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El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis

El Anacronópete (continued 3)

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Y acompañando la acción a la frase puso entre las suyas la mano de Clara que, asustada, la retiró, pidiendo que la explicaran tan brusca acometida. La traducción que Benjamín les hizo de la exigencia del monarca sublevó a la pupila y exasperó a don Sindulfo, que en vano había puesto en las autoritarias leyes del imperio la esperanza de ser el esposo de su sobrina.

—Dígale usted que no se ha hecho la miel para la boca del asno —argumentaba la maritornes. Y todos, menos el políglota, se disponían a protestar tumultuosamente, cuando la idea de poder perder la vida si se obstinaban en rehusar, sugirió a don Sindulfo un plan conciliador.

—Finjamos ceder —dijo por lo bajo a los suyos—, y una vez restituidos al Anacronópete, a donde pediremos que se nos conduzca para disponer los trajes de ceremonia, nos ponemos en movimiento y que nos echen galgos.

Las muchachas asintieron a la proposición; pero Benjamín se resistía porque la fuga le privaba del secreto de la inmortalidad tan codiciado. Sin embargo, no tardó en avenirse aparentemente, pues abrigaba el proyecto que más tarde se verá.

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Entre tanto el emperador organizaba con su ministro la manera de desembarazarse de los embaucadores, en cuanto la autoridad del jefe de la familia (tan ineludible en China para el matrimonio) le concediese el honor a que aspiraba.

El ritual chino prescribe que la novia quede en su casa hasta que la comitiva nupcial vaya en su busca para transportarla a la del marido. Determinóse, pues, que los viajeros volviesen a su morada de donde al día siguiente por la noche iría a sacarla el cortejo imperial.

Despidiéronse todos de Hien-ti y de su ministro; y, acompañados de una guardia de honor, para custodiar exteriormente el Anacronópete, y de multitud de esclavos cargados de provisiones y presentes, se encaminaron los anacronóbatas al vehículo cuya puerta abrió Benjamín entrando en él el primero.

En cuanto los servidores se hubieron retirado y los centinelas esparcido por los alrededores del coloso, a distancia respetuosa, don Sindulfo tocando el regulador y soltando una carcajada:

—No dirán que no los engañamos como a chinos —exclamó.

Pero de pronto quedóse pálido; el engañado era él. El aparato eléctrico no funcionaba. Estaban reducidos a prisión.

Viñeta ornamental
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Ilustración de cabecera de capítulo
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CAPÍTULO XIV

Un huésped inesperado

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Triste, como la misma noche triste de Hernán Cortés en la víspera de la batalla de Otumba, fue la pasada a bordo del Anacronópete por los expedicionarios. Clara, la más digna de compasión sin duda, no hacía sino llorar y preguntarse, en su situación desesperada, qué delito había cometido para ser directa o indirectamente la víctima expiatoria de todos los caprichos del destino inexorable. El tutor protestaba de su buena fe en las circunstancias presentes, puesto que su plan al acceder había sido burlar los designios del emperador emprendiendo la fuga; pero sus buenos propósitos, que no encerraban más que una mira egoísta, se estrellaban contra una fuerza mayor que los reducía a la inmovilidad contra todas las previsiones de sus cálculos científicos.

—Una solución de continuidad no es la causa de la paralización, puesto que las corrientes circulan sin impedimento; decía el sabio fundándose en las observaciones que él y su amigo habían hecho repetidas veces en el vehículo y sin sospechar que Benjamín pudiera hacerle traición.

—Me juego la cabeza de usted —argüía Juana a su señor— a que si llamamos a un herrero chino nos dice en seguida en qué consiste la atascadura del carro. ¡Vaya! Que han quedado ustedes lucidos delante de su majestad. Alumbre usted su inteligencia, hombre, ya que, según le ha probado a usted el emperador, lleva usted una fábrica de gas en su persona.

Don Sindulfo miraba a su amigo en demanda de consejo; pero Benjamín permanecía mudo como todo el que tiene sobre su conciencia algún delito de que no se arrepiente y cuya responsabilidad procura eludir con el silencio. Y en efecto, la culpa de aquella situación era exclusivamente del políglota. Verdad es que él ignoraba los proyectos de Hien-ti sobre la parte masculina de la tripulación y confiaba en que un subterfugio cualquiera restituiría a Clara al Anacronópete a fin de escapar apenas terminase la ceremonia, pero la ciencia es tan egoísta que todo lo juzga anima vili cuando se trata de un experimento; y la idea de perder el secreto de la inmortalidad, si abandonaban la China del siglo III, podía más en él que las contingencias a que, si se quedaban, exponía a sus compañeros de infortunio. Así es que entrando el primero en el Anacronópete, como hemos visto, colocó capciosamente una jícara de porcelana entre los conductores del fluido y el volante, con cuyo aislador perdida la corriente eléctrica, el aparato dejaba de funcionar. Cada vez que don Sindulfo, sin sospechar la asechanza de su correligionario, verificaba con él un reconocimiento, Benjamín, afectando oficiosidad, se adelantaba y escabullía el pocillo con un hábil escamoteo, volviéndolo a ingerir en cuanto el sabio, convencido de que no había ningún obstáculo, pasaba adelante para poner en actividad el mecanismo.

Agotados todos los recursos técnicos se pensó seriamente en desertar; pero ni era posible realizarlo con éxito, toda vez que la guardia afecta a su servicio tenía la orden de no abandonar un instante a los viajeros sospechosos, ni aun suponiendo posible la evasión mejoraban su precaria suerte; pues advirtiendo su ausencia, poco habían de tardar en dar alcance a los fugitivos. Además existía otra razón poderosa para oponerse; y era que no podían abandonar el Anacronópete sin correr el riesgo de permanecer indefinidamente a más de mil seiscientos años de distancia de su edad; cosa que hubiera sonreído a don Sindulfo si las circunstancias locales le hubieran permitido realizar su desideratum de imponer a la pupila su conyugal yugo.

Tomóse pues la resolución de esperar a que la Providencia les enviara con la luz del nuevo día algún rayo de esperanza, y rendidos por la fatiga se recostaron en sus lechos.

La noche fue larga como de dolor: cada cuarto de hora el grito de los centinelas cortaba la monotonía del silencio interrumpido además a intervalos por unos golpes secos como los que da el martillo sobre el clavo. El ruido parecía subir de la cala y, temiendo alguna invasión de los celestiales, don Sindulfo y Benjamín bajaron a la bodega; pero aunque permanecieron allí más de quince minutos, no volvieron a oír los martillazos que no obstante se reprodujeron apenas restituidos a sus habitaciones.

—Es por este otro lado sin duda —exclamó Benjamín.

—Sí —interpuso el sabio—. Algún arco de triunfo que nos preparan.

Y absortos en sus pensamientos quedáronse ambos aguardando la aurora que no tardó en venirlos a saludar con una sonrisa que parecía feliz augurio de esperanza. Pero el día, sin detenerse en su carrera, seguía su curso no solo desprovisto de todo medio de salvación, sino devorando en cada minuto una ilusión de los viajeros.

Al anochecer espiraba el plazo de las cuarenta y ocho horas prescrito por la ley para el luto nacional, y acto continuo la nueva emperatriz debía dirigirse al yamen a compartir el trono con el soberano.

Desde muy temprano fue visitado el Anacronópete por la servidumbre de Hien-ti, que, con opíparos manjares, ricos presentes y trajes de boda, a la usanza china, para todos los expedicionarios, estaba presidida por King-seng, maestro de ceremonias de la corte y joven simpático, de gallarda apostura, a quien todos otorgaron una preferencia espontánea, no sé si por el sello de tristeza que llevaba en el semblante o por las atenciones que guardaba a los cautivos.

Por fin al declinar la tarde llegaron las esclavas y los eunucos encargados de vestir y aderezar el tocado, así de la contrayente como de su séquito, lo que quería decir que la hora había sonado de abandonar toda esperanza. La desesperación, último baluarte del impotente, se apoderó de los expedicionarios. Clara y Juanita abrazadas en un rincón se resistían heroicamente a entregar sus cuerpos a aquel para ellas fúnebre atavío. Don Sindulfo con los ojos extraviados incitaba a su amigo a que protestase de aquella violencia en el idioma de Confucio, como él lo hacía en el más enérgico aragonés. Benjamín, sin arrepentirse de lo hecho, empezaba a experimentar cierta compasión por sus correligionarios; y todo era lamentos, confusión y desorden cuando el maestro de ceremonias, mandando salir del laboratorio a la servidumbre y tomando aparte a los viajeros:

—Desgraciados —les dijo— no temáis; yo os salvaré.

Júzguese de la sorpresa y de la alegría de los cuatro ante las palabras de King-seng, cuya traducción les iba haciendo Benjamín. Clara le estrechaba las manos, don Sindulfo le daba gracias en latín por si las humanidades habían llegado hasta el celeste Imperio, y Juanita le largó un abrazo a la usanza de Pinto que casi lo derriba.

—Silencio, imprudentes —prosiguió el ángel tutelar de los desahuciados—. Evitad que nos oigan. El emperador os ha tomado por Tao-sse venidos a Ho-nan para renovar las luchas de los gorros amarillos y se propone exterminaros apenas verificada la ceremonia nupcial. Esta boda no la lleva a cabo más que para saciar un grosero apetito, toda vez que una ley reciente le prohíbe aumentar el número de sus concubinas.

—¡Qué horror! —balbucearon los reos.

—Sí; pero aquí estoy yo que lo sé todo.

—¿Cómo? —inquirieron los circunstantes estrechando el grupo.

—Hace como diez lunas que llegó de Occidente un hombre fugitivo. Oculto en Ho-nan encontró medio de ponerse en contacto con la emperatriz Sun-ché, la esposa mártir del opresor. Lo que le dijo lo ignoro; pero la augusta señora, que me honraba con sus confidencias, me dio a comprender que aquel hombre era el que en sus apotegmas dice Confucio que traería de Occidente la revelación de su doctrina y que, en efecto, le había ofrecido la inmortalidad.

—¡La inmortalidad! —repitieron todos escuchando con interés creciente un relato que justificaba la monomanía de Benjamín.

—Sí —prosiguió King-seng—; para ella y para los suyos. La emperatriz me encargó de crear prosélitos y ordenó al misterioso personaje que hiciese venir de sus apartadas regiones algunas familias que alimentaran y propagasen sus luces. Vosotros sois sin duda los primeros en acudir al llamamiento y yo os brindo con mi protección.

La oferta tenía demasiada importancia para que nadie se atreviera a destruir la suposición del maestro de ceremonias; así es que viendo en ello su salvación, se convinieron en seguirle la corriente, y sobre todo el políglota que tocaba la meta de sus aspiraciones.

—¿Y ese occidental dónde encontrarle? —preguntó Benjamín.

—La desgracia os persigue —adujo King-seng—. Ha muerto.

—¡Muerto! —exclamaron todos fingiendo una profunda aflicción.

—Pero vosotros proseguiréis su obra. Hace dos días el emperador, que ya miraba a su esposa con malos ojos por creerla sectaria de los Tao-sse, sorprendió al extranjero en conferencia con la emperatriz; y al oír que la brindaba con la inmortalidad, acabó por convencerse de que ambos pertenecían a la secta de los embaucadores. Tsao-pi, su primer ministro y jefe del partido de los letrados, pidió venganza; y, mientras el occidental era aserrado en la plaza de las ejecuciones, anunciábase al pueblo, para el que es un arcano cuanto en palacio ocurre, que Sun-ché había sucumbido repentinamente; pero la infeliz había sido enterrada viva en las mazmorras del yamen por orden de su despiadado esposo.

—¡Qué inhumanidad! —arguyeron los oyentes a excepción de Benjamín que parecía absorto en profundas reflexiones.

—La indignación ha dado un grito en el pecho de todos los parciales de la emperatriz, que aún es posible que exista, porque ese género de muerte es lento. Pero animada o cadáver la sacaremos de su tumba, para lo cual, mis secuaces reunidos, harán que estalle la rebelión mientras se celebre el banquete nupcial. Vosotros desechad todo temor; yo me encargo de protegeros con mis tropas; pero disponeos al ceremonial secundando así mis planes, pues la menor sospecha puede perdernos. Confiad en la gente que he traído para vuestro servicio. Me obedecen con absoluta abnegación. Andad, que la hora avanza.

La idea de una lucha con resultados desconocidos no era en verdad halagüeña para gentes pacíficas, ajenas a los intereses del imperio; pero su situación particular se presentaba tan erizada de peligros insuperables, que no titubearon en decidirse por el término del dilema que les ofrecía alguna probabilidad de éxito.

Llamada la servidumbre dejáronse ataviar con todo el esplendor debido a su rango, y aun sazonada estuvo la tarea con algunos chistes, pues no hay que olvidar que eran españoles los que corrían tamañas contingencias.

Concluido el tocado, un ruido infernal de tamboriles, címbalos y el obligado gong o campana china, además de multitud de linternas de caprichosa estructura que por los abiertos discos divisaron, les anunció que la comitiva imperial llegaba a las puertas del Anacronópete, donde se detuvo, pues el ritual prescribe que no se invada el domicilio de la virgen.

—Adelante —exclamó King-seng tomando de la mano a Clara para conducirla a la litera en nombre del emperador.

—¡Adelante! —gritaron todos poseídos del entusiasmo que infunde la esperanza.

Y atravesando estaban la bodega para ganar el portón, cuando unos golpes secos y repetidos obligaron al séquito a pararse en medio de la estancia.

—¿Qué es ello? —preguntó el maestro.

—¿No habéis oído? —repuso Benjamín.

—Sí. Parece que alguien llama.

Y como todos prestasen atención, los golpes se reprodujeron con mayor insistencia.

—¿No advertís? —hizo notar Clara—. Resuenan por este lado.

—En la caja —añadió Juanita consultando con los ojos al anticuario.

—¡Cómo! ¿En la de la momia? —balbuceó don Sindulfo tan asombrado como sus compañeros.

En esto, Benjamín que había permanecido en la actitud de la meditación:

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—Sí; eso es —articuló, dándose un golpe en la frente.

—¿El qué? —prorrumpieron todos en coro.

—Que retrogradando hemos llegado al período en que la emperatriz aún vivía, si bien enterrada, y mi momia no es sino la desgraciada consorte del emperador Hien-ti.

Y dirigiéndose estaba ya al sarcófago, cuando un nuevo golpe más formidable que los otros hizo saltar los goznes de la caja, y una hermosa mujer en toda la lozanía de la juventud salió de aquel lecho de muerte.

—¡Sun-ché! —gritaron todos los chinos reconociéndola y prosternándose ante la maravillosa aparición.

—¡La emperatriz! —repitieron los atónitos expedicionarios.

Juanita no decía nada; pero en conciencia empezaba a sospechar que los sabios no eran tan estúpidos como ella se figuraba.

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Ilustración de cabecera de capítulo
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CAPÍTULO XV

La resurrección de los muertos antes del Juicio final

V
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Venganza! —fue la primera frase que articuló la emperatriz al verse rodeada de los suyos.

—¡Venganza! —repitieron sus parciales aclamando a Sun-ché.

—Dejad —prosiguió la egregia dama— que bese las rodillas de la criatura que ha velado por mi existencia.

Y sus ojos arrasados de lágrimas se posaron con gratitud en King-seng.

—No es mía desgraciadamente la honra de haber salvado vuestros preciosos días —replicó el maestro de ceremonias que, no explicándose de otro modo la presencia de la emperatriz en el Anacronópete, supuso desde luego que sus tripulantes, más felices que él, habían logrado con astucia sacar de las mazmorras a la víctima inocente de Hien-ti.

Los viajeros, aunque sabían que la momia encerrada en un sarcófago de alcanfor de época harto remota para poder resistir victoriosamente la acción retrógrada del tiempo, debía su resurrección a la circunstancia de no estar sometida a la inalterabilidad, dejaron al mandarín en su creencia, tanto por lo que tenía de racional, cuanto por lo que favorecía sus planes.

—¡Cómo! ¿Son estos? —adujo la emperatriz al enterarse de la situación y besando con transportes de gozo a Clara y a Juanita; con gran contentamiento de la última que por primera vez se veía objeto de las caricias de una soberana.

—Sí; estos son los que han roto vuestras cadenas. Desgraciadamente llegaron tarde para librar de la muerte al occidental su hermano, que como no ignoráis os precedió en el suplicio.

—¡Pobre mártir! —articuló Sun-ché tributando un triste recuerdo al que fue su mejor amigo.

Pero de pronto, levantando sus hermosas pupilas negras y fijándolas en don Sindulfo y en Benjamín que, con fruición arqueológica, saboreaban aquel triunfo de la ciencia,

—Es extraño —repuso—. Yo os he visto antes de ahora. Vuestras facciones despiertan en mí un recuerdo vago y confuso que no acierto a precisar.

—¡Ca! No lo crea Usía —interrumpió Juana—. Si estos moscones no se separan de nuestro lado. Son dos granos malignos que nos han salido a la señorita y a mí.

El políglota, buscando la lógica de tamaño fenómeno, supuso, y así se lo comunicó a su amigo, que la momia al volver a la vida los había visto en la bodega a través de algún resquicio de la caja; pero que, expuesta a síncopes frecuentes antes de entrar en la plenitud de la existencia, había perdido la noción del tiempo en sus alternativas de insensibilidad, atribuyendo así a épocas remotas sucesos recientes. Error craso, como se probará en el curso de esta inverosímil historia.

—¿Pero qué significa esta música? ¿Qué anuncian estos aprestos de fiesta? —preguntó Sun-ché al oír unos golpes de gong con los que se daba a entender a la comitiva que la hora avanzaba y que la paciencia del emperador tocaba a su término.

Entonces King-seng narró lo ocurrido y puso al corriente a su soberana de cómo Hien-ti, pretextando al pueblo su muerte por accidente natural, se disponía a celebrar segundas nupcias con la extranjera a cuyos parientes había ofrecido, en cambio del consentimiento, el secreto de la inmortalidad.

—Miente el infame —exclamó con voz de trueno la emperatriz—. Lo que medita es vuestro exterminio; pero no lo conseguirá.

Y por un instintivo movimiento se abrazó a don Sindulfo como para defenderle de toda asechanza.

—No hay más; la ha flechado —dijo Juana a su señorita—. A ver si así la deja a usted de mortificar ese sinapismo.

—No lo conseguirá —replicó el maestro de ceremonias—; porque presintiendo que aún no habíais exhalado el postrer suspiro, vuestros parciales solo aguardan a que dé principio la ceremonia para provocar la rebelión.

—Pues bien, marchemos; yo os guiaré al combate.

—Poco a poco —objetó Benjamín, a quien el bélico entusiasmo de la augusta señora cercenaba las probabilidades de éxito si, vencidos en la refriega, no podía hacerse dueño del talismán que tanto ambicionaba—. La prudencia dicta meditar bien el caso antes de abandonarse a una aventura peligrosa.

—Sí —adujo King-seng—. Vuestra egregia persona no debe exponerse. Todo está ya previsto para caer oportunamente sobre el tirano cuando menos lo presuma. No por anticipar el triunfo lo convirtamos en derrota.

—Esperemos a que nos libre el arcano de la inmortalidad.

—¿La inmortalidad? —inquirió con cierto orgullo la emperatriz—. ¿Y qué sabe él de ella? Os ha mentido. Yo sola poseo las pruebas que me dio el occidental y que he sabido sustraer a las requisas de Hien-ti ocultándolas en lo más recóndito del palacio.

—Con doble motivo debéis proceder con cautela si vuestro objeto es recuperarlas; pues no imagino que queráis dejar ignorada tan preciosa conquista.

—¡Oh! No. Decís bien. Es preciso aclarar ese enigma cuya solución parece hallarse en Occidente.

—¡Cómo! —interrogaron todos.

—No es este el momento de las explicaciones —continuó Sun-ché—. La noche avanza y el tirano debe estar impaciente. Seguid a la comitiva; fingid doblegaros a los proyectos del emperador. Yo os precedo a palacio para hacerme con las pruebas; y en cuanto la ceremonia comience en el patio del Dragón, me presento a mis secuaces; tras breve lucha os apoderáis de Hien-ti y, libertando al pueblo de un opresor, yo os indicaré quién debe compartir conmigo el trono de Fo-hi.

Y así hablando, lanzó una mirada a don Sindulfo que heló a este la sangre en las venas, y le valió el que su criada le dijese al oído:

—La suerte no es para el que la busca sino para el que la encuentra. ¡Viva don Pichichi primero! ¡Valiente rey de bastos va usted a hacer!

Todos iban a prorrumpir en una aclamación; pero Sun-ché imponiéndoles silencio, vistióse, para no ser reconocida, las túnicas de una esclava; y seguida de dos eunucos de su confianza absoluta, salió del Anacronópete. King-seng llevando de la mano a Clara la condujo al palanquín; y cerrado este con llave, la música hirió el espacio y el cortejo nupcial tomó lentamente, entre la apiñada multitud, el camino del yamen.

Catorce patios había que atravesar para dirigirse a las habitaciones imperiales, siendo el llamado de honor el inmediato al cuerpo del edificio. En el centro se hallaba el dragón sagrado, monstruo fundido en bronce con las fauces abiertas rasantes al suelo y la cola enroscada perdida en las alturas. Limitaban el área innumerables kioskos que servían de tribuna en las grandes solemnidades para los mandarines y dignatarios de alto rango y que formaban, por decirlo así, escolta al templete imperial al que solo el monarca, su familia y su primer ministro podían tener acceso.

Todas estas fábricas, como el yamen que abierto a cuatro vientos se erguía en el fondo sobre una suntuosa escalinata de mármol con adornos de jade sanguíneo, estaban profusamente iluminadas con miles de linternas de múltiples formas y dimensiones: ya un tulipán y una rosa robaban sus colores a la naturaleza, ya un enorme globo a través de sus paredes hechas de arroz con toda la transparencia del cristal, lucía figuras de movimiento. Junto a un pez de luz que agitaba sus natatorias y coleaba, veíanse dos gallos que libraban entre sí descomunal combate. Ora eran dos medias sandías las que luciendo su rojiza pulpa pendían de un arquitrabe, ora una langosta la que contrayendo y dilatando sus articulaciones coronaba el vértice de un frontón. Gomas odorantes se consumían en centenares de pebeteros; escudos de flores simulando mariposas e insectos alados embalsamaban el ambiente. La entrada estaba custodiada por los dioses porteros: dos gigantescas figuras de siniestra faz, de musculatura titánica y de una riqueza indumentaria solo comparable con su candor artístico. La guardia de doncellas rodeaba el templete del emperador; las demás fuerzas militares con sus arcos terciados y sus partesanas en reposo ocupaban el segundo término. La baja servidumbre del palacio invadía el graderío.

—¿Estás seguro de lo que dices? —murmuró por lo bajo el monarca a Tsao-pi para evitar el ser oído por sus tres concubinas oficiales que detrás de él tomaban asiento.

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—¡Sun-ché! —exclamó toda la corte

—No tardaréis en convenceros ante la evidencia. La rebelión debe estallar esta misma noche en el yamen; pero será sofocada, yo os lo juro. Los rebeldes me son conocidos y mis precauciones están tomadas.

—¿De modo que esos impostores eran realmente sectarios de los gorros amarillos?

—Y parciales de la emperatriz.

Aquí llegaban en su diálogo cuando la comitiva nupcial empezó a trasponer con solemne paso el patio de honor, y a la voz de alerta cada cual se aprestó a llenar su cometido. Linternas y banderolas componían el fondo de esta procesión terminada por el palanquín de la desposada, a cuya puerta caminaba de vigía el maestro de ceremonias delegado por el augusto consorte para la presentación. Don Sindulfo, Benjamín y Juana hacían uso de su derecho de rodear la litera como miembros de la familia. Los cortesanos y la servidumbre venían detrás. Fuerzas de caballería cerraban la marcha.

Depuesta la preciosa carga en mitad del patio, previas las rituales genuflexiones, King-seng entregó la llave del palanquín al monarca que, saliendo al encuentro de su futura, la condujo al templete. Acto continuo el jefe de los letrados leyó los preceptos de Confucio sobre los deberes que contrae la mujer para con el marido; y a felicitar a Hien-ti comenzaba en nombre de la academia cuando una melancólica canción de ritmo particular hizo volver la cabeza a los circunstantes que, atónitos, vieron aparecer a la emperatriz por entre las abiertas fauces del dragón sagrado.

—¡Sun-ché! —exclamó toda la corte presa de sentimientos distintos.

—¡Traición! —gritó Hien-ti ante la resurrección de su víctima.

Pero la extrañeza de los celestiales al recuperar a su soberana era juego de niños ante la que experimentó Juanita al sentirse cogida de los brazos como con tenazas por don Sindulfo y Benjamín que, con los ojos fuera de las órbitas y el pelo de punta balbuceaban entre sacudidas nerviosas:

—¡Mamerta!...

—¡Mi mujer!...

Juanita creyó que estaban locos; pero no; era en efecto que los sabios habían reconocido en las modulaciones de aquella cantinela el célebre e ininteligible estribillo con que, en vida, les destrozaba el tímpano constantemente la hija del banquero, la muda de los garbanzos, la esposa del inventor ahogada con su padre, como recordarán mis lectores, al tomar un baño en las playas de Biarritz.

En vano buscaban en los rasgos fisonómicos de la emperatriz trazos que acusasen alguna afinidad con la difunta. Empezando por que hablaba, todo en ella era diametralmente opuesto; mas no obstante, aquella rara melodía ¿era posible que fuese calcada con tan asombrosa exactitud de pausas e inflexiones por otro ser humano nacido a más de tres mil leguas de distancia y a dieciséis siglos de separación del primitivo ejemplar?

Los dos amigos no tuvieron tiempo de rectificar ni de ratificar sus impresiones, porque la impaciencia de los rebeldes desbordada por el entusiasmo, les hizo prorrumpir en un viva a Sun-ché; y antes de que los secuaces del emperador pudieran apercibirse al combate, volvieron contra ellos sus armas. Por desgracia para los generosos libertadores, la previsión de Tsao-pi había hecho frotar las cuerdas con una sustancia corrosiva; de modo que al tender los arcos aquellas se rompieron; y las flechas en vez de salir disparadas por la tensión cayeron a sus pies dejándolos inermes.

—¡A ellos! —gritó el calado a los suyos; y sin respetar jerarquías ni condiciones, la emperatriz, los anacronóbatas y los insurrectos fueron ceñidos por estrechas ligaduras y sus gritos ahogados por mordazas de cuero.

—¿Tenéis más cómplices? —preguntó el emperador a Clara, que con desesperados esfuerzos protestaba de su inocencia.

—Advierte —añadió Hien-ti— que mis bodas no han sido más que un pretexto para descubrir vuestros planes. Solo la delación puede salvarte la vida. Responde.

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Clara hizo un gesto negativo.

—¿Y bien? ¿Vuestras órdenes? —dijo Tsao-pi al tirano.

—Cumple con tu deber —repuso este tras breve pausa—. Y para que mi pueblo vea que nada me hace retroceder ante la salud del estado, comienza el sacrificio por la emperatriz rebelde y por los encubiertos partidarios de los gorros amarillos.

Y mientras obligaban a los reos a arrodillarse delante del dragón, un pelotón de arqueros destacándose de las fuerzas se aprestó espontáneamente a consumar la hecatombe.

Apuntaron en efecto; pero al dar el emperador la voz de tirar, volvieron contra este sus armas y el feroz Hien-ti cayó sin vida en el suelo atravesado por las flechas y bañado en sangre. Sus soldados, poseídos de la superstición de que cuando el jefe muere, sus legiones no alcanzan jamás la victoria, emprendieron despavoridos la fuga sin que los esfuerzos de Tsao-pi los pudieran detener, y perseguidos por los defensores de Sun-ché que libertados de sus trabas por los arqueros corrieron a coronar su obra.

Entretanto las inocentes víctimas restituidas a la existencia, se abrazaban entre sí, lloraban de emoción; y por señas, pues la voz no salía del pecho, daban gracias a sus salvadores.

—¿A quién debemos la vida? —pudo por fin articular Clara.

—¡Viva España! —gritaron diecisiete voces. Y los arqueros despojándose de sus vestiduras dejaron ver a los hijos de Marte en toda la plenitud de su desarrollo.

—¡Ellos! —exclamaron sus compatriotas ante aquel espectáculo más fenomenal que los anteriores.

—¡Tú! ¡Y de tamaño natural! —repetía Juanita sin cansarse de mirar a su Pendencia y midiéndole la caja del cuerpo con los brazos.

—¡Pues qué! ¿Crees tú que a mí ze me encoge el corazón ante el peligro?

Clara estuvo a punto de desmayarse de alegría; pero como las mujeres tienen el talento de la oportunidad, no perdió el sentido más que lo estrictamente necesario para tener que apoyarse en el hombro de Luis. Benjamín discurría sobre las causas del fenómeno, y don Sindulfo echaba espumarajos por la boca vociferando:

—¿Cómo estáis aquí?

—¡Toma! ¿Puz no viajamos juntoz?

—Yo os lo explicaré —repuso la emperatriz—. Al dirigirme a palacio los vi rondando la poterna; conocí por sus trajes que eran de los vuestros; y ellos, comprendiendo por mis señas mis intenciones, se acomodaron a ejecutar mis planes que eran velar por vosotros.

—Pero no es eso —gritaba el tutor cada vez más exaltado—. ¿En qué consiste que después de evaporarse en el camino reaparecen en China en toda su integridad?

—No es este el momento de las explicaciones —adujo Benjamín, temiendo alguna nueva complicación—. ¿Traéis las pruebas de la inmortalidad?

—Sí —repuso Sun-ché.

—Pues lo que urge es ponernos en salvo.

—¡Al Anacronópete! —propusieron todos.

—¡Si no funciona!

—¿Quién sabe? Allá veremos —objetó Benjamín, seguro de lo que anticipaba—; lo principal es parapetarnos en sitio seguro.

Y la emperatriz, cobijándose en don Sindulfo:

—Partamos —añadió—, que ya libres del monstruo, la que fue dueña de un imperio podrá abandonarse a la irresistible atracción que por ti siente y tendrá orgullo en llamarse tu esclava.

No le faltaba al sabio más que aquella declaración a quemarropa para acabar de perder el juicio; y hubiera cometido alguna inconveniencia en el estado en que se hallaba su razón, si el chocar de las armas no hubiera acusado la proximidad del enemigo y la precisión de huir. Colocaron pues a las damas entre las filas del sexo fuerte, y unos abandonados a su legítimo gozo y alguno a su desesperación, tomaron todos el camino del Anacronópete al que llegaron sin contratiempo.

Para terminar los anales de la contienda civil entre los Tao-sse y los letrados, diremos, que vueltas de su estupor las huestes de Hien-ti, concluyeron por vencer a los parciales de Sun-ché desanimados ante la desaparición de su soberana y sin un jefe que los condujera al combate. Tsao-pi, viendo huérfano el trono, subió sus gradas, se ciñó el sombrerete y fundó la séptima dinastía de los emperadores, conocida en la historia con el nombre de los Ouei.

Viñeta ornamental
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Ilustración de cabecera de capítulo
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CAPÍTULO XVI

En que todo se explica complicándose todo

L
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La situación a bordo había cambiado completamente. Las muchachas bailaban en un pie ante un aumento de tripulación tan inesperado como de su gusto, y la misma emperatriz no ocultaba a nadie el contento que le producía su viudez. Los mílites arrullados por Cupido perdían la memoria de sus pasadas desventuras; y Benjamín, próximo a tocar su desideratum, bendecía las circunstancias que le colocaban en el caso de dar cima a su obra sin entorpecimiento alguno, puesto que de hecho él se hallaba convertido en jefe de la expedición.

Y efectivamente; desde el punto en que entraron en el Anacronópete, don Sindulfo, que no había desplegado sus labios por el camino, se dejó caer en una silla víctima de un abatimiento alarmante. Tan pronto su mirada se clavaba en el suelo en la actitud del hombre que medita, como sus ojos desencajados erraban de uno a otro de sus compañeros, brillando con el siniestro resplandor de la amenaza. Cien ideas confusas se disputaban el paso por las inyectadas venas de su frente, en cuyas pulsaciones, alternativamente regulares y febriles, podía leerse ya el planteamiento de un teorema en demanda de una explicación científica para tantos fenómenos incomprensibles, ya los arrebatos de la ira caminando ciega de los celos a la venganza.

—Me parece que a don Pichichi se le ha aflojado algún tornillo del Capitolio; —dijo Pendencia observando como los demás el estado del tutor.

—Y a usted también se le desmorona el cimborio —adujo Juanita encarándose con Benjamín—. Figúrense ustedes que hace poco, cuando los chinos querían mecharnos, estos dos señores han creído reconocer a la difunta de don Sindulfo que requiescat. ¿Habráse visto despropósito mayor?

—En cuanto a eso, hablaremos más tarde —contestó el políglota un sí es no es picado. No por desconocer las causas hemos de negar los efectos de las cosas.

—¿Cómo?

—En este viaje inverosímil lo lógico es tal vez lo absurdo. Demos tiempo al tiempo.

En aquel momento oyeron un penetrante grito y vieron a Sun-ché que, asida por el brazo, hacía esfuerzos para desprenderse de las férreas y convulsas manos de don Sindulfo. La infeliz, llevada de su instintivo amor hacia el sabio, había querido prodigarle una caricia, y el pobre loco la había recibido como algunos cuerdos reciben a la mujer propia, por la sola razón de serlo. Pero la víctima, cediendo a una convulsión nerviosa, agitaba los remos que le quedaban libres, con tan mala suerte para el presunto marido, que a más de algunos puntapiés en las espinillas se llevó desde la boca a la nuca una colección de redobles a puño cerrado, en que las narices, como punto más saliente, no fueron las menos favorecidas.

—¡Es ella! ¡Es ella! —exclamó don Sindulfo soltándola por fin, y corriendo despavorido al lado de su familia—. ¡Es Mamerta! ¿Recuerda usted que tampoco podíamos contrariarla sin que sufriésemos las consecuencias de sus crispaciones, con lo que conseguía hacer siempre su voluntad?

—Calma, amigo mío, calma —repetía Benjamín no menos absorto que el tutor ante la analogía de la soberana con la hija del banquero zamorano. Mientras no nos expliquemos racional o científicamente cómo una mujer española y del estado llano, ahogada en el siglo XIX, puede ser una emperatriz china del siglo tercero, estamos en el caso de suponerlo todo pura coincidencia.

—Pero, hombre de Dios —arguyó Juana—: si eso es achaque de cada hija de vecino; la gramática parda del sexo. Y yo misma, si no hubiera usted sido mi señor, del primer ataque que me tomo cuando nos sacó usted de París, le deshago a usted el depósito de la sabiduría.

—¡Y los cazcoz zon para ello! —repuso Pendencia haciendo notar los puños que Juanita crispaba.

—¿No tendría la difunta alguna especialidad más marcada a cuyo cotejo someter a la emperatriz por vía de prueba? —preguntó el capitán de húsares participando de la extrañeza general.

—Piénselo usted bien —insistió Clara.

Don Sindulfo recogió un momento sus ideas, y después de reiterados esfuerzos:

—Sí —exclamó dándose un golpe en la frente y sacando del reverso de la solapa una aguja que enhebrada tenía siempre a prevención para ensartar papeletas del catálogo.

Y antes de que los circunstantes pudieran inquirir su propósito, dirigióse a donde Sun-ché se hallaba descansando del accidente.

—Cósame usted esto —dijo arrancándose bruscamente un botón de la levita, y presentándoselo a la emperatriz, a quien miraba de hito en hito para no perder detalle del experimento.

La buena señora que, no entendiendo nada de lo que ocurría en torno suyo, comenzaba a aburrirse, echó mano al botón considerándolo un objeto de curiosidad; pero al ver el arma de costura dio un penetrante grito, y doblando la cabeza sobre el pecho quedó desmayada en la silla; circunstancia que, como dijimos al comienzo de este relato, era peculiar de la organización de la muda y que Benjamín, lívido de estupor, refirió a los atónitos viajeros.

—No hay duda, no —gritaba don Sindulfo retorciéndose como una culebra—; el mismo horror a las agujas enhebradas que no la permitió zurcirme nunca un par de calcetines.

—Se conoce que la banquera era catedrática en holgazanería —arguyó en voz baja la doméstica; mientras el atribulado don Sindulfo, pronunciando frases incoherentes, golpeando cuanto en el camino encontraba, y echando espuma por la boca y fuego por los ojos, se dirigió frenético a su gabinete en busca de una solución para aquel problema.

Todos se precipitaron tras él; pero la puerta, cerrada con estrépito, les cortó el paso. Entonces se resolvieron a prestar algún auxilio a la emperatriz; precaución que fue inútil, porque la augusta dama, como si se lo hubiesen soplado al oído, en cuanto la aguja desapareció, se quedó más buena que antes.

—Supongo —dijo Luis al políglota— que en el estado en que está mi tío no le confiará usted el rumbo de la expedición.

—¡Dios me libre! Podría hacernos víctimas de su enojo —adujo Clara.

—Con ece arriero eztamoz ceguroz de volcar.

—Descuiden ustedes —objetó Benjamín—. Me interesa demasiado el asunto para confiar la derrota a un demente.

—¡Cómo! ¿Ha perdido el juicio? —preguntaron los demás.

—Mucho me lo temo. Con todo, no desespero de salvarle. Confíen ustedes en mí.

E invitando a Sun-ché a acercarse al aparato de la inalterabilidad, en tanto que los viajeros hacían comentarios sobre la situación, la descargó unas corrientes que debieron contrariarla también a juzgar por las sacudidas nerviosas que llovieron sobre el occipucio del anticuario. Acto continuo separó el aislador que entorpecía la acción del volante; y elevando el vehículo a la zona atmosférica en que debía tener efecto la locomoción, hizo parar en seco el Anacronópete exclamando:

—Ahora sepamos a dónde nos dirigimos.

—¡A París! —fue el grito unánime.

—Juzto; a Pariz para encerrar al zabio en un manucordio y hacer que a nozotroz noz eche el cura el garabato nuncial.

—Antes —objetó Benjamín— veamos si el principal objeto de nuestra expedición se ha logrado satisfactoriamente.

—¿Cuál?

—La posesión del secreto de la inmortalidad que nos ha ofrecido la emperatriz.

Instada esta a explicarse, sacó un pergamino en el que había trazado por una mano experta el plano de una ciudad.

—¿Qué es esto? —preguntó el ansioso arqueólogo temiendo un desengaño.

—Algún pellejo de zambomba de la adoración de los pastores en el Portal de Belén —dijo Juanita.

—Pero, ¡la fórmula!... —volvió a insistir impaciente Benjamín apremiando a Sun-ché.

—El occidental no tuvo ocasión de iniciarme en ese misterio, sorprendido como fue por mi tirano esposo; pero al encarecerme la eficacia de su principio, me manifestó que las pruebas de la inmortalidad habían sido enterradas por uno de sus antecesores en Pompeya, debajo de la estatua de un emperador, marcada en el pergamino con un círculo rojo.

—Sí, aquí está —interpuso Benjamín señalando en el papiro una mancha circular bajo la que en correcto latín se leía: «Efigie pétrea de Nerón.»

—Parece ser —prosiguió la emperatriz— que el conocimiento de esta circunstancia pasó tradicionalmente por varias generaciones sin que nadie se atreviera a evidenciarlo; hasta que el intrépido mártir cuya muerte sentimos, se resolvió a sacarlo a luz; pero acusado de profanación por habérsele sorprendido en el instante en que se disponía a zapar la estatua, consiguió a duras penas evadirse de la prisión y llegar a mis dominios donde tuve la fortuna de conocerle. Una expedición secreta a su patria estaba ya decidida para hacerse con el misterioso talismán, cuando el fin que todos sabéis ha venido a destruir nuestros proyectos.

—Aún vive quien los secundará —dijo Benjamín con los ojos centelleantes de entusiasmo. Y dirigiéndose a los suyos—: A Pompeya —añadió.

Algunas protestas levantó aquel grito; pero la felicidad es tan complaciente y era tan natural el deseo de los viajeros de hacer una excursión por el pasado, libres ya de los riesgos que hasta entonces habían corrido, que aplacados los murmullos, Benjamín orientó el vehículo y poniéndolo en movimiento, hizo rumbo hacia la hija tan feliz como mimada del risueño golfo de Neápolis.

Las siete horas que habían de tardar en recorrer los ciento cuarenta y un años que separaban a los anacronóbatas del principio del tercer siglo al último tercio del primero, no eran intervalo para que se aburriesen unas personas que tanto tenían que contarse y tantas curiosidades que admirar. Capitaneados pues por Juanita, los neófitos pusiéronse a girar una visita de inspección al Anacronópete en tanto que Benjamín, normalizada relativamente la situación, buscaba la causa de aquellos efectos fenomenales.

Lo primero que trató de explicarse es la aparición de los mílites evaporados. Retrogradó por consiguiente en sus pensamientos, y a fuerza de hombre lógico, se dijo que si la consecuencia era anómala, el origen tenía que ser necesariamente irregular. Ahora bien: ¿qué circunstancia extraordinaria había ocurrido durante la navegación? Al momento le vino a las mientes el impulso retroactivo que él mismo imprimió al Anacronópete poco después de la catástrofe de los riffeños, cuando creyendo caminar hacia el pasado estuvo haciendo rumbo al presente hasta llegar a Versalles en la víspera del día de partida. La luz estaba hecha y las tinieblas disipadas: la deducción no tenía vuelta de hoja.

Y en efecto, si mis lectores recuerdan el incidente del ochavo moruno (que, perdido por un kabila, se aniquiló en cuanto traspuso el instante en que fue acuñado, pero que volvió a cobrar forma apenas el Anacronópete, marchando hacia el presente, rebasó el minuto de la acuñación), comprenderán que el fenómeno de la resurrección de los hijos de Marte obedecía a la misma causa. Evaporados al retrogradar, habían perdido su forma humana, obra del tiempo; pero su espíritu inmortal no había abandonado el Anacronópete, como el grano de trigo oculto en la gleba no deja de existir en el terruño aunque invisible hasta la germinación. Así es que, cuando en su marcha hacia el hoy, sonó en el vehículo la hora del nacimiento de los soldados, la envoltura de carne acudió al llamamiento cronológico; y el germen, rompiendo la tierra, dejó ver el tallo para ser robusta caña y volver a tomar las proporciones de su espiga.

El cómo se sustrajeron a una segunda disolución cuando, apercibido de la falta, Benjamín reconquistó el verdadero rumbo, tiene una explicación muy sencilla. Los soldados, que alternativamente se habían visto reducirse y desarrollarse, al recobrar sus proporciones quisieron no volverlas a perder y escalaron el laboratorio decididos a implorar el amparo de la ciencia; pero al llegar al pasillo, oyeron las explicaciones que sobre la inalterabilidad estaba dando Benjamín a las parisienses; y como el capitán de húsares tenía sus rudimentos de física, propinóse con sus compañeros unas corrientes del fluido y opinó muy sabiamente que permaneciendo ocultos servirían mejor la causa de las reclusas doncellas que exponiéndose, si se exhibían, a ignotas contingencias provocadas por los celos del tutor. Y así es cómo ocultos en sus gazaperas llegaron a China oportunamente para evitar una catástrofe.

Apuntó Benjamín estas observaciones en su memorandum particular; pero abstúvose muy mucho de divulgarlas, prefiriendo dejar a todos en la persuasión de lo maravilloso a confesarse reo de ineptitud.

El segundo problema era más difícil de resolver. ¿Cómo a través de dieciséis siglos una emperatriz china se presentaba a sus ojos con tan señaladas diferencias físicas, pero con analogías de organización tan evidentes con aquella Mamerta ahogada en las playas de Biarritz? Ensimismado estaba el políglota en tan metafísicos conceptos y ya el trayecto casi tocaba a su fin sin que hubiese podido coordinar dos ideas afines, cuando unos gritos desaforados que partían del gabinete de don Sindulfo le sacaron de su abstracción.

—¡El loco! ¡El loco! —exclamaron los excursionistas, que al oír las voces acudieron precipitadamente en busca de Benjamín.

—Sí. ¿Qué podrá ser?

—Algún calambre en la mollera —dijo el andaluz.

E instintivamente todos se dirigieron al cuarto; pero apenas iniciado el movimiento, la puerta se abrió; y don Sindulfo con el traje en desorden, las manos crispadas y la púrpura de la ira en el semblante, hizo irrupción en el laboratorio vociferando:

—¡Maldición! —Ya dí con la clave del enigma. Ya comprendo cómo Sun-ché puede ser mi difunta Mamerta.

—¿Cómo?

—¡Por la metempsicosis!...

Los profanos no entendían ni una palabra; pero el políglota se quedó pensativo luchando entre la fe y la duda.

—Diga uzté; ¿y ezo ce come con cuchara o con tenedor?

—¡La metempsicosis! —prosiguió el sabio sin atender a observaciones—. La transmigración de las almas, por la cual el espíritu de los que mueren pasa al cuerpo de otro animal racional o inmundo según sus merecimientos en vida.

—¡Ay! —arguyó Juanita—. Pues lo que es ustedes dos, por lo chinches que han sido con nosotros, van a parar al Rastro.

—¿Es decir —interrogó el sobrino, a quien el asunto empezaba a interesar— que la emperatriz por una serie de transmigraciones llegó en su última evolución a ser la esposa de usted?

—Justamente. Y al retrogradar en el tiempo se nos presenta bajo la envoltura real que tenía en esta época, como en el alto que hicimos en África pudimos —a haber tropezado con ella— hallarla convertida en vegetal o en acémila entre los bagajes.

—Permítame usted —objetó Benjamín—. Nosotros somos cristianos y nuestro dogma rechaza esas teorías.

—¿Y qué importa? —replicaba el demente exaltándose por grados.

—Nosotros somos católicos; pero ella es china, sectaria de Buda; luego bien puede transmigrar según prescribe su religión. Porque ¿quién le dice a usted que la Providencia no impone sus castigos con arreglo a las creencias que profesa cada uno?

Todos, menos Sun-ché, que estaba como en el limbo sin saber lo que pasaba, comprendieron que el pobre doctor tenía el juicio extraviado. Solo Benjamín, a fuer de hombre de ciencia, entusiasmado con el descubrimiento de aquella especie de metafísica experimental, concluyó por dar al loco la razón; que era como perder la suya.

—Es indudable. ¡Eureka! —gritó como Arquímedes abrazando a su amigo.

—Pero si aquella no hablaba —insistió Juanita— y esta echa cada discurso como un diputado.

—Ezo no; porque ci zu marido no entiende lo que dice, para él ez lo mismo que ci fuese muda.

—Además —dijo Luis sonriendo— que si entonces perdió el uso de la palabra, tal vez fue un castigo del dios Buda por el abuso que de ella hizo acaso en una existencia anterior.

—De modo —argumentó Clara aprovechando aquella ocasión de romper sus cadenas— que ya cesará usted de perseguirme; porque ligado como está usted a esta señora por los vínculos del matrimonio, ¿no pretenderá usted casarse conmigo cuando nuestra religión proscribe la bigamia?

El doctor, al sentirse hostigado en lo que precisamente constituía su preocupación desde que sorprendido hubo la afinidad de la emperatriz con Mamerta, estalló al ser argüido de aquel modo por Clara, y de la monomanía pacífica pasó al vértigo furioso.

—¿Desistir yo de un cariño al que he consagrado todas las fuerzas de mi vida, mi actividad, mi inteligencia? —decía apretando los puños y haciendo rodar los ojos en sus órbitas—. ¡Oh, nunca!

—¡Que muerde! —interrumpió Pendencia separándose por precaución, como los demás, del delirante sabio que persiguiéndolos añadía:

—No. Si el destino me es adverso, lucharé contra el destino; pero serás mi mujer aunque para ello tenga que ir hasta el crimen.

—Es inútil —repuso la atrevida maritornes—. Si aunque nos degüelle usted, aquí los muertos resucitan.

—Pues bien, pereceremos todos. Es preciso acabar con esta situación.

—¿Cómo?

—En la cala hay diez barriles de pólvora; les aplicaré una mecha, y ni rastro quedará del Anacronópete.

—No cea uzté bárbaro.

—Tranquilícense ustedes —exclamó Benjamín recordando el incidente que en diversas ocasiones le obligó a descender a tierra en busca de vitualla en su trayecto de África a China—. Las provisiones, sometidas a la inalterabilidad, resultan ineficaces para su uso, según prácticamente he observado.

—¡Ignorante! —interrumpió el loco recobrando por un momento su lucidez.

—¿Qué?

—Arrojando nuevo fluido sobre los cuerpos para que las corrientes anteriores se pongan en contacto con las nuevas y formen una sola, no hay más que dar vueltas a la inversa al disco del aparato transmisor para recogerlas todas y, neutralizadas, devolver a las provisiones sus propiedades específicas.

—Bueno es saberlo; pero estamos perdidos.

—Hay que inundar la Zanta Bárbara.

—Corramos.

—No, no temáis —interpuso el tutor pasando, para detenerlos, de la amenaza a la súplica—. Una voladura acabaría con todos, y yo no quiero que ella muera. Respetaré sus días. Pero vosotros —añadió dirigiéndose a los militares y a la emperatriz, y volviendo a la exaltación con más fuerza que nunca— preparaos a sufrir mi venganza. Sois el obstáculo de mi dicha y os exterminaré a fin de realizar mis designios, aunque para llegar con Clara al altar tenga que cruzar ríos de sangre. ¡Ah! ¡Ya sé cómo!...

Y así diciendo traspuso la puerta y se dirigió frenético a la cala. Sus compañeros, recelando no sin razón algún inminente peligro, corrieron tras él con intención de detenerle.

Luis, capitaneando a los suyos, fue el primero en llegar a la bodega; pero el doctor, que acariciando su plan se había ocultado capciosamente, apenas vio a los hijos de Marte y a su sobrino en medio de la estancia, hizo girar el portón de la limpieza, y los diecisiete héroes desaparecieron en el espacio entre los gritos de las enamoradas doncellas y de Benjamín, que al ir en su seguimiento solo alcanzaron a ser testigos de tan horrorosa catástrofe.

—¡Salvémonos! —fue la voz general, sin que nadie pensara en desmayarse ante la gravedad de las circunstancias. Y todos se abalanzaron a la escalera; pero Benjamín, apercibiéndose de que don Sindulfo trataba de cortarles el paso subiendo por otra escala espiral que había en el fondo, aconsejó a las tres cadavéricas mujeres que le esperasen allí; y trepando como un gamo por los salientes de la maquinaria, se introdujo por la claraboya del techo en el laboratorio, paró en seco el Anacronópete, interpuso previsoramente el aislador, descendió por el mismo conducto y, abriendo la puerta, abandonó con sus compañeras de infortunio aquel lugar de muerte antes de que el loco se apercibiera de su fuga.

La suerte les favorecía en medio de tantas contrariedades. Habían arribado a Pompeya.

Viñeta ornamental
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Ilustración de cabecera de capítulo
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CAPÍTULO XVII

Panem et circenses

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Pocos meses hacía que, sucediendo a su progenitor, imperaba Tito en Roma. Este príncipe generoso, que llamaba día perdido a aquel en que no había dispensado algún bien, empezaba a borrar con su clemencia el sangriento recuerdo de Nerón y la sórdida avaricia de Vespasiano su padre.

El triunfador de Jerusalén, las delicias del género humano como le apellidaban, había proscrito las persecuciones contra los sectarios del Nazareno, iniciadas por Tiberio y sobrepujadas por el hijo de Agripina. Ello no obstante, los suplicios no cesaron completamente.

Las provincias, gobernadas por prefectos arbitrarios revestidos de una autoridad suprema y escudados en una irresponsabilidad absoluta, se libraban a cruentos espectáculos, ora para satisfacer los naturales instintos de la plebe, ya para secundar los ocultos planes de los pretores. En este caso se hallaba Pompeya.

Residencia de estío de las familias patricias de la Campania y del Lacio, sus habitantes más que de luchas políticas se ocupaban del embellecimiento de su ciudad con el fin de atraer a la población flotante que tan buenos rendimientos les daba. Y tal era su fanatismo para la conservación del ornato público que, cuando a la caída de Nerón la Italia entera destruyó las estatuas de este monstruo, ellos respetaron, sin deificarlas, todas las que erigidas en sus calles encerraban alguna notoriedad artística. Pero así que el caliginoso aliento del verano empujaba hacia aquella vertiente del Vesubio a los levantiscos ciudadanos de Neápolis y Salerno, las pasiones se encendían y Pompeya era durante cuatro meses émula en discordias civiles de Roma su metrópoli.

Tenían los pompeyanos a la sazón por Præfectus urbis un senador vendido a la causa de Domiciano, aquel segundo Calígula que dos años después debía precipitar la muerte de su hermano Tito, colocándole en la fila de los dioses mientras le denigraba entre los simples mortales. Fingiendo pues someterse a los designios del emperador, el prefecto no desperdiciaba coyuntura de atizar el fuego de la indisciplina para favorecer, bajo mano, los ambiciosos planes del Caín su protector.

Habían dado comienzo las vindemiales, ferias de las vendimias que desde el tres de septiembre al tres de octubre se celebraban en toda la Italia agrícola. La época de los grandes juegos se aproximaba y con ella el descontento público; no solo porque su terminación era la señal de desfile para los veraneantes impelidos mal de su grado a consagrarse a sus tareas ordinarias, sino porque desde el advenimiento de Tito las circenses no eran ya las lúgubres hecatombes en que el pueblo romano bebía su bélica inspiración. Reducidos a la carrera, al salto, al disco y al pugilato, echaban de menos los gladiadores, los bestiarios, los secutores y los dimaqueres con su polvo, sus rugidos, su sangre y sus cadáveres.

Pero a las ya expuestas uníase aún otra circunstancia. Habiendo consumido un incendio en Roma el Capitolio, el Panteón, la Biblioteca de Augusto y el Teatro de Pompeyo, amén de otros monumentos menos importantes, Tito prometió que todo sería reedificado a sus expensas; y, rehusando los donativos que le ofrecían así las ciudades del imperio como los príncipes sus aliados, vendió hasta los muebles de su palacio para cumplir su palabra. El entusiasmo público desbordó en todas partes organizándose festejos con que solemnizar la largueza del emperador. Pero los secuaces de Domiciano, valiéndose de ocasión tan propicia para tomar en ridículo la clemencia del soberano, indujeron a la plebe a reclamar con tal insistencia la restitución de su espectáculo predilecto, que Tito debió ceder ante el clamor general y, al inaugurar su célebre anfiteatro, otorgó gladiadores, naumaquias o combates navales y hasta cinco mil fieras. Los pompeyanos no fueron los que contribuyeron en menor parte a esta dolorosa reconquista instigados por el Præfectus urbis.

Era el anochecer del día 7 de septiembre del año 79 de Jesucristo. El ceryx encargado de la conservación del orden, recorría presuroso todos los puestos recomendando a sus vigiles que atendieran a la seguridad pública, sin oponerse no obstante al torrente popular que, desbordando de las termas, de la Basílica, de los templos de Júpiter y Hércules, de las tiendas de la avenida de la Abundancia y de los tugurios de la calle de la Fortuna, se dirigía en tropel a la morada del Pretor, llevando teas encendidas y gritando como en la Roma cesárea:

—¡Panem et circenses!...

El prefecto, queriendo cubrir con cierto velo de legalidad su propia obra, presentóse en la puerta de palacio, rodeado de la guardia pretoriana; y, precedido de seis lictores que vestidos con el sagum descansaban los fasces sobre el hombro izquierdo mientras con la virga en la opuesta mano separaban los grupos:

—Al foro, dijo —y tomó el camino de las asambleas generales seguido de la multitud que tras él continuaba vociferando:

—¡Panem et circenses!...

En aquel santuario de la opinión pública, una representación verbal le fue elevada en nombre de todos los ciudadanos de Pompeya.

—¿Sabéis —arguyó— que las leyes lo prohíben?

—Entiende tú —repuso el tribuno que llevaba la voz— que si se enerva el pueblo en la molicie, el día de la lucha no tendrá fuerzas para abrir las puertas del templo de Jano.

—¡No más quadriga!...

—No más disco.

—¡Luchadores!... —fue el grito unánime.

Y como la exasperación amenazara convertirse en motín, el prefecto les concedió los andabates que, peleando con una venda en los ojos o cubiertos con una armadura, ofrecían menos riesgo.

—No: ¡gladiadores! —repitió la turba.

Y el demandado fingiendo doblegarse a las circunstancias, asintió a los clamores de la plebe; pero como la debilidad de parte de la fuerza es la señal del abuso en el oprimido:

—¡Bestiarios! —prorrumpieron unos pocos; lo que no tardó en hacerse el eco general. Y de concesión en concesión, los pompeyanos consiguieron que les restituyesen no solo los laquearios (que por un lazo escurridizo tirado con destreza procuraban detener y cazar a los adversarios) y los retiarios que, con una mano armada de un tridente y llevando en la otra una red, envolvían con ella a su antagonista para darle muerte una vez vencido, sino el repugnante espectáculo de las bestias feroces, desgarrando entre los aplausos de la abyecta muchedumbre las carnes de los prisioneros de guerra, o abriendo con sus dientes el camino de la gloria a los mártires sublimes de la religión cristiana.

La impaciencia popular señaló el día siguiente para renovar el derramamiento de sangre en el anfiteatro. La premura de la exigencia no permitiendo que se restablecieran los abolidos gladiadores fiscales, que eran los que el Fisco suministraba a sus expensas, ni los postulatitii, o sea los que por más hábiles el pueblo reclama preferentemente, hubo de recurrirse a los privados, sostenidos por empresas particulares que los alquilaban mediante una retribución pecuniaria.

En cuanto a los bestiarios, a falta de prisioneros de guerra y de delincuentes condenados a este género de lucha, se determinó substituirlos con esclavos o con gente ya acusada de impiedad, ya sospechosa de seguir la doctrina del que llamaban impostor de Galilea.

Restituido el prefecto en triunfo al pretorio y agotados los vítores al emperador, la ebria muchedumbre se retiró a sus hogares a esperar el mañana, quedando sumida Pompeya en esa calma precursora de toda tempestad horrible.

Este fue el instante en que los fugitivos del Anacronópete, deslizándose como sombras sobre el empedrado de lava de sus rectas y elegantes avenidas, penetraron en la ciudad.

Benjamín, que en medio de las mayores contrariedades perseguía su fin científico con la terquedad de un sabio aragonés, se había provisto en su fuga de un zapapico y caminaba consultando al resplandor de la luna creciente el plano del teatro de sus operaciones. Sun-ché, que además de haber asistido a la trágica desaparición de los militares había sido impuesta por el políglota en la locura del doctor, se apoyaba en el brazo izquierdo de su intérprete rendida de cansancio y entregada a tristes pensamientos. Pendida del derecho arrastrábase mejor que andaba la más digna de compasión de todos: la desventurada pupila que por breves horas había tocado el séptimo cielo de sus ilusiones para ser precipitada desde más alto en los últimos abismos de la desesperación.

Juana era la única que, no obstante la gravedad de las circunstancias, no se abandonaba al desaliento.

—Verá usted —decía— cómo a lo mejor nos los vemos aparecer por ahí vestidos como judíos del monumento.

—No, esta vez los hemos perdido para siempre.

—¡Quiá! Si ellos son como el ave Félix que según cuentan renace después de hecha cecina.

—Por fin llegamos —exclamó Benjamín deteniéndose en un quadrivium o desembocadura de cuatro avenidas, en cuyo centro se alzaba la estatua de Nerón dando frente a la puerta de Herculano situada en la extremidad de la calle Domiciana.

Invitados los viajeros por el impaciente sabio a tomar algún reposo mientras él se libraba a sus excavaciones, Clara y Sun-ché se recostaron en los poyos de una fuente que junto a ellas corría con manso murmullo; y, entregadas a sus reflexiones, quedáronse pronto, si no dormidas, aletargadas.

Juanita, en la esperanza de ver aparecer a Pendencia en la forma de centurión o de draconarius, se quedó haciendo compañía al arqueólogo amenizándole la tarea con sus aceradas pullas.

La situación del tesoro estaba tan perfectamente señalada en el plano, que a la media hora escasa de remover la tierra, el zapapico tropezó en un cuerpo resistente.

Benjamín, con el corazón hecho un molino de viento, desenterró una pequeña caja de metal que, sin inscripción alguna, revelaba servir solo de estuche a algún objeto precioso. Abierta por fin en medio de la mayor ansiedad, sacó a luz el políglota unos manojos de cordelillos en los que de distancia en distancia había nudos que a primera vista dejaban comprender por sus combinaciones que no habían sido hechos al azar. El sabio dio un grito de asombro.

Illustration from El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis

—¡Cordeles! —dijo Juanita—. ¿Hombre, y no le dan a usted ganas de ahorcarse?

—Silencio, profana.

—Siquiera propínese usted con ellos una docena de disciplinazos.

—¿Sabes tú lo que es esto?

—A que salimos ahora con que es alguna libra de fideos del tiempo de Salomón...

—Esta es la primera escritura que usaron los hombres sobre la tierra, legada a la humanidad por Fo hi, como le llaman los chinos, o según nosotros por Noé a su salida del arca. Este es el prototipo de la palabra escrita revelado al mundo sabio en la academia de inscripciones por el paleógrafo Shuckford.

Y con verdadera hidrofobia científica Benjamín se dispuso a interpretar el enigma. Desgraciadamente una densa nube le eclipsó el tenue rayo de la luna próxima ya a desaparecer en el horizonte occidental; y no bastándole el simple tacto, tuvo que diferir su empresa.

—Pero diga usted: ¿qué tintero empleaban esos potrotipos? Pues qué: ¿siempre no se ha escrito del mismo modo?

—Ni por soñación. Que sepamos, hasta ahora son tres las maneras conocidas de trazar la escritura: Por línea perpendicular, por orbicular o redonda y por horizontal; y aun así estas tres grandes ramas se subdividen en muchas variantes.

—¡Jesús! Y yo que no sé poner una carta más que con falsilla, porque, si no, me tuerzo.

Benjamín, a quien la nube se empeñaba en velar el astro de la noche, tanto para distraer su inacción, como cediendo a sus naturales aficiones, tomó así la palabra creyendo asistir a un curso de paleografía:

En la Mitología de Carrasco se lee que los indios de la isla Trapobana, según Diodoro de Sicilia, escriben por líneas perpendiculares rectas. Du-Halde consigna que los chinos y japoneses, aunque usan la escritura perpendicular, la trazan como los hebreos de derecha a izquierda; así es que sus libros comienzan por donde los nuestros tienen su fin. Los septentrionales o Escitas grababan en las rocas sus letras llamadas Runas o Rúnicas en renglones curvos, reuniendo las líneas de alto abajo y vice-versa; pero oblicuamente o en espiral. Los tártaros, según Nienhoff, cuyas consonantes son parecidas a las de los etíopes porque las enlazan con sus vocales, escriben en línea perpendicular de derecha a izquierda; y los mogoles, de alto abajo en opinión de Treveux. Los habitantes de las Islas Filipinas y de Malaca, refiere Giró del Mundo que comienzan, por el contrario, de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha. Y los mejicanos, según Acosta, lo verifican por línea perpendicular ocupando de alto abajo toda la página. Conocieron también el uso de unas cuerdecitas teñidas de diversos colores anudadas y entrelazadas de varios modos según la importancia del suceso que debía referirse; esta costumbre era común en todos los salvajes de la América septentrional. Las grandes poblaciones del Perú, dice Baltasar Bonifacio, usaron como las de la América del Norte las mencionadas cuerdecitas, que conservaban en archivos (establecidos y custodiados por personas instruidas) para consulta de todos los sucesos dignos de ser transmitidos a la posteridad.

—Aguarde usted —interrumpió Juanita—. ¿Va a ser muy larga la procesión?

—Si te molesta la dejaremos.

—Nada de eso; a mí no me incomoda, porque lo que no entiendo, por un oído me entra y por otro me sale; pero si usted me lo permite me sentaré. Con que quedamos en los salvajes de la Habana serpentrional.

Benjamín la miró con lástima y prosiguió así:

—Entrando en el segundo sistema, aseguran Pausanias y Bimard de la Bastie, que los griegos conocieron la escritura orbicular como se desprende de la inscripción del disco de Ífito que se reputa posterior en 300 años al sitio de Troya. También se sirvieron de ella, según Maffei, los etruscos o antiguos toscanos. Los más remotos pueblos septentrionales enlazaron la escritura de alto abajo y vice-versa; pero también en líneas oblicuas o en espiral. Y no ofreciendo dificultad el que estos caracteres sean los verdaderos runos, resultan legítimas las inscripciones que cita el mismo Pausanias por tener sus líneas mucha semejanza y aun identidad con las de los pueblos del Norte. Las inscripciones griegas del monumento erigido en Olimpia por los cipsélidas, eran difíciles de leerse a causa de sus multiplicadas curvas.

—Lo mismo me pasaba a mí con las cartas de Pendencia; y eso que venían en papel rayado; pero cada renglón parecía un via-crucis: aquello sí que a estar en latín, lo cree usted escritura articular.

—Tomemos la horizontal —continuó el sabio.

Y Juanita, creyendo que se trataba de una orden que empezaba a lisonjearla, se tendió cuan larga era en el arroyo, como lo pudiera hacer en el más mullido lecho.

—No me duermo, no señor —adujo al comprender por el movimiento de extrañeza de Benjamín que se había equivocado—. Siga usted, que si me aburro ya le diré a usted que se pare.

Benjamín buscó la luna; pero como ella no se dejase ver, reanudó su discurso con desaliento.

—Pues bien: la escritura por línea horizontal abraza varias especies. La bustrofedona de la primera edad, de derecha a izquierda; la del segundo hasta el cuarto período, de izquierda a derecha; y la aratoria que reúne las precedentes yendo y volviendo por líneas paralelas y frente por frente del punto de partida.

—¡Vaya un trajín! ¿Sabe usted que una plana de esas parecerá un ejercicio de bomberos?

—Los orientales siempre han escrito de derecha a izquierda como los etruscos; menos los armenios y los habitantes del Indostán que lo hacen de izquierda a derecha. En los griegos se ha observado que, bien sea por los métodos de Pelasgo, de Cécrope o de Cadmo, participa aunque a lo oriental de las dos especies; porque cuando escriben muchas líneas vuelven de derecha a izquierda. Esta dirección es la que empleaban los hunos.

—¿Y los otros?

—Hablo de los hunos, hoy zikulos de la parte de la Transilvania.

—¡Ah! sí. Adelante, no los conozco.

—Los etíopes o abisinios, los siameses y los tibetanos escriben de izquierda a derecha, y estos últimos casi horizontalmente. Dos inscripciones notables presenta la escritura bustrofedona de la primera edad, admitida también entre los galos y los francos; la una se halló en las ruinas del templo de Apolo Amyclæus en Amycles, villa de la Laconia, hacia el año 1400 antes de J. C.; la segunda, que refiere Muratori, consta en el mármol de Nointel o Baudelot descubierto en 1672 en una iglesia de Atenas, cuyo mármol fija la época por los años 457 antes de la era cristiana. Las pieles de los cuadrúpedos preparadas de diversas maneras, las de los pescados, los intestinos de las serpientes y de otros animales, las telas de lienzo y de seda, las hojas, la corteza y la madera de los árboles, la borra de las plantas y su corazón, el hueso, el marfil, las piedras comunes y preciosas, los metales, el vidrio, la cera, el ladrillo, la greda y el yeso, han sido las materias sobre las que en todos tiempos y en el día se escriben los caracteres.

—Pues en cuestión de caracteres, aunque el mío no es de los peores, como don Sindulfo no nos devuelva los militares, aún ha de ver usted a las criadas escribir con las uñas sobre pellejo de sabio.

—Los mármoles, los bronces y las planchas o láminas de metal han sido de uso común entre los griegos y romanos: el de las pieles data del tiempo de Job. En planchas de madera y tablitas de bambú escribieron los chinos, dice Du-Halde, antes de la invención del papel. Las pirámides, los obeliscos y las columnas de las observaciones astronómicas de los babilonios, que refiere Flavio Josefo, fueron de mármoles, piedras y ladrillo. Las leyes de Solón estaban escritas en madera; las de los romanos en bronce, de las que tres mil se perdieron en el incendio del Capitolio. Los pueblos septentrionales grababan sus inscripciones rúnicas en las piedras y en las rocas. La escritura en plomo sube al tiempo del Diluvio. La hecha en marfil se ha conservado en las tablas llamadas dípticas o de dos hojas, porque las polípticas son las que exceden de este número. Se escribía también, según Plinio, en las hojas de palmera y de ciertas malvas; así es que en algunas comarcas de las Indias orientales, afirma Alfonso Costadan, escriben en las hojas del Macareguo, hojas que tienen seis pies de largo por uno de ancho. Lo propio hacen, dice Michael Boim, los habitantes del fuerte de Mieu, junto a Bengala y Pegú, sirviéndose del Areca, especie de palmera, y de la corteza del árbol llamado Avo. Los del reino de Siam y Camboya y los insulares de Filipinas (aunque estos últimos siguen el método de los españoles) se valen de las hojas de plátano, de palmera o de la parte lisa de las cañas en las que trazan sus caracteres con un punzón o cuchillo. Los siracusanos lo hacían en hojas de olivo y los atenienses en conchas. En Atenas, cuenta Suidas, que se consignaban los nombres de los valientes que habían sucumbido en defensa de la patria, sobre el velo de Minerva.

—Pues buena la pondrían la mantilla a la pobre señora. ¡Vamos! sería de casco y lo escribirían por el revés.

—Los indios, según Filostrato, hacían su escritura en los Syndones, que así llamaban a sus telas o vestidos.

—¡Ay! Pues yo siempre los he visto en cueros; es decir, en las estampas.

—Los judíos tenían una particular habilidad en unir los diferentes trozos del pergamino, haciéndolo en términos de no poderse distinguir señal alguna. Con este motivo, añade Flavio Josefo que Tolomeo Filadelfo se llenó de admiración cuando los setenta ancianos, enviados por el gran sacerdote, desdoblaron en su presencia los rollos de la ley toda escrita con caracteres de oro. No obstante, el grabado en seco, sin auxilio de la tinta ni de otro color, parece haber sido el primer procedimiento: los montañeses de Kuei-cheu en China, así lo ejecutan sobre unas tablitas de madera muy tierna. Los parthos hacían en sus vestidos las letras con aguja, no usando del papyrus que podrían haber hallado en abundancia en Babilonia.

—Ya que me vuelve usted loca con tanto nombre extranjero, explíqueme usted siquiera alguno de esos terminachos que como guijarros de punta me están levantando chichones en la cabeza.

—El papyrus es una especie de caña parecida a la typha propia de los parajes bajos y húmedos. Sus raíces leñosas tienen por lo regular diez pies de longitud: su tallo triangular no excede de dos codos en tanto que no se eleva sobre la superficie de las aguas; pero en su totalidad alcanza hasta cuatro o cinco. Después de varios procedimientos llegaba a ser papel, no excediendo nunca de la marca que se le tenía asignada, que era dos pies de longitud. Los instrumentos empleados para escribir han sido con corta diferencia los mismos que usamos en el día, a saber: la regla, el compás, el plomo, las tijeras, el cortaplumas, la piedra para afilar, la esponja, el estilo o punzón, la pluma o caña, el tintero o escribanía, el atril y las ampolletas o botellitas de vidrio, conteniendo una el líquido para volver más suelta la tinta espesada, y otra el bermellón o rojo para escribir los principios de los capítulos. El estilo, stylus graphium, y el buril, cælum celtes, sirvieron para la escritura en seco o sin tinta; de consiguiente se empleaban en los mármoles, metales y en las tablas preparadas con cera y yeso, y eran de varios tamaños y formas. La caña, arundo; el junco, juncus y el calamus usáronse en la escritura que se hacía con tinta; pero antes de conocerse la aplicación de las plumas. El Egipto, Gnido y el lago Amais en Asia, según Plinio, daban profusión de estos juncos o cálamos que los griegos se hacían llevar de Persia y que, cogidos en el mes de marzo en Aurac, dejaban endurecer por espacio de seis meses entre el fiemo o estiércol, tomando de este modo un hermoso barniz jaspeado de negro y amarillo oscuro.

En aquel instante sonó un ronquido; pero Benjamín embriagado en su peroración, no se detuvo hasta terminar su relato.

—El uso de las plumas de ánsares, cisnes, pavos y grullas —continuó disparado— no data al parecer sino del siglo quinto. Los siameses se valían del lápiz. Los chinos emplean actualmente, como en la antigüedad, el pincel de pelo de conejo por mejor y más suave. La tinta de los tiempos remotos no tenía de común con la nuestra sino el color y la goma que entraba en su composición: Se llamaba atramentum scriptorium o librarium, para distinguirla del atramentum sutorium o calchantum. El negro lo hacían con el humo de la resina, de pez, de tártaro, marfil quemado y carbones triturados; cuyos ingredientes en fusión se sometían a la acción solar. Los pueblos orientales empleaban la gibia y el alumbre que los africanos substituían a veces con la adormidera o el jugo del calamar. Refiere Allatius haber visto la tinta de pelo de cabra quemado que, aunque un poco roja, tenía las propiedades de no perder su color, ser lustrosa y adherirse muy bien al pergamino; de modo que era muy difícil borrarla. La tinta china, conocida 1120 años antes de J. C., se extrae de varias materias y especialmente de los pinos o del aceite quemado. Entre los indios la decocción de las ramas de un árbol llamado aradranto les suministra este licor tan...

Aquí llegaba Benjamín en su afluente desbordamiento, cuando un

—«Mátame al sabio», de Juanita que soñaba, le hizo comprender que su erudición era inútil y dio por terminada la conferencia.

En esto un hombre, que con una linterna encendida en la mano doblaba la esquina, desembocó en el quadrivium.

Illustration from El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis

—¡El loco! —gritó Benjamín reconociendo a don Sindulfo, que en efecto venía en busca de los fugitivos; a cuya voz despertáronse los tres durmientes como si hubiesen sentido un sacudimiento galvánico.

—¡Favor! —exclamaron las infelices, abrazándose en defensa mutua.

Pero Benjamín, para quien aquella luz era como el relámpago para el caminante perdido en las tinieblas, antes de que su amigo les apercibiese, corrió a su encuentro vociferando como el sabio de Siracusa cuando al dar con la teoría del peso específico dicen que salió desnudo del baño repitiendo: ¡Eureka!

—¿De qué se trata? ¿Ha vuelto a la vida mi rival? —preguntó el demente persiguiendo su manía.

—No. He hallado el secreto de la inmortalidad. Leamos, alúmbreme usted.

Y consultando los cordelillos, su pecho se dilató al ver que la disposición de los nudos correspondía a la escritura armenia en la que creía poder alardear sus conocimientos.

—Y bien: ¿Qué dice?

Benjamín con no poca dificultad leyó lo que sigue:

—«Si quieres ser inmortal, anda a la tierra de Noé y...» ¡Maldición!

—¿Qué es ello?

—Que no puedo interpretar el sentido de los demás caracteres. No importa —continuó en su delirio—. Volaremos a la región del Patriarca y daremos solución a este enigma indescifrable.

—Si usted en cuestión de lenguas no conoce más que la estofada —se permitió argüir la intemperante Juanita; a cuya voz el loco fijando mientes en el grupo de las tres gracias, crispó los puños, y dirigiéndose a Sun-ché:

—Tú también me estorbas —dijo— pero pronto no serás más que un cadáver.

E iba a abalanzarse sobre ella, cuando por dicha suya el sabio tropezó en uno de los poyos y cayó al suelo de bruces. Benjamín acudió en su auxilio mientras la trinidad femenina se replegaba con espanto hacia la fuente.

—Esto no se hace entre cristianos —gritó la de Pinto con toda la fuerza que le prestaba la indignación.

—¡Cristianos han dicho! —murmuró por lo bajo a su gente el ceryx, que atraído por la linterna de don Sindulfo, acechaba a los viajeros y que, por la relación de la palabra española con la latina dedujo una verdad funesta para los anacronóbatas.

—¿Qué? —se preguntaron todos al verse rodeados de los vigiles.

—Apoderaos de ellos.

El terror fue general.

—Yo soy inocente —aducía Clara.

—Respetad a la emperatriz —ordenaba Sun-ché en chino.

—¡Prenda usted a ese, señor guindilla! —balbuceaba la maritornes señalando al tutor.

Illustration from El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis

Pero como los gritos fuesen en aumento, les aplicaron unas mordazas y maniatados los condujeron a la presencia del prefecto que en desenfrenada orgía saboreaba en el pretorio el motín tan favorable a la causa de Domiciano.

—¡Piedad! —articularon todos, libertados de sus ligaduras y cayendo a los pies del ebrio senador.

—No le excitéis con vuestros ayes —observó el políglota—. Reparad que no entiende más que el latín.

—Pues bien: In nomine Domini nostri Jesu-Cristi —dijo Juanita muerta de miedo y recordando la salutación con que el cura de su lugar daba los buenos días a sus feligreses.

—¿Quién pronuncia aquí el nombre del impostor de Galilea? —rugió el prefecto pudiendo apenas mantenerse en equilibrio.

—Estos cristianos que acaban de profanar la estatua de Nerón.

—¿Cuál es el jefe?

—Este, el más viejo —contestó Juanita impuesta por la traducción de Benjamín.

—Subidlo al cráter y arrojadlo en las entrañas del Vesubio.

Una explosión de lágrimas y lamentos sucedió a tan bárbara orden; pero antes de que las excursionistas pudieran dirigir una palabra de consuelo a don Sindulfo, este había desaparecido entre un grupo de vigiles encargados de la ejecución del decreto.

—Los demás —prosiguió el togado beodo— apréstense a servir de bestiarios en los circenses de mañana.

—¡Horror! Nos destinan al circo —tradujo el arqueólogo, cubriéndose el rostro con las manos, mientras Clara perdía el sentido y Sun-ché interrogaba con ojos extraviados sin obtener contestación.

—¿Al circo? Pues no se apuren ustedes —objetó Juana— que si es en el de Price yo tengo allí un primo aposentador.

—No: se nos condena a ser devorados por las bestias feroces.

Amordazados de nuevo, nadie pudo proferir una queja. Los vigiles sacaron del pretorio a los reos, y el Præfectus urbis, tambaleándose, volvió a la sala del festín gritando a sus comensales con feroz alegría:

—El pueblo tendrá bestiarios: la paz de Pompeya queda por ahora asegurada.

Y en efecto; unas horas después, al resplandor del sol naciente, el pobre tutor con los pies ensangrentados por la penosa ascensión del Vesubio rodaba a los profundos abismos del volcán, al mismo tiempo que sus compañeros de viaje penetraban en las mazmorras del anfiteatro para servir de pasto a las fieras y de diversión a la más soez de las plebes.

Viñeta ornamental
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Ilustración de cabecera de capítulo
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CAPÍTULO XVIII

«Sic transit gloria mundi»

N
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No me detengo a describir el anfiteatro porque, exceptuando los ciegos de nacimiento, todos en España han visto una plaza de toros, con la que aquel guarda una completa analogía. Baste saber que los veinte mil espectadores, de que era capaz el de Pompeya, invadieron desde muy temprano aquel día los asientos que los locarios les designaban en los cunei o secciones previamente dispuestas por los designatores o maestros de ceremonias, según el rango y circunstancias de cada uno.

El podium, que era como si dijéramos la meseta del toril con gradines y extendiéndose por todo el círculo de la plaza, estaba destinado a los funcionarios de alta jerarquía. En él campeaba el cubiculum o palco del prefecto, a imitación del suggestum o trono del emperador en Roma, cubierto con un dosel a manera de pabellón; distintivo que, aunque menos suntuoso, ostentaban asimismo las localidades accidentalmente ocupadas por una vestal, un senador o algún enviado de las naciones extranjeras.

A continuación del podium venían las filas de gradas para los caballeros; y tras de ellas la popularia, el tendido, el sol por decirlo así; aunque la comparación no es fiel, pues maldito si los rayos del rubicundo Febo molestaban al público. Y no es porque nubes lo empañasen, que esplendente brillaba en mitad del firmamento, y con alientos tales que, no por ser el octavo día del mes de septiembre, pudieron prescindir de refrescar el ambiente, como lo verificaban en canícula, merced a un licor odorífero compuesto de agua, vino y azafrán, conducido por unos tubos hasta el espacio cubierto, consagrado a las mujeres en la parte superior del edificio, para desde allí hacerlo caer en lluvia cernida sobre el concurso. Tampoco obedecía el eclipse al capricho de ninguna empresa niveladora de clases en beneficio de sus intereses, como la de Casiano, que en Madrid y en el año de gracia de 1874, se permitió fijar este anuncio célebre la víspera de una corrida extraordinaria: De orden de la autoridad mañana no hay sol. Consistía sencillamente en que por encima de las cabezas de los circunstantes corrían unos toldos de lona que en los grandes circenses romanos solían ser de seda y púrpura bordados de oro.

Bajo el podio, en derredor de la arena, estaban las caveæ, bóvedas o casetas poco elevadas, con sus posticæ o compuertas cerradas por los ferreis clathris —grifos de hierro— en las que se metía a los gladiadores y las fieras destinados al combate. En frente se hallaba situada la puerta libitinensis, por donde se sacaba a los bestiarios muertos para ser conducidos al spoliarium, en el que se les despojaba completamente de lo que sobre sí tenían.

Los ecos de los clarines anunciaron la aproximación de los gladiadores; y en efecto, no tardaron en presentarse en la arena todos juntos para saludar al auditorio; siendo recibidos por este con un batir de palmas que no parecía sino que Frascuelo y Lagartijo habían cambiado de traje y que el público de los barrios altos y bajos de Madrid estaba veraneando en Pompeya. Porque hay que tener presente que aplaudir y silbar ha sido en todas épocas el modo más admitido por el pueblo de expresar su satisfacción o su desagrado; y cuando esta última manifestación tenía lugar en un teatro, el actor que de ella era objeto, estaba en el deber de quitarse la máscara como para acusar recibo de la silba.

Despejado el redondel después del paseo, un nuevo punto de clarín echó al anillo a los essedarios; luchadores que combatían sobre carros, a ejemplo de los galos y bretones. Vinieron en seguida los hoplomacos, armados de pies a cabeza y antagonistas de los provocadores. Ni unos ni otros consiguieron hacerse sangre, quedando todo reducido, con gran descontentamiento de la muchedumbre, a unos cuantos chichones sin consecuencia. Tras estos exhibiéronse los mirmillones o gallos, que usando de lanza y escudo a la manera de los originarios de la Galia, reñían con los retiarios; los cuales al perseguirlos con la red y el tridente les gritaban: «Galle, non te peto; piscem peto». Es decir: «Gallo, no a ti; a tu pescado quiero». Con lo que aludían a un pez de metal que en la cimera de sus cascos ostentaban los opuestos combatientes. O el gallo había perdido los espolones o el pescador lo era más de caña que de red, ello es lo positivo que en una de las intentonas tuvieron la mala suerte de tropezar, cayendo cada cual por su lado, y sobre los dos una rechifla que ni cuando el concejal presidente deja pasar un toro de varas.

Por fin sonó la hora de los meridianos, gladiadores que peleaban a la de medio día, y cuyo espectáculo era, para hablar técnicamente, el bicho de la tarde, el quinto escogido a pulso: una circunstancia excepcional venía a hacerlos más interesantes; ambos luchadores eran rudiarii; o lo que es igual, que habiendo servido tres años consecutivos, tenían ganado el rudis, grueso bastón con nudos, símbolo de retiro o licenciamiento en los circenses, donde ya no debían volver a presentarse sino, como en la ocasión aquella, por un acto de su voluntad omnímoda.

Aplaudidos y otorgada la venia por el gobernador o prefecto presidente, empuñaron las arma lusoria; espadas de madera recibidas en premio en varios ejercicios; y con ellas empezaron a ejercitarse cruzándolas en continuos choques: especie de proemio, como cuando los picadores prueban las puyas sobre la valla, al que daban el nombre de præludere, ventilare. Pero era necesario andar muy listos en esta operación; porque, en cuanto el clarín sonaba, deponían los juguetes; y, echando mano de los verdaderos trastos de matar, propinábanse cada linternazo que era una bendición de Dios.

Así lo hicieron; y como los dos eran mataores de fama, costó gran trabajo al más afortunado —pues no sé si era el más fuerte— derribar de un volapié a su antagonista que cayó a plomo revolcándose en la arena.

A la vista de la sangre, el pueblo lanzó un rugido de entusiasmo. El vencedor consultó con la mirada al auditorio que, teniendo derecho de vida o muerte sobre el vencido, podía otorgarle gracia presentando la palma de la mano con el pulgar encogido; pero la sed de matanza era tal, que los jueces, tendiendo por el contrario el pólice y cerrando el puño, prorrumpieron unánimemente en voces de: recipere ferrum; lo que equivalía a exigir que se le diera el cachete. Solo faltaba la ratificación del prefecto al clamor popular; pero el presidente, sea por lástima o por capricho autoritario de oposición, agitó un lienzo blanco en señal de conceder el missio o perdón por aquella vez en nombre del monarca augusto. Clemencia estéril entonces porque el herido acababa de ascender a cadáver. Retirado su cuerpo de la arena con unos garfios de que tiraban cuatro esclavos, dos ediles salieron a ofrecer al victorioso atleta la palma de plata otorgada a su valor. Los espectadores no creyendo justa la recompensa, pusiéronse a gritar:

—¡Lemnisci! ¡Lemnisci!

Y el prefecto, a fin de no herir susceptibilidades, accedió a la demanda disponiendo entregar al gladiador, en sustitución de la palma, las guirnaldas de flores sujetas por cintas de lana, símbolo de los lemniscati; con lo que el agraciado quedaba manumitido de la esclavitud, entrando desde aquel instante en la categoría de los libertos.

Un murmullo de satisfacción que con el arrellanarse en los asientos es en toda asamblea precursor del espectáculo preferente, indicó el turno de los bestiarios.

Clara y Sun-ché, agobiadas bajo el peso de tan espantosa situación, eran casi conducidas en vilo por unos soldados, pues su abatimiento las impedía caminar. Benjamín, sacando fuerzas de flaqueza, procuraba mostrarse hombre y filósofo, avanzando serenamente. Juanita era la que con una resolución impropia de las circunstancias, entró en la arena emulando en desenvoltura a los chicos que se echan al redondel a correr novillos embolados. Habiendo escapado ya a tan varios como inminentes peligros, creíase impermeable, valiéndonos de su propia expresión para traducir la idea de invulnerabilidad. El éxito que obtuvo su porte no se puede comparar sino a las ovaciones que alcanzan en Madrid las malas comedias.

Vestían los reos calzón y túnica corta y llevaban los brazos y piernas liados con unas tiras de cuero como los primitivos guerreros de la Lombardía. Blandiendo con la mano derecha una espada corta, pendía de su izquierda un paño rojo destinado a excitar a las fieras, de lo que acaso ha tomado origen nuestra suerte de matar en el arte de Pepe-Hillo.

Llevados ante el cubiculum del prefecto, les obligaron a entonar por tres veces el morituri te salutant; pero Juanita, amiga siempre de chacota, queriendo patentizar sus conocimientos en el latín de su uso, tomó los trastos con la extremidad del siniestro remo anterior y, simulando descubrirse con el brazo libre:

—Dominus vobiscum —le dijo al senador—. Brindo para que usiam reventatur como un perri de una indigestionem de morcillam. Salutem y sarnam.

Concluida la peroración y diseminados los luchadores por el anillo, los guardias se retiraron y el prefecto hizo la señal de que soltasen las fieras. Juanita, cuadrándose delante de las caveæ, se dispuso a recibir y las puertas giraron sobre sus goznes. Pero en vez de los leones del desierto de Lybia, Luis y Pendencia con sus quince compañeros de armas desembocaron en el circo apercibiendo los revólveres ya habilitados por el sistema de la desinalterabilidad, de que el malogrado don Sindulfo les enseñó a hacer uso en su primer rapto de locura.

Verlos y arrojarse cada una sobre su cada cual, inclusa Sun-ché aunque no tenía cuyo, y Benjamín que simpatizaba con todos, obra fue de un mismo instante.

—¿No se lo decía yo a usted? —gritaba la de Pinto—. Si son como los espárragos, perdonando el modo de señalar; que les corta usté la cabeza y en seguida les vuelve a salir otra.

Pero la ocasión no era la más propicia para entretenerse con símiles. Los espectadores, defraudados en sus esperanzas y comprendiendo por lo que veían, que estaban siendo víctimas de un engaño, prorrumpieron en voces de:

—¡Traición!

Y abandonando las gradas, echaron fuera sus aceros y se aprestaron a hacer irrupción en la arena, para tomarse venganza por su mano.

Luis, que todo lo tenía previsto, formó el cuadro con su fuerza, y, colocando en el centro a las mujeres, antes de que la turba transpusiese el podio, le envió una descarga de la que ni un solo tiro quedó por aprovechar. Sucedió una pausa producida por el asombro; mas como el valor de los pompeyanos era incontestable y no habían tenido aún tiempo de encontrar la explicación del fenómeno, trataron de insistir con más vehemencia, siendo detenidos en su empuje por una segunda hecatombe. Los pusilánimes se detuvieron; los más esforzados solo tuvieron un grito:

—¡Adelante!

Y ya empezaban a descolgarse en la arena cuando Luis, mandando hacer fuego graneado sobre ellos, dispuso una especie de caza, cuyos efectos los dejó consternados. Aquellos pequeños útiles de guerra que a tal distancia enviaban la muerte arrojando proyectiles sin interrupción, tomaron a sus ojos un carácter sobrenatural que no titubearon en atribuir al implacable enojo de sus dioses: el pánico sobrevino y la dispersión se hizo general.

¡Poder del progreso que permitía a un puñado de hombres ver correr en su presencia a veinte mil legionarios conquistadores del mundo entero!

Illustration from El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis

Antes que la turba transpusiese el podio, le envió una descarga...

El anfiteatro se quedó vacío. Entonces comenzaron las expansiones, el deplorar la suerte adversa del tutor para cuyo rescate toda tentativa se juzgó inútil, pues debía haberse ya cumplido la sentencia; y por último las explicaciones y muy particularmente la que con la reaparición de los hijos de Marte se relacionaba. Esta no podía ser más sencilla.

Mis lectores recordarán sin duda unos martillazos que don Sindulfo y Benjamín oyeron mientras recorrían el Anacronópete la noche que pernoctaron en China. Pues bien, dábanlos los mílites que, buscando asilo más seguro para hacer la travesía aérea que los parapetos de las provisiones, se confeccionaron, con unas lonas embreadas que había en la cala, un enorme zurrón o hamaca tendida en el espacio hueco del podio, con la que comunicaban merced a una abertura, provista para mayor disimulo de su correspondiente compuerta, practicada junto a la guillotina de la descarga, y donde el gas respirable entraba por un tubo de goma a través de un simple agujero.

—De modo —concluyó Pendencia— que cuando don Pichichi, que requiezcat, creyó arrojarnos en el dezpacio, no hizo más que abrirnos la puerta prencipal de nuestra propia caza.

Dadas gracias a Dios y celebrada la ocurrencia:

—Ahora escapemos; la tierra de Noé nos aguarda —dijo Benjamín sacándose del pecho los cordeles que había conservado en medio de tanta tribulación.

Embriagados todos en su felicidad le siguieron automáticamente; pero al llegar a la puerta la encontraron cerrada; y, por los alaridos que daba el populacho al exterior, dedujeron que forzarla sería imprudencia. Y efectivamente, todo el pueblo acarreando muebles, canastas, maderos y cuantos utensilios pudieran servirles para formar barricadas, levantaban una colosal alrededor del edificio en el que los anacronóbatas iban a ser sitiados por hambre.

La situación era grave. Restituidos al redondel, ya se habían puesto a discutir en consejo de familia, cuando un estampido horroroso retumbó en todos los ámbitos de la ciudad y una luz cárdena iluminó el espacio. El susto fue de padre y muy señor mío, porque, sin pensar en el anacronismo que cometían, los expedicionarios atribuyeron la detonación a la pólvora de alguna mina con que los indígenas querían volar el edificio.

—Piensen ustedes en la fecha relativa de hoy —decía Benjamín—. ¿En qué día creen ustedes que vivimos?

—Lo que es para nosotros siempre es martes —repuso Juanita.

Una segunda conmoción aumentó la alarma. El arqueólogo se puso pálido como la muerte y, aspirando el olorcillo de azufre de que estaba impregnada la atmósfera:

—¡Maldición! —gritó mesándose los cabellos.

—¿Qué pasa? —interrogaron los excursionistas.

—¡Sí... eso es... día 8 de septiembre del año setenta y nueve de la era cristiana!... ¡La erupción del Vesubio!... ¡¡¡Nos hallamos en el último día de Pompeya!!!...

Aún no había concluido la frase, cuando un calambre geológico, una sacudida del suelo volcánico, sacando al circo de su asiento, derribó gran parte de sus muros haciendo rodar por la arena a los interlocutores sin que, felizmente, ninguno de ellos fuera alcanzado por los escombros. La lava caía a torrentes, la ceniza embargaba la respiración.

—Salvémonos —gritó Benjamín apenas pudo ponerse en pie; y todos se precipitaron por la abertura, pasando por encima de cadáveres abrasados por la erupción y desatendiendo los ayes de los moribundos y la desesperación de los vivos.

La inalterabilidad a que estaban sujetos haciéndolos insensibles a la influencia de cualquiera acción física, les permitió llegar al Anacronópete sin obstáculo alguno; pues las sustancias en fusión resbalaban sobre sus carnes sin adherirse.

Instalados en él, Benjamín elevó el vehículo a la zona de locomoción. Un ruido como el de una piedra chocando en un tubo de desalojamiento, produjo un sonido campanudo; pero ya el coloso había emprendido su vertiginosa marcha y, devorando tiempo, se lanzaba a enriquecer la ciencia con el descubrimiento del pasado, mientras a sus pies dejaba una dolorosa enseñanza para el porvenir.

Viñeta ornamental
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Ilustración de cabecera de capítulo
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CAPÍTULO XIX

Los náufragos del aire

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El trayecto que tenían que recorrer, pues determinaron no detenerse en ningún punto, era el más largo que se había llevado a efecto en toda la expedición. Se encontraban en el año 79 de la era cristiana; y el Diluvio Universal corresponde como nadie ignora al 3308 antes de J. C.

Aunque la zona en que viajaba el Anacronópete estuviese muy por encima de la región en que se forman las tempestades y no tuvieran nada que temer por consiguiente del cataclismo provocado por la maldad de los hombres, creyeron no obstante deber dar oídos a la prudencia y se convino en hacer alto en un período posterior, históricamente hablando; lo que caminando hacia atrás equivale a tocar tierra antes de llegar a aquella gran catástrofe.

Su objeto era avistarse con Noé; y como este repoblador del mundo vivió todavía 350 años después de salir del arca, no solamente podían evitar las contingencias del Diluvio, sino hacerse más pronto dueños del secreto de la inmortalidad desembarcando en el 2958 (a. de J. C.) en que acaeció su muerte; o sea a 3037 años de la destrucción de Pompeya añadiendo los 79 que les faltaba trasponer del siglo primero.

Con todo; como no era cosa de irle a entretener de semejante asunto en las postrimerías de su existencia, y teniendo tiempo a mano de que disponer, se votaron un par de lustros más para imprevistos, y se fijó el descenso en el año 3050 del día de la fecha; trece antes del fin del patriarca, a los 937 de su edad y con 258 de antelación al desquiciamiento del globo.

Contando pues en números redondos una marcha de cinco siglos diarios, necesitaban siete días (incluyendo las paradas de las comidas en plena atmósfera) para tragarse las treinta centurias y media en cuestión. Pero el humor no faltaba, si bien turbado a intervalos por el recuerdo de don Sindulfo, y había provisiones para dos meses; de modo que, si nada es más largo que una semana de hambre, ellos parafraseando el axioma, presentían que nada iba a ser más corto que otra de felicidad.

La expedición tuvo principio en las mejores condiciones. Los ocios se mataban ora explicando a Sun-ché las maravillas del invento y narrándole las peripecias del viaje (si bien haciendo caso omiso de su parentesco con el inventor para evitarle las amarguras de la viudez), ora fundando planes sobre el porvenir, todos por supuesto de color de rosa y perfumados con el incienso de la vicaría.

Poco más de la mitad del camino tenían ya andado, cuando en la hora meridiana del cuarto día y en sazón en que el vehículo cortaba la más limpia y transparente de las atmósferas, el aparato dejó repentinamente de funcionar.

—¿Qué ocurre? —se preguntaron todos con extrañeza.

—Algún cambio de tiro —repuso Juanita.

Pero la actitud alarmante de Benjamín no permitió a nadie saborear el chiste.

—Tal vez una solución de continuidad... —dijo este meditabundo.

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