PRIMERA PARTE (continued 4)
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Asiéndole de la mano, se fueron pareados á casa de la Fortuna. Saludóla con todo el cumplimiento que él suele y encandilóla tan bien, que fué menester poco para una ciega. Ofreciósele por mozo de guía, representándole su necesidad y las muchas conveniencias. Abonóle el hijuelo de fiel y de entendido, pues sabe muchos puntos más que el diablo su discípulo. Sobre todo, que no quería otra paga, sino sus venturas. Y no se engañaba, que no hay renta, como la puerta falsa de la ambición. Calidades eran todas muy á cuento, si no muy á propósito, para mozo de ciego, y así le admitió la Fortuna en su casa, que es todo el mundo.
Mozo de la Fortuna. Comenzó al mismo instante á revolverlo todo, sin dejar cosa en su lugar ni aun tiempo. Guíala siempre al revés. Si ella quiere ir á casa de un virtuoso, él la lleva á la de un malo y otro peor. Cuando había de correr, la detiene y, cuando había de ir con tiento, vuela. Barájale las acciones, trueca todo cuanto da. El bien que ella quería dar al sabio, hace lo dé al ignorante; el favor que va á hacer al valiente, lo encamina al cobarde. Equivócale las manos cada punto, para que reparta las felicidades y desdichas, en quien no las merece. Incítala á que esgrima el palo sin sazón y á tontas y á ciegas la hace sacudir palos de ciego en los buenos y virtuosos. Pega un revés de pobreza al hombre más entendido y da la mano á un embustero, que por eso están hoy tan validos.
Don Baltasar de Zúñiga. ¡Qué de golpes la ha hecho errar! Acabó de uno con un don Baltasar de Zúñiga, cuando había de comenzar á vivir. Acabó con un duque del Infantado, un marqués de Aitona y otros semejantes, cuando más era menester. Dió un revés de pobreza á un don Luis de Góngora, á un Agustín de Barbosa y otros hombres eminentes, cuando debiera hacerlos muchas mercedes. Erró el golpe también y escusábase el bellacón, diciendo:
Vinieran éstos en tiempo de un León X, de un rey Francisco de Francia, que éste no es su siglo.
¡Qué disfavores no hizo á un marqués de Torrecuso! Y jactábase dello, diciendo:
¿Qué hiciéramos sin guerra? Ya estuviera olvidada.
Don Martín de Aragón. También fué errar el golpe darle un balazo á don Martín de Aragón, conociéndose bien presto su falta.
Iba á dar la Fortuna un capelo á un Azpilqueta Navarro, que hubiera honrado el Sacro Colegio; mas pególa en la mano un tal golpazo, que lo echó en tierra, acudiendo á recogerlo un clerizonte. Y riéndose el picarón, decía:
¡Eh! que no pudiéramos vivir con estos tales. Bástales su fama. Éstos otros sí, que lo reciben humildes y lo pagan agradecidos.
España. Fué á dar á la monarquía de España muchas felicidades, por verla tan católica, como había hecho siempre, dándole las Indias y otros muchos reinos y victorias y el belitre la dió tal encontrón, que saltaron acullá á Francia, con espanto de todo el mundo. Él se escusaba con decir que se había acabado ya la semilla de los cuerdos en España y de los temerarios en Francia. Venecia. Y por desmentir el odio, que le acumulaba ya su malicia, dió algunas victorias á la república de Venecia contra el poder otomano y sola sin Liga, cosa que ha admirado al mundo, escusándose con el tiempo, Casa otomana. que se cansa ya de llevar á cuestas la felicidad otomana, más á fuerza, que de industria.
Desta suerte fué barajando todas las cosas y casos, tanto, que así las dichas como las desdichas se hallaban en los que menos las merecían.
Llegando ya á ejecutar su primer intento, observó allá á la noche, cuando la Fortuna desnudaba sus dos hijos, que de nadie los fiaba, donde ponía los vestidos de cada uno, que eso siempre era con cuidado, en diferentes puestos, porque no se confundiesen. Acudió, pues, el Engaño y, sin ser sentido, trocó los vestidos, mudó los del bien al puesto del mal y los del mal al del bien. Á la mañana la Fortuna, tan descuidada como ciega, vistió á la Virtud el vaquerillo de las espinas, sin más reparar. Y al contrario, el de las flores púsoselo al Vicio, con que quedó éste muy galán. Y ¡él que se ayudó con afeites del Engaño!
No había quien lo conociese. Todos se iban tras él. Metíanle en sus casas, creyendo llevaban el Bien. Algunos lo advirtieron á costa de la experiencia y dijéronlo á los otros. Pocos lo creyeron y, como le veían tan agradable y florido, prosiguieron en su engaño.
Principios del vicio. Desde aquel día la Virtud y la Maldad andan trocadas y todo el mundo engañado ó engañándose: los que abrazan la maldad por aquel cebillo del deleite, hállanse después burlados, dan tarde en la cuenta y dicen arrepentidos: No está aquí el verdadero bien, éste es el mal de los males. ¿Luego errado habemos el camino? Fines de la virtud. Al contrario, los que desengañados apechugan con la virtud, aunque al principio les parece áspera y sembrada de espinas, pero al fin hallan el verdadero contento y alégranse de tener tanto bien en sus conciencias.
Cargos cargas. ¡Qué florida le parece á éste la hermosura y qué lastimado queda después con mil achaques! ¡Qué lozana al otro la mocedad!; ¡pero cuán presto se marchita! ¡Qué plausible se le representa al ambicioso la dignidad! Vestido viene el cargo de estimación; ¡mas qué pesado le halla después, que le abruma so la carga! ¡Qué gustosa imagina el sanguinario la venganza! ¡Cómo se relame en la sangre del enemigo! Y después, si le dejan, toda la vida anda basqueando lo que los agraviados no pueden digerir. Hasta el agua hurtada es más sabrosa. Chupa la sangre del pobrecillo el ricazo de rapiña; mas después ¡con qué violencia la trueca al restituirla! Dígalo la madre del milano.
Gota grita. Traga el glotón exquisitos manjares, saboréase con los preciosos vinos y después, ¡cómo lo grita en la gota! No pierde el deshonesto coyuntura en su bestial deleite y págalo con dolor de todas las de su flaco cuerpo. Abraza espinas en riquezas el avaro, pues no le dejan morir y, sin poderlas gozar, deja en ellas lastimado el corazón.
Todos éstos pensaron traer á su casa el Bien, vestido del gusto; y de verdad, que no es sino el Mal solapado; no el contento, sino el tormento, también merecido de su engaño. Pero al contrario, ¡qué dificultosa y cuesta arriba se le hace al otro la virtud!, y después, ¡qué satisfacción la de la buena conciencia! ¡Qué horror el de la abstinencia y en ella consiste la salud del cuerpo y alma! Intolerable se le representa la continencia y en ella se halla el contento verdadero, la vida, la salud y la libertad.
El que se contenta con una medianía, tranquilo vive. El manso de corazón, posee la tierra. Desabrido se le propone el perdón del enemigo; pero ¡qué paz se le sigue y qué honra se consigue! ¡Qué frutos tan dulces se cogen de la raíz amarga de la mortificación! Melancólico parece el silencio; mas al sabio nunca le pesó de haber callado.
De suerte que desde entonces la Virtud anda vestida de espinas por fuera y de flores por dentro. Al contrario del Vicio. Conozcámoslos y abracémonos con aquélla, á pesar del engaño tan común cuan vulgar.
Á vistas estaba ya de la corte y mirando Andrenio á Madrid con fruición grande preguntóle el Sabio:
¿Qué ves en cuanto miras?
Veo, dijo él, una real madre de tantas naciones, una corona de dos mundos, un centro de tantos reinos, un joyel de entrambas Indias, un nido del mismo fénix y una esfera del sol católico, coronado de prendas en rayos y de blasones en luces.
Pues yo veo, dijo Critilo, una Babilonia de confusiones, una Lutecia de inmundicias, una Roma de mutaciones, un Palermo de volcanes, una Constantinopla de nieblas, un Londres de pestilencias y un Argel de cautiverios.
Madrid madre, madrastra. Yo veo, dijo el Sabio, á Madrid, madre de todo lo bueno, mirada por una parte, y madrastra por la otra. Que así como á la corte acuden todas las perfecciones del mundo, mucho más todos los vicios, pues los que vienen á ella nunca traen lo bueno, sino lo malo de sus patrias. Aquí yo no entro, aunque se diga que me volví del puente Milvio.
Y con esto despidióse. Fueron entrando Critilo y Andrenio, como instruídos, por la espaciosa calle de Toledo. Toparon luego una de aquellas tiendas donde se feria el saber. Encaminóse Critilo á ella y pidió al librero si tendría un Ovillo de oro que venderle. No le entendió, que leer los libros por los títulos no hace entendidos. Pero sí un otro, que allí estaba de asiento, graduado cortesano por años y suficiencia:
¡Eh!, que no piden, le dijo, sino una aguja de marear en este golfo de Circe.
Menos lo entiendo ahora, respondió el librero. Aquí no se vende oro ni plata; sino libros, que son mucho más preciosos.
Esto, pues, buscamos, dijo Critilo, y entre ellos alguno, que nos dé avisos para no perdernos en este laberinto cortesano.
Libros libres. De suerte, señores, que ¿ahora llegáis nuevos? Pues aquí os tengo este librillo, no tomo sino átomo; pero que os guiará al norte de la misma felicidad.
Ésa buscamos.
Aquí la tenéis. Á éste le he visto yo hacer prodigios, porque es arte de ser personas y de tratar con ellas.
Tomóle Critilo. Leyó el título que decía:
El Galateo Cortesano.
¿Qué vale?, preguntó.
Señor, respondió el librero, no tiene precio. Mucho le vale al que le lleva. Estos libros no los vendemos; sino que los empeñamos por un par de reales, que no hay bastante oro ni plata para apreciarlos.
Oyendo esto el cortesano, dió una tan descompuesta risada, que causó no poca admiración á Critilo y mucho enfado al librero, y preguntóle la causa.
Porque es digno de risa lo que decís, respondió él, y cuanto este libro enseña.
Ya veo yo, dijo el librero, que El Galateo no es más que la cartilla del arte de ser personas y que no enseña más del a, b, c; pero no se puede negar que sea un brinquiño de oro, tan plausible como importante. Y aunque pequeño, hace grandes hombres, pues enseña á serlo.
Galateo al revés. Lo que menos hace es eso, replicó el cortesano. Este libro, dijo tomándole en las manos, aún valdría algo, si se practicase todo al revés de lo que enseña. En aquel buen tiempo, cuando los hombres lo eran, digo buenos hombres, fueran admirables estas reglas; pero ahora en los tiempos que alcanzamos no valen cosa. Todas las lecciones, que aquí encarga, eran del tiempo de las ballestas; mas ahora, que es el de las gafas, creedme que no aprovechan. Y para que os desengañéis, oid esta de las primeras.
Dice, pues, que el discreto cortesano, cuando esté hablando con alguno, no le mire al rostro y mucho menos de hito en hito, como si viese misterios en los ojos.
Mirad qué buena regla ésta para estos tiempos, cuando no están ya las lenguas asidas al corazón. ¿Pues dónde le ha de mirar? ¿Al pecho?
Eso fuera, si tuviera en él la ventanilla, que deseaba Momo.
Si, aun mirándole á la cara que hace, al semblante que muda, no puede el más atento sacar traslado del interior, ¿qué sería, si no le mirase?
Mírele y remírele y de hito en hito y aun plegue á Dios que dé en el hito de la intención y crea que ve misterios. Léale el alma en el semblante. Note si muda colores, si arquea las cejas. Brujuléele el corazón. Esta regla, como digo, quédese para aquella cortesía del buen tiempo, si ya no la entiende algún discreto por activa, procurando conseguir aquella inestimable felicidad de no tener que mirar á otro á la cara.
Oid esta otra, que me da gran gusto siempre que la leo. Pondera el autor que es una bárbara asquerosidad, después de haberse sonado las narices, ponerse á mirar en el lienzo la inmundicia, como si echasen perlas ó diamantes del cerebro.
Pues esa, señor mío, dijo Critilo, es una advertencia tan cortesana, cuan precisa, si ya no prolija; mas para la necedad nunca sobran avisos.
No, replicó el cortesano: no lo entendéis. Perdóneme el autor y enseñe todo lo contrario. Diga, que sí, que miren todos y vean lo que son en lo que echan. Advierta el otro presumido de bachiller y conózcase que es un rapaz mocoso, que aún no discurre ni sabe su mano derecha: no se desvanezca. Entienda el otro, que se estima de nasudo y de sagaz, que no son sentencias ni sutilezas las que piensa; sino crasicies, que destila del alambique de su nariz aguileña. Persuádase la otra linda que no es tan ángel como la mienten ni es ámbar lo que alienta; sino que es un albañal afeitado. Desengáñese Alejandro que no es hijo de Júpiter; sino de la pudrición y nieto de la nada. Sonado mocoso. Entienda todo divino que es muy humano y todo desvanecido que, por más viento que tenga en la cabeza y por más humo, todo viene á resolverse en asco y, cuando más sonado, más mocoso. ¡Eh!, conozcamos todos y entendamos que somos unos sacos de hediondez: cuando niños, mocos; cuando viejos, flemas; y cuando hombres, apostemas.
Esta otra, que se sigue, es totalmente superflua. Dice que por ningún caso el cortesano, estando con otros, se saque la cera de los oídos ni la esté retorciendo con los dedos, como quien hace fideos. Pregunto, señores: ¿quién hay que pueda hacer esto? ¿Á quién han dejado ya cera en los oídos unos y otras, aquéllos y éstas; cuanto menos, que sobre para hacer fideos? Mas sin cera está la era. Lo que él había de encargar es que no nos la sacasen tanto embestidor, tanta harpía, tanto agarrador, tanto escribano y otros que callo.
Pero con la que yo estoy muy mal, es con aquella otra, que enseña que es grande vulgaridad, estando en un corrillo ó conversación, sacar las tijerillas del estuche y ponerse muy de propósito á cortar las uñas. Ésta la tengo por muy perniciosa doctrina, porque á más de que ellos se tienen buen cuidado de no cortárselas ni aun en secreto, cuanto menos en público, fuera mejor que mandara se las cortaran delante de todo el mundo, Señor almirante. como hizo el almirante en Nápoles, pues todo él está escandalizado de ver algunos cuán largas las tienen. ¡Sí!, ¡sí señor! Saquen tijeras, aunque sean de tundir; mas no de trasquilar. Y córtense estas uñas de rapiña y atúsenlas hasta las mismas manos, cuando las tienen tan largas.
Algunos hombres hay caritativos, que suelen acudir á los hospitales á cortarles las uñas á los pobres enfermos. ¡Gran caridad es por cierto! Pero no fuera malo ir á las casas de los ricos y cortarles aquellas uñas gavilanes, con que se hicieron hidalgos de rapiña y desnudaron á estos pobrecitos y los pusieron por puertas y aun los echaron en el hospital.
Tampoco tenía que encargar aquello de quitar el sombrero con tiempo. ¡Gran liberalidad de cortesía es ésta! No sólo quitan ya el sombrero, sino la capa y la ropilla, hasta la camisa, hasta el pellejo, pues desuellan al más hombre de bien y dicen que le hacen mucha cortesía. Guardan otros tanto esta regla, que se entran de gorra en todas sus partes. Á esta traza os aseguro que no hay regla con regla.
Cortesía engaño. Ésta, que leo aquí, es sin duda contra toda buena moralidad. Yo no sé cómo no la han prohibido. Dice que, cuando uno se pasea, no vaya con cuidado á no pisar las rayas ni atienda á poner el pie en medio, sino donde cayere.
¿No digo yo? ¡En lugar de aconsejar al cortesano que atienda mucho á no pisar la raya de la razón ni pasarla, que esté muy á la raya de la ley de Dios, que lo contrario es quemarse, y que no pase los límites de su estado, que por eso tantos han caído, que no pise la raya, sino el espacio, que eso es compasarse y medirse, que no alargue más el brazo ni el pie de lo que puede! Todo esto le aconsejaría yo: que mire dónde pone el pie y cómo lo asienta, vea dónde entra y dónde sale, pise firme siempre en el medio y no vaya por extremos, que son peligrosos en todo, y eso es andar bien.
¡Señor, que no vaya hablando consigo, que es necedad!
¿Pues con quién mejor puede hablar, que consigo mismo? ¿Qué amigo más fiel? Háblese á sí y dígase la verdad, que ningún otro se la dirá. Pregúntese y oiga lo que dice su conciencia, aconséjese bien, dé y tome consigo y crea que todos los demás le engañan y que ningún otro le guardará secreto, ni aun la camisa al rey don Pedro.
¡Que no pegue de golpes hablando, que es aporrear alma y cuerpo!
Dice bien, si el otro escucha; ¿pero si hace el sordo y á veces á lo que más importa? ¡Pues qué, si duerme! Menester es despertarle. Y hay algunos, que aun á mazadas no les entran las cosas ni se hacen capaces de la razón. ¿Qué ha de hacer un hombre, si no le entienden ni le atienden? Por fuerza ha de haber mazos en el hablar, ya que los hay en el entender.
¡Que no hable recio ni muy alto, que desdice de la gravedad!
¡Según con quien habla! Crea que no son buenas palabras de seda para orejas de buriel.
¡Pues qué otra ésta! Que no haga acciones con las manos, cuando habla, ni bracee, que parece que nada, ni saque el índice, que parece que pesca.
No fuera malo aquí distinguir de los que las tienen malas á los que buenas. Y las que se precian dellas, toman aquí el cielo con las manos. Con licencia deste autor, yo diría lo contrario, que haga y diga, no sea todo palabras, haya acción y ejecución también. Hable de veras. Si tiene buena mano, póngala en todo.
Dichos y hechos. Así como tiene algunas reglas superfluas, otras tiene muy frías, como lo es ésta: que no se acerque mucho, cuando hablare, ni salpique, que verdaderamente algunos poco atentos en esto, deberían avisar antes de abrir la boca y decir: ¡agua va!, para que se apartasen los oyentes ó se vistiesen los albornoces, porque de ordinario éstos hablan sin escampar.
Yo, señores, por más dañoso tengo el echar fuego por la boca, que agua, y más son los que arrojan llamas de malignidad, de murmuración, de cizaña, de torpeza y de escándalo. Harto peor es echar espumajos, sin decir primero: ¡cólera va!
Reprehenda el vomitar veneno, que ya niñería es el escupir. Poco mal puede hacer una rociada de perdigones. Dios nos libre de la bala rasa de la injuria, de la jara de una barrilla, de la bomba de una traición, de las picas en picones y de la artillería del artificio maldiciente.
También hay algunas muy ridículas, como aquella otra que, cuando hablare con alguno, no le esté pasando la mano por el pecho ni madurando los botones de la ropilla, hasta hacerlos caer á puro retorcerlos.
¡Eh, que sí; déjelos tomar el pulso en el pecho y dar un tiento al corazón! Déjelos examinar si palpita. Tienten también si tienen almilla en los botones, que hay hombres, que aun allí no la tienen. Tírenle de la manga al que se desmanda y de la faldilla al que se estira, porque no salga de sí.
Ésta, que se sigue, en ninguna república se practica ni aun en la de Venecia. Era del tiempo antiguo. ¡Que no coma á dos carrillos, que es una grande fealdad!
Veis aquí una lección, que las más lindas la practican menos; antes dicen que están más hermosas de la otra suerte y se les luce más.
Que no ría mucho ni muy alto, dando grandes risadas.
¡Ay tantas y tales monstruosidades en el mundo, que no basta ya reir debajo la nariz, aunque frescamente á su sombra!
Va otra semejante: que no coma con la boca cerrada. Por cierto, sí. ¡Qué buena regla ésta para este tiempo, cuando andan tantos á la sopa! Aun dese modo no está seguro el bocado, que nos lo quitan de la misma boca; ¿qué sería á boca abierta? No habría menester más el otro, que come y bebe de cortesía. Á más de que en ninguna ocasión importa tanto tenerla cerrada y con candados, que cuando se come y se bebe. Marqués de Espínola. Así lo observó el célebre marqués de Espínola, cuando le convidó á su mesa el atento Henrico.
Y para ser nimio y menudo de todas maneras, encarga ahora que su cortesano de ningún modo regüelde: que, aunque es salud, es grosería. Créame y déjelos que echen fuera el viento, de que están ahitos y más llenos, cuando más vacíos. ¡Ojalá acabaran de despedir de una vez todo el que tienen en aquellas cabezas! Que tengo para mí que por eso al que estornuda le ayuda Dios á echar el viento de su vanidad y le damos la norabuena. Conozcan en la hediondez del aliento cómo se gasta el aire, cuando no está en su lugar.
Sólo un consejo me contentó mucho de El Galateo y me pareció muy sustancial, para que se verifique aquel dicho común, que no hay libro sin algo bueno. Encarga, pues, por capital precepto y como el fundamento de toda su obra cortesana, que el galante Galateo procure tener los bienes de fortuna, para vivir con lucimiento, que sobre esta basa de oro le han de levantar la estatua de cortesía y discreción, galantería, despejo y todas las demás prendas de varón culto y perfecto; y advierta que, si fuere pobre, jamás será ni entendido ni cortés ni galante ni gustoso. Y esto es lo que yo siento de El Galateo.
Pues si ése no os contenta, dijo el librero, porque no instruye sino en la cortesía material, no da más de una capa de personas, una corteza de hombres, aquí está la juiciosa y grave instrucción del prudente Juan de Vega á su hijo, cuando le enviaba á la corte. Realzó esa misma instrucción, Conde de Portalegre. que no la comentó muy á lo señor y portugués, que es cuanto decir se puede, el conde de Portalegre en semejante ocasión de enviar otro hijo á la corte.
Es grande obra, dijo el cortesano, y sobrado grande, pues es sólo para grandes personajes; y yo no tengo por buen oficial al que quiere calzar á un enano el zapato de un gigante.
Creedme que no hay otro libro ni arte más á propósito, que parece la escribió viendo lo que en Madrid pasa.
Ya sé que me tendréis por paradojista y aun estoico, pero más importa la verdad. Digo que el libro, que habéis de buscar y leerlo de cabo á cabo, es la célebre Ulisiada de Homero. ¡Aguardad! No os admiréis hasta que me declare. ¿Qué pensáis? ¿Que el peligroso golfo, que él describe, es aquel de Sicilia, y que las sirenas están acullá en aquellas Sirtes con sus caras de mujeres y sus colas de pescados, la Circe encantadora en su isla y el soberano Cíclope en su cueva? Sabed que el peligroso mar es la corte con la Escila de sus engaños y la Caribdis de sus mentiras.
¿Veis esas mujeres, que pasan tan prendidas de libres y tan compuestas de disolutas? Pues ésas son las verdaderas sirenas y falsas hembras, con sus fines monstruosos y amargos dejos. Ni basta que el cauto Ulises se tape los oídos; es menester que se ate al firme mástil de la virtud y encamine la proa del saber al puerto de la seguridad, huyendo de sus encantos.
Circes lindas. Hay encantadoras Circes, que á muchos, que entraron hombres, los han convertido en brutos. ¿Qué diré de tantos Cíclopes, tan necios como arrogantes, con solo un ojo, puesta la mira en su gusto y presunción?
Este libro os digo que repaséis, que él os ha de encaminar, para que como Ulises escapéis de tanto escollo como os espera y tanto monstruo como os amenaza.
Tomaron su consejo y fueron entrando en la corte, experimentando al pie de la letra lo que el cortesano les había prevenido y Ulises enseñado. No encontraron pariente ni amigo ni conocido, por lo pobre. No podían descubrir su deseada Felisinda.
Viéndose, pues, tan solos y tan desfavorecidos, determinó Critilo probar la virtud de ciertas piedras orientales muy preciosas, que había escapado de sus naufragios. Sobre todo quiso hacer experiencia de un finísimo diamante, por ver si vencía tan grandes dificultades su firmeza, y una rica esmeralda, si conciliaba las voluntades, como escriben los filósofos. Sacólas á luz, mostrólas y al mismo punto obraron maravillosos efectos, porque comenzaron á ganar amigos. Todos se les hacían parientes y aun había quien decía eran de la mejor sangre de España, galanes, entendidos y discretos.
Fué tal el ruido que hizo un diamante, que se les cayó en un empeño de algunos centenares, que se oyó por todo Madrid. Con que los embistieron enjambres de amigos, de conocidos y de parientes, más primos que un rey, más sobrinos que un papa. Pero el caso más agradablemente raro fué el que le sucedió á Andrenio, desde la calle Mayor á palacio. Llegóse á él un pajecillo, galán de librea y libre de desenfado, que desenvainando una hoja en un billete, le dejó tan cortado, que no acertó á descartarse Andrenio. Antes, brujuleándole, descubrió una prima su servidora en la firma. Dábale la bienvenida á la corte y muchas quejas de que, siendo tan proprio, se hubiese portado tan extraño. Suplicábale se dejase ver, que allí estaba aquel paje para que le guiase y le sirviese. Quedó atónito Andrenio, oyendo el reclamo de su prima, cuando él no creyera tener madre y, llevado más de su curioso deseo, que del ajeno agasajo, asistido del pajecillo, tomó el rumbo para la casa. Lo que aquí vió en maravillas y le sucedió en portentos dirá la siguiente Crisi.
CRISI XII
Los encantos de Falsirena.
Fué Salomón el más sabio de los hombres y fué el hombre á quien más engañaron las mujeres. Y con haber sido el que más las amó, fué el que más mal dijo dellas. Argumento de cuán gran mal es el del hombre la mujer mala y su mayor enemigo. Más fuerte es que el vino, más poderosa que el rey y que compite con la verdad, siendo toda mentira. Más vale la maldad del varón, que el bien de la mujer, dijo quien más bien dijo, porque menos mal te hará un hombre que te persiga, que una mujer que te siga.
Mas no es un enemigo sólo; sino todos en uno, que todos han hecho plaza de armas en ella. De carne se compone, para descomponerle. El mundo la viste, que para poder vencerle á él, se hizo mundo della. Y la que el mundo se viste, del demonio se reviste en sus engañosas caricias.
Gerión de los enemigos, triplicado lazo de la libertad, que difícilmente se rompe. De aquí sin duda procedió el apellidarse todos los males hembras, las furias, las parcas, las sirenas y las harpías, que todo lo es una mujer mala.
Hácenle guerra al hombre diferentes tentaciones, en sus edades diferentes, unas en la mocedad y otras en la vejez; pero la mujer en todas. Nunca está seguro dellas ni mozo ni varón ni viejo ni sabio ni valiente ni aun santo. Siempre está tocando al arma este enemigo común y tan casero, que los mismos criados del alma la ayudan, los ojos franquean la entrada á su belleza, los oídos escuchan su dulzura, las manos la atraen, los labios la pronuncian, la lengua la vocea, los pies la buscan, el pecho la suspira y el corazón la abraza. Si es hermosa, es buscada; si fea, ella busca. Trono de la necedad. Y si el cielo no hubiera prevenido que la hermosura de ordinario fuera trono de la necedad, no quedara hombre á vida, que la libertad lo es. ¡Oh, cómo le previno el escarmentado Critilo al engañado Andrenio! Mas ¡qué poco le aprovechó!
Partió ciego á buscar luz á la casa de los incendios. No consultó á Critilo, temiéndole severo. Y así solo y malguiado de un pajecillo, que suelen ser las pajuelas de encender el amoroso fuego, caminó un gran rato, torciendo calles y doblando esquinas.
Mi señora, decía el rapaz, la honestísima Falsirena vive muy fuera del mundo, ajena del bullicio cortesano, ya por natural recato, haciendo desierto de la corte, ya por poder gozar de la campaña en sus alegres jardines.
Llegaron á una casa, que en la apariencia aún no prometía comodidad, cuanto menos magnificencia, estrañándolo harto Andrenio. Mas luego que fué entrando, parecióle haber topado el mismo alcázar de la aurora. Porque tenía las entradas buenas á un patio muy desahogado, teatro capaz de maravillosas apariencias. Y aun toda la casa era harto desenfadada. En vez de firmes atlantes en columnas, coronaban el atrio hermosas ninfas por la materia y por el arte raras, asegurando sobre sus delicados hombros firmeza á un cielo, alternado de serafines; pero sin estrellas.
Amor llorando quema. Señoreaba el centro una agradable fuente, equívoca de aguas y fuegos, pues era Cupidillo, que cortejado de las Gracias, ministrándole arpones todas ellas, estaba flechando cristales abrasadores, ya llamas y ya linfas. Íbanse despeñando por aquellos nevados tazones de alabastro, deslizándose siempre y huyendo de los que le seguían y murmurando después de los mismos que lisonjearon antes.
Donde acababa el patio, comenzaba un Chipre tan verde, que pudiera darlo el más buen gusto; si bien todas sus plantas eran más lozanas que fructíferas, todo flor y nada fruto. Coronábase de flores, vistosamente odoríferas, parando todo en espirar humos fragantes. El vulgo de las aves le recibió con salvas de armonía; si ya no fué darle la vaya, silbándole á porfía el Céfiro y Fabonio, que él lo tuvo todo por donaire.
Era el jardín con toda propiedad un pensil, pues á cuantos le lograban, suspendía. Fuése acercando Andrenio al mejor centro de su amenidad, donde estaba la primavera deshilando copos en jazmines, digo la vana Venus de este Chipre, que nunca hay Chipre sin Venus.
Salió Falsirena á recibirle, hecha un sol muerto de risa y, formando de sus brazos la media luna, le puso entre las puntas de su cielo. Mezcló favores con quejas, repitiendo algunas veces:
¡Oh primo mío sin segundo! ¡Oh, señor Andrenio! Seáis tan bienvenido como deseado.
Mas, ¿cómo? decía mudando á cada palabra su afecto, ensartando perlas hilo á hilo y mentiras en cadena, ¿cómo os lo ha permitido el corazón, que estando aquí esta casa tan vuestra, os hayáis desterrado á una posada, siquiera por las obligaciones de parentesco, cuando no por la conveniencia de regalo? Viéndoos estoy y no lo creo: ¡Qué retrato tan al vivo de vuestra hermosa madre! ¡Á fe que no la desmentís en cosa! ¡No me harto de miraros! ¿De qué estáis tan encogido? ¡Al fin como tan fresco cortesano!
Señora, respondió, yo os confieso que estoy turbadamente admirado de oiros decir que seáis mi prima, cuando yo ignoro madre, desconociendo á quien tanto me ha desconocido. Yo no sé que tenga pariente alguno: tan hijo soy de la nada. Mirad bien no os hayáis equivocado con algún otro más dichoso.
¡Que no, dijo, señor Andrenio! No por cierto. Muy bien os conozco y sé quién sois y cómo nacisteis en una isla en medio de los mares. Muy bien sé que vuestra madre es mi tía y señora. ¡Ah, qué linda era! Y aunque por eso tan poco venturosa. ¡Oh, qué gran mujer y qué discreta! Violencias del amor. ¿Pero qué Dánae escapó de un engaño? ¿Qué Elena de una fuga? ¿Qué Lucrecia de una violencia? ¿Y qué Europa de un robo? Viniendo, pues, Felisinda, que éste es su dichoso nombre...
Aquí Andrenio se conmovió entrañablemente, oyendo nombrar por madre suya la repetida esposa de Critilo. Notólo luego Falsirena y porfió en saber la causa.
Porque he oído hartas veces ese nombre, dijo Andrenio.
Y ella:
Ahí veréis que no os miento en cuanto digo. Estaba, pues, Felisinda casada en secreto con un tan discreto cuan amante caballero, que quedaba preso en Goa; si bien en su corazón le traía y á vos por prenda suya en sus entrañas. Ejecutáronla los dolores del parto en una isla, debiendo al cielo dobladas providencias, con que pudo salvar su crédito, no fiándolo ni de sus mismas criadas, enemigas mayores de su secreto. Sola, pues, aunque tan asistida de su valor y su honra, os echó á luz y, cuando os arrojó de sus entrañas al suelo, más blando que ellas, allí, malenvuelto entre unas martas, que le servían á ella de galán abrigo, os encomendó en la cuna de la yerba al piadoso cielo, que no se hizo sordo, pues os proveyó de ama en una fiera, que no fué la primera vez ni será la última que sustituyeron maternas ausencias. ¡Oh, cómo me lo contaba ella muchas veces y con más lágrimas que palabras me ponderaba su sentimiento! ¡Lo que se ha de alegrar cuando os vea! Ahora os restituirá las caricias en abrazos, que allí os negó, violentada de su honor.
Estaba atónito Andrenio, escuchando el suceso de su vida y, careando tan individuales circunstancias con las noticias que él tenía, reventando en lágrimas de ternura, comenzó á destilar el corazón en líquidos pedazos por los ojos.
Lágrimas quebrantan peñas. Dejemos, dijo ella, dejemos tristezas ya pasadas, no vuelvan en llanto á moler el corazón. Subamos arriba, veréis mi pobre y ya dichoso albergue. ¡Hola!, prevenid dulces, que nunca faltan en esta casa.
Fueron subiendo por unas gradas de pórfidos, ya pérfidos, que al bajar serían á gatas, á la esfera del sol en lo brillante y de la luna en lo vario. Registraron muchas cuadras, muy desenfadadas todas, tan artesonados los techos, que remedando cielos, hicieron á tantos ver, á su despecho, las estrellas. Había viviendas para todos tiempos, sino para el pasado, y todas eran muy buenas piezas, repitiendo ella:
Todo es tan vuestro como mío.
Mientras duró la dulcísima merienda, le cantaron gracias y le encantaron Circes.
En todo caso habéis de quedar aquí, dijo la prima; aunque tan á costa de vuestro gusto. Dispóngase luego el traeros la ropa, que, aunque aquí no os hará falta, pero basta ser vuestra. No tenéis que salir para ello, que mis criados con una señal la cobrarán y pagarán lo que se debiere.
Será preciso, replicó Andrenio, que yo vaya, porque habéis de saber que no soy solo y que la merced que me hacéis ha de ser doblada. Daré razón á Critilo mi padre.
¿Cómo es eso de padre?, dijo asustada Falsirena.
Y él: Llamo padre á quien me hizo obras de tal y tengo por cierto, según vuestras noticias, que es mi padre verdadero, porque es el esposo de Felisinda, aquel caballero que en Goa quedó preso.
¿Eso más?, dijo Falsirena. Id luego al punto y volved al mismo con Critilo y traed la ropa en todo caso. Mirad, primo, que no comeré un solo bocado ni reposaré un instante hasta volver á veros.
Partió Andrenio, seguido del mismo pajecillo, de la espía y del recuerdo. Halló á Critilo ya cuidadoso. Fuése á echar á sus pies, besándole apretadamente las manos, repitiendo muchas veces:
¡Oh padre!, ¡oh señor mío! que ya el corazón me lo decía.
¿Qué novedad es ésta?, replicó Critilo.
Que no es nuevo en mí, respondió, el teneros por padre, que la misma sangre me lo estaba voceando en las venas. Sabed, señor, que vos sois quien me ha engendrado y después hecho persona. Mi madre es vuestra esposa Felisinda. Que todo me lo ha contado una prima mía, hija de una hermana de mi madre, que ahora vengo de verla.
¿Cómo es eso de prima?, preguntó Critilo. Ese nombre de prima no me suena bien.
Sí hará, porque es muy cuerda. Venid, señor, á su casa, que allí volveremos á oir esta novedad siempre gustosa.
Estaba suspenso Critilo entre el oir tan individuales circunstancias y el temer tantos engaños en la corte. Pero, como es fácil creer lo que se desea, dejóse convencer á título de informarse y así se fueron juntos á casa de Falsirena.
Parecía ya otra, siempre mejorada y, aunque ahora muy á lo grave y autorizado pero siempre con apariencias de un cielo.
Seáis muy bienllegado, dijo ella, señor Critilo, á esta vuestra casa, que sólo ignorarla os ha podido escusar de no haberla honrado antes. Ya os habrá referido mi primo las obligaciones recíprocas de nuestro parentesco y cómo su madre y vuestra esposa, la hermosa Felisinda, era mi tía y mi señora y mucho más amiga, que parienta. Harto sentí yo su falta y aun la lloro.
Aquí sobresaltado Critilo:
¿Pues cómo?, dijo. ¿Es muerta?
No señor, respondió, no tanto mal; basta la ausencia. Sus padres se murieron y aun de pena de ver que nunca quiso elegir esposo entre ciento que la competían. Quedó á la sombra y tutela de aquel gran príncipe, que hoy asiste en Alemania, embajador del Católico. Allá pasó con la marquesa, como parienta y encomendada, donde sé que vive y muy contenta, ¡así Dios nos la vuelva, como espero! Quedé yo aquí con mi madre, hermana suya y, aunque solas, muy acomodadas de honra y hacienda. Mas, como no vienen solas las desdichas de cobardes, faltóme también mi madre, sin duda del sentimiento de su ausencia. Asístenme los parientes y á todo el mundo debo harto. Es la virtud mi empleo, procuro conservar la honra heredada: que deben más unas personas que otras á sus antepasados. Ésta, señores, es mi casa, de hoy adelante vuestra, para toda la vida y ¡sea la de Néstor! Ahora quiero que veáis lo mejor de mis galerías y suelos, conduciendo hasta desembarcar en un puerto de rosas y de claveles.
Aquí les fué mostrando en valientes tablas, obra de prodigiosos pinceles, todo el suceso de su vida y sus tragedias, con no poco espanto de ambos, correspondiendo á extremos del arte con extremos de admiración.
No ya sólo Andrenio, pero el mismo Critilo quedó vencido de su agasajo y convencido de su información. Después de alternar disculpas con agradecimientos, trató traer su ropa y entre ella algunas piedras muy preciosas, ruinas ya de aquella su rica casa. Hizo alarde dellas y, como fruta de damas, brindó con todas las de su buen gusto á Falsirena. Aquí ella, aunque las celebró mucho, mandó sacar otras tantas y muy á lo bizarro dijo que las gozase todas. Replicó Critilo fuese servida de guardarlas y ella lo cumplió bien.
Suspiraba Critilo por su deseada Felisinda y así un día sobre mesa propuso su jornada para Alemania, donde estaba. Mas Andrenio, cautivo de la afición de su prima, divirtió la plática, porque disgustaba mucho el hacer ausencia. Ella más á lo sagaz, habiendo alabado la resolución, puso largas á título de conveniencia. Mas ofrecióse luego ocasión y sazón de ir sirviendo á la gran fénix de España, que iba á coronarse de águila del imperio.
No tuvo escusa Andrenio y, entretanto que disponía la partida, propuso Falsirena el preciso lance de ir á ver Escorial. Aranjuez. aquellos dos milagros del mundo, el Escorial del arte y el Aranjuez de la naturaleza, paralelos del sol de Austria, según gustos y tiempos. Pero estaba tan ciego de su pasión Andrenio, que no le quedaba vista para ver otro, aunque fuesen prodigios. Hacía instancias Falsirena. Y Critilo, aunque fuese solo en pagar á la curiosidad una tan justa deuda, que después ejecuta el tormento de no haber visto lo que todos celebran y aun la propia imaginación castiga toda la vida, representando por lo mejor aquello que se dejó de ver, partióse solo para admirar por muchos.
Halló aquel gran templo de Salomón católico, asombro del hebreo, no sólo satisfacción á lo concebido, sino pasmo en el exceso. Allí vió la ostentación de un real poder, un triunfo de la piedad católica, un desempeño de la arquitectura, pompa de la curiosidad, ya antigua, ya moderna, el último esfuerzo de las artes y donde la grandeza, la riqueza y la magnificencia llegaron de una vez á echar el resto.
De aquí pasó á Aranjuez, estancia perpetua de la primavera, patria de Flora, retiro de su amenidad en todos los meses del año, guardajoyas de las flores y centro de las delicias á todo gusto, y contento. Dejó en ambas maravillas empeñada la admiración para toda la vida.
Volvió á Madrid muy satisfecho de prodigios. Fuése á hospedar á casa de Falsirena; pero hallóla más cerrada que un tesoro y más sorda que un desierto. Repitió aldabadas al impaciente criado, resonando el eco cada una en el corazón de Critilo. Enfadados los vecinos, le dijeron:
No se canse ni nos muela, que ahí nadie vive, todos mueren.
Asustado Critilo, replicó:
¿No vive aquí una señora principal, que pocos días ha dejé yo sana y buena?
Eso de buena, dijo uno riéndose, perdonadme que no lo crea.
Ni señora, añadió otro, quien toda su vida gasta en mocedades.
Ni aun mujer, dijo el tercero, quien es una harpía; si ya no es la peor mujer destos tiempos.
No acababa de persuadirse Critilo lo que no deseaba. Volvió á instar:
¿Señores, no vive aquí Falsirena?
Llegóse en esto uno y dijóle:
No os canséis ni recibáis enfado. Es verdad que ha vivido ahí algunos días una Circe en el zurcir y una Sirena en el encantar, causa de tantas tempestades, tormentos y tormentas, porque á más de ser ruin, aseguran que es una famosa hechicera, una célebre encantadora, pues convierte los hombres en bestias.
¿Y no los transforma en asnos de oro?
Vicios transforman. No, sino de su necedad y pobreza. Por esa corte andan á millares convertidos, después de divertidos, en todo género de brutos. Lo que yo sé decir es que en pocos días, que aquí ha estado, he visto entrar muchos hombres y no he visto salir uno tan sólo, que lo fuese. Y por lo que esta Sirena tiene de pescado, les pesca á todos el dinero, las joyas, los vestidos, la libertad y la honra. Y para no ser descubierta, se muda cada día, no la condición ni las costumbres, sino de casas. De un cabo de la villa salta al otro, con lo cual es imposible hallarla de tan perdida. Tiene otra igual astucia la brújula, con que se rige en este golfo de sus enredos, y es que, en llegando un forastero rico, al punto se informa de quién es, de dónde y á qué viene, procurando saber lo más íntimo. Estudia el nombre, averigúale la parentela. Con esto, á unos se les miente prima, á otros sobrina y á todos por un cabo ó por otro parienta. Muda tantos nombres, como puestos. En una parte es Cecilia, por lo Escila, en otra Serena por lo Sirena, Inés porque ya no es, Teresa por lo traviesa, Tomasa por lo que toma y Quiteria por lo que quita. Con estas artes los pierde á todos y ella gana y ella reina.
No acababa de satisfacerse Critilo y, deseando entrar en la casa, preguntó, si estaría á mano la llave.
Sí, dijo uno, yo la tengo encomendada, por si llegan á verla. Abrió y al punto que entraron dijo Critilo:
Señores, que no es ésta la casa ó yo estoy ciego, porque la otra era un palacio por lo encantado.
Tenéis razón, que los más son de esa suerte. Aquí no hay jardines, no; sino montones de moral basura. Las fuentes son albañales y los salones zahurdas. ¿Os ha pescado algo esta sirena? ¡Decidnos la verdad!
Sí y mucho, joyas, perlas y diamantes; pero lo que más siento es haber perdido un amigo.
No se habrá perdido para ella; sino para sí mismo. Habrálo transformado en bestia, con que andará por esta corte vendido.
¡Oh, Andrenio mío!, dijo suspirando. ¿Dónde estarás? ¿Dónde te podré hallar? ¿En qué habrás parado?
Buscóle por toda la casa, que fué paso de risa para los otros y para él llanto. Y, despidiéndose dellos, tomó la derrota para su antigua posada.
Dió mil vueltas á la corte, preguntando á unos y á otros y nadie le supo dar razón, que de bien pocos se da en ella. Perdía el juicio, alambicándole en pensar trazas, cómo descubrirle. Resolvió al cabo volver á consultar á Artemia.
Salió de Madrid, como se suele, pobre, engañado, arrepentido y melancólico. Á poco trecho, que hubo andado, encontró con un hombre, Sexto sentido. bien diferente de los que dejaba. Era un nuevo prodigio, porque tenía seis sentidos, uno más de lo ordinario. Hízole harta novedad á Critilo.
Porque hombres con menos de cinco ya los había visto y muchos; pero con más, ninguno. Unos sin ojos, que no ven las cosas más claras, siempre á ciegas y á tientaparedes; y con todo eso nunca paran, sin saber por dónde van. Otros, que no oyen palabra, todo aire, ruido, lisonja, vanidad y mentira. Muchos que no huelen poco ni mucho y menos lo que pasa en sus casas, con que arroja harto mal olor á todo el mundo y de lejos huelen lo que no les importa. Éstos no perciben el olor de la buena fama ni quieren ver ni oler sus contrarios y, teniendo narices para el negro humo de la honrilla, no las tienen para la fragancia de la virtud.
También había encontrado no pocos sin género alguno de gusto, perdido para todo lo bueno, sin arrostrar jamás á cosa de sustancia. Hombres desabridos en su trato, enfadados y enfadosos. Otros de mal gusto, siempre aniñado, escogiendo lo peor en todo. Y aun otros muy de su gusto y nada del ajeno. Otra cosa aseguraba más notable, que había topado hombres, si así pueden nombrarse, que no tenían tacto y menos en las manos, donde más suele prevalecer, y así proceden sin tiento en todas sus cosas, aun las más importantes. Éstos de ordinario todo lo yerran aprisa, porque no tocan las cosas con las manos ni las experimentan.
Éste de Critilo era todo al contrario, que, á más de los cinco sentidos, muy despiertos, tenía otro sexto, mejor que todos, que aviva mucho los demás y aun hace discurrir y hallar las cosas por recónditas que estén. Halla trazas, inventa modos, da remedios, enseña á hablar, hace correr y aun volar y adivinar lo por venir: y era la necesidad. ¡Cosa bien rara! ¡Que la falta de los objetos sea sobra de inteligencia! Es ingeniosa inventiva, cauta, activa, perspicaz y un sentido de sentidos. En reconociéndole, dijo Critilo:
¡Oh, cómo nos podemos juntar ambos! Huélgome de haberte topado, que, aunque todo me suele venir mal, esta vez estoy de día. Contóle su tragedia en la corte.
Eso creeré yo muy bien, dijo Egenio, que éste era su nombre y definición. Y aunque yo iba á la gran feria del mundo, publicada en los confines de la juventud y edad varonil, á aquel gran puerto de la vida; con todo, por servirte, vamos á la corte, que te aseguro de poner todos mis seis sentidos en buscarle y que, hombre ó bestia, que será lo más seguro, le hemos de descubrir.
Entraron con toda atención buscándole, lo primero en aquellos cómicos corrales, vulgares plazas, patios y mentideros. Señores. Encontraron luego unas grandes acémilas, atadas unas á otras, siguiendo la que venía detrás las mismas huellas de la que iba delante, sucediéndola en todo, muy cargadas de oro y plata, pero gimiendo bajo la carga, cubiertas con reposteros bordados de oro y seda y aun algunas de brocados. Tremolaban en las testeras muchas plumas, que hasta las bestias se honraban con ellas. Movían gran ruido de pretales.
¿Si sería alguna destas?, dijo Critilo.
De ningún modo, respondió Egenio: éstos son, digo eran, grandes hombres, gente de cargo y de carga. Y aunque los ves tan bizarros, en quitándoles aquellos ricos jaeces, parecen llenos de feísimas llagas de sus grandes vicios, que los cubría aquella argentada brillantez.
¡Aguarda! ¿Si sería alguno destos otros, que van arrastrando carretas gruñidoras por lo villanas?
Tampoco. Ésos tienen los ojos bajo las puntas y por eso sufren tanto.
Allí parece que nos ha llamado un papagayo. ¿Si sería él?
Habladores. No lo creas. Ése será algún lisonjero, que jamás dijo lo que sentía. Algún político destos que tienen uno en el pico y otro en el corazón. Algún hablador, que repite lo que le dijeron, destos que hacen del hombre y no lo son. Todos se visten de verde, esperando el premio de sus mentiras y lo consiguen de verdad.
¿Tampoco será aquel compuesto mojigato, que esconde uñas y ostenta barbas?
Déstos hay muchos, dijo Egenio, que cazan á lo beato: no sólo cogen lo mal alzado, sino lo más guardado. Maldicientes. Pero no juzguemos tan temerariamente, digamos que son gente de pluma.
¿Y aquel perro viejo, que está allí ladrando?
Aquél es un mal vecino, algún maldiciente, un émulo, un malintencionado, un melancólico, uno de los que pasan de los sesenta.
Sé que no sería aquel jimio, que nos está haciendo gestos en aquel balcón.
¡Oh gran hipócrita, que quiere parecer hombre de bien y no lo es! Algún hazañero, que suelen hacer mucho del hombre y son nada. El maestro de cuentos, licenciado de chiste, que como siempre están de burlas, nunca son hombres de veras, gente toda ésta de chanza y de poca sustancia.
¿Qué tal sería, que estuviese entre los leones y tigres del Retiro?
Dúdolo, que aquélla toda es gente de arbitrios y ejecuciones.
¿Ni entre los cisnes de los estanques?
Tampoco, que ésos son secretarios y consejeros, que, en cantando bien, acaban.
Allí veo un animal inmundo, que pródigamente se está volcando en la hediondez de un asquerosísimo cenagal y él piensa que son flores.
Deshonestos. Si alguno había de ser, era ése, respondió Egenio, que estos torpes y lascivos, anegados en la inmundicia de sus viles deleites, causan asco á cuantos hay y ellos tienen el cieno por cielo y, oliendo mal á todo el mundo, no advierten, antes tienen la hediondez por fragancia y el más sucio albañal por paraíso. Déjamelo reconocer de lejos. Ahora digo que no es él, sino un ricazo, que con su muerte ha de dar un buen día á los herederos y gusanos.
¿Qué es posible, se lamentaba Critilo, que no le podamos hallar entre tantos brutos como vemos, entre tanta bestia como topamos?
Ni arrastrando el coche de la ramera ni llevando en andas al que es más grande que él ni acuestas al más pesado ni al que va dentro de litera en mal latín y tan fuera della en buen romance ni acarreando inmundicia de costumbres.
¿Qué es posible que tanto desfiguren un hombre estas cortesanas Circes? ¿Que así puedan dementar los hijos, haciendo perder el juicio á sus padres? ¿Que no se contenten con despojarlos de los arreos del cuerpo; sino de los del ánimo, quitándoles el mismo ser de personas? Y díme, Egenio amigo, cuando le hallásemos hecho un bruto, ¿cómo lo podríamos restituir á su primer ser de hombre?
Ya que le topásemos, respondió. Que eso no sería muy dificultoso. Muchos han vuelto en sí perfectamente; Apuleyo. aunque á otros siempre les queda algún resabio de lo que fueron. Apuleyo estuvo peor que todos y con la rosa del silencio curó.
¡Gran remedio de necios! Si ya no es que, rumiados los materiales gustos y considerada su vileza, desengañan mucho al que los masca.
Los camaradas de Ulises estaban rematadas fieras y, comiendo las raíces amargas del árbol de la virtud, cogieron el dulce fruto de ser personas. Daríamosle á comer algunas hojas del árbol de Minerva, Duque de Orleans. que se halla muy estimado en los jardines del culto y erudito duque de Orleans. Y si no, las del moral prudente, que yo sé que presto volvería en sí y sería muy hombre.
Habían dado cien vueltas con más fatiga, que fruto, cuando dijo Egenio:
¿Sabes qué he pensado? Que vamos á la casa donde se perdió, que entre aquel estiércol habemos de hallar esta joya perdida.
Fueron allá, entraron y buscaron.
¡Eh!, que es tiempo perdido, decía Critilo. Que ya yo le busqué por toda ella.
Aguarda, dijo Egenio. Déjame aplicar mi sexto sentido, que es único remedio contra este sexto achaque.
Advirtió, que de un gran montón de suciedad lasciva salía un humo muy espeso.
Aquí, dijo, fuego hay.
Y apartando toda aquella inmundicia moral, apareció una puerta de una horrible cueva. Abriéronla no sin dificultad y divisaron dentro á la confusa vislumbre de un infernal fuego muchos desalmados cuerpos, tendidos por aquellos suelos. Había mozos galanes de tan corto seso, cuan largo cabello. Hombres de letras; pero necios. Hasta viejos ricos tenían los ojos abiertos; mas no veían. Otros los tenían vendados con malpiadosos lienzos. En los más no se percibía otro que algún suspiro. Todos estaban dementados y adormecidos y tan desnudos, que aun una sábana no les había dejado siquiera para mortaja.
Yacía en medio Andrenio, tan trocado, que el mismo Critilo, su padre, le desconocía. Arrojóse sobre él llorando y voceándole; pero nada oía. Apretábale la mano; mas no le hallaba ni pulso ni brío. Advirtió entre tanto Egenio que aquella confusa luz no era de antorcha, sino de una mano, que de la misma pared nacía, blanca y fresca, adornada de hilos de perlas, que costaron lágrimas á muchos, coronados los dedos de diamantes muy finos, á precio de falsedades. Ardían los dedos como candelas; aunque no tanto daban luz, cuanto fuego que abrasaba las entrañas.
¿Qué mano de ahorcado es ésta?, dijo Critilo.
No es sino del verdugo, respondió Egenio, pues ahoga y mata.
Removióla un poco y al mismo punto comenzaron á rebullir ellos.
Mientras ésta ardiere, no despertarán.
Alquitrán de amor. Probóse á apagarla, alentando fuertemente; mas no pudo, que éste es el fuego de alquitrán, que con viento de amorosos suspiros y con agua de lágrimas más se aviva. El remedio fué echar polvo y poner tierra en medio. Con esto se estinguió aquel fuego más que infernal y al punto despertaron los que dormían valientemente, digo aquellos que por ser hijos de Marte son hermanos de Cupido. Los ancianos muy corridos, diciendo:
¡Basta! Que este vil fuego de la torpeza no perdona ni verde ni seco.
Los sabios, execrando su necedad, decían:
¡Que Paris afrente á Palas! Era mozo, é ignorante. Pero ¡los entendidos! Ésa es doblada demencia.
Andrenio entre los Benjamines de Venus malherido, atravesado el corazón de medio á medio, en reconociendo á Critilo se fué para él.
¿Qué te parece?, le dijo éste. ¡Cuál te ha puesto una mala hembra! Sin hacienda, sin salud, sin honra y sin conciencia te ha dejado. Ahora conocerás lo que es.
Aquí todos á porfía comenzaron á execrarla. Uno la llamaba Escila de marfil, otro Caribdis de esmeralda, peste afeitada, veneno en néctar.
Donde hay juncos, decía uno, hay agua; donde humo, fuego y donde mujeres, demonios.
¿Cuál es mayor mal que una mujer, decía un viejo, sino dos, porque es doblado?
Basta que no tiene ingenio, sino para mal, decía Critilo. Pero Andrenio:
Callad, les dijo, que con todo el mal, que me han causado, confieso que no las puedo aborrecer ni aun olvidar. Y os aseguro que de todo cuanto en el mundo he visto, oro, plata, perlas, piedras, palacios, edificios, jardines, flores, aves, astros, luna y el sol mismo, lo que más me ha contentado es la mujer.
¡Alto!, dijo Egenio. Vamos de aquí, que ésta es la locura sin cura y el mal, que yo tengo que decir de la mujer mala, es mucho. Doblemos la hoja para el camino.
Salieron todos á la luz de dar en la cuenta, desconocidos de los otros, pero conocidos de sí. Encaminóse cada uno al templo de su escarmiento á dar gracias al noble desengaño, colgando en sus paredes los despojos del naufragio y las cadenas de su cautiverio.
CRISI XIII
La feria de todo el mundo.
Contaban los antiguos que, cuando Dios crió al hombre, encarceló todos los males en una profunda cueva acullá lejos y aun quieren decir que en una de las Islas Fortunadas, de donde tomaron su apellido. Allí encerró las culpas y las penas, los vicios y los castigos, la guerra, la hambre, la peste, la infamia, la tristeza, los dolores, hasta la misma muerte. Encadenados todos entre sí y no fiando de tan horrible canalla, echó puertas de diamante con sus candados de acero. Entregó la llave al albedrío del hombre, para que estuviese más asegurado de sus enemigos y advirtiese que, si él no les abría, no podrían salir eternamente.
Dejó, al contrario, libres por el mundo todos los bienes, las virtudes, los premios, las felicidades y contentos, la paz, la honra, la salud, la riqueza y la misma vida. Vivía con esto el hombre felicísimo.
Pero duróle poco esta dicha. Que la mujer, llevada de su curiosa ligereza, no podía sosegar, hasta ver lo que había dentro de la fatal caverna. Cogióle un día, bien aciago para ella y para todos, el corazón al hombre y después la llave. Y sin más pensarlo, que la mujer primero ejecuta y después piensa, se fué resuelta á abrirla.
Al poner la llave aseguran se estremeció el universo. Corrió el cerrojo y al instante salieron de tropel todos los males, apoderándose á porfía de toda la redondez de la tierra.
La Soberbia, como primera en todo lo malo, cogió la delantera. España. Topó con España, primera provincia de la Europa. Parecióla tan de su genio, que se perpetuó en ella. Allí vive y allí reina con todos sus aliados, la estimación propia, el desprecio ajeno, el querer mandarlo todo y servir á nadie, hacer del don Diego y vengo de los godos, el lucir, el campear, el alabarse, el hablar mucho, alto y hueco, la gravedad, el fausto, el brío, con todo género de presunción: y todo esto desde el noble hasta el más plebeyo.
Francia. La Codicia, que la venía á los alcances, hallando desocupada la Francia, se apoderó de toda ella, desde la Gascuña hasta la Picardía. Distribuyó su humilde familia por todas partes: la miseria, el abatimiento de ánimo, la poquedad, el ser esclavos de todas las demás naciones, aplicándose á los más viles oficios, el alquilarse por un vil interés, la mercancía laboriosa, el andar desnudos y descalzos con los zapatos bajo el brazo, el ir todo barato con tanta multitud, finalmente el cometer cualquier bajeza por el dinero. Si bien dicen que la Fortuna, compadecida, para realzar tanta vileza, introdujo su nobleza; pero tan bizarra, que hacen dos extremos sin medio.
Italia. El Engaño trascendió toda la Italia, echando hondas raíces en los italianos pechos: en Nápoles hablando y en Génova tratando. En toda aquella provincia está muy valida, con toda su parentela, la mentira, el embuste y el enredo, las invenciones, trazas, tramoyas: y todo ello dicen es política y tener brava testa.
África. La Ira echó por otro rumbo. Pasó al África y á sus islas adyacentes, gustando vivir entre alarbes y entre fieras.
La Gula, con su hermana la Embriaguez, asegura la preciosa Margarita de Valois Alemania. se sorbió toda la Alemania alta y baja, gustando y gastando en banquetes los días y las noches, las haciendas y las conciencias. Aunque algunos no se han emborrachado sino una sola vez; pero les ha durado toda la vida. Devoran en la guerra las provincias, abastecen los campos. Y aun por eso formaba el emperador Carlos V de los alemanes el vientre de su ejército.
Inglaterra. La Inconstancia aportó á la Inglaterra, la Simplicidad á Polonia, la Infidelidad á Grecia, la Barbaridad á Turquía, la Astucia á Moscovia, la Atrocidad á Suecia, la Injusticia á la Tartaria, las Delicias á la Persia, la Cobardía á la China, la Temeridad al Japón. La Pereza aun esta vez llegó tarde y, hallándolo todo embarazado, hubo de pasar á la América á morar entre los indios.
La Lujuria, la nombrada, la famosa, la gentil pieza, como tan grande y tan poderosa, pareciéndola corta una sola provincia, se extendió por todo el mundo, ocupándolo de cabo á cabo. Concertóse con los demás vicios, aviniéndose tanto con ellos, que en todas partes está tan valida, que no es fácil averiguar en cuál más. Todo lo llena y todo lo inficiona.
Pero como la mujer fué la primera con quien embistieron los males, todos hicieron presa en ella, quedando rebutida de malicia de pies á cabeza.
Esto les contaba Egenio á sus dos camaradas, cuando, habiéndolos sacado de la corte por la puerta de la luz, que es el sol mismo, les conducía á la gran feria del mundo, publicada para aquel grande emporio, que divide los amenos prados de la juventud de las ásperas montañas de la edad varonil y donde de una y otra parte acudían ríos de gente, unos á comprar y otros á vender y otros á estarse á la mira, como más cuerdos.
Entraron ya por aquella gran plaza de la conveniencia, emporio universal de gustos y de empleos, alabando unos lo que abominan otros. Así como asomaron por una de sus muchas entradas, acudieron á ellos dos corredores de oreja, Interés. que dijeron ser filósofos, el uno de la una banda y el otro de la otra, que todo está dividido en pareceres. Díjoles Sócrates, así se llamaba el primero:
Venid á esta parte de la feria y hallaréis todo lo que hace al propósito para ser personas. Mas Simónides, que así se llamaba el contrario, les dijo:
Dos estancias hay en el mundo, la una de la honra y la otra del provecho. Aquélla yo siempre la he hallado llena de viento y humo y vacía de todo lo demás; esta otra llena de oro y plata. Aquí hallaréis el dinero, que es un compendio de todas las cosas. Según esto, ved á quién habéis de seguir.
Quedaron perplejos, altercando á qué mano echarían. Dividiéronse en pareceres, así como en afectos, cuando llegó un hombre, que lo parecía, aunque traía un tejo de oro en las manos y llegándose á ellos, les fué asiendo de las suyas y refregándolas en el oro, reconociéndola después.
¿Qué pretende este hombre?, dijo Andrenio.
Yo soy, respondió, el contraste de las personas, el quilatador de su fineza.
¿Pues qué es de la piedra de toque?
Ésta es, dijo señalando el oro.
¿Quién tal vió?, replicó Andrenio. Antes el oro es el que se toca y se examina en la piedra Lidia.
Así es; pero la piedra de toque de los mismos hombres es el oro. Á los que se les pega á las manos, no son hombres verdaderos; sino falsos. Y así al juez, que le hallamos las manos untadas, luego le condenamos de oidor á tocador. El prelado, que atesora los cincuenta mil pesos de renta, por bien que lo hable, no será él boca de oro; sino bolsa de oro. El cabo con cabos bordados y mucha plumajería, Don Claudio San Mauricio. señal que despluma á los soldados y no los socorre, como el valiente borgoñón don Claudio San Mauricio. El caballero, que rubrica su ejecutoria con sangre de pobres en usuras, de verdad que no es hidalgo. La otra, que sale muy bizarra, cuando el marido anda deslucido, muy mal parece. Y en una palabra, todos aquellos, que yo hallo que no son limpios de manos, digo que no son hombres de bien. Y así tú, á quien se te ha pegado el oro, dejando el rastro en ellas, dijo á Andrenio, cree que no lo eres: echa por la otra banda. Pero éste, señalando á Critilo, que no se le ha pegado ni queda señalado con el dedo, éste persona es: eche por la banda de la entereza.
Antes, replicó Critilo, para que él lo sea también, importará me siga.
Comenzaron á discurrir por aquellas ricas tiendas de la mano derecha. Leyeron un letrero, que decía:
Aquí se vende lo mejor y lo peor.
Entraron dentro y hallaron se vendían lenguas para callar, las mejores para mordérselas y que se pegaban al paladar. Un poco más adelante estaba un hombre, tan lejos de pregonar su mercadería, que por ademanes intimaba el silencio.
¿Qué vende éste?, dijo Andrenio.
Y él al punto puso el dedo índice en la boca.
Pues deste modo, ¿cómo sabremos lo que vendes?
Sin duda, dijo Egenio, que vende el callar.
Secreto. Mercadería es bien rara y bien importante, dijo Critilo. Yo creí que se había acabado en el mundo. Ésta la deben traer de Venecia, especialmente el secreto, que acá no se coge. ¿Y quién le gasta?
Eso estase dicho, respondió Andrenio: los anacoretas, los monjes, porque ellos saben lo que vale y aprovecha.
Pues yo creo, dijo Critilo, que los más que lo usan no son los buenos; sino los malos. Los deshonestos callan, las adúlteras disimulan, los asesinos punto en boca, los ladrones entran con zapato de fieltro y así todos los malhechores.
Ni aun ésos, replicó Egenio; que está ya el mundo tan rematado, que los que habían de callar, hablan más y hacen gala de sus ruindades. Veréis el otro, que funda su caballería en bellaquería, que no le agrada la torpeza, si no es descarada. El acuchillador se precia de que sus valentías den en rostro. El lindo, que se hable de sus cabellos. La otra, que se descuida de sus obligaciones y sólo cuida de su cara cara, ostenta las galas cuando más la descomponen. El mal ladrón pretende cruz. Y el otro pide el título, que sea sobreescrito de sus bajezas. Deste modo todos los ruines son los más ruidosos.
Pues, señores, ¿quién compra?
El que apaña piedras, el que hace y no dice, el que hace su negocio y Harpocrato, á quien nadie reprende.
Sepamos el precio, dijo Critilo: que querría comprar cantidad, que no sé si lo hallaremos en otra parte.
El precio del silencio, les respondieron, es silencio también.
¿Cómo puede ser eso, si lo que se vende es callar? ¿La paga cómo ha de ser?
Callar.
Muy bien. Que buen callar se paga con otro. Éste calla, porque aquél calle y todos dicen callar y callemos.
Pasaron á una botica, cuyo letrero decía:
Aquí se vende una quinta esencia de salud.
¡Gran cosa!, dijo Critilo.
Quiso saber qué era y dijéronle que la saliva del enemigo.
Ésa, dijo Andrenio, llámola yo quinta esencia del veneno, más letal que el de los basiliscos. Más quisiera que me escupiera un sapo, que me picara un escorpión, que me mordiese una víbora. ¿Saliva del enemigo? ¿Quién tal oyó? ¡Si dijera del amigo fiel y verdadero! Ésa sí que es remedio único de males.
¡Eh!, que no lo entendéis, dijo Egenio. Harto más mal hace la lisonja de los amigos, aquella pasión con que todo lo hacen bueno, aquel afecto con que todo lo disimulan, hasta dar con un amigo enfermo en sus culpas, en la sepultura de su perdición. Creedme que el varón sabio más se aprovecha del licor amargo del enemigo bien alambicado, pues con él saca las manchas de su honra y los borrones de su fama. Aquel temor de que no lo sepan los émulos, que no se huelguen, hace á muchos contenerse á la raya de la razón.
Llamáronlos de otra tienda á gran prisa, que se acababa la mercancía y era verdad, porque era la ocasión. Y pidiendo el valor, dijeron:
Ahora va de balde; pero después no se hallará un solo cabello por un ojo de la cara y menos la que más importa.
Gritaba otro: Daos prisa á comprar, que mientras más tardáis, más perdéis y no podréis recuperarlo por ningún precio. Éste redimía tiempo.
Aquí, decía otro, se da también de balde lo que vale mucho.
¿Y qué es?
El escarmiento.
¡Gran cosa! ¿Y qué cuesta?
Los necios le compran á su costa; los sabios á la ajena.
¿Dónde se vende la experiencia?, preguntó Critilo. Que también vale mucho.
Y señaláronle acullá lejos en la botica de los años.
¿Y la amistad?, preguntó Andrenio.
Ésa, señor, no se compra; aunque muchos la venden. Que los amigos comprados no lo son y valen poco.
Con letras de oro, decía en una:
Aquí se vende todo y sin precio.
Aquí entro yo, dijo Critilo.
Hallaron tan pobre al vendedor, que estaba desnudo y toda la tienda desierta: no se veía cosa en ella.
¿Cómo dice esto con el letrero?
Muy bien, respondió el mercader.
¿Pues qué vendéis?
Todo cuanto hay en el mundo.
¿Y sin precio?
Sí, porque con desprecio, despreciando cuanto hay, seréis señor de todo; y al contrario, el que estima las cosas no es señor dellas; sino ellas dél. Aquí el que da se queda con la cosa dada y le vale mucho, y los que la reciben quedan muy pagados con ella.
Cortesía. Averiguaron era la cortesía y el honrar á todo el mundo.
Aquí se vende, preguntaba uno, lo que es proprio, no lo ajeno.
¿Qué mucho es eso?, dijo Andrenio.
Sí es. Que muchos os venderán la diligencia que no hacen, el favor que no pueden y, aunque pudieran, no lo hicieran.
Fuéronse encaminando á una tienda, donde con gran cuidado los mercaderes los hicieron retirar y con cuantos llegaban hacían lo mismo.
¿Ó vendéis, ó no?, dijo Andrenio. Nunca tal se ha visto, que el mismo mercader desvíe los compradores de su tienda. ¿Qué pretendéis con eso?
Gritáronles otra vez que se apartasen y que comprasen de lejos.
¿Pues qué vendéis aquí? Ó es engaño ó es veneno.
Estimación. Ni uno ni otro; antes la cosa más estimada de cuantas hay, pues es la misma estimación, que, en rozándose, se pierde. La familiaridad la gasta y la mucha conversación la envilece.
Según eso, dijo Critilo, la honra de lejos. Ningún profeta en su patria. Y si las mismas estrellas vivieran entre nosotros, á dos días perdieran su lucimiento. Por eso los pasados son estimados de los presentes y los presentes de los venideros.
Aquélla es una rica joyería, dijo Egenio. Vamos allá. Feriaremos algunas piedras preciosas, que ya en ellas solas se hallan las virtudes y la fineza.
Duque de Villahermosa. Entraron y hallaron en ella al discretísimo duque de Villahermosa, que estaba actualmente pidiendo al lapidario le sacase algunas de las más finas y de más estimación.
Dijo que sí, que tenía algunas bien preciosas.
Y cuando aguardaban todos algún cajón del Oriente, los diamantes al tope, las esmeraldas, que alegran por lo que prometen y todas por lo que dan, sacó un pedazo de azabache tan negro y tan melancólico, como él es, diciendo:
Ésta, señor excelentísimo, es la piedra más digna de estimación de cuantas hay. Ésta la de mayor valor. Aquí echó la naturaleza el resto, aquí el sol, los astros y los elementos se unieron en influir fineza.
Quedaron admirados de oir tales exageraciones nuestros feriantes; pero callaban donde el discreto duque estaba y él les dijo:
Señores, ¿qué es esto? ¿Éste no es un pedazo de azabache? ¿Pues qué pretende este lapidario con esto? ¿Tiénenos por indios?
Ésta, volvió á decir el mercader, es más preciosa que el oro, más provechosa que los rubíes, más brillante que el carbunclo. ¿Qué tienen que ver con ella las margaritas? Ésta es la piedra de las piedras.
Aquí, no pudiéndolo ya sufrir el de Villahermosa, le dijo:
Señor mío, ¿éste no es un trozo de azabache?
Sí señor, respondió él.
¿Pues para qué tan exorbitantes encarecimientos? ¿De qué sirve esta piedra en el mundo? ¿Qué virtudes la han hallado hasta hoy? Ella no vale para alegrar la vista como las brillantes y transparentes ni aprovecha para la salud, porque no alegra como la esmeralda ni conforta como el diamante ni purifica como el zafir. No es contraveneno como la bezoar ni facilita el parto como la del águila ni quita dolor alguno. ¿Pues de qué sirve, sino para hacer juguetes de niños?
¡Oh, señor!, dijo el lapidario, perdone vuecencia: que no es sino para hombres y muy hombres, porque es la piedra filosofal, que enseña la mayor sabiduría y en una palabra muestra á vivir, que es lo que más importa.
¿De qué modo?
Echando una higa á todo el mundo y no dándosele nada de cuanto hay. No perdiendo el comer ni el sueño, no siendo tontos. Y eso es vivir como un rey, que es lo que aún no se sabe.
Dádmela acá, dijo el duque, que la he de vincular en mi casa.
Aquí se vende, gritaba otro, un remedio único para cuantos males hay.
Acudía tanta gente, que no cabían de pies; aunque sí de cabezas. Llegó impaciente Andrenio y pidió le diesen de la mercadería presto.
Sí señor, le respondieron, que se conoce bien la habéis menester. Tened paciencia.
Volvió de allí á poco á instar le diesen lo que pedía.
¿Pues, señor, le dijo el mercader, ya no se os ha dado?
¿Cómo dado?
Sí, que yo lo he visto por mis ojos, dijo otro.
Enfurecíase Andrenio negando.
Dice verdad; aunque no tiene razón, respondió el mercader: que, aunque se le han dado, él no la ha tomado. Tened espera.
Iba cargando la gente y el amo les dijo:
Señores, servíos despejar y dar lugar á los que vienen, pues ya tenéis recado.
¿Qué es esto?, replicó Andrenio. ¿Os burláis de nosotros? ¡Qué linda flema por cierto! Dadnos lo que pedimos y nos iremos.
Sufrir. Señor mío, dijo el mercader, andad con Dios, que ya os han dado recado y aun dos veces.
¿Á mí?
Sí, á vos.
No me han dicho sino que tuviese paciencia.
¡Oh, qué lindo!, dijo el mercader, dando una gran risada. Pues, señor mío, esa es la preciosa mercadería. Ésa es la que prestamos y ésa es el remedio único para cuantos males hay. Y quien no la tuviere, desde el rey hasta el roque, váyase del mundo. Tanto valí, cuanto sufrí.
Aquí lo que se vende, decía otro, no hay bastante oro ni plata en el mundo para comprarlo.
¿Pues quién feriará?
Quien no la pierda, respondieron.
¿Y qué cosa es?
La libertad.
Gran cosa, aquello de no depender de voluntad ajena y más de un necio, de un modorro. Que no hay tormento como la imposición de hombres sobre las cabezas.
Entró un feriante en una tienda y díjole al mercader le vendiese sus orejas. Riéronlo mucho todos; sino Egenio, que dijo:
Es lo primero, que se ha de comprar. No hay mercadería más importante. Y pues habemos feriado lenguas para no hablar, compremos aquí orejas para no oir y unas espaldas de ganapán ó molinero.
Hasta el mismo vender hallaron se feriaba, porque saber uno vender sus cosas vale mucho, que ya no se estima por lo que son, sino por lo que parecen. Los más de los hombres ven y oyen con ojos y oídos prestados: viven de información de ajeno gusto y juicio.
Repararon mucho en que todos los famosos hombres del mundo, el mismo Alejandro en persona, que lo era, Señor don Juan de Austria. dos Césares, Julio y Augusto y otros deste porte y de los modernos el invicto señor don Juan de Austria, frecuentaban mucho una botica en que no había letrero.
Llevólos á ella su mucha curiosidad. Preguntaron á unos y á otros qué era lo que allí se vendía y nadie lo confesaba. Creció más su deseo. Advirtieron que los sabios y entendidos eran los mercaderes.
Aquí gran misterio hay, dijo Critilo.
Llegóse á uno y muy en secreto le preguntó qué era lo que allí se vendía.
Respondióle: No se vende; sino que se da por gran precio.
¿Qué cosa es?
Aquel inestimable licor, que hace inmortales á los hombres, y entre tantos millares como ha habido y habrá los hace conocidos, quedando los demás sepultados en el perpetuo olvido, como si nunca hubiera habido tales hombres en el mundo.
¡Preciosísima cosa!, exclamaron todos. ¡Oh qué buen gusto tuvieron Francisco I de Francia, Matías Corvino y otros! Decidnos, señor, ¿no habrá para nosotros siquiera una gota?
Sí la habrá, con que deis otra.
¿Otra, de qué?
De sudor propio, que, tanto cuanto uno suda y trabaja, tanto se le da de fama y de inmortalidad.
Pudo bien Critilo feriarla y así les dieron una redomilla de aquel eterno licor. Miróla con curiosidad y, cuando creyó sería alguna confección de estrellas ó alguna quinta esencia del lucimiento del sol y de trozos de cielo alambicados, halló era una poca tinta mezclada con aceite. Quiso arrojarla; pero Egenio le dijo:
No hagas tal y advierte que el aceite de las vigilias de los estudiosos y la tinta de los escritores, juntándose con el sudor de los héroes y tal vez con la sangre de las heridas, fabrican la inmortalidad de su fama. Desta suerte la tinta de Homero hizo inmortal á Aquiles, la de Virgilio á Augusto, la propia á César, la de Horacio á Mecenas, la de Jovio al Gran Capitán, la de Pedro Mateo á Enrique IV de Francia.
¿Pues cómo todos no procuran una excelencia como ésta?
Porque no todos tienen esa dicha ni ese conocimiento.
Vendía Tales Milesio obras sin palabras y decía que los hechos son varones y las palabras hembras.
Horacio carecía especialmente de ignorancia y aseguraba ser la sabiduría primera.
Pitaco, aquel otro sabio de la Grecia, andaba poniendo precios á todos y muy moderados, igualando las balanzas, y en todas partes encargaba su Ne quid nimis.
Estaban muchos leyendo un gran letrero en una tienda, que decía:
Aquí se vende el bien á mal precio.
Pero entraban pocos.
No os espantéis, Egenio, que es mercadería poco estimada en el mundo.
Entren los sabios, decía el mercader, que vuelven bien por mal y negocian con eso cuanto quieren.
Aquí hoy no se fía, decía otro, ni aun del mayor amigo, porque mañana será enemigo.
Ni se porfía, decía otro.
Y aquí entraban poquísimos valencianos, como ni en las del secreto.
Había al fin una tienda común, donde de todas las demás acudían á saber el valor y la estimación de todas las cosas. Y el modo de apreciarlas era bien raro, porque era hacerlas piezas, arrojarlas en un pozo, quemarlas y al fin perderlas. Y esto hacían aun de las más preciosas, como la salud, la hacienda, la honra y, en una palabra, cuanto vale.
¿Esto es dar valor?, dijo Andrenio.
Señor, sí, le respondieron: que hasta que se pierden las cosas, no se conoce lo que valen.
Pasaron ya á la otra acera de la gran feria de la vida humana, á instancia de Andrenio y despechos de Critilo; pero muchas veces los sabios yerran, para que no revienten los necios. Había también muchas tiendas, pero muy diferentes, correspondiendo en emulación una de esta parte á la de la otra. Y así decía en la primera un letrero:
Aquí se vende el que compra.
Primera necedad, dijo Critilo.
¡No sea maldad!, replicó Egenio.
Iba ya á entrar Andrenio y detúvole, diciendo:
¿Adónde caminas, que vas vendido?
Miraron de lejos y vieron cómo se vendían unos á otros, hasta los mayores amigos.
Decía en otra:
Aquí se vende lo que se da.
Unos decían eran mercedes; otros, que presentes destos tiempos.
Sin duda, dijo Andrenio, que aquí se da tarde, que es tanto como no dar.
No será, sino que se pide lo que se da, replicó Critilo: que es muy caro lo que cuesta la vergüenza de pedir y mucho más el exponerse á un no quiero.
Pero Egenio averiguó eran dádivas del villano mundo.
Hacienda. ¡Oh, qué mala mercadería!, gritaba uno á una puerta.
Y con todo eso no cesaban de entrar á porfía y los que salían todos decían:
¡Oh, maldita hacienda! Si no la tenéis, causa deseo; si la tenéis, cuidado; si la perdéis, tristeza.
Pero advirtieron había otra botica llena de redomas vacías, cajas desiertas, y con todo eso muy embarazada de gente y de ruido. Á este reclamo acudió luego Andrenio.
Preguntó qué se vendía allí, porque no se veía cosa, y respondiéronle que viento, aire y aun menos.
¿Y hay quien lo compre?
Y quien gasta en ello todas sus rentas. Aquella caja está llena de lisonjas, que se pagan muy bien. En aquella redoma hay palabras, que se estiman mucho. Aquel bote es de favores, de que se pagan no pocos. Aquella arca grande está rellena de mentiras, que se despachan harto mejor que las verdades y más las que se pueden mantener por tres días y en tiempo de guerra, dice el italiano, bugia como terra.
Todo aire. ¡Hay tal cosa!, ponderaba Critilo. ¡Que haya quien compre el aire y se pague dél!
¿Deso os espantáis?, le dijeron. ¿Pues en el mundo qué hay sino viento? El mismo hombre, quitadle el aire y veréis lo que queda. Aun menos que aire se vende aquí y muy bien se paga.
Vieron que actualmente estaba un boquirrubio dando muchas y muy ricas joyas, galas y regalos, que siempre andan juntos, á un demonio de una fea, por quien andaba perdido. Y preguntando qué le agradaba en ella respondió, que el airecillo.
De modo, señor mío, dijo Critilo, ¿que aún no llega á ser aire y enciende tanto fuego?
Estaba otro dando largos ducados, porque le matasen un contrario.
¿Señor, qué os ha hecho?
No ha llegado á tanto; hame dicho de suerte, que por una palabrilla...
¿Y era afrentosa?
No, pero el airecillo con que lo dijo me ofendió mucho.
De modo, que aún no llega á ser aire lo que os cuesta tan caro á vos y á él.
Gastaba un gran príncipe sus rentas en truhanes y bufones y decía que gustaba mucho de sus gracias y donaires.
Desta suerte se vendían tan caros puntillos de honra, el modillo, el airecillo y el donaire.
Pero lo que les espantó mucho fué ver una mujer tan fiera, que pasaba plaza de furia infernal, de harpía en arañar á cuantos llegaban á su tienda y gritaba:
¿Quién compra? ¿Quién compra pesares, quebraderos de cabeza, quitasueños, rejalgares, malas comidas y peores cenas?
Entraban ejércitos enteros y era lo malo que, haciendo alarde, salían pasando crujía y los que vivos, Marqués del Borro. que eran bien pocos, salían corriendo sangre, más acribillados de heridas que un marqués del Borro. Y con verlos, no cesaban de entrar los que de nuevo venían.
Estábase Critilo espantado, mirando tal atrocidad y díjole Egenio:
Sabe que cuantos males hay le ponen algún cebillo al hombre para pescarle: la codicia oro, la lujuria deleites, la soberbia honras, la gula comidas, la pereza descansos; sólo la ira no da sino golpes, heridas y muertes y con todo eso tantos y tontos la compran tan cara.
Pregonaba uno: Aquí se venden esposas.
Llegaban unos y otros, preguntando si eran de hierro ó mujeres.
Todo es uno, que todas son prisiones.
¿Y el precio?
De balde y aun menos.
¿Cómo puede ser menos?
Sí, pues se paga porque las lleven.
Sospechosa mercadería: ¿mujeres y pregonadas?, ponderó uno. Ésa no llevaré yo: la mujer, ni vista ni conocida; pero también será desconocida.
Llegó uno y pidió la más hermosa. Diéronsela á precio de gran dolor de cabeza y añadió el casamentero:
El primer día os parecerá bien á vos; todos los demás á los otros.
Escarmentando otro, pidió la más fea.
Vos la pagaréis con un continuo enfado.
Convidábanle á un mozo que tomase esposa y respondió:
Aún es temprano.
Y un viejo: Ya es tarde.
Discreción. Otro, que se picaba de discreción, pidió una que fuese entendida. Buscáronle una feísima, toda huesos y que todos le hablaban.
Venga una, señor mío, que sea muy igual en todo, dijo un cuerdo: porque la mujer, me aseguran, es la otra mitad del hombre y que realmente antes eran una misma cosa entrambos; mas que Dios los separó, porque no se acordaban de su divina Providencia. Y que esta es la causa de aquella tan vehemente propensión, que tiene el hombre á la mujer, buscando su otra mitad.
Casi tiene razón, dijeron; pero es cosa dificultosa hallarle á cada uno su otra mitad. Todas andan barajadas comúnmente. La del colérico damos al flemático, la del triste al alegre, la del hermoso al feo y tal vez la del mozo de veinte años al caduco de setenta: ocasión de que los más vienen arrepentidos.
Pues eso, señor casamentero, dijo Critilo, no tiene disculpa, que bien conocida es la desigualdad de quince años á setenta.
¿Qué queréis? Ellos se ciegan y lo quieren así.
Pero ellas ¿cómo pasan por eso?
Es, señor, que son niñas y desean ser mujeres y, si ellos caducan, ellas niñean. El mal es que, en no teniendo mocos, no gustan de gargajos. Mas eso no tiene remedio. Tomad ésta, conforme la deseáis.
Miróla y halló que en todo era dos ó tres puntos más corta: en la edad, en la calidad, en la riqueza, en todo. Y reclamando no era tan ajustada como deseaba:
Llevadla, dijo, que con el tiempo vendrá á ajustarse, que de otra manera pasaría y sería mucho peor. Y tened cuidado de no darla todo lo necesario, porque en teniéndolo, querrá lo superfluo.
Fué alabado mucho uno, que diciéndole viese una, que había de ser su mujer, respondió que él no se casaba por los ojos, sino por los oídos. Y así llevó en dote la buena fama.
Convidáronlos á la casa del buen gusto, donde había convitón.
¿Será casa de gula?, dijo Andrenio.
Sí será, respondió Critilo; pero los que entran parecen comedores y los que salen comidos.
Vieron cosas raras: había sentado un gran señor, rodeado de gentileshombres enanos, entrometidos, truhanes, valientes y lisonjeros, que parecía el arca de las sabandijas. Príncipes. Comió bien; pero echáronle la cuenta muy larga, porque dijeron comía cien mil ducados de renta. Él sin réplica, pasaba por ello. Reparó Critilo y dijo:
¿Cómo puede ser esto? No ha comido la centésima parte de lo que dicen.
Es verdad, dijo Egenio, que no los come; sino éstos que le van alrededor.
Pues, según eso, no digan que tiene el duque cien mil de renta, sino mil y los demás de dolor de cabeza.
Había bravos papasales, otros que papaban viento y decían que engordaban; pero al cabo todo paraba en aire. Todo se lo tragaban algunos y otros todo se lo bebían. Muchos tragaban saliva y los más mordían cebolla y al cabo todos los que comían quedaban comidos hasta de los gusanos.
En todas estas tiendas no feriaron cosa de provecho; sí en las otras de mano derecha, preciosos bienes, verdades de finísisimos quilates y sobre todo á sí mismos. Que el sabio consigo y Dios, tiene lo que basta.
Desta suerte salieron de la feria, hablando cómo les había ido en ella. Egenio ya otro, porque rico trató de volver á su alojamiento, que en esta vida no hay casa propia. Critilo y Andrenio se encaminaron á pasar los puertos de la edad varonil en Aragón, de quien decía aquel su famoso rey que, en naciendo, fué destinado para dar tantos Santiagos y para ser conquistador de tantos reinos, comparando las naciones de España á las edades y que los aragoneses eran los varones.
EL CRITICÓN