Capítulo VII.
Enrique de Mesa y Rosales translation
Hablemos ahora de cuadrúpedos españoles, ya que hemos colocado a los coches delante de los caballos. De éstos, el andaluz es el que ocupa la primera línea, es el que alcanza más precio, y los españoles, en general, le prefieren a cualquiera otra casta. Consideran su configuración y sus cualidades como lo más perfecto, y en muchos respectos llevan razón, pues no hay caballo más elegante ni más ligero de movimientos; ningún otro le iguala en tranquilidad y docilidad; ninguno más inteligente para aprender monadas o hacer maravillas de agilidad. Tiene poco de común con el caballo inglés de raza; su crin es suave y sedosa y muchas veces va trenzada con cintas de vivos colores; la cola es larga y se le deja todas las proporciones que le da la naturaleza, sin cortarla ni desmocharla, costumbre que tan mal le parecía a Voltaire:
«Fiers et bizarres anglais, qui des mêmes ciseaux, coupez la tête aux rois, et la queue aux chevaux.»[25]
A algunos les arrastra hasta el mismo suelo, y ellos la manejan perfectamente, moviéndola a uno y otro lado, como un elegante juguetea con su bastoncillo; así es que cuando se va de viaje, es costumbre doblarla y atarla arriba, a la moda de las antiguas coletas de nuestros marineros. El caballo andaluz es de cuartos redondos, aun cuando más bien pequeño de grupa y ancho de pecho; lleva siempre la cabeza alta, sobre todo cuando va al trote; tiene patas largas, y eso favorece su alzada, que algunas veces llega a diez y seis palmos. Sin embargo, no tiene el modo de andar largo y gracioso del pura sangre inglés, pierde fácilmente el aire y vacila, y es muy frecuente que se alcance. Su paso es, no obstante, sumamente agradable. Por estar mucho tiempo trabados sus movimientos, son interrumpidos, como si los provocasen los muelles de un coche. Su típico paso castellano, muy sosegado, es algo más que el paso corriente, y no llega al trote; es realmente sosegado, parecido al movimiento de una silla de manos, y cuadra muy bien con un grave Don dado como un turco al tabaco y a la vida contemplativa. Los caballos andaluces que muy jóvenes caen en manos de los oficiales en Gibraltar, adquieren maneras completamente distintas, se entregan mejor a su trabajo y ganan mucho en velocidad domados por el sistema inglés. Pero, de todos modos, adiestrados o sin adiestrar, su paso es muy propio de caballeros, y como se lee en los versos de Beaumont y Fletcher:
«Think it noble, as Spaniard do in riding, in managing a great horse, which is princely».[26]
Según se ha dicho en muchas ocasiones, la manera más digna de representar a un rey de España, verdadero Φιλιπποι, es a caballo, encantando al mundo con su noble apostura.
Otras varias provincias tienen razas que son más útiles, aun cuando menos vistosas que la andaluza. El caballo de Castilla es un animal fuerte y resistente, el más a propósito de España para la caballería pesada. Los caballitos de Galicia, aunque feos y bastos, son insustituíbles para aquella comarca montañosa y su laboriosa población; necesitan poco cuidado y se satisfacen con cualquier clase de forraje y maíz. Los caballos de Navarra, tan celebrados un tiempo, son aún muy apreciados por su gran fuerza; pero han degenerado por abandono en jacos, que, sin embargo, aun son bellos de formas, resistentes, muy seguros y excelentes trotadores. En la mayor parte de las ciudades grandes de España hay una especie de mercado en el que se venden caballos; pero la feria de Ronda, en mayo, es el gran Howden y Horncastle de las cuatro provincias de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada y el punto de reunión de todos los pintorescos pilletes del Mediodía. Los lectores de Don Quijote pueden estar ciertos de que la raza de Ginés de Pasamonte no se ha extinguido; los chalanes españoles o tratantes en caballos tienen muchos conocimientos; pero el más listo es un niño comparado con la perfección de bellaquería a que llega un profesional inglés en materia de transformar, arreglar y pintar un caballo.
La cría de caballos en España fué muy cuidada por los gobiernos antes de la invasión francesa, en cuya época se destruyeron y robaron los sementales y las yeguadas y se incendiaron los establos.
Las sillas que se usan, por lo común son árabes, de borrén muy alto delante y detrás; los estribos de hierro son una especie de caja triangular. El pienso es asimismo oriental y consiste en «cebada y paja», como se dice en la Biblia. Aun recordamos el horror de nuestro criado andaluz, la primera vez que llegamos a Galicia, cuando se precipitó en nuestra busca exclamando que los animales se morirían, pues no había que darles de comer más que avena y heno. Con mucha dificultad pudimos convencerle de que probase a ver si lo comían; lo cual hicieron con gran asombro suyo. Tal es, sin embargo, la costumbre, que pronto empezaron a desmejorarse y no se repusieron hasta que las brumosas montañas se cambiaron por las áridas llanuras de Castilla.
Los españoles, en general, prefieren las mulas y los asnos al caballo, que es más delicado y necesita más atención y es de pie menos seguro en terrenos quebrados y escarpados. La mula representa en España el mismo papel que el camello en Oriente y tiene en su moral (junto a su acomodamiento al país) algo de común con el carácter de sus dueños: es voluntariosa y terca como ellos, tiene la misma resignación para la carga y sufre con la misma estoicidad el trabajo, la fatiga y las privaciones. La mula se ha usado siempre mucho en España y la demanda de ellas es grande; sin embargo, por un extraño error de la economía política (cosa muy española), se ha querido prohibir hace mucho tiempo la cría de mulas para favorecer la del caballo. Una de las razones que se alegaban era que la mula es un animal que no se reproduce, argumento que se podía o se debía aplicar igualmente al fraile, que es una casta en la que España podía aspirar al primer premio, en cantidad y en corpulencia, en concurrencia con todas las naciones de la cristiandad. Esta tentativa de forzar la producción de un animal menos a propósito para las necesidades y costumbres del pueblo, resultó estéril, como podía suponerse. Las dificultades sólo consiguieron elevar el precio de las mulas, que siempre han sido y son caras; una buena cuesta de 25 a 50 libras, mientras que un caballo regular puede comprarse por 20 a 40 libras. Las mulas fueron siempre muy caras; ya Marcial, sintiéndose un verdadero andaluz, habla de una que «cuesta más que una casa». Las más estimadas son las nacidas de yegua y asno garañón[27], algunos de los cuales son de extraordinario tamaño: uno que don Carlos tenía en su yeguada de Aranjuez, en 1832, era de una alzada de más de quince palmos. Este colosal asno era digno de un infante de España.
En este país las mulas, lo mismo que en Oriente, llevan el pelo cuidadosamente rapado o esquilado, a rayas unas veces, como las cebras, y otras, formando caprichosos dibujos, al estilo de los tatuajes de un jefe de Nueva Zelanda. La costumbre de esquilar es con objeto de que los animales estén más frescos y preservarlos de algunas afecciones cutáneas. En las provincias del Sur suelen hacer la operación los gitanos, que son chalanes, caldereros y vagabundos en España como en todas partes. Su manera de esquilar recuerda el «mulo curto» en que Horacio llegó hasta Brundusium. Estos operadores rivalizan en talento con aquellos dignos franceses que esquilan a los perros de lanas en Pont-Neuf, en el corazón y el cerebro de la civilización europea. Sus colegas españoles pueden ser reconocidos por las tijeras, enormes y de forma clásica como las de Láquesis[28] y sus hermanas, que llevan en la faja. Su especialidad está en esquilar las patas, que según ellos deben estar tan limpias de superfluos pelos como la palma de la mano de una mujer.
Los asnos españoles han sido inmortalizados por Cervantes; se han granjeado nuestra simpatía por el cariño de Sancho y su talento de imitación: el escudero del hidalgo rebuznó tan bien, como recordaréis, que todo el coro de orejudos se unió a un ejecutante a quien, según propia confesión, sólo le faltaba el rabo para ser un perfecto burro. Los alcaldes españoles, según Don Quijote, tienen aptitudes especiales para rebuznar, pero, excepción hecha del oeste de Inglaterra, en todas partes se puede decir lo mismo.
El humilde asno, burro, borrico, es la guía, el as in præsenti y el ornato de todo paisaje español: constituye un elemento esencial y apropiado de todas las calles y carreteras. Donde quiera que dos o tres españoles se reunan, en el mercado, en una «junta» o concurso, es seguro que entre ellos habrá, por lo menos, un burro; es el sufrido compañero de las clases humildes para quienes el trabajo es la mayor desgracia: la resignación es la virtud común de ambas castas. Unos y otros quizá protesten cuando el señor Mon les eche encima una nueva carga o un nuevo impuesto, pero pronto, en cuanto se convencen de que la cosa no tiene remedio, la llevan con paciencia y la soportan: por esta comunidad de sentimientos, amo y animal se quieren entrañablemente, aun cuando por los juramentos y maldiciones que le aplica, un observador superficial puede suponer que el primero tiene cierta vergüenza de confesar en público su predilección. Es indudable que aun quede oculto algo de los antiguos prejuicios de la caballería; pero Cervantes, que conocía tan a fondo la naturaleza humana en general y la española en particular, insistió mucho en el cariño que Sancho Panza sentía por su rucio y marcó la reciprocidad del animal, tan cariñoso como inteligente. En la Sagra, cerca de Toledo, se le llama el vecino, y nadie puede mirar a un borrico español sin que note una expresión especial en él que demuestra que el muy tonto se considera como uno de la familia. La Mancha es el paraíso para las mulas y los burros; seguramente en este momento más de un Sancho estará acariciando y abrazando a su rocín, su chato, chatito, romo, o cualquier otra variación sin nariz con que cuando no le maltrata se complace en nombrar a su compañero. En España, como dice Safo, el amor es γλυχυπιχρον una mezcla agridulce: no hay ninguna Sociedad protectora de animales; todo individuo tiene derecho a maltratar a su capricho a los animales de su propiedad, lo mismo que cualquier filantrópico yanqui puede azotar a su negro; nadie se atrevería a ponerse por medio en tales momentos, así como tampoco lo harían en una disputa de un hombre con su mujer, y cuenta que no nos referimos a ofensas de palabra. Se dice in piam memoriam de algunos asnos españoles católicos romanos que trataron de hacer apearse por las orejas a cierto Tomás Trebiño y otros herejes cuando los conducían a la hoguera, pues estaban indignados de que los montasen tales monstruos. Todo campesino español tiene una verdadera pesadumbre si se causa cualquier daño a un burro, porque suele constituír el único modo de ganarse la vida; y si le pierde no es ya fácil que al ir a buscarle se encuentre con un reino, como otra vez ocurrió, ni aun con un gobierno, como Sancho. Sterne hubiera hecho mejor colocando la escena de sus sentimientos por la muerte de un asno en España, no en Francia, donde esta especie de cuadrúpedos es mucho más rara. En España, donde los carros pequeños y carretillas son casi desconocidos y el conducirlos es considerado indigno de un hombre, lo que los sustituye, un jumento, es utilizado constantemente. Unas veces va cargado con sacos de trigo, otras con pellejos de vino, con cántaros de agua, con estiércol o con cadáveres de bandidos, echados como sacos sobre el lomo, con las piernas y los brazos atados bajo la barriga del animal. La leche de burra es muy recomendada en primavera. Las mujeres morenas la toman para clarificar el cutis y refrescar la sangre; los clérigos y los empleados, para quienes es como leche maternal, la toman para tonificar los jugos gástricos. Montar en burro era considerado como una ofensa y degradación para el hidalgo godo, y los españoles del siglo XVI montaban en ellos a los cornudos pacientes. Hoy, a despecho de todos estos prejuicios, los grandes y sus señoras e inclusive algunos graves embajadores extranjeros, durante la jornada real en Aranjuez, se complacen en montar en estos animales de mal agüero y las borricadas, o sea excursiones en pollino, son la última moda.
Los muleros de España gozan de justo renombre; el término genérico es arriero, de su ¡arre arre! completamente árabe, como lo son casi todos los vocablos relacionados con su arte, pues los moriscos fueron durante mucho tiempo los trajinantes en España. Viajar con un arriero, cuando el viaje es corto o va una persona sola, es seguro y barato; además, muchos de los rincones más pintorescos del país, Ronda y Granada, por ejemplo, difícilmente pueden visitarse sino a pie o a caballo. Estos hombres, que están siempre por las carreteras, arriba y abajo, son las personas que pueden proporcionar más lujo de detalles; sus animales pueden alquilarse todos, pero una reata entera no es cosa cómoda para viajar, pues siempre van uno detrás de otro. El primero lleva una campanilla de cobre, con badajo de madera, para ir anunciando su marcha. Este cencerro semeja a un molde de hacer helados, y a veces tiene dos pies de largo, cuelga del cuello como si de propósito se quisiera que tropezase con las patas del animal y así pudiera emitir la mayor cantidad de melancólicos sonidos, que, según el piadoso origen de todas las campanas, parece hecho para alejar al diablo. El portador de este sonoro instrumento es elegido por su docilidad y su destreza en escoger el camino. Los demás le siguen si le ven, y si no, por el ruido de su cencerro. Van muy cargados, pero científicamente, si así puede decirse. La carga de cada uno se divide en tres partes: una colgando a cada lado del lomo y otra en medio. Si no está bien equilibrado el peso, el arriero lo descarga o lo arregla, añadiendo una piedra a la parte más ligera, compensándose el aumento de peso que esto supone con la comodidad que representa el llevar una carga igual. Estas acémilas van vistosamente adornadas con arreos llenos de colorines y flecos. La cabezada es de estambre, de varios colores, y en ella van sujetos muchos cascabeles y campanillas: de aquí la frase mujer de muchas campanillas, que se aplica a las que son aficionadas a lucir mucho, a hacer ruido y tienen pretensiones. El arriero va a pie junto a sus burros o montado en uno encima de la carga, con las piernas colgando junto al cuello, postura que no es tan incómoda como a primera vista puede creerse. Una escopeta vieja, «pero que aun sirve» y se carga con postas, va colgada junto a él, y con ella, muchas veces, una guitarra. Estos emblemas de vida y muerte pintan la eterna indiferencia de Iberia, donde los extremos se tocan siempre y donde un hombre se va al otro mundo como un cisne, cantando. Así ataviados, como dice Byron, «con todo lo que significa promesa de placer o de muerte», la proximidad de la caravana se advierte desde lejos por la voz gutural del arriero. «¡Qué alegre canta ahora el arriero!» Pues el tiempo que no está ocupado en fumar o en blasfemar, lo pasa constantemente canturreando una canción monótona, cuya tonada no suele estar en armonía con el sentido de las palabras o su buen humor: son por lo común muy melancólicas y poco musicales, como es el verdadero tipo de la melodía oriental. La misma ausencia de ideas que se muestra en Inglaterra silbando se despliega en España cantando. Quien canta sus males espanta, es un consuelo filosófico para viaje, tan antiguo y clásico como Virgilio: «Cantantes licet usque, minus via taedet, eamus», que traducido al inglés dice:
If we join in dolefull chorus, the dull highway will much less bore us[29].
El arriero español es un hombre agradable, inteligente, activo y sufrido; resiste hambre y sed, calor y frío, humedad y polvo; trabaja tanto como su ganado y nunca roba ni le roban. Mientras los que se tienen por mejores en este país dejan todo para mañana, excepto la quiebra, él es puntual y honrado, de temple y nervios de acero, típico en el traje. Hemos andado muchas leguas y muy largas con estas caravanas; hemos escuchado sus interminables cuentos de salteadores, a los que no prestábamos gran atención, y no podemos negar que estas cabalgatas son verdaderamente nacionales y pintorescas. Mezclados recuas de mulas y hombres a caballo, van siguiendo las líneas en zig-zag del camino que pasan, por desfiladeros de montañas, unas veces atravesando por aromáticos matorrales, otras ocultándose entre rocas y olivares, más tarde emergiendo alegres y brillantes al sol, dando vida y movimiento a la Naturaleza solitaria y rompiendo el silencio con el tintineo de las campanillas y el canturreo de los arrieros, que, aun cuando sea monótono en sí y poco armonioso, está en relación con el paisaje y con los agrestes caminos españoles; exactamente lo mismo que el agrio chirrido de la hoz al afilarse está en armonía con la dulce primavera y las praderas recién segadas.
Hay una clase de arrieros muy poco conocida de los viajeros europeos: los maragatos, cuyo centro está situado en San Román, cerca de Astorga; ellos, al igual de los judíos y los gitanos, viven exclusivamente entre los suyos, conservan sus trajes primitivos y nunca se casan fuera de su región. Son tan nómadas y errantes como los beduinos, sin más diferencia que llevan mulas en vez de camellos; su honradez y su laboriosidad son proverbiales. Son gente formal, seria, poco expresiva, positivista y muy comerciante. Cobran caro, pero su honradez compensa este defecto, pues puede confiárseles oro molido. Son los que hacen todo el tráfico entre Galicia y las dos Castillas, y por rara excepción llegan a las provincias del Mediodía o Levante. Van vestidos con una especie de justillo de cuero muy entallado, como una coraza, que les deja los brazos libres. La ropa interior es ordinaria, pero muy blanca, especialmente el cuello de la camisa. Llevan a la cintura un ancho cinto de cuero con un bolsillo. Los calzones, iguales a los de los valencianos, se llaman zaragüelles, palabra árabe, con la que se denomina el tonelete o los calzoncillos anchos, y no se encontrará ningún burgomaestre de Rembrandt que esté más ampliamente cimentado. Sus piernas van embutidas en polainas de paño con ligas encarnadas; llevan el pelo cortado al rape, por lo general, aun cuando a veces se dejan unos tufos extraños. Un gran sombrero de alas anchas y caídas completa el traje, impropio para viajar y digno de un holandés; pero estas modas son tan inmutables como las leyes de los medos y persas, y ningún maragato consentiría en modificar su traje mientras no lo hiciera su modelo de madera pintada que da las horas en la plaza de Astorga, Pedro Mato, otra estatua vestida que adorna una veleta de la catedral, que es el arquetipo de la indumentaria. Y, en el fondo, este traje especial es, como el de los cuáqueros, una garantía para su tribu y su respetabilidad: Cordero, el rico diputado maragato, se presentó en las Cortes con su traje regional.
El de la maragata es también típico y peculiar; si son casadas llevan un tocado especial, el caramiello, en forma de media luna, con la parte redonda sobre la frente, cosa completamente morisca y que recuerda las mujeres de los bajo-relieves de Granada. Llevan el pelo suelto, colgando sobre los hombros; la saya va abierta delante y detrás y se sujeta de un modo muy curioso a la espalda por medio de un cinturón, y el corpiño es escotado por delante en cuadro. En las grandes fiestas se adornan con largas cadenas de metal y corales, con cruces, reliquias y medallas de plata. Los pendientes que usan son muy pesados y cuelgan de hilos de plata, como los llevan las judías de Berbería. Las bodas son sus fiestas mayores: en ellas se reúne mucha gente y se elige un presidente, el cual pone en una bandeja la cantidad de dinero que le parece, y todos los invitados tienen que dejar otro tanto. La novia se envuelve en un manto, que no se quita en todo el día, y no se vuelve a poner hasta el día en que muere su marido. Ella no baila en el baile de bodas. A la mañana siguiente, tempranito, se llevan a la alcoba de los novios dos pollos asados. Por la noche abren el baile la novia y su marido al son de la gaita. Las danzas son graves y serias, como corresponde a su carácter.
Los maragatos, con su continente sencillo y su tez curtida, van con sus recuas por la carretera de La Coruña andando casi siempre y cantando como los demás arrieros españoles y, al mismo tiempo, ocupados constantemente en tirar piedras a las caballerías y en dirigirles improperios.
Toda la tribu se reúne dos veces al año en Astorga, en las fiestas del Corpus y la Ascensión; entonces bailan el canizo, que comienzan a las dos de la tarde y terminan precisamente a las tres. Si alguno que no sea maragato se une a ellos, lo echan inmediatamente. Las mujeres no salen casi nunca de sus casas y, en cambio, los hombres están poquísimo en ellas. Llevan la misma vida de trabajo que las antiguas mujeres ibéricas, y ahora, como entonces, se las puede ver labrando el campo, desde antes de salir el sol hasta mucho después de puesto, y resulta muy triste contemplarlas sufriendo las penalidades de ocupaciones tan poco femeninas.
El origen de los maragatos no está claro. Unos los consideran como una reminiscencia de los celtíberos o visigodos; la mayoría, sin embargo, los tienen más bien por descendientes de una caravana de beduinos. Es inútil preguntarles a ellos por su historia y su origen, pues, como los gitanos, carecen de tradiciones y no saben nada de nada. Arrieros lo son, desde luego, y esta palabra, como tantas otras relativas al caballo y al oficio de trajinante, es árabe y demuestra el origen de donde el sistema y la ciencia se derivaron por los españoles.
Los maragatos son célebres por sus hermosas bestias de carga; las mulas de León gozan de justo renombre, y los burros son espléndidos y numerosos, especialmente mientras más se acerca uno a la sabia Universidad de Salamanca. Los maragatos ocupan un lugar preferente en los caminos: son los dueños de la carretera por ser el alma del comercio en un país donde las mulas y los burros constituyen los trenes de mercancías. Saben su importancia, y que ellos son la regla general, y la excepción, los viajeros por placer. Los arrieros españoles no son mucho más corteses que sus caballerías, y aunque resulta pintoresco, no es muy divertido encontrarse con una recua de éstas en un camino estrecho, especialmente si tiene un precipicio a un lado: cosa de España. Los maragatos no ceden el camino; sus caballerías no se mueven de su sitio, y como la carga sobresale a uno y otro lado, igual que los remos de un barco, ocupan toda la vereda. Pero todos los detalles de caminos en el interior genuino de España están calculados para el fardo, como ocurría en Inglaterra un siglo atrás, y no se dedica el menor pensamiento al forastero, que no es deseado, mas aún, resulta molesto. Las posadas, las carreteras, todo es propio para los naturales del país y sus caballerías, y no se apartarán un punto de su línea para satisfacer las exigencias o caprichos de un extranjero. La típica Península es demasiado poco recorrida por sus habitantes para que se implanten las comodidades interesadas de Suiza, este país de fondistas y traficantes de coches.