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El criticón (tomo 1 de 2)

SEGUNDA PARTE (continued 2)

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Mira, decía uno, que soy tu pariente.

Y respondía el de adentro:

Más quiero mis dientes, que mis parientes. Cuando yo era pobre, no tenía parientes ni conocidos, que quien no tiene sangre, no tiene consanguíneos, y ahora me nacen como hongos y se pegan como lapa.

¿No me conoces, que soy tu amigo?, gritaba otro.

Y respondíanle:

En tiempo de higos, higas.

Con mucha cortesía rogaba un gentilhombre y respondía un villano: Ahora, que tengo, todos me dicen: Norabuena estéis Pedro.

¿Pues á tu padre?, decía un viejo.

Y el hijo respondía:

En esta casa no se tiene ley con nadie.

Al contrario, rogaba á su padre un hijo le dejase entrar y él respondía:

Eso no, mientras yo viva.

Ninguno se ahorraba con el otro, ni hermanos con hermanos, ni padres con hijos: ¿pues qué sería suegras con nueras? Oyendo esto, desconfiaron de todo punto de poder entrar. Trataban de tomarse la honra, si no el provecho, cuando el francés les dijo:

¡Qué presto desmayáis! ¿No entraron los que están dentro? Pues no nos faltará traza á nosotros. Dinero no falte y trampa adelante.

Mostróles una valiente maza, que estaba pendiente de una dorada cencerra:

Miradla bien, dijo: que en ella consiste nuestro remedio. ¿Cúya pensáis que es?

Si fuera de hierro y con sus puntas aceradas, dijo Critilo, aun creyera yo era la clava de Hércules.

¿Cómo de Hércules?, dijo el francés. Fué juguete aquélla, fué un melindre, respecto désta y todo cuanto el ahijado de Juno obró con ella fué niñería.

¿Cómo hablas así, monsiur, de una tan famosa y tan celebrada clava?

Dígote que no valió un clavo, respecto désta, ni supo Hércules lo que se hizo ni supo vivir ni entendió el modo de hacer la guerra.

¿Cómo no, si con aquella triunfó de todos los monstruos del mundo, con ser tantos?

Pues con ésta se vencen los mismos imposibles. Creedme que es mucho más ejecutiva y sería nunca acabar querer yo relataros los portentos de dificultades, que se han allanado con ésta.

Será encantada, dijo Andrenio, no es posible otra cosa. Obra grande de algún poderoso nigromántico.

Que no está encantada, dijo el francés, aunque sí hechiza á todos. Más os digo, que aquélla sólo en la diestra de Hércules valía algo; mas ésta en cualquier mano, aunque sea en la de un enano, de una mujer, de un niño, obra prodigios.

Poder del oro. ¡Eh, monsiur, dijo Andrenio! No tanto encarecimiento. ¿Cómo puede ser eso?

¿Cómo? Yo os lo diré. Porque es toda ella de oro macizo, aquel poderoso metal, que todo lo riñe y todo lo rinde. ¿Qué pensáis vosotros, que los reyes hacen la guerra con el bronce de las bombardas, con el hierro de los mosquetes y con el plomo de las balas? No, por cierto, sino con dinari y dinari e piu dinari. Mal año para la tizona del Cid y para la encantada de Roldán, respecto de una maza preñada de doblones. Y porque lo veáis, aguardad.

Descolgóla y pegó con ella en las puertas un ligerísimo golpecillo; pero tan eficaz, que al punto se abrieron de par en par, quedando atónitos ambos peregrinos y blasonando el monsiur, aunque fueran las de la torre de Dánae. Pero son de Dame, que es más.

Cuando todo estuvo llano, ya no lo estaba la voluntad de Critilo; antes dudaba mucho el entrar, porque dudaba el poder salir. Reclamo de oro. Hallaba, como prudente, grandes dificultades; mas al ruido del dinero, que oyó contar, que por eso se llamó moneda, a monendo, porque todo lo persuade y recaba y á todos convence, se dejó vencer. Atrájole el reclamo del oro y de la plata. Que no hay armonía de Orfeo, que así arrebate.

En estando dentro, se volvieron á cerrar las puertas, con otros tantos cerrojos de diamante. Mas, ¡oh espectáculo tan raro como increíble! Donde creyeron hallar un palacio, centro de libertades, hallaron una cárcel, llena de prisiones, pues á cuantos entraban los aherrojaban. Y es lo bueno que á título de hacerles muchos favores.

Estaban persuadiendo á una hermosa mujer, que la enriquecían y engalanaban y echábanla al cuello una cadena de una esclavitud de por vida y aun por muerte, la argolla de un rico collar, las esposas de unos preciosos brazaletes, que paran en horcas, el apretador de sus obligaciones, el esmaltado lazo de un nudo ciego, la gargantilla de un ahogo. Ello fué casa y miento y cárcel verdadera.

Echáronle á un cortesano unos pesados grillos de oro, que no le dejaban mover y persuadíanle que podía cuanto quería. Los que imaginaron salones eran calabozos poblados de cautivos voluntarios y todos ellos cargados de prisiones, argollas y cadenas de oro; pero todos tan contentos como engañados. Toparon entre otros un cierto sujeto rodeado de gatos, poniendo toda su fruición en oirlos mayar.

Monstruosa codicia. ¡Hay tan mal gusto en el mundo, como el tuyo!, dijo Andrenio. ¿No fueran mejores algunos pajarillos enjaulados, que con sus dulces cantos, te aliviaran las prisiones? ¿Pero gatos y vivos y que gustes de oir sus enfadosos maídos, que á todos los demás atormentan?

Quita, que no lo entiendes, respondió él: para mí es la más regalada música de cuantas hay, éstas las voces más dulces y más suaves del mundo. ¿Qué tienen que ver los gorjeos del pintado jilguerillo, los quiebros del canario, las melodías del dulce ruiseñor, con los maullidos de un gato? Cada vez, que los oigo, se regocija mi corazón y se alboroza mi espíritu. Mal año para Orfeo y su lira, para el gustoso Correa y su destreza. ¿Qué tiene que ver toda la armonía de los instrumentos músicos con el maído de mis gatos?

Si fueran muertos, replicó Andrenio, aun me tentara; ¿pero vivos?

Sí, vivos y después muertos. Y vuelvo á decir que no hay más regalada voz en cuantas hay.

Pues dínos: ¿Qué hallas de suavidad en ella?

¿Qué? Aquel decir mío, mío y todo es mío y siempre mío y nada para vos: esa es la voz más dulce para mí de cuantos hay.

Hallaron cosas á este tono bien notables. Mostráronles algunos y aun los más, que se decía no tener corazones ni entrañas, no sólo para con los otros; pero ni aun para consigo mismos. Y con todo eso vivían.

¿Cómo se sabe, preguntó Andrenio, que estén descorazonados?

Muy bien, le respondieron: en no dar fruto alguno. Á más de que, buscándoseles á algunos, se les han hallado enterrados en sepulcros de oro y amortajados en sus talegos.

Muerte del avaro. ¡Desdichada suerte!, exclamó Critilo, la de un avaro, que nadie se alegra con su vida ni se entristece en su muerte. Todos bailan en ella al son de las campanas. La viuda rica con un ojo llora y con el otro repica. La hija, desmintiendo sus ojos hechos fuentes, dice río de las lágrimas que lloro. El hijo porque hereda, el pariente porque se va acercando á la herencia, el criado por la manda y por lo que se desmanda, el médico por su paga y no por su pago, el sacristán porque dobla, el mercader porque vende sus bayetas, el oficial porque las cose, el pobre porque las arrastra. ¡Miserable suerte la del miserable! Mal, si vive, y peor, si muere.

Rico hombre. En un gran salón vieron un grande personaje. Quedaron espantados de cosa tan nueva y tan estraña en semejante puesto.

¿Qué hace aquí este señor?, preguntó Critilo á uno de sus enemigos, no escusados.

Y él: ¿Qué? Adorar.

¿Pues qué, es gentil?

Lo que menos tiene es de gentil y de hombre.

¿Pues qué adora?

Dora y adora una arca.

¿Qué? ¿Es judío?

En la condición ya podría; pero en la sangre no: que es muy noble, de los ricos hombres de España.

Y con todo eso, ¿no es hidalgo?

Antes, porque no lo es, es hombre rico.

¿Qué arca es ésta que adora?

La de su testamento.

¿Y es de oro?

Dentro sí; mas por fuera de hierro, pues no sabe qué ni por qué ni para qué ni para quién.

Aquí vieron ejecutada aquella exagerada crueldad, que cuentan de las víboras, cómo la hembra al concebir corta la cabeza al macho y después los hijuelos vengan la muerte de su padre, agujerándola el vientre y rasgándola las entrañas por salir y campear, cuando vieron que la mujer, por quedar rica y desahogada, ahoga al marido. Luego el heredero, pareciéndole vive sobrado la madre y él no vive sobrado, la mata á pesares. Á él, por heredarle, su otro hermano segundo le despacha. De suerte, que unos á otros, como víboras crueles, se emponzoñan y se matan. El hijo procura la muerte del padre y de la madre, pareciéndole que viven mucho y que él se hará senior, antes de llegar á ser señor. Morir de mal de hijo. El padre teme al hijo y, cuando todos festejan el nacimiento del heredero, él enluta su corazón, temiéndole como á su más cercano enemigo; pero el abuelo se alegra y dice:

Seáis bien venido, ¡oh enemigo de mi enemigo!

Fuéles materia de risa, entre las muchas de pena, lo que le aconteció á uno de estos guardadores. Que un ladrón de otro ladrón, que hay ladrones de ladrones, con tal sutileza le engañó, que le persuadió se robase á sí mismo: de modo, que le ayudó á quitarse cuanto tenía. Él mismo llevó á cuestas toda la ropa, el oro y plata de su casa, transportándola y escondiéndola donde jamás la vió ni la gozó. Lamentábase después, doblando el sentimiento, de ver que él había sido el ladrón de sí mismo, el robador y el robado.

Avaro ladrón de sí. ¡Oh lo que puede el interés!, ponderaba Critilo. Que le persuada á un desdichado que él se robe, que esconda su dinero, que atesore para ingratos, jugadores y perdidos; y que él ni coma ni beba ni vista ni duerma ni descanse ni goce de su hacienda ni de su vida. Ladrón de sí mismo, merece muy bien los cientos contados al revés y que le destierre el discreto Horacio á par de un Tántalo necio.

Habían dado una vuelta entera á todo aquel palacio de calabozos, sin haber podido descubrir el coronado necio de su dueño, cuando á lo último, imaginándole en algún salón dorado, ocupando rico trono á toda majestad, vestido de brocados rozagantes, con su ropón imperial, le hallaron muy al contrario, metido en el más estrecho calabozo, que aun luz no gastaba, por no gastarla ni aun de día, por no ser visto para dar ni prestar. Con todo, brujulearon su mala catadura, cara de pocos amigos y menos parientes, aborreciendo por igual deudos y deudas.

La barba crecidamente descompuesta, que aun el regalo de quitársela se envidiaba. Mostraba unas grandes orejas de rico trasnochado, siendo tan horrible en su aspecto. Nada se ayudaba con el vestido, que de viejo, la mitad era ido y la otra se iba aborreciendo todo lo que cuesta. Estaba solo quien de nadie se fiaba y todos le dejaban estar, rodeado de gatos, con almas de doblones, propias de desalmados, que aun muertos no olvidan las mañas del agarro. Parecía en lo crudo un Radamanto.

Así como entraron, con que á nadie puede ver, fué á abrazarlos, que los quisiera de oro; mas ellos, temiendo tanta preciosidad, se retiraron, buscando ya por dónde salir de aquella dorada cárcel, Infierno de plata. palacio de Plutón, que toda casa de avaro es infierno en lo penoso y limbo en lo necio.

Con este deseo, apelándose al desengaño de todo vicio, en especial de la tiranía codiciosa, buscaban á toda priesa por dónde escapar; mas, como en casa del desdichado se tropieza en los azares, yendo en fuga, cayeron en una disimulada trampa, cubierta con las limaduras de oro de la misma cadena, tan apretado lazo, que cuanto más forcejeaban por librarse, más le anudaban. Lamentaba Critilo su inconsiderada ceguera. Suspiraba Andrenio su malvendida libertad. Cómo la consiguieron contará la otra Crisi.

CRISI IV

El museo del discreto.

Solicitaba un entendido, por todo un ciudadano emporio y aun dicen corte, una casa, que fuese de personas; mas en vano. Porque, aunque entró en muchas curioso, de todas salió desagradado, por hallarlas, cuanto más llenas de ricas alhajas, tanto más vacías de las preciosas virtudes. Guióle ya su dicha á entrar en una y aun única. Y al punto, volviéndose á sus discretos les dijo:

Ya estamos entre personas: esta casa huele á hombres.

¿En qué lo conoces? le preguntaron.

Y él: ¿no veis aquellos vestigios de discreción?

Y mostróles algunos libros, que estaban á mano:

Éstas, ponderaba, son las preciosas alhajas de los entendidos. ¿Qué jardín del Abril, qué Aranjuez del Mayo, como una librería selecta? ¿Qué convite más delicioso para el gusto de un discreto, como un culto museo, donde se recrea el entendimiento, se enriquece la memoria, se alimenta la voluntad, se dilata el corazón y el espíritu se satisface? Fullería discreta. No hay lisonja, no hay fullería para un ingenio, como un libro nuevo cada día.

Las pirámides de Egipto ya acabaron, las torres de Babilonia cayeron, el romano coliseo pereció, los palacios dorados de Nerón caducaron, todos los milagros del mundo desaparecieron y solos permanecen los inmortales escritos de los sabios, que entonces florecieron, y los insignes varones, que celebraron. ¡Oh, gran gusto el de leer! Empleo de personas que, si no las halla, las hace. Poco vale la riqueza sin la sabiduría y de ordinario andan reñidas. Los que más tienen menos saben y los que más saben menos tienen. Que siempre conduce la ignorancia borregos con bellocino de oro.

Esto les estaba ponderando, ya para consuelo, ya para enseñanza, á los dos presos en la cárcel del interés, en el brete de su codicia, un hombre y aun más. Pues en vez de brazos, batía alas, tan volantes, que se remontaba á las estrellas y en un instante se hallaba donde quería. Fué cosa notable que, cuando á otros en llegando los amarraba fuertemente, sin dejarles libertad ni para dar un paso, cargándoles de grillos y de cadenas, á éste, al punto que llegó, le jubilaron de una, que al pie arrastraba y le apesgaba de modo, que no le permitía echar un vuelo. Admirado Andrenio, le dijo:

Hombre ó prodigio, ¿quién eres?

Y él prontamente: Ayer nada, hoy poco más y mañana menos.

¿Cómo menos?

Sí: que á veces más valiera no haber sido.

¿De dónde vienes?

De la nada.

¿Y dónde vas?

Al todo.

¿Cómo vienes tan solo?

Aun la mitad me sobra.

Deseoso de saber. Ahora digo que eres sabio.

Sabio, no; deseoso de saber, sí.

¿Pues con qué ocasión viniste acá?

Vine á tomar el vuelo: que pudiendo levantarme á las más altas regiones en alas de mi ingenio, la envidiosa pobreza me tenía abatido.

Según eso, ¿no piensas en quedarte aquí?

De ningún modo: que no se permuta bien un adarme de libertad por todo el oro del mundo; antes, en tomando lo preciso de lo precioso, volaré.

¿Y podrás?

Siempre que quiera.

¿Podríasnos librar á nosotros?

Todo es que queráis.

¿Pues no habíamos de querer?

No sé: que es tal el encanto de los mortales, que están con gusto en sus cárceles y muy hallados, cuando más perdidos. Ésta, con ser un encanto, es la que más aprisionados les tiene, porque más apasionados.

Mundo encantado. ¿Cómo es eso de encanto?, dijo Andrenio. ¿Pues no es éste, que vemos, tesoro verdadero?

De ningún modo; sino fantástico.

Éste que reluce, ¿no es oro?

Dígole lodo.

¿Y tanta riqueza?

Vileza.

Éstos ¿no son montones de reales?

No hay una realidad en todos ellos.

Pues éstos, que tocamos, ¿no son doblones?

Sí, en lo doblado.

¿Y tanto aparador?

No es, sino parador, pues al cabo para en nada. Y porque os desengañéis que todo esto es apariencia, advertid que, en boqueando cualquiera, el más rico, el más poderoso, en nombrando cielo, en diciendo: ¡Dios mío, valedme!, al mismo punto desaparece todo y se convierte en carbones y aun cenizas.

Así fué. Que, en diciendo uno Jesús, dando la última boqueada, se desvaneció toda su pompa, como si fuera sueño. Tanto que, despertando los varones de las riquezas y mirándose á las manos, las hallaron vacías. Todo paró en sombra y en asombro y fué un espectáculo bien horrible ver que, los que antes eran estimados por reyes, ahora fueron reídos. La muerte de blanco. Los monarcas, arrastrando púrpuras, las reinas y las damas rozando galas, los señores recamados, todos se quedaron en blanco. Y por no haber dado en él. No ya ocupaban tronos de marfil; sino tumbas de luto. De sus joyas sólo quedó el eco en hoyas y sepulcros.

Las sedas y damascos fueron ascos. Las piedras finas se trocaron en losas frías, las sartas de perlas en lágrimas. Los cabellos tan rizados, ya erizados. Los olores, hedores; los perfumes, humos. Todo aquel encanto paró en canto y en responso y los ecos de la vida, en huecos de la muerte. Las alegrías fueron pésames, porque no les pesa más la herencia á los que quedan. Y toda aquella máquina de viento en un cerrar y abrir de ojos se resolvió en nada.

Quedaron nuestros dos peregrinos más vivos, cuando más muertos. Pues desengañados, preguntáronle á su remediador alado dónde estaban. Y él les dijo que muy hallados, pues en sí mismos. Propúsoles si le querían seguir al palacio de la discreta Sofisbella, donde él iba y donde hallarían la perfecta libertad. Ellos, que no deseaban otra cosa, le rogaron que, pues había sido su libertador, les fuese guía. Preguntáronle si conocía aquella sabia reina.

Luego que me vi con alas, respondió, y vamos caminando, determiné ser suyo. Son pocos los que la buscan y menos los que la hallan. Discurrí por todas las más célebres Universidades sin poder descubrirla. Que, aunque muchos son sabios en latín, suelen ser grandes necios en romance. Pasé por las casas de algunos, que el vulgo llama letrados; pero, como me veían sin dinero, decíanme leyes. Fénix sabia. Hablé con muchos tenidos por sabios; mas entre muchos doctores no hallé un docto. Finalmente conocí que iba perdido y me desengañé. Que de sabiduría y de bondad no hay sino la mitad de la mitad y aun de todo lo bueno.

Mas, como voy volando por todas partes, he descubierto un palacio, fabricado de cristales, bañado de resplandores, cambiando luces. Si en alguna estancia se ha de hallar esta gran reina, ha de ser en este centro, porque ya acabó la docta Atenas y pereció la culta Corinto.

Oyóse en esto una confusa vocería, vulgar aplauso de una insolente turba, que asomaba. Pararon al punto y repararon en un chabacano monstruo, que venía atrancando sendas, seguido de innumerable turba. ¡Estraña catadura! La primera mitad de hombre y la otra de serpiente. De modo, que de medio arriba miraba al cielo y de medio abajo iba arrastrando por tierra. Conocióle luego el varón alado y previno á sus camaradas le dejasen pasar, sin hacer caso ni preguntar cosa. Mas Andrenio no pudo contenerse, que no preguntase á uno del gran séquito quién era aquel serpihombre.

¿Quién ha de ser, le respondió, sino quien sabe más que las culebras? Éste es el sabio de todos, el milagro del vulgo y éste es el pozo de ciencia.

Bachillería del mundo, necedad del cielo. Tú te engañas y le engañas, replicó el alado: que no es sino uno, que sabe al uso del mundo. Que todo su saber es estulticia del cielo. Éste es de aquellos, que saben para todos y no para sí, pues siempre andan arrastrados. Éste es el que habla más y sabe menos. Y éste es el necio, que sabe todas las cosas malsabidas.

¿Y dónde os lleva?, preguntó Andrenio.

Sabios de fortuna. ¿Dónde? Á ser sabios de fortuna.

Estrañó mucho el término y replicóle:

¿Qué cosa es ser sabio de ventura?

Uno, que sin haber estudiado, es tenido por docto, sin cansarse es sabio, sin haberse quemado las cejas trae barba autorizada, sin haber sacudido el polvo á los libros levanta polvaredas, sin haberse desvelado es muy lucido, sin haberse trasnochado ni madrugado ha cobrado buena fama. Al fin él es un oráculo del vulgo y que todos han dado en decir que sabe sin saberlo. ¿Nunca has oído decir: ventura te dé Dios, hijo? Pues éste es el mismo y nosotros lo pensamos también ser.

Mucho le contentó á Andrenio aquello de saber sin estudiar, letras sin sangre, fama sin sudor, atajo sin trabajo, valer de balde. Y traído del gran séquito, que el plausible sabio arrastraba, hasta de carrozas, literas y caballos, ceceándole todos y brindándole con el descanso, volviéndose á sus compañeros les dijo:

¡Amigos, vivir un poco más y saber un poco menos!

Y metióse entre sus tropas, que al punto desaparecieron.

¡Basta!, dijo el varón alado al atónito Critilo. Que el verdadero saber es de pocos. Consuélate, que más presto le hallarás tú á él, que él á ti, con que tú serás el hallado y él el perdido.

Quisiera ir en busca suya Critilo; mas viendo ya brillar el gran palacio, que buscaban, olvidado aun de sí mismo y sin poder apartar los ojos dél, caminó allá embelesado. Campeaba, sin poder esconderse, en una clarísima eminencia, señoreando cuanto hay. Palacio del entendimiento. Era su arquitectura extremo del artificio y de la belleza, engolfado en luces y á todas ellas, que para recibirlas bien, á más de ser diáfanas sus paredes y toda su materia transparente, tenía muchas claraboyas, balcones rasgados y ventanas patentes. Todo era luz y todo claridad. Cuando llegaron cerca, vieron algunos hombres, que lo eran, que estaban como adobando y besando sus paredes; pero, mirándolo mejor, advirtieron que las lamían y, sacando algunas cortezas, las mascaban y se paladeaban con ellas.

¿De qué provecho puede ser eso?, dijo Critilo.

Y uno dellos: Por lo menos es de sumo gusto.

Y convidóle con un terrón limpio y transparente que, en llegándole á la boca, conoció era sal y muy sabrosa y, los que imaginaron cristales, no lo eran, sino sales gustosísimas.

Estaba la puerta siempre patente, con que no entraban sino personas y ésas bien raras. Vestíanla hiedras y coronábanla laureles, con muchas inscripciones ingeniosas por toda la majestuosa fachada. Entraron dentro y admiraron un espacioso patio muy á lo señor, coronado de columnas tan firmes y tan eternas, que les aseguró el varón alado podían sustentar el mundo y algunas dellas el cielo, siendo cada una un non plus ultra de su siglo.

Percibieron luego una armonía tan dulce, que tiranizaba, no sólo los ánimos, pero las mismas cosas inanimadas, atrayendo á sí los peñascos y las fieras. Dudaron si sería su autor el mismo Orfeo y con esa curiosidad fueron entrando por un majestuoso salón muy capaz, en quien los copos de la nieve en marfiles y las ascuas de oro en piñas maravillosamente se atemperaban para construir su belleza.

Aquí los recibieron y aun cortejaron el buen gusto y el buen genio y, con el agrado que suelen, los condujeron á la agradable presencia de un sol humano, que parecía mujer divina. Estaba animando un tan suave plectro, que les aseguraron, no sólo hacía inmortales los vicios, pero que daba vida á los muertos, componía los ánimos, sosegaba los espíritus, aunque tal vez los encendía en el furor bélico, que no hiciera más el mismo Homero. Llegaron ya á saludarla entre las fruiciones de verla; pero más de oirla. Y ella, en honra de sus peregrinos huéspedes, hizo alarde de armonía. Nicho de la poesía. Estaba rodeada de varios instrumentos, todos ellos muy sonoros. Mas, suspendiendo los antiguos, aunque tan suaves, fué echando mano de los modernos. El primero, que pulsó, fué una culta cítara, haciendo extremada armonía; aunque la percibían pocos, que no era para muchos. Con todo, notaron en ella una desproporción harto considerable que, aunque sus cuerdas eran de oro finísimo y muy sutiles, la materia de que se componía, debiendo ser de un marfil terso, de un ébano bruñido, era de haya y aun más común. Advirtió el reparo la conceptuosa ninfa y con un regalado suspiro, les dijo:

Si en este culto plectro cordobés hubiera correspondido la moral enseñanza á la heroica composición, los asuntos graves á la cultura de su estilo, la materia y bizarría del verso á la sutileza de sus conceptos, no digo yo de marfil, pero de un finísimo diamante merecía formarse su concha.

Tomó ya un italiano rabel, tan dulce, que al pasar el arco pareció suspender la misma armonía de los cielos, si bien para ser pastoril y tan Fido, pareció sobradamente conceptuoso. Tenía muy á mano dos laúdes, tan igualmente acordes, que parecían hermanos.

Éstos, dijo, son graves por lo aragoneses. Puédelos oir el más severo Catón sin nota de liviandad. En el metro tercero son los primeros del mundo; pero en el cuarto, ni aun quintos.

Vieron una arquicítara de extremada composición, de maravillosa traza. Y aunque estaba bajo de otra; pero en el material artificio ni ésta la cedía ni aquélla en la invención la excedía. Y así dijo el alma de los instrumentos:

Si el Ariosto hubiera atendido á las morales alegorías, como Homero, de verdad que no le fuera inferior.

Resonaba mucho y embarazaba á muchos un instrumento, que unieron cáñamo y cera. Parecía órgano por lo desigual y era compuesto de las cañas de Siringa, cogidas en la más fértil vega. Llenábanse de viento popular; mas con todo este aplauso, no les satisfizo y dijo entonces la poética Belleza.

Pues sabed que éste, en aquel tiempo desaliñado, fué bien oído y llenó, por lo plausible, todos los teatros de España.

Descolgó una vihuela tan de marfil, que afrentaba la misma nieve; pero tan fría, que al punto se le helaron los dedos y hubo de dejarla, diciendo:

En estas rimas del Petrarca se ven unidos dos extremos, que son su mucha frialdad con el amoroso fuego.

Colgóla junto á otras dos, muy sus semejantes, de quienes dijo:

Éstas más se suspenden, que suspenden.

Y en secreto confesóles eran del Dante Aligero y del español Boscán. Pero entre tan graves plectros, vieron unas tejuelas picariles, de que se escandalizaron mucho.

No las estrañéis, les dijo: que son muy donosas. Con éstas espantaba sus dolores Marica en el hospital.

Tañó con indecible melodía unas folías á una lira conceptuosa, que todos celebraron mucho y con razón:

Bástale, dijo, ser plectro portugués, tiernamente regalado, que él mismo se está diciendo el que amo es.

Gustaron no poco de ver una gaita y aun ella la animó con lindo gusto; aunque descompuso algo de su gran belleza y dijo:

Pues de verdad que fué de una musa princesa, á cuyo son solía bailar Gila en la noche de aquel santo.

Grande asco les causó ver una tiorba italiana, llena de suciedad y que frescamente parecía haber caído en algún cieno y, sin osarla tocar, cuanto menos tañer, la recatada ninfa, dijo:

Lástima es que este culto plectro del Marino haya dado en tanta inmundicia lasciva.

Estaba un laúd real artificiosamente fabricado en un puesto oscuro; con todo, despedía gran resplandor de sí y de muchas piedras preciosas, de que estaba todo él esmaltado:

Éste, ponderó, solía hacer un tan regalado son, que los mismos reyes se dignaban de escucharle. Y aunque no ha salido á luz en estampa, luce tanto, que dél se puede decir:

¡El alba es que sale!

Allí vieron un culto instrumento, coronado del mismo laurel de Apolo; aunque algunos no lo creían. Oyeron una muy gustosa zampoña; mas, por tener cáncer la musa que la tocaba, á cada concepto se le equivocaban las voces. Hacíase bien de sentir una lira, aunque mediana, mas en lo satírico, superior, y dábase á entender latinizando. Otro oyeron de feliz arte; mas dudaron si su prosa era verso y si su verso prosa. Vieron en un rincón muchos otros instrumentos, que con ser nuevos y acabados de hacer, estaban ya acabados y cubiertos de polvo. Admirado Critilo dijo:

¿Por qué, oh gran reina del Parnaso, éstos tan presto los arrimas?

Y ella: Porque rimas, todos se arriman á ellas, como más fáciles; pocos imitan á Homero y á Virgilio en los graves y heroicos poemas.

Para mí tengo, dijo Critilo, que Horacio los perdió, cuando más los quiso ganar, desanimándolos con sus rigorosos preceptos.

Aun no es eso, respondió la gloria de los cisnes: que son tan romancistas algunos, que no entienden el arte; sino que para las obras grandes son menester ingenios agigantados. Aquí está el Tasso, que es un otro Virgilio cristiano y tanto, que siempre se desempeña con ángeles y con milagros.

Había un vacío en buen lugar y, notándolo Critilo, dijo:

De aquí algún gran plectro han robado.

No será eso; sino que estará destinado para algún moderno.

Don Francisco de Sayas. ¿Si sería, dijo Critilo, uno que yo conozco y estimo por bueno, no por ser mi amigo, antes mi amigo por ser bueno?

No pudieron detenerse más, porque la edad les daba prisa, y así hubieron de dejar esta primera estancia de un tan culto Parnaso y, en lo fragante, Paraíso.

Llamóles el Tiempo á un otro salón más dilatado, pues no se le veía fin. Introdújoles en él la Memoria y aquí hallaron otra bien extremada ninfa, que tenía la mitad del rostro arrugado muy de vieja y la otra mitad fresco muy de joven. Historiadores. Estaba mirando á dos haces á lo presente y á lo pasado; que lo porvenir remitíalo á la providencia. En viéndola, dijo Critilo:

Ésta es la gustosa Historia.

Mas el varón alado: No es sino la maestra de la vida, la vida de la fama, la fama de la verdad y la verdad de los hechos.

Estaba rodeada de varones y mujeres, señalados unos por insignes y otros por ruines, grandes y pequeños, valerosos y cobardes, políticos y temerarios, sabios é ignorantes, héroes y viles, gigantes y enanos, sin olvidar ningún extremo. Tenía en la mano algunas plumas, no muchas, pero tan prodigiosas, que con una sola, que entregó á uno, le hizo volar y remontarse hasta los dos coluros. No sólo daba vida con el licor que destilaba; sino que eternizaba, no dejando envejecer jamás los famosos hechos. Íbalas repartiendo con notable atención, porque á ninguno daba la que él quería, y esto á petición de la Verdad y de la Entereza.

Y así notaron que llegó un personaje, ofreciendo por una gran suma de dinero: y no sólo no se la concedió; sino que le cargó la mano, diciéndole que estos libros para ser buenos han de ser libres ni se vuela á la eternidad en plumas alquiladas.

Replicaron otros se la diese, que antes sería para más ignominia suya.

Eso no, respondió la eterna Historia: no conviene. Porque, aunque ahora sería reída, de aquí á cien años será creída. Con esta misma atención á ninguno daba pluma, que no fuese después de cincuenta años de muerto, y á todo muerto, pluma viva. Con lo cual ni Tiberio el astuto ni Nerón el inhumano pudieron escaparse de lo de Cornelio de Tácito.

Fué á sacar una buena, para que un escritor grande escribiese de un gran príncipe y, porque la vió algo que untada de oro, la arrojó con desaire, con que había escrito aquella misma otras cosas harto plausiblemente y dijo:

Creedme que toda pluma de oro escribe yerros.

Solicitaba un otro á grandes diligencias, alguna, que escribiese bien dél. Informóse la ninfa si era benemérito.

Averiguó que no.

Replicó él que para serlo no se la quiso conceder; aunque alabó su honrado deseo, diciéndole que las palabras ajenas no pueden hacer insignes los hombres; sino sus hechos propios bien ejecutados primero y bien escritos después.

Al contrario, un otro famoso varón pidió le mejorase, porque la que le había dado era llana y sencilla y consolóle con que sus grandes hechos campeaban más en aquel mal estilo, que los de otros no tales entre mucha elocuencia.

Quejáronse algunos célebres modernos de que sus inmortales hechos se pasaban en silencio, habiendo habido elogios plausibles del Jovio para otros no tan esclarecidos.

Aquí se enojó mucho la noticiosa ninfa y con grande impaciencia dijo:

Si vosotros los despreciáis, los perseguís y tal vez los encarceláis á mis dilectísimos escritores, no haciendo caso dellos, ¿cómo queréis que os celebren? La pluma, príncipes míos, no ha de ser apreciada; pero sí preciada.

Daban en rostro las demás naciones á la española en no haberse hallado en ella una pluma latina, que con satisfacción la ilustrase.

Respondía que los españoles más atendían á manejar la espada que la pluma, á obrar las hazañas que á placearlas y que aquello de tanto cacarearlas más parecía de gallinas.

No le valió; antes la arguyeron de poco política y muy bárbara, poniéndola por ejemplo los romanos, que en todo florecieron y un César cabal pluma y espada rige.

Oyendo esto y viéndose señora del mundo, determinó llegar á pedir pluma. Juzgó la reina de los tiempos tenía razón; mas reparó en cuál la daría, que la desempeñase bien después de tanto silencio. Y aunque tiene por ley general no dar jamás á ninguna provincia algún escritor natural, so pena de no ser creído, con todo, viéndola tan odiada de todas las demás naciones, se resolvió en darla una pluma propia.

Comenzaron luego á murmurarlo las demás naciones y á mostrar sentimiento; mas la verdadera ninfa las procuró quietar, diciendo:

Dejad, que el Mariana, aunque es español de cuatro cuartos, si bien algunos lo han afectado dudar; pero él es tan tétrico y escribirá con tanto rigor, que los mismos españoles han de ser los que queden menos contentos de su entereza.

Esto no le fiaron á la Francia y así entregó la pluma de sus últimos sucesos y de sus reyes á un italiano. Y no contenta aún con esto, le mandó salir de aquel reino y que se fuese á Italia á escribir libremente y así ha historiado tan acertadamente Henrico Catarino, que ha oscurecido al Guicciardino y aun causado recelo á Tácito.

Con esto cada uno llevaba la que menos pensaba y quisiera. Las que parecían de unas aves, eran de otras, como la que pasó plaza del Conestagio en la unión de Portugal con Castilla, que bien mirada se halló no ser suya, sino del conde de Portalegre, para deslumbrar la más atenta prudencia.

Don José Pellicer. Pidió uno las del fénix para escribir della y encargósele seriamente no las gastase, sino en las de la fama. La que se conoció con toda realidad ser de fénix fué la de aquella princesa, excepción de la hermosura, no ya necia, aunque sí desgraciada, la inestimable Margarita de Valois, á quien y al César solos se les permitió escribir con acierto de sí mismos.

Pidió un príncipe soldado una pluma, la más bien cortada de todas. Por el mismo caso se la dió sin cortar, diciéndole:

Vuestra misma espada le ha de dar el corte: que si ella cortare bien, la pluma escribirá mejor.

Otro gran príncipe y aun monarca pretendió la mejor de todas, por lo menos la más plausible, porque él quería inmortalizarse con ella. Y viendo que realmente la merecía, escogió entre todas y dióle una entresacada de las alas de un cuervo. No quedó contento; antes murmuraba que, cuando pensó le daría la de algún águila real, que levantase el vuelo hasta el sol, le daba aquella tan infausta.

¡Eh, señor, que no lo entendéis!, dijo la Historia: éstas, que son de cuervo en el picar, en el adivinar las intenciones, en desentrañar los más profundos secretos, ésta del Comines es la más plausible de todas.

El doctor Juan Francisco Andrés. Trataba un gran personaje de mandar quemar una destas. Desengañáronle no lo intentase, porque son como las del fénix, que en el fuego se eternizan y, en prohibiéndolas, vuelan por todo el mundo. La que celebró mucho y por eso la dió á Aragón fué una cortada de un jirasol.

Ésta, dijo, siempre mirará á los rayos de la verdad.

Admiráronse mucho de ver que, habiendo tanta copia de historiadores modernos, no tenía sus plumas la inmortal ninfa en su mano ni la ostentaba, sino cual y cual, la de Pedro Mateo, del Santoro, Babia, del conde de la Roca, Fuenmayor y otros; mas desengañáronse, cuando advirtieron eran de simplicísimas palomas, sin la hiel de Tácito, sin la sal de Curcio, sin el picante de Suetonio, sin la atención de Justino, sin la mordacidad del Platina.

Que no todas las naciones, decía la gran reina de la verdad, tienen numen para la historia. Aquéllos por ligeros fingen, estos otros, porque llanos, descaecen y así las más destas plumas modernas son chabacanas, insulsas y en nada eminentes. Veréis muchas maneras de historiadores, unos gramaticales, que no atienden sino al vocablo y á la colocación de las palabras, olvidándose del alma de la historia. Otros cuestionarios: todo se les va en disputar y averiguar puntos y tiempos. Hay anticuarios, gaceteros y relacioneros: todos materiales y mecánicos, sin fondo de juicio ni altanería de ingenio.

Topó una pluma de caña dulce destilando néctar y al punto la sacudió de sí, diciendo:

Éstas no tanto eternizan las hazañas, cuanto confitan los desaciertos.

Aborrecía sumamente toda pluma teñida, tenida por apasionada, inclinándose siempre, ya al lado del odio, ya de la afición. Fué á sacar una y dijo:

Ésta ya ha salido otra vez, ya la di á otro primero y, si mal no me acuerdo, fué á Illescas, á quien le traslada capítulos enteros el Sandoval. Basta, que yo me he equivocado.

Mucho se detuvieron aquí y aun se estuvieron: tan entretenida es la mansión de la Historia.

Buenas letras. Pasaron ya cortejados del Ingenio por la de la Humanidad. Lograron muchas y fragantes flores, delicias de la agudeza, que aquí asistía tan aliñada cuan hermosa, leyéndolas en latín Erasmo, el Evorense y otros, y escogiéndolas en romance, las florestas españolas, las facecias italianas, las recreaciones del Guicciardino, hechos y dichos modernos del Botero, de solo Rufo seiscientas flores, los gustosos Palmirenos, las librerías del Doni, sentencias, dichos y hechos de varios elogios, teatros, plazas, silvas, oficinas, jeroglíficos, empresas, geniales, polianteas y fárragos.

No fué menos de admirar la ninfa anticuaria, de más curiosidad que sutileza. Tenía por estancia un erario enriquecido de estatuas, piedras, incripciones, sellos, monedas, medallas, insignias, urnas, barros, láminas, con todos los libros, que tratan de esta noticiosa antigüedad, tan acreditada con los eruditos diálogos de don Antonio Agustín, ilustrada de los Golcios Anticuarios. y últimamente enriquecida con las noticias de las monedas antiguas españolas de Lastanosa.

Al lado déste hallaron otro tan embarazado de materialidades, que á la primera vista creyeron sería algún obrador mecánico; mas, cuando vieron globos celestes y terrestres, esferas, astrolabios, brújulas, dioptras, cilindros, compases y pantómetras, Matemáticas. conocieron ser los desvanes del entendimiento y el taller de las matemáticas, sirviendo de alma muchos libros de todas estas artes y aun de las vulgares. Pero de la noble pintura y arquitectura había tratados superiores.

Fueron registrando todos estos nichos de paso, lo que basta para no ignorar. Filosofía natural. Así como el de la indagadora natural filosofía, levantando mil testimonios á la naturaleza. Servían de estantes á sus curiosos tratados los cuatro elementos y en cada uno los libros, que tratan de sus pobladores, como de las aves, peces, brutos, plantas, flores, piedras preciosas, minerales y en el fuego de sus meteoros, fenómenos y de la artillería. Pero enfadados de tan desabrida materialidad, los sacó de allí el Juicio, para meterlos en sí.

Veneraron ya una semideidad en lo grave y lo sereno, que en la más profunda estancia y más compuesta estaba, entresacando las saludables hojas de algunas plantas, para confeccionar medidas y destilar quintas esencias con que curar el ánimo y en que conocieron luego era la Moral Filosofía. Filósofos morales. Cortejáronla de propósito y ella les dió asiento entre sus venerables sujetos. Sacó en primer lugar unas hojas, que parecían del díctamo, gran contraveneno, y mostró estimarlas mucho, si bien á algunos les parecieron algo secas y aun frías, de más provecho que gusto; pero de verdad muy eficaces. Y aseguró haberlas cogido por su mano de los huertos de Séneca. En un plato, que pudo ser fuente de doctrina, puso otras, diciendo:

Éstas, aunque más desabridas, son divinas.

Allí vieron el ruibarbo de Epicteto y otras purgativas de todo exceso de humor, para aliviar el ánimo.

Para apetito y regalo hizo una ensalada de los diálogos de Luciano, tan sabrosa, que á los más desconocidos les abrió el gusto, no sólo de comer, pero de rumiar los grandes preceptos de la prudencia.

Después déstos echó mano de unas hojas muy comunes; mas ella las comenzó á celebrar con exageraciones. Estaban admirados los circunstantes, cuando las habían tenido más por pasto de bestias, que de personas.

No tenéis razón, dijo: que en estas fábulas de Esopo hablan las bestias, para que entiendan los hombres.

Y haciendo una guirnalda, se coronó con ellas. Para sacar una quinta esencia general recogió todas las de Alciato, sin desechar una y, aunque las vió imitadas en algunos; pero eran contrahechas y sin la eficaz virtud de la moralidad ingeniosa.

De los Morales de Plutarco se valía para comunes remedios: echaban gran fragancia todo género de apostemas y sentencias; pero, no haciéndose mucho caso de sus recopiladores, mandó fuesen algunos dellos premiados con estimación, por haberles ayudado mucho y aun, como Lucinas, haberles dado forma de una aguda donosidad.

Topó unas grandes hojazas, muy extendidas, no de mucha eficacia y así dijo:

Éstas del Petrarca, Justo Lipsio y otros, si tuvieran tanto de intensión como tienen de cantidad, no hubiera precio bastante para ellas.

Acertó á sacar unas de tal calidad, que al mismo punto los circunstantes las apetecieron y unos las mascaban, otros las molían y estaban todo el día sin parar, aplicando el polvo á las narices.

Basta, dijo: que estas hojas de Quevedo son como las del tabaco, de más vicio que provecho, más para reir que aprovechar.

De la Celestina y otros tales, aunque ingeniosos, comparó sus hojas á las del perejil, para poder pasar sin asco la carnal grosería.

Éstas otras, aunque vulgares, son picantes y tal señor hay, que gasta su renta en ellas. Éstas de Barclayo y otros son como las de la mostaza, que, aunque irritan las narices, dan gusto con su picante.

Al contrario, otras muy dulces, así en el estilo, como en los sentimientos, las remitió, más para paladear niños y mujeres, que para pasto de hombres.

Las empresas del Jovio puso entre las olorosas y fragantes, que con su buen olor recrean el cerebro. Ostentó mucho unas hojas, aunque malaliñadas y tan feas, que les causaron horror; mas la prudente ninfa dijo:

No se ha de atender al estilo del infante don Manuel; sino á la extremada moralidad y al artificio con que enseña.

Por buen dejo sacó una alcarchofa y con lindo gusto la fué deshojando y dijo:

Estos raguallos del Boquelino, son muy apetitosos; pero de toda una hoja sólo se come el cabo con su sal y su vinagre.

Políticas. Muy gustosos y muy cebados se hallaban aquí, sin tratar de dejar jamás estancia tan de hombres. Sola la Conveniencia pudo arrancarlos, que á la puerta de un otro gran salón y muy su semejante, aunque más majestuoso, los estaba convidando y decía:

Aquí es donde habéis de hallar la sabiduría más importante: la que enseña á saber vivir.

Entraron por razón de estado y hallaron una coronada ninfa, que parecía atender más á la comodidad, que á la hermosura, porque decía ser bien ajeno y aun se le oyó decir tal vez:

Dadme grosura y os daré hermosura.

Á lo que se conocía, que todo su cuidado lo ponía en estar bien acomodada; mas, aunque muy disimulada y de rebozo, la conoció Critilo y dijo:

Ésta, sin más ver, es la Política.

¡Qué presto la has conocido! No suele ella darse á entender tan fácilmente.

Era su ocupación, que no hay sabiduría ociosa, fabricar coronas, unas de nuevo, otras de remiendo, y perfeccionábalas mucho. Había de todas materias y formas: de plata, de oro y de cobre, de palo, de roble, de frutos y de flores. Y todas las estaba repartiendo con mucha atención y razón.

Ostentó la primera muy artificiosa, sin defecto alguno ni quiebra; pero más para vista, que platicada. Y dijeron todos era la república de Platón, nada á propósito para tiempos de tanta malicia.

Al contrario, vieron otras dos, aunque de oro; pero muy descompuestas y de tan mal arte, aunque buena apariencia, que al punto las arrojó en el suelo y las pisó, diciendo:

Este príncipe del maquiavelismo y esta república del Bodino no pueden parecer entre gentes. No se llamen de razón, pues son tan contrarias á ella. Y advertid cuánto denotan ambas políticas la ruindad destos tiempos, la malignidad destos siglos y cuán acabado está el mundo.

La de Aristóteles fué una buena vieja.

Á un príncipe, tan católico como prudente, encomendó una toda embutida de perlas y de piedras preciosas: era la razón de estado de Juan Botero. Estimóla mucho y se le lució bien.

Aquí vieron una cosa harto estraña: que, habiendo salido á luz una otra muy perfecta y labrada, conforme á las verdaderas reglas de la política cristiana, alabándola todos con mucho fundamento, llegó un gran personaje, mostrando grandes ganas de haberla á su mano. Trató de comprar todos los ejemplares y dió cuanto le pidieron por ellos. Y cuando todos creían nacía de estimación, para presentársela á su príncipe, fué tan al revés, que, porque no llegase á sus manos, mandó hacer un gran fuego y quemar todos los ejemplares, esparciendo al aire sus cenizas.

Mas, aunque fué en secreto, llegó á noticia de la atenta ninfa, que como tan política, se las entiende á todo el mundo, y al punto mandó al mismo autor la volviese á estampar, sin que faltase una tilde, y repartióla por toda Europa, con estimación universal, cuidando que no volviesen ningún ejemplar á manos de aquel político, contra política.

Sacó del seno una caja tan preciosa, como odorífera. Y rogándole todos la abriese y les mostrase lo que contenía, dijo:

Es una riquísima joya. Ésta no sale á luz; aunque da tanta. Son las instrucciones que dió la experiencia de Carlos V á la gran capacidad de su prudente hijo.

Estaba allí apartada una, que aspiraba á eterna, más en la cantidad, que en la calidad. Obra de tomo. Nadie se atrevía á emprenderla.

Sin duda, dijo Critilo, que es la de Bobadilla, que todos cansados, la dejan descansar.

Ésta otra, aunque pequeña, sí que es preciosa, dijo la sagaz ninfa. No tiene otra falta esta política, sino de autor autorizado.

Estaban hacinadas muchas coronas, unas sobre otras, que en el poco aliño se conoció su poca estimación. Reconociéronlas y hallaron estaban huecas, sin rastro de sustancia.

Éstas, dijo, son las repúblicas del mundo, que no dan razón, más que de las cosas superficiales de cada reino. No desentrañan lo recóndito; conténtanse con la corteza.

Conocieron el Galateo y otros sus semejantes y, pareciéndoles no era este su lugar, ella porfió que sí, pues pertenecía á la política de cada uno, á la razón especial de ser personas.

Lograron muchas maneras de instrucciones de hombres grandes á sus hijos, varios aforismos políticos, sacados del Tácito y de otros sus secuaces; si bien había muchos por el suelo y dijo:

Éstos son varios discursos de arbitrios en quimeras, que todos son aire y vienen á dar en tierra.

Libros espirituales. Coronaba todas estas mansiones eternas uno, no ya camarín, sino sagrario, inmortal centro del espíritu, donde presidía el arte de las artes, la que enseña la divina política, y estaba repartiendo estrellas en libros santos, tratados devotos, obras ascéticas y espirituales.

Éste, dijo el varón alado, advierte que no tanto es estante de libros, cuanto Atlante de un cielo.

Aquí exclamó Critilo: ¡Oh, fruición del entendimiento! ¡Oh, tesoro de la memoria, realce de la voluntad, satisfacción del alma, paraíso de la vida! Gusten unos de jardines, hagan otros banquetes, sigan éstos la caza, cébense aquéllos en el juego, rocen galas, traten de amores, atesoren riquezas con todo género de gustos y de pasatiempos; que para mí no hay gusto como el leer ni centro como una selecta librería.

Hizo señal de leva el varón alado, mas Critilo:

Eso no, dijo, sin ver primero en persona la hermosa Sofisbella, que un tal cielo como éste no puede dejar de tener por dueño al mismo sol. Suplícote, oh conductor alado, quieras introducirme ante su divina presencia. Que ya me la imagino idea de beldades, ejemplar de perfecciones. Ya me parece que admiro la serenidad de su frente, la perspicacia de sus ojos, la sutileza de sus cabellos, la dulzura de sus labios, la fragancia de su aliento, lo divino de su mirar, lo humano de su reir, el acierto con que discurre, la discreción con que conversa, la sublimidad de su talle, el decoro de su persona, la gravedad de su trato, la majestad de su presencia. Ea, acaba, ¿en qué te detienes? que cada instante que tardas, se me vuelve eternidades de pena.

Cómo se desempeñó el varón alado, cómo logró Critilo su dicha, veremos, después de dar noticia de lo que le aconteció á Andrenio, en la gran plaza del vulgo.

CRISI V

Plaza del populacho y corral del vulgo.

Estábase la Fortuna, según cuentan, bajo su soberano dosel, más asistida de sus cortesanos, que asistiéndoles, cuando llegaron dos pretendientes de dicha á solicitar sus favores. Suplicó el primero le hiciese dichoso entre personas, que le diese cabida con los varones sabios y prudentes. Miráronse unos á otros los curiales y dijeron:

Éste se alzará con el mundo.

Mas la Fortuna, con semblante mesurado y aun triste, le otorgó la gracia pretendida.

Llegó el segundo y pidió, al contrario, que le hiciese venturoso con todos los ignorantes y necios. Riéronlo mucho los del cortejo, solemnizando gustosamente una petición tan estraña. Mas la Fortuna, con rostro muy agradable, le concedió la suplicada merced.

Partiéronse ya entrambos tan contentos, como agradecidos, abundando cada uno en su sentir. Mas los áulicos, como siempre están contemplando el rostro de su príncipe y brujuleándole los afectos, notaron mucho aquel tan extravagante cambiar semblantes de su reina. Reparó también ella en su reparo y muy galante les dijo:

¿Cuál destos dos, pensáis vosotros, oh cortesanos míos, que ha sido el entendido? ¿Creeréis, que el primero? Pues sabed que os engañáis de medio á medio. Sabed que fué un necio. No supo lo que pidió. Nada valdrá en el mundo. ¡Este segundo sí que supo negociar! Éste se alzará con todo.

Necedad valida. Admiráronse mucho y con razón, oyendo tan paradojo sentir; mas desempeñóse ella, diciendo:

Mirad: los sabios son pocos, no hay cuatro en una ciudad. ¿Qué digo cuatro? Ni dos en todo un reino. Los ignorantes son los muchos, los necios son los infinitos. Y así el que los tuviere á ellos de su parte, ése será señor de un mundo entero.

Sin duda que estos dos fueron Critilo y Andrenio, cuando éste, guiado del Cécrope, fué á ser necio con todos. Era increíble el séquito, que arrastraba, el que todo lo presume y todo lo ignora. Entraron ya en la plaza mayor del universo; pero nada capaz. Llena de gentes; pero sin persona, á dicho de un sabio, que con la antorcha en la mano al mediodía iba buscando un hombre, que lo fuese y no había podido hallar uno entero: todos lo eran á medias.

Porque el que tenía cabeza de hombre, tenía cola de serpiente y las mujeres de pescado. Al contrario, el que tenía pies, no tenía cabeza. Allí vieron muchos Acteones, que, luego que cegaron, se convirtieron en ciervos. Tenían otros cabezas de camellos, gente de cargo y de carga. Muchos, de bueyes en lo pesado, que no en lo seguro. No pocos, de lobos, siempre en la fábula del pueblo. Pero los más, de estólidos jumentos, muy á lo simple malicioso.

¡Rara cosa, dijo Andrenio, que ninguno tiene cabeza de serpiente ni de elefante ni aun de vulpeja!

No, amigo, dijo el Filósofo: que aun en ser bestias no alcanzan esa ventaja.

Todos eran hombres á remiendos y así cuál tenía garra de león y cuál de oso en pie. Hablaba uno por boca de ganso y otro murmuraba con hocico de puerco. Éste tenía pies de cabra y aquél orejas de Midas. Algunos tenían ojos de lechuza y los más de topo. Risa de perro, quien yo sé, mostrando entonces los dientes.

Estaban divididos en varios corrillos, hablando, que no razonando, y así oyeron en uno que estaban peleando. Á toda furia ponían sitio á Barcelona y la tomaban en cuatro días por ataques, sin perder dinero ni gente. Pasaban á Perpiñán, mientras duraban las guerras civiles de Francia. Restauraban toda España. Marchaban á Flandes, que no había para dos días. Daban la vuelta á Francia, dividíanla en cuatro potentados, contrarios entre sí, como los elementos. Y finalmente venían á parar en ganar la Casa Santa.

¿Quién son éstos, preguntó Andrenio, que tan bizarramente pelean? ¿Si estaría aquí el bravo Picolomini? ¿Es por ventura aquél el conde de Fuensaldaña y aquél otro Totavila?

Ninguno déstos es soldado, respondió el Sabio, ni han visto jamás la guerra. ¿No ves tú que son cuatro villanos de una aldea? Sólo aquél, que habla más que todos juntos, es el que lee las cartas, el que compone los razonamientos, el que le va á los alcances al cura, digo: el barbero.

El vulgo en corrillos. Impaciente Andrenio, dijo: Pues si éstos no saben otro que estripar terrones, ¿por qué tratan de allanar reinos y conquistar provincias?

¡Eh!, dijo el Cécrope: que aquí todo se sabe.

No digas se sabe, replicó el Sabio; sino que todo se habla.

Toparon en otro, que estaban gobernando el mundo. Uno daba arbitrios, otro publicaba pragmáticas, adelantaban los comercios y reformaban los gastos.

Éstos, dijo Andrenio, serán del parlamento; no pueden ser otros, según hablan.

Lo que menos tienen, dijo el Sabio, es de consejo; toda es gente que, habiendo perdido sus casas, tratan de restaurar las repúblicas.

¡Oh, vil canalla!, exclamó Andrenio. ¿Y de dónde les vino á éstos meterse á gobernar?

Ahí verás, respondió el Serpihombre, que aquí todos dan su voto.

Y aun su cuero, replicó el Sabio.

Y acercándose á un herrador:

Advertid, le dijo, que vuestro oficio es herrar bestias: dad alguna en el clavo.

Y á un zapatero lo metió en un zapato, pues le mandó no saliese dél.

Más adelante estaban otros altercando de linajes, cuál sangre era la mejor de España, si el otro era gran soldado, de más ventura que valor y que toda su dicha había consistido en no haber tenido enemigo. Ni perdonaban á los mismos príncipes, definiendo y calificándolos si tenían más vicios de hombres, que prendas de reyes. De modo que todo lo llevaban por un rasero.

¿Qué te parece?, dijo el Cécrope. ¿Pudieran discurrir mejor los siete sabios de Grecia? Pues advierte que todos son mecánicos y los más sastres.

Eso creeré yo: que de sastres siempre hay muchos.

Murmuración mecánica. Y Andrenio: ¿Pues quién los mete á ellos en esos puntos?

¡Oh! que es su oficio tomar la medida á cada uno y cortarle el vestido. Y aun todos en el mundo son ya sastres en descoser vidas ajenas y dar cuchilladas en la más rica tela de la fama.

Aunque era tan ordinario aquí el ruido y tan común la vocería, sintieron que hablaban más alto allí cerca, en una ni bien casa ni mal zahurda, aunque muy enramada: que, en habiendo riego, hay ramos.

¿Qué estancia ó qué estanque es éste?, preguntó Andrenio.

Y el Cécrope, agestándose de misterio:

Éste es, dijo, el Areópago. Aquí se tiene el consejo de estado de todo el mundo.

Bueno irá él, si por aquí se gobierna. Ésta más parece taberna.

Sí lo es, respondió el Sabio: que, como se les suben los humos á las cabezas, todos dan en quererlo ser.

Por lo menos, replicó el Cécrope, no pueden dejar de dar en el blanco.

Y aun en el tinto, respondió el Sabio.

Pues de verdad, volvió á instar, que han salido de aquí hombres bien famosos y que dieron harto que decir de sí.

¿Quiénes fueron éstos?

Cabezas de motines. ¿Cómo quiénes? ¿Pues no salió de aquí el tundidor de Segovia, el cardador de Valencia, el segador de Barcelona y el carnicero de Nápoles, que todos salieron á ser cabezas y fueron bien descabezados?

Escucharon un poco y oyeron que unos en español, otros en francés, en irlandés algunos, y todos en tudesco, estaban disputando cuál era más poderoso de sus reyes, cuál tenía más rentas, qué gente podían meter en campo, quién tenía más estados, brindándose á la salud dellos y á su gusto.

De aquí, sin duda, dijo Andrenio, salen tantos, como andan rodando por esa gran vulgaridad, dando su voto en todo. Yo creí procedía de estar tan acabados los hombres, que andaban ya en cueros; mas ahora veo que todos los cueros andan en ellos.

Así es, ponderó el Sabio. No verás á otro por ahí, sino pellejos rebutidos de poca sustancia. Mira aquél, cuanto más hinchado más vacío. Aquel otro está lleno de vinagre á lo ministro. Aquellos botillos pequeños son de agua de azahar, que con poco tienen harto: luego se llenan. Aquéllos, muchos son de vino y por eso en tierra. Aquellos otros, los que, en siendo de voto, son de bota. Muchos están embutidos de paja, que la merecen. Colgados otros, por ser de hombres fieros, que hasta del pellejo de un bárbaro están acullá haciendo un tambor, para espantar, muerto, sus contrarios: tan allá resuena la fiereza déstos.

De la mucha canalla, que de adentro redundaba, se descomponían por allí cerca muchos otros corrillos y en todos estaban murmurando del gobierno, y esto siempre y en todos los reinos, aun en el siglo de oro y de la paz. Era cosa ridícula oir los soldados tratar de los consejos, dar prisa al despacho, reformar los cohechos, residenciar los oidores, visitar los tribunales. Al contrario los letrados, era cosa graciosa verlos pelear, manejar las armas, dar asaltos y tomar plazas. El labrador, hablando de los tratos y contratos, el mercader de la agricultura, el estudiante de los ejércitos y el soldado de las escuelas, Necios barajados. el seglar ponderando las obligaciones del eclesiástico y el eclesiástico las desatenciones del seglar. Barajados los estados, metiéndose los del uno en el otro, saltando cada uno de su corro y hablando todos de lo que menos entienden.

Estaban unos viejos diciendo mucho mal de los tiempos presentes y mucho bien de los pasados, exagerando la insolencia de los mozos, la libertad de las mujeres, el estrago de las costumbres y la perdición de todo.

Yo, menos entiendo el mundo, decía éste, cuanto más va.

Y yo lo desconozco del todo, decía aquél, otro mundo es éste del que nosotros hallamos.

Llegóse en esto el Sabio y díjoles volviesen la mira atrás y viesen otros tantos viejos, que estaban diciendo mucho más mal del tiempo que ellos tanto alababan. Y detrás de aquéllos otros y otros, encadenándose hasta el primer viejo su vulgaridad.

Media docena de hombres muy autorizados, con más barbas que dientes, mucho ocio y poca renta, estaban en otro corro allí cerca tratando de desempeñar las casas de los señores y restituirlas á aquel su antiguo lustre.

¡Qué casa, decía uno, la del duque del Infantado, cuando se hospedó en ella el rey de Francia prisionero, y lo que Francisco la celebró!

¿Pues qué la debía, dijo otro, la del marqués de Villena, cuando hacía y deshacía?

¿Y la del almirante, en tiempo de los Reyes Católicos, púdose imaginar mayor grandeza?

¿Quién son éstos?, preguntó Andrenio.

Éstos, respondió el hombre sierpe, son hombres de honor en los palacios, llámanse gentileshombres ó escuderos.

Y en buen romance, dijo el Sabio, son gente que, después de haber perdido la hacienda, están perdiendo el tiempo y los que, habiendo sido la polilla de sus casas, vienen á ser la honra de las ajenas. Que siempre verás que los que no supieron para sí quieren saber para los otros.

Nunca pensé ver, ponderaba Andrenio, tanto necidiscreto junto y aquí veo de todos estados y condiciones, hasta legos.

¡Oh! sí, dijo el Sabio: que en todas partes hay vulgo y, por tildada que sea una comunidad, hay ignorantes en ella, que quieren hablar de todo y se meten á juzgar de las cosas, sin tener punto de juicio.

Pero lo que estrañó mucho á Andrenio fué ver entre tales heces de la república, en medio de aquella sentina vulgar, algunos hombres lucidos y que se decía eran grandes personajes.

¿Qué hacen aquí éstos? Señor, que se hallen aquí más esportilleros que en Madrid, más aguadores que en Toledo, más gorrones que en Salamanca, más pescadores que en Valencia, más segadores que en Barcelona, más palenquines que en Sevilla, más cavadores que en Zaragoza, más mochileros que en Milán: ¡no me espanta! ¡Pero gente de porte, el caballero, el título, el señor! No sé qué diga.

¿Qué piensas tú, dijo el Sabio, que, en yendo uno en litera, ya por eso es sabio? ¿En yendo bien vestido, es entendido? Tan vulgares hay algunos y tan ignorantes, como sus mismos lacayos. Y advierte que, aunque sea un príncipe, en no sabiendo las cosas y queriéndose meter á hablar dellas, á dar su voto en lo que no sabe ni tiene, al punto se declara hombre vulgar y plebeyo. Vulgo definido. Porque el vulgo no es otra cosa, que una sinagoga de ignorantes presumidos y que hablan más de las cosas, cuanto menos las entienden.

Volvieron los rostros á uno, que estaba diciendo:

Si yo fuera rey... (y era un mochilero).

Y si yo fuera papa..., decía un gorrón.

¿Qué habíais de hacer vos, si fuerais rey? ¿Qué?

Lo primero, me había de teñir los bigotes á la española, luego me había de enojar y ¡voto!...

No, no juréis, que todos éstos que echan votos huelen á cueros.

Digo que había de hacer colgar media docena. Yo sé que oliera la casa á hombre y que mirarían algunos cómo perdían las victorias y los ejércitos, cómo entregaban las fortalezas al enemigo. No me había de llevar encomienda quien no fuese soldado y de reputación, pues para ellos se instituyeron. Y no déstos de las plumicas; sino un sargento mayor Soto, un Monroy y un Pedro Estélez, que se han hallado en cien batallas y en mil sitios. ¡Qué virreyes, qué generales hiciera yo! ¡Qué ministros! Todos habían de ser Oñates y Caracenas. ¡Qué embajadores, que no hiciera!

Oh, ¡no me viera yo un mes papa!, decía el estudiante. Yo sé que de otra manera irían las cosas. No se había de proveer dignidad ni prebenda, sino por oposición. Todo por méritos. Yo examinara quién venía con más letras que favores, quién traía quemadas las cejas.

Abrióse en esto la portería de un convento y metiéronse á la sopa.

Topaban varias y desvariadas oficinas por toda aquella gran plaza mecánica. Los pasteleros hacían valientes empanadas de perro. Ni faltaban aquí tantas moscas, como allá mosquitos. Los caldereros siempre tenían calderas que adobar. Los olleros alabando lo quebrado. Los zapateros á todo hombre, buscándole horma de su zapato, y los barberos haciendo las barbas.

¿Es posible, dijo Andrenio, que entre tanta botica mecánica no topemos una de medicinas?

Basta, que hay hartas barberías, dijo el Cécrope.

Y hartos en ellas, respondió el Sabio. Que, como bárbaros, hablan de todo. Mas lo que ellos saben ¿quién lo ignora?

Con todo eso, dijo Andrenio, en una vulgaridad tan común es mucho que no haya un médico, que recete. Por lo menos no había de faltar á la murmuración civil.

No hacen falta, replicó el Sabio.

¿Cómo no?

Necedad incurable. Porque, aunque todos los males tienen remedio, hasta la misma locura tiene cura en Zaragoza ó en Toledo y en cien partes. Pero la necedad no la tiene ni ha habido jamás hombre que curase de tonto.

Con todo eso, veis allí unos, que lo parecen.

Venían dándose á las furias de que todos se les entremeten en su oficio y quieren curar á todos con un remedio. Y eso sería nada, si algunos no se metiesen á quererles dar doctrina á ellos mismos, disputando con el médico los jarabes y las sangrías.

¡Eh!, decían: déjense matar sin hablar palabra.

Pero los herreros llevaban brava herrería y aun todos parecían caldereros. Enfadados los sastres, les dijeron que callasen y dejasen oir, si no entender. Sobre esto armaron una pendencia, aunque no nueva en tales puestos. Tratáronse muy mal; pero no se maltrataron. Y dijéronles los herreros á los sastres, después de encomios solemnes:

¡Quitad de ahí, que sois gente sin Dios!

¿Cómo sin Dios?, replicaron ellos enfurecidos. Si dijérades sin conciencia, pase; pero sin Dios ¿qué quiere decir eso?

Sí, repitieron los herreros, que no tenéis un dios sastre, como nosotros un herrero y, cuando todos le tienen, los taberneros á Baco, aunque anda en celos con Tetis, los mercaderes á Mercurio, de quien tomaron las trampas con el nombre, los panaderos á Ceres, los soldados á Marte, los boticarios á Esculapio, ¡mirad qué tales sois vosotros, que ningún Dios os quiere!

Andad de ahí, respondieron los sastres. Que sois unos gentiles.

Vosotros sí lo sois, que á todos queréis hacer gentileshombres.

Llegó en esto el Sabio y metió paz, consolando á los sastres con que, ya que no tenían Dios, todos los daban al diablo.

¡Prodigiosa cosa, dijo Andrenio, que con meter tanto ruido, no tengan habla!

¿Cómo que no?, replicó el Cécrope; antes jamás cesan de hablar ni tienen otro que palabras.

Hablillas. Pues yo, replicó Andrenio, no he percibido aún habla, que lo sea.

Tienen razón, dijo el Sabio: que todas son hablillas y todas falsas.

Corrían actualmente algunas bien desatinadas. Que habían de caerse muertos muchos cierto día y lo señalaban y hubo quien murió de espanto dos días antes. Que había de venir un terremoto y habían de quedar todas las casas por tierra. Pues ver lo que se iba extendiendo un disparate déstos y los muchos que se lo tragaban y bebían lo que contaban unos á otros. Y si algún cuerdo reparaba, se enfurecían, sin saber de dónde ni cómo nacía. Resucitaba cada año un desatino, sin saber bastante el desengaño fresco corriendo grasa. Y era de advertir que las cosas importantes y verdaderas luego se les olvidaban y un disparate lo iban heredando de abuelas á nietas y de tías á sobrinas, haciéndose eterno por tradición.

No sólo no tienen habla, añadió Andrenio; pero ni voz.

¿Cómo que no?, replicó el Cécrope. Voz tiene el pueblo y aun dicen que su voz es la de Dios.

Sí, del dios Baco, respondió el Sabio y, si no, escuchadla un poco y oiréis todos los imposibles, no sólo imaginados, pero aplaudidos. Oid aquel español, lo que está contando del Cid, cómo de una puñada derribó una torre y de un soplo un gigante. Atended aquel otro francés, lo que refiere, y con qué credulidad, del Roldán y cómo de un tajo rebanó caballo y caballero armados. Pues yo os aseguro que el portugués no se olvide tan presto de la pala de la victoriosa Forneira.

Pretendió entrar en la bestial plaza un gran filósofo y poner tienda de ser personas, feriando algunas verdades bien importantes, aforismos convenientes; pero jamás pudo introducirse ni despachó una tan sola verdad ni el más mínimo desengaño, con que se hubo de retirar. Ídolos del vulgo. Al contrario, llegó un embustero, sembrando cien mil desatinos, vendiendo pronósticos llenos de disparates, como que se había de perder España otra vez, que había acabado ya la casa Otomana; leía profecías de moros y de Nostradamus y al punto se llenó la tienda de gente y comenzó á despachar sus embustes con tanto crédito, que no se hablaba de otro, y con tal aseveración, como si fueran evidencias. De modo que aquí más supone un adivino que Séneca, un embustero que un sabio.

Vieron en esto un monstrimujer con tanto séquito, que muchos de los pasados y los más de los presentes la cortejaban y todos con las bocas abiertas escuchándola. Era tan gruesa y tan asquerosa, que por dondequiera que pasaba, dejaba el aire tan espeso, que le podían cortar. Revolvióle las entrañas al Sabio, comenzó á dar arcadas.

¡Qué cosa tan sucia!, dijo Andrenio. ¿Y quién es ésta?

Ésta es, dijo el Cécrope, la Minerva desta Atenas.

Ésta la invencible y aun la crasa, dijo el Filósofo. Ella puede ser Minerva; mas á fe, que es pingüe. Y quien tanto engorda, ¿quién puede ser sino la ignorante satisfacción? Veamos dónde va á parar.

Pasó de las vendedoras á sentarse en el banco del Cid.

Aquélla, dijo el Cécrope, es la Sapiencia de tanto lego. Allí están graduando á todos y calificando los méritos de cada uno. Calificación vulgar. Allí se dice el que sabe y el que no sabe, si el argumento fué grande, si el sermón docto, si tan bien discurrido como razonado, si el discurso fué cabal, si magistral la lección.

¿Y quién son los que juzgan?, preguntó Andrenio, ¿los que dan el grado?

¿Quiénes han de ser, sino un ignorante y otro mayor? Uno, que ni ha estudiado ni visto libro en su vida, cuando mucho una Silva de Varia Lección y el que más más, un Para Todos.

¡Oh!, dijo el Cécrope. ¿No veis que éstos son los más plausibles personajes del mundo? Todos son bachilleres. Aquel que veis allí muy grave, es el que en la corte anda diciendo chistes, hace cuento de todo, muerde sin sal cuanto hay, saca sátiras, vomita pasquines: el duende de los corrillos. Aquel otro es el que todo lo sabía ya, nada le cuentan de nuevo: saca gacetas y se escribe con todo el mundo y, no cabiendo en todo él, se entromete en cualquier parte. Aquel licenciado es el que en las Universidades cobra las patentes, hace coplas, mantiene los corrillos, soborna votos, habla por todos y, en habiendo conclusiones, ni es visto ni oído. Aquel soldado nunca falta en las campañas, habla de Flandes, hallóse en el sitio de Ostende, conoció al duque de Alba, acude á la tienda del general, el demonio del mediodía, mantiene la conversación, cobra el primero y el día de la pelea se hace invisible.

Paréceme que todos ellos son zánganos del mundo, ponderó Andrenio. ¿Y éstos son los que gradúan de valientes y de sabios?

Y es de modo, respondió el Cécrope, que el que ellos una vez dan por docto ése lo es, sepa ó no sepa. Ellos hacen teólogos y predicadores, buenos médicos y grandes letrados y bastan á desacreditar un príncipe. Dígalo el rey don Pedro. ¿Mas qué? Si el barbero del lugar no quiere, nada valdrá el sermón más docto ni será tenido por orador el mismo Tulio. Á éstos están esperando que hablen los demás, sin osar decir blanco ni negro, hasta que éstos se declaran y al punto gritan:

¡Grande hombre!, ¡grande sujeto!

Y dan en alabar á uno, sin saber de qué ni para qué. Celebran lo que menos entienden y vituperan lo que no conocen, sin más entender ni saber. Por eso el buen político suele echar buen cencerro, que guíe el vulgo adonde él quiere.

¿Y hay, preguntó Andrenio, quien se paga de tan vulgar aplauso?

¿Cómo si hay?, respondió el Sabio. ¡Y muchos, hombres vulgares, chabacanos, amigos de la popularidad y que la solicitan con milagrones, que llamamos pasmasimples y espantavillanos! Obras gruesas y plausibles. Porque aquí no tienen lugar los primores ni los realces.

Páganse mucho otros de la gracia de las gentes, del favor del populacho; pero no hay que fiar en su gracia, que hay gran distancia de sus lenguas á sus manos. ¡Qué fué verlos bravear ayer en un motín en Sevilla y enmudecer hoy en un castigo! ¿Qué se hicieron las manos de aquellas lenguas y las obras de aquellas palabras? Son sus ímpetus como los del viento que, cuando más furioso, calma.

Entraron con unos, que estaban durmiendo y no apriesa, como encargaba el otro á su criado. No movían pie ni mano. Aplauso necio. Y era tal la vulgaridad, que los despiertos soñaban lo que los otros dormían, imaginando que hacían grandes cosas. Y era de modo, que no corría otro en toda la plaza; sino que estaban peleando y triunfando de los enemigos. Dormía uno á pierna tendida y decían ellos estaba desvelándose, estudiando noche y día y quemándose las cejas. Desta suerte publicaban que eran los mayores hombres del mundo y gente de gran gobierno.

¿Cómo es esto?, dijo Andrenio. ¡Hay tamaña vulgaridad!

Mira, dijo el Sabio: aquí, si dan en alabar á uno, si una vez cobra buena fama, aunque se eche después á dormir, él ha de ser un gran hombre. Aunque ensarte después cien mil disparates, dicen que son sutilezas y que es la primera cosa del mundo. Todo es que den en celebrarle.

Y, por el contrario, á otros, que estarán muy despiertos, haciendo cosas grandes, dicen que duermen y que nada valen. ¿Sabes tú lo que le sucedió aquí al mismo Apolo con su divina lira? Que, desafiándole á tañer un zafio gañán con una pastoril zampoña, nunca quiso el culto numen salir, aunque se lo rogaron las musas. Y el selvajazo le zahería su temor y se jactaba de la victoria. No hubo remedio. No más, que porque había de ser Juicio sin él. su juez el vulgacho, no queriendo arriesgar su gran reputación á un juicio tan sin él. Y por no haber querido hacer otro tanto, fué condenada la dulcísima Filomena en competencia del jumento. Y aun la Rosa dicen estuvo á pique de ser vencida de la Adelfa, que desde entonces por su indigno atrevimiento quedó letal á los suyos. Ni el pavón se atrevió á competir de belleza con el cuervo ni el diamante con el guijarro ni el mismo sol con el escarabajo, con tener tan asegurado su partido, por no sujetarse á la censura de un vulgo tan desatinado.

Mala señal, decía un discreto, cuando mis cosas agradan á todos. Que lo muy bueno es de pocos y el que agrada al vulgo, por consiguiente, ha de desagradar á los pocos, que son los entendidos.

Asomó en esto por la plaza, haciéndola, un raro ente. Todos le recibieron con plausible novedad. Seguíale la turba, diciendo:

Ahora en este punto llega del Jordán. Más tiene ya de cuatrocientos años.

Mucho es, decía uno, que no le acompañen ejércitos de mujeres, cuando va á desarrugarse.

¡Oh no!, decía otro. ¿No veis que va en secreto? Pues, si eso no fuera, ¿qué fuera?

¿Por lo menos no se pudiera traer por acá una botija de aquella agua, que yo sé que vendiera cada gota á doblón de oro?

No tiene él necesidad de dineros, pues cada vez que echa mano á la bolsa, topa un patacón. ¡Qué otra felicidad ésa! No sé yo cuál me escogiera de las dos.

¿Quién es éste? preguntó Andrenio.

Y el Sabio: Éste es Juan de para siempre, que Juan había de ser.

Vertían destas donosillas vulgaridades y todas muy creídas, levantando mil testimonios á la naturaleza y aun á la misma posibilidad. Sobre todo estaban muy acreditados los duendes. Había pase dellos, como de hechizadas. No había palacio viejo donde no hubiese dos por lo menos.

Unos los veían vestidos de verde, otros de colorado y los más de amarillo. Y todos eran tamañicos y tal vez con su capuchito, inquietando las casas. Y nunca se aparecían á las viejas, porque no dicen bien trasgos con trasgos.

Varias vulgaridades. No moría mercader, que no fuese rodeado de monas y de micos.

Había brujas tantas como viejas y todas las malcontentas endiabladas.

Tesoros encantados y escondidos, sin cuenta y con cuento, cavando muchos tontos por hallarlos. Minas de oro y de plata, riquísimas; pero tapiadas, hasta que se acaben las Indias, las cuevas de Salamanca y de Toledo. ¡Mal año para quien se atreviera á dudarlas!

Mas de aquí á un instante se conmovió toda aquella acorralada necedad, sin saber cómo ni por qué, por ser tan ordinario como fácil. Alborótase un vulgo y más si es tan crédulo como el de Valencia, tan bárbaro como el de Barcelona, tan necio como el de Valladolid, tan libre como el de Zaragoza, tan novelero como el de Toledo, tan insolente como el de Lisboa, tan hablador como el de Sevilla, tan sucio como el de Madrid, tan vocinglero como el de Salamanca, tan embustero como el de Córdoba y tan vil como el de Granada.

Fué el caso que asomó por una de sus entradas, no la principal, donde todas son comunes, un monstruo, aunque raro, muy vulgar. No tenía cabeza y tenía lengua, sin brazos y con hombros para la carga. No tenía pecho, con llevar tantos; ni mano en cosa alguna; dedos sí, para señalar. Era su cuerpo en todo disforme. Y, como no tenía ojos, daba grandes caídas. Era furioso en acometer y luego se acobardaba. Hízose en un instante señor de la plaza, llenándola toda de tan horrible oscuridad, que no vieron más el sol de la verdad.

¿Qué horrible aborto es éste, preguntó Andrenio, que así lo ha eclipsado todo?

Éste es, respondió el Sabio, el hijo primogénito de la Ignorancia, el padre de la mentira, hermano de la necedad, casado con su malicia: éste es el tan nombrado Vulgacho.

Al decir esto descolgó el rey de los Cécropes de la cinta un retorcido caracol, que hurtó á un Fauno, y alentándolo de vanidad, Terror loco. fué tal su ruido y tan grande el horror que les causó, que agitados todos de un terror fanático, dieron á huir por cosa que no montaba un caracol. No fué posible ponerlos en razón ni detenerlos, que no se desgalgasen muchos por las ventanas y balcones, más á ciegas que pudieran en la plaza de Madrid. Huían los soldados gritando:

Que nos cortan, que nos cortan.

Comenzaron algunos á herirse y á matarse más bárbaramente, que gentílicos bacanales. Fuéle forzoso á Andrenio retirarse á toda fuga, tan arrepentido como desengañado. Echaba mucho menos á Critilo; pero valióle la asistencia de aquel Sabio y la luz, que la antorcha de su saber le comunicaba. Dónde fué á parar dirá la Crisi siguiente.

CRISI VI

Cargos y descargos de la Fortuna.

Comparecieron ante el divino trono de luceros el hombre y la mujer á pedir nuevas mercedes, que á Dios y al rey, pedir y volver. Solicitaban su perfección, de manos de quien habían recibido el ser. El saber del hombre. Habló allí el hombre en primer lugar y pidió como quien era, porque, viéndose cabeza, suplicó le fuese otorgada la inestimable prenda de la sabiduría. Pareció bien su petición y decretósele luego la merced, con tal que pagase en agradecimientos la media anata. Llegó ya la mujer y, atendiendo á que, si no es cabeza, tampoco es pies, sino la cara y suplicó con mucho agrado al Hacedor divino que la dotase en belleza.

La hermosura de la mujer. Hecha la gracia, dijo el gran Padre celestial, serás hermosa; pero con la pensión de tu flaqueza.

Partiéronse muy contentos de la divina presencia, que de ella nadie sale descontento, estimando el hombre por su mayor prenda el entendimiento y la mujer la hermosura, él la testa y ella el rostro. Llegó esto á oídos de la Fortuna y dicen cuestionó agravios, dando quejas de que no hubiesen hecho caso de la Ventura.

¿Es posible, decía con profundo sentimiento, que nunca haya él oído decir: Ventura te dé Dios, hijo; ni ella, ventura de fea? Dejadles y veremos qué hará él con su sabiduría y ella con su lindeza, si no tienen ventura. Sepa, sabio él y linda ella, que de hoy adelante me han de tener por contraria: desde aquí me declaro contra el Saber y la Belleza. Yo les he de malograr sus prendas: ni él será dichoso ni ella venturosa.

Desde este día aseguran que los sabios y entendidos quedaron desgraciados: todo les sale mal, todo se les despinta; los necios son los venturosos, los ignorantes favorecidos y premiados. Desde entonces se dijo: Ventura de fea. Poco vale el saber, el tener, los amigos y cuanto hay, si no tiene un hombre dicha, y poco le importa ser un sol á la que no tiene estrella.

Esto le ponderaba un enano al melancólico Critilo, desengañándole de su porfía en querer ver en persona la misma Sofisbella, empeño en que le había puesto el varón alado. El cual, sin poderle satisfacer, se le había desaparecido.

Créeme, decía el enano, que todo pasa en imagen y aun en imaginación en esta vida: hasta esa casa del saber, toda ella es apariencia. ¿Qué? ¿Pensabas tú ver y tocar con las manos la misma Sabiduría? Fuga de Astrea. Muchos años ha que se huyó al cielo con las demás virtudes en aquella fuga general de Astrea. No han quedado en el mundo sino unos borrones della en estos escritos, que aquí se eternizan. Bien es verdad que solía estar metida en las profundas mentes de sus sabios; mas ya aun ésos acabaron. No hay otro saber, sino el que se halla en los inmortales caracteres de los libros. Ahí la has de buscar y aprender.

¿Quién, pues, fué, preguntó Critilo, el hombre de tan bizarro gusto, que juntó tanto precioso libro y tan selecto? ¿Cúyo es un tan erudito museo?

Si estuviéramos en Aragón, dijo el Pigmeo, yo creyera ser del duque de Villahermosa don Fernando. Si en París, del erudito duque de Orleans. Si en Madrid, del gran Filipo. Y si en Constantinopla, del discreto Osman, conservado entre cristales. Mas, como digo, ven conmigo en busca de la Ventura, que sin ella ni vale el saber ni el tener y todas las prendas se malogran.

Quisiera hallar primero, replicó Critilo, aquel mi camarada, que te he dicho, que echó por la vereda de la Necedad.

Si por ahí fué, ponderó el enano, sin duda estará ya en casa de la Dicha: que antes llegan ésos que los sabios. Ten por cierto que le hallaremos en aventajado puesto.

¿Y sabes tú el camino de la Dicha?, preguntó Critilo.

Ahí consiste la mayor dificultad, que una vez puesto en él, nos llevará al colmo de toda felicidad.

Con todo, paréceme que es éste, en lo desigual. Demás que me dieron por señas esas hiedras, que arrimadas se empinan y entremetidas crecen.

Llegó en esto un soldado muy de leva, que es gente que vive apriesa y preguntó si iba bien para la Ventura.

¿Cuál buscáis, dijo el enano: la falsa ó la verdadera?

¿Pues qué, hay Ventura falsa? Nunca tal oí.

Ventura hipócrita. ¡Y cómo si la hay! ¡Ventura hipócrita! Antes es la que hoy más corre. Tiénese por dichoso uno en ser rico y es de ordinario un desventurado. Cuenta el otro por gran dicha el haber escapado en mil insultos de las manos de la justicia y es ése su mayor castigo.

Un ángel fué para mí aquel hombre, dice éste: y no fué sino un demonio, que le perdió.

Tiene aquél por gran suerte el no haber padecido jamás ni un revés de fortuna y no es sino un bofetón, de que no le ha tenido por hombre el cielo para fiarle un acto de valor.

Tal dice: Dios me vino á ver. Y no fué, sino el mismo Satanás en sus logros. Cuenta el otro por gran felicidad el no haber estado en su vida indispuesto y hubiera sido su único remedio, para sanar en el ánimo. Alábase el lascivo de haber sido siempre venturoso con mujeres y ésa es su mayor desventura. Estima la otra desvanecida por su mayor dicha su buena gracia y ésa fué su mayor desgracia. Así que los más de los mortales yerran en este punto, teniendo por felicidad la desdicha. Que errando los principios, todas salen falsas las consecuencias.

Entremetióseles un pretendiente (¡qué otro trato éste del enfado!), y al punto comenzó á quejarse y murmurar y un estudiante á contradecirle. Que todos cuantos piensan saber algo dan en espíritu de contradicción. Pasaron de una en otra á burlarse del enano.

Y tú, dijo el estudiante, ¿qué vas á buscar?

Voy, dijo, á ser gigante.

¡Bravo aliento! Pero, ¿cómo podrá ser eso?

Muy bien, como quisiere mi señora la Fortuna. Que, si ella favorece, los pigmeos son gigantes. Y si no, los gigantes son pigmeos. Otros más ruines que yo están hoy bien encaramados. Que no hay prendas que tengan ni hay sabiduría ni ignorancia ni valor ni cobardía ni hermosura ni fealdad; sino ventura ó desdicha. Tener lunar ó estrella. Todo es risa lo demás. Al fin, ella se dará maña, cómo yo sea grande ó lo parezca: que todo es uno.

Voto á tal, dijo el soldado, que quiera ó no, ella habrá de hacer la razón.

No tan alto, señor soldado, dijo el estudiante: ¡más bajo!

Éste es mi bajo y mucho más he de alzar la voz, aunque sea en la sala de D. Fernando Ruiz de Contreras. Peor es acobardarse con la Fortuna. Sino mostrarla dientes, que sólo se burla con los sufridos. Y así veréis que unos morlonazos, cuatro bellacones atrevidos se salen con cuanto quieren y se burlan de todo el mundo. Ellos son los felices; que de los hombres de bien no hay quien se acuerde. Juro y voto que hemos de andar á mojicones y que ha de hacerme favor, aunque reviente.

No sé yo cómo será eso, replicó el licenciado: que la Fortuna no hay entenderla. Tiene bravos reveses. Á otros más estirados he oído ponderar que no hay tomarla el tino.

Yo, por lo menos, dijo el cortesano, de mis zalamerías pienso valerme y mil veces hacerla el buz.

Buz de arca, dijo el soldado, ha de ser el mío. ¿Yo besarla la mano? Si me hiciese merced, eso bien; y si no, lo dicho, dicho.

Fortuna ciega. Ya me parece que me la veo, decía el enano, y que ella no me ve á mí, por ser pequeño. Que sólo son visibles los bienvistos.

Menos me verá á mí, dijo el estudiante, por ser pobre. Que á los deslucidos nadie los puede ver, aunque les salten al rostro los colores.

¿Cómo os ha de ver, dijo el cortesano, si es ciega?

¿Eso más?, ponderó Critilo. ¿De cuándo acá ha cegado?

No corre otra en la corte.

¿Pues cómo podrá repartir los bienes?

¿Cómo? Á ciegas.

Así es, dijo el estudiante, y así la vió un sabio entronizada en un árbol muy copudo, de cuyas ramas, en vez de frutos, pendían coronas, tiaras, capelos, mitras, bastones, hábitos, borlas y otros mil géneros de insignias, alternados con cuchillos, dogales, remos, grillos y corozas. Estaban bajo el árbol confundidos hombres y brutos, un sabio y un jumento, un lobo y un cordero, una sierpe y una paloma. Sacudía ella á ciegas, esgrimiendo su palo, dé donde diere y Dios te la depare buena. Caía sobre la cabeza de uno una corona y sobre el cuello del otro un cuchillo, sin más averiguar que la suerte. Y las más veces se encontraban, pues daba en manos de uno un bastón, que estuviera mejor un remo. Á un docto le caía una mitra allá en Cerdeña ó acá en Jaca y á un idiota bien cerca, todo á ciegas.

Y aun á locas, añadió el estudiante.

¿Cómo es eso?, replicó Critilo.

Todos lo dicen, que ha enloquecido, y se conoce, pues no va cosa con concierto.

¿Y de qué enloqueció?

Cuéntanse varias cosas. La más constante opinión es que la malicia la ha dado un brebaje y, á título de descansarla, se le ha alzado con el mando y así da á sus favorecidos cuanto quiere: á los ladrones las riquezas, á los soberbios las honras, á los ambiciosos las dignidades, á los menguados las dichas, á las necias la hermosura, á los cobardes las victorias, á los ignorantes los aplausos y á los embusteros todo. El más ruin jabalí se come la mejor bellota y así no van ya por méritos los premios ni por culpas los castigos. Unos yerran y otros los murmuran. Al fin, todo va á locas, como digo.

Amiga de ruines. ¿Y por qué no á malas también, añadió el soldado, pues la hacen fama de ruin, amiga de los jóvenes, siempre favoreciéndolos y contraria de los varones ancianos y maduros, madrastra de los buenos, envidiosa con los sabios, tirana con los insignes, cruel con los afligidos, inconstante con todos?

¿Es posible, ponderó Critilo, que de tantos azares se compone? ¿Y con todo eso la vamos á buscar desde que nacimos? ¿Y más ciegos y más locos nos vamos tras ella?

Ya en esto se descubría un extravagante palacio, que por una parte parecía edificio y por la otra, ruina. Torres de viento sobre arena, soberbia máquina sin fundamentos. Y de todo el que imaginaron edificio no había sino la escalera, que en esta gran casa de la Fortuna no hay otro que subir y caer. Las gradas parecían de vidrio, más quebradizas cuanto más dobles y todas llenas de deslizaderos. No había barandillas para tenerse; riesgos sí para rodar.

El primer escalón era más dificultoso de subir que una montaña; pero una vez puestos en él, las demás gradas eran facilísimas. Al contrario sucedía en las de la otra banda para bajar, procediendo con tal correspondencia que, así como comenzaba uno á subir por esta parte, al punto caía otro por la otra, aunque más apriesa.

Llegaron, cuando actualmente rodaba uno con aplauso universal. Porque, al punto que comenzó á caer, soltó de las manos la gran presa, que había hecho de oficios y represa de beneficios. Cargos, dignidades, riquezas, encomiendas, títulos, todo iba rodando allí abajo. Daba aquí un bote una encomienda y saltaba acullá á manos de un enemigo suyo. Agarraba otro de vuelo el oficio y todos andaban á la rebatiña, haciendo grande fiesta al trabajo ajeno. Mas así se usa. Solemnizólo mucho Critilo y riéronlo todos, diciendo:

¡Qué bravo chasco de la Fortuna!

¡Pues, si hubierais visto rodar á Alejandro el Magno, aquel verle soltar un mundo entero y saltar tantas coronas, reinos y provincias, como nueces cuesta abajo y coja quien pudiere! Asegúroos, que fué una Babilonia.

Definición del favor. Acercóse Critilo á la primer grada con sus camaradas, donde estaba toda la dificultad del subir. Porque aquí asistía el Favor, primer ministro de la Fortuna y muy su confidente. Éste alargaba la mano á quien se le antojaba, para ayudarle á subir y esto sin más atendencia, que su gusto, que debía ser muy malo. Pues por maravilla daba la mano á ningún bueno, á ninguno que lo mereciese; siempre escogía lo peor.

En viendo un ignorante, le llamaba y dejaba mil sabios. Y aunque todo el mundo le murmuraba, nada se le daba. Que de sus temeridades tenía hechos callos en el qué dirán. De una legua acechaba un embustero y á los hombres de sustancia y de entereza no los podía ver, porque le parecía le notaban sus locuras y abominaban de sus quimeras.

Pues á un adulador, á un mentiroso, no ya la mano, entrambos brazos le echaba. Y para los hombres de veras y de su palabra era un topo. Que jamás topó con un hombre de verdad; siempre echaba mano de tales como él. Perdíase naturalmente por los hombres de tronera, entregándolos cuanto hay y así todo lo confundían. Había millares de hombres por aquel suelo, aguardando los favoreciese; pero él, en viendo un entendido, un varón de prendas, decía:

Hete allá, puto, ¡quién á tal le ayudase! Es muy hombre: no conviene. Sujeto, al fin, de bravo capricho.

Era de modo, que acababa con todos los hombres eminentes en gobierno, en armas, en letras, en grandeza y en nobleza, que había muchos y muy á propósito. Pero ¿qué mucho, si descubrieron que estaba ciego de todas pasiones y andaba á ciegas, topando con las paredes del mundo y acabando con todo él?

Ésta, como digo, era la escala para subir á lo alto. No tenía remedio Critilo por desconocido ni el cortesano por conocido ni el estudiante ni el soldado por merecerlo; sólo el enano tuvo ventura, porque se le hizo pariente y así luego estuvo arriba. Apurábase el soldado de ver que los gallinas volaban y el estudiante, de que los bestias corrían.

Estando en esta dificultad, asomóse acullá en lo más alto Andrenio, que por lo vulgar había subido tan arriba y estaba muy adelantado en el valer. Conoció á Critilo, que no fué poco desde tan alto y de donde muchos desconocieron á sus padres é hijos; mas fué llamada de la sangre. Dióle luego la mano y levantóle y entre los dos pudieron ayudar á subir los demás. Iban trepando por aquellas gradas con harta facilidad de una en otra, ganada la primera, de un cargo en otro y de un premio en muchos.

Escala de la fortuna. Notaron una cosa bien advertida, estando á media escalera, y fué que todos, cuantos miraban de la parte de arriba y que subían delante, les parecían grandes hombres, unos gigantes, y gritaban:

¡Qué gran rey el pasado! ¡Qué capitán aquel que fué! ¡Qué sabio el que murió!

Y al revés, todos cuantos venían atrás les parecían poca cosa y unos enanos.

¡Qué cosa es, dijo Critilo, ir un hombre delante! ¡Aquello de ser primero ó venir detrás! Todos los pasados nos parece que fueron grandes hombres y todos los presentes y los que vienen nos parecen nada. Que hay gran diferencia en el mirar á uno como superior ó inferior desde abajo.

Llegaron ya á la última grada, donde estaba la Fortuna. Pero, ¡oh cosa rara! ¡oh prodigio nunca creído y de que quedaron atónitos y aun pasmados! Digo, cuando vieron una reina totalmente diversa de lo que habían concebido y muy otra de lo que todo el mundo publicaba. Porque no sólo no era ciega, como se decía; pero tenía una cara de cielo al mediodía, con unos ojos más perspicaces que un águila, más penetrantes que un lince. Su semblante, aunque grave, muy sereno, sin ceños de madrastra. Y toda ella muy compuesta.

No estaba sentada, porque siempre estaba de leva y en continuo movimiento. Calzaba ruedecillas por chapines. Su vestir era la mitad de luto y la otra mitad de gala. Miráronla y miráronse unos á otros, encogiéndose de hombros y arqueando las cejas, admirados de tal novedad y aun dudaron si era ella.

¿Pues quién había de ser?, respondió la Equidad, que la asistía con unas balanzas en la mano.

Oyólo la misma Fortuna, que ya había notado de reojo los ademanes de su espanto, y con voz harto agradable les dijo:

Audaces afortunados. Llegaos acá. Decid, ¿de qué os habéis turbado? No reparéis en decir la verdad, que yo gusto mucho de los audaces.

Estaban todos tan mudos, como encogidos. Sólo el soldado con valentía en el desahogo y desahogo en el hablar, alzando la voz de modo, que pudo oirle todo el mundo, dijo:

Gran señora de los favores, reina poderosa de las dichas, yo te he de decir hoy las verdades. Todo el mundo de cabo á cabo, desde la corona á la abarca, está murmurando de ti y de tus procederes. Yo te hablo claro, que los príncipes nunca estáis al cabo de las nuevas, siempre ajenos de lo que se dice.

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