Capítulo II.
Enrique de Mesa y Rosales translation
Siendo España el país más meridional de Europa, es muy natural que los que nunca han estado en él y que en Inglaterra critican a los que han estado, se figuren que su clima es más benigno que el de Italia o Grecia. Muy distinta es la realidad. Algunas costas y llanuras resguardadas de las provincias del Mediodía y Levante son ciertamente templadas en invierno y sufren los rigores de un sol africano en el estío; pero las comarcas del Norte y del Oeste son húmedas y lluviosas la mayor parte del año, mientras que el centro es, o frío y triste, o asoleado y azotado por el viento: ha habido inviernos tan crudos en Madrid que hasta se ha helado algún centinela, y con mucha frecuencia se interrumpe la comunicación entre las dos Castillas a causa de la nieve que se acumula en los puertos. Por esta causa, a todo el que intenta viajar por la Península se le advierte que debe hacer su itinerario previamente y determinar las regiones que ha de visitar en cada una de las estaciones del año, con objeto de evitar los inconvenientes que resultarían de visitarlas en época poco apropiada.
Una ojeada a un mapa de Europa dará más clara idea de la situación de España respecto a los demás países que muchas páginas impresas; y ésta es una ventaja que cualquier niño de la escuela le lleva a los Plinios y Estrabones de la antigüedad; los antiguos se conformaban con comparar la forma de la Península a una piel de vaca, semejanza que en realidad no está mal hallada. No cansaremos a los lectores con detalles de longitud y latitud, pero sí mencionaremos que la superficie total de la Península (incluyendo Portugal) es de unas 19.000 leguas cuadradas, de las cuales algo más de 15.500 corresponden a España; ésta, pues, resulta casi dos veces mayor que las Islas Británicas y solamente una décima parte más pequeña que Francia; la línea de costa está calculada en unas 750 leguas. Este aislado y compacto territorio, habitado por una raza fuerte, hermosa, guerrera, hubiera debido competir con Francia en poder militar, al mismo tiempo que su posición entre los dos grandes mares, dueños del comercio del viejo y el nuevo mundo, su extensa línea de costas, llenas de bahías y puertos, le ofrecía todas las ventajas para poder rivalizar con Inglaterra en empresas marítimas.
La Naturaleza ha proporcionado salidas para las infinitas producciones de un país, que es rico tanto en lo que puede hallar en la superficie como en las entrañas de la tierra, porque las minas y canteras contienen gran cantidad de preciosos metales y mármoles, desde el oro al hierro y desde el ágata al carbón. Su fértil suelo y el clima tan variado permite cultivar los productos de la zona templada a la tropical: así en Granada, la caña de azúcar y el algodonero se muestran lujuriantes de verdura al pie de los montes, cubiertos eternamente de nieve, ofreciendo un ancho campo al botánico, el cual puede ascender por zonas y estudiar sucesivamente toda la variedad de capas vegetales, desde la planta de estufa, que crece al aire libre, hasta el duro liquen. Se necesita, en verdad, una fuerza enorme de apatía y mal gobierno para neutralizar la abundancia de cualidades con que la Providencia ha favorecido pródigamente a este país, el cual, bajo la dominación de los romanos y de los árabes, semejaba un Edén, un jardín exuberante y delicioso, cuando, según las palabras de un autor, no había nada baldío ni estéril—nihil otiosum, nihil sterile in Hispaniá—. Este aspecto ha cambiado notablemente; y ahora la masa de la Península ofrece un aspecto de abandono y desolación moral y física que entristece el ánimo; la naturaleza, así como la inteligencia del hombre, han sido empequeñecidas y reducidas, o se han abandonado, y su fertilidad natural ha desbordado en hierbas inútiles, de las cuales se ven más que en ningún país del mundo, o sus energías han sido mal dirigidas y la capacidad para el bien se ha convertido en la misma fuerza para el mal; pues aquí, como en todas partes, la altivez y la pereza son llaves de pobreza.
La geología de España es muy peculiar y distinta de la de otros países; es casi una montaña o una aglomeración de montañas, como han tenido ocasión de comprobar nuestros compatriotas que han tomado parte en la construcción de ferrocarriles.
Desde la orilla del mar comienza a elevarse hacia el interior, y en la parte central llega a haber mesetas más altas que en ningún otro país de Europa, pues fluctúan entre 2 y 3.000 pies sobre el nivel del mar, y aun desde estas altas llanuras se elevan cadenas de montañas que alcanzan alturas mucho mayores. Madrid, que se halla situado en una de estas mesetas, está a 2.000 pies sobre el nivel de Nápoles, población colocada en la misma latitud. La latitud de Madrid es de 59°, mientras que la de Nápoles es 63° 30´, debiendo atribuírse la diferencia de clima y la que existe en la producción vegetal de las dos capitales a la distinta elevación de ambas. Frutas que se dan en las costas de Provenza y en Génova, situada cuatro grados más al norte que una gran parte de España, rara vez se encuentran en el elevado interior de la Península; en cambio, en las zonas marítimas bajas y asoleadas se da perfectamente toda la vegetación tropical. El aspecto general montañoso de la costa es casi el mismo en el circuito que se extiende desde las Provincias Vascongadas al Cabo de Finisterre, y ofrece notable contraste con las llanuras secas que se extienden de Cádiz a Barcelona, las cuales se suelen asemejar mucho en las producciones: higos, naranjas, granadas, áloe, algarroba y otras que crecen en profusión en todas ellas, excepción hecha de aquellos sitios en donde las montañas bajan rápidamente hasta el mar mismo. También las comarcas centrales, formadas por llanuras y estepas: parameras, tierras de campo, secanos, son muy semejantes entre sí, lo mismo en su aspecto monótono y pelado y la escasez de frutas y bosques, que en la abundancia de cereales.
Los geógrafos españoles han dividido la Península en siete cordilleras diferentes, comenzando por los Pirineos y terminando por la bética o andaluza: estas cordilleras o cadenas de cumbres se elevan desde las llanuras intermedias que fueron antaño las hoyas de los lagos internos, hasta que las aguas acumuladas rebosando los obstáculos que las oprimían se abrieron camino hacia el Océano. La inclinación del país es de este a oeste, y, por lo tanto, los ríos más caudalosos, que forman los desagües y las principales vertientes de la mayor parte de la superficie, desembocan en el Atlántico; su curso está en dirección transversal y casi paralela: el Duero, el Tajo, el Guadiana y el Guadalquivir corren hacia su desembocadura entre sus distintas cordilleras. Las fuentes de estos ríos principales están situadas en la línea longitudinal de montañas que desciende, atravesando toda la Península, inclinándose más bien a la costa este que a la oeste. Por esta causa el curso de estos ríos es muy largo, sobre todo comparándolo con el Ebro, que desemboca en el Mediterráneo.
El geógrafo árabe Alrasi fué el primero que consideró la diferencia de clima como la regla para dividir la Península en distintas comarcas; y algunas autoridades modernas, poniendo en práctica la idea, han trazado una línea imaginaria, nordeste al sudoeste, separando así la Península en parte norte o boreal y templada, y parte sur o tórrida, y subdividiendo éstas en cuatro zonas. No es esta división en modo alguno arbitraria, por cuanto no puede estar sujeto a capricho o equivocación lo que se basa en pruebas derivadas del mundo vegetal: las costumbres pueden hacer al hombre, pero sólo el sol modifica la planta; el hombre llegará por las necesidades sociales a convertirse en una masa dúctil, pero los elementos no podrían nunca civilizarse: la Naturaleza no puede hacerse cosmopolita, lo que el cielo no permita.
La primera de las zonas norte es la cantábrica, o europea, que se extiende a lo largo de la base de los Pirineos y comprende parte de Cataluña y Aragón, Navarra, las Provincias Vascongadas, Asturias y Galicia. Es la región más húmeda, y como el invierno es largo, y la primavera y el otoño lluviosos, sólo debe visitarse en verano. Se compone de colinas y cañadas, atravesadas por multitud de riachuelos y arroyos abundantísimos en pesca, los cuales riegan los prados, ricos en pastos. Los valles constituyen la comarca lechera de España, que ahora se mejora mucho, mientras que los montes encierran los mejores bosques de la Península. En algunos sitios apenas se produce el trigo; en cambio, otros son abundantes en cereales; también se fabrica la sidra y un vino corriente. Es una región habitada por una raza fuerte, independiente y rara vez vencida, ya que la naturaleza del país ofrece medios naturales de defensa: con un ejército pequeño sería inútil intentar la conquista, y uno numeroso no hallaría elementos de subsistencia en las comarcas hambrientas.
La segunda zona es la ibérica o de Levante. En su parte marítima, es más asiática que europea, y sus habitantes de las clases bajas tienen mucho del carácter griego y cartaginés: son falsos, crueles y traidores, al mismo tiempo que vivos, ingeniosos y aficionados a los placeres. Esta zona comienza en Burgos, y la integran el mediodía de Cataluña y Aragón, con algo de Castilla, Valencia y Murcia. La costa debe visitarse en primavera y otoño, épocas en que es verdaderamente deliciosa. En verano es demasiado caliente y está infestada de millones de mosquitos. La parte de cerca de Burgos es de las más frías de España, y en ella el termómetro alcanza temperaturas mucho más bajas que en los sitios más fríos de nuestro país; como al mismo tiempo no tiene gran cosa para llamar la atención del viajero, será bueno abstenerse de visitarla, excepto en los meses de riguroso verano. La población es seria, sobria y castellana. Su elevación es muy considerable; el valle superior del Miño y algunos lugares de Castilla la Vieja y de León están situados a más de 6.000 pies sobre el nivel del mar y la nieve dura muchas veces en ellos más de tres meses.
La tercera zona es la lusitana u occidental, que es la mayor de todas y comprende algo de España y Portugal. El interior de esta zona, principalmente las provincias de las dos Castillas y la Mancha, en la condición del suelo, así como en la moral de sus habitantes, presenta el punto de vista menos favorable de la Península. Estas estepas interiores están calcinadas por el sol en verano y muy castigadas por las tempestades y el viento en invierno. La total carencia de árboles, setos y cercas expone sus extensas e indefensas llanuras a la inclemencia de los elementos. Miserables casas de barro, desperdigadas aquí y acullá en la desolada planicie, proporcionan un mezquino hogar a una población pobre, orgullosa e ignorante; pero estas comarcas, que tan poco tienen en sí de agradable y de provechoso para el viajero, se avaloran con algunos sitios y ciudades de tan gran interés, que nadie que trate de conocer España puede pasarlas por alto. Las mejores épocas de visitar esta parte de España son mayo y junio, o septiembre y octubre.
Los distritos más occidentales de esta zona lusitana no son tan desagradables. En la parte alta abunda el acebo y el castaño, y en las llanuras se dan magníficas cosechas de trigo y muy exquisito vino tinto. La meseta central, muy semejante a la de Méjico, constituye cerca de la mitad del área de la Península. La particularidad del clima es la sequedad; no es, sin embargo, malsano, y se ve libre del paludismo, muy frecuente en las llanuras bajas, en los terrenos pantanosos y en los arrozales de Valencia y Murcia.
Las lluvias son tan escasas en esta comarca, que la cantidad anual de agua no pasará de tres pulgadas. Donde menos llueve es en la región montañosa de Guadalupe y en las mesetas altas de Cuenca y Murcia: en ellas se pasan ocho y nueve meses del año sin caer una sola gota. Las tormentas apenas hacen sentar el polvo, pues la humedad se seca más pronto que las lágrimas de una mujer. La superficie de la tierra está tostada, atezada, seca como una verdadera terra cotta; todo semeja muerto y quemado en una pira mortuoria. Parece milagroso que el germen de la vida se conserve en la hierba cuando se ve marchita y muerta, y, sin embargo, apenas empieza a llover, brota la vegetación, cual nuevo ave fénix, de las cenizas, lujuriante de vida. Las simientes caídas en el suelo germinan alfombrando el desierto de verdura, alegrando la vista con flores y embriagando los sentidos con su perfume. La tierra, agrietada y seca, absorbe con fruición la lluvia, y despertando después, como un gigante que refresca con vino, desarrolla todas sus fuerzas. Y de lo que es la vegetación en los sitios en que la humedad se combina con el gran calor, no puede darse idea el que haya vivido siempre en países de sol tibio. Los períodos de lluvias suelen ser en invierno y primavera, y cuando son abundantes se producen toda clase de granos y uvas. Los olivares sólo se encuentran en pocas regiones.
La cuarta zona es la bética, que es la más meridional y africana; costea el Mediterráneo, apoyándose en el pie de las montañas que se elevan a su espalda y forman la masa de la Península. Esta barrera constituye una protección contra los vientos fuertes que barren la región central. Nada más emocionante que descender desde las mesetas altas hasta las fajas marítimas; en pocas horas cambia por completo el aspecto de la Naturaleza, y el viajero pasa de la vegetación y el clima de Europa al de Africa. La característica de esta región es una atmósfera abrasadora y seca durante una gran parte del año. Los inviernos son cortos y benignos, más bien lluviosos que fríos, pues en los valles del Mediodía apenas si se conoce el hielo, como no sea en los helados; la primavera y el otoño son deliciosos, sobre toda ponderación. La mayor parte del cultivo es de regadío, sistema establecido por los árabes de una manera muy perfecta. El agua, con este sol abrasador y vivificante, es en realidad la sangre de la tierra y sinónimo de fertilidad. Las producciones son tropicales: caña de azúcar, algodón, arroz, naranja, limón, dátiles. El algarrobo y la adelfa son considerados como vegetación limítrofe entre esta tierra caliente y las regiones más frías porque está circundada.
Tales son las divisiones geográficas de la naturaleza con la cual tan íntimamente unidas están las producciones vegetales y animales; ahora entramos más de lleno a estudiar el clima de España, del cual están tan orgullosos los españoles como si lo hubieran hecho ellos mismos.
Esta zona bética, Andalucía, de la que forman parte muchas de las más interesantes ciudades y algunos de los lugares más bellos de la Península, debe ser objeto de preferencia para el viajero, y cada una de sus bellezas, considerada particularmente, abarca una gran extensión de variadas perspectivas y objetos, y, por lo tanto, como es accesible fácilmente, puede ser visitada durante la mayor parte del año. El invierno puede pasarse en Cádiz, Sevilla o Málaga; el verano, en las frescas sierras de Ronda, Aracena o Granada, siendo, sin embargo, preferibles siempre los meses de abril, mayo y junio, o septiembre, octubre y noviembre. Los que vayan en primavera deben reservar junio para las montañas; los que hagan el viaje en otoño deberán comenzar por Ronda y Granada, terminando por Sevilla y Cádiz.
España, como ya se ha dicho, es una montaña o, mejor dicho, un conjunto de montañas, porque las líneas principales y las secundarias están todas ellas unidas más o menos y descienden serpenteando a través de la Península con una inclinación marcada hacia el oeste. La Naturaleza, dislocando de este modo el país, parece haber iniciado, mejor aún, impuesto a los habitantes el localismo y el aislamiento, pues encontrándose en sus valles y pueblos completamente incomunicados con sus vecinos, es inútil que se les induzca a sostener relaciones de amistad.
La comunicación interior de la Península, dividida por cordilleras, se lleva a efecto por carreteras bastante buenas, pero pocas y distantes unas de otras. Están constituídas salvando los accidentes demasiado penosos del terreno, procurando que vayan por los sitios en que el declive es menor y las pendientes menos rápidas. Estos pasos entre montañas se llaman puertos (portæ-puertas). Hay sendas y veredas que unen entre sí varios puntos de la cordillera; pero suelen ser difíciles y peligrosos, y como en ellos no hay ventas, ni cruzan por pueblos, resultan más propios para contrabandistas y bandidos que para ciudadanos pacíficos, siendo por lo tanto, el mejor camino y el más corto, la carretera.
Las montañas españolas tienen generalmente un carácter triste y áspero, no exento de grandeza; las alturas están, por lo común, cubiertas de nieve, que brilla con el sol haciendo recortarse sobre el fondo azul del cielo la silueta escarpada y dentellada de las desnudas lomas; rara vez están cubiertas de bosque. Las masas graníticas se elevan sobre los verdes valles o los amarillos sembrados, semejando los castillos de un señor feudal, dueño de todo lo que está a sus pies, pero demasiado orgulloso para descender a tener nada de común con ello. Para ver estas montañas sin perder detalle de su forma, las mejores horas son a la salida y a la puesta del sol, pues durante el día los rayos verticales borran los contornos alejando las sombras.
Desde la costa se eleva el terreno directamente en las provincias del Noroeste y de algunas del Sur y de Levante hasta una faja intermedia seca y prominente; pero al terminar la ascensión no hay bajada propiamente dicha, sino que se encuentra el viajero en una vasta altiplanicie. Los caminos, aparentemente, tienen subidas y bajadas; pero, en realidad, no varía gran cosa la altura media; las llanuras y colinas interiores son ondulaciones de una misma montaña.
El viajero se engaña muchas veces por el bajo nivel aparente de las montañas nevadas, como el Guadarrama; y es que hay que añadirles la gran elevación de sus bases sobre el nivel del mar. El palacio del Escorial, emplazado en una especie de llano al pie mismo del Guadarrama, está situado a 2.725 pies sobre Valencia; y la residencia veraniega de los reyes en La Granja, en la misma cordillera, está 30 pies más alta que la cima del Vesubio. Esto, en verdad, es un castillo en el aire, un château en Espagne, digno del mayor potentado de Alemania, que es la dueña de aquel elemento, como Inglaterra lo es del mar.
La temperatura media de la meseta central de España es de 15° Reaumur, mientras que la de la costa llega a 18 ó 19°, aparte de la protección contra los vientos fríos que le proporciona las montañas que la guardan.
No se engaña menos el viajero que con la altura de las montañas interiores, con las campiñas y mesetas llanas. La vista alcanza un vastísimo espacio limitado por el horizonte o por una línea lejana de sierra; este espacio, que parece un desierto plano, está interrumpido por profundos barrancos, en los cuales se agrupan algunos pueblos y corren arroyos completamente inadvertidos. Otro efecto digno de tener en cuenta de esta planicie central es la completa oquedad y el enrarecimiento del aire, que suele ser muy perjudicial para los extranjeros; la puesta del sol, que es muy tentadora en un país cálido, produce fácilmente oftalmías, irritaciones intestinales e inflamaciones y trastornos pulmonares y de otros órganos vitales. Estas causas pueden producir la pulmonía, enfermedad que en pocos días acaba con el individuo y que es la plaga de Madrid. El viento helado del Guadarrama sorprende al incauto en las encrucijadas de las calles que arden bajo un sol abrasador. ¿Es de extrañar, pues, que esta capital sea tan malsana? Una persona que da un paseo higiénico, cruza con los poros abiertos por una cámara frigorífica viniendo de una estufa, se resfría, y el resfriado presenta al médico español, quien, a su vez, no tarda en presentar al funerario.
Como los Pirineos ofrecen un interés europeo en estos momentos en que el Napoleón de la paz pretende anular su existencia, que retó a Luis XIV y a Buonaparte, no estará de más dar algunos detalles acerca de ellos. Esta barrera gigantesca que separa España de Francia tiene semejanza con el espinazo que baja de Tartaria y Asia. Se extienden mucho más allá de la cadena transversal, pues las montañas de las Provincias Vascongadas, de Asturias y Galicia, son continuación suya. Los Pirineos, propiamente dichos, van de este a oeste en una extensión aproximada de 270 millas, alcanzando las mayores proporciones en las partes centrales, donde el ancho tiene hasta 60 millas y la altura excede de 11.000 pies. Las estribaciones de este espinazo atraviesan por ambos lados los valles, saliendo de él como las costillas. El núcleo central se inclina gradualmente del este al gentil Mediterráneo, y por el oeste, al fiero Atlántico, en ondulaciones largas y desiguales.
Esta cordillera era llamada por los romanos Montes y Saltus Pyrenei, y por los griegos, Πνρηνη, probablemente por alguna palabra ibérica que ellos—cogiéndola al oído sin atender al significado—relacionaban con su Πυρ, y para afirmar su errónea derivación forjaron una leyenda que casara con el nombre. En ella, unos atribuían el origen de éste a un fuego, mediante el cual se descubrieron algunos metales preciosos, y otros, a que las cimas por su gran elevación eran perfectamente batidas por los rayos y dislocadas por los volcanes. Según los iberos, Hércules, en su viaje para robar sus ganados a Gerión, fué recibido con amable hospitalidad por Bebryx, una especie de gobernador secundario de estas montañas; entonces el semidiós se emborrachó y violó a la hija de su huésped, Pyrene, la cual murió de pesadumbre; y Hércules, cuando se despejó, pesaroso de su acción, hizo resonar por toda la cordillera el nombre de ella. Esta leyenda, como otras muchas en España, está por confirmar. Los fenicios llamaban a estas montañas Purani, por sus bosques, pues en hebreo Pura significa madera. Los vascos también tienen su etimología, diciendo unos que la verdadera raíz es Biri, elevación, mientras otros prefieren Bierri enac, «los dos países», los cuales, separados por la sierra, fueron gobernados por Túbal. Pero cuando los españoles comienzan a hablar de Túbal, el mejor partido es cerrar el libro.
La Maladetta es el pico más alto, a pesar de que el Pico del Mediodía y el Canigú se han considerado mucho tiempo como los de mayor elevación, pues como se alzan rápidamente desde una llanura, parecen más altos de lo que son; pero ya han sido destronados estos usurpadores franceses. Vista de lejos la cordillera parece ser una línea de montañas con muchas alturas interrumpidas, que, en realidad, son dos líneas distintas, paralelas y no continuas. La que está delante es la que comienza en el Océano y avanza lo menos 30 millas más hacia el sur que la línea correspondiente, que comienza en el Mediterráneo. El centro es el punto de dislocación, y aquí la red de ramificaciones aparece más intrincada, como que es la clave del sistema, el cual está afianzado por las tres Sorellas: Monte Perdido, Cilindro y Marboré. Las fuentes del Garona se hallan en este punto; la perspectiva del paisaje es magnífica y los valles laterales son los más extensos. En las estribaciones menores también hay valles por los cuales corren algunos ríos: el Ebro, el Garona y el Bidasoa se alimentan en los manantiales de estas montañas. Estos tributarios son generalmente llamados en Francia gaves[4], y en la parte española, gabas. Pero gav significa río, y puede ser hallado en nuestro Avon; Humboldt lo deriva del vasco gav, «caverna o cueva». La corriente de estas aguas al norte o al sur marca la línea divisoria entre Francia y España; sin embargo, parte de Cerdaña pertenece a Francia, mientras que Aran es de España, con lo que resulta que cada país tiene un pie en el territorio vecino. Es raro que esto no se arreglase mediante un cambio cuando se discutió la cuestión de límites entre Carlos IV y la República Francesa.
La mayoría de los pasos de esta barrera alpina son impracticables para carruajes, y continúan en el mismo estado que en tiempos de los árabes, quienes llamaban a la cordillera pirenaica Albort, del latín Portæ, la sierra de los «puertos». Muchos de ellos sólo son conocidos de los naturales del país y de los contrabandistas; gran parte del año están cerrados a causa de la nieve, y aun en verano son peligrosos por las nieblas y los fortísimos huracanes. Las dos líneas de comunicación mejores están en ambos extremos: la del oeste por Irún y la del este por Figueras.
Los Pirineos españoles ofrecen pocos atractivos a los aficionados a las comodidades de la ciudad; pero el paisaje, el aliciente de las excursiones, la geología y la botánica son verdaderamente alpinos y compensarán con creces a los que se atrevan a «pasar trabajos» viajando por ellos. El contraste que presenta la parte española, poco frecuentada, con la opuesta es notable. A pesar de ser ésta más abrupta y más castigada por la nieve, los muchos establecimientos de baños de los Pirineos franceses son muy frecuentados y están llenos de caminos, diligencias, hoteles, caseríos donde se puede hacer alto para comer, cicerones, borriquillos de alquiler, etc., etc. Todo esto para los bobos de París que se pasan la vida decantando las excelencias de los verdes campos y de los belles horreurs; pero que no suelen alejarse mucho.
En pocas partes se dará una prueba más evidente de falta de gusto y de amor a lo bello y elevado—dice Mr. Erskine Murray—que en los Pirineos franceses, donde la mayor parte de la gente desconoce en absoluto la belleza de sus montañas, las cuales han sido exploradas principalmente por los ingleses, que aman la Naturaleza con alma y vida y la admiran lo mismo en sus formas más sencillas que en las más salvajes y bravías. Sin embargo, en la parte norte no es difícil encontrar algunas comodidades y facilidades para el turista; es más, los inválidos y las señoras que buscan lo pintoresco pueden ascender a la Brèche de Roland. Apenas se pasa la frontera la cosa cambia de aspecto por completo, en cuanto a facilidades y medios de locomoción. Agrio es el saludo primero del «duro país de Iberia», escaso el alimento, así corporal como espiritual, y difícil el acomodarse, lo mismo las personas que los animales; y todo esto, sencillamente porque no hay costumbre de que nadie viaje; ningún español va a los Pirineos por gusto. De aquí que sea una comarca entregada a los contrabandistas y cabras monteses.
La falta de curiosidad oriental por las cosas, las piedras viejas, los paisajes agrestes, etc., se une aquí a las razones políticas y al miedo. El vecino, desde los celtas hasta nuestros días, ha sido siempre codicioso, saqueador y el terror de España; sus tretas de zorro, fuego y rapiña, son demasiado numerosas para ser disimuladas o borradas y demasiado terribles para que puedan olvidarse: la venganza se convierte en un deber sagrado. Por más que hayan cambiado los gobiernos, la política de Francia es inmutable. La perfidia unida a la violencia ruse doublée de force es el programa desde Luis XIV y Buonaparte[5] hasta Luis Felipe. El principio es el mismo aun cuando el instrumento empleado haya sido unas veces la espada y otras el anillo de boda. La débil España se ha visto unida a su vecina, más fuerte, que la ha hecho víctima de sus engaños y manejos, la ha degradado hasta convertirla en un mero satélite y la ha arrastrado tras el fiero Marte. Francia la ha obligado siempre a sufrir sus desgracias; pero nunca la ha hecho partícipe de sus éxitos; la ha uncido al carro de sus derrotas, pero no la ha permitido montar en el de sus triunfos. Su amistad ha tenido siempre la tendencia de desnacionalizar España, y perpetuando la forzada enemistad de Inglaterra le ha causado la pérdida de sus barcos y de sus colonias del Nuevo Mundo.
«La frontera pirenaica—dice el duque de Wéllington—es la más vulnerable de Francia, quizá la única. En consecuencia, siempre ha procurado desguarnecer las defensas españolas y alentar las insurrecciones y pronunciamientos en Cataluña, porque la enfermedad de España es la ocasión de ellos, y, sin embargo, el resto de Europa suele creer a España fuerte, independiente y capaz de defender su llave de los Pirineos.
En tanto que Francia ha cultivado sus medios de aproximación y de invasión, España, para quien el pasado es una profecía del futuro, ha aumentado los obstáculos y ha dejado su barrera protectora tan quebrada y hambrienta como lo hubiera hecho su divinidad tutelar. Los habitantes de estas montañas no son más asequibles que sus fortalezas de granito. Están pobladas por contrabandistas, cazadores furtivos y toda clase de individuos que viven fuera de la ley; aquí se cría el campesino duro, que, habituado a escalar picachos y a luchar con los lobos, es materia perfectamente dispuesta para formar un guerrillero; y ningún enemigo fué nunca más terrible para Roma y Francia que los adiestrados en estos riscos por Sertorio y Mina. Apenas truena el toque de alarma, de cada roca, de cada matorral, surge un enjambre de hombres armados que, como son lo peor de cada casa, se juegan la vida sin reparo. El odio al francés, que, según el duque, «forma parte de la naturaleza española», parece aumentar en razón directa de la proximidad, pues cuanto más se acercan más rozamientos se ocasionan; es la antipatía que produce lo antitético, la incompatibilidad del triste y torpe con el listo y activo; del orgulloso, sufrido y asceta, con el vano, voluble y sensual; del enemigo de toda innovación y cambio, con el apasionado de las variaciones y novedades. Por mucho que se empeñen los embaucadores que auguran en las doradas galerías de Versalles que Il n’y a plus de Pyrénées, esta pared medianera de los Alpes, esta barrera cubierta de nieve y azotada por los huracanes existe y existirá siempre. Colocada aquí por la Providencia—dijo San Isidoro—ha evitado y evitará en el porvenir las proclamas de una alianza antinatural, como en los días de Silius Italicus:
«Pyrene celsâ nimbosi verticis arce divisos celtis laté prospectat Hiberos atque æterna tenet magnis divortia terris».
Si el águila de Buonaparte no consiguió anidar en la sierra aragonesa, la flor de lis de los Borbones no echará raíces seguramente en la llanura de Castilla; Ariosto canta:
«—Che non lice che’l giglio in quel terreno habbia radice!»
Esta condición inveterada de abierta hostilidad o, mejor dicho, de neutralidad armada, ha hecho que estas regiones fuesen poco agradables para el turista observador. La abrupta y montañosa frontera se compone de poblados solitarios y aislados que constituyen todo el mundo para los naturales del país, los cuales sólo van a los valles para pasar contrabando. Esta vocación es el azote del país; les da una especie de confianza en su propia defensa y constituye un hábito de saqueo e insubordinación que parece ser un elemento de estímulo y de combustión tan necesaria a su sér moral, como el carbón y el hidrógeno lo son para su cuerpo físico.
Su desconfianza habitual contra el extranjero fiscalizador, que es instintiva en los orientales y en los iberos, les hace ver siempre en un curioso viajero un espía o un enemigo. Las autoridades españolas, que casi nunca hacen estas cosas sino por obligación, no comprenden que el inglés, amante de la Naturaleza y curioso de aventuras, se dedique a estudiar la botánica y la geología de estas regiones por su propia cuenta y sin ningún estímulo, fuera de su voluntad. Es posible que el impertinente curioso pase inadvertido en una ciudad española y entre la multitud; pero en estas sierras solitarias no hay que pensar en tal cosa; es observado atentísimamente por aquella gente, que, con sus hábitos de caza y de contrabando, están siempre alerta y ojo avizor, con la mirada penetrante del halcón, el gitano y el ave de rapiña. De algún tiempo acá, los que están más próximos a Francia han visto el brillo de las monedas del turista inglés y se han humanizado algo tratando de sacar algún beneficio en la época de las excursiones.
La geología y la botánica están aún por investigar seriamente. En los Pirineos, tan fecundos en metales, abundan las toscas forjas de hierro; pero todo está montado en pequeña escala, de manera poco científica y probablemente siguiendo el primitivo sistema ibérico. El combustible es escaso, y el transporte del mineral sobre mulos, muy caro. El hierro es muy inferior al inglés y mucho más caro; los utensilios y herramientas usados en ambos lados de los Pirineos son mucho más antiguos que los nuestros, y, en cambio, existen tarifas absurdas que, por prevenir la importación de un artículo mejor y más barato, retrasan los adelantos en agricultura y fabricación y perpetúan la pobreza y la ignorancia entre la población atrasada y a medio civilizar. Los bosques también han sufrido enormemente con la negligencia, el despilfarro e imprevisión de los naturales, que arrancan más de lo que necesitan, y nunca repueblan.
La caza en estas comarcas es excelente, por cuanto donde el hombre no penetra la feraz naturaleza se multiplica; el oso, sin embargo, va haciéndose raro, porque se concede un premio por cada uno que se mate. Lo que más se caza es la cabra montés[6] o rupicapra, el steinbock alemán, el bouquetín francés, el rebeco (ibex, becco, bouc, bock, buck). El encanto de su persecución, semejante a la de la gamuza de Suiza, se presta a muchos y muy graves accidentes, pues este arisco animal se encarama a los sitios más inaccesibles y hay que acecharle con una gran destreza. La caza, en la parte norte, es muy inferior, como que los cocineros de grandes hoteles han declarado la guerra al cuchillo, y casi casi al tenedor, hasta contra los petits oiseaux; bien es verdad que el artiste francés persigue igualmente a los pececillos, pues es aficionado a probar toda clase de sports y diversiones, y siempre con miras al estómago. Los españoles, menos materialistas y gastrónomos, dejan en una paz relativa a las tribus aladas y de aletas. En consecuencia, los riachuelos están poblados de truchas, y los que vierten en el Atlántico, de salmón. Los Altos Pirineos no son únicamente alambiques de cristalinos y fríos torrentes, sino que también tienen, como el corazón de Safo, manantiales de agua caliente bajo un lecho de nieve. Los más célebres están en la parte norte, o por lo menos son los más conocidos y frecuentados, pues los españoles son poco aficionados a baños ni a aguas medicinales. En la parte española apenas hay medio de acomodarse en los baños que existen, y los de Francia son mezquinos, comparados con los Spas de Alemania, y sucios e indecentes, si se ponen en parangón con los ingleses. El paisaje es completamente alpino: una mezcla de montañas, precipicios, ventisqueros y bosques, animados por los torrentes y los huracanes. Los naturales, cuando no son contrabandistas o guerrilleros, son rudos, sencillos y bucólicos; pobres y pintorescos, como toda la gente que puebla las montañas. La llanura, donde se produce el pan, será más rica, seguramente; pero ¿qué partido puede sacar de ella un turista o un pintor?
En los parajes agrestes, los montañeses conducen en verano sus rebaños a lo alto de la sierra, y allí viven en sus chozas luchando con la miseria y las fieras, ahuyentando materialmente al lobo de delante de la puerta; tienen mastines magníficos; las ovejas parecen un ejército instruído frente al enemigo; conocen la voz del pastor o, mejor dicho, su silbido y sus gritos especiales; la lana es llevada a Francia de contrabando, y, una vez fabricada toscamente, vuelve a entrar en España de la misma manera.