31. EL CAPON ASADO (Me lo refirió el joven D. A. Freire, de Santiago, en 1911.)
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Un caballero salió a dar un paseo a caballo por las afueras de la ciudad y le encargó a la cocinera que a su regreso le tuviera un capón asado. Chepa (Josefa se llamaba la sirvienta) bajó al corral y cogió el más gordo de los capones que en él se criaban, y se puso a asarlo. El apetitoso olor que despedía el ave puesta al fuego tentó a la Pepa, que, no pudiendo resistir sus deseos, se comió un tuto. Cuando, en la tarde llegó el caballero, la Pepa le sirvió el capón en un azafate, adornado con ramas de apio, perejil y otras verduras, que ocultaban lindamente la falta de la presa que la cocinera se había manducado; y el patrón comenzó inmediatamente a hacer funcionar las mandíbulas, empezando por la pechuga; sólo al fin vino a darse cuenta de que al ave le faltaba una pata.
—¿Que es esto, Chepa?—preguntó a su servidora;—¿desde cuándo los capones tienen una pata solamente?
—Desde que existen, pues, señor; siempre no han tenido más que una.
—¿Cómo es eso? Yo creía que tenían dos, como todas las aves.
—Vamos al gallinero, patrón, y se convencerá de que los gallos, capones o no, y las gallinas no tienen sino una pata.
—Vamos a ver esa maravilla.
Fueron al gallinero, y como ya se había puesto el sol y las gallinas dormían, vieron que todas descansaban en una sola pata, como acostumbran cuando duermen, manteniendo la otra encogida y oculta entre las plumas.
—¿No ve, patrón, como no tienen más que una pata?
—Eso lo vamos a ver—contestó el caballero, espantando las aves, que bajaron de sus dormideros y echaron a correr despavoridas.—¿Ves como tienen dos patas?
—¡Qué gracia!—contestó la Chepa—¿y por qué no espantó también al capón antes de comérselo?
El caballero no pudo menos que reírse a carcajadas y declararse vencido.