, es forzoso dar abajo con ejemplar infamia.

Fieras ciudadanas. Fuélos guiando á la plaza mayor, donde hallaron paseándose gran multitud de fieras y todas tan sueltas como libres, con tan notable peligro de los incautos. Había leones, tigres, leopardos, lobos, toros, panteras, muchas vulpejas. Ni faltaban sierpes, dragones y basiliscos.

¿Qué es esto?, dijo turbado Andrenio. ¿Dónde estamos? ¿Es esta población humana ó selva ferina?

No tienes que temer, que cautelarte sí, dijo el centauro.

Sin duda que los pocos hombres que habían quedado se han retirado á los montes, ponderó Critilo, por no ver lo que en el mundo pasa y que las fieras se han venido á las ciudades y se han hecho cortesanas.

Así es, respondió Quirón: el león de un poderoso, con quien no hay poderse averiguar, el tigre de un matador, el lobo de un ricazo, la vulpeja de un fingido, la víbora de una ramera: toda bestia y todo bruto han ocupado las ciudades. Ésas rúan las calles, pasean las plazas; y los verdaderos hombres de bien no osan parecer, viviendo retirados dentro de los límites de su moderación y recato.

¿No nos sentamos en aquel alto, dijo Andrenio, para poder ver, cuando no gozar con seguridad y con señorío?

Eso no, respondió Quirón: no está el mundo para tomarlo de asiento.

Pues arrimémonos aquí á una de estas columnas, dijo Critilo.

El rico más rico. Tampoco: que todos son falsos los arrimos de esta tierra; vamos paseando y pasando.

Estaba muy desigual el suelo, porque á las puertas de los poderosos, que son los ricos, había unos grandes montones que relucían mucho.

¡Oh, qué de oro!, dijo Andrenio.

Y el Quirón: Advierte que no lo es todo lo que reluce.

El pobre más pobre. Llegaron más cerca y conocieron que era basura dorada. Al contrario, á las puertas de los pobres y desvalidos había unas tan profundas y espantosas simas, que causaban horror á cuantos las miraban y así ninguno se acercaba de mil leguas. Todos las miraban de lejos. Y es lo bueno que todo el día sin cesar muchas y grandes bestias estaban acarreando hediondo estiércol y lo echaban sobre el otro, amontonando tierra sobre tierra.

¡Cosa rara!, dijo Andrenio. Aun economía no hay. ¿No fuera mejor echar toda esta tierra en aquellos grandes hoyos de los pobres, con que se emparejara el suelo y quedara todo muy igual?

Así había de ser, para bien ir, dijo Quirón. Pero ¿qué cosa va bien en el mundo? Aquí veréis practicado aquel célebre imposible, tan disputado de los filósofos, conviniendo todos en que no se puede dar vacío en la naturaleza. He aquí, que en la humana esta gran monstruosidad cada día sucede. No se da en el mundo á quien no tiene; sino á quien más tiene. Á muchos se les quita la hacienda porque son pobres y se les adjudica á otros porque la tienen. Pues las dádivas, no van sino adonde hay ni se hacen los presentes á los ausentes. El oro dora la plata, ésta acude al reclamo de otra: los ricos son los que heredan; que los pobres no tienen parientes. El hambriento no halla un pedazo de pan y el ahito está cada día convidado. El que una vez es pobre, siempre es pobre y de esta suerte todo el mundo le hallaréis desigual.

¿Pues por dónde iremos?, preguntó Andrenio.

Echemos por el medio y pasaremos con menos embarazo y más seguridad.

Paréceme, dijo Critilo, que veo ya algunos hombres, por lo menos que ellos lo piensan ser.

Ésos lo serán menos, dijo Quirón: verlo has presto.

Necios ensalzados. Asomaban ya por un cabo de la plaza ciertos personajes, que caminaban tan graves con las cabezas hacia abajo por el suelo, poniéndose del lodo y los pies para arriba, muy empinados, echando piernas al aire, sin acertar á dar un paso, antes á cada uno caían. Y aunque se maltrataron harto, porfiaban en querer ir de aquel modo, tan ridículo como peligroso. Comenzó Andrenio á admirar y Critilo á reir.

Sabios abatidos. Haced cuenta, dijo Quirón, que soñáis despiertos. ¡Oh, qué bien pintaba el Bosco! Ahora entiendo su capricho. Cosas veréis increíbles. Advertid que los que habían de ser cabezas por su prudencia y saber, ésos andan por el suelo, despreciados, olvidados y abatidos; al contrario, los que habían de ser pies por no saber las cosas ni entender las materias, gente incapaz, sin ciencia ni experiencia, ésos mandan. Y así va el mundo cual digan dueñas; ¡mejor fuera dueños! No hallaréis cosa con cosa. Y á un mundo, que no tiene pies ni cabeza, de merced se le da el de descabezado.

No bien pasaron éstos, que todos pasan, cuando venían otros y eran los más y que se preciaban de muy personas. Caminaban hacia atrás y á este modo todas sus acciones las hacían al revés.

¡Qué otro disparate!, dijo Andrenio. Si tales caprichos hay en el mundo, llámese casa de orates hermanados.

¿No nos puso, ponderó Critilo, la próvida naturaleza los ojos y los pies hacia adelante para ver por dónde andamos y andar por donde vemos con seguridad y firmeza? ¿Pues cómo éstos van por donde no ven y no miran por dónde van?

Advertid, dijo Quirón, que los más de los mortales, en vez de ir adelante en la virtud, en la honra, en el saber, en la prudencia y en todo, vuelven atrás: y así muy pocos son los que llegan á ser personas. Conde de Peñaranda. Cual y cual, como un conde de Peñaranda. ¿No veis aquella mujer lo que forceja, cejando en la vida? No querría pasar de los veinte ni aquella otra de los treinta y, en llegando á un cero, se hunden allí, como en trampa de los años, sin querer pasar adelante. ¡Aun mujeres no quieren ser! ¡Siempre niñas! ¡Mas cómo estira de ellas aquel vejezuelo cojo! ¡Y la fuerza que tiene! ¿No veis cómo las arrastra llevándolas por los cabellos? Con todos los de aquella otra se ha quedado en las manos: todos se los ha arrancado. ¡Qué puñada le ha pegado á la otra! ¡No le ha dejado diente! ¡Hasta las cejas las harta de años! ¡Oh, qué mala cara le hacen todas!

Mujeres. Aguardad, mujeres, dijo Andrenio. ¿Dónde están? ¿Cuáles son? Que yo no las distingo de los hombres.

¿Tú no me dijiste, oh Critilo, que los hombres eran los fuertes y las mujeres las flacas, ellos hablaban recio y ellas delicado, ellos vestían calzón y capa y ellas basquiñas? Yo hallo que todo es al contrario, porque ó todos son ya mujeres ó los hombres son los flacos y afeminados. Ellas, las poderosas; ellos tragan saliva, sin osar hablar. Y ellas hablan tan alto, que aun los sordos las oyen. Ellas mandan el mundo y todos se les sujetan. ¡Tú me has engañado!

Tienes razón, aquí suspirando Critilo: que ya los hombres son menos que mujeres. Más puede una lagrimilla mujeril, que toda la sangre, que derramó el valor. Más alcanza un favor de una mujer, que todos los méritos del saber. No hay vivir con ellas ni sin ellas. Nunca más estimadas que hoy. Todo lo pueden y todo lo pierden. Ni vale haberlas privado la atenta naturaleza del decoro de la barba, ya para nota, ya por dar lugar á la vergüenza y todo no basta.

Según eso, dijo Andrenio, ¡el hombre no es el rey del mundo; sino el esclavo de la mujer!

Mirad, respondió el Quirón; él es el rey natural; sino que ha hecho á la mujer su valido, Princesa de Rosano. Doña Elvira Ponce. que es lo mismo que decir que ella lo puede todo. Con todo eso, para que las conozcáis, aquellas son. Que, cuando más han menester el juicio y el valor, entonces les falta más. Pero sean excepción de mujeres las que son más que hombres: la gran princesa de Rosano y la excelentísima señora marquesa de Valdueña.

Más admiración les causó uno, que yendo á caballo en una vulpeja caminaba hacia atrás, nunca seguido, sino torciendo y revolviendo á todas partes. Y todos los del séquito, que no eran pocos, procedían del mismo modo. Hasta un perro viejo, que de ordinario le acompañaba.

¿Veis á éste?, advirtió Quirón. Pues yo os aseguro que no se mueve de necio.

Yo lo creo, dijo Critilo: que todos me parece van por extremos en el mundo. ¿Quién es éste, dínos, que pica más en falso?

Caco político. ¿No habéis oído nunca nombrar el famoso Caco? Pues éste lo es de la política: digo, un caos de la razón de estado. De este modo corren hoy los estadistas, al revés de los demás. Así proceden en sus cosas. Para desmentir toda atención ajena, para deslumbrar discursos, no querrían que por las huellas les rastreasen. Sus fines señalan á una parte y dan en otra. Publican uno y ejecutan otro. Para decir no dicen sí. Siempre al contrario, cifrando en las encontradas señales su vencimiento. Para éstos es menester un otro Hércules, que con la maña y la fuerza averigüe sus pisadas y castigue sus enredos.

Observó de buena nota Andrenio que los más hablaban á la boca y no al oído y que los que escuchaban, no sólo no se ofendían de semejante grosería, sino que antes bien gustaban tanto de ello, que abrían las bocas de par en par, haciendo de los mismos labios orejas, hasta destilárseles el gusto.

¡Ay tal abuso!, dijo él mismo. Las palabras se oyen, que no se comen ni se beben y éstos todo se tragan. Verdad es, que nacen en los labios; pero mueren en el oído y se sepultan en el pecho: éstos parece que las mascan y que se relamen con ellas.

Gran señal, dijo Critilo, de poca verdad, pues no les amargan.

Lisonja valida. ¡Oh!, dijo Quirón, ¿no veis que ya se usa hablarle á cada uno al sabor de su paladar? ¿No adviertes, oh Andrenio, aquel señor, cómo se está saboreando con las lisonjas de azúcar? ¡Qué hartazgos se da de adulación! Créeme que no oye, aunque lo parece, porque todo se lo lleva el viento. Repara en aquel otro príncipe, ¡qué hace de engullir mentiras! Todo se lo persuade. Mas hay una cosa: que en toda su vida dejó de creer mentira alguna, con que escuchó tantas, ni creyó verdad, aunque oyó tan pocas. Pues aquel otro necio desvanecido ¿de qué piensas tú que está tan hinchado? ¡Eh!, que no es de sustancia; no es sino aire y vanidad.

Ésta debe de ser la causa, ponderó Critilo, que oyen tan pocas verdades los que más deberían. Ellas amargan y, como ellos las escuchan con el paladar, ó no se las dicen ó no tragan alguna y la que acierta á pasar les hace tan mal estómago, que no la pueden digerir.

Lo que les ofendió mucho fué el ver unos vilísimos esclavos de sí mismos, arrastrando eslabonados hierros; las manos no con cuerdas ni aun con esposas, atadas para toda acción buena y más para las liberales; el cuello con la argolla de un continuo, aunque voluntario ahogo; los pies con grillos, que no les dejaban dar un paso por el camino de la fama, tan cargados de hierros, cuan desnudos de aceros. Y con una nota tan descarada, estaban muy entronizados, cortejados y aplaudidos, mandando á hombres muy hombres, ingenuos y principales, gente toda de noble condición. Éstos servían á aquéllos, obedeciéndolos en todo y aun los llevaban en peso, poniendo el hombro á tan vil carga. Aquí ya dió voces Andrenio, sin poderlo tolerar:

¡Oh! ¡Quién pudiera llegar, decía, y barajar aquellas suertes! ¡Oh, cómo derribara yo á puntillazos aquellas malempleadas sillas y las trocara en lo que habían de ser y ellos también merecen!

No grites, dijo Quirón, que nos perdemos.

¿Qué importa, si todo va perdido?

¿No ves tú que son éstos los poderosos, los que...?

¿Éstos?

Esclavos mandan. Sí, éstos, esclavos de sus apetitos, siervos de sus deleites, los Tiberios, los Nerones, los Calígulas, Eliogábalos y Sardanápalos. Éstos son los adorados. Y al contrario, los que son los verdaderos señores de sí mismos, libres de toda maldad, éstos son los humillados. En consecuencia de esto, mira aquellos muy sanos de corazón, tendidos en el suelo y aquellos otros, tan malos, muy en pie. Los de buen color en todas sus cosas, andan descaecidos; y aquellos, á quienes su mala conciencia les ha robado el color, por lo que robaron, están empinados. Los de buenas entrañas no se pueden tener ni conservar; y los que las tienen dañadas, corren. Los que les huele mal el aliento, están alentados; los cojos tienen pies y manos. Todos los ciegos tienen palo. De suerte, que todos los buenos van por tierra y los malos andan ensalzados.

¡Oh, qué bueno va el mundo!, dijo Andrenio.

Pero lo que les causó gran novedad y aun risa fué ver un ciego, que no veía gota, aunque sí bebía muchas, con unos ojos más oscuros que la misma vileza, con más nubes que un Mayo. Con toda esta ceguera, venía hecho guía de muchos, que tenían la vista clara: él los guiaba ciego y ellos le seguían mudos, pues en nada le repugnaban.

¡Ésta sí, exclamó Andrenio, que es brava ceguera!

Ciegos guían. Y aun torpe también, dijo Critilo. Que un ciego guíe á otro gran necedad es; pero ya vista y caer ambos en una profundidad de males. Pero que un ciego de todas maneras quiera guiar á los que ven, ése es disparate nunca oído.

Yo, dijo Critilo, no me espanto que el ciego pretenda guiar á los otros: que, como él no ve, piensa que todos los demás son ciegos y que proceden del mismo modo á tientas y á tontas; mas ellos, que ven y advierten el peligro común, que con todo eso le quieran seguir, tropezando á cada punto y dando de ojos á cada paso, hasta despeñarse en un abismo de infidelidades, ésa es una increíble necedad y una monstruosa locura.

Pues advertid, dijo Quirón, que éste es un error muy común, una desesperación transcendental, necedad de cada día y mucho más de nuestros tiempos. Los que menos saben tratan de enseñar á los otros. Unos hombres embriagados intentan leer cátedra de verdades. De suerte que habemos visto que un ciego de la torpe afición de una mujer tan fea, cuan infame, llevó infinitas gentes tras sí, despeñándose todos en un profundo de eterna calamidad. Y ésta no es la octava maravilla; el octavo monstruo sí. Que el primer paso de la ignorancia es presumir saber y muchos sabrían, si no pensasen que saben.

Oyeron en esto un gran ruido, como de pendencia, en un rincón de la plaza, entre diluvios del populacho. Era una mujer, origen siempre del ruido. Muy fea; pero muy aliñada. ¡Mejor fuera prendida! Servíala de adorno todo un mundo, cuando ella le descompone todo.

Metía á voces su mal pleito y á gritos se formaba, cuando más se deshacía. Habíalas contra una mujer, muy otra en todo y aun por eso su contraria. Era ésta tan linda, cuan desaliñada; mas no descompuesta.

Iba casi desnuda. Unos decían que por pobre, otros que por hermosa. No respondía palabra: que ni osaba ni la oían. Todo el mundo la iba en contra, no sólo el vulgo, sino los más principales y aun...; pero más vale enmudecer con ella.

Todos se conjuraron en perseguirla, pasando de las burlas á las veras, de las voces á las manos. Comenzaron á maltratarla y cargó tanta gente, que casi la ahogaban, sin haber persona, que osase ni quisiese volver por ella.

Aquí, naturalmente compasivo Andrenio, fué á ponérsele al lado; mas detúvole el Quirón, diciendo:

¿Qué haces? ¿Sabes con quién te tomas y por quién vuelves? ¿No adviertes que te declaras contra la plausible Mentira, que es decir contra todo el mundo y que te han de tener por loco? Mentira plausible. Quisiéronla vengar los niños, con sólo decirla; mas, como flacos y contra tantos y tan poderosos, no fué posible prevalecer, con lo cual quedó de todo punto desamparada la hermosísima Verdad y poco á poco á empellones la fueron todos echando tan lejos, que aun hoy no parece ni se sabe dónde haya parado.

Basta. ¿Qué? ¿No hay justicia en esta tierra?, decía Andrenio.

¿Cómo no?, le replicó el Quirón; pues de verdad que hay hartos ministros suyos. Justicia hay y no puede estar muy lejos, estando tan cerca la Mentira.

Asomó en esto un hombre de afecto agrio, rodeado de gente de juicio y, así como le vió, se fué para él la Mentira á informarle con muchas razones de la poca que tenía.

Respondióla que luego firmara la sentencia en su favor á tener plumas.

Al mismo instante, ella le puso en las manos muchos alados pies, con que volando, firmó el destierro de la Verdad, su enemiga, de todo el mundo.

Malos jueces. ¿Quién es aquel, preguntó Andrenio, que para andar derecho, lleva por apoyo el tormento, en aquella flexible vara?

Éste, respondió Quirón, es juez.

Ya el nombre se equivoca con el vendedor del justo. ¡Notable cosa que toca primero para oir después! ¿Qué significa espada desnuda, que lleva delante, y para qué la lleva?

Ésa, dijo Quirón, es la insignia de la dignidad y juntamente instrumento del castigo: con ella corta la mala yerba del vicio.

Más valiera arrancarla de cuajo, replicó Critilo. Peor es á veces segar las maldades, porque luego vuelven á brotar con más pujanza y nunca mueren del todo.

Así había de ser, respondió Quirón; pero ya los mismos que habían de acabar los males son los que los conservan, porque viven de ellos.

Mandó luego ahorcar, sin más apelación, un mosquito y que lo hiciesen cuartos, porque había caído el desdichado en la red de la ley; pero á un elefante, que las había atropellado todas, sin perdonar humanas ni divinas, le hizo una gran bonetada al pasar cargado de armas prohibidas, bocas de fuego, buenas lanzas, ganzúas, chuzones y aun le dijo que, aunque estaba de ronda, si era servido, le irían acompañando todos sus ministros, hasta dejarle en su cueva.

¡Qué paso éste para Andrenio! Y no paró aquí, sino que á otro desventurado, que encogiéndose de hombros no osaba hablar alto, lo mandó pasear.

Y preguntando unos por qué le azotaban, respondían otros:

Porque no tiene espaldas; que á tenerlas, él hombreara, como aquellos que van allí cargados de ellas, con más cargas á más cargos.

D. Pablo de Parada. Desapareció el juez, cuando comenzó á llevarse los ojos y los aplausos un valiente hombre, que pudiera competir con el mismo Pablo de Parada. Venía armado de un temido peto, conjugado por todos tiempos, números y personas. Traía dos pistolas; pero muy dormidas en sus fundas, á lo descansado, caballo desorejado y no por culpas suyas, dorado espadín en sólo el nombre, hembra en los hechos, nunca desnuda por lo recatada. Coronábase de plumas, avechucho de la bizarría, que no del valor.

¿Éste, preguntó Andrenio, es hombre ó es monstruo?

Bien dudas, acudió Quirón, que algunas naciones la primera vez que le vieron le imaginaron toda una cosa caballo y hombre. Soldados al uso. Éste es soldado. Así lo estuviera en las costumbres, no anduviera tan rota la conciencia.

¿De qué sirven éstos en el mundo?

¿De qué? Hacen guerra á los enemigos.

¡No la hagan mayor á los amigos!

Éstos nos defienden.

¡Dios nos defienda de ellos!

Éstos pelean, destrozan, matan y aniquilan nuestros contrarios.

¿Cómo puede ser eso, si dicen que ellos mismos los conservan?

Aguarda, yo digo lo que deberían hacer por oficio; pero está ya el mundo tan depravado, que los mismos remediadores de los males los causan en todo género de daños. Éstos, que habían de acabar las guerras, las alargan. Su empleo es pelear: que no tienen otros juros ni otra renta. Y, como acabada la guerra, quedarían sin oficio ni beneficio, ellos popan al enemigo, porque papan de él. ¿Para qué han de matar las centinelas al marqués de Pescara, si viven de él? ¡Que hasta el atambor sabe estos primores! Y así veréis que la guerra, Marqués de Mortara. que á lo más tirar estas nuestras barras pudiera durar un año, dura doce y fuera eterna, si la felicidad y el valor no se hubieran juntado hoy en un marqués de Mortara.

Lo mismo sienten todos de aquel otro, que también viene á caballo, para acabarlo todo. Éste tiene por asunto y aun obligación hacer de los malos buenos; pero él obra tan al revés, que de los buenos hace malos y de los malos peores. Éste trae guerra declarada contra la vida y la muerte: enemigo de entrambas, porque querría á los hombres ni mal muertos ni bien vivos; sino malos, que es un malísimo medio. Para poder él comer, hace de modo, que los otros no coman. Él engorda, cuando ellos enflaquecen. Mientras están entre sus manos, no pueden comer, y, si escapan de ellas, que sucede pocas veces, no les queda qué comer. Médicos. De suerte que éstos viven en gloria, cuando los demás en pena y así peores son que los verdugos. Porque aquéllos ponen toda su industria en no hacer penar y con lindo aire hacen que le falte al que pernea; pero éstos todo su estudio ponen en que pene y viva muriendo el enfermo. Y así aciertan los que les dan los males á destajo. Y es de advertir que donde hay más doctores hay más dolores. Esto dice de ellos la ojeriza común; pero engáñase en la venganza vulgar, porque yo tengo por cierto que del médico nadie puede decir ni bien ni mal: no antes de ponerse en sus manos, porque aún no tiene experiencia; no después, porque no tiene ya vida. Pero advertid que no hablo del médico material, sino de los morales, de los de la república y costumbres, que, en vez de remediar los achaques é indisposiciones por obligación, ellos mismos los conservan y aumentan, haciendo dependencia de lo que había de ser remedio.

¿Qué será, dijo Andrenio, que no vemos pasar ningún hombre de bien?

Cardenal Sandoval. Conde de Lemos. Señor archiduque Leopoldo. Señor D. Luis de Haro. Ésos, acudió Quirón, no pasan, porque eternamente duran: permanece inmortal su fama. Hállanse pocos y éstos están muy retirados. Oímoslos nombrar como al unicornio en la Arabia y al fénix en su Oriente. Con todo, si queréis ver alguno, buscad un cardenal Sandoval en Toledo, un conde de Lemos gobernando Aragón, un archiduque Leopoldo en Flandes. Y si queréis ver la integridad, la rectitud, la verdad y todo lo bueno, en uno, buscad un don Luis de Haro en el centro que merece.

Estaban en la mayor fuga del ver y extrañar monstruosidades, cuando Andrenio al hacer un grande extremo alzó los ojos y el grito al cielo, como si le hicieran ver las estrellas.

¿Qué es esto?, dijo. ¡Yo he perdido el tino de todo punto! ¡Qué cosa es andar entre desatinados! Achaque de contagio: hasta el cielo me parece que está trabucado y que el tiempo anda al revés. Pregunto, señores, ¿es día ó es noche? Mas no lo metamos en pareceres, que será confundirlo más.

Espera, dijo el Quirón; que no está el mal en el cielo, sino en el suelo. Que no sólo anda el mundo al revés, en orden al lugar; sino al tiempo. Ya los hombres han dado en hacer del día noche y de la noche día. Ahora se levanta aquél, cuando se había de acostar. Ahora sale de casa la otra con la estrella de Venus y volverá, cuando se ría de ella la aurora. Y es lo bueno que los que tan al revés viven El día noche. dicen ser la gente más ilustre y la más lucida; mas no falta quien afirma que, andando de noche como fieras, vivirán de día como brutos.

Esto ha sido, dijo Critilo, quedarnos á buenas noches y no me pesa, porque no hay cosa de ver.

¡Que á éste llamen mundo, ponderaba Andrenio! Hasta el nombre miente.

Calzósele al revés. Llámese inmundo y de todas maneras disparatado.

Algún día, replicó Quirón, bien le convenía su nombre. En verdad que era definición, cuando Dios quería y lo dejó tan concertado.

¿Pues de dónde le viene tal desorden?, preguntó Andrenio. ¿Quién le trastornó de alto abajo, como hoy lo vemos?

En eso hay mucho que decir, respondió Quirón. Harto lo censuran los sabios y lo lloran los filósofos. Aseguran unos que la Fortuna, como está ciega y aun loca, lo resuelve todo cada día, no dejando cosa en su lugar ni tiempo. Otros dicen que, cuando cayó el lucero de la mañana, aquel aciago día, dió tal golpe en el mundo, que le sacó de sus quicios, trastornándole de alto abajo. Ni falta quien eche la culpa á la mujer, llamándola el duende universal, que todo lo revuelve. Mundo trabucado. Mas yo digo que donde hay hombres no hay que buscar otro achaque: uno solo basta á desconcertar mil mundos y el no poderlo era lo que lloraba el otro grande inquietador.

Más digo: que, si no previniera la divina Sabiduría que no pudieran llegar los hombres al primer móvil, ya estuviera todo barajado y anduviera el mismo cielo al revés: un día saliera el sol por el poniente y caminara al oriente y entonces fuera España cabeza del mundo, sin contradicción alguna, que no hubiera quien viviera con ella.

Y es cosa de notar que, siendo el hombre persona de razón, lo primero que ejecuta es hacerla á ella esclava del apetito bestial. De este principio se originan todas las demás monstruosidades. Todo va al revés, en consecuencia de aquel desorden capital. La virtud es perseguida, el vicio aplaudido, la verdad muda, la mentira trilingüe, los sabios no tienen libros y los ignorantes librerías enteras. Los libros están sin doctor y el doctor sin libros. La discreción del pobre es necedad y la necedad del poderoso es celebrada. Los que habían de dar vida matan. Los mozos se marchitan y los viejos reverdecen. El derecho es tuerto y ha llegado el hombre á tal punto de desatino, que no sabe cuál es su mano derecha, pues pone el bien á la izquierda. Lo que más le importa echa á las espaldas, lleva la virtud en tres pies y, en lugar de ir adelante, vuelve atrás.

Pues si esto es así, como lo vemos, dijo Andrenio, ¿para qué me has traído al mundo, oh Critilo? ¿No me estaba yo bien á mis solas? Yo resuelvo volverme á la cueva de mi nada. ¡Alto!, huyamos de tan insufrible confusión, sentina, que no mundo.

Esto es lo que ya no se puede, respondió Critilo. ¡Oh cuántos volvieran atrás, si pudieran! No quedaran personas en el mundo. Advierte que vamos subiendo por la escalera de la vida y las gradas de los días, que dejamos atrás, al mismo punto, que movemos el pie, desaparecen. No hay por donde volver á bajar ni otro remedio, que pasar adelante.

¿Pues cómo hemos de poder vivir en un mundo como éste, porfiaba, afligiéndose Andrenio, y más para mi condición, si no me mudo? Que no puedo sufrir cosas malhechas. Yo habré de reventar sin duda.

¡Eh!, que te harás á ello en cuatro días, dijo Quirón, y serás tal como los otros.

¡Eso no! ¿Yo loco? ¿Yo necio? ¿Yo vulgar?

Ven acá, dijo Critilo. ¿No podrás tú pasar por donde tantos sabios pasaron, aunque sea tragando saliva?

Debía estar de otra data el mundo.

Conde de Castrillo. Marqués de Grana. El mismo fué siempre que es. Así le hallaron todos y así le dejaron. Vive un entendedor conde de Castrillo y no revienta un entendido marqués Carreto y pasa.

¿Pues cómo hacen para poder vivir, siendo tan cuerdos?

¿Cómo? Ver, oir y callar.

Yo no diría de esa suerte; sino ver, oir y reventar.

No dijera más Heráclito.

Ahora díme, ¿nunca se ha tratado de adobar el mundo?

Sí. Cada día lo tratan los necios.

¿Por qué necios?

Porque es tan imposible como concertar á Castilla y descomponer á Aragón. ¿Quién podrá recabar que unos no tengan nepotes y otros privados? Que los franceses no sean tiranos, los ingleses tan feos en el alma, cuan hermosos en el cuerpo, los españoles soberbios y los genoveses...

No hay que tratar. Yo me vuelvo á mi cueva y á mis fieras, pues no hay otro remedio.

Yo te le he de dar, dijo el Quirón, tan feliz como verdadero, si me escuchas en la Crisi siguiente.

CRISI VII

La fuente de los engaños.

Declararon todos los males al hombre por su enemigo común, no más de por tener él razón. Estando ya para darle la batalla, dicen que llegó al campo la Discordia, que venía, no del infierno como algunos pensaron, ni de los pabellones militares como otros creyeron; sino de casa de la hipócrita Ambición. En estando allí, hizo de las suyas.

Movió una reñida competencia sobre quién había de llevar la vanguardia, no queriendo ceder ningún vicio esta ventaja del valor y del valer. Pretendía la Gula, por primera pasión del hombre, que comienza á triunfar desde la cuna. La Lascivia llevábalo por valiente, jactándose de la más poderosa pasión, refiriendo sus victorias y favorecíanla muchos. La Codicia alegaba ser la raíz de todos los males. La Soberbia blasonaba su nobleza, haciéndose oriunda del cielo y ser el vicio más de hombres, cuando los demás son de bestias. La Ira lo tomaba fuertemente. De esta suerte peleaban entre sí y todo paraba en confusión.

Tomó la mano la Malicia y hízoles una pesadamente grave arenga. Encargóles sobre todo la unión, aquel ir encadenados todos y, tocando el punto de la dificultad, les dijo:

Esta bizarría del embestir, sabida cosa es que toca á mi hija primogénita la Mentira. ¿Quién dudó jamás de eso? Ella es la autora de toda maldad, fuente de todo vicio, madre del pecado, arpía que todo lo inficiona, Fitón que todo lo anda, hidra de muchas cabezas, Proteo de muchas formas, Centimano que á todas manos pelea, Caco que á todos desmiente, progenitora al fin del engaño, aquel poderoso rey, que abarca todo el mundo entre engañadores y engañados, unos de ignorancia y otros de malicia.

La Mentira, pues, con el Engaño embistan la incauta candidez del hombre, cuando mozo y cuando niño, valiéndose de sus invenciones, ardides, estratagemas, asechanzas, trazas, ficciones, embustes, enredos, embelecos, dolos, marañas, ilusiones, trampas, fraudes, falacias y todo género de italiano proceder: que de este modo, entrando los demás vicios por su orden, sin duda que tarde ó temprano, á la mocedad ó la vejez, se conseguirá la deseada victoria.

Cuánta verdad sea ésta confírmelo lo que les sucedió á Critilo y Andrenio, á poco rato que se habían despedido del sagaz Quirón. El cual, habiéndolos sacado de aquel confuso Babel, registro de todo el mundo, é introducídolos en el camino más derecho, volvióse á encaminar otros y ellos pasaron adelante en el peregrino viaje de su vida.

Iba muy consolado Andrenio con el único remedio que le dió para poder vivir y fué que mirase siempre al mundo, no como ni por donde le suelen mirar todos; Conde de Oñate. sino por donde el buen entendedor conde de Oñate, esto es al contrario de los demás, por la otra parte de lo que parece. Y con eso, como él anda al revés, el que le mira por aquí, le ve al derecho, entendiendo todas las cosas al contrario de lo que muestran.

Cuando vieres un presumido de sabio, cree que es un necio. Ten al rico por pobre de los verdaderos bienes. El que á todos manda es esclavo común. El grande de cuerpo no es muy hombre; el grueso, tiene poca sustancia. El que hace el sordo oye más de lo que querría. El que mira lindamente es ciego ó cegará. El que huele mucho huele mal á todos. El hablador no dice cosa. El que ríe regaña. El que murmura se condena. El que come más come menos. El que se burla tal vez se confiesa. El que dice mal de la mercadería la quiere. El que hace el simple sabe más. Al que nada le falta él se falta á sí mismo. El avaro, tanto le sirve lo que tiene, como lo que no tiene. El que gasta más razones tiene menos. El más sabio suele ser menos entendido. Darse buena vida es acabar. El que la ama la aborrece. El que te unta los cascos, ése te los quiebra; el que te hace fiestas, te ayuda. La necedad la hallarás de ordinario en los buenos pareceres. Saber discurrir. El muy derecho es tuerto. El mucho bien hace mal. El que excusa pasos da más. Por no perder un bocado se pierden ciento. El que gasta poco gasta doblado. El que te hace llorar te quiere bien. Y al fin, lo que uno afecta y quiere parecer, éso es menos.

De esta suerte iban discurriendo, cuando interrumpió su filosofar otro monstruo, aunque no lo extrañaron, porque en este mundo no se topa sino una monstruosidad tras otra. Venía hacia ellos una carroza, cosa bien rara en camino tan dificultoso, aunque tan derecho; pero ella era tan artificiosa y de tan enteras vueltas, que atropellaba toda dificultad. Las pías, que la tiraban, más remendadas que pías, eran dos serpientes y el cochero una vulpeja.

Preguntó Critilo si era carroza de Venecia; pero disimuló el cochero, haciendo del desentendido. Venía dentro un monstruo, digo, muchos en uno, porque ya era blanco, ya negro, ya mozo, ya viejo, ya pequeño, ya grande, ya hombre, ya mujer, ya persona, ya fiera, tanto, que dijo Critilo si sería éste el celebrado Proteo.

Luego que llegó á ellos, se apeó con más cortesías que un francés novicio, primera especie de engaño. Y con más cumplimientos que una despedida aragonesa, les dió la bienvenida, ofreciéndoles, de parte de su gran dueño su palacio, donde descansasen algunos días del trabajo de tan enfadoso camino.

Agradecidos ambos á tan anticipado favor, le preguntaron ¿quién era el tal señor, que sin conocerlo ni conocerlos, así los obligaba?

Es, dijo, un gran príncipe, que, si bien su señorío se extiende por toda la redondez de la tierra, aquí al principio del mundo, en esta primera entrada de la vida tiene su metrópoli. Es un gran rey y con toda propiedad monarca, pues tiene vasallos reyes, que son bien pocos los que no le rinden parias. Su reino es muy florido, donde, á más de que se premian las armas y se estiman las letras, Hacer parecer. quien quisiere entender de raíz la política, el modo, el artificio, curse esta corte: aquí le enseñarán el atajo para medrar y valer en el mundo, el arte de ganar voluntades y tener amigos y sobre todo el hacer parecer las cosas, que es el arte de las artes.

Picado el gusto, picábanle los pies á Andrenio por ir allá. No veía la hora de hallarse en una corte tan política. Y, obligado del agasajo, estaba ya dentro de la carroza, dando la mano á Critilo y estirándole á que entrase. Mas éste, como iba con pies de oro, volvió á informarse cómo se nombraba aquel príncipe. Que siendo tan grande, como decía, no podía dejar de tener gran nombre.

Muchos tiene, respondió el ministro, mudando á cada palabra su semblante. Nombres y renombres tiene y, aunque en cada provincia el suyo y para cada acción, pero el verdadero, el más propio, pocos le saben, porque muy pocos llegan á verle y menos á conocerle. Es príncipe de mucha autoridad; que no es de éstos de á docena en provincia. Guarda gran recato; no se permite así vulgarmente. Que consiste su mayor estimación en el retiro y en no ser descubierto. Al cabo de muchos años llegan algunos á verle y eso por gran ventura; que otros ni en toda su vida.

Ya en esto les había sacado del camino derecho y metido en otro muy intrincado y torcido. Cuando lo advirtió Critilo, comenzó á malearse; pero ya no era fácil volver atrás y desenredarse, asegurándoles la guía que aquél era el atajo de medrar, que le siguiesen, que él les ofrecía sacarlos á lucimiento, y que advirtiesen que casi todos los pasajeros echaban por allí.

No es eso lo mejor, dijo Critilo; antes lo trivial le hace sospechoso, y previno á Andrenio fuese muy sobre sí y doblase la cautela.

Llegaron ya á la gran fuente de la gran sed, tan nombrada, como deseada de todos los fatigados viandantes. Famosa por su artificio, injuria de Juanelo y célebre por la perennidad de sus líquidos cristales. Estaba en medio de un gran campo y aun no bastante para la mucha gente que concurría, solicitando alivio á tanta sed y fatiga. Veíase en aquella ocasión tan coronada de sedientos pasajeros, que parecía haberse juntado todo el mundo: que bien pocos de los mortales faltaban. Brollaba el agua por siete caños en gran abundancia; aunque no eran de oro, sino de hierro, circunstancia que la notó bien Critilo. Y más cuando vió que, en vez de grifos y leones, eran sierpes y eran canes. No había estanque donde el agua rebalsase, porque no sobraba gota, donde se desperdiciaban tantas, asegurando todos, cuantos la gustaban, era la más dulce que en su vida habían bebido. Y con este cebillo, sobre el cansancio, no cesaban de brindarse, hidrópicos de dulzura. Para la gente de cuenta, que siempre éstos son contados, había cálices de oro, que una agradable ninfa, tabernera de Babilonia, con extremada cortesía les ministraba y las más veces bailándoles el agua delante.

Aquí Andrenio, tan apretado de la sed, cuan obligado del agasajo, sin más reparo, se precipitó al agua. Poca pudo pasar, que le gritó Critilo:

¡Aguarda, espera! Mira primero si es agua.

¿Pues qué ha de ser?, replicó él.

Bien puede ser veneno, que aquí todo es de temer.

Agua veo yo que es y muy clara y bien risueña.

Esto, replicó Critilo, es lo peor: aun del agua clara ya no hay que fiar, pues con todo ese claro proceder adultera las cosas, representándolas mayores de lo que son y á veces más altas y otras las esconde en el profundo: ya ríe, ya murmura, que no hiciera más un áulico.

Déjame siquiera enjuagar, replicó Andrenio: que estoy que perezco.

No hagas tal, que el enjuagar siempre fué reclamo de beber.

¿Siquiera no podría bañarme estos ojos, limpiándome del polvo que me ciega y del sudor que me ensucia?

Ni aun eso. Créeme y remítete siempre á la experiencia, con enseñanza tuya y riesgo ajeno. Nota el efecto que hará en éstos, que ahora llegan. Míralos bien primero, antes que beban, y vuelve á reconocerlos después de haber bebido.

Llegaba en esto una gran tropa de pasajeros que, más sedientos que atentos, se lanzaron al agua. Comenzaron á bañarse lo primero y restregarse los ojos blandamente; pero ¡cosa rara é increíble! al mismo punto que les tocó el agua en ellos, se les trocaron, de modo que, siendo antes muy naturales y claros, se les volvieron de vidrio de todos colores.

Satisfecho. Á uno tan azules, que todo cuanto veía le parecía un cielo, que estaba en gloria: éste era un gran necio, que vivía muy satisfecho de sus cosas. Á otro se le volvieron cándidos, como la misma leche: todo cuanto veía le parecía bueno, sin género alguno de malicia. De nadie sospechaba mal y así todos le engañaban, todo lo abonaba y más si eran cosas de sus amigos: hombre más sencillo que un polaco.

Malicioso. Al contrario, á otro se le pusieron más amarillos que una hiel: ojos de suegra y cuñada. En todo hallaba dolo y reparo, todo lo echaba á la peor parte y, cuantos veía, juzgaba que eran malos y enfermos. Éste era uno más malicioso que juicioso.

Á otros se les volvían verdes, que todo se lo creían y esperaban conseguir: ojos ambiciosos. Los amartelados cegaban de todo punto y de ajenas legañas. Á muchos se les paraban sangrientos que parecían calabreses.

¡Cosa rara! que, aunque á algunos daba buena vista, veían bien y miraban mal: debían ser envidiosos. No sólo se les alteraban los ojos en orden á la calidad; sino á la cantidad y figura de los objetos y de suerte que á unos todas las cosas les parecían grandes y más las propias, á lo castellano; á otros todo les parecía poco, gente de malcontentar.

Había uno, que todas las cosas le parecían estar muy lejos, acullá cien leguas, y más los peligros, la misma muerte. Éste era un incauto. Al contrario, á otro le parecía, que todo lo tenía muy cerca y los mismos imposibles muy á mano. Todo lo facilitaba: pretendiente había de ser.

Confiado. Notable vista era la que les comunicaba á muchos, que todo les parecía reírseles y que todos les hacían fiestas y agasajos: condición de niños. Estaba uno muy contento, porque en todo hallaba hermosura, pareciéndole que veía ángeles: éste dijeron que era ó portugués ó nieto de Macías.

Hombre había, que en todo se veía á sí mismo: necio Antiferonte. Á otro se le equivocó la vista de modo, que veía lo que no miraba: bizco de intención y de voluntad torcida. Había ojos de amigos y ojos de enemigos muy diferentes; ojos de madre, que los escarabajos le parecían perlas, y ojos de madrastra, mirando siempre de mal ojo; ojos españoles, verdinegros, y azules los franceses.

Todos estos monstruosos efectos causó aquel venenoso licor en los que se lavaron con él; que en otros, que llegaron á tomarle en la boca y enjuagarse, ya obró más prodigiosas violencias, pues las lenguas, que antes eran de carne sólida y sustancial, las trocó en otras de bien extraordinarias materias. Lengua de seda. Unas de fuego, que abrasaban el mundo y otras de aguachirle, muy á la clara. Muchas de viento, que parecían fuelles en llenar las cabezas de mentiras, de soplos y de lisonjas. Algunas, que habían sido de seda, las volvía de bayeta y las de terciopelo en raso. Transformaba otras en lenguas de burlas, nada sustanciales y las más de borra, que se embarazaban mucho en decir lo que convenía. Á muchas mujeres las quitó del todo las lenguas; pero no el habla, que antes hablaban más, cuanto más deslenguadas.

Modos de hablar. Comenzó uno á hablar muy alto.

Éste, dijo Andrenio, español es.

No es sino un presuntuoso, dijo Critilo: que los que habían de hablar más quedo, hablan de ordinario más alto.

Así es, dijo uno, con una voz afeminada, que parecía francés y no era; sino un melindroso.

Salióle al encuentro otro, que parecía hablar entre boca de noche y todos creyeron era tudesco; mas él mismo dijo:

No soy sino uno de éstos que, por hablar culto, hablo á oscuras.

Ceceaba uno tanto, que hacía rechinar los dientes y todos convinieron en que era andaluz ó gitano. Otros se escuchaban y eran los que peor decían. Muy alborotado comenzó uno á inquietarlo todo y á revolver el mundo, sin saber él mismo por qué; sólo dijo que era su natural. Creyeron todos que era mallorquín; mas no era, sino un bárbaro furioso.

Hablaba uno y nadie le entendía: pasó plaza de vizcaíno; mas no lo era, sino uno que pedía. Perdió de todo punto la habla un otro, procurando darse á entender por señas y todos se reían de él.

Éste, sin duda, dijo Critilo, quiere decir la verdad y no acierta ó no se atreve.

Hablaban otros muy ronco y con voz muy baja.

Éstos, dijo, habían de ser del parlamento; pero no son sino del consejo de sí mismos.

Algunos hablaban gangoso; si bien no faltaba quien les entendía la ganga, tartamudeando los que negaban, los que ni bien decían de sí, ni bien de no. Muchos no hablaban seguido y muy pocos se mordían la lengua. Pronunciaban algunos como botijas á lo enfadado y más á lo enfadoso. Éstos entonado, aquéllos mirlado, especialmente cuando querían engañar.

Fué de modo, que ninguno quedó con su voz, ni buena ni verdadera. No había hombre, que hablase llanamente, igual, consiguiente y sin artificio; todos murmuraban, fingían, malsinaban, mentían, engañaban, chismeaban, injuriaban, blasfemaban y ofendían.

Desde aquí aseguran que á los franceses, que bebieron más que todos y les brindaron los italianos, les quedó el no hablar como escriben, ni el obrar lo que dicen: de modo, que es menester atenderles mucho á lo que pronuncian y escriben, entendiéndolo todo al revés.

Pero donde mostró su eficacia el licor pestilencial fué en aquellos que bebieron dél. Porque al mismo punto que le tragaron, ¡cosa lastimosa, pero cierta! todo el interior se les revolvió y mudó de suerte, que no les quedó aquella sustancia verdadera, que antes tenían; sino que quedaron llenos de aire, rebutidos de borra. Hombres de burla, todo mentira y embeleco.

Hombres de ahora. Los corazones se les volvieron de corcho, sin jugo de humanidad ni valor de personas; las entrañas se les endurecieron más que de pedernales; los sesos, de algodón, sin fondo de juicio; la sangre, agua, sin color ni calor; el pecho, de cera, no ya de acero; los nervios, de estopa, sin bríos; los pies, de plomo para lo bueno y de pluma para lo malo; las manos, de pez, que todo se les pega; las lenguas, de borra; los ojos, de papel. Y todos ellos engaño de engaños y todo vanidad.

Al desdichado Andrenio una sola gota, que tragó, que las demás se las hizo verter Critilo, le hizo tal operación, que quedó vacilando siempre en la virtud.

¿Qué te parece, le dijo Critilo? ¿Qué perennidad ésta de engaños? ¿Qué manantial de mentiras en el mundo? Mira que bueno hubieras quedado, si hubieras bebido á hartar, como hacen los más. Duque de Osuna. Príncipe de Condé. ¿Piensas tú que valen poco unos ojos claros, una lengua verdadera, un hombre sustancial, un duque de Osuna, una persona que lo sea, un príncipe de Condé? Créeme y estima el serlo, que es un prodigio de fénix.

¡Ay tal suceso!, decía Andrenio. ¿Quién tal creyera de una agua tan mansa?

Ésta es la peor.

¿Cómo se llama esta fuente? preguntó á unos y á otros. Y ninguno supo responderle.

No tiene nombre, dijo el Proteo: que en no ser conocida consiste su eficacia.

Pues llámese, dijo Critilo, la fuente de los engaños, donde el que una vez bebe, después todo se lo traga y todo lo trueca.

Quisiera volver atrás Critilo; mas no pudo ni vino en ello Andrenio. Necio con todos. Ya maleado, instando en pasar adelante el Proteo y diciendo: ¡Ea!, que más vale ser necio con todos, que cuerdo á solas.

Fuélos desviando, que no guiando, por unos prados amenos, donde se estaba dando verdes la juventud. Caminaban á la fresca de árboles frondosos, todos ellos descorazonados: gran señal de infructíferos. Divisábase ya la gran ciudad, por los humos: vulgar señal de habitación humana, en que todo se resuelve. Tenía extremada apariencia y mejor cuanto más de lejos era. Era increíble el concurso, que de todas las provincias y á todos tiempos acudían á aquel paradero de todos, levantando espesas nubes de polvo, que quitaban la vista.

Cuando llegaron á ella, hallaron que lo que parecía clara por fuera, era confusa por dentro. Ninguna calle había derecha ni despejada: modelo de laberintos y centro de minotauros. Fué á meter el pie el arrojado Andrenio y dióle un grito Critilo:

Abre los ojos primero, los interiores digo, y por que adviertas donde entras, mira.

Bajóse á tierra y, escarbando en ella, descubrió lazos y más lazos, de mil maneras, hasta de hilos de oro y de rubios cabellos. De suerte que todo el suelo estaba sembrado de trampas encubiertas.

Nota, le dijo, dónde y cómo entras, considera á cada paso que dieres dónde pones el pie y procura asentarlo. No te apartes un punto de mi lado, si no quieres perderte. Regla de vivir. Nada creas de cuanto te dijeren, nada concedas de cuanto te pidieren, nada hagas de cuanto te mandaren. Y en fe de esta lección, echemos por esta calle, que es la del callar y ver para vivir.

Eran todas las casas de oficiales; no se veía un labrador: gente que no sabe sentir. Vieron cruzar de una parte á otra muchos cuervos domésticos y muy hallados con sus amos. Extrañólo Andrenio y aun lo tuvo por mal agüero; mas díjole el Proteo:

No te espantes, que destas malas aves dijo una muy aguda necedad Pitágoras, prosiguiendo aquél su opinado disparate, de que Dios castigaba los malos en muerte, trasladando sus almas á los cuerpos de aquellos brutos, á quienes habían simbolizado en vida. Las de los crueles metía á tigres, las de los soberbios á leones, las de los deshonestos á jabalíes y así de todos. Oficiales. Dijo, pues, que las almas de los oficiales, especialmente aquellos que nos dejan en cueros, cuando nos visten, las daba á cuervos. Y, como siempre habían mentido, diciendo ¡mañana, señor, estará acabado, para mañana sin falta! ahora, prosiguiendo su misma canción, van repitiendo por castigo y por costumbre aquel su ¡cras, cras!, que nunca llega.

En lo más interior ya de la ciudad vieron muchos y grandes palacios, muy ostentosos y magníficos.

Aquel primero, les dijeron antes de preguntarlo, es de Salomón. Allí está embelesado entre más de trescientas mujeres, equivocándose entre el cielo y el infierno.

En aquella, que parece fortaleza y no es sino una casa bien flaca, mora Hércules, hilando con Onfale la camisa ó mortaja de su fama.

Acullá Sardanápalo, vestido de mujer y revestido de su flaqueza. Más hacia acá Marco Antonio, el desdichado, por más que le diga la buenaventura una gitana.

En aquel arruinado alcázar no vive, sino que acaba, el godo Rodrigo, desde cuyo tiempo quedaron fatales los condes para España. Aquella otra, la mitad de oro y la mitad de lodo amasado con sangre humana, es la casa áurea de Nerón, el extremado, comenzando por una prodigiosa clemencia y acabando en una portentosa crueldad. Acullá hace ruido el más cruel de los Pedros, que no sólo los dientes, pero todos los huesos está crujiendo de rabia.

Aquellos otros palacios se están fabricando ahora á toda priesa. No se sabe aún para quién son; aunque muchos se lo sospechan. Lo cierto es que se edifican para quien no edifica y estas obras son para los que no las hacen.

Este lado del mundo embarazan los engañados, les dijo uno vestido de verde; aquel otro lo ocupan los engañadores. Aquéllos se ríen de éstos y éstos de aquéllos, que al cabo del año ninguno queda deudor.

Engañados engañadores. Mostró grandes ganas Andrenio de pasar de la otra banda y verlo todo, no estando siempre entre los engañados; pero no topaban otro, que tiendas de mercaderes y muy á oscuras. Unas vendían borra y más borra, para hacer parecer, para suplir faltas, aun de las mismas personas. Otras, cartones para hacer figuras.

Había una llena de pieles de raposa y aseguraban eran más estimadas, que las martas cebellinas. Creyéronlo, cuando vieron entrar y salir en ella hombres famosos, como Temístocles y otros más modernos. Vestíanse muchos de ellas, á falta de pieles de león, que no se hallaban; pero los sagaces servíanse de ellas por aforro de los mismos armiños.

Vieron en una tienda gran cantidad de anteojos para no ver ó para que no viesen. Compraban muchos los señores, para los que los llevan acuestas, con que los tienen quietos y enfrenados. Las casadas los compraban, para que no se viesen sus antojos y hacer creer á los maridos se les antojan las cosas. También había para engrandecer y para multiplicar, de modo que había de viejos y de mozos, de hombres y de mujeres y éstos eran los más caros.

Toparon una tienda llena de corchos, para hacer personas y realmente, aunque se empinaban con ellos y parecían más de lo que eran, pero todo era poca sustancia. Lo que le contentó mucho á Andrenio fué una guantería:

¡Qué gran invención, dijo, ésta de los guantes! Para todo tiempo, contra el calor y contra el frío, defienden del sol y del aire; aunque no sea sino para dar qué hacer á algunos, que en todo el día no hacen otro, que calzárselos y descalzárselos.

Cazar con guantes. Sobre todo, dijo Critilo, para que á poca costa echen buen olor las personas; que de otra suerte cuesta mucho y tal vez un ojo de la cara.

¡Qué bien lo entendéis!, replicó el guantero. Si dijerais que sirven ya para envainar las uñas, que no les puedan mirar á las manos, eso sí. Ni falta quien se los calza para cazar.

¿Cómo puede ser eso, dijo Critilo, si el mismo refrán lo contradice?

No hagáis caso de eso, señor mío, que ya hasta los refranes mienten ó los desmienten. Lo que yo sé decir es que más monta ahora lo que se da para guantes, que en otro tiempo para un vestido.

Dadme acá uno solo, dijo Critilo, que yo quiero asentarlo.

Después de haber pasado las calles de la Hipocresía, de la Ostentación y Artificio, llegaron ya á la plaza Mayor, que era la de palacio, porque estuviesen en su centro.

Era espacioso y nada proporcionado ni estaba á escuadra; todo ángulos y traveses, sin perspectiva ni igualdad. Todas sus puertas eran falsas y ninguna patente. Muchas torres, más que en Babilonia y muy airosas. Las ventanas verdes, color alegre, por lo que promete, y el que más engaña.

Aquí vivía ó aquí yacía aquel tan grande como escondido monarca, que muy entretenido asistía estos días á unas fiestas, dedicadas á engañar el pueblo, no dejándole lugar para discurrir en cosas mayores.

Estaba el príncipe viéndolas bajo celosía, ceremonia inviolable y más este día, que hubo unos juegos de mano, obra de gran sutileza, muy de su gusto y genio: toda tropelía.

Estaba la plaza hecha un gran corral del vulgo, enjambre de moscas en el zumbido y en sentarse en la basura de las costumbres, engordando con lo podrido y hediondo de las morales llagas.

Á tan mecánico aplauso, subió en puesto superior, más descarado que autorizado, cuales suelen ser todos los que sobresalen en las plazas, un elocuentísimo embustero, que después de una bien paloteada arenga, comenzó á hacer notables prestigios, maravillosas sutilezas, teniendo toda aquella innumerable vulgaridad embobada.

Entre otras burlas bien notables, les hacía abrir las bocas y aseguraba les metía en ellas cosas muy dulces y confitadas. Y ellos se lo tragaban. Pero luego les hacía echar cosas asquerosísimas, inmundicias horribles, con gran desaire de ellos y risa de todos los circunstantes. El mismo charlatán daba á entender que comía algodón muy blanco y fino; mas luego, abriendo la boca, lanzaba por ella espeso humo, fuego y más fuego, que aterraba. Tragaba otras veces papel y luego iba sacando muchas cintas de seda, listones de resplandor: y todo era embeleco, como se usa.

Gustó mucho á Andrenio y comenzó á solemnizarlo.

Basta, dijo Critilo; que tú también te pagas de las burlas, no distinguiendo lo falso de lo verdadero.

¿Quién piensas tú que es este valiente embustero? Éste es un falso político, llamado el Maquiavelo, que quiere dar á beber sus falsos aforismos á los ignorantes. Maquiavelistas. ¿No ves cómo ellos se los tragan, pareciéndoles muy plausibles y verdaderos? Y bien examinados, no son otro que una confitada inmundicia de vicios y de pecados. Razones, no de estado, sino de establo. Parece que tiene candidez en sus labios, pureza en su lengua y arroja fuego infernal, que abrasa las costumbres y quema las repúblicas. Aquéllas, que parecen cintas de seda, son las políticas leyes, con que ata las manos á la virtud y las suelta al vicio. Éste es el papel del libro que publica y el que masca: todo falsedad y apariencia, con que tiene embelesados á tantos y tontos. Créeme que aquí todo es engaño; mejor sería desenredarnos presto de él.

Mas Andrenio apelóse al entretenimiento del otro día, que lo publicaron de mucho deporte.

No bien amaneció, que allí aun el día nunca es claro, cuando se vió ocupada toda la plaza de un gran concurso de gente, con que no faltó quien dijo estaba de bote en bote vacía. La fiesta era una farsa con muchas tramoyas y apariencias: célebre espectáculo en medio de aquel gran teatro de todo el mundo. No faltó Andrenio de los primeros para su gusto ni Critilo para su provecho. En vez de la música, ensaladilla del gusto, se oyeron pucheros y, en lugar de los acordes instrumentos y voces regaladas, se oyeron lloros y, al cabo de ellos, si se acaban, salió un hombrecillo, digo que comenzaba á ser hombre. Conocióse luego ser extranjero en lo desarrapado.

Apenas se enjugó las lágrimas, cuando se adelantó á recibirle un grande cortesano, haciéndose muy amigo, dándole la bienvenida. Ofrecióle largamente cuanto pudiera el otro desear en tierra ajena y él no cumplir en la propia, con tal sobra de palabras, que el extranjero se prometió las obras. Convidóle lo primero á su casa, que se veía allí á un lado, tan llena de tramoyas, cuan vacía de realidades. Comenzó á franquearle riquezas en galas, que era de lo que él más necesitaba, por venir desnudo; pero con tal artificio, que lo que con una mano le daba, con la otra se lo quitaba, con increíble presteza. Calábase un sombrero, coronado de diamantes, y prontamente arrojaban un anzuelo, sin saber cómo ni por dónde y pescábanselo con sobrada cortesía. Lo mismo hicieron de la capa, dejándole gentilhombre. Poníale delante una riquísima joya; mas luego con gran destreza se la barajaba, suponiéndole otra falsa, que era tirarle piedras. Estrenábale una gala muy costosa y, en un cerrar y abrir de ojos, se convertía en una triste mortaja, dejándole en blanco.

Y todo esto con grande risa y entretenimiento de los presentes: que todos gustan de ver el ajeno engaño, faltándoles el conocimiento para el propio. Ni advertían que, mientras estaban embelesados, mirando lo que al otro le pasaba, les saqueaban á ellos las faltriqueras y tal vez las mismas capas. De suerte que al cabo, el mirado y los que miraban, todos quedaban iguales, pues quedaban todos desnudos en la calle y aun en la misma tierra.

Salió en esto otro agasajador y, aunque más humano, hechura del primero. Parecía del buen gusto y así le dijo tratase de emplearlo. Mandó parar la mesa á quien nunca para. Sacaron muchos platos; aunque los más comen sin plato. Arrastraron sillas y al punto que el convidado fué á sentarse en una, que no debiera tomarlo tan de asiento, falseóle á lo mejor y, al caer él, se levantó la risa en todo el teatro. Acudió compasiva una mujer y por lo joven muy robusta y, ayudándole á levantar, le dijo se afirmase en su rollizo brazo. Con esto pudo proseguir, si no hallara falsificada la vianda.

Porque al descoronar la empanada, hallaba sólo el eco y del pernil el nihil. Las aves sólo tenían el nombre de perdigones, todo crudo y sin sustancia. Al caer se quebró el salero, con que faltó la sazón y el agüero no. El pan, que parecía de flor, era con piedras, que aún no tenía salvados. Vida tragedia. Las frutas de Sodoma, sin fruto. Sirviéronle la copa de todas maneras penada, y tanto, que más fué papar viento que beber vino, que fué. En vez de música, era la vaya que le daban.

Á lo mejor del banquete, cansóse ó quiso cansarse el falso arrimo; al fin, por lo femenil, flaco y falso. Dejóle caer y contó al revés todas las gradas, hasta llegar á tierra y llenarse de lodo. Ninguno de cuantos asistían se comidió á ayudarle. Miró él á todas partes, por si alguno se compadecía y vió cerca un viejo cano. Rogóle que, pues no era hombre de burlas, como lo prometía su madurez, quisiese darle la mano. Respondióle que sí y aun le llevaría en hombros. Ejecutólo oficioso; mas él se hacía cojo, cuando no volaba, y no menos falso que los demás.

Á pocos pasos tropezó en su misma muleta, con que cayó en una encubierta trampa de flores y verduras, gran parte de la fiesta. Aquí lo dejó caer, cogiéndole de vuelo la ropa, que le había quedado; allí se hundió, donde nunca más fué visto ni oído, pereciendo su memoria con sonido, pues se levantó la grita de todo aquel mecánico teatro. Hasta Andrenio dando palmadas solemnizaba la burla de los unos y la necedad del otro.

Volvióse hacia Critilo y hallóle, que no sólo no reía, como los demás; pero estaba sollozando.

¿Qué tienes?, le dijo Andrenio. ¿Es posible que siempre has de ir al revés de los demás? ¿Cuando los otros ríen, tú lloras y cuando todos se huelgan, tú suspiras?

Así es, dijo él. Para mí ésta no ha sido fiesta, sino duelo; tormento, que no deporte. Y si tú llegases á entender lo que es esto, yo aseguro me acompañarías en el llanto.

¿Pues qué es esto, replicó Andrenio, sino un necio, que siendo extranjero, se fía de todos y todos le engañan, dándole el pago que merece su indiscreta facilidad?

De eso, yo más quiero reir con Demócrito, que llorar con Heráclito.

Y díme, le replicó Critilo, ¿y si fueses tú ese de quien te ríes? ¿Qué dirías?

¿Yo? ¿De qué suerte? ¿Cómo puedo ser él, si estoy aquí vivo y sano y no tan necio?

Ése es el mayor engaño, ponderó Critilo. Sabe, pues, que aquel desdichado extranjero es el hombre de todos y todos somos él. Entra en este teatro de tragedias llorando. Comiénzanle á cantar y encantar con falsedades. Desnudo llega y desnudo sale, que nada saca, después de haber servido á tan ruines amos.

Recíbele aquel primer embustero, que es el mundo. Ofrécele mucho y nada cumple. Dale lo que á otros quita, para volvérselo á tomar, con tal presteza, que lo que con una mano le presenta, con la otra se lo ausenta y todo para en nada. Aquel otro, que le convida á holgarse, es el gusto, tan falso en sus deleites, cuan cierto en sus pesares. Su comida es sin sustancia y su bebida venenos. Á lo mejor falta el fundamento de la verdad y da con todo en tierra. Llega la salud, que, cuando más se asegura, más le miente. Aquéllos, que le dan priesa, son los males. Las penas le dan vaya y gritan los dolores: vil canalla toda de la fortuna.

Finalmente, aquel viejo, peor que todos, de malicia envejecida, es el tiempo, que le da el traspié y le arroja en la sepultura, donde le deja muerto, solo, desnudo y olvidado.

De suerte que, si bien se nota, todo cuanto hay, se burla del miserable hombre: el mundo le engaña, la vida le miente, la fortuna le burla, la salud le falta, la edad se pasa, el mal le da priesa, el bien se le ausenta, los años huyen, los contentos no llegan, el tiempo vuela, la vida se acaba, la muerte le coge, la sepultura le traga, la tierra le cubre, la pudrición le deshace, el olvido le aniquila y el que ayer fué hombre hoy es polvo y mañana nada.

Pero ¿hasta cuándo, perdidos, habemos de estar perdiendo el precioso tiempo? Volvamos ya á nuestro camino derecho; que aquí, según veo, no hay que aguardar sino un engaño tras otro engaño.

Mas Andrenio, hechizado de la vanidad, había hallado gran cabida en palacio. Entraba y salía en él, idolatrando en la fantástica grandeza de un rey, sin nada de realidad. Estaba más embelesado, cuando más embelecado. Vendíanle los favores, hasta la memoria, con que llegó á prometerse una fortuna extraordinaria. Hacía vivas instancias por verle y besarle los pies, que aun no tenía. Ofreciéronle que sí una tarde, que sin llegar siempre lo fué.

Volvió Critilo á proponer las conveniencias de su ida, ya persuadiendo y ya rogando. Túvole finalmente, si no convencido, enfadado, de tanto ¡sin falta! con tantos. Llegaron ya á la puerta de la ciudad, con resolución de dejarla; ¡mas oh desdicha continuada! hallaron guardas en ella, que á nadie dejaban salir y á todos entrar. Con esto hubieron de volver atrás, Critilo apesarado de su poca suerte y Andrenio arrepentido de arrepentido. Volvió de nuevo á su necedad en pretensiones. Iba y venía á palacio. Y aunque para cada día había su excusa, nunca el cumplimiento ni el desengaño. No cesaba Critilo de pensar en su remedio; pero el extraordinario modo como lo consiguió, diremos adelante, entretanto se da noticia de las maravillas de la celebrada Artemia.

CRISI VIII

Las maravillas de Artemia.

Buen ánimo contra la inconstante fortuna, buena naturaleza contra la rigurosa ley, buen arte contra la imperfecta naturaleza y buen entendimiento para todo. Es el arte complemento de la naturaleza y un otro segundo ser, que por extremo la hermosea y aun pretende excederla en sus obras. Préciase de haber añadido un otro mundo artificial al primero. Suple de ordinario los descuidos de la naturaleza, perfeccionándola en todo; que sin este socorro del artificio, quedara inculta y grosera.

Éste fué sin duda el empleo del hombre en el paraíso, cuando le revistió el Criador la presidencia de todo el mundo y la asistencia en aquél, para que lo cultivase: esto es, que con el arte lo aliñase y puliese. De suerte que es el artificio gala de lo natural, realce de su llaneza. Obra siempre milagros. Y si de un páramo puede hacer un paraíso ¿qué no obrará en el ánimo, cuando las buenas artes emprenden su cultura? Pruébelo la romana juventud y más de cerca nuestro Andrenio, aunque por ahora tan ofuscado en aquella corte de confusiones cuya libertad solicitaron los desvelos de Critilo con la felicidad que veremos.

Érase una gran reina, muy celebrada por sus prodigiosos hechos, confinante con este primer rey y por el consiguiente tan contraria suya, que de ordinario traían guerra declarada y muy sangrienta. Llamábase aquélla, que no niega su nombre ni sus hechos, la sabia y discreta Artemia, muy nombrada en todos siglos, por sus muchas y raras maravillas. Si bien se hablaba de ella con gran variedad. Duque del Infantado. Porque, aunque los entendidos sentían y entre ellos el primero el tan valeroso, como discreto duque del Infantado, de sus acciones, como quien ellos son y ella merece; pero lo común era decir ser una valiente maga, una grande hechicera; aunque más admirable que espantosa.

Muy diferente de la otra Circe, pues no convertía los hombres en bestias; sino al contrario, las fieras en hombres. No encantaba las personas; antes las desencantaba: de los brutos hacía hombres de razón.

Y había quien aseguraba haber visto entrar en su casa un estólido jumento y, dentro de cuatro días, salir hecho persona. De un topo hacer un lince era fácil para ella. Convertía los cuervos en cándidas palomas, que era ya más dificultoso, así como hacer parecer leones las mismas liebres y águilas los tagarotes. De un buho hacía un jilguero. Entregábanle un caballo y, cuando salía de sus manos, no le faltaba sino hablar. Y aun dicen que realmente enseñaba á hablar á las bestias; pero mucho mejor á callar, que no era poco recabarlo dellas.

Daba vida á las estatuas y alma á las pinturas. Hacía de todo género de figuras y figurillas, personas de sustancia. Hombres muy hombres. Y lo que más admiraba: de los titibilicios, cascabeles y esquiroles hacía hombres de asiento y muy de propósito y á los chisgarabises infundía gravedad. De una personilla hacía un gigante y convertía las monterías en madureces. De un hombre de burlas formaba un Catón severo. Hacía medrar un enano en pocos días, que llegaba á ser un Tifeo.

Los mismos títeres convertía en hombres sustanciales y de fondo, que no hiciera más la misma prudencia. Los ciegos del todo transformaba en Argos y hacía que los interesados no fuesen los postreros en saber las cosas. Los dominguillos de borra, los hombrecillos de paja convertía en hombres de veras. Á las víboras ponzoñosas, no sólo las quitaba todo el veneno; pero hacía triaca muy saludable dellas.

En las personas ejercitaba su saber y su poder con más admiración, cuanto era mayor la dificultad. Porque á los más incapaces infundía saber, que casi no ha dejado bobos en el mundo y, sí algunos maliciosos. Daba no sólo memoria á los entronizados; pero entendimiento á los infelices. Duque de Alburquerque. De un loco declarado hacía un Séneca y de un hijo de vecino, un gran ministro; de un alfeñique, un capitán general, tan valiente como un duque de Alburquerque; y de un osado mozo, un virrey excelentísimo del mismo Nápoles; de un pigmeo un gigantón de las Indias. De unos horribles monstruos hacía ángeles, cosa que estimaban mucho las mujeres.

Viéronla á veces de repente hacer de un páramo un pensil y que prendían los árboles, donde no prendieran las varas mismas. Dondequiera que ponía el pie formaba luego una corte y una ciudad tan culta, como la misma Florencia. Ni le era imposible erigir una triunfante Roma. Desta suerte y á esta traza contaban della, que no acababan, cosas tan maravillosas como plausibles.

Llegó esta noticia al no sordo Critilo, cuando más desahuciado estaba. Informóse muy por menudo de quién era Artemia, dónde y cómo reinaba y concibió al punto que en hablarla consistía su remedio. No pudo recabar de Andrenio, ni con ruegos ni razones, que le siguiese. Y así él, después de haber velado sobre el caso, trazó huirse y no tuvo tanta dificultad, como imaginaba. Que en este orden de cosas el que quiere, puede. Rompió con todo, que es el único medio y saltó por el portillo de dar en la cuenta: aquél que todos cuantos abren los ojos le hallan.

Salió al fin tan dichoso, como contento. Y ya libre, metióse en camino para la corte de la deseada Artemia, á consultarla el rescate de su amigo, que llevaba más atravesado en su corazón, cuanto más dél se apartaba. Encontró por el camino muchos, que también iban allá: unos por curiosidad y otros por su provecho, que eran más cuerdos.

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