Viaje a China (continued 2)
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Por fin la quita, y esgrimiendo una varita afilada por el extremo inferior, empieza con una delicadeza exquisita a separar con ella sapecas de cuatro en cuatro, hasta dejar una última porción que, según resulta ser de una, dos, tres o cuatro, da la ganancia a los que han jugado a estos números, amén de las infinitas combinaciones a que da lugar el sistema. Por supuesto, que cuando aún quedan por separar sesenta o más sapecas, hay jugador que ya sabe cuál va a ser el residuo. Dícese también que no obstante la vigilancia del público y el esmero con que la operación se practica, el banquero sabe sacar dos juntas cuando le conviene. De mí he de decir que he estado tres veces para enseñar este juego típico a extranjeros, y ellos y yo hemos perdido siempre.
Pero el que revela hasta dónde llega la pasión del azar en los sectarios de Confucio y su inmoralidad en grado supino, es el juego del Vaisen o de los examinandos.
Si las instituciones chinas y sus preceptos sociales y políticos tuviesen en la práctica la observancia exigida por sus códigos, habría que confesar que era la primera nación del mundo, y tendríamos a honra el imitarlos. Pero nada más falseado en el ejercicio que las sanas doctrinas de sus moralistas y legisladores.
Hable el Vaisen.
En China no hay otra aristocracia que la del talento. Honores, títulos, condecoraciones, cargos públicos, todo, en fin, se le otorga al que más sabe, sin que el más oscuro y humilde del país deje de poder optar a la dignidad suprema. Al efecto, todos los años hay en Pekín y en Cantón, alternativamente, exámenes públicos, para cuyos ejercicios existen espaciosos locales con cuatro, cinco mil o más celdas, en las que, tapiados como los cardenales en la elección de Papa, ejecutan los examinandos sus composiciones; no creas que de ciencias exactas, naturales y físicas, no; toda la sabiduría de los celestes se reduce a conocer el mayor número de signos de que se compone su escritura, las máximas de Confucio y Mencio, y la genealogía de sus monarcas con hechos notables de su historia. Así obtienen el título de mandarín, que comprende nueve grados y se distinguen por el color del botón que colocan sobre el sombrero oficial, como te explicaré a su tiempo, con lo cual se hallan en aptitud para ejercer un destino público, el que, con una gran longevidad y un hijo varón, completa los tres mayores beneficios que estos señores se desean entre sí. Al terminar los exámenes de un año se reparten las listas de los examinandos para el siguiente, y aquí entra aquello. Fórmanse con estas listas millones de cuadernos en que figuran los nombres de los alumnos; estos cuadernos, que son otros tantos billetes de lotería, se venden a distintos precios a los jugadores, quienes marcan, como en el Pakopio, los nombres de los que juzgan que han de ser aprobados, ganando al terminar los exámenes en proporción de los nombres que acertaron y de la cantidad que representaba el cuaderno. ¡Qué sumas se jugarán al Vaisen cuando el monopolizador de esta industria en Macao, único punto donde se tolera, paga al gobierno portugués cuatrocientos cincuenta mil duros anuales!
Excuso decirte que cuando se aproxima la época de los ejercicios, todo se vuelve recomendaciones a los catedráticos y ofertas pecuniarias para que desaprueben a fulano o a mengano, sobre el que se ha inclinado la balanza de las apuestas; o bien recurren al examinando mismo para que conteste mal a trueque de dinero. En fin, no hay género de cohecho ni de prevaricación que deje de ponerse en práctica, con lo que resulta una segunda lotería para alumnos y examinadores.
Ahora, antes de empezar a tratar al chino, acabemos de conocerle. Ya te he descrito al culi macho y hembra, con su traje y su fisonomía; ambos son uno, salvo el que en la patchama de las mujeres las mangas perdidas solo llegan a la mitad del brazo, que adornan con una pulsera de jade, como la ajorca del tobillo y los aretes de las orejas. ¡Coquetuelas en todas partes! Subiendo un peldaño en la escala femenina, tropezamos con la camarera o ama, como la llaman por aquí. Es la misma mujer culi, más limpia, con traje idéntico, si bien aseado, y con la patchama azul de lustrina ornada al canto con una faja negra de cuatro dedos. Usa zapatos con dos tacones, a proa y a popa, o de seda como el de los hombres, de forma agalerada, con una suela blanca de fieltro sumamente gruesa. Las hay que llevan medias de Europa; pero nunca se tapan la cabeza con shalakó como las jornaleras; se preservan del sol con una sombrilla. Y ya se acabaron las hijas de Eva, puesto que la que ocupa una posición desahogada, la mujer de clase, si aquí puede llamarse de ese modo, no sale nunca de casa ni la ve, hasta después de casado con ella, el hombre mismo que ha de ser su marido.
Vamos a hablar ahora del famoso pie pequeño de las chinas. En todas las clases lo encuentras con profusión. He aquí cómo se practica esta bárbara costumbre. Al nacer la niña le descoyuntan hacia dentro, triturándoselos, todos los dedos, menos el mayor, le doblan el pie de modo que se apoye al andar sobre las falanjes, quedando el dedo gordo formando el empeine, y le maceran el talón, que desaparece por completo en el tobillo. Es decir, que el pie lo forma solo el dedo respetado; lo demás es un muñón informe. Naturalmente el zapato, estrecho y muy puntiagudo, de vistosos colores y bordados, y sujeto a la canilla por una faja para que se sostenga, resulta de una pequeñez inconcebible y se da al pie la apariencia de una pata de cabra. El origen de esta aberración nadie lo conoce, o mejor dicho, se le atribuyen varias causas. Pretenden unos escritores que fue por adulación hacia una emperatriz que, por lo diminuto de su pie, mereció ser española; suponen otros que es signo de distinción para dar a entender con ello que no necesitan andar y pueden pagarse una camarera que las sirva de apoyo, pues hay muchas que, sin este requisito, no dan un paso. Algo de esto último debe haber dado la inclinación del chino a hacer ver que puede derrochar dinero, y sus aficiones a lo simbólico y emblemático, como lo es también el dejarse crecer las uñas, muy ribeteadas por lo común, para indicar que no se consagran a tareas manuales. Mujeres hay que las llevan cubiertas con dediles, y en Siam se ven individuos con treinta centímetros de uñas, que concluyen por retorcerse en forma de tirabuzón.
Volviendo al pie pequeño, y respetando las opiniones de los que saben más que yo, opino, sin embargo, que hay otra razón para este martirio. Con la trituración desaparece por completo la pantorrilla; desde el tobillo a la rótula, la pierna no es más que una canilla; pero en compensación los muslos y las caderas adquieren un desarrollo fenomenal y muy en armonía con los gustos estéticos de los chinitos.
—¿Por qué no suprimen ustedes esa costumbre? —pregunté a un celeste de quien me asesoro para mis apuntes.
—Porque nos gusta —me respondió— ver cimbrearse al andar a la mujer, que teniendo cuello de cisne, debe tener piernas de faisán.
—Pero eso es bárbaro —añadí.
—¿No lo es más el corsé europeo? —objetó en son de demanda.
—De ese modo condenan ustedes a la pobre mujer a no participar de ninguno de los goces de su sexo —proseguí eludiendo la pulla.
—¿Cuáles?
—El baile, verbi gracia.
—¡El baile! —me dijo soltando una carcajada—. Nosotros no bailamos nunca. Es una de las cosas que más nos llaman la atención en ustedes; que se sofoquen y echen los hígados para no gozar del espectáculo. ¿No sería más natural y más noble dejar bailar a los criados, y que los amos los contemplasen? Es lo que nosotros hacemos con los músicos y los juglares; nosotros los pagamos y ellos nos divierten.
—Tiene usted buenas ocurrencias.
—No, señor, es que ustedes tienen cosas muy raras.
—¡Hombre!
—Sí, señor, muy raras y muy inútiles. Así, por ejemplo, nosotros creemos que los botones están muy en razón en el traje cuando sirven para abrochar algo.
—Y nosotros lo mismo —le argüí.
—Entonces ¿por qué se ponen ustedes estos? —me dijo haciéndome dar media vuelta y señalándome los dos tradicionales botones del talle de la levita.
Ante tamaño argumento confieso que me quedé mudo. Desde entonces cada vez que marcha delante de mí un europeo, no puedo dejar de mirar aquellas dos obleas que me parecen los ojos del chino riéndose de las modas de París, y diciéndome: «Te veo».
En todas partes del mundo se nota diferencia en los rasgos fisonómicos entre un hombre de baja condición y otro educado. Hay en este último más delicadeza en los trazos, más suavidad en los músculos, más distinción en general. Aquí no; todos son iguales. El príncipe Kung, regente del imperio, el virrey de Cantón, el opulento empresario del opio, el mercader y el culi, son ejemplares del mismo cliché.
Una sola cosa los distingue, y es la mejor tela del traje. Todo el que no es culi usa patchama de la misma forma que la de aquel, pero de merino o de seda cruda, de delicados colores celeste, violeta o amarillo de hoja seca. Los pantalones, de igual forma que unos calzoncillos, no de punto, van atados al tobillo sobre unos calcetines de lienzo blanco, muy ajustados del pie y anchos de la canilla. En invierno añaden unas pistoleras, o sea un segundo calzón sin fondillos, que deja ver el de abajo por detrás desde las corvas hasta arriba y un capotón guatado y sin mangas como el de los culis, pero limpio relativamente. La blusa se convierte en ellos en túnica talar llamada Kavalla, cuando se visten de gala, de igual forma y color que la patchama, pero descansando en los talones. La cabeza, en verano descubierta y garantizada por un paraguas, en los meses de frío se la tapan con una flanerita de seda negra del tamaño de un solideo y colocada como este.
El boy o ayuda de cámara es el único chino de modales más desenvueltos y de rostro más simpático; yo creo que en ello influye su trato constante con europeos. Habla inglés o portugués, según la colonia en que habita, francés los de los puntos en que hay concesión de terreno a aquella nación, algunos alemán por análoga causa, y muchísimos español por haber permanecido en Manila o ido a Cuba en el período de la emigración. El boy es el jefe de todos los criados de una casa; las mujeres no hacen otro servicio que el de camareras. Se necesitan los siguientes: Un cocinero con siete duros mensuales: él provee el menaje de cocina y se agencia el pinche o aprendiz. Dos culis de silla; algunos tienen de cuatro a seis duros; encargados de la limpieza de la casa y de servirle a uno de acémila enganchados a la litera. Un office coolie, para las comisiones, correo y mandados burocráticos, con igual salario, y por último, el boy con ocho duros.
Reservados, respetuosos, fieles, salvo las pequeñas sisas, serviciales, exactos, aunque rutinarios en el cumplimiento de su deber, los chinos son un verdadero modelo de criados. No viven más que para adivinar lo que a su amo puede hacerle falta. Hace pocas noches, con el deán de la Catedral de Manila, que me hizo el honor de pasar dos días conmigo, me fui al Círculo; de allí nos trasladamos a una casa de Fantan para que conociera este juego. A la salida, sobre media noche, advertimos que llovía; pero al trasponer la puerta, los culis de casa estaban allí con la silla, sin que nadie los hubiera avisado y en un sitio al que jamás concurro.
Un diplomático, amigo mío, asistió de uniforme a una comida oficial en Hong-Kong. Después se fue a tomar el té en casa de unos amigos; sintiéndose algo indispuesto, le obligaron a pasar allí la noche: al amanecer del día siguiente estaba su boy personado en la casa con el traje de levantarse y otro de calle para cuando su amo se despertara.
Te vas de paseo al campo, llega una carta para ti y el office coolie, como un podenco, se pone a olfatear tu rastro, sin que vuelva a casa hasta encontrarte y haberte dado la misiva.
Con su salario se mantienen, se visten y economizan para dar la mitad lo menos a su padre, o sostener su casa si no son solteros.
En cambio no les mandes nada que esté fuera de sus deberes. Cada cual tiene los suyos y no sale de ellos. El office coolie no te encenderá una lámpara ni tomará una escoba, el culi de silla no te sacará una camisa del armario, el boy no irá con un recado a casa de tu vecino.
Ayer estaba en mi escritorio dándole unas instrucciones al boy; de pronto una ráfaga se me lleva todos los papeles.
—Cierra esa ventana —le digo. Él gira sobre sus talones, y desde la puerta grita:
—¡Culi! Ventana.
El culi, como si hubiera presentido la caricia de Eolo, estaba ya trasponiendo el dintel.
—¿Por qué no la has cerrado tú? —le grito al boy indignado. Y él sin alterarse, me contesta:
—Not my business, sir. No es de mi incumbencia.


Macao, 18 de noviembre de 1879.
Mi querido amigo: Una representación teatral china es sin disputa lo que más llama la atención del europeo, acostumbrado a ver que entre los celestiales todo pasa al revés que entre nosotros. Así, por ejemplo, estar con la cabeza descubierta delante de una visita, se considera como signo irrespetuoso y hasta insultante. El lado izquierdo es el preferente en toda ceremonia. Una sonora eructación hacia el final de una comida, es la prueba más relevante de cortesía que puedes dar a tu anfitrión, para hacerle entender con ello que sus manjares te han sentado bien. Cuando a uno le llamas viejo, le prodigas el elogio más cumplido, y es hasta fórmula precisa preguntar a la persona a quien ves por la vez primera los años que tiene, y responderle que aparenta más edad. Por supuesto, ya sabes que escriben de arriba a abajo y de derecha a izquierda; de modo que sus libros, impresos en pliegos como los del papel de cartas por un solo lado, y encuadernados de manera que el doblez haga las veces de canto, formando una sola página lo que entre nosotros constituiría la primera y la cuarta, tienen el fin en el lugar en que en Europa se pone el principio.
Pues bien, todo esto son tortas y pan pintado en comparación de los templos en donde se rinde culto a Melpómene y Talía.
Los chinos son idólatras del teatro: es una verdadera pasión la que tienen por estos espectáculos, en que se representan batallas y pasajes de su historia, alternados con entremeses, de autor siempre anónimo, pues entre ellos es oficio vil el de dramaturgo, en lo que muy pronto creo que los vamos a imitar en Europa, si seguimos por donde andamos.
Pero vayamos por partes.
Las compañías, por lo menos las que yo he visto, están compuestas de hombres solos, y es notabilísima por cierto la habilidad con que los encargados de los papeles de mujer las imitan en todo; llegando la perfección hasta el punto de remedar el pie pequeño de las chinas, formado con un taruguito de madera que se colocan en la punta de los dedos, y con el que tienen que andar de puntillas. Su identificación con la metamorfosis es tal, que hasta fuera de la escena se los toma por mujeres. Me han asegurado que hay compañías exclusivamente formadas por el bello sexo y otras mixtas; y verdad debe ser, por cuanto las leyes chinas niegan a las actrices el derecho de contraer matrimonio legal, relegándolas a la condición de concubinas.
Estas compañías, más o menos numerosas, se dividen en de 1.º, 2.º y 3.er orden, y llevan una vida nómada y errante, como la de nuestros antiguos faranduleros, trabajando allí donde los ajustan, si bien su adquisición es siempre disputada. Rara vez son empresarios los actores.
Lo que llamaremos temporada dura cinco días consecutivos, y los artistas reciben por su trabajo una remuneración que varía entre 600 y 1,500 duros.
Generalmente los teatros se improvisan con bambú en los pueblos de poca importancia; pero donde las representaciones son frecuentes, hay edificios de planta, hechos de ladrillo y yeso, a cuya categoría pertenecen los dos que posee Macao.
La sala es un rectángulo. Dos órdenes de lunetas de madera oscura, separadas por un callejón en el centro, componen, como en nuestros coliseos, el patio, al que concurre la gente acomodada. Estas lunetas están separadas de la pared por un ancho pasillo a cada lado, a los que de pie y gratis asiste el pueblo. En el primer piso hay dos galerías laterales para señoras y caballeros preferentes. En el segundo y en el fondo, paralelamente a la escena, se levanta un graderío para todos, como el paraíso del Real, cuyas delanteras, separadas del vulgo por una barrera y de los vecinos por un tabique, son los palcos para las autoridades de la Colonia.
Los precios de las localidades varían desde un real hasta cinco. Las paredes, que en algún tiempo debieron estar enlucidas de yeso, no están ya más que relucientes de mugre, y jamás hubo mano de pintura en ellas ni en el maderamen, negro por tan distintas y frecuentes fumigaciones. Alguna que otra lámpara de aceite de coco, despabilada a intervalos por culis (coolies), vestidos lo estrictamente necesario para no poder decir que van desnudos, alumbran y asfixian al público. El traje del que no paga y el de la muchedumbre de a real, viene a ser como el del culi. Los de los caballeros y señoras ya nos son conocidos. Pero hay otra clase de Evas, luciendo patchamas de la forma invariable china, si bien bordados en sedas de colores vistosísimos, que por las flores de su peinado, los oropeles de su prendido y el blanco de magnesia y rojo de ladrillo con que embadurnan sus mejillas, para imitar a las grandes damas, acusan a la legua su triste condición de hetairas. Su misión se reduce a dar testimonio con su presencia de la prodigalidad del que las alquila. Y en efecto, el chino, ostentoso por naturaleza, no la lleva allí con fin alguno ulterior: el oficio de aquella mujer termina con el espectáculo. Aquel buen hombre necesita hacer ver que se ha gastado en tal circunstancia algo más que el precio del billete, y ha convidado a aquella criatura, para que esté sentada junto a él, le abanique, le rasque y le prepare la pipa; pues se me olvidaba decir que todos, sin distinción de sexos, fuman durante la representación, comen y beben y se dicen que les ha sentado bien.
En los pasillos hay puestos donde se confecciona toda clase de alimentos, desde el pastel hasta la morcilla asada, que aún humeante, sirven por la sala los dependientes de los abastecedores. Imagínate el olor que allí habrá, si agregas a esto el que todos los descartes de la naturaleza se llevan a cabo donde al público le place. Aquello es un vasto jardín. ¡Quién fuera alcalde de barrio de Sevilla para poder poner aquel célebre aviso: «¡No se premite jumar en el zalon ni llevar castora ni náa que puea incomodal ar veyo sejo!»
Se me pasaba por consignar un detalle. Las representaciones dan comienzo a las siete de la noche, continúan hasta las cuatro de la madrugada, se suspenden hasta las once, y terminan a las cinco de la tarde. El que tiene sueño echa allí su siestecita y ronca. Los ruidos alternan con los perfumes.
Pasemos a la escena, poco elevada sobre el nivel del público. Figúrate una decoración de sala cerrada; pero que en vez de ser de tela y madera, sea de ladrillo y yeso, es decir, fija, invariable, sin más puertas que dos pequeñas en el fondo, y adornada con pinturas y hojarascas de talla dorada. De los muros penden grandes tarjetones encarnados o negros, donde con caracteres de oro se consignan el nombre de la compañía y sus títulos. Dos pasillos laterales interiores, prosecución de los que en el público sirven para espacio gratuito, conducen al foro, donde en un solo recinto se hallan la guardarropía, la sastrería, el vestuario y todas las dependencias.
En el centro del escenario está la orquesta destinada a acompañar a los ejecutantes. Su instrumental se compone de una especie de rabel o violín de una sola cuerda, una o dos guitarras chinas, desmesuradamente grandes, y con la caja en forma de concha, una como a modo de dulzaina, címbalos, gong o campana china, un tambor convexo de metal, como una cazuela pequeña, tocado con palillos, y unos crótalos que producen el sonido de nuestras castañuelas. Todo el proscenio está invadido por un centenar de culis, parte de ellos espectadores, otros guardarropas, despabiladores y dependientes, colocados, como los coros de las óperas en los teatros de provincia, en fila a guisa de soldados de papel. Comprenderás, por lo dicho, que el espacio libre para representar se reduce a unas cuatro varas en cuadro.
Las decoraciones, cualquiera que sea el sitio en que pase la acción, se reducen a una mesa tosca de madera con una silla de bambú a cada lado. Si el teatro representa una casa rica, revisten las sillas de un paño encarnado. Cuando se trata de un accesorio que juega algún papel en la obra, como por ejemplo, un árbol a cuyo pie debe sentarse un personaje, cúbrese el asiento de un paño negro, al que se sujeta un cartelón que dice: «Árbol.»
Fácilmente se ve hasta dónde puede llegarse por este camino de la ideología. Algunas veces la mesa se convierte en cama, agregándose unos riquísimos cortinajes: es el único lujo, pero preciso, que se permiten en la mise en scène.
Desterrados del teatro los trajes de la dinastía reinante de los Tsing, raza tártara de la Manchuria, los artistas usan los de la época de los Ming, pura rama celestial o del imperio del Centro, que son lujosísimos, raros hasta lo indescriptible, y de que solo puedo darte una ligera idea, recordándote los personajes de ciertos abanicos y de algunas porcelanas antiguas del país. Carecen de consuetas y de traspuntes, y todo va fiado a la memoria; con la particularidad de que el público conoce casi siempre la obra tan bien o mejor que los actores, a quienes nunca aplaude, reduciéndose la manifestación de su agrado a un murmullo de aprobación.
La mímica es entre los chinos el fundamento de la declamación; todo lo componen con gestos. Un personaje que escribe, otro que come, no se servirán nunca del pincel (que es su pluma), ni de la taza o los palillos (que forman el plato y el cubierto); con las manos dan a entender como pueden lo que hacen; y sin duda para ellos debió escribir aquel libretista del baile El robo de las Sabinas, la célebre acotación que decía: «Los romanos dejan ver por sus ademanes que carecen de mujeres.» Los chinos lo hubieran interpretado sin apurarse.
Hay, sin embargo, algunos utensilios de que se sirven como símbolo: por ejemplo, el personaje que figura estar montado lleva como látigo una cola de caballo; el que navega blande un remo, porque es de notar que la acción no se interrumpe nunca ni se subsanan ciertas justificaciones con recursos de arte. Si alguien dice que se va de Cantón a Pekín, y la escena que sigue tiene ya lugar en el sitio de su destino, es preciso que emprenda el viaje, ejecutando todos los medios de locomoción de que ha de servirse, llegando a tal extremo la escrupulosidad de estos detalles, que no omite el de cerrar la puerta, bajar la escalera y golpear el aire con sus nudillos cuando figura que llama en otra casa.
Pero lo más raro sin duda en este convencionalismo, es la manera de dar a entender que uno de los interlocutores no ha oído lo que los otros se han dicho aparte. Consiste el movimiento en volver la espalda al público.
Siguiendo por la vía de los emblemas, no te sorprenderá el saber que, para demostrar un personaje que es hipócrita y de doble intención en sus actos, se pinta las narices con una mancha blanca. Por supuesto que abundan las prosopopeyas o personificaciones de ideas, entre las cuales he visto a la inspiración, vestida como de arlequín, penetrar en el cerebro de varios examinandos que concurrían a un certamen del grado de mandarines, dando brincos por encima de sus cabezas.
Su literatura dramática no puedo yo apreciarla, aunque conozco algunas traducciones de obras antiguas. Sin embargo, sé de ella lo bastante para consignar que los entremeses modernos son, en su mayoría, obscenos y repugnantes, pintura fiel y exacta de sus costumbres. En ellos ves títulos como este: El castigo de una mujer que no ha tenido hijos varones, circunstancia que entre los celestiales autoriza al marido a tomar concubina legal; como verás cuando te dé a conocer al chino en familia. Son de larga duración, sin estar divididos en actos, o constando de uno solo. Se representa y se canta en ellos, siendo de notar que, tanto los personajes masculinos como los femeninos, cantan en falsete con unas modulaciones imposibles de comprender, y llevando un compás muy parecido a un laberinto. Añade el acompañamiento de aquellas chicharras, y el ruido infernal del gong y los platillos, que aprietan sin compasión al final de cada pieza, y tendrás una idea de cómo se rinde aquí culto a Euterpe. Esto no obsta para que en Pekín haya un ministerio que se llama de la música.
Yo he asistido a la representación de una obra, que es la historia de un matrimonio, a cuyos contrayentes otorga el cielo, coram populo, el beneficio de un hijo en la forma de un muñeco de cartón, y a cuya paternidad legal puede el público servir de testigo de prueba.
Por la contra, existen obras antiguas de un delicioso carácter y de una intención filosófico-social del mejor cuño. Juzga por este relato.

Tchuang-Tsen es un sabio y viejo confucista, casado con la hermosa Tián. Un día que el marido se paseaba por el monte, observó junto a una tumba a una linda mujer aventando la tierra con su abanico. Preguntándole lo que aquello significaba, contestóle ella que aquel sepulcro era el de su marido, que al morir le había impuesto la obligación de no volverse a casar hasta que la tierra de su lecho de muerte estuviese completamente seca, y que trataba de ver si con sus esfuerzos lograría lo que la naturaleza se empeñaba en negarle: secarla.
El sabio, que al mismo tiempo tiene sus ribetes de hechicero, compadecido de la pobre viuda, hace que la humedad de la tumba desaparezca, lo que ella acoge con evidentes muestras de júbilo, llenando de caricias a Tchuang-Tsen, y concluyendo por regalarle su abanico. De regreso a su casa, entera a Tián de lo ocurrido, y esta, que demuestra ser mujer rígida en sus principios e intransigente en cuanto con la decencia y la consideración se relaciona, se desata en improperios y llena de dictados a aquella mujer, que tan pronto y sin recato alguno olvida el respeto debido a su difunto esposo.
—Lo mismo harías tú y todas —le contesta el sabio.
—Nunca —replica Tián—. Eso es indecoroso e impropio de mujer que se estima.
Finalmente, tras una larga discusión, cada uno se queda con su razón, sin avenirse.
A los pocos días, Tchuang-Tsen cae enfermo, y se muere. Tián se abandona al más vehemente y más ostensible dolor. Terminadas las ceremonias fúnebres, mete el cadáver en la caja, y se dispone, según la usanza china, a guardarle en la cámara mortuoria los tres o cuatro meses de rigor entre la gente rica.
En este intervalo, llega a la casa Wang-Sun, joven y apuesto mancebo, que ignorando la muerte de Tchuang-Tsen, venía con una carta de recomendación, desde lejanas tierras, a ser su discípulo y compartir con él su hogar. La viuda le da alojamiento hasta que disponga su regreso, y ambos lloran al difunto, encomiando las excelencias de su carácter y sus virtudes. Pero el diablo las carga, y de fil en aiguille, como dicen los franceses, Tián concluye por enamorarse de Wang-Sun, que, nuevo José, quiere buscar en la fuga amparo contra las tentaciones de la viuda del Putifar chino. La pasión de Tián se excita con su esquivez, y por fin... ambos se ablandan.
Entonces óyense golpes en la caja; Wang-Sun, aterrado, echa a correr; Tián, con mano trémula, abre el féretro, y lo halla vacío. Vuelve a la sala en busca de su amante, y se encuentra con su marido Tchuang-Tsen, que la recibe con una carcajada, y le explica que es él quien ha tomado la forma de Wang-Sun, concluyendo con esta frase:
«¡Vamos! ¿Te convences de que lo mismo sois todas?»
Los hechos históricos que en el teatro se representan, son más bien escenas gimnásticas, en las que los combatientes se entregan a saltos muy notables, luciendo trajes lujosísimos y armas de una rareza ejemplar, cuya autenticidad es notoria, pues aún se usan, y las describiré a su tiempo cuando te hable de mi visita al virrey de Cantón.
Lo original de estas representaciones es el combate. Si la crónica refiere que el héroe de la leyenda mató a quinientos combatientes, no cesará el espectáculo mientras los comparsas no hayan pasado otras tantas veces bajo el filo de su espada, que él blande de un modo muy artístico, figurando que mata con ella a sus enemigos; hasta que al fin, para indicar que la lucha ha terminado, coge una cabeza de cartón que está sobre la mesa, y hace como si la derribara de un tajo. Entonces retumban vivas y gritos de victoria, y cercándole de banderas, se lo llevan en triunfo; el público murmura, y si no cae el telón por no haberlo, sale uno a respirar el fresco ambiente de la tarde.


Macao, 26 de marzo de 1880.
Mi querido amigo: Ya te he dicho que en vano busca uno colores en China; pues lo mismo sucede con los olores (salvo los malos, peculiares de este país), los ruidos, los afectos y las pasiones. Todo aquí es vergonzante o rudimentario; no hay nada franco y decidido. Aspirando bien, llegas a encontrar a la flor algún perfume recatado y modesto; las frutas no son ni agrias ni dulces, pero sí insípidas; los instrumentos músicos carecen de sonoridad, su ruido es mate; chinos y chinas cantan en falsete, sin vibraciones en la voz y en el diapasón de la confidencia; se diría que hacen música en secreto. No extrañarás, por lo tanto, el saber que en China no hay amor, con lo que probado queda que no hay nada: lo que no obsta para que los estadistas difieran en reconocerle de cuatrocientos a quinientos millones de población, que es una apreciable diferencia. Esto indica que hay familia en el sentido de la multiplicación. Veamos cómo está organizada esta operación aritmética.
El nacimiento de una hembra es una desgracia en el hogar. La ley protege al marido cuya mujer no le ha dado hijos varones, y le autoriza a tomar concubina legal. La superstición, base de esta sociedad, va aún más lejos, y madres hay que considerando como un castigo celeste el no tener sino hijas, las matan, por aplacar el enojo divino. Venderlas es cosa frecuente; por dos reales adquieres una niña de tres o cuatro años. No hace muchos días vino una madre a regalarnos la suya, en agradecimiento de unos juguetes que a su hijo le habían dado los míos.
Es tan inconcebible lo que voy a contarte y tan frecuente en los escritores el inventar por producir efecto, que, aunque te consta mi veracidad, creo de mi deber repetirte bajo palabra, para satisfacción de tus lectores, que estas correspondencias no tienen otro mérito que el de la exactitud, reducidos sus detalles las más veces a las menores proporciones, pues cosas hay que no sabe uno cómo decirlas, y que no obstante se deben dar a conocer.
Entre muchas hermanas hay siempre una que es la predilecta de los padres, predilección que debe trascender al público, lo que consiguen colocándole en un lado de la cabeza el tuferito de pelo que las demás ostentan en mitad del occipucio, hasta que ya adultas unas y otras, dejan crecer la parte afeitada y adoptan el peinado de soltera o el de casada, aun siendo célibes, si no quieren consagrarse al matrimonio. Por supuesto, no las enseñan a leer ni a escribir, y su educación se reduce a empezar a comprimirlas el pie desde que tienen cuatro años, para destinarlas a esposas, que necesariamente han de ser de pie pequeño. Hablo de las clases acomodadas, pues los pobres, como en todas partes, hacen lo que pueden, y se casan sin miramiento a la base.
Muchas de estas desgraciadas mujeres quedan relegadas a la condición de concubinas de algún chino acomodado, o pasan a ser mercancía vil del transeúnte, porque sucede que, si joven aún, cae enferma, in articulo mortis la madre la vende a una curandera, que se encarga de cerrarle los ojos y sufragar su entierro; pero si sana, la empírica, que a su profesión agrega el oficio de zurcidora de voluntades, queda dueña exclusiva de la infeliz, y la explota hasta que ella puede emanciparse mediante un rescate pecuniario.
La elefantíasis, esa terrible enfermedad hereditaria conocida vulgarmente con el nombre de lázaro, hace en China estragos horrorosos; y la mujer que por desgracia cuenta algún lazarino en su abolengo, es llevada por su propia madre a esos centros de la higiene pública, donde cubriéndose treinta y seis veces de oprobio, asegura la superstición que desaparece el germen del mal.
Pero nace un hijo y la decoración cambia; no creas que hay bautizo ni inscripción civil; toda la ceremonia se reduce a celebrar tan fausto suceso con una comilona, mucho más copiosa para el mayorazgo que para los demás hermanos varones que le sigan: derecho de gradación que se refleja en todos los actos de la vida china, alcanzando hasta la herencia, de la que, excluidas las hembras, toca a cada hijo una parte tanto mayor cuanto aventaja en años a sus hermanos menores.
El padre pone un nombre a su antojo al chico, y este lo conserva hasta que se halla en disposición de empezar su instrucción primaria. Entonces lo cambia, operación que verifica también al casarse y al desempeñar un cargo público. Los emperadores mudan asimismo de nombre al subir al trono, al entrar en la mayor edad y al ser juzgados después de su muerte por los censores, quienes le conceden el dictado con que han de ser conocidos en la historia.
Empieza, pues, el muchacho por estudiar los caracteres de que se compone su lengua, y que se elevan a la enorme cifra de 85,000. Conocer la mayor cantidad posible de ellos constituye el desideratum de los chinos. Escritura ideológica trazada con pincel de arriba abajo y de derecha a izquierda, cada signo de sus más de doscientas radicales corresponde a la representación de un objeto, y combinados, producen esa multiplicidad de caracteres a cuya absoluta posesión no hay nadie que haya podido llegar todavía. Agrega a esto el que cada signo tiene una pronunciación monosílaba y que cada monosílabo es susceptible de ser pronunciado de cuatro maneras diferentes, y tendrás una idea, aunque remota, de las dificultades de la lengua.
El idioma oficial es el mandarín o pekinés, existiendo además muchísimos dialectos o puncti (lengua del país), entre los cuales el más generalizado es el cantonés. El populacho y la gente de mar hablan una jerga conocida con el nombre de Aka.
Como en China no hay universidades ni centros de enseñanza oficial, el muchacho tiene que estudiar con maestros particulares, empezando por imponerse en moral según las máximas de Confucio, retórica, historia la estrictamente necesaria para conocer la cronología de sus reyes, pues la de los demás pueblos maldito lo que les interesa; filosofía con las ampliaciones de Mencio a los preceptos de Confucio y comentaristas de este, y legislación, la cosa menos parecida al derecho que puedas suponer.
Y aquí se acabó toda la enseñanza. Lo importante es obtener un grado de mandarín, única aristocracia personal, no hereditaria, en China, a la que tiene opción el individuo cualquiera que sea su origen, y que si se otorgase exclusivamente al mérito, en vez de adjudicarse al mejor postor, justificaría en los chinos el dictado de celestiales con que se adornan; pero ya te dije al hablar de los juegos cómo se verifican estos exámenes.
Nueve son los grados de mandarín y se distinguen por el botón o bellota con que adornan su sombrero. Este es como una gorra de jockey, a la que se le añadiese, en lugar de visera, un ala o baranda como la de un sombrero calañés ceñida al casquete, es decir, sin vuelo y tan alta como este, teniendo por remate en el centro de la copa, su borla de fleco encarnada y el botón distintivo de la categoría. Su efecto es el de un cubo de ancha base, puesto por la boca sobre el cráneo.
El botón rubí o rojo transparente, es el signo de los mandarines de primera clase, la más elevada. Su número es de veinticinco. Seis están en el ministerio, quince presiden los tribunales de provincia y cuatro tienen a sus órdenes al ejército. Todos ellos han de ser letrados y forman el Consejo del emperador.
El botón rojo coral opaco, lo usan los mandarines de segunda clase, en la que están comprendidos los magistrados y jefes militares, y los de los ramos de la administración pública, entre ellos los gobernadores de las provincias.
El zafiro o azul transparente, corresponde a la tercera clase, o sea a los presidentes de los tribunales de segundo orden, en las provincias, estando comprendidos en la cuarta los individuos de estos mismos tribunales con derecho al uso del botón azul opaco.
La quinta y sexta, relativas a cargos públicos de menor importancia, se diferencian por el botón blanco transparente y blanco opaco; y la séptima, octava y novena, que abrazan los maestros de instrucción y los encargados de la vigilancia y conservación del orden público, ostentan el botón dorado, ya liso, ya trabajado a cincel.
Su número total asciende a 25.000; de ellos, 15.000 pertenecientes a ramos civiles y 10.000 al ejército, si bien estos pueden triplicarse en caso de guerra.
Los cuatro grados principales son: el de siut-sai o bachiller, cuyos exámenes escritos, verificados por el sistema celular y juzgados por tres tribunales distintos a pliego cerrado y con lema, como en los concursos poéticos, tiene lugar anualmente en las ciudades todas del imperio. El siut-sai se subdivide en ling-sen, que con sueldo del Estado, sirve a las órdenes de mandarines de alto rango; en seng-seng o agregado del ling-sen, con sueldo temporal, y en fu-hio, o sea una especie de alumno de la normal dedicado a la enseñanza.
El grado inmediato superior es el de Ku-jin o licenciado, el primero que da aptitud para aspirar a los cargos públicos, y cuyos exámenes, verificados como todos, por el mismo sistema celular, tienen lugar en la capital de la provincia.
El de Tsin o doctor, y el de Ham-ling profesor, han de pasarse en Pekín. Todos los gastos en época de exámenes, son costeados por el emperador. Y ya en aptitud por razón de su categoría, lo mismo desempeña el mandarín un cargo en la magistratura que en la administración, en el ejército que en la marina. Lo compra y luego lo usufructúa como mejor le place, con arreglo a la tarifa de su capricho. Ya te he dicho que, una vez mandarín, el chino puede y debe dejarse crecer el bigote.
Llegada la época de casar al muchacho, lo que si es mandarín no tendrá efecto sino con hija de mandarín precisamente, he aquí lo que ocurre. En primer lugar los novios no se conocen; uno y otro ignoran en absoluto con quién van a compartir la existencia. Una casamentera de oficio arregla con los padres de los contrayentes las condiciones del contrato, en las que para nada interviene el dote, pues no le hay. Basta saber que la novia es de pie pequeño y su familia de posición análoga a la del novio. Si es posible, se procura que los dos contrayentes hayan nacido en el mismo día de la luna (los chinos computan por lunaciones), si bien en año diferente, en atención a que ella debe ser más joven. Te diré de paso que, como para los celestiales el ser viejo es un título, todo chino cuenta adelantado, y desde que nace tiene un año: de modo que cuando realmente cumple uno, para él son dos.
Unos días antes del destinado para la ceremonia, recorren las calles multitud de culis, harapientos como siempre, cargados con los regalos de la novia, consistentes en provisiones de boca para un mes, y el ajuar; todo metido en cajas, sobre las que hay unos letreros expresando el contenido, que nunca es tan ostentoso como reza el cartel, dado el defecto de ostentación de la raza.
El día de la boda, a las nueve o las diez de la noche, la novia se viste con lo peor que tiene; deshace su peinado de soltera, y a medio hacer el de casada, se despide de su madre. Es condición precisa que alborote la casa, fingiendo gran desesperación; y así la bajan hasta el zaguán, donde la espera la silla nupcial, palanquín cerrado por todas partes y adornado de vistosa talla, que se alquila ad hoc, y en el que la meten a puñados y como por violencia, al compás de sus berridos, ahogados por los golpes del gong, la dulzaina, el tamborete convexo de metal y los cohetes del séquito, compuesto de culis provistos de linternas de papel de todos tamaños y hechuras.
Antes de salir del hogar paterno, la madre arroja sobre la silla unos puñados de arroz y unas gotas de vino, extraído de este grano, para que la abundancia acompañe a su hija, y puesto un velo rojo a modo de cortina sobre el palanquín, la comitiva se pone en marcha hacia la casa del novio, seguida de la casamentera y de un marrano abierto en canal y asado, con que la suegra tiene que obsequiar necesariamente al yerno. En cuanto este advierte la proximidad del cortejo, sale a la puerta y espera que depositen la preciosa carga. Su primer cuidado es descorrer el velo que cubre la litera y llamar a su esposa, que continúa lanzando ayes como si la desollaran viva. Si el novio acepta con gusto el matrimonio, lo demuestra llamando a su mujer merced a una patada que da contra la puerta del palanquín; si, por el contrario, la boda le viene cuesta arriba, se concreta a golpear la silla con los nudillos. Por fin, ábrese el castillo encantado y la novia se presenta cubierto el rostro en señal de rubor. La casamentera la toma sobre sus espaldas, y como pudiera hacerlo con un fardo, la sube las escaleras y la deposita detrás de la cama, sobre el duro suelo. Síguela el marido, contempla a su cónyuge, y si no es de su agrado, se presenta ante los circunstantes con el abanico metido en la babucha; pero si merece su aprobación, se lo coloca entre el pescuezo y la cavalla o túnica, cena con los circunstantes y remite a su suegra la cabeza y el rabo del cerdo, en testimonio de satisfacción absoluta.
La noche se pasa devorando, bebiendo té, disparando cohetes y oyendo aquella música infernal. A la mañana siguiente tiene lugar la recepción de los parientes y amigos, provistos de su correspondiente regalo. Una vez reunidos, colocan a la novia en el centro, y las mujeres que la rodean principian a decir todo género de obscenidades y conceptos libres, que aquella debe escuchar con aparente rubor, pues el acto envuelve una especie de examen de su inocencia. Restituida al hogar paterno, y convencida la madre de que su hija ni ha sido impaciente ni ha faltado al recato, descósele las vestiduras que iban unidas entre sí para que no pudiera ser despojada de ellas, lávale la cabeza, la casamentera la adoba el peinado de casada, y con los aderezos propios de su condición, regresa definitivamente a casa de su marido, donde tiene sus habitaciones reservadas o su gineceo, inaccesible al sexo fuerte extraño a la familia.
La mujer, degradada y envilecida en el Celeste Imperio, no come jamás con su marido, quien no titubea en sentarse a la mesa con los últimos culis de su servidumbre; y mientras no tenga un hijo varón, está en el deber de considerarse como la esclava de su suegra.
El adulterio contra mujer legítima o primera, es decir, no concubina, es castigado de muerte sin substitución; pues en los demás casos de pena capital, el reo puede comprar substituto, y la ley se da por satisfecha con decapitar a un hombre que se avenga a purgar el delito ajeno.
Los chinos, ostentosos por naturaleza, toman concubinas sin limitación, como cuestión de lujo, aun cuando su mujer les haya dado hijos varones. Todas habitan bajo el mismo techo y en perfecta armonía; pero los hijos de las segundas mujeres no pueden llamar madre sino a la esposa legal (de quien son criadas las otras), si bien gozan de toda consideración y derechos, incluso el de primogenitura, como hijos legítimos que son según sus Códigos.
Uno de los cuidados más importantes del chino es hallarse rodeado de los suyos en el momento de la muerte; el hijo mayor es el encargado de dar a las cenizas de sus padres los honores más exagerados posibles, honores que a veces conducen hasta a la ruina. Vayamos por partes.
Desde el instante en que principia la agonía de un celestial, todos los suyos rodean el lecho y prorrumpen en exclamaciones de dolor, que cesan en cuanto aquel espira, pues, rituales, más que espontáneas, tienen por solo objeto dar al moribundo un postrer testimonio de consideración; y muchas veces se alquilan llorones de oficio, si la familia no es bastante numerosa para armar todo el ruido de precepto.
Con las ansias de la muerte se ponen a hacerle el tocado, incluso peinarle, operación que en las mujeres invierte horas enteras; y acto continuo le revisten de todos los trajes que constituyen su ajuar, puestos unos sobre otros, a fin de que en la otra vida no carezca de abrigo. Ya en las postrimerías, le arrojan de la cama abajo, pues ningún chino debe morir sino en el duro suelo, y cerrados los ojos, guardan el cadáver durante tres días, en los que los bonzos, con los invariables instrumentos de gong, chirimía o dulzaina y timbalillo de metal, se entregan en la casa mortuoria a sus oraciones fúnebres, acompañados de los parientes más cercanos, que se distinguen por una montera de tela blanca con que cubren la cabeza. El luto consiste en ponerse el cordón de la coleta de color azul y revestir la casa con entrepaños de papel celeste, también con caracteres dorados, en los que se consignan el nombre del finado y las máximas sobre el respeto debido a los que ya no son.
Transcurrido aquel plazo, meten el cuerpo en una caja cuadrilonga con una especie de medias cañas superpuestas en toda la longitud de sus lados, lo que, vistas por sus testeros, le da la apariencia de una flor de cuatro hojas, y en tal estado conservan el cadáver en la casa dos, cuatro meses y hasta un año, según los medios de que dispone la familia, pues en todo este intervalo continúan las preces, y por consiguiente los gastos.
Llegado el día del entierro, se reunen parientes, amigos, llorones, bonzos y músicos, y precedidos de dos con estandartes de madera, se dirigen al sitio de la inhumación. Si el muerto es pobre, le dan sepultura en el cementerio general, que es el lomo de una colina sin tapia ni cercado, lleno de pilares de piedra, donde está inscrito el nombre del que debajo reposa.
Si, por el contrario, se trata de un rico, el féretro es transportado a veces a centenares de leguas de distancia, a la tumba que, el finado en vida o el hijo a su muerte, ha adquirido en virtud de informaciones dadas por una especie de agoreros o adivinos, que viven de esta especulación. Su misión es estudiar el terreno, siempre montuoso, en que el cadáver hallará más dulce bienestar, y que mejor se adapte a sus condiciones de carácter, según las revelaciones atribuidas a sus sortilegios. Inútil es decirte que los tales arúspices se ponen a menudo de acuerdo con el propietario de un yermo invendible; y que, abusando de la supersticiosa credulidad en que todo chino incurre, llega hasta a hacer pagar a su cliente cien mil duros por lo que no valdría veinticinco en buena venta.
La tumba china afecta invariablemente la forma de Omega, o para los que no sepan griego, de una corcheta, mucho más elevada por el centro de la curva que por los extremos, y con el espesor suficiente para contener un cuerpo humano entre el doble tabique de su línea. Su diámetro alcanza catorce o más metros; el hueco central está esmaltado de flores, y una verja de caprichosa forma circuye, aunque no siempre, el todo.
La comitiva enciende grandes teas de ramas secas, con las que a los cuatro vientos se ponen todos a dar golpes al aire para ahuyentar los malos espíritus, operación muy frecuente en los actos de la vida china, concluido lo cual dan sepultura al muerto, gritan otro ratito, y depositando en la tumba comestibles y otras menudencias, se da por terminado el acto.
La idea de que el espíritu del muerto anda errante, y puede carecer en la otra vida de los artículos más necesarios, incluso el dinero, hace que el chino esté enviando constantemente remesas a sus deudos de todo género de cosas; pero como el procedimiento saldría muy caro, han inventado un expediente tan original como lucrativo para los que a tal industria se dedican. Consiste este en la fabricación de enseres fúnebres de papel representando corpóreamente sillas, mesas, barcos, literas, caballos, armas, camas, pagodas y hasta dinero (pedacitos cuadrados de talco pegados sobre una cuartilla de papel de estraza); todo lo cual se vende en multitud de almacenes especiales, para que los chinos lo quemen diariamente, y convertido en humo, lo hagan llegar a su destino. En fin, conduce a tal extremo la superstición de estas gentes sobre el particular, que, aunque algo en desuso, todavía se practica una bárbara costumbre; al dar sepultura a un chino opulento, entierran vivos con él a dos o más muchachos para que desempeñen con el muerto las funciones de criados... y otras.


Macao, 30 de enero de 1881.
Mi querido amigo: Los chinos computan por lunaciones y por los años de entronizamiento del príncipe reinante. Hoy, es, pues, primer día de luna del año séptimo del emperador Kuang. La única fiesta, propiamente hablando, que le está concedida al celestial, y cuya duración es generalmente de treinta días. Es condición indispensable que nadie entre en el año nuevo sin haber pagado todas las deudas contraídas en el anterior; de ahí el que a la espiración de diciembre los artículos de lujo se vendan en las tiendas por la mitad del precio, la estadística de hurtos, nunca robos, aumente de una manera considerable, y los prestamistas no puedan dar abasto a los clientes.
Quince días antes del que hoy se conmemora, las transacciones se paralizan; el chino, comerciante con lonja abierta o propietario con casa cerrada —como lo están todas las que no son expendedurías, pues el prurito del celestial es que nadie inspeccione sus actos, y para ello fabrica su vivienda a cubierto del murallón que adopta por fachada— todo confucista, budista o taotista, en fin, barre o manda barrer su hogar; operación que no vuelve a repetir hasta el año siguiente, pues entre otras preocupaciones, tiene la de creer que quitar las inmundicias, es ahuyentar la fortuna. Tanto es así, que el mayor castigo que en su superstición puede dársele a un celestial, es condenarle a pobreza eterna, pasándole una escoba por la cara. Y por mi nombre, que deben ser riquísimos, a juzgar por los ostensibles signos de economía de que hacen alarde.
Engalánanse los almacenes con hojarasca de papel de oro y de colores, con flores de artificio, con macetas de plantas naturales, algunas de las cuales, por su rareza, alcanzan ciento o más duros de valor; ilumínase todo con arañas, linternas y candelabros; dispónese en el centro una mesita cubierta con riquísimo tapete de seda recamado de oro, sobre la cual el dragón sagrado u otro ídolo de su devoción recibe la ofrenda de las golosinas que los visitantes han de comerse después, y da comienzo al disparo de millones de pequeños cohetes, con que sin interrupción están saludando a la luna.
Al principiar el año nuevo, o sea a las doce de la noche, pues nadie duerme para no entrar en él con malos sueños, todo el mundo —menos la mujer de condición que vive siempre reclusa— échase a la calle a contemplar las iluminaciones, aspirar el olor de la pólvora, asistir a los espectáculos teatrales y decir Kon-ji o sea «viva» al deudo, pariente o amigo. Amanece, y desde aquel punto las tiendas, cuyo cierre además de la puerta ordinaria, consiste en gruesos barrotes verticales de madera al exterior, ingeniosamente atrancados por una traviesa que los sujeta todos por dentro, quedan cerradas, a excepción del postigo, para dar paso a las visitas. Estas las constituyen caballeros, que aquel día no parecen millonarios por lo limpios que se ponen, que van a comer alguna golosina y a emborracharse jugando a la morra, o sea a acertar el número de dedos que entre los jugadores presentan simultáneamente. Al revés que entre nosotros, el que pierde es el que queda obligado a beber, y el que gana el que paga el vino de arroz, único que ellos conocen y que liban en tazas microscópicas de porcelana. Aunque la embriaguez llega a su colmo en estas fiestas de Baco, ni hay que deplorar nunca una consecuencia triste, ni en esta ni en otra época del año se encuentra un chino beodo por la calle. La morigeración de este pueblo, en lo que a costumbres públicas se refiere, es ejemplar. ¿Será la civilización el germen de nuestros vicios? Creamos que no, y pasemos adelante.
Por supuesto que en ese día no puedes contar con ninguno de tus servidores; tienes que andar a pie, prescindir de recados y darte por muy feliz si, en gracia de los aguinaldos recibidos, alguno de ellos se digna hacerte la cama y darte de comer algo frito, para acabar pronto. Desde muy temprano vienen todos a prosternarse en tu presencia, y en seguida echan a correr al bazar a comprarse zapatos, de que hacen provisión para los doce meses restantes; pues nadie deja de estrenar algo en año nuevo; y hasta los pobres de solemnidad, a falta de otra cosa, renuevan el cordón con que se trenzan la coleta. En cambio ellos te obsequian con toda clase de dulces, desde el de toronja o zambúa, hasta el de guisantes en vaina azucarados; y te regalan cohetes.
Entre las clases acomodadas el ceremonial es el mismo, sin más diferencia que el hacerse a cencerros tapados. Se saludan por tarjetas, pedazos rectangulares de papel grana, de un palmo de largo, con tres o cuatro caracteres negros, del diámetro de un napoleón; se envían presentes comestibles, y se visitan con el ritual que te explicaré al hablarte de mis relaciones sociales con los hijos del cielo. Poco a poco el bullicio va perdiendo en intensidad, y quince días después todo torna a su natural estado.
Los chinos celebran otras festividades; pero en ninguna de ellas se cierran los establecimientos ni se suspende la vida pública. La conmemoración de los difuntos, que tiene lugar durante la cuarta luna, se reduce a quemar objetos de uso doméstico, simulados en papel, que por ese medio creen enviar a los errantes espíritus para que no carezcan en la otra vida de lo necesario. Lo más notable de este rito son las visitas a las pagodas que entonces se construyen a expensas de los consumidores, pues se sufragan con el producto de una especie de subsidio con que todo expendedor recarga sus ventas anuales y que religiosamente entrega a la comisión encargada de alquilar o adquirir los adornos y de dirigir los festejos.
Estas construcciones, que ocupan un área como la plaza Mayor de Madrid y tienen una elevación como la de la nave del Escorial, están hechas exclusivamente de bambú sin el auxilio de un clavo ni otra trabazón que la de sus muescas y nudos. De aquellas inmensas bóvedas penden millares de lámparas y objetos de adorno, cuyo peso maravilla que puedan resistir unos soportes tan débiles en apariencia. Las lucernas, algunas de las cuales sustentan hasta cien globos de luz, tienen sus brazos y machones revestidos de diminutas plumas de un pájaro azul turquí que se confunden entre filamentos de oro con el más acabado esmalte de orfebrería. El interior de las pagodas no puede describirse; es de un efecto maravilloso, hasta para los europeos acostumbrados a ver prodigios en los concursos universales de la industria. Sobre colosales armazones de sutil mimbre, vuelan por el espacio gigantescas mariposas, aves e insectos de flores naturales con todos los matices y perfumes de que es susceptible la naturaleza de la zona tropical. Alternando con estos ramilletes y encuadradas en magníficos marcos de talla, vense representaciones esculturales de tamaño natural y de movimiento, recordando pasajes de las mejores obras dramáticas; cuyos personajes, luciendo los trajes de la pasada dinastía Ming, son un asombro de lujo, con tamaña profusión de sedería bordada, que nadie ha podido aún igualar en perfección ni en opulencia. Más allá los bronces del culto y suntuarios se mezclan con los vasos y discos del más puro caolín, de los tiempos remotos, confundidos a su vez con los monstruosos bloques de verde jade o de sanguinolento mármol de la Tartaria. Mientras la susurrante fuente humedece las espirales de humo perfumado que exhalan centenares de pebeteros, los ídolos búdicos, de quince codos de altura, resisten con sus atléticos brazos los arranques del entablamento, y las obras más acabadas del recamo de oro y plata sobre seda, cuelgan desde el friso hasta el pavimento como ramificaciones de un Pactolo aéreo e inagotable. Es la primera vez que he visto realizado el esplendor de mi China soñada. Desgraciadamente solo dura la ilusión ocho días al año. Quince minutos han bastado muchas veces para que un incendio lo devorase todo y produjese innumerables víctimas; pero ¿quién se resiste a visitar de noche aquel admirable conjunto, realzado con millares de luces y transparentes de tan delicado gusto como caprichosas formas? Desgraciadamente el encanto huye con solo fijarse en el sucio porte de la concurrencia. No hay compensación.
Contrastando con esta magnífica exposición, llega la fiesta del plenilunio de la octava luna; manifestación modesta, pero imprescindible, del culto budista. En ella se conmemora el aniversario de la creación por Dios del astro de la noche. Todo chino permanece en su casa, y aguarda con la ventana abierta y a oscuras a que la casta Selene haga su aparición en la rendija del firmamento que le permite ver su angosta calle; y, apenas la divisa, le alumbra candelillas, le quema pebetes, la saluda prosternándose hasta el suelo y come en su honor un pedazo de pastel, confeccionado exprofeso con tocino y almendra para aquella solemnidad, cuya virtud no se me alcanza; pero te diré acerca de su consumo, que una sola pastelería de Hong-Kong produce anualmente a cada uno de sus cinco socios, la enorme cifra de diez mil pesos fuertes. Verdad es que se trata de un pastelero más famoso que el mismo de Madrigal.
Otro espectáculo que realmente tiene importancia y novedad para el europeo es una procesión de linternas. Estas no se verifican en épocas determinadas; son expansiones accidentales que se permite sufragar, ya un vecino acomodado a quien un negocio le ha salido bien, ya un gremio que solemniza una circunstancia memorable, ya, en fin, un barrio que impetra el favor del cielo ante una enfermedad epidémica. Porque, aunque retarde con una digresión su relato, debes saber que aquí la medicina no constituye facultad ni se aprende en colegio alguno. Todo es empirismo; no hay más que curanderos, cuyo mérito está en proporción del número de recetas que poseen. Su diagnóstico es muy sencillo: para ellos las enfermedades se reducen a fuego o aire. Su terapéutica aún lo es más. El fuego lo apagan con jugos de vegetales, y el aire lo sacan con ventosas y con cauterios. De ahí que no haya chino que no tenga el cuerpo, y en especial el cuello y la cabeza, lleno de cicatrices y quemaduras. El tifus, que en China se llama fiebre del cabello, consiste, a su juicio, en una como venita o hebra capilar que circula por el cuerpo llena de sangre corrompida y que hay que extraer. Para asesorarse de que el enfermo padece semejante dolencia, le dan a saborear un manjar amargo; y si lo halla dulce, es prueba inconcusa de que el mal existe. Entonces hay que buscar el sitio en que puede encontrarse el cabello, y si dan con él, lo extirpan vaciándole la sangre inficionada. Poseen, sin embargo, algunos medicamentos de virtud reconocidísima; y no puedo resistir a la tentación de transcribirte el que para combatir el cólera emplean en el Ton-Khin. Se lo debo a nuestro compatriota el Reverendo Padre monseñor Colomer, natural de Reus, obispo y jefe de nuestras misiones en aquella región de Annam; que siempre lo ha usado con resultados satisfactorios. Tuéstanse al horno unos cangrejos, mejor de río que de mar; machácanse bien con su cáscara; se disuelve media cucharada de aquellos polvos en una copa pequeña de buen vino añejo y se le da a beber al paciente. Generalmente basta con la primera dosis; pero si el mal no cediera, se repite la operación. Suele ocurrir que al desaparecer el cólico, se paralizan también los descartes diuréticos. Para provocarlos y combatir la irritación que origina aquel estado, no hay sino machacar vivos, y por consiguiente crudos, dos o tres cangrejos; mezclarlos con igual cantidad de vino y de la misma clase que en el procedimiento anterior, y, colado su jugo, dárselo a beber al enfermo.
Volvamos ahora a la procesión de linternas, a la que concurren todos los vecinos del barrio con objetos de su exclusiva confección o alquilados a industriales al efecto; pero de un modo o de otro, llevados a cabo con una perfección asombrosa. El elemento principal de ellos, como de casi todos los adornos chinos, es el papel, y una pasta de arroz transparente como el cristal, y muy parecida, aunque más pura, a nuestra cola de pescado, que adaptan primorosamente a unos armazones de mimbre o bambú finísimo.
En cuanto anochece, se reúne el cortejo en el lugar de la cita; y al estampido de algunos morteretes y de algunos millares de petardos, da comienzo el desfile por el orden siguiente: abren la marcha unas cuantas docenas de individuos, vestidos como todos los que componen la procesión con los pintorescos e indescriptibles trajes de la época de los Ming, llevando piras embreadas en recipientes de metal, que iluminan el espeso humo que van produciendo. Síguense unas banderas más grandes, pero idénticas en corte a las de los gremios valencianos, puestas sobre el hombro del porta-estandarte y en sentido horizontal. Y allí principia un ascua de fuego producida por cuatro o cinco mil linternas de todos tamaños, formas y colores, levantadas sobre unas perchas, cuyo río de luz corta de trecho en trecho, ya un grupo de músicos con címbalos, crótalos, dulzaina, timbales, discos convexos (sobre los que repican con una sola baqueta) y el obligado gong; ya unas pagodillas del tamaño de nuestras andas, llenas de molduras y rodeadas de pebetes; ora unas mangas y parasoles de espléndido tisú de oro, parecidas a las del culto católico; luego los monstruosos ídolos de la teogonía búdica. No ha concluido aún la sorpresa que te producen el insecto, el pájaro, el buque, el jarrón, el kiosco y el templo montados con flores naturales y circuidos de puntos luminosos, cuando te arranca un nuevo grito de admiración el niño que, simbolizando un guerrero mitológico cabalga sobre un microscópico caballo de los confines del desierto de Gobi, enjaezado a la usanza mandarina y cubierto de gualdrapas dignas del tocado del imperial jinete; te encanta la imaginación que han desarrollado en la gigantesca concha con todos los cambiantes de la madrépora, en cuyo seno descansa una elegante china simulando una perla del río de Cantón, o te seducen el albérchigo y la naranja que, abiertos en gajos, presentan a tus atónitos ojos, humanas simientes en la clásica agrupación del arte asiático. Pero donde está el mérito sobresaliente de la procesión, es en la infinita variedad de aquella multitud de linternas, donde parece haberse agotado la fuerza imaginativa de la inspiración del hombre. Sin detenerme a describir los faroles ordinarios, pequeños unos y colosales otros, ostentando un carácter chino, que ya por sí constituye un adorno singular; pasando en silencio los tulipanes, girasoles, estrellas, globos y pirámides; ¿cómo no llamar la atención el racimo de uvas de luz, contrastando con el oro de su fruto el verde tono de sus pámpanos; las dos medias sandías con la púrpura de su seno salpicada de relucientes pepitas; la carpa, el salmonete y el atún abriendo la boca y agitando sus aletas; los dos gallos combatiendo con la saña de la verdad; el pavo que se esponja ante la contemplación del auditorio; la langosta que despide aletazos o contrae y dilata sus articulaciones; el faisán de Shang-hai; los monstruos gesticulantes emblema de las pasiones humanas; y por último, las monumentales pagodas con sus cubiertas agaleradas, sus frisos esculpidos y sus afiligranados detalles —más numerosos y sutiles que los de la arquitectura gótica— dejando escapar por el mosaico de su policromía torrentes de luz y de perfumes? Una guardia, provista de partesanas y lanzones dignos del lápiz de Gustavo Doré, precede a un hombre con cabeza de león (animal fatídico de esta fauna mitológica), huyendo ante el dragón sagrado, que lo persigue para ver si lo puede devorar. Es la lucha de la virtud con el vicio. Este dragón, de formidables fauces y armado con anillos que le permiten plegarse a discreción de los doscientos hombres que lo llevan sobre puntales de bambú, está forrado de seda verde transparente, y va alumbrado por dentro. Tiene más de cien metros de longitud, y se considera como un favor celeste y un signo de felicidad el que incline la cabeza delante de la casa de uno. El favorecido le dispara entonces unos millares de cohetes en justo reconocimiento, y el reptil se libra a una graciosa y bien combinada serie de ondulaciones, contrayéndose, dilatándose y retorciéndose en espirales luminosas.
Terminaré mi catálogo de festejos con la descripción de los fuegos artificiales, a que son muy aficionados los chinos. Para el concurso del gran patchon (cohete), se exhiben con anterioridad en un barracón los premios consistentes en un espejito de mano, un transparente, un ramo de papel de talco, o cualquiera zarandaja por el estilo, que ellos en dar no son muy pródigos.
Llegada la tarde de la lucha, colócase el pirotécnico sobre un tablado y empieza a disparar voladores. La muchedumbre, apiñada alrededor, observa la dirección de la caña; aguarda a que baje, y entonces hace prodigios de agilidad por apoderarse de ella; con lo cual y consecuente con la superstición que preside todos sus actos, no solo alcanza ventura para sí y los suyos —mayor cuanto es más gordo el cohete— sino que obtiene una recompensa, quedando obligado a sufragar otra para la justa del año siguiente.
Sus tan decantados fuegos artificiales, repetidos con frecuencia y siempre con igual monotonía, no tienen de particular más que la candidez. Divídense en diez o doce actos, y cada uno de estos en tres transformaciones, lo que da lugar a que el espectáculo termine a las cuatro de la mañana habiendo empezado apenas anochecido. Allá va un acto por cuyo patrón están cortados todos los demás. Princípiase por disparar en medio de la calle y sobre una mesita, una cantidad de voladores con poca o ninguna luz, muchas chispas, profusión de humo y largos compases de espera. Luego la escena se traslada a un catafalco, sobre el que se alza un andamiaje de bambú de la altura de una casa de cuatro pisos. Ízanse en él tres como bombos, de cuádruple diámetro que el de los de una orquesta, en que van encerrados los fuegos. Se aplica una mecha al inferior, y después de diez largos minutos, el armazón se abre y deja ver una maceta con una planta cuyas hojas van cambiando lentamente de colores. Llegado el turno del segundo tambor, aparece una rueda horizontal, en que dan vueltas unas figuras de movimiento que montan a caballo, se apean, riñen o se abrazan, pero todo tan diminuto, alumbrado por unas lucecitas de tan poca intensidad y tan envuelto en humo, que solo el espectador de primera fila puede apreciarlo. La última caja contiene el bouquet; y en honor de la verdad, algunos de ellos no dejan de llamar la atención, pues fatigada la vista con tanto inútil esfuerzo, gusta de que la sorprendan con una masa luminosa; y lo consigue una gran torre transparente de forma octógona, que se desprende desde lo alto del andamiaje hasta el suelo, llevando pendiente de cada ángulo de su tejado una sarta de linternas encendidas, que ni sabe uno darse cuenta de cómo se alumbran, ni se explica que puedan caber en tan estrecho recinto.


Fiestas de Hon-Kung en Macao
Macao, 26 de septiembre de 1881.
La primera parte la constituye la afluencia de cien mil forasteros a una ciudad de sesenta y ocho mil almas; se albergan donde pueden, duermen donde se albergan y comen en la alcoba: no he nombrado la calle porque se sobreentiende.
Cuatro días de fiesta: ni una borrachera, ni un robo, ni una disputa.
¿Quién es Hon-Kung? No lo sé, ni tengo tiempo de estudiarlo en este momento. Es, según voz pública, el primero, después de Dios, de los santos de la corte celestial china. Se le invoca para que conceda paz a todo el imperio, le preserve de epidemias y le otorgue riquezas innúmeras; participa, por consiguiente, del Jano de los paganos, del San Roque de los católicos y de la lotería de los españoles.
En el cómputo chino, cada tres años traen uno bisiesto, que se compone de una luna más de veintinueve o treinta días en la lunación séptima, época en que debe verificarse la fiesta del santo; pero como no siempre hay dinero disponible, redúcese aquella a una modesta manifestación, transcurriendo a veces catorce y más años sin que tenga efecto una solemnidad como la que voy a describir, y que en la ocasión presente ha sobrepujado a cuanto se ha hecho hasta ahora en Macao, matriz, metrópoli, casa solariega del festival en cuestión.
¿Cómo se arbitran los fondos? Como no puede copiar ningún pueblo que no tenga la buena fe, el patriotismo, el amor, en una palabra, del celestial a su enorme familia de cuatrocientos millones de individuos con coleta. Todo comerciante con tienda abierta está obligado a recargar cada objeto que vende en cinco sapecas (cada sapeca vale medio maravedí), que entrega religiosamente a una comisión económica, la cual se encarga de aumentar los productos con el interés que hace ganar al dinero y con los donativos espontáneos de los particulares, cuyos nombres figuran después inscritos en sendos papeles encarnados en el pabellón central del barrio chino. Desde el año 1868 hasta hoy se han recaudado sesenta mil pesos fuertes, que son los que se han invertido en alquiler de los objetos de ornamentación para la ceremonia: calcúlese por ahí el valor intrínseco de este Pactolo de oro, seda y luces.
Describamos, si podemos:
Una cruz griega forma la parte engalanada del Bazar; son dos calles perpendiculares que se cortan casi por el centro y a cada una de las cuales puede que el kilómetro le venga como a su medida. Unos armazones, o andamios de bambú, atados con hojas de la misma caña, y sin que en su sostenimiento entre un clavo, se elevan hasta por encima de las casas, produciendo en algunos sitios tres cúpulas superpuestas de una elevación como el cimborio del Escorial. Todo aquel armazón se cubre con lo que ahora diré; y el vecino a quien le tapan una ventana, ni se queja al alcalde, ni habla mal del gobierno; come a oscuras, y se calla.
Reviste el techo un lienzo de colores abigarrados con flores, hojarasca, animales y quimeras, del que penden tulipanes, peces, frutas e infinitas representaciones, que no son sino otras tantas linternas que le dan el aspecto de una bóveda tachonada de puntos luminosos. Hasta poco más de la altura de dos hombres, caen, sujetos por gruesas maromas, millares de lucernas, arañas, girandolas y quinqués, cuya forma no hay medio de describir ni por su variedad ni por su complicación. Voy a ver si, ciñéndome a una sola, logro hacerme comprensible. Figúrense los lectores la Catedral de Milán reproducida materialmente en madera, con siete metros de altura, y todo el resalte de filigrana de oro. El fondo para el profano es de esmalte azul; para el observador que lo toca y se convence de que la paciencia del hombre pueda llegar a tal límite, es de plumas microscópicas de alción o martín pescador, pegadas con cola. Añádansele centenares de estatuitas esculpidas en pirámides o en racimos como los grupos de los juegos acrobáticos; e iluminándola con doscientos globos de luz con colgantes o lágrimas de cristal de todos los colores del prisma, se sabrá lo que es una de estas lámparas, como se sabe que el punto que asoma en la lontananza del mar es un vapor, porque se ve el humo con el catalejo.
Sin que la bóveda se venga abajo por el enorme peso que resiste, sustenta además de todo lo que es luz, una asiática profusión de gigantescas mariposas, dragones colosales, caracteres chinos titánicos y un centenar más de variantes en ramos de flores; que no otra cosa son los tales monstruos sino la parte perfumada de la naturaleza, adornada con pedazos de espejo y cintas de seda y oro.
Nosotros decimos que todo pende de Dios, pero los chinos deben creer que todo pende del bambú; porque después de lo que dejo colgado, aún faltan unos centenares de cajones con veinte o treinta figuras de medio tamaño natural en cada uno, reproduciendo escenas de los dramas y entremeses más notables de la dramática celeste. La encarnación de los personajes es perfecta; el indumento riquísimo, y las armas, como el sable que le regalé a un sobrino mío en ciertas Navidades, y que, según él, era de buena verdad... de carne.
Las calles están cortadas a trechos por arcos de triunfo colgantes; pues son sin pies, no tienen más que un cornisamento y un gran friso, se estriban en las paredes y los sostiene el entablamento. Cada arco parece el puente de los Suspiros en Venecia.
Todas las fachadas de las casas están literalmente cubiertas, desde el zócalo hasta el alero del tejado, de ricas obras de talla, altos y bajos relieves, cuadros de algunos metros con figurillas hacinadas del color del lapislázuli, hojarascas de ricas maderas aromáticas, otras doradas, transparentes y adornos policrómicos, mientras cada puerta (que lo es de una tienda) se halla convertida en una pagoda con su altar en el centro, su ídolo, flores, pebetes y ofrendas de comestibles. A intervalos una música deleita al transeúnte (si es chino) con sus chirriantes ecos, o un juglar luce sus habilidades sobre un estrado.
Pero donde está la verdadera maravilla es en el pabellón principal; vasto recinto, colosal nave formando la cabeza de la cruz, y en el que, lo que ya llevamos visto, está centuplicado en profusión y en riqueza. ¿Qué hay allí? Yo no sé si podré explicarlo. Lucernas, cuadros, flores, relieves, esculturas, cincuenta mil nombres de contribuyentes o donantes, músicos, un teatro en el fondo con representación permanente y quince mil espectadores, además de otros dos coliseos que funcionan en las calles contiguas, y millares de macetas que parecen receptáculos de plantas y son vasos de prodigios: aquel arbolillo, que se tomaría por un juguete de Nuremberg, es un ejemplar liliputiense del corpulento ébano guardando todas las proporciones debidas en sus microscópicos detalles. Un arbusto que más allá simula un león hecho con astas de venado, es una raíz que a fuerza de mutilaciones, injertos, paciencia y sabiduría, ha tomado aquella forma en un transcurso de doscientos años tal vez, y con el concurso de seis o siete generaciones. Lo mismo digo del carácter chino que está a su lado; con la apariencia de una rama de boj recortado recientemente para aquella circunstancia, es no obstante un tronco con sus brazos y hojas educados desde hace siglos para concluir por simular el nombre de una divinidad, de un emperador o de un simple individuo. Que hay planta de ellas que vale dos mil pesos, no hay para qué consignarlo.
La calle termina por un inmenso altar a cada lado, defendido por dos gigantes de cartón; cuya cabeza, como los telamones del orden atlántico, sostiene el piso. En el pebetero que hay delante arde todo un tronco, de madera de sándalo. Relicarios de filigrana de algunos metros de tamaño, cajas y linternas de orfebrería, monstruos y quimeras de metal, apoyados en el suelo y enroscándose hasta la bóveda, cascadas de paños bordados de oro y sedas, vasos de jade y otras piedras preciosas; todo está allí hacinado, como si la mano de un Pluto invisible hubiera removido las entrañas del universo para hacer ante la humanidad el inventario de su riqueza.
Hablemos ya de la procesión. Esta en algunos casos suele ir por dentro; pero en el presente va por todas partes, porque es de rigor que pase por la casa de cuantos a ella han contribuido. No se extrañará por lo tanto que el desfile, que dura más de dos horas a paso de marcha, con raras detenciones de un minuto a lo más, empiece a las ocho de la mañana, termine a las seis de la tarde y tenga que reanudarse durante tres días consecutivos.
Relatar todo lo que va en ella y por su turno correspondiente, es tarea superior a mi asendereada memoria. El oro, la seda y los adornos que hemos visto en el bazar, constituyen su base. Pero asusta pensar que el traje más modesto de la comitiva no baja de doscientos pesos de valor, que pasan de tres mil los asistentes, y que no hay medio de contar las banderas monumentales de raso recamado de oro, los estandartes de sedas flojas, los parasoles de plumas de pavo real, los bronces suntuarios, vasos de jade, mármoles sanguinolentos, maderas preciosas y tanto y tan infinito detalle de un exagerado precio, ya por su rareza como por su antigüedad o mérito artístico.
Aunque variados hasta la saciedad, he aquí el patrón de los dos figurines, que dan la norma en esta especial indumentaria.
Las congregaciones de chinos ricos llevan el tradicional zapato de galera bordado; media blanca con polainas de cintas de seda de colores hasta la rodilla; calzón de satín blanco; blusa de lo, color de plomo claro; faja de gró muy ancha que forma como un delantal, y cuyos cabos bordados en seda y oro de relieves valen un dineral: cordón de torzal grana en la coleta y esta enroscada sobre la frente; un sombrero tártaro de paja, igual a los paveros de España, forrado de gró, y con caracteres y adornos de terciopelo y oro en la copa; y el inseparable abanico de plumas de cisne, ensartado en la cintura por detrás, lo que les da el aspecto de una cola de palomo.
Todos llevan su correspondiente culi o criado portador del banquillo para reposarse en las paradas.
El otro traje yo no lo sé explicar. Se compone de una túnica y una sobretúnica bordadas; mejor diré, empedradas de oro y plata, comparables tan solo, aunque más ricas, a los vestidos de luces de nuestros toreros. Los sombreros, ya representando un enorme tulipán con franjas de seda, ya un capacete o casco con aletas y plumas de faisán, son de lo mismo, y el efecto general es el de un ejército de astros.
Con ellos alternan los mandarines modernos en traje de gala, con vestas y capacetes de seda del mismo color en cada individuo, y mil reproducciones del iris entre todos; los bonzos, de cabeza rasa, y los ejecutores de la justicia (séquito de los grandes personajes), con sus hopalandas negras, uno como cencerro de mimbre oscuro en la cabeza, y portador cada cual de un instrumento de suplicio.
A las banderas, grandes como las de los gremios valencianos, suceden niños a caballo en traje de emperadores de la dinastía de los Ming. Detalle curioso; entre las cabalgaduras figuraba un pollino, especie rarísima en estas regiones. A aquellos siguen timbaleros redoblando sus tamboretes de metal (porque aquí se puede repicar y andar en la procesión); andas con objetos raros, perfumes, pagodillas, músicas, angarillas con comestibles y bebidas para los que tengan necesidad de reconfortar sus fuerzas; armarios con trajes para reponer los desperfectos, cuadros de talla, lemas, parasoles de flores naturales, y multitud de centenares de representaciones humanas, simbolizando pasajes de su teogonía, cuya explicación no es de este lugar, pero cuyo efecto sorprendente no puedo dejar de transmitir.
Imagínense los lectores un pescador y una tancalera colocados de pie sobre un torniquete giratorio; él echa las redes, ella rema; ambos dan vueltas como la tablilla de un barquillero, y ninguno se cae ni oscila, a pesar de ser párvulos como todos los actores de esta especie de autos religiosos.
Otra de las andas es una mujer que se abanica mientras que un mandarinete se sostiene en equilibrio sobre el país del abanico.
Ya un anciano tao-tsé ve brotar un guerrero de su dedo índice, ya una virgen se posa sobre la cabeza de una paloma viva, ora dos héroes cruzan sus partesanas y sostienen terrible lucha en el aire, o un Buda en fin apoya un pie en los pétalos de un lotho mientras en su infantil mano se yergue su elegido, que vuela a la región de los espíritus descartado de su envoltura material. No se ve ni un alambre, ni el menor asomo de mecanismo: aquello asombra.
Precedido de un lujoso acompañamiento y al son de atambores (algunos del tamaño y configuración de una pipa de cien arrobas sobre la que pegan a quien más puede dos robustos mancebos), aparece el dragón cornúpeto; monstruo de cartón con escamas de oro y marabus en las articulaciones, con cincuenta metros de longitud, tres mil duros de coste, y admirable obra de atrezista cantonés. Es llevado por treinta hombres, que ejecutan con él variadas evoluciones, y el público le saluda con cohetes y petardos, que se confunden con los acordes de la música que graciosamente y en honor del pueblo chino, ha dispuesto el señor gobernador de la colonia que toque a su paso por delante del palacio. El reptil, en cambio, recorre todo el vestíbulo, pues sabido es que donde mete la cabeza el tal animal sagrado, entra la felicidad.
Cierra la marcha la guardia de honor, ostentando armas blancas de una rareza que casi frisa en extravagante. Lanzones, partesanas, pinchos, medias lunas, harpones, horquillas, machetillos y adargas de mimbres son los objetos más salientes de aquella hoy ya inocente armería.
Y aquí da fin este desaliñado relato hecho a vuela pluma, para que no pierda su sello de oportunidad.


Los chinos dentro de casa. Visita a una familia rica. — La habitación. — El mobiliario. — El banquete. — Elaboración del té. — Uso del opio.
Macao, 10 de marzo de 1882.
Mi querido amigo: El tiempo y el comercio se han encargado de destruir la preocupación con que los celestiales miraban a los europeos. Hoy encuentran que sus dollars son excelente lazo de unión, y gracias a las transacciones mercantiles, las puertas de la casa china no están ya cerradas al diablo blanco, mote de todo occidental. El gineceo continúa siendo inaccesible; pues sabido es que las hijas de Eva no son aquí visitadas sino por los parientes íntimos, ni salen a la calle más que para llenar deberes de cortesía, y aun eso en palanquín cerrado y con previo anuncio. Ello no obstante, como satisfacción de una curiosidad y con alguna influencia, consigue uno ingerirse hasta el santuario de las mujeres, acompañado, como es natural, del gallo del gallinero. Mi mujer y yo hemos tenido la dicha de ser recibidos por la familia de un miembro de la alta banca, y creo que será grato conocer mis impresiones sobre el particular.
Como en China el ir a ver a una señora no es aquello de «me voy a pasar un ratito con fulana,» como sucede en nuestros países, sino que el acto, sobre poco frecuente, reviste el carácter de una solemnidad, es preciso tomar día, pedir audiencia como si dijéramos, y acompañar la solicitud con un regalito de tanta más monta, cuanto mayor es la categoría del visitante.
***
Las viviendas ya tengo dicho que están a cubierto de la curiosidad pública; así es que tienes que atravesar uno o más patios para encontrar la puerta de la casa, donde el dueño te está esperando, y en la que te recibe con las cortesías propias de su ceremonial. Consisten estas en juntar las manos sobre el pecho, como el oficiante católico al dirigirse al ara, pero con los puños cerrados, que agita repetidas veces al mismo tiempo que inclina la cabeza. Apenas transpuesto el umbral, se tropieza con un gran biombo o mampara, último tapujo del interior, en que alineadas y puestas sobre pies derechos, se destacan unas planchas (a veces quince o veinte) pintadas de encarnado y con letras de oro acusando el nombre, títulos, cargo y dignidades del morador.
El zaguán, que en algunas partes es un patio cubierto alrededor con su impluvium en el centro, a la pompeyana, constituye el estrado del marido. Allí me recibió el banquero, mientras su primera esposa, acompañada de una hermanita suya, de sus hijas, y de su servidumbre (entre la que hay que colocar a las concubinas de su esposo), apareciendo en lo alto de una escalera, se llevó a mi mujer y a la del señor que me servía de intérprete, a las habitaciones superiores.
La disposición del mobiliario es igual en todas partes. Las sillas, grandes sitiales de tamarindo, de la forma de nuestros sillones de baqueta, pesados como el plomo y negros como el ébano, tienen el asiento y el respaldo de piedra cuyas vetas —simulando montañas y paisajes— les dan un valor fabuloso. Cuando el personaje es muy rico, los muebles están cubiertos de paños color de grana, con bordados de oro y sedas. Arrimados a la pared, de la que nunca se separan, a cada dos sillones sucede una mesita alta, estrecha y con tres estantes, que sirve de pedestal a un jarrón de flores, y de apoyo al té y los dulces con que el que visita es obsequiado apenas llega. Frutas escarchadas, entre las que figuraban guisantes en su vaina, cigarros y otras golosinas, nos fueron ofrecidos en una bandeja circular con radios que constituían otros tantos casilicios. Mi anfitrión se entretuvo mientras hablaba en roer unas pepitas secas de sandía, con cuyos desperdicios, expelidos ruidosamente de la boca, ensució mi Hou-lon, rico cha, como aquí se llama al té, presentado en tazas sin asas, provistas de una cobertera que uno entreabre para beber con la misma mano con que la sostiene, y cuyo objeto es impedir el sorber las hojas que flotan en el líquido.
El chino no usa el agua como bebida; el consumo, por lo tanto, de cha, es incalculable; no le ponen jamás azúcar, ni emplean más que el negro. Su precio varía, desde diez reales hasta treinta y dos duros la libra. Este es el mandarín, que se vende en manojitos de la cantidad de cada toma, atados con cintas de colores.
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Allá va una sucinta reseña sobre la elaboración del té. Recibido en las fábricas, todavía fresco, se escogen sus infinitas variedades; sométesele a la acción del fuego en unas colosales cacerolas, como las perolas de hilar la seda, y agitándolo constantemente, espérase a que las hojas queden contraídas por la torrefacción. El que posee aroma propio no sufre nuevas operaciones; al inodoro se le perfuma después con unas fumigaciones de azahar, de jazmín y otras olorosas flores, y encerrado en cajas de plomo, recubiertas de otra de madera, se le exporta. El verde procede de unas hojas superiosísimas, que se tuestan muy poco; pero como la cosecha es escasa y el consumo en Europa grande, se le falsifica como los vinos de Lebrija, las Cabezas, Valencia y Cataluña, que tomamos por Jerez y Burdeos. Los ácidos son la base de aquella mistificación, contra la que hay que ponerse en guardia.
El espíritu de especulación lleva tan lejos a los chinos, que los agentes de las casas europeas necesitan ojos de Argos para no caer en las mil y una añagazas que les tienden los celestiales. La prueba del té destinado a la exportación, es muy curiosa. Tómanse unos puñados de diversas calidades extraídos de cualquiera caja al azar; colócanlos en unas cubetas bañadas de luz zenital, que penetra por un enorme embudo de madera fijado en la ventana donde se apoya el mostrador. Pésase un tael (próximamente una onza) de cada montón, y se deposita en tantas teteras como especies han de analizarse, y que, numeradas como las tazas que tienen delante, corresponden a las cubetas. Echase encima el agua hirviendo, y transcurridos los cinco minutos que marca un diminuto reloj de arena, viértese el licor en los pocillos y los residuos pasan al mostrador junto con el puñado correspondiente. Entonces se escudriña con minuciosidad la diferencia entre el cha en crudo y el poso de la infusión. El color acusa la frescura de la hoja. Si esta, al desrizarse queda entera, es prueba de que no se la ha hecho servir ya, porque en China, donde nada se desperdicia, recogen los detritus del té y lo venden a los fabricantes, para mezclarlo con el virgen. La sed de ganancia hace que también el europeo, cuando no hay abuso, pero sí rebaja de precio, pase por esta mala fe, que no sospechan los consumidores de Occidente; pero en cambio son muy rigurosos con el peso, por lo que, provistos de un imán muy potente, lo restriegan por los montones de las cubetas, y extraen de ese modo las limaduras de hierro con que se mezcla el artículo. Ahora bien; problema: Cuando un enfermo se propina en España una taza de Pei-Kó, ¿qué es lo que cura, el té, la herradura o las babas de chino que por tercios entran en su composición?
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Reanudemos nuestra visita, en la que es de rigor permanecer cubiertos, porque ya sabes que aquí todo se hace al revés que entre nosotros. El primer cumplido que te espeta el dueño de la casa es decirte que pareces un viejo; la senectud es para el celestial la condición más respetable. Todo lo que es tuyo lo eleva a las nubes con hipérboles extremadamente orientales, y lo que con él se relaciona lo pone a los pies de los caballos. Si le encomias la buena disposición de la casa, te contestará que vive en una pocilga, y si le alabas la hermosura de su mujer, te argüirá que es una bruta (sic).
Después nos hizo pasar a sus oficinas de comercio, donde, con el cajero, tenedor de libros, dependientes y mozos de carga, nos congregamos alrededor de una mesa, abandonándonos a un expansivo banquete de todo género de sucia pastelería.
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Como creo que ha de interesarte el relato de una comida a su usanza, voy a permitirme esta digresión. Las mujeres no asisten; la confusión de ambos sexos es degradante para el fuerte, que ve en la madre de sus hijos una esclava y no una compañera. Cada mesa no puede contener más de ocho personas; por consiguiente aquellas se multiplican en proporción del número de convidados. Manteles no los hay; en cuanto a servilletas, cada uno va provisto de un pañuelo de seda que hace sus veces. Los manjares están ya servidos en grandes escudillas de porcelana, rodeadas de otras más pequeñas para las salsas y jugos con que han de adobarse, y que vierte el comensal con una cucharilla de loza, cuando no pringa en el líquido condimento el bocado que, por ser muy grande, ha tenido que llevar tres o cuatro veces a la boca. Una taza sin asas, para los comestibles, y otra microscópica para el único vino que ellos beben, extraído del arroz y perfumado con una esencia, constituyen la vajilla. El cubierto son los célebres palillos, llamados fachi, que colocan uno en la bifurcación del pulgar y el índice, y otro entre el índice y el anular, mientras el del corazón y el meñique funcionan, a guisa de muelle, para abrirlos y cerrarlos como unas tenazas. Con este aparato cada cual toma de la vasija común el pedazo que más le apetece, y lo traslada a la suya parcial, después de multitud de paseos y baños por las diferentes salseras.
El sitio preferente es el de la izquierda. He aquí ahora el orden del menú: abren la marcha los dulces y las frutas. Síguense a estos las cuatro entradas de manjares finos, entre los que figuran los deliciosos cangrejos con huevos, las no despreciables aletas de tiburón, las insípidas pechugas de codorniz y los repugnantes nidos de pájaro, que nosotros llamamos de golondrina. Este refinamiento culinario, que se paga a peso de oro, son verdaderos nidos de un pajarillo, que se encuentra en Java. Formado de tallos y yerbecillas, se los limpia de plumones y otras adherencias, y deshechos por la cocción, quedan reducidos a una sustancia gelatinosa, con la que mezclan almendras de varias frutas, y de la que, a pesar de sus condiciones pectorales, no he podido intentar una segunda prueba. Su nombre es ning-vo.
A estas delicadezas suceden los platos fuertes. Manos de cerdo rellenas, chuletas azucaradas, patos salados y prensados, que saben a jamón, faisanes que en Shang-hai valen a dos reales pieza, corzo y pescados ahumados. La salazón abunda en su cocina, lo que produce escrófulas y asquerosidades a que la pluma se resiste. Excuso decirte que, dado el cubierto, todo tiene que presentarse hecho pedacitos; y que si algo hay que trinchar, los dedos se encargan de la operación.