Viaje a China
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CARTAS AL DIRECTOR DE «LAS PROVINCIAS»

Macao, 26 de septiembre de 1878.
Querido amigo: A las diez en punto de la mañana del 11 de agosto, el vapor Tigris, de las Mensajerías Marítimas, largó sus amarras, y como flecha salida del arco, se desprendió de Marsella con rumbo al extremo Oriente.
Todos tus lectores saben sin duda lo que es un barco; pero pocos habrán estado a pupilo en uno correo durante treinta y ocho días, y por si alguno llegara a necesitar ese hospedaje, allá van unos cuantos informes sobre el particular.
Los buques tienen su fisonomía como las personas; pero como en ellas, el cruzamiento de razas influye en la alteración de las facciones. No sé si la estética naval o la conveniencia indujo, no hace mucho, a los ingleses a suprimir el tajamar en sus steamers, y naturalmente, del comercio de sus astilleros con las naciones marítimas, resultó una generación de buques chatos que se pasea por los mares con los quevedos en la frente, puesto que los dos vigías de proa ya no encuentran narices sobre qué cabalgar. El Tigris, harto viejo para someterse a las exigencias de la moda, conserva aún su cartílago nasal, y hace bien, pues tengo para mí que en cuestiones de navegación, tan indispensable es el olfato como la vista.
La patrona de estos pupilajes, que se llama Agencia general, y que tiene sucursales en las cinco partes del mundo, reside en Marsella, y le indica a uno el cuarto que puede ocupar en tal o cual de las nueve casas que desde la Joliette hasta Shang-hai tiene en aquel momento disponible; y he aquí lo que por 52 francos y 50 céntimos al día puede exigir el huésped.
Una de las dos camas de que se compone cada camarote y los accesorios correspondientes a un cuarto-tocador con ropa; un camarero; baño diario, caliente o frío; un peluquero; el derecho de usar como costureras a las camareras destinadas al servicio de señoras; un médico; un boticario; cuarenta fogonistas, africanos, en su mayor parte salidos del golfo de Adén, encargados de alimentar los hornos; un primer maquinista y cuatro segundos; dos cocineros con sus marmitones correspondientes; un maître d’hôtel y doce criados para las mesas de primera y segunda; cerca de cuarenta chinos para el servicio secundario, entre los cuales algunos boys (voz inglesa que significa muchacho o criado de distinción), consagrados a agitar las pancas de que hablaré a su tiempo; un capitán de armas conservador de las de a bordo, y con el deber de cerrar las escotillas de los camarotes cada vez que al mar se le hinchan las narices y amenaza invadir el buque por la menor abertura; despenseros; carniceros; un repostero; sobre cincuenta tripulantes para poner y quitar las cortinas de los balcones, según el viento que sopla; un agente de correos; un comisario, a cuyo cargo corre la administración general, pago de haberes, compra de provisiones y que recibe las quejas de los inquilinos si alguna tienen que formular; no sé cuántos timoneros; tres oficiales y un segundo capitán, salidos del cuerpo de pilotos, cada uno de los cuales hace el servicio de puente durante cuatro horas, lo que en lenguaje técnico se llama el cuarto, y por último, un comandante, por lo común teniente de navío de la marina de guerra, jefe nato de todo el personal, y por decirlo así, intendente de la casa.
De paso, y como detalle, te diré que el carbón que se gasta diariamente a bordo se eleva a 50 toneladas, que, a 60 francos una como mínimum, representa una suma de 3.000 por día.
Pasemos a la alimentación.
A las seis y media de la mañana empiezan los desayunos de café solo o con leche, té, chocolate, pan con manteca, una copa de vino generoso u otra bagatela por el estilo. A las nueve y media se sirve el almuerzo, compuesto de cuatro hors d’œuvres, como sardinas de Nantes, salchichón, agujas u otro pastelillo de carne, huevos, manteca, ostras, langostinos, etc., etc., a los que siguen dos platos fuertes de cocina, tan abundantes como variados, y el indispensable karrick (arroz con salsa muy cargada de pimienta), terminándose con un surtido postruario y una taza de café. Las libaciones se hacen con vino tinto francés, Marsala, Jerez seco, cerveza y coñac. También hay agua.
Cuanto sale de este programa se paga a parte.
«Y ya me tiene usted como un reloj», diría el caballero particular, hasta las doce y media, hora en que se sirve el tiffin, palabra con que se designa en Asia el tente en pie, que en Europa llaman los ingleses y sus adeptos lunch, y que consta de caldo, salchichón, pollo o carnes fiambres, queso, sandwiches, vino, cerveza, refrescos de limón y brandy, y otras menudencias. Concluido el tiffin, ya no se yanta nada más... hasta las cinco y media, en que la campana vuelve a congregar a los pasajeros en el refectorio para la comida. Afortunadamente esta es ligera: una sopa, un relevé, cuatro suculentas entradas, dos asados (de ave y de carne), ensalada, karrick, un plato de legumbres, dos entremets o platos dulces, uno de los que muy a menudo es sustituido por un rico helado, queso, frutas frescas y secas, pastas, café, pan, vinos y licores.
Y ya no toma uno otra cosa hasta las ocho y media. Entonces, con el pretexto de la taza de té, se paladea un bombón por aquí, se engulle una galleta por allá, se discute y se prueba experimentalmente que el sandwich es mejor por la noche que por la mañana; y con una limonada ahora, un vaso de cerveza poco después y un grog más tarde, dan las diez de la noche, y las mandíbulas se entregan al reposo, para emprender de nuevo su tarea al romper el alba, ni más ni menos que un peón de albañil, sin domingos ni fiestas de guardar.
A propósito de fiestas, te diré que estas no se solemnizan, por no haber a bordo sacerdotes; y que habiendo preguntado la causa de esta omisión, se me contestó, y me convencieron, que de establecer en los vapores un presbítero católico, había que dar cabida en ellos, por equidad, a un pastor protestante, a un papa griego, a un derviche musulmán, a un bonzo chino y a tantos otros encargados de los diferentes cultos con que los hombres interpretan la idea de la Divinidad.
Las diversiones y los espectáculos se dividen en naturales y técnicos. Son naturales el whist y el ajedrez; el piano y canto, prodigados generalmente por los que menos aptitudes deben a la madre naturaleza y al arte auxiliar; el mareo desde la palidez, su primer síntoma en ambos sexos, hasta la abstinencia del tabaco en el hombre y la descompostura e impudibundez sin conciencia en las señoras; el rodar sobre cubierta de los pasajeros con sus sillas en días de marejada; los equilibrios y el cojeo de aquellos valientes que se pasean por vanidad, y a quienes al echar el pie les falta el barco; el pajarito que vuela, el pez que salta, el buque que se divisa, el promontorio que sale de las aguas, el panorama del puerto a que se arriba, y el ridículo tocado con que el europeo se disfraza por estas latitudes, y que contrasta con el traje negativo de la mayor parte de los indígenas asiáticos.
Constituyen los técnicos las maniobras de la marinería, que los pasajeros experimentados explican a los novicios con gravedad cómica y en detrimento de la exactitud la mayor parte de las veces; las noticias geográficas, hidrográficas y etnográficas con que el viajero se enriquece, gracias a la amabilidad de los oficiales; el lenguaje de las banderas y de las luces; las de Bengala con que se saludan por la noche al cruzarse dos vapores de la misma compañía, y que, tomadas por un incendio a bordo, hicieron salir de su camarote a cierta señora tan despavorida, como ligera de ropa, enhebrada en un enorme salva-vidas de cerca de dos varas de diámetro; la revista de inspección que el domingo pasa el comandante, seguido de su estado mayor, a todo el personal, vestido de gala y formado en su puesto; el simulacro de fuego a bordo que se hace cada jueves y en el que, al minuto de dar la campana la señal de alarma, todo tripulante debe hallarse en su destino, la bomba funcionando, el doctor en la farmacia y las camareras preparando hilas y vendajes; por último, el zafarrancho de combate que, una vez en el viaje de ida y otro en el de vuelta, se simula para el horrible caso de abandono del buque, y que se practica tomando cada oficial el mando de un bote cuyas amarras hace picar, y saliendo primero el más joven con los niños, después el que le sigue en edad con las mujeres, el tercero con los viejos, y los sucesivos con el resto de la tripulación: todos los oficiales, armados de revólveres, tienen la consigna de levantar la tapa de los sesos al que no se someta a la disciplina del caso.
¡Delisioso! como diría el capitán de la zarzuela Robinson.
Y enterado ya de lo que es el domicilio flotante y de la vida que en él has de llevar, pasemos a lo que podrás ver, si te da la ocurrencia de venir a hacerme una visita; para lo cual principias por gastarte dos mil francos para meterte como un libro en el estante de una biblioteca; y una vez encasillado, si el mareo no te vuelve tísico, o la diferencia de climas no te mata, ni te asfixia el mar Rojo, ni la nostalgia te impele a suicidarte, ya estás seguro de que a menos de que la máquina estalle, o se declare una manga de agua que sumerja el buque, o que haya un incendio a bordo, o que otro barco aborde el tuyo, o que un error de cálculo en una noche oscura te haga estrellar contra una roca, o que el mistral te quiera guardar en el Mediterráneo antes de que el Monzón pueda engullirte en el Océano Índico o devorarte un tifón en el mar de la China, ya estás seguro, repito, de llegar sano y salvo a Hong-Kong y poder exclamar al pisar sus playas: «Me separan de mi casa treinta y ocho días de mar y tres de tierra, descompuestos en tres mil leguas de veinte al grado. Aquí son las ocho de la noche y en mi patria apenas si será medio día: me hallo en pleno Celeste Imperio y he hecho la mitad de la vuelta al mundo: escribiré mi llegada a la familia y antes de tres meses tendré la contestación, si la manda a correo seguido.»
Créeme, llévate pañuelo, porque si no tendrías que secarte más de una lágrima con el dorso de la mano.
En fin, no pensemos más en ello; el comandante sobre el puente, grita con voz de trueno: «Larguez tout: en avant», y las amarras se divorcian de los bitones.
Partamos.


Macao, 8 de octubre de 1878.
Querido amigo: No me exijas que entre en un análisis profundo de las cosas que vamos a ver. Recuerdo aún la sorpresa que me produjo siendo niño, y ya empieza a ser larga la fecha, el primer prestidigitador que admiré en un teatro, y el desengaño que experimenté cuando, ya mozo, supe que tenían doble fondo las cajas; y desde entonces, siempre que puedo, me limito a la superficie, sin meterme en honduras, convencido de que la ilusión es más bella que la realidad.
Te convido, pues, a una función de fantasmagoría sin alardes de erudición, en la que, si errores cometo, no serán de trascendencia, puesto que no trato de producir enseñanza.
Pasemos el estrecho de Bonifacio, con la Córcega a un lado y la Cerdeña al otro. ¿Ves a la derecha una casita blanca con un toldo de pámpanos? Es la residencia de Garibaldi en Caprera. El brazo de la unidad italiana está allí para señalar enfrente al viajero la cuna de los Bonapartes.
Alborea el día 13 y fondeamos en Nápoles. Su extensa y hermosa bahía se baña de luz; los vendedores de objetos de coral y de lava invaden el Tigris, mientras los músicos ambulantes, metidos en lanchas, te saludan con sus cantos populares, llenos de poesía y ejecutados con una admirable precisión por jovencillas vivarachas de ojos de fuego, para quienes la música es como la palabra: no saben cuándo la aprendieron.
El vapor debe zarpar a las nueve, y no hay tiempo para visitar todo lo notable que encierra este primer punto de escala. Afortunadamente, yo la conozco desde mi regreso de Atenas y voy, aunque muy de prisa, a señalarte lo que más impresión ha de producirte.
Figúrate que desembarcamos a las seis de la tarde.
En primer lugar, tomemos un sorbete en casa de Benvenuto; es un tributo que hay que pagar al gran confeccionador de helados que tiene Europa. Por media lira, o sean dos reales, te sirven una como rodaja de queso de bola, de dos dedos de gruesa y en forma de media luna, que te deja recuerdo indeleble del nombre de pezzi con que lo bautizan. De allí nos vamos al teatro de San Carlos, suntuoso edificio dirigido por un arquitecto español y academia en que se sanciona, como en la Scala de Milán, la fama de los artistas líricos.
Ya es media noche y el estómago pide que nos ocupemos de él; por consiguiente, en lugar de meternos entre las ahogadas paredes de un restaurant, nos vamos a Santa Lucía. Allí, a la orilla del mar, al aire libre, sobre magníficas mesas de mármol, alumbradas por globos de gas, unos criados vestidos de rigurosa etiqueta nos sirven pescado frito, langostinos y ostras frescas, que unas vendedoras muy jóvenes y bien ataviadas abren y preparan en elegantes casilicios alineados al borde del parapeto del muelle; y todo esto rociado con Salerno y Siracusa, y amenizado con las picarescas canciones de tanta Malibrán en flor y tanto Paganini degenerado como fecunda en aquella tierra privilegiada la lava del Vesubio.
Una carretela nos aguarda. Subamos a ella y sigamos la herradura de la bahía. Al cabo de dos horas de marcha, me preguntas admirado si aquella calle de Nápoles no acaba nunca; y tu asombro crece de punto al saber que hace más de una y media que hemos dejado la ciudad, y que aquella serie interminable de quintas, caseríos, villas y hasta palacios, no son otra cosa que pueblecillos, jardines y granjas que se suceden sin interrupción ni intervalo desde Nápoles hasta Reggio, extremo occidental de la Italia en el estrecho de Mesina. Nosotros nos paramos en Portici, donde, a defecto de la Muda del maestro Auber, encontramos a un locuaz arriero, que nos prepara las caballerías para la ascensión al Vesubio.
Larga y penosa esta, fuera del interés científico que puede despertar en un geólogo, no tiene otro encanto que la satisfacción de haber marchado sobre cenizas, la vanidad de haber tocado los bordes de su inmenso cráter y oído la bronca respiración de sus pulmones; y para el que, como yo, madruga poco, haber asistido a la iluminación del golfo por los primeros rayos del sol naciente. Plata en el mar, verde en la montaña, rojo en el horizonte, azul en el cielo, tornasoles en la ciudad, perfume en el ambiente, música en el espacio, luz en el aire. Tú, poeta, dispón en tu fantasía y como te dicte el sentimiento, los colores y los ruidos que te libro a granel; pero que son los verdaderos componentes de una alborada en Nápoles.
Desde allí, y por otra vertiente, las acémilas nos bajan a Pompeya, sepultada en el primer siglo de la era cristiana y descubierta en tiempo de Carlos III, de la que hoy se conoce ya todo el perímetro y más de tres cuartas partes de la ciudad están desenterradas. ¿Qué podré decirte de ella? Su orden arquitectónico te es bien conocido. Pues bien; imagínatela toda cortada a la altura del primer piso de sus casas y sin más que la planta baja en pie. Pórticos, vestíbulos, patios con fuentes microscópicas y detalles liliputienses, y detrás el gineceo o habitaciones para las mujeres; columnas estriadas como base de apoyo, mosaicos por adorno y el cave canem inscrito en el suelo cerca de la perrera, como aviso prudente para las pantorrillas del visitante. Parece una ciudad cuyos moradores han salido para asistir a alguna fiesta cercana, y a cada momento crees que van a hacer irrupción en sus dominios. En su museo se admiran cosas sorprendentes: trigo y legumbres carbonizadas, pan cocido el día de la erupción, aceite metido en tinajas, joyas pertenecientes a los cadáveres, que se han encontrado envueltos en una capa petrificada de lava y azufre, y de los que han sacado vaciados en yeso, conservando la posición en que los sorprendió la muerte; papiros a los que se da cierta consistencia con una substancia química, y que colocados bajo una campana de cristal, se los sujeta a un aparato que desenvuelve dos milímetros por día, hasta que toda la hoja desarrollada, se la fotografía, y pegada a un cartón, pasa a enriquecer la biblioteca de manuscritos, más notable bajo el punto de vista de la curiosidad que de la historia. ¡Qué impresión al visitar aquel teatro donde resonó la musa de Plauto y de Terencio! ¡Qué movimiento de horror ante aquel circo, donde tantos gladiadores han apagado con su sangre la sed de espectáculos cruentos del pueblo latino! ¡Qué sobrecogimiento ante aquel foro, que Cicerón ha sabido llenar con su presencia cuando para reposar de las tareas de Roma, iba a solazarse durante el estío en la patricia residencia pompeyana! ¡Qué asombro al visitar aquellas termas, germen en un principio de salubridad y de higiene en una raza guerrera; fomentador más tarde de la corrupción y la molicie en aquellos imitadores de Capua! ¡Qué vergüenza en aquellos templos del amor, con sus lechos de mármol, sus estimulantes del deseo artísticamente pintados en las paredes, y su padrón de ignominia esculpido en la puerta como testimonio de la divinidad a que se rendía culto!
Las ruinas de Herculano son más importantes en el concepto del arte; pero lo difícil del descenso y la premura de nuestro viaje nos impiden ir a verlas.
Tomemos el tren, y atravesando vergeles llenos de quintas, con sus colgantes de macarrones puestos a secar en todas las ventanas (y de que el pueblo napolitano hace un inconcebible consumo, comiéndolos la gente baja con las manos y por madejas), volvamos a Nápoles, y a uña de caballo, echemos una ojeada al museo de Borbón. Vasto y suntuoso edificio; posee numerosos y notables cuadros; y en escultura se honra con el grupo de Farnesio; pero como no podemos apreciar una por una las bellezas que atesora, vamos a ceñirnos a una sola, aunque típica especialidad. Me refiero a la venta de copias de aquellos lienzos maestros, ejecutadas, no diré por artistas, mas sí por obreros del arte de Apeles que, a centenares, invaden las espaciosas crujías del palacio y asaltan al curioso con ofertas tentadoras y en competencia sin igual. Allá va un ejemplo para muestra: una copia de una Santa Familia del Sarto, midiendo media vara, tendida en un bastidor con cuñas, y aunque ligeramente tratada, representando un trabajo de tres sesiones por lo menos, me ha sido adjudicado en la suma de... ¡una peseta!
Y basta, que nos esperan a bordo. Atravesemos a escape la Chioja y Toledo, las dos grandes arterias de la populosa Nápoles, el palacio real y la multitud de teatrillos que, como hongos, salen por todos lados; y mientras el Tigris larga sus amarras, echemos unas monedas de cobre a esos buzos, que desde su lancha nos desean buen viaje. Míralos cómo se zambullen, cómo luchan en el agua, y cómo, por fin, el más hábil se presenta en la superficie, llevando en la boca los dos cuartos de la presea. Por fin, zarpamos; los músicos ambulantes entonan desde sus canoas una marcha, cuyos ecos se van debilitando poco a poco; la bahía parece como que se contrae, y la ciudad como que se repliega; ya un solo punto luminoso se ve en el horizonte: el Vesubio; después su aliento... después nada; el mar, tan imponente cuando aleja al viajero; tan juguetón y bullicioso cuando le vuelve a los suyos.
A las nueve de la noche, el Stromboli, como faro de las islas Líparis, se presenta por estribor, arrojando fuego de su cráter. A media noche, el vapor corre entre dos cordones de luces; son Mesina y Reggio; Scila y Caribdis. La Sicilia se borra por fin con la vaga silueta del Etna, y al otro lado la Calabria ulterior se pierde en las olas y se confunde en la bruma. Dos días después llegan hasta nosotros las brisas del archipiélago griego que, envidiosas de la isla de Candía, que nos sale al paso, trepan por sus ásperas montañas, y nos saludan con la más cariñosa de las sonrisas; y el 17, a las dos de la tarde, el vigía de Daimieta anuncia nuestra llegada a Puerto-Said. Estamos en África.
Instintivamente la mirada se vuelve hacia atrás como buscando algo que se lleva el agua al borrar la estela de nuestro barco. Es que acabamos de dejar una parte del mundo; la nuestra. ¡Adiós, Europa!
Hay dos itinerarios para llegar hasta el mar Rojo; el que seguimos nosotros y el que se hace desembarcando en Alejandría y tomando el ferrocarril que pasa por el Cairo y va a Suez. Este último es más largo, no por la duración del viaje, sino porque una vez en la capital del Egipto, ¿quién se vuelve sin visitar la Esfinge, la pirámide de Gizeh, las demás tumbas de los Faraones y lavarse en la corriente del Nilo?
He dicho que el viaje es más largo, no por su duración, y debo rectificar este aserto, pues según me han referido, parece ser que la locomoción ferrocativa de los fellah, hace de la lentísima española algo vertiginoso, como los convoyes de San Francisco de California a Nueva-York, pues entre otras causas hay la muy poderosa de que cuando al maquinista se le cae la petaca, o encuentra a un amigo que sigue a pie la ruta, para el tren, y recoge a una o a otro, sin que nadie le dirija cargos por ello.
Nosotros, ya puestos en la boca del canal, seguiremos la recta trazada por el inmortal Lesseps.
En Puerto-Said desembarcan los pasajeros para Beirut, Damasco, Esmirna, y toda la costa de Siria y Palestina, y en los que seguimos al extremo Oriente, empieza a verificarse la metamorfosis reglamentaria de trajes, usos y costumbres.
Lo primero es despojarnos de todo sombrero a la europea, y calzarnos el hélmed (con h aspirada); casco para el uso de los ingleses en la India, que le da a uno el aspecto de un cocinero de bomberos, en razón de la forma del utensilio y de la blanca funda que lo reviste. A este preservativo de la insolación sigue el aligeramiento de traje, como recurso contra los calores sofocantes que nos aguardan, y que consiste en la sustitución de la lanilla por el lino y el empleo de la morisca por la noche. La morisca es un traje de algodón, compuesto de calzones anchos y blusa de manga perdida, que se viste con exclusión de camisa e interioridades equivalentes. A bordo da comienzo el consumo de arroz hervido, rociado con una salsa muy picante, de la que toma el nombre de Kury para los ingleses, Cary para los franceses, y que todos, indistintamente, llamábamos Karrik en tono de broma, porque, como dicha prenda de vestir, servía de abrigo al estómago contra el desnivel de calórico producido por la transpiración. Las pancas, que son como unas bambalinas de lona pendientes del techo, forradas de algo que sin hacerlas pesadas las vuelva consistentes, y que se adornan con un volante al canto, son puestas en movimiento de vaivén por un chino que, desde el extremo del comedor tira de la cuerda que las une todas, y que es como la mano de aquellos abanicos, encargados de refrescar el aire a las horas de comer; o lo que es lo mismo, constantemente. Por último, se nos da la orden de dormir sobre cubierta, pues ha habido casos, como el de unas religiosas que por pudor se quedaron en el camarote, y amanecieron asfixiadas por la atmósfera de fuego que reina por las noches, principalmente en el mar Rojo.
Puerto-Said no tiene nada de notable, aunque su porvenir es inmenso; ciudad brotada de la apertura del istmo, no hay nada en ella, fuera del sol, que acuse el carácter oriental; todo está construido a la europea, si bien con arreglo a las exigencias locales; su faro recuerda los de los puertos franceses; su plaza de Lesseps es un pequeño square a la inglesa; las casas, aun las más fastuosas, como la agencia de las mensajerías y las oficinas del canal, podrían pasar por quintas de recreo en los alrededores de Roma, o en la campiña de Pau; las tiendas, pobres en general, se parecen a las de una provincia de segundo orden de España.
Las calles, tiradas a cordel y a medio construir, son un remedo, en fin, de las modernas poblaciones. En ellas abundan los cafés cantantes con orquestas alemanas, billares, ruletas y demás entretenimientos. Pero lo que a Puerto-Said le falta como sello urbano, lo suple con creces con la diversidad de razas orientales que lo pueblan. Desde el negro del Sudán que en la barcaza conduce el carbón para El Tigris, hasta el chipriota que vende fotografías en el bazar, todo difiere de lo nuestro. Ya es el indolente mozo de cordel, que sucio y harapiento, acorta su miseria durmiendo en la arista de sombra que proyecta en la calle el alero de un tejado; ya el habitante de la Arabia pétrea, que con su túnica azul y su tabardo gris, ostenta sobre un fondo de luz los viriles y correctos contornos de una fisonomía abierta como el desierto; ya el beduíno de la fuente de Moisés, con la bruñida y negra faz, destacándose sobre el blanco y recogido turbante, y acariciando la espingarda, compañera de su soledad. Allí se codean la beduína de las montañas de Altaka, con la cara descubierta y llena de ajorcas y de joyeles, y la mujer fellah, de mirada incitante, que lanza rayos de sus pupilas por encima del velo que le cubre el rostro; el chek de la guardia nocturna, de rugosa frente y acusadas facciones, y el beduíno del monte Sinaí, con su turbante en punta y el torso desnudo; la dama turca y la esclava del Sudán; el derviche y el camellero, el hombre de mar y el de la montaña; el mercader, en fin, de bazar cubierto, y el hijo de los aduares; pero todo con tal perfume de Mahoma, con un sello tan marcado de Corán, que, para que la ilusión sea completa, hasta el cielo parece asociarse a nuestra causa, retrasando el plenilunio, y coronando en una luna creciente el inmenso turbante azul, bajo el que asoma la islamita fisonomía de Puerto-Said.
Volvamos a bordo. Aquí ya nadie canta como en Nápoles; pero todos gritan. El batelero no te transporta al Tigris si antes no pagas al chek el precio del pasaje. El buhonero ya no vende baratijas de su confección, sino artículos de viaje traídos de Europa. El arte se acabó en Italia, para no volver a verlo. En Egipto la fuerza natural impera, pero con un carácter retrógrado a medida que avancemos. Con los primeros albores del día 18, el vapor se pone en marcha para entrar en el canal, admirable corrección hecha por la ciencia sobre el libro de la naturaleza, sublime puerta por la que la civilización va a invadir los dominios de la barbarie. Entremos.
Largamente debatida ha sido la cuestión de si en los tiempos antiguos existió o no un canal que ligaba el mar Mediterráneo al golfo Arábigo. Los que lo afirman, aducen como razón la presencia de los lagos en el istmo; lagos que, hábilmente utilizados por Lesseps, han facilitado notablemente su titánica empresa. Yo dejo al tiempo y a la ciencia que aclaren este punto, y limitándome a mi papel de cronista, relato lo que veo.
Para no andar buscando mapas, vamos a formarnos uno, que nos dé una idea aproximada del istmo de Suez. Apoyemos las dos manos de plano sobre una mesa y unamos los pulgares por sus extremos como para formar la cadena magnética, con la que dicen que se hacen girar los platos y los sombreros. La mano derecha representa el continente africano, la izquierda es el Asia. El vacío que resulta entre los pulgares y el pecho significa el Mediterráneo que, extendiéndose por la muñeca derecha (a la que supondremos cortada, para que nos haga el efecto del Estrecho de Gibraltar), toma, desde el lado opuesto de la misma muñeca hasta el extremo del meñique izquierdo, el nombre de Océano Atlántico.
El hueco desde los pulgares hasta los nudillos de los índices, es el mar Rojo o golfo Arábigo; y desde dichos nudillos hasta la extremidad de los dedos, el mar de las Indias.
Los pulgares, unidos, son la lengua de tierra que une al Asia con el África, y que, impidiendo que el Mediterráneo y el mar Rojo se junten, toma el nombre de istmo de Suez.
Cuando, antiguamente, un buque tenía que transportar mercancías a las Indias o a los puertos chinos colonizados por europeos, abordaba el Océano Atlántico, costeaba la punta de la mano derecha, y navegando después de índice a índice, estaba seguro de llegar en unos seis meses a su destino, cuando no tenía que detenerse un par de ellos, esperando viento favorable sobre la extremidad del anular derecho, conocido con el nombre de Cabo de las Tormentas o de Buena Esperanza.
Pero un día el orbe entero se conmovió. Era por los años 1820. Un inglés llamado Mr. Wagorne había imaginado el modo de hacer llegar el correo desde Europa a las Indias, ganando más de una mitad de tiempo. Time is money, gritó la Gran Bretaña; y la Mala inglesa quedó establecida de este modo: un buque de vapor conducía los paquetes desde Gibraltar hasta el nudillo del pulgar derecho, o sea Alejandría; desde allí, atravesando el dedo, o sea el istmo, el correo era llevado por tierra con graves riesgos y exposiciones, hasta el puerto de Suez, en la bifurcación del pulgar y el índice: y una vez en Suez, otro vapor de la compañía Peninsular y Oriental inglesa lo dirigía a su destino por el mar Rojo.
Era este un inmenso adelanto, y bien merecido tiene Mr. Wagorne el busto que la Compañía le ha levantado en el extremo del canal; pero la rapidez de la comunicación postal no hacía sino aguijonear la impaciencia del mercader que, si bien recibía la remesa con mucha antelación, no por eso las mercancías tardaban menos. En esto apareció Mr. de Lesseps, y esgrimiendo unas tijeras de gran temple intelectual y de muchos millones de coste, dio un corte en el istmo, hizo que dos mares, hasta entonces separados por dimes y diretes de una mala lengua de tierra, quedasen amigos hasta el extremo de vivir juntos, y ayudado por el vapor, logró que en la quinta parte del tiempo que un buque invertía antes en costear el África, pueda hoy el viajero trasladarse desde el Campo de Marte hasta Pekín.
El canal no es otra cosa que una inmensa zanja abierta en el istmo y que se ensancha de cuando en cuando por la presencia de los lagos Menzaleh, Ballah, Timsah y los Amargos. A derecha e izquierda el desierto con sus ribazos blancos de sal por la evaporación del agua. De distancia en distancia un chalouf o estación de la empresa, donde un poco de tierra vegetal, llevada exprofeso, ha permitido que broten algunas plantas para solaz y entretenimiento del guarda y remembranza de la vegetación en la mente del viajero. Por rara casualidad, un árabe con la espingarda al hombro atraviesa aquellos arenales, veloz como el pensamiento y como huyendo de la soledad. En las horas en que el sol cae más a plomo, algún camellero, con cinco o seis de sus fieles rumiantes, busca saludable refugio cerca de la corriente de las aguas, tendido en la vertiente del talud. Constantemente el espejismo, produciendo extraños fenómenos de óptica. Ya son montículos de arena que, reflejados en la atmósfera, semejan islotes saliendo del fondo de un lago: ya es una ciudad con sus cúpulas y minaretes, que la realidad destruye y convierte en la reflexión de una bandada de grullas que dispersa el silbido del vapor. En el medio del canal, un verdadero oasis: Ismailía con el palacio del virrey, rodeado de palmeras, naranjos y bananeros. Un poco más lejos nos sorprende la noche; pero como la navegación está aquí prohibida fuera de las horas de sol, hacemos alto. Se respira plomo; las bujías del piano ostentan una llama fija e inmóvil sobre cubierta; estamos atracados junto al ribazo y nadie se atreve a desembarcar: hay fieras. Amanece el 19 y nos ponemos en marcha.
Tres horas después estamos en Suez. La ciudad, distante como una legua del puerto, se une a este por una faja de tierra echada sobre el agua, sin una piedra, sin un árbol, sin el menor pretexto de sombra. Pocos minutos después, el vapor sigue su rumbo y penetra en el mar Rojo.
La sacudida de la hélice repercute en el corazón del viajero, y de un solo latido de su frente, retrograda miles de años. Va a pasar de Mahoma a Moisés, del Corán al Génesis; de la leyenda árabe al dogma bíblico; del mórbido seno de la desnuda poesía, al severo y majestuoso pliegue de la túnica cristiana.


Macao, 14 de marzo de 1879.
Mi querido amigo: Estamos atravesando el golfo de Suez; parece que, con solo extender los brazos, vamos a tocar al África por la derecha y al Asia por la izquierda. A un lado llevamos la tierra de los Faraones, el poema de José, el Nilo, cuna del gran legislador del pueblo Israelita; al otro el desierto, cuarenta años de peregrinación, Judea, el Jordán, Jerusalén.
¿Ves por babor aquel pequeño paraíso destacándose en medio del arenal de la Arabia pétrea? Es un grupo de palmeras y plátanos dando sombra a la fuente de Moisés, primer alto de los Israelitas después de pasar a pie enjuto el mar Rojo. Por la noche, el pico del monte Sinaí sale a recordarnos los preceptos del Decálogo. El mar se ensancha, bórranse las costas; pero la imaginación le hace adivinar a uno la proximidad de Medina, tumba del Profeta Mahoma, y los vapores que, hacinados de sectarios del Corán en caravana, se cruzan con el nuestro, nos señalan la situación de la Meca, la ciudad santa del islamismo.
Durante tres días el calor nos sofoca. Por fin, llegamos al estrecho de Bab-el-Mandeb, o puerta de los Suspiros, perfumada con el aroma de los cafetales de Moka. Destacado de la costa africana se ve un peñón; es Perrin, la primera portería del estrecho; aquel guardián habla inglés, y a guisa de llavero ostenta un variado y surtido manojo de cañones. Unas horas más tarde, al amanecer el día 24, otro inglés, con más cañones que el primero, nos abre, por decirlo así, la otra hoja de la puerta, y fondeamos en Adén, pequeño rincón de la Arabia feliz.
Los hijos de Albión han impuesto al mundo conocido la sacramental frase de las casas de Madrid: Nadie pase sin hablar con el portero. Inglaterra es el conserje universal. Desde su casa puede pasar revista a todo el que se proponga dirigirse por el mar del Norte a las regiones árticas. El estrecho de Gibraltar le permite husmear cuanto ocurre en el Océano y el Mediterráneo. Queda un boquete abierto entre la Sicilia y Túnez; lo tapa con Malta; y Constantinopla, sobre la que de hecho ejerce el protectorado, cierra la marcha de esta serie de mamelones, que forman la gran muralla marítima de la Europa. En el triángulo del África es dueña de los ángulos: Sierra Leona, el canal de Suez, en la forma de la mitad de sus acciones, y el Cabo. La América se halla prensada entre la Nueva-Bretaña, o Canadá, la Jamaica y las posesiones antárticas y las de la Oceanía; y por lo que al Asia respecta, empezando en Chipre, siguiendo por Adén (donde se convierte en oro el café de Moka y desde el que se escudriña todo el movimiento de la costa S. E. del África, del cabo Guardafui al de Buena Esperanza) y terminando en el estrecho de Bering, todo habla inglés y nada escapa a la vigilancia de la Gran-Bretaña. El Indostán, enclavado entre dos golfos, está defendido en el de Omán por Adén y la isla de Ceylán, y por esta y Singapore en el de Bengala; amén del refuerzo de la Australia para tener en jaque a toda la Malasia y la Micronesia en el Océano equinoccial; la Cochinchina no puede moverse entre la Península de Malaca y Hong-Kong; y por último, las concesiones otorgadas en Shang-hai, Tien-tsing y la costa de la China, llevan la influencia del Reino Unido hasta las regiones árticas en el estrecho de Davis, y puede decirse que la Inglaterra tiene al mundo metido en el bolsillo.
Pero hablemos de Adén. Allí dejamos a los viajeros que se dirigen a Zanzíbar, Mozambique, Madagascar, Mauricio y Borbón. Una serie de rocas peladas, sin más vegetación que una lujuriante de artillería de grueso calibre, sirve de asiento a la ciudad. Esta es una de las primeras fortificaciones del mundo; luego la visitaremos; antes fijémonos en lo que rodea al Tigris. Ya han trepado por la borda multitud de mercaderes y se han cerrado las portillas de los camarotes para evitar el hurto y la rapiña. Aquello es una invasión de hordas salvajes de aspecto aterrador, color de ébano, ojos inyectados en sangre, pelo crespo, sonrisa infernal, alaridos de fiera, desnudos la mayor parte, y ofreciéndote sus mercancías, consistentes en pieles de tigre, de leopardo o de mono, maderas toscamente labradas, flechas, crises, armas, dientes de animales; la especulación, en fin, en su forma más rudimentaria.
Nuestro vapor se ve rodeado por infinidad de barcazas, tripuladas por seres que parecen monstruos salidos del Averno, y que en un inglés sui generis, te brindan con llevarte a tierra. Los niños, que de cinco o seis años ya manejan sus embarcaciones, tienen el aspecto de monos; como el simio, rechinan los dientes, y como él tienen los pies y las manos aplastadas, y muy largas las falanges. Han nacido para vivir en el agua, y es de ver como, por una pequeña retribución, se precipitan desde la borda del Tigris, atraviesan su quilla de babor a estribor, luchan entre sí y pescan la moneda, que muchas veces el remolino ha conducido al fondo. Otras, como en el viaje anterior al del Tigris, acontece que un tiburón se encarga de dirimir la contienda, devorando a alguna de aquellas pobres criaturas.
Lo que llama poderosamente la atención, es que la mayor parte de aquellos negros ostenta una cabellera rubia como un hijo de las orillas del Támesis. Confieso que mi primera intención fue creer que la influencia del dominio inglés entraba por algo en aquel mesticismo de la raza; pero luego supe que solo se debe a la moda, que allí, como en todas partes, hace sentir su presión. Parece, en efecto, que este es un signo de distinción entre los habitantes del golfo de Adén, y que para obtener el resultado que se proponen, se untan la cabeza, después de raspada, con una mezcla de cal y no sé qué otra sustancia; y lo prueba el que muchos de ellos llevaban su hedionda plasta sobre el occipucio, pareciendo como atacados de alguna asquerosa enfermedad cutánea. Después dejan crecer el pelo, que, crespo y de colores distintos, les abulta la cabeza en tres o cuatro veces el tamaño natural, y excuso decirte si, al ver correr hacia ti a un fenómeno semejante, no echas mano al revólver, como medida de precaución.
Lo primero que, después de los cañones, se ve al tocar tierra, es el barrio comercial, con sus agencias, fondas, factorías y la residencia del gobernador. Unos sucios e incómodos coches de cuatro asientos le llevan a uno por la ciudad indígena, formada de chozas y zaquizamíes; y después de cruzar el verdadero Adén, con sus cuarteles, sus casuchas jalbegadas y sus estrechas calles, sigues subiendo, con el mar siempre a la izquierda y algunos arrabales hediondos a la derecha, hasta llegar a las cisternas, obra titánica donde apaga su sed aquel pueblo, asfixiado por los rayos de un sol tropical.
En todo el trayecto de dos horas no se encuentra ni el vestigio de una planta; solo al pie de las cisternas han conseguido, llevando tierra vegetal de Europa, plantar una docena de árboles, pero una docena literalmente hablando, que han alcanzado el desarrollo de una mata de laurel. En los puestos de la policía, que se suceden de trecho en trecho, se ve por vez primera el gong o campana china, disco de metal que da un sonido como el del címbalo, y con el cual se comunican los agentes. Estos dominan a la turba a palos, y te libertan por ese medio de los innumerables chiquillos que te siguen y asedian pidiéndote una limosna, lo que no quita para que, después de despejado el terreno, el policeman tienda también la mano en demanda de retribución.
Asombra la diversidad de razas que allí pululan. El árabe, de correctas facciones; el abisinio, desafiando al sol con su cabeza siempre descubierta, y tapando sus piernas con una sábana llamada sarrong, que, liada a la cintura, pende hasta los tobillos, mientras que embozado en otra, echada sobre los hombros, encuadra con elegantes pliegues su bronceada fisonomía, de puras aunque acentuadas líneas, y juguetea con el inseparable junco en forma de cayado, indispensable atributo de su elegante condición; el somaulís, con su gracioso turbante; el afeitado y desnudo habitante de Nubia, cabalgando sobre el paciente asno; el parsi, descendiente de los antiguos persas, sectario de Zoroastro y adorador del fuego, cubierto con un jaique sobre calzones a la europea, y calzada la cabeza con una como mitra en forma idéntica a la boquilla de un clarinete; el indostánico o malabar, con la chaquetilla de vivísimos colores y el abultado turbante escarlata, fumando sus ehibuc, incrustado en las jorobas de su camello; hasta el hombre, en fin, que sin otro traje que un pañuelo pendiente de la cintura, ignora su patria, su religión y su lengua; todo se encuentra allí en mezcla confusa, como si la especie humana se hubiera dado cita para asombro del viajero, que solo conoce el mundo por las cartas geográficas.
Amanece el día 25, y zarpamos con rumbo a Ceylán. A las dos de la tarde doblamos el cabo Guardafui, y dejamos el estrecho de Bab-el-Mandeb para cruzar el golfo de Omán por el mar de las Indias, y aquí empieza a danzar el buque impelido por un violento SO., que no es otra cosa que los últimos, pero respetables, aletazos del monzón.
Son los monzones unos vientos que en dirección distinta reinan periódicamente en estas latitudes. De octubre a marzo soplan de NE., y de mayo a agosto del SO.; pero hasta entablarse o fijarse, hay en los meses intermedios una lucha entre ambos, que produce en el mar de la China los horrorosos huracanes conocidos con el nombre de tiffones que, aunque de menor importancia que los ciclones del Atlántico, ocasionan catástrofes espantosas.

Pasemos lo mejor que podamos estos ocho días que nos esperan sin ver tierra, y colocándonos por entre las Maldivas y las Laquedivas, recalemos sobre el cabo Comorin, crucemos el golfo de Manaar y fondeemos al terminar el 2 de septiembre en la parte meridional de la isla de Ceylán, en aquel paraíso, portugués primero, luego holandés y británico últimamente, que lleva el nombre de Punta de Gales.
Busco, pero en vano, la manera de describirte esta maravilla; no se me ocurre más que compararla a una decoración de ópera de gran espectáculo. Voy a ver si puedo dar de ello alguna idea. Estando en rada, miras de frente a la ciudad, y por tu derecha se extiende la costa. ¿Te has detenido a observar alguna vez el innumerable tejido de troncos y ramas de que se componen los zarzales y las malezas? Pues figúrate que toda aquella inextricable red de palitos se convierten en elevados y airosos cocoteros, que se cimbrean al soplo de una benéfica brisa, y tendrás la base de esta inconcebible vegetación. Imagínate que del centro de la ciudad, surgen cúpulas de templos católicos, pingorotes de capillas ojivales o góticas, promontorios de pagodas búdicas, pirámides de monumentos bramines, minaretes de mezquitas árabes, terrazas de opulentas moradas; y todo esto entre bosques de jardinería. Yo no sé si me explico; pero a ver si me entiendes: recuerdo que en todas partes por donde la vegetación es rica, se ve una masa hermosa, imponente; pero masa en fin, cosa maciza. En Gales no; los troncos están tan compactos que se tocan; pero las ramas son tan variadas, tan elegantes, tienen una languidez tan poética, que parece como que el artífice de aquella naturaleza ha estudiado la combinación de la luz sobre los colores de las plantas, y se ha complacido en recortar aquellas hojas festoneadas, para que un cielo siempre azul caiga a pabellones por las ondulaciones de los árboles, y un sol tropical se infiltre por entre los hilos de aquel encaje de verdura. Junto al cocotero de cubierto tronco y arqueado penacho, surgen el bananero, de ancha y deshilachada hoja, y la palma del viajero, abanico abierto de colosales ramas, que lanza al aire sus varillas, adornadas de plumas de esmeralda, con la regularidad de los radios de una circunferencia; y si de los prismas pasamos a los olores, dime el maridaje que resultará de la mezcla de aquellas gomas, con los efluvios de unos frutos que, empezando en la odorante piña, espiran y se ahogan en los bosques de caneleros. ¡Aquello es un caos de colores y perfumes!
Saltemos pronto a tierra; hay que entrar allí. ¿Pero qué es esto? En Gales todo es sorprendente. Las lanchas tampoco son como en los demás países; los botes, las canoas, las falúas, todo aquello concluyó. Aquí nos sale al encuentro la piragua, embarcación típica y original, que merece describirse.
Figúrate un cajón de madera, de la longitud y de la altura de una canoa ordinaria, con dos proas como esta, pero sin tripa, toda vez que sus costados lo forman sencillamente dos planchas, unidas entre sí por unos travesaños en la parte superior, y una especie de peana o contrapeso por abajo. Su anchura no llega a media vara, de tal modo que los tripulantes, al sentarse en ellas, llevan las piernas encajadas, y las caderas fuera de la embarcación. Como supones, sería imposible que este aparato flotase, a no ser por el balancín que le agregan por un costado, y que consiste en dos largos remos armados y sujetos a la borda en posición de bogar, a cuyos extremos se ata transversalmente, o sea paralelo a la piragua, un cilindro de madera que, descansando sobre el agua, establece el equilibrio, presentando un extenso polígono de resistencia que le impide zozobrar.
Ya asaltan el Tigris los buhoneros del país. La raza humana, que en Nápoles era morena, tostada en África y negra en Adén, empieza a perder color en la India; el cingalés es un moreno con fondo amarillo y pelo de azabache. Hombres y mujeres se peinan echándose las melenas hacia atrás, y retorciéndolas para sujetarlas, hechas un bodrio, sobre la nuca; un peine de goma como el que en Europa usan las niñas, completa su tocado. El cuerpo le ciñen con un sarrong de colores, como la sábana de los abisinios, y una chaquetilla europea en ellos y un gabancito o caracó en ellas, que tiene poco de airoso. El sexo feo suele usar patillas, lo que acaba de asimilarlos a los gitanos.
La venta a bordo ha cambiado también de fase. A los productos artísticos de Italia y a los zoológicos de la Arabia, han sucedido los finísimos encajes de Lahor, los bordados y telas primorosas de Cachemira, los productos persas, que las caravanas indostánicas transportan de Ispahán y de Teherán, y por último, las piedras preciosas con que en calidad y cantidad compite la India con el mundo entero.
Debo advertirte que se venden muy caras y que te piden por ellas el cuádruplo de su valor; así como que hay que ser muy experto para no tomar gato por liebre, pues son más las piedras falsas que las verdaderas que se ponen en circulación. Solo de ese modo se explica que yo adquiriese ocho grandes rubíes, tres enormes zafiros y un topacio en cambio de tres levitas, dos pantalones y cuatro chalecos fuera de uso. Fue un cambalache de cristal por paño, muy admitido entre los joyeros falsos cingaleses.
Desembarquemos; pero no me preguntes lo que es Punta de Gales; no lo sé. Allí no hay calles; son bosques inmensos en los que, diseminados, encuentras templos, casas, chozas, hoteles, agencias, joyerías; coches que se cruzan con carretas tiradas por bueyes pequeños, que trotan como caballos, bayaderas que bailan, magnetizadores de serpientes que las electrizan al son de la flauta, juglares que te asombran, titiriteros que te horripilan. Ya sabes que los indios del Malabar son los más hábiles gimnastas que se conocen; estoy persuadido, sin embargo, de que van a maravillarte estos dos ejemplos de acrobacia y prestidigitación de que he sido testigo en uno de aquellos jardines que llaman plazas.
Un hombre coloca tres venablos o chuzos atados en forma de trípode y con los hierros hacia abajo, sobre el puño de un sable; apoya la punta de este sobre una lanza, y acostándose en el suelo, tiene todo aquel armatoste en equilibrio sobre su frente, hasta que dándole una sacudida, despide la lanza por un lado, el sable por otro y los venablos vienen a clavarse en el suelo entre las rodillas y los sobacos del titiritero.
Otro individuo puso sobre una mesa, sin tapete, una canasta de mimbre, en la que, encogiéndose mucho, se arrebuñó un muchachuelo; cubrió el cesto con su tapa, y blandiendo un enorme cris, se entretuvo en dar de puñaladas al continente y al contenido. Oyéronse los ayes más desgarradores, la sangre corría por la mesa...
—¡Basta! ¡Basta! —gritamos todos, no dando crédito a nuestros ojos.
El juglar destapó entonces el canasto; el canasto estaba vacío y el rapazuelo entraba en el corro pidiendo con su platillo unas monedas de cobre por aquel inconcebible espectáculo al aire libre.
Una de las imprescindibles excursiones que hay que hacer en Punta de Gales es a Wackwella (pronuncia Guacuela). Un cómodo y bien acondicionado coche te lleva, mediante tres rupias (treinta reales), y durante cuatro horas, a visitar el bosque de los caneleros; y por un camino imposible de describir, en el que abundan los árboles más raros, las aves más trinadoras y pintadas que puede soñar la fantasía, y por el que constantemente te sigue una turba de rapaces ofreciéndote, ya un mangustán rojo como la grana y blanco como la nieve, ya un coco con que aplacar la sed, ya una rama de canela con que perfumarte, llegas a la plataforma en cuestión, desde la que, saboreando un refresco del país, divisas un extenso horizonte, cuajado de islas de cocoteros y de colinas de cafetales, por las que serpentea lo que al pronto parece un ancho y caudaloso río de muchas leguas, y que resulta ser una interminable y consecutiva serie de plantaciones de arroz. En el fondo se destaca el pico de Adán, monte situado al N. de la isla, detrás del que existe el puente de Eva, que une la isla de Ceylán al continente Índico, separados por el estrecho de Palk. Porque, debo advertirte, que los cingaleses pretenden, y creo que con razón, que el Paraíso terrenal estaba en su casa; así es que se encuentran allí todos los nombres de nuestras Sagradas Escrituras, y hasta se rinde culto a la Virgen María.
Oye cómo la teogonía de los bramines cierra el capítulo de su Génesis:
«Atani entristecía en el Paraíso; Dios le dio a Iva por compañera (aquí sigue una bellísima descripción imposible de traducir, pero tan admirable como el cántico de los cánticos). Y al contemplar Dios tanta ventura, dijo: “Ahora sí que estoy satisfecho de mi obra; ya es perfecta; he producido el amor”.»
Suenan las once de la mañana del día 4 y no tenemos tiempo que perder. Despidámonos de los pasajeros para Pondichery, Madras, Calcuta y Bengala en el E. de la India, y de los que se dirijan a Bombay por el ferrocarril del continente. Volvamos al Tigris y zarpemos. En cuatro días cruzamos el golfo de Bengala. El 8 se aparece Penang, el portero inglés de los Estrechos, con su artillería correspondiente, formando pendant con la punta de Achem, de la isla de Sumatra, en la Oceanía. Al amanecer del 9 concluímos de pasar el estrecho de Malaca y atracamos junto al muelle de Singapore. Estamos sobre el Ecuador; un grado más y cortamos la línea.
La entrada a esta posesión inglesa es uno de los espectáculos más bonitos que puede soñarse y comparte justamente la admiración del viajero con el Bósforo, el Rhin, el Danubio, la bahía de Río de Janeiro y el golfo de Nápoles. Imagínate que Singapore es un gigante cuyos enormes pies, que son las costas, están bañados por el agua. El vapor se desliza por la punta de sus dedos; pero cada vez que cruza una de sus bifurcaciones, viene a sorprenderte un panorama pintoresco y variado, que te lleva de sorpresa en sorpresa. Entre una vegetación, si no tan exuberante, por lo menos tan coqueta como la de Ceylán, ves aparecer en la cumbre los bungalows, o casas de campo inglesas, con sus galerías corridas bajo una serie de arcadas, mientras por abajo, en los repliegues de los dedos, pueblos enteros de chozas plantadas sobre estacas, se reflejan en las ondas, de las que brotan árboles copudos y en que se bañan las aves domésticas. Cada una de aquellas ensenadas parece un Nacimiento.
Aquí la raza es ya amarilla, con ese tinte enfermizo que caracteriza al malayo.
Elegantes y ventilados cochecillos llamados palanquines, tirados por caballitos malabares, de la alzada de un borriquillo moruno y guiados por un cochero indio, con quien generalmente se cierra el ajuste a bofetadas, te transportan por un larguísimo camino poblado de tenduchos, en su mayoría chinos, a la city o barrio comercial. Este es sombrío, sucio; pero importante y lleno de animación.
Singapore es el punto de escala de los que van y de los que vienen, y el almacén de depósito de todas las mercancías imaginables. Así es que, relacionado con el resto del mundo, pululan en su seno todas las razas que vimos en Adén, enriquecidas con el concurso de los siameses y anamitas, los chinos del N. y S. del Celeste Imperio, los tagalos del Septentrión, los visayas del Centro y los moros del Mediodía del archipiélago Filipino, los javaneses y los indígenas, en fin, de las Molucas, las Célebes, la Oceanía y Australia. Allí no tienes que preguntar al europeo el derrotero que sigue; su rostro te lo indica; el que llega tiene color, está rozagante, ríe, charla, nace. El que regresa se lleva el sello del país, amarillea, calla, se queja, muere. En Singapore el traje se simplifica; el sarrong se reduce a un taparrabos, el desnudo impera y empiezan a verse los shalakos, enormes discos de junco de infinitas formas, para cubrirse aquellas cabezas afeitadas o aderezadas con tufos de pelo, que ya brotan en el principio del occipucio, ya se corren hacia la nuca o se inclinan caprichosamente sobre una de ambas orejas.
En la City vi el tipo que más ha excitado mi hilaridad. Era a la puerta de una tonelería; y sobre una pipa un hombre totalmente desnudo, con la cabeza afeitada, ostentando sobre sus narices unos anteojos chinos, cada uno de cuyos cristales tienen, sin exageración, el diámetro de una copa para agua, y su montura en concha medio dedo de ancho, leía puesto en cuclillas, a la usanza asiática, el Times de Londres.
Por un magnífico puente colgante, se atraviesa el río y se penetra en la ciudad propiamente dicha. Allí están las casas habitables, el palacio del gobierno, el City hall o casa municipal, las iglesias, colegios, congregaciones, paseos, espectáculos; todo en medio de árboles y de flores; pero con carácter europeo adaptado a las condiciones locales. Poca sociabilidad, trato inglés, formalidad, mucho comfort; pero expansión, cero.

El 10 salimos de Singapore y empezamos a subir hacia el N. el mar de la China, cruzando el golfo de Siam. El 12 recalamos en el cabo de San Jaime, mole imponente erizada de bosque virgen, en cuya cumbre se levanta el semáforo, visitado constantemente por fieras, contra las que tienen que vivir apercibidos los vigías condenados a aquel peligroso servicio. Siguiendo la costa, aparece de repente, bajo la pesadumbre de aquella montaña, un fondeadero llamado la Bahía de los cocoteros; pintoresco y ameno lugar donde se halla establecida la estación telegráfica del cable submarino, por la que, pocos días después, recibía mi familia la noticia de mi feliz llegada, a las siete horas de mi desembarco en Hong-Kong, mediante la módica suma de once pesetas por palabra.
Remontamos con la luna el Donaí, ancho y profundo río, lleno de zig-zag con monótonos, pero verdes ribazos, en los que duermen algunos cocodrilos; y antes de que alborease el día 13, atracábamos delante de la Agencia de las Mensajerías en Saigon, capital de la Cochinchina francesa.
Situado al lado opuesto del río, hay que atravesar este en una lancha para llegar a la ciudad. Sin querer exclama uno: «Esto es Francia.» En efecto, los hijos de San Luis tienen tres necesidades, que no pueden dejar de satisfacer, y que imprimen el sello hasta a sus colonias menos importantes: Cafés, restaurants y demi-monde. Saigon está alumbrada por gas, como todas las posesiones inglesas del Asia; pero como en estas los establecimientos de diversión pública no existen, resultan oscuros, mientras que en la metrópoli de la Cochinchina la luz incita al paseante a recorrer su muelle, y la gente vive de noche, sin cuidarse de la hora del apaga-fuegos.
Otro distintivo peculiar de la buena administración francesa es que el barquero o el cochero no te exigen nunca más dinero del que tú les das por su trabajo.
Las calles, nacientes aún, están edificadas sobre bosques y jardines; pero estos, ni tienen el aspecto virgen de Ceylán, ni el ondulante y caprichoso de Singapore. El rectángulo impera; han obligado a los árboles a aprender táctica, y todos se han tenido que alinear, para producir anchos boulevares sujetos a escuadra. El palacio del gobernador es un magnífico y suntuoso monumento, los jardines recuerdan el parque Monceau de París. Dentro de algunos años aquello no se diferenciará en nada de una capital de provincia francesa, aparte de las chozas de los naturales.
La arteria principal de Saigon se llama calle de España. Es el único testimonio y el solo provecho que hemos sacado de la campaña de Cochinchina, en la que las armas españolas han regalado a sus vecinos de allende el Pirineo la hegemonía sobre el imperio de Annam, la costa del golfo de Tonkín y el reino de Camboya. Solo falta Siam para tener el protectorado sobre toda la India Transgangética.
A rumbosos no nos gana nadie.
Amanece el día 14, levamos ancla, y Norte arriba del mar de la China, bordeamos la isla de Hai Nam, enfilada al canal de Formosa, y fondeamos el 17 a las nueve de la noche, en la rada de Hong-Kong, colonia inglesa del Celeste Imperio.
Y terminados aquí los treinta y ocho días de navegación, en que a escape hemos visitado lo que nos salía al encuentro, hagamos alto y empecemos a tratar detenidamente de los usos, costumbres, ceremonias y fisonomía del pueblo chino, así como del aspecto de las principales poblaciones del país de Confucio.


Macao, 19 de abril de 1879.
Mi querido amigo: Cuando desde Europa se le ocurre a uno pensar en China, se la representa en su imaginación como una inmensa tela de esos abanicos que llegan allí del Celeste Imperio. Por lo menos así me la forjaba yo. Por todas partes verdes praderas como la esmeralda, salpicadas de flores rojas y azules; en medio de aquellas limpias sábanas de verdura, casitas con su agalerada techumbre, flanqueadas de kioskos en forma de parasoles superpuestos, con su campanilla correspondiente al extremo de cada radio; el arqueado puente como la joroba de un camello tendido sobre un riachuelo transparente que refleja los vivísimos colores del junco al deslizarse por su superficie; a la puerta, en forma de una O, de la casa, ataviadas damas con sus bordados trajes de seda y diminuto pie departiendo tranquilamente con gallardos mancebos envueltos en talares túnicas de recamo de oro, y saboreando una taza de té; en el fondo niños remontando cometas sobre una terraza, y ancianos venerables de luenga barba blanca viendo volar pintados pajarillos. Todos ellos, por supuesto, con caras de marfil, aguzadas y nacaradas uñas y ojos oblicuos. En resumen, la China del europeo es el progreso material del siglo XIX combinado con las patriarcales costumbres de los tiempos bíblicos; de la tela del abanico se desprenden para él estas tres condiciones distintivas de la raza mongólica: lujo, limpieza y silencio.
Cerremos el abanico y abramos la puerta del hoy imperio tártaro. Vas a ver el desengaño que nos espera.
Una gritería, comparable tan solo a una riña de verduleras, es lo primero que te llama la atención al despedirte de la gente de a bordo y disponerte a tomar una embarcación que, desde la inmensa y hermosa bahía de Hong-Kong, te conduzca a tierra. Son los barqueros pugnando por atracar sus champanes al Tigris, ofreciéndote sus servicios o diciendo buenos días simplemente a un camarada, pues para todo se alborota aquí.
Y palpitando de emoción bajas las escaleras con los ojos cerrados para abrirlos de repente y gozar del espectáculo de aquella China soñada.
Lo primero que ves es el champan o bote para conducción de pasajeros y mercancías, tosca embarcación parecida a una barcaza muy tripuda, con un toldo de bambú en la popa, chorreando mugre por todas partes y exhalando una fetidez insoportable, a la que concluyes por habituarte, pues la forma un conjunto de circunstancias inherentes a la raza indígena, que constituye el perfume local, conocido por el europeo con el nombre genérico de «olor de chino.» La tripulación está compuesta de varias mujeres de distintas edades, pero de fealdad idéntica; algunas veces hay también un hombre; pero como este viste el mismo traje que aquellas, carece en absoluto de barba y todos poseen los mismos rasgos fisonómicos, resulta que para el viajero inexperto el chino es el ser que bajo una misma terminación y artículo comprende los dos sexos, masculino y femenino, y que la gramática coloca en el género epiceno. Ojo pequeño y algo oblicuo, encerrado en un párpado carnoso, sin casi ceja, frente no muy deprimida, nariz aplastada, pómulos salientes, labio superior con honores de hocico, dientes un poco más pequeños que teclas de piano, color mejor que ictérico, amarillo de vicio, pelo negro de sartén con la aspereza exacta de la crin; lampiño el hombre, rechoncha la mujer, pero ambos escrofulosos y llenos de pupas y asquerosidades, son los componentes de una cabeza china de la clase humilde, que comprenderemos en la denominación de culi, como aquí se llama al bracero, mozo de cuerda y todo el que ejerce un oficio bajo.
Un calzón ancho hasta el tobillo, de una tela que debió ser percal negro o azul y que, perdido el aderezo de goma, ha degenerado en tejido de grasa, y una blusa de lo mismo abrochada por el costado, pendiente hasta el muslo, con mangas perdidas y largas hasta rebasar un palmo las manos, que quedan ocultas en ellas, constituyen el traje común de dos. No hay camisa ni cosa que lo valga. El pie desnudo; alguno que otro lleva una suela sujeta con cordeles al tobillo; pero es raro. Como ves, nada más parecido al disfraz del pierrot francés, salvo el color y la limpieza. La mujer lleva la cabeza cubierta con un pañuelo de algodón, colocado lo mismo que nuestra gente del pueblo; el hombre la ostenta casi siempre desnuda. Usa, sin embargo, en verano un shalakó o sombrero de bambú, en forma de un disco desmesurado, con un pingorote en el centro, como la tapadera de una taza, y en invierno una montera de fieltro oscuro, menos alta, pero idéntica en la forma al sombrero del pierrot.
Tanto el macho como la hembra se abrigan con un saco hasta la cintura, sin mangas y guatado, que visten sobre el traje descrito, y llamado patchama. Los niños emplean el mismo uniforme, pero de colores rabiosos, y les cubren la cabeza, ya con un simple aro, del que penden borlas y cordones, ya con una cosa parecida a las carteras en que los chicos de la escuela guardan los libros, colocada de modo que la cubierta penda sobre el cogote, y adornando los dos picos del remate de arriba con unas orejitas de gato hechas de algodón en rama.
Pasemos al peinado. Los parvulillos llevan sobre cualquiera de ambas orejas un plumerito, como la perilla de un hombre, atadito con una cinta de color; el resto afeitado; con lo cual se consigue que se fortalezca la parte de pelo que más tarde han de dejarse crecer, y que, como dejo dicho, toma la consistencia de la cerda. En efecto: en cuanto el niño llega a adulto, se le afeita también el tuferito y se le hace adoptar el invariable aderezo de la epidermis capilar masculina; porque debo advertirte que aquí nada cambia, todo es inmutable; no hay modas ni caprichos. El pasado se sabe por el presente, el mañana puede leerse por el hoy, la tradición impera; el estacionamiento es la base de su sistema.
Hasta hace dos siglos el habitante del Celeste Imperio lucía larga cabellera y ostentaba el traje con que vemos representados en sus estampas a los ídolos y los héroes de sus leyendas; pero al caer la dinastía china de los Ming y tener que soportar la dominación tártara de los manchures del N., la dinastía Tsing, que hoy subsiste, impuso a sus vasallos la dura ley del vencedor, y haciéndoles cambiar de traje, les obligó a afeitarse la cabeza y dejarse una cola de perro, en signo de servidumbre.
Coloca sobre la cabeza un solideo; afeita todo lo que no esté cubierto por él; deja crecer hasta donde quiera el pelo que aquel encubre; haz después una trenza que, con el auxilio de cordones, casi siempre negros, pero alguna vez azules o encarnados, llegue hasta los tobillos, y tendrás la idea exacta del peinado chino, desde el primer mandarín hasta el último culi, sin más diferencia que, mientras las clases acomodadas se afeitan semanalmente y llevan los cordones limpios, el pobre lo toma por semestres y cambia de cordón cuando la miseria se ha comido el primero. Algunos fashionables dejan crecer alrededor de la mata una como aureola de pelos cortos, que flotan a merced del viento y que acaba de embellecerlos. Agrega a todo esto las rarezas de configuración de aquellas cabezas, cuyos defectos nada hay que disimule; los chirlos, las protuberancias y las cicatrices de todo género que las ornan, y calcula los purgantes que ha debido uno tomar hasta acostumbrar el estómago y la vista.
Ya que de pelos me ocupo, consignaré que la barba en los chinos son diez o doce hebras de esparto, brotadas al azar, y que les está prohibido por sus leyes y costumbres llevar bigote hasta que han cumplido cuarenta y ocho años, o tienen nietos, o bien a los veintiocho si son mandarines.
Pasemos a las mujeres. La soltera se echa atrás todo el cabello, rematado por una trenza larga, en cuyo tronco lleva liada una cinta de color, formando un anillo; saca de la sien izquierda un banda de pelo como de tres dedos de ancha, lo que consigue abriéndose una pequeña raya vertical, y se circuye lo alto de la frente con aquella faja, que va a mezclarse con el resto de la cabellera por el lado opuesto. Como ves, las hijas de Eva conservan toda su integridad capilar, si bien son tan lampiñas como los chinos, pues las cejas y las pestañas hay que verlas con microscopio.
El peinado de la casada es muy difícil de explicar: echado todo atrás, sin raya alguna, salen de los lados dos enormes cocas, que sujetan con alambres por dentro; el topo se separa más de un palmo de la nuca, y le forma todo el pelo de la mata, saliendo como el espolón de un buque de guerra, y el del cogote, subiendo a enlazarse con aquel: un cordón de pelo retorcido baja desde la parte alta y posterior de la cabeza hasta el vértice de aquel ángulo agudo, y multitud de broches y alfileres sujetan, con el auxilio de la goma, tan complicado aparato, al que dan el nombre de peinado del ave de la inmortalidad. Y esta denominación me sugiere una explicación más exacta del efecto que produce este tocado. Córtale a una gallina el cuello y las patas, ábrela por la pechuga, encájasela en la cabeza a una china por esta abertura, ábrele las alas en toda su extensión, que son las cocas, y adereza el topo de manera que quede formando la cola. Es idéntico hasta en sus proporciones.
Por decreto de no sé qué emperador, cierta gente de mar está proscrita de la tierra, y por consiguiente no puede habitar más que en sus embarcaciones. De modo que el champan es el estrado, la cocina, el dormitorio, la pagoda, la cuna y el lecho de muerte de sus moradores; allí nacen, viven, rezan, se reproducen y mueren.
Las madres, consagradas a sus tareas, no pueden atender muy asiduamente a sus hijos; así es que para trabajar desembarazadamente, se los echan a la espalda, sujetándolos con un como pañuelo de lana, al que va sentado el rapaz y del que penden cuatro correas, que se ajustan como cinturón y como tirantes en las caderas. Esto, si el infante es aún mamón; pues apenas anda, ya se bandea por su cuenta; y la única precaución que se toma es atarle un cordel a la cintura para pescarle cada una de las veinte veces que al día se cae al agua: algunos añaden corchos o vejigas, para que flote el náufrago; pero no es de rigor, en atención a que sin ellos aprende a nadar más pronto.
Al cruzar la bahía, mi primer cuidado fue estudiar su aspecto; allí te encuentras el pontón para hospital militar, navío de tres puentes sin arboladura; el comodoro inglés, el almirante francés, corbetas rusas y alemanas, la Mala francesa que llega de Europa, la inglesa que sale para la India, vapores británicos para Shang-hai y Emuy, españoles para Manila, la Mala americana del Pacífico, los anexos de las Mensajerías para el Japón; pero te preguntas: «¿Y la marina china?» Allí la tienes representada por miles de champanes y centenares de lorchas para la pesca y el tráfico costero, única empresa de estos nautas con coleta.
La lorcha es lo que vulgarmente llamamos junco; barco tripudo, más o menos grande, con una popa semi-esférica, anchísima y desmesuradamente alta, timón descomunal calado en celosía, y dos palos, a los que van sujetas unas velas latinas despuntadas con una serie de travesaños horizontales de madera, a modo de entenas, para tomar los rizos. Muchas de ellas, aun las mercantes, llevan a bordo cañones de hierro, que ni el famoso de Barba-Azul. Como el champan, la lorcha es una casa de familia, cuyo desaseo está en proporción de su mayor capacidad. El día se lo pasan tocando el gong, o tan-tan, o campana chinesca, que estos tres nombres tiene el disco en cuestión; y la noche quemando papelitos para ahuyentar a los espíritus maléficos.
La media docena de lanchas cañoneras que posee el gobierno, están mandadas por capitanes franceses, ingleses o americanos.
Por fin, desembarcamos en el muelle; culis machos y hembras transportando mercancías, pendientes a los extremos de un bambú, colocado sobre el hombro, culis de silla asaltándote con las de mano o literas, único medio de locomoción en estas regiones, agentes de policía india con sus abultados turbantes encarnados, repartiendo bofetones y latigazos con que hacer entrar en orden a aquellas acémilas humanas del servicio público, y mucho europeo consagrado a sus tareas, constituyen el movimiento de la población; pero aquello no es China; las casas que veo son las de mis latitudes, la gente con coleta que circula por las calles es la hez del pueblo uniformemente vestida, y yo necesito la tela del abanico, los colores, la luz, el recamo de oro, los bordados en seda, el Oriente, en fin, con sus mandarines, sus tropas, sus mujeres, su industria, sus diversiones, su vida peculiar. «Ya le veo a usted a la caída de la tarde persiguiendo modistillas chinescas» —escribía a un amigo mío residente en Hong-Kong otro suyo de Madrid—, y yo, aunque sin instintos de pirata callejero, deseaba conocer en toda su integridad la fisonomía del Celeste Imperio. Luego iremos al barrio chino; ahora recorramos la ciudad europea.
Hong-Kong es una maravilla. Edificada en anfiteatro sobre una peña que hace cuarenta años no tenía ni una planta, asombra el ver lo que los ingleses han hecho de ella en tan corto espacio. Calles paralelas y escalonadas, abiertas a lo largo de la isla, te ofrecen por doquiera la grata sombra de sus amenos, elegantes y caprichosos jardines; porque es de notar que, aprovechando los accidentes del terreno, han edificado sus avenidas de modo que las calles no parecen calles; al lado de un templo ves una esbelta escalinata que conduce a la casa contigua, levantada sobre un terraplén con árboles; junto al graderío que te hizo subir, se abre una cuesta con artística ornamentación, que te hace bajar al bungalow vecino; una tapia te oculta el cottage que se alza sobre el promontorio de una colina interior; de modo, que la vista va de sorpresa en sorpresa, descubriendo aquel sembrado de moradas espléndidas entre una vegetación artificial, y de fortificación en fortificación, de paseo en paseo, de la iglesia al club, del teatro al hospital, subes por magníficos caminos en zig-zag, hasta el pico Victoria, donde se halla el semáforo y desde el que abarcas todo el panorama de la rica colonia inglesa.
El mando superior de la isla es conferido por la corona inglesa a un gobernador, con la categoría (aunque civil) de vicealmirante y comandante en jefe, que preside los dos Consejos, ejecutivo y legislativo. La administración comprende la secretaría colonial, el tesoro, obras públicas, registro y correos.
La de justicia tiene tres jurisdicciones, la Suprema corte o audiencia, la corte de policía o tribunal sumario y de primera instancia, y la corte de marina. La institución del jurado existe para lo civil y lo criminal.
Además del pontón destinado en la bahía a hospital militar, hay en la población un hospital civil para europeos, otro para chinos, otro para variolosos y otro para la marina.
Hay ocho o diez centros de enseñanza pública, la mayor parte encomendados a los misioneros.
El material de incendios es una cosa admirable. En cada distrito estacionan varias bombas de vapor, que en pocos minutos se transportan al lugar del siniestro. Esto no quita para que el 25 de diciembre de 1878 se declarase un incendio a las once de la noche, y el 26, a las tres de la tarde, estuviesen convertidas en escombros seiscientas casas. Las libaciones de Navidad influyeron mucho en ello.
Fue el espectáculo más imponente que he presenciado. En cuanto se da la señal de fuego, todo individuo con tienda abierta tiene obligación de mandar a los culis que están a su servicio, provistos de una linterna china de papel de colores, y vestidos con un saco de arpillera, en que consta la razón de la casa en grandes caracteres. Figúrate, pues, toda la población dominando las alturas de la ciudad, la gente de los barrios amenazados por el incendio salvando sus muebles, los culis transportándolos a hombros en medio de la gritería más espantosa y de la confusión menos descriptible, toda la fuerza armada de la plaza y la de los buques surtos en la bahía prestando su concurso, el gas apagado, las calles convertidas en ríos y en campamentos, la dinamita y el cañón derribando manzanas enteras, y en el fondo aquella hoguera colosal, de la que, como chispas, se desprendían millares de linternas en todas direcciones, y que convertía el mar en un espejo de fuego: comprendí a Nerón.
La vida en Hong-Kong, como país comercial, tiene pocos atractivos. Algunas familias desperdigadas pasean por este o el otro vericueto, como medida higiénica; pero sin un punto fijo de cita para el high-life. Hay alguna que otra reunión, y un teatro inglés, al que apenas asisten señoras: verdad es que estas son escasas. En cambio el hombre se divierte mucho a la inglesa, es decir, haciendo excursiones campestres y desarrollando las fuerzas físicas en ejercicios gímnicos. Como no hay cafés públicos, existen un club alemán, otro portugués y otro parsi, pero ninguno puede compararse al británico, que es un verdadero modelo. El ingreso cuesta treinta duros y cuatro la cuota mensual; el edificio, suntuoso, pertenece a la sociedad, que ya no sabe en qué invertir el dinero que le sobra; del seno del mismo club emanan multitud de sociedades de sport, tales como el club de regatas, el de carreras, el de declamación, el de conciertos, el juego de pelota con variadísimas manifestaciones, la lucha de la maroma, en la que dos bandos tiran de los extremos de una cuerda hasta atraerse el uno al otro; por supuesto que para cada cosa tienen su magnífico local ad hoc, no siendo el menos notable las praderas que les sirven de trinquete; el gobernador y los notables presiden muchas de estas fiestas, y a todas tiene derecho el miembro del club general.
En este puede decirse que vive la parte europea masculina de Hong-Kong. Es su Bolsa. Allí escribe su correo en magnífico papel que, a granel, y con preciosos membretes, anda tirado por las mesas, y recibe la correspondencia que en un cuadro está a merced del que la quiera tomar, sin que se le ocurra hacerlo nunca mas que al interesado. En el salón de lectura hay todos los periódicos notables del mundo; de la biblioteca, rica en obras sobre la China, toma el socio los volúmenes que le da la gana y se los lleva a su casa, dejando en cambio un recibo. Hay un bar-room, o sitio de bebidas, un lunch-room o puesto de fiambres para el tente-en-pie, y un diner-room o comedor, donde almuerza y come muchísima gente, teniendo sus platos huecos, que se llenan de agua caliente en el invierno, y su hielo, pancas y ventiladores para el verano. Existen trece dormitorios, con el objeto de que el socio que llegue de fuera esté seguro de tener cuarto donde pasar la noche, aunque las fondas estén atestadas. Y al efecto, cada uno que se sucede toma su turno; de modo que cuando arriba un décimo-cuarto huésped, el número uno se va con la música a otra parte, pues se supone que ya ha debido tener tiempo de procurarse posada. Lo que se consume no se paga hasta fin de mes, a la presentación del ticket, o boleta, que por cada cosa ha firmado el socio, así es que los dependientes, todos chinos, no pueden robar ni un céntimo. Magníficos billares, tocadores espléndidos y salones confortabilísimos completan este prototipo de casinos, cuya administración corre a cargo de un solo dependiente inglés con el título de secretario.
La vida es cara en Hong-Kong. Una casa, no muy grande, cuesta ochenta duros al mes y ciento cincuenta el orificarle a uno cinco muelas. En las fondas se paga cuatro duros por día, sin los vinos, y cinco reales en el Club por una copa de licor cualquiera.
Pero dejemos ya todo lo que huela a Europa y corramos en busca de cosas celestes.
En Queen’s road, o sea en la arteria principal, alternan con establecimientos europeos, multitud de tiendas chinas, cuyo aspecto en nada difiere de las que vemos en nuestra casa, a excepción de las mercancías que en ellas se expenden.
Trabajos en marfil, filigranas de plata, vasos de porcelana, pendientes de jade (piedra verde de gran valor en estas regiones), juegos de ajedrez, abanicos de concha y de laca, muebles de maqué y otras industrias parecidas, yacen en anaquelerías y escaparates, relativamente limpios, pero sin agrupación artística. Las muestras de los bazares son unas planchas de madera rojas o negras, colocadas en las puertas verticalmente y de canto como columnas, con caracteres chinos de relieve y dorados, que constituyen el mejor adorno posible, pues sabido es que la escritura china es un acabado modelo de elegancia en dibujo. En el fondo y detrás del mostrador, uno o dos chinos macilentos aguardan su presa. El mueblaje es invariable, como el de todo el Celeste Imperio. Sillas o sitiales, en ángulos rectos, de una madera oscura, casi negra, con más o menos tallado, según su riqueza, y con asiento por lo común de piedra, con unas mesas pequeñas, rectangulares también, con su tapa de mármol incrustada en el marco. Con estas tiendas alternan algún bazar japonés, con sus elegantes productos de idéntica fisonomía, pero más artísticos que los chinos, y mercaderes parsis e indostanes con sus cachemires, telas de la India y mantones de capuchas, hechos con retalitos del tamaño de dos reales, cosidos entre sí, y que parecen remiendos, de los que no compré uno porque me pidieron por él más de mil pesos, y era usado.
Por fin, a la terminación de Queen’s road, en el extremo occidental de la ciudad, empieza el barrio chino. ¡Horror! ¡Abominación! ¿Y para esto he empleado treinta y ocho días y me he expuesto a las contingencias de un viaje de tres mil leguas? Figúrate unas casuchas de ladrillo gris azulado, sin enlucido de yeso, ni por dentro ni por fuera, con una puerta y una ventana embutidas en dos pilares de mampostería, porque es preciso que así sea, a fin de que no entren los espíritus maléficos. Unos gruesos barrotes de palo en sentido vertical hacen de cancela. En cada una de estas viviendas habitan treinta o cuarenta individuos, la mayor parte con el torso desnudo, destilando pringue, viviendo entre estiércol, en compañía del marrano y de las gallinas, ejerciendo su industria en colaboración con otro artesano de índole distinta. Así media tienda pertenece a un sastre y la otra media a un platero o pintor de retratos.
Todo son abacerías, expendedurías de verduras, pescado salado y objetos de culto para las pagodas, tocinerías, zapateros remendones, armeros y artículos de ferretería oxidados por el moho y la incuria. En fin, el rastro de la grasa, de la fetidez y de la basura elevado al infinito. Ya hablaremos de ello al ocuparnos detenidamente de los usos y costumbres locales. Por hoy basta, pues al ver que en vano sería buscar en Hong-Kong la tan deseada tela del abanico, me falta tiempo para abandonar este muladar indígena y hacer rumbo hacia Macao.


Macao, 30 de abril de 1879.
Querido amigo: Un elegante vapor de ruedas, estilo americano como los del Misisipí, pintado de blanco y con la gran cámara a proa sobre cubierta, te hace recorrer en tres horas y cuarto, y por la suma de 3 duros, las cuarenta millas que separan a Hong-Kong de Macao. Las segundas están en el través del barco. Los chinos, cualquiera que sea su categoría, no son admitidos más que en la cala.
Al ponerse en marcha el buque, lo primero que te llama la atención es un guardián que, con un sable desnudo, vigila una escotilla de proa, que comunica con la cala, y que antes ha tenido cuidado de tapar con unos barrotes de hierro, a los que ha echado la llave.
Otro centinela, igualmente armado, custodia la escalera que desciende al sollado. Por último, en la cámara hay dos panoplias con machetes, puñales, carabinas, revólveres y municiones de reserva, con un letrero que dice: loaded, es decir, cargados. Son precauciones tomadas, invitaciones hechas al viajero para el caso probable, y antes muy frecuentemente reproducido, de que los chinos se subleven al pasar por las Islas de los Ladrones y entreguen la tripulación a los piratas que infestan estos mares y que no perdonan vidas ni haciendas.
Por fin, llegamos a Macao, pequeña península que afecta la forma de una S, en cuya cabeza y tripa existen unas fortificaciones. La curva inferior es el puerto interior, en la desembocadura del río. La bahía, huérfana de todo buque que no sean las lorchas chinas y sin casi calado, la representa el semicírculo entre el cuello y la cabeza, en cuyo muelle está situada la Praia Grande, la mejor o la única calle de la ciudad. Las demás, abiertas paralelamente a esta sobre la colina, y las transversales, son callejones tristes, sombríos, conventuales, acusando pobreza, ruina y privaciones. El barrio chino, idéntico al de Hong-Kong, se extiende por la espalda de la S desde la embocadura del río hasta la nuca, de la que arranca un istmo, el que liga la isla al continente chinesco, largo de un kilómetro y ancho lo suficiente para que un coche pase por él sin caerse al agua, si no se desvía del centro. Al cruzar la bahía, Macao, del que solo se ve la Praia Grande, parece un pequeño Nápoles; después se cree uno en un pueblo de Aragón o de Castilla en pleno siglo XVI.
No voy a hacer historia, ni te enseñaría nada diciéndote que esta es la primera factoría europea que el arrojo de los portugueses abrió en los mares de China. Tampoco te importa saber que el mando de la isla esté confiado a un gobernador, teniente de navío; que existen un juez de derecho, un procurador de asuntos sínicos, una oficina de hacienda, encargados de obras públicas, sanidad, capitanía de puerto, una guarnición al mando de un comandante, jefes de fortificación, y media docena más de funcionarios portugueses, todos ellos amabilísimos y de franco y abierto carácter. Entre la colonia lusitana figura un señor don Lorenzo Marqués, dueño de una casa con un espacioso parque, en el que se encuentra la gruta de Camoens, compuesta de dos peñascos verticales y uno horizontal, apoyándose en aquellos a semejanza de dolmen o altar druida, y en la cual el desterrado vate compuso la mayor parte de sus Lusiadas. Un templete con el busto de Camoens, y algunas estrofas de su poema esculpidas en mármol, alternan con ditirambos de poetas modernos de todas las naciones, figurando en muy buen lugar una octava de don José Heriberto García de Quevedo, ministro que fue de S. M. Católica en China.
Las señoras europeas son nones y no llegan a tres, como canta el dicho. De la raza macaense no sé qué decirte para darte una idea de su fealdad. Es imposible que nada en el mundo se parezca al cruzamiento de chino con portugués, ya de la metrópoli, ya de sus posesiones de Goa en la India, Timor en Oceanía o Cabo Verde y demás establecimientos del África occidental. Imagínate un bull-dog con vestimentas humanas, y te quedas atrás. Por supuesto, no se tratan con ningún europeo, ni se las ve a ellas en ninguna parte; deben estar enmohecidas. Por las tardes se colocan detrás de las persianas (cierre ineludible de todo hueco de Macao), y desde allí ven sin ser vistas. Los días de fiesta van a misa, vestidas de negro, y cubiertas con un enorme manto de seda del mismo color, que pende hasta las rodillas, y en el que esconden la cara, en lo cual obran con gran prudencia; además, las que pueden usan silla de mano, con puerta apersianada también; es su único ventilador. Te aseguro que al contemplar aquellas recatadas damas, cruzando en sus literas las tortuosas y empinadas calles de la ciudad, alumbradas de noche por algún modesto reverbero de aceite, y empedradas de pedernal y guijarros en punta, le da a uno gana de calarse un chambergo con pluma, embozarse en un tabardo y ceñir una espada de cazoleta, para no destruir la armonía de un cuadro digno de la época de Velázquez.
Abolida en 1874 la emigración de culis o trabajadores para Cuba y el Perú, solo recurso, pero beneficioso, con que contaba Macao desde que la apertura del puerto de Hong-Kong le privó del gran tráfico con la Europa y la Oceanía, esta mísera colonia no cuenta con industria de ninguna clase, si no es la torrefacción del té, de la que están encargadas casas chinas. Se puede decir que los macaenses se hallan sumidos en la indigencia. Como puerto libre, el gobierno portugués no saca de ella más rendimientos que los que el juego público le procura; porque hay que notar que Macao es el Mónaco o el Baden-Baden del Celeste Imperio. El juego prohibido, perseguido y castigado severamente en todo el imperio, se ha refugiado en Macao, a la sombra de la bandera lusitana.
El chino, que posee todos los vicios, no podía dejar de ser jugador, y lo es, en efecto, en grado superlativo. Además del ajedrez, las damas, el billar y el volante, para el que se sirve de los pies con suma destreza, tiene cartas más numerosas que las nuestras (128 naipes), pero en estrechas tiras, como los dedos de las manos, y con caracteres en vez de figuras; dominó, con 32 fichas de madera, al que llama Paí; el atchen, o juego de tres dados, en que sobre un cartón, en que figuran los seis números de uno de aquellos y las combinaciones de los tres, apunta el jugador, y al que por onomatopeya se le da el nombre de Kulú-Kulú, pues imita el ruido que producen los dados cuando el banquero los agita sobre un platillo cubierto de una pequeña taza de porcelana. Estos y otros muchos juegos se juegan en mitad de las calles del bazar chino por culis y arrapiezos que apenas pueden tenerse en pie, y es muy frecuente el ver a dos chinos comiendo naranjas y apostando sobre los gajos que tendrán, o, a defecto de otra cosa, sobre las sillas que pasarán en tal transcurso de tiempo por la esquina en que están sentados.
Ya que de sentarse hablo, te diré que la manera que tienen de hacerlo los chinos y todos los pueblos del Asia es especial, e incomprensible que con ella hallen reposo. Abren las piernas, se dejan caer en cuclillas, sin tocar al suelo, y así se pasan horas enteras. Pruébalo y me contestarás.
Pero volvamos a los juegos y consignemos los tres más productivos para el gobierno portugués.
El Pakopio es una especie de lotería antigua o primitiva, en la que, mediante una contribución, un comerciante chino es banquero. Al efecto, distribuye en todas las tiendas del bazar unos papeles o billetes como cartones de lotería con cuarenta caracteres arriba, y otros cuarenta abajo. Llega el jugador, y con un pincel borra a su elección cinco caracteres de la sección superior y otros cinco de la inferior, arriesgando en ellos el dinero que quiere. El banquero a su vez, y a una hora dada, antes de que empiece el juego en las tiendas expendedoras de billetes, ha borrado a su arbitrio otros cinco caracteres de cada sección, y depositado esta boleta en una caja, cuya llave tiene un delegado gubernativo. Ábrese esta al medio día, y los jugadores cuyas combinaciones son iguales a la que el banquero imaginó, cobran el premio proporcional a la suma expuesta. La operación vuelve a repetirse a las doce de la noche. ¡Dos extracciones diarias! ¡Oh moralidad!
El segundo en jerarquía superior es el Fantan. Doce son las casas, entre primera, segunda y tercera clase, que se consagran hasta media noche a tan plausible tarea, dejando al fisco un rendimiento de cuarenta y cuatro mil duros anuales en concepto de contribución.
Entras por una puerta adornada con calados dorados, como todas las casas lujosas de China, y alumbrada por linternas de papel de colores o de cola de pescado, con inscripciones. Un biombo de madera oscura, con los obligados calados, te oculta el lugar del suplicio. Tomas una escalerilla lateral, sucia y ennegrecida por el aceite de coco de las iluminaciones, y penetras en un cuartucho con un balcón o galería elíptica en el centro, que deja ver la sala de abajo, donde está el tapete. Algunas casas tienen otra galería en el segundo piso, tan falta de aseo como la del primero. Allí te sientas en un escabel de madera, forrado de grasa, en compañía de varios culis y europeos, que los sábados, en particular, vienen de Hong-Kong, y otros puntos a probar fortuna. Unas canastillas, pendientes de unas cuerdas sujetas a la baranda de la galería, te permiten hacer llegar a los de abajo el dinero que vas a exponer. Nada te digo de los perfumes que allí se aspiran entre efluvios de tabaco, tufo de las lámparas y eructaciones de los chinos, que consideran este desahogo como el más delicado refinamiento de cortesía, y en especial cuando uno está convidado en casa ajena para demostrar que la comida le ha sentado bien.
Veamos ahora el salón. Un público tan numeroso y escogido como el de las galerías, rodea un mostrador, cubierto, a falta de tapete, con una esterilla fina de junco, en el centro del cual hay como un ladrillo de plomo, cada uno de cuyos ángulos representa un número del 1 al 4. Un culi, desnudo hasta la mismísima región umbilical, es el encargado de colocar las apuestas donde el público le marca, y de pagar a los gananciosos (con 7 por 100 de descuento, que se reserva la casa para la contribución), o de cobrar íntegro de los perdularios. Otro caballero chino, en lucha anatómica con el primero, se entretiene en un aditamento del mostrador en ordenar los billetes de banco, pesar los duros mejicanos, que por aquí son la moneda corriente, y envolver en papelitos los fragmentos de plata, escribiendo encima el valor efectivo para facilitar las transacciones. Conocidos el cobrador y el cajero, pasemos al croupier, o tenedor de la banca. Es este, por lo común, un señor carnoso y tranquilo, que no exhibe lo que sus vecinos, no porque deje de estar tan desnudo como ellos, sino por impedírselo un pliegue abdominal que candorosamente descansa sobre la mesa. Tiene delante como quinientas o seiscientas sapecas. La sapeca es la moneda china de cobre en circulación; su diámetro es el de un cuarto de los nuestros, con un agujero cuadrado en el centro; cada ciento veinte forman dos reales. Las sapecas destinadas al Fantan son, sin embargo, ad hoc, más perfectas y sin inscripción como las otras. Toma un puñado como de doscientas próximamente, y las coloca en el mostrador, cubriendo aquel promontorio con una pequeña tapa de latón para impedir que el público pueda contarlas con la vista, tapa que mientras está puesta, indica que puede hacerse juego.