El Anacronópete (continued 4)
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—Entonces vamos a despeñarnos sobre la tierra si la corriente no se establece —adujo Luis.
—Sin embargo —objetó el políglota— no nos movemos.
—¡Cómo! ¿Ezto ni zube ni baja?
—No.
—Puez ací ce quedó Quevedo.
Y precedidos de Benjamín los excursionistas se consagraron al reconocimiento del mecanismo sin hallar desperfecto alguno que les procurara la clave del enigma. La tarde se pasó en vanas tentativas, y con las sombras de la noche la alarma, exagerando el peligro, alcanzó proporciones considerables. Pocos fueron los que lograron dormitar; dormir ninguno. Con la luz del alba repitiéronse las observaciones; y como casi todos alcanzaban los mismos grados de inteligencia en mecánica, las opiniones podían contarse por los individuos.
Al tercer día, los militares como recurso supremo y sin dar cuenta a Benjamín de lo que consideraban muy luminosa idea, se decidieron a deslastrar el Anacronópete; y empezaron a arrojar por las compuertas las cajas y costales que más a mano se les vinieron, sin reparar en clase ni condición. Término estaban poniendo a su tarea, cuando Benjamín que, atraído por los golpes, llegó a la cala:
—¡Desgraciados! ¿Qué hacéis? Deteneos —gritó fuera de sí.
—¡Le peza mucho la tripa a la cabalgadura!
—Pero nos estáis dejando sin provisiones de boca; y nuestro caso es horrible: ¡Hemos naufragado en el aire!...
Aquel grito fue la señal del pánico. Toda esperanza estaba en efecto perdida; y por un azar hijo de la impremeditación se veían sin vitualla, pues las existentes apenas alcanzaban para cuarenta y ocho horas.
Semejante peligro era indudablemente el más grave a que habían estado expuestos.
—¿Quién podrá venir en nuestro socorro? —preguntaba la pupila con las de sus ojos arrasados en lágrimas.
—Deje usted; que puede que pase algún titiritero de esos que suben en globo y nos echará una cuerda —aducía Juana optimista hasta competir con el célebre Panglos.
—¿Aereonautas aquí? —exclamaba con desaliento el arqueólogo consultando la situación—. ¿Ignoras que estamos en el año 1645 antes de la era cristiana y encima mismo del desierto de Sin?
—Ci a mí me dan un cable yo me comprometo a dezcolgarme para ezplorar el horizonte —propuso Pendencia.
Pero ni había a bordo soga tan larga, ni, aun siendo posible el descenso, debía exponerse el valiente andaluz a quedar en tierra si al vehículo se le ocurría emprender la marcha sin más razón que la que había tenido para pararse. Encomendóse pues la salvación de los náufragos a aquella débil pero única probabilidad, y como medida de precaución se acortaron las raciones.
Seis días después de la detención ya no tenían qué llevarse a la boca. Al séptimo hubo que triturar las sustancias que contenían algún jugo y elaborar una especie de harina con sus principios leñosos. Al octavo la fiebre había ganado las filas. Al noveno no quedaba ningún recurso; y el aire que por todas las ventanas abiertas penetraba, era insuficiente para la respiración de aquellos infelices asfixiados por la sed y demacrados por el hambre.
Al amanecer del décimo, los excursionistas yacían tendidos por el laboratorio, cuyo aspecto tenía muchos puntos de contacto con un campo de batalla sembrado de cadáveres.
—Decidámonos. ¿Qué se hace? —preguntó Benjamín dando un rugido con el aliento que le prestaba la desesperación.
—Devorarnos a la suerte —gritó un soldado. A cuya proposición asintieron en coro todos los hijos de Marte cerrando los oídos a las súplicas que las mujeres anonadadas les dirigían.
—Un momento de reflexión —adujo Luis pensando en Clara—. Acaso se le ocurra a alguien otro plan menos cruento.
—No; a la suerte —vociferaron los mílites tomando una actitud amenazadora.
—Dicen bien —objetó Benjamín—. No hay salvación para nosotros; hace diez días que permanece inmóvil el aparato.
—Zobre todo el dijeztivo.
—El hambre nos acosa y el instinto de conservación aconseja una determinación radical.
—¡Qué lástima que los judíos hayan matado a don Sindulfo! —balbuceó la decidora Juanita—. ¿Quién le tuviera aquí?
—¿Para qué? ¡Una boca más!
—No, señor; para hacerle pagar el pato.
Al oír el pato verificóse un movimiento de reacción en los viajeros que les hizo incorporarse; pero convencidos de que eran víctimas de una ilusión, todos ahogaron un suspiro y volvieron a dejarse caer.
—¡No más treguas! —insistieron los peticionarios.
—¡Piedad! —murmuró Clara, estrechando las manos de Luis.
—Por última vez —intercedió el enamorado capitán dirigiéndose a los suyos— yo os exhorto a que hagáis gracia a las mujeres.
—Ci. Puez para hacerlaz reír eztamoz ahora.
—¡No!
—Pues bien; yo os doy mi vida por la suya.
—Ezo ez diztinto; ze aprueba, porque todoz hemoz de ir cayendo por turno. Ahora te convenceráz de mi amor, Juanita.
—¿Por qué?
—Porque mil vecez te he dicho: «Te quiero tanto, que te comería.» Y ci te toca número bajo yo te probaré mi cariño.
Perdida ante el hambre toda noción de humanidad y de respeto, los soldados puestos de pie exigían con tal ahínco el cumplimiento de su demanda, que hubiera sido temeridad exponerse a que, tomando por sí mismo la justicia, se convirtiese en ley del capricho lo que podía concretarse a contingencia de la fortuna.
—Resignación —dijo Benjamín—. Manos a la obra. Apuntemos los nombres; venga papel.
—¿Papel? Nos hemos engullido hasta los billetes de banco.
—Pues echemos pajas.
—No; que nos podemos comer el juego.
—Ya sé —prosiguió el políglota—. Aquí tengo mi colección de minerales y piedras preciosas; cada cual tome un ejemplar cuya inicial del color corresponda con la de su nombre. Así, por ejemplo: Luis, lázuli: Pendencia... perla: Clara, coral.
—Usted, Benjamín, tomará el verde —interpuso Juanita.
—Verde se escribe con V.
—Para prozodias eztá el estómago.
Distribuidas aquellas boletas de nueva invención, metiéronlas en un pañuelo y dispusiéronse a dar comienzo al acto.
—¡A ver! Una mano inocente.
—Como no zea la del almirez...
—Usted, Clara.
—Yo no quiero ser responsable de la muerte de mi prójimo —dijo la pupila eludiendo la oferta.
—Tú, Juana.
—No, que estoy segura de sacar la jota. Que escoja la emperatriz, que justo es que le toque a ella la China.
Y ya le iban a presentar el bombo a Sun-ché, cuando un bulto que se desprendía por uno de los ventiladores, hizo volver a todos la cabeza hacia aquel sitio.
—¡Don Sindulfo! —gritó el arqueólogo dejando caer las piedras.
—¡El loco! —exclamaron los circunstantes no atreviéndose a creer lo que veían.
Era realmente el asendereado tutor el que, excitado por la locura, aunque impotente por la inanición, se presentaba a sus ojos convertido en un esqueleto parlante.
¿Cómo se encontraba allí? Es muy sencillo. Al arrojarle al Vesubio, su cuerpo en vez de seguir hasta el fondo, se detuvo en una de las rocas salientes del interior del cráter. La inalterabilidad a que estaba sometido le permitió no solo resistir la caída sin el menor daño, sino soportar también la alta temperatura de aquel antro en fusión. Al verificarse la erupción fue lanzado al espacio con la peña que le sustentaba; pero como en aquel instante el Anacronópete, al salir huyendo de Pompeya, cortase la parábola que don Sindulfo describía, uno de los tubos de desalojamiento le recibió como el buzón recibe una carta, produciendo aquel extraño ruido que los viajeros tomaron por el choque de una piedra sobre el vehículo.
—¿De modo, que del boleo que le dio a usted el volcán, vino usted a colarce por el rezpiradero del ana compepe?
—Sí; para satisfacer mi venganza.
—¿Cómo?
—Al oír que mi sobrina y Luis se abandonaban a los mayores transportes de felicidad: al ver vivo al rival de quien ya me juzgaba libre, los celos ejercieron sobre mí su funesto poder y concebí la idea de que pereciésemos todos juntos.
—Pero ¿por qué medio? —interrogó su colega.
—Fijando en el espacio el Anacronópete, cuyo mecanismo secreto no conocéis ninguno, para condenaros a la inmovilidad en la atmósfera insondable y complacerme en vuestra lenta agonía.
—¡Miserable! —prorrumpieron los soldados—... ¡Muera!
—Ci, muera; que cea ezta la primera rez que ce zacrifique en nuestro holoclauztro.
—Matadme en buen hora; no haré sino precederos. Vuestra suerte no por eso ha de cambiar.
—Tiene razón —objetó Benjamín—, no adelantamos nada.
—Sí; se adelanta la comida —arguyó la de Pinto.
—¿Luego no hay clemencia?
—Ninguna. Muramos.
—Corriente, muramoz; pero lo que ez usted inaugura el matadero.
—A él, camaradaz.
Los soldados se precipitaron sobre don Sindulfo a pesar de la resistencia de Sun-ché que por gestos les pedía el perdón del hombre por quien experimentaba tan invencible simpatía. Ya iban a descargarle el golpe fatal, cuando una lluvia benéfica que penetraba por la claraboya del techo, suspendió la mano de aquellas sedientas criaturas.
—¡Agua! —articularon todos abriendo la boca para recibir el celestial rocío.
—¡Es nieve! —exclamó Juanita reparando que más que gotas aquello parecían copos.
—¡Tampoco ez nieve! —repuso con alegría Pendencia al saborearlo—. Hay dentro azí como unos chícharoz.
Benjamín que hasta entonces permaneciera silencioso, dióse un golpe en la frente, y embriagado de gozo:
—¡Nos hemos salvado! —dijo.
Y corrió en busca de una biblia que en el armario estaba, mientras don Sindulfo se mesaba los cabellos de desesperación al presentir su derrota.
—Mirad —insistió el políglota leyendo en el libro—. «Capítulo XVI del Éxodo. Israel vino a parar en el desierto de Sin que está entre Elim y Sinaí.» Donde nos hallamos nosotros.
—¿Y bien? —preguntaron los circunstantes atónitos al contemplar que envueltos en la lluvia caían por la claraboya centenares de pájaros animando el laboratorio con sus voces y aleteos.
—«Y vinieron codornices que cubrieron el campamento, el cual se llenó también de un rocío que los israelitas llamaron maná.»
—¡El maná! ¡Bendito sea Dios!
Y todos se hincaron de rodillas.
—¿Y ahora persistirá usted en su criminal proyecto? —preguntó Luis a su tío.
—Y la peregrinación duró cuarenta años —interpuso Juanita—. Con que de aquí a que se nos acaben las provisiones, tiempo le queda a usted de ver cómo se arrullan.
—En vano es luchar —exclamó el tutor vencido y humillado—. Llevadme adonde os plazca.
—A la tierra de Noé en el Ararat —gritó Benjamín.
—Sea —balbuceó el sabio; pero por lo bajo añadió: «Todavía puedo vengarme».
Y los excursionistas, después de recoger abundante cantidad de aquel pan del cielo y de reconfortar sus perdidas fuerzas, obligaron a don Sindulfo a dejar desembarazados los movimientos del Anacronópete, encerrándole luego por precaución en el cuarto de los relojes para no verse expuestos a algún nuevo rapto de locura.
—Que nadie ce coma laz plumaz de laz codornicez que han de cervir para hacerle un plumero al zabio.
—¿No se lo decía yo a usted, señorita? —observó Juana—. Nosotros somos como los tentetiesos; aunque nos tiren de cabeza, siempre caemos de pie.
Y el Anacronópete emprendió su majestuosa marcha sobre el pueblo escogido por Dios, al que aún tuvieron ocasión de ver atravesando el mar Rojo a pie enjuto mientras sus aguas, uniéndose tras él, abrían ancha tumba a los ejércitos del cuarto Amenophis.


CAPÍTULO XX
El mejor, no porque sea el más bueno, sino por ser el último

Sesteaban tranquilamente los pastores mientras el ganado se esparcía por la falda de la montaña o por las laderas de dos ríos que, al cruzar sus brazos, parecían decirse estrechamente adiós como si presintieran que en su curso iban a separarse para no volver a reunirse nunca.
Los labradores en el valle, congregados en familia, dormitaban bajo sus tiendas, soñando tal vez al resguardarse de los rayos del sol, en el botín que la noche les reservaba en el ataque de la vecina tribu.
La mujer, reducida en aquellos tiempos a la condición de animal, el menos mimado del hombre, aderezaba las pieles que habían de servir de envoltura al fornido Triptolemo y al infatigable Nemrod, o disponía el tasajo con cuyos restos, disputados a los canes, se la premiaba el ejercicio de la maternidad.
Dominando el campamento sobre una no muy elevada colina, alzábase la tienda del jefe, donde este y los ancianos organizaban el pillaje y resolvían las diferencias de la tribu con veredictos que nada tenían de común con la justicia.
El descenso del Anacronópete en aquel risueño valle, produjo en la nómada multitud la extrañeza supersticiosa y cobarde que en la ignorancia infunde siempre lo desconocido. Al despertar sobresaltados por el aviso de los vigías, todos apercibieron sus hondas, empuñaron sus cayados y corrieron adonde el consejo estaba reunido para preguntar tumultuosamente si era al ataque o a la defensa a lo que debían disponerse.
Aunque la caída del vehículo tenía algo de sobrenatural a sus ojos, y los trajes de los expedicionarios aumentaban su confusión, la exigüidad del número con relación a la tribu restableció la confianza y se determinó dejarlos avanzar para despojarlos en sazón oportuna y repartirse las mujeres entre los que más se distinguieran por la noche en el rebato del aduar enemigo.
En aquel momento una negruzca nube, que poco antes empezara a subir por el horizonte, llenó el valle de sombras y descargó en lluvia torrencial.
—¡Ah de la tienda! —gritó Benjamín al llegar con los suyos a la de los ancianos.
—Me parece que también aquí van a recibirnos con tanto gusto como al casero —murmuró Juanita al ver la actitud de la gente.
—¿Por qué venís a turbar el sosiego de nuestro campo?
—Somos viajeros errantes y pedimos hospitalidad.
—Pagadla.
—Ved nuestra extenuación —prosiguió el políglota—. Reconfortad con algún alimento nuestras perdidas fuerzas.
Y la verdad es que, hartos de codornices, los excursionistas deseaban adquirir a cualquier precio una cazuela de modestas sopas de ajo.

—Trocadlo por vuestras vestiduras —repuso el jefe—. Aquí no se da nada sino por algo.
Convenido el trueque, se transmitió la orden de servirles leche, frutas y un par de recentales.
Entre tanto la tempestad seguía rugiendo y el eco de las descargas eléctricas repercutía en el valle con imponente fragor.
—Mirad, mirad esa colección de ancianos venerables —repetía Benjamín dominado por su idea y contemplando con éxtasis la ratificación de sus esperanzas en aquellas cabezas cubiertas de nieve—. Decidme si no son ellos los que poseen el secreto de la inmortalidad.
—¿Cuántoz añoz tiene usted, abuelo?
—Quinientos setenta y cinco —repuso el interpelado al enterarse por Benjamín de la pregunta de Pendencia.
—Gemelo de usted —dijo Juanita a don Sindulfo que, absorto y reflexivo, solo dejaba escapar una sonrisa de satisfacción cada vez que el rayo iluminaba la tienda con su cárdena luz.
—Puez habrá usted conocido a Mahoma.
—Creo prudente, don Benjamín —observó el capitán de húsares—, que mientras disponen los alimentos, aclare usted su enigma a fin de emprender el rumbo hacia nuestras tierras.
—Sí... voy a realizar mi sueño dorado.
Temblando de emoción y rodeado de sus compañeros que, después de tantos peligros, esperaban saborear las delicias del triunfo, el paleógrafo sacó los cordeles encontrados en Pompeya, y enseñándoselos avaramente al jefe de la tribu:
—A ver —le dijo— si podéis descifrarme esta escritura de que solo me ha sido dado interpretar los primeros caracteres.
Todos los circunstantes contenían la respiración. El cinco veces centenario patriarca repasó los nudos entre sus dedos y, lanzando una carcajada estrepitosa:
—¡Mirad! —exclamó haciendo circular el documento entre los suyos que con irreverentes signos de desprecio hicieron coro a la hilaridad del anciano.
—¿Pero en suma?... —preguntó Benjamín con desconcierto.
—Esto son tonterías del soñador Noé: consejos que ha repartido por todas las tribus para curarnos de lo que él llama la corrupción de los hombres.
—¿Qué? —interrumpieron los circunstantes presintiendo algún desengaño.
—Él sabe que nosotros no nos acomodamos sino con el robo, el pillaje y el escándalo, y pretende que Dios, a quien no conocemos, va a castigarnos con sus iras.
—No parece que os haya escarmentado el Diluvio —objetó Benjamín ante aquella tan paladina como desvergonzada confesión.
—¿El Diluvio? No sé. Nosotros venimos de luengas tierras.
—¿Pero no habéis experimentado una inundación general?
—No en mis días.
—Bien hice yo en sostener en el Ateneo que el cataclismo no había sido universal. En fin; volviendo a nuestro asunto, aquí dice: «Si quieres ser inmortal, anda a la tierra de Noé y»...
—«Y él —prosiguió el viejo interpretando la escritura— enseñándote a conocer a Dios te dará la vida eterna.»
Los expedicionarios no pudieron reprimir un movimiento de indignación contra Benjamín, al ver reducido a un precepto moral lo que ellos acariciaron como receta empírica. Todo se explicaba perfectamente: los cordeles transmitidos a varias generaciones habían sido enterrados bajo la estatua de Nerón por algún cristiano habitante de la Campania deseoso de eludir las persecuciones del siglo primero; y el occidental refugiado en China, descendiente suyo e iniciado en el secreto, se había introducido en Ho-nan para difundir la doctrina del Salvador anteponiéndose a las gloriosas conquistas de las misiones católicas en el extremo Oriente.
—¿De modo?... —balbuceó el políglota ruborizado...
—Que nos ha hecho usted pasar las de Caín —repuso Juanita— para aprender lo que desde chiquitines sabíamos ya por el catecismo del Padre Ripalda.
—¡Ci zon uztedes doz zabioz de cimilor!...
Las pullas y las diatribas no hubieran tenido fin sin una detonación espantosa que, pareciendo conmover hasta los cimientos del mundo, produjo un silencio de muerte.
La lluvia se despeñó de golpe como si cataratas la vomitasen, y todos por instinto trataron de salir de la tienda; pero un vigía penetrando en ella con la mirada errante:
—¡Salvaos! —dijo con terror—. El firmamento se desgaja; los ríos han roto sus barreras y el valle ha desaparecido bajo las hondas encrespadas de un mar de espuma. ¡A la montaña!
—¡A la montaña! —gritó la tribu desapareciendo al par que la tienda: aquella impelida por el pánico; esta arrebatada por el huracán.
Las mujeres, perdiendo el sentido, impidieron emprender la fuga a los anacronóbatas, que con espanto veían flotar los cadáveres sobre las aguas, ganar los vivos las alturas, iluminar el espacio sierpes de fuego, y sobre el negro fondo del horizonte subir el nivel de aquella rugiente masa líquida hasta lamer la cúspide del montículo que les servía de base.
—¡Valiente chaparrón, caballeroz! ¿Ci cerá el Diluvio?
—Imposible —dijo Benjamín—. Aquella catástrofe tuvo lugar en el 3308 antes de Jesucristo y nosotros hemos hecho alto en el 2971 o sea 337 años antes.
—¿Y mi venganza? —vociferó don Sindulfo con la alegría de una satánica satisfacción.
—¿Cómo?
—Me habéis encerrado como una fiera en el cuarto de los relojes y yo los he retrasado para que, dirigidos por un falso cómputo, seáis víctimas conmigo de esta conflagración universal.
Un rugido prolongado sucedió a las palabras del implacable loco. La situación era insostenible; las aguas desprendían bajo los pies de los viajeros las piedras de la colina, y la oscuridad era tan profunda que a dos pasos no se distinguían los objetos. Las fuerzas de Luis cedían al peso de su preciosa carga. Ello no obstante trató de subir hasta la punta del promontorio; pero una ráfaga le derribó y Clara desasida de sus brazos sepultóse en el abismo.
—¡Dejarme a mí que nado como un boquerón! —dijo Pendencia y se arrojó al agua; pero al caer, sin lastimarse gracias a la inalterabilidad, en vez de sumergirse en un cuerpo líquido dio con el inanimado de Clara tendido sobre una superficie sólida y dura. Un manojo de rayos iluminó el firmamento, y a su resplandor pudo el intrépido soldado medir la inagotable bondad de la Providencia, enviándole en un grito agudo todo un himno de alabanza.
—¡El cangrejo! —exclamó reconociendo el Anacronópete y recordando su condición retrógrada.
Era en efecto el vehículo, que arrastrado por la corriente flotaba sobre las olas junto a aquella colina que de tumba se había trocado en embarcadero.
Don Sindulfo, con los ojos inyectados en sangre, fue el primero en penetrar en él ciego de cólera.
El trasbordo se verificó sin dificultad por la galería que recibiera a Clara y al asistente, y unos segundos más tarde los expedicionarios, hendiendo aquella cortina de agua y fuego, seguían su curso navegando por la más diáfana y apacible de las atmósferas primitivas.
Ocupados en prestar auxilios a las enfermas y preocupados con la duración del síncope, todos advirtieron que andaba; pero a nadie se le ocurrió preguntar quién había puesto en actividad al coloso. Luis, ante el temor de que su pobre tío cometiese por razón de su estado alguna nueva imprudencia, le puso cuatro centinelas de vista señalándole otros tantos pies cuadrados de zona de movimiento fuera del alcance del mecanismo.

En las primeras horas se desconfió de salvar a aquellos exánimes seres harto resistentes hasta entonces a tantas vicisitudes; pero la juventud suele acordarse en medio de sus derrotas del indisputable derecho que la asiste a la vida, y provoca crisis tan rápidas y absolutas como la que a nuestras simpáticas viajeras devolvió el uso de sus facultades.
Abrazado que se hubieron como hacían después de haber corrido algún gran peligro, por cuya razón paréceme que si no los deseaban tampoco los temían, nadie pensó sino en la felicidad que al regreso les esperaba.
—¡Ah! —decía Juanita—. Cuando yo vuelva a oír pregonar por Madrid la Correspondencia...
—Nada, nada: cada oveja con zu pareja. Uzté, capitán, con la ceñorita; don Pichichi con la emperatriz y yo con la doncella (perdonando el modo de ceñalar) —con lo que se refería a un cariñoso golpe que le había dado en la espalda a la de Pinto— noz vamos a la parroquia, noz echa el cura el garabato y a vivir.
—A este paso no tardaremos en llegar —adujo Luis.
Entonces fue cuando el políglota fijó mientes en la vertiginosa rapidez que llevaban; pero ignorando si la imprudencia estaba de su parte, se calló limitándose a consultar los relojes que con gran asombro suyo encontró desmontados y con las manillas fijas en el año 3308, época del Diluvio que habían traspuesto hacía seis horas.
—¿Qué es esto? —se preguntó alarmado. Y abriendo uno de los discos del laboratorio, trató de reconocer la posición. Aquello era horrible; las alternativas de luz y sombra se sucedían como las vibraciones de un timbre eléctrico en que la transición del sonido al silencio no deja espacio perceptible. De vez en cuando el Anacronópete suspendía su marcha; diríase que se procuraba algún reposo, tras del cual, nuevo Judío Errante, emprendía su curso como si una voz oculta le gritase: «Anda.» Aprovechando estos fenómenos, para él incomprensibles, Benjamín con la vista clavada en el telescopio asistía al desfile de la descomposición de la naturaleza. Ora, al cruzar la antigua Hélade, robaba sus secretos a la mitología apercibiéndose de que los cíclopes no eran más que los primeros explotadores de las minas bajando a las entrañas de la tierra con una linterna en la frente, convertida por los poetas en un ojo; ya al cortar los confines del Asia y de la América, sorprendía que los siberianos habían sido los pobladores de las regiones descubiertas por Colón, pues los veía atravesar en caravanas, lo que entonces era un istmo, abierto más tarde por las aguas para formar el estrecho de Behring; el Mediterráneo no existía; los Alpes eran una llanura; el desierto de Lybia un mar. Tras los hijos de Caín, aparecía el cadáver de Abel: después del Paraíso la Creación...
Una carcajada sacó a Benjamín de su estupor: era don Sindulfo que, recreándose en el asombro del arqueólogo, gritaba en el paroxismo de la locura:
—Habéis provocado mi venganza y yo no cejo en la empresa.
—¿Qué? —exclamaron todos presintiendo alguna nueva desventura.
—Creíais caminar hacia adelante, y ya veis que seguís retrocediendo.
—¿Pero aquí no se acaban las tribulaciones? —decía Juana.
—Ce noz orvidó trincarlo.
—Cambiemos de rumbo.
—Sí.
—Es inútil —prosiguió el loco con sus carcajadas convulsivas—. ¿No observáis que viajamos con una velocidad quintuplicada? No hay quien nos detenga: he destruido el regulador, y el Anacronópete disparado corre a precipitarse en las masas candentes primitivas.
—¡Horror!...
—La muerte nos espera a todos en el caos.
—¡El caos!
—Mirad.
Y en efecto; a través del disco brillaba una tenue luz, principio del orden de la naturaleza y fin de la confusión de los elementos; pero, al retrogradar, la masa caótica iba espesándose gradualmente, y el grueso vidrio no alcanzaba a resistir los aluviones de agua, tierra y fuego que, agitados por el aire suspendían a intervalos y con violentos choques el empuje del vehículo flotante en aquel barro incandescente. La inalterabilidad había perdido sus propiedades; la asfixia se apoderaba de los viajeros, por el calórico desprendido de las paredes; hasta que por fin el cristal fundido, dando paso a un torrente de sustancias ígneas, ¡¡¡se abrió con el estampido de cien volcanes!!!...
Era el público del teatro de la Porte Saint Martin que, concluida la representación de una comedia de Julio Verne, premiaba la inventiva del autor. Juanita con Pendencia y los agregados militares enviados por nuestro gobierno a la exposición de París, ocupaban unos asientos de galería. Clara, casada desde la víspera con Luis, compartía con este las miradas de los curiosos en un palco de proscenio, acompañada de su tutor y de su inseparable amigo el arqueólogo, parte integrante de la existencia de don Sindulfo desde que perdió a la muda en las playas de Biarritz, y atraídos ambos a la Babilonia moderna por el aliciente del universal concurso.
Ya se comprende lo demás: el tutor se había dormido y había soñado. Cuando por el camino contó el sueño a su familia, todos rieron grandemente; lo que dudo mucho que haya acontecido a mis lectores con este relato. Y no obstante hay que reconocer que mi obra tiene por lo menos un mérito: el de que un hijo de las Españas se haya atrevido a tratar de deshacer el tiempo, cuando por el contrario es sabido que hacer tiempo constituye la casi exclusiva ocupación de los españoles.
