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Descripción Geografica, Histórica y Estadística de Bolivia, Tomo 1

INTRODUCCION (continued 4)

Reading edition

El carácter de los Movimas, que en todo se parece al de los Moxos, está animado de una exesiva bondad y del mas pronunciado instinto de sociabilidad. A juzgar por su manera actual de vivir, sus costumbres debieron ser tambien idénticas á las de los Moxos, consistiendo sus ocupaciones en la pesca, la navegacion, la caza y la agricultura. Su industria, su sistema gubernativo y su religion los asemejaban aun á la nacion citada. El genio maléfico, que determinaba sus desgracias, se llamaba Canibaba Kilmo. Temeros de cubrirse de lepra, nunca mataban estos indios una serpiente, y los que enviudaban se guardaban bien de dar muerte á un tigre, persuadidos de que si así lo hacian, sucumbirian ellos tambien.

Finalmente, la total conformidad de circunstancias físicas y morales que existe entre los Movimas y los Moxos, me hace creer que arrancan ámbas naciones de la misma rama, no diferenciándose sino por un lenguage enteramente distinto, y tal vez por la mas ó ménos fuerza corporal.

NACION CAYUVAVA[1]

Habitaba esta nacion sobre la ribera occidental del Mamoré, quince leguas mas arriba de la confluencia de este rio con el Guaporé ó Iténes, en esas llanuras entrecortadas por bañados y pequeños boscages que caracterizan aquellos terrenos. Vivian los Cayuvavas repartidos en pequeñas tribus, cuyas poblaciones se estendian sobre las orillas de aquel grande rio, y sobre los pequeños tributarios de las llanadas del oeste[2], entre los grados 12 y 13 de latitud sud, y hácia los 68 de longitud occidental de París. Tenian por vecinos hácia el sud á los Movimas, á los Itenes hácia el este, á los Maropas de Reyes hácia el oeste, á los Pacaguaras del Rio Beni hácia el norte, hallándose separados, particularmente de las dos últimas naciones, por dilatadísimos desiertos[3].

[Nota 1: Algunos Españoles escriben Cayubaba.]

[Nota 2: Si se ha de dar fé á los materiales con que Brué ha levantado sus mapas de América meridional, los Cayuvavas, segun el de 1826, estendian sus posesiones hasta el duodécimo grado de latitud sud, mientras que en el de 1854 alcanzan basta el décimo.]

[Nota 3: Es en esta nacion donde el P. Eguiluz (pág. 33) ha coleado el gran Paititi, Dorado ó Pais de los Césares de aquellas comarcas.]

Por la tez, el alto porte de los hombres, sus robustas formas, sus miembros fornidos, sus facciones regulares y agraciadas, su fisonomía dulce, los Cayuvavas se asemejan á los Moxos; y si su aspecto general está revestido de un poco mas de seriedad, en cuanto al resto reunen todos los caracteres físicos de esta nacion.

La lengua cayuvava se diferencia de los demas dialectos de la provincia en el fondo de las palabras; pues aunque tiene alguna analogía con los idiomas itonama, canichana y movima por la asperidad de muchos sonidos, es sin embargo mas eufónica. La complicacion del sonido de consonantes reunidas es demasiado frecuente: la de las consonantes unidas dx y dj, antepuestas á vocales, es un poco dura; no obstante, la consonante segunda conserva siempre el sonido suave de la pronunciacion francesa ó castellana. Tambien se advierten, entre los sonidos peculiares á la lengua, la u débilmente nasal, la x, la a muda, la ch y algunas terminaciones en an y ain, las únicas que se notan al fin de un número limitado de voces, pues todas acaban invariablemente en vocal. El sonido gutural de la j española es muy comun, así como la ch de esta lengua, faltando únicamente la l en el alfabeto de este idioma, exento por otra parte de anomalías. Los adjetivos se adhieren á los dos géneros. El sistema de contar no tiene relacion con el número de los dedos; pero presenta una particularidad notable. Los números, que ordinariamente solo se unen á los otros despues del diez, en el sistema de los Cayuvavas empiezan á juntarse desde el seis. Todas las lenguas americanas poseen nombres diferentes para las unidades, y cuenten luego diez y uno, etc., mientras que los Cayuvavas llegan hasta el cinco solamente, y prosiguen diciendo, para el seis, carata ribobo (uno y cinco), para el siete, mitia ribobo (dos y cinco), y de este modo hasta diez; empezando despues las decenas, y contando por todo, solamente hasta ciento.

El carácter de los Cayuvavas tiene muchísima analogía con el de los Moxos, y bien pudiera decirse que es mas noble. En estremo valientes, atrevido», emprendedores, industriosos, francos y leales, eran estos indígenas los guerreros mas temidos por las otras naciones: sus armas consistian en el arco y las flechas; manejaban tambien la lanza, y marchaban al combate organizados en falanges capitaneadas por gefes especiales.

Su religion se fundaba en la creencia de un ser protector de todas las cosas, llamado Idaapa, y de un genio maléfico, autor de todas las desgracias, llamado Mainajé. Admitian estos indios la inmortalidad del alma; y como los Itonamas, creian deber impedir que la muerte se escapase del cuerpo de un agonizante, tapándole bien la boca y la nariz. Los hombres interrumpian sus trabajos durante la indisposicion mensual de sus mugeres, y no se atrevian á emprender cosa alguna mientras permanecian viudos.

A pesar de la diferencia de lenguage, los Cayuvavas se parecen demasiado á los Moxos, en el carácter y otras circunstancias físicas y morales, para que no pertenezcan á la misma rama que estos.

NACION DE LOS ITENES.

Esta nacion parece haber dado su nombre al rio que baja del este para ir á reunirse con el Mamoré hácia los 12 grados de latitud sud. Los Itenes ocupaban el territorio comprendido entre los rios Iténes y Mamoré, estendiéndose treinta leguas hácia el norte, desde el ángulo formado por la reunion de estos rios: su poblacion se componia de pequeñas aldeas, dispersas en el interior de las tierras, en medio de los bosques, ó sobre las orillas de los arroyos que desaguan en el Mamoré. Circunscriptos entre los grados 12 y 13 de latitud sud, y los 67 y 68 de longitud occidental, tenian por vecinos hácia el sud á los Canichanas; hácia el norueste á los Movimas; hácia el oeste á los Cayuvavas.

En nada se diferencian estos naturales de los Moxos y Cayuvavas; su tez, sus formas y facciones son totalmente idénticas; diriase solamente que su fisonomía está revestida de alguna mas seriedad.

El idioma de los Itenes difiere de los otros idiomas de la provincia en cuanto al fondo y á la pronunciacion; pero algunas palabras de su dialecto y del de los Chapacuras, cuya estrecha analogía no puede ser efecto de la casualidad, me hacen creer que hubo en otro tiempo algun contacto entre estas dos naciones, sin que por esto deje de notarse una diferencia muy marcada en sus respectivos lenguages. El de los Itenes sin duda alguna es el mas lacónico, el mas dulce y eufónico de todos los idiomas americanos; todas sus palabras terminan en una vocal, y no se encuentra una sola que encierre en su composicion consonantes duras. Los sonidos guturales y nasales son desconocidos, y los compuestos de consonantes resultan solamente de la union de la b con la z francesa, pero no hieren desagradablemente al oido. Las letras f, g, j, l, x son del todo estrangeras. No se advierte la menor anomalía en los sustantivos; los adjetivos pertenecen á un mismo tiempo á los géneros masculino y femenino. Finalmente, de todas las lenguas, la iténes es la mas simple en su pronunciacion, así como la mas lacónica en sus formas; frecuentemente una sola emision de sonido basta para designar un objeto. El sistema de numeracion alcanza solamente al cinco, y no tiene relacion con el número de los dedos.

Si el carácter de estos naturales se parece poco al de los Moxos, tiene alguna semejanza con el de los Canichanas. Independientes y altaneros por demas, valientes hasta ser temerarios, guerreros indómitos, no carecian entre ellos de franqueza y de bondad.

Cazadores intrépidos y pescadores infatigables, son al mismo tiempo buenos agricultores. Estos indios nunca fueron antropófagos.

Su industria se limitaba á poca cosa. Sabian teger y pintar, pero su mayor habilidad consistia en la fabricacion de armas: sus flechas tenian en la punta un hueso muy agudo, y estaban adornadas con mil labores curiosas. Sus canoas eran, como hoy en dia, muy largas y angostas; sus trages parecidos á los de los otros indios de la provincia: llevaban la cara pintada, y en los dias de gala se adornaban la cabeza con plumas artísticamente colocadas.

A decir verdad, su gobierno se reducia á nada: los caciques no tenian la menor autoridad, y su cargo se limitaba á capitanear las huestes que se encaminaban al combate.

Toda su religion se fundaba en el temor que les infundia un genio maligno llamado Tumeké.

Las circunstancias físicas de los Itenes son enteramente idénticas á las de los Moxos; sus costumbres los asemejan á los Canichanas; miéntras que su lenguage, el mas suave y sonoro de toda la provincia, contiene, á pesar de la diferencia de pronunciacion, algunas voces análogas al idioma de los Chapacuras. Por último, los Itenes pertenecen evidentemente á la misma rama que los Moxos.

NACION DE LOS PACAGUARAS.

Los Pacaguaras, que habitaban en la confluencia del rio Beni y del Mamoré, hácia los 10 grados de latitud sud, y entre los 67 y 68 de longitud oeste, componian grandes poblaciones situadas en el interior de las selvas que guarnecen las orillas de esos anchurosos rios. Encontrándose fuera, por decirlo así, del territorio de la provincia, pertenecen estos indígenas á esas numerosas naciones diseminadas sobre las riberas del rio Madeira, y sobre las del Amazonas y de sus tributarios. Lindaban por el sud con los Itenes y los Cayuvavas, y solo se relacionaban con los últimos.

Su tez es igual á la de los Moxos; su estatura parece menor; pero sus formas y facciones reunen totalmente los mismos caracteres, aunque por la gravedad que respira su fisonomía tal vez se asemejen mas á los Cayuvavas.

Si su lenguage difiere, en cuanto al fondo, del de estos últimos, tiene sin embargo algunas conexiones con él, por lo tocante á la pronunciacion, así como no deja de tener por su dureza un poco de analogía con los idiomas itonama, canichana y movima. Hay tambien en el pacaguara complicacion de sonidos de consonantes reunidas, tales como tz, ts, dj y jn, ora con la pronunciacion enteramente gutural, castellana, ora con la suave de los Franceses. Encuéntranse con frecuencia la z y ch de estos, así como su u nasal. Casi todas las palabras finalizan en vocal, y solo se esceptuan los sonidos compuestos, terminados en on, an y ch francesa, sin que ninguno de ellos sea duro. Las letras f, l y x son desconocidas. Los adjetivos sirven á la vez á los dos géneros. El sistema de numeracion se estiende solamente hasta diez, y probablemente se aviene al número de los dedos.

El carácter de los Pacaguaras se asemeja al de los Cayuvavas; como estos, practican la hospitalidad, y abrigan benevolencia, franqueza y lealtad, uniendo á estas virtudes la intrepidez y valentía.

Por lo que respecta á sus costumbres, existe tambien entre ellos y los Moxos una grande conformidad. Constantemente ocupados en la navegacion, la pesca, la caza y la agricultura, se mantenian siempre pacíficos, y evitaban toda enemistad con sus vecinos, viviendo con ellos en perfecta armonía. Su industria se limitaba al tegido de géneros para sus vestimentas, á la fabricacion de armas, y á la construccion de canoas semejantes á las de los Moxos.

Sus gefes eran considerados como simples consejeros; su religion les enseñaba á creer en un ser benéfico llamado Huara, y en un espíritu maligno conocido bajo el nombre de Yochina; mas no profesaban un culto esterior.

En resúmen, es de creer que los Pacaguaras pertenecen positivamente á la rama de los Moxos, en razon de la semejanza de caracteres físicos y morales.

NACION DE LOS CHAPACURAS[1]

Los Chapacuras vivian dispersos sobre las riberas del rio Blanco ó Baures, no léjos de una grande laguna, y en medio de las selvas que separan á las provincias de Chiquitos y de Moxos, mas allá de las últimas colinas de la primera provincia, y poco mas ó ménos hácia los 15 grados de latitud sud, y entre los 64 y 65 de longitud occidental del meridiano de París. Tenian por vecinos (con los que no se comunicaban por la exesiva distancia) á los Chapacuracas y Paiconecas hácia el sud, y las hordas de la tribu de los Baures hácia el norte.

[Nota 1: He encontrado, bajo el numbre de Chapacuras, una nacion, que en 1794 salió de los bosques de las orillas del rio Blanco á poblar la mision del Cármen, en la provincia de Moxos. Usándose actualmente este nombre para designar la citada mision, he creido deber conservarlo, aunque no es tal la denominacion que se daban los naturales, llamándose en su lengua Huachi. Cuando se condujo á estos indios al Cármen se les llamó impropiamente Guarayos, nombre tomado de una seccion de los Guaraníes, vecina á Chiquitos (bajo tal nombre se halla mencionada esta nacion en la sumaria que sobre la fundacion del Cármen levantó el gobernador Zamora, documento que he visto en los archivos de la mision). Mas tarde el cura y el administrador les dieron el de Chapacuras, originado tal vez de los Tapacuras que se encuentran en los autores antiguos. Por el cotejo de los dialectos he llegado á descubrir que los Chapacuras no hablaban el mismo idioma, sinó que se servian del de los Quitemocas de Concepcion de Chiquitos, que segun mis investigaciones, traen su orígen de los mismos lugares; por consiguiente los Chapacuras ó Tapacuras y los Quitemocas deben componer una sola nacion.]

La tez de los Chapacuras es bronceada ó de un moreno verdoso, idéntica por lo tanto á la de los Chiquitos. Su estatura tiene tambien alguna analogía con la de estos: la mediana es de cinco piés y una y media pulgadas; los mas altos no pasan de cinco piés y cinco pulgadas. Las mugeres guardan en su porte una proporcion relativa.

Sus formas corporales son semejantes á las de los Chiquitos; sin embargo el talle de los hombres parece mas desvahido, y aunque tienen los miembros bien fornidos, y sin músculos visibles, el pecho saliente, las espaldas anchas, y todo su cuerpo en estremo robusto, no son propensos á la obesidad. Las mugeres, mejor formadas y mas graciosas que las Chiquiteñas, tienen las caderas y las espaldas anchas, la cintura mas conforme á las proporciones europeas, y unos piés y unas manos admirables por su pequeñez.

Sus facciones son tambien algun tanto diferentes: en ámbos sexos se encuentran, una cabeza grande, una cara ancha, pero ménos llena que la de los Chiquitos, los juanetes de esta mas pronunciados, una frente escasa y ligeramente combada, una nariz corta, chata aunque poco ancha, y sus ventanas muy abiertas, una boca mediana, labios poco gruesos, ojos pequeños y horizontales, orejas chicas, cejas estrechas y arqueadas, cabellos negros, largos, nada finos y muy tiesos. Su fisonomía es melancólica, y ménos animada que la de los Chiquitos. Por lo general, los hombres son feos, y tienen la barba muy negra, poco poblada y lacia, lo mismo que el bozo: entre las mugeres rara vez se encuentra una cara regular, pero no por esto inspiran aversion: entre tanto, el aspecto general de los dos sexos cautiva la confianza, y todo anuncia en ellos la dulzura.

Su idioma es enteramente distinto de las lenguas de Chiquitos en cuanto á la forma de las palabras, y aunque bastante duro, es agradable al oido: tiene muchas voces terminadas en vocal; el número de las que acaban en las solas consonantes n, m, p, t y j es reducido. El sonido gutural de la j española y el nasal de la u se encuentran á menudo. Muchas consonantes, tales como la b, la f, la c y la x, son al parecer totalmente desconocidas; y miéntras que la ch francesa es rara, la castellana se emplea con frecuencia. En esta lengua se observa como en la de los Chiquiteños, una particularidad relativa á los nombres de las partes del cuerpo, que en lugar de principiar por una letra determinada, acaban en una partícula uniforme, como se ve en urutarachi (carillo) taipatachi (oreja), tucuchi (ojos), objetos que los Quitemocas de Chiquitos designan con las palabras urutaraché, tatiataché y cuché. No he notado distincion alguna entre el masculino y femenino en los adjetivos, ni tampoco una forma especial para los plurales. El sistema de numeracion, que alcanza solamente á diez, está basado sin duda sobre el número de los dedos. La tribu de los Quitemocas posee muchos términos enteramente diferentes de los de la lengua chapacura, lo que acaso proviene de antiguas relaciones con alguna nacion estrangera.

Los Chapacuras, aunque dejados por temperamento, tienen un carácter estremadamente bondadoso, y su docilidad los predispone al servilismo; hospitalarios con los estrangeros, son quizas los indígenas mas sociables de la provincia, aun careciendo de la alegría de los Chiquiteños.

Sus costumbres se parecen á las de estos naturales, y vivian como ellos, desparramados por pequeñas tribus, en el interior de los bosques vecinos á las orillas del Rio Blanco ó Baures, ocupándose ya en la caza, ya en cultivar la tierra, ó en construir las pajizas chozas donde moraban sus familias. Sus armas, ni mas ni ménos que las de los Chiquitos, se componian del arco, de las flechas, y de una macana ó clava de dos filos. Construian ademas, ahuecando los árboles, esas canoas con que recorrian el rio Blanco para ir á la caza y á la pesca, sus ocupaciones favoritas despues de la cosecha del maiz. Estos indígenas gustaban tambien de reunirse para beber licores fermentados, siendo esto un motivo perpetuo de danzas y de juegos, ménos animados por cierto que los de los Chiquiteños. Pacíficos en estremo, rara vez se malquistaban con sus vecinos.

Los hombres andaban enteramente desnudos, y cuando mas, se cubrian la parte superior de las piernas con una piel cualquiera. Las mugeres vestian el tipoy, especie de camisa sin mangas que les caia hasta los tobillos. Ambos sexos se dejaban crecer el cabello, bañándoselo constantemente con aceite de motacú.

Hallábanse entre tanto gobernados por gefes, cuya autoridad se limitaba á dar el consejo, y á colocarse al frente de cada tribu en caso de guerra.

Cuando alguno de los suyos fallecia, tenian la precaucion de enterrarlo junto con sus armas, lo que prueba que creian en otra vida: finalmente, respetaban el fallo y pronósticos de sus médicos, y eran esclavos de un sin fin de supersticiones.

NACION DE LOS MAROPAS.

Los Maropas ocupaban el gran valle del rio Beni, al pié de las montañas arboladas y húmedas de los últimos repechos de los Andes bolivianos: sus poblaciones estaban situadas sobre el curso mismo del Beni, teniendo por vecinos á los Tacanas hácia el sud y oeste, á los Cayuvavas de Moxos hácia el este, y algunas tribus salvages, poco conocidas, hácia el norte.

Los Maropas tienen poco mas ó ménos la tez de los Mocetenes, tal vez un tanto mas trigueña, sin llegar empero al color característico de los Moxos. Su estatura no sobrepasa la de los Tacanas, siendo, por lo regular, de cinco piés y una pulgada. Sus formas los asemejan tambien á los Tacanas y Mocetenes; y sus facciones, mas afeminadas que las de los primeros, se aproximan mayormente á las de los segundos: su semblante se halla revestido, como el de estos, de una espresion notabilísima de dulzura; su cara es redonda, y el conjunto de su fisonomía nada desagradable.

La lengua maropa me ha parecido bastante suave: algunas palabras, que he llegado á recoger, me hacen creer que es diferente de la de los Mocetenes.

Finalmente, tanto por lo apacible y dócil de su carácter, como por sus costumbres y trages, los Maropas son idénticos á los Mocetenes.

Nada se sabe por lo demás acerca del gobierno y de la religion primitiva de esta nacion, cuyos rasgos fisiológicos la colocan en el rango de los Mocetenes, y por consiguiente en el ramal antisiano.

TRIBU DE LOS SIRIONOS DE LA NACION GUARANÍ[1].

Esta tribu, ménos numerosa que la de los Guarayos, habitaba en el seno de las sombrías florestas que separan el rio Grande del rio Piray, entre Santa-Cruz de la Sierra y la provincia de Moxos, desde los 17 hasta los 18 grados de latitud sud, y como sobre los 68 de longitud oeste de París. Sus diversas poblaciones ocupaban una grande superficie de terreno.

[Nota 1: Véase la descripcion completa de los Guaraníes en la provincia de Cordillera, departamento de Santa-Cruz de la Sierra.]

No hay un solo historiador que haya hablado de estos naturales, cuyo nombre figura como por acaso en algunos mapas antiguos de los Jesuitas. Por los datos que he podido recoger en el pais, creo que los Sirionos, que despues de la conquista han vivido siempre en las mismas selvas, deben descender de los Chiriguanos, ó no son sino los restos de esta antigua nacion combatida en el siglo quince por el inca Yupanqui[1], y obligada mas tarde, á principios del decimosexto, á ceder el campo á los Guaraníes, que llegaron del Paraguay á usurparles su territorio[2] y acabaron con ellos, segun los historiadores[3]. Sea de esto lo que fuere, debe suponerse que los Sirionos, aun ántes que los Chiriguanos, vinieron tambien del sudeste, y se adelantaron en su emigracion hasta esas comarcas apartadas de la cuna de la nacion guaraní.

[Nota 1: Véase á Garcilaso de la Vega, Comentario real de los Incas, págs. 226 y 244.]

[Nota 2: El P. Fernandez, 1726, Relacion historial de los Chiquitos, pág. 4—El P. Lozano, Historia del Paraguay, cap. II, lib. 11.—Lozano, Historia del Gran Chaco, pág. 57.]

[Nota 3: Lozano, loc. cit., pág. 57, dice que cientoron los Guaraníes mas de ciento cincuenta mil de sus adversarios, lo que sin duda alguna, debe ser exagerado, como muchas alegaciones de este autor: Rui Díaz de Guzman sienta que fueron cien mil.]

Sus condiciones de existencia, así como la pálidez de su rostro, su estatura y demas bellas proporciones los asemejan á los Guarayos: los rasgos de su fisonomía son tambien idénticos en cuanto al conjunto, y solamente difieren por su aspecto salvage y tímido, y por una espresion de frialdad que no tienen los Guarayos.

Su idioma es una corrupcion del guaraní; mas no tan alterado, que dejen de entenderse muy bien con los Chiriguanos.

El carácter de esta nacion es totalmente distinto del de los Guarayos: en vez de ser dulces y afables como estos, son muy poco dados, y viven en el corazon de las selvas mas impenetrables, errantes y divididos en pequeñas familias, sin otra ocupacion que la de la caza. Las chozas en donde moran están formadas de ramas entretegidas, y léjos de tener alguna comodidad, solo revelan el estado salvage mas completo. Su industria se limita á la fabricacion de sus armas, que se componen de arcos de ocho piés de largo, con flechas de igual dimension: hacen uso de tales armas, sentándose en tierra, y sirviéndose de piés y manos para lanzar las flechas con mas violencia. Ambos sexos andan totalmente desnudos, y no llevan adornos de ninguna especie ni se pintan el rostro.

En sus jornadas ordinarias jamas de sirven de canoas: si tienen que atravesar algun rio, lo hacen por medio de un puente colgante, formado para el caso de la manera siguiente. Clavan primero, sobre el ribazo, un grueso horcon destinado á soportar una soga que amarran en varias estacas, oblicuamente clavadas en tierra detras del horcon; terminada esta maniobra, cubren la soga de bejucos, fijándolos, para que no los arrastre la corriente, en esos espigones que suelen encontrarse en medio de los rios. Una vez afianzada la soga en ámbos ribazos, queda bien tirante, y entónces las mugeres y niños agarrándose de los bejucos que cuelgan encima de las ondas, consiguen pasar el rio sin peligro de ser arrebatados por la corriente.

Resúmen.

Todas la naciones de la provincia de Moxos estaban divididas en pueblos: su manera de regirse era uniforme. Cada nacion se repartia en tribus, y cada tribu tenia un gefe, cuya autoridad se limitaba á muy poca cosa: á decir verdad, no formaban todos estos indígenas un cuerpo de nacion. Las únicas atribuciones de los gefes nombrados por cada tribu, consistian en ir al frente de los guerreros que marchaban al combate, en emitir su dictámen en casos arduos, y en servir de médicos ó sacerdotes; pero sin ejercer nunca los dos últimos cargos á la vez.

La religion se diferenciaba, no solamente segun las naciones, sino tambien segun las tribus; todas ellas tenian un sin número de fiestas y solemnidades, cuyo no menor objeto era el reunirse para beber sin tasa licores fermentados. Frecuentemente su culto no era otro que el de la naturaleza.

Por la esposicion que acabo de hacer sobre las costumbres de los naturales que han habitado la provincia de Moxos, ántes de ser conquistada por los Españoles, se ve que todos estos indígenas poseian poquísimos elementos de prosperidad, y sobre todo de civilizacion progresiva.

Segunda época, desde la llegada de los Españoles hasta la entrada de los Jesuitas (de 1562 á 1667).

La oscuridad mas completa reina entre los historiadores acerca del descubrimiento de la provincia de Moxos. Se sabe únicamente que los aventureros españoles, compañeros de Chavez, tuvieron noticia de ella en el año de 1562[1], y que Diego Aleman penetró hasta allí, por Cochabamba[2], en el de 1564.

[Nota 1: Viedma, Informe de la provincia de Santa-Cruz, pág. 39, § 494.]

[Nota 2: Garcilaso de la Vega, Comentario real de los Incas, pág. 242, hablando de una incursion de los Incas en Musu, hace mencion de la entrada de Diego Aleman, por el año de 1564, á la provincia de Musu, llamada Moxos por los Españoles; mas como es probable que confunda este autor dos paises distintos en las denominaciones de Musu y Moxos, no se sabe qué partido tomar. Sin embargo, parece cierto que Diego Aleman emprendió una espedicion á Moxos.]

Empero, lo mas verídico es que despues de la translacion de la ciudad de Santa-Cruz al lugar donde hoy se encuentra, los gobernadores de esta ciudad trataron de someter á los naturales de Moxos. Se vé de manifiesto tal intencion en el acto por medio del cual, el 2 de octubre de 1607, Martin de Almendras Holguin, entónces gobernador, dio en encomiendas la provincia de Moxos á Gonzalo de Solis Holguin y á los suyos, durante dos vidas, con la condicion de fundar en ella una ciudad bajo el nombre de Santísima Trinidad, y de enseñar las doctrinas del cristianismo á sus habitantes[1]. No supieron los Españoles proceder acertadamente en esta empresa, y exasperaron por lo tanto á los indígenas, quienes cortaron toda correspondencia con los moradores de Santa-Cruz.

[Nota 1: Viedma, Informe, págs. 139 y 145, §§ 494 y 520.]

Cuarenta años mas tarde, es decir, en 1647, deseosos los indios Moxos de procurarse algunas herramientas, cuya utilidad habian aprendido á conocer desde el tiempo de sus primeras relaciones, subieron el Piray ó rio Grande, con la mira de ir á buscarlas en las poblaciones de los Chiriguanos; mas habiendo encontrado en el camino á los Cruceños, compráronles estos las plumas y los tegidos de algodon que llevaban para operar el trueque por aquellos utensilios. Satisfechos de esta especulacion comercial, y exhortados á continuarla, no tardaron mucho en volver en mayor número á Santa-Cruz; así es que estrechando mas de dia en dia sus relaciones con los moradores de esta provincia, no solamente dieron al olvido sus antiguos recelos, sinó que llegó á tanto su confianza, que en 1667[1], hallándose en disension con los salvages Canacurees, sus vecinos, apelaron al auxilio de los Cruceños; los que aspirando siempre á tener á los Moxos bajo su predominio, no desecharon ocasion tan oportuna para mezclarse en sus asuntos, y por este medio conseguir tales fines. Acompañados del Padre jesuita Juan de Soto, que desempeñaba el cargo de cirujano, marcharon pues solícitos los naturales de Santa-Cruz contra los enemigos de los Moxos, y no tardaron en regresar triunfantes.

[Nota 1: El P. Diego de Eguilus, Relacion de la mision apostólica de los Moxos(1696), pág. 3.]

Tercera época, desde la entrada de los Jesuitas hasta su espulsion (de 1667 á 1767).

Durante la espedicion de que acabo de hablar, Juan de Soto habia empleado todos los medios de captarse la benevolencia de los Moxos, ofreciéndoles volver á su nacion, junto con otros religiosos, tan luego como le fuese posible. En virtud pues del beneplácito de estos indios, é inmediatamente despues de haber recibido tan favorable nueva, mandó el Padre provincial á los hermanos José Bermudo y Julian de Aller que acompañasen á Juan de Soto que regresaba á Moxos. Entraron á la provincia estos tres religiosos en 1668, y emplearon un año entero en solo tomar las primeras nociones del idioma moxo, sin darse por entendido de sus miras posteriores: apercibiéronse los Indios, sin embargo; y recelosos de verse nuevamente bajo el duro yugo á que los habian sujetado los primeros Españoles, é instigados por sus sacerdotes se sublevaron amenazando de muerte á los Jesuitas; pero por temor á los Cruceños se contentaron con ir á despedirlos hasta Santa-Cruz, declarándoles formalmente que no querian hacerse cristianos.

Habiendo el gobernador de Santa-Cruz encomendado oficialmente en 1671 la conquista espiritual de estos indios[1] á los Jesuitas del Perú, hicieron estos otras dos tentativas tambien infructuosas. Empero al Padre José del Castillo, léjos de ceder á tanta resistencia, se determinó á entrar el solo en Moxos, en el año de 1674, y empezó por hacer cuantiosos presentes á sus habitantes, prometiéndoles muchos mas si consentian en ir á buscar junto con él algunos otros religiosos. Habiendo logrado tal consentimiento, regresó al año siguiente en compañía de los hermanos Pedro Marban, Cipriano Baracé y José Bermudo, quienes recibieron muy favorable acogida[2]. Estos cuatro religiosos visitaron el espacioso distrito ocupado por la nacion de los Moxos, distribuyendo por todas partes regalos y presentes los mas estimados por aquellos naturales, como cuentas de cristal (chaquiras), cascabeles, anzuelos, navajas, cuchillos, etc., regresando de su correría atacados de las fiebres intermitentes. Consagráronse luego dos años consecutivos al estudio de la lengua, y á merecer poco á poco la entera confianza de los indígenas; mas, á pesar de haber llegado á ser absolutamente necesarios para aquella nacion por sus conocimientos en medicina, y de haberse grangeado por sus buenos procederes el afecto de todos los moradores, tuvieron que valerse de la astucia para determinarlos á la conversion. Aseguraron á los gefes de su pronta partida si no consentian en constituirse en pueblos donde se profesase el cristianismo. Semejante amenaza produjo el efecto deseado, haciendo tomar á los indios el partido de la obediencia. Un cuchillo era la recompensa ofrecida á cada individuo que contrajese matrimonio y renunciase á la poligamia. El Padre Marban recorrió en seguida todas las poblaciones, arrancando de los Camacois y Tiaraukis todos los ídolos, para quemarlos publicamente. Encontróse entónces un caliz sustraido tiempos atras á los Franciscanos, y del que por el momento se servian los hechiceros. Los bebederos ó templos donde se colocaban las cabezas de los tigres y de los enemigos muertos en el combate, fueron tambien destruidos.

[Nota 1: Viedma, Informe, etc., pág. 139, § 494.]

[Nota 2: El P. Eguiluz, págs. 5 y 7.]

En 1682 habiendo llegado á Moxos otros muchos misioneros, se dedicaron á dar la última mano á la conversion de los naturales. Administraron el sacramento del bautismo á mas de quinientas almas: un año despues hicieron otro tanto con la poblacion de tres aldeas que deseaban reunir en un solo pueblo. Buscando para realizarlo un lugar á propósito y á cubierto contra las inundaciones, fundaron en 1684[1], al cabo de siete años de infatigables esfuerzos, la mision de Nuestra Señora de Loreto en las llanuras del norte y sobre la ribera sud del rio Mamoré, construyendo con adobes una hermosa iglesia de tres naves y de sesenta varas de largo sobre veinte de ancho.

[Nota 1: El P. Eguiluz, pág. 16.]

Pusieron los Jesuitas su mayor empeño en familiarizarse con el idioma; y fué por ese entónces cuando el Padre Marban redactó su diccionario de la lengua moxo[1], con la mira de generalizarla en la provincia y hacer por este medio desaparecer en lo posible el considerable número de dialectos diferentes; pues sin ir mas léjos, en el mismo canton de Loreto hablábanse varios. Se dedicaron tambien á enseñar á los niños el castellano y la música. Cautivando así mas y mas la voluntad de los indios, poco les faltaba para realizar la conversion general. Con el objeto de completarla, penetraron aun, cincuenta leguas mas adentro, prodigando siempre las seductoras dádivas. En 1687 formaron con la tribu de los Mayumanas la reduccion de la Santísima Trinidad, en la orilla del Mamoré, como doce leguas mas abajo de Loreto, edificando una iglesia de tres naves, larga de sesenta varas y adornada con esculturas. En 1689 fundaron tambien sobre las llanuras de la otra parte del Mamoré, catorce leguas al oeste de Trinidad, la mision de San Ignacio de los Punuanas, poblada por los belicosos Canacurees. Refiere el Padre Eguiluz que el dia de la inauguracion de su iglesia precedian á la procesion mas de cien bailarines, revestidos con los disfraces usados en el Perú para tales ceremonias. Tan grande era la solicitud con que trabajaban los indios, que todo se levantaba, como por encanto, en las nuevos pueblos formados por tribus que hablaban diferentes dialectos.

[Nota 1: Arte de la lengua moxa, etc., impreso en Lima (1701).]

Poco mas ó ménos hácia esta época (1688) los PP. Antonio Orellana y José de Vega emprendieron una peregrinacion por órden del Superior de la hermandad, subiendo por el pais de los Yuracarees, desde Moxos hasta Cochabamba. En esta espedicion lograron pacificar á los Casaveones y á otros pueblos que hablaban el idioma moxo, y aun penetraron hasta el valle del Beni, llegando á la nacion de los Morohionos.

Llevando adelante sus trabajos con toda perseverancia, fundaron en 1689, al oeste del Mamoré, entre la embocadura de los rios Tijamuchi y Aperé y como ocho leguas al norte de Trinidad, la cuarta mision bajo el nombre de San Francisco Xavier, en la que construyeron al rededor de una plaza, como siempre acostumbran hacerlo, una hermosa iglesia, una casa para ellos, y habitaciones cómodas para los indígenas. Tambien fundaron en el mismo año, al pié de la cordillera, con los Maharenos y Churimas, tribus de Moxos, la mision de San José; que colocada sobre las llanuras del nordeste, á diez y seis leguas de San Ignacio y como á setenta de Cochabamba, lindaba por el norte con las naciones salvages de Gumapalca y Tocomanes.

En 1691, el gobernador y capitan general de la provincia de Santa-Cruz de la Sierra, don Benito Rivera y Quiroga, visitando los nacientes cantones para dar cuenta al Virey de Lima de los trabajos de los nuevos vasallos, halló, en las cinco misiones creadas, el número siguiente de habitantes:

En Loreto, 3,822 En Trinidad, 2,253 En San Ignacio, 3,014 En San Xavier, 2,361 En San José. 2,036 Total. 13,486

Con un celo digno de toda alabanza prosiguieron los Jesuitas en su conquista espiritual, y fundaron en 1693, bajo el nombre de San-Francisco de Borja, la sesta mision, compuesta de mas de tres mil indios de la nacion churimana y de los Moporoaboconos que hablaban un dialecto distinto del moxo. El pueblo fué edificado sobre las riberas del rio Maniqui, como doce leguas al norte de San-José, é inmediato á las últimas faldas de la cordillera.

El Padre Cipriano Baracé emprendió, en el mismo año, un viage por las llanuras del este y del sudeste hasta una distancia de sesenta leguas, llegando á visitar á los Guarayos que hablan el idioma guaraní[1], y á los Tapacuras y pacíficos Baures; mas no pudo hacer otro tanto con los Yaguehuares, nacion de un carácter feroz. Encontró este Jesuita, segun lo dice él mismo en su relacion, sesenta y seis poblaciones de Guarayos, cincuenta y dos de Tapacuras, sesenta y cinco de Baures; es decir, el total de ciento noventa y tres[2]. Hizo despues, por el espacio de dos años, muchos viajes consecutivos á este pais, y adquirió la certeza de que existian al este las tribus de los Toros, Chumacacas y Pudayares, y al norte los Fundibularios.

[Nota 1: Véase en la provincia de Chiquitos lo que se dice de la tribu de los Guarayos.]

[Nota 2: Número probablemente exagerado, á ménos que no se haya considerado cada familia como una aldea.]

En 1693, el Padre Agustin Zapata salió de San-Xavier para ir tambien á descubrir otras naciones salvages; y encaminándose veinticinco leguas al norte de esta mision, por los lugares que habitaban los antropófagos Canicianas (hoy en dia Canichanas), visitó cuarenta y ocho aldeas, y los caciques de otras muchas (pues componian setenta y dos poblaciones, del total de cinco mil almas poco mas ó ménos) vinieron á su encuentro. El Padre Zapata les hizo varios presentes, aconsejándoles que cambiasen su manera de vivir; y habiendo sabido que tenian mas al norte unos enemigos llamados Cayuvavas, continuó su marcha hácia esta parte, y encontró mas de dos mil indígenas distribuidos en siete poblaciones, cuyo cacique, llamado Paytiti, se hácia notar por su mucha y muy crecida barba. Volviendo por el norueste, halló á los Duevicumas, los Curuguanas y los Caridionos que consintieron en reunirse para formar una mision. Al siguiente año se dirigió por las llanuras del norte á visitar las naciones de los Cayapimas, Suruguanas, Parinas, Barisinas, Marochinas y Carivinas, que componiendo un total de siete mil almas, convinieron en hacerse cristianos. En 1695 partió nuevamente y conoció á los Canichanas, que se habian reunido, formando un pueblo bastante grande, para llamar la atencion de los Padres jesuitas, con cuyo auxilio deseaban instruirse en la doctrina cristiana y recibir el bautismo, lo que no se pudo llevar á cabo desde luego, por falta de religiosos. Pasando mas adelante, nos dice haber visto pueblos bien edificados, y templos donde se adoraban ídolos vestidos de plumas.

El Padre Juan de Espejo salió de la mision de San José en 1694 para ir á visitar las naciones de los Correcomeros y Chucupupeonos, enemigos mortales de los Moxos, y logró con dádivas ser bien recibido.

Finalmente, en 1696 se contaban ya, en la nacion de Moxos, segun el decir del Padre Eguiluz, diez y nueve mil setecientos ochenta y nueve indios cristianos. Cuando se considera que desde el año de 1674, no habian penetrado en la provincia sino veintitres Jesuitas, no se puede ménos de admirar el resultado á que habian llegado, en el cortísimo tiempo de veintidos años, cambiando totalmente el aspecto del pais y reformando los usos y costumbres de unos hombres enteramente salvages.

Veíanse combinados en esta conquista espiritual dos elementos de prosperidad: el hierro, que por vez primera se ponia en manos de los indígenas, y que llegó á ser la moneda corriente con que se ganaba á los hombres; y esa dulzura, esa paciencia con que se portaban los misioneros, á quienes sus variados conocimientos le permitian hacer al mismo tiempo, de médicos, de cirujanos y de enfermeros, curando indisposiciones y dolencias mortales como la disentería, etc. Era pues muy justo que se grangeasen mas y mas la gratitud y buena voluntad de los indios, que deseaban con ansia convertirse al cristianismo para gozar, como se les prometía, de mayores ventajas que las conocidas. Por otra parte, no habia trabajos manuales, por penosos que fuesen, á los que no se entregasen estos Jesuitas con la mas noble solicitud á fin de instruir á los naturales, ejerciendo en sus misiones los oficios, de arquitecto, de albañil, de carpintero, de pintor, de tornero, de herrero, de cerragero, de sastre, de zapatero, y finalmente, la profesion de todas las artes mecánicas.

Entre tanto, hablan ya logrado su primero y mas esencial objeto, que era modificar las costumbres y cimentar la buena moral. La poligamia habla dejado de existir entre los indígenas, que temian el enojo de Dios: la infinidad de supersticiones de su estado salvage, así como las bárbaras costumbres que á ellas se ligaban, habian tambien desaparecido completamente. Ya no se exedian en el uso de las bebidas espirituosas; y observando religiosamente casi todas las reglas de conducta que los Padres les dictaban, hasta habian llegado á no desear los bienes agenos.

Habiendo sido en el estado salvage fanáticos y crueles en el mas alto grado para guardar la observancia de sus creencias supersticiosas, no pudieron abrazar la religion católica, sin dejarse llevar de igual exageracion; por lo que fué muy fácil sujetarlos á todas la reglas del cristianismo. Los indios que aun no estaban bautizados de dirigian en tumulto á oir los sermones diarios de los misioneros; y los que ya lo estaban, asistian puntualmente á la misa en los dias de fiesta, y alguna vez en los ordinarios, particularmente los sábados para cantar y rezar en coro mañana y tarde, ya en español, ya en moxo. Puede decirse empero, á este respecto, que los Jesuitas dejaron ir muy léjos á los fanáticos Moxos, sometiéndolos á ese régimen severo, reservado únicamente para el claustro. Un inmenso espacio de tiempo era empleado por estos indios en los ejercicios de iglesia, comulgaban á menudo, y por la mas mínima falta religiosa se les azotaba á ruego de ellos mismos como por cualquier delito ordinario[1]. El Padre Eguiluz, hablando de la semana santa, dice que todos los individuos, sin distincion de edad, se confesaban y comulgaban. El viérnes santo, miéntras duraba el sermon de la pasion, dábanse todos «muchas bofetadas y golpes de pechos …» «Luego se ordena la procesion por la plaza, y calles principales, llevando en unas andas la imágen de bulto de Cristo crucificado, y en otras la de la Santísima Virgen, con mas de doscientas luces, en un silencio y compostura tan grande que no se oye una palabra, sinó los azotes de un crecido número de penitentes de sangre, arrastrando sogas y palos pesados, y otros vestidos de nazareno, con cruces á los hombros, cantando los coros de músicos el miserere …» «Varios coros en la iglesia cantan lamentaciones, mientras duran las penitencias y penitentes que van pasando delante del monumento, haciendo reverencia y mas recia disciplina á vista de la imágen de Cristo crucificado[2].» Cuando sobrevenía una peste, inmediatamente se rezaba una novena, acompañada de ayunos y otras penitencias; entónces;—«cada noche hay plática y acto de contricion, y se van siguiendo las parcialidades á hacer disciplina, y si algunos por viejos, ó por la novedad del ejercicio, su dan con poca fuerza, se enojan los oyentes, y le riñen que apriete la mano[3].» Así pues, segun el estado de exageracion religiosa de la España en aquella época, los Jesuitas á mas de los principios de sana moral y de la religion católica, impusieron á los fanáticos Moxos esos castigos corporales, que los ultrajaban, quitándole no poco á su dignidad de hombres.

[Nota 1: Cuando delinquian los indios en lo mas mínimo, ellos mismos pedian el castigo. Se les ponia en el cepo, y recibian sobre el cuerpo desnudo un número de azotes proporcionado al delito.]

[Nota 2: Relacion de la mision apostólica de los Moxos (pág. 62), impresa en 1696.]

[Nota 3: Id., pág. 63.]

No dejaron entre tanto los Padres jesuitas, desde el mencionado año de 1696, de llevar adelante sus conquistas; y aprovechando de la fama, ya muy divulgada, del bien estar de que disfrutaban los Moxos cristianos, formaron sucesivamente, San-Pedro con los Canichanas; Santa-Ana con los Moximas; Exaltacion con los Cayuvavas; San-Joaquin, Concepcion, San-Simon y San-Martin con los Baures y sus tribus; finalmente, Magdalena con los Itonamas. Parece, sin embargo, que la conversion de estas naciones salvages no se efectuó sin que costase la vida á algunos religiosos[1]; pero esto nunca hizo flaquear la constancia de los Jesuitas, que persistieron en su propósito hasta someter la provincia entera.

[Nota 1: El P. Cipriano Baracé fué muerto por los Baures en 1702. (Choix de lettres édifiantes, t. VII, pág. 322.)]

En 1742, los aventureros portugueses de San-Pablo, que ocupaban la provincia de Mato-Groso, hicieron su primera espedicion bajando el rio Iténes ó Guaporé. Entónces, fué cuando Manuel de Lima, acompañado de cinco indios, tres mulatos y un negro, bajó en una canoa por los rios Guaporé, Mamoré, Madeira y Marañon hasta el pueblo de Para[1].

[Nota 1: Corografía brasilica, t. I, pág. 259.]

Poco mas ó ménos hácia la misma época, calculando los Jesuitas la importancia de la navegacion de los rios, habian establecido la mision de San-Simon, muy inmediata al Guaporé; y mas tarde, en 1743, la de Santa-Rosa, en el mismo sitio donde se encuentra hoy en dia el Fuerte de Beira perteneciente á los Brasileros, es decir, sobre la ribera derecha del rio Iténes; pero celosos los Portugueses de semejante empresa, espulsaron en 1752 á los Jesuitas[2], so pretesto de que estos les impedian el paso sobre sus propias posesiones; y don Antonio Rolin, para apoderarse definitivamente del dominio del rio, mandó construir la fortaleza que allí se ve actualmente.

[Nota 2: Corografía brasilica, t. I, págs. 259 y 262.]

Despues de todo esto, el primer cuidado de los religiosos fué consolidar la existencia de sus misiones, introduciendo todas las mejoras posibles: con este fin, trageron de Santa-Cruz numerosos ganados; estimularon á los habitantes á los trabajos de labranza; perfeccionaron el tegido, ya en práctica entre los Baures; enseñaron toda clase de oficios manuales; y multiplicaron las ceremonias religiosas como para dar con ellas un intervalo de agradable reposo á los trabajadores. Enseñáronles la música y á tocar todos los instrumentos europeos, sacando tambien algun partido de los usados en el pais ántes de su llegada. Crearon muchos empleos para premiar con la concesion de ellos, tanto la buena conducta, como los adelantos industriales. Bien pronto, los inmensos campos de cacahuales dieron abundantísimas cosechas, los varios talleres produjeron tegidos y otros objetos de fabricacion, que llevados á Santa-Cruz, y luego al Perú, daban en retorno de mercancias, lo suficiente para abastecer á la provincia. Cada iglesia llegó á ser un templo suntuoso, lleno de ornamentos, de estatuas, y sobre todo de numerosas chapas de oro y plata. Casas de un piso alto brindaban á los religiosos cómodo alojamiento, al mismo tiempo que servian de espaciosos talleres para los artesanos: las viviendas de los naturales, colocadas en hilera alrededor de una plaza, estaban dispuestas del mejor modo posible para la ventilacion. Por último, en los cincuenta años trascurridos desde la entrada de los Jesuitas, las diversas naciones salvages que ocupaban el territorio de Moxos, llegaron á formar quince misiones ó grandes pueblos, en donde florecian la industria agrícola y fabril.

Es menester por tanto que la administracion de los Jesuitas en la provincia de Moxos, cuyas misiones dependian del Perú, haya sido tan progresiva como en Chiquitos que dependía del Paraguay. Desde luego no se consiguió como se deseaba generalizar en ella un solo idioma. Esta provincia tenia, lo mismo que la de Chiquitos, un superior subordinado al colegio de Cochabamba ó de Charcas, y cada una de sus misiones, dos religiosos, encargado el uno del gobierno espiritual, y el otro de la administracion y de los talleres. Empero, léjos de gozar todos los indígenas de igualdad de privilegios, como sucedia en Chiquitos, estaban divididos en dos clases hereditarias; las familias, compuestas de artesanos de todo oficio; y los soldados, encargados de las faenas ordinarias; clase denominada el pueblo y considerada como inferior á la primera. Esta distincion hereditaria, que escluia de los adelantos y empleos de primer órden á una parte de la nacion, debia ser necesariamente un obstáculo para la marcha progresiva de la civilizacion y de la industria.

El órden de las atribuciones respectivas del mando entre los indígenas de cada mision, comparativamente á lo que digo de Chiquitos[1], era como sigue.

[Nota 1: Véase la descripcion de esta provincia.]

El cacique, gefe de la mision, recibia de los Jesuitas instrucciones inmediatas relativamente á todos los ramos de la administracion, y tenia bajos sus órdenes, para hacer sus veces, un alferes y dos tenientes. Ademas de estos empleados, habia dos alcaldes de familia y dos alcaldes del pueblo, dependientes tambien del cacique. Estos ocho magistrados componian el cabildo y se distinguian por el baston con puño de plata que llevaban.

La familia se componia, en cada ramo de industria, de un mayordomo y de su segundo, quienes ocupaban, lo mismo que en Chiquitos, los lugares inmediatos al del maestro de capilla y del sacristan mayor. Habia mayordomos de los oficios de pintor, de carpintero, de tegedor, de tornero, de herrero, de platero, de zapatero, etc.

El pueblo se dividia en parcialidades, cada una de las cuales estaba subordinada á un capitan y su segundo. Estos capitanes eran los comandantes de las embarcaciones, y dirigian en las espediciones á los soldados ó remeros. Habia luego varios otros cargos, como el de alcalde de estancia, individuo comisionado para cuidar las haciendas y atender á la cria de ganados; y el de fiscal, título que se daba al ejecutor de las sentencias dictadas en los juicios. Todos estos empleados subalternos llevaban en señal de distincion una vara negra, y en las grandes festividades religiosas marchaban entre las corporaciones del colegio.

Si se ha de juzgar del estado de industria de Moxos, por lo que aun queda de ella á pesar de los atrasos debidos á la ignorancia y á la negligencia de los curas y administradores que se han sucedido desde la expulsion de los Jesuitas, se vé que á mediados del siglo anterior, no debió quedarse muy atras en sus progresos esta provincia entre los demas pueblos hispano-americanos. Fabricábanse en ella tegidos finos de todas clases y diversidad de otros objetos. La comunidad proveia de vestuario á todos los indígenas; y tanto los hombres como las mugeres llevaban el tipoi de algodon: ámbos sexos tenian la costumbre de dejarse crecer la cabellera. Para el trabajo en comun, sea en los campos, sea en los talleres, todo se hallaba arreglado á la manera que en Chiquitos: era permitido entretanto á cada indio el labrar por su cuenta un campo particular.

Las horas de devocion se sucedian mas á menudo que en la citada provincia; y como ya se dijo, las penitencias corporales iban de par con el fanatismo; de lo que se infiere que los Jesuitas debieron ser mucho mas rígidos para las prácticas religiosas en sus misiones de Moxos. Tambien es verdad que los naturales, estremadamente supersticiosos, se prestaban á ello, como sucede hoy en dia, con una especie de entusiasmo que rayaba en frenesí. Acostumbrados á martirizarse en los ejercicios de su culto primitivo, nada tenia de estraño que al convertirse al cristianismo hubiesen conservado el mismo fervor, y sobre todo la misma insensibilidad física. El hombre que en su estado salvage no trepidaba en sacrificar su muger y sus hijos á necias supersticiones, y en someterse espontáneamente á todos los sufrimientos, no podia tener ciertamente el menor escrúpulo en hacerles aplicar por el fiscal, á la mas leve falta, azotes ó otro género de correccion, y en hacerse castigar él mismo toda vez que creia haber ofendido á la divinidad. Por lo demás, parecerá ménos sorprendente semejante fanatismo, si se considera el estado de aquellos tiempos, en que la inquisicion dominaba en España, y en que los actos esteriores, muy al contrario de lo que sucede actualmente, eran todo en materias de religion[1].

[Nota 1: Aun se ven hoy en dia, en el palacio de la Favorita, cerca de Báden, los instrumentos de suplicio que durante la semana santa se aplicaba voluntariamente la favorita.]

La comunidad suministraba tambien la manutencion á los indios, distribuyendo cada quince dias una racion de carne: cada mision se hallaba provista de los utensilios necesarios para toda clase de trabajos. La buena memoria que los Moxeños han dejado del tiempo de los Jesuitas, entre sus descendientes, nos hace ver que se reputaban por muy felices á pesar de la estrecha dependencia en que vivieron. Los actuales moradores, que conservan religiosamente la tradicion de aquel entónces, suspiran por una existencia que no han conocido, mas venturosa que la presente, y agena sobre todos de las tristes inquietudes del porvenir.

En el año de 1767, la provincia de Moxos se encontraba en el estado mas floreciente con respecto á su industria y á sus monumentos. Sus productos anuales ascendian á la suma de sesenta mil pesos poco mas ó ménos; y en el pueblo de San-Pedro, mision la mas central y capital de aquel vasto territorio, se veia una magnífica iglesia, rica de esculturas y resplandeciente de ornamentos de plata[1] y de piedras preciosas, de que se hallaban cubiertas las imágenes de los santos. Viedma, cuya imparcialidad era conocida, hablando de los Jesuitas, escribia en 1787[2]. «Estos religiosos, á impulsos de una fina política y dedicada aplicacion, consiguieron poner aquellos pueblos en el mayor estado de prosperidad, con los frutos de sus fértiles terrenos cultivados por los indios, é industriosas manufacturas que les fueron enseñando para el beneficio de ellos con maestros hábiles. El sumo grado de felicidad á que llegaron las misiones de Moxos en tiempo de su espulsion, está de manifiesto en la entrega que hicieron de los quince pueblos que componia el todo de ellas.»

[Nota 1: No bajaba ciertamente de veinte quintales el total de la plata invertida en los adornos de esta iglesia.]

[Nota 2: Informe, Descripcion de Santa-Cruz, pág. 140, § 496.]

Tal era el estado de Moxos en el citado año de 1767 en que fueron espulsados los Jesuitas de todas sus posesiones. Obedeciendo á una simple órden que les fué trasmitida por la audiencia de Charcas, retiráronse estos misioneros, un siglo despues de su primera entrada en esta dilatada provincia, dejando en ella, en vez de tribus hostiles y salvages, una poblacion medio civilizada y en las mas completa armonía.

Cuarta época, desde la espulsion de los Jesuitas hasta 1832.

Tan luego como se alejaron los Padres jesuitas, Francisco Ramon de Herboso, obispo de Santa-Cruz, dió un reglamento, aprobado por la audiencia de Charcas, el cual ordenaba que se conservasen todas las instituciones de aquellos religiosos, siendo estos reemplazados por curas, á cuya arbitrio se abandonó el gobierno espiritual y temporal de las misiones. Este reglamento autorizaba tambien la libertad del comercio con los habitantes de Santa-Cruz. La provincia de Moxos recibió ademas, un gobernador escogido entre los capitanes de la real armada, pero sin poderes para intervenir en la administracion de los curas, de donde resultaron naturalmente grandísimos desórdenes. Estos curas, careciendo de una educacion especial para la direccion de los ramos de industria, y sin conocimiento alguno del lenguage, no se ocuparon de otra cosa que de sus intereses personales. En los veintidos años que permanecieron en sus curatos, «los efectos,» como dice Viedma[1], «fueron muy contrarios á las esperanzas de conservar y aun adelantar aquellas misiones, pues en el tiempo que gobernaron los pueblos sus curas, vinieron á quedar un triste esqueleto de lo que habian sido. Los quince de Moxos se redujeron á once, y su opulencia, parte de ella trasplantada á los dominios portugueses, causando los progresos de sus establecimientos que tanto nos perjudican. Los infelices indios perdieron aquella inocencia de su buena educacion. El vicio florecia á la sombra del ocio, con el olvido de las preciosas artes que solo para la utilidad del cura hacian despertar aquellos miserables con el rigor y la violencia. Los gobernadores autorizados testigos de tantos desórdenes, no podian poner remedio por serles prohibido mezclarse en el gobierno económico de los curas, y las quejas y representaciones no alcanzaban la fuerza necesaria.»

[Nota 1: Informe, pág. 140, §498.]

Las misiones de San-José, de San-Borja, de San-Martin y de San-Simon fueron entónces abandonadas por los curas.

Siguiendo adelante los abusos, llegaron á ser intolerables; empero, entre los gobernadores españoles, mudos testigos de tan lamentable estado de cosas, á que no les era dado poner remedio, hubo uno que se atrevió á levantar la voz: este fué don Lazaro de Rivera, quien presentó sucesivamente á la audiencia de Charcas, en 1786 y 1787[1], varias memorias, expresando el voto de los habitantes de San-Pedro, de Trinidad y de Concepcion, que deseaban pagar el real tributo, y sustraerse al estremado rigor con que se veian tratados por los curas, quienes frecuentemente los hacian azotar por mero capricho, en tanto que escandalizaban al pueblo con la depravacion de sus costumbres. En uno de estos actos, los jueces de Trinidad declararon, que su cura habia mandado poner en el cepo, despues de haberle hecho dar cien azotes, á un indio, cuyo delito era haber obedecido, sin su licencia, á una órden del teniente-cura.

[Nota 1: Tengo en mi poder todas estas memorias, de que estraigo las circunstancias referidas.]

Habiendo sido infructuosas las diligencias practicadas por don Lazaro de Rivera para hacer que los indios fuesen sometidos al tributo, logró á lo ménos, en 1789, que se adoptase un nuevo plan de reforma, que consistia en dejar á cargo de los curas el poder espiritual, miéntras que la direccion industrial de cada mision seria confiada á un administrador secular, encargado de servirse para ello de las antiguas reglas establecidas por los Jesuitas. Este nuevo reglamento prohibia el comercio bajo las penas mas rigurosas; por manera que los indios vinieron á verse mas esclavos que lo habian sido ántes, y á tener, en vez de un absoluto señor, dos, cuyas continuas disidencias y mala conducta hicieron mas rápida la ruina de las misiones. No obstante, en el primer año que rigió el nuevo reglamento, todavía pudo la provincia suministrar al Estado la suma de cuarenta y seis mil duros.

Don Francisco Viedma[1], intendente de Cochabamba, movido por los sentimientos mas liberales, quiso sustraer de la esclavitud á los habitantes de Moxos; pidió la emancipacion de esta provincia, y su sometimiento á las leyes que regian las demas posesiones españolas del nuevo mundo; pero la audiencia de Charcas sostuvo el reglamento de Rivera, que en 1832 aun servia de régimen á los administradores.

[Nota 1: Informe, pág. 142, § 505.]

Si la medida tomada por la audiencia de Charcas ha contribuido por una parte á la conservacion de las misiones de Moxos, por otra, la rivalidad entre los poderes religioso y secular, así como la ninguna instruccion de los mandatarios, han sido un manantial de funestos desórdenes. Casi todos los empleados, dejándose dominar por la avaricia, sobrecargaban, en beneficio de sus particulares intereses, las penosas tareas de los indígenas, en tanto que el Estado veia disminuir poco á poco sus rentas, sin poder proveer de lo necesario á las misiones para que llevasen adelante su ya decaida industria; por manera que desde entónces la provincia no hizo mas sino vegetar.

Los primeros gobernadores, elegidos entre los capitanes de la real armada, ensayaron todavía algunas mejoras. En 1792, bajo el gobierno de Zamora se dividió la poblacion de Magdalena para formar San-Ramon; en 1794 se fundó la mision del Cármen con los indios Chapacuras; y en 1796 se transfirió San-Joaquin; pero poco despues ya se contentaron con enviar habitantes de Santa-Cruz para gobernar á Moxos.

Miéntras duró la guerra de la independencia, la provincia de Moxos se vió del todo abandonada, y permaneció fuera de las contiendas políticas que desde 1810 hasta 1824 sacudieron el resto del continente. Acordáronse de ella sin embargo para hacerla contribuir con los tesoros de sus iglesias. Las alhajas de las vírgenes y de los santos habian sido arrancadas anteriormente, y solo quedaban los enchapados de plata de los altares, que acaso no pudieron sustraer por haberse entregado al peso en los inventarios; mas en 1814 el general Aguilera, falto de recursos para sostener las tropas españolas, envió de Santa Cruz á su hermano para que despojase á cada iglesia de una parte de sus ornamentos: la de San-Pedro solamente dió setecientas cuatro libras de plata maciza.

La rigidez del gobernador Velasco suscitó en 1820 la primera pendencia entre los indígenas y la autoridad. Injustamente quejoso este gobernador, del cacique de San-Pedro, llamado Marasa, lo hizo venir á su presencia y le mandó deponer el baston, distintivo del poder. Négose á ello el cacique, alegando que Dios le habia conferido aquel privilegio. Ciego de cólera al verse desobedecido por un indio, mató Velasco al infeliz Marasa de un pistoletazo en el pecho. El hijo de la víctima, atraído por los gritos de los jueces, vino á recoger el cuerpo de su padre, y sublevó inmediatamente á los Canichanas contra el gobernador, que se encerró con sus soldados en el antiguo colegio de los Jesuitas, haciendo de vez en cuando algunas descargas sobre los indígenas, cuya irritacion subiendo de grado, les arrancaba gritos de desesperacion y de venganza. Finalmente, no pudiendo penetrar en el colegio, amontonaron al rededor de él, á pesar del fuego activo de los sitiados, cuanto sebo encontraron en los almacenes, y las llamas no tardaron en apoderarse del edificio. Forzado á salir el gobernador murió á manos de los indios junto con la mayor parte de sus soldados. Los preciosos archivos de la provincia, que contenian todos los trabajos manuscritos de los Jesuitas, fueron enteramente consumidos en este incendio.

Mas tarde se mandaron tropas de Santa-Cruz para sugetar á los Canichanas de San-Pedro, y esta mision, que habia sido hasta entónces capital de la provincia, cedió su rango á Trinidad y fué transferida á otro punto. Moxos ha decaido constantemente, y en 1829 sus rentas no alcanzaban á veinte mil pesos, miéntras que en tiempo de los Jesuitas habian llegado hasta sesenta mil.

En 1830 se hallaba gobernada esta provincia por don Matias Carrasco, hombre instruido y benévolo, que cuidó mucho de reformar los abusos; pero descontento de la comportacion de los empleados subalternos, abandonó su puesto, y de regreso á Cochabamba, su patria, publicó bajo el título de Descripcion sinóptica de Moxos un interesante opúsculo[1] en el que señala infinidad de abusos, y aboga enardecidamente por la libertad en favor de los habitantes de Moxos.

[Nota 1: Este escrito consta de veintiuna páginas impresas.]

En 1831, durante mi permanencia en Chiquitos, propusé al gobierno el entablar entre esta provincia y la de Moxos una permuta de sal por caballos; lo que tuvo á bien acordar desde luego.

Al siguiente año, despues de haber recorrido todo el territorio de Moxos con el objeto de examinarlo circunstanciadamente, volvi á encaminarme por sus llanuras hácia la cordillera, llevado del intento de buscar una via de comunicacion ménos peligrosa que la de Palta-Cueva, y deseoso, al mismo tiempo, de dar alcance en Cochabamba al Presidente de la república, á fin de someter á su exámen mis proyectos de mejora y reformas, aplicables á la administracion general de la provincia de Moxos en beneficio particular de sus moradores. Habiéndome visto en el caso de poder apreciar el excelente carácter y la buena índole de los Cayuvavas, pedí al gobernador que se me diesen algunos remeros de Exaltacion para conducir mis canoas, y preparado para este largo viage de trecientas á cuatro cientas leguas á lo ménos, empecé por subir hasta el pais de los Yuracarees, de donde me encaminé por paises salvages, los mas accidentados del mundo, hasta llegar á Cochabamba en 10 de junio de 1832. Pasé á ver sin pérdida de tiempo al Presidente y le hablé de la provincia de Moxos, dándole parte de los numerosos abusos que allí se cometian, y esponiendo los medios de reforma que me parecian convenientes. Despues de haberme escuchado atentamente me encomendó la redaccion de una memoria detallada, de acuerdo con el señor Carrasco, para que sirviese de guia al nuevo gobernador que iba á mandar, y al obispo de Santa-Cruz, á quien se imponia el deber de visitar la provincia cuidando de reformar los abusos religiosos. Presentéle igualmente mi proyecto de abrir una nueva senda de comunicacion con Moxos, plan que aprobó, manifestando algun recelo por los riesgos á que iba yo á esponerme. Tuve por último la satisfaccion de ver que todo salia al tenor de mis deseos, y que no habia yo interpuesto en vano mis buenos oficios por el bien de los pobres indígenas de estas misiones.

Salí de Cochabamba el 2 de julio para llevar á cabo mi empresa. Trepé primeramente la montaña de Tiquipaya, y hasta Tutulima no encontré obstáculos en mi marcha. Dejando este lugar, el último habitado, traspusé el vertiente del rio de Tutulima y la cerranía del Paracti, encontrando de la otra parte la nacion de los Yuracarees, con quienes hice construir una canoa; continuando en seguida por el rio Securi, llegué, á los cuarenta dias de un viage penosísimo, á la provincia de Moxos, completamente satisfecho del feliz éxito de mi aventurada resolucion.

Entre tanto, mi empresa habia sido mal vista por algunos empleados de Moxos, los que siendo mandados de Santa-Cruz de la Sierra, no dejaban de inquietarse con el establecimiento de una comunicacion mas abreviada por via de Cachabamba. Despertáronse las antiguas rivalidades; y un triste acontecimiento vino entónces á desbaratar todo la proyectado.

El coronel Dávila, á quien yo habia dejado en Cochabamba, ya pronto á partir para Moxos con la mision de operar las numerosas reformas, que de concierto con el señor Carrasco le habiamos indicado en beneficio de los infelices habitantes de esta provincia, acababa de sucumbir á impulsos de un fuerte cólico que le habia sobrevenido en la antevíspera de su salida, á las pocas horas de estar en su casa de regreso de una tertulia. Tal fué la triste nueva traida por las canoas, que habian ido á buscarlo á Isiboro. Vi pues con sentimiento que se inutilizaban tantos esfuerzos como habia yo hecho para conseguir la mejora de la condicion de los indígenas que habitan esas lejanas comarcas.

El 8 de setiembre, siguiendo el curso del rio Piray, encontré al señor obispo de Santa-Cruz, que iba encargado por el gobierno á visitar la provincia de Moxos, para estirpar en ella los abusos religiosos. Un banco de arena nos sirvió de retrete por veinticuatro horas, en cuyo período tuvimos una larga conferencia con el illustrísimo señor Córdova, personage instruido y muy amable, sobre el lamentable estado de la provincia de Moxos, indicándole yo los medios que me parecian as conducentes á la refría de abusos de todo género, que iban diariamente en auento. Probé entónces un momento de satisfaccion, encontrando en este digno prelado un protector solícito de la humanidad, dispuesto á poner en juego todos los resortes para llegar al fin que tanto deseabamos, la mejora de la condicion de los indígenas.

Hallándome en Moxos en 1832, don Carmelo Rivera, gobernador interino de la provincia, trató de reprimir los desórdenes y purgar el pais de esos empleados especuladores y poco honrados, tomando para ello una medida enérgica. Mandó apostarse, sobre todos los caminos, emisarios encargados de apoderarse de las canoas cargadas, para luego verificar en la capital los productos del año que ellas conducian. Esta medida no dejó de producir el efecto deseado. Todos los administradores fueron sorprendidos con mayor cantidad de frutos en su propiedad, que la parte destinada para el Estado; no se necesitaba testimonio mas claro del uso inicuo que hacian de sus funciones, y del partido que sacaban de los pobres indios, valiéndose de la autoridad que tenian sobre ellos para hacerlos trabajar como á esclavos. Convictos plenamente de tamaña culpabilidad, fueron todos destituidos en el acto.

ESTADO ACTUAL DE LA PROVINCIA

Division política.

Es de creer, por lo acontecido con las misiones del Paraguay[1], que la conservacion de las instituciones de los Jesuitas, bajo los diferentes gobiernos que se han sucedido en el periodo de sesenta y cinco años, ha evitado la destruccion de las misiones de Moxos; así, al visitar yo la provincia en 1832, hallé, con otros hombres por gobernantes, con diferentes costumbres y una prosperidad bien inferior, intactas todavía todas las instituciones administrativas y religiosas que aquellos misioneros habian dejado en 1767, época de su espulsion.

[Nota 1: Véase lo que digo á este respecto al ocuparme de la provincia de Chiquitos, que dependia del Paraguay.]

Con la supresion de cuatro misiones, bajo la administracion de los curas[1], y la creacion del Cármen y de San-Ramon en tiempo de los gobernadores[2], la provincia consta actualmente de trece lugares habitados, que se dividen generalmente en dos partidos, el uno denominado Mamoré y Pampas y el otro Itonamas y Baures. El primero se compone de Trinidad, de Loreto, de San-Xavier, de San-Ignacio, de San-Pedro, de Exaltacion, de Santa-Ana y de Reyes. El segundo encierra las misiones de San-Ramon, de San-Joaquin, de Magdalena, de Concepcion y del Cármen.

[Nota 1: Véase la pág. 192.]

[Nota 2: Véase la pág. 195.]

Partido del Mamoré y Pampas.

TRINIDAD.

La mision de Trinidad, una de las mas antiguas de la provincia, fué fundada por los Jesuitas en 1687. Ella ocupa el centro de una inmensa llanura que se encuentra tres leguas al este del Mamoré, y como á dos del rio Ivari: sus alrededores, muy secos en invierno y anegados en el estío, carecen de arbolado: hay hácia el este un grande lago, distante un cuarto de legua del pueblo. Su poblacion, compuesta de indios moxos, ascendia, en 1691, al número de dos mil doscientos cincuenta y tres[1], y en 1824 vino esta mision á ser capital de la provincia.

[Nota 1: Véase la pág. 178.]

Su iglesia es muy vasta y de bella arquitectura, aunque un tanto recargada de esculturas en madera. La casa de gobierno, que tiene un piso alto, es grande y bastante cómoda. Este pueblo, semejante á todos los demás por lo que respecta á su distribucion, ejerce el mismo género de industria que Concepcion y San-Xavier. Sus habitantes oriundos todos de la nacion moxa, y que llegan á dos mil y cuatro, son bondadosos en estremo, empiezan á civilizarse y se visten ya como en las ciudades del interior. Algunas mugeres han adoptado tambien el vestido de cinturon, ajustado al talle.

Todos los años, por la pascua, dejan los administradores de la provincia sus misiones respectivas, para encaminarse á la capital, conduciendo las producciones del año. Al arribo de cada canoa, multitud de mercaderes, venidos de Santa-Cruz, procuran engañar á los pobres indios, que no se curan de ello ignorando totalmente el valor de los objetos que reciben en cambio del cacao y de otros frutos.

Trinidad es la residencia del vicario general de la provincia, del gobernador, y de un secretario que lleva el título de administrador general.

Camino de Trinidad á San-Xavier.

Hay doce leguas de Trinidad á San-Xavier, que está hácia el norte: para encaminarse á este lugar, es menester atravesar á caballo la llanura sembrada aquí y allí de palmas carondais, miéntras que para la conduccion de mercancias se baja como legua y media, por la llanada del oeste, hasta el rio Ivari por el cual se sigue, llevando los cargamentos en canoas. Este rio nace en el pais de los Guarayos, y cruza por el sudeste toda la llanura, sobre mas de dos grados de largo, recibiendo en su curso muchos tributarios, y pasando luego á cuatro leguas de la mision de Loreto, y no léjos de la mision de Trinidad, para ir á perderse en un brazo del Mamoré; corriendo todavía algun tiempo mas, paralelo á este rio, ántes de reunirse á él definitivamente. La isla que forman estos dos rios, se halla cubierta de hermosas plantaciones de bananos, de mandioca y de otras varias frutas, como el cacao, que tambien se cria silvestre en los boscages de la ribera, dando cada año abundantes cosechas. Despues de haber seguido durante medio dia los innumerables rodeos del Ivari, se llega al Mamoré. La confluencia formada por estos rios es acaso, de todos los puntos de la provincia, el mas peligroso para los navegantes; pues chócanse en él ámbas corrientes con suma violencia, levantando marejadas espumosas y formando remolinos, donde se hunden las endebles canoas: todos los años hay numerosos ejemplos de semejantes fracasos. Desde esta confluencia las orillas del Mamoré se ven guarnecidas de magníficos bosques, y tambien de bañados, hasta el puerto de San-Xavier, que dista como dos leguas de la mision.

Caminos de Trinidad á Loreto.

Loreto dista poco mas ó ménos doce leguas al sudeste de Trinidad. En la estacion de seca se hace este viage cruzando las hermosas llanuras cubiertas de trecho en trecho de palmeras carondais. Primeramente se costea el arroyuelo de Trinidad; se pasa este en seguida por un punto, como una legua distante de una estancia de la mision; se encuentra luego un delgado arroyo que atraviesa por un bañado, y un poco mas adelante la estancia de San-Miguel donde se ven muchos ganados. Dejando este lugar que marca la mitad del camino, se cruza el Curichi de San-Miguel, bañado espacioso, y despues de haber andado dos leguas se presenta el rio Ivari que en todo tiempo es menester pasarlo en canoas: otras dos leguas mas adelante está la estancia de San-Antonio y el arroyo del mismo nombre, en medio de unos matorrales, donde tambien se crian hermosos pastos. Una legua de llanuras es lo que resta de camino desde este punto hasta Loreto.

La distancia que hay de Trinidad á Loreto, yendo por el rio, es tres veces mayor, y generalmente se emplean dos dias en hacer este viage. Se sube primeramente el rio Ivari hasta su confluencia con el brazo del Mamoré. Muy notable es el contraste que en aquel punto se presenta á los ojos del viagero. El Ivari, que baja de los marjales situados al este del pais de los Guarayos, lleva lentamente sus aguas claras, aunque de viso negruzco, en tanto que las del brazo del Mamoré, fangosas y cuasi rojas, corren con exesiva rapidez. Se tiene que andar por este brazo como una legua, atravesando por en medio de campos cubiertos de plátanos, hasta desembocar en el Mamoré. Algunos de sus recodos están llenos de árboles arrancados por la corriente, y que han ido amontonándose poco á poco en aquellos lugares. En la estacion de seca se pasa la noche sobre un banco de arena, teniendo á derecha é izquierda arenosos y escarpados ribazos, que minados continuamente por las aguas, suelen desplomarse con estrépito, promoviendo corpulentas oleadas que si no echan á fondo las embarcaciones, las llenan de agua, averiando los cargamentos; por lo que se ven obligados los indios á velar toda la noche, á fin de evitar semejentes daños. Prosiguiendo el viage se pasa por la embocadora de dos inmensos lagos que están á la derecha, y bien pronto se presenta la boca de un grande rio llamado Securi, que baja de la cordillera de Yuracáres: este rio, tan ancho como el Mamoré, y cuyo álveo es mucho mas encajonado, fué el que descubrí al abrir el nuevo camino de Cochabamba para Moxos. Apartándose de la embocadura del rio Securi, se sigue adelante por el Mamoré has llegar finalmente á un bañado que está á la derecha, y sobre cuya orilla se encuentra el puerto de Loreto, situado unas siete leguas al sudsudeste de la mision.

Compónese dicho puerto de dos casas; la una que no es sino un espacioso galpon para hospedar á los viageros, y la otra destinada al alcalde del puerto. De este punto, al cual, de paso para Santa-Cruz de la Sierra ó Cachabamba, concurren necesariamente los viageros para proveerse de víveres, se va á Loreto atravesando á caballo un estendido cacahual, y luego un cañaveral hasta salir á un bañado cubierto de árboles, donde es menester agacharse á cada paso para evitar los enredaderas, cuidando ademas de no tropezar en las abultadas raices que guarnecen todo el suelo. Luego se presenta una llanura anegada, en la que los caballos se meten hasta las rodillas. A una legua del puerto se ve la estancia de Nieves, donde hay mucho ganado; y despues de atravesar un arroyo bastante hondo, se prosigue por un boscage ralo y lleno de agua, desembocando por último en un pantano inundado, en el cual llega el agua á los encuentros del caballo. Es preciso ir á galope por en medio de los bañados y de los bosques de palmas carondais hasta ponerse en Loreto. Los caballos están de tal manera acostumbrados á estos caminos, que andan por ellos tan seguros como las mulas por las montañas; y es cosa que realmente sorprende verlos salvar con tanta destreza los agujeros que cubren todo aquel terreno. Finalmente, despues de haber atravesado el rio Tico, por medio de un puente de leños, se echa pié á tierra en Loreto.

LORETO.

Nuestra Señora de Loreto, mision la mas antigua de la provincia, fué fundada por los Jesuitas en 1684[1], no léjos del Mamoré y bastante apartada del sitio que ocupa hoy en dia. Compuesta de indios que hablaban los dialectos de la lengua moxa, contaba en 1691 tres mil ochocientas veintidos almas. Habiendo cambiado de lugar por diferentes veces, ha sido definitivamente establecida, despues de la espulsion de los Jesuitas, entre los rios Tico é Ivari, distante como diez leguas de la reunion de este último rio con el brazo del Mamoré, y en el seno de una hermosa llanura guarnecida en parte de arbolados, pero demasiado húmeda en estío.

[Nota 1: El P. Eguiluz, pág. 16.]

Construida como las otras misiones de Moxos, Loreto posee una vasta y bella iglesia, y una capilla colocada en la parte esterior, cerca del cementerio. En paises donde los habitantes se contentan con los frutos silvestres, parece muy raro el encontrar plantaciones de árboles frutales, como sucede en esta poblacion, que tiene una hermosa huerta en la cual se encuentran guaporus, guyavos, chirimoyas y otros arbustos revestidos de las flores mas vistosas. Los moradores, pertenecientes á la nacion de los Moxos, y que actualmente se hallan reducidos al número de dos mil ciento cuarenta y cinco, son muy industriosos y honrados. Por lo demás, esta mision participa de las mismas condiciones que las otras que componen la provincia.

SAN-FRANCISCO XAVIER.

Fundaron los Jesuitas la mision de este nombre en 1690, sobre la ribera oeste del rio Mamoré, entre las bocas de los rios Aperé y Tijamuchi y distante como ocho leguas al norte de Trinidad. Al visitarla el gobernador de Santa-Cruz en 1691, encontró en ella dos mil trescientas sesenta y una almas; número que se acreció mas tarde hasta tres mil. Despues de la espulsion de los Jesuitas, fué transferida esta mision á la ribera opuesta, sobre una dilatada llanura anegada en partes, y donde un pequeño arroyo que comunica con el Mamoré facilita la navegacion en el período de las lluvias. Los edificios de San-Xavier de Moxos son todavía provisorios; el colegio se compone solamente de un piso bajo, y lo único que hay allí de notable, es un cruz de coaba, incrustada con el brillante nácar de las conchas de agua dulce. Su industria, comparada con la de los otros cantones, se halla en muy buen estado: los tegidos son superiores, y las labores de ebanistería y de embutidos de nácar se ejecutan con mucha maestría. Su poblacion, que consta hoy en dia de mil quinientos quince habitantes de la nacion moxa, es tambien agricultora y cosecha anualmente gran cantidad de cacao. Estos naturales son en general de buena índole, pero algun tanto fanáticos. En 1833 tenian por cacique á un indio bastante instruido para desempeñar perfectamente el cargo de administrador, y cuya integridad á toda prueba era las mas estimable de sus prendas. San-Xavier es el lugar mas incómodo por los mosquitos, á cuyos porfiados ataques ya están acostumbrados los moradores, pero que son un tormento para los viageros recien llegados. La abundancia de estos insectos proviene de las inmensas llanuras anegadas, donde se forman pantanos y lagos temporarios cubiertos de juncos.

En 1832 poseia esta mision seis mil ciento setenta y una cabezas de ganado vacuno, ciento cuarenta y tres caballos, ocho burros, ciento cuarenta y seis cabras, cincuenta y un carneros y diez y ocho cerdos.

Camino de San-Xavier á San-Pedro.

San-Pedro se halla situado doce leguas al norte de San-Xavier, en el prolongamiento de las llanadas orientales del rio Mamoré. Este viage que se hace á caballo en tiempo de secas, en la estacion lluviosa y para el transporte de mercancias, es menester hacerlo bajando en canoas por el rio Mamoré. Saliendo de San-Xavier, se toma un arroyo que serpentea en la llanura por entre alamedas de palmas carondais; y despues de haber andado como dos leguas, se desemboca en un bañado en el cual está el puerto, que solo se distingue por su barraca y por el sin número de embarcaciones amarradas en él: de allí se entra inmediatamente al Mamoré. Ofrece este vasto rio en aquel punto, el mismo aspecto que mas arriba; es decir, que sus orillas se componen tambien de terrenos modernos, y están cubiertas de bañados por los cuales se atraviesa muchas veces para abreviar el camino, ó para no tener que luchar contra la corriente cuando se viaja rio arriba. De este modo se llega al puerto de San-Pedro, distante mas de una legua de la poblacion, á donde se va á caballo. En tiempo de crecientes, hay que pasar dos arroyos en balsas de cuero, que un indio desnudo conduce á nado hasta la ribera opuesta. En la provincia de Corrientes, y en casi toda la América, su sirven de esta vacilante embarcacion, en la que no es posible hacer un solo movimiento sin riesgo de volcarla.

SAN-IGNACIO.

Esta mision, que fundaron los Jesuitas en 1689 con los indios Paunanas (tribu de los Moxos), y que es una de las mas hermosas y antiguas de la provincia, contenia ya, en 1691, tres mil catorce habitantes. Edificóse su iglesia en 1694, y el P. Eguiluz refiere que el dia de su consagracion, iba un coro de danzantes á la cabeza de la procesion, como era de costumbre en el Perú. Para encaminarse por tierra, de esta mision á la de Trinidad, que se encuentra al este, se andan como quince leguas. Se puede tambien ir en canoa, subiendo el Tijamuchi, que recibe mas arriba de San-Ignacio el tributo del rio Taricuri, igualmente navegable hasta el pié de las últimas montañas.

El pueblo de San-Ignacio está situado en medio de una espaciosa llanura entrecortada por reducidos boscages: su iglesia y demas monumentos construidos por los Jesuitas aun se conservan en buen estado. Sus habitantes que ascienden al número de mil ochocientos setenta, y seis, pertenecen á la nacion de los Moxos, y reunen á un carácter exelente y á una afabilidad estremada, una actividad la mas industriosa en el ramo de agricultura. Ayudados durante diez años por un buen administrador, los moradores de San-Ignacio han hecho inmensas plantaciones de cacao y de otros árboles productivos. Para demostrarlo, presentaré aquí los números comparativos de varias plantas, entre los años de 1828 y 1831.

NUMERO DE PLANTAS NUMERO DE PLANTAS EN 1828 EN 1831 Plantas de cacao. 8,704 48,616 Algodoneros. 11,377 24,947 Tamarindos. 38 3,456 Plantas de café. 86 733 Plátanos. 37,850 38,800

Los ganados pertenecientes al Estado se componian, en 1830, de tres mil trescientas noventa y cuatro vacas, cincuenta y cinco caballos, cuatro mulas, sesenta ovejas y veintinueve cerdos.

SAN-PEDRO.

Esta mision se encuentra situada en una llanura bastante elevada, cubierta en parte de bañados, que dan orígen á los dos primeros tributarios del Machupo, el rio Tamucu y el rio de San-Juan. Los actuales edificios de esta poblacion no son sino provisorios y nada tienen de notable.

Los Jesuitas descubrieron en 1693 la nacion de los Canichanas[1], que habitaba entónces los bordes del Mamoré y del Machupo. Tres años despues, reuniéronse espontáneamente sus naturales para edificar un pueblo, llamando á los religiosos que vinieron á convertirlos al cristianismo. Se ha dicho que eran antropófagos y que continuamente hacian guerra encarnizada á las Cayuvavas y á los Itonamas, para quienes son todavía un objeto de temores tradicionales. Establecieron los Jesuitas la mision de San-Pedro en el sitio donde hoy se descubren sus ruinas: su posicion central la hizo ser bien pronto capital de la provincia; y concentrando en ella los misionero todos sus tesoros y sus grandezas, San-Pedro llegó á rivalizar, por sus monumentos, por el número de sus estatuas de santos, por las alhajas con que resplandecian las imágenes de la Virgen y del niño Jesus, por las chapas de plata que adornaban sus altares, y sobre todo, por las ricas esculturas en madera de su iglesia, no solamente con las catedrales de Europa, sino tambien con los suntuosos templos del Perú. Cuando la mision fué encomendada á los curas en 1767 despues de la espulsion de los Jesuitas se inventariaron ochenta arrobas de plata maciza.

[Nota 1: Véase al P. Eguiluz, págs. 54 y 56, quien los llama Canicianas.]

Bajo la direccion de los curas, y mas tarde de los gobernadores, la iglesia de San-Pedro fué perdiendo poco á poco su esplendor: otro tanto sucedió bajo el régimen de los administradores. En la guerra de la independencia víose despojada todavía de una parte de sus riquezas para sostener al ejército español mandado por Aguilera, quien hizo sacar de ella veinticinco arrobas de plata.

En 1820, esta mision fué, como ya se dijo, el teatro de una pequeña revolucion, ocasionada por la muerte que con su propia mano dió el gobernador al cacique Marasa, y cuyas consecuencias fueron el incendio del colegio y la total destruccion de los preciosos archivos de la provincia. Algun tiempo despues, transferida su poblacion al lugar donde actualmente se encuentra, se instaló provisariamente en casuchas construidas al efecto. El haber dejado de ser capital, despues de la muerte de Marasa, para ceder este rango á Trinidad, tantísimas dilapidaciones, y sobre lodo, el cambio de local, han reducido á esta mision á la mas lastimosa miseria, siendo indudablemente hoy en dia la mas pobre de todas. Sus habitantes que se hallan cuasi desnudos y carecen hasta de víveres, se ven obligados á robar; por lo que son temidos de sus vecinos, cuyos campos devastan y saquean sin hallar quien ponga obstáculo á sus rapiñas. Finalmente la industria de este canton se reduce á muy poca cosa, aunque, desde el tiempo de los Jesuitas, se han reservado sus naturales la fundicion de campanas y de calderas.

Los indios canichanas, moradores de San-Pedro, que alcanzan hoy en dia al número de mil novecientos treinta y nueve, se asemejan en todo á los indios tobas del Gran-Chaco, y algunas de sus costumbres son enteramente idénticas. Su exesiva indigencia, haciéndoles arrostrar á veces los mayores peligros, los induce á salir á la caza de tigres, con cuya carne se alimentan: con este mismo fin persiguen cruelmente á los caimanes. Para apoderarse de uno de estos animales, se echa un indio al agua, nadando con un solo brazo y llevando con el otro una vara bastante larga, en cuyo remate va fijada la estremidad de un lazo de cuero: acercándose luego muy pausadamente al feroz reptil, que se mantiene inmóvil y con los ojos fijos en su presa, procura envolverle el lazo alrededor del cuello; si logra su intento, los indios que están en la orilla teniendo la otra punta del lazo, tiran inmediatamente de él para sacar al animal á tierra; pero si se yerra el golpe, no le queda al cazador otro recurso de salvacion que perseguir al caiman, echándosele resueltamente encima, para asustarlo y tener tiempo de ganar la orilla mientras él se zambulle. Hay otros que cazan el mismo animal con un palo corto, y puntiagudo en ámbas estremidades, en medio del cual está amarrado el lazo: armados dé este modo salen al encuentro del caiman, que abre su horrenda boca para tragar el brazo del nadador, quien aprovechando de este movimiento introduce perpendicularmente su palo, quedando este clavado en las quijadas que cierra vorazmente el animal. En seguida lo sacan á tierra tirando del lazo. Esta caza es sumamente peligrosa, y raro es el año en que no ocasione algunas muertes.

Todas las esculturas de la antigua iglesia de los Jesuitas se conservan amontonadas en un galpon. Hay, entre varios otros objetos, un púlpito y un confesonario todavía enteros, y cuya profusion y riqueza de esculturas los harian distinguir ciertamente como bellísimos adornos en los templos mas notables. Es pues muy sensible que se dejen así perder estas ricas producciones del arte, en vez de hacerlas trasportar á las grandes poblaciones, en cuyas catedrales hallarian muy apropiada colocacion. La iglesia actual de San-Pedro, edificada tambien provisoriamente, está recargada con demasía de imágenes de santos y de ornamentos de plata: se notan empero, entre estos objetos, muchas estatuas de madera, trabajadas en Italia por los mejores maestros del siglo pasado.

Camino de San-Pedro á San-Ramon.

Hay de veintiocho á treinta leguas, hácia el nornordeste, de la mision de San-Pedro á la de San-Ramon, distancia que en tiempo seco se recorre á caballo, tomando la ribera izquierda del Machupo para no tener que atravesar sus innumerables tributarios orientales. Se han colocado de trecho en trecho, sobre todo el largo de este camino, barracas donde se detienen á descansar los viageros.

En la estacion de lluvias, ó cuando se llevan mercancias, se baja por el rio de San-Juan, que se encamina al nornordeste, cruzando las llanuras y recibiendo sucesivamente por el este los rios de Moocho, de Cocharca, de Molino, y en fin el Machupo que le da su nombre. Siguiendo adelante recibe tambien por el mismo lado, cerca de San-Ramon, el randal del rio Chananoca, y ensanchándose tanto como el rio Blanco, lleva su curso por en medio de coposos y altos arbolados. En todo tiempo seria navegable este rio, hasta mas arriba de San-Ramon, para embarcaciones de vapor; pero en la estacion lluviosa, solamente hasta San-Pedro.

Camino de San-Pedro á Santa-Ana.

Hay veinticinco leguas, en línea recta al nordeste, de San-Pedro á Santa-Ana; mas, como allí generalmente se viaja en canoas, los numerosos giros del Mamoré hacen doble la distancia, por cuya razon es menester emplear en este tránsito dos dias cuando se anda rio abajo, y tres ó cuatro cuando se tiene que subir. Saliendo de San-Pedro, se camina hácia el este como una legua de llanuras hasta pasar por un puente el arroyo de Tamucu, no léjos del cual se encuentra el puerto en un bañado bastante grande, sobre cuyos bordes aparece la casucha del guarda: se andan todavía tres cuartos de legua, cruzando por este bañado hasta que se presenta el Mamoré, el cual se costea hasta la embocadura del rio Tijamuchi, situado sobre la ribera izquierda. Este rio, que baja de las cordilleras, tiene como cien varas de ancho y es bastante profundo; circunstancias que lo hacen navegable en todo tiempo hasta para los barcos de vapor. Por ser su giro demasiado tortuoso, se emplean cinco ó seis dias para subir por él hasta San-Ignacio. Algo mas abajo de la embocadura del Tijamuchi, forma el Mamoré un gran recodo, fácil de evitar entrando en un bañado que se presenta sobre la orilla izquierda, y cuyas aguas, casi siempre corrompidas en algunos parages, causan fiebres intermitentes, al paso que ostentan en algunos otros, numerosos grupos de la magnífica planta llamada victoria. A pocas leguas de allí, divídese el Mamoré en tres brazos, que forman islas anegadas, por entre las cuales se transita con muchísima dificultad, tropezando con árboles flotantes, arrancados por las corrientes. Algo mas adelante, se pasa por en frente de la arruinada mision de San-Pedro, de la cual no han quedado mas vestigios que algunos cacahuales. Ya no presentan las orillas del Mamoré en este punto, esa belleza salvage tan notable cerca de la confluencia del rio Iténes. Aparece luego por el este, á una distancia bastante grande, mas abajo de los tres brazos del Mamoré, la embocadura del rio Aperé, apartado como una jornada de navegacion de su tributario el rio de San-José: ámbos rios son navegables para barcos de alguna carga, hasta el pié de las montañas. Por el mismo lado desemboca tres ó cuatro leguas mas abajo el rio Yacuma, tambien navegable como los anteriores, y cuyo profundo álveo tiene como de setenta á ochenta varas de ancho; sus márgenes, guarnecidas de matorrales, no contrastan notablemente con las llanuras circunvecinas, que se hallan cuasi desnudas de boscage: tres cuartos de legua mas adelante, se llega á la confluencia del rio Rapulo, el que no por ser mas angosto deja de ofrecer las mismas facilidades para la navegacion, pues en tiempo de los Jesuitas se subia por él hasta la mision de San-Borja. Finalmente un poco mas arriba de dicha confluencia, se presenta la mision de Santa-Ana, situada entre estos dos últimos rios, un cuarto de legua distante del Yacuma.

SANTA-ANA.

En 1700, cuando los Jesuitas fundaban la mision de reyes, no léjos del rio Beni, creyeron conveniente formar al mismo tiempo la de Santa-Ana, para fomentar en lo posible la navegacion de aquel rio. Esta mision, poblada por la nacion movima, tuvo su asiento una legua mas al oeste del sitio que actualmente ocupa; y fué transferida, so varios pretextos, en tiempo de los gobernadores españoles. Al verla tal cuales hoy dia, desde luego se conoce que no ha sido obra de los Jesuitas: empero, á pesar de su colocacion en medio de una llanura, y de la temporaria inundacion de sus contornos, nada tiene de insalubre. Las casas de los indígenas están en desórden, y la puerta de la iglesia en vez de dar sobre la plaza, mira hácia el campo. La industria se encuentra muy poco adelantada; y los terrenos de cultivo están confinados en el interior de algunos bosquecillos, sobre las riberas del Rapulo y del Yacuma; posee sin embargo esta mision hermosos establecimientos para la cria de ganados. Sus habitantes, que en 1831 ascendian á mil ciento cincuenta y seis, son muy notables por sus hermosas proporciones: la vigorosa corpulencia de las mugeres y hasta sus facciones, aun en la juventud, nada tienen de femenino. Entre tanto, el carácter de los Movimas es apreciabilísimo por su bondad y mansedumbre, calidades que llevan pintadas en el semblante con signos inequívocos.

La pobreza de los trages de las mugeres pone en manifiesto la grande miseria de esta mision, donde son rarísimos los terrenos propios para el cultivo del algodon; así es que se ven obligados sus moradores á procurarse tegidos de lana venidos de Cochabamba para confeccionar sus tipois.

Todavía subsisten algunas supersticiones entre estos indios: cuando enviudan, por ejemplo, creen que hallarán la muerte si van á la caza del tigre, y que se cubrirán de lepra si matan una vivora. Cuéntanse allí como once mil cuatrocientas once cabezas de ganado vacuno, pertenecientes al Estado, y tres mil ochocientos cinco caballos.

El rio Yacuma abunda en palometas, pescado de forma ancha y algo chata, esmaltado de colores amarillos muy vivos, y cuyos dientes triangulares y cortantes atemorizan á los indios, que no por ello dejan de tentar la pesca con anzuelos fijados en la punta de un alambre. Desde los tiempos mas remotos, los dientes de la palometa han sido las tigeras de los indígenas de aquellas regiones, y aun se sirven de ellos los tejedores para recortar los hilos[1].

[Nota 1: Véase la lám. 5, fig. 2.]

Camino de Santa-Ana á Exaltacion.

Exaltacion queda al norte de Santa-Ana, distante como quince leguas. En la estacion de seca este camino se hace atravesando la llanura á caballo; pero en la época de lluvias es menester bajar en canoa por el rio Yacuma hasta su entrada en el Mamoré, el cual, muy tortuoso en este punto, enseña sobre sus hermosas riberas infinidad de lagos y bañados, por los cuales se suele pasar para abreviar el camino evitando los rodeos: se llega por último al trapiche de Exaltacion que está unido por medio de un foso al bañado del puerto. Es menester emplear un dia para hacer este tránsito, y dos cuando se sube de Exaltacion á Santa-Ana. Camino de Santa-Ana á Reyes.

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