El Anacronópete (continued 2)
Reading edition
—En cuanto a eso, poco a poco —interpuso Clara.
—¡Cómo! ¿Te me insubordinas?
—No señor; pero protesto de que haya usted abusado de nuestra ignorancia, para obligarnos por sorpresa a emprender un viaje sin precedente en el mundo.
—¿Y quién te ha dicho?...
—¿Quién ha de ser, hombre de Dios, sino la mismísima milicia española que se está burlando de usté, a pesar de saber más matemáticas que Motezuma?
—¿Qué oigo? ¿Ha encontrado Luis medio de hacerte llegar alguna carta? —preguntó el sabio aturdido y sin sospechar que, no obstante su tiranía, hubiera podido ser el capitán esquela viviente.
—¡Digo, digo, una carta!... Toda una baraja completa para hacerle a usted tute.
—Procura no ser insolente, porque de lo contrario en llegando a la Roma de los Césares, te vendo como esclava al primer patricio que encuentre en la calle.
—¿Y qué van a hacerme a mí los patricios? ¡Pues qué! ¿Yo no vengo de liberales? Mi padre fue furriel de voluntarios.
—Oiga usted nuestros ruegos.
—Nunca.
—Si le digo a usted que el tal don Pichichi es el Calomarde de los tíos.
—Se concluyeron las intrigas —vociferaba don Sindulfo lívido de coraje—. Se acabaron los amorcillos de colegiala: y ya que a buenas no has querido aceptar mi mano, yo te sabré conducir a países y edades en que la voluntad del tutor siendo ley para su pupila, mal que te pese tendrás que llamarte mi esposa.
—Eso jamás. Primero la muerte; antes la tortura. Y pues agotada la persuasión recurre usted a la violencia, yo le probaré que tengo valor para afrontarlo todo.
Y dirigiendo una mirada de connivencia a Juanita, añadió:
—En marcha cuando usted guste.
—Sí, señor. Arre; que en el primer cambio de tiro ya nos apearemos para quejarnos a la autoridad.
El sabio no se hizo repetir la orden; juntó los polos y el Anacronópete comenzó su marcha ascensional, no sin cierta emoción de parte de las reclusas que veían desaparecer por instantes los contornos de la ciudad bajo sus plantas.
En el cuarto de las agregadas, la impresión fue más viva por estar esperando con más impaciencia los resultados del viaje. En la cala, el silencio era absoluto. Solo Pendencia se permitió decirle en voz baja a su jefe, al apercibirse de la oscilación:
—Mi capitán: el botacilla.
De repente el coloso tomó rumbo y empezó a desalojar atmósfera sin que nadie se apercibiera de que viajaban con una velocidad de dos vueltas al mundo por segundo; pues la locomoción, verificándose en el vacío, falta de capas con que rozar no producía movimiento alguno sensible.
—Ya andamos —exclamó don Sindulfo con el orgullo paternal que le inspiraba su invención.
—Adelante —prorrumpió resueltamente su sobrina.
—¡Loor al genio! —balbuceó Benjamín abrazando a su protector.
—¡Jesús! —decía Juana—. Si esto es más soso que un cocido sin sal. Ni se ve un campanario, ni una lechuga, ni ná que le pueda alegrar a una el corazón. Prefiero el ordinario de mi pueblo. Vamos, don Sindulfo, sóoo... En llegando a los Inválidos pare usted.
La pobrecilla no calculaba que había empezado su frase en París el diez de julio de mil ochocientos setenta y ocho y que la estaba acabando en treinta y uno de diciembre del año anterior sobre la cordillera de los Andes.


CAPÍTULO VIII
Efectos retroactivos

Las suertes estaban echadas y no había medio de retroceder, o mejor dicho, de avanzar, si queremos ser lógicos con la situación. Clara y Juanita se retiraron al gabinete, confiadas en la vecindad de sus defensores y dispuestas a exhibirlos en el primer alto que hicieran; pues en marcha les parecía aventurado sacarlos de su escondite, temerosas de que don Sindulfo, por vengarse, los condenara a todos a movimiento continuo.
El sabio por su parte no se saciaba de saborear su triunfo con Benjamín; y verdaderamente no le faltaba razón para ello, pues jamás experimento alguno había tenido éxito tan satisfactorio.
—¡Eureka! —exclamó en un arranque de entusiasmo aquel segundo Arquímedes que, sin el auxilio de una palanca, removía el mundo hasta en sus cimientos.
—¿A qué altura estamos? —preguntó el políglota.
—Hace veintiún minutos que salimos de París —le contestó su amigo consultando el cronómetro—; por consiguiente hemos desandado siete años y nos hallamos en diez de julio de mil ochocientos setenta y uno.
—¿Estudiemos la situación?
—Sea.
—Rumbo a oriente —dijo Benjamín clavando los ojos en su compás.
—Fijo —asintió el sabio mirando el suyo.
—Latitud 50° N.
—Exacto.
—No hay más que inclinar los catalejos un grado al Sur y dirigir nuestras observaciones sobre el punto de partida.
Y asestando los anteojos al disco meridional, cuyas puertas se abrieron de una descarga, ambos profesores se pusieron a sondear el espacio. Por supuesto que previamente apagaron las luces eléctricas que constituían el alumbrado constante de aquella hermética clausura donde siempre era de noche; pues como el vacío solo se hacía alrededor del Anacronópete, las capas atmosféricas inmediatas a él conducían los rayos del sol; y de no haber tenido cerrado el vehículo, nadie hubiera podido resistir las vertiginosas intermitencias de luz y sombra ocasionadas por la violenta transición del día a la noche en una velocidad de cuarenta y ocho horas por segundo.
Pocos llevaban de observación los anacronóbatas sin apercibir en su carrera más que el vapor iluminado con que como aliento fosforescente, les anunciaban su presencia las ciudades en el período nocturno, o las grandes siluetas de las mismas bañadas por el sol y recortadas sobre el fondo oscuro del terreno durante el día, cuando de repente los dos observadores lanzaron un grito tan rápido como fugaz había sido la sensación que experimentaran. En medio de las tinieblas y sobre el meridiano de París, el reflejo de una inmensa hoguera acababa de herir su retina.
—¡La Commune! —exclamaron ambos.
Y en efecto, aquel resplandor era el petróleo de los pozos norteamericanos oponiendo en vano su devastadora influencia al sentimiento de civilización de la vieja pero noble Europa.
Los sabios no se movieron de su observatorio hasta dar con otro hecho ostensible que ratificara sus deducciones cronológicas; pocos segundos les bastaron para transponer la primavera y cruzar aquel riguroso invierno teatro de la más espantosa de las luchas internacionales, y digno campo de la locura humana. La tierra era una inmensa sábana de nieve, como si el frío del terror sembrado en las campiñas hubiera germinado en cosechas de hielo. El astro rey no se reflejaba sino en mortíferas superficies de acero y bronce, y las parábolas de los proyectiles parecían arcos de fuego levantados en las sombras para impedir que se desplomase la bóveda sideral. Globos aerostáticos confiando a una corriente atmosférica la salvación de la patria, palomas mensajeras volviendo al arca sin el ramo de olivo, París capitulando, Metz cediendo, Sedán dejando huérfana una corona... ¿A qué más efemérides? El cómputo era exacto. Estaban en el año de los castigos.
Cerradas las compuertas y vuelta a iluminar la estancia:
—Maestro; una duda —exclamó Benjamín.
—¿Cuál?
—Puesto que nosotros nos dirigimos al ayer y vamos a llegar al pasado con la experiencia de la historia, ¿no nos sería dable cambiar la condición humana evitando los cataclismos que tamañas dislocaciones han producido en la sociedad?
—Aclare usted su pensamiento.
—Supongamos que caemos sobre el Guadalete en las postrimerías del imperio godo.
—¿Y bien?
—¿No cree usted que dando un curso de moral a la Cava y a don Rodrigo, o haciendo ver al conde don Julián por medio de la lectura de Cantú, Mariana y Lafuente, las consecuencias de su traición, lograríamos torcer el rumbo de los acontecimientos e impedir que hubiera tenido lugar la dominación árabe en España?
—De ningún modo. Nosotros podemos asistir como testigos presenciales a los hechos consumados en los siglos precedentes; pero nunca destruir su existencia. Más claro; nosotros desenvolvemos el tiempo, pero no lo sabemos anular. Si el hoy es una consecuencia del ayer y nosotros somos ejemplares vivos del presente, no podemos, sin suprimirnos, aniquilar una causa de que somos efectos reales. Un símil le patentizará a usted mi teoría. Figúrese usted que usted y yo somos una tortilla hecha con huevos puestos en el siglo VIII. ¿No existiendo los árabes, que son las gallinas, existiríamos nosotros?
Benjamín recapacitó un momento, después de lo cual repuso:
—¿Y por qué no? Aun admitiendo la hipótesis de que ambos seamos descendientes del moro Muza, el evitar que este y los suyos penetren en España no impide nuestra existencia. Yo no destruyo las gallinas; lo que hago es obligarlas a que sigan poniendo en África. Luego la tortilla puede subsistir sin otra diferencia que tener el Atlas por hornillo en lugar del Guadalete.

Don Sindulfo se mordió los labios no encontrando refutación al argumento de su amigo que él calificó de paradójico, y cortó la conversación abriendo el pupitre y disponiendo a anotar en su diario las observaciones de la derrota. Benjamín a su vez dirigióse al armario en que encerraba los más preciados ejemplares de su museo arqueológico y se entretuvo en comprobar las clasificaciones.
Dejémosles entregados a tan sabia tarea y veamos lo que en el ínterin ocurría en el cuarto de las colecciones, donde esperaban impacientes su transformación las doce hijas de Eva en que el gobierno francés fundaba la regeneración moral de su país.
A aquellos de mis lectores que hayan visitado la Francia, y lo serán todos probablemente, no hay para qué hacerles la descripción de los trajes de las viajeras. Teniendo el lujo por cebo y el arte de agradar por oficio, fácilmente se colige que las tales señoras habían puesto a contribución para adornarse todo el ingenio de la industria sedera de Lyon, agotado los maravillosos recursos que posee la fabricación de encajes en Cluny y Valenciennes y engarzado en el oro de California los diamantes del Brasil, las esmeraldas de Colombia y las perlas del golfo de Bengala.
—Y bien, Niní; ¿qué tal va eso? —preguntó a una esbelta rubia otra que acusaba haber sido incitante morena en sus mocedades y que respondía al nombre de Naná, pues todas tenían el suyo artístico.
—Por ahora no puede decirse nada; pero si la prefectura me vuelve a mis quince años, le juro no casarme sino con un hombre que vote siempre por el gobierno. Hay que ser agradecida.
—Cualquier día me uncen a mí —repuso desde su rincón una nerviosilla que con una carta se estaba entreteniendo en doblar pajaritas de papel.
—¿Pues cuáles son tus propósitos, Emma?
—Hacer que me desembarquen en la corte de Luis XV y pedir que me presenten a S. M.
—Lo que es yo —dijo otra que se llamaba Sabina— primero me dejo robar por los romanos que volver a París a vestirme de percal y dormir sobre un felpudo.
—Pero hemos dado nuestra palabra —insistió Niní.
—Pensad que la regeneración de la Francia depende de nosotras.
—Para la que se fíe de promesas oficiales —arguyó Emma—. En cuanto nos viesen jóvenes y bonitas, los mismos que hoy nos toman por instrumentos de rehabilitación serían los primeros en querer venir a turbar nuestra paz doméstica. ¡Ah! ¡Los hombres! ¡Los hombres!...
Y como siguiese jugueteando con la pajarita, observó que se le pulverizaba sin que sus dedos la triturasen.
—Aquí tenéis la prueba —añadió explicando a su modo el fenómeno y dando cima a su pensamiento—. Escriben sus protestas de amor sobre papel podrido para que duren poco.
—Eso es el fuego de la pasión que calcina el papel —objetó la optimista Niní.
—O la humedad del recinto que lo deshace —adujo una nueva interlocutora—. No brilla el Anacronópete por su limpieza: desde que hemos entrado en él, no hago otra cosa más que quitarme velloncitos de lana y borrillas de toda especie que sin duda caen del techo.
—Es verdad. Lo mismo he notado yo —dijo Sabina—. No te muevas, aguarda.
—¿Qué es?
—Una mariposa que tienes en el lazo del sombrero. ¡Una polilla!
—¡Ay! ¡y yo un gusano! —gritó otra corriendo en busca de una mano benéfica que la libertara de él.
Emma quiso volar en su auxilio; pero se detuvo al ver sus dedos impregnados de una sustancia viscosa que había sustituido a la pajarilla. Instintivamente produjo con el brazo un sacudimiento nervioso; pero al quererse mirar de nuevo la mano, la pasta había desaparecido y en su lugar pendían de sus falanges pedacitos de trapo y filamentos de todos tamaños y matices.
Un grito de asombro resonó en el cuarto y la algarada se hizo general cuando Sabina, que consultaba con la mirada a Niní, vio que de la boca de esta, abierta por la sorpresa, salía un diente postizo disparado por el empuje de otro verdadero que tomaba su lugar. Simultáneamente el rubio añadido de Naná, perdido el color y falto del cordón que le sujetara, caía en el suelo mientras su cabeza se cubría de sedosas hebras capaces de causar envidia a la Margarita del Fausto.
—Mirad a Emma —vociferaba una—. Ya no tiene pata de gallo.
—Y Coralia ha perdido su verruga —exclamaba otra.
—¡Qué tersura la de mi cutis!
—¡Qué morbidez la de mis hombros!
—¡No más canas!
—¡Ya somos jóvenes!
—¡Viva!
Y todas consultaban los espejos de sus estuches o se miraban en cualquiera superficie bruñida, distribuyéndose besos y abrazos en el vértigo de su admiración.
La causa de tan maravillosos efectos se explica muy fácilmente. El tiempo empujado hacia atrás verificaba su obra de destrucción; las viajeras no habían sido sometidas a la inalterabilidad; pero sus trajes tampoco. Así es que cada minuto que transcurría dejaba lo mismo en su organización física que en su tocado la huella del retroceso; pues todo en ellas caminaba hacia su origen; y del mismo modo el papel pasaba de la consistencia del billete a la trituración del batán y a la primera forma de guiñapo, que el raso se metamorfoseaba en mariposa para degenerar en larva y reducirse a semilla. Nada más encantador que aquellas turgentes formas mal cubiertas por racimos de capullos de seda entretejidos con vellones de finísima lana y contrastando el dorado color de sus tenues filamentos con el nácar de las ostras a medio abrir que servían de lecho a las perlas embrionarias. ¡Qué artística agrupación la de aquellos minerales incrustados en fragmentos de rocas, rodeados de copos de algodón en rama, ceñidos por verdes aristas de cáñamo y cruzados por residuos de cintas que, de confección anterior a aquel momento histórico, conservaban su integridad como un anacronismo de la moda en la armonía de descomposición de la naturaleza!
La estupefacción era unánime; el entusiasmo indescriptible; pero el tiempo no se detenía en su carrera y el fenómeno empezó a tomar proporciones alarmantes. Los productos transformados en primeras materias dejaron en breve de adornar los contornos de aquellas humanas esculturas. Traspuesto el período en que cada porción de materia había sido arrancada de su asiento, las fracciones comenzaron a desertar en busca de sus matrices. El vellón desaparecía para adherirse a la oveja; la ostra atraída por el banco corría a sepultarse en las costas de Malabar; el algodón huía a hundir sus raíces en las llanuras norteamericanas y la cabritilla de los borceguíes despojada del curtido, volaba a revestir el esqueleto de la inocente res de los Alpes, mientras por los huecos que dejaba la deserción asomaban trazos dignos de inspirar el desnudo a los clásicos escoplos de Miguel Ángel, Praxíteles y Fidias.
Las viajeras al contemplar su desnudez se taparon el rostro con las manos, que el pudor es algo inherente a la hermosa mitad de la especie humana, y prorrumpieron en tan desaforados gritos, que don Sindulfo y Benjamín, dejando aquel sus apuntes y este sus clasificaciones, corrieron en averiguación del alboroto.
—No se puede entrar —decían unas al apercibirse de que los sabios trataban de abrir la puerta.
—Ya tenemos bastante —exclamaban otras.
—¡Ay! Mi corsé... —gritaba una tercera.
Clara y Juanita, a quienes los sabios al verlas llegar despavoridas pusieron al corriente de la situación, penetraron en la estancia; y asustadas ante tan insólito espectáculo volvieron a salir pidiendo auxilio a la ciencia.
—¡Hombre de Dios! Que se van a constipar esas señoras —vociferaba la maritornes.
En esto Benjamín que ya había comprendido la situación, llegó con unos transmisores del fluido de la inalterabilidad; y pasándolos por la puerta entornada, aconsejó a las excursionistas que se agarrasen a ellos. Hiciéronlo así ellas, y con cuatro vueltas al aparato y otras tantas docenas de quejidos de las víctimas, quedaron estas fijadas y remediado el mal.
—Prestadles unos vestidos vuestros —dijo don Sindulfo a su pupila y a Juana, en tanto que él y Benjamín desternillándose de risa tornaban a reanudar su tarea en el laboratorio, comentando el incidente. Pero apenas el políglota se había dejado caer en su asiento, cuando con los cabellos de punta y lanzando un grito desgarrador volvió a levantarse como si un sacudimiento galvánico le hubiese arrancado de la silla.
—¿Qué ocurre? —le preguntó el sabio acudiendo en su socorro.
—¡Mire usted... mire usted!... —balbuceaba el infeliz, señalándole la célebre medalla conmemorativa comprada en la almoneda del arqueólogo madrileño y atribuida según el catálogo a Servio Cayo, prefecto de Pompeya, en honor de Júpiter.
Don Sindulfo tomó el disco que reluciente como una chapa de aguador brillaba sobre la mesa. El objeto en cuestión no había sido fijado aún, esperando para hacerlo el instante cronológico que pudiese acusarles su autenticidad; pero este había ya llegado y, destruida la acción del tiempo, los caracteres campeaban sobre el bruñido fondo con una elocuencia aterradora.
SERV... C. POMP... PR...
JO... HONOR
era el anuncio sobre latón de una empresa de coches de muerto fundada en París por la época que ellos atravesaban y que restituida a su integridad decía así:
SERVICE DE POMPES FUNÈBRES
RUE D’ANJOU SAINT HONORÉ.


CAPÍTULO IX
Reducción gradual del ejército hasta su supresión definitiva

Reparadas las averías causadas por la retrogradación en el indumento, las viajeras corrieron al laboratorio en busca de don Sindulfo y empezaron a darle múltiples pruebas de su gratitud.
Los dos sabios no habían vuelto aún del estupor que les produjera la metamorfosis del disco; y en verdad que no les faltaba motivo para renegar de la ciencia que en tal ocasión los había tratado como madrastra. Ello no obstante hicieron de tripas corazón, disimularon su enojo y, cerrando los armarios, consagraron su atención preferente a la contemplación de aquellos tan variados ejemplares de la más hermosa mitad del género humano. La colección era completa: creeríase uno transportado al paraíso de Mahoma o al foyer de la danse en la grande ópera de París.
Aunque la conducta de las agregadas a bordo era irreprochable, don Sindulfo, temeroso de alguna imprudencia, quiso evitar a Clara su contacto y la exhortó a que con Juanita se retirara al gabinete.
—Como que nos vamos a quedar encerradas allí dentro —dijo la de Pinto— ahora que hemos encontrado que la casa está habitada por presonas.
—No importa —repuso el tutor tragando bilis—. No os conocéis, no habláis el mismo idioma.
—Mi señorita entiende el francés, y estas señoras conocen todas las lenguas. Ya nos han dicho que viajan por gusto y eso que andan a repelo.
Y efectivamente: en los pocos minutos que habían tenido disponibles para conferenciar, no solo Juanita las había impuesto en la situación, sino que se había conquistado el concurso de las expedicionarias para obligar con ardides a don Sindulfo a hacer un alto que les permitiera sacar de su escondite a la fuerza armada y emprender juntos la fuga; pues hay que advertir que, al verse rejuvenecidas las doce hijas de Eva, ya no tenían más que una aspiración: ser libres.
Comprendiendo el tutor que la lucha era desigual y tranquilizado con la falsa idea de que, restituidas a la edad del candor relativo, las parisienses solo abrigarían sentimientos puros e inocentes, puso en olvido aquello de «lo que entra con el capillo sale con la mortaja» y las dejó a todas juntas, si bien bajo la custodia de su inspección inquisitorial.
—En este momento entramos en el año 1860 —exclamó Benjamín consultando el derrotero.
—¡Ay! El día en que perdí a mi novio en Constantina —interpuso Niní poniendo en juego la sensibilidad para mover el corazón de don Sindulfo y auxiliar los planes de Clara.
—Y el mismo en que yo abandoné el hogar materno en Bona, por los excesivos rigores de mi padrastro —adujo Sabina mojándose los ojos con saliva para fingir que lloraba.
El sabio tomó oportunamente la palabra, pues de tardar unos segundos más, todas aquellas jóvenes hubiesen resultado oriundas de la Argelia.
—Poco a poco —objetó don Sindulfo—. Se están ustedes enterneciendo prematuramente. Recapaciten ustedes que andamos hacia atrás; y que por lo tanto el año principia para nosotros en 31 de diciembre, o lo que es lo mismo, que entramos en él cuando en la vida real se sale. De modo que aún les quedan a ustedes tres minutos para consagrarse a su doloroso aniversario.
—Tanto mejor —prorrumpió Niní en un arranque de alegría—. Así podré verle vivo. Pídame usted lo que quiera; pero restitúyame usted a sus brazos y empezará una era de ventura para mí que solo he tocado humillaciones.
—Por piedad —vociferaba Sabina—. Ya que se ha encargado usted de nuestra rehabilitación, que se la debamos completa.
—Lo que solicitan es imposible. Yo las restituiré a ustedes a Francia al regreso de nuestro viaje; pero el tiempo es oro y no puedo permitirme un alto. De hacer uno en África lo verificaría sobre Tetuán para asistir a la memorable jornada que tan alto puso el honor de las armas españolas.
—¡Cómo! —arguyó Juanita tomando parte en la trama—. ¿Vamos a pasar por el Riff, donde murió de un balazo, antes de nacer yo, mi tío el trompeta de cazadores, y será usted tan cruel que no le deje dar un abrazo a su sobrina predilecta?
—¿Pues no acabas de decir que no le conociste?
—Eso no importa. Tenemos en casa su retrato al garrotipo.
—Creo —balbuceó Clara, empleando todos sus medios de seducción— que mi tío considera lo bastante el nombre castellano para no dejar de rendir este justo tributo de admiración al heroísmo de nuestros compatriotas; y es harto amable para no acceder al ruego de su pupila.
—Sea, pues tú lo quieres —respondió el tutor vencido—. Asistiremos a aquella epopeya; pero sin bajar.
—¿A vista de pájaro? —preguntó Juanita tratando de insistir; pero un gesto de su ama la hizo comprender que puesto en el camino de las concesiones, don Sindulfo no tardaría en rendirse.
El sabio torció el rumbo hacia el 35° de latitud N.; y, al marcar el cronómetro el crepúsculo vespertino del 4 de febrero de 1860, redujo la marcha a paso de carreta y dejó que el Anacronópete se deslizara sobre Tetuán, fuera del alcance de los proyectiles; pero bastante cerca del teatro de la lucha para poder apreciar los menores detalles de aquella memorable batalla.
Todos los corazones nacidos de la vertiente meridional de los Pirineos a la punta de Tarifa, palpitaban con violencia. Abierto el disco, cada cual asestó su instrumento óptico al campo de operaciones y un grito de entusiasmo resonó en la estancia.
—Allí se divisan los combatientes —exclamó Naná, arreglándose el tocado por si levantaba los ojos alguno de los oficiales de Estado Mayor, mientras Juanita atónita balbuceaba:
—¡Jesús! Si parece un titirimundi.
—¡Pero, es extraño!... —adujo Clara, fijándose en el fenómeno que se desarrollaba a sus ojos—. Yo no me explico sus movimientos.
—Es verdad —prorrumpieron todos parando mientes en caso tan original.
—¿Qué es ello? —preguntó el sabio.
—Mire usted. Lo hacen todo a la inversa.
—¡Ah! sí —repuso el sabio dándose cuenta de lo que para él carecía de importancia, pues ya lo tenía previsto—. Eso consiste en que, como nosotros vamos viajando hacia atrás en el tiempo, empezamos a ver la batalla por el fin.
—¡Ya! —interpuso Juanita—. ¡Cosas de usted, que lo principia todo por la cola!...
Y efectivamente, los viajeros observaban la batalla de Tetuán con el orden cronológico invertido; como el héroe de Lumen de Flammarión veía la de Waterloo, al remontarse en espíritu a la estrella Capella, teniendo que pasar antes por los rayos luminosos de la Tierra que alumbraban en el espacio hechos posteriores.
—Observen ustedes —proseguía don Sindulfo— cómo lo primero que se advierte es que los cadáveres se incorporan.
—Es verdad —asentía Benjamín—. Y luego disparan sus fusiles.
—Y después cargan.
—¿Cargan? Porque serán sabios —argüía la maritornes, no desperdiciando ocasión de zaherir a su víctima.
—¿Qué es eso? ¿Huyen?
—No. Es que retroceden, porque caminamos hacia el momento en que están ocupando las posiciones que tenían antes de avanzar. Es decir, que ahora llegamos propiamente al principio de la batalla. De modo que parándonos podríamos asistir a ella por su orden.
—Pues, sóoo —dijo la lugareña excitando la hilaridad en todos, a cuyas reiteradas súplicas el sabio no tuvo valor de resistir, aguijoneado a su vez por el orgullo patrio. El Anacronópete quedó suspendido en la atmósfera merced a un ligero movimiento en el graduador.
Escritos estos renglones veintiún años después de aquel memorable acontecimiento, paréceme que su relato, aunque hecho a vuela pluma, no ha de carecer de atractivo para la generación que nos está acabando de reemplazar. Copio aquí, pues, la narración del diario de don Sindulfo, en la que sin duda se ha inspirado el pintor Castellani para reproducir con el pincel aquella jornada, y que también ha servido a la prensa de la corte para describir el panorama que se exhibe en Madrid frente a la casa de la Moneda. Dice así:
«Estamos en el centro del campamento marroquí de Muley-Ahmed. Las tropas españolas llegan hacia él persiguiendo de cerca al enemigo, cuyas posiciones corona simultáneamente. Tenemos en frente el mar, Tetuán a la espalda, el río Martín a la derecha, y a la izquierda la torre de Geleli y la Casa Blanca.
»El general O’Donnell dispone que sus fuerzas ejecuten un movimiento envolvente sobre el campamento de Muley-Ahmed, con objeto de atacarlo por dos puntos distintos con las tropas de los generales Prim y Ros de Olano, entre las que se sitúa la artillería protegida por los ingenieros. Rómpese el fuego de cañón por cuarenta piezas que avanzan gradualmente hasta colocarse a cuatrocientos metros de las trincheras marroquíes.
»En primer término se destaca el general en jefe a caballo con su estado mayor, dando órdenes al comandante Ruiz Dana y teniendo a su lado al coronel Jovellar y al jefe del Estado mayor, general García. Detrás las baterías españolas cañonean los reductos. En el fondo a lo lejos el mar y la escuadra.
»A la derecha el general Ros de Olano, dando instrucciones a su hijo y dirigiendo el movimiento de la primera división del tercer cuerpo, mandada por el general Turón, consigue que sus soldados penetren por distintos puntos en las trincheras. El regimiento de Albuera con su coronel Alaminos; Ciudad-Rodrigo con el teniente coronel Cos-Gayón, y el brigadier Cervino al frente de los batallones de Zamora y Asturias, invaden a la vez el campamento a pesar de la tenaz resistencia de los enemigos; uno de los cuales en las ansias de la muerte, encuentra fuerzas suficientes en su fanatismo para arrastrarse hasta un cañón abandonado, y dispararlo causando horroroso estrago en las primeras filas de nuestras tropas.
»Por la izquierda el general Prim ataca las trincheras seguido del coronel Gaminde; penetra por una tronera rodeado de catalanes, soldados de Alba de Tormes, Princesa, Córdoba y León; forma confuso tropel con los enemigos y sostiene cuerpo a cuerpo una lucha encarnizada. A su lado veo caer moribundos al comandante Sugrañes y al teniente Moxó, tremolando el primero en sus manos la bandera de los intrépidos tercios catalanes. Don Enrique O’Donnell apoya enérgicamente el ataque de su jefe el general Prim, y se dirige luego al campamento de Muley-Abbas en la torre de Geleli, que los moros abandonan precipitadamente.
»Muley-Ahmed intenta en vano con enérgico valor detener la fuga de sus soldados, que huyen despavoridos ante las aguerridas huestes de Prim y abandonan la Casa Blanca. Llenos de terror, desoyen el mandato de su jefe, le arrastran en su huida y dejan en poder de nuestras tropas, como trofeo de tan señalado triunfo, el campamento con ochocientas tiendas, ocho cañones, armas, municiones, camellos, caballos y bagajes.
»En el fondo, hacia Tetuán, el sultán de Marruecos contempla consternado la derrota de su ejército numeroso.
»Durante la marcha de nuestros soldados, los enemigos amenazan atacar la retaguardia; pero el general O’Donnell, sin detenerse, destaca hacia Tetuán dos batallones del tercer cuerpo a las órdenes del general Makenna, quien adelantando rápidamente a lo largo del río Martín protegido por la brigada de coraceros del general Alcalá Galiano, rechaza al enemigo sobre la plaza después de breve lucha y paraliza sus esfuerzos.
»Formidables fuerzas enemigas, bajando a la vez de la torre de Geleli, amagan atacar nuestra derecha con sus infantes y tres mil jinetes; pero el general en jefe, atento a todas las peripecias del combate, hace adelantar la brigada de lanceros del conde de Balmaseda. Las tropas cargan vigorosamente sobre el enemigo y le ponen en precipitada fuga protegidas en su movimiento por el cuerpo de reserva del general Ríos, situado en el reducto de la Estrella.
»La jornada ha sido completa. Tetuán no tardará en abrir sus puertas al vencedor, y el emperador de Marruecos debe ya empezar a arrepentirse de haber excitado el justo enojo de la nación española.»
El entusiasmo a bordo no reconocía límites. Todos suplicaban a don Sindulfo que les permitiese bajar para dar un abrazo a aquellos héroes, inclusa Juanita que pretextaba haber reconocido los pulmones de su familia en un paso de ataque tocado por su tío con la trompeta. El sabio que, además de estar poseído de la admiración general, tenía un carácter vengativo impropio de sus luces intelectuales, vio en aquella circunstancia una ocasión de desembarazarse del torcedor de su fregatriz, y accedió a la demanda decidido a volver a emprender la marcha en cuanto Juanita traspusiese los umbrales del Anacronópete en busca del supuesto pariente. Eligióse pues para el descenso un bosquecillo que les garantizase de una bala perdida, y con gran contentamiento de todos y una sencillísima manipulación, el vehículo tocó tierra.
Pero ¡ay! que no comete el hombre acción mala sin recibir tarde o temprano por ella el condigno castigo. Saboreando estaba cada cual la realización de sus propósitos, cuando Benjamín, que, asomado al disco contemplaba el horizonte, dio un grito y retrocedió involuntariamente.
—¿Qué es eso? —le preguntó su inseparable, corriendo a su lado.
—¡Friolera! —contestó el políglota perdiendo el color—. Que sin duda hemos caído en una emboscada tendida por los marroquíes a nuestras tropas.
Un sudor frío circuló por la frente de todos los viajeros.
—¡Huyamos! —fue la opinión general.
—Mire usted los kabilas que se dirigen hacia aquí.
—No hay más remedio que apelar a la fuga —adujo el sabio corriendo al regulador y poniendo en movimiento la máquina, mientras Benjamín cerraba los discos y restablecía el alumbrado eléctrico, exclamando:
—Pronto, que nos alcanzan.
Aún no había acabado de pronunciar la frase cuando:
—¡Un moro! —articuló con voz ahogada una de las viajeras.
—¡Dos! —prorrumpió Juanita parapetándose detrás de su amo.
—¡Veinte! —profirieron todos poseídos de un terror pánico cobijándose en un rincón del laboratorio en compacto grupo.
Eran en efecto dos docenas de fugitivos del campamento de Muley-Ahmed que, buscando su salvación en el bosque, presenciaron el descenso del vehículo y tomándolo por arma de guerra habían resuelto atacarlo; pero, no encontrándole entrada franca, se valieron de sus cuerpos salientes y, escalándolos con la entereza que da el fanatismo, lograron introducirse por los tubos de desalojamiento antes de que el coloso emprendiese la marcha.

Pasado el primer momento de estupor, en que nadie osaba levantar los ojos ante aquellos morazos de seis pies de altura provistos de gumías y espingardas y llevando escrito en el rostro el vengativo ceño del enemigo derrotado, Naná se resolvió a preguntar a don Sindulfo:
—Diga usted. ¿Nos harán algo?
—A nosotros rebanarnos el pescuezo; y a ustedes llevárselas al harem en calidad de odaliscas.
—¿Con los eunucos? ¡Qué horror! —articularon las aludidas por lo bajo.
—Pues lo que es al harem —interpuso Juana encarándose con su señor— creo que también podría usted venir.
—¡Insolente!
—Para hacernos compañía y enseñarnos ciencias en los ratos de ocio.
El tutor no se había equivocado acerca del propósito de los invasores, según la traducción que Benjamín le hizo de las órdenes dictadas por el jefe de la fuerza. Los expedicionarios estaban irremisiblemente perdidos. Una idea luminosa brotó sin embargo en el cerebro del atribulado don Sindulfo.
—Si logramos ganar tiempo —dijo al políglota— nos hemos salvado.
—¿De qué modo?
—Dando al vehículo la velocidad máxima y consiguiendo que estos kabilas, que no están sometidos a la inalterabilidad, se vayan empequeñeciendo hasta que concluyan por desaparecer una vez traspuesto el instante de su natalicio.
—¡Sublime idea!
Y forzando el graduador, la máquina se puso a funcionar con una rapidez vertiginosa.
—¡A ellos! —gritó el capitán; y los moros se aprestaron a consumar su obra; pero los ayes y las lamentaciones del sexo débil eran tan repetidos y penetrantes, que, no logrando restablecer el silencio, les pusieron a todos a guisa de mordaza un lienzo atado en la boca y, oprimiendo sus brazos con fuertes ligaduras, los arrastraron tras sí para conducir los esclavos al asilo del disperso campamento.
Cerca de un cuarto de hora anduvieron buscando los riffeños inútilmente la salida, con gran satisfacción de los cautivos que, si bien no podían pedir socorro ni fugarse maniatados como estaban, veían en cambio que sus opresores se rejuvenecían rápidamente y acariciaban la esperanza de hallarse en breve libres de su yugo.
Pero los caracteres meridionales son impetuosos y no tienen la paciencia por virtud. Agotada la de los hijos del desierto al sospechar que estaban siendo los prisioneros de sus rehenes, se conformaron con salir por donde entraran; mas, convencidos de la imposibilidad de hacerlo con su presa, adoptaron la extrema resolución de exterminar a los viajeros.
Encontrábanse a la sazón en la cala y las mujeres se desesperaban al pensar que cuando una sola voz les bastaría para llamar en su auxilio a sus salvadores, tenían que sucumbir al mutismo. Colocados los reos en un ángulo de la bodega, los moros ocuparon el centro y apercibieron sus espingardas. Ya no les quedaba duda a aquellos infelices acerca de la triste suerte que les deparaba el destino. Apiñados y confundidos revolvíanse los desgraciados en la desesperación de la impotencia y ya los cañones estaban apuntados hacia su pecho, cuando el tiempo, ejerciendo su poderoso influjo, convirtió de repente la cuerda que sujetaba al tutor en finísimos filamentos de cáñamo que le dejaron libre el ejercicio de sus músculos. Apercibirse de tan providencial beneficio y emplearlo en poner en contacto los conductores que junto a él descendían por las paredes de la cala, fue operación tan rápida como el pensamiento. Acto continuo las compuertas se abrieron y los hijos de Agar desaparecieron para siempre en el espacio insondable.
La alegría que sucedió a aquellos minutos de angustia no hay quien la describa. Restituidos a la libertad abrazábanse todos sin distinción de sexos ni condiciones; y hasta la misma Juanita no pudo prescindir de decir a su amo, en un arranque de gratitud:
—Si no fuera usted tan feo, me casaba con usted.
Saboreando estaba el sabio su triunfo muy convencido de haber conquistado con él un lugar preferente en el corazón de su pupila, cuando esta temiendo ver surgir nuevos contratiempos,
—Ya es ocasión de revelárselo todo —exclamó, pidiendo consejo a Juanita.
—¿Qué duda cabe? —respondió la resuelta asesora.
Y añadiendo:
—¡A mí, valientes! —incitó a salir de su guarida a los soldados españoles, riéndose con descaro del asombro del buen tío que intuitivamente comprendió la asechanza de que le habían hecho objeto.
—¡Cómo! ¿Están aquí? —prorrumpió lívido de coraje.
—¡Perdón! —repetía Clara.
—Ni para ti ni para ellos —proseguía el celoso tutor dando golpes en cuantos objetos tenía a tiro.
—Pues, ea —arguyó Juanita—. Guerra a muerte; y el sabio que sea hombre, que salga. Don Luis, Pendencia, melitares: ¡Mueran las matemáticas!
Un ay de espanto reemplazó a tan enérgico apóstrofe. Los diecisiete hijos de Marte aparecieron en la cala trepando por los sacos de harina y los barriles de provisiones; pero, como no habían sido sometidos a la inalterabilidad y el mayor de ellos no contaba veinticinco primaveras, los cuatro lustros desandados en el tiempo desde la salida de París los habían reducido a la condición de tiernos parvulillos.
—¡Esto es espantoso! —murmuraban las francesas que se las habían prometido muy felices de la galantería española.
—¡Yo desfallezco! —articulaba la pupila no dando crédito a la realidad, mientras Juanita hecha un basilisco exclamaba enseñándole los puños a su amo:
—Si es usté el sabio más animal que conozco.
El tutor se bañaba en agua de rosas al contemplar la venganza que le servía el azar. Entre tanto el vehículo caminaba y los infantes se achicaban hasta el extremo de no poderse tener ya en pie.
—Pero, hombre de Dios, ¿no ve usted que se nos deshacen como la sal en el agua? —argüía la maritornes echando espuma por la boca.
—Mejor —contestaba aquel segundo Otelo—. Así acabaremos de una vez.
Y los angelitos yacían tendidos en el suelo agitando brazos y piernas en la inacción de los primeros meses y llorando a pulmón lleno. Compadecidas de su situación, cada hija de Eva tomó en brazos al suyo y se puso a pasearlo por la cala viéndolos mermarse progresivamente, en tanto que el implacable tío se frotaba las manos con satisfacción y sonreía con satánico gesto.
—¡Luis mío! —repetía Clara anegada en llanto y tributando sus caricias a aquel residuo de su capitán de húsares.
—¿Ya no tienes una gracia para tu Juanita? —preguntaba a su microscópico Pendencia la de Pinto.
Y el bribón del asistente, como si aún quisiera darle una prueba de su travesura, le mordió el vestido por la parte en que a los niños de su edad se les sirven los alimentos.
De pronto aquellas mujeres se quedaron pálidas con los brazos cruzados sobre el pecho; ya no abarcaban objeto alguno: el ejército se les había disuelto entre las manos.


CAPÍTULO X
En que tiene lugar un incidente que parece insignificante y es, sin embargo, de mucha importancia

La pérdida de un ser querido es una de las más terribles pruebas a que puede exponerse la sensibilidad humana: y aun así la aflicción pasa por distintas gradaciones según las circunstancias que han acompañado al hecho.
—Al menos ha muerto en su cama y rodeado de los suyos —le dicen al atribulado pariente los encargados de consolarle.
—Y ha tenido usted la satisfacción de que Dios se lo conserve hasta una edad avanzada —añaden otros.
Y efectivamente, todas estas reflexiones son un lenitivo al dolor que, resultado de una máquina pensante y contante, paga la situación en su justo precio reservándose para las grandes catástrofes el máximum de intensidad.
Ahora bien: imagínense los lectores cuál sería la disposición de ánimo de los viajeros ante aquel quinto acto de una tragedia para cuyo desenlace no había Deus ex machina posible. Porque un novio es algo más que un pariente a los ojos del objeto de su cariño; y además de la amargura de separarse para siempre del suyo, las enamoradas doncellas sufrían el vejamen de ver que, siendo el amor un numen que engrandece cuanto toca, a ellas al revés, se les achicaba todo entre las manos.
Clara perdió el sentido ante la inmensidad de su infortunio y tuvo que ser conducida al gabinete en brazos de las expedicionarias. Juana, más entera aunque no menos herida, se desahogaba dando gritos contra el opresor y llamando a la guardia en su socorro.
Pero la situación más grave era sin duda la de don Sindulfo. Por malo que tuviese el genio, por mezquina que fuera su condición, por miras estrechas que lo alentasen, distaba mucho de ser un malvado: y la muerte de los veinticuatro moros, aunque llevada a cabo en legítima defensa propia, eran dos docenas de puñales que tenía hundidos en el corazón. Agréguese a esto la aparición de los hijos de Marte, en la que veía no solo una desobediencia a sus mandatos sino la inutilidad de haber agotado su ciencia y sus recursos para desembarazarse de un rival, y se comprenderá fácilmente que su razón trastornada le indujese a permitir que el tiempo devorase a aquellos infelices, sin prestarles el menor auxilio. Primer paso suyo en la senda del crimen por la que hemos de verle avanzar presa de los celos, la desesperación y la locura. No adelantemos empero el discurso.
Los mahometanos, aunque hombres, eran enemigos de Dios y habían atentado contra su vida; por consiguiente, bien muertos estaban. ¿Pero aquellos diecisiete infantes, a quienes había servido de implacable Herodes, qué daño le habían hecho? ¿Merecía tan horroroso castigo una travesura de la juventud? ¿No era su sobrino una de las víctimas? ¿No hubiera sido más humano, pues no estaban sometidos a la acción del fluido, hacer rumbo hacia el presente y, una vez reconquistadas sus naturales proporciones, desembarcarlos en los alrededores de su edad?
Todas estas y otras muchas observaciones se hacía don Sindulfo, pero la imagen de su pasión desatendida, y su amor propio sublevado concluían por vencer, y resultado de tan acerba lucha fue que delirante cayese en los brazos de su amigo bajo los efectos de una continua convulsión.
¿Pues no estaba garantizado por la inalterabilidad? me objetará alguien. Ciertamente, pero la acción del fluido, penetrando por la membrana epidérmica, atravesando el dermis e infiltrándose por los tejidos musculares, solo alcanza a la superficie de los huesos, que petrifica como las demás vías por donde circula. Así pues el ejemplar influido por sus corrientes, ni pierde la tersura del cutis, o sea la juventud, ni sufre de erupciones cutáneas, ni está expuesto a las inflamaciones producidas por la acción atmosférica: pero experimenta hambre, sed y sueño y no se exime de padecimientos viscerales, productos las más veces del sistema moral al que la ciencia no ha llegado a dar todavía la osificación que a un tegumento.
Cargó pues Benjamín con aquel cuerpo inanimado y lo condujo a su dormitorio para ver de provocar la reacción metiéndolo en la cama; pero, al pasar por el laboratorio, recordó la velocidad vertiginosa que habían impreso al aparato en el momento de la invasión marroquí, y temeroso de alguna catástrofe por imprudencia, dio un golpe a la aguja del graduador, reduciendo el Anacronópete, a su entender, a la locomoción media.
¡Qué pequeños incidentes son origen de los más grandes acontecimientos!
Don Sindulfo, acurrucado en el lecho, daba diente con diente de continuo y alguna que otra sacudida por intervalos a Benjamín.
—Juanita —dijo este saliendo al encuentro de la de aparejo redondo—. Calienta un poco de agua para hacer una infusión a tu amo que se siente mal.
—¿Quién? ¿Yo? Pues como no sea para escaldarle vivo, que se aguarde a que encienda fuego.
—¡Vamos! Deja a un lado el enojo y recapacita que si él se muere nadie podrá llevarnos a puerto de salvación.
—¿Pues usted no entiende la maquinaria?
—Muy poco. Además, la caridad te aconseja ser compasiva. Prepara la lumbre mientras yo saco el té y el azúcar de la despensa.
Sea el miedo a permanecer indefinidamente en el espacio o la compasión inherente a su sexo, Juanita no replicó e hizo rumbo a la cocina.
—Ya sabes. Con un par de chispazos eléctricos alumbras una hoguera en un decir Jesús.
—A mí déjeme usted de telégrafos, que yo me las compondré a la moda antigua.
Y, así diciendo, llegó al hornillo, colocó en él unos carbones y tomando unos fósforos frotó uno tras otro sobre la lija, sin conseguir encender ninguno; pero lo más notable del caso era que ni dejaba huella la cerilla en el raspador ni la cabeza del de Cascante se gastaba.
—Es claro. Las babas de don Sindulfo que lo reblandecen todo —murmuró, y echóse en busca de otra caja y de algunas virutas y trapos con qué facilitar la combustión. No encontrando nada a propósito, dio al pasar por el cuarto de las agregadas con unos fragmentos de telas y pieles que, aunque acusaban una rica procedencia, eran retales al fin y muy del caso en circunstancias tan apremiantes. Dispuso los residuos en el fogón y, haciendo una nueva e inútil tentativa con los fósforos:
—A ver si usted tiene más gracia —dijo a Benjamín que acudía cargado con un pilón de azúcar y un bote de té Hulón.
—Esto es más breve —arguyó el políglota comunicando la chispa eléctrica al hornillo a merced de la cual los trapos se encendieron pero no los carbones; siendo de notar, por más que ninguno de ambos observase el fenómeno, que las suplentes virutas iban tomando extrañas formas parecidas a lazos, mangas de vestido, tacones de bota y objetos de mercería.
—Parte un poco de azúcar —ordenó Benjamín a Juanita en tanto que él, puestas las hojas en la tetera, derramaba encima el agua hirviendo.
—¡El demonio que pueda con esta pirámide de Egipto! Si es más dura que la cabeza de un sabio —repetía Juanita dando golpes en el pilón con un martillo sin conseguir levantar una arista.
—Déjate; aquí hay azúcar molido —exclamó el interpelado poniendo una cucharada en la taza de otro paquete que para el uso ordinario había en el vasar y sirviendo en ella el licor benéfico.
—Pero aguarde usted... ¡si eso no está aún! Todavía no ha tomado color.
Un sudor frío circuló por la frente de Benjamín, en quien la resistencia del pilón, la incombustibilidad de los carbones y la inalterabilidad del agua vinieron a darle la llave del enigma. Presa de una agitación nerviosa se puso a disolver el azúcar en la infusión; y al llevarse una cucharada a los labios:
—¡Horror! —dijo palideciendo.
—¿Qué ocurre? —preguntó la doncella mirándole de hito en hito temerosa de que también empezara él a reducirse como los otros.
—¿Qué ha de ser? Que hemos vuelto inalterables para su conservación los artículos de consumo, y ahora nos encontramos con que son resistentes a toda influencia física.
—¿Es decir?...
—Que ni el azúcar endulza, ni el carbón se enciende, ni el pilón se parte, ni habrá quién le pueda hincar el diente a una patata.
—¿De modo que nos vamos a morir de hambre? —balbuceó Juanita con los ojos desencajados.
—No; pero tendremos que apearnos a cada comida y tomar los alimentos propios de la época y de la localidad; pues de fijarlos ya ves lo que sucede; y de abandonarlos a la acción retrógrada del tiempo, en tres minutos el pan se nos convertiría en espigas y el vino en cepas.
—¿Y dónde tomaremos hoy la pitanza? —repuso la lugareña a quien la idea de un alto sonreía por lo que encerraba de salvador para las reclusas.
—En los infiernos —salió murmurando Benjamín con la taza del agua caliente en la mano; la que propinada a su amigo le produjo las consecuencias de un emético sumiéndole después en una dulce y agradable somnolencia.
Entretanto Juanita volaba a dar parte de lo ocurrido a sus compañeras de infortunio, quienes rodeando el lecho de la pupila, presenciaban una escena no menos digna de admiración que la precedente.
Es pues el caso que mientras prodigaban sus consuelos a la pobre huérfana, Niní, que no sin profunda aflicción había visto desaparecer de sus lóbulos, antes de ser fijada, las dos hermosas perlas que llevaba por pendientes, dio un grito de alegría al llevarse las manos hacia los desheredados cartílagos y encontrarse con la restitución de sus preciadas joyas.
—Mirad, esto es milagroso...
—En efecto —exclamaron todas. Y al tender en torno suyo una mirada de asombro, este creció de punto al observar que todos los objetos arrebatados por la acción retrógrada del tiempo les eran devueltos sin saber cómo. Ya un girón del vestido de Naná, cubriéndose de larvas, tomaba la forma de capullos para metamorfosearse en tupido raso de Lyon; ya una tira de becerro, curtiéndose repentinamente y modelándose al pie de Sabina se llenaba de pespuntes y lazos hasta elevarse a la categoría de un borceguí Carlos IX.
—¡Mi chal! —gritaba una...
—¡Mis encajes! —decían otras.
Y todas se libraban al más expansivo arranque de entusiasmo, cuando la más razonadora de ellas:
—Poco a poco —les arguyó—. Moderad vuestro júbilo. Cierto es que reconquistamos nuestro ajuar; pero ¿quién os asegura que la devolución no será completa?
—¡Cómo!
—¿No teméis que por este fenómeno, cuya explicación ignoramos, cada perla que creemos ganada nos devuelva la arruga que juzgamos perdida?
La observación era tan atinada y el temor de perder los encantos tan profundo, que un grito unánime salió de todos los labios en demanda de socorro; y las viajeras, dejando a Clara en el gabinete al cuidado de Juanita, echáronse en busca de los sabios encontrando felizmente en el laboratorio a Benjamín que consiguió a duras penas imponer silencio a aquella rebelde turba.
—¿Qué significa esto? —preguntó la más osada—. ¿Tratáis de volvernos a envejecer?
—Que se nos admita a libre plática —argumentaba otra—. Ya hemos pasado la cuarentena.
—¡No más lazareto! —vociferaban a coro.
Benjamín, que no acertaba a darse razón de lo que veía, estudiaba el caso con los ojos fijos en el suelo; y maquinalmente al notar un objeto que relucía, lo recogió y dio con un ochavo moruno.
—Alguna moneda que se le ha caído a un kabila —dijo Niní llamándole la atención hacia lo más urgente—, no haga usted caso de eso.
—Pero si esta moneda —repuso el políglota— procede de un marroquí, ¿cómo, no estando sometida a la inalterabilidad, subsiste todavía? Debería haberse descompuesto toda vez que viajamos hacia atrás.
—Acaso sea más antigua que el año en que nos hallamos.
—No. Su fecha es del 1237; y como el cómputo árabe principia en 622, época de la Hégira, este ochavo corresponde al 1859 de nuestra era o sea al año anterior en que fuímos atacados por los riffeños y que debimos trasponer tres minutos después de la invasión.
—¿Entonces?... —interrogaron las atónitas viajeras con la mirada.
Y como Benjamín dirigiese la suya hacia el cuarto de los relojes:
—¡Maldición! —dijo al consultar el cronómetro del tiempo relativo.
E inmediatamente hizo parar en seco el Anacronópete.
—¿Qué es ello?
—Que al querer moderar hace poco la locomoción, he rebasado sin duda la línea de la aguja y caminábamos hacia adelante. Hemos deshecho lo andado. Estamos sobre Versalles a 9 de julio o sea en la víspera del día que salimos de París.
La alegría que se pintó en el rostro de las viajeras al convencerse de que, sin detrimento de su juventud, eran restituidas al teatro de sus operaciones, no hay quien la describa. Todas suplicaron a Benjamín que las desembarcase; y aunque este temía las iras de don Sindulfo, pudo más en él la idea del ridículo de que iba a cubrirse cuando su colega advirtiese su ineptitud. Así es que confiado en el seguro del secreto, toda vez que ni Clara ni Juanita eran testigos de su derrota; y en la persuasión de cohonestar con una medida de buen gobierno el abandono de las agregadas, determinóse a darles gusto, lo que le valió una abundante y envidiable cosecha de abrazos y besos.
El vehículo descendió majestuoso en el parque contiguo al Trianon; las viajeras lo abandonaron sigilosamente, y Benjamín, dando la velocidad máxima se echó por el espacio a desquitarse de lo perdido diciendo:
—Ahora a China en busca del secreto de la inmortalidad.
Al día siguiente los periódicos de París traían dos noticias: una que fue comentada por todos los desocupados de los bulevares; otra que solo conmovió al mundo sabio.
Decía la primera, que habían sido reducidas a prisión doce jóvenes que, valiéndose de las circunstancias, querían explotar la credulidad pública haciéndose pasar por las expedicionarias del Anacronópete; siendo así que en ninguna de ellas se encontraban trazos que acusasen ser las agraciadas por la Prefectura, donde constaba su filiación y se les había entregado pasaportes de que las impostoras no venían provistas a su regreso.
La segunda era más lacónica aunque más trascendental para la ciencia, en cuyos anales sigue constando como artículo de fe: se reducía a dar cuenta de que a las nueve y cuarenta y cinco minutos de la mañana el observatorio astronómico había presenciado la caída de un enorme aereolito en las inmediaciones de Versalles.
¡Así se escribe la historia!


CAPÍTULO XI
Un poco de erudición fastidiosa aunque necesaria
El día 14 del noveno mes del año 604 (antes de J. C.) en la aldea de Li, estado feudal de Tsou, hoy provincia de Hou-nan, nacía con los cabellos blancos después de ochenta y un años de gestación (al decir de sus sectarios) el gran metafísico de la China, apellidado por esta circunstancia Lao-tseu o sea el viejo niño.
Hasta su aparición, la filosofía más remota del Celeste Imperio estaba reducida al Y-King, enciclopedia puesta en orden por Fo-hi, en quien los historiadores creen reconocer a Noé después que salió del Arca e hizo su viaje a la provincia de Xen-si cerca del monte Ararat en la parte opuesta de la Bactriana. Su fundamento es enseñar el origen de las cosas y las transformaciones sufridas en el curso de las edades. Dios es considerado en ella como la piedra angular sobre que todo descansa. Es a un tiempo mismo Ly y Tao (razón y ley) y como tal se revela a la inteligencia humana.
Lao-tseu, guiado por una sabiduría apacible, enseñó a despreciar las pasiones, a elevarse sobre todos los intereses, grandezas y glorias terrenales, recomendando hacer abnegación de sí propio en beneficio de los demás y humillarse para ser enaltecido: lenguaje que recuerda la humildad y la caridad de la doctrina del Salvador.
Todo el tesoro de su inteligencia lo encerró en su obra titulada Tao-te-King. King significa que el libro es clásico: Tao y Te son las palabras porque empiezan las dos partes de que consta su tratado y que, como sucede con el Pentatéuco, le han servido para darle el nombre. Ambos títulos reunidos quieren decir Libro de la razón suprema y de la virtud.
He aquí un fragmento que confirma que, ante el espectáculo de las desgracias de su patria, en vez de aspirar a una reforma, como Confucio lo hizo más tarde, Lao-tseu se aisló, exhortando al hombre a buscar el bien supremo en la soledad ascética y haciéndolo consistir en la calma absoluta:
«El hombre, dice, debe esforzarse en obtener el último grado de incorporeidad a fin de conservarse tan inalterable cuanto le sea posible. Los seres aparecen en la vida y cumplen sus destinos: nosotros contemplamos su renovación sucesiva por la cual cada uno de ellos vuelve a su origen. Volver a su origen significa ponerse en reposo; ponerse en reposo es restituir su mandato; restituir su mandato es hacerse eterno. El que sabe hacerse eterno es iluminado; el que no, se convierte en víctima del error y de todas las calamidades.»
Esta moral, que podemos llamar pasiva, fue exagerada por sus prosélitos que se apellidaron Tao-sse o sean doctores celestes. Y en efecto, mientras Lao-tseu no asentaba el bien público y el privado sino en el ejercicio de la virtud y en la identificación con la razón suprema para dominar los sentidos y alcanzar la impasibilidad, sus sectarios abusaron de esta inacción para abandonarse a un rígido ascetismo; y, proclamando que la sabiduría engendra los desórdenes, recomendaron al pueblo la ignorancia más absoluta, reservándose no obstante las artes cabalísticas y adivinatorias a fin de embaucar con ellas a las masas cuando, a la aparición del budismo en China, los Tao-sse se confundieron con los bonzos.
Las dos sectas de los Yang y los Me no son sino ramas del mismo tronco: sus diferencias son tan insignificantes que no merecen ser reseñadas sino comprendidas en el principio fundamental de la religión de los Tao-sse, cuya consecuencia fue elevar a dogma la ociosidad entre las clases ignorantes.
El año 551 antes de la era vulgar, hacia el solsticio de invierno del año vigésimo segundo del reinado de Ling-uan, nació en la aldea de Tseu, reino feudal de Lu (hoy provincia de Chan-tung), el gran Kun-fu-tseu o Confucio como le llamamos en Europa.
Tan distante este filósofo de la ciega credulidad como de las mágicas ficciones de los Tao-sse, jamás se ocupó ni de la naturaleza humana, ni del principio divino, ni de la metafísica en fin. Su carácter no es el de un innovador; limítase tan solo a restablecer las bases de la moral práctica de las sociedades primitivas.
«Lo que yo os enseño, decía él, lo podéis aprender por vosotros mismos haciendo un legítimo uso de las facultades de vuestro espíritu. Nada tan natural ni tan sencillo como la moral cuyas prácticas saludables trato de inculcaros. Todo lo que yo os predico, los sabios de la antigüedad lo han ejecutado ya. Su práctica se reduce a tres leyes fundamentales: de relación entre vasallos y señores, entre padre e hijo y entre marido y mujer, y el ejercicio de estas cinco virtudes capitales: la humanidad, es decir, el amor de todos sin distinción ninguna; la justicia, que da a cada uno lo que le pertenece; la observancia de las ceremonias y usos establecidos, a fin de que todos los que viven juntos sigan una misma regla y participen de las mismas ventajas y de los mismos inconvenientes; la rectitud de juicio y de sentimiento para buscar y desear lo verdadero en todo, sin alucinaciones egoístas para sí, ni apasionadas para los otros; la sinceridad, o sea un corazón abierto que excluya la ficción y el disimulo, así en las palabras como en las obras. Estas son las virtudes que han valido el dictado de venerables a los primeros institutores del género humano, en vida, y los han conducido después a la inmortalidad: Tomémoslos por modelo y esforcémonos en imitarlos.»
Tal es en resumen la moral de Confucio, cuyo carácter distintivo es hacer derivar todos los deberes de los de la familia, y reducir las virtudes a una sola: la piedad filial. Su dogma es la obediencia del inferior al superior.
En cuanto a metafísica, he aquí lo que al padre Pedranzini decía un mandarín sectario de Confucio:
«Nosotros nos guardamos mucho de decidir sobre cosas que no son evidentes y que los sabios antiguos tenían por inciertas. El axioma de los hombres santos consiste en la partícula si, puesto que dicen: Si hay un paraíso, los virtuosos gozarán en él mil delicias; si hay un infierno, los malvados serán precipitados en él; pero ¿quién puede afirmar que existan o no? Abstenerse del mal y hacer bien, he aquí el punto importante. El Tai-hio recomienda que lo principal es la virtud y lo accesorio las riquezas y el bienestar. El Liun-in encarga que no hagas a otro lo que no quieras para ti. Todo estriba en esto. Procédase así y basta; las felicidades del paraíso, si hay uno, vendrán como consecuencia.»
Esta moral fue la que dominó en las clases ilustradas cuyos sectarios, hostiles a los preceptos oscurantistas de los Tao-sse, tomaron el nombre de letrados y su comunión el de academia.
Entre los discípulos de Confucio el más notable es Meng-tseu o Mencio, muerto en 314 (a. de J. C.). Afligido de ver triunfantes las dos sectas de Tao-sse, o sean la de Yang que predicaba el egoísmo como el principal regulador de las acciones humanas, y la de Me que sostenía que el afecto debía extenderse a todos por igual sin distinción de parentesco, propagó una filantropía generosa basada en la moral de Confucio cuyo resumen es este: «Sirve bien al cielo quien sigue la recta razón.» Su libro reunido a los tres de apotegmas de Confucio, es aún hoy de texto entre los que aspiran a los cargos públicos.
Vemos, pues, dos grandes grupos disputándose el dominio de las conciencias: la metafísica de Lao-tse, relajada por los mágicos procedimientos de los Tao-sse, sus sectarios, dueña de las masas ignorantes y perezosas: la moral de Confucio, observada por los letrados, alumbrando las inteligencias privilegiadas y siendo, por decirlo así, la religión del estado, patrocinada y seguida por los emperadores, indiferentes más que tolerantes de todas las demás prácticas y creencias. Hubo sin embargo una época en que los cabalísticos amenazaron invadirlo todo. Fue en el siglo II (antes de J. C.) cuando los Tao-sse, separándose de la pura doctrina de Lao-tse, empezaron a librarse a extrañas especulaciones y pretendieron haber descubierto el secreto de la inmortalidad contenido en un misterioso brebaje. En vano fue que los sectarios de Confucio quisieran desenmascararlos; protegidos por el emperador Wu-ti hubieran sin duda alguna triunfado de los letrados, si uno de estos, tomando la copa que sus rivales destinaban al monarca, no la hubiese apurado de un sorbo desafiando el enojo del augusto personaje que, en su ceguedad, le condenó a morir en su presencia.
—Si la eficacia de este licor es verdadera —le dijo el confucista— la orden que acabáis de dar es inútil: si por el contrario es falsa, con mi muerte destruiréis vuestro error.
El engaño descubierto, Wu-ti volvió su crédito a los letrados, y los Tao-sse continuaron ejerciendo su influencia tan solo entre los ignorantes y amigos de la ociosidad. Estos siguiendo la religión de los espíritus, como ya se ha visto; aquellos predicando el escepticismo y la indiferencia y consignando que la muerte no tiene más objeto que hacer pasar el alma a otro cuerpo o descomponerla en aire, sin que quede nada del hombre a no ser la sangre en sus hijos y el nombre en su patria.
Ello no obstante, como en sus libros consignase Confucio que él no trataba sino de restablecer la doctrina primitiva y que no era más que el precursor de un ilustre personaje que vendría de Occidente, el rey Ming-ti envió en el siglo primero de nuestra era una flota hacia aquella parte, en busca del gran reformador. Las naves fueron bastante lejos; pero no atreviéndose a ir más allá, abordaron una isla en que encontraron una estatua de Buda que, trasladada a China en el año 65 de Jesucristo, fue desde entonces adorada bajo el nombre de Fo y sigue compartiendo el culto con los prosélitos de Lao-tse y los letrados.
Algunos cristianos, huyendo por esta época de las persecuciones de Nerón, llegaron hasta el Celeste Imperio; pero cohibidos por la escasez del número y por las condiciones del país, quedaron oscurecidos hasta que en 635 de nuestra era, bajo el reinado de Tai-tsung, fue recibido en Chang-ngan el sacerdote nestoriano O-lo-pen del Ta-tsin, es decir del imperio romano. El emperador envió a su encuentro los principales dignatarios que le condujeron al palacio; hizo traducir sus santos libros y, persuadido de que encerraban una doctrina verdadera y saludable, decretó que fuese erigido un templo a la nueva religión y que veintiún sacerdotes se consagrasen a su servicio. El hecho está consignado en un monumento levantado en Si ngan fu, en el cual la doctrina cristiana se encuentra expuesta sucintamente, y se dice que los misioneros llamados por O-lo-pen llegaron en 636 a la corte de Tai-tsung; que este publicó un edicto en favor del cristianismo; que Kao-tsung hizo construir iglesias en todas las ciudades; que Vu-heu persiguió a sus sectarios y que Kuo-tsé iba siempre seguido de un sacerdote cristiano en las batallas.
Las revueltas políticas, que a principios del siglo tercero de nuestra era (en que va a tener lugar este relato) agitaban la China, no podían por menos de transmitir su influencia a los antagonismos religiosos que entre sí despertaban los tres principios de Lao-tse, Confucio y Fo o Buda.
El emperador Ho-ti fue el primero que en el año 120, era cristiana como todo lo que a seguir va, concedió honores y dignidades a los eunucos de palacio, en detrimento del ascendiente que los letrados habían tenido hasta entonces en la corte. Unos y otros continuaron disputándose el poder hasta el año 187 en que los eunucos hicieron sospechosa a los ojos del monarca la academia, presentándole la unión de los hombres instruidos como un peligro contra su tiranía. El emperador Chung-ti desterró a los doctores y libró a los tribunales a los más ilustres proclamándose él a su vez amigo de la ciencia por haber hecho grabar sobre cuarenta y seis lápidas de mármol y en tres clases de caracteres los cinco libros clásicos del I-King.
Aunque los Tao-sse hacían aparentemente causa común con los eunucos, no tardaron, aprovechando las circunstancias, en utilizarlas en su provecho. La peste, habiendo desolado el imperio durante once años, un Tao-sse llamado Chang-kio halló contra ella un remedio seguro en cierta agua preparada con unas palabras misteriosas. Este charlatán obtuvo fácilmente crédito entre las masas. Seguido por una turba de empíricos, los disciplinó, y en breve encontróse a la cabeza de un partido numeroso. Su doctrina era que el cielo azul, o sea la dinastía de los Han dominante a la sazón en la persona del emperador Hien-ti, tocaba a su término para dejar paso al cielo amarillo. Descubiertos sus propósitos y viendo su pérdida segura, se echó al campo en abierta rebelión. Cincuenta mil hombres secundaron su grito, y tomando un gorro amarillo por insignia, se aprestaron a devastar el país. Sus expediciones fueron favorecidas por el levantamiento de muchos ambiciosos que aspiraban a repartirse la China en diversos estados; pero la prudencia y el valor del general Tsao-tsao, jefe del partido de los letrados a quienes el monarca llamó en su auxilio, sofocaron la insurrección y los vencidos se acogieron a su bandera. Hien-ti le nombró su primer ministro; pero enorgullecido por su triunfo, pronto se vio a Tsao-tsao ceñirse el sombrerete de doce colgantes, adornado con cincuenta y tres piedras preciosas —atributo distintivo de la majestad— y hacerse llevar en el coche de eje de oro con tiro de seis caballos. No hubiera tardado mucho en apoderarse del sello imperial si la muerte no le hubiera atajado el camino. Su obra no obstante fue consumada por su hijo Tsao-pi, primer calado o ministro de Hien-ti a quien arrebató la corona en el año 220 dando fin a la dinastía de los Han para dar comienzo a la de los Ouei.
Pero, no adelantemos los sucesos toda vez que vamos a hacer asistir a los lectores a este acontecimiento memorable; y dejemos consignado para su mayor inteligencia que el Anacronópete llegó a Ho-nan, corte entonces del imperio chino, en el año 220, bajo el reinado de Huen-ti y en sazón en que la revuelta dominada, muerto Tsao-tsao y elevado a la dignidad de Calado su hijo Tsao-pi, el poder había sido reconquistado por los letrados, quienes perseguían sin piedad así a los sectarios de Fo, por lo que tenía de nuevo la religión búdica importada del Indostán, como a los Tao-sse por la grosería de sus empíricos recursos.


CAPÍTULO XII
Cuarenta y ocho horas en el Celeste Imperio

Miente como un bellaco el refrán, cuando asegura que no hay mal que dure cien años; pues sus dieciséis centurias bien contadas se pasó don Sindulfo en el lecho del dolor, desde que arrojó a los hijos de Mahoma en el espacio y a los de Marte en la nada, hasta que el Anacronópete se posó en los alrededores de Ho-nan, capital a la sazón del imperio chino.
En los tres días y medio que duró el viaje, Benjamín, aprovechándose del sopor del sabio y del sueño de las muchachas, hizo sus correspondientes altos y salió sigilosamente del vehículo para proveerse de las indispensables municiones de boca; pues ya hemos visto que las que a bordo llevaban eran inútiles. El primer festín se lo debió a la piadosa munificencia de la reina Isabel la Católica; y por cierto que estuvo a punto de costarle la vida porque llegado al campamento de Santa-Fe, donde el ejército castellano se desesperaba ante la tenaz resistencia de los moros de Granada, fue tomado por espía de Boabdil, a lo que contribuía no poco el extraño disfraz que para aquella época constituían su americana y sus pantalones con boca de trabuco. Afortunadamente el políglota no perdió la serenidad; y acordándose de lo beneficiosos que podían serle los conocimientos adquiridos en la cátedra de historia, pidió ser conducido a presencia de la reina a fin de hacerle revelaciones importantes. Acompañada estaba doña Isabel de su esposo don Fernando, del cardenal Ximénez y de sus primeros capitanes; y todos, menos la augusta señora, sostenían el parecer de levantar un sitio en que se enterraban la paciencia de los sitiadores y los fondos del erario, cuando Benjamín haciendo irrupción en la tienda:
—¿Qué es levantar el sitio? —exclamó con alientos de profeta.
E inclinándose al oído de la reina añadió en voz baja:
—Hoy 2 de enero de 1492, día de viernes, como aquel en que el Redentor de los hombres derramó en el Calvario su preciosa sangre, y a las tres, hora precisa en que el Verbo encarnado exhaló su postrer suspiro, el pendón de Santiago y el estandarte real ondearán en la torre de la Alhambra.
Doña Isabel palideció; los cortesanos que la rodeaban, recelando algún desafuero, echaron mano a sus espadas; y no lo hubiera pasado muy bien el maestro de lenguas si los añafiles moros mezclándose con la trompetería cristiana no hubieran traído con sus ecos una pausa salvadora.
—¿Qué ocurre? —preguntó el rey al ver aparecer en la tienda al conde de Cifuentes llevando en el semblante impresa la alegría.
—Ocurre, señor —dijo el noble caballero— que Boabdil acaba de rendirse; y que para que los vencedores puedan entrar en Granada con entera seguridad, el vencido envía en rehenes al campo de Castilla a sus hijos con seiscientos hombres de armas al mando de dos de sus más esclarecidos jefes.
Un grito de asombro se escapó de todos los pechos.
—¿Quién eres tú? —preguntó la reina casi prosternándose atónita ante el que en su fe bendita tomaba por aparición celeste.
—Un pobre mortal —respondió Benjamín— que os pide por toda recompensa que le dejéis seguir libremente su camino suministrándole un bocado de pan con que aplacar su hambre.
Tan limitada exigencia acabó de ratificar el juicio que doña Isabel formara del profeta; y sin atreverse a insistir en premiarle con dádivas humanas, ella por sus propias manos le aderezó unas alforjas henchidas de rico jamón de las Alpujarras y rebosando de pan del mejor candeal de Castilla, amén de una cantimplora de vino de Aragón del que, para el servicio de la mesa de don Fernando, custodiaban en el repuesto los despenseros de campaña.
Ya se disponía Benjamín a abandonar la tienda, cuando la soberana llamándole aparte y con las manos cruzadas en ademán de súplica:
—¿Qué puedo hacer —le dijo— para felicidad de mis vasallos y esclarecimiento de mi trono?
—Dad oídos, señora —le contestó el políglota— a un genovés que vendrá a ofreceros un mundo.
—¿A Colón? —preguntó la reina admirada—. Ya le he visto; ¡pero si aseguran que es un loco!... Además, mi tesoro está exhausto.
—Vended vuestras joyas si es preciso. Él centuplicará su valor creando vicios para la humanidad.
Y así diciendo entregó a la reina una breva de Cabañas a la que la pobre señora daba vueltas entre sus dedos sin explicarse su virtud.
—¿Y qué es esto? —se resolvió a inquirir al cabo.
—¡Humo! —exclamó Benjamín, y desapareció.
Y en efecto, dos años después, corriendo en busca de otro rumbo para las Indias orientales, volvía Colón de América con un nuevo mundo para España y una infinidad de estancos para las viudas de militares pobres.

—¿A Colón? —preguntó la reina admirada
El segundo descenso que en busca de vitualla hizo Benjamín a la tierra, veinte horas más tarde o sea en las postrimerías del siglo XI, no ofreció nada de notable. No así el que después de un período equivalente verificó en el año 696 a la ciudad de Rávena al declinar la tarde de un domingo.
Esta villa, como saben todos, era a la sazón la residencia de los exarcas que dirigían los destinos de la parte de Italia sometida al poder de Bizancio. Gobernada por las instituciones municipales del Bajo-Imperio, estaba distribuida en escuelas para las milicias urbanas; pero una bárbara costumbre tenía allí lugar. Los días de fiesta, jóvenes y viejos, niños y mujeres, cualquiera que fuese su condición, salían de la ciudad y, divididos en bandos, se libraban a unas pedreas de que resultaban siempre heridos y muertos. Gozoso volvía Benjamín de un convento en que, gracias a los harapos de mendigo que se había colgado, recibiera abundantes provisiones; y dirigiéndose iba hacia su vehículo, cuando una desaforada gritería y una multitud de gente que avanzaba en precipitada fuga le dieron a comprender, compulsando fechas y según lo que en Agnelli había leído, que atravesaba aquel histórico momento en que los de la puerta Tiguriana, vencedores de los de la poterna de Sommovico, los persiguieron hasta dar cuenta de la mitad del opuesto campo.
—Esto no reza conmigo —dijo para su capote el viajero, y se echó a correr a campo traviesa; pero los guijarros llovían con tal profusión que a fin de acelerar su marcha no titubeó en apoderarse de un burro lombardo que pacía en una pradera y cuyos lomos oprimiendo sacó al escape. Desgraciadamente una piedra salida de una honda tiguriana hirió con tan mala suerte a su cabalgadura que, dándole de lleno en un corvejón, le rebanó la pata por entero sin que al reponerse de la caída pudiera el jinete dar con el miembro mutilado que deseaba conservar como recuerdo de aquel drama cuyo fin, según diremos de paso, fue el siguiente: Vencidos los de la poterna simularon una reconciliación; e invitando a un festín a los de la escuela Tiguriana, los degollaron a todos arrojando sus cadáveres en las cloacas. Los traidores fueron ahorcados, sus muebles consumidos por el fuego; y, allanadas sus viviendas, el área en que se alzaban fue conocida en adelante con el nombre del barrio de los asesinos.
Restituido milagrosamente Benjamín al Anacronópete, compartió su pitanza con Clara y con Juanita que desde la desaparición del ejército no salían de su cuarto en el que la aflicción las tenía relegadas; propinó algunas yerbas saludables que había cogido para don Sindulfo y emprendió su marcha hacia el celeste imperio. Pero al abrir su armario para hacer unas apuntaciones en el diario de bordo ¿qué creerán mis lectores que encontró dentro? Pues nada menos que la pata del burro hirsuta y sanguinolenta ocupando en el casilicio el lugar del famoso hueso que el desgraciado comprara en Madrid a peso de oro tomándolo por una canilla de hombre fósil descubierta en las inmediaciones de Chartres.
Por fin sonó el año 220 en el cuadrante del tiempo relativo y, haciendo alto el coloso en los arrabales de Ho-nan, la esperanza de hacerse dueño del secreto de la inmortalidad borró el desengaño antropológico de que jamás hizo mención Benjamín a sus compañeros de viaje.
Repuesto ya don Sindulfo de su acceso, aunque con la razón no muy conforme, como se verá por el curso de los acontecimientos, y entregadas las muchachas a esa obediencia pasiva que es la indiferencia del dolor, dispusiéronse todos a penetrar en la corte de Hien-ti, no sin que previamente cohonestara el políglota la desaparición de las francesas con una insurrección a bordo que le había puesto en el caso de desembarcarlas según sus deseos.
Nadie le hizo observación alguna sobre el particular.
Clara y Juanita sentían el corazón muy lacerado para ocuparse de otra cosa que de su desgracia, y el sabio por su parte, silencioso como un marmolillo, solo tenía puesta su imaginación en su proyecto, que era desembarcar en una época de oscurantismo y de autocracia donde la arbitrariedad de las leyes le permitiera obligar a su pupila a llamarse su esposa.
La ciudad estaba desierta. La primera emperatriz había fallecido la noche antes, y el luto nacional, según el edicto del emperador, prohibía a todo hijo del celeste Imperio salir de sus viviendas ni abrir puertas ni ventanas en el transcurso de cuarenta y ocho horas.
Llegados los viajeros a los muros de Ho-nan e interrogados por el jefe de la guardia acerca de sus designios, Benjamín, que era el intérprete de la expedición, le expuso sus deseos de ser recibidos en audiencia por el emperador Hien-ti. El traje de los excursionistas, los rasgos fisonómicos de la raza europea, la vigilancia que se le tenía prescrita y la sospecha de que los anacronóbatas pudieran ser sectarios de los Tao-sse, tan perseguidos a la sazón por el partido de los letrados dueños del poder, hicieron parar mientes al oficial, y creyendo servir con ello la causa de su monarca, dispuso que, escoltados por su gente y con los ojos vendados, fueran conducidos a la presencia del emperador.
Obtenida la venia del monarca, los viajeros, no sin gran susto aunque tranquilizados por la erudición de Benjamín que se esforzaba en persuadirles de que en la conducta del jefe de guardia no había malevolencia sino cumplimiento del ritual observado en la corte china, se encontraron delante de Hien-ti.
Era este soberano un hombre corrompido, de condición viciosa, en quien la sed de placeres no bastaba a saciar el insultante lujo de que se rodeaba a costa de sus abyectos vasallos. El palacio o yamen que habitaba y del que tomó copia el príncipe Tchao para construir el suyo en Yé un siglo más tarde, era de una suntuosidad indescriptible. En sus muros no se veía sino mármol y en sus techos resbalaban los rayos del sol sobre la tersa superficie de los barnices y las lacas. Las campanillas que colgaban de los cornisamentos eran de oro; de plata las columnas que sostenían el entablamento, y toda suerte de piedras preciosas esmaltaban los cortinajes que cubrían las puertas.
Las más hermosas mujeres, así de la clase mandarina como de la plebe, lo habitaban con más de diez mil personas que entre astrólogos y artistas formaban el séquito del emperador. Mil doncellas montadas en corceles ricamente enjaezados le servían de guardia y le acompañaban en sus excursiones, cuando no se hacía llevar en un ligero carruaje tirado por corderos adiestrados que se paraban allí donde una de las cinco mil actrices destinadas a la voluptuosidad de Hien-ti, ofrecía a los rumiantes pastos frescos para detener su carrera y lograr la insigne honra de que el monarca se reposase en sus brazos.
Apenas los viajeros se presentaron en la estancia en que los aguardaba Hien-ti, este no pudo reprimir un movimiento de sorpresa, arrancado por la hermosura de Clara. Dominándose no obstante por el decoro que le imponía su condición de viudo, contentóse con cruzar una mirada de inteligencia con su primer ministro Tsao-pi; quien a su vez, y tal vez por adulación hacia su amo, hizo un gesto significativo contemplando a Juanita como quien dice: «Pues esta otra tampoco me parece a mí costal de paja.»
Nos llevaría tan lejos la descripción del ceremonial empleado en la entrevista y el extraño estilo usado por los interlocutores que, para dar una idea de ambos, haremos un resumen de lo que el historiador Cantú y otros sinólogos cuentan sobre el particular; advirtiendo de paso que estos usos siguen practicándose hoy en China casi en absoluto, pues sabido es que el estacionamiento constituye la base de su carácter.
«La cortesía artificial de los chinos —dicen los que de relatar estas ceremonias se han ocupado— se manifiesta en todos sus actos, en sus visitas sujetas a reglamentación, en el modo de colocarse en ellas según la categoría, en su manera de andar y en sus interminables cumplimientos. Jamás emplean el yo personal en la conversación; dicen, sí, vuestro criado; o si el rango lo exige, vuestro indigno y humilde esclavo. No dirigen la palabra a nadie sin tratarle de muy noble señor. Su país es vil, miserable y abyecto, lo mismo que sus presentes por suntuosos que los hagan; al paso que cuanto pertenece al señor a quien hablan es digno de la consideración más elevada. En sus visitas todo esta prescrito por el código de la etiqueta, que tiene fuerza de ley, y el que descuidase la menor de sus prescripciones inferiría al otro un insulto, quedaría deshonrado y hasta se haría acreedor a un castigo. Los embajadores europeos quedaban antes sometidos a cuarenta días de aprendizaje y eran examinados por el tribunal de los ritos; transcurridos los cuales, si cometían algún yerro ante el emperador, eran responsables de él sus institutores.»
«Cuéntase que un duque de Moscovia rogó al emperador en sus credenciales que dispensara a su enviado si, falto de práctica, caía en alguna falta venial; y que el Hijo del cielo dando sus pasaportes al plenipotenciario, contestó en estos términos al soberano moscovita: Legatus tuus multa fecit rústice.»
«Pero no es solamente en la corte donde se procede así; todo chino que desea hacer una visita a otro, sea letrado o mercader, hace presentar por el criado que le precede una tarjeta (tie tsée) con su nombre y sus cumplidos, en la que se lee por ejemplo: El amigo tierno y sincero de su señoría, o el discípulo perpetuo de su doctrina se presenta para hacerle su reverencia hasta el suelo.
»Si el visitado le recibe, la silla o litera entra a través de los patios hasta la sala de recepción. Llegado a ella el ceremonial marca uno por uno los saludos que deben hacerse, las conversiones a derecha y a izquierda, las cabezadas, la súplica de pasar el primero y el no aceptarlo, la reverencia que el amo de la casa tributa al sitial destinado al huésped que este no ocupa sin que aquel le limpie antes el polvo con sus vestidos. Siéntanse por fin con la cabeza cubierta, pues lo contrario sería irreverente, y empieza la conversación cuidando mucho de llamarse viejos, refinamiento exquisito de amabilidad y buena educación. En seguida se sirve el té para el cual hay también su manera de ofrecerlo, de aceptarlo, de llevárselo a la boca y de devolvérselo al criado. Al despedirse, media hora bien contada se pierde en palabrería vana de la que tienen a provisión un buen repuesto. Si uno dice una galantería, fei-sin responde el otro, es decir: Prodiga usted su corazón. El menor servicio le vale a uno un Sie-putsin. (Mi gratitud no puede tener fin.) Favor pedido va siempre acompañado del indispensable te-tsui (¡Qué gran pecado tomarme tamaña libertad!) La alabanza no se recibe sin protestar Ki can. (¿Cómo poder creerlo?) Y el postre de toda comida es esta frase del anfitrión: Yeu-mau, tai-man. (Mal te hemos recibido, mal te hemos tratado.)»
«El amo de la casa sale a la puerta para ver subir en la silla a su amigo. Este asegura que no lo hará nunca en su noble presencia: y después de un cange de instancias y de negativas, aquel se retira y el otro se mete en la litera; pero aún no se ha sentado cuando el primero llega a la carrera para desearle feliz viaje. El huésped le devuelve sus saludos, insiste en no marcharse sin que el amigo se retire, y aunque el amigo dice que allí permanecerá clavado hasta perderle de vista, el buen tono aconseja que al cabo sea él quien después de muchas dificultades ceda y se aleje. Parte el huésped, y apenas ha dado unos pasos, cuando el que lo recibió sale a la puerta para darle el adiós último al que el otro responde por gestos sacando la cabeza por la ventanilla; hasta que al fin logra llegar a su casa, y a los dos minutos un criado del anfitrión viene a enterarse de su salud de parte de su amo, a darle las gracias por su visita y a hacer votos para que se repita en breve.»
Enterados de estas minuciosidades, demos cuenta en nuestro estilo usual de la interesante entrevista que los cuatro viajeros tuvieron con el emperador Hien-ti y con su primer calado, en el palacio de la corte de Ho-nan.


CAPÍTULO XIII
La Europa del siglo XIX ante la China del siglo III

El espectáculo de tantas maravillas acumuladas no pudo menos de sacar de su estupor a Clara y a Juanita; especialmente a la última que, si bien no logró reconquistar su buen humor, empezó a hacer uso de la palabra.
—Oiga usted —preguntó dirigiéndose a su amo—. ¿Pues no dicen que los chinos llevan coleta? ¿Cómo es que estos son rabones?
—Porque los celestiales —le contestó don Sindulfo— conservaron su integridad capilar hasta el siglo XVII en que, vencidos por los tártaros manchures, estos les obligaron a dejarse crecer en la cabeza un como rabo de perro en señal de esclavitud.
—Me lo estudiaré —dijo gravemente la de Pinto, sentándose a una indicación del calado.
Terminado el ritual de las salutaciones, el emperador interrogó a los viajeros acerca de su origen y del objeto que los conducía a su presencia; a lo que Benjamín respondió que eran habitantes de la región occidental; que vivían en una época mil seiscientos años posterior a la suya, y que, poseedores del secreto de retrogradar en los siglos, acudían a Ho-nan para inquirir el principio de la inmortalidad predicado por los Tao-sse y poder, perfeccionándolo, abrir al hombre las puertas del porvenir como ya le tenían abiertas las del pasado.
Hien-ti cruzó con su valido una mirada de inteligencia. Para ellos era indudable que los excursionistas pertenecían a la secta derrotada de los embaucadores que con tan inverosímiles relatos trataban sin duda de alucinar a la corte y al pueblo, para renovar las luchas de los gorros amarillos. Su sentencia de muerte estaba tácitamente dictada desde aquel instante, si bien el arrobamiento con que contemplaba las facciones de ambas doncellas parecía presagiar en su favor una conmutación de la pena capital.
—¿Y qué pruebas podéis aducir que nos den testimonio de vuestra veracidad? —adujo el monarca a fin de conocer los subterfugios de que los impostores pensaban servirse para cohonestar sus afirmaciones.
—Señor —repuso Benjamín—. Tarea fácil ha de sernos la de convencer a V. M. con solo presentarle alguna pequeña muestra de los progresos operados por la civilización en los dieciséis siglos que nos separan, y de que tan buen uso puede hacer el imperio, ya apropiándose los realizados en otras naciones, o ya anteponiéndose en su descubrimiento a los que, en centurias muy posteriores a la que atravesamos, llevó a cabo la China.
—En efecto —dijo Hien-ti con una sonrisa de incredulidad—. Si la cosa es como aseguras, bien merece tomarse en cuenta. Haznos admirar esas maravillas de la civilización.
Benjamín no se hizo repetir la orden; y, echando mano a un saquito de noche que a prevención llevaba provisto de multitud de zarandajas, empezó a vaciarlo con el orgullo de un hijo del siglo XIX que, engreído con las conquistas de su época, cree poder burlarse impunemente de sus antecesores, a quienes, después de todo, debe la base de unos conocimientos que él no ha hecho las más veces sino perfeccionar.
—Aquí tenéis —dijo exhibiéndolo con paternal solicitud— un vaso de bronce, imitación del ánfora griega. Sustancia fusible desconocida en vuestro imperio, cuyas aplicaciones os será grato saber.
—Poco a poco —replicó el emperador cortándole el discurso y llevando a Benjamín a una puerta, ante cuyas antas se erguían dos colosales jarrones del mismo metal.
—¡Cómo! —preguntó el políglota aturdido—. ¿No solo tenéis idea de la fusión sino que sabéis aplicarla a trabajos artísticos monumentales?
Hien-ti no pudo reprimir una carcajada; y poniendo el dedo sobre unos caracteres chinos que por los adornos corrían:
—Lee aquí —añadió.
El atribulado viajero dio un paso atrás, producido por el asombro, al ver sobre el cuello del vaso esta máxima: A fin de mejorar tu condición purifícate cada día; lema perteneciente a todos los enseres del uso del emperador Chang fundador de la segunda dinastía, y de cuya autenticidad no dejaba duda el sello de su reinado que campeaba en el centro.
—Señores —gritó Benjamín dirigiéndose a los suyos—. Estos jarrones han sido fundidos en el año 1766 antes de la era cristiana.
—De modo —interpuso el tutor— que según nuestra cuenta, tienen de existencia casi treinta y seis siglos y medio.
Mordiéndose los labios por despecho arqueológico estaba aún Benjamín, cuando descubriendo, a través de la pedrería que lo ocultaba, el fondo del cortinaje:
—¿Qué es esto? ¿También os es familiar el arte de tejer la seda?
—Tu ignorancia me asusta —le contestó el calado—. ¿No sabes que ese descubrimiento tuvo lugar en el año sesenta y uno del reinado de Hoang-ti, época en que dan principio para los letrados los tiempos históricos de la China y el ciclo de sesenta años divididos estos en 365 días y 6 horas, base de nuestro cómputo?
—Y apuesto —dijo Juanita al oír la traducción— que ese don Juan Tic era ya viejo en tiempo de Jesucristo.
—Como que floreció 2698 años antes —replicó don Sindulfo.
—Lo que yo decía; contemporáneo de usted.
—Pase por el bronce y vaya en gracia la seda —insistió Benjamín, que no se acomodaba a ser vencido en el certamen—. Pero a fe que esto no sabrá V. M. para lo que sirve.
Y desdoblando un papel presentó al emperador una brújula.
Hien-ti se sonrió con el ministro; y, conduciendo al políglota a una ventana que sobre el río caía,
—¿Ves esos barcos? —le preguntó.
—¡Con casco de hierro! —exclamó el interpelado atónito, pudiendo distinguir las planchas del forro a través de la luz crepuscular.
—Sí; hace ya seiscientos años que no nos servimos de los buques de madera; y más de doce siglos que hacemos uso en ellos de ese aparato que tú nos presentas como una maravilla y cuya invención sabe el cielo a quién pertenece.
Absortos estaban los dos sabios sin acertar a darse la explicación de lo que veían, cuando un confuso tropel de gente que, gritando para abrirse camino, precedía a unos carromatos de extraña forma, les sacó de su atolondramiento.
—¿Qué ocurre? —inquirió don Sindulfo.
—Nada importante —repuso Tsao-pi—. Algún incendio. Eso son las bombas que van a sofocarlo.
—¡Las bombas! —prorrumpieron todos.
—Que le echen a usted un roción —dijo la de Pinto a su amo— a ver si le calman a usted esos ardores de la juventud.
—Pero esa invención —añadió Benjamín oponiéndose aún a la evidencia— como la de los pozos artesianos, la porcelana, los puentes colgantes, los naipes y el papel moneda, no datan en China, según nuestros historiógrafos, sino de los siglos octavo al trece, y estamos a principios del tercero. Pues si bien es cierto que el sabio sinólogo Estanislao Julien comunicó en 1847 a la academia de ciencias de París la fecha de ciertos descubrimientos de los chinos, las épocas que cita parecen tan fabulosas que el orgullo europeo se resiste a aceptarlas.
—¿Y qué dice de nosotros ese buen señor?
—Supone que en el siglo X de nuestra era ya poseíais el grabado y la litografía.
El emperador por toda respuesta le enseñó su retrato y el de su difunta, que, hechos por ambos procedimientos, pendían de los muros con siete siglos de antelación a la hipótesis de Julien.
—¿Y qué más refiere? —añadió Hien-ti.
El políglota, bajando la voz, repuso:
—Que en el siglo XI erais dueños de la maravillosa invención de Gutenberg.
Y así diciendo le alargó un periódico al monarca, explicándole al propio tiempo la misión que venía a llenar la prensa periódica.
—¡Ah! Sí. Mi predecesor trató de permitir la publicación de una gaceta con el fin de que todos sus vasallos pudieran convertirse en censores de los abusos del poder; pero en vez de utilizarla ellos como instrumento de censura, la convirtieron en palenque de diatribas e insultos, y fue preciso derogar la autorización y limitar el permiso de imprimir a la publicación de nuestros libros sagrados.
E hizo ver a los viajeros un ejemplar de los apotegmas de Confucio que, ricamente encuadernado, yacía sobre un velador.
Los dos sabios se abalanzaron a él con hidrofobia bibliómana; pero las sombras de la noche eran ya tan espesas que no lo hubieran podido examinar si Tsao-pi, dando la orden de encender las luces, no hubiera mandado entrar a unos esclavos que con unas esponjas, empapadas en cierta substancia inflamable, llenaron de claridad el recinto con solo aplicar la llama a unos mecheros salientes en el muro.
—¡Gas! —fue el grito unánime.
—Sí, gas —dijo tranquilamente el emperador.
—¿Pero de dónde lo extraen?
—Del seno de la tierra; de las materias fecales, cuyas emanaciones conducimos a donde queremos merced a unos tubos subterráneos.
—Eso también lo dice Julien; pero se lo atribuye al siglo VIII. No os admire, señor, nuestra extrañeza; pues aunque teníamos vagos indicios de vuestros adelantos, son estos tales y tan en abierta contradicción con la decadencia y el atraso de la China del siglo XIX, que no nos atrevíamos a dar crédito a la civilización del pasado por el estacionamiento y hasta retroceso del presente.
—Todas las naciones que alcanzan un gran desenvolvimiento, suelen ver desaparecer su grandeza, que utilizan otros estados nacientes —arguyó Hien-ti, no creyendo prudente, en razón de los planes que abrigaba, decir a los viajeros que eran unos impostores vulgares que querían hacer pasar por prodigios de supuestas edades futuras las nociones más rudimentarias de la ciencia practicada a la sazón.

—¿De modo que habrá que tomar por artículo de fe el aserto de Julien que, con la tinta y el papel de trapo, coloca la pólvora entre los descubrimientos del siglo segundo, anterior a Jesucristo?
—¿La pólvora?
—Sí. Esa composición de setenta y cinco partes de sal de nitro con quince y media de carbón y nueve y media de azufre, atribuida en la Edad media al monje alemán Schwartz, y que el sinólogo en cuestión cree que fue introducida en Europa, de la China, donde el nitrato de potasa lo da ya preparado la naturaleza.
—Como no te refieras a los cañones, no sé qué quieres decir. A ver si es esto.
Y tomando el emperador de una panoplia una flecha embadurnada de un polvo negro (que no era otra cosa sino pólvora), a cuyo extremo inferior había un cohete amarrado, prendió fuego a la corta mecha que de este pendía, apoyó el rehilete en la cuerda del arco y disparándolo por la ventana se incendió en el espacio como una lengua de fuego, acrecentando su marcha con la nueva fuerza impulsiva que le prestaba la explosión del petardo en la atmósfera.
El monje alemán quedó relegado desde aquel momento a la categoría de los seres fabulosos.
—No dudo —prosiguió Hien-ti— que todos estos procedimientos se perfeccionarán con la marcha de los siglos; pero ya veis que esencialmente no podéis enseñarnos nada nuevo; y la prueba es que venís a nuestros dominios en busca del secreto de la inmortalidad que se tiene por dogma entre los sectarios de los espíritus del celeste imperio. Pues bien; no quiero que vuestro viaje sea infructuoso. Yo os descubriré ese arcano con una condición.
—¿Cuál?
—Ayer he perdido a la emperatriz mi compañera; las leyes me autorizan a tomar nueva esposa transcurridas que sean las cuarenta y ocho horas del luto nacional. Mañana vence el plazo. Concededme que comparta el trono con esta linda joven.