38. EL PEQUEN Y EL SAPO.
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Estaba un Sapito arriero tomando el sol, cuando un Pequén, que lo divisó desde lo alto, bajó y se le puso al lado, sin darle tiempo para saltar al agua.
Los sapos, como los burros, tienen fama de ser torpes, pero es un error, porque son habilosazos y tienen muy buenas ocurrencias.
Vean, si no, lo que se le ocurrió al Sapo.
Al ver el peligro en que se hallaba, no se cortó; al contrario, saludó muy políticamente al Pequén y le dijo:
—Buenos días, señor Pequén, ¿cómo está su salud y la de sus oficiales y soldados? porque, seguramente, usted por lo menos es general. Yo tengo muy buen ojo y estoy cierto de no equivocarme al decirle que debe ser general,... si acaso no es el Presidente.
El Pequén dijo para sí:
—¡Qué sapito tan dije y tan bien educado!—y en voz alta:—Estamos todos bien, sapito lindo. ¿Y qué se te ofrece a ti?
—Nada más que no me coma, señor General; siendo usted una persona tan digna, espero que no tratará de comerse a este pobre Sapo, contimás que hay aquí tantísimos ratones a su disposición y su carne es tan ricaza.
—¡Qué sapito tan bien hablado!—pensaba el Pequén para sus adentros, ¿me lo comeré o no me lo comeré? tengo tantísima hambre.—Y hablando fuerte, le dijo: Veremos, sapito, si te como o no te como.
Y en esto el Pequén bostezó y cerró los ojos, y el Sapo que no despegaba los suyos de los de su enemigo, en cuanto lo vió pestañear se echó al agua y le gritó al Pequén:
—¡Ah, pájaro indino, saltiaor de caminos, que andáis, como garrotero, saltiando a los pasajeros!
Y el Pequén dijo:
—¡En qué hora estaría que no me comí a esta porquería!