PARTE TERCERA. (continued 2)
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— Siempre ha sido Alegría una de las muchas santas de vuestra devocion, D. Galo, dijo Lolita.
— No digo que no; cuando soltera, habria sido yo dichoso si me hubiese correspondido.
— Si todas aquellas á quien se lo ofreceis admitiesen vuestro corazon, tendriais que repartirlo en dósis homeopáticas, D. Galo.
— Lolita, hija mia, si lo quereis, seréis reina despótica y absoluta, sin cortes, senado, asamblea, ni cámaras.
— No lo quiero, D. Galo, respondió Lolita; pues no sé lo que me empalaga mas, si los corazones ó los merengues.
— ¿Saben Vds., dijo en recia voz D. Galo al cabo de un cuarto de hora, lo que he oido decir? Que el coronel del regimiento de lanceros acaba de tener un choque vivísimo con el capitan general, en que este le acusa hasta de insubordinacion.
— ¿Quién ha dicho eso? esclamó el oficial saltando de su asiento, y fijando en D. Galo sus airados ojos.
— La voz pública.
— ¿Y vos lo repetís sin mas exámen?
— Las cosas públicas son del dominio de todo el mundo, segun vos mismo afirmais, señor mio.
— Esto es dicho con sorna y con la mira de darme una leccion, ¿no es eso? Pero tened entendido que entre militares y hombres de honor se pesan las palabras ántes de proferirlas, y el que las dice es responsable de ellas.
Viendo al oficial tan montado, intervinieron varias personas, queriendo dar otro giro á la conversacion; pero el oficial, que era violento é íntimo del coronel, no desistia, y aseguró á media voz que D. Galo le daria una satisfaccion.
— Muy pronto estoy á darla, dijo sin alterarse D. Galo que lo oyó; pero no como el señor lo entiende. Yo defiendo á mis amigos; pero no me bato sin motivo: ademas, un hombre de bien no puede defender con honor sino una buena causa, y la mia no lo seria. Mi satisfaccion es esta: lo que he dicho, lo acabo de inventar, pues nunca he oido sino elogios del bizarro y pundonoroso jefe que manda el regimiento de lanceros, y lo inventé solo y únicamente para tener el placer de hacer patente que el señor es un verdadero y leal amigo que no otorga con su silencio, ni autoriza con no desmentirla, la calumnia con que se ultraja en su presencia á un ausente amigo suyo.
¡Con cuánto placer estamparíamos aquí que un silencio conmovido siguió á estas palabras, y que el oficial se acercó á su antagonista y apretó su mano, concediéndole de esta manera un noble triunfo de sentimiento! Empero como no inventamos, y somos sencillamente pintores de la realidad, tenemos que decir que no fué así. En nuestro país mas se conoce y se simpatiza con el heroismo que con la sensibilidad bien entendida; en él se halla mas elevacion de alma que delicadeza de corazon, á no ser en los afectos de amor y en los religiosos.
Así sucedió, que una alegre risa fué la que acogió las palabras de D. Galo, en la que fué el primero el finamente lisonjeado oficial, celebrando todos lo ingenioso, y no sintiendo lo conmoviente del ardid de que se habia valido D. Galo para defender su causa.
D. Galo, que obraba por su buen instinto, y no analizaba sus bellas inspiraciones, quedó plenamente satisfecho con el pequeño triunfo de amor propio que le cupo al oir las risas y el clamor que por todas partes se levantaba, en estas y otras esclamaciones:
— ¡Bien, bien, Pando! eso se llama un ardid de buena ley para batir á un contrario.
— La palma á D. Galo, que ha desprestigiado á Hércules, probando que vale mas maña que fuerza.
— ¡Bravo, Pando! esclamó un estudiante; la sociedad de la paz os va á votar una corona de copos de lana.
— Campeon de ausentes, dijo un aprendiz de diplomático; sois un Talleyrand virtuoso, un Pozzo di Borgo sensible, y un Metternich arcádico.
— D. Galo, dijo Lolita, David va á romper las cuerdas de su arpa por rabiosa envidia.
— Señor de Pando, esclamó el oficial, me teneis vencido y agradecido, cosa de que solo vos y las buenas mozas se han podido jactar.
D. Galo habia entreabierto aun mas las solapas de su chaleco, se sonreia con satisfaccion y se abanicaba furiosamente con un abanico de caña.
Existe una cosa estraña en nuestra sociedad, que no sabemos si atribuir á superficialidad ó á injusticia; y es que rebaja en la opinion á la persona que tiene un ridículo; y sin mas motivo que este se le trata con una superioridad estravagante por aquellos mismos que tienen sobre sí vicios, maldades y hasta deshonra. Un ridículo no rebaja á nadie, sino á ojos miopes. ¿Quién de nosotros no tiene un ridículo? ¿A quién de nosotros, caso que no lo tenga, no se le puede dar? ¿A cuál no se lo tiene, por ventura, la vejez guardado como una de sus muchas finecitas?
Si aquel pisaverde con botas de charol, con sus afectadas frases francesas; si aquella elegante, luciendo en su lánguida persona todas las exageraciones de la moda, se metiesen como la oruga en un capullo para resucitar mariposas al cabo de algun tiempo, ¿acaso no se hallarian que al reves de esta se encapullaron mariposas, para resucitar orugas? Es decir, que solo la ligera influencia y la menospreciable importancia de la moda les condenarian entre la falange, su esclava, al mas portentoso ridículo. Casi todos los hombres sabios y notables han tenido ridículos de marca mayor; y al gran Voltaire mismo, ese tipo del burlador y del satírico, ¿no le hicieron pasar los pajes traviesos del Rey de Prusia por un mono vestido, regresando ese maligno frances, uno de los inventores del Vaudeville, furioso contra los calmosos y graves alemanes, que se emancipaban hasta el punto de dar al gran preste y repartidor de ridículos una muestra de la ley del talion?
Seamos tolerantes con los ridículos ajenos, pues el mote que puso ese mismo Voltaire al pié de una estatua del amor, se le puede aplicar al ridículo: «cualesquiera que seas, hé aquí tu amo; lo fué, lo es y lo será.» No influye un ridículo en el valor intrínseco de las personas, ni nos debe mover á menosprecio, siempre que no sea nacido de malas pasiones ó peores tendencias.
Estamos por decir que los ridículos inofensivos y que no dimanan de malos precedentes, nos simpatizan y nos hacen gracia, pues suelen ir unidos á un buen fondo y á una índole sencilla; y casi estamos por dar las gracias á la persona que nos proporciona el tan grato é inocente pasatiempo de observarlos con benévola risa.
CAPITULO VII.
— ¿Qué leeis? preguntó Sir George una noche al hallar á Clemencia sentada á su chimenea con un folleto en la mano.
— Os responderé lo que Hamlet á Polonio, que le hacia la misma pregunta, contestó Clemencia: ¡palabras! palabras! palabras!
— Pero ¿qué palabras?
— Un celemin... que contiene este impreso en favor de las modernas ideas humanitarias.
— Con las que debeis vos precisamente simpatizar, dijo Sir George, que por mas que se proponia dejar con Clemencia su constante ironía, recaia en ella por un irresistible impulso y por una inveterada costumbre.
— No, Sir George, no, contestó Clemencia con dulzura.
— ¿Cómo es eso, señora? ¿Pues no sois la ferviente abogada y la constante protectora de los pobres?
— Sir George, estais hablando con ironía, y sabeis que me es antipática: por demas estais convencido de que por hermoso que me parezca el oro, no me parecerá bien el puñal hecho con ese metal. ¿Quereis confundir la santa voz cristiana que dice al rico: dá, dá, tus riquezas son un préstamo, y te abrirán la entrada en la mansion de los justos, — difícil como al camello el pasar por el ojo de una aguja, — y la voz que grita al pobre: ¡fuera la pobreza, aunque es tu herencia! ¡fuera la santa conformidad, aunque es tu galardon, tu mérito y tu virtud! ¡fuera tu alegría y moderacion, que son tu instintiva filosofía! Hay ricos ¡y tú no lo eres, pues rebélate, indígnate, desenfrena tus malas pasiones, la envidia, la soberbia, la ambicion y la rabia! pierde todo respeto... ¡roba! y si te lo impiden los gendarmes, roba con el deseo y el propósito; que el mandamiento de Dios que lo hace delito, yo lo anulo con mi gran poder? — Pero Sir George, Dios permite que de cuando en cuando se levanten hombres funestos del seno de las tinieblas, que son una gran calamidad, como las pestes y las tempestades. Estos hombres cual teas del abismo encienden una hoguera; esa hoguera alumbra á los ciegos, alienta á los tibios, purifica á los prevaricadores, y de sus cenizas, cual fénix, sale mas bella y mas lozana la eterna verdad que yacia débil é inerte en el corazon del hombre; doblemos, pues, la cerviz, ya que tales castigos merecemos. ¡Triste humanidad que decae y se enerva, y que necesita de cuando en cuando que el fuerte brazo de Dios la sacuda! Peleemos, pues, en esta gran lucha moral, pero con nuestras armas, la caridad, la moderacion, el santo celo y valerosa ostentacion de santas creencias y santas doctrinas. Bien por mal, Sir George, bien por mal: ¿qué enemigo no desarma esta táctica?
— ¡Cuántas gargantas que cantaban cánticos, como vos ahora, Clemencia, fueron cortadas en Francia por la guillotina! Clemencia, cuando la humanidad se levanta y da un paso adelante, nada puede retenerla; lo que bajo su planta se halla, es triturado por ella; es un mal inevitable y aun necesario.
— ¿Con que, dijo con triste sonrisa Clemencia, lo que yo llamo altos castigos y sacudimientos con que el brazo de Dios despierta á la inerte humanidad, vos lo llamais pasos de adelantos de la humanidad? ¡Difícilmente se creerá que tales pasos sean dados en la senda del bien, Sir George!
— Señora, no os será desconocida la máxima de vuestros sabios jesuitas: alcanza el fin sin reparar en los medios.
— Sir George, no hagais de una máxima de política, — generalmente seguida por aquellos que pretenden hacer de ella un baldon á los jesuitas achacándosela, y cuyo gran preste teneis en la era presente en vuestro país, — un precepto de moral, que son los que deben regir á la humanidad. Pero, mi Dios, ¡cuán profanada es esa voz! Y la soberbia del hombre que se emancipa de las leyes de Dios, ¡ha llegado en nuestros dias hasta creer que puede arrebatar de las manos del que lo crió, el poder que guia al universo! Pero gracias al cielo, nuestro bendito suelo no cria Cromwells, Marats, ni Robespierres, esos acólitos de lo que llamais pasos de la humanidad.
— Cierto, cierto, vuestro país con raras escepciones no cria en cuanto á hombres públicos sino perfectos egoistas, de que resulta una verdadera anarquía que no quiere reconocer un jefe, como si hubiese partidos sin jefes; así se suicidan por sus propias mezquinas rivalidades.
— Pero señor, en vuestro país suceden cosas aunque en escala mayor, parecidas: un gobierno popular se compone de estos elementos.
— El gobierno de mi país, es detestable, señora; sus leyes, pésimas.
— ¡Oh! no hableis mal de vuestro país, esclamó Clemencia con aquella parcialidad, aquel entusiasmo que un corazon tierno y consagrado derrama sobre cuanto pertenece á la persona que ama; ese país de grandes hombres y de grandes cosas, alzado en su isla como un dominador en su solio, y que ha llegado á su apogeo.
— ¡Lugares comunes, señora! y una boca como la vuestra, Clemencia, debe preferir agraciarse con una paradoja ó con un disparate, ántes que vulgarizarse con una banalidad, repuso Sir George, y añadió alzando los hombros: desde que tengo uso de razon, esto es, desde mas de veinte años, estoy oyendo la misma cantinela y hemos avanzado. ¿Quién es capaz de fijar el apogeo de las naciones? La prosperidad de la Inglaterra es hija de las circunstancias, señora; nada mas: nadie se entusiasma por ella sino algunos españoles.
— No teneis amor patrio, Sir George, dijo tristemente Clemencia. ¡Oh! ¡qué fenómeno! ¡carecer de un sentimiento que abrigan hasta los salvajes en sus bosques y desiertos!
— Señora, la civilizacion que tiende á nivelar y á uniformar todos los países, modelándolos en la misma forma, debe por precision estinguir un sentimiento que seria una anomalía en la tendencia que aquella sigue. Ademas, creed, señora, que el vociferado patriotismo no es ni mas ni ménos, desde que con los siglos heróicos dejó de ser una virtud primitiva y un sentimiento unánime, que un egoismo ambicioso y un amor propio finchado de que se revisten pomposamente los partidos ó bandos políticos, como con la túnica de Régulo, aunque muy poco dispuestos á rodar como el romano en su tonel; pero sí en coche á costa de la adorada patria.
— Otro magnífico progreso, resultado de las modernas instituciones, repuso sonriendo Clemencia. Desengañáos, Sir George, con el profundo pensador Balzac, que dice en el prefacio de sus obras: «Escribo á la luz de dos verdades eternas, la religion y la monarquía; dos necesidades que los eventos contemporáneos volverán á aclamar, y hácia las cuales todo escritor de buen sentido debe tratar de volver á atraer á nuestro país.» Pero ya que no pensais así, decidme, ¿cuál es el gobierno que hallais bueno?
— Creo que no deberia haber ninguno, señora.
— Vamos, estais mas que nunca de humor de paradojas. Aunque os piqueis, os diré que ostentais una escentricidad de gran calibre. ¿Y el órden social, señor?
— Debe ser el fruto de la civilizacion, y hacer así inútil todo gobierno.
— ¡Qué utopia tan arcádica, Sir George, muy á propósito para regir en los Campos Elíseos! ¿En el oásis de cuál desierto la habeis soñado, ilustrado Platon? Si fuésemos todos buenos cristianos y estrictos observadores de sus preceptos, seria esto dable, pues el gran Bonald ha dicho: El Decálogo es la gran ley política y la carta constitucional del género humano, y dice igualmente el profundo Balzac: «El cristianismo, pero sobre todo el catolicismo, siendo un sistema completo de represion de las tendencias depravadas del hombre, es el mayor elemento de órden social. ¿Pero miéntras?...[10]
— ¡Represion! ¡represion! esclamó Sir George interrumpiendo á Clemencia, esto es! ¡Hacerse un anacoreta, un cenobita, empobrecerse aun mas la vida de lo que ella en sí lo es! ¡Qué mezquino suicidio!
— ¡Cuán distintamente pensamos sobre este punto, Sir George! dijo Clemencia. Pues por mí no creo que el fin del hombre, sea hacer la vida divertida, sino hacerla buena.
— Se puede gozar sin ser malo, mi austera amiga; hay goces que son hasta santos, y no los halla el hombre. ¿Sabeis, Clemencia, que hay veces en que compraria un goce, aun un deseo, con la mitad de mi fortuna?
— ¿Esto es, respondió ella, que no hallais los unos, ni sentís los otros?
— Así es.
— ¡Pobre amigo! dijo con sincera compasion Clemencia; habeis pulido vuestro sentir en pequeños y frívolos goces de seda y oro (goces que no llegan al alma, ni satisfacen el corazon), hasta el punto de que sobre él resbalan los verdaderos!
— ¿Y cuáles son los verdaderos, Clemencia?
— Son para mí tantos y tan variados, Sir George, que me seria difícil enumerarlos.
— Pero designadme algunos: os estudio como un ser raro y nuevo para mí, con una curiosidad y un placer, que me hacen á veces sonreiros como á inocente niño, y otras adoraros como un alto espíritu, pues de ambos participais.
— De ser espansiva me retrae vuestra ironía.
— No, Clemencia, — dijo Sir George, tomando á uso de su país la mano de su amiga, que apretó con cordialidad, — creed que el hombre viejo se despoja de su saco impermeable á la puerta de vuestra estancia, y ante vos se presenta el nuevo con su blanca túnica de lino.
— No dudo que sea vuestra intencion, pero...
— ¿Pero?
— ¿Sabeis que dicen los franceses que por mas que se aleje lo que es natural, vuelve á galope? respondió Clemencia.
— ¿Hemos trocado nuestros papeles, Clemencia? ¿Vuélvese la paloma, halcon?
— No; pero la mosca que ve la red, le dice á la araña que la sabe precaver.
— ¿Me haréis arrepentir de haberme mostrado á vos indefenso y desarmado?... ¿me obligais á volver á vestir el arnes?
— ¿Cómo, Sir George, os obligaria yo á cosa que detesto?
— No queriendo abrirme con espansion vuestra alma. Vamos, decidme, ¿qué es lo que vos llamais goces?
— Entre otros muchos, dijo al cabo de un rato de silencio Clemencia, los que están al alcance de todos son los que brinda la naturaleza. Mirad esas nubecillas blancas y brillantes, tan suaves que el aire les da formas, y un soplo las guia. Mirad esas flores, que participan del suelo que les da jugo, y del sol que les da fragancia, como el hombre comunica con la tierra y con el cielo; ved esos lejanos horizontes en que se esparce, y esos otros de limitado espacio en que se concentra el alma; ved esas aguas, ora corran alegres, ora duerman tranquilas, siempre brillantes como lo que es puro, siempre transparentes como lo que es sincero; ved ese mar, que anonada en su inmensidad y fuerza la pequeñez y debilidad del hombre y sus obras...
— No prosigais, dijo Sir George, no prosigais, Clemencia. He recorrido los Alpes, los Andes y el Bósforo; he visto el Gánges, el Niágara, el Rhin; he cruzado el mar Pacífico, el Atlántico y el del Sur, y en ellos observado sus tempestades y sus fenómenos, y nada de todo esto he podido admirar gozando; nada en relacion con mi íntimo sentir: solo ha surgido en mí este pensamiento: ¡Qué de afectacion hay en los poetas!
— ¿Y los goces de la familia? preguntó Clemencia, sin querer darse cuenta del por qué su corazon se le oprimia.
— Sabeis, respondió sonriendo Sir George, que soy soltero, pues los hombres no se deben casar hasta que tengan mucha esperiencia del mundo y de las cosas.
— ¿Es esta esperiencia mucho mas necesaria á los casados que á los solteros? preguntó Clemencia.
— Sin duda: los franceses, que confesamos son nuestros maestros en todo, han marcado bien esto, llamando al casamiento hacer un fin.
— Esto es: cuando la juventud se va y entran achaques, escoger una jóven que empieza á vivir, por enfermera, ¿no es esto?
— Así es: cuando no se puede ser otra cosa mas divertida, se hace uno padre de familia.
Clemencia sintió partirse su corazon con cuanto agudo tiene el dolor y amargo la humillacion; pero volvió sobre sí y siguió preguntando:
— ¿Pero no teneis madre?
— ¡Ah! sí.
— ¿Y no la amais?
— Lo mismo que ella á mí.
— ¿Y dónde está?
— No sé, creo que viaja ahora por Italia.
— ¿Y padre?
— Mi padre, que era general, murió en la India, despues de robar á Tipoo-Saib una inmensa fortuna.
Un vivo carmin subió al rostro de Clemencia á pesar suyo. Nunca era bella ni honorífica una fortuna de pillaje, por mas que lo autorizasen las bárbaras leyes de la guerra; pero oir calificar á un padre por su hijo de ladron, era una despreocupacion que llenó de espanto á la sencilla Clemencia.
Sir George prosiguió sin notarlo:
— Un brillante estraordinario que llevaba Tipoo-Saib en el puño de su sable, me cupo en herencia; no sé que hacer con él, ni sé si mi ayuda de cámara me lo habrá robado: si lo encuentro, ¿querréis, Clemencia, admitirlo como una pequeña memoria de un amigo?
— Gracias, respondió Clemencia: aprecio poco toda memoria de un amigo que no queda en el corazon.
— Mirad que os lo ofrezco, como dicen los franceses, de muy buena voluntad, en vista de que no me sirve; tomadlo para engalanar con él una de las Vírgenes de vuestra devocion: así cuando oreis y la contempleis, os acordaréis de mí, Clemencia.
— Sir George, sin ser gazmoña, os diré que hablais con irreverencia.
— Tomadlo al ménos como una imágen de vuestro corazon, pues es tan bello, tan puro, tan apetecido y tan imposible de ablandar como él.
— Conservadlo vos, respondió Clemencia riendo, miéntras se parezca á mi corazon.
— Recibidlo, os lo suplico, insistió Sir George, como imágen de la firmeza, de la constancia y del fuego del amor que me habeis inspirado; ya que este rechazais, conservad al ménos su imágen.
— Dejemos esto, Sir George, dijo severamente Clemencia, pues hasta la voz regalo me desagrada, y si no fuera por no parecer orgullosa, diria que me humilla. Volvamos á anudar el hilo de nuestra conversacion.
— Sí, sí, hablemos de goces, aunque en esta conversacion alterne yo como el ciego en la de los colores. ¿Qué mas goces hallais vos? Veamos.
— Muy dulces en la amistad. ¿No teneis amigos?
— Sí, en el parlamento, en la embajada francesa, un cardenal en Roma, un gran señor turco en Constantinopla, y D. Galo Pando, porque lo es vuestro; pero Clemencia, francamente, ninguna de estas amistades me ha proporcionado ningun goce.
— ¿No habeis, pues, podido prestar servicios á ninguno de ellos?
— Servicios no, dinero sí, ménos al turco y al cardenal, que eran mas ricos que yo, y á D. Galo, que no me lo ha pedido: yo tendria un gran placer en que vuestro amigo me proporcionase la satisfaccion que los otros.
— Pando no ha tomado en su vida dinero de nadie, contestó Clemencia: eso de pedir prestado es una cosa demasiado fashionable para un hombre oscuro y honrado como él: mas si llegase ese caso, amigos tiene mas antiguos que lo sois vos, Sir George, que se ofenderian de que os diese la preferencia.
— ¿Cuánto es su sueldo?
— Siete mil reales.
— ¿Os chanceais?
— No por cierto.
Sir George soltó una carcajada tan sincera y tan prolongada, que Clemencia le dijo, riendo tambien, por ese irresistible contagio que tiene la risa de corazon: Pero ¿me querréis esplicar, Sir George, qué cosa risible encierra en sí el número de siete mil?
— Señora, contestó Sir George, es exactamente la mitad del salario que doy á mi ayuda de cámara. ¿Y hay hombres bastante inertes para condenarse muy satisfechos á patullar toda su vida en tal charco? ¿Tan inactivos, que se conformen en moverse en tan poco espacio? Me rio, ademas, Clemencia, del atrevimiento que tienen tales entes, oficinistas de escalera abajo, de presentarse y visitar vuestra casa y otras de igual rango, y de alternar, por vuestra inconcebible tolerancia, con lo mas encopetado de vuestra sociedad.
— No cambio, esclamó con calor Clemencia, vuestra crítica en esta parte por el mas bello elogio. ¡Bendito mil veces! el país, que sin falsas mentiras y disolventes teorías, tiene tan bellas, llanas y sencillas prácticas, y donde por suerte no existe ese altivo, insultante y despreciativo espíritu aristocrático que da márgen á las revoluciones.
— Aristocracia es, en efecto, una palabra vana de sentido en vuestro país; podeis borrarla de vuestro diccionario usual. Vuestros grandes y algunos magnates de tierra adentro, que podrian formarla si reuniesen lo que la constituye, esto es, primera nobleza, una gran fortuna y una sábia cultura, no reunen estas cualidades; y los que las reunan, con contadas escepciones, no juegan en la política, ni se cuidan del bien del país: así es que es inútil y aun ridículo que se afanen en querer, porque así sucede en otros países, crear una aristocracia. La aristocracia en vuestro país es un gran partido influyente que aquí no existe; vuestras cámaras, como vuestro senado, son populares, divididos en opiniones mas personales aun que políticas; en cuanto á la sociedad, es fina, elegante, sobre todo amena, pero deplorablemente mezclada.
— Pero señor, en Inglaterra...
— No digo que no, señora; pero hay un puente que pasar, hecho de tantos millones, como esprimidos nos tienen todos vuestros banqueros.
— Lo que teneis, Sir George, es un orgullo demasiado tosco para poder siquiera jactarse de fundarse sobre una base intelectual.
— El orgullo, señora, es una coraza que miéntras mas tosca, como llamais al nuestro, es mas fuerte; es ademas una buena arma defensiva.
— Y ofensiva tambien, Sir George, y agresiva... y tan ufana por herir, que á veces para lograrlo, coloca al que la usa en muy desventajosa posicion y en muy mala luz. Pero vos, señor, continuó Clemencia con alguna susceptibilidad, vos que formais parte de ese Olimpo aristocrático, ¿porqué bajais de él y dejais sus diosas para solicitarme á mí, pobre anticulta española?
— Clemencia, respondió riendo Sir George, todas las mujeres entran de hecho y de derecho cuando son bellas, en todo Olimpo. Mas vos entrariais con todos los derechos; lo que yo quisiera es, que no tuvieseis ninguno, para abriros, como el ángel á la Peri en el poema de Moore, si no el Paraíso, ese Olimpo, como vos decís, no por una lágrima, — sabeis que las aborrezco, — sino por una sonrisa. Pero decidme, ¿habeis concluido el catálogo de esos goces parvulitos que tanto encomiais?
Clemencia calló un rato.
— ¿No habeis gozado nunca con los consoladores y exaltados sentimientos religiosos? dijo al fin con el alma en sus dulces y serenos ojos.
— No hablemos de religion, Clemencia.
— ¿Y porqué? Aguardo con viva curiosidad la respuesta.
— Porque la religion es el secreto mas esclusivamente suyo que tiene la conciencia del hombre, señora.
— Yo pensaba al contrario, que no era su secreto, sino su galardon, el que mas alto llevaba, el que mas recio proclamaba. Solo concibo dos móviles á esa punible pretension al misterio ó á la reserva: el uno malo, que es tener en poco sus creencias; el otro peor, que es el no tener ningunas, y ser de esta suerte el silencio, como dice la Rochefoucauld de la hipocresía, un homenaje que la impiedad rinde á la religion. Sabeis que el Dios del universo, cuando á salvar y á enseñarnos vino, dijo entre sus sobrias y santas sentencias que alcanzaban todos los desbarros presentes y futuros del espíritu humano: EL QUE NO ESTA POR MI, ESTA CONTRA MI.
— Lo que con eso quereis decir, Clemencia, ¿es que me creeis condenado por no pensar como vos, segun os lo enseña vuestra religion?
— Mi religion no me enseña, sino me prohibe fallar individualmente sobre quién es ó no condenado; solo me enseña y manda creer que el que reniega de la salvacion que el Señor nos ha dado y se separa de la grey de sus Apóstoles, no alcanzará esa redencion.
— Ademas, prosiguió Sir George con su acerba ironía, como vos sois buena y yo malo; como vos teneis ideas muy santas, y yo muy mundanas, vos seréis la bienaventurada, y yo el condenado.
— No, Sir George, contestó Clemencia con su no desmentida dulzura; ántes temo ser tratada en el tribunal supremo con mas rigor que vos.
— ¿Por qué, señora? ¡Esto sí que es estraño!
— Porque tanto será exigido de la afortunada á quien cupo la dicha de abrir los ojos de la razon en un santo convento, y los del entendimiento al lado de un santo Mentor, rodeada de buenos ejemplos y santas prácticas; como mucho será disculpado al que, como vos, tuvo la desgracia de criarse entre infieles y formarse entre herejes, rodeado y embebido de la atmósfera corrompida de ese gran mundo filosófico y escéptico, que osado se erige en enemigo de la religion; que supone en los placeres el fin de la existencia, y condena la represion y la abnegacion cual mezquinas boberías solo propias de los pobres de espíritu.
— Pero, Clemencia, — preguntó Sir George, frio á toda la misericordia, dulzura y uncion de las palabras de Clemencia,—¿de qué goces religiosos hablais? ¿De los ascéticos, de los iluminados, de los que hallan en los cilicios y penitencias los católicos, ó de los del paraíso de Mahoma? Si sois vos la Hurí que promete en su paraíso, me inclino á la religion del Alcoran.
— Sir George, respetad la gravedad ajena con el silencio, ó combatid sus argumentos con iguales armas como leal.
— ¿Quereis, Clemencia, repuso en tono cariñoso y festivo Sir George, despues de hacerme vuestro admirador, vuestro apasionado y vuestro esclavo, hacerme vuestro prosélito?
— No lo he intentado, Sir George; lo que decia era parte integral del asunto que tratábamos; pero está terminado; pues he visto que tambien esa primera y santa fuente de vida está exhausta en vuestra alma. ¡Dios mio! ¡Dios mio! pensó Clemencia, ¡qué! ¿nada vibra ya en su corazon? Ni la religion, ni la naturaleza, ni el amor patrio, ni el amor á la familia, ni la amistad, ni la caridad!! A pesar de los dotes que le distinguen, de ese talento, esa nobleza, esa generosidad, ese caballerismo, que le son innatos, ¡nada siente! ¡Oh! ¡qué devastado Edén! ¡Qué asolado yermo! ¡Qué arrasada floresta! Y no obstante, este hombre que tiene una inteligencia superior, que es altamente culto, y que se ha formado alternativamente en los dos países que pretenden llevar el paso á los demas en todo progreso moral y material; este hombre que ha adquirido sus aspiraciones en el hogar del nuevo sol del siglo XIX, este hombre que todo lo ha visto, todo lo conoce y todo lo ha juzgado, en esta nueva era, que se denomina ilustrada, no sé con qué títulos ni con qué derechos, ni con qué ventajas á las anteriores; este hombre, tipo del espíritu de la época, ¿este es el fruto que ha sacado del moderno adelanto del espíritu humano? ¿Así desencanta, pues, su frio escepticismo la vida? ¿Así desprestigia la necia y orgullosa sabiduría del hombre las magníficas creaciones de Dios? ¿Así despoetiza el corazon, así seca y rebaja el alma? ¡Espanta y aterra, Dios mio! Pero esto debió ser el resultado de alejarse de tí, Criador y Legislador nuestro, y querer la débil criatura crearse ella misma, como los judíos en el desierto cuando desoyeron la voz de tu enviado Moises, sus propias creencias y sus propias leyes, renegando de las que manando de tí, los habian regido hasta entónces. ¡Ay! ¡sí! Sir George es el tipo del hombre que ha abjurado y roto toda relacion con lo pasado, y que marchando sin faro hácia lo desconocido, sigue una senda que proclama por verdadera, y que no sabe dónde le lleva.
Así fué que la distancia inmensa que separaba sus almas, y que cada dia le parecia dilatarse, hoy se abria ante Clemencia como un abismo; pero su amor á Sir George era demasiado intenso para que le fuese fácil retroceder: era aquel hombre fatal su primer amor; sus lágrimas caían por dentro ardientes y corrosivas. No es posible, pensó, luchar con argumentos y razones con quien tiene mucho entendimiento, mucha práctica de controversia, y en ellas guarda toda la calma y lucidez de la fria indiferencia. ¡Si pudiese vencer la detestable lógica de su razon, despertando sus buenos sentimientos! ¡Dios mio! ¿habrá acaso un corazon en que no puedan estos resucitar de entre sus cenizas?
Así fué que despues de mirar un rato á la llama que ardia tan clara, pura y vivaz como los elevados sentimientos en su alma, fijó sus francos y espresivos ojos en el hombre á quien amaba, y le dijo:
— Sir George, ¿nunca habeis hecho el bien?
— Creo que sí, contestó este; mas no lo tengo presente. Ya sabeis, añadió con su seriedad irónica, lo que recomienda la máxima: «Que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.» Pero para tranquilizar la timorata conciencia de mi amiga, le diré que ahora recuerdo haber encargado á mi intendente afiliarme en las sociedades filantrópicas: es preciso que todos contribuyamos á poner remedio á la espantosa lepra del pauperismo.
— No es eso, Sir George; deseo saber si habeis hecho el bien de motu propio, con vuestra propia mano.
— No creo que esto sea preciso.
— No digo que lo sea; os pregunto si lo habeis hecho.
— No, ¿á qué? El pobre quiere ser socorrido; no le importa por quién ni cómo. ¿Teneis pobres? ¿Me quereis dar el placer de contribuir al bien que les hagais? preguntó Sir George, que no era capaz de comprender la causa de la preocupacion de Clemencia.
— Os prometo indicaros la primera gran necesidad que se me presente; en este momento no sé de ninguna perentoria. Ahora sí, lo que os voy á pedir, — en vista de que Dios pone á los pobres ante nuestros ojos, para recordarnos á cada paso la obligacion que tenemos de socorrerlos, así como para mover nuestros corazones á lástima, — es que deis mañana limosna al pobre mas infeliz que halleis.
— ¿Os complazco en ello?
— Sí.
— ¿Es una órden?
— No, una súplica.
— Es lo mismo.
— Prefiero la complacencia á la obediencia.
— ¿Pero para qué lo deseais?
— Para que me digais despues si habeis ó no hallado un placer en hacerlo.
— Desde luego os aseguro que es mayor el que tendré en complaceros, que cualquiera otro que pudiese proporcionarme lo que de mí exijais.
CAPITULO VIII.
A la noche siguiente esperaba Clemencia á Sir George palpitando su corazon mas que nunca. No obstante, cuando llegó, no quiso mostrarse ansiosa en averiguar lo que saber deseaba.
Estraño era cómo una cosa causaba en una de las dos personas interesadas un interes tan profundo y latiente, miéntras que era tan insignificante para la otra, que la olvidaba. Sir George queria agradar é identificarse con Clemencia; ponia todo su anhelo en conseguirlo. Lo lograba en cuanto á su trato tan señor, á sus gustos tan distinguidos y conversacion variada, entendida y entretenida; pero no le era dado ponerse al nivel de Clemencia en la esfera del sentimiento, porque ni él comprendia los de Clemencia, ni ménos hubiese atinado á espresar en su propio nombre lo que le era desconocido.
Media hora pasó, y su interlocutor no tocaba el asunto que tanto interesaba á Clemencia: entónces esta le dijo:
— Sir George, ¿habeis cumplido mi encargo?
— ¿Cuál? preguntó Sir George con no fingido sobresalto.
— ¿Con qué habeis olvidado nuestra conversacion?
— ¡Ah! ya caigo. No, no, señora, no he olvidado mi promesa, y la he cumplido exactamente.
— ¡Y bien!... preguntó Clemencia con el alma en los ojos.
— Y bien, di limosna por mi propia mano cual os lo prometí. No soy hipócrita, Clemencia, y no os mentiré á vos que sois la santa de mi culto, y que me creeriais condenado por eso solo; francamente, no he sentido ningun género de placer. Era un pobre sucio y feísimo: en obsequio vuestro le metí una onza en su inmunda mano, y encima le regalé mis guantes que le tocaron; supongo que iria en seguida á emborracharse á mi salud.
Clemencia inclinó la cabeza, y dos lágrimas asomaron á sus ojos.
Sir George las notó y le preguntó:
— ¿Qué teneis, Clemencia?
— Nada, contestó esta levantando su suave y sonriente cara.
— ¡Así! ¡así! esclamó Sir George, queriendo besar su mano, que ella retiró; sois un ángel de luz cuando sonreís. ¡Oh Clemencia! solo os falta para llegar al apogeo femenino, el que ameis; como faltaba el rayo de vida á la perfecta estatua de Pigmalion. ¿Porqué no amais?
— ¡Pues qué! dijo sonriendo Clemencia, ¿no hay mas que amar así... á tontas y locas? ¿No hay mas que darle rienda suelta al corazon sin saber ántes á qué nos arrastra?
— Vosotros, los españoles, dijo Sir George, que penetró las graves ideas de Clemencia, entendeis el amor como un esclavo cautivo, y no como lo que es, un hermoso genio que libremente vuela en alta esfera, y que se hastiaria y perderia su brillantez en las innecesarias trabas de la obligacion. Basta que se erija en deber el sentimiento independiente y caprichoso de la felicidad, para que deje de serlo.
— No pensé, repuso Clemencia con gravedad, que vos, Sir George, pudieseis decir cosas tan en estremo vulgares; que pudieseis gastar el lenguaje de D. Juan, completamente relegado, no solo al mal tono social, sino al mal gusto literario; sobrepuja en ello lo ridículo á lo inmoral. ¿Estariais aun, por ventura, en ese período de lo romancesco desenfrenado, que tira piedras á una union consagrada, y lodo al amor esclusivo? ¡Oh! Aquí tenemos una opinion demasiado séria, sentida y alta del amor para degradarlo al punto de mirarlo fria y sistemáticamente como hijo del capricho y padre de la inconstancia. Aquí, Sir George, es el amor mas grave, y por lo tanto, ménos estrepitoso que en otras partes; aquí nunca pierde de vista esa obligacion de que os burlais; porque la union consagrada, eleva el amor á toda su altura y á toda su dignidad.
— Habeis sido educada en un convento, ¿no es cierto? preguntó con todo su serio sarcasmo Sir George.
— ¿Decís eso porque abogo por el amor consagrado? contestó Clemencia con su bondadosa risa.
— No es por eso, señora; es por la admirable candidez de vuestras doctrinas.
— ¿Son cándidas? repuso Clemencia: ¡cuánto me alegro. La candidez es hermana de la inocencia.
— ¿No teneis, si no me engaño, en vuestras creencias un lugar propio para esas gemelas?
— Un corazon no corrompido; ese es, segun la mia, su asilo.
— No, no, al que yo aludo se llama el Limbo, si no me engaño.
— ¡Ay Sir George! repuso con bondad Clemencia, lo que yo creo es, que ese triste lugar sin pena ni gloria, es para los que no son bastante malos para serlo de hecho, ni bastante buenos para serlo de dicho.
Sir George comprendió claramente que Clemencia le creia mejor de lo que era; pero esto paró tanto ménos su atencion, cuanto que estaba absorto en la contemplacion del magnífico brazo y mano de Clemencia, que esta levantaba en aquel momento para afianzar en su peinado una flor que se habia desprendido.
¡Pobres mujeres! ¡cuán halagado puede estar vuestro corazon de las causas que impulsan á ciertos hombres á amaros!
— ¡Oh Clemencia! esclamó Sir George en un impulso arrebatado, sois mas irresistible que la mas refinada Aspasia: me enseñaréis á ser un buen marido; yo os enseñaré á ser una Lady perfecta. ¡Qué bella vida nos espera!
— ¿Qué queréis decir con eso?
— Que os ofrezco mi mano y mi fortuna; no hablo de mi corazon, Clemencia, porque harto sabeis que lo poseeis; pero como sé que no me daréis el vuestro sino ante el altar, allí os llevaré.
— ¿Por eso lo haceis, Sir George? dijo con triste y herida, aunque disimulada, susceptibilidad Clemencia.
— Por eso, sí. Y ahora, repuso alegremente Sir George, espero que no tendréis inconveniente en admitir mi amor, y que no seréis, segun una de vuestras usuales y bonitas espresiones, premiosa para corresponderle y hacerme dichoso.
— Podria tenerlo, contestó con calma Clemencia; ¡por temor de no serlo yo!
— ¿Lo seriais quizas con el Vizconde? — repuso Sir George con mal disimulada altanería,—¿y heme engañado creyéndoos sincera? ¿Será el instinto femenino mejor maestro aun en coquetería que el gran mundo?
— ¡Oh! no, Sir George, contestó Clemencia con su inalterable dulzura y falta de amor propio, no seria feliz con el Vizconde, aunque me amase, lo que no creo.
— ¿Ni conmigo?... ¡Sois, pues, insensible á todo amor, señora! Ya se ve, cuando se disfrutan tantas felicidades como las que vos pregonais, se puede ser insensible á las de un amor mutuo. No obstante, señora; en lo delicado de vuestra moral deberiais comprender que la mujer que á todos inspira amor, y que no lo siente por ninguno, es un ser escepcional y un tipo poco bello.
— No he dicho que no seria feliz por no serme posible amaros, Sir George; lo he dicho porque tengo la conviccion de que unida á vos, no podria ser sino idealmente feliz ó profundamente desgraciada.
— ¿Y por qué desgraciada, Clemencia? Por mí comprendo tan poco la desgracia á vuestro lado, como la oscuridad brillando el sol en el cielo. Clemencia, la felicidad del amor es tan efímera, que no debemos perder en metafísicos debates un solo dia de los que nos brinda.
— ¿Y vos creeis que la felicidad del amor es efímera? ¿Pensais, pues, que el amor se acaba?
— Clemencia, contestó Sir George con jovial sinceridad, solo un estudiante acabado de salir del colegio os sostendria lo contrario. El amor, que es lo mas transitorio de la vida, es cabalmente lo que mas pretensiones tiene á la inmortalidad; los amantes vulgares son los que tienen la romancesca candidez de jurarse ese eterno amor, esa utopia, ese mito, ese fénix, esa creacion fantástica.
— Si el amor es tan efímero, si es un castillo de naipes que el primer soplo del tiempo derriba, cuando ya no me ameis, ¿qué será de esa felicidad que fundais en amarme?
— Cuando ya no os ame, respondió Sir George en tono ligero, vous m’amuserez, me entretendréis con esa gracia, ese talento, esa originalidad, ese chiste, esa alegría que os son esclusivamente propias, y que os dan el encantador privilegio de interesarme, sorprenderme, entretenerme, y alegrarme.
— ¿No entrais en cuenta mis virtudes, si es que creeis que algunas tengo?
— ¡Virtudes... ese es otro programa! contestó Sir George, que respeto mucho, pero que pienso que modifiqueis en mi obsequio; pues hay algunas virtudes por demas pueriles, Clemencia, que dan en la alta sociedad cierto ridículo; y otras por demas severas, que hacen intolerantes, y la tolerancia es la gran necesidad del siglo; por consiguiente, mi querida Lady Percy, haremos algunas rebajas económicas en el presupuesto de virtudes.
— Entre estas, supongo que será la primera la constancia.
— Clemencia, acordáos de las cartas sobre Lóndres del Príncipe Pückler Muscau, ese aristocrático escritor, cuando describe el sello que halló sobre la mesa de una de nuestras reinas de la moda, cuyo lema era tout passe, tout casse, tout lasse; y no querais hacer de la vida real un idilio ó una leyenda de Santos, sino impregnaos de las ideas y sentimientos del mundo en que vais á entrar.
— ¿Qué mundo?
— El gran mundo de la sociedad de Paris y Lóndres, que es el único teatro en que seréis apreciada todo lo que valeis. ¿Por ventura habeis pensado vegetar siempre aquí? ¿Aquí donde no os comprenden siquiera?
— Si no me comprenden, me sienten, lo que es muy preferible; esclamó Clemencia. Si mi nunca olvidado tio sembró en mi inteligencia flores que han florecido, tambien me dijo que era para que me hiciesen gozar, y no para lucirlas, y que era mas grato el perfume que sin procurarlo exhalaban teniéndolas ocultas. Os engañais, pues, si creeis que vegeto. ¡Oh! ¡yo vivo! vivo con el alma y el corazon, vivo con cuanto da de sí una existencia cumplida. ¿Acaso, Sir George, llamais vida al ruido, á la vanidad, al bullicio? Y si es así, ¿cómo es que la huís? será que no os satisface.
— No llamo vida á lo que pensais, Clemencia; llamo vida á la que disfrutaréis en el elevado círculo de admiracion, simpatía y rendimiento que os formarán superiores inteligencias y encumbrados personajes, cuando en su alta esfera os hallen, y seais miembro de su jerarquía.
— No apetezco esa vida, Sir George, y os aseguro que en ella no me hallaria bien. Y aunque os parezca imposible, no es ménos cierto que solo simpatizo con una vida quieta y tranquila, que precio mas que la agitada, donde goce de la amistad, que prefiero á la admiracion; de la paz que prefiero al ruido; de la naturaleza que prefiero al tropel del mundo.
— ¿Prefeririais quizá, dijo con celoso despecho Sir George, el ir á filer le parfait amour, y á regar las flores de lis de la fidelidad con el Vizconde en su castillo de Belmont?
— Os he dicho que no, Sir George; y quien duda de mi veracidad, dudará de todas mis demas virtudes.
En este momento se oyó llamar de un modo peculiar que ambos reconocieron por el Vizconde.
— Ese hombre, esclamó exasperado Sir George, se ha propuesto trastornar mis planes y hacerme imposible estar solo con vos; es preciso, Clemencia, que de una manera decisiva le demostreis que es importuna su presencia á vos como á mí. Negáos.
— ¡Imposible! ¿Desbarrais?
— Escoged entre él y yo, dijo dando rienda suelta á todo su áspero orgullo inglés Sir George.
— Ya he elegido, Sir George, como lo hacen las señoras, sin escandalosas y ridículas esterioridades.
Los pasos del Vizconde se oyeron en la antesala.
— Clemencia, dijo furioso Sir George, yo no sufro rivales.
— Ni yo exigencias despóticas, contestó en tono firme Clemencia.
— Creo que despues de lo que acaba de mediar entre nosotros, señora, tengo derecho á ser exigente.
— Nada ha mediado entre nosotros que os autorice á hacerme salir de mi carácter y de mi línea de conducta.
— ¿Me rechazais?
— Vos sois el que se aleja; no os rechazo yo.
En este instante saludaba el Vizconde á Clemencia.
— ¿Mandais algo para Cádiz? dijo Sir George con la mas dulce y la mas fina de sus sonrisas, al coger su sombrero.
La pobre Clemencia, que no sabia disimular, palideció y sintió un dolor tan agudo en su corazon, que dijo en voz que se esforzaba en hacer firme:
— ¿Os vais?
— Sí señora, me precisa.
— ¡Buen viaje, Sir George! dijo Clemencia procurando sonreir. ¿Volveréis pronto?
— No depende de mí, señora.
Y saludando á Clemencia con frialdad, y al Vizconde con altivez, salió.
CAPITULO IX.
Largo rato permaneció el Vizconde contemplando á Clemencia, marcando su noble y espresivo rostro la mas profunda compasion. Ella estaba tan abstraida que no lo notó.
— ¡Pobre mujer! murmuró al fin.
Estas palabras sacaron á Clemencia de su enajenamiento.
— ¿Porqué me decís eso? preguntó con su sonrisa dulce que quiso hacer alegre, pero al traves de la cual, á pesar de sus esfuerzos, un observador como el Vizconde entreveia lágrimas.
— Lo digo, Clemencia, porque si en todas cosas sois superior á las demas mujeres, en una sola les sois semejante.
— ¿En cuál, señor?
— En labraros vuestra desgracia por vuestras propias manos.
— ¿Qué quereis decir?... ¿Yo?... ¿Cómo?
— Con amar al hombre que ménos os ama y ménos os aprecia; con preferir entre dos, al que ménos os merece; me atrevo á decirlo como una sencilla verdad, que no dictan ni el amor propio, ni los celos.
— ¡Señor Vizconde! dijo Clemencia con dignidad.
— ¡Oh Clemencia! no califiqueis en mí de atrevimiento el echar esta profunda mirada en vuestro corazon, abierto como una azucena, y en vuestro porvenir patente á mis ojos, como lo está lo pasado. No es hijo del atrevimiento lo que os digo; lo es de un interes tan intenso y de un cariño tan tierno, que no puede ofender lo que ellos dicten la mas susceptible delicadeza. Lo que habia provisto ha sucedido; ¡le amais!... y ese hombre frio y gastado, duro y escéptico, ese hombre cuyo profundo egoismo no halla tipo sino en Inglaterra, ese hombre, se ha hecho amar... El cómo... ¡Dios lo sabe!
— Señor Vizconde, dijo Clemencia, no hallo esos derechos á que apelais, suficientes para penetrar en mis secretos, caso que los tuviese; ni ménos para erigiros en mi censor.
— Clemencia, por Dios, esclamó el Vizconde, dejad conmigo, con vuestro mejor amigo, ese tono rechazador. El que os adora, el que se ha identificado con vos, no necesita mas derecho para hablar con el corazon en la mano, que la solemnidad de este momento que decide de su futura suerte, y en el que se despide de vos, y con vos de la ventura... ¡para siempre!
Clemencia calló inmutada.
— Ese hombre, prosiguió el Vizconde, sin apreciarlo, me ha robado el ideal que de la tierra hubiese hecho para mí el paraíso! Y ese ideal, Clemencia, que yo buscaba, no era el de la fantasía, era el de la perfeccion, que todo hombre honrado y caballero lleva en el pecho para hacerlo su ídolo si lo halla. Yo os hubiera amado, Clemencia, como á tal; ¡yo os hubiese labrado un trono, y hecho reina de las mujeres felices! Y eso, Clemencia, no saben hacerlo Sir George ni sus semejantes, que han llevado el mal á su último límite; esto es, el de no comprender, no conceder y no apreciar el bien; hombres precoces y desenfrenados en todos los vicios, cuya buena naturaleza resiste, pero cuyo moral sucumbe. Clemencia, el corazon de ese hombre y el vuestro unidos, son y serán como un cuerpo vivo y lozano puesto en contacto con un cadáver. Si no lograis, lo que no os será dado, metalizar vuestro corazon para que no se quiebre, pasaréis vuestra vida en lágrimas.
— Pero, dijo Clemencia conmovida, mas procurando sonreir, ¿no veis que haceis cálculos al aire? ¿No habeis oido que se ha despedido... porque se va?
— ¡Volverá! contestó el Vizconde con amargura y desden.
— ¿Creeis acaso que yo le llame? dijo Clemencia, que con esta esclamacion se hubiese vendido á sí misma, si aun le hubiesen quedado dudas al Vizconde.
— ¡Ah! no creo que haya una sola española que llamase á su lado al hombre que sin razon se separa de ella; pero Sir George, para volver, si es que se va, buscará pretestos y hallará razones. Yo le procuraré una con mi ausencia.
— ¡Qué! ¿tambien partís?
Aunque Clemencia dijo esto con pesar, por sus ojos asomó, cual la luz de un fugitivo relámpago, una vislumbre de satisfaccion.
— ¡Sí, Clemencia! mi suerte está decidida, respondió de Brian; con luchar contra ella, solo conseguiria hacerla mas cruel, y á mí mas importuno. Voy á América, ya que esta cobarde é inerte Europa amándolos, deseándolos, ansiando por ellos como por su tabla de salvacion, abandona á sus reyes, y no encuentra un leal y esforzado realista donde ir á dejarse matar, no por la causa del órden, sino por la causa del bien. No tardaréis en saber mi muerte, Clemencia. ¡Nadie me llorará!... pues que mi pobre madre murió al darme el ser, mi adorado padre por la bala de un revolucionario, mi hermano al golpe de un puñal alevoso, y mis infortunados abuelos espiraron en la guillotina. Pero vos, Clemencia, único amor que llevaré á la tumba, vos al ménos... ¡compadecedme!
El Vizconde quiso proseguir; pero no pudo, y escondió su rostro entre sus manos.
— ¡Oh Vizconde! dijo Clemencia, por cuyas mejillas caian lágrimas. ¡Cómo me estais haciendo sufrir! ¿Porqué me habeis amado?
— ¡Sí! decís bien, ¿porqué os he amado? Pero yo digo: ¿porqué os conocí? pues conoceros y amaros eran una sola cosa. El amor hácia vos nació sin que lo sembrase la voluntad, ni lo cultivasen esperanzas, como hace el dia por la presencia del sol; porque vos, Clemencia, reunís cuantos méritos y atractivos existen para inspirar amor. Os he amado, porque resumiendo en vos todas las virtudes y todos los mas bellos dotes femeninos, esparcís la felicidad que de ellos dimana, al rededor vuestro, como una flor su fragancia; os he amado porque nunca vi juntas tal inocencia y tanta madurez; os he amado porque unido á vos, mi vida hubiera sido un encanto, ¡y porque á vuestro lado lo presente habria sido tan bello, que habria olvidado llorar lo pasado y ansiar por el porvenir!
— Habeis hecho mal, Vizconde, en nutrir ese cariño; y lo que haceis ahora es afligirme.
— Lo conozco, — repuso de Brian sacudiendo la cabeza y haciéndose dueño de su dolor; — lo conozco; porque no sois vos, no, de las mujeres que gozan en ver sufrir á los hombres. En vos, Clemencia, todo es honrado y sincero, hasta la confiada fe en el amor que inspirais; amor que haceis nacer sin desearlo, que rehusais sin injuriarlo con el desprecio, graduándolo de mentido; pues seria difícil precisar lo que en vos es mas bello, Clemencia, si vuestra alma, vuestro corazon ó vuestra persona. ¡Sí! sois un ser privilegiado que conocí y aprecié por mi ventura, y del que no he sabido hacerme amar por mi desgracia.
Diciendo esto de Brian, se levantó, se acercó á Clemencia, tomó su mano que besó, y salió sin añadir mas que:
— ¡Adios... Clemencia!
Clemencia quedó en un estado tan violento y nuevo para ella, que se encerró en su cuarto y se puso á llorar amargamente.
— ¡Dios mio! pensaba, ¿es este el amor cuya felicidad tan alto se encomia, y el que tanto anhelan inspirar las mujeres? ¡Qué! esos hombres que hubiesen sido mis amigos, ¿me huyen, y se convierten en tiranos solo porque me aman? ¿Son estos comportamientos, Dios mio, hijos de cariño? ¿No lo serán mas bien de amor propio? ¿Son en estos hombres, estas escenas amargas, este veneno vertido, hijos de ese sentimiento dulce, el amor; ó lo son de sus caracteres? ¿Juzga el Vizconde en conciencia y justicia á Sir George, ó por celosa malevolencia? ¿Son en Sir George las cosas que dice, hijas de su habitual ironía, ó son hijas de su corazon? ¿Me pedirá que le perdone... ó ha fingido amarme? ¡Se va! ¿volverá, como opina el Vizconde?
Pasó una noche agitadísima, y á la mañana siguiente recibia esta carta escrita en frances.
(Esta esquela la habia escrito Sir George la noche ántes, al entrar en su casa bajo la impresion de rabia y celos que le habia causado la visita del Vizconde y la firmeza de Clemencia en no querer ceder á su despótica exigencia. Su habitual indiferencia ó flema le habian abandonado, y toda la dureza y altanería de su índole aparecian sin el fino y delicado barniz con que su esquisito buen tono las encubrian.)
«Creo, señora, que el amor meridional lo han inventado los novelistas para dar una pesada chanza y para crear decepciones; ó bien será que las encantadoras hijas de Iberia, de puñal en liga, se han transformado, gracias á la civilizacion, en vestales cristianas, de rosario en mano.
«Vuestros favores son tan ascéticos, y los distribuís con una imparcialidad y una gracia tan perfectas, que nadie puede tener derecho de quejarse, y sí todos razon para agradecer: así con vuestro candor monjil haceis ni mas ni ménos que las coquetas con sus artificios mundanos.
«Señora, en vuestro país, patria genuina de los refranes, dichos y chilindrinas, hay uno que dice ó César ó cesar, y del que os suplico que hagais la aplicacion. Si me amais, que sea esclusiva y decididamente, admitiéndome por marido ó por amante: para ambas cosas me ofrezco; para cualquier cosa, ménos para un Tántalo sentimental.
«Vuestro confesor os dirá que mi exigencia es en un todo conforme al espíritu del Evangelio.
George Percy.»
Al leer esta humillante, inconcebible y chavacana carta, dura é incisiva como el acero aguzado, un espantoso temblor se apoderó de Clemencia; sus oidos zumbaban, sus arterias latian, y cayó exánime sobre su sofá.
Bien podia haber pasado esa carta insolente entre las señoras del gran mundo, que á fuer de merecerlas tienen que sufrirlas; bien podia tener curso en aquella sociedad tan pulida en su esterior, tan corrompida internamente, en que es proscrita la gansería, y admitida y practicada la insolencia; pero en la esfera de Clemencia sucedia justamente lo contrario. Clemencia indulgente á una inofensiva falta de finura, sentia en sí y podia ostentar la dignidad que no tolera la insolencia; esto es que tenia la conciencia de su propio valer é invulnerabilidad.
Clemencia, herida de la manera mas cruel é inesperada por esa carta, que no hay pluma española que hubiese podido escribir, pretestó una indisposicion, se encerró, y pasó las veinte y cuatro horas mas terribles de su vida. Revisó con el esfuerzo de su razon las ideas y sentimientos que en todos asuntos habia ostentado Sir George, y alzó con valor el dorado velo con que su amor habia cubierto su corrupcion. Todo lo analizó con firme é imparcial voluntad.
— ¡Ah! pensó al concluir este cruel exámen, ¿iria yo despues de haber sido unida al tipo de los vicios materiales, á unirme por propia voluntad, y arrastrada por un amor que me echo en cara como una falta, al de todos los vicios del espíritu? ¡No! ¡Qué bien ha dicho el Vizconde que nuestras almas serian siempre en su contacto como la union de un cuerpo vivo á un cadáver!
Así, pues, en esta lucha destrozadora que sufrieron su pasion y su razon, la dignidad de la mujer se alzó fuerte y brillante como un faro, á cuyos piés se estrellaron las olas de su corazon: del combate salió serena y firme su dignidad, triunfantes sus nobles y elevados instintos, irrevocable la resolucion que le sugirieron.
— ¡Sí, padre mio! esclamó tomando una pluma, y poniéndose á escribir, en mi corazon está impreso con tu recuerdo tu último consejo: ¡SI LUCHA HAY HAZ QUE TRIUNFE LA RAZON! Y escribió con firme pulso y ánimo reposado la siguiente carta:
«Convencida de la verdad del refran con que españolizais vuestra carta, ó César ó cesar, opto por lo segundo.
«Há tiempo era esto un presentimiento; ayer fué un propósito; hoy es un fallo.
Clemencia Ponce.»
Al mismo tiempo escribió esta otra:
«Pablo, deseo verte; el porqué te lo dirá de palabra, si estimas saberlo, tu prima
Clemencia.»
Cuando Sir George, que como es de suponer no habia partido, supo por su ayuda de cámara la ida del Vizconde, efectuada aquella mañana, se arrepintió amargamente de la carta que habia escrito á Clemencia; carta escrita en aquellos momentos en que el despecho y el amor propio herido quitan todo artificio al hombre, que se muestra en ellos tal cual es. No obstante, Sir George no graduaba lo profundo de las heridas que habia causado á aquel corazon de que se sabia querido; estaba acostumbrado á amazonas aguerridas, á quienes atraia el combate. No comprendia las heridas hechas al corazon, y sentia solo las hechas al amor propio: hubiera querido borrar con su sangre aquellas espresiones satíricas de vestal cristiana con rosario en mano, candor monjil, y no haber chocado con las ideas religiosas de Clemencia hablando de su confesor. No obstante, se consolaba pensando al concluir de prisa su tocador: me ama, y la mujer que ama no resiste á las lágrimas y súplicas del hombre á quien quiere!—¡Pobrecilla! ¡esa sí que sabe querer! si no se hiciese tanto de rogar. ¡Oh! si el amor que nos tienen no fuese cosa que empalagase á la larga, y no trajese en pos de sí la sujecion, los celos y las exigencias, ¡qué bella cosa seria!
Sir George corrió á casa de Clemencia, y recibió por respuesta que la señora no recibia, por estar indispuesta. Esto le contrarió, pero reflexionando pensó que le era quizas favorable, y que convenia dejar pasar el primer ímpetu de indignacion.
A prima noche, á su hora acostumbrada, volvió y recibió la misma respuesta.
Sir George sintió dos grandes contrariedades, la una la de no ver á Clemencia, y la otra de no saber á qué parte ir á pasar la noche donde no se aburriese; se volvió á su casa, se puso á leer los papeles ingleses, y se quedó dormido.
A la mañana siguiente recibió la carta de Clemencia.
— ¡Por fin! esclamó, el hielo se deshace.
Despues de leida, Sir George se quedó por mucho tiempo completamente parado y aturdido. La carta no traia una queja, una lágrima, ni un epíteto agrio.
— ¡No comprendo! dijo. ¡Cosas de España! Le habrá puesto la carta su director.
Sir George no podia parar; montó á caballo para hacer hora.
A las dos fué á casa de Clemencia; la señora habia salido.
Sir George no pudo disimular su despecho, y preguntó con indiscrecion que dónde habria ido, pues le precisaba hablarla. Supo que en casa de su tia la Marquesa de Cortegana, y corrió allí.
— Estás pálida, decia Constancia á Clemencia en aquella hora: ¿te sientes indispuesta?
— No, no lo estoy, respondió esta; los semblantes, como el cielo, no tienen siempre los mismos matices, Constancia.
— ¡Ay, hija mia! ¡si sufrieses lo que yo! dijo la pobre Marquesa.
— Si con eso os aliviase, tia, ¡con cuánto placer lo sufriria!
Abrióse la puerta entónces, y apareció Pepino con su aire diplomático.
— Ahí está uno, dijo.
— ¿Y qué quiere? preguntó Constancia.
— ¡Toma! un ratito de conversacion.
— Pero... ¿quién es ese?
— El señor de Jesu-Cristo.
— ¡Ay! ¡qué barbaridad! esclamó Constancia, tapándose con ambas manos la cara.
— ¿Pues no se llama asin? dijo Pepino que habia oido nombrar á Sir George, Monte-Cristo.
— No, hombre; ese caballero, es el señor D. Jorge el inglés.
— ¿E qué le digu?
— ¿Madre, le recibiréis?
— No, hija, me siento hoy tan mala, que no puedo recibir á nadie.
— Clemencia, ¿si tú quisieras recibirlo? dijo su prima con voz suplicatoria.
— Constancia, dispénsame; en otra cosa te complaceré; pero déjame aquí acompañando á tu madre; que para eso he venido.
Constancia hizo un involuntario movimiento de impaciencia que refrenó en el momento, y salió con apacible y grave semblante para ir al estrado, donde fué introducido Sir George por Pepino, que le dijo:
— Señor D. Jorge el inglés, tenga á bien de pasar adelante; pero sacúdase su señoría los piés ántes de entrar. Sepa su señoría, prosiguió Pepino sin que se le preguntase, que la señora está su señoría intercaliente; señor, los médicos malditos y la botica se llevan un dineral, porque lo que saben es recetar, eso sí; pero cuidiau que no saben curar.
La conversacion entre Sir George y Constancia no podia ménos de ser lánguida: despues de preguntar con interes por la Marquesa, y asegurarse mutuamente que hacia frio, el diálogo quedó cortado como con unas tijeras.
Al cabo de un rato dijo Sir George poniéndose en pié, y viendo lo infructuoso de esta su nueva tentativa por ver á Clemencia:
— No quiero quitaros vuestro tiempo, que querréis dedicar todo á la asistencia de la enferma.
— Efectivamente, repuso Constancia, solo la satisfaccion de daros las gracias por el interes que mostrais por mi madre, me hubiese separado de su lado.
Sir George saludó y salió.
Volvióse á su casa en un estado en que le agitaban igualmente el pesar, el coraje y el temor.
Escribió una carta apasionada y afligida, en que se veian las señales de sus lágrimas, espresando su arrepentimiento y formulando las mas vivas instancias porque Clemencia le perdonase lo que á su pluma se escapó en un momento de celos y de despecho.
Clemencia leyó la carta; pero Sir George se habia desprestigiado con ella; aquel ídolo que ella hiciera tan bello, habia caido de su falso pedestal; las espresiones de la carta le parecieron afectadas, las ideas falsas, el lenguaje palabrería hueca, y las lágrimas gotas de agua.
La venda habia caido.
Clemencia no contestó.
Al dia siguiente Sir George, desesperado, pues entrevia que en una mujer de carácter tan superior como era Clemencia, por grande que fuese el poder de su amante corazon, seria aun mayor el de la voluntad dirigida por la razon y estimulada por la dignidad femenina, volvió á escribir, y esta vez su carta mas sincera, era mas sencilla, y por lo tanto mas elocuente.
Pero Clemencia no la abrió, y se la devolvió cerrada con un sobre.
Entónces Sir George se abatió profundamente, no porque se despertase en aquel corazon muerto una pasion real y sentida por Clemencia, eso no era posible: cenizas no levantan llama. Pero ese hombre para quien la vida habia perdido todos sus prestigios, todos sus goces, todo su interes, todo su valor, todas sus escitaciones, habia hallado en Clemencia el solo ser que sobrepujaba por instinto á toda su adquirida aristocracia intelectual; la sola mujer que con su gracia, á la vez aguda é infantil, su saber y su inocencia, su inteligencia de primer órden y sus sentimientos de alta esfera, su poesía de corazon, y su sensatez en la vida práctica, le atraia, le interesaba, le entretenia, le sorprendia; en fin, habia logrado lo que no otra, llenarle.
¡Estraña anomalía! El impulso que sentia hácia Clemencia, y el deseo de reconciliarse con ella, llevó á Sir George, el escéptico, el positivo, el estóico y desdeñoso, hasta el punto ridículo de hacer los estremos de un héroe de novela: rondó la calle de Clemencia noches enteras, escribió carta sobre carta, se fingió malo, obsequió á D. Galo con un par de pistolas de Manton (el regalo mas inútil del mundo); pero todo fué en vano y se estrelló contra la resolucion, que despues de un íntimo convencimiento, habia inspirado su sano juicio á Clemencia.
Sir George se hacia ilusion, ó queria hacérsela, de que esos estremos eran hijos de un sentimiento vivo y vigoroso, y pulsaba con ansia su corazon por cómo latia; pero era en vano! la cuerda de ese bello reloj estaba gastada; y cuanto hacia era ficticio: no se pudo engañar, y acabó por reirse con agrio desden de sí mismo.
— ¡Y que haya, decia con amargura, hombres que afecten mi estado! ¡Hombres que se afanen en hacerse la antítesis de Prometeo, no buscando, sino apagando la llama de la vida!
Entónces Sir George cayó en uno de esos acesos de misántropo esplin, que le hacian el mas desgraciado de los hombres; tanto mas, cuanto que queria disimularlos; y de los cuales solo Clemencia hubiera podido sacarle con su trato encantador, como David á Saul de los suyos, con su melodiosa arpa.
CAPITULO X.
Pablo al recibir la carta de su prima, se habia apresurado á ponerse en camino. — Algun negocio, pensaba, algun apuro en que se hallará, algun pleito en que la hayan envuelto. Es la primera vez que me escribe: ¡dichoso yo si puedo serle útil!
Pero apénas hubo llegado, apénas pasaron las primeras espresiones de bien venida, cuando le dijo Clemencia:
— Pablo, ¿me amas aun?
Pablo se halló tan sorprendido y trastornado con esta inesperada pregunta, que no contestó.
— Respóndeme, Pablo, dijo Clemencia.
— No respondo, Clemencia, porque tú no me preguntas para saber mi respuesta, dijo este al fin.
— Será entónces para oirla.
— ¿Y con qué objeto quieres oirla?
— Con el objeto, caso de que sea afirmativa, de que me dé pié y ánimo para decirte, Pablo, que aprecio tu amor, lo merezco, lo admito y le correspondo.
— ¿A qué debo atribuir este cambio? esclamó Pablo, cuya voz temblaba de emocion. ¿Es ironía? ¿Es despecho?
— No, Pablo, no; es profundo aprecio, íntimo cariño; y la conviccion de que tú y solo tú eres el hombre á cuyo lado puedo hallar la felicidad, segun yo la entiendo.
— ¿Has amado á otro, Clemencia, y juzgas acaso así mis sentimientos por comparacion?
— Así es, no lo niego; con la misma sinceridad y verdad con que esto te confieso, añado que el amor del hombre que amé no lo desprecio, pero lo desdeño; su persona no la odio, pero me es indiferente. Mi amor, pues, dejó de existir como estrella de la noche que apagó el dia; pues no creas, Pablo, que en mí sea el amor una llama que encienden y atizan ciegas pasiones, no; es un fuego santo que solo sostiene y alimenta lo bueno y lo bello, como en el culto griego al fuego sacro solo lo alimentaban las puras vestales. Es esto en mí instintivo, á la par que razonado y previsor; y es ademas una conviccion que han madurado á la vez mi esperiencia y la santa autoridad de nuestro tio, la que cual el sol alumbra aun al traves de las nubes. No creo necesario, añadir, Pablo, que cuando me ofrezco por tu compañera á tí que honro y venero, me ofrezco pura; como debe serlo la que tú llames tu consorte.
Te he dicho la verdad, así como te hubiera descubierto una falta, si tuviera la amarga desgracia de que sobre mi conciencia pesara, confiada en que me la habrias perdonado, pues como decia nuestro sabio Mentor: la virtud sin clemencia, es orgullo. Entre los dos, Pablo, no debe haber nada oculto, ni lo habrá nunca: un misterio seria entre ambos una profanacion de nuestra dulce confianza, una empañadura en la pureza de nuestro amor, y una pared de cristal frio y duro, que aunque invisible, nos separaria. He sufrido, Pablo; este es todo mi secreto.
— ¡Oh! esclamó Pablo. En mala hora, pues, te viniste y me dejaste.
— En buena hora, Pablo, en buena hora; pues solo así he sabido apreciar y comprender cuánto vale á tu lado la verdadera felicidad, y sobreponer esta á todas las demas. Solo así he podido comparar el vacío, lo corrompido, lo exhausto, lo seco y lo acerbo de esas naturalezas, que una gran cultura cubre con un barniz tan delicado, que seduce á los inespertos como yo, y á veces es preferido al mérito real por los que no saben apreciar lo bello de la humana naturaleza. He podido comparar este barniz con la verdadera nobleza de alma, con el puro é inmaculado sentir de un corazon sano, con la rectitud de un entendimiento no contaminado con los vicios de la sociedad, con un carácter franco y entero, que sigue con valor la senda del bien, como el Cid la de la victoria, y para el que son instintivos la generosidad, el heroismo, la virtud y la delicadeza; y he podido conocer que aquello que me deslumbró fué lo primero, y que tú, Pablo, que llenas todo mi corazon, cuya compañera voy á ser con entusiasmo, eres lo segundo.
— Con que... ¿me amas, Clemencia? preguntó profundamente conmovido Pablo.
— ¡Con toda la bella exaltacion con que un corazon tierno ama lo bueno! Pablo, te amo con toda la conviccion con que se ama á la virtud, con la constancia con que se ama la dicha, con toda la ternura y abandono con que se ama al que se escoge libre, voluntaria y reflexivamente por compañero ante Dios y los hombres.
— Unidos, pues, esclamó con voz ahogada por su emocion Pablo, unidos para siempre, unidos irrevocablemente, inseparables en la tierra y en el cielo!... ¡Oh, Dios mio! Es posible tanta felicidad?
Y arrastrado por un impulso irresistible, Pablo cayó á los piés de Clemencia, y ocultando entre sus manos su rostro bañado de lágrimas, lo apoyó sobre las rodillas de la que iba á ser su mujer.
— Pablo, dijo Clemencia despues de un rato de silencio, satisfaz un capricho de mi corazon, y díme, ¿qué te ha llevado á amarme?
— Es todo, sin que nada pueda precisar, respondió Pablo sin levantarse: es porque TU eres TU.
— ¿Pero es mi figura, lo que te es grata? ¿Son mis sentimientos los que te son simpáticos? ¿O son mis pensamientos los que te seducen?
— Nada de eso es, Clemencia; tu figura, tu sentir y tu pensar me son gratos y simpáticos y me seducen, porque SON TUYOS. Róbete un mal tu hermosura, tu talento, tu sentir vivaz y poético; yo, Clemencia, te amaria lo mismo; te amaria loca, sin que me lo agradecieses; ¡te amaria muerta... como te he amado sin esperanzas!
— ¡Esto es ser amada, y esto es la dicha! dijo Clemencia enternecida, apretando entre sus delicadas y blancas manos las honradas y varoniles manos de su primo.
Pablo comió en casa de Clemencia, y á la tarde vino D. Galo á tomar con ellos café.
Clemencia estaba brillante de alegría como lo está la naturaleza cuando despues de una corta tempestad le sonríe el sol.
— ¡Qué alegre estais, Clemencita! dijo D. Galo paladeando una copa del rico licor que se hace en el puerto de Santa María.
Y ciertamente Clemencia lo estaba. La soberbia y acerba conducta de Sir George comparada á la de Pablo, no solo la habia hecho apreciar la delicadeza y generosidad de la de este, sino que la primera le causó un sentimiento de temerosa repulsa que le hizo huir de aquel hombre duro, á la par que hizo brotar un aprecio tierno y simpático hácia Pablo que la llevó á apegarse al que á tanta entereza unia tan delicado cariño. Sentia al lado de Pablo lo que el viajero que goza de la dulce sombra y tranquilo descanso de una bella encina, despues de atravesar jadeante un áspero y quebrado suelo bajo los rayos de un sol picante: así fué que contestó con sincera y alegre exaltacion:
— Soy como las niñas, amigo mio, aunque cuento cerca de seis olimpiadas. Hablaré mi lenguaje, ya que me echan el baldon de ser sábia. ¡Estoy tan alegre! ¿Sabeis porqué?
— No atino, hija mia.
— Pues es, repuso Clemencia acercándose á su oido, es porque... me caso: no quiero ni tengo por qué callárselo á tan buen amigo.
D. Galo hizo tal movimiento de sorpresa, que el licor que contenia su copa, tuvo las oscilaciones del flujo y reflujo del mar. No era la sorpresa de D. Galo causada por no haber notado en Clemencia particularidad con ninguno de sus apasionados, sino porque, sin darse él cuenta del porqué, se habia figurado que Clemencia en la tierra, así como las estrellas en el cielo, estaban muy bien é inamoviblemente colocadas, y que su variacion era un cataclismo en el órden establecido. Ademas, en la buena moral de D. Galo, era para él el anuncio del casamiento de una bella, lo que es para el cazador, por torpe que sea, el anuncio de la veda: así fué que esclamó consternado:
— ¿Que os casais? ¿De veras?
— ¿Y porqué no, señor mio? ¿Tienen las sábias, ademas de otras desgracias, la de ser incasables?
— Pero... — dijo D. Galo sin prestar atencion á lo que decia Clemencia, y esperando aun que lo dicho fuese una broma;—¿pero... quién es el dichoso?
— El dichoso,—¡porque á fe mia que lo será! — es D. Pablo Ladron de Guevara, mi primo, y desde ahora el amigo de los que lo son mios.
Pablo alargó sonriendo la mano á D. Galo.
— ¡Sea en buen hora... sea para bien! tartamudeaba cortado D. Galo, felicito... tomo parte... celebro... ¡los Guevaras están predestinados!... Y entre tanto, examinando la persona de Pablo, que vestido de traje de ciudad no tenia el aire de un petimetre de los modernamente designados con la palabra inglesa dandy, se decia á sí mismo: ¡Quién es capaz de comprender los caprichos de las bellas hijas de Eva! ¡Vea Vd., Clemencita, que hubiese podido escoger entre la flor y la nata!... ¡yo la creia incasable!... ¡si hubiese sospechado lo contrario!... ¡Casarse! ¿A qué santo? ¿No estaba tan bien así? ¡Me he llevado chasco! — no seré el solo.
— D. Galo, añadió alegremente Clemencia, este es un gran secreto; pero que no me importa que todo el mundo lo sepa.
— A muchos lo callaré, contestó en su tono galante y con su mas chusca sonrisa D. Galo, porque no me gusta ser portador de malas nuevas.
Vamos, añadió para sí, — echando con disimulo el lente á Pablo, que en este momento se habia puesto á escribir en el escritorio de Clemencia una carta á Villa-María, — sobre gustos no hay nada escrito. Cuando Clemencia le ha elegido, tendrá mérito; solo que por mas que miro, me persuado que no está á la vista.
A la noche D. Galo fué algo mas temprano de lo que acostumbraba, á la tertulia de la señora de la Tijera.
— Voy, dijo aun ántes de sentarse, á dar á Vds. una noticia que de cierto ignoran, y tan fresca que es nonata para el público.
Inmediatamente fué D. Galo asaltado con esta descarga de preguntas:
— ¿Es triste ó alegre?—¿Pertenece á la alta ó baja política?—¿Es jocosa ó fúnebre?—¿Es auténtica ó apócrifa?—¿Es de luengas tierras?—¿Es indígena?—¿Es redonda?—¿Ha venido por telégrafo?
— Es, respondió D. Galo, dejando que se restableciese el silencio, para dar todo su peso y solemnidad á su respuesta, es inesperada, imprevista, sorprendente y estraordinaria.
— Ea pues, decidla, esclamó Lolita.
D. Galo calló, luciendo su mas resplandeciente sonrisa, prolongando así el dulce momento en que era el punto céntrico de la atencion general.
— D. Galo, dijo uno de los concurrentes, sois como el reloj de Pamplona, que es fama que apunta, pero no da.
— D. Galo, ¿quereis convertirnos en papanatas? esclamó impaciente la curiosa Lolita.
— No, opinó un jóven estudiante; Pando quiere ser diputado, y se ensaya en el arte de hacer efecto.
— Dejad á D. Galo Pando, á quien viene mal el nombre como á mí, que en mi vida he tenido un dolor de cabeza, el de Dolores. Rojas, contadnos qué tal hicieron anoche el tio Caniyitas.
Al oir mentar la zarzuela de moda, Rojas, que era un filarmónico, se puso á talrarear:
Las solteras son de oro, Las casadas son de plata, Las vïudas son de cobre, Y las viejas de hojalata.
— ¡Pura adulacion á las solteras! dijo Lolita; el garabatillo de las viudas es mucho mas atractivo que los famosos y nunca bien ponderados quince abriles, que han inventado los poetas despechados, porque los veinte mayos no les hacen caso.
— En confirmacion de lo que decís, en cuanto á las viudas, hija mia, dijo D. Galo, que aprovechó la ocasion que se le escapaba de lanzar á la publicidad su famosa noticia, os diré que se casa una viudita.
D. Galo suspendió su comunicado, volviendo en torno suyo unos ojos, en los que procuró poner toda la chuscada indígena.
— ¿Quién es la infeliz? dijeron ellas.
— ¿Quién es el engañado? añadieron ellos.
— ¡Qué premioso sois! esclamó Lolita.
— Le favoreceis... que es pesado, opinó Rojas.
— Guarde Vd. su noticia para escabeche, dijo levantándose Lola.
D. Galo, que vió que por segunda vez perdia la oportunidad y la atencion, repuso:
— Pues sabed que se casa Clemencita.
— ¿Con Monte-Cristo? preguntó volviéndose bruscamente la niña curiosa.
— ¿Con Carlo-Magno? añadió otra.
— No habeis acertado, hijas mias, contestó en sus glorias D. Galo.
— Pues decidlo, señor; que si no, os vamos á dar el diploma de mayor en el regimiento de la Posma. ¿Con quién es?... ¿Es con Vd.?
— ¡Tanta dicha, no es para mí, Lolita, hija mia! contestó con buena fe D. Galo, á la burlona pregunta; de sobra sabeis que tengo mala suerte y solo hallo ingratas; ademas mi situacion no me permite...
— ¿Es con su primo Cortegana, que dicen ha llegado.
— No; es con otro, su primo de Villa-María, Pablo Guevara.
— ¿Aquel lugareño que vi en su casa ayer, que lleva los guantes como manojo de espárragos? ¡Dios nos asista! no sabe ni hablar: ¡mire Vd. con quién fué á dar la sábia! ¡Yo que creí que se iba á casar con el Liceo!
— Quien ménos vale, mas merece, opinó uno de los presentes.
— ¡Ya! ¡ya sabe la viudita! añadió una de las señoras mayores; Guevara que heredó de su tio D. Martin y que tiene por su casa, es una gran boda; ¡ya sabe!
— Es la opinion mas errada, dijo un oidor amigo de Clemencia, y la ménos justificada, la que atribuye á las mujeres que tienen alguna instruccion el que saben mucho, en el sentido que se ha dado á esta frase comun, que es un compuesto de astucia, cálculo, intriga y perspicacia. Es cabal y notoriamente lo contrario; esta clase de saber, suele ser propia de aquellas que no tienen otra cosa en que esplayar su imaginacion y ocupar sus facultades intelectuales, y les es seguramente mas útil que á las otras sus estudios: así, si las primeras tienen buena suerte, la deberán ciertamente á otras causas que á su saber, en el sentido dicho. Quien atribuya cálculo á Clemencia, debe precisamente no conocerla.
— Para predicador de honras, os pintais solo; observó agriamente la señora de la Tijera.
— Pues no ha dicho mas que la pura verdad, opinó D. Galo. Sepa Vd., Lolita, hija mia, que á sus espaldas hace ese caballero otros justos elogios de V.
— Eso no quita, santo varon, contestó Lolita, que sepa mucho Clemencia Ponce, y haya dado una prueba de ello casándose con ese ricacho, que procurará aumentar las rentas pasando la mayor parte del tiempo en el pueblo, miéntras que ella se las gaste aquí en toda libertad.
— No es Clemencia gastadora por cierto, repuso D. Galo.
— ¡Ya! si no tenia lo bastante para ello, ¿cómo habia de serlo? dijo la Tijera; su suegro no tuvo por conveniente dejarle nada, ni aun viudedad; así es, que solo tenia lo que le dejó el tio Abad.
— Que era mucho, repuso D. Galo.
— Y ademas una gran viudedad que le señaló, si no el suegro, el heredero de la casa.
— Por lo visto, pensaba que la disfrutase poco tiempo, dijo otra señora.
— Viudedad que nunca consintió en admitir; me consta; lo sé por su tia, observó D. Galo.
— Eso fué sembrar para recoger, repuso otra de las matronas.
— ¡Una buena cosecha! esclamó soltando una carcajada Lolita.
¡Tales son los juicios y fallos del mundo! esta es la inconcebible y malévola ligereza con que se juzga á las personas, se califican los hechos y se les suponen móviles; esta la infame falta de conciencia, de rectitud y de justicia, con que se pretende formar la cosa mas preciosa que tiene el hombre, su opinion! Se echa en cara á la época el poco precio que ponen los hombres á la opinion que gozan; mas esto ha debido suceder desde que la malevolencia y la calumnia han usurpado á la verdad y á la justicia su mision de formarla, ora sean aquellas guiadas en la prensa por las pasiones políticas, ora en sociedad por el espíritu hostil que en ella vive y reina.
CAPITULO XI.
Al dia siguiente fué D. Galo, como tenia de costumbre, á visitar á Sir George, visita que miraba como obligatoria desde que las pistolas de Manton habian aumentado su fina amistad con un fino agradecimiento. Este le recibió con una de esas sonrisas prestadas, como dicen los franceses, que era en el altivo Gentleman la espresion de la suma distraccion, que producian en él los entes de tal nulidad, que se desdeñaba de desdeñar.
D. Galo, como es de inferir, estaba lleno de la gran noticia, que si bien le habia contrariado, habia traido su contrapeso con la satisfaccion que le habia procurado Clemencia eligiéndole por su primer confidente, y por digno esparcidor de su confidencia. Así fué, que apénas se hubo informado de su salud, cuando dijo á su amigo con una sonrisa colosal:
— El dios Himeneo prepara sus coronas, señor D. Jorge.
— ¡Ah! ¿y cuáles son las bellas sienes sobre las que van á brillar? respondió este.
— Las de una amiga vuestra, contestó D. Galo, que lo que ménos soñaba era que en esto tuviese interes Sir George.
D. Galo no dejaba de observar un obsequio ó un galanteo; una contradanza y un wals bailado con el mismo compañero por una de las bellas, era cosa grave y significativa para él; en cuanto al movimiento enérgico é interno con que las pasiones agitan la sociedad, este no lo penetraba su observacion benévola y superficial.
— ¿Cuál amiga? preguntó Sir George. ¡Tengo tantas! pues soy como vos, Señor Pando, gran partidario de las bellas. ¿Será quizas la valiente coronela Matamoros?
— No señor, no señor; es jóven, hermosa, fina, discreta, y sobre todo, buena como no otra.
— Hay tantas jóvenes, tantas hermosas, tantas finas, tantas discretas y tantas buenas en Sevilla, que seria difícil para mí acertar por esas señas quién pueda ser.
— Pues os diré — D. Galo tomó un aire entre importante y satisfecho — que es nuestra apreciable y querida Clemencia.
— ¡Es mentira! gritó Sir George levantándose airado y empujando la mesa.
No es fácil esplicar la sorpresa mezclada de susto que sintió D. Galo al ver á Sir George ante sí, erguido, el rostro encendido y los ojos centelleantes, sin saber á qué atribuir aquel furioso repente.
— ¿Qué le ha dado? pensó. ¿Será esto efecto de ese malhadado esplin de los ingleses, que á otros ha llevado á tirarse un pistoletazo? ¿Si buscará un duelo? ¡Jesus! aquellas pistolas de Manton que me regaló... ¿si seria con la idea?... ¡estamos bien!... ¡qué hombre tan peligroso! ¡záfese Vd. de compromisos con semejantes osos!... Pero no, añadió volviendo á sus naturales, pacíficas ideas; lo que me parece al ver su rostro tan alterado es que está enfermo; veamos de apaciguarlo, pues nada he dicho que pueda incomodarle: así fué, que dijo:
— No miento, mi querido señor, ni penseis que soy capaz de hacerlo, y ménos con el fin de inducir en error á una persona como vos, que tanto aprecio; si lo he dicho, es porque lo sé de la misma boca de Clemencia, que añadió no ser esto un misterio; si no estuviese autorizado, yo no seria capaz de publicarlo.
— ¿Ella os lo ha dicho?
— Y puedo lisonjearme, respondió D. Galo, que se iba recobrando y serenando, de que soy el primero de sus amigos á quien ha honrado Clemencia con su confianza. Por cierto que ya tengo encargado á Cádiz un tarjetero de filigrana, de oro-plata y esmalte de Manila, para regalárselo. Pero os suplico que me hagais un favor, señor D. Jorge.
D. Galo hizo una pausa.
— ¿Y bien... qué favor? preguntó bruscamente Sir George, que queria abreviar la conferencia.
— Que no se lo digais.
— ¡Oh! contad con mi discrecion, señor D. Galo, repuso Sir George, que habia vuelto á ser dueño de sí, y tenia ya en sus labios su habitual sonrisa fria como una flor de mármol; ahora yo os pediré tambien otro favor.
— No teneis sino mandar: ¿cuál es?
— Que os vayáis.
D. Galo que no concebia la grosería, ni ménos la impertinencia de la aristocracia inglesa, se quedó mirando á Sir George con los ojos tamaños, y estuvo por sacar el lente.
Sir George se habia quedado impasible; solo que cada vez la sonrisa que cubria la tempestad de su ánimo, era mas glacial.
— Decididamente, pensó D. Galo, está malo este pobre hombre, y por eso quiere estar solo; me parece que un par de sangrías...
— Señor D. Jorge, dijo en voz alta, me parece que vuestro semblante está un poco arrebatado: bien ve que no estais en caja; en este país combate mucho la sangre, sobre todo al acercarse la primavera. ¿Teneis dolor de cabeza? Creo que una pequeña evacuacion y unos vasos de malvavisco (en latin altea) os harian mucho bien.
Lo que D. Galo decia de la mejor fe del mundo, no pareció tal á Sir George, por lo cual le dijo sin levantar la voz:
— Señor D. Galo, ¿preferís salir por la puerta... ó por la ventana?
D. Galo se levantó, cual si por medio del asiento de su silla le hubiesen pinchado con una espada.
— Que Vd. lo pase bien, señor D. Jorge, dijo cogiendo el sombrero; yo deseo que Vd. se alivie.
— Y yo... ¡que el diablo cargue contigo! dijo en inglés y entre dientes Sir George.
Apénas bajó D. Galo de dos en dos los escalones de la escalera, y se vió en la calle en seguridad, cuando se dijo:
— ¡Toma! ¡toma! ¡Y yo que no caia! ¡Torpe de mí! ¡Toma! ¡toma! ¡La de los ingleses! una turca de las buenas; habrá almorzado con algun paisano suyo, y se habrán bebido un par de docenas de botellas de Jerez. ¡Y yo que no me apercibia! ¡qué torpeza! ¡Ya!... ¡como que aquí en España no estamos hechos entre las gentes finas á semejantes chocarrerías!
D. Galo se fué en seguida en casa de Clemencia, á quien halló sola.
— ¡Jesus! dijo poco despues de haber entrado: no podeis pensar el mal rato que he pasado.
— ¿Sí? lo siento. ¿Por qué causa y dónde?
— Por causa y en casa de D. Jorge. ¡Jesus!
— Pero, ¿con qué motivo, amigo mio? preguntó Clemencia algo inmutada.
— ¿Porqué... Clemencita?...
D. Galo se sonrió con la chuscada que acostumbraba, aun cuando lo que decia fuese lo que se llama, nada entre dos platos.
— Vaya, decid, D. Galo; dijo Clemencia, á quien la respuesta de D. Galo inquietaba.
— Clemencia, solo á vos y en confianza lo digo.
— Sabeis que soy callada, D. Galo.
— Sí, sí, por eso os lo diré. Fuí, pues, allá esta mañana; un paso de atencion.
— Ciertamente. ¿Y bien?...
— Pues sabréis que D. Jorge estaba...
D. Galo abrió la mano y apoyó su dedo pulgar en sus labios, guiñó un ojo, se sonrió en grande y añadió: Ya me entendeis.
— No os entiendo, repuso Clemencia.
— Pues nuestro inglés estaba... dijo D. Galo, y acercándose á Clemencia, añadió: ¡ebrio!
— ¡Ebrio! esclamó esta asombrada.
— Como una cuba, repuso D. Galo.
D. Galo refirió con todos sus pormenores la referida escena á Clemencia, y esta lo comprendió todo: no era mujer bastante vulgar para gozarse en el despecho de Sir George, pero sí bastante delicada para que le chocasen los insolentes y acerbos procedimientos con que habia insultado al hombre mas benévolo é inofensivo, y que era ademas amigo de ella. Así fué que aun esta escena contribuyó á hacerle conocer todo lo áspero y duro de aquella naturaleza que la inteligencia habia podido elevar, la esquisita sociedad pulir, pero á la que nada habia podido dar un corazon, sin el cual son todos los demas dotes, bellas vestiduras, resplandecientes coronas que encubren un esqueleto.
Durante esta conversacion, Sir George, que se habia quedado solo, se paseaba por su cuarto en un estado de cólera y exasperacion el mas violento, y se decia:
— ¡Joué! ¡burlado!... ¡como un pollito! ¿Y por quién? ¡por una mujer que ha pasado la mitad de vida en un convento, y la otra mitad en el campo! por una hija de la naturaleza, criada por un fraile sentimental y ascético! ¡Y yo que creí que me amaba! ¡Oh! qué anomalías se ven en las españolas! Entre estas mujeres, las que valen son culebras insujetables. La ofendí, lo confieso; pero he querido pedirle perdon, y no he podido ni aun verla! — Son estas mujeres suaves flores con tallos de acero. No conocen la vanidad cuando compite con su innato é indomable orgullo mujeril.—¡Casarse con otro, cuando le ofrecí ser mi mujer! ¡Qué insolencia! ¿Y con quién? ¿Será con su recien llegado primo Cortegana, ese chisgarabís, ese mono afrancesado? No; será con un pastor Fido, inocente como sus corderos. ¡Y ese imbécil de Pando que no me lo ha dicho! siento no haberle tirado por la ventana! ¡Y esa criatura se aviene á encerrarse en ese círculo vulgar y mezquino! ¡Oh! ¡es una criatura incomprensible! todo lo sabe por instinto, como el ruiseñor la melodía! Ella me rejuvenecia — á su lado vivia — me animaba — me alegraba! — sabia cual la aurora echar sobre todo un rosado tinte. — Pero... ¿quién es ese marido que ha surgido como por magia á sus piés en el momento oportuno? ¿Lo tendria de reserva? ¡Ah! ¡no! esa mujer no era artificiosa, — no; pero está llena de supersticiones: — me habria querido hacer papista... ¡Vamos! esto al fin ha tenido mejor desenlace que si me hubiese dejado arrastrar á casarme, y con eso me hubiese dado á mí mismo la patente de machucho.
Sir George se arrellanó en su sillon á la chimenea y encendió un cigarro; pero al momento despues lo tiró, y esclamó con rabia:
— Pero... ¡vive Dios! ¿Qué hago? ¿Quedarme? no; sin ella me fastidia Sevilla; me iré al Cáucaso, que no he visto. Vamos, judío errante, coge tu báculo; que el movimiento rejuvenece el cuerpo y distrae el ánimo. Lo conocido fastidia, busquemos lo desconocido.—¡Ah! añadió, ¡solo una cosa he hallado que fuese para mí desconocida!... ¡y esa fué ella! ¡luz fugitiva que de la oscuridad salió, para volver á hundirse en ella! Pero no creais que me afligís, señora; una dama hay mas bella, mas amable, mas querida de mí que lo sois vos, y es la dulce y encantadora libertad. No, no compiten vuestros encantos con los suyos; si lograros era á costa de perderla, vale mas una decepcion que una cadena: así pues, all is well that ends well. Bien está lo que en bien acaba.
CAPITULO XII.
— Pablo, dijo al dia siguiente Clemencia á su primo, cuida de que cuanto ántes sean trasladados todos mis efectos á Villa-María.
— ¡Pues qué!... preguntó sorprendido Pablo, ¿no piensas que vivamos aquí?
— No, Pablo; pues esto que no seria de tu gusto, lo harias por complacerme; ademas, cree que ansío por hallarme en Villa-María, en donde tan feliz ha sido mi vida, vida á la que la costumbre me ha apegado; pues los sitios, las paredes, cada objeto que nos rodea, se ama con el trato como amigo, porque todo imprime su huella en el corazon que no es duro, y la deja en el corazon que no es mudable. Ansío, Pablo, ver esos sitios que el cariño que todos me habeis tenido, ha impregnado de dulzura, y que la paz que en ellos he disfrutado, ha identificado con el bienestar. Ademas, Pablo, no me retiene aquí ningun aliciente ni lazos de cariño. La casa de mi pobre tia, á la que queda poco tiempo de vida, se va á desbaratar. Mi querida Constancia piensa cuando la falta su madre, retirarse de todo trato; mi primo piensa regresar á Madrid, y la sociedad de Alegría no me es simpática. Díme, Pablo, ¿están aun como las dejé mis habitaciones?
— Nada hallarás variado, ni echarás ménos en lo que ha sido durante tu ausencia mi santuario, Clemencia; de mas sí, quizas encuentres las huellas de mis lágrimas.
— ¿Y mis flores?
— Florecen en tu ausencia, ¿lo concibes? Yo no.
— ¿Y mis pájaros?
— Cantan; pues creo que con su delicado instinto presagiaban tu regreso.
— ¡El del hijo pródigo! dijo Clemencia, riendo y apretando con efusion la mano de su primo.
— Para recibirte debidamente, contestó Pablo en el mismo tono festivo, debo partir mañana.
— Nada de eso, Pablo; hagámoslo todo sin misterio y sin ostentacion.
— Pero con prisa, Clemencia; mira que mi felicidad me parece de tal suerte un sueño, que vivo angustiado con el temor de despertar.
— Pablo, en mí no estará la tardanza, hechas las necesarias diligencias, será bendecida nuestra union bajo los ojos de mi pobre tia que me ha servido de madre, y partiremos en seguida para nuestro dulce hogar doméstico: en él procuraremos imitar las virtudes y hallar la felicidad que allí ostentaron sus anteriores dueños.
Clemencia se apresuró á comunicar su casamiento á la Marquesa y á sus primas.
— Me alegro, hija mia, le dijo su tia, pues ya que te aconsejaron esa boda tu suegro y tu tio, cuenta te tendrá.
— Sí, sí, añadió Alegría, ya que te casas, atente á lo sólido y enseña á tu marido desde un principio á no ser ridículamente celoso y neciamente desconfiado.
— En Villa-María no hay muchas ocasiones que puedan dar pábulo á que se desarrollen estas tendencias, aun dado caso que las tuviese Pablo.
— ¡Pues que! ¿te vas á vivir á Villa-María? esclamó con asombro Alegría.