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Cosas de España; tomo 1

Capítulo IV.

Enrique de Mesa y Rosales translation

Para la división de la Península por las montañas, los ríos y el clima, puede, desde luego, sentarse un principio fijo, pues está basado en las leyes inmutables de la naturaleza. No así para la artificial y política en reinos y provincias, que es obra del capricho, con total ausencia de plan.

Estas divisiones provinciales se formaron por la unión gradual de comarcas pequeñas e independientes en otro tiempo, que forman el conjunto de España, como los inconvenientes condados constituyen el reino de Inglaterra. Para contrarrestar los inconvenientes que resultan de este flujo y reflujo de las diferentes mareas que aquejan a los asuntos de los hombres y de estas fronteras no determinadas por el agrimensor armado de teodolito, el uso ha procurado algún remedio y la costumbre ha hecho a los habitantes determinar divisiones más lógicas que los nuevos arreglos, y que se apoyan en principios geográficos y estadísticos.

Los franceses, durante su gobierno intruso, se horrorizaban ante este «caos administrativo», esta aparente irregularidad, e introdujeron su sistema de departamentos, mediante el cual las regiones fueron encasilladas hábilmente y el país arreglado como si fuese un tablero de ajedrez y los españoles los peones, cosa que no es ciertamente este pueblo de los caballeros por excelencia, como ellos se titulan; ni tampoco en este paraíso de la iglesia militante se pueden calcular con visos de certeza los pasos de cada obispo o caballero, pues rara vez acostumbran a volver mañana por el camino que anduvieron ayer.

En consecuencia, y aparte lo especioso de la teoría, se vió que no era cosa fácil llevar a la práctica la idea de la división en departamentos: la individualidad se rió de la solemne falta de sentido de los pedantes intrusos que querían clasificar a los hombres como los helechos y los mariscos. El fracaso de esta tentativa de reformar antiguas demarcaciones y reunir poblaciones antitéticas, fué total y completo. Por lo tanto, apenas el duque hubo limpiado la Península de doctrinarios e invasores, ya el León de Castilla había sacudido sus papeles de sus melenas, y, al igual que los italianos, en quienes se hizo el mismo ensayo, vuelto a su antigua división, la cual, si bien defectuosa en teoría y fea y molesta en el mapa, es lo considerado más práctico por la costumbre. Recientemente, y a despecho de esta experiencia, una de las muchas innovaciones, reformas y molestias transpirenaicas, la Península se ha dividido nuevamente en cuarenta y nueve provincias, en vez de los antiguos trece reinos, principados y señoríos; pero ha de transcurrir mucho tiempo antes de que pueda borrarse el hábito de esta división, que nació con el desarrollo de la monarquía y está grabado en la memoria del pueblo.

Los aficionados a detalles estadísticos deben consultar las obras de Pérez, Antillon y otros, considerados por los españoles como autoridades en estas dilatadas materias, más propias para ser tratadas en un anuario o un manual que para volúmenes como éste de lectura menos grave; y, seguramente, las páginas de los respetables españoles arriba nombrados son más pesadas que las carreteras de Castilla, donde no se encuentra un arroyuelo, el alegre compañero que refresca el polvoriento camino, ni se ve una flor por casualidad, ni se oye el canto de un pájaro: «secas como las migajas de las galletas después del viaje».

Los trece reinos tienen nombres grandes e históricos; son propios de un país viejo y monárquico, no de una flamante y vulgar democracia sin hechos de renombre. Llenan la boca al nombrarlos y sugieren mil reflexiones sobre los tiempos más gloriosos del poder floreciente de España, cuando eran gigantes en el mundo, no pigmeos con paletot de París, cuya única ambición es imitar al extranjero y rebajarse y desnacionalizarse a sí mismos.

Primeramente y ante todo se presenta Andalucía, coronada con una cuádruple tiara, pues el nombre Los cuatro reinos es sinónimo de ella. Son esos reinos los de Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada, nombres que por sí solos tienen un indecible encanto. En segundo lugar viene el reino de Murcia con sus minas de plata, sus palmeras y barrilla. Después aparece el gentil reino de Valencia, todo sonrisas, con sus frutas y su seda. El principado de Cataluña, serio y feroz, mira ceñudo a su encantador vecino. En él se levanta la humosa chimenea de la fábrica; aquí se teje el algodón; el vicio y el descontento tienen su cuna y se traman revoluciones. El orgulloso y testarudo reino de Aragón se extiende al oeste de este Lancashire de España, y al este del reino de Navarra, que se interna en los Pirineos con sus verdes valles. Las tres Provincias Vascongadas, que también limitan con él, son llamadas solamente El Señorío, pues el rey de las Españas es sólo señor de esta libre cuna de los invencibles descendientes de los primeros habitantes de la Península. Aquí se habla mucho de bueyes y de fueros o privilegios, pues las gentes de esta región, cuando no se ocupan en labrar la tierra, por el mero hecho de haber nacido allí, son partidarios de la lucha y de defender sus derechos espada en mano. Castilla adorna con dos coronas las sienes reales, a saber: la de la Vieja, donde nació la monarquía, y la de la Nueva, conquistada después a los moros. La parte novena es la desolada Extremadura, que sólo tiene el título de provincia y está poblada de langosta, ganados trashumantes, cerdos, y aquí y acullá algún bípedo humano. León, reino muy honrado en otro tiempo, se extiende más arriba, con sus llanuras de cereales y sus venerables ciudades, hoy silenciosas como tumbas, pero antaño teatro de la caballería medieval. El reino de Galicia y el principado de Asturias constituyen el litoral del oeste y forman el malecón de España contra el Atlántico.

No es cosa fácil averiguar la población exacta de un país, mucho menos de uno donde no existen registros públicos. En términos generales, las gentes, que encuentran pocos encantos en el estudio de la estadística y economía política, consideran como de mal agüero cualquier tentativa para contarlos. «Contar la gente» era un crimen en Oriente, y en España se encuentran muchas dificultades morales y materiales para hacer un censo. Así, mientras algunos escritores con estadísticas fantásticas esperan halagar a los Poderes públicos exagerando brillantemente la fuerza nacional—«alardear de ella, dice el duque, es la debilidad nacional»—, la mayoría, suspicaz, por otro lado, está dispuesta a ocultar y disfrazar la verdad. Por nuestra parte siempre pondremos en entredicho lo que oigamos acerca de población, comercio o rentas de España en el presente o en el pasado. Las clases elevadas tenderán a presentarlo todo floreciente con objeto de engrandecer a su país, y los pobres, por el contrario, se inclinarán a ver las cosas siempre peor de lo que en realidad son. Nunca proporcionarán un dato, siquiera sea indirectamente, que sirva para hacer empadronamientos o reclutas.

La población y la renta se han exagerado generalmente y de todas las notas se debe descontar algo; al presente se puede calcular la población en unos once o doce millones de almas, con paulatina tendencia al aumento. Es una cifra bien baja para un país tan extenso y que, según datos fidedignos, en tiempo de los romanos estuvo habitado por enorme multitud de habitantes industriosos y trabajadores como hormigas; ciertamente, el período más largo de tranquilidad y gobierno fijo que este desgraciado país ha tenido fué durante las tres centurias en que era incontestable el poderío de Roma. En esta época rara vez se encuentra la Península nombrada por los autores, y esto es una prueba de su felicidad, pues en las sangrientas páginas de la Historia sólo se registran grandes calamidades, plagas, pestes, guerras, batallas o fenómenos de la Naturaleza, ante los cuales los ángeles lloran. Seguramente una de las causas que han contribuído a cambiar este estado de cosas ha sido las numerosas y terribles invasiones a que España ha estado expuesta; su belleza y su clima han causado su desgracia, pues han atraído siempre la codicia del extranjero. Los godos, que tienen en España peor nombre del que en realidad merecieron, fueron arrojados por los árabes, los verdaderos destructores, ciertamente, quienes trajeron al obscuro occidente el lujo, el arte y las ciencias orientales, sin tener nada que aprender del conquistado; para ellos no fué el godo un maestro como para éste lo fuera el romano; ellos despreciaban a sus antecesores, con cuyas necesidades y trabajos no simpatizaban, al tiempo que odiaban su doctrina considerándola como idólatra y politeísta, acabando con todos los altares e imágenes. No hubo ciudad, por bella que fuese, que no destruyeran; exterminaron, dicen los anales, hasta las aves.

Los godo-españoles, en el transcurso del tiempo, se vengaron y combatieron a los invasores con sus mismas armas, aventajándoles en la destrucción, que éstos les enseñaran. Los efectos de estas guerras emprendidas sin organización, sin cuartel y sostenidas por el país y la religión, fueron marcadísimos en aquellas partes de España que tuvieron por teatro. En consecuencia, grandes extensiones de Extremadura, el sur de Toledo y Andalucía, que naturalmente son de lo más fértil y rico del mundo, están hoy convertidas en dehesas y despoblados, patrimonio exclusivo de las abejas; todo el país está lo mismo que si acabasen de ser derrotados los moros. Las antiguas crónicas de españoles y musulmanes abundan en relatos de los saqueos que se infligían unos a otros y a los cuales estaba siempre expuesta cualquier comarca fronteriza. El objeto de estas guerrillas limítrofes era la destrucción: talar, quemar y robar, el «pillaje», las «razzias»[12]. La lucha sanguinaria se sostenía por rivalidades de nación y de creencias. La cosa era verdaderamente oriental y tal como la describe Ezequiel, que también conoció a los fenicios: «Id tras él a través de la ciudad y destruíd; que ni vuestros ojos ni vuestro corazón tengan piedad; matad a todos, jóvenes y viejos, muchachas, y niños y mujeres». El deber religioso de acabar con el infiel excluía la misericordia en ambos campos, porque las católicas cruzadas eran imagen exacta de las musulmanes algara y algihad, en tanto que las razones militares empujaban a convertir todo en un desierto, con objeto de crear una frontera edomita de miseria y desolación, una llanura defensora, a través de la cual ningún ejército invasor pudiera pasar ni vivir, puesto que «sólo se criaban en ella las bestias del campo». La Naturaleza, de tal modo abandonada, reclamó sus derechos y borró toda huella del anterior cultivo, y las comarcas que fueron granero de romanos y árabes ofrecen hoy el más triste contraste con aquella antigua industria y prosperidad.

A estos horrores sucedieron otros ocasionados por la política y el fanatismo: la expulsión de los judíos dejó a España sin banqueros y la de los moriscos, últimos restos de los árabes, la privó de sus más hábiles e industriosos agricultores.

En nuestros tiempos ha sido renovado nuevamente el espectáculo de las fatales contiendas entre moros y cristianos con la lucha por la independencia contra los invasores bonapartistas, los cuales no respetaron edad ni sexo, ni cosas sagradas o profanas; la ruina reina por todo el país: un vandalismo de pocas horas bastó para deshacer la obra de varias edades de piedad, abundancia, instrucción y buen gusto. La retirada de los franceses fué peor que el avance; furiosos por el mal éxito y los desastres sufridos, los Soult y los Masséna desahogaron su despecho sobre los indefensos campesinos y sus caseríos. Dejemos al general Foy relatar sus proezas: «Ainsi que la neige précipitée des sommets des Alpes dans les vallons, nos armées innombrables détruisaient en quelques heures, par leur seul passage, les ressources de toute une contrée; elles bivouaquaient habituellement, et à chaque gîte nos soldats démolissaient les maisons bâties depuis un demi-siècle, pour construire avec le décombres ces longs villages alignés qui souvent ne devaient durer qu’un jour: au défaut du bois des forêts les arbres fruitiers, le végétaux précieux, comme le mûrier, l’olivier, l’oranger, servaient à les réchauffer; les conscrits irrités à la fois par le besoin et par le danger contractaient une ivresse morale dont nous ne cherchions pas à les guérir»[14].

«So France gets drunk with blood to vomit crime, and fatal ever have her saturnalia been».[15]

¿Quién puede dejar de comparar estas costumbres de las legiones de Buonaparte con la descripción que hace Hosea del «grande y fuerte pueblo» que ejecutó los terribles juicios de Dios? «El fuego devoraba todo a su paso y detrás dejaban ardiendo la llanura; el país antes de llegar ellos es el jardín del Edén, después, un yermo desolado, y más aún; nada debe escapar».

Apenas los intrusos fueron batidos por el duque, la población empezó a rehacerse, como las aplastadas florecillas se levantan después que el talón de hierro de las hordas las ha hollado. Luego surgieron las guerras civiles, que limpiaron el país de varones y de cuya sangría aun no se ha repuesto España. La falta de seguridad de personas y haciendas son siempre una rémora para el matrimonio y el aumento de población.

Una calamidad más profunda y permanente ha obrado sin tregua en España durante las dos últimas centurias; pero los autores españoles no se han atrevido a hacer alusión a ella. Atribúyese la despoblación de Extremadura a la multitud de individuos descendientes de Cortés y de Pizarro que marchan al Nuevo Mundo en busca de fortuna, y creen que la misma necesidad y el deseo de aventuras empujan hacia América a los habitantes de Cádiz y Sevilla. Pero la colonización nunca debilita a un Estado vigoroso y bien acondicionado; ejemplo, el rápido y diario aumento de población en nuestra propia isla, la cual, lo mismo que antiguamente Tiro, constantemente envía fuera millares de hombres y en casi todos los mares mece en las amplias alas de su flota mercante las bendiciones de paz, religión, libertad, orden y civilización, cumpliendo la misión de extenderlas que se ha impuesto la Gran Bretaña.

La causa real y permanente de la decadencia de España, de la falta de cultivo y de la tristeza y miseria, es el MAL GOBIERNO, civil y religioso, que puede observarse por todas partes, en el campo solitario y en las silenciosas ciudades. Pero España será incapaz de entrojar la semilla de este fértil origen de eternos males, si no miente la anécdota tan corriente en el país: Cuando Fernando III tomó Sevilla y murió, como era santo, escapó al purgatorio, y, al llegar al cielo, Santiago le presentó a la Virgen, la cual en el acto le permitió que pidiera algunos favores para su amada España. El monarca deseó que se le concediera aceite, vino y trigo, y le fué concedido; un sol claro y cielo alegre, hombres valientes y mujeres bonitas, y se le otorgó todo; cigarros, reliquias, ajos y toros, y no hubo inconveniente alguno; un buen gobierno.—No, no—dijo la Virgen—; no es posible concederte eso, pues si te lo concediese, ningún ángel querría quedarse veinticuatro horas más en el cielo.

La renta actual puede calcularse en 12 ó 13 millones de libras esterlinas; pero los españoles comparan el dinero con el aceite, que siempre se pega a las manos del que lo maneja; y tanto es lo que se roba y se negocia, tales la malversación oficial y el mal arreglo, que resulta sumamente difícil averiguar nada concreto cuando de dinero se trata. Además, las rentas se cobran mal y con un tanto por ciento ruinoso, y durante el último siglo nunca han bastado para las necesidades nacionales. Se ha recurrido al expuesto ensayo de onerosos empréstitos y confiscaciones al por mayor. En un tiempo no había en el presupuesto gubernamental más partida casi que lo que se saqueaba a la Iglesia. De este modo se podía demostrar con facilidad, de acuerdo con Vatel, que el deber primero de un clérigo rico era socorrer a los necesitados, y tanto más si el pobre era el Estado; los báculos no son compañeros de las bayonetas. El sistema, necesariamente, no puede perdurar. Desde el reinado de Felipe II se han cometido toda clase de infamias. Las obligaciones públicas no se han cumplido; no se han pagado intereses y el capital se ha derrochado. Ningún país del viejo ni del flamante Nuevo Mundo ha alcanzado un descrédito financiero tan grande. Todos deben ser cautos para aventurarse en especulaciones españolas: a pesar de todas las promesas que se hagan en el programa, tarde o temprano vendrá la decepción; y ya sea el negocio en forma de empréstito, en tierras o caminos, nunca habrá seguridades efectivas; son siempre meros castillos en el aire, châteaux en Espagne. «La tierra, como el agua, tiene sus engaños, y éste es uno de ellos».

Para conocimiento de aquellos que han estudiado el comercio ibérico, diremos que en Madrid se fundó una Bolsa de Comercio el año 1831. Se puede asegurar que es el lugar más frío de la ciudad y el más ocioso, puesto que el usual «city article» es escaso, sin operaciones, porque no hay nada que vender o comprar. Pueden compararse a una tumba que tuviera por inscripción: «Aquí yace el crédito de España». Si hay algo que la Pérfida Albión, nación de comerciantes, odie más que un asignado francés, es un insolvente. Un detalle no da lugar a duda: que el pundonor castellano prefiere arreglar sus cuentas con el frío acero y la cálida ofensa más bien que con oro y agradecimiento.

La Bolsa de Madrid se estableció, primero, en la calle de San Martín, el santo que partió su capa con un pordiosero. Como las comparaciones son odiosas y el mal ejemplo cunde, ha sido trasladada recientemente a la calle del Desengaño, sitio que no juzgarán mal elegido los que sean víctimas de algún fraude.

Como todos los individuos que están en el Poder utilizan sus conocimientos para obtener ventajas en el mercado, la Bolsa comparte con la Corte y el Ejército la influencia de la situación o crisis del momento: siendo listos, como lo son los ministros de París, resultan verdaderos novicios comparados con los españoles en el arte de manejar el telégrafo, la gaceta, etc., etc., y de este modo llevar plumas a su propio nido.

La Bolsa de Comercio está abierta desde las diez de la mañana hasta las tres de la tarde; allí pueden, los que deseen adquirir fondos españoles, comprarlos tan baratos como la menos codiciada mercancía; porque cuando el 3 por 100 inglés está a 98, no deja de ser tentador el 5 español si está a 22. Los valores son numerosos y convenientes para todos los gustos y bolsillos, bien los emitidos por Aguado, Ardouin, Toreno, Mendizábal, o los de Mon, todos «personas honorables», pero cuyo objetivo financiero es cobrar lo más posible y pagar en razón inversa, tendiendo siempre a embolsarse el interés y el capital. Como ya hemos dicho, el dinero y el aceite se pegan a las manos de quienes los manejan: los ministros y los asentistas de Madrid hicieron fortunas, y actualmente las hacen los hebreos de Londres, lo mismo que sus antepasados despojaron a los egipcios. Pero desde Felipe II acá no han faltado teólogos que defiendan el peligroso, aun cuando poco agradable, deber de la quiebra, sobre todo si se contrata con herejes usureros.

Cuando un extranjero se asome a la banca de Madrid hará bien en no mostrar curiosidad por ver la oficina de pagos de dividendos, para no herir susceptibilidades. Sea el que quiera el fin que nuestro lector persiga en la Península, debe:

«Neither a borrower nor lender be, for loan oft loseth both itself and friend[16]».

Hay que guardarse del comercio español, pues a despecho de los documentos oficiales y los laberintos aritméticos que, tan intrincados como un arabesco, son muy bonitos en el papel, pero ininteligibles, a pesar de las ingeniosas conversiones, fondos públicos, cupones—activo, pasivo y otros antipáticos términos y tiempos, excepto el presente—, la inseguridad es siempre la misma y ésta es la piedra de toque, desde el momento en que el crédito nacional depende de la buena fe y del exceso de ingresos; ¿cómo puede un país pagar intereses por una deuda cuyas rentas ni antes ni ahora han sido suficientes para las necesidades del gobierno? No es posible sacar sangre de una piedra; ex nihilo nihil fit.

La memoria de Mr. Macgregor sobre España, una exposición exacta de ignorancia comercial, negligencia en los tratados y contratos, describe sus seguridades públicas, pasadas y presentes. Ciertamente tienen nombres y títulos muy rimbombantes: Juros, Bonos, Vales reales, Títulos, etc., etc., mucho más regios, grandes y poéticos que nuestros prosaicos Consols[17]; pero ningún juramento puede dar valor efectivo a un papel inútil y desprestigiado. Según algunos financieros, la deuda de España antes de 1808 ascendía a 83.763.966 libras esterlinas, que de entonces acá han llegado a la cifra de 279.083.089 en números redondos. Es posible que haya exageración en esto, porque el Gobierno no facilita dato alguno de sus especulaciones y manejos. Según Mr. Henderson, 78.649.675 libras de esta deuda se deben a ingleses exclusivamente, y les deseamos que no encuentren dificultades cuando vayan a Madrid. En tiempos de Jaime I, Mr. Howell fué enviado con un encargo parecido, y cuando volvió, «el montón de quejas sin satisfacción era más alto que él mismo». De todos modos, España está hasta el cuello de deudas y es irremediablemente insolvente. Y, sin embargo, si se tiene en cuenta la fertilidad de su suelo, sus magníficas posesiones en el país y fuera de él, la frugalidad de sus habitantes, pocos países hallarían menos motivos de preocupación; pero el cielo le ha concedido todas las bendiciones, menos un Gobierno bueno y honrado. Suele el Gobierno ser, o fanfarrón o cobarde; satisfacción en veinticuatro horas, a lo Bresson, o una escuadra en línea de batalla frente a Málaga—receta de Cromwell—, son los únicos argumentos que comprenden estos medio moros; las palabras conciliadoras son consideradas como debilidad; en un momento se puede obtener de su miedo lo que nunca se lograría de su sentimiento de justicia.

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